Clínica de Niños y Adolescentes



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Clínica de Niños y Adolescentes


1er Cuatrimestre 2006
Seminario a cargo de Dra. M. Rodulfo y Dr. R. Rodulfo

Clase Nº 10 – 14/06/2006


Clase a cargo del Dr. Ricardo Rodulfo
R: Vamos a seguir pensando un poco. Básicamente hemos partido de pensar la adolescencia no como una cosa, por así decirlo - como una etapa de la vida, como una etapa del desarrollo, en el sentido universal; una etapa de la vida universal por la cual se pasa- sino que hemos empezado a pensarla como una posición subjetiva particular. Una posición – no una esencia, una sustancia, sino una posición- ligada, además, a un acontecimiento. La adolescencia como un acontecimiento histórico-cultural que sobreviene en cierto momento, no? de una determinada cultura, luego se extiende, se propaga y todo lo que luego pasa. La adolescencia, en ese sentido, como acontecimiento es uno de esos acontecimientos propios del siglo XX, sobretodo de su segunda mitad. Hemos relacionado este acontecimiento con muchas condiciones de tipo cultural, entre ellas unas condiciones de complejidad inéditas. Por ejemplo, para pensar esto de nuevo y darle más precisión. Habitualmente se liga la adolescencia a inmadurez. Se habla de una cierta inmadurez y, sobretodo, de un cierto desfasaje entre una cierta madurez biológica (desde un punto de vista biológico, por ejemplo la capacidad reproductiva) y la inmadurez psíquica. Ahora bien, esta misma inmadurez no es una condición inicial propia de una etapa. Es retroactiva a un cierto estado de la cultura Es desde cierto estado de desarrollo de una cultura que algo se define como inmadurez. Si en una cultura determinada yo cocino de la misma manera y las mismas cosas que cocinaba la abuela de mi abuela de mi abuela; si cultivo la tierra con los mismos procedimientos que usaban mis antepasados, con muy pocas variantes o diferencias históricas y así sucesivamente, bueno, la inmadurez es muy relativa: apenas dejo de ser niño, con muy pocas adquisiciones y aprendizajes ya estoy maduro para las tareas que me propone esa cultura, para lo que me exige esa cultura. En cambio, si yo a los 13, a los 14 años, después de la pubertad me encuentro en un estado de cosas tal que ni siquiera los adultos saben lo que tengo que aprender –porque lo están teniendo que aprender ellos al mismo tiempo- ahí aparece la inmadurez. Pero es relativa, porque la inmadurez no es un valor absoluto, una categoría absoluta; es relativa a cierta situación, en particular cierta situación de complejidad cultural. Esto para tomar un término que a menudo es pensado más bien de una manera biológica o psicológica individual. De manera que, paradójicamente, uno de los efectos de esta mayor complejidad cultural

–mala o buena- es generar más inmadurez. Y eso se nota en muchas cosas. Por ejemplo, la demora en adquirir cierta autonomía, no solo económica. La tendencia a que eso se extienda en el tiempo, así como que se alarguen mucho los ciclos de formación, etc., etc. Esta posición la hemos también caracterizado -uno de los puntos específicos de esta posición adolescente- es que cuestiona o no respeta o se desmarca de la autoridad de la tradición. Este es un punto muy específico. Y, en ese sentido, diferenciamos lo que llamamos la posición del joven – de lo que llamamos el chico joven o la chica joven- de la posición específicamente adolescente. En la posición del joven va implícito allí un cierto conflicto intergeneracional, un conflicto entre los jóvenes y los viejos, digámoslo así, entre los hijos y los padres. Pero este conflicto queda, está enmarcado dentro de ciertos valores compartidos. Si lo pusiéramos en palabras diríamos que la posición del joven es algo así como “Esto mismo que hacen mi padre y mi abuelo, estos viejos... yo lo puedo hacer mejor”. Ahí hay una rivalidad, una tensión, un conflicto, todo lo que suele darse entre las generaciones, además de relaciones de cooperación y solidaridad y de encuentro pero dentro de un campo compartido. Pero, la posición adolescente, en esa misma situación, sería: “Esto que hacen mi padre y mi abuelo no sirve para nada, yo no quiero hacer nada de eso, yo no tengo nada que ver con eso”. Ese es el matiz que diferencia la posición propiamente juvenil -y que como tal es anterior a la emergencia de la adolescencia- de la posición adolescente. Esto se pone en evidencia muchas veces casi de un modo muy casi guarango, diríamos, crudo en la profesión de ignorancia que puede hacer el adolescente (que a veces, bueno, nos molesta, nos sorprende. Como cuando se han hecho esas encuestas un poco desoladoras en los colegios secundarios sobre quién era San Martín o qué es una vaca y los chicos no sabían responder): lo que hay que pensar allí es que esta ignorancia no es meramente una ignorancia pasiva. Mala o buena, es una ignorancia activa, un rechazo negativista. En el sentido de “no me sirve de nada saber esto”, “no me sirve para nada saber que San martín cruzó los Andes o que hay una cosa que es la Constitución o las matemáticas y sus sucesivos desarrollos o la física...Todo eso no me sirve para nada”. Es esta posición de rechazo. En cambio cuando un chico de la misma edad está en un aposición que llamamos de “joven”, más bien va a decir: “yo voy a saber hacer con esto algo mejor que mi papá”, digámoslo en sentido figurado. Esta cuestión de las posiciones tiene una de las ventajas que tiene es que nos permite entender clínicamente, digamos, los matices, las contradicciones, las oscilaciones, las mixturas que se pueden dar en un individuo concreto. Porque un individuo concreto de 16, 17 años lo podemos encontrar oscilando entre posiciones diversas: la posición del adolescente, la posición del joven... No lo encontramos necesariamente unívoco. Incluso en las otras posiciones que mencioné: la posición de niño -la de quien atraviesa la pubertad pero con un nuevo cuerpo pero que sigue siendo un niño en sus configuraciones básicas- y la posición del sobreadaptado – el que tienen que hacerse adulto como pueda, a la fuerza y lo más rápido posible porque las alternativas son muy reducidas, muy escasas. Entonces en un caso concreto uno tiene que ver la posibilidad de los injertos, las mezclas entre esas posiciones y tienen que evitar la idea de tipos puros. Porque en general, en la realidad de las cosas, los tipos puros como los cuadros puros o las estructuras puras, etc. etc, son una cosa que no existen. Nos pueden servir de referencia para conceptuar algo pero como tal no tienen existencia empírica.

Lo que a continuación uno podría agregar, volviendo a la cuestión de la inmadurez en relación a la adolescencia, es que este término puede hacernos descuidar o no percibir algo que el adolescente puede tener muy desarrollado, muy maduro –digamos- que es la capacidad lúdica, la capacidad de juego. Tenemos que contar con ella para pensar la adolescencia. Vamos a ver esto a propósito de un motivo que insiste constantemente cada vez que se habla de adolescencia. Surge enseguida como pregunta de los padres, en el colegio, en general, c entre quienes tienen que lidiar con adolescentes o tratar con adolescentes inmediatamente surge la pregunta por los límites. Cómo es que hay que ponerle límites al adolescente. La idea de “poner límites” ligada a esto que le correspondería a los padres, muy señaladamente, poner límites. Esta idea merece ser examinada porque incluso muchos especialistas – psicoanalistas, psicólogos, sociólogos, educadores- me parece que pueden caer allí en una trampa en relación a esta pregunta. La pregunta encubre una concepción muy yo diría reaccionaria – más que tradicional- de la relación entre el grande y el chico, entre el padre y el hijo, etc., etc.. Donde el modelo de referencia es alguien más bien pasivo, en posición pasiva que tiene que recibir, respetar, acomodarse a ciertos límites que le pone alguien en posición activa. Esto yo diría que es cuestionable hasta en la niñez pero en la adolescencia se vuelve más expresivo. La idea del límite como algo que hay que poner desde afuera de la subjetividad y a la cual ella tendría que acomodarse. Entonces habría uno que pone el límite y otro que lo debe aceptar o que se revela contra él. En verdad esta manera de pensar las cosas es particularmente negativa en relación a la posición adolescente, porque solo deja dos opciones: la sumisión, el sometimiento o una rebeldía que puede quedar muy limitada a un negativismo, un negativismo que no va más allá de ese enfrentamiento: si me dicen una cosa, hago al revés. Hacer “al revés” proporciona una cierta ilusión de autonomía o puede ser a veces un momento necesario. Pero si las cosas quedan allí... no se deja de girar en torno al mismo eje, no?. El poder lo tiene aquel que pone el límite y mi único poder es el poder de rebelarme. En lugar de esto habría que proponer una concepción donde el límite se juega – en todos los sentidos del término “juego”, que ustedes pueden ver eso en otros puntos de la bibliografía de la materia o en otros lugares de trabajo de la materia-. Se juega, se construye “entre”: para el caso del grande y el chico, el adulto y el adolescente. Es muy distinto pensar que el límite se construye entre ambos – o como dicen algunos autores se “negocia”- a la idea de que el límite “se pone”. Frente a esa palabra... es mejor ponerse en guardia... Porque también puede impregnar las relaciones entre el terapeuta y el paciente. No es lo mismo un tratamiento armado entre el terapeuta y el paciente que un tratamiento donde el terapeuta “pone” ciertos parámetros que el otro debe aceptar, etc. etc. es una concepción autoritaria la que está en juego en el “poner”. Por lo tanto, todas las respuestas que se generan en la idea de “poner límites” son respuestas que siempre generan situaciones progresivamente más conflictivas e insolubles, más explosivas. O si no unos fenómenos de sometimiento que pueden dar lugar a mucha mediocridad ya mucha patología.

El adolescente será inmaduro y tiene además el derecha a no tener que cuidar de sí mismo. Subrepticiamente o no, eso más bien lo delega, no?. No se lo puede dejar, como si fuera capaz de cuidar de sí mismo. Pero no es inmaduro para el juego ni para los intercambios a partir del juego. Y está en condiciones, justamente, con el adulto de ir haciendo un límite que se debe además moldear según cada situación en particular. No puede definirse de un modo único. En verdad, la metáfora del límite también tiene una limitación en el modelo espacial: la idea de límite como algo que circunscribe. Cuando el límite es más bien algo que nos atraviesa. No es algo que está por fuera. Pero bueno, sería una cuestión a través de la cual lo que procura es rescatar todo el tema de la adolescencia como espacio de juego. Cuando vemos, de pronto, que un adolescente roba o miente se excede en estoy en lo otro, antes de correr ahí a poner etiquetas, nombres de la psicopatología, no hay que apurarse tanto y primero que nada hay que examinar eso desde el punto de vista de juegos adolescentes, de juegos, de exploraciones. Puede ser que en algunos casos uno encuentre que esos juegos ya toman sí una dirección definidamente patológica. Pero...no hay que ir en primera instancia a pedirla categorías a la psicopatología para pensar la adolescencia. En cambio, clínicamente es más útil y más rico y menos peligroso para el que trabaja o participar de ese trabajo, pensar más bien qué tipo de exploración, qué está poniendo a prueba el adolescente.



Bueno, la vez pasada empezamos a trabajar un punto que hoy quería retomar – y que también especifica la adolescencia- que el la relación del adolescente con el “deseo de ser grande”. Al respecto vimos también allí una especificidad muy particular porque, a diferencia de la posición del joven que cree en su deseo de ser grande - y, sobretodo, que cree que hay algo grande a conseguir, por más crítico que se muestre respecto de los adultos que lo rodean no duda de ese valor- la relación del adolescente con el deseo de ser grande es más traumática, más conflictiva, más negativa, también. Pronto descree de esa misma categoría en términos generales. En cambio, en el adolescente encontramos – y por eso mismo, como una de las tentativas de resolver esta situación- que él ya no ve al adulto como una meta que él quiere alcanzar en ese lugar. Y, además, de pronto está vacío de metas. Por lo cual es también clínicamente bastante fácil de comprobar que un adolescente sepa mucho más lo que no quiere que lo que quiere; que tenga mucho más claro lo que rechaza y lo que teme que lo que desea. Una de las direcciones, decía, una de las tentativas del adolescente para resolver esta cuestión es `producir una modificación: el deseo de ser grande se trasforma en deseo de ser “otro”. Otro en un sentido bastante radicalizado, digamos: “otro” del grande, “otro” de los valores del grande, “otro” de los valores de la tradición en la que se ha formado... Una de las maneras más visibles que tiene esto de ponerse de manifiesto es toda la atracción del adolescente y la búsqueda que hace en relación a la máscara, el disfraz, el tatuaje, no? El trabajo sobre el cuerpo al que vemos muchas veces al adolescente entregado y los juegos sobre el cuerpo a los cuales se entrega. Cuando me refiero a “juegos sobre el cuerpo” me refiero a cosas tales como teñirse el pelo, raparse, dejarse el pelo muy largo, vestirse de tal manera, de tal otra, ponerse un aro, ponerse un aro en la nariz, en la lengua, tatuarse.... múltiples maneras que insisten en rescribir el cuerpo, en hacer nuevas inscripciones en el cuerpo que lo vuelven muy heterogéneo al cuerpo que el adulto espera de él. Lo cual, sabemos, produce muchas confrontaciones y, además, muchos problemas superfluos en la medida en que nos falta, justamente a los que criamos adolescentes o trabajamos con adolescentes, nos falta la perspectiva del juego para pensar estas cosas. No evaluamos la importancia del a perspectiva del juego, que el adolescente está jugando, no?. Está jugando tal como si viéramos a un niño sentado jugando con autitos o muñecos y cosas por el estilo. Es un juego todo eso. Pero como todo juego, sus propósitos son muy importantes, no son nada contingente ni nada superficial. Porque sabemos que básicamente, nos subjetivamos a través del juego. En esas exploraciones, en esas idas y venidas por su cuerpo que incluyen a veces bastantes maltratos al cuerpo – y a veces hasta lo pone en riesgo- el adolescente está buscando nuevas configuraciones subjetivas para sí. Pero sobretodo muy reguladas por ese deseo de ser “otro”. Esto mismo se reencuentra, por ejemplo, en ese nuevo espacio de encuentro que es la tela de la www, donde allí se da un fenómeno interesante. Porque mientras cierto superyo cultural nos insita actualmente a la transparencia de una comunicación permanente – estar comunicado, no quedarse afuera, “si no te comunicás te quedás afuera” nos amenaza la publicidad, si no tenés tal celular quedás afuera...- Todo ese tipo de ideales que allí se generan, es interesante que el adolescente allí encuentra sus propios usos para eso. Por ejemplo, ocultarse, disfrazarse, mentir, engañar como cuando pone fotos que no son de él diciendo que son de él. O se atribuye nombres o identidades o posiciones subjetivas ficticias, no? Hace poco tiempo consultaron por una adolescente- una chica de 15 años- porque se había descubierto – y eso provocaba una gran conmoción- que esta chica estaba muy enamorada de otra. Se había descubierto, digamos, una definida tendencia lesbiana en ella. El descubrimiento correspondía a amigas de ella y a su propia madre. Y bueno, provocó toda una conmoción en su ámbito, lo que llevó a la consulta. La cuestión era que se había más bien interceptado de una manera invasiva, diría, materiales escritos de ella, cartas de ella, intercambios de ella con la chica de la cual estaba enamorada. Bueno, y toda una serie de correspondencia sexual, etc., etc. y dudas de ella.... Bueno. El verdadero descubrimiento, muy interesante, fue que todo esto era una ficción: ella había inventado la interlocutora y había inventado toda la relación amorosa a la manera de una especie de novela en episodios y de la cual le proporcionaba dosis periódicas a sus amigas, etc. etc. No existía, era un personaje que no tenía existencia material esa supuesta enamorada. Por otra parte, tampoco había una tendencia lesbiana en ella. Además que, por otro lado, no necesariamente una tendencia lesbiana tendría que llevarnos a tirarnos de los pelos. Hoy nos hemos desmarcado de considerar la homosexualidad como una enfermedad. Esto no es así. Pero... un homosexual puede estar enfermo de cosas como lo puede estar un heterosexual pero la homosexualidad en sí misma no es ninguna enfermedad ni ninguna perversión ni nada que se le parezca, esos son simplemente prejuicios culturales. Pero bueno, lo cierto es que ella no tenía ninguna tendencia lesbiana. Y mientras había construido esta ficción de quien sí se había sentido atraída era por un chico del cual ella a su vez sentía como inaccesible. Todo esto tenía que ver – no importa ahora los detalles del material- con un juego que ella había montado y en el que hizo entrar a su madre, a sus amigas, todo un revuelo que se produjo, las amigas preocupadas en cómo ayudarla, sacarla de ese pozo, pensar que la otra era una perversa que la corrompía, que supuestamente era dos años mayor y ya había tenido experiencia.... Voy a que todo este juego de identidades en la que ella se armó, a través de la internet, una identidad ficticia, una posición sexual ficticia.... Bueno, básicamente tiene que ver con un juego exploratorio en relación a ese deseo de ser otro u otra y que tiene esa característica que es parte del juego y que es que el juego puede provocar o da lugar al mal entendido. Cuando alguien no toma e juego como juego....Lo mismo ocurre con chicos que hacen ciertas actividades delictivas, como negociar con celulares robados o cosas por el estilo. O robar alcohol... Tienen ese carácter de juegos y de esa búsqueda a dos puntas: ser otro en el niño que fui, ser otro en relación al adulto que me dicen que debo ser y que no acepto ser. El futuro de la evolución de un chico o una chica dirá si estos juegos, todo este período de juegos- deja un marca diferencial creativa cuando se llega a otra posición a la que llamamos a falta de nombre mejor “adulta” o si estos juegos se van atrofiando, se van perdiendo, la vida del chico se va absorbiendo más o menos en la medianía común, en la normalidad esperable. Eso depende. Porque a diferencia de lo que pensaba el psicoanálisis clásico, hoy no podemos pensar que lo que ocurre en un momento de la vida sea garantía para lo que ocurre en otro. Un período muy rico puede finalmente desembocar en una gran pobreza. Y un período muy feliz de la vida no garantiza contra la enfermedad futura. Hoy ya no podemos pensar que dadas ciertas condiciones lo demás va a andar bien o va a andar mal. Entonces, no nos sorprende de pronto encontrar años después a un adolescente que era muy “provocador” sumamente convencional y hasta con amnesia respecto de su adolescencia. Muchos padres contemporáneos muchas veces tienen sus amnesias en relación a su propia adolescencia cuando se escandalizan o se asustan o se angustian por algunos puntos así muy provocativos en el comportamiento de sus hijos adolescentes. Es un verdadero efecto de amnesia o, como diría Freud, de represión. Entonces el mismo padre que fumó años y años marihuana puede pensar si es drogadicto el chico porque le encontró marihuana en un cajón del placard.

La búsqueda, la atracción del adolescente por el exceso, por la intensidad; la intensidad sonora, el ruido, el aturdimiento, las grandes cantidades de alcohol que se ingieren en un momento dado, el juego ahí con el peligro.... Porque el adolescente está muchas veces ahí en una exploración no garantizada, en una “cuerda floja”. Por eso mismo, hay que cuidarlo. Pero esto también son otras modulaciones, otras variedades en este deseo de ser “otro”. Por ejemplo, probar qué se experimenta con un alucinógeno. Y ,en ese punto, es importante ir haciendo criterios que nos orienten respecto a lo que es de pronto consumo de drogas diversas – alcohol incluido- a lo que es verdaderamente adicción, que es otra cosa. La palabra “adicto” a veces se usa muy a la ligera, muy descriptivamente, y entonces pareciera que está lleno de adictos o que son todos alcohólicos o cosas por el estilo. Un criterio médico-psiquiátrico o un criterio psicoanalítico convencional no nos sirve de gran ayuda en estas cosas. Porque de hecho, hay adolescentes que consumen mucho – y uno diría a veces, incluso, peligrosamente en cuanto a las mezclas que hacen de bebidas, de tal o cual droga- y sin embargo están muy lejos en peligro de ser adictos y años después todo eso ha caído como cae un diente de leche en la niñez. Tenía que ver con determinadas exploraciones y juegos. El deseo de ser otro encuentra una encarnación muy atractiva en el estar, como decía un paciente, “escabiado” y perderse...



Ahora bien, volviendo al punto de la relación compleja, conflictiva, desencontrada con el deseo de ser grande, hay un concepto, un viejo concepto que nos conviene reintroducir para pensar estas cuestiones y para tratar de sintonizarnos con angustias y sentimientos adolescentes. Es el concepto de desamparo. Es un viejo concepto freudiano que quedó demasiado ligado a la imagen del bebé, del niño muy pequeño, porque el concepto entró por ese lado: la situación en que un bebé no es autoválido y entonces debe recurrir al otro para vivir; para vivir a nivel más básico de lo que llamamos estar vivo (no puede alimentarse solo, etc., etc.). En ese sentido se plantea la situación inicial del ser humano como una situación de desamparo, de dependencia absoluta. En realidad, el concepto es más rico que esto y no debemos limitarlo a una edad de la vida. El desamparo, más que una condición de un momento o de un estadio evolutivo, es lo que la filosofía existencial llama un “existenciario”: es una de las dimensiones propias de la vida humana. El desamparo nos atraviesa desde que nacemos hasta que morimos. Lo que cambia es la calidad de ese desamparo y los modos de padecerlo o de experimentarlo. Los adultos estamos tan desamparados como los bebés frente a mil contingencias de la vida: la muerte, la enfermedad, el desempleo, la inseguridad – en un sentido muy amplio, no hablo ahora de asaltos y esas cosas- las no garantías de que el amor dudará, de que no morimos a la vuelta de la esquina, de que nuestros hijos nos amarán, las mil formas que toma este desamparo. En la vida, nunca estamos amparados, al amparo, no? Y si hay un ser que está desamparado, uno diría que es un adulto, atormentado por tantas cosas. Pero el adolescente tiene su propia manera de vivir o recrear muy violentamente una situación de desamparo. Y el adolescente es particularmente muy sensible al desamparo, aunque suele negarlo de una manera defensiva. Suele negarlo en una actitud de “qué me importa”. Digamos, el adolescente está particularmente desamparado en ese punto que yo marcaba la clase pasada en que descubre que el grande no lo era y que el grande es tan, en el fondo, precario e inconsistente. No me refiero a cuando hay inconsistencias más patológicas etc., etc. Ahora estoy hablando en términos más generales. Cuando el adolescente descubre la inconsistencia propia de todo ser humano: las contradicciones, las duplicidades, las impotencias del adulto; aún las más sencillas, me refiero a las inevitables y no a situaciones que tienen un colorido particular. Peor cuando descubre que todo lo que él creía de niño, lo que había de “grandeza” en los adultos en los que él confía o confiaba, todo lo que había de poder, de libertad, de sabiduría no era tal - o que era mucho menos, mucho más agujereada esa cosa- allí es una manera muy adolescente de experimentar el desamparo: el adolescente queda desamparado de la ilusión de que el adulto era grande y de que , por lo tanto, identificándose con ese adulto, cumpliendo los requisitos propios de la identificación (con la madre, el padre, etc.) iba a ser él grande también, iba a recibir esa herencia, iba a llegar a esa posición, lo que hay ahí “arriba”. No hay nada ahí arriba y no “arriba”. Este descubrimiento es insoportable, extremadamente angustioso y provoca un enorme desamparo. Y, por supuesto, esto vuelve al adolescente más sensible o más vulnerable a matices o intensidades específicos de ese desamparo como, por ejemplo, que verdaderamente haya una conformación muy patológica en el medio familiar o social que lo rodea- cuando se añade, digamos, más inconsistencia o más patología a algo que sería propio de la inconsistencia constitutiva e, incluso, saludable de todo ser humano-. Antes el grande era el que “se las sabía todas”. El joven experimenta mucho menos esa conmoción porque, en todo caso, dice “este no se la sabe todas como creía pero yo puedo... hay posibilidades de sabérselas todas y yo lo puedo conseguir”. Es un desamparo más acotado. No puedo buscar mis ideales en la familia, pues los busco en otro lado. En el adolescente esto tiene, nuevamente, una vuelta de tuerca, una posición más radical: no hay grandes por ningún lado. Muchas letras de canciones de rock escriben sobre esto de manera más feliz o más ramplona, más poética o más vulgar pero con mucha claridad, con mucha de lo que se llama “protesta” tiene que ver con esto. Pero es un desamparo terrible, el desamparo no es ahí que si no me alcanzan la mamadera o la teta me muero de hambre. El desamparo ahí se manifiesta de otra manera: “quedé al descubierto, no me ampara el techo del adulto”. Esto va mucho más allá a una cuestión de familia. La adolescencia no se reduce a una cuestión de familia. Los temas con el padre y con la madre y con esto y con lo otro pueden ser muy importantes pero todo esto va mucho más allá de una cuestión de familia. No se puede reducir la adolescencia, por eso mismo, ni en el inconsciente ni en una cuestión de familia. Este desamparo va ligado a lo que un pensador contemporáneo, un filósofo –Derrida- llama “duelo por anticipado”, que es un concepto muy interesante. Habitualmente, y en psicoanálisis también, el concepto de duelo ha quedado regulado por la idea de una pérdida pasada o presente padecida: duelo- la muerte de; duelo-la separación; duelo por algo que acaba de ocurrir o que ocurrió hace mucho tiempo y que aún no terminado de duelar. En ese sentido se ha dicho, y con razón – se ha hablado, ustedes lo habrán estudiado seguramente- los duelos del adolescente por el cuerpo de niño, por la niñez, por los padres de la niñez... todo eso existe, clínicamente tiene su importancia. Pero hay otro matiz que hay que agregar a esto que es el duelo por anticipado: el duelo respecto al porvenir. Y nosotros como comunidad – me refiero a lo que llamamos “la Argentina”, si es que esto existe- justamente venimos de atravesar situaciones muy serias al respecto donde se habló, se creyó hasta se propagandeó mucho, incluso, “lo que no hay es porvenir. Tenemos que irnos de aquí, no hay porvenir”, no? Un duelo por anticipado allí que propicia la huida – armar el proyecto de vida en otro lado- o la desesperación o el escapismo, bueno, muchas alternativas más saludables o más patológicas pero que tienen que ver con ese duelo “por lo que no voy a tener”, “por lo que no voy a hacer”, “por lo que no está abierto, no está prometido”... Bueno, el adolescente es muy vulnerable en este punto y este punto se siente con mucha intensidad. El duelo por anticipado por “el grande que no voy a poder ser”, porque no voy a poder serlo porque los grandes eran una mentira, que era todo una mentira... Esto puede dar lugar a fenómenos muy ruidosos y a sintomatologías muy ruidosas en la adolescencia. Sintomatologías muy ruidosas pero a veces menos patológicas de lo que parecen. Por ejemplo, sintomatologías de fracaso escolar que hoy es una epidemia sobre todo en los varones - y no por casualidad-. Se da más en los varones que en las chicas en la medida en que, para el varón, todo este duelo, todo este derrumbe es un poco mayor en el sentido de todo o que está ligado a declinación, resquebrajamiento lento pero efectivo de todos los valores ligados a machismo, a poder del macho, a poder del padre, a la primacía de lo paterno y a todos esos valores de lo paterno (incluso en alguna parte del psicoanálisis siguen muy vigentes pero que no dejan de ser un combate de retaguardia). El varón está más en crisis, en ese sentido, tiene todavía referencias identificatorias más endebles y ,además, tiene que reposicionarse incluso frente al otro sexo y frente a muchos ideales en general. Entonces no es casual, desde este costado, que los niveles de fracaso – repetidores, etc., etc – sean bastante mayores en (por ejemplo, tomando la Ciudad de Buenos Aires) chicos adolescentes que en mujeres, no? De una manera u otra a la chica se le están abriendo más espacios y al varón se le han caído referencias y tiene que reposicionarse, está más inseguro. El desamparo, digamos así, lo experimenta por partida doble. Ya ser varón no basta. Lentamente va dejando de ser la posición sexual hegemónica, privilegiada. Si bien eso es bastante lento y todavía encontramos muchos bosones o muchas familias donde esto todavía resiste. Pero no sin crujir, no sin resquebrajarse y no sin dar lugar a cambios importantes. Eso hace por ejemplo que uno actualmente encuentre muchas más actitudes fóbicas en adolescentes varones respecto a chicas que encaran, que van al frente, que no esperan que “las vayan a buscar”. Y esa queja que aparece a veces del lado de las chicas, de las mujeres de que “no hay hombres” o “hay menos varones que quieran comprometerse” -sin contar la gran cantidad de varones que “se pasan de bando”, digámoslo así, en relación a la heterosexualidad- bueno, tiene que ver con toda esta cuestión.

Pero básicamente está en juego allí un desamparo que da lugar a ese duelo por anticipado. Y el duelo por anticipado me pone frente a esto: si tengo que duelar ese grande que no voy a ser... ¿quién voy a ser? y si puedo abrir alguna puerta positiva en relación a ser otro. Esto da lugar a otros fenómenos fácilmente encontrables en la clínica del adolescente: las patologías del vacío y del aburrimiento, que son muy frecuentes. No me refiero al aburrimiento del “me aburren las matemásticas” o “me aburre ir al colegio” sino al adolescente que está siempre aburrido – en verano, en invierno, esté donde esté-. Y los fenómenos del vacío, de la falta de sentido, del “no tengo dirección a dónde ir...”. Y otras sintomatologías u otra dimensión que nos pone en la pista de todo este fenómeno del desamparo -del duelo por anticipado, angustia, depresión, etc., etc.- son masivos fenómenos de idealización, en que el adolescente busca una alternativa ligada, por ejemplo, a la idealización de ciertos personajes o ciertos grupos. Estos personajes pueden tener fisonomías más políticas a veces. El Che Guevara y el hombre nuevo, con su promesa de un hombre nuevo -que sería otro radical respecto a los grandes de siempre- o, de una manera más pasatista, un rockero muy de moda, muy emblemático y muy brillante, con su protagonismo y su banda. O el deportista super exitoso. Las figuras pueden variar pero el rebote de todo desamparo adolescente y de este duelo por anticipado suele ser la búsqueda desesperada a través de un idealización de algún grupo o alguna figura que parece prometer aquello que ya no se puede esperar de otros lados. El “rebote” digo porque allí el adolescente se muestra muy sumiso y a-crítico, no?. Y recae en todo ese sometimiento que al que ha procurado escapar en sus relaciones familiares y más institucionales con los adultos. Como, por ejemplo, someterse a ciertos valores de su grupo de referencia o de pertenencia.



Ahora bien, este desamparo tiene otra cara, otro costado mucho más positivo, menos sombrío y mucho menos angustioso que es la exploración. La exploración en un sentido amplio. En mi último libro – “El Psicoanálisis de nuevo”- hablo del adolescente como un nuevo deambulador, el segundo deambulador -en relación al niño pequeño que empieza a caminar y deja de ser un bebé, anda por todos lados tocando todo y agarrando todo; descubriendo un nuevo espacio a partir de su bipedestación. Una época muy sensible y muy importante de la vida humana-. Aquí hablo de una segunda deambulación. Toda la dimensión exploratoria del adolescente se puede encarnar muy bien en ese adolescente que se va de viaje.

Tomo un caso clínico concreto. Una chica que viene a tratamiento a los 17 años. Cuando empieza su tratamiento es una chica muy, digamos así, “muy nacional Buenos Aires” en el mejor sentido de la palabra: una chica con muchas inquietudes intelectuales, políticas, sociales. Por ejemplo, es voluntaria en un comedor para niños carenciados; es muy estudiosa y siempre quiere saber más de lo que se le enseña, siempre quiere leer más de lo que se le pide. No es la posición sobreadaptada de lo que se llama “el traga”, el que busca complacer al grande teniendo buenas notas. Sino que lo hace para si. Esa es una posición de ella pero que también tiene un matiz de ciertos ideales que en general tienden a girar mucho en torno de la figura de la madre. Ciertos ideales ligados a “que las cosas hay que ir haciéndolas a su debido tiempo”. Esto implica que cuando uno termina el secundario tiene que elegir una carrera y dedicarse a seguir esa carrera y consagrarse a ella. La madre , en ese sentido, tiene los valores propios de la clase media profesional. Bueno, ella empieza eso: entra en una universidad y ella sabe cómo hacer para que le vaya bien en un lugar de estudio. Pero mientras se está analizando. Y el análisis moviliza cosas, preguntas, cuestiones, otros cambios... Lo cierto es que cuando está cursando el primer año, después de hacer un curso de ingreso, entra en una crisis muy violenta, muy aguda respecto a esto. Empieza a hacer algunos síntomas como, por ejemplo algo inédito parar ella, la imposibilidad de estudiar. Querer preparar una materia para un parcial y no poder. Algo muy insólito para ella, no estaba acostumbrada a esto. Angustia, desorientación, dudar de todo: ¿yo quiero estudiar? ¿quiero estudiar esto? ¿qué es lo que quiero hacer yo?. Bueno, hay muchas preguntas, incluida la pregunta por el “¿quién soy, en realidad?”. ¿Era de mi familia o era mío? ¿Es de mi grupo o es mío? ¿Es de ciertos ideales que introyecté, digámoslo así, en términos psicoanalíticos?. Bueno, empieza a estar más desordenada, empiezan fenómenos que no le ocurría a ella: perder el tiempo - lo que se llama “perder el tiempo” desde el punto de vista convencional-, desorganizarse, pequeños fracasos, no cumplir con cosas que habitualmente cumplía.... Bueno, esto va a parar a un deseo de viaje, que empieza a tomar forma y que empezamos a trabajar en sesión . Un deseo de viaje... abierto, no vacaciones. Tomarse unas vacaciones implica un período acotado de más días, menos días; tienen una ida y una vuelta programada. El viaje es otra cosa. El viaje es perderse. El viaje implica la posibilidad segura... si es un viaje – como decía un poeta argentino- “del viaje no se retorna”, en el sentido de que si es un viaje, el que vuelve tiene una marca diferente. El turista vuelve igual, con fotos y anécdotas. Y si es argentino, de cuánto costaron las cosas en otro país (risas), si estaba caro o barato... El viajero no sabe bien cuándo vuelve ni cómo vuelve. Ella, bueno, lo que se va configurando es algo de esas características. Finalmente, se va de viaje, se va de viaje con una amiga que está más o menos en condiciones similares. Y es interesante las pautas de este viaje y los choques que suscitan. Ella primero el viaje lo hace abierto: no sabe bien a dónde van a ir (salvo el primero o el segundo punto). Tampoco tiene una fecha segura, lo cual implica que a lo mejor pierde un año – como se dice, “pierde un año de estudios”-. Tampoco acepta llevarse un celular. Algunos de sus familiares le insisten mucho en esto para saber dónde está. Justamente ella no quiere que sepan dónde está, donde va a estar. Esto provoca mucha.. “por lo menos si no sabés dónde vas a estar, llevate un celular para que podamos ubicarte, saber dónde estás”. Uno de los usos del celular – uno, no el único, hay usos mejores- es de mucho control: de los chicos sobre los padres y de los padres sobre los chicos. Los chicos fóbicos controlan también los movimientos de los padres, cuando los padres salen. Es el celular que nunca se puede apagar, “no o vayas a apagar...”. Bueno, ella se niega a llevarse eso y, en todo caso, dice que llamará alguna vez para tranquilizar. Pero ella se quiere perder. Los parámetros en los que venía su vida de cierta previsibilidad: estudios esto, preparo los parciales, el año que vienen tengo tales materias, estas son las correlativas, etc; todo esto se desorganiza. Porque además, tal como viene ese viaje, un año “pierde” seguro. Bueno, puede hacer ese viaje, que además tiene verdaderamente características de viaje, la lleva por lugares ... es muy interesante, porque el deseo de ser otro, lo exploratorio allí; la transformación positiva... Uno podría decir que en un primer momento de la crisis ella experimenta por primera vez el desamparo: esto que quiero hacer, ¿me sirve?, ¿sigo deseando esto que creía que deseaba?. En ese sentido, queda momentáneamente desamparada respecto a una serie de referencias muy seguras para ella hasta ese instante. El viaje viene a trabajar positivamente el desamparo transformándolo en una exploración que pone en juego el deseo de ser otra y que la lleva justamente al contacto con otras culturas. Porque va a parar a lugares donde entra en contacto no solo con otras personas sino con otras culturas, con otras etnias. Vive un tiempo en ese medio. Vuelve finalmente pero la que vuelve es una chica distinta, una mujer distinta – con todo esto ya ha cumplido 20 años- e incluso ella retoma lo que estaba haciendo. Pero uno no diría que simplemente “retoma lo que estaba haciendo” porque no lo retoma de un mismo modo, ni la misma persona, ni con los mismos mandatos Está en otra postura. Bueno, esto es una buena muestra clínica para pensar allí lo importante de poder poner en juego. Ella puede abrir un espacio de juego, diríamos. El viaje - nuevamente, este tipo de viaje adolescente, que fue de mochilera, por supuesto, usando mucho el “a dedo” y el acampando donde se podía, etc., etc.- es justamente una de las transformaciones y una de las variantes del jugar. Está en relación, y es una derivación, de un niño que juega a los superhéroes o cualquier otra cosa donde se pone de manifiesto el deseo de 2ser otro”. Porque al jugar se es siempre otro, siempre se entra en un espacio ficcional. Todo este viaje es un espacio lúdico o, como diría Winnicott, un espacio transicional y un tiempo transicional que ella abre. Y donde deja cosas que maduren a su manera, las pone a debatir a su manera. Durante el viaje ella no se dedica mucho a pensar – en términos de “qué voy a hacer a la vuelta”-. En el viaje vive, juega en el viaje. A la vuelta sí se pone a pensar en eso. Para eso usa muy bien sus sesiones. Es interesante que también precede al viaje y a esa crisis que ella tiene, la ruptura de una pareja. Una de las característica de ella era la conformación de parejas muy estables, noviazgos. Pero además noviazgos que tenían una cierta función de excesivo ordenamiento, en el sentido de que inconscientemente siempre tendía a elegir personas que eran controladoras, con las cuales no eran muy fácil vivir con cierta libertad, con cierta imprevisibilidad. Durante esa crisis -a la que he hecho referencia- una de las cosas que se produce es que rompe, no solo con esa pareja sino con un modo, con un tipo de elección de pareja. Es interesante que cuando vuelve, la próxima vez que vuelve a estar en pareja, hasta el nombre de eso es inseguro. El nombre de “noviazgo” no le va exactamente. Y las características de la relación son muy muy diversas en relación a la anterior. Uno de los fenómenos más productivos, justamente, en la adolescencia – ligados a este juego exploratorio- sea la cantidad de experiencias sin nombre, la pérdida del nombre, la insuficiencia d e las palabras. Cosa que a una mentalidad demasiado psicoanalítica le puede chocar... Una relación a la que no se le puede poner un nombre claro. A veces surgen neologismos que intentan reencontrar algún nombre, como cuando se dice “amigovio” o cosas por el estilo. Pero nombres para relaciones o actividades... muchas cosas así que no tienen un nombre claro. Por ejemplo, ella se pone en una cosa que tiene las características de un trabajo pero a la vez no es un trabajo en el sentido más convencional de trabajo (sin embargo ella está muy comprometida ahí). Digo con esto que un índice clínico para evaluar la riqueza de un proceso adolescente como tal es su capacidad para poner en cuestión nombres tradicionales. Quiero ser esto, lo otro... Incluso allí muchas ambigüedades en el terreno sexual, como el límite muy contundente que separe o corte las alternativas homosexuales de las heterosexuales; lo valores de fidelidad y las relaciones más poligámicas; no?. Que todos esos nombres queden en cuestión es muy importante. Y eso incluso es importante que ponga en crisis nuestros conceptos. Porque nosotros solemos hablar mucho en psicoanálisis del padre y de la madre; de la función materna y de la función paterna.

Pero en verdad, una de las consecuencias más interesantes del proceso adolescente – cuando se puede desplegar verdaderamente- es justamente que ya no se sepa muy bien en qué consiste ser un padre o una madre. Que no lo sepa ni el adolescente ni el padre ni la madre. Lo cual no quiere decir no hacer nada entonces sino tener que tantear, tener que inventar, casi por ensayo y error. De modo que ahí también los conceptos que hemos aprendido, por ejemplo en psicoanálisis, con respecto a lo paterno y a lo materno, no nos van a servir demasiado. O nos van a servir hasta cierto punto o para algunas cosas y no para otras. Y si queremos limitarnos a ellos nuestro trabajo con los adolescentes va a ser poco productivo y, por lo general, breve. En el sentido de que ningún adolescente va a poder quedarse a trabajar con nosotros. Tenemos que elegir entre la estrechez de nuestras teorizaciones y el desafío de un juego sin reglas prescriptas.



Bueno, ¿alguna pregunta, alguna aclaración, algún comentario asociativo? Porque bueno, debe haber más de un interrogante en relación a esto.
A: A mi me quedó una duda en relación a si el joven es más narcisista que el adolescente, porque él sabe que puede hacer algo superior a los padres en cambio el adolescente es diferente totalmente, pero como que es más seguro de sí mismo el joven, más narcisista que el adolescente?
R: A ver, no sé si se escuchó la pregunta. Me preguntan si en la medida en que en la posición del joven es menor la conmoción, el joven estaría en una posición más narcisista que el adolescente en el sentido de una mayor seguridad o regulación por ciertos ideales, etc. etc. Yo no hablaría de mayor o menor. Digamos que si por narcisismo entendemos la relación con ciertos ideales, con ciertas imágenes y con cierta estabilidad... más que mayor o menor es cuestión diferente. Por ejemplo, el adolescente busca muchas referencias y muchas seguridades narcisistas muy exogámicas, o sea, en medios muy ajenos al campo de lo familiar (en un sentido amplio), en grupos o en figuras muy exóticas. Pero allí busca, también muchas certezas. La cuestión del narcisismo da ahí para ser pensada en un sentido más amplio – que no sé si tenemos ahora el tiempo- en cuanto a que el narcisismo tiene que ver con el descubrimiento de un espacio virtual, todo lo que implica el espejo y sus continuaciones. El narcisismo allí hay que ponerlo en relación a todo lo que tiene que ver con lo virtual, lo mediático, esos espacios ficcionales creadores de realidad. Y en el adolescente eso se pone en juego de maneras diferentes. Yo no diría en términos de más o de menos sino de direcciones diferentes y, por lo tanto, también de problemáticas diferentes. La pregunta es interesante pero nos obligaría a volver sobre el concepto de narcisismo. Pensemos que habitualmente ligamos narcisismo a cosas tales como egoísmo, a valores así... o a algo más primitivo. Pensemos, volviendo al mito –dejo esto como indicación simplemente- que Narciso es un descubridor. El mito de Narciso es el que descubre el espejo y una relación con el espejo, con la imagen. Porque el punto muy interesante – y que está bien explicitado incluso en versiones como las de Ovidio del mito de Narciso. “La metamorfosis” de Ovidio, es una de las versiones más ricas—es que Narciso primero se toma como que ahí hay otro. Primero se confunde, digamos. Llega un lugar donde nadie había llegado, donde hay un lago particularmente cristalino. Y cuando ve su reflejo, primero piensa que es otro, por el cual se siente muy atraído. Pero en un segundo momento Narciso descubre que no, que es una imagen de él reflejada. Y allí – y ese es el punto interesante- lejos de desengancharse y decir “ah! me equivoqué”, se engancha más. Ahí descubre verdaderamente. Y lo que podríamos decir es que en realidad se enamora del espejo, se enamora de ese descubrimiento, de ese espacio que es distinto que es distinto del espacio real, digamos así, el espacio virtual del espejo. Y es ese espacio virtual del espejo es una punto del desarrollo que va a conducir a la pantalla del televisor, al cine, al espacio del teatro, al espacio de la computadora, al espacio de ficción en general. Toda esa duplicación que se arma y el poder creador de ese espacio. Narciso es un descubridor. No es un vanidoso. La consideración del narcisismo ha quedado muy – en el psicoanálisis mismo- limitada por la connotación moral que siempre liga a narcisismo con vanidad y egoísmo. Pero eso son juicios morales que obstruyen pensar. Si lo analizamos de otra manera, prescindiendo de esos valores morales – porque la vanidad por la imagen, en todo caso, es uno de los accidentes, es una de las cosas que pueden ocurrir en ese espacio pero no es la única ni necesariamente la más importante- Narciso es un descubridor nada menos que de un nuevo espacio y de todo lo que abre ese espacio. Como Cristo, como Edipo, es un descubridor y, como todo descubridor, todo descubridor tiene su propio ascetismo. Porque Narciso, se nos cuenta, rehuía a lo que todos lo jóvenes se entregaban, al intercambio sexual (tanto con chicas de su edad como con chicos). Tienen una edad, además, muy de lo que hoy llamaríamos muy adolescente cuando ocurre esto. Y él ha permanecido sexualmente distante, tanto de lo homo como de lo heterosexual. Siempre en los mitos el descubridor de algo tiene un período en que renuncia: Cristo está en el desierto y no accede a ciertas tentaciones, etc. , etc. narciso cumple estas pautas. Hoy diríamos que el poder de ese espacio es mayor que nunca.
A: Pero no nos olvidemos que se termina matando...
R: Se va a vivir al otro, diríamos. La muerte ahí es siempre ... como la muerte de Cristo, como la metamorfosis de la cual florece algo. Muere para un espacio para ingresar al otro. Es como la ceguera de Edipo. Edipo queda ciego porque accede a una visión superior. Edipo es un investigador. Lo que especifica a Edipo no es el incesto sino querer descubrir, querer investigar lo que pasó. En el lugar de Edipo, en al época en que ocurren los accidentes que cuenta el mito, lo que se hacía era un sacrificio. Por ejemplo, hay una sequía prolongada, se supone cólera de los dioses. Entonces se sacrifica: según las culturas un ser humano, un animal... sacrificios expiatorios. Edipo cambia el método, en vez de un sacrificio se pone a investigar: “por qué ocurre esto”. La tragedia de Edipo es, como han dicho algunos autores, una verdadera pesquisa policíaca, detectivesca, con interrogatorios, búsqueda de pruebas. Se entrega a una búsqueda de la verdad, él quiere saber y quiere saber del poder, los orígenes del poder. La ceguera simboliza siempre en los mitos un acceso a otra visión. Además hay una segunda parte, que es Edipo en Colona, donde él es como el profeta desterrado, etc., etc. Los análisis originales del Edipo son un poco limitados. Primero porque, por ejemplo, en la perspectiva muy familiarista del psicoanálisis clásico se reduce todo el Edipo a papá, mamá y el chico. Entre otras cosa, entre otras arbitrariedades de ese corte, lo que se pierde de vista es que se trata de un rey, una reina y su heredero. Hay toda una dimensión política del mito que en el análisis de Freud, para empezar por ahí, se pierde por completo. No es lo mismo cualquier padre que un padre rey., Hay una cuestión política ahí en juego, no?. Bueno, el mito en sí implica más personajes, más historia. La reducción de Edipo al triángulo tiene un empobrecimiento. La muerte en el mito es como.... (se acabó el cassette porque estábamos pasados del horario).


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