Clark Ashton Smith



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V
Estaba de vuelta en el prado del bosque, junto al altar gigantesco. Moriamis se hallaba de nuevo junto a él, hermosa y cálida y en carne y hueso, mientras la luna se ponía sobre las copas de los pinos. Parecía que apenas había transcurrido un momento desde que se despidió de su querida hechicera.

—Pensé que quizá volvieses —dijo Moriamis—, y decidí esperar un ratito.

Ambrosio le hablo de la singular desgracia que le había acontecido en su viaje en el tiempo.

Moriamis inclinó la cabeza gravemente.

—El filtro verde era más poderoso de lo que había supuesto —comentó—. Es afortunado, sin embargo, que el filtro rojo fuese igualmente fuerte, y pudiese devolverte a mí a través de todos esos años añadidos. Tendrás que quedarte conmigo ahora, porque sólo poseía aquellos dos frascos. Espero que no lo lamentes.

Ambrosio comenzó a demostrar, de una manera algo inadecuada para un monje, que la esperanza de ella estaba completamente justificada.

Ni entonces, ni en ningún otro momento, le dijo Moriamis que ella misma había reforzado ligeramente, y por igual, los dos filtros por medio de la fórmula privada que ella también le había robado a Azédarac.
The Holiness Of Azedarac, V—1931

(Weird Tales, XI—33. Lost Worlds, X—44)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991
El Coloso De Ylourgne
Clark Ashton Smith
I
LA FUGA DEL NIGROMANTE
El tres veces infame Nathaire, alquimista, astrólogo y nigromante, con sus diez discípulos que le había dado el diablo, se había marchado muy repentinamente en circunstancias de estricto secreto de la ciudad de Vyones. La opinión común, entre la gente del vecindario, era que su marcha se había visto empujada por un saludable miedo a las empulgueras y a las hogueras eclesiásticas. Otros brujos, menos famosos que él, ya habían sido conducidos a la estaca durante un año de inusual celo por parte de los inquisidores; y era bien sabido que Nathaire había incurrido en la desaprobación de la Iglesia. Pocas personas, por tanto, consideraban un misterio las razones de su marcha, pero los medios de transporte que había empleado, así como el destino del hechicero y sus discípulos, eran considerados más que problemáticos.

Corrían un millar de rumores, oscuros y supersticiosos; y los transeúntes hacían la señal de la cruz cuando pasaban cerca de la elevada y siniestra casa que Nathaire había construido a una proximidad blasfema de la gran catedral y que había llenado con muebles de un lujo y una rareza satánicos. Dos ladrones valientes, que habían penetrado en la mansión cuando el hecho de que estaba abandonada se confirmó, informaron que muchos de sus muebles, así como los libros y el resto de las propiedades de Nathaire, habían partido aparentemente con su dueño, sin duda hacia la misma frontera. Esto sirvió para aumentar el terrible misterio, porque era evidentemente imposible que Nathaire, con sus diez aprendices, con varios carros llenos de mobiliario, pudiese haber atravesado las puertas de la ciudad, siempre vigiladas, de ninguna manera legítima sin el conocimiento de sus guardianes. Y, según decían los más religiosos y devotos, el archidemonio, con una legión de asistentes alados como murciélagos, se los había llevado en una medianoche sin luna. Había clérigos, y también respetables ciudadanos, que decían haber visto el vuelo de oscuras formas, parecidas a hombres, contra las borrosas estrellas junto a otras que no eran hombres, y haber escuchado los gritos quejosos del grupo, destinado al infierno, mientras desaparecían en medio de una nube maléfica a través de las murallas y los tejados de la ciudad.

Otros pensaban que los hechiceros se habían marchado de Vyones utilizando sus propias artes diabólicas, y se habían retirado a algún desierto poco frecuentado donde Nathaire, quien había tenido mala salud desde hacía largo tiempo, pudiese morir en medio de la paz y serenidad de que puede disfrutar alguien que se encuentra entre las llamas de un auto de fe y las de Abaddon. Se decía que había hecho su horóscopo, por primera vez en sus cincuenta y pico años, y había leído allí la inmediata conjunción de planetas desastrosos que significaban una muerte temprana.

Todavía otros, entre los que se encontraban ciertos astrólogos rivales y hechiceros, decían que Nathaire se había retirado de la vista del público simplemente para poder comunicarse sin interrupción con varios demonios ayudantes, y así poder tejer, sin ser molestado, los negros hechizos de una malicia suprema y licantrópica. Estos hechizos serían a su debido tiempo sentidos sobre Vyones, daban a entender, y quizá sobre la región de Averoigne entera; y sin duda tomarían la forma de una peste terrible, una invasión de buitres, o una incursión por todo el reino de íncubos y súcubos.

Entre el palpitar de extraños rumores, fueron recordadas muchas historias medio olvidadas, y nuevas leyendas fueron creadas de la noche a la mañana. Se sacó mucho partido del oscuro nacimiento de Nathaire y de su sospechoso vagabundeo antes de establecerse, seis años atrás, en Vyones. La gente dijo que había sido engendrado por un demonio, como el afamado Merlín, siendo su padre nada menos que un personaje como Alastor, el demonio de la venganza, y su madre una bruja deforme y enana. Del primero había recibido su mezquindad y maldad; de la segunda, su físico rechoncho y ridículo.

Había viajado por tierras orientales y aprendido de maestros egipcios o sarracenos el arte maldito de la nigromancia, en cuya práctica no tenía rival. Había negros susurros respecto al uso que había dado a cuerpos largo tiempo muertos, a huesos sin carne, y los servicios que había conseguido de hombres muertos a quienes tan sólo el séptimo ángel podía despertar legítimamente. Nunca había sido popular, aunque muchos habían buscado sus consejos y ayuda para el progreso de sus propios asuntos, más o menos turbios. Una vez, al tercer año de su llegada a Vyones, había sido apedreado en público a causa de sus aborrecidas nigromancias, y quedó cojo para siempre gracias a un pedrusco bien apuntado. Esta afrenta, se pensó, él nunca la había perdonado; y se decía que respondía al antagonismo de los clérigos con el odio fiero de un Anticristo.

Aparte de las brujerías maléficas y los abusos que por lo general se sospechaban de él, se le había considerado desde hacía tiempo como a un corruptor de la juventud. Pese a su mínima estatura, su deformidad y su fealdad, poseía un poder digno de ser tenido en cuenta, una capacidad de persuasión mesmeriana, y sus discípulos, a quienes se decía que él había arrojado a un sinfín de perversiones necrófilas, eran hombres jóvenes que ofrecían las más brillantes promesas. En conjunto, su marcha fue considerada como una oportuna liberación del mal.
Entre la gente de la ciudad hubo un hombre que no participó en los siniestros rumores ni en las espeluznantes especulaciones. Este hombre era Gaspard du Nord, él mismo un estudiante de las ciencias prohibidas, quien había estado durante un año entre los discípulos de Nathaire, pero había elegido retirarse tranquilamente del hogar del maestro después de descubrir las barbaridades que acompañarían una iniciación más avanzada. Él, sin embargo, se había llevado consigo muchos conocimientos raros y singulares, junto con una cierta comprensión de los temibles poderes y los motivos, oscuros como la noche, del nigromante.

A causa de sus conocimientos y de su comprensión, Gaspard prefirió guardar silencio cuando conoció la marcha del nigromante. Además, no le parecía bien revivir el recuerdo de su pasado pupilaje. Solo con sus libros, en un ático austeramente amueblado, fruncía el ceño sobre un espejo pequeño y oblongo, enmarcado con un arabesco de víboras doradas que había sido anteriormente propiedad de Nathaire.

No era el reflejo de su rostro agraciado y juvenil, aunque sutilmente arrugado, lo que le hacía fruncir el ceño. En verdad, el espejo era de un tipo distinto del que refleja las facciones de quien se mira. En sus profundidades, durante unos instantes, había contemplado una escena extraña y ominosa, cuyos participantes le resultaban conocidos, pero cuya situación no conseguía reconocer ni localizar. Antes de que pudiese estudiarla con detalle, el espejo se había nublado como si se alzasen vapores de un experimento de alquimia, y él no había visto nada más.

Este nublar, reflexionó, sólo podía significar una cosa: Nathaire se había sabido vigilado y había lanzado un contrahechizo que había dejado inútil el espejo vidente. Fue el darse cuenta de este hecho, junto con el breve y siniestro vistazo a las actividades actuales de Nathaire, lo que preocupaba a Gaspard y provocaba que un horror frío se acumulase lentamente en su mente: un horror que todavía no había encontrado una forma palpable o un nombre.


II
LA REUNIÓN DE LOS MUERTOS
La marcha de Nathaire y sus discípulos ocurrió a finales de la primavera de 1281, durante la oscuridad entre las puestas de luna. Después, una luna nueva creció sobre los campos floridos y los bosques de brillante hojarasca, y menguó con un fantasmal color plateado. Con su mengua, la gente comenzó a hablar de otros magos y de misterios más recientes.

Entonces, durante las noches sin luna de principios del verano, llegaron una serie de desapariciones más antinaturales e inexplicables que la del malvado mago enano.

Un día se descubrió, por enterradores que habían acudido temprano a su tarea en un cementerio fuera de las murallas de Vyones, que no menos de seis tumbas recientemente ocupadas habían sido abiertas, y los cuerpos, que eran de ciudadanos respetables, robados. Al ser examinadas de cerca, resultó más que evidente que esta sustracción no había sido cometida por ladrones. Los ataúdes, que yacían inclinados o levantados verticalmente de la tumba, ofrecían todas las apariencias de haber sido hechos pedazos desde dentro mediante la utilización de una fuerza sobrehumana; y la tierra fresca estaba revuelta, como si los hombres muertos, a consecuencia de una terrible resurrección fuera de tiempo, se hubiesen abierto camino cavando hasta la superficie.

Los cadáveres habían desaparecido sin dejar rastro, como si el infierno se los hubiese tragado, y, hasta el punto que podía saberse, no había testigos de su destino. En aquella época, plagada de demonios, sólo una explicación de lo sucedido parecía creíble: los demonios habían entrado en las tumbas y, tomando posesión corporal de los muertos, les habían hecho levantarse y partir. Para la consternación y el horror de todo Averoigne, la extraña desaparición fue seguida con rapidez enfermiza por muchas otras de una clase parecida. Era como si una invocación oculta, irresistible, hubiera sido pronunciada para los muertos. Cada noche, durante un periodo de dos semanas, los cementerios de Vyones y también los de otras ciudades, pueblos y aldeas, entregaban su horrible cuota de inquilinos. Desde tumbas con aldabas de bronce, desde fosas comunes, desde agujeros superficiales sin consagrar, desde las bóvedas con puerta de mármol de iglesias y catedrales, el extraño éxodo seguía sin cesar.

Peor que esto, si tal cosa fuese posible, los cadáveres recién conducidos al cementerio saltaban de sus tumbas o catafalcos, y, haciendo caso omiso de los horrorizados espectadores, se adentraban con grandes saltos de frenesí automático en la noche, para no volver a ser vistos nunca más por aquellos que los lamentaban.

En todos los casos, los cuerpos pertenecían a hombres jóvenes y fuertes que habían muerto recientemente a causa de la violencia o de un accidente antes que de una enfermedad consuntiva. Algunos eran criminales que habían pagado el precio por sus fechorías; otros eran guardias o condestables muertos en el cumplimiento de su misión. Entre ellos se contaban caballeros que muchos eran las víctimas de las cuadrillas de bandidos que infestaban Averoigne en aquel entonces. Había monjes mercaderes, nobles, vasallos, pajes y sacerdotes; pero nadie, en ningún caso, que hubiese dejado atrás la flor de la vida. Los viejos y los débiles estaban a salvo de los demonios animadores.

La situación era considerada por los más supersticiosos como una verdadera señal del próximo fin del mundo. Satán iba a la guerra, junto a sus cohortes, y conducía los cuerpos de los santos muertos a una cautividad en el infierno La consternación aumentó cien veces cuando quedó claro que ni siquiera la más generosa salpicadura de agua bendita o la realización de los exorcismos más terribles y pertinentes resultaban eficaces como protección ante esta violación demoniaca. La Iglesia se reconoció incapaz de hacer frente a este extraño mal; y las fuerzas de la ley secular no podían hacer nada para frenar o castigar la agencia intangible.

A causa del miedo universal que prevalecía, no se hizo esfuerzo alguno para seguir los cadáveres desaparecidos. Historias repugnantes, sin embargo, fueron contadas por caminantes retrasados que se habían encontrado con estos seres, recorriendo solos o en compañía las carreteras de Averoigne. Daban la impresión de estar sordos, atontados, completamente privados de cualquier inteligencia, y de apresurarse con una velocidad y una seguridad horribles hacia algún objetivo remoto, predestinado. La dirección general de su huida, pareció, era hacia el este; pero sólo al final del éxodo, que había contado con varios cientos de personas, empezó alguien a sospechar cuál era el destino concreto de los muertos.

El destino, de alguna manera, se rumoreaba, era el ruinoso castillo de Ylourgne, más allá de los bosques plagados de hombres lobos, en las colinas exteriores, casi montañosas, de Averoigne.

Ylourgne, una gran pila escarpada que había sido construida por una dinastía de malvados barones ladrones, era un lugar que hasta los pastores de cabras preferían evitar. Se decía que los espectros coléricos de sus sangrientos señores paseaban turbulentamente por sus ruinosos salones, y los residentes de este castillo eran los muertos vivientes. Nadie quería vivir a la sombra de sus muros, construidos sobre un abismo, y la morada más próxima de hombres vivientes era un monasterio de monjes cistercienses a más de una milla en la cuesta opuesta del valle.

Los monjes de esta austera hermandad mantenían escaso comercio con el mundo exterior más allá de las colinas, y pocos eran los visitantes que buscaban ser admitidos por sus portales de altos arcos. Pero, durante aquel terrible verano, una extraña e inquietante historia salió del monasterio para recorrer toda Averoigne, siguiendo a las desapariciones de los muertos.

Comenzando el final de la primavera, los monjes cistercienses se vieron obligados a tomar nota de variados fenómenos extraños, visibles desde sus ventanas, en las viejas ruinas, largo tiempo abandonadas, de Ylourgne. Habían contemplado luces que llameaban donde ninguna luz debía brillar; llamas de un misterioso azul y escarlata que temblaban detrás de las murallas rotas cubiertas de musgo, o se alzaban hacia el este sobre las almenas irregulares. Sonidos espantosos habían salido de las ruinas durante la noche, junto con las llamas, y los monjes habían escuchado un estrépito como de yunques y martillos infernales, el resonar de gigantescas mazas y armaduras, y habían considerado que Ylourgne se había convertido en un lugar de reunión de los demonios. Olores mefíticos, como el del azufre y el de la carne quemada, habían flotado a través del valle, e incluso durante el día, cuando los ruidos guardaban silencio y las luces ya no llameaban, una delgada capa de vapor de un azul infernal flotaba sobre los bastiones.

Estaba claro, pensaban los monjes, que el lugar había sido tomado desde abajo por seres subterrestres; pero nadie había sido visto aproximándose a través de las desnudas y abiertas pendientes y riscos. Observando estos signos de la actividad del Archienemigo en la vecindad, se persignaban con nuevo fervor y frecuencia, y decían sus Paters y sus Aves más interminablemente que antes. Sus tareas y su austeridad también redoblaron. De todos modos, dado que el viejo castillo era un lugar abandonado por los hombres, no hicieron caso de la supuesta ocupación, considerando buena idea encargarse de sus propios asuntos, a no ser que hubiese una abierta hostilidad satánica.

Mantuvieron una vigilancia cuidadosa, pero durante varias semanas no vieron a nadie que entrase en Ylourgne o saliese de allí. Excepto por las luces nocturnas y los ruidos, y el vapor flotante durante el día, no había prueba de ocupación humana o diabólica.

Entonces, una mañana, en el valle debajo de los jardines escalonados de los monjes, dos hermanos, que arrancaban malas hierbas en un huerto de zanahorias, contemplaron el transito de una singular procesión de gente que venía del gran bosque de Averoigne y se dirigía hacia arriba, trepando la empinada y agrietada cuesta hacia Ylourgne.

Esta gente, observaron los monjes, avanzaban a grandes zancadas con gran prisa, con pasos rígidos pero rápidos, y todos eran de facciones extrañamente pálidas y ataviados con las galas de la tumba. Los sudarios de algunos estaban arrugados y desgarrados; todos estaban polvorientos a consecuencia del trayecto o mugrientos a causa del entierro. Esta gente alcanzaba el número de la docena o más, y, detrás de ellos, a intervalos, venían varios rezagados vestidos como el resto. Con una velocidad y agilidad maravillosas, subieron por la colina y desaparecieron entre las murallas caídas de Ylourgne.

Por aquel entonces, ningún rumor de las tumbas y ataúdes violados había alcanzado a los cistercienses. La historia les llegó más tarde, después de que hubiesen contemplado, en muchas mañanas sucesivas, el paso de distintos grupos, grandes y pequeños, en dirección al castillo ocupado por el demonio. Centenares de estos seres, juraron, habían desfilado debajo del monasterio y, sin duda, muchos otros habían pasado sin ser descubiertos en la oscuridad. A ninguno, sin embargo, se le había visto salir de Ylourgne, que se los había tragado como una fosa que no los vomitaba.

Aunque gravemente asustados y seriamente escandalizados, los hermanos todavía consideraron correcto abstenerse de actuar. Algunos, los más fuertes, irritados frente a estos signos de flagrante mal, habían deseado visitar las ruinas con agua bendita y crucifijo levantados. Pero su abad, en su sabiduría, les indicó que esperasen. Mientras tanto, las llamas nocturnas se volvieron más brillantes y los ruidos más fuertes.

También, en el curso de esta espera, mientras incesantes plegarias partían del pequeño monasterio, algo espantoso sucedió. Uno de los hermanos, un hombre fornido llamado Théophile, violando la rigurosa disciplina, había hecho visitas demasiado frecuentes a las bodegas donde se guardaba el vino. Sin duda había intentado ahogar su horror piadoso ante estos acontecimientos embarazosos. En cualquier caso, después de sus libaciones, él había tenido la mala suerte de vagabundear entre los precipicios y partirse el cuello.

Lamentando su muerte y su abandono, los hermanos colocaron a Théophile en la capilla y cantaron sus misas por el descanso de su alma Estas misas, durante las horas oscuras de la madrugada, fueron interrumpidas por la inoportuna resurrección del monje muerto, quien, con su cabeza colgándole horriblemente de su roto cuello, partió como lleno de demonios de la capilla y corrió, colina abajo, hacia los demoniacos fogonazos y clamores de Ylourgne.


III
EL TES'IIMONIO DE LOS MONJES
Siguiendo el suceso anteriormente mencionado, dos de los hermanos que previamente habían deseado visitar el castillo maldito pidieron de nuevo su permiso al abad, diciendo que Dios seguramente les ayudaría a vengar el secuestro del cuerpo de Théophile además de los de tantos otros de suelo consagrado. Maravillado ante la temeridad de estos fogosos monjes, quienes se proponían tirar de la barba al Archienemigo en su propio cubil, el abad les permitió partir equipados con hisopos y frascos de agua bendita, y llevando grandes cruces de carpe, tales que habrían servido para abrirle la cabeza a un caballero con armadura.

Los monjes, cuyos nombres eran Bernard y Stéphane, partieron valientemente a media tarde para asaltar la fortaleza del mal. Era una ascensión ardua, entre peñascos colgantes y grietas resbaladizas, pero ambos eran fuertes y ágiles, y, lo que es más, acostumbrados a ese tipo de ascensiones. Puesto que el día era caluroso y sin viento, sus túnicas blancas pronto estuvieron manchadas de sudor; pero, parando tan sólo para una breve plegaria, continuaron; y enseguida llegaron al castillo sobre cuyos grises bastiones, erosionados por el paso del tiempo, todavía no podían discernir prueba de ocupación o actividad.

El profundo foso que una vez había rodeado el castillo estaba ahora seco, y había sido rellenado parcialmente con tierra desmenuzada y detritus de las murallas. El puente levadizo se había podrido, pero las piedras de la tronera, al desplomarse en el foso, habían creado una especie de tosca acera a través de la cual era posible atravesarlo. No sin inquietud, y levantando sus crucifijos igual que los guerreros levantan sus armas al asaltar una fortaleza enemiga, los hermanos treparon sobre las ruinas de la tronera adentrándose en el patio.

Éste, al igual que las murallas, estaba aparentemente desierto. Ortigas exuberantes, malas hierbas y arbustos habían echado raíces entre las piedras del pavimento. Los elevados calabozos, de proporciones masivas, la capilla y esa parte de la estructura del castillo que contenía el gran salón habían conservado sus principales perfiles después de siglos de abandono. A la izquierda de la gran cárcel, una puerta bostezaba como la boca de una oscura caverna en la escabrosa masa del edificio del salón, y de esta puerta salía un delgado vapor de color azulado, retorciéndose en tentáculos fantasmales hacia los cielos descubiertos.

Aproximándose a aquella entrada, los hermanos contemplaron un brillo de rojos fuegos en el interior, como ojos de dragones parpadeando a través de una oscuridad infernal. Se sintieron seguros de que aquel lugar era una avanzadilla de Erebus, una antecámara del abismo, pero, de todos modos, entraron valientemente, recitando en voz alta sus exorcismos y blandiendo sus fuertes cruces de carpe.

Atravesando la entrada cavernosa, podían ver en la oscuridad pero sin distinguir los detalles, estando hasta cierto punto cegados por el sol de verano que habían dejado atrás. Entonces, con el gradual aclaramiento de su visión, una escena monstruosa se presentó ante ellos, con grotescos detalles de horror cada vez mas apiñados. Algunos de esos detalles eran oscuros y misteriosamente aterrorizantes; otros, demasiado claros, se marcaron como por una llamarada de fuego infernal imborrable en las mentes de los monjes.

Estaban de pie a la entrada de una cámara de proporciones colosales, que parecía haber sido edificada echando abajo el piso superior y las particiones interiores adyacentes al gran salón del castillo, por sí mismo un cuarto de una extensión enorme. La cámara parecía retroceder a través de sombras interminables, con rayos de luz solar cayendo por las desgarraduras de las ruinas: una luz solar que era impotente para disipar la oscuridad y el misterio infernales.

Los monjes contaron mas tarde que habían visto a mucha gente moviéndose por el lugar, en compañía de diferentes demonios, algunos de los cuales eran fantasmales y gigantescos, mientras que a otros apenas se les podía distinguir de los hombres. Esta gente, además de sus familiares, estaban ocupados en la atención de hornos de reverbero e inmensos frascos con forma de pera y de piña como los que se emplean en la alquimia. Algunos, además, estaban parados ante grandes calderos humeantes, como brujos ocupados mezclando alguna droga terrible. Contra la pared opuesta. estaban apoyadas dos enormes cubas, construidas con piedra y mortero, cuyos lados circulares se alzaban más elevados que la cabeza de un hombre; así que Bernard y Stéphane fueron incapaces de determinar su contenido. Una de las cubas despedía un brillo blanquecino; la otra, una luminosidad rojiza.

Cerca de las cubas, y sobre todas ellas, se levantaba una especie de cama baja o litera, hecha con tejidos lujosos, decorados con figuras extrañas, como las que fabrican los sarracenos. Encima de ella, los monjes discernieron a un enano, pálido y arrugado, con ojos de helada llama que brillaban como maléficos berilios a través de la oscuridad. El enano, quien en conjunto tenía el aspecto de un débil moribundo, estaba supervisando las tareas de los hombres y sus demonios familiares.

Los ojos asombrados de los hermanos empezaron a comprender otros detalles. Vieron otros cadáveres, entre los cuales reconocieron el de Théophile, tumbados en medio del suelo, junto a un gran montón de huesos humanos que habían sido cercenados de las articulaciones, y grandes montones de carne apilados como los que arrancan los carniceros. Uno de los hombres estaba cogiendo los huesos y arrojándolos en el caldero debajo del cual brillaba un fuego de color rubí; y otro estaba arrojando los montones de carne a una bañera llena de algún líquido incoloro que despedía un silbido como el de un millar de malvadas serpientes.

Otros habían arrancado los sudarios de los cadáveres, y estaban comenzando a atacarlos con largos cuchillos. Algunos estaban montando toscas escaleras de piedra junto a las paredes de las inmensas urnas, portando recipientes de sustancias semilíquidas que vaciaban sobre sus altos bordes.

Asqueados ante esa visión de maldad humana y satánica, y sintiendo una más que justificada indignación, los monjes reemprendieron su canto de sonoros exorcismos y continuaron avanzando. Su entrada, por lo que pareció, no fue notada por el grupo siniestramente ocupado de hechiceros y demonios.

Bernard y Stéphane, llenos del ardor de la cólera divina, estaban a punto de arrojarse contra los carniceros que habían empezado a atacar el cuerpo muerto. El cadáver lo reconocieron como el de un notorio forajido, llamado Jacques Le Loupgarou, quien había sido muerto hacía unos días en combate con los oficiales del Estado. Le Loupgarou, famoso por su fuerza, astucia y ferocidad, había aterrorizado durante largo tiempo los bosques y caminos de Averoigne. Su gran cuerpo había perdido la mitad de sus vísceras a causa de las espadas de los alguaciles, y su barba estaba rígida y escarlata como consecuencia de una herida que había partido su cara por la mitad de la frente a la boca. Había muerto sin confesión, pero aun así los monjes eran reacios a dejar que su cadáver indefenso fuese empleado en algún uso maldito más allá de la comprensión de los cristianos.

El enano pálido de aspecto maligno había notado la presencia de los hermanos. Le escucharon gritar en un tono chillón, autoritario, que se levantó por encima del silbido siniestro de los calderos y el ronco murmullo de los hombres y de los demonios.

No entendieron sus palabras, que eran en alguna lengua extranjera, y sonaban como un hechizo. Instantáneamente, como respondiendo a una orden, dos de los hombres abandonaron su química maldita y, levantando recipientes de cobre llenos de algún licor fétido y desconocido, arrojaron su contenido a los rostros de Bernard y Stéphane.

Los hermanos fueron cegados por el fluido pungente, que aguijoneó su carne como por muchos dientes de serpiente, y fueron vencidos por los vapores apestosos; así que las grandes cruces cayeron de sus manos al desplomarse ambos inconscientes sobre el suelo del castillo.

Recobrando al rato su vista y sus otros sentidos, escucharon la voz del malvado enano, ordenándoles que se levantasen. Obedecieron, aunque torpemente y con dificultad, habiéndoseles negado el ayudarse con las manos. Bernard, que todavía estaba mareado por los vapores venenosos que había inhalado, se cayó dos veces antes de conseguir ponerse en pie, y su incomodidad fue recibida con un vendaval de risa asquerosa y obscena por la asamblea de hechiceros.

Ahora, cuando estaban de pie, el hechicero se burló de los hermanos y los despreció, con blasfemias impresionantes tales como sólo podían ser pronunciadas por un vasallo de Satán. Por último, de acuerdo con su testimonio, les dijo:

—Volved a vuestra perrera, vosotros, cachorros de Ialdabaoth, y llevaos este mensaje: Ellos que vinieron aquí como muchos partirán como uno solo.

Entonces, como obedeciendo una fórmula terrible pronunciada por el enano, dos de los demonios familiares, que tenían la forma de enormes bestias con el perfil envuelto en sombras, se aproximaron a los cuerpos de Le Loupgarou y del hermano Théophile. Uno delos asquerosos demonios, como un vapor que se hunde en un pantano, entró por las ensangrentadas fosas nasales de Le Loupgarou, desapareciendo milímetro a milímetro, hasta que su cornuda cabeza de animal quedó fuera de la vista. El otro, de una manera semejante, entró por las pituitarias del hermano Théophile, cuya cabeza descansaba apoyada sobre su hombro, desde su cuello roto.

Entonces, cuando los demonios hubieron completado su posesión, los cuerpos, de una manera horrible de contemplar, se levantaron del suelo del castillo, el uno con las entrañas colgándole de sus amplias heridas, el otro con la cabeza que le colgaba suelta hacia adelante sobre su pecho. Entonces, animados por los demonios, los cadáveres recogieron las cruces de carpe que habían sido dejadas caer por Bernard y Stéphane, y, utilizándolas como bastones, obligaron a los monjes a huir de una manera ignominiosa del castillo, entre grandes risas infernales y tempestuosas del enano y su nigromántica compañía. Y el cadáver desnudo de Le Loupgarou y el de Théophile, vestido con una túnica, les persiguieron a través de una gran distancia, por las cuestas llenas de precipicio bajo Ylourgne, dándoles grandes golpes con las cruces, así que las espaldas de los dos cistercienses eran una masa de cardenales sangrientos.

Después de una derrota tan señalada y aplastante, ninguno de los monjes se atrevió a dirigirse contra Ylourgne. A partir de entonces, el monasterio entero dio triples muestras de austeridad, cuadruplicó sus devociones; y, esperando la oscura voluntad de Dios, y las igualmente oscuras artimañas del demonio, mantuvo una fe piadosa que estaba algo mezclada con la inquietud.

Al cabo del tiempo, a través de pastores que visitaban a los monjes, la historia de Stéphane y Bernard se extendió por todo el Averoigne, añadiéndose a la triste alarma que se había producido a causa de la desaparición generalizada de los muertos. Nadie sabía realmente lo que sucedía en el castillo maldito o qué era lo que se había hecho con los centenares de cadáveres, porque la luz que arrojaba en su destino la historia de los monjes, aunque vívida y temible, era demasiado inconcluyente, y el mensaje enviado por el enano era algo cabalístico.

Todo el mundo sentía que alguna amenaza gigantesca, algún negro hechizo infernal, estaba siendo destilado dentro de esos ruinosos muros. El malvado enano moribundo fue identificado con toda facilidad por el hechicero desaparecido Nathaire, y sus lacayos, estaba claro, eran los pupilos de Nathaire.





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