Cómo ganar amigos e influir sobre las personas



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¿Cómo se puede lograr ese impulso? Recordando constantemente cuán importantes son estos principios. Piense usted cómo contribuirá su dominio a llevarle a obtener una vida más feliz, rica, plena. Diciéndose una y otra vez: "Mi popularidad, mi felicidad y mi valor de­penden en grado no pequeño, de mi habilidad para tratar con la gente".
2. - Léase cada capítulo rápidamente al principio pa­ra lograr una visión a ojo de pájaro. Es probable que después se sienta tentado a correr al capítulo siguien­te. Pero no lo haga así. A menos que lea solamente por entretenerse. Pero si lee porque quiere aumentar su habilidad en las relaciones humanas, vuelva atrás y relea detenidamente cada capítulo. A la larga, esto significa un ahorro de tiempo y la obtención de mayores resul­tados.
3. - Deténgase frecuentemente en la lectura para pen­sar en lo que está leyendo. Pregúntese cómo y cuándo puede aplicar cada sugerencia.
4. - Lea con un lápiz rojo, un bolígrafo resaltador o una pluma en la mano; y cuando encuentre una indica­ción que a su juicio puede usar, trace una línea en el margen. Si es una indicación excelente, subraye cada frase, o márquela con "XXXX". Este método de marcar o subrayar frases de un libro lo hace más interesante y mucho más fácil de revisar rápidamente.
5. - Conozco a una mujer que desde hace quince años es gerente de una gran compañía de seguros. Todos los meses lee los contratos de seguro que extiende su compañía. Sí, lee los mismos contratos mes tras mes, año tras año. ¿Por qué? Porque la experiencia le ha en­señado que esa es la única manera de tener siempre en la memoria las cláusulas de las pólizas.
Yo dediqué casi dos años a escribir un libro sobre ora­toria pública; y sin embargo tengo que volver a leerlo de vez en cuando para recordar lo que yo mismo escribí. Es asombrosa la rapidez con que olvidamos.
Por eso, si quiere usted obtener un beneficio real, du­radero, de este libro, no piense que bastará con_ leerlo una vez a la ligera. Después de leerlo detenidamente, una vez, tiene usted que dedicar unas horas de cada mes a revisarlo. Téngalo en su escritorio, ante sus ojos, todos los días. Hojéelo a menudo. Piense constantemente en las grandes posibilidades de mejora que aún le quedan por delante. Recuerde que el uso de esos principios sólo puede hacerse habitual y, subconsciente mediante una constante y vigorosa campaña de revisión y aplicación. No hay otro medio.
6. - Bernard Shaw señaló una vez: "Si se enseña algo a un hombre, jamás lo aprenderá". Shaw tenía razón. Aprender es un proceso activo. Aprendemos haciendo.
De modo que si usted quiere dominar los principios que estudia en este libro, haga algo con ellos. Aplique estas reglas en todas las oportunidades. Si no procede así, las olvidará rápidamente. Sólo el conocimiento que se prac­tica persiste en nuestro espíritu.
Se verá usted probablemente en dificultades para apli­car siempre estas indicaciones. Yo lo sé, porque he es­crito este libro y sin embargo me veo frecuentemente en dificultades para aplicar todo aquello que recomiendo. Por ejemplo, cuando algo nos desagrada, es mucho más fácil criticar y censurar que tratar de comprender el pun­to de vista del prójimo. Con frecuencia es más fácil en­contrar defectos que pronunciar elogios. Es más natural hablar acerca de lo que uno quiere que de lo que quieren los demás. Y todo es así. De modo que, al leer este li­bro, recuerde siempre que no trata usted solamente de adquirir información. Intenta formar nuevos hábitos. Sí, intenta usted emprender una nueva forma de vivir. Esto requiere tiempo y constancia y la diaria aplicación de estos principios.
Vuelva, pues, a menudo a estas páginas. Considérelas como un manual sobre las relaciones humanas; y cada vez que se vea ante un problema específico -como el de corregir a un hijo, el de llevar al cónyuge a su manera de pensar, o satisfacer a un cliente irritado- vacile antes de hacer lo acostumbrado, lo humano, lo impulsivo. Eso, lo humano, es generalmente un error. En cambio, vuelva a estas páginas y relea los párrafos que ha subra­yado. Después ponga a prueba estos nuevos métodos y compruebe de qué modo mágico le rinden resultados.
7. - Ofrezca a su cónyuge, a su hijo, o a algún compa­ñero de su oficina, una moneda cada vez que lo sor­prendan violando cierto principio. Del dominio de estas reglas haga un juego entretenido.
8. - El presidente de un importante banco de Wall Street relató una vez, en una conversación ante una de mis clases, un sistema muy eficiente que empleaba para mejorar su carácter. Este hombre había tenido poca edu­cación formal, y llegó sin embargo a ser uno de los fi­nancistas más importantes del país; nos confesó que de­bía la mayor parte de su éxito a la constante aplica­ción de su sistema casero. Veamos lo que hace. Lo re­petiré con sus propias palabras, tan exactamente como las recuerdo:
"Durante años he llevado un libro de citas con todas las entrevistas que realizo durante el día. Mi familia ya sabe que no debe forjar planes conmigo para los sábados por la noche, porque no ignora que dedico una parte de cada una de esas noches al ilustrativo proceso de exami­nar mis actos, revisarlos y criticarlos. Después de la co­mida me quedo a solas, abro mi libro de citas, y pienso en todas las entrevistas, conversaciones y reuniones en que he intervenido durante la semana. Entonces me pregunto
"-¿Qué errores cometí en esta ocasión?
"-¿Qué hice bien, y en qué forma pude mejorar mi proceder?
"-¿Qué lecciones puedo aprender de esa experiencia? "A menudo me ocurre que esta revista semanal me causa mucha infelicidad. Me asombran a menudo mis propios errores. Es claro que al pasar los años esos erro­res han disminuido. A veces, ahora, me inclino a pal­mearme la espalda después de una de esas sesiones. Este sistema de auto análisis, de auto educación, proseguido año tras año, me ha hecho más bien que cualquier otra cosa que he intentado jamás.
"Me ha ayudado a mejorar mi capacidad para tomar decisiones, y me ha ayudado enormemente en todos mis contactos con la gente. Nunca me cansaré de recomen­darlo.
¿Por qué no ha de emplear usted un sistema similar para compulsar la forma en que aplica los principios tra­tados en este libro? Si lo hace, obtendrá dos resultados.
Primero, se verá dedicado a un proceso educativo que es a la vez interesante y de inapreciables beneficios Segundo, verá que su capacidad para tratar con la gen­te aumentará y se propagará enormemente.
9. - Encontrará usted al final de este libro un diario en el que debe registrar sus triunfos en la aplicación de estos principios. Sea especificativo. Escriba nombres, fe­chas, resultados. La elaboración de ese historial le inspi­rará para realizar mayores esfuerzos; y ¡cuán fascinado­ras serán esas inscripciones cuando por casualidad las relea dentro de algunos años!
A fin de obtener el mayor resultado posible de este libro, pues:
1. Logre un deseo profundo, impulsivo, de dominar los principios de las relaciones humanas.
2. Lea cada capítulo dos veces antes de pasar al si­guiente.
3. A medida que lee, deténgase frecuentemente a preguntarse cómo puede aplicar cada indicación.
4. Subraye cada idea importante.
5. Relea el libro todos los meses.
6. Aplique estos principios en cada oportunidad que se le presente. Utilice este volumen como manual de trabajo para ayudarse a resolver sus problemas diarios.
7. Convierta este aprendizaje en un juego entreteni­do ofreciendo a algún amigo una moneda por cada vez que lo sorprenda violando una de estas reglas.
8. Haga todas las semanas una compulsa sobre el pro­greso que realiza. Pregúntese qué errores ha cometido, qué lecciones ha aprendido para el futuro.
9. Lleve un diario que hay al final de este libro para exponer cómo y cuándo ha aplicado estos princi­pios.

PRIMERA PARTE


Técnicas fundamentales para tratar con el prójimo

"SI QUIERES RECOGER MIEL, NO DES PUNTAPIES A LA COLMENA"


El 7 de mayo de 1937 la ciudad de Nueva York pre­senció la más sensacional caza de un hombre jamás co­nocida en esta metrópoli. Al cabo de muchas sema­nas de persecución, "Dos Pistolas" Crowley -el asesi­no, el pistolero que no bebía ni fumaba- se vio sorpren­dido, atrapado en el departamento de su novia, en la Avenida West End.
Ciento cincuenta agentes de policía y pesquisas pusieron sitio a su escondite del último piso. Agujerean­do el techo, trataron de obligar a Crowley, el "matador de vigilantes", a que saliera de allí, por efectos del gas lacrimógeno. Luego montaron ametralladoras en los edi­ficios vecinos, y durante más de una hora aquel barrio, uno de los más lujosos de Nueva York, reverberó con el estampido de los tiros de pistola y el tableteo de las ametralladoras. Crowley, agazapado tras un sillón bien acolchado, disparaba incesantemente contra la policía. Diez mil curiosos presenciaron la batalla. Nada parecido se había visto jamás en las aceras de Nueva York.
Cuando Crowley fue finalmente capturado, el jefe de Policía Mulrooney declaró que el famoso delincuente era uno de los criminales más peligrosos de la historia de Nueva York. "Es capaz de matar -dijo- por cualquier motivo."
Pero, ¿qué pensaba "Dos Pistolas" Crowley de sí mis­mo? Lo sabemos, porque mientras la policía hacía fuego graneado contra su departamento, escribió una carta di­rigida: "A quien corresponda". Y al escribir, la sangre que manaba de sus heridas dejó un rastro escarlata en el papel. En esa carta expresó Crowley: "Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno: un corazón que a nadie haría daño".
Poco tiempo antes Crowley había estado dedicado a abrazar a una mujer en su automóvil, en un camino de campo, en Long Island. De pronto un agente de policía se acercó al coche y dijo: "Quiero ver su licencia".
Sin pronunciar palabra, Crowley sacó su pistola y aca­lló para siempre al vigilante con una lluvia de plomo. Cuando el agente cayó, Crowley saltó del automóvil, empuñó el revólver de la víctima y disparó otra bala en el cuerpo tendido. Y este es el asesino que dijo: "Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno: un corazón que a nadie haría daño".
Crowley fue condenado a la silla eléctrica. Cuando lle­gó a la cámara fatal en Sing Sing no declaró, por cierto: "Esto es lo que me pasa por asesino". No. Dijo: "Esto es lo que me pasa por defenderme".
La moraleja de este relato es: "Dos Pistolas" Crow­ley no se echaba la culpa de nada.
¿Es esta una actitud extraordinaria entre criminales? Si así le parece, escuche lo siguiente:
"He pasado los mejores años de la vida dando a los demás placeres ligeros, ayudándoles a pasar buenos ra­tos, y todo lo que recibo son insultos, la existencia de un hombre perseguido."
Quien así habla es Al Capone. Sí, el mismo que fue Enemigo Público Número Uno, el más siniestro de los jefes de bandas criminales de Chicago. Capone no se cul­pa de nada. Se considera, en cambio, un benefactor pú­blico: un benefactor público incomprendido a quien na­die apreció.
Y lo mismo pensaba Dutch Schultz antes de morir por las balas de otros pistoleros en Newark. Dutch Schultz, uno de los más famosos criminales de Nueva York, aseguró en una entrevista para un diario que él era un benefactor público. Y lo creía.
He tenido interesante correspondencia con Lewis La­wes, que fue alcaide de la famosa cárcel de Sing Sing, en Nueva York, sobre este tema, y según él "pocos de los criminales que hay en Sing Sing se consideran hombres malos. Son tan humanos como usted o como yo. Así raciocinan, así lo explican todo. Pueden narrar las razones por las cuales tuvieron que forzar una caja de hierro o ser rápidos con el gatillo. Casi todos ellos inten­tan, con alguna serie de razonamientos, falaces o lógicos, justificar sus actos antisociales aún ante sí mismos, y por consiguiente mantienen con firmeza que jamás se les debió apresar".
Si Al Capone, "Dos Pistolas" Crowley, Dutch Schultz, los hombres y mujeres desesperados tras las rejas de una prisión no se culpan por nada, ¿qué diremos de las per­sonas con quienes usted, lector, o yo, entramos en con­tacto?
John Wanamaker, fundador de las tiendas que llevan su nombre, confesó una vez: "hace treinta años. he aprendido que es una tontería regañar a los demás. Bas­tante tengo con vencer mis propias limitaciones sin irri­tarme por el hecho de que Dios no ha creído convenien­te distribuir por igual el don de la inteligencia".
Wanamaker aprendió temprano su lección; en cambio, yo he tenido que ir a los tumbos por este mundo durante un tercio de siglo antes de que empezara a ama­necer en mí la idea de que noventa y nueve veces de cada cien ningún hombre se critica a sí mismo por nada, por grandes que sean sus errores.
La crítica es inútil porque pone a la otra persona en la defensiva, y por lo común hace que trate de justificarse. La crítica es peligrosa porque lastima el orgullo, tan precioso de la persona, hiere su sentido de la importan­cia y despierta su resentimiento.
El mundialmente famoso psicólogo B. F. Skinner comprobó, mediante experimentación con animales, que premiando la buena conducta los animales aprenden más rápido y retienen con más eficacia que castigando la mala conducta. Estudios posteriores probaron lo mismo aplicado a los seres humanos. Por medio de la crítica nunca provocamos cambios duraderos, y con frecuencia creamos resentimiento.
Hans Selye, otro gran psicólogo, dijo: "Tanto como anhelamos la aprobación, tememos la condena".
El resentimiento que engendra la crítica puede des­moralizar empleados, miembros de la familia y amigos, y aun así no corrige la situación que se ha criticado.
George B. Johnston, de Enid, Oklahoma, es el coordi­nador de seguridad de una compañía de construcción. Una de sus responsabilidades es hacer que los empleados usen sus cascos siempre que estén trabajando en una obra. Nos contó que cada vez que se encontraba con un obrero sin su casco, le ordenaba, con mucha autoridad, que cumpliera con las ordenanzas. Como resultado obte­nía una obediencia desganada, y con frecuencia, los hombres volvían a quitarse el casco no bien les daba la espalda.
Decidió probar un método diferente, y cuando volvió a encontrar un obrero sin el casco, le preguntó si el casco le resultaba incómodo o no le iba bien. Después le recordó, en tono amistoso, que su misión era protegerlo de heridas, y le sugirió que lo usara siempre que es­tuviera en la obra. El resultado de esta actitud fue una mayor obediencia a las reglas, sin resentimientos ni ten­siones emocionales.
En mil páginas de la historia se encuentran ejemplos de la inutilidad de la crítica. Tomemos, por ejemplo, la famosa disputa entre Theodore Roosevelt y el presiden­te Taft, una disputa que dividió al Partido Republicano, llevó a Woodrow Wilson a la Casa Blanca, escribió un nuevo capítulo en la Guerra Mundial y alteró la suerte de la historia. Recordemos rápidamente los hechos: Cuando Theodore Roosevelt abandonó la Casa Blanca en 1908, ayudó a Taft a que se le eligiera como presidente y luego se fue a África a cazar leones. Al regresar estalló. Censuró a Taft por su política conservadora, trató de ser ungido candidato a una tercera presidencia, formó el Partido del Alce, y estuvo a punto de demoler el Repu­blicano. En la elección que hubo después, William Howard Taft y el Partido Republicano vencieron sola­mente en dos estados: Vermont y Utah. La derrota más desastrosa jamás conocida por el partido.
Theodore Roosevelt culpó a Taft; pero, ¿se consideró culpable el presidente Taft? Claro que no. Con los ojos llenos de lágrimas, dijo así: "No veo cómo podía haber procedido de otro modo".
¿A quién se ha de echar la culpa? ¿A Roosevelt o a Taft? No lo sé, francamente, ni me importa. Lo que tra­to de hacer ver es que todas las críticas de Theodore Roosevelt no lograron persuadir a Taft de que se había equivocado. Sólo consiguieron que Taft tratara de justi­ficarse y que reiterase con lágrimas en los ojos: "No veo cómo podía haber procedido de otro modo".
O tomemos el ejemplo del escándalo del Teapot Dome Oil. Fue un asunto que hizo clamar de indigna­ción a los diarios del país durante los primeros años de la década de 1920. Conmovió a la nación entera. Nada parecido había sucedido jamás en la vida pública nortea­mericana, al menos en la memoria contemporánea. Seña­lemos los hechos desnudos: Albert Fall, secretario del Interior en el gabinete del presidente Harding, tenía a su cargo ceder en arriendo las reservas petroleras del gobier­no en Elk Hill y Teapot Dome, unas reservas que se habían dejado aparte para su empleo futuro por la Armada. El secretario Fall no efectuó una licitación; no, señor. En­tregó directamente el contrato, un negocio redondo, ju­goso, a su amigo Edward L. Doheny. Y a su vez, Doheny hizo al secretario Fall un "préstamo", según le placía llamar a esta operación, de cien mil dólares. Luego, como la cosa más natural del mundo, el secretario Fall ordenó que las fuerzas de infantería de marina que había en la zona alejaran a los competidores cuyos pozos adyacentes absorbían petróleo de las reservas de Elk Hill. Estos competidores, desalojados de sus tierras a punta de bayoneta, corrieron a los tribunales, y destapa­ron así públicamente el escándalo de Teapot Dome. Tal fue el clamor, que la administración Harding quedó arruinada, la nación entera se sintió asqueada, el Partido Republicano estuvo a punto de verse destruído, y Albert B. Fall purgó su condena tras las rejas de una cárcel.
Fall fue censurado crudamente, censurado como lo han sido pocos hombres públicos. ¿Se arrepintió? ¡Jamás! Años más tarde, Herbert Hoover dio a entender en un discurso público que la muerte del presidente Har­ding se había debido a la preocupación mental que sentía por la traición de un amigo. Cuando la Sra. Fall oyó esto, saltó de su silla, lloró, mostró los puños a su destino y gritó: "¿Qué? ¿Harding traicionado por Fall? ¡No! Mi marido jamás traicionó a nadie. Todo el oro del mundo no alcanzaría a tentar a mi esposo a cometer un de­lito. Él fue el traicionado; a él fue a quien crucificaron".

¡Ahí está! La naturaleza humana en acción; el male­factor que culpa a todos menos a sí mismo. Todos somos iguales. De modo que cuando usted o yo nos veamos inclinados, un día cualquiera, a criticar a alguien, recordemos a Al Capone, a "Dos Pistolas" Crowley y a Albert Fall. Comprendamos que las críticas son como palomas mensajeras. Siempre vuelven al nido. Compren­damos que la persona a quien queremos corregir y censurar tratará de justificarse probablemente, de cen­surarnos a su vez; o, como el amable Taft, de decir: "No veo cómo podía haber procedido de otro modo".


En la mañana del sábado 15 de abril de 1865, Abra­ham Lincoln yacía moribundo en el dormitorio de una pobre casa de hospedaje frente al Teatro Ford, donde Booth había atentado contra él. El largo cuerpo de Lincoln estaba tendido en diagonal a través de una vieja ca­ma que era demasiado corta para él. Una mala reproduc­ción del famoso cuadró "La feria de caballos" de Rosa Bonheur pendía sobre la cama, y un mortecino mechero de gas daba escasa luz amarillenta.
Cuando Lincoln agonizaba, el secretario de Guerra, Stanton, dijo: "Aquí yace el más perfecto gobernante que ha conocido jamás el mundo ".
¿Cuál era el secreto de los triunfos de Lincoln en su trato con los hombres? Yo he estudiado durante diez años la vida de Abraham Lincoln, y dediqué tres años enteros a escribir y repasar un libro titulado “Lincoln el Desconocido”. Creo haber hecho un estudio tan detallado y minucioso de la personalidad y la vida privada de Lin­coln, como es posible que haga un ser humano. Realicé un estudio especial del método de Lincoln para tratar con sus semejantes. ¿Se dedicaba a criticarlos? Sí, pues. Cuando joven, en el Valle Pigeon Creek, de Indiana, no solamente criticaba, sino que escribía cartas y poemas para burlarse de los demás, y los dejaba en los caminos campestres, en la seguridad de que alguien los encontra­ría. Una de esas cartas despertó resentimientos que dura­ron toda una generación.
Aun después de empezar a practicar leyes como abo­gado en Springfield, Illinois, Lincoln atacaba abierta­mente a sus rivales, en cartas que publicaban los perió­dicos. Pero se excedió.
En el otoño de 1842 se burló de un político irlandés, vano y batallador, que se llamaba James Shields. Lincoln lo censuró crudamente en una carta anónima publicada en el Springfield Journal. El pueblo entero estalló en carcajadas. Shields, sensitivo y orgulloso, hirvió de indig­nación. Descubrió quién había escrito la carta, saltó en su caballo, buscó a Lincoln y lo desafió a duelo. Lincoln no quería pelear. Se oponía a los duelos; pero no pudo evitarlo sin menoscabo para su honor. Tuvo la elección de las armas. Como tenía brazos muy largos, escogió sa­bles de caballería, tomó lecciones de esgrima de un mili­tar de West Point y, el día señalado, él y Shields se en­contraron en un banco de arena del Mississippi, dispues­tos a luchar hasta la muerte. Por fortuna; a último mo­mento intervinieron los padrinos y evitaron el duelo.
Ese fue el incidente personal más significativo en la vida de Lincoln. Resultó para él una lección de valor incalculable en el arte de tratar con los demás. Nunca volvió a escribir una carta insultante. Nunca volvió a burlarse del prójimo. Y desde entonces, casi nunca criti­có a los demás.
Una vez tras otra, durante la Guerra Civil, Lincoln puso un nuevo general al frente del Ejército del Potomac, y cada uno a su turno -McClellan, Pope, Burnside, Hooker, Meade- cometió algún trágico error e hizo que Lincoln recorriera su despacho, a grandes pasos, presa de la desesperación. Media nación censuraba acremente a esos generales incompetentes, pero Lincoln, "sin mali­cia para nadie, con caridad para todos", conservaba la calma. Una de sus máximas favoritas era: "No juzgues si no quieres ser juzgado".
Y cuando la Sra. de Lincoln y otras personas habla­ban duramente de la gente del sur de los Estados Uni­dos, Lincoln respondía: "No los censuréis; son tal como seríamos nosotros en circunstancias similares".
Pero si un hombre ha tenido alguna vez la ocasión de criticar, ese hombre ha sido Lincoln, a buen seguro. To­memos un ejemplo:
La batalla de Gettysburg se libró en los primeros tres días de julio de 1863. En la noche del 4 de julio, Lee co­menzó su retirada hacia el Sur, en tanto que una gran tormenta inundaba de lluvia la tierra. Cuando Lee llegó al Potomac con su ejército en derrota encontró un río hinchado, embravecido, imposible de pasar, ante sus tro­pas, y un ejército unionista victorioso tras ellas. Lee estaba como en una trampa. No podía escapar. Lincoln lo advirtió. Ahí se presentaba la oportunidad como en­viada por el cielo: la oportunidad de copar el ejército de Lee y poner término inmediato a la guerra. Así, pues, con un hálito de gran esperanza, Lincoln ordenó a Meade que no convocara un consejo de guerra, que ata­cara inmediatamente a Lee. Lincoln telegrafió estas ór­denes y envió un mensajero especial a Meade para instarlo a la acción instantánea.
¿Qué hizo el general Meade? Exactamente lo contra­rio de lo que se le decía. Convocó un consejo de guerra, en directa violación de las órdenes de Lincoln. Vaciló. Esperó. Telegrafió todas sus excusas. Se negó rotunda­mente a atacar a Lee. Por fin bajaron las aguas y Lee escapó a través del Potomac con sus fuerzas.
Lincoln estaba furioso. "¿Qué es esto? -gritó a su hijo Robert-. ¡Gran Dios! ¿Qué es esto? Los teníamos al alcance de las manos, sólo teníamos qué estirarlas para que cayeran en nuestro poder; y sin embargo, nada de lo que dije o hice logró que el ejército avanzara. En esas circunstancias, cualquier general podría haber vencido a Lee. Si yo hubiera ido, yo mismo lo podría haber derrotado."
Con acerbo desencanto, Lincoln se sentó a escribir esta carta a Meade. Y recuérdese que en este período de su vida era sumamente conservador y remiso en su fra­seología. De modo que esta carta, escrita por Lincoln en 1863, equivalía al reproche más severo.

"Mi querido general:


"No creo que comprenda usted la magnitud de la des­gracia que representa la retirada de Lee. Estaba a nuestro alcance, y su captura hubiera significado, en unión con nuestros otros triunfos recientes, el fin de la guerra. Ahora la guerra se prolongará indefinidamente. Si usted no consiguió atacar con fortuna a Lee el lunes último, ¿cómo logrará hacerlo ahora al sur del río, cuan­do sólo puede llevar consigo unos pocos hombres, no más de los dos tercios de la fuerza de que disponía en­tonces? Sería irrazonable esperar, y yo no lo espero, que ahora pueda usted lograr mucho. Su mejor oportunidad ha desaparecido, y estoy indeciblemente angustiado a causa de ello."



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