Cómo mirar este mundo y desde dónde



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Cómo mirar este mundo y desde dónde


José Luis Segovia Bernabé

Instituto Superior de Pastoral

(UPSA-Madrid)
Tu ojo es la lámpara del cuerpo… cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado” (Lc 11,34).


I. Coordenadas para contemplar una realidad compleja

Es famosa la triada “ver, juzgar y actuar”. La empezaron utilizando los movimientos apostólicos encarnados en la realidad como forma de hacer una lectura creyente y comprometida con el mundo y su transformación. La consagró Mater et Magistra en el n.236:

“Ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar”

En efecto, se trataba de analizar las causas y consecuencias de los hechos, partiendo de la vida misma, para pasar a discernirlos confrontándolas desde el evangelio, de cara al compromiso en la transformación del mundo, construyendo alternativas personales y colectivas que redunden en el cambio de las personas y de las estructuras. El método buscaba superar el divorcio entre la fe y la vida e impedir una visión intimista e individualista de lo religioso.

Durante los años 60 y 70 del siglo pasado se prodigaban los análisis de la realidad y las ciencias sociales entraban en un fecundo diálogo con la teología, la Sagrada Escritura y la acción pastoral de la Iglesia. Sin embargo, con el tiempo, la primera de las fases (el “ver”) pasó a ser relegada y el concurso de las ciencias sociales preterido. Serían las Iglesias latinoamericanas, en diálogo con la Doctrina social de la Iglesia, las que de nuevo reivindiquen la necesidad de un conocimiento exhaustivo de la realidad, anterior a cualquier pretensión de juicio o acción sobre ella. Así, tras un período de abandono de las metodologías inductivas (tan desarrolladas por el Episcopado Latinoamericano en el Documento de Medellín1 y en no pequeña medida en el de Puebla2), el documento de Aparecida señala de nuevo la importancia del “ver”, dotándolo de un estatuto teológico más fuerte si cabe:
“Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Palabra revelada y el contacto vivificante de los Sacramentos, a fin de que, juzguemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento universal de salvación, en la propagación del reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo. Muchas voces, venidas de todo el Continente, ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia: ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y, en general, ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente. Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con sentido crítico; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la eficacia de este método”.

Vista la relevancia del método, nos centraremos fundamentalmente en la importancia del primer momento. De manera particular queremos destacar la importancia de la “forma de mirar”. Un modo adecuado de enfocar la mirada predetermina un juzgar y actuar adecuados. Por eso constituye un importante desafío educar la mirada. En esto no deja de ser verdad el dicho popular de que “las cosas entran por los ojos”.

Desde nuestro punto de vista, una mirada rigurosa, amplia y penetrante que detecte negatividades y proyecte posibilidades inéditas está formada por la intersección de tres coordenadas concurrentes:

a) Uno es el dinamismo contenido en el abordaje del mundo que realizó la Constitución pastoral Gaudium et spes cuando, proyectando una mirada amable, solidaria y crítica (son tres notas fundamentales) sobre la realidad, afirma nada más empezar que “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

b) Otra es la afirmación de Mario Benedetti: “Todo es según el dolor con que se mira”. Tenía razón Epicuro: el dolor es una experiencia universal que permite las comuniones entre las identidades más divergentes. Una mirada que tenga en cuenta el dolor, el sufrimiento del prójimo, será una mirada compasiva (capaz de ponerse entrañablemente en el lugar del otro), pero también indignada (porque se sublevará ante lo injusto evitable).

c) La tercera coordenada es más prosaica y menos poética. Es una aplicación del principio de incertidumbre de Heisenberg: la mirada del observador sobre la realidad contemplada la modifica inexorablemente. Así entre el observador y lo observado se consolida una mutua relación de circularidad. El hecho mismo de contemplar las esperanzas y desesperanzas de nuestro mundo ya lo está haciendo diferente. De ahí que resulte clave (incluso para transformar) el hecho mismo de la forma de mirar. No es casual que en el relato del Génesis, tras cada elemento creado, se nos diga con machacona insistencia: “y vio Dios que era bueno” (Gn 1,4 et passim). Nada de lo mirado es igual después de ser contemplado por el observador, máxime cuando éste no es imparcial.

Desde estas tres coordenadas, se puede adelantar que solo una mirada “desde las bajuras” de la realidad, sólo desde la contemplación del fracaso y de los perdedores, de los parados, los desahuciados y de todas las víctimas, estaremos en condiciones de poder hacer un discurso riguroso, completo y veraz sobre la realidad. De este modo, las bajuras se constituyen, dicho sea en términos académicos, en requisito epistemológico para una reflexión honesta, veraz y objetiva sobre la realidad misma.

Son las bajuras las que permiten evitar el riesgo de una mirada individualista sobre problemas que tienen matriz social o incluso estructural. La misma constitución Gaudium et spes n. 30 previene frente al riesgo de un abordaje meramente individualista de problemas de corte colectivo. El documento eclesial se refiere negativamente a los que eluden pagar impuestos y al pecado social al que contribuyen. Serán también las bajuras, las que, como envés de lo anterior, simultáneamente reivindican el valor de la singularidad e irrepetibilidad de cada ser humano y, por tanto, de su condición de ser fin-en-sí y no simplemente medio. ¡Cuánto daño nos ha hecho la forma de mirar meramente “contable” e individualista de los utilitarismos contemporáneos!



Por otra parte, la forma de mirar condiciona la forma de nombrar y, finalmente, la forma de percibir y de intervenir. Lo ilustra la anécdota de aquel chavalillo que, cual perrillo callejero, se buscaba la vida por la calle pidiendo y revendiendo paquetes de pañuelos de papel: “estoy harto; la gente me mira con miedo pensando que les voy a robar, o con piedad porque me ven sucio; ¡Nadie me mira como una persona! ¡Soy igual que ellos!”. Por eso, nadie, nunca, se paró a preguntarle el nombre. Todo lo más le dio unas monedas o le compró a bajo precio unos clínex. Nadie se encontró con él. En realidad, nadie le miró. “No soy de cristal” era su queja repetida, aludiendo a la ausencia de entrecruces de miradas. Un libro estremecedor3 que relata procesos de encuentro entre ex miembros de la organización terrorista Eta y sus víctimas alude desde el mismo título a la relevancia de la mirada del otro. Tanto que, como confiesan varios de los otrora terroristas, “es imposible matar mirando a los ojos”. En efecto, la mirada es condición de posibilidad del encuentro porque es la puerta de entrada al rostro del otro. Así “llamamos rostro al modo en el cuál se presenta el otro, que supera la idea del otro en mi”4. Contemplar el rostro del otro supone ser visitado y asumir una responsabilidad sobre él.

No se trata de que tengamos que ser “los solucionadores” de todo o que debamos asumir una insana culpabilidad. Más bien apela a la responsabilidad. Es el deber de tener que responder. Nada nos dispensa de tratar de “mirar” todo lo que se pueda, porque en esa contemplación ya estamos autoimplicados. Jesús no fue un solucionador o un taumaturgo milagrero como tantos otros en su época. Lo que realiza son acciones preñadas de profundo significado, inflamadas de aceptación de la sagrada singularidad de cada ser humano, de incondicionalidad y acompañamiento, de amor dignificante, de desafiante justicia para los poderes del mundo. Su forma de mirar enseña la significatividad frente al número, lo valioso frente a lo meramente eficaz, lo dignificante frente a lo rentable, la ternura que exigen los más vulnerables frente a los fríos indicadores de eficiencia.

En el encuentro, lo más valioso es el nosotros que se afirma y que se consolida. No es nunca la supremacía de un yo que tiene la respuesta, sobre un cargado de problemas. No somos nosotros los que tenemos todas las soluciones y ellos, los pobres, los que ponen solo las vulnerabilidades. Urge cambiar nuestra forma de mirar. Se trata de descubrir a los demás no como seres repletos de necesidades, sino, por encima de todo, en cuanto personas dotadas de posibilidades. Si no veo a un drogadicto, sino al Pulgui que ciertamente tiene problemas con las drogas, pero que, además, es sensible, le gusta la pintura, se le da de maravilla completar puzles y tiene una ingeniosa habilidad para reparar motos... seguramente que habremos avanzado bastante en el camino. Porque el Pulgui me dejará de ver como el Solucionador, alguien en quien delegar todas sus responsabilidades, a quien endosar todos sus problemas, a las espera de una imposible respuesta mágica.

Llegados a este punto, es bueno recordar que los seres humanos estamos constitutivamente inmersos en la realidad. Formamos parte de la misma, pero, al mismo tiempo, no nos reducimos a ella. De hecho, somos los animales menos adaptativos. Mientras que el resto se dedica afanosamente a tratar de sobrevivir, incluso camuflándose camaleónicamente en la realidad, los seres humanos no solo no nos adaptamos a ella, sino que incluso nos empeñamos en transformarla para que sea ella la que se adapte a nuestras necesidades.

“Soy yo y mi circunstancia” pudo decir Ortega y Gasset5. Entre el “yo” y las “circunstancias hay una relación de continua circularidad que empuja a modificar las circunstancias como una forma de dignificar el “yo”. Naturalmente, presuponemos un “yo” abierto a los demás, capaz de trascenderse y de abrirse al Misterio, con vocación de construir un nosotros tan amplio con el mundo, con estos y con aquellos, con los de cerca y con los de lejos. Se trata de un yo que quiere construir un nosotros tan ancho como el mundo. En esa misma dirección, constatemos que uno de los cambios más relevantes en la historia contemporánea del pensamiento es el paso del “yo pensante” (la autonomía kantiana, uno con su conciencia) al “nosotros deliberante” (el diálogo y la intersubjetividad como forma de reflexionar el yo con los otros).6

Dado que leer la realidad exige conocerla e interpretarla, bueno será reflexionar siquiera brevemente sobre cuál es el requisito epistemológico (de verdad) que la realidad reclama para ser leída con la mayor objetividad posible. Sabemos, de nuevo con Ortega, que la realidad es poliédrica y que el todo es más que la suma de las partes. De ahí que tenga enorme trascendencia el elegir la óptica que resulte más objetiva para comprender una realidad que al menos tiene las siguientes características:

1.- En ella está implicada el sujeto que mira (siempre es mucho más que un pretendido observador imparcial de la misma). Más bien el observador es un aguzado centinela con vocación de actor, protagonista y hermeneuta de la realidad con la que inevitablemente interactúa. Además esta implicación lleva a la complicación y ¡a la replicación! Con todo, la realidad es mucho más rica que el sujeto y sus percepciones subjetivas sobre ella. Cada uno de nosotros somos inequívocamente hijos de nuestra propia biografía (con sus luces y sombres) y de nuestra bibliografía (los libros que nos nutren, los periódicos y cadenas de radio y TV que nos acercan a la realidad con su sesgo y que nos refuerzan la propia percepción del mundo…).

2.- Es compleja. Tiene múltiples aristas y resulta inabarcable en su totalidad. La Iglesia latinoamericana reconoce que hay que contemplar “la realidad con más humildad, sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones con que solíamos verla en un pasado aún no demasiado lejano” (Doc. Aparecida 36). La globalización y las continuas interacciones entre diferentes subsistemas de la realidad la han complicado notoriamente.

3.- Es cambiante: La realidad no es estática. No cabe foto fija. Se le podría aplicar aquello de Heráclito: “Todo fluye. No puedes bañarte dos veces en el mismo agua del rio”. Ese proceso se ha hecho enloquecedor en los últimos años. Hablamos de un auténtico cambio generacional cada seis años, Cada tres se nos queda obsoleto el ordenador y sus programas informáticos, por no hablar de todo el instrumental tecnológico y de comunicaciones que aparece continuamente y que, si no manejamos mínimamente, podemos llegar a presentarnos ante nuestros contemporáneos como auténticos extraterrestres. A la hora de “mirar”, de nuevo son sensatas las reflexiones de Aparecida: “Nos afligen, pero no nos desconciertan, los grandes cambios que experimentamos. Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la realidad como discípulos misioneros de Jesucristo” (Doc. Aparecida 20).

4.- Es diversa. Para muchos expertos, el desafío del siglo XXI es la gestión de la diversidad. Una sociedad que se va configurando desde el pluralismo y la diferencia, no como problema, sino como rasgo constitutivo que nos desafía para lograr construir una realidad en la que, en verdad, vivamos siendo uno, luchando contra lo que nos desiguala, pero al tiempo peleando por la igualdad: Ser más iguales y más distintos en una sociedad más justa y más equitativa. Ese es el reto de la diversidad.

5.- Rige la incertidumbre. La impredicibilidad del futuro es una característica de nuestro tiempo. A pesar de los avances de la ciencia y de la técnica, no sabemos con qué sorpresas nos despertaremos mañana. Algunos autores lo llevan más allá. La nota de nuestro tiempo sería el miedo. Tenemos pavor del futuro que se presenta como incierto e imprevisible. Tenemos miedo de nosotros mismos y de nuestro potencial de hacer invivible la vida en el planeta y, por encima de todo, hemos construido una cultura de miedo al otro, sobre todo cuando es diferente. Casaldaliga lo decía con meridiana claridad: “el Sur tiene hambre, pero el Norte solo tiene miedo”.

II. Procurando ser objetivos, pero no neutrales

Se puede ser objetivo, pero jamás neutral” (Bourdieu)

La objetividad, el respeto al factum, la relevancia del dato, más allá de reduccionismos de todo tipo, aparecen como el desiderátum de cualquier lectura sobre la misma. Sin perfilar con la mayor objetividad el objeto de análisis, el diagnóstico será necesariamente malo y, desde luego, devendrá desacertado el tratamiento que se siga.

Habida cuenta de la imposible neutralidad de las ciencias sociales, se impone señalar como el lugar más universalizable desde el que contemplar la realidad la experiencia universal del sufrimiento y del dolor. Todos los seres humanos coincidimos en evitar el dolor y tratar de limitar su presencia indeseable procurando ser lo mínimamente infelices posible. El lugar natural para acercarse a la realidad con objetividad, paradójicamente, no puede ser otro que el del sufrimiento y el dolor y, singularmente, el de la pobreza y la exclusión como forma inquietante y evitable de injusticia. Son las experiencias más “horizontalizantes” y universales. Lo visibilizó la Reina Sofía, con ocasión del premio que llevaba su nombre a la Asociación Apoyo, cuando le dijo a una muchacha seropositiva que acaba de enviudar y que no acertaba con el tratamiento: “hija, llámame de tú que en el dolor somos todos iguales”.

Esta sensibilidad, cargada de componentes de análisis estructural, se ha volcado en la opción por los pobres, opción por los excluidos u opción preferencial (expresión que constituye un discutible pleonasmo). La tesis central de fondo es siempre la misma: el lugar desde del que se pueden universalizar las conclusiones es el “no lugar”, el lugar del dolor y la rabia, el del sufrimiento, la vida y la muerte; el lugar del “otro”. Además, supone un ámbito de verdad insobornable. En efecto, "los renglones torcidos de Dios" proporcionan un presupuesto fáctico universalizable estadística y epistemológicamente. Si hay que hablar de la verdad del hombre, ésta se historiza como mujer no occidental, con cargas familiares y en precariedad total. Esto supone que el referente geográfico ha de ser el sistema mundo y no un espacio social privilegiado desde el que se fantasean pretensiones de validez formal universalista. En este sentido, el "desde la marginación" aporta a la teología "un lugar en el mundo" desde el que pensar a Dios y reflexionar sobre el hombre: "la espalda del mundo" o "el reverso de la historia". Como se dijo, sólo desde las bajuras se pueden mantener pretensiones de universalidad, se devuelven al lugar natural las más hondas preferencias de Jesús y se otorga sacramentalidad y significatividad a la densificación de lo humano. Para la teología, el compromiso con la exclusión supone su auténtica "prueba del algodón", lo que verifica su credibilidad objetiva, la coherencia de sus postulados y la eficacia de sus realizaciones. En ese sentido, los pobres gozan del privilegio hermenéutico y epistemológico de desenmascarar, desmitificar, desocultar y visibilizar la cruda verdad. Por eso, con Reyes Mate, el sufrimiento es condición de la verdad; por eso, las víctimas tienen algo de revelación y de don. Además, de "ecce homo" son también "zarza ardiente", evocación y revelación del Otro más radicalmente otro, del misterio inefable de nuestra existencia y la total realidad.7

A estas alturas, no negaré que apuesto por una mirada que compromete, por una mirada que contiene un inequívoco guiño de complicidad con los des-graciados, con los in-justiciados, con los dolientes de cualquier tipo y condición. Y ello no por simple empatía o simpatía, más o menos emocionalmente comprensible, sino por razones de verdad material (epistemológicas). Porque solo desde esa complicidad se ve la realidad en su complejidad sistémica. En ese sentido, se ha podido afirmar con rigor que desde las bajuras se contempla toda la realidad con más amplitud que desde las alturas. Lo que ha llamado alguna teología el lugar del pobre y su privilegio epistemológico se convierten en condición de verdad. Por eso la condición de verdad es la lucha contra la injusticia, que es su mayor negación por parte de quienes “secuestran la verdad con la injusticia” (Rom 1,18).

De lo dicho se concluye que para conocer la realidad, es precisa la aplicación de un méto­do y una hermenéutica que no traicionen. El método in­ductivo y el tomar como referencia a los últimos ayudan a la universali­zación. Frente a las críticas a esta metodología inductiva, Bourdieu señala: “quienes hacen profesión de objetivar el mundo social se muestran raramente capaces de objetivarse ellos mismos e ignoran que a menudo su discurso, aparentemente científico, habla menos de su objeto que de su relación con el objeto”. Apostamos por este modelo frente a la falsa elección entre un intimismo subjetivista, de carácter más emotivista y difícilmente universalizable, y la superioridad objetivista del estructuralismo con serias dificultades para incorporar a su análisis el rostro del otro. Se aleja este método tanto de las percepciones paternalistas -incapaces de transformar de raíz -, como de las puramente ideológicas -incapaces de aquello que propone el obispo Casaldáliga: llenar el corazón y la reflexión de nombres.

Por otra parte, la consideración de la mal­dad estruc­tu­ral se compadece mal con una frecuente interpretación culturalista de la moral: se reducen los problemas de ética social y polí­tica a disfun­cio­nes relacionales entre moral y cultura. Sin embargo, es imprescindible servirse de la clave de la justicia social: cómo se re­par­ten los bienes humanos, cómo se generan las desi­gualda­des, cómo se origina y consolida una sociedad cada vez más dualizada, etc. Si se hace un discernimiento de síntomas y se utili­za una inter­pretación culturalista de la crisis social, enton­ces se eligen como áreas sociales y como interlocutores pre­ferentes los su­jetos detentadores del poder cultural (medios de comuni­cación, pode­res públicos). Si, por el contrario, se efectúa un juicio ético en clave de justicia, los interlocutores preferidos son otros: los genera­do­res de marginación, las estructuras que ensanchan el foso entre ricos y pobres.

Mientras que en el paradigma cuantitativo positivista se acentúan las variables, la confiabilidad, las hipótesis, la validación…, en el cualitativo se acentúa el mundo del significado, el contexto, la perspectiva holística, la cultura, incluso la emoción. Por eso, en todo caso, hay que mantener una “vigilancia epistemológica”, una “duda radical” (Bourdieu), no para obviar la inevitable subjetividad, sino para explicitarla desde el principio por estricta honradez intelectual y como forma de alcanzar la mayor objetividad posible. En esta dirección, M. Mies8 señala que el postulado de la investigación aséptica, libre de valores, neutral e indiferente hacia el objeto de investigación, debe de ser reemplazado por una parcialidad consciente, distante del mero subjetivismo o de la simple empatía, ya que la identificación parcial crea una distancia crítica y dialéctica entre el investigador y lo investigado. Igualmente, la visión “desde arriba” debe de ser reemplazada por la visión “desde abajo”. Esto es una consecuencia necesaria de la parcialidad consciente de la exigencia de reciprocidad. Posee tanto una dimensión científica como ético-política. Igualmente, apunta a que el conocimiento “de espectador”, meramente contemplativo y no involucrado, debe de ser reemplazado por una participación activa en las acciones y hechos emancipatorios. La integración de investigación y praxis logra siempre resultados más ricos, y por ello, también más verdaderos. El lema, con resonancias de la Tesis XI sobre Feuerbach bien podría ser: “Si quieres conocer la realidad, trata de cambiarla». El conocimiento pasa por “concienciar” y por «problematizar situaciones”9 lo cual debe hacerse primordialmente por las personas que padecen la injusticia.

III. Presupuestos de una lectura creyente de la realidad

Conocer a Dios es practicar la justicia” (Jer 15,22)





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