Clase 1 / Prácticos



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Práctico 1

Bibliografía:

SCHMUCLER, H., ¨Donald y la política¨, en Dorfman, A. y Mattelart, A., Para leer al pato Donald, Bs.As., Siglo XXI, 1973, págs. 3-10.

DORFMAN, A. y MATTELART, A., ¨III. Del buen salvaje al subdesarrollado¨, en Para leer al pato Donald, Bs.As., Siglo XXI, 1973, págs. 57-67.

VERÓN, E., ¨Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia política¨, en VV.AA., Lenguaje y comunicación social, Bs.As., Nueva Visión, 1971.

MATTELART, Armand, ¨VIII. Conclusiones¨, en Mattelart, A. y M., Piccini, M., ¨Los medios de comunicación de masas: la ideología de la prensa liberal en Chile¨, Cuadernos de la Realidad Nacional, n°3, Santiago de Chile, 1970.

LÉXICO: Ideología y alienación.



SCHMUCLER, Héctor, ¨Donald y la política¨, en Dorfman, A. y Mattelart, A., Para leer al pato Donald, Bs.As., Siglo XXI, 1973, págs. 3-10.

DONALD Y LA POLITICA

Héctor Schmucler


Cuando este libro apareció en Chile, hacía poco más de un año que la Unidad Popular había asumido el gobierno. En todos los sectores de la sociedad comenzaba a evidenciarse -más o menos dramáticamente- que el intento de transformar una realidad pone en tensión al conjunto de la estructura existente. Todos los elementos que constituyen el aparato social se reordenan y en este reacomodo surgen conflictos específicos aún en las zonas cuyas formas de existencia parecieran trascender a los pro de cambios sociales. Se volvía a comprobar que la relación estructura/superestructura mantiene un vínculo bastante más estrecho que el vulgarizado por un pensamiento que, aunque se quiere revolucionario, los gestos de un positivismo rigurosamente mecanicista. En la llamada estructura se subsume, en realidad, la totalidad de las relaciones sociales. Es uno solo, por lo tanto, el momento de cambio, aunque las distintas formas de la organización social sean regidas por legalidades particulares que evocan desiguales tiempos de evolución. La ilusión de que las transformaciones infraestructurales (económicas) determinan por sí los cambios en la cotidianeidad se revierten en su contrario: las viejas formas características de la sociedad burguesa, suelen consolidarse hasta el punto de neutralizar -cuando no de liquidar- las nuevas estructuras conquistadas.

El caso chileno posee la singularidad de ofrecerse como un confuso do contradicciones en el que oficialmente se anuncia el comienzo de un proceso socialista, en los marcos de un orden de raíces estrictamente burguesas, mientras en la realidad actuante el enfrentamiento de clases (cualquiera sea la forma que adquiera en el futuro) se evidencia en una creciente conciencia de los polos participantes. En ese contexto, la aparición de un estudio sobre el pato Donald y la línea de personajes producidos por Disney, viene a perturbar una región postulada como indiscutible; algo así como querer analizar críticamente la belleza de un atardecer. No es extraño, pues, que el libro tuviera una repercusión aparentemente desmesurada. Los diarios de la derecha chilena lo leyeron inteligentemente: sus comentarios abandonaron la sección bibliográfica y ocuparon un lugar en la política. La Asociated Press difundió un alarmado cable entre sus abonados del mundo y el sacrilegio de hablar contra las criaturas de la empresa Disney fue noticia en diversos puntos del planeta. De simplificación en simplificación, France Soir, el diario de mayor tiraje en Francia, tituló en primera plana: ¨El pato Donald contra Allende¨, mientras en Chile el diario derechista El Mercurio no demostraba ningún humor para hablar del tema. Y he aquí un hecho paradojal. La indignada reacción de la derecha contra este texto tiene un punto de partida: las publicaciones de la línea Disney son universalmente aceptadas como entretenimiento, valor lúdico que corresponde a pautas permanentes de la "naturaleza humana" y que, por lo tanto, se sobrepone a las contradicciones sociales. Sin embargo, mientras afirmaba este enunciado doctrinario, su irritada protesta no hacía más que mostrar la falacia del argumento pro-ecuménico.

Para la burguesía el pato Donald es inatacable: lo ha impuesto como modelo de "'sano esparcimiento para los niños " De ahí la trascendencia otorgada a este trabajo. Lo indiscutible se pone en duda: desde el derecho a la propiedad privada de los medios de producción, hasta el derecho a mostrar como pensamiento natural la ideología que justifica el mundo creado alrededor de la propiedad privada. El cuestionar los pilares de un ordenamiento que reclama puntos de apoyo inamovibles (ahistóricos, permanentemente verdaderos) compromete su estabilidad. La defensa airada de una manera de entretener señala, por contrapartida, la negativa a aceptar otras, su conformidad con la existente. El problema deja de ser marginal y se vuelve político, muestra su gravedad. La frivolidad deviene cuestión de estado. No es lo mismo el mundo con el pato Donald que sin él. Mattelart y Dorfman lo dicen en una figura cuya lectura literal confundió a la A.P.: "Mientras su cara risueña deambule inocentemente por las calles de nuestro país, mientras Donald sea poder y representación colectiva, el imperialismo y la burguesía podrán dormir tranquilos".

Hablar del pato Donald es hablar del mundo cotidiano -el de ldeseo,, el hambre, la alegría, las pasiones, la tristeza, el amor- en que se resuelve la vida concreta de los hombres. Y es esa vida concreta -la manera de estar en el mundo- la que debe cambiar un proceso revolucionario. Solo la construcción de otra cultura otorga sentido a la imprescindible destrucción del ordenamiento capitalista, porque al fin y al cabo -como repetía Ernesto Guevara- la revolución no se justifica simplemente por distribuir más alimento a más gente. Llevado al límite (y si se descartan esquemas teo-teleológicos) bien podría preguntarse para qué luchar por dar de comer a los hombres si no es para lanzarlos a imaginar un mundo de infinitas potencias.

En ese mundo de lo cotidiano (que tiene como eje la diaria presencia en la fábrica) el obrero produce plusvalía como condición necesaria para que se reproduzca el sistema capitalista y, en el mismo movimiento, produce la ideología que perpetúa su relación con la sociedad. Allí, en su diálogo cotidiano con la máquina (dialogo cuyo esquema simbólico repetirá en su hogar o sus sueños) debe instalarse la subversión si se quiere que el cambio de propiedad de los instrumentos de producción no aparezca como un acontecimiento divorciado de su existencia real. La ideología, pues, no se ofrece como un terreno epifenoménico donde ¨también¨ (pero más tarde) debe librarse una batalla, según lo afirma una izquierda mostrenca y desanimada. La revolución debe concebirse como un proyecto total aunque la propiedad de una empresa pueda cambiar de manos bruscamente y lo imaginario colectivo requiera un largo proceso de transformación. Si desde el primer acto el poder no se postula como cambio ideológico, las buenas intenciones de hacer la revolución concluirán inevitablemente en una farsa.

En ese mundo de lo cotidiano se verifica, igualmente, el papel del andamiaje jurídico-institucional reproductor de la ideología dominante, uno de cuyos instrumentos más eficaces lo constituyen los medios de comunicación de masa. En la frecuentación permanente con las ideas de la clase hegemónica de la sociedad -la que posee materialmente los medios e impone el sentido de los mensajes que emite- los hombres elaboran su manera de actuar, de observar la realidad. Es preciso, por lo tanto, escapar de ese orden y descodificarlo desde otra visión del mundo, es necesario re-comprender la realidad para lograr modificarla. Si esto no se entiende, si la ¨lucha ideológica¨ no adquiere primordial importancia, se castra la función del proceso revolucionario que tiende, básicamente, a reordenar el sentido de los actos concretos.

Sólo desde otra manera de concebir el mundo puede asignarse un valor al cambio de las estructuras. A la inversa, la aceptación acrítica de las pautas culturales establecidas, significa la consagraci6n del mundo heredado. Aún cuando, es preciso, repetirlo, haya cambiado de manos la propiedad de los medios de producción. Lo que interesa es el funcionamiento de la estructura y no sus presuntos contenidos: que el patrón sea uno u otro, que el administrador sea funcionario de una empresa privada o del estado, no modifica, sin más, la relación que los obreros establecen con la producción. El salto cualitativo se refiere a las características que asume esta relación, a la cultura que se genera a partir de las formas concretas, de una existencia que tienda a la creciente participación de todos en todo.

Esto que resulta comprensible para el plano de las relaciones económicas, no lo es tanto cuando se habla de productos del pensamiento. La ideología que privilegia esta región de la producción suele mantenerse sin modificaciones aun en las sociedades que han transformado su estructura económica y muestra el grado de permanencia de una formación inconciente, a la vez que delata las carencias de la elaboración materialista en este terreno. La idea burguesa del trabajo intelectual como no productivo insiste por un lado en mantener la dicotomía consagrada por la división social del trabajo y, por otro, en marginarlo de los conflictos en que necesariamente participa la producción de bienes materiales Aparentemente hay territorios de lo ¨humano¨ donde la lucha de clases no se verifica. Por ejemplo en los atributos asignados a la niñez: pureza, ingenuidad. Para leer al pato Donald muestra lo contrario: nada escapa a la ideología. Nada, por lo tanto, escapa a la lucha de clases. Para leer al pato Donald tiende develar los mecanismos específicos por los que la ideología burguesa se reproduce a través de los personajes de Disney. La lectura que se ofrece trasciende la opacidad de la denotación para indagar en la estructura de las historietas, para mostrar el universo de connotaciones que desencadena y que se instala en un nivel superior de significación ocupando el lugar fundamental en la comprensión del mensaje.

¿Es preciso añadir que no se trata de tomar el caso Donald como si fuera el único enemigo? Donald es la metáfora del pensamiento burgués que penetra insensiblemente en los niños a través de todos los canales de formación de su estructura mental. Es la manifestación simbólica de una cultura que vertebra sus significaciones alrededor del oro y que lo inocenta al despegarlo de su función social. Si el capital es tal en tanto constituye una relación social, el oro acumulado por un avaro como Tío Rico no tiene ninguna responsabilidad. Es neutro. El dinero no aparece como un elemento de relación entre un capitalista y la sociedad, por lo tanto pasible de injusticias. El afán de dinero de Tío Rico (expresión máxima de una constante de los personajes) es apenas una perversión individual: la del avaro que se fascina en la contemplación de su fortuna, pero no la utiliza. El dinero pierde la propiedad fetichizante del poder, para convertirse en objeto de una psicología individual más o menos patológica. En la misma línea, todos los personajes emergen como erupciones psicofísicas y no como productos de relaciones sociales. Al lado del "avaro" existe ¨el inventor¨, "los niños malos¨, ¨los niños buenos¨. Son conductas abstractas las que sí, y no concretas de un ordenamiento social.

Si esta reiteración de psicologías recortadas y unilineales se ofrece en todas las historietas infantiles, , en el caso de los personajes de Disney la significación es paradigmática dado que sus actores aparecen ligados estrechamente al mundo del niño. Superman no almuerza con el pequeño lector, pero las travesuras de los sobrinos de Donald son las de sus compañeros de escuela. El mundo lineal,. el mundo de psicologías actuantes, es su mundo cotidiano. El modelo de la revista pasa a ser el modelo de sus relaciones inmediatas. Batman desencadena las fantasías superpoderosas que repiten los más antiguos mitos. Los personajes de Disney, en cambio, no son míticos. Son axiológicos: en este mundo se actúa por interés, en este mundo se engaña, en este, el de todos los dias, se establecen las diferencias entre los hombres.

Ya estamos lejos de la anécdota Disney. Estamos en el campo en que la inteligencia de la derecha chilena y la histeria de las agencias norteamericanas ubicaron el libro: el de la política. Menos sagaz, o más ganada por la ideología burguesa que ha segmentado las áreas del conocimiento, alguna izquierda no supo ver la importancia del combate empeñado y reclamó, en Chile, otras prioridades. No se supo otorgar a este libro su valor de anécdota ejemplar. No se comprendió que la lucha por un mundo distinto no admite compartimentaciones y debe entablarse contra todas las formas de la propiedad privada que anidan en las estructuras culturales vigentes y que ofrecen como naturales, oposiciones que son producto de las relaciones sociales existentes en la sociedad clasista: maestro vs. alumno, administrador vs. obrero, periodista vs. consumidor de noticias, hombre vs. mujer, humor vs. trascendencia, entretenimiento vs. política. Al no aceptar la necesaria ruptura que la revolución debe efectuar con el mundo anterior, las maneras de la conducta humana propias de la sociedad burguesa son imaginadas como convenientes a un hombre abstracto que permanece constante a través de los tiempos, se insiste en una moral adecuada a los intereses de los explotadores para erigirla en valor que sólo requiere perfeccionamiento a través de una historia única.

Desde la circunstancia chilena donde surgió, Para leer al pato Donald se define cómo un instrumento claramente político que denuncia la colonización cultural común a todos los países latinoamericanos. De allí su tono parcial y polémico, la discusión apasionada que recorre sus páginas, su declarada vocación de ser útil que le hace prescindir de preciosismos eruditos. Evocando un pasaje ya citado en estas líneas, un comentario periodístico sostenía que si el enemigo de Allende es el pato Donald, el actual presidente chileno podía sentirse tranquilo. A su vez, podríamos seguir parafraseando y afirmar que si el combate contra el modo de vida burgués se reduce a libros como éste, las revistas de la línea Disney tienen por el momento su venta asegurada y Para leer al pato Donald habrá perdido la batalla: el pato Donald seguirá siendo poder y representación colectiva. Su éxito, en cambio, estará logrado cuando, negándose a sí mismo como objeto, pueda ayudar a una práctica social que lo borre, reescribiéndolo en una estructura distinta que ofrezca al hombre otra concepción de su relación con el mundo. Entonces no serán necesarios estos libros: la gente no comprará revistas de Disney. Mientras tanto, sirve de alarmado toque de atención. La apuesta por el socialismo es definitiva y para conquistarlo es preciso cortar una a una las siete cabezas de un dragón que sabe regenerarlas en formas insospechadas. Es estimulante saber, con todo, que se trata de un dragón de papel.




DORFMAN, Ariel y MATTELART, Armand, ¨III. Del buen salvaje al subdesarrollado¨, en Para leer al pato Donald, Bs.As., Siglo XXI, 1973, págs. 57-67.

III. DEL BUEN SALVAJE AL SUBDESARROLLADO
«Donald (hablando con el médico brujo en Africa): Veo que son una nación moderna. ¿Tienen teléfonos?

Médico-Brujo: ¿Si tenemos teléfonos? ... De todos los colores y formas ... El único problema es que uno solo está conectado: en línea directa con el banco de crédito mundial.

(Tío Rico, N° 106).
¿Dónde está Aztecland? ¿Dónde está Inca-Blinca? ¿Dónde está Inestablestán?

Es indudable que Aztecland es Méjico: todos los prototipos del "ser" mejicano de tarjeta postal se guarecen aquí. Burros, siestas, volcanes, cactus, sombreros enormes, ponchos, serenatas, machismo, indios de viejas civilizaciones. No importa que el nombre sea otro, porque reconocemos y fijamos al país de acuerdo con esta tipicidad grotesca. El cambio de nombre, petrificando el embrión arquetípico, aprovechando todos los prejuicios superficiales y estereotipos acerca del país, permite Disneylandia sin trabas. Es Méjico para todos los efectos de reconocimiento y lejanía marginal; no es Méjico para todas las contradicciones reales y conflictos verdaderos de ese país americano.

Walt tomó tierras vírgenes en EE.UU. y construyó sus palacios de Disneylandia, el reino embrujado. Cuando mira el resto del Globo, trata de encuadrarlo en la misma perspectiva, como si fuera una tierra previamente colonizada, cuyos habitantes fantasmales deben conformarse a las nociones de Disney acerca de su ser. Utiliza cada país del mundo para que cumpla una funcionamiento dentro de este proceso de invasión por la naturaleza-disney. Incluso si algún país extranjero se atreve a esbozar un conflicto con EE.UU., como el de Vietnam o el del Caribe, de inmediato estas naciones quedan registradas como propiedad de estas historietas y sus luchas revolucionarias terminan por ser banalizadas. Mientras los marines pasan a los revolucionarios por las armas, Disney los pasa por sus revistas. Son dos formas del asesinato: por la sangre y por la inocencia.

Disney tampoco inventó a los habitantes de estas tierras; sólo les impuso un molde propio de lo que debían ser, actores en su hit-parade calcomanías y títeres en sus palacios de fantasía, buenos e inofensivos salvajes hasta la eternidad.

Para Disney, entonces, los pueblos subdesarrollados son como niños, deben ser tratados como tales, y si no aceptan esta definición de su ser, hay que bajarles los pantalones y darles una buena zurra. Cuando se dice algo acerca del niño-buen-salvaje en estas revistas, el objeto en que en realidad se está pensando es el pueblo marginal. La relación de hegemonía que hemos establecido entre los niños-adultos que vienen con su civilización y sus técnicas, y los niños-buenos salvajes que aceptan esta autoridad extranjera y entregan sus riquezas, queda revelada como la réplica matemática de la relación entre la metrópoli y el satélite, entre el imperio y su colonia, entre los dueños y sus esclavos. Tal es así que los metropolitanos no sólo buscan tesoros, sino que venden a los nativos revistas (como éstas de Disneylandia) para que aprendan el rol que la prensa urbana dominante desea que ellos cumplan. Bajo el sugerente título "Más vale maña que fuerza", Donald parte a un atolón del Pacifico para tratar de sobrevivir un mes, y vuelve cargado de dólares, convertido en héroe comercial moderno. El empresario puede más que el misionero o el ejército. El mundo de la revista Disneylandia se autopublicita, haciendo que se compre y se venda entusiastamente dentro de sus mismas páginas.

Basta de discurrir. Ejemplos y pruebas.

Entre todos los niños-buenos-salvajes, ninguno llega más lejos en su exageración de los rasgos infantiles que Gu, el abominable hombre de las nieves (TR. N° 113): descerebrado, oligofrénico, de tipo mongólico (y vive en Tibet, miren qué casualidad, entre seres de raza amarilla), se lo trata como a un niño. Es un ¨abominable dueño de casa¨ (tiene la cueva desordenada), desparrama los utensilios baratos y desperdicios. "¡Qué mal gustol" "sombreros que él no puede usar¨, y habla balbucientemente con desarticulados sonidos de guagua: 'Gu''. Sin embargo, lo que lo distingue como descriteriado es el hecho de que ha robado la corona de oro y piedras preciosas de Genghis Khan (que pertenece a Tío Rico mediante operaciones ocultas de sus agentes) y no conoce su valía. La corona está tirada en un rincón como un balde, y Gu prefiere eL reloj de Tío Rico que vale un dólar ("el reloj es su juguete favorito"). Pero no importa: ¨su estupidez nos ayudará a huir¨. En efecto, Tío Rico cambia mágicamente el artefacto barato de la civilización que hace tic-tac por la corona. Hay obstáculos hasta que el niño (inocente-animal-monstruo-subdesarrollado) entiende que sólo se quieren llevar algo que a él para nada le sirve y que en cambio se le entregará un pedazo fantástico de progreso inexplicable (un reloj) que sí le sirve para jugar. Lo que se extrae es un tesoro, oro, materia prima. El que lo entrega es significativamente un subdesarrollado mental y superdesarrollado físico. El gigantismo material de Gu, y de todos los demás salvajes marginales, es el síntoma de su fuerza corporal sólo apta para trabajar físicamente en la naturaleza pura.

Esto traduce las relaciones de trueque que los conquistadores y colonizadores (en Africa, Asia, América y Oceanía) tuvieron con los indígenas: se intercambia una baratija producto de la superioridad técnica (europea o norteamericana) y se lleva el oro (las especias, el marfil, el té, etc.). Se le quita algo en que ni se había fijado como elemento de uso o de intercambio. Este es un caso extremo y casi anecdótico. Los casos más corrientes en otra literatura infantil, pan de cada día, dejan al abominable en su condición de animal y por lo tanto incapaz de entrar en una economía de ninguna clase (Tintín en el Tibet).

Sin embargo esta víctima de la regresión infantil señala el límite de un clisé del buen salvaje. Más allá de él está el feto salvaje, que por razones de recato sexual Disney no mostrará.

Por si el lector pensara que estamos hilando muy fino al establecer un paralelo entre un hombre que se lleva el oro y otro que lo regala por una baratija mecánica, entre el imperialismo extractor y el país monoproductor de materias primas, entre dominados y dominantes representativos, colocamos ahora un ejemplo más explícito de la estrategia de Disney con respecto a los países que él caricaturiza como atrasados, pero sin revelar la causa de su atraso.

Algunos diálogos sustraídos de la misma historieta que nos sirvió de encabezamiento de este capítulo. Donald ha caído en un país de la selva africana. Ahí un médico brujo (con anteojos encima de su gigantesca máscara primitiva) lo cura. La versión que se entrega de la independización de los africanos es vergonzante. ¨Es la nueva nación de Cuco Roco, aviador. Esta es nuestra capital¨. Se ven tres rucas de paja y un conjunto ambulante de parvas de heno. Cuando Donald pregunta por este extraño fenómeno, el brujo le explica: "¡Son pelucasl" "Es la novedad que trajo nuestro embajador de las Naciones Unidas". Cuando el chancho que persigue a Donald aterriza y necesita que saquen las pelucas para ver dónde está su pato-adversario, el siguiente diálogo:

"Chancho: Escuchen. ¡Les pagaré un buen precio por sus pelucas! ¡Véndanme todas las que tengan!

Un nativo: ¡Yippi! Un comerciante rico nos compra las pelucas.

Otro nativo: Me pagó seis estampillas por la mía.

Aún otro (alborozado): A mí me pasó dos fichas para el subterráneo de Chicago.¨

Cuando el chancho escapa: "Arrojaré unas cuantas monedas para que los nativos no se acerquen al remolino". Y se agachan felices e invertebrados a recoger el dinero. Tal es así que cuando los "chicos malos" se maquillan de nativos polinésicos, para engañar a Donald, no tienen otro modelo de conducta: "Tú salvar nuestras vidas". "Seremos tus servidores para siempre¨. Y mientras se postran, Donald comenta: "Son nativos también. Pero un poco más civilizados".

Otro ejemplo (número especial D. 423). Donald parte a la "Lejana Congolia" porque allá el negocio de Tío Rico no ha vendido nada. La razón: "El rey ordenó a sus súbditos no hacer regalos de navidad este año. Desea que todo el pueblo le entregue a el su dinero". Comentario de Donald: ¨¡Egoísta!¨. Y manos a la acción. Donald es convertido en rey, al ser tomado como un gran mago que vuela por los aires. Es destronado el antiguo ("No es hombre sabio como tú. No nos permite comprar regalos¨). Donald acepta (con la intención de partir apenas la tienda quede vacía): "Mi primera orden como rey es ... ¡compren regalos para sus familias y no entreguen un centavo a su rey!¨. Pero, al terminar las ventas, Donald devuelve la corona al rey. Este deseaba el dinero para irse del país y comer lo que se le antojara, en vista de que los congolianos exigen que su rey sólo coma cabezas de pescado. El rey: "Si tuviera otra oportunidad, gobernaría bien. Y de algún modo me las arreglaría para no comer ese guiso espantoso".

Donald (al pueblo): "Y les aseguro que dejo el trono en buenas manos. Su antiguo rey es un buen rey ... y más sabio que antes". (El pueblo: ¨¡Hurra! ¡Viva!¨).

El rey aprende que debe aliarse con los extranjeros si quiere conservar su poder, que él ni siquiera puede demandar impuestos a su pueblo, porque éstos deben ser entregados íntegros al exterior a través del Agente de McPato. El dinero vuelve a Patolandia. Ademas, los afuerinos solucionan el problema del aburrimiento del rey en sus tierras, de su sentimiento de margninación y deseo de viajar hacia la metrópoli, mediante la importación masiva de lo suntuario: ¨Y no te aflijas por esa comida¨, dice Donald. ¨Yo te mandaré unas salsas que cambiarán de gusto aún a las cabezas de pescado¨. El rey zapatea de felicidad.

El mismo esquema se repite hasta la saciedad. McPato cambia puertas de acero inoxidable por puertas de oro puro a los indios del Canadá (TR. 117). Boty y Donald, atrapados por los aridianos (árabes) (D. 453), empiezan a soplar y producir pompas de jabón, que los nativos desean más que cualquier otra cosa. ¨Ja, ja. Se deshacen cuando uno las atrapa. ji, ji". Y dice Alí-Ben-Golí, el jefe: "Es verdadera magia. Mi gente ríe como niños¨. Ellos no entienden cómo se hace. "Es sólo un secreto transmitido de generación en generación¨, dice Boty: ¨Te lo revelaré si nos das la libertad¨. (La civilización se presenta como algo incomprensible que debe ser administrado por los hombres extranjeros). El jefe (con extrañeza): «¿La libertad? Eso no es todo lo que os daré. Oro. joyas. Mi tesoro es de ustedes, si me revelan el secreto". Los árabes consienten en su propia enajenación. «joyas tenemos, pero de nada sirven. No hacen reír corno las pompas mágicas". Mientras Donald se ríe de él, con una mueca, ¨pobre ingenuo¨, Boty entrega el jabón Flop-flop: "Tienes razón amigo. Cuando desees un poco de alegría, echa un poco de polvos mágicos y recita las palabras mágicas". La historieta termina con la conclusión de que no es necesario excavar las pirámides (o la tierra) personalmente: ¨Para qué necesitamos una pirámide, teniendo a Alí-Ben-Golí ¨.

Esta situación tiene a los nativos cada vez más eufóricos. Cada objeto de que se libran les aumenta la felicidad y cada artefacto que recíben como magia desprovista de origen maquinario los llena de regocijo.

Ninguno de nuestros más enconados adversarios puede justificar este trato desequilibrado; ¿o acaso alguien piensa que un puñado de joyas es igual a una cajita de jabón o una corona de oro igual que un reloj? Seguramente se objetará que estos trueques obedecen a la fantasía, pero es desafortunado que estas leyes de la imaginación favorezcan unilateralmente a los personajes que vienen de afuera y a los que escriben y editan estas revistas.

Pero por qué nunca llama la atención este flagrante despojo, o en otros términos, ¿cómo es posible que esta desigualdad aparezca como una igualdad? Es decir, ¿por qué el saqueo imperialista, para llamarlo por su nombre, y por qué la sumisión colonial, no aparecen en su carácter de tales?

"Joyas tenemos, pero de nada sirven".

Ahí están en sus tiendas de desierto, en sus cavernas, en sus ciudades otrora florecientes, en sus islas aisladas, en sus fortalezas prohibidas, y nunca podrán salir de ahí. Cuajados en su tiempo histórico pretérito, definidas sus necesidades en función de este pasado, estos subdesarrollados no tienen derecho a construir un futuro. Sus coronas, sus materias primas, su petróleo, su energía, sus elefantes de jade, su fruta, pero especialmente su oro, jamás podrán ser utilizados. Por lo tanto, el progreso, que viene desde afuera con sus múltiples objetos, es un juguete.

Nunca perforará la defensa cristalizada del buen-salvaje, al cual se le prohíbe civilizarse. Nunca podrá entrar en el club de los actores de la producción, porque ni siquiera entiende que esos objetos han sido producidos. Los ve como elementos mágicos, surgidos desde el cerebro de los extranjeros, de su verbo, de sus palabras mágicas.

No habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del crecimiento, todo saqueo no aparece como tal, ya que extirpa lo que es superfluo, lo prescindible, una nonada. El despojo capitalista irrefrenable se escenifica con sonrisas y coquetería. Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro es mejor llevárselo. En otra parte servirá de algo.

McPato (TR. 48) toma posesión de la luna de veinticuatro quilates donde "el oro es tan puro que se puede moldear como si fuera mantequilla". Pero aparece el dueño legitimo, Mukale, un venusiano que posee el titulo de la propiedad, y que está dispuesto a vendérselo a Tío Rico por un puñado de tierra. "Oh, ¡es la mayor ganga que he oído en mi vidal", exclama el avaro, y se lo da. Pero Mukale es un ¨buen natural¨ y con un ¨convertidor mágico¨ transforma la tierra en un planeta, con continentes, océanos, árboles, un universo natural: "He vivido demasiado pobremente aquí rodeado sólo de átomos de oro". Exiliado de su naturaleza inocente, deseando un poco de lluvia y volcanes, Mukale reniega del oro con tal de poder volver a la tierra originaria y conformarse con los medios de subsistencia mínimos: (¨¡Alfalfa! Me siento renacer"). "Ahora tengo un mundo propio, con alimentos y bebidas¨. No sólo que Tío Rico no le roba el oro, sino que, por el contrario, le hace el favor de extractarle todo ese metal corrompido y facilitar el retorno a la inocencia primitiva. "El consiguió lo que él quería y yo esta fabulosa luna. Ochocientos kilómetros de espesor de puro oro. Pero a pesar de eso, creo que él sacó la mejor parte¨. Al pobre se le deja entregado a la celebración feliz de la vida simple. Es el viejo aforismo: los pobres no tienen preocupaciones, la riqueza trae problemas. Hay que saquear a los pobres, a los subdesarrollados, sin sen timiento de culpa.

La conquista ha sido purgada. Es inofensiva la presencia de los forasteros: ellos construyen el futuro en base de una sociedad que jamás podrá o querrá salir del pasado.

Pero hay una segunda manera de infantilizar y exonerar su actitud ladrona. El imperialismo se permite presentarse a sí mismo como vestal de la liberación de los pueblos oprimidos y el juez imparcial de sus intereses.

Lo único que no se le puede quitar al buen-salvaje es su subsistencia, y esto, porque destruiría su economía natural, forzándolo a perder el paraíso y crear una. economía de producción

Donald (F.165) viaja al "Altiplano del Abandono" para buscar un chivo de plata. Pero este animal metálico sirve para salvar a un pueblo primitivo de la muerte por hambre (palabra prohibida). Dice el jefe: "El único para llegar a la llanura exterior es este estrecho sendero. Sólo ustedes y las ovejas tienen el coraje de atravesarlo. Nuestro pueblo ha sufrido siempre de vértigos. Jamás uno de nosotros tendrá el valor de aventurarse a salir con el rebaño. Nos habríamos muerto de inanición en nuestro pañuelo de tierra si un bondadoso hombre blanco no hubiera llegado a nosotros en ese misterioso pájaro (Nota: es un avión) que ustedes ven allá ... Construyó un chivo blanco con metal de nuestra mina¨. Donald y sus sobrinos de inmediato devuelven el chivo a los introvertidos.

Pero entran en escena personajes que todavía no habíamos encontrado: los villanos. Es un hombre rico y su hijo que desean el chivo, aunque ese pueblo se muera de hambre, olvidando, incluso la caridad como actitud obligada. ¨Firmó un contrato y tiene que entregarme la mercadería¨. Este malo es vencido y los patos se muestran desinteresados y amigos de los nativos. Se concluye: Lo que ellos se lleven, por definición, no es indispensable para el cielo vital de los buenos-salvajes. Ellos sabrán -hay que tener confianza en estos hombres tal como en el otro que vino antes- distinguir lo esencial de lo superfluo. La oposición buenos-malos crea la alianza de los nativos y extranjeros buenos contra los extranjeros malos. El maniqueísmo moral sirve para repartir la soberanía foránea en su lado autoritarista y paternalista. Garrote y Caritas. Los extranjeros buenos, al cobijarse bajo el manto ético, se ganan el derecho a decidir, y a ser creídos, acerca de la distribución de la riqueza de ese país. Los villanos, burdos, groseros, repulsivos, directamente ladrones, están ahí con el exclusivo propósito de transformar a los patos en defensores de la justicia, de la ley, del alimento para los pobres y, por lo tanto, de limpiar cualquier otra acción futura. Defendiendo lo único que sí les puede servir a los buenos salvajes (su alimentación), y que provocaría su muerte o rebelión, destruyendo de esta manera la imagen infantil con la violencia, los

metropolitanos logran convertirse en los portavoces de estos pueblos sumergidos y sin habla.

Esta división ética de los dominadores, los explícitos y los solapados, se repite incesantemente. Mickey y su compañia (TB. 62) buscan una mina de plata y desenmascaran a dos estafadores que aterrorizaban a los indios. Esta característica habitual de los nativos -pánico pavoroso e irracional frente a cualquier hecho que desconcierta su cielo natural- enfatiza su cobardía (tal vez como los niños temen la oscuridad) y la necesidad de algún ser superior que venga a rescatarlos y a restaurar el sol. Los dos malvados vendían ¨los adornos¨ (de los indios) a los turistas haciendo grandes ganancias, "disfrazados de conquistadores españoles", que ya habían robado el mineral indígena. ¨Lo siento, Minnie¨, dice Mickey "pero los indios hablan descubierto la mina antes¨. Ella se alegra de todas maneras: "Ahora estarán libres de salir del barranco y vender sus propias joyas". Como recompensa, se los entroniza dentro de la tribu: Minnie, princesa; Mickey y Tribilín, guerreros; Pluto, una pluma. Así, la libertad de los indios es para poder colocar sus productos en el mercado extranjero. Lo que se condena es el robo directo, abierto, sin una mínima participación en las utilidades. La expoliación imperialista de Mickey aparece como contrapuesta a la de los españoles y a la de quienes desearon en el pasado -quién podría negarlo- esclavizar al indígena. Ahora las cosas han cambiado. Robar sin pagar es robar sin disfraz. Robar pagando no puede considerarse robar, sino favorecer. De ahí que las condiciones de la venta del adorno y la importación desde Patolandia nunca estén cuestionadas, relaciones que reconocen de antemano la igualdad de trato para los dos socios de la negociación. [...]




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