Clark Ashton Smith



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The Plutonian Drug, IV—1932

(Amazing Stories, IX—34. Lost Worlds, X—44)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991
La Raíz De Ampoi
Clark Ashton Smith

UN CIRCO había llegado a Auburn. El apartadero de la estación estaba abarrotado con largas filas de carros desde las que surgían rugidos exóticos, gruñidos, maullidos y trompeteos. Elefantes, cebras y dromedarios eran conducidos a lo largo de las calles principales, y muchos de los monstruos y los artistas vagabundeaban por la ciudad.

Dos mujeres barbudas pasaron a mi lado, con el aire grácil y la manera de andar de las mujeres que están a la moda. Después pasó toda una tropa de enanos, andando con el aspecto de tristes niños sofisticados.

Entonces, pasó el gigante, quien medía más de dos metros y medio y tenía una constitución magnífica, sin el menor signo de la desproporción que frecuentemente acompaña al gigantismo. Era simplemente un hermoso espécimen de hombre ordinario, algo mayor del tamaño habitual.

E incluso a primera vista, había algo en sus facciones que sugería un marinero.

Soy médico, y el hombre provocó mi curiosidad profesional. Su altura y masa anormales, sin rastro de acromegalia, era algo que nunca me había encontrado antes.

Debió de notar mi interés, porque me devolvió la mirada con la especulación en sus ojos; y entonces, avanzando como un marinero, se acercó hasta mí.

—Digo, señor, ¿podría una persona echar un trago en esta ciudad de ustedes? —preguntó precavido.

Tomé rápidamente una decisión.

—Venga conmigo —contesté—; soy alópata; y puedo darme cuenta, sin que me lo diga, de que usted está enfermo.

Nos encontrábamos a una manzana de mi consulta. Orienté al gigante subiendo por las escaleras y entrando en mi santuario privado. Casi llenaba por completo el lugar, incluso cuando se sentó siguiendo mi ruego. Saqué una botella de güisqui y serví una ración generosa en un vaso ante él. Se lo bebió de un trago con manifiesta aprobación. Había tenido un aire de suave melancolía cuando me lo había encontrado; ahora parecía animarse.

—No habrá pensado al mirarme que yo no fui siempre un lozano gigantón —dijo para sí.

—Tómese otra copa —sugerí.

Después de la segunda copa, continuó un poco tristemente.

—No señor, Jim Knox no fue siempre un maldito monstruo de circo.

Entonces, tras ser empujado un poco por mí, me contó su historia. Knox, un londinense aventurero, había recorrido la mitad de los mares del mundo como marinero de cubierta y piloto durante sus años juveniles. Había visitado muchos lugares extraños, y tenía muchas experiencias raras. Antes de haber alcanzado la treintena, su carácter atrevido e inquieto le había llevado a emprender una búsqueda de lo más fantástico.

Los acontecimientos que precedieron a su búsqueda resultaron algo raros en sí mismos. Habiendo naufragado a causa de un tifón imprevisto en el mar de Banda, y siendo aparentemente el único superviviente, Knox había flotado a la deriva durante dos días, sobre una plancha que había arrancado del maltratado buque que se hundía. Entonces, rescatado por un bote nativo de pescadores, fue conducido a Salawatti.

El Rajah de Salawatti, un viejo malayo de aspecto simiesco, fue muy amable con Knox. El Rajah era un narrador de largas historias, y el piloto, un auditorio paciente. En la base de esta compatibilidad, Knox se convirtió durante un mes o más en un honrado huésped del palacio del Rajah. Aquí, entre otras maravillas contadas por su anfitrión, escuchó los rumores sobre una notable tribu de papúes por primera vez.

Esta tribu única habitaba en una meseta prácticamente inaccesible en las montañas de Arfak. Las mujeres medían tres metros y eran blancas como la leche; pero los hombres, extrañamente, eran de estatura normal y de una coloración más oscura. Eran amistosos con los escasos viajeros que llegaban a sus dominios; y cambiarían por cuentas de cristal y espejos los rubíes, rojos como la sangre, que abundaban en las faldas de sus montañas.

Como prueba de la última afirmación, el Rajah le mostró a Knox un gran diamante sin defectos, que estaba sin cortar, que dijo que procedía de aquella región.

Knox difícilmente estaba dispuesto a creer la noticia de las mujeres gigantes; pero los rubíes le parecían bastante menos improbables. Era característico de él que, sin apenas considerar el peligro, la dificultad o sencillamente lo absurdo de la idea de semejante aventura, se decidiese inmediatamente a visitar las montañas de Arfak.

Despidiéndose de su anfitrión, quien lamentó la pérdida de un buen oyente, continuó su odisea. Por medios que no especificó en su narración, se procuró dos sacos de espejos y de cuentas de cristal, y consiguió alcanzar las costas del noroeste de Nueva Guinea. En Andai, en Arrak, contrató a un guía que pretendía conocer la situación de las amazonas gigantes, y partió valientemente hacia el interior en dirección a las montañas.

El guía, quien era medio malayo y medio papú, llevaba uno de los sacos de baratijas a la espalda, y Knox llevaba el otro. Tenía la ilusión de regresar con los dos sacos cargados de rubíes rojo oscuro.

Era una tierra poco conocida. Algunos de sus habitantes tenían la reputación de ser cazadores de cabezas y caníbales; pero Knox los encontró bastante amables. De alguna manera, mientras continuaban, el guía comenzó a encontrar una creciente vaguedad en sus conocimientos geográficos. Cuando hubieron alcanzado las elevaciones medias de la cordillera de Arfak, Knox se dio cuenta de que el guía sabía poco más que él mismo sobre la localización de la fabulosa meseta sembrada de rubíes.

Avanzaban por la jungla, que se estaba volviendo empinada. Ante ellos, sobre árboles que aún eran altos y semitropicales, se levantaban las cimas de granito y los desfiladeros de una alta pared montañosa, detrás de la cual se ponía el sol de la tarde desapareciendo en el temprano crepúsculo, al pie de un precipicio aparentemente insuperable.

Knox se despertó en un ardiente amanecer amarillo, para descubrir que su guía había desaparecido, llevándose uno de los sacos de chucherías, que, desde el punto de vista de los salvajes, representaba suficiente capital como para establecer al tipo de por vida. Knox se encogió de hombros y soltó unos pocos tacos. El guía no era una gran pérdida; pero no le gustaba la idea de ver su poder adquisitivo de joyas reducido a la mitad.

Miraba las cumbres sobre él; fila tras fila, se levantaban en el brillo del amanecer, con cimas que apenas podían distinguirse de las nubes que había sobre ellas. De alguna manera, cuanto más miraba, más convencido se quedaba de que éstas eran las paredes que vigilaban la meseta escondida. Con su silencio y eterna soledad, su aire de eterna reserva y distanciamiento, no podían ser otra cosa que los muros del reino de las mujeres titánicas y de los rubíes rojos como la sangre. Se echó al hombro su saco y siguió la pared de granito en búsqueda de un lugar favorable para iniciar la ascensión que estaba decidido a intentar. La roca vertical era tan lisa como una hoja de metal y no ofrecía una agarradera ni para un mono araña. Pero, al cabo, encontró una profunda grieta que formaba el lecho de una catarata seca durante el verano. Empezó a ascender por la grieta, que no era ninguna hazaña sin importancia por sí misma; el lecho era una serie de grandes peldaños, como una escalera gigantesca.

La mitad de las veces colgaba de los dedos sin tener de dónde agarrarse y se ponía de puntillas y tanteaba precariamente en busca de una agarradera La ascensión era un asunto delicado, con la muerte en la punta de las piedras puntiagudas en el fondo del valle, como el castigo para el menor error de cálculo.

No se atrevía a volver la vista atrás por la distancia que había recorrido en aquel vertiginoso abismo. Hacia el mediodía vio ante él la elevación amenazadora de un enorme picacho, donde la garganta que se estrechaba disminuía hasta una tenebrosa caverna de estrecha boca.

Trepó por el último escalón entrando en la cueva, con la esperanza de que condujese, como era probable, a una entrada superior hecha por un torrente de montaña. A la luz de cerillas encendidas, escaló la resbaladiza cuesta. La cueva enseguida se estrechó; y Knox a menudo fue capaz de apoyarse entre las paredes de la cueva como en el interior de una chimenea.

Después de un largo tanteo para arriba, descubrió un débil brillo enfrente de él, como un alfilerazo en la sólida oscuridad. Knox, casi agotado a causa del esfuerzo se sintió inmensamente aliviado. Pero, de nuevo, la cueva volvió a estrecharse hasta que no pudo escurrirse más con el saco a la espalda. Retrocedió una pequeña distancia y se quitó el saco, que entonces procedió a empujar ante él en un ángulo de cuarenta y cinco grados. En aquellos tiempos, Knox era de estatura medía y algo delgado; pero, incluso así, apenas fue capaz de escurrirse por los últimos diez pies de la cueva.

Dio al saco un último empujón y aterrizó en la superficie del exterior. Entonces, él se escurrió por la abertura y cayó agotado a la luz del sol. Descansaba casi en la fuente del arroyo seco, en un hueco como un plato al pie de una suave cuesta granítica, más allá de la cual las nubes eran blancas y claras.

Knox se felicitó a sí mismo de sus habilidades como alpinista. No tenía la menor duda de haber alcanzado el umbral del reino de los rubíes y las mujeres gigantes.

Repentinamente, mientras descansaba, aparecieron varios hombres recortándose contra las nubes en la elevación frente a él. Ascendiendo como montañeros, se le acercaron con excitados parloteos y gestos de sorpresa; y él se puso de pie para esperarles.

Knox debía ofrecer un raro espectáculo. Su cara y sus ropas estaban cubiertas de suciedad y con las señales del metal de muchos colores adquiridas a su paso por la caverna. Los hombres que se acercaban parecían mirarle con una especie de pasmo.

Estaban vestidos con túnicas de color púrpura rojizo y llevaban sandalias de cuero. No pertenecían a ninguno de los tipos de las tierras bajas; su piel era de un color marrón siena, y sus rasgos eran buenos incluso de acuerdo con los patrones europeos. Todos estaban armados con largas jabalinas, pero parecían amistosos. Con ojos alarmados y aparentemente algo tímidos, se dirigieron a Knox en un lenguaje que no tenía ningún parecido con ninguna lengua melanesia que él hubiera escuchado.

Knox replicó en todos los idiomas que chapurreaba; pero estaba claro que no podían entenderle. Entonces, él desató su saco, cogió un puñado con las dos manos de cuentas de cristal, e intentó transmitirles, mediante una pantomima, la información de que era un comerciante procedente de tierras lejanas.

Los hombres asintieron con la cabeza, indicándole que les siguiese, y volvieron a la cuesta bordeada de nubes. Knox trotó detrás de ellos, sintiéndose bastante convencido de que había encontrado a la gente de la narración del Rajah.

Elevándose por la cuesta, contempló la perspectiva de una larga meseta llena de bosques, arroyos y tierras cultivadas. En el suave sol, él y sus guías descendieron por un sendero entre sauces florecientes y rododendros hasta la meseta. Allí, se convertía en una bien transitada carretera que corría por bosques y campos de trigo. Casas de tosca piedra, con techos de madera, testimonio de una civilización más elevada que la de las chozas de las postas papúes, empezaron a aparecer a intervalos.

Hombres vestidos de la misma manera que los guías de Knox estaban trabajando en los campos. Entonces, Knox se fijó en varias mujeres, juntas en un grupo que no hacia nada. Ahora se vio obligado a creer toda la historia de la gente escondida, porque las mujeres ¡tenían tres metros de altura y eran tan bellas como diosas!

Su complexión no era blanca como la leche, como en la narración del Rajah, sino tostada y cremosa, y mucho más clara que la de los hombres. Knox sintió júbilo cuando volvieron sus calmadas vistas y le contemplaron con el aire de estatuas majestuosas. Había encontrado la legendaria tierra; y mientras miraba las piedras y la hierba a los lados del camino, esperando verlas sembradas a medias con rubíes.

Sin embargo, no había ninguno a la vista.

Apareció una ciudad rodeando un lago del color del zafiro. Con casas de un sólo piso, pero bien construidas, repartidas en calles regulares. Había mucha gente paseando o de pie; y todas las mujeres eran gigantas leonadas y todos los hombres eran de estatura media, con complexión siena o ámbar.

Una multitud se agrupó en torno a Knox, y sus guías fueron interrogados de una manera un tanto perentoria por las titánicas mujeres, quienes contemplaron al piloto con intenciones vergonzosas. Se dio cuenta inmediatamente del respeto y obediencia que los hombres prestaban a estas mujeres, y dedujo la situación superior de la que disfrutaban. Todas tenían la expresión tranquila y segura de una emperatriz.

Knox fue conducido a un edificio cerca del lago. Era mayor y más pretencioso que el resto. El amplio interior estaba tapizado con tejidos de toscos dibujos y amueblado con camas y sillas de ébano. El efecto general era de un rudo sibaritismo palaciego, muy aumentado por la inusual altura de los techos.

En una especie de sala de audiencias, había una mujer sentada sobre una ancha plataforma. Otras varias estaban de pie a su alrededor como una especie de guardia personal. Ella no llevaba corona ni joyas, y su vestido en nada difería de las faldas cortas vestidas por las mujeres. Pero Knox supo que estaba en presencia de una reina. La mujer era mas hermosa que las demás, con largo pelo castaño ondulado y finas facciones ovaladas. La mirada que lanzo a Knox estaba llena de una mezcla de ternura femenina y de severidad.

El piloto asumió los modales más galantes, que debieron quedar un tanto anulados por la cara y la ropa llenas de suciedad. Se inclinó ante la giganta; y ella se dirigió a Knox con unas breves palabras en las que éste notó una cordial bienvenida. Entonces, él abrió su saco y seleccionó un espejo y un collar de cuentas azules, que ofreció a la reina. Ella aceptó los regalos con gravedad, sin demostrar placer ni sorpresa.

Después de despedir a los hombres que habían traído a Knox a su presencia, la reina se volvió y se dirigió a sus ayudantes femeninos.

Avanzaron y dieron a entender a Knox que tenía que acompañarlas. Le condujeron a un patio abierto, conteniendo un enorme baño alimentado por las aguas del lago azul. Aquí, a pesar de sus protestas y de sus forcejeos, le desnudaron como si hubiese sido un niño pequeño. Entonces le tiraron al agua y le frotaron fuertemente con trozos de fibra vegetal rígida. Una de ellas le trajo una túnica marrón y unas sandalias, en lugar de sus anteriores prendas.

Aunque estaba algo incómodo y avergonzado ante el sumario tratamiento recibido, Knox no pudo evitar sentirse como un hombre diferente después de cambiarse. Y, cuando las mujeres le trajeron un desayuno de taro, pastel de mijo y pichón asado, servido sobre enormes platos, empezó a perdonarlas por avergonzarle.

Dos de sus hermosas ayudantes permanecieron junto a él durante su comida; y después le dieron una lección en su idioma señalando los distintos objetos y dándoles nombre. Knox adquirió pronto el conocimiento de dichas nomenclaturas domésticas.

La propia reina apareció más tarde y procedió a tomar parte en su instrucción. El nombre de ella era Mabousa, según aprendió él. Knox era un discípulo aventajado; y la lección del día fue claramente satisfactoria para todos los interesados. Knox se dio cuenta, más claramente que antes, de que la reina era una mujer hermosa; pero le hubiera gustado que no fuese tan grande ni que impusiese tanto. Se sentía muy juvenil al lado de ella. La reina, por su parte, parecía considerar a Knox con una seriedad que distaba bastante de ser favorable. Él se dio cuenta de que ella le estaba dedicando muchos de sus pensamientos y de su consideración.

Knox casi se olvidó de los rubíes que había venido a buscar; y, cuando se acordó de ellos, decidió esperar a haber aprendido más del idioma antes de plantear el tema.

Se le asignó un cuarto en el palacio; y dedujo que podía quedarse indefinidamente como invitado de Mabousa. Comía en la misma mesa que la reina y su media docena de ayudantes. Parecía como si fuese el único hombre en el edificio. Las sillas estaban todas diseñadas para gigantas, con una excepción, que parecía una de las sillas altas en las que un niño se sienta a la mesa junto a sus mayores. Knox ocupaba esta silla.

Pasaron muchos días, y aprendió lo necesario del idioma para todos los propósitos prácticos. Era una vida tranquila y lejos de ser desagradable. Pronto se familiarizó con las condiciones generales de vida en el país gobernado por Mabousa, que se llamaba Ondoar. Estaba bastante aislado del mundo exterior, porque se hallaba rodeado por todas partes de montañas que sólo podían escalarse por el punto que tan fortuitamente Knox había descubierto. Pocos extranjeros habían conseguido entrar. La gente era próspera y feliz, llevando una existencia pastoral bajo el benigno, pero absoluto, matriarcado de Mabousa. Las mujeres gobernaban a sus maridos debido a su pura y simple superioridad física; pero parecía haber tanta amistad doméstica como en los hogares en que dominaba la situación inversa.

Knox se hizo muchas preguntas sobre la superior estatura física de las mujeres, que le pareció que era una extraña situación de la naturaleza. De alguna manera, no se atrevió a hacer preguntas; y nadie se ofreció a contarle ningún secreto.

Mantuvo un ojo abierto para los rubíes, y se quedó confundido ante la escasez de estas gemas. Algunos rubíes de calidad inferior, además de pequeños zafiros y esmeraldas, eran llevados por algunos de los hombres como pendientes, aunque ninguna de las mujeres era aficionada a estos ornamentos. Knox se preguntó si tendrían una gran cantidad de rubíes almacenada en alguna parte. Él había ido allí para negociar en busca del rojo corindón y había cargado con un saco del medio requerido de intercambio subiendo por una imposible ascensión de montaña; así que era reacio a abandonar la idea.

Un día se decidió a tratar el tema con Mabousa. Por alguna razón, él nunca supo por qué, le resultaba difícil hablar de estos temas a la digna giganta. Pero los negocios eran los negocios.

Estaba tanteando en busca de las palabras adecuadas, cuando se dio cuenta repentinamente de que Mabousa también tenía algo en mente, se había quedado más silenciosa de lo normal, y la manera en que no dejaba de mirarle resultaba desconcertante e incluso embarazosa. Se preguntó qué era lo que pasaba; y además empezó a preguntarse si esta gente no serían caníbales. Tan ávida y ansiosa era la mirada de ella.

Antes de que pudiese hablar de rubíes, y de lo dispuesto que estaba a cambiarlos por cuentas de cristal, Mabousa le dejó pasmado pidiéndole en matrimonio a las claras. Como mínimo, podría decirse que Knox no estaba preparado. Pero parecía de mala educación, además de un mala política, negarse. Nunca antes de entonces se le había declarado una reina que además fuese una giganta, y pensó que apenas resultaría la etiqueta correcta rechazar un corazón y una mano de semejantes capacidades. Además, como esposo de Mabousa, estaría en una posición más ventajosa para negociar por rubíes. Y Mabousa era innegablemente atractiva, aunque estuviese construida a gran escala. Después de algunos titubeos, aceptó la proposición y fue literalmente levantado de los pies, cuando la dama le atrajo a los gigantescos encantos de su seno.

La boda resultó ser un asunto de lo más simple; un simple asunto de un acuerdo verbal en presencia de varios testigos femeninos. Knox se quedó asombrado con la calma y la rapidez con la que asumía los lazos del sagrado matrimonio.

Aprendió un montón de cosas de su matrimonio con Mabousa. Descubrió, durante el banquete nupcial, que la silla alta que había estado ocupando durante las comidas estaba reservada normalmente para el consorte de la reina. Más tarde, descubrió el secreto del tamaño y estatura de las mujeres. Todos los bebés, niños y niñas, eran de tamaño ordinario al nacer; pero las niñas eran alimentadas por sus madres con una cierta raíz que hacía que aumentasen en estatura y tamaño más allá de los límites naturales.

La raíz era cosechada en las más elevadas laderas de las montañas. Sus virtudes peculiares eran debidas principalmente a una peculiar manera de prepararla que había sido un secreto cuidadosamente guardado durante generaciones y pasado de madre a hija. Su uso había sido conocido durante varias generaciones. Había habido una época en la que los hombres eran el género dominante; pero el descubrimiento accidental de la raíz por una esposa maltratada conocida como Ampoi había conducido a un rápido vuelco de la situación. En consecuencia, la memoria de Ampoi era tan venerada por las hembras como la de una salvadora.

Knox también adquirió mucha otra información de cuestiones tanto sociales como domésticas. Pero nunca se dijo nada respecto a los rubíes. Se vio obligado a sacar la conclusión de que la abundancia de joyas en Ondoar había sido una pura fábula; una adición puramente decorativa a la historia de las amazonas gigantes.

Su matrimonio le condujo a otras desilusiones. Como consorte de la reina, había tenido la esperanza de desempeñar algún papel en el gobierno de Ondoar y había estado esperando tener algunas prerrogativas reales. Pero pronto descubrió que no era más que el acompañante masculino de Mabousa, sin derechos legales, sin otros privilegios que aquellos que ella, llevada de su afecto de esposa, tuviese a bien concederle. Era amante y cariñosa, pero también terca, por no decir mandona; y descubrió que no podía hacer nada ni ir a ninguna parte sin obtener antes su permiso.

A veces le regañaba, a menudo le corregía sobre algún detalle de la etiqueta ondoariana, o de la conducta general en la vida, de una manera dulce pero estricta; y nunca se le ocurría a ella que él pudiese estar dispuesto a discutir ninguna de las órdenes. Él, sin embargo, estaba cada vez más irritado por su tiranía femenina. Su orgullo masculino, su viril espíritu de británico, se reveló. Si la dama hubiese sido del tamaño adecuado, según sus propias palabras, “la habría atizado un poco”. Pero, bajo las circunstancias, cualquier intento de castigarla recurriendo a la fuerza bruta apenas parecía aconsejable.

Aparte de esto, llegó a cogerla cariño a su manera. Había muchas cosas de ella que a él le gustaban; y sentía que ella podía ser una esposa ejemplar, si solamente hubiese un modo de controlar su deplorable tendencia a darle órdenes.

Pasó el tiempo, como, por otra parte, tiene por costumbre. Mabousa parecía estar bastante satisfecha con su marido. Pero Knox daba muchas vueltas sobre la falsa posición en la que él pensaba que ella le había colocado, y el insulto diario a su hombría. Deseaba que hubiese alguna manera de remediar la situación, de afirmar sus derechos naturales y de poner a Mabousa en su lugar.

Un día se acordó de la raíz con la que eran alimentadas las mujeres de Ondoar, ¿Por qué no podría él hacerse con algo de la raíz y crecer tanto como Mabousa, si no más? Entonces, él sería capaz de manejarla con el estilo adecuado. Cuanto más pensó sobre esto, más le pareció que era la solución ideal para sus dificultades maritales.

El principal problema era obtener la raíz. Él le hizo preguntas a algunos de los hombres de una manera discreta, pero ninguno de ellos podía decirle nada al respecto. Las mujeres nunca permitían a los hombres que las acompañasen cuando iban a cosechar la sustancia; y el proceso de prepararla y consumirla era llevado a cabo en cavernas profundas. Varios hombres se habían atrevido a robar la comida en anos pasados; dos de ellos, en verdad, habían crecido a una estatura gigantesca gracias a lo que habían robado. Pero todos habían sido castigados por las mujeres con el exilio de por vida de Ondoar.

Todo esto resultaba bastante desalentador. Además, sirvió para que aumentase el desprecio que Knox sentía hacia los hombres de Ondoar, a quienes veía como una pandilla de afeminados y pusilánimes. Sin embargo, no abandonó su plan. Pero, después de muchas delíberaciones y cábalas, no se encontró más cerca de la solución de lo que lo estaba antes.

Quizá se abría resignado, como han hecho hombres mejores, a una vida de inevitable calzonazos. Pero, al cabo, el nacimiento de una niña, hija de Mabousa y él mismo, le dio una oportunidad de encontrar lo que buscaba.

El bebé era como cualquier otro bebé niña, y Knox no estaba menos orgulloso de ella, no menos imbuido, con los habituales sentimientos paternales, que otros padres lo han estado. No se le ocurrió, hasta que el bebé fue lo bastante mayor como para ser destetado y alimentado con comidas especiales, que él tendría ahora en su propia casa una oportunidad de primera para apropiarse algo de su comida para su uso personal.

La simple y confiada Mabousa era por completo ignorante de designios tan ilegales. La obediencia masculina a la ley femenina del país estaba tan completamente dada por supuesto, que ella incluso le mostró la extraña comida y alimentó al bebé en su presencia. Ni tampoco ocultó de él la gran jarra de barro en la que almacenaba su provisión de reserva.

La jarra estaba en la cocina de palacio, entre otras llenas con elementos más ordinarios de la dieta. Un día, cuando Mabousa se había ido al campo ocupada por algún asunto político, y las doncellas estaban todas ocupadas con cuestiones que no eran culinarias, Knox se coló en la cocina, y se llevó una pequeña bolsa de la sustancia, que escondió entonces en su propio cuarto. En su miedo a ser descubierto, sintió más emoción de la que había sentido cuando, durante los días de su infancia, se había dedicado a robar manzanas a los vendedores callejeros de Londres por detrás de sus puestos.

La sustancia parecía una variedad fina de sagú, y tenía un olor aromático y un sabor a especias. Knox tomó un poco inmediatamente, y no lo ingirió entero por miedo de que las consecuencias fuesen visibles.

Había contemplado el increíble crecimiento del bebé, que había alcanzado las proporciones de una niña normal de seis años en una quincena bajo la influencia del milagroso nutriente; y no deseaba que su robo fuese descubierto, y sus posteriores consumos impedidos, en la primera etapa de su propio desarrollo hacia el gigantismo.

Consideró que alguna especie de aislamiento resultaría aconsejable hasta que hubiese alcanzado la masa y estatura que le asegurarían una posición de amo en su propio hogar. De alguna manera, debía apartarse de toda supervisión femenina durante el periodo de su crecimiento.

Esto, para alguien completamente sujeto al gobierno de las faldas, con todas sus idas y venidas minuciosamente reguladas, no era un problema menor. Pero de nuevo la fortuna le sonrió a Knox; porque había llegado la temporada de caza a Ondoar; una época en la que muchos de los maridos tenían el permiso de sus mujeres para emplear días o semanas cazando cierta especie de ágiles ciervos alpinos conocidos como los oklah.

Quizá Mabousa se asombró un poco ante el repentino interés demostrado por Knox en la caza del oklah, y su igualmente repentina devoción a la práctica con las jabalinas utilizadas por los cazadores. Pero ella no vio razón para negarle su permiso para hacer el viaje deseado; simplemente indicando que debería hacerlo en compañía de otros maridos obedientes, y que debía tener mucho cuidado con los despeñaderos y con los precipicios.

La compañía de otros maridos no era del todo conforme al plan de Knox; pero sabía que no valía la pena discutir ese punto. Había conseguido realizar varias visitas más a la despensa de palacio, y había robado suficiente cantidad de la comida prohibida como para convertirse en un robusto titán domesticador de esposas. De alguna manera, durante ese viaje a las montañas, a pesar de los humildes maridos cumplidores de la ley con los que estaba condenado a ir, encontraría la oportunidad para consumir lo que había robado. Regresaría como un gigante conquistador, un rugiente y fanfarrón Goliat; y todo el mundo, aunque especialmente Mabousa, le miraría desde abajo.

Knox escondió la comida, ocultándola en una bolsa de pan de mijo, entre sus provisiones privadas. También llevaba algo de ella en los bolsillos. y se tomaba un par de puñados siempre que los otros hombres no estaban mirando. Y de noche, cuando todos estaban durmiendo tan tranquilos, se iba a escondidas a la bolsa y se tomaba la sustancia aromática a puñados.

Los resultados fueron verdaderamente fenomenales, porque Knox podía verse a sí mismo hincharse después de la primera comida completa. Se ensanchaba y crecía, pulgada a pulgada, ante el manifiesto asombro de sus compañeros, ninguno de los cuales en principio fue lo bastante imaginativo como para suponerse la verdadera razón. Les vio mirándole con pasmo especulativo y curiosidad, como la gente civilizada mostraría ante un hombre salvaje de Borneo. Evidentemente, consideraban su crecimiento como una especie de anormalidad biológica, o quizá como parte del extraño comportamiento que podría esperarse de un extranjero de antecedentes dudosos.

Los cazadores estaban ahora en las montañas más elevadas, en el extremo más al norte de Ondoar. Aquí, entre estupendos picachos y precipicios, ellos persiguieron a los elusivos oklah; y Knox comenzó a alcanzar una longitud en sus miembros que le permitía saltar por precipicios por los que los demás no podrían seguirle.

Al cabo, uno o dos debieron volverse suspicaces, se dedicaron a vigilar a Knox, y una noche le sorprendieron en el acto de devorar la comida sagrada. Intentaron advertirle, con una especie de horror sagrado en su expresión, que estaba haciendo una cosa terrible y prohibida, y que estaba buscándose las más terribles consecuencias.

Knox, quien estaba empezando a sentirse, además de tener el aspecto, como un verdadero gigante, les dijo que se ocupasen de sus propios asuntos. Lo que es más, continuó expresando su opinión, sincera y sin cortapisas, sobre los débiles, decadentes y afeminados varones de Ondoar. Después de lo cual, le dejaron solo, pero murmuraron entre ellos y miraron cada uno de sus movimientos con vistazos aprehensivos. Knox les despreció tan completamente, que no le dio una especial importancia a la desaparición furtiva de dos de los miembros del grupo; en aquel momento, apenas se dio cuenta de que se habían marchado.

Después de una quincena de ascensión alpina, los cazadores habían cobrado su cuota correspondiente de los cuernilargos oklah con sus patas de cabra; y Knox había consumido toda su provisión de comida prohibida y había crecido hasta unas proporciones que estaba seguro de que le permitirían convertirse en el amo de su mandona compañera y demostrarle la natural inferioridad del sexo femenino. Era el momento de volver: los compañeros de Knox ni siquiera habrían soñado con exceder el limite impuesto por las mujeres, quienes les habían indicado que deberían retornar al cabo de una quincena; y Knox estaba ansioso por demostrar su recién adquirida superioridad de masa y músculo.

Mientras bajaban por la montaña y atravesaban los campos cultivados, Knox se dio cuenta de que los otros hombres se estaban rezagando cada vez más, con una especie de timidez recelosa. Avanzó frente a ellos, llevando tres oklahs adultos colgados del hombro, como un hombre inferior habría llevado igual numero de conejos.

Los campos y los caminos estaban desiertos, y ninguna de las mujeres titánicas resultaba visible por ninguna parte. Knox se preguntó un poco sobre el significado de esto: pero. considerándose a sí mismo el amo de la situación general, no esforzó su mente en exceso con conjeturas curiosas.

Sin embargo, mientras se acercaban a la ciudad, la soledad y el silencio se volvieron un poco ominosos. Los compañeros de caza de Knox eran evidentemente víctimas de un gran y creciente terror. Pero Knox no consideró que tuviese que rebajar su dignidad ni siquiera para tener que preguntar la razón.

Entraron por las calles, que también se hallaban extrañamente vacías. No había señal de vida que no fuesen los rostros, pálidos y asustados, que miraban desde ventanas o puertas abiertas furtivamente.

Por último, llegaron a la vista del palacio. Ahora, el misterio estaba explicado, porque, aparentemente, ¡todas las mujeres de Ondoar se habían reunido en la plaza cuadrada delante del edificio! Estaban agrupadas en una formación masiva y aparentemente sólida, como un ejercito de amazonas gigantes: y su completa inmovilidad era mas temible que cualquier tumulto y griterío de los campos de batalla. Knox sintió un involuntario temor, aunque irresistible, ante los músculos que se hinchaban en sus poderosos brazos, la solemne respiración de los gigantescos pechos, y la terrible y austera mirada con la que le contemplaron al unísono.

De repente, se dio cuenta de que estaba completamente solo... Los otros hombres habían desaparecido como sombras, como si ni siquiera se atreviesen a quedarse y a contemplar su destino.

Notó un impulso de huir casi imposible de denegar; pero su valor británico le impidió rendirse a el. Paso a paso, se obligó a avanzar contra el ejército de mujeres.

Le esperaron en un silencio pétreo, tan inmóviles como cariátides. Vio a Mabousa en la primera fila, rodeada por sus doncellas. Ella le miró con unos ojos en los que él no pudo leer nada que no fuese un reproche inexpresable. Ella no le hablo; y, de alguna manera,. Las palabras ligeras con las que él había planeado saludarla se le congelaron en los labios.

De una vez, con un paso adelante en grupo, concertado y temible, las mujeres rodearon a Knox. Perdió de vista a Mabousa en la sólida muralla de titanes. Grandes y rudas manos le agarraban, le arrancaban la lanza de entre las manos y los oklahs de los hombros. Luchó como le corresponde a un valiente inglés. Pero un hombre solo, aunque hubiera comido el alimento de las gigantas, no podía hacer nada contra la tribu entera de hembras de tres metros.

Manteniendo un silencio que resultaba mas formidable que cualquier grito, le transportaron por la ciudad y a lo largo de la carretera por la que había entrado en Ondoar, y, subiendo por el sendero de montaña hasta los rampantes exteriores de esa tierra. Allí, desde el elevado precipicio sobre la catarata por la que había ascendido, le bajaron con una grúa de sogas fuertes hasta el lecho del torrente seco doscientos pies más abajo, y le abandonaron para que se abriese camino descendiendo por la peligrosa ladera de la montaña y hasta el mundo que sólo le aceptaría como un monstruo de feria.



The Root Of Ampoi, V—1930

(Arkham Sampler, 1949. Tales Of Science And Sorcery, XI—64)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

La Isla Que No Estaba En Los Mapas


Clark Ashton Smith
NO SÉ CUÁNTO tiempo había estado vagando errante en el bote.

Hay varios días, y varias noches, que tan sólo recuerdo como espacios vacíos, de gris y de oscuridad, alternándose; y, después de éstos, hubo una fantasmagórica eternidad de delirio y una inmersión indeterminada en el más negro olvido.

El agua del mar que me tragué debió revivirme; porque, cuando recuperé el sentido, estaba tumbado sobre el fondo del bote, con la cabeza un poco apoyada en la popa y con seis pulgadas de salmuera lamiéndome los labios.

Estaba jadeando y atragantándome a causa de los sorbos que había bebido; el bote se estaba sacudiendo violentamente y le entraba más agua por cada costado a cada sacudida; y podía oír, no muy lejos, el sonido de las rompientes.

Intenté incorporarme, y lo conseguí después de un esfuerzo prodigioso. Mis pensamientos y sensaciones se encontraban curiosamente confundidos y me resultaba especialmente difícil orientarme de manera alguna. La sensación física de sed extrema dominaba sobre todo lo demás... Mi boca estaba forrada de un fuego móvil, palpitante..., me sentía atontado, con el resto del cuerpo extrañamente lánguido y hueco. Me resultaba difícil recordar lo que había sucedido; y, durante un momento, ni siquiera me sorprendió el hecho de encontrarme solo en el bote. Pero, incluso para mis atontados y confusos sentidos, el sonido de aquellas rompientes transmitía un claro aviso de peligro; y, sentándome, intenté alcanzar los remos.

Los remos habían desaparecido; pero, en mi estado febril, no era probable que pudiese haber hecho mucho uso de ellos. Miré a mi alrededor y vi cómo el bote estaba siendo arrastrado por el flujo de una corriente que se dirigía a la orilla, por entre dos arrecifes de color oscuro, ocultos a medias por la espuma de las olas.

Un acantilado, empinado y árido, se cernía frente mí; pero, al aproximarse el bote, el acantilado pareció partirse milagrosamente, revelando un estrecho canal por el que floté hasta las aguas espejadas de una tranquila albufera.

El paso del violento mar exterior al refugio del silencio y el aislamiento, fue no menos abrupto que los cambios de acontecimientos y de paisajes que, con frecuencia, acontecen en un sueño.

La albufera era alargada y estrecha, y se alejaba sinuosamente entre dos orillas parejas que estaban bordeadas por vegetación ultra—vegetal. Había muchos helechos de una variedad que nunca había visto y muchas rígidas palmeras gigantescas y arbustos de anchas hojas, más altos que árboles jóvenes. Incluso entonces, me sentí un poco asombrado ante ellos, aunque, mientras el bote se movía hacía la playa más próxima, estaba ocupado principalmente en clarificar y poner en orden mis ideas. Esto me causó más problemas de lo que podría imaginarse.

Aún debía estar un poco atontado; y la salmuera que había bebido no podía haberme sentado demasiado bien tampoco, aunque había ayudado a revivirme. Recordaba, por supuesto, que yo era Mark Irwin, piloto del carguero Auckland, que hacía la ruta entre Callao y Wellington; y demasiado bien me acordaba de la noche en que el capitán Melville me había arrancado de mi litera, desde el sopor sin sueños en que me había arrojado cansadísimo, gritándome que el barco ardía.

Recordaba aquel rugiente infierno de llamas y humo a través del cual tuvimos que abrirnos camino hasta la cubierta, sólo para descubrir que la nave era ya irrecuperable, dado que las llamas habían alcanzado el petróleo, que constituía la parte principal de su carga: y, entonces, la rápida botadura de las lanchas bajo el vívido brillo del incendio.

La mitad de la tripulación había quedado atrapada en el ardiente castillo de proa; y aquellos de nosotros que escapamos nos vimos obligados a hacerlo sin agua ni provisiones. Habíamos remado durante días en medio de una calma chicha, sin avistar nave alguna, y estábamos sufriendo las torturas de los condenados cuando se había levantado una tormenta. En estas tormentas se habían perdido dos de los botes; y el tercero, que estaba tripulado por el capitán Melville, el segundo piloto, el contramaestre y yo mismo, fue el único que sobrevivió. Pero, en algún momento durante la tormenta, o durante los días y noches de delirio que siguieron, mis compañeros debieron caerse al agua... Al menos esto recordaba, pero todo ello resultaba de algún modo irreal y remoto, y parecía afectar solamente a otra persona que no era la que estaba flotando en dirección a la orilla de las aguas de una tranquila albufera. Me sentía muy contemplativo y distante; y ni siquiera mi sed me molestaba tanto ahora como lo había hecho al despertarme.

No comencé a preguntarme dónde estaba y a hacer conjeturas de sobre qué costas había alcanzado hasta que el bote no llegó a la orilla de una playa de fina arena nacarada. Sabía que nos habíamos encontrado a cientos de millas al sudoeste de la isla de Pascua, la noche del incendio, en una zona del Pacífico donde no hay ninguna otra tierra; y, desde luego, ésta no era la isla de Pascua. ¿Qué podría ser entonces?

Me di cuenta, con un cierto sobresalto, de que no debía encontrarse en ninguna ruta cartografiada ni en ningún mapa geológico.

Por supuesto, se trataba de una especie de isla; pero no conseguía formarme una idea de su posible extensión; y no tenía manera de decidir de antemano si estaba habitada o deshabitada.

A excepción de la lujuriante vegetación, algunos pájaros y mariposas de aspecto raro, y algunos peces de aspecto igualmente raro, no había vida visible en la albufera.

Me bajé del barco, sintiéndome muy débil e inestable, bajo la cálida y blanca luz solar que se vertía sobre todo como una inmóvil catarata universal. Mi primera idea fue buscar agua potable; y me adentré al azar entre los grandes helechos, separándolos con gran esfuerzo, apoyándome en ocasiones contra sus troncos para evitar caerme. Veinte o treinta pasos, sin embargo, y llegué hasta un fino riachuelo que saltaba cristalino desde un bajo desnivel, formando un plácido estanque donde el musgo, de diez pulgadas, y anchas floraciones, parecidas a anémonas, se reflejaban. EI agua estaba fría y dulce; bebí profundamente, y noté el alivio de su frescura empapar todos mis resecos tejidos.

Entonces, comencé a buscar a mi alrededor alguna clase de fruta comestible. Cerca del riachuelo, encontré un arbusto que arrastraba su carga de drupas amarillo salmón sobre los musgos gigantes. No pude identificar la fruta; pero su aspecto era delicioso, y decidí arriesgarme.

Estaban llenas de una pulpa azucarada; y recuperé fuerzas ya en el mismo acto de comerlas. Mi cerebro se aclaró y recuperé, si no todas, muchas de mis facultades que habían estado parcialmente apagadas.

Regresé al bote y achiqué toda la salmuera; entonces, intenté arrastrarlo todo lo lejos que pude sobre la arena, por si llegase a necesitarlo en alguna ocasión futura. Mi fuerza resultó inadecuada para esta tarea; y, temiendo aún que la marea pudiese arrastrarlo, corté algunas de las altas hierbas con mi navaja y las trencé en una larga soga, con la cual sujeté el bote a la palmera más próxima.

Ahora, por primera vez, examiné mi situación con un ojo analítico, y me di cuenta de muchas cosas en las que hasta el momento no me había fijado. Una mezcla de raras impresiones se amontonaban sobre mí, algunas de las cuales no podrían haberme llegado por la vía de los sentidos conocidos.

Para empezar, vi más claramente la anormalidad de las plantas que me rodeaban: no eran los helechos, hierbas y arbustos que son nativos de los mares del sur. Sus hojas, sus tallos, su follaje, eran principalmente de toscos tipos arcaicos, tales como podrían haber existido durante evos anteriores, sobre los perdidos litorales marítimos de Mu. Eran diferentes de cualquier otra cosa que hubiese visto en Australia o Nueva Guinea, esos asilos para flora antiquísima; y, mirándolos. me sentí impresionado por la sugerencia de una antigüedad oscura y prehistórica.

Y el silencio en torno mío pareció convenirse en el silencio de las edades muertas y de las cosas que se han hundido bajo la marea del olvido. A partir de ese momento, sentí que había algo que estaba equivocado en la isla. Pero, de alguna manera, no sabía decir lo que era, o captar claramente todo lo que contribuía a formarme esa impresión.

Aparte de la vegetación de aspecto extraño, noté que había cierta rareza alrededor del sol. Estaba demasiado elevado en el cielo para cualquier latitud a la que concebiblemente pudiese haber flotado; y, de todos modos, era demasiado grande; y el cielo era antinaturalmente brillante, con una cegadora incandescencia. En el aire había un hechizo de eterna quietud, y nunca el menor movimiento de las hojas ni del agua; y todo el paisaje colgaba ante mí como una visión monstruosa de reinos increíbles más allá del tiempo y del espacio. De acuerdo con todos los mapas, esta isla no podría existir, de todos modos... De una manera cada vez más clara, supe que había algo que estaba mal: noté una fantasmal confusión, un extraño pasmo, como si hubiese sido arrojado a las costas de otro planeta; me parecía que estaba separado de mi vida anterior, y de todo lo que alguna vez había conocido, por un intervalo de distancia más irremediable que todas las azules leguas de cielo y mar; que, al igual que la propia isla, estaba perdido para toda posible reorientación. Por unos breves instantes, este sentimiento se convirtió en un pánico nervioso, en un horror paralizante.

Esforzándome para vencer mi nerviosismo, partí a lo largo de la orilla de la albufera, andando con rapidez febril. Se me ocurrió que sería buena idea explorar la isla; y quizá, después de todo, podría encontrar alguna pista para el misterio, podría tropezar con algo que explicase o me tranquilizase.

Después de varios giros serpentinos de la tortuosa costa, llegué al final de la albufera. Aquí el terreno comenzaba a elevarse en dirección a un alto cerro, en el que abundaba la misma vegetación que ya había encontrado, a la cual se añadía ahora una araucaria de largas hojas.

Este cerro no era, aparentemente, la mayor elevación de la isla, y, después de media hora de tantear entre los helechos, los rígidos arbustos y las araucarias, conseguí ascenderlo. Aquí, a través de una brecha en el follaje, bajé mi vista sobre una escena no menos increíble que inesperada. La orilla opuesta de la isla era visible debajo de mí; y, por toda la extensión de la playa curvada, ¡eran visibles los techos de piedra y las torres de una ciudad!

Incluso a esa distancia, podía ver que la arquitectura era de un tipo desconocido; y no estuve seguro a primera vista de si los edificios eran ruinas antiguas o la morada de seres vivientes Entonces, más allá de los techos, vi que varias naves de aspecto extraño estaban amarradas a una especie de muelle, mostrando sus velas naranjas bajo la luz del sol.

Mi emoción fue indescriptible; como mucho (si es que la isla estaba habitada en absoluto), había esperado encontrar unas pocas chozas de salvajes; y aquí, frente a mí, ¡había edificios que indicaban un grado elevado de civilización!

Qué eran, o quién los había construido, quedaban seguramente más allá de toda hipótesis; pero, mientras me apresuraba a descender la colina, una ansiedad muy humana estuvo mezclada con el atontamiento y la estupefacción que había estado sintiendo. Por lo menos, había gente en la isla, y, al darme cuenta de esto, el horror que había sido parte de mi sorpresa quedó disipado por el momento.

Cuando me acerqué a las casas, vi que eran verdaderamente raras. Pero su extrañeza no era por completo inherente a sus formas arquitectónicas; tampoco fui capaz de encontrar su fuente, o de definirlo de ninguna manera, ni mediante palabras ni mediante imágenes.

Las casas estaban construidas con una piedra cuyo color concreto no consigo recordar, ya que no era ni marrón ni rojo ni gris, sino un tono que parecía combinar todos ellos, siendo distinto; y recuerdo solamente que el tipo general de las construcciones era bajo y cuadrado, con torres también cuadradas. La extrañeza descansaba en algo más que en todo eso.... en la sensación de remota y pasmosa antigüedad que emanaba de ellas como un olor: supe inmediatamente que eran tan antiguas como los toscos árboles e hierbas primordiales, y, como ellos, formaban parte de un mundo largo tiempo olvidado.

Entonces, vi a la gente..., esa gente ante la cual no sólo mis conocimientos etnográficos, sino también mi propia cordura, quedarían confusos. Había docenas de ellos a la vista entre los edificios, y todos parecían estar gravemente preocupados con una cosa o con la otra.

Al principio, no pude darme cuenta de qué era lo que estaban haciendo, o intentando hacer; pero estaba claro que se lo tomaban muy en serio.

Algunos estaban mirando el sol y el mar, y largos pergaminos de material parecido al papel que sujetaban entre las manos; y muchos estaban reunidos en torno a una plataforma de piedra que sostenía un aparato metálico, grande e intrincado, que parecía una esfera armilar. Todas estas personas estaban vestidas con prendas parecidas a túnicas de raros tonos de ámbar, azul cielo y púrpura de Tiro, cortadas según una moda que es desconocida para la historia; y, cuando me acerqué, sus caras eran anchas y planas, con un vago aviso de lo mongol en sus ojos oblicuos. Pero, de una manera que no se puede especificar, los rasgos de sus caras no eran los de ninguna raza que haya visto el sol desde hace un millón de años; y las palabras bajas, líquidas y de muchas vocales con las que se hablaban los unos a los otros no se parecían a ningún lenguaje estudiado.

Ninguno de ellos pareció fijarse en mí; y me dirigí a un grupo de tres que estaba estudiando uno de los largos pergaminos que antes he mencionado. Como única respuesta, se inclinaron aún más sobre su pergamino; e, incluso cuando le cogí a uno de ellos de la manga, era evidente que él no me observaba. Muy sorprendido, les miré a la cara, y me quedé estupefacto ante la mezcla de extrema confusión y de intensidad monomaniaca de las expresiones que mostraban.

Había mucho del loco, y más del científico absorbido por un problema irresoluble. Su vista era fija y brillante; sus labios se movían y murmuraban en una fiebre de continuo nerviosismo; y, siguiendo sus miradas, vi que la cosa que estaban estudiando era una especie de carta o de mapa, cuyo papel amarillento y tintas decoloradas pertenecían, de una manera manifiesta, a edades pasadas. Los continentes, mares e islas de este mapa no eran aquellos del mundo que yo conocía; y sus nombres estaban escritos en los caracteres irregulares de algún alfabeto perdido. Había un inmenso continente en particular, con una isla diminuta cerca de su costa del sur; y, una y otra vez, uno de los seres que estudiaban el mapa tocaría esta isla con la yema del dedo, y entonces se quedaría mirando al horizonte vacío, como si estuviese intentando descubrir una costa desaparecida. Recibí una impresión clara de que esta gente estaba tan profundamente perdida como yo mismo; de que ellos también estaban molestos y confusos ante una situación que no podía solucionarse ni redimirse.

Continué hasta la plataforma de piedra, que se levantaba en un amplio claro entre las casas delanteras. Tenía, quizá, unos diez pies de altura, y un tramo de tortuosas escaleras proporcionaba acceso a ella. Ascendí los peldaños e intenté llamar la atención de la gente agrupada en torno al instrumento que parecía una esfera armilar. Pero me ignoraban de una manera demasiado completa, y estaban concentrados en las observaciones que realizaban. Algunos de entre ellos daban la vuelta hacia la gran esfera; otros estaban consultando distintos mapas geográficos y celestiales; y, basado en mis conocimientos náuticos, podía ver que algunos de sus compañeros estaban tomando la altura del sol con una especie de astrolabio. Todos tenían la misma expresión de perplejidad y de concentración de sabio que había observado en los demás.

Viendo cómo mis esfuerzos para llamar su atención resultaban estériles, abandoné la plataforma y vagabundeé por las calles en dirección al puerto. Lo extraño y lo inexplicable de todo esto era demasiado para mí; me sentía cada vez más alienado de los reinos de la experiencia y de la conjetura racionales; que había caído en algún limbo ultraterreno de confusión y de irracionalidad, en el callejón sin salida de una dimensión ultraterrestre. Estos seres estaban confusos y perdidos de una manera bastante palpable; era evidente que sabían tan bien como yo que había algo que estaba mal con la geografía, y quizá con la cronología, de su isla.

Me pasé el resto del día vagabundeando, pero no encontré en ningún sitio a alguien que fuese capaz de notar mi presencia; y en ningún sitio había nada que me tranquilizase o disminuyese mi siempre creciente confusión de mente y espíritu. Por todas partes había hombres, y también mujeres; y, aunque comparativamente pocos entre ellos estaban grises y arrugados, todos me comunicaban una sensación de vejez inmemorial, de años y de ciclos más allá de los archivos y del cuento. Todos estaban preocupados. todos tenían una concentración febril, y estaban estudiando mapas o consultando antiguas tabletas y volúmenes, o mirando fijamente el mar y el cielo, o estudiando las tabletas de bronce de los paralelos astronómicos por la calle, como si, haciéndolo así, pudiesen, de alguna manera, encontrar el error en sus cálculos. Había hombres y mujeres de edad madura, y algunos con rasgos frescos y tersos de la juventud; pero en todo el lugar vi solamente un niño, que no estaba menos perplejo y preocupado que sus mayores. Si alguien comió o bebió o hizo algunos de los actos normales de la vida diaria, no fue ante mi vista; y concebí la idea de que habían vívido de esta manera, obsesionados por el mismo problema, a través de un periodo de tiempo que habría parecido eterno prácticamente en cualquier otro mundo que no fuese el suyo.

Llegué hasta un gran edificio, cuyo abierto portal era tan oscuro como las sombras que había en su interior. Mirando, descubrí que se trataba de un templo; porque, a lo largo de su crepúsculo desierto, con el ambiente carga do por el humo estancado de incienso quemado, los ojos rasgados de una imagen maligna y monstruosa se fijaron en mí. La cosa estaba hecha aparentemente con madera o con piedra, con brazos como de gorila, y las malignas facciones de una raza subhumana. Por lo poco que pude ver en las tinieblas, no era agradable de contemplar; y abandoné el templo y continué con mis paseos.

Entonces, llegué al puerto, donde los barcos de vela naranja estaban amarrados a un muelle de piedra. Habría unos cincos o seis en total: eran pequeñas galeras, con una única fila de remos, y mascarones de proa metálicos modelados con la forma de dioses primordiales. Estaban indescriptiblemente gastados por las olas de años incontables; sus velas eran trapos pudriéndose; y, no menos que el resto de las cosas en esta isla, daban la impresión de una terrible antigüedad.

Era fácil suponer que sus mascarones grotescamente tallados habían tocado los muelles, hundidos desde hacía evos, de Lemuria.

Regresé a la aldea; y nuevamente intenté, en vano, que sus habitantes notasen mi presencia. Después de un rato, mientras andaba de calle en calle, el sol se puso más allá de la isla; las estrellas aparecieron rápidamente en un cielo de terciopelo púrpura.

Las estrellas eran grandes y brillantes, y de una densidad innumerable; con los ojos de un marinero experto, las estudié con ansiedad; pero no conseguía descubrir las constelaciones acostumbradas, aunque aquí y allá creí notar una distorsión o un alargamiento de algún grupo conocido. Todo estaba desesperadamente torcido, y el desorden se arrastró hasta mi propio cerebro, al intentar de nuevo orientarme, y notar que los habitantes de la ciudad seguían ocupados con una empresa similar...

No tengo manera de medir la duración de mi estancia en aquella isla. El tiempo no parecía tener ningún significado correcto allí; y, aunque lo hubiese tenido, mi estado mental no admitía un cómputo preciso. Todo era tan imposible y tan irreal, tan parecido a una absurda y preocupante alucinación; y, la mitad del tiempo, pensaba que se trataba sencillamente de una continuación de mi delirio..., que probablemente seguía flotando a la deriva en el bote.

Después de todo, ésta era la hipótesis más razonable; y no me extraña que aquellos que han escuchado mi narración se nieguen a admitir otra. Yo estaría de acuerdo, a no ser por uno o dos detalles bastante materiales...

La manera en que yo vivía también me resulta bastante vaga, además. Recuerdo haber dormido debajo de las estrellas, fuera de la ciudad; recuerdo haber comido y bebido; y haber observado a aquellas gentes día tras día, mientras continuaban con sus cálculos desesperados.

A veces, iba a las casas y me servía comida; y una o dos veces, si es que lo recuerdo correctamente, dormí en el sofá de una de ellas sin que los dueños me lo impidiesen o me hiciesen caso.

No había nada que pudiese romper el hechizo de su obsesión u obligarles a hacerme caso; y enseguida abandoné el intento. Me parecía, conforme transcurría el tiempo, que yo mismo no era menos irreal, menos dudoso o insustancial, que lo que su desprecio parecía indicar.

En medio de mi asombro. me descubrí preguntándome si resultaría posible alejarse de la isla. Me acordaba de mi bote, y recordaba, además, que no tenía remos. Y entonces, hice preparaciones de tanteo para el viaje. A plena luz del día, ante la vista de los habitantes de la ciudad, cogí dos remos de una de las galeras del puerto, y me los llevé acarreándolos al lugar en que estaba oculto mi bote.

Los remos eran pesados, sus palas eran anchas como abanicos, y sus empuñaduras estaban decoradas con jeroglíficos de plata. Además me apropié de dos jarras de barro de una de las casas, pintadas con figuras barbáricas, y me las llevé a la albufera, con la intención de llenarlas de agua potable cuando me marchase. También reuní una provisión de comida. Pero, de alguna manera, el rompecabezas de la isla había paralizado mi iniciativa, e, incluso cuando todo estaba preparado, retrasaba mi partida. Además. yo sentía que los habitantes de la isla deberían haber intentado marcharse innumerables veces en sus galeras, y siempre habían fracasado. Así, me quedé como un hombre atrapado en una ridícula pesadilla.

Una tarde, cuando habían salido todas aquellas estrellas distorsionadas, me di cuenta de que algo fuera de lo normal estaba sucediendo. La gente ya no estaba parada en grupos, con sus estudios y discusiones habituales, sino que todos se apresuraban al edificio que parecía un templo. Les seguí y miré por la puerta.

El lugar estaba iluminado por antorchas encendidas que proyectaban sombras demoniacas sobre la multitud, y sobre el ídolo ante el cual se inclinaban. Se quemaban perfumes y se entonaban cantos en la lengua, con una miríada de vocales, a la cual mi oído se había acostumbrado. Estaban invocando a aquella terrible imagen de brazos de gorila y rostro mitad humano y mitad animal; y no me resultaba difícil adivinar el propósito de esa invocación. Entonces las voces se apagaron hasta un triste susurro, el humo de los hisopos se hizo más tenue, y el niño pequeño que una vez había visto fue empujado adelante al espacio vacío entre la congregación y el ídolo.

Había creído, por supuesto, que el dios era de piedra o de madera, pero, en un chispazo de terror y consternación, me pregunté si había estado equivocado. Porque los ojos oblicuos se habían abierto más, y los largos brazos terminados en uñas como cuchillos se levantaron lentamente y alcanzaron adelante. Y colmillos afilados como flechas fueron mostrados en la sonrisa bestial de la cara inclinada.

El niño estaba tan inmóvil como un pájaro ante los ojos hipnóticos de una serpiente; y ya no había un solo movimiento, ni siquiera un susurro, partiendo de la multitud que esperaba...

No puedo recordar lo que sucedió entonces; siempre que intento recordarlo, hay una nube de horror y de oscuridad en mi cerebro.

Debo haber salido del templo y escapado a lo largo de la isla bajo la luz de las estrellas; pero de esto tampoco recuerdo nada. Mi primer recuerdo es remar en dirección al mar a través del estrecho canal por el que había entrado a la albufera. Y, después de eso, huyo, día tras día, sobre un mar calmado y sin una onda bajo un sol de incandescencia cegadora; y más noches debajo de las estrellas enloquecidas; hasta que los días y las noches se convirtieron en una eternidad de torturado cansancio; y mi comida y mi agua se agotaron; y mi hambre y mi sed, y una calentura febril con alucinaciones hirvientes que me hacían revolverme, eran todo de lo que yo era consciente.

Una noche, recuperé los sentidos un rato, y me quedé tumbado mirando al cielo. Y, una vez más, las estrellas eran las de los cielos correctos; y di gracias a Dios por ver la cruz del sur, antes de que volviese a hundirme en el coma y en el delirio.

Y, cuando recobré la conciencia de nuevo, estaba tumbado en la cabina de un buque, y el médico de a bordo estaba inclinado sobre mí.

En ese barco, todos fueron muy amables conmigo. Pero, cuando intenté contarles mi historia, sonreían compasivos; y, después de algunas intentonas, aprendí a guardar silencio. Sentían curiosidad por los dos remos con mangos de plata y por las jarras pintadas que encontraron conmigo en el bote; pero fueron, si acaso, demasiado francos a la hora de rechazar mi explicación. Ni una isla ni una gente semejante podrían concebiblemente existir, dijeron; era contrario a todos los mapas que se habían trazado, y llamaba mentirosos, directamente, a todos los etnólogos y geógrafos.

A veces, yo mismo me hago preguntas al respecto, porque hay bastantes cosas que no puedo explicar. ¿Hay una parte del océano Pacífico que existe más allá del tiempo y del espacio?... ¿Un limbo oceánico en el cual, a través de un cataclismo desconocido, esta isla desapareció en un periodo desconocido, como la propia Lemuria se hundió debajo de las aguas? ¿Y, si así es, por qué ruptura de las leyes dimensionales se me permitió alcanzar esa isla y partir de ella?

Estas cosas quedan mas allá de mi capacidad de especular.

Pero a menudo veo en mis sueños las estrellas irreconociblemente distorsionadas, y comparto la confusión y la frustración de una gente perdida, mientras se inclinan sobre sus inútiles cartas y toman la altitud de un sol desviado.


The Uncharted Isle, IV—1930

(Weird Tales, XI—30. Out Of Space And Time, VIII—42)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991




1 Mi fuente de acceso a los originales es a través de la página web “The eldritch dark” (http://members.xoom.com/eldritchdark); en el momento que preparo esto, no está disponible aún.

2 Incluye una versión diferente en inglés

3 No puedo asegurar que la versión traducida coincida con la versión en inglés, o si esta última es la versión refundida con la continuación de este relato, “Más allá de la llama que canta”, ya que todavía no la he leído

4 Señor de Émaux, en francés en el original. (N. del E.)





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