Clxxxiv en memoria de josef breuer (*)



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Librodot Mi relacion con Loseph Popper-Lynkeus Sigmund Freud


Segmund Freud
CLXVI MI RELACIÓN CON JOSEF POPPER-LYNKEUS (*)

1932



FUE en el invierno del año 1899 cuando vi por fin concluido mi libro sobre La interpretación de los sueños, aunque su portada estaba fechada anticipadamente con el primer año del nuevo siglo. Esa obra representaba el fruto de cuatro o cinco años de labor, y su origen fue ciertamente poco común. Mientras desempeñaba una docencia universitaria en enfermedades nerviosas, había procurado mantenerme a mí mismo y a mi familia, en rápido crecimiento, por medio de una práctica médica dedicada a los enfermos llamados «nerviosos», cuyo número no era, por cierto, escaso en nuestra sociedad. Pero la empresa demostró ser más difícil de lo que había creído. Los métodos habituales de tratamiento no poseían, evidentemente, ninguna o sólo escasa eficacia, de modo que era preciso explorar nuevos caminos. ¿Cómo se podía pretender, ni remotamente, que el paciente mejorara, si nada se comprendía de su enfermedad, nada sobre las causas de sus trastornos ni sobre la significación de sus manifestaciones subjetivas? Así, me dediqué afanosamente a buscar una nueva orientación y más amplia instrucción con el maestro Charcot, en París, y con Bernheim, en Nancy, hasta que finalmente cierta observación efectuada por mi mentor y amigo José Breuer, de Viena, me pareció abrir nuevas perspectivas para la comprensión y la eficacia terapéutica.
En efecto, estas nuevas experiencias demostraron con certeza que los enfermos que siempre habíamos calificado de «nerviosos» sufrían en cierto sentido de trastornos psíquicos y debían ser tratados, por tanto, con recursos psíquicos. Nuestro interés debía orientarse, pues, hacia la Psicología. Pero la Psicología que predominaba a la sazón en las escuelas académicas de Filosofía tenía muy poco que ofrecer, y nada de ello servía a nuestros fines: debíamos descubrir desde el principio nuestros métodos, tanto como sus fundamentos teóricos. Mis esfuerzos se dirigieron, pues, en esta dirección, primero en colaboración con Breuer y luego independientemente de él. Por fin, entre otros elementos de mi técnica, adopté la norma de requerir a mis pacientes que me comunicaran sin la menor crítica cuanto les pasara por la mente, aun cuando se tratase de ocurrencias que les parecieran insensatas o cuya comunicación les resultase molesta.
Cuando seguían mis instrucciones me contaban, entre otras cosas, sus sueños, como si éstos fuesen de la misma especie que sus restantes pensamientos. Vi en ello una clara indicación de que debía asignar a esos sueños la misma importancia que a los otros fenómenos, más inteligibles. Pero no eran inteligibles, sino extraños, confusos, absurdos; en suma: como son los sueños, que precisamente por esa razón habían sido descartados por la ciencia como meros espasmos del aparato mental, carentes de finalidad y de sentido. Si mis pacientes estaban en lo cierto -y con actitud sólo parecían repetir la multimilenaria creencia de la humanidad no científica-, yo me encontraba enfrentado a la necesidad de hallar una «interpretación de los sueños» capaz de resistir a la crítica científica.
Al principio, naturalmente, no comprendía de los sueños de mis pacientes más que los propios soñantes. Pero aplicando a esos sueños, y en particular a los míos propios, un procedimiento que ya me había servido para el estudio de otras formaciones psíquicas anormales, logré responder a la mayor parte de los interrogantes que puede plantear una interpretación onírica. Aquéllos no eran, ciertamente, pocos: ¿En qué se sueña? ¿Por qué en principio es necesario soñar? ¿De dónde proceden todas las extrañas características que distinguen los sueños del pensamiento vigil? Y muchas otras semejantes. Algunas de las respuestas pudieron ser obtenidas fácilmente y demostraron confirmar opiniones ya expresadas; otras implicaban hipótesis totalmente nuevas con respecto a la estructura y al funcionamiento de nuestro aparato psíquico. La gente sueña con las cosas que han ocupado su mente durante el día; la gente sueña para aplacar los impulsos que amenazan perturbar el reposo y con el objeto de poder seguir durmiendo. ¿Por qué entonces podía el sueño parecer tan extraño, tan confusamente insensato, tan manifiestamente opuesto al contenido del pensamiento vigil, si en última instancia demostraba referirse al mismo material? Evidentemente, el sueño era sólo el sucedáneo de una actividad cogitativa racional y era susceptible de interpretación, es decir, de ser traducido a tal proceso racional; pero lo que necesitaba ser explicado era el fenómeno de la deformación que la elaboración onírica impone al material racional e inteligible.
La deformación onírica representaba el problema más profundo y dificultoso del mundo de los sueños. A fin de resolverlo, arribé a las siguientes conclusiones que sitúan el sueño en una misma categoría con otras formaciones psicopatológicas y lo revelan, en cierto modo, como la psicosis normal del ser humano. Nuestra mente, ese precioso instrumento que nos permite imponernos en la existencia, no es, en efecto, una unidad pacíficamente cerrada en sí misma, sino que puede compararse más bien a un Estado moderno, en el cual una masa ávida de goce y de destrucción debe ser sofrenada por la fuerza de una sabia y prudente clase superior. Cuanto ocurre en nuestra vida mental y cuanto halla expresión en nuestros pensamientos son derivados y representantes de los multiformes instintos dados en nuestra constitución somática; pero no todos esos instintos son igualmente gobernables y educables para adaptarlos a las demandas del mundo exterior y de la sociedad humana. Algunos han retenido su primitivo carácter indómito; si los dejáramos seguir su propio curso, nos perderían inevitablemente. Por consiguiente, la experiencia de nuestros sufrimientos nos ha llevado a desarrollar en nuestra mente una serie de organizaciones que en la forma de inhibiciones se opone a las manifestaciones directas de los instintos. Todo impulso desiderativo que surge de la fuente de las energías instintuales debe someterse al examen de nuestras instancias psíquicas superiores, y si éstas no lo aprueban, es rechazado o impedido de influir sobre nuestra motilidad, es decir, de alcanzar su realización. Más aún: a menudo estos deseos hasta son impedidos de ingresar a la consciencia, que por lo general ni siquiera conoce la existencia de esas fuentes instintuales peligrosas. Decimos entonces que dichos impulsos se hallan reprimidos para la consciencia y que subsisten sólo en el inconsciente. Si lo reprimido logra irrumpir alguna parte, sea a la consciencia, a la motilidad o a ambas, entonces habremos dejado de ser normales: en ese momento desarrollamos toda la gama de síntomas neuróticos y psicóticos.
El mantenimiento de las inhibiciones y represiones que se han tornado necesarias impone a nuestra vida mental un considerable desgaste de energía, del cual aquélla está siempre muy dispuesta reposar. El estado nocturno del sueño parece ofrecerle una excelente ocasión para ello, ya que el dormir implica la cesación de nuestras funciones motrices. La situación parece segura, de modo que atenuamos la severidad de nuestra policía interna. No la abolimos por completo, pues no se puede confiar del todo: quizá el inconsciente no duerma nunca. Pero entonces ejerce su efecto el atenuamiento de la presión sobre el inconsciente reprimido: surgen de él deseos que durante el reposo hallan abierto por lo menos el acceso a la consciencia. Si pudiésemos conocerlos, quedaríamos horrorizados ante su contenido, su carácter desmesurado, aun ante la mera posibilidad de su existencia. Esto, empero, sólo ocurre raramente, y cuando ocurre nos apresuramos a despertar, dominados por el miedo. Por regla general, la consciencia no Ilega a enterarse del sueño tal como realmente era. Es cierto que las fuerzas inhibidoras -la censura onírica, como hemos dado en Ilamarlas- nunca se despiertan del todo; pero tampoco se hallan jamás completamente dormidas. Han tenido la oportunidad de influir sobre el sueño mientras éste pugnaba por expresarse en palabras y en imágenes; han eliminado así lo más ofensivo, han modificado otras partes hasta tornarlas irreconocibles; han roto las conexiones legítimas, introduciendo otras falsas, hasta que la sincera, pero brutal, fantasía desiderativa del sueño se convierte en el sueño manifiesto, tal como nosotros lo recordamos: más o menos confuso, casi siempre extraño e incomprensible. El sueño, pues -o la deformación onírica que lo caracteriza-, es el producto de una transacción, testimonio de un conflicto entre los impulsos y los anhelos mutuamente incompatibles de nuestra vida mental. No olvidemos, empero, que el mismo proceso, el mismo interjuego de fuerzas que explica el sueño del soñante normal, nos da también la clave para comprender todos los fenómenos neuróticos y psicóticos.
Debo disculparme por haber hablado tanto hasta aquí de mí mismo y de mi labor con los problemas del sueño; mas todo esto es una imprescindible introducción a lo que sigue. Mi explicación de la deformación onírica me parecía entonces algo nuevo, pues en parte alguna había encontrado nada parecido. Años más tarde (ya no atinaría a decir exactamente cuándo) cayó en mis manos el libro de Josef Popper-Lynkeus Phantasien eines Realisten («Fantasías de un realista»). Una de las narraciones que contenía se llamaba «Soñar como estando despierto», y no pudo dejar de despertar mi más viva atención. En efecto, describíase allí a un hombre que podía alabarse de no haber soñado nunca nada insensato. Sus sueños podían ser fantásticos, como los cuentos de hadas; pero no se hallaban en contradicción tal con el mundo de la vigilia, que se pudiera decir categóricamente que «fuesen imposibles o absurdos en sí mismos». Trasladándolo a mi terminología, eso significaba que en este hombre no tenía lugar ninguna deformación onírica, y la razón aducida para explicar tal ausencia revelaba al mismo tiempo los motivos de su aparición. Popper confiere a su personaje una comprensión total de las razones de su peculiaridad, haciéndole decir: «En mis pensamientos, como en mis sentimientos, reinan el orden y la armonía; además, aquéllos nunca luchan entre sí... Yo soy uno, indiviso; los otros están divididos, y sus dos partes -soñar y estar despierto- se hallan en guerra casi permanente.» Y luego; con respecto a la interpretación de los sueños: «No es, por cierto, cosa fácil; pero el propio soñante, con un poco de atención, casi siempre debería poder hacerlo. ¿Por qué, en general, no se tiene éxito en la interpretación? Pues porque en vosotros los sueños parecen contener siempre algo escondido, algo pecaminoso en una forma muy peculiar, cierta cualidad secreta de vuestra naturaleza que sería difícil expresar. He aquí por qué vuestros sueños parecen tan a menudo carentes de significado o aun absurdos. Pero, en el más profundo sentido, no es en modo alguno así; más aún: no es posible que sea así, pues el hombre es siempre el mismo, ya esté despierto o soñando.»
Si dejamos la terminología psicológica fuera de consideración, todo esto no era sino la misma explicación de la deformación onírica que yo había alcanzado a través de mis estudios sobre los sueños. La deformación resultaba ser una transacción, algo insincero por su naturaleza misma, el resultado de un conflicto entre el pensar y el sentir o, como yo lo había expresado, entre lo consciente y lo reprimido. Donde no existía tal conflicto y la represión era innecesaria, los sueños no podían llegar a ser extraños o carentes de sentido. Ese hombre que soñaba dormido de la misma manera en que pensaba despierto encarnaba para Popper aquella condición de armonía interna que, en su calidad de reformador social, anhelaba establecer en el seno de la sociedad humana. Mas si la ciencia nos declara que semejante hombre, totalmente libre del mal y de la falsedad, desprovisto de toda represión, no existe o no podría sobrevivir, cabría replicarle que, en la medida en que es posible una aproximación a ese ideal, ella se vio realizada en la propia persona de Popper.
Abrumado por el encuentro con tal sabiduría, comencé a leer todas sus obras: sus libros sobre Voltaire, sobre la religión, la guerra, la previsión estatal de la subsistencia, etc., hasta que paulatinamente se integró ante mis ojos la imagen del sencillo gran hombre, que era un pensador y un crítico al mismo tiempo que un bondadoso humanitario y un reformador. Reflexioné mucho sobre los derechos del individuo, que él preconizaba y a los cuales gustosamente yo me habría adherido si no me hubiese detenido la consideración de que ni los procesos de la Naturaleza ni los objetivos de la sociedad humana justifican totalmente sus pretensiones. Una especial simpatía me atraía a él, dado que, evidentemente, también él había sufrido dolorosamente la amargura de la existencia judía y la oquedad de los ideales de la cultura actual. Sin embargo, nunca llegué a conocerlo personalmente. El sabía de mí a través de relaciones comunes, y en una ocasión tuve que responder a una carta suya en la cual me demandaba cierta información. Pero nunca lo visité. Mis innovaciones en la Psicología me habían alejado de mis contemporáneos, particularmente de los más viejos; demasiado a menudo, cuando me aproximaba a un hombre que había admirado desde lejos, me sentía como repelido por su incomprensión de todo aquello que se había convertido en el contenido mismo de mi existencia. Después de todo, Josef Popper procedía de la Física y había sido amigo de Ernst Mach; yo no quise que se malograra la feliz impresión de nuestra concordancia con respecto al problema de la deformación onírica. Así sucedió que fui aplazando la ocasión de visitarlo, hasta que ya fue demasiado tarde, y sólo me restó descubrirme ante su busto en nuestro Parque del Ayuntamiento.

«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total» 1.0 (versión electrónica)






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