Clark Ashton Smith



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—Sabía que vendrías —murmuró en el mismo griego de suaves vocales que había escuchado en los labios de sus sirvientas—; te he esperado durante mucho tiempo, pero, cuando buscaste refugio de la tormenta en la abadía de Périgon y viste el manuscrito en el cajón secreto, supe que tu llegada estaba próxima. ¡Ah! No te imaginabas que el hechizo que tan irresistiblemente te atraía, con una potencia tan inexplicable, era el hechizo de mi belleza, ¡la mágica atracción de mi amor!

—¿Quién eres? —pregunté. Hablaba con fluidez el griego, lo que me habría sorprendido grandemente una hora antes. Pero ahora estaba preparado para aceptar cualquier cosa, sin importar lo fantástica o increíble que fuese, como parte de la increíble aventura que me había sucedido.

—Soy Nycea —replicó ella, contestando a mi pregunta—. Te amo. Y la hospitalidad de mi palacio y de mis brazos se encuentra a tu disposición. ¿Necesitas saber algo más?

Los esclavos habían desaparecido. Me arroje sobre la cama y besé la mano que ella me ofreció, con un torrente de disculpas sin duda incoherentes, pero llenas de un ardor que la hizo sonreír tiernamente.

Su mano resultaba fría a mis labios, pero su contacto disparó mi pasión. Me aventuré a sentarme junto a ella en la cama, y no se opuso a esta confianza. Mientras que un suave crepúsculo púrpura comenzaba a llenar las esquinas del cuarto, conversamos felices, recitando una y otra vez las mismas dulces letanías, y todas las felices fruslerías que acuden por instinto a los labios de los enamorados. Ella era increíblemente suave entre mis brazos, y parecía casi que lo completo de su entrega no estuviese frenado por la presencia de un esqueleto en el interior de su hermoso cuerpo.

Los sirvientes entraron sin ruido, encendiendo ricas lamparas de oro intrincadamente labrado, y colocando ante nosotros una cena de carnes con especias, frutas desconocidas de gran sabor y fuertes vinos. Pero poco podía comer yo, y, mientras bebía, sentía sed del vino más dulce, que era la boca de Nycea. Ignoro cuándo nos rendimos al sueño, pero la noche se había fugado como un momento encantado. Cargado de felicidad, me dejé llevar por una sedosa ola de somnolencia. Y las lámparas doradas y el rostro de Nycea se desvanecieron en una niebla gozosa y no volvieron a ser vistos.


Repentinamente, desde las profundidades de un reposo más allá de todo sueño, me encontré conducido a la fuerza a la más completa vigilia. Durante un instante, ni siquiera me di cuenta de dónde estaba y, todavía menos, de lo que me había despertado. Entonces. escuché una pisada en la puerta abierta del cuarto y, mirando más allá de la cabeza dormida de Nycea, vi la lampara del abad Hilarión, quien se había detenido en el umbral. Una expresión del más completo horror se había adueñado de su cara y, al verme, comenzó a farfullar en latín, en cuyo tono se mezclaba el miedo, el odio y la repugnancia fanática. Vi que llevaba entre sus manos una gran botella y un hisopo. Estaba convencido de que la botella contenía agua bendita, y, por supuesto, adiviné el uso al que estaba destinada.

Mirando a Nycea, vi que ella también estaba despierta, y supe que era consciente de la presencia del abad. Me ofreció una extraña sonrisa, en la que leí una pena cariñosa mezclada con la confianza que una mujer ofrece a un niño asustado.

—No temas por mí —susurró ella.

—¡Asquerosa vampira! ¡Lamia maldita! ¡Serpiente del infierno! —tronó el abad repentinamente mientras atravesaba el umbral del cuarto, levantando el hisopo. En el mismo momento, Nycea se deslizó de la cama con una increíble velocidad de movimientos, y desapareció por una puerta trasera que daba al jardín de laureles. Su voz resonó en mis oídos, pareciendo llegar de una distancia inmensa.

—Hasta luego, Cristóbal. Pero no temas, me encontrarás de nuevo si eres valiente y tienes paciencia.

Al terminar estas palabras, el agua bendita del hisopo cayó sobre el suelo de la cámara y la cama donde Nycea había yacido junto a mí. Hubo un crujido como el de muchos truenos y las lámparas doradas se apagaron en una oscuridad que parecía estar llena del polvo de una lluvia de fragmentos que caía. Perdí el conocimiento y, cuando lo recobré, me encontré tumbado sobre un montón de escombros en una de las cuevas que había atravesado antes ese día. Con una vela en la mano y una expresión de infinita pena y gran solicitud sobre su rostro, Hilarión estaba inclinado sobre mí. Junto a él descansaban la botella y el goteante hisopo.

—Doy gracias a Dios, hijo mío, de haberte encontrado tan a tiempo —dijo él—. Cuando regresé a la abadía esta tarde y supe que te habías marchado, supuse todo lo que había sucedido. Vi que habías leído el manuscrito maldito durante mi ausencia y habías caído bajo su maléfico hechizo, como tanto otros, incluso cierto reverendo abad, uno de mis predecesores. Todos ellos, ¡ay!, comenzando por Gerardo de Venteillon, han caído víctimas de la lamia que mora en estas criptas.

—¿La lamia? —le pregunté, sin apenas comprender sus palabras.

—Sí, hijo mío, la hermosa Nycea que ha pasado la noche entre tus brazos es una lamia, una antigua vampira que mantiene en estas apestosas criptas un palacio de ilusiones beatíficas. El modo en que ella llegó a tomar Faussesflammes como morada no lo sé, porque su llegada precede a la memoria de los hombres. Es tan vieja como el paganismo; fue exorcizada por Apolonio de Tyana, y, si pudieses contemplarla como realmente es, verías, en lugar de su voluptuoso cuerpo, los anillos de una inmunda y monstruosa serpiente. Todos aquellos a quienes ama y admite a su hospitalidad, termina al final por devorarlos, después de haberles robado la vida y la fuerza con la diabólica delicia de sus besos. La llanura con el bosque de laurel que viste, el río bordeado de acebos, el palacio de mármol y todos los lujos que contenía, no eran más que ilusiones satánicas, una hermosa burbuja que se levantaba del polvo y la corrupción de una muerte inmemorial y una corrupción antigua. Se hicieron polvo ante el beso del agua bendita que traje conmigo cuando te seguí. Pero Nycea, ¡ay!, ha escapado, y me temo que aún sobrevivirá, para construir de nuevo su palacio de encantamientos demoniacos, para cometer de nuevo la abominación indecible de sus pecados.

Todavía bajo una especie de estupor ante la ruina de mi recién encontrada felicidad, ante las singulares revelaciones efectuadas por el abad, le seguí obediente mientras me conducía a través de las cuevas de Faussesflammes. Subió por las escaleras a través de las cuales yo había descendido, y, cuando se acercaba a la superficie y se vio obligado a inclinarse un poco, la gran losa se levantó hacia arriba, dejando pasar un torrente de gélida luz de luna. Emergimos y le permití que me condujese de regreso al monasterio. Mientras mi mente comenzaba a aclararse, y la confusión a la que había sido arrojado se resolvía, una sensación de resentimiento comenzó a crecer..., una fuerte cólera ante la intromisión de Hilarión. Sin hacer caso de si me había rescatado o no de graves peligros físicos o espirituales, eché en falta el hermoso sueño de que se me había privado. Los besos de Nycea ardían suavemente en mi recuerdo, y supe que, sin importar lo que quiera que fuese, mujer o demonio o serpiente, no había nadie en el mundo que pudiese despertar en mi el mismo amor y el mismo placer. Tuve cuidado, sin embargo, de ocultarle mis sentimientos a Hilarión, dándome cuenta de que traicionar semejantes emociones simplemente haría que me considerase como un alma que estaba perdida más allá de la redención.

A la mañana, alegando la urgencia de mi regreso al hogar, me marché de Périgon. Ahora, en la biblioteca de la casa de mi padre, cerca de Moulins, escribo este relato de mis aventuras. El recuerdo de Nycea es mágicamente claro, inefablemente querido, como si ella todavía estuviese a mi lado, y aún puedo ver los ricos tapices de una habitación iluminada a medianoche por lámparas de oro curiosamente labrado, y oír las palabras de su despedida:

“No temas. Volverás a encontrarme si eres valiente y tienes paciencia.”

Pronto volveré a visitar de nuevo las ruinas del Château des Faussesflammes, y volveré a descender a las criptas debajo de la losa triangular. Pero, a pesar de lo cercano de Périgon a Faussesflammes, a pesar de mi estima por el abad, mi gratitud por su hospitalidad, mi admiración por su incomparable biblioteca, no creo que me apetezca volver a ver a mi amigo Hilarión.

The End Of The Story, X—1929

(Weird Tales, V—30. Out Of Space And Time, VIII—42)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

II - Poseidonis

El Último Hechizo
Clark Ashton Smith
MALYGRIS el mago estaba sentado en el cuarto superior de su torre, construida sobre una elevación cónica, en el corazón de Susran, capital de Poseidonis. Hecha con una piedra oscura, extraída de las profundidades de la tierra, tan perdurable y dura como el fabuloso diamante, esta torre se erguía sobre todas las otras, y arrojaba sus sombras sobre los tejados y cúpulas de la ciudad, como el siniestro poder de Malygris había proyectado su oscuridad en la mente de los hombres.

Ahora, Malygris era viejo, y toda la lúgubre fuerza de sus encantamientos, todos los temibles y curiosos demonios bajo su control, todo el miedo que había despertado en los corazones de reyes y prelados, no eran ya bastante para calmar el negro aburrimiento de sus días. En su trono, fabricado con el marfil de los mastodontes, incrustado con terribles runas crípticas de rojas turmalinas y cristales azul marino, miraba tristemente a través de la única ventana con forma de rombo, hecha de cristal leonado. Sus blancas cejas estaban contraídas en una única línea debajo del pergamino pardo de su frente, y, bajo ellas, sus ojos eran tan fríos y verdes como el hielo de los antiguos ícebergs; su barba, mitad blanca, mitad negra, con brillos verde claro, le caía casi hasta las rodillas y ocultaba muchos de los caracteres inscritos en seda bordada en el seno de su túnica violeta. Alrededor suyo estaban desparramados los instrumentos de su arte: los cráneos de hombres y monstruos; frascos llenos de líquidos negros o ámbar, cuyo uso sacrílego era desconocido para todos excepto para él mismo; pequeños tambores de piel de buitre, y crótalos hechos con los dientes y huesos de cocodrilos, usados como acompañamiento en ciertos encantamientos. El suelo de mosaico estaba parcialmente cubierto con las pieles de simios negros y plateados, y sobre la puerta colgaba la cabeza de un unicornio en la cual habitaba el demonio familiar de Malygris, bajo la forma de un coralillo de tripa verde clara y manchas de color ceniza. Había libros apilados por todas partes; volúmenes antiguos encuadernados en piel de serpiente, con cerraduras corroídas por el moho, que contenían la temible sabiduría de Atlantis, los pentágonos que tenían poder sobre los demonios de la tierra y la luna, los hechizos que transmutaban y desintegraban los elementos, y runas de un lenguaje perdido de Hyperborea, el cual, de pronunciarse en voz alta, era más mortal que veneno alguno o más potente que cualquier filtro.

Pero, a pesar de estas cosas y del poder que contenían o simbolizaban, que eran el terror de la gente y la envidia de los magos rivales, los pensamientos de Malygris estaban oscurecidos por una melancolía que no podía mitigarse, y el cansancio llenaba su corazón como las cenizas llenan una chimenea cuando un gran fuego se ha apagado. Inmóvil se sentaba, implacable meditaba, mientras el sol de la tarde declinaba sobre la ciudad y sobre el mar que estaba más allá de la ciudad, golpeaba con rayos otoñales el cristal amarillo verdoso y tocaba sus marchitas manos con su oro fantasmal, y prendía los balajes de sus anillos hasta que ardían como ojos demoniacos. Pero en sus meditaciones no había ni luz ni fuego; y, apartándose del gris presente, de la oscuridad que parecía cerrarse de manera tan evidente sobre el futuro, tanteaba entre las sombras del recuerdo, como un ciego que el sol ha perdido y en vano lo busca por doquier. Y todos los paisajes del tiempo que se habían presentado plenos de oro y de esplendor, los días de triunfo que tenían el color de una llama que se remonta, cl carmesí y el púrpura de los ricos años imperiales de la flor de la edad, todos ellos estaban fríos y oscuros y extrañamente desdibujados, y el recuerdo de ellos no era más que el revolver de cenizas. Entonces, Malygris tanteó hacia los años de su juventud, los años remotos, increíbles, caliginosos, donde, como una estrella extraña, una memoria aún ardía con un brillo infalible..., el recuerdo de la muchacha Nylissa, a quien había amado en los días anteriores a que el deseo de conocimientos no permitidos y poder nigromántico hubiese penetrado en su alma. Prácticamente, la había olvidado durante décadas, entre la miríada de preocupaciones de una vida tan grotescamente variada, tan repleta de acontecimientos sobrenaturales y poderes, con sobrenaturales victorias y peligros; pero ahora, con el simple pensamiento de esta niña, delgada e inocente, quien tanto le había amado cuando él también era joven, delgado y sin maldad, y quien había muerto de una repentina y misteriosa fiebre en la víspera del día de su boda. Como una momia, en el color pardo de sus mejillas apareció un sonrojo fantasmal, y en las profundidades de sus gélidos globos oculares había un reflejo como el brillo de cirios de velatorio. En sus sueños se pusieron los soles irrecuperables de su juventud, y vio el valle de Meros al que daban sombra los mirtos, y el arroyo de Zemander, por cuyos márgenes siempre verdes había caminado a la caída de la tarde con Nylissa, viendo el nacimiento de las estrellas de verano, el arroyo y los ojos de su amada.

Ahora, dirigiéndose a la víbora demoníaca que habitaba en la cabeza del unicornio, Malygris habló, empleando la entonación baja y monótona de quien piensa en voz alta.

—Víbora, en los años anteriores a que tú vinieses a vivir conmigo y establecieses tu morada en la cabeza del unicornio, conocí a una muchacha que era hermosa y frágil como las orquídeas de la selva, y quien, como las orquídeas mueren, murió... Víbora, ¿acaso no soy yo Malygris, en quien se centra toda la sabiduría oculta, todos los dominios prohibidos y los poderes sobre los espíritus de la tierra, el mar y el aire, sobre los demonios solares y lunares, sobre los vivos y sobre los muertos? Y, si yo lo deseo, ¿no puedo llamar a la muchacha Nylissa, en la auténtica semblanza de su juventud y de su belleza, y traerla de las sombras inmutables de la secreta tumba, para que se levante ante mí en esta cámara, bajo los rayos de este sol otoñal?

—Sí, amo —replicó la serpiente en un silbido bajo, pero singularmente penetrante. Eres Malygris, y todos los poderes mágicos o nigrománticos son tuyos, todos los hechizos y todos los encantamientos y los pentágonos te son conocidos. Te es posible, si lo deseas, invocar a la muchacha Nylissa de su morada entre los muertos, y contemplarla de nuevo tal y como ella era antes de que su hermosura hubiese conocido el destructor beso del gusano.

—Víbora, ¿está bien, resulta correcto, que la invoque de esta manera?... ¿No habrá nada que perder, nada que lamentar?

La víbora pareció vacilar, y después añadió con un silbido más lento y medido:

—Es correcto que Malygris haga lo que le plazca. ¿Quién, salvo Malygris, puede decidir si algo está bien o mal?

—En otras palabras, ¿no me aconsejarás? —la frase era tanto una afirmación como una pregunta, y la víbora no otorgó ninguna nueva manifestación. Malygris meditó durante un rato, con la barbilla apoyada en sus nudosas manos. Entonces, se levantó con una celeridad en sus movimientos largo tiempo desusada y una seguridad que desmentía sus arrugas, y reunió, de distintos rincones del cuarto, de estanterías de ébano, de cofres con cerraduras de oro, bronce o electro, los variados aparatos que eran necesarios para su magia. Trazó en el suelo los círculos requeridos, y de pie en el centro encendió los incensarios que contenían el incienso prescrito, y leyó en voz alta, de un pergamino alargado de vitela gris, las runas, púrpura y bermellón, del ritual para convocar a aquellos que se han marchado. Los vapores de los incensarios, azules, blancos y violetas, se levantaron en densas nubes y rápidamente llenaron el cuarto con columnas intercambiables, que no dejaban de retorcerse, entre las cuales la luz del sol desapareció para ser sustituida por un apagado brillo ultraterreno, pálido como la luz de las lunas que se ponen sobre el Leteo. Con lentitud sobrenatural, con sobrehumana solemnidad, la voz continuó con un cántico que era como de sacerdote, hasta que el pergamino hubo concluido y los últimos ecos se apagaron y desvanecieron en medio de huecas vibraciones sepulcrales. Entonces, los vapores coloreados se aclararon, como si los pliegues de una cortina hubiesen sido retirados. Pero aún el pálido brillo ultraterreno llenaba la cámara, y, entre Malygris y la puerta sobre la que estaba colocada la cabeza del unicornio, se alzaba la aparición de Nylissa, idéntica a como había sido durante los años perecidos, moviéndose un poco como una flor inclinada por el viento, y sonriendo con la espontánea picardía de la juventud. Frágil, pálida y sencillamente ataviada, con un capullo de anémona en sus negros cabellos, con ojos que retenían el recién nacido azul de los cielos primaverales, ella era todo lo que Malygris recordaba, y su torpe corazón se aceleró con una vieja y deliciosa fiebre al mirarla.

—¿Eres tú, Nylissa? —preguntó—. ¿La Nylissa a quien amé en el valle de Meros al que dan sombra los mirtos, en los días de corazón dorado que con todos los siglos muertos han marchado a un golfo intemporal?

—Sí, yo soy Nylissa —su voz era la sencilla plata con ondulaciones que había producido ecos durante tanto tiempo en su memoria... Pero, de alguna manera, mientras la miraba y escuchaba, apareció una pequeña duda..., una duda no menos absurda que intolerable, pero insistente de todos modos; ¿era ésta por completo la misma Nylissa que él había conocido? ¿No había acaso un cambio fugaz, demasiado sutil como para darle nombre o definirlo?; ¿acaso no habían quitado algo el tiempo y la tumba..., algo innominable que su magia no había restaurado del todo? ¿Eran los ojos tan tiernos, el pelo negro tan lustroso, la silueta tan delgada y flexible como aquellos de la chica que recordaba? No podía estar seguro. y la duda creciente fue sustituida por una desesperación plomiza, por una gris depresión que ahogaba su corazón como con cenizas. Su escrutinio se volvió exploratorio, exigente y cruel, y, momentáneamente, el fantasma tuvo un parecido menos y menos perfecto a Nylissa: por momentos, los labios y las cejas eran menos hermosos, menos sutiles en sus curvas, la silueta estilizada se volvió delgada, las trenzas adquirieron un negro normal, y el cuello, la normal palidez. El alma de Malygris enfermó de nuevo a causa de la edad, la desesperación y la muerte de su evanescente esperanza. Ya no era capaz de creer en el amor, en la juventud y en la belleza, e incluso el recuerdo de estas cosas le pareció un espejismo sospechoso, una cosa que podría haber sido o no. No le quedaba otra cosa sino sombras, envejecimiento y polvo, y un peso que le tiraba de un cansancio insoportable y de una angustia intratable.

Con acentos débiles y temblorosos, como un fantasma de su anterior tono de voz, pronunció los encantamientos que sirven para hacer marchar a los fantasmas que han sido invocados. La forma de Nylissa se deshizo en el aire como humo, y el brillo lunar que la rodeaba fue reemplazado por los últimos rayos del sol. Malygris se volvió hacia la víbora y le habló con un tono de melancólico reproche.

—¿Por qué no me avisaste?

—¿Habría servido de algo el aviso? —fue la contrapregunta—. Todo el conocimiento era tuyo, Malygris, excepto esta única cosa, y de ninguna otra manera podrías haberlo aprendido.

—¿Qué cosa? —preguntó el mago—. Nada he aprendido, a no ser la vanidad que es la sabiduría, la impotencia de la magia, la nulidad del amor y lo engañoso de la memoria... Dime, ¿por qué no pude devolver la vida a la misma Nylissa a quien yo conocía, o a quien creía conocer?

—Fue, en verdad, a Nylissa a quien invocaste y contemplaste —replicó la víbora—. Tu nigromancia fue poderosa hasta ese punto, pero ningún hechizo nigromántico puede recuperar para ti tu propia juventud perdida, o el corazón ferviente y sin engaño con que amaste a Nylíssa, o los ojos ardientes con los que la contemplaste. Ésta, mi amo, era la cosa que tenias que aprender.
The Last Incantation, IX—1929

(Weird Tales, VI—30. Lost Worlds, X—44)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

La Muerte De Malygris


Clark Ashton Smith
A LA HORA de la medianoche interlunar, cuando las lámparas ardían raramente o lejos en Susran, y las perezosas nubes de otoño habían apagado las estrellas, el rey Gadeiron envió a la ciudad dormida doce de sus vasallos de mayor confianza. Como sombras deslizándose a través del olvido, desaparecieron en sus distintos caminos, y cada uno de ellos, al regresar al rato al oscuro palacio, conducía con él una figura amortajada no menos discreta y silenciosa que él mismo.

De esta manera, tanteando a lo largo de tortuosos callejones, por medio de oscuras cavernas de cipreses en los jardines reales, y descendiendo por salones y escaleras subterráneas, doce de los brujos más poderosos de Susran fueron reunidos en una cripta de granito goteante, gris como la muerte, en las profundidades de los cimientos del palacio.

La entrada a la cripta estaba vigilada por demonios de la tierra que obedecían al archibrujo, Maranapión, quien era, desde hacia tiempo, el valido del rey. Estos demonios habrían descuartizado, miembro a miembro, a cualquiera que se les acercase a ofrecerles una libación de sangre fresca sin estar preparado. La cripta estaba iluminada débilmente por una única lampara, hecha de una sola almandina de tamaño monstruoso, ahuecada y alimentada con aceite de víboras. Aquí, Gadeiron, sin corona y vistiendo un cilicio teñido de sobrio púrpura, esperó a los brujos sobre un asiento de piedra caliza tallado en forma de sarcófago. Maranapión se alzaba a su diestra, inmóvil y vestido hasta el cuello con los atavíos de la sepultura. Ante él, había un trípode de oricalco, alzándose a la altura del hombro; y sobre el trípode, en una taza de plata, reposaba el enorme ojo azul de un cíclope muerto, en el cual se decía que el archibrujo contemplaba extrañas visiones. En este ojo, brillando siniestramente bajo la lámpara de la almandina, la vista de Maranapión estaba fijada con una rigidez como la producida por la muerte.

Basados en estas circunstancias, los doce brujos supieron que el rey sólo les había llamado por una cuestión secreta de suprema gravedad. La hora y el modo en que habían sido llamados, el lugar de la reunión, 1os terribles guardianes elementales, la arpillera vestida por Gadeiron..., todo era prueba de la necesidad de una discreción y cautela sobrenaturales.

Durante un rato, reinó el silencio, y los doce, inclinándose respetuosamente, esperaron la voluntad de Gadeiron. Entonces, con una voz que era poco más que un ronco susurro, el rey habló:

—¿Qué sabéis vosotros de Malygris?

Al escuchar el nombre temido, los hechiceros palidecieron y temblaron visiblemente, pero, uno por uno, corno hablando de memoria, varios de los principales contestaron la pregunta de Gadeiron.

—Malygris habita en la torre negra sobre Susran —dijo el primero—. La noche de su poder todavía descansa pesada sobre Poseidonis, y nosotros, los demás, moviéndonos por esa noche, somos como sombras bajo una luna marchita. Él es señor sobre todos los reyes y magos. Sí,. en verdad, hasta las trirremes que zarpan a Tartesos y las águilas del mar que lejos vuelan, no salen de su negra sombra.




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