Clark Ashton Smith


IV LA PARTIDA DE GASPARD DU NORD



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IV
LA PARTIDA DE GASPARD DU NORD
Solo en su habitación del ático, Gaspard du Nord, estudiante de la alquimia y de la magia y, otrora, pupilo de Nathaire, intentó repetidamente, pero siempre en vano, consultar el espejo rodeado de vapores. El cristal permaneció oscuro y nublado, como por los vapores que se levantan de un satánico alambique o de un siniestro brasero nigromántico. Delgado y agotado por las largas noches de vigilia, Gaspard era consciente de que Nathaire estaba aún más en guardia que él.

Leyendo con ansioso cuidado la configuración general de las estrellas, descubrió el aviso de una gran catástrofe que estaba a punto de caer sobre Averoigne. Pero la naturaleza del mal no resultaba evidente.

Mientras tanto, la asquerosa resurrección y emigración de los muertos estaba teniendo lugar. Todo Averoigne temblaba ante la repetida barbaridad. Como la noche sin tiempo de la plaga de Menfis, el terror se aposentaba por todas partes, y la gente comentaba cada nueva atrocidad en susurros apagados, sin atreverse a contar en voz alta la execrable historia. A Gaspard, lo mismo que al resto, le llegaron los susurros, y de igual manera, cuando el horror parecía que había cesado a principios del mes de junio, le llegó la espantosa historia de los monjes cistercienses.

Ahora, por fin, el vigilante, largo tiempo confuso, tuvo una intuición de lo que buscaba. El escondite del nigromante fugitivo y de sus discípulos, por fin, había sido descubierto, y los muertos que desaparecían habían sido encontrados en donde habían sido conducidos. Pero todavía, incluso para el perceptivo Gaspard, quedaba un enigma por resolver: la naturaleza exacta de la abominable mezcla, la magia oscura como el infierno que Nathaire estaba cocinando en su remoto cubil. Gaspard estaba seguro tan sólo de una cosa: el esplénico enano agonizante, sabiendo que el tiempo que le quedaba era poco y odiando a la gente de Averoigne con un rencor sin fondo, prepararía una enorme magia maléfica sin paralelo.

Incluso con sus conocimientos de las propensiones de Nathaire y de su ciencia arcana prácticamente inagotable, reservas de brujería abismal poseídas por el enano, él podría formar tan sólo una conjetura vaga y terrorífica del mal que se incubaba. Pero, con el paso del tiempo, sintió un peso que iba en continuo aumento, el presagio de una amenaza monstruosa arrastrándose desde el borde oscuro del mundo. No podía apartar esta inquietud, y finalmente decidió, a pesar de los evidentes peligros de esa excursión, hacer una visita secreta a los alrededores de Ylourgne.

Gaspard, aunque procedía de una familia acomodada, se encontraba en ese momento en circunstancias difíciles, porque su devoción a una ciencia de dudosa reputación era, hasta cierto punto, desaprobada por su progenitor. Su único ingreso consistía en una misérrima cantidad, que le era entregada secretamente al joven por su hermana y su madre. Ésta era suficiente para su escasa comida, el alquiler de su cuarto y la adquisición de algunos libros, instrumentos y productos químicos, pero no le permitiría la compra de un caballo, o incluso de una humilde mula, para el planeado viaje de más de cuarenta millas.

Sin dejarse abatir, se puso en marcha a pie, portando solo una daga y una alforja con vituallas. Planeó su viaje de forma que llegase a Ylourgne al caer la noche al ponerse la luna llena. Una gran parte del trayecto pasaba por medio del gran bosque amenazador que se aproximaba a los propios muros de Ylourgne por el este y que trazaba un siniestro arco a través de Averoigne hasta la boca del valle rocoso debajo de Ylourgne. Después de unas pocas millas salió del gran bosque de pinos, robles y alerces; y a partir de entonces, durante el primer día, siguió el río Isoile a lo largo de una llanura abierta, bastante habitada. La cálida noche de verano la pasó debajo de un haya, en los alrededores de una pequeña aldea, sin atreverse a dormir en los bosques solitarios donde lobos y bandidos, y criaturas de reputación más perniciosa, se suponía que habitaban.

Por la tarde del segundo día, después de atravesar las partes más antiguas y más montaraces del inmemorialmente vetusto bosque, llegó a un valle empinado y pedregoso que le conducía a su destino. Este valle era la fuente del río Isoile, que había disminuido hasta un simple arroyo. En el crepúsculo ocre, entre la puesta del sol y la salida de la luna, vio las luces del monasterio cisterciense, y, opuesta en los temibles acantilados amontonados, la siniestra y áspera masa de la fortaleza en ruinas de Ylourgne, con pálidos fuegos mágicos parpadeando tras sus altas troneras. Aparte de estas hogueras, no había signo de que el castillo estuviese ocupado; y no escuchó en momento alguno los siniestros sonidos denunciados por los monjes.

Gaspard esperó a que la oronda luna, gualda como el orbe de una inmensa ave nocturna, comenzase a espiar sobre el valle que se oscurecía. Entonces, con muchas cautelas, dado que los alrededores eran desconocidos para él, comenzó a abrirse camino hacia el lóbrego y melancólico castillo.

Incluso para alguien bastante acostumbrado a semejantes ascensiones, la escalada ofrecía bastante peligro y dificultad a la luz de la luna. Varias veces, encontrándose al borde de un repentino precipicio, se vio obligado a desandar lo que tanto esfuerzo había recorrido; y a menudo se salvó de tropezar tan sólo gracias a los atrofiados matojos y zarzas que habían echado raíz en el mezquino suelo. Desfallecido, con la ropa desgarrada, con las manos heridas y sangrantes, alcanzó al fin la cúspide de la escarpada cota, debajo de las murallas.

Aquí hizo una pausa para recobrar el aliento y recuperar sus escasas fuerzas. Podía ver, desde su posición ventajosa, un pálido reflejo como de llamas ocultas que golpeaban hacia arriba desde el muro interior de la elevada cárcel.

Escuchó el bajo murmullo de sonidos confusos, sintiéndose confundido sobre la distancia y dirección en que venían. A veces parecían flotar bajando desde las oscuras murallas, a veces parecían surgir de alguna profundidad subterránea lejos en la colina.

Aparte de este remoto, ambiguo zumbido, la noche estaba encerrada en un silencio mortal. Los propios vientos parecían evitar la vecindad del temido castillo. Una nube inadvertida, pegajosa y de paralizadora maldad colgaba sobre todas las cosas, y la pálida e hinchada luna, la patrona de las brujas y hechiceros, destilaba su verde veneno sobre las torres que se derrumbaban en medio de un silencio más antiguo que el tiempo.

Gaspard notó el peso, que se le pegaba de una manera obscena, de algo más pesado que su propia fatiga, cuando reemprendió su progreso hacia la barbacana; redes invisibles del mal que esperaba, aumentando continuamente, parecían frenarle. El lento, intangible batir de invisibles alas golpeaba con fuerza su rostro. Parecía respirar un viento que surgía de bóvedas insondables y cavernas de corrupción. Aullidos inaudibles, burlones o amenazadores, se amontonaban en sus oídos, y asquerosas manos parecían empujarle atrás. Pero, inclinando la cabeza como contra una tormenta que se levantaba, continuó y trepó por la ruina del terraplén de la barbacana hasta el patio lleno de hierbas.

El lugar estaba desierto según todas las apariencias, y buena parte de él todavía estaba profundamente cubierta por las sombras de las torretas y murallas. Cerca, en el negro edificio grande y macizo, con almenas de plata, vio abierta la entrada cavernosa descrita por los monjes. Estaba iluminada desde el interior por un vívido brillo, pálido y extraño como un luego fatuo. El zumbido, ahora audible como un murmullo de voces, salía de esa puerta, y Gaspard pensó que podía ver oscuras figuras manchadas de hollín moviéndose rápidamente por el interior iluminado.

Continuando en las sombras, siguió avanzando a lo largo del patio dando la vuelta a las ruinas. No se atrevía a aproximarse a la entrada abierta por miedo a ser visto, aunque, por lo que podía ver, el lugar carecía de vigilancia.

Llegó a la cárcel, sobre cuya muralla superior la pálida luz parpadeaba oblicuamente a través de una especie de desgarrón en el largo edificio adyacente. Esta abertura estaba a alguna distancia del suelo, y Gaspard vio que había sido anteriormente la apertura a un balcón de piedra. Un tramo de escaleras rotas conducía, subiendo por la pared, al resto medio deshecho de ese balcón, y se le ocurrió al joven que podía subir por esas escaleras y espiar, sin ser visto, el interior de Ylourgne.

Faltaban algunos de los tramos de las escaleras, y el resto estaba cubierto por profundas sombras. Gaspard encontró precariamente su camino hasta el balcón, parándose una vez con considerable miedo cuando un fragmento de la gastada piedra, aflojado por su pisada, cayó haciendo un gran ruido contra las piedras del patio de abajo. Aparentemente, no fue escuchado por los ocupantes del interior del castillo, y al cabo de un rato reinició su ascenso. Cautelosamente, se aproximó a la larga e irregular abertura desde la cual la luz salía hacia arriba.

Agazapándose en una estrecha cornisa, que era todo lo que quedaba del balcón, espió un espectáculo de lo más sorprendente y aterrador, cuyos detalles le produjeron tal perplejidad, que tardó muchos minutos en comprenderlos.

Estaba claro que la historia contada por los monjes, teniendo en cuenta sus prejuicios religiosos, había estado lejos de ser exagerada. Casi todo el interior del gran edificio medio derrumbado había sido demolido y desmantelado para proporcionar espacio a las actividades de Nathaire. Esta demolición era por sí misma una tarea sobrehumana para cuya ejecución el hechicero debía haber empleado una legión de demonios familiares, además de sus diez discípulos.

La vasta cámara estaba irregularmente iluminada por el brillo de atanores y braseros, y, por encima de todo, por el extraño centelleo de las enormes cubas de piedra. Incluso desde su ventajosamente elevado punto de observación, el observador no podía ver el contenido de esas cubas, pero una luminosidad blanca se derramaba hacia arriba desde el borde de una de ellas, y una fosforescencia de color carne desde el otro.

Gaspard había visto alguno de los experimentos y llamamientos de Nathaire, y estaba más que familiarizado con los utensilios de las artes oscuras. Dentro de ciertos límites, no era melindroso; tampoco era probable que se sintiese muy aterrorizado por las formas brutales e indefinidas de los demonios que trabajaban al borde del abismo junto a los pupilos, vestidos de negro, del hechicero, pero un horror frío sobrecogió su corazón cuando vio la increíble cosa enorme que ocupaba el suelo central: un colosal esqueleto humano de más de cien pies de largo, extendiéndose más allá de la longitud del viejo salón del castillo; el grupo de hombres y demonios, según todas las apariencias, ¡estaba ocupándose de vestir con carne humana el huesudo pie derecho del esqueleto!

EI prodigioso y macabro armazón, completo en cada parte, con costillas como arcos de una nave satánica, brillaba como si todavía estuviese calentado por los fuegos de la infernal fusión. Parecía brillar y arder con una vida antinatural, temblar con una inquietud maligna sobre el brillo infernal y la oscuridad. Los grandes huesos de los dedos, curvándose como garras en el suelo, parecía como si estuviesen a punto de cerrarse en torno a una presa indefensa. Los tremendos dientes estaban fijos en una sonrisa sin fin de sardónica crueldad y malicia. Las vacías cuencas de los ojos, profundas como los fosos del tártaro, parecían bullir con una minada de luces engañosas, como los ojos de espíritus burlones que emergen de una sombra obscena.

Gaspard se quedó atontado por la sorprendente fantasmagoría fuera de lo normal que se abría ante él como un infierno habitado. Después, nunca estuvo por completo seguro de ciertas cosas, podía recordar muy poco de la manera concreta en que el trabajo de los hombres y los asistentes era realizado. Oscuras y ambiguas criaturas, similares a murciélagos, parecían estar revoloteando de un lado a otro, entre las cubas de piedra y el grupo que trabajaba como escultores, cubriendo el pie huesudo con un plasma rojizo que aplicaban y modelaban como si fuese barro. Gaspard pensó, pero no estuvo seguro después, que este plasma, que brillaba como si fuese una mezcla de sangre y fuego, estaba siendo traído de la cuba que despedía un brillo rosado en jarras llevadas en las garras de las sombrías criaturas aladas. Ninguna de ellas, sin embargo, se aproximaba a la otra cuba, cuya luz pálida estaba momentáneamente debilitada, como si se estuviese apagando.

Buscó la mínima figura de Nathaire, a quien no podía distinguir entre la multitud que ocupaba la escena. El nigromante enfermo, si es que no había sucumbido ya a la poco conocida enfermedad que le había consumido por dentro como una llama, estaba sin duda oculto de la vista por el colosal esqueleto, y quizá dirigiendo las tareas de los hombres y de los demonios desde su cama.

Hechizado en la precaria terraza, el observador no consiguió escuchar los furtivos pasos gatunos que ascendían detrás de él, por las escaleras en ruinas. Demasiado tarde, oyó el ruido de un fragmento suelto cerca de sus talones y, volviéndose sorprendido, se desplomó en el puro olvido como por el impacto de un golpe de maza, y ni siquiera fue consciente de que el principio de su caída hacia el patio había sido detenido por los brazos de su asaltante


V
EL HORROR DE YLOURGNE
Gaspard, volviendo de su oscuro salto en una negrura como del Leteo, se encontró a si mismo mirando a los ojos de Nathaire: cuencas de noche líquida y de ébano, en las cuales nadaban los helados fuegos de las estre1!as que se habían hundido en una perdición irremediable. Por algún tiempo, en la confusión de sus sentidos, no podía ver otra cosa que los ojos, que parecían atraerle en su desmayo como siniestros imanes. Aparentemente sin cuerpo, o situados sobre un rostro demasiado vasto para la percepción humana, ardían en un fuego caótico. Entonces, paulatinamente, fue viendo las otras facciones del hechicero, y los detalles de una escena vívida, y fue consciente de su propia situación.

Intentando levantar las manos a su cabeza dolorida, encontró que estaban atadas fuertemente por las muñecas. Estaba medio tumbado, medio apoyado, contra un objeto de dura superficie y bordes que le lastimaban la espalda. El objeto, descubrió que era una especie de horno alquímico, o atanor, parte de un montón de aparatos en desuso que estaban de pie o tumbados por el suelo del castillo. Copelas, aludeles y retortas de alambiques, como enormes calabazas y peceras globulares, estaban mezcladas en extraña confusión, amontonadas junto a los libros con candados de hierro, los sucios calderos y los braseros de una ciencia más siniestra.

Nathaire, apoyado contra almohadones de estilo sarraceno decorados con arabescos de apagado oro y fulgurante escarlata, le estaba observando desde una cama improvisada, hecha con fardos de alfombras orientales y tapicerías de Arrás, ante cuyo lujo las rudas paredes del castillo, manchadas por el moho y moteadas de secos hongos, ofrecían un grotesco contraste. Pálidas luces y sombras que oscilaban siniestras parpadeaban sobre la escena, y Gaspard podía escuchar el gutural murmullo de voces detrás de él. Torciendo un poco la cabeza, vio una de las cubas de piedra, cuya luminosidad rosada estaba manchada y apagada por las alas de un vampiro que se movían de un lado a otro.

—Bienvenido —dijo Nathaire al cabo de un intervalo durante el cual el estudiante comenzó a percibir el fatal progreso de la enfermedad en las facciones, contraídas por el dolor, que había ante él—. ¡Así que Gaspard du Nord ha venido a visitar a su antiguo maestro! —la voz dura y autoritaria surgía sorprendentemente con un volumen demoníaco de la mustia figura.

—He venido —dijo Gaspard en un lacónico eco—. Dígame, ¿cuál es la obra del diablo en que le encuentro ocupado? ¿Y qué es lo que ha hecho con los cuerpos muertos que fueron robados por sus detestables demonios familiares?

El frágil cuerpo agonizante de Nathaire, como poseído por algún demonio sardónico, se acunó de un lado a otro de la lujosa cama en un largo y violento brote de carcajadas, sin ninguna otra respuesta.

—Si su aspecto es un testigo digno de confianza —dijo Gaspard cuando la siniestra risa hubo cesado—, usted está mortalmente enfermo, y escaso es el tiempo que le resta para expiar sus actos de maldad y hacer las paces con Dios, si en verdad aún es posible que usted haga las paces. ¿Qué asquerosa y maligna pócima está usted preparando para asegurar la definitiva perdición de su alma?

El enano fue de nuevo presa de un espasmo de risa demoniaca.

—Voto que no, de ningún modo, mi buen Gaspard —dijo finalmente—. Yo he forjado otro vínculo que aquel con que vosotros, cobardes llorosos, queréis comprar la buena voluntad y el perdón del Tirano Celestial. El Infierno me tomará al final, si lo desea, pero el Infierno ha pagado, y aún ha de pagar, un precio amplio y generoso. Pronto he de morir, es cierto, porque mi final esta escrito en las estrellas, pero en la muerte, por la gracia de Satanás, viviré de nuevo, y marcharé dotado con los poderosos músculos de los muertos para cumplir mi venganza sobre la gente de Averoigne, quien, desde hace largo tiempo, me ha odiado por mi nigromántica sabiduría y me ha despreciado por mi estatura de enano.

—¿Qué locura es esa con la que vos soñáis? —preguntó el joven, aterrado ante la maldad y locura sobrehumanas que parecían extenderse de la desgastada figura y verterse como un torrente desde el brillo oscuro e infernal de sus ojos.

—No es locura, sino algo verdadero; un milagro, tal vez, si la vida en sí es un milagro... De los cuerpos frescos de los muertos, que de otro modo se habrían podrido en la asquerosidad del cementerio, mis pupilos y mis demonios familiares me están fabricando, bajo mis instrucciones, el gigante cuyo esqueleto has contemplado. Mi alma, a la muerte del actual cuerpo, pasará a esta colosal residencia a través del funcionamiento de ciertos hechizos de transmigración en los cuales mis fieles asistentes han sido cuidadosamente instruidos. Si conmigo hubieses permanecido, Gaspard, y no te hubieses echado atrás, llevado por tus mezquinos remilgos de meapilas, las maravillas y la profunda sabiduría te habría desvelado, y ahora sería privilegio tuyo participar en la creación de este prodigio..., y, si hubieses venido antes por tu presuntuosa curiosidad, podría haber hecho un uso peculiar de tus fuertes huesos y músculos..., el mismo uso que he dado a otros hombres jóvenes, quienes han muerto a causa de un accidente o de la violencia. Pero es demasiado tarde incluso para eso, ya que la construcción de los huesos ha sido completada y sólo resta investirlos de carne humana. Mi buen Gaspard, no hay nada en absoluto que hacer contigo..., excepto apartarte del medio de una manera segura. Providencialmente, para este propósito, hay un calabozo de prisión perpetua con entrada por el techo debajo del castillo. Un lugar de residencia algo deprimente, sin duda, pero que fue construido fuerte y profundo por los fieros señores de Ylourgne.

Gaspard fue incapaz de concebir réplica alguna para este siniestro y extraordinario discurso. Buscando palabras en su mente, congelada por el horror, se notó sujetado por las manos de seres no vistos que se habían acercado por detrás, contestando a algún gesto de Nathaire, una señal que el cautivo no había notado. Le taparon los ojos con algún pesado tejido, polvoriento y lleno de moho como un sudario, y fue conducido tropezando a través de la acumulación de extraños aparatos, y bajado por una escalera que daba muchas vueltas a través de tramos estrechos y en ruinas, de los cuales salía el repugnante aliento del agua estancada para recibirle, mezclado con el aceitoso olor a almizcle de las serpientes.

Pareció descender una distancia que no admitiría regreso. Lentamente, el hedor se volvió más fuerte, más insoportable; las escaleras acabaron; una puerta hizo un reticente sonido metálico sobre goznes herrumbrosos, y Gaspard fue empujado adelante a un suelo empapado, desigual, que parecía haber sido desgastado por una miríada de pisadas.

Escuchó el chirriar de una pesada losa de piedra. Sus muñecas fueron liberadas, la venda retirada de sus ojos, y vio a la luz de antorchas parpadeantes, un agujero redondo a sus pies que bostezaba en el suelo rezumante de humedad.

Junto a éste, estaba la losa que había sido su tapa. Antes de que pudiese volverse para ver a sus captores, para descubrir si eran hombres o diablos, fue agarrado con brusquedad y arrojado al aguero que se abría. Cayó a través de una negrura como la del submundo, por una oscuridad inmensa, antes de golpear el fondo. Tumbado, medio atontado, en un charco fétido de poca profundidad, escuchó sobre él el seco golpe funeral de la losa al deslizarse de nuevo.
VI
LOS FOSOS DE YLOURGNE
Gaspard fue revivido, al cabo de un rato, por la frialdad del agua en que descansaba. Sus ropas estaban medio empapadas, y el mefítico y poco profundo charco se hallaba a una pulgada de su boca, como descubrió al primer movimiento. Podía escuchar un goteo, continuo y monótono, en algún lugar de la noche sin luz del calabozo. Se puso de pie tropezando, descubriendo que sus huesos estaban intactos, y comenzó una exploración cautelosa. Gotas sucias caían sobre su cara levantada y su cabello; sus pies resbalaban y salpicaban en el agua podrida; había silbidos furiosos y vehementes, y anillos serpentinos se deslizaban fríamente por sus tobillos.

Pronto alcanzó una tosca pared de piedra, y, siguiendo la pared con la punta de sus dedos, intentó determinar el tamaño del calabozo. Éste era más o menos circular, sin esquinas, y no consiguió hacerse una idea justa de su perímetro. En algún lugar de su vagabundeo, encontró un montón de escombros con forma de estantería; y aquí, a causa de la relativa comodidad y sequedad, se instaló, después de expulsar a un cierto número de reptiles indignados. Las criaturas, parecía, eran inofensivas, y probablemente pertenecían a alguna especie de serpientes de agua, pero temblaba al tocar sus escamas viscosas. Sentado en el montón de escombros, Gaspard repasó en su mente los diversos horrores de una situación que era infinitamente lúgubre y desesperada. Había descubierto el increíble secreto de Ylourgne, capaz de revolver el alma, el proyecto inimaginablemente monstruoso y blasfemo de Nathaire; pero ahora, encerrado en este apestoso agujero como en una tumba subterránea, en las profundidades bajo ese castillo maldecido por los demonios, ni siquiera podía avisar al mundo sobre la inminente amenaza.

La bolsa de comida, ahora casi vacía, con la cual había partido de Vyones, todavía colgaba de su espalda, y se aseguró, investigándolo, de que sus captores no se habían molestado en privarle de su daga. Mordisqueando un mendrugo de pan rancio en la oscuridad y acariciando con la mano el pomo de su preciada arma, buscó alguna brecha en la desesperación que le envolvía por todas partes. No tenía medios para contar las horas negras que transcurrieron para él con la lentitud de un río cegado por el barro, arrastrándose en ciego silencio por un mar subterráneo. El incesante goteo del agua, probablemente procedente de pozos subterráneos formados por el deshielo que habían aprovisionado al castillo en anteriores años, era lo único que rompía el silencio. Pero el sonido se convirtió, con el paso del tiempo, y por su equívoca igualdad de tono, en una risa que sugería la de duendes invisibles, una cadencia perpetua y sin alegría para su mente delirante. Por fin, debido al puro y simple agotamiento corporal, se sumió en un problemático sopor repleto de pesadillas.

No podría haber dicho si era de noche o de día en el mundo exterior cuando se despertó, porque la misma oscuridad estancada, sin el alivio de un rayo o de un brillo, desbordaba en el calabozo. Temblando, se dio cuenta de que había una corriente de aire que soplaba continuamente sobre él: un aire empapado, malsano, como el aliento de sótanos en desuso que, durante su reposo, hubiesen despertado a una vida y a una actividad misteriosas. No había notado la corriente hasta entonces, y su cerebro adormilado se encontró con una repentina esperanza por este motivo. Evidentemente, existía alguna brecha subterránea, o un canal, por donde entraba el aire; y esta brecha, de alguna manera, podría proporcionar un punto de salida del calabozo.

Poniéndose de pie, tanteó inseguro hacia adelante en la dirección de la corriente. Tropezó con algo, que crujió y se rompió bajo sus talones, y se frenó con dificultades para no caer en el charco, lleno de barro e infestado de serpientes. Antes de que pudiese investigar el obstáculo o reemprender sus ciegos tanteos, escuchó un ruido brusco y chirriante por encima de él, y un tembloroso rayo de luz amarilla descendió por la boca abierta del calabozo. Sorprendido, levantó la cabeza, y vio el agujero redondo a unos diez o doce pies por encima de él; a través de éste, una mano oscura había bajado una antorcha ardiente. Una pequeña cesta, conteniendo una hogaza de pan áspero y una botella de vino, estaba siendo bajada al extremo de una cuerda. Gaspard recogió el pan y el vino, y la cesta fue elevada. Antes de la retirada de la antorcha y de que la losa volviese a ser colocada en su sitio, consiguió hacer un precipitado estudio de su mazmorra.

El sitio era irregularmente circular, como había supuesto, y tenía quizá unos quince pies de diámetro. La cosa con la que había tropezado era un esqueleto humano, tumbado entre un montón de escombros y el agua sucia. Estaba marrón y podrido por el paso del tiempo, y sus ropas hacía largo tiempo que se habían deshecho en una mancha de moho líquido. Las paredes estaban acanaladas y con arroyuelos por los siglos de humedad, y parecía que la propia piedra estuviese pudriéndose lentamente. En el lado opuesto, al fondo, vio la abertura que había imaginado: un agujero bajo, no mucho mas grande que la guarida de un zorro, por el cual fluía el agua sucia. Su corazón se angustió ante esa visión: el agua era más profunda de lo que parecía, y el agujero era demasiado estrecho como para permitir el paso del cuerpo de un hombre. En un estado de desesperación como de auténtico ahogo, encontró su camino de regreso al montón de escombros cuando la luz fue retirada.

La hogaza de pan y la botella de vino estaban todavía en sus manos. Mecánicamente, desganado y embotado, mordisqueó y bebió. Después se sintió más fuerte; y el amargo vino peleón que sirvió para calentarle le debió inspirar la idea que concibió en ese momento.

Acabándose la botella, se abrió camino a través de la mazmorra hasta el agujero, semejante a una madriguera. La corriente de aire que entraba se había hecho más fuerte, y esto lo considero una señal favorable. Desenfundando su daga, empezó a excavar en la pared medio podrida y en descomposición, esforzándose para aumentar la abertura. Se vio obligado a arrodillarse en un apestoso cieno, y, mientras trabajaba, los anillos de las serpientes de agua avanzaban sobre él retorciéndose, mientras emitían temibles silbidos. Evidentemente, el agujero era su medio de entrada y salida, dentro y fuera del calabozo.

La piedra se deshacía con facilidad ante su daga, y Gaspard olvidó lo repugnante y horrible de su situación ante la esperanza de la fuga. No tenía miedo de conocer la anchura del muro, o la naturaleza y extensión del subterráneo que se extendía más allá, pero se sentía seguro de que existía algún canal de conexión con el mundo exterior.

Durante horas o días enteros, trabajó con su daga, cavando ciegamente en la blanda pared, y arrancando el detritus que salpicaba en el agua a su alrededor. Después de un rato, tumbado sobre su barriga, se arrastró por el agujero que había ensanchado y, cavando como un topo, se fue abriendo camino pulgada a pulgada. Por fin, para su enorme alivio, la punta de su daga se hundió en un espacio vacío. Rompió con las manos la delgada barrera de piedra que quedaba como obstáculo, y entonces, arrastrándose en la oscuridad, descubrió que podía ponerse de pie en una especie de suelo cuadrangular.

Estirando sus entumecidos miembros, avanzó muy cautelosamente. Estaba en una especie de bodega estrecha o en un túnel, cuyos lados podía tocar simultáneamente con las yemas de los dedos extendidos. El suelo se inclinaba hacia abajo, y el agua se volvía más profunda, subiendo hasta sus rodillas y luego basta su cintura. Probablemente el lugar había sido utilizado una vez como salida subterránea del castillo, y el suelo, al derrumbarse, había bloqueado el agua.

Muy desanimado, Gaspard comenzó a cuestionarse si había cambiado el sucio calabozo, rondado por esqueletos, por una cosa incluso peor. La noche que le rodeaba seguía intacta y sin ningún rayo de luz, y la corriente de aire, aunque fuerte, venía cargada con una mohosidad y una humedad que sugerían subterráneos interminables.

Tocando los lados del túnel a intervalos, avanzó vacilante, adentrándose en el agua cada vez más profunda; descubrió una curva brusca a su derecha, que conducía a un espacio libre. El lugar resultó ser la entrada de un pasadizo que se interseccionaba, cuyo suelo estaba inundado, y, por lo menos, era recto y no se hundía más en la estancada porquería. Explorándolo, tropezó con el nacimiento de un tramo de escaleras que subían. Ascendiéndolas a través del agua, cuya profundidad disminuía, pronto se encontró de pie sobre suelo seco.

Los escalones, rotos, estrechos, irregulares y sin barandillas, parecían dar vueltas en una eterna espiral que se enroscaba en la oscuridad de las entrañas de Ylourgne. Resultaban tan cerradas y asfixiantes como una tumba, y no eran la causa de la corriente de aire que Gaspard había comenzado a seguir. A dónde podrían conducirle, él lo ignoraba; no hubiera sido capaz de decir si eran las mismas escaleras por las cuales había sido conducido al calabozo. Pero siguió adelante con constancia, parándose tan sólo a largos intervalos para recuperar el aliento como buenamente podía en ese aire estancado y maligno.

Al cabo de un rato, en la oscuridad compacta, desde arriba en la distancia, comenzó a escuchar un sonido misterioso y amortiguado: un estrépito. apagado pero repetido, de grandes bloques y masas de piedra que caían. El ruido resultaba indescriptiblemente triste y siniestro, y parecía hacer retumbar las paredes invisibles en torno a Gaspard, y estremecer los tramos de la escalera que pisaba con una siniestra vibración.

Subió ahora con una precaución y un cuidado intensificados, parándose a cada instante para escuchar. El ruido de caídas se volvió más alto, más siniestro, como sise situase sobre él directamente, y, al oírlo, se quedó agazapado en las oscuras escaleras por un tiempo que pudo ser de muchos minutos, sin atreverse a avanzar más. Por fin, de una manera desconcertante por lo repentina, el sonido se detuvo, dejando una tranquilidad tensa y llena de miedos.

Con muchas conjeturas siniestras. sin saber con qué nueva barbaridad iba a encontrarse. Gaspard se aventuró a reemprender su ascenso. De nuevo, en la oscura y compacta tranquilidad, fue recibido por un sonido: el de voces, apagadas y resonantes, que cantaban, como en una misa satánica o en una liturgia con cadencias de funeral convertidas en un himno, intolerablemente exultante, al triunfo del mal. Mucho antes de que pudiese comprender las palabras, tembló ante el latido, fuerte y maléfico, de un ritmo monótono, cuyas ascensiones y caídas parecían corresponderse con los latidos de algún colosal demonio.

Las escaleras dieron un giro por centésima vez en su tortuosa espiral y, saliendo de aquella larga medianoche, Gaspard parpadeó ante el pálido brillo que fluía hacia él desde arriba. Las voces del coro le recibieron con una sonora explosión de cánticos infernales, y él reconoció las palabras de un raro y poderoso hechizo, empleado por los brujos para una finalidad supremamente detestable y maléfica. Con espanto, mientras subía los últimos peldaños, descubrió lo que estaba teniendo lugar en las ruinas de Ylourgne.

Levantando su cabeza con cuidado sobre el suelo del castillo, vio que los peldaños terminaban en una esquina apartada del vasto cuarto en que había contemplado la impensable creación de Nathaire. Toda la extensión del edificio, desmantelado por dentro, se ofrecía a su vista, lleno por un extraño brillo en donde los rayos de una luna gibosa se mezclaban con las rojizas llamas de los rescoldos de los atanores y las lenguas multicolores que se enroscaban entre sí, surgiendo de los braseros nigrománticos.

Gaspard, durante un instante, se quedó confundido por el brillo de la luz de la luna entre las ruinas. Entonces, vio que casi todo el muro interior del castillo, que daba al patio, había sido demolido. Era el derribo de estos bloques de tamaño prodigioso, sin duda a través de un trabajo de hechicería ajeno al género humano, lo que había escuchado durante su ascensión subterránea desde los sótanos. Se le heló la sangre en las venas, se le puso la carne de gallina, cuando se dio cuenta del fin para el que la pared había sido echada abajo.

Era evidente que un día entero y parte de una noche habían transcurrido desde su encierro, porque la luna se levantaba alta en un firmamento de pálido zafiro. Bañadas por su helado brillo, las pétreas cubas ya no emitían su extraña y eléctrica fosforescencia. La cama de tejidos sarracenos, en la cual Gaspard había contemplado al enano agonizante, estaba ahora parcialmente oculta a la vista por las emanaciones ascendentes de braseros y turíbulos, entre los cuales los diez discípulos del mago, ataviados de negro y escarlata, estaban practicando el rito espantoso y repugnante en una maléfica letanía.

Lleno de miedo, como alguien que afronta una aparición surgida de un infierno remoto, Gaspard contempló al coloso que yacía inerte, como sumido en un sueño ciclópeo, sobre las losas del castillo. La figura ya no era un esqueleto: los miembros habían sido redondeados en extremidades enormes y musculosas, como los miembros de los gigantes de la Biblia; los costados eran una muralla insuperable; los deltoides del poderoso pecho eran anchos como plataformas; las manos podrían haber aplastado los cuerpos de los hombres como si fuesen piedras de molino... Pero el rostro del asombroso monstruo, visto de perfil contra los desbordantes rayos de la luna, ¡era el rostro del satánico enano Nathaire..., aumentado cien veces, pero idéntico en su implacable maldad y malevolencia!

El vasto pecho parecía levantanse y caer, y. Durante una pausa del ritual nigromántico, Gaspard escuchó el sonido inconfundible de una poderosa respiración. El ojo del perfil estaba cerrado; pero su párpado parecía temblar como un gran cortinaje, como si el monstruo estuviese a punto de despertar; una mano extendida, con dedos pálidos y azulados como filas de cadáveres, se retorcía inquieta sobre las losas del castillo.

Un terror insuperable le apresó, pero ni siquiera ese terror podía inducirle a volver a los apestosos sótanos que había dejado atrás. Con unas dudas y un miedo infinitos, escapó de la esquina, manteniéndose dentro de la zona de sombras de ébano que flanqueaban los muros del castillo. Al marchar, contempló por un momento, a través de los engañosos velos de vapor, la cama en que la forma marchita de Nathaire estaba tumbada, pálida y sin movimiento. Parecía como si el enano hubiese muerto, o hubiese caído en el letargo que precede a la muerte. Entonces, las voces corales, gritando su terrible encantamiento, se elevaron aún más en un triunfo satánico; los vapores se desvanecieron como una nube nacida en el infierno, revolviéndose en torno a los brujos con la forma de pitones, y ocultando de nuevo la oriental cama y a su ocupante, quien parecía un cadáver.

El peso de un interminable infortunio oprimía el aire. Gaspard sintió que la terrible transmigración, invocada e implorada con liturgias blasfemas en continuo aumento, estaba a punto de suceder.., o quizá ya había sucedido. Pensó que el gigante que respiraba se había revuelto, como alguien que tiene el sueño ligero.

Pronto, la masa tumbada, inmensa y enorme, se interpuso entre Gaspard y los nigromantes que cantaban. No le habían visto, y ahora se atrevió a salir corriendo, alcanzando el patio sin ser molestado ni perseguido. A partir de ahí, sin volver la vista, escapó como alguien a quien persiguen los demonios, atravesando las empinadas cuestas llenas de barrancos, debajo de Ylourgne.




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