Clark Ashton Smith



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—Cada uno de ustedes puede disfrutar de una habitación separada, si así lo desea, o Fleurette Cochin y su doncella Angélique pueden permanecer juntas, y el lacayo Raoul puede dormir en el mismo cuarto con Messire Gérard.

Una preferencia por el último arreglo fue expresada por Fleurette y el trovador. La idea de una soledad sin compañía en ese castillo de innombrable misterio y medianoche intemporal era repugnante en un grado insoportable.

Los cuatro fueron conducidos entonces a sus respectivas habitaciones, en los lados opuestos de un salón cuya longitud era mostrada sólo indeterminadamente por las débiles luces. Fleurette y Gérard se dieron el uno al otro unas tristes y desganadas buenas noches, bajo la mirada de su anfitrión, que les coartaba. Su cita era difícilmente aquella que habían deseado tener, y los dos estaban impresionados por la situación sobrenatural, con cuyos sospechosos horrores e inevitables brujerías se habían visto envueltos de alguna manera. Y, tan pronto como Gérard se hubo apartado de Fleurette, comenzó a maldecirse a sí mismo como un pusilánime por no haberse negado a separarse de ella, y se asombró ante el hechizo de involuntariedad, semejante a una droga, que parecía haber adormecido todas sus facultades. Parecía que su mente no le perteneciese, sino que había sido empujada y aplastada por un poder extraño.

El cuarto asignado a Gérard y a Raoul estaba amueblado con una cama de cortinas anticuadas en su moda y en su tejido, e iluminado con velas que sugerían un funeral por su forma, y que ardían apagadamente en un aire que estaba estancado con la mohosidad de años muertos.

—Ojalá durmáis profundamente —dijo el Sieur du Malinbois. La sonrisa que acompañó y siguió a estas palabras fue no menos desagradable que el tono, aceitoso y sepulcral, en que fueron pronunciadas. El trovador y el sirviente fueron conscientes de un profundo desahogo cuando se marchó, cerrando la puerta con un sonido metálico de plomo. Y su alivio apenas se vio disminuido cuando escucharon el chasquido de una llave en la cerradura.

Entonces, Gérard inspeccionó el cuarto, y se dirigió a una de las ventanas, a través de cuyos pequeños y pro fundos paneles sólo podía ver la oscuridad apremiante de la noche, que era verdaderamente sólida, como si todo el lugar estuviese enterrado y rodeado por la tierra que se pegaba. Entonces, en un ataque de cólera incontrolable ante su separación de Fleurette, corrió a la puerta y se arrojó contra ella, la golpeó con sus puños cerrados, pero en vano. Dándose cuenta de su tontería, y desistiendo al fin, se volvió a Raoul.

—Bien, Raoul —le dijo—. ¿Qué piensas de todo esto?

Raoul se santiguó antes de contestar, y su rostro tenía una expresión de miedo mortal.

—Creo, Messire —replicó por fin—, que todos hemos sido apartados de nuestro camino por hechicería maléfica, y que usted, yo mismo, la Demoiselle Fleurette y la doncella Angélique, todos estamos en un peligro mortal de cuerpo y alma.

—Ésa es también mi opinión —dijo Gérard—. Y creo que estaría bien que tú y yo durmiésemos sólo por turnos, y que quien mantenga la vigilia sujete entre sus manos mi bastón de carpe, cuyo extremo afilaré ahora con mi daga. Estoy seguro de que conoces la manera en que debe emplearse si hubiese intrusos, porque, si alguno llegase, no habría duda sobre su naturaleza e intenciones. Estamos en un castillo que no tiene existencia legítima, como invitados de personas que llevan muertas, o supuestamente muertas, más de doscientos años. Y personas semejantes, cuando salen al exterior, son pro pensas a costumbres que no necesito especificar.

—Sí, Messire —Raoul tembló, pero miró el afilamiento del bastón con considerable interés. Gérard talló la dura madera en una punta como de lanza, y ocultó con cuidado las virutas. Incluso labró la silueta de una pequeña cruz cerca de la mitad del bastón, pensando que esto podría aumentar su eficacia o protegerlo de daño. Entonces, con el bastón en sus manos, se sentó sobre la cama, desde donde podía vigilar el pequeño cuarto a través de las cortinas.

—Puedes dormir primero, Raoul —dijo, indicando la cama que estaba cerca de la puerta.

Los dos conversaron inciertos durante unos minutos. Después de escuchar la historia de Raoul sobre cómo Fleurette, Angélique y él mismo habían sido desviados de su camino por los lloros de una mujer entre los pinos y después habían sido incapaces de volver sobre sus pasos, cambió de tema. Y a partir de entonces habló plácidamente sobre asuntos que eran remotos de sus verdaderas preocupaciones, para luchar con su preocupación por la seguridad de Fleurette, que le torturaba. De repente, se dio cuenta de que Raoul había dejado de contestarle, y vio que el lacayo se había quedado dormido sobre el sofá. En el mismo momento, una irresistible somnolencia cayó sobre el propio Gérard, a pesar de toda su voluntad, a pesar de los terrores sobrenaturales y los presentimientos que todavía murmuraban en su cerebro. Escuchó, a través de su creciente sopor, el susurro de sombrías alas en los salones del castillo, captó el silbido de voces ominosas, como las de demonios familiares que respondiesen a la invocación de brujos, y le parecía escuchar, hasta en las criptas, las torres y las cámaras remotas, la pisada de pies que se estaban apresurando para cumplir secretos y malignos recados. Pero el olvido le rodeaba como las mallas de una red de arena, y se cerró sin tregua sobre su mente inquieta, y ahogó las preocupaciones de sus agitados sentidos.
Cuando Gérard se despertó al fin, las velas habían ardido hasta sus bases, y una luz del día triste y sin sol se estaba filtrando a través de la ventana. El bastón estaba todavía en su mano, y, aunque sus sentidos estaban aún torpes a causa del extraño sopor que los había drogado, sintió que no había sufrido daño. Pero, mirando por las cortinas, vio que Raoul estaba tumbado sobre el sofá mortalmente pálido y sin vida, con el aire y la expresión de un moribundo exhausto.

Atravesó el cuarto y se inclinó sobre el lacayo. Había una pequeña herida roja en el cuello de Raoul; su pulso era lento y débil, como los de alguien que hubiese perdido una gran cantidad de sangre. Su mismo aspecto era marchito y se le marcaban las venas. Y una especia fantasmal surgía del sofá..., un resto del perfume que llevaba la chatelaine Agathe.

Gérard consiguió por fin levantar al hombre, pero Raoul estaba muy débil y somnoliento. No podía recordar nada de lo que había sucedido durante la noche. Y su horror fue patético de contemplar cuando se dio cuenta de la verdad.

—Usted será el próximo, Messire —lloró—. Estos vampiros tienen la intención de retenernos entre sus brujerías malditas hasta que nos hayan exprimido la última gota de sangre. Sus hechizos son como la mandrágora o como los dulces del sueño de Cathay; y ningún hombre puede permanecer despierto contra su voluntad.

Gérard estaba tanteando la puerta y, para su sorpresa, la encontró sin cerrar. El vampiro, al marcharse, había sido descuidado a causa del letargo de su saciedad. El castillo estaba muy tranquilo; le pareció a Gérard que el espíritu del mal que lo animaba estaba ahora tranquilo; que las alas sombrías de horror y malignidad, los pies que corrían en siniestros encargos, los brujos invocantes, los demonios familiares que contestaban, todos se habían adormecido en un temporal reposo.

Abrió la puerta, anduvo de puntillas a lo largo del salón desierto, y golpeó la puerta de la cámara asignada a Fleurette y a su doncella. Fleurette, completamente vestida, contestó a sus golpes inmediatamente, y la tomó entre sus brazos sin mediar palabra, escudriñando su pálida cara con tierna ansiedad. Por encima del hombro, podía ver a Angélique, la doncella, que estaba sentada rígida sobre la cama con una marca sobre su pálido cuello parecida a la herida que había sido infligida a Raoul. Supo, incluso antes de que Fleurette comenzase a hablar, que la experiencia nocturna de la demoiselle y de su doncella había sido idéntica a la suya y del lacayo.

Mientras intentaba calmar a Fleurette y darle ánimos, sus pensamientos estaban ocupados con un problema bastante curioso. Nadie estaba fuera en el castillo, y era más que probable que el Sieur du Malinbois y su dama estuviesen ambos dormidos después del festín nocturno del que sin duda habían disfrutado.

Gérard se imaginó el lugar y la manera de su reposo, y se volvió incluso más reflexivo cuando se le ocurrieron ciertas posibilidades.

—Ten ánimo, corazón mío —le dijo a Fleurette—. Se me ocurre que pronto escaparemos de esta abominable red de hechizos. Pero debo dejarte un rato y hablar con Raoul, cuya ayuda necesitaré para cierto asunto.

Volvió a su propio cuarto. El sirviente estaba sentado en la cama, haciendo la señal de la cruz débilmente y murmurando plegarias con una voz débil y hueca.

—Raoul —dijo el trovador con un poco de firmeza—, tenéis que reunir todas vuestras fuerzas y acompañarme. Entre los tristes muros que nos rodean, los sombríos salones, las altas torres y las pesadas murallas, sólo hay una cosa que tenga una existencia verdadera, y todo el resto no es sino un tejido de ilusión. Debemos encontrar esta realidad a la que me refiero,. y tratar con ella como verdaderos y valientes cristianos. Venid, ahora registraremos el castillo antes de que el señor y la chatelaine despierten de su letargo de vampiros.

Se abrió camino a través de retorcidos corredores con una velocidad que indicaba muchos planes anteriores. Él había reconstruido en su mente la tosca pila de bastiones y torretas tal y como las había visto el día anterior, y pensaba que el gran calabozo, siendo el centro y punto fuerte del edificio, podría ser el lugar que buscaba. Con el bastón afilado en sus manos, y Raoul arrastrándose, desangrado, a sus talones, atravesó las puertas de muchos cuartos secretos, la multitud de ventanas que daban al patio desierto, y llegó por fin al piso inferior del calabozo—fortaleza.

Era un cuarto grande, sin mobiliario, construido por entero con piedra, e iluminado tan sólo por delgadas hendiduras que estaban altas en la pared, diseñadas para ser utilizadas por arqueros. El lugar se hallaba muy oscuro, pero Gérard podía ver los contornos fosforescentes de un objeto que, de ordinario, no buscaría en una situación semejante, levantado en mitad del suelo. Era una tumba de mármol, y, acercándose más, vio que estaba extrañamente desgastada por las inclemencias del tiempo y manchada con líquenes grises y amarillos, como solamente florecen donde da el sol. La losa que la cubría era de tamaño y anchura dobles, y haría falta la fuerza completa de los dos hombres para levantarla.

Raoul se había quedado mirando estúpidamente la tumba.

—¿Ahora qué, Messire? —preguntó.

—Tú y yo, Raoul, vamos a introducirnos en el dormitorio de nuestros anfitriones.

Siguiendo su orden, Raoul tomó uno de los extremos de la losa, y él mismo tomó el otro. Con un gran esfuerzo que dejó sus huesos y músculos a punto de romperse, intentaron moverla, pero la losa apenas se arrastraba. Por fin, sujetando la misma esquina al unísono, fueron capaces de inclinar la losa, y ésta se deslizó al suelo y cayó con un sonoro estrépito como de trueno. Dentro había dos ataúdes abiertos, uno de los cuales contenía al Sieur Hugh du Malinbois, y el otro, a su dama Agathe. Ambos parecían estar durmiendo pacíficamente igual que bebés; una mirada de maldad tranquila, de malignidad pacificada, estaba marcada sobre sus facciones; y sus labios estaban teñidos todavía más rojos que antes.

Sin vacilación o retraso, Gérard hundió el extremo de su bastón, parecido a una lanza, en el seno del Sieur du Malinbois. El cuerpo se deshizo como si estuviese hecho de cenizas amasadas y pintadas para darles una semblanza de humanidad, y un leve olor, como de una corrupción antigua, se elevó hasta las fosas nasales de Gérard. Entonces, el trovador atravesó de igual manera el seno de la chatelaine. Y, simultáneamente con su disolución, las murallas y las paredes del calabozo parecieron disolverse en un adusto vapor, y se apartaron a cada lado con un choque como de un trueno no escuchado. Con una sensación de extraño vértigo y confusión, Gérard y Raoul vieron que el château entero se había desvanecido como las torres y las murallas de una tormenta que ha pasado, y el lago muerto y sus orillas en putrefacción no ofrecían ya su maléfica ilusión a la vista Estaban de pie en un claro del bosque, a la plena luz sin sombras del sol del mediodía, y todo lo que quedaba del lúgubre castillo era la tumba abierta, forrada de líquenes, que se encontraba junto a ellos. Fleurette y su doncella estaban a una corta distancia, y Gérard corrió hacia la hija del mercader y la tomó entre sus brazos. Ella estaba atontada por el asombro, como alguien que emerge del laberinto que ha durado la noche de un mal sueño, y descubre que todo esta bien.

—Creo, corazón mío —dijo Gérard—, que nuestra próxima cita no se verá interrumpida por el Sieur du Malinbois y su chatelaine.

Pero Fleurette estaba todavía confundida con el prodigio, y sólo pudo contestar a sus palabras con un beso.


A Rendezvous In Averoigne, IX—1930

(Weird Tales, V—31. Out Of Space And Time, VIII—42)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

El Final De La Historia


Clark Ashton Smith
LA SIGUIENTE narración fue encontrada entre los papeles de Cristóbal Morand, un joven estudiante de derecho de Tours, después de su inexplicable desaparición durante una visita a la casa de su padre cerca de Moulins, en noviembre de 1789:
Un siniestro crepúsculo otoñal marrón purpúreo, prematuro por la inminencia de una tormenta eléctrica, había llenado el bosque de Averoigne. Los árboles a los lados de mi carretera ya se habían desdibujado en masas de color ébano, y el propio camino, pálido y espectral por la oscuridad cada vez más densa, parecía temblar y oscilar ligeramente, como con el temblor de un misterioso terremoto. Espoleé mi caballo, que estaba terriblemente agotado por el viaje que había comenzado con el alba, y había caído horas antes en un trote disconforme y renuente, y galopamos a lo largo de la carretera que se oscurecía, entre enormes robles que parecían inclinarse hacia nosotros, con ramas como dedos que tratasen de agarrarnos mientras pasábamos.

Con temible rapidez, la noche se nos echó encima, y la negrura se convirtió en un velo tangible que se nos pegaba; una desesperación y una confusión de pesadilla me impulsaron a espolear de nuevo mi montura con un rigor más cruel, y, mientras marchábamos, los rumores de la tormenta se mezclaron con el resonar de las herraduras de mi caballo, y los brillos de los relámpagos iluminaron nuestro camino, que, para mi sorpresa (me había creído sobre la carretera principal que atraviesa Averoigne), se había encogido inexplicablemente en un sendero frecuentemente transitado. Estaba seguro de que me había perdido, pero no estaba dispuesto a volver sobre mis pasos hacia la boca de la oscuridad y las elevadas nubes de tormenta; me apresure con la esperanza, que parecía razonable, de que un sendero que estaba tan claramente gastado conduciría seguramente a alguna casa o posada donde podría encontrar refugio para la noche. Mi deseo estaba justificado, porque a los pocos minutos divisé un brillo entre las ramas del bosque, y llegué repentinamente a un prado abierto, donde, sobre una suave elevación, se levantaba un gran edificio, con varias ventanas iluminadas en el piso inferior, y una planta superior que resultaba prácticamente imposible de distinguir entre la masa de nubes empujadas por el viento.

“Sin duda se trata de un monasterio”, pensé mientras sujetaba las riendas y descendía de mi exhausta montura. Levanté la pesada aldaba de bronce con forma de cabeza de perro y la dejé caer contra la puerta de roble. El sonido fue intenso y retumbante, con un eco casi sepulcral, y temblé involuntariamente, con un sentimiento de sorpresa y de tristeza no deseada. Éste se disipó un m

—Os doy la bienvenida a la abadía de Périgon —dijo él, en un murmullo suave, y, mientras hablaba, otra figura con túnica y capucha apareció y se hizo cargo de mi caballo. Al tiempo que murmuraba dando las gracias, la tormenta estalló y tremendas ráfagas de lluvia, acompañadas del estrépito cada vez más próximo de los truenos, se estrellaban con furia demoniaca contra la puerta que se había cerrado detrás de mí.

Resulta afortunado que nos encontrase cuando lo hizo —comentó mi anfitrión—. Mala cosa sería, para hombre o para bestia, andar a la intemperie en semejante temporal del demonio.

Adivinando, sin mediar pregunta, que me encontraba hambriento además de agotado, me condujo al refectorio, donde puso ante mí una generosa cena de carne de cordero, pan negro, lentejas y un fuerte vino tinto de la mejor calidad.

Se sentó ante mí en la mesa del refectorio mientras comía, y, con mi hambre un tanto saciada, tuve ocasión de examinarle con más detalle. Era alto y de recia constitución a un tiempo, y sus rasgos, donde las cejas no eran menos anchas que la poderosa mandíbula, denotaban una inteligencia afilada no menor que un amor por la buena vida. Una cierta delicadeza y refinamiento, un aspecto de erudición, buen gusto y buena educación emanaban de él. Y pensé para mis adentros: “Este fraile es probablemente tan buen conocedor de los libros como de los vinos”. Sin duda, mi expresión delató el aumento de mi curiosidad, porque dijo como contestando:

—Soy Hilarión, el abad de Périgon. Pertenecemos a la orden benedictina, vivimos en amistad con Dios y con todos los hombres, y no mantenemos que el espíritu se enriquezca con las mortificaciones y la miseria de la carne. Tenemos en nuestras despensas sanas provisiones en abundancia, en nuestras bodegas los mejores y más añejos cavas del distrito de Averoigne. Y, si estas cosas os interesan, y puede que lo hagan, una biblioteca que ésta aprovisionada con tomos raros, con preciosos manuscritos, con las mejores obras de paganos y cristianos, e incluso con ciertos escritos únicos que sobrevivieron al holocausto de Alejandría.

—Agradezco vuestra hospitalidad —dije haciendo una reverencia—. Soy Cristóbal Morand, estudiante de derecho, de camino desde Tours hacia la finca de mi padre cercana a Moulins. También yo soy un bibliófilo, y nada me agradaría más que inspeccionar una biblioteca tan rica y curiosa como ésta de la que habláis.

En adelante, mientras yo terminaba de cenar, nos dedicamos a discutir sobre los clásicos, y a intercambiar citas y pasajes de autores latinos, griegos y cristianos. Mi anfitrión, como enseguida descubrí, era un estudioso de méritos poco comunes, con una erudición, una soltura con la literatura tanto antigua como moderna, que hacía parecer la mía la del más sencillo principiante por comparación. Él, por su parte, fue tan amable como para alabar mi latín, que distaba bastante de ser perfecto, y, para cuando hube terminado mi botella de vino tinto, estábamos charlando como viejos amigos. Todo mi cansancio se había evaporado para ser sustituido por una rara sensación de bienestar y regalo físico, combinado con una sensación de alerta y agudeza mentales. Así que, cuando el abad sugirió que hiciésemos una visita a la biblioteca, asentí con entusiasmo.

Me condujo a través de un largo pasillo, a cuyos lados había celdas que pertenecían a los hermanos de la orden, y abrió, con una gran llave de bronce colgada de su cintura, la puerta de un amplio cuarto con elevado techo y varias profundas ventanas. En verdad, no había exagerado los recursos de la biblioteca, porque los estantes estaban sobrecargados de libros, y muchos volúmenes se hallaban apilados sobre las mesas o almacenados en una esquina. Había rollos de papiro, vitela y pergamino; extrañas biblias bizantinas o coptas; viejos manuscritos árabes o persas con portadas decoradas con flores o joyas; montones de incunables procedentes de las primeras imprentas; innumerables copias de autores antiguos realizadas por monjes, encuadernadas en madera o marfil, con ricas ilustraciones y caligrafía que era a menudo una obra de arte por si misma.

Con un cuidado que resultaba, a un tiempo, cariñoso y escrupuloso, el abad Hilarión colocó ante mí volumen tras volumen para que los inspeccionase. Muchos de ellos no los había visto nunca antes. y algunos me resultaban desconocidos hasta de oídas. Mi excitado interés y mi genuino entusiasmo le agradaban sin duda, pues al final oprimió un resorte oculto en una de las mesas de la biblioteca y extrajo un largo cajón, en el cual, me dijo, estaban guardados ciertos tesoros que él prefería no sacar a la luz para la educación o el recreo de muchos, y cuya propia existencia no era ni siquiera imaginada por los frailes.

—Aquí —continuó— verás tres odas de Cátulo que no encontrarás en ninguna edición de sus obras. Además, hay una copia de un manuscrito original de Safo..., una versión completa de un poema que, de otra forma, es conocido sólo en breves fragmentos; aquí hay dos de las historias perdidas de Mileto, una carta de Pericles a Aspasia, un diálogo desconocido de Platón, una vieja obra árabe de astronomía, de autor desconocido, que se anticipa a las teorías de Copérnico. Y, por último, la Histoire d’Amour, por Bernard de Vaillantcoeur, que tiene un poco de mala fama; fue destruida inmediatamente después de publicada y sólo se conoce que exista otra copia.

Mientras contemplaba, con una mezcla de temor y curiosidad, los inauditos y únicos tesoros que me mostraba, vi, en una esquina del cajón, lo que parecía ser un delgado volumen con una encuadernación sin adornos ni título en cuero oscuro. Me atreví a cogerlo y vi que contenía unas pocas hojas manuscritas, de caligrafía apretada, en francés antiguo.

—¿Y esto? —pregunté volviéndome para mirar a Hilarión, cuyo rostro, para mi asombro, había adquirido repentinamente una expresión melancólica y preocupada.

—Es mejor no preguntarlo, hijo mío —se persignó mientras hablaba, y su voz no era ya jovial, sino dura, agitada y llena de una triste inquietud—. Hay una maldición sobre esas páginas que sostienes entre tus manos: un embrujo maligno, un poder del mal está unido a ellas, y aquel que se aventura a leerlas está en adelante en grave peligro tanto de cuerpo como de alma —me quitó el pequeño volumen mientras hablábamos, y lo devolvió al cajón, persignándose de nuevo cuidadosamente mientras lo hacía.

—Pero, padre —me atreví a decir—, ¿cómo pueden ser tales cosas posibles? ¿Cómo puede existir un peligro en unas pocas hojas de pergamino?

—Cristóbal, existen cosas que quedan más allá de tu capacidad de comprender, cosas que no es bueno para ti que sepas. La fuerza de Satanás se manifiesta de diversos modos, de maneras engañosas; existen otras tentaciones además de las del mundo y la carne, hay maldades que no son menos sutiles que irresistibles, y herejías y nigromancias que no son las practicadas por los brujos.

—¿De que tratan entonces estas páginas, qué tal peligro oculto, qué semejante poder maldito se esconde en ellas?

—Te prohibo preguntar —su tono era muy riguroso y expresaba una determinación que me disuadió de realizar nuevas preguntas.

—Para ti, hijo mío —continuó diciendo—, el peligro será doblemente grande, porque eres joven, ardiente, lleno de deseos y curiosidades. Créeme, es mejor que te olvides hasta de que has visto este manuscrito —cerró el cajón oculto, y, mientras lo hacía, el aspecto de melancólica preocupación fue sustituido por el anterior de bondad—. Ahora —dijo mientras se volvía a una de las estanterías—, te mostrare la copia de Ovidio que fue propiedad del poeta Petrarca —era de nuevo el erudito maduro, el anfitrión amable y jovial, y resultaba evidente que no se debía mencionar de nuevo el manuscrito prohibido. Pero su extraña inquietud, las oscuras y temibles pistas que había dejado caer, los vagamente terroríficos términos de su prohibición, todo ello había servido para despertar mi curiosidad más exacerbada, y, aunque consciente de que la obsesión era irracional, fui incapaz de pensar en ningún otro tema durante el resto de la noche.




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