Clark Ashton Smith



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Durante un breve periodo, los muertos habían vuelto a la vida: las hojas marchitas habían vuelto a la rama; los cuerpos celestiales habían ocupado lugares largo tiempo abandonados; la flora había vuelto a la semilla, la planta a la raíz. Entonces, con un desorden eterno sembrado entre todos los ciclos, el tiempo había recuperado su curso interrumpido.

Ningún movimiento de un cuerpo cósmico, ningún año ni ningún instante del futuro, fueron exactamente como deberían haber sido. El error y a discrepancia que yo había sembrado darían su fruto de innumerables maneras. Los soles se encontrarían equivocados; los mundos y los átomos se moverían un poco al margen de sus cursos predestinados.

Fue de esos asuntos de los que Atmox me habló, advirtiéndome, una vez que hubo vendado mi herida que sangraba. Porque él también, en esa hora recuperada, había retrocedido y vivido a través de un acontecimiento pasado.

Para él, la hora era una en que había descendido a los sótanos mas profundos de su casa. Allí, de pie en un círculo de muchos pentágonos, había quemado un incienso blasfemo y, pronunciando fórmulas malditas, había llamado a un espíritu maligno desde las profundidades de Hestan y le había preguntado en relación al futuro.

Pero el espíritu, negro y voluminoso como los vapores del abismo, se había negado a contestar directamente y había atacado furiosamente con sus miembros acabados en garras, los confines del círculo. Tan solo dijo:

—Vos me invocáis bajo vuestra propia responsabilidad. Poderosos son los hechizos que vos habéis empleado, y fuerte es el círculo para contenerme, y me encuentro frenado por el tiempo y el espacio para desencadenar mi cólera contra ti. Pero, miserable de ti, si de nuevo me invocas, aunque sea en la misma hora del mismo otoño. Porque en esa invocación quedarán rotas las leyes del tiempo, y una ruptura se producirá en el espacio; y, a través de esa ruptura, aunque con algunos retrasos y rodeos, todavía habré de alcanzarte.

Sin decir más, se revolvía inquieto por el círculo; y sus ojos ardían sobre Atmox como ascuas de un brasero alto, tiznado de hollín; y siempre su boca con colmillos estaba aplastada contra el aire protegido por hechizos. Y, al final, sólo pudo obligarle a marcharse mediante una doble repetición de la fórmula del exorcismo.

Y, mientras me contaba esta historia en el jardín, Atmox temblaba; sus ojos registraban las estrechas sombras proyectadas por los altos soles; y parecía estar escuchando el sonido de alguna cosa malvada que cavaba bajo la tierra en dirección a él, trabajando errante en los sellados corredores de la noche.



Cuarto día de la luna de Occalat. Perseguido por terrores más allá de los de Atmox, me mantengo apartado en mi mansión en medio de Kalood.

Aún estaba débil a causa de la pérdida de sangre que había entregado a Xexanoth; mis sentidos estaban llenos de extrañas sombras; mis servidores, moviéndose a mi alrededor, eran como fantasmas, y apenas hice caso del pálido miedo en sus miradas o de las cosas terribles que susurraban... La locura y el caos, me decían, estaban sueltos en Kalood; la divinidad Aforgomon estaba encolerizada. Todos los hombres creían que una terrible condena era inminente en razón de la antinatural confusión que había surgido entre las horas del tiempo.

Esta tarde, me trajeron la noticia de la muerte de Atmox. Con tonos apagados, me contaron que sus neófitos habían escuchado sonidos como de una tormenta desencadenada procedente de su cuarto, donde estaba sentado solo con sus volúmenes y sus instrumentos variados de magia.

Por encima de los rugidos, se habían escuchado brevemente gritos humanos, junto al sonido de incensarios y braseros volcados, un ruido como de mesas llenas de libros volcándose.

La sangre asomó por debajo de la puerta cerrada de la habitación y, goteando, adoptó durante un instante la forma de los terribles caracteres que deletrean un nombre que no debe ser pronunciado en voz alta.

Después de que los ruidos hubiesen cesado, los neófitos esperaron un largo rato antes de atreverse a abrir la puerta. Entrando por fin, vieron que el techo y las paredes estaban profundamente salpicados de sangre, y trizas de la túnica del mago estaban mezcladas por todas partes con hojas desgarradas de sus libros de magia, y los restos y briznas de su carne estaban sembrados entre los muebles rotos, y su cerebro, estampado horriblemente contra el techo alto.

Escuchando esta historia, supe que los demonios de la Tierra temidos por Atmox le habían encontrado de alguna manera y habían desencadenado su cólera sobre él, en maneras que no podían adivinarse. Le habían alcanzado por la brecha producida en el tiempo y en el espacio por una hora que se había repetido mediante la nigromancia.

Y, debido a esa brecha ilegal, el poder del mago y su sabiduría habían fracasado por completo a la hora de defenderle del demonio...


Quinto día de la luna de Occalat. Atmox, estoy seguro, no me traicionó; porque, haciéndolo, habría denunciado su propia complicidad implícita en el crimen... Sin embargo, esta tarde vinieron a mi casa sacerdotes al ponerse el sol que está más al Oeste; silenciosos, severos, con la vista apartada como de una corrupción abominable. A mi, su compañero, me indicaron con gestos de asco que les acompañase...

Así me apartaron de mi casa, a través de las avenidas de Kalood, hacia los soles que se ponían. Las calles estaban vacías de otros viandantes, y parecía que ningún hombre quisiese conocer o contemplar al blasfemo...

Bajando por la avenida de los pilares con forma de gnomon, fui conducido a los pórticos del templo de Aforgomon: esos portales de apertura temible, edificados según la semblanza de la boca devoradora de alguna quimera...
Sexto día de la luna de Occalat. Me empujaron al calabozo de debajo del templo, oscuro, apestoso y sin sonido, de no ser por la enloquecedora cadencia mesurada del goteo del agua junto a mí. Allí yací, y no supe cuándo pasó la noche y llegó la mañana. La luz era admitida únicamente cuando mis captores abrían las puertas de hierro, al venir a conducirme ante el tribunal.

... Así me condenaron los sacerdotes, hablando con una sola voz en cuyo terrible volumen estaban mezclados los tonos de todos ellos de una manera imposible de distinguir. Entonces, el anciano sacerdote Helpenor llamó en voz alta a Aforgomon, ofreciéndose a sí mismo como portavoz del dios, y pidiendo a éste que pronunciase a través suyo la sentencia para enormidades como aquellas de las que yo había sido juzgado culpable por mis compañeros.

Instantáneamente, el dios pareció descender sobre Helpenor: y la figura del sumo sacerdote pareció crecer de una manera prodigiosa bajo sus embozos; y los acentos que partían de su boca eran como los truenos del cielo superior.

—Oh Calaspa, tú has sembrado el desorden entre todas las horas y los evos futuros mediante esta maligna nigromancia. Y así, lo que es más, has asegurado tu propia condena: encadenado estás para siempre a esta hora que de esta manera ilegal ha sido repetida, apartada de su lugar asignado en el tiempo. De acuerdo con las normas jerárquicas, recibirás la muerte de las cadenas ardientes; pero no pases por alto que esta muerte es otra cosa más que un símbolo de tu verdadero castigo. A partir de aquí, pasarás por otras vidas en Hestan, y ascenderás hasta la mitad, en los ciclos del mundo sucesor de Hestan en el tiempo y en el espacio. Pero, a través de todas tus encarnaciones, el caos que has sembrado te acompañará, aumentando como una brecha. Y siempre, durante todas tus vidas, la brecha te impedirá reunirte con el alma de Belthoris; y siempre, aunque sólo por una hora, perderás el amor que de otra manera habrías recuperado a menudo. Por fin, cuando la brecha haya aumentado mucho, tu alma no avanzará más en los ciclos posteriores de la encarnación. En ese momento, te será concedido recordar con claridad tu antiguo pecado; y, al recordarlo, perecerás en el tiempo saliendo de él. Sobre el cuerpo de esa encarnación tardía, se encontrarán las quemaduras con forma de cadena, como la señal final de tu castigo. Pero los que te conocieron te olvidarán pronto, y pertenecerás por completo a los ciclos limitados para ti por tu pecado.


29 de marzo. Escribo esta fecha con desesperación infinita, intentando convencerme a mí mismo de que hay un John Milwarp que habita en la Tierra durante el siglo veinte.

Durante dos días seguidos, no he tomado la droga souvara. y, sin embargo, he regresado dos veces al calabozo debajo del templo de Aforgomon en el que el sacerdote Calaspa espera su condena. Dos veces he estado sumergido en la oscuridad estancada, escuchando el lento goteo del agua junto a mí, como una clepsidra que midiese las negras épocas de los condenados.

Incluso mientras escribo esto sobre la mesa de mi biblioteca, parece que una antigua medianoche se cerniese sobre mi lámpara. Las estanterías con libros se convierten en paredes supurantes de nocturna piedra. Ya no hay una mesa... ni alguien que escribe..., y respiro la apestosa oscuridad de un calabozo que yace insondable para sol alguno, en un mundo perdido.
Decimoctavo día de la luna de Occalat. Hoy me han sacado por última vez de mi prisión. Junto a otros tres, Helpenor vino y me condujo al adito del dios. Nos adentramos en las lejanas profundidades del. templo exterior, a través de espaciosas criptas desconocidas para los adoradores comunes. No se pronunció palabra alguna, ni se intercambiaron miradas entre los otros y yo; parecía como si ya me considerasen alguien que había sido expulsado del tiempo y reclamado por la nada.

Llegamos por fin al precipicio vertical, en el cual se dice que habita el espíritu de Aforgomon. Había luces, débiles y repartidas en la distancia, que brillaban en él como estrellas al borde de una inmensidad de espacio cósmico, sin verter rayo alguno en las profundidades.

Allí, en un trono de tosca piedra, situado al borde del abismo temible, fui colocado por los verdugos; y una pesada cadena de negro metal sin herrumbre, sujeta a la roca firme, fue enroscada, una y otra vez, en torno a mi cuerpo desnudo y a cada uno de mis miembros por separado, de la cabeza a los pies.

A esta sentencia, otros habían sido condenados por su herejía o su impiedad..., aunque nunca por un pecado semejante al mío. Después de que la víctima fuese encadenada, él fue abandonado durante un intervalo preestablecido, para que meditase sobre su crimen... y para que, miserable, se enfrentase a la oscura divinidad de Aforgomon.

Al cabo, desde el abismo cuya postura le obligaba a mirar, una luz se encendería, y un relámpago de extrañas llamas saltaría hacia arriba, golpeando la cadena de muchos eslabones que le rodeaba, calentándola a la incandescencia del rojo vivo. La fuente y la naturaleza de la llama eran misteriosas, y muchos la atribuían al propio dios antes que a un agente mortal...

Así fue como me abandonaron, y se han marchado. Hace tiempo que la carga de los masivos eslabones, hundiéndose cada vez más profundamente en mí carne, se ha convertido en una agonía. Estoy mareado de mirar hacia abajo en el abismo..., y, sin embargo, no puedo caerme. Abajo, a una distancia inconmensurable, escucho, a intervalos repetidos, un sonido hueco y solemne.

Quizá sea producido por las aguas sumergidas... o los vientos que se han perdido en las cuevas... o la respiración de Uno que habita en la oscuridad, midiendo con su respiración los lentos minutos, las horas, los días, las épocas... Mi terror se ha vuelto más fuerte que la cadena, mi vértigo es causado por un abismo doble...

Han transcurrido evos, han menguado hasta la nada, como escombros arrastrados por un torrente que da a una catarata, llevándose con ellos el rostro perdido de Belthoris. Estoy colocado sobre la mandíbula abierta de la Sombra... De alguna manera, en otro mundo, un fantasma exiliado ha escrito estas palabras... Un fantasma destinado a desvanecerse por completo del tiempo y el espacio, al igual que yo, el sacerdote condenado Calaspa, no puedo recordar el nombre de ese fantasma.

Debajo de mí, en las negras profundidades, hay un brillo temible...
The Chain Of Aforgomon. Fecha: abril de 1933 — enero de 1934

(finalizado). Primera publicación: Weird Ta¡es, diciembre de 1935.

Antología original: Out of Space and Time, Arkham House, Sauk City, Wisconsin, agosto de 1942.

The Devotee of Evil


Clark Ashton Smith
The old Larcom house was a mansion of considerable size and dignity, set among oaks and cypresses on the hill behind Auburn's Chinatown, in what had once been the aristocratic section of the village. At the time of which I write, it had been unoccupied for several years and had begun to present the signs of desolation and dilapidation which untenanted houses so soon display. The place had a tragic history and was believed to be haunted. I had never been able to procure any first-hand or precise accounts of the spectral manifestations that were accredited to it. But certainly it possessed all the necessary antecedents of a haunted house. The first owner, Judge Peter Larcom, had been murdered beneath its roof back in the seventies by a maniacal Chinese cook; one of his daughters had gone insane; and two other members of the family had died accidental deaths. None of them had prospered: their legend was one of sorrow and disaster.
Some later occupants, who had purchased the place from the one surviving son of Peter Larcom, had left under circumstances of inexplicable haste after a few months, moving permanently to San Francisco. They did not return even for the briefest visit; and beyond paying their taxes, they gave no attention whatever to the place. Everyone had grown to think of it as a sort of historic ruin, when the announcement came that it had been sold to Jean Averaud, of New Orleans.
My first meeting with Averaud was strangely significant, for it revealed to me, as years of acquaintance would not necessarily have done, the peculiar bias of his mind. Of course, I had already heard some odd rumors about him; his personality was too signal, his advent too mysterious, to escape the usual fabrication and mongering of village tales. I had been told that he was extravagantly rich, that he was a recluse of the most eccentric type, that he had made certain very singular changes in the inner structure of the old house; and last, but not least, that he lived with a beautiful mulatress who never spoke to anyone and who was believed to be his mistress as well as his housekeeper. The man himself had been described to me by some as ao unusual but harmless lunatic, and by others as an all-round Mephistopheles.
I had seen him several times before our initial meeting. He was a sallow, saturnine Creole, with the marks of race in his hollow cheeks and feverish eyes. I was struck by his air of intellect, and by the fiery fixity of his gaze — the gaze of a man who is dominated by one idea to the exclusion of all else. Some medieval alchemist, who believed himself to be on the point of attaining his objective after years of unrelenting research, might have looked as he did.
I was in the Auburn library one day, when Averaud entered. I had taken a newspaper from one of the tables and was reading the details of an atrocious crime — the murder of a woman and her two infant children by the husband and father, who had locked his victims in a clothes-closet, after saturating their garments with oil. He had left the woman's apron-string caught in the shut door, with the end protruding, and had set fire to it like a fuse.
Averaud passed the table where I was reading. I looked up, and saw his glance at the headlines of the paper I held. A moment later he returned and sat down beside me, saying in a low voice:
'What interests me in a crime of that sort, is the implicatioo of unhuman forces behind it. Could any man, on his own initiative, have conceived and executed anything so gratuitously fiendish?'
'I don't know,' I replied, somewhat surprised by the question and by my interrogator. 'There are terrifying depths in human nature — more abhorrent than those of the jungle.'
'I agree. But how could such impulses, unknown to the most brutal progenitors of man, have been implanted in his nature, unless through some ulterior agency?'
'You believe, then, in the existence of an evil force or entity — a Satan or an Ahriman?'
'I believe in evil — how can I do otherwise when I see its manifestations everywhere? I regard it as an all-controlling power; but I do not think that the power is personal in the sense of what we know as personality. A Satan? No. What I conceive is a sort of dark vibration, the radiation of a black sun, of a center of malignant eons — a radiation that can penetrate like any other ray — and perhaps more deeply. But probably I don't make my meaning clear at all.'
I protested that I understood him; but, after his burst of communicativeness, he seemed oddly disinclined to pursue the conversation. Evidently he had been prompted to address me; and no less evidently, he regretted having spoken with so much freedom. He arose; but before leaving, he said:
'I am Jean Averaud — perhaps you have heard of me. You are Philip Hastane, the novelist. I have read your books and I admire them. Come and see me sometime — we may have certain tastes in common.'
Averaud's personality, the conception he had avowed, and the intense interest and value which he so obviously attached to these conceptions, made a singular impression on my mind, and I could not forget him. When, a few days later, I met him on the street and he repeated his invitation with a cordialness that was unfeignedly sincere, I could do no less than accept. I was interested, though not altogether attracted, by his bizarre, well-nigh morbid individuality, and was impelled by a desire to learn more concerning him. I sensed a mystery of no common order — a mystery with elements of the abnormal and the uncanny.
The grounds of the old Larcom place were precisely as I remembered them, though I had not found occasion to pass them for some time. They were a veritable tangle of Cherokee rose-vines, arbutus, lilac, ivy and crepe-myrtle, half overshadowed by the great cypresses and somber evergreen oaks. There was a wild, half-sinister charm about them — the charm of rampancy and ruin. Nothing had been done to put the place in order, and there were no outward repairs in the house itself, where the white paint of bygone years was being slowly replaced by mosses and lichens that flourished beneath the eternal umbrage of the trees. There were signs of decay in the roof and pillars of the front porch; and I wondered why the new owner, who was reputed to be so rich, had not already made the necessary restorations.
I raised the gargoyle-shaped knocker and let it fall with a dull, lugubrious clang. The house remained silent; and I was about to knock again, when the door opened slowly and I saw for the first time the mulatress of whom so many village rumors had reached me.
The woman was more exotic than beautiful, with fine, mournful eyes and bronze-colored features of a semi-negroid irregularity. Her figure, though, was truly perfect, with the curving lines of a lyre and the supple grace of some feline animal. When I asked for Jean Averaud, she merely smiled and made signs for me to enter. I surmised at once that she was dumb.
Waiting in the gloomy library to which she conducted me, I could not refrain from glancing at the volumes with which the shelves were congested. They were an ungodly jumble of tomes that dealt with anthropology, ancient religions, demonology, modern science, history, psychoanalysis and ethics. Interspersed with these were a few romances and volumes of poetry. Beausobre's monograph on Manichaeism was flanked with Byron and Poe; and 'Les Fleurs du Mal' jostled a late treatise on chemistry.
Averaud entered, after several minutes, apologizing profusely for his delay. He said that he had been in the midst of certain labors when I came; but he did not specify the nature of these labors. He looked even more hectic and fieryeyed than when I had seen him last. He was patently glad to see me, and eager to talk.
'You have been looking at my books,' he observed immediately. 'Though you might not think so at first glance, on account of their seeming diversity, I have selected them all with a single object: the study of evil in all its aspects, ancient, medieval and modern. I have traced it in the religions and demonologies of all peoples; and, more than this, in human history itself. I have found it in the inspiration of poets and romancers who have dealt with the darker impulses, emotiom and acts of man. Your novels have interested me for this reason: you are aware of the baneful influences which surround us, which so often sway or actuate us. I have followed the working of these agencies even in chemical reactions, in the growth and decay of trees, flowers, minerals. I feel that the processes of physical decomposition, as well as the similar mental and moral processes, are due entirely to them.
'In brief, I have postulated a monistic evil, which is the source of all death, deterioration, imperfection, pain, sorrow, madness and disease. This evil, so feebly counteracted by the powers of good, allures and fascinates me above all things. For a long time past, my life-work has been to ascertain its true nature, and trace it to its fountain-head. I am sure that somewhere in space there is the center from which all evil emanates.'
He spoke with a wild air of excitement, of morbid and semimaniacal intensity. His obsession convinced me that he was more or less unbalanced; but there was an unholy logic in the development of his ideas; and I could not but recognize a certain disordered brilliancy and range of intellect.
Scarcely waiting for me to reply, he continued his monologue:
'I have learned that certain localities and buildings, certain arrangements of natural or artificial objects, are more favorable to the reception of evil influences than others. The laws that determine the degree of receptivity are still obscure to me; but at least I have verified the fact itself. As you know, there are houses or neighborhoods notorious for a succession of crimes or misfortunes; and there are also articles, such as certain jewels, whose possession is accompanied by disaster. Such places and things are receivers of evil... I have a theory, however, that there is always more or less interference with the direct flow of the malignant force; and that pure, absolute evil has never yet been manifested.
'By the use of some device which would create a proper field or form a receiving station, it should be possible to evoke this absolute evil. Under such conditions, I am sure that the dark vibration would become a visible and tangible thing, comparable to light or electricity.' He eyed me with a gaze that was disconcertingly exigent. Then:
'I will confess that I have purchased this old mansion and its grounds mainly on account of their baleful history. The place is unusually liable to the influences of which I have spoken. I am now at work on an apparatus by means of which, when it is perfected, I hope to manifest in their essential purity the radiations of malign force.'
At this moment, the mulatress entered and passed through the room on some household errand. I thought that she gave Averaud a look of maternal tenderness, watchfulness and anxiety. He, on his part seemed hardly to be aware of her presence, so engrossed was he in the strange ideas and the stranger project he had been expounding. However, when she had gone, he remarked:
'That is Fifine, the one human being who is really attached to me.' She is mute, but highly intelligent and affectionate. All my people, an old Louisiana family, are long departed... and my wife is doubly dead to me.' A spasm of obscure pain contracted his features, and vanished. He resumed his monologue; and at no future time did he again refer to the presumably tragic tale at which he had hinted: a tale in which, I sometimes suspect, were hidden the seeds of the strange moral and mental perversion which he was to manifest more and more.
I took my leave, after promising to return for another talk. Of course, I considered now that Averaud was a madman; but his madness was of a most uncommon and picturesque variety. It seemed significant that he should have chosen me for a confidant. All others who met him found him uncommunicative and taciturn to an extreme degree. I suppose he had felt the ordinary human need of unburdening himself to someone; and had selected me as the only person in the neighborhood who was potentially sympathetic.
I saw him several times during the month that followed. He was indeed a strange psychological study; and I encouraged him to talk without reserve — though such encouragement was hardly necessary. There was much that he told me — a strange medley of the scientific and the mystic. I assented tactfully to all that he said, but ventured to point out the possible dangers of his evocative experiments, if they should prove successful. To this, with the fervor of an alchemist or a religious devotee, he replied that it did not matter — that he was prepared to accept any and all consequences.
More than once he gave me to understand that his invention was progressing favorably. And one day he said, with abruptness:
'I will show you my mechanism, if you care to see it.' I protested my eagerness to view the invention, and he led me forthwith into a room to which I had not been admitted before. The chamber was large, triangular in form, and tapestried with curtains of some sullen black fabric. It had no windows. Clearly, the internal structure of the house had been changed in making it; and all the queer village tales, emanating from carpenters who had been hired to do the work, were now explained. Exactly in the center of the room, there stood on a low tripod of brass the apparatus of which Averaud had so often spoken.
The contrivance was quite fantastic, and presented the appearance of some new, highly complicated musical instrument. I remember that there were many wires of varying thickness, stretched on a series of concave sounding-boards of some dark, unlustrous metal; and above these, there depended from three horizontal bars a number of square, circular and triangular gongs. Each of these appeared to be made of a different material; some were bright as gold, or translucent as jade; others were black and opaque as jet. A small hammerlike instrument hung opposite each gong, at the end of a silver wire.
Averaud proceeded to expound the scientific basis of his mechanism. The vibrational properties of the gongs, he said, were designed to neutralize with their sound-pitch all other cosmic vibrations than those of evil. He dwelt at much length on this extravagant theorem, developing it in a fashion oddly lucid. He ended his peroration:
'I need one more gong to complete the instrument; and this I hope to invent very soon. The triangular room, draped in black, and without windows, forms the ideal setting for my experiment. Apart from this room, I have not ventured to make any change in the house or its grounds, for fear of deranging some propitious element or collocation of elements.'
More than ever, I thought that he was mad. And, though he had professed on many occasions to abhor the evil which he planned to evoke, I felt an inverted fanaticism in his attitude. In a less scientific age he would have been a devil-worshipper, a partaker in the abominations of the Black Mass; or would have given himself to the study and practice of sorcery. His was a religious soul that had failed to find good in the scheme of things; and lacking it, was impelled to make of evil itself an object of secret reverence.
'I fear that you think me insane,' he observed in a sudden flash of clairvoyance. 'Would you like to watch an experiment? Even though my invention is not completed, I may be able to convince you that my design is not altogether the fantasy of a disordered brain.'
I consented. He turned on the lights in the dim room. Thea he went to an angle of the wall and pressed a hidden spring or switch. The wires on which the tiny hammers were strung began to oscillate, till each of the hammers touched lightly its companion gong. The sound they made was dissonant and disquieting to the last degree — a diabolic percussion unlike anything I have ever heard, and exquisitely painful to the nerves. I felt as if a flood of finely broken glass was pouring into my ears.
The swinging of the hammers grew swifter and heavier; but, to my surprise, there was no corresponding increase of loudness in the sound. On the contrary, the clangor become slowly muted, till it was no more than an undertone which seemed to be coming from an immense depth or distance -an undertone still full of disquietude and torment, like the sobbing of far-off winds in hell, or the murmur of demonian fires on coasts of eternal ice.
Said Averaud at my elbow:
'To a certain extent, the combined notes of the gongs are beyond human hearing in their pitch. With the addition of the final gong, even less sound will be audible.'
While I was trying to digest this difficult idea, I noticed a partial dimming of the light above the tripod and its weird apparatus. A vertical shaft of faint shadow, surrounded by a still fainter penumbra, was forming in the air. The tripod itself, and the wires, gongs and hammers, were now a trifle indistinct, as if seen through some obscuring veil. The central shaft and its penumbra seemed to widen; and looking down at the flood, where the outer adumbration, conforming to the room's outline, crept toward the walls, I saw that Averaud and myself were now within its ghostly triangle.
At the same time there surged upon me an intolerable depression, together with a multitude of sensations which I despair of conveying in language. My very sense of space was distorted and deformed as if some unknown dimension had somehow been mingled with those, familiar to us. There was a feeling of dreadful and measureless descent, as if the floor were sinking beneath me into some nether pit; and I seemed to pass beyond the room in a torrent of swirling, hallucinative images, visible but invisible, felt but intangible, and more awful, more accurst than that hurricane of lost souls beheld by Dante.
Down, down, I appeared to go, in the bottomless and phantom hell that was impinging upon reality. Death, decay, malignity, madness, gathered in the air and pressed me down like Satanic incubi in that ecstatic horror of descent. I felt that there were a thousand forms, a thousand faces about me, summoned from the gulfs of perdition. And yet I saw nothing but the white face of Averaud, stamped with a frozen and abominable rapture as he fell beside me.
Like a dreamer who forces himself to awaken, he began to move away from me. I seemed to lose sight of him for a moment in the cloud of nameless, immaterial horrors that threatened to take on the further horror of substance. Then I realized that Averaud had turned off the switch, and that the oscillating hammers had ceased to beat on those infernal gongs. The double shaft of shadow faded in mid-air, the burden of terror and despair lifted from my nerves and I no longer felt the damnable hallucination of nether space and descent.
'My God! ' I cried. 'What was it?' Averaud's look was full of a ghastly, gloating exultation as he turned to me.
'You saw and felt it, then?' he queried — 'that vague, imperfect manifestation of the perfect evil which exists somewhere in the cosmos? I shall yet call it forth in its entirety, and know the black, infinite, reverse raptures which attend its epiphany.'
I recoiled from him with an involuntary shudder. All the hideous things that had swarmed upon me beneath the cacophonous beating of those accursed gongs, drew near again for an instant; and I looked with fearful vertigo into hells of perversity and corruption. I saw an inverted soul, despairing of good, which longed for the baleful ecstasies of perdition. No longer did I think him merely mad: for I knew the thing which he sought and could attain; and I remembered, with a new significance, that line of Baudelaire's poem — 'The hell wherein my heart delights.'
Averaud was unaware of my revulsion, in his dark rhapsody. When I turned to leave, unable to bear any longer the blasphemous atmosphere of that room, and the sense of strange depravity which emanated from its owner, he pressed me to return as soon as possible.
'I think,' he exulted, 'that all will be in readiness before long. I want you to be present in the hour of my triumph.'
I do not know what I said, nor what excuses I made to get away from him. I longed to assure myself that a world of unblasted sunlight and undefiled air could still exist. I went out; but a shadow followed me; and execrable faces leered or mowed from the foliage as I left the cypress-shaded grounds.
For days afterward I was in a condition verging upon neurotic disorder. No one could come as close as I had been to the primal effluence of evil, and go thence unaffected. Shadowy noisome cobwebs draped themselves on all my thoughts, and presences of unlineamented fear, of shapeless horror, crouched in the half-lit corners of my mind but would never fully declare themselves. An invisible gulf, bottomless as Malebolge, seemed to yawn before me wherever I went.
Presently, though, my reason reasserted itself, and I wondered if my sensations in the black triangular room had not been wholly a matter of suggestion or auto-hypnosis. I asked myself if it were credible that a cosmic force of the sort postulated by Averaud could really exist; or, granting it existed, could be evoked by any man through the absurd intermediation of a musical device. The nervous terrors of my experience faded a little in memory; and, though a disturbing doubt still lingered, I assured myself that all I had felt was of purely subjective origin. Even then, it was with supreme reluctance, with an inward shrinking only to be overcome by violent resolve, that I returned to visit Averaud once more.
For an even longer period than usual, no one answered my knock. Then there were hurrying footsteps, and the door was opened abruptly by Fifine. I knew immediately that something was amiss, for her face wore a look of unnatural dread and anxiety, and her eyes were wide, with the whites showing blankly, as if she gazed upon horrific things. She tried to speak, and made that ghastly inarticulate sound which the mute is able to make on occasion as she plucked my sleeve and drew me after her along the somber hall to the triangular room.
The door was open; and as I approached it, I heard a low, dissonant, snarling murmur, which I recognized as the sound of the gongs. It was like the voice of all the souls in a frozen hell, uttered by lips congealing slowly toward the ultimate torture of silence. It sank and sank till it seemed to be issuing from pits below the nadir.
Fifine shrank back on the threshold, imploring me with a pitiful glance to precede her . The lights were all turned on and Averaud, clad in a strange medieval costume, in a black gown and cap such as Faustus might have worn, stood near the percussive mechanism. The harnmers were all beating with a frenzied rapidity; and the sound became still lower and tenser as I approached. Averaud did not seem to see me: his eyes, abnormally dilated, and flaming with infernal luster like those of one possessed, were fixed upon something in mid-air.
Again the soul-congealing hideousness, the sense of eternal falling, of myriad harpy-like incumbent horrors, rushed upon me as I looked and saw. Vaster and stronger than before, a double column of triangular shadow had materialized and was becoming more and more distinct. It swelled, it darkened, it enveloped the gong-apparatus and towered to the ceiling. The double column grew solid and opaque as ebony; and the face of Averaud, who was standing well within the broad penumbral shadow, became dim as if seen through a film of Stygian water.
I must have gone utterly mad for a while. I remember only a teeming delirium of things too frightful to be endured by a sane mind, that peopled the infinite gulf of hell-born illusion into which I sank with the hopeless precipitancy of the damned. There was a sickness inexpressible, a vertigo of redeemless descent, a pandemonium of ghoulish phantoms that reeled and swayed about the column of malign omnipotent force which presided over all. Averaud was only one more phantom in this delirium, when with arms outstretched in his perverse adoration, he stepped toward the inner column and passed into it till he was lost to view. And Fifine was another phantom when she ran by me to the wall and turned off the switch that operated those demoniacal hammers.
As one who re-emerges from a swoon, I saw the fading of the dual pillar, till the light was no longer sullied by any tinge of that satanic radiation. And where it had been, Averaud still stood beside the baleful instrument he had designed. Erect and rigid he stood, in a strange immobility; and I felt an incredulous horror, a chill awe, as I went forward and touched hirn with a faltering hand. For that which I saw and touched was no longer a human being but an ebon statue, whose face and brow and fingers were black as the Faust-like raiment or the sullen curtains. Charred as by sable fire, or frozen by black cold, the features bore the eternal ecstasy and pain of Lucifer in his ultimate hell of ice. For an instant, the supreme evil which Averaud had worshipped so madly, which he had summoned from the vaults of incalculable space, had made him one with itself; and passing, it had left him petrified into an image of its own essence. The form that I touched was harder than marble; and I knew that it would endure to all time as a testimony of the infinite Medusean power that is death and corruption and darkness.
Fifine had now thrown herself at the feet of the image and was clasping its insensible knees. With her frightful muted moaning in my ears, I went forth for the last time from that chamber and from that mansion. Vainly, through delirious months and madness-ridden years, I have tried to shake off the infrangible obsession of my memories. But there is a fatal numbness in my brain as if it too had been charred and blackened a little in that moment of overpowering nearness to the dark ray of the black statue that was Jean Averaud, the impress of awful and forbidden things has been set like an everlasting seal.

El Devoto Del Mal


Clark Ashton Smith
LA VIEJA CASA de los Larcom era una mansión de tamaño y dignidad considerables, situada entre robles y cipreses, en la colina detrás del barrio chino de Auburn, en lo que una vez fue el barrio aristocrático del pueblo. En el momento en el que escribo, había estado deshabitada durante varios años y estaba comenzando a dar las señales de soledad y mal estado que las casas sin inquilinos pronto empiezan a mostrar.

La casa tenía una historia trágica y se creía que tenía fantasmas. Yo nunca había conseguido informes de primera mano, o precisos, respecto a las manifestaciones espectrales que estaban asociadas con ella. El primer propietario, el juez Peter Larcom, había sido asesinado debajo del techo trasero en la década de los setenta por un cocinero chino loco; una de sus hijas se había vuelto loca; y otros dos de los miembros de su familia habían muerto accidentalmente. Ninguno de ellos había prosperado; su leyenda era una de penas y de desastres.

Algunos de los ocupantes posteriores, quienes habían comprado la casa del hijo superviviente de Peter Larcom, se habían marchado bajo circunstancias de inexplicable premura al cabo de unos meses, mudándose de una manera permanente a San Francisco. No regresaron, ni siquiera para la más breve de las visitas; y, más allá de pagar los impuestos, no prestaron atención alguna a la casa. Todo el mundo había llegado a pensar en ella como en una especie de ruina histórica, cuando llegó la noticia de que había sido vendida a Jean Averaud, de Nueva Orleans. Mi primer encuentro con el señor Averaud resultó extrañamente significativo al revelarme, como no lo hubieran hecho necesariamente años de trato, las peculiares inclinaciones de su mente. Por supuesto, ya estaba al corriente de algunos extraños rumores que corrían en torno a él; su personalidad era demasiado carismática; su llegada, demasiado misteriosa, para escapar a las usuales elucubraciones y cotilleos de los pueblos.

Me habían dicho que era muy rico, que era un solitario del tipo mas extravagante, que había hecho ciertos cambios muy raros en la estructura interna de la vieja casa; y, por último, aunque sin ser lo menos importante, que vivía con una hermosa mulata que nunca hablaba con nadie y de quien se creía era, además de su amante, su ama de llaves. El hombre, en concreto, me había sido descrito por algunos como un lunático raro pero inofensivo, y por otros como un verdadero Mefistófeles.

Le había visto varias veces antes de nuestro encuentro inicial. Era un criollo delgado, de aspecto melancólico, con las marcas de su raza en su mejillas huecas y en sus ojos febriles. Me impresionó su aspecto de inteligencia, y la ardiente manera que tenía de fijar la mirada de un hombre que está dominado por una única idea que excluye todo lo demás. Algún alquimista medieval que se creyese a punto de alcanzar su objetivo después de muchos años de búsqueda incansable, podría haber tenido el aspecto que él tenía.

Un día, me encontraba en la biblioteca de Auburn cuando Averaud entró. Había cogido un periódico de una de las mesas, y estaba leyendo los detalles de algún crimen atroz..., el asesinato de una mujer junto a sus dos hijos pequeños por el padre y marido, quien había encerrado a sus víctimas en un armario ropero, después de empapar las prendas con gasolina. Había dejado el cordón del delantal de la mujer saliendo de la puerta cerrada y lo había prendido como si fuese una especie de mecha.

Averaud se detuvo ante la mesa en que yo estaba leyendo. Levanté la vista y le vi leyendo los titulares del periódico que yo sostenía. Un momento más tarde, regresó, se sentó junto a mí y me dijo en voz baja:

—Lo que interesa en un crimen de esta clase es la sugerencia de una fuerza sobrehumana actuando detrás. ¿Podría algún hombre, por iniciativa propia, haber planeado y ejecutado algo tan demoniaco?

—No lo sé —repliqué, algo sorprendido ante la pregunta y por quién me la hacía—. Hay profundidades terroríficas en la naturaleza humana..., más terribles que las de la jungla.

—Estoy de acuerdo. Pero ¿cómo semejantes impulsos, desconocidos para los más brutales ancestros del hombre, pueden haberse implantado en su naturaleza, a no ser a través de una agencia ulterior?

—¿Cree usted, entonces, en la existencia de una fuerza o entidad del mal..., en un Satán o en un Ahrimán?

—Creo en el mal. ¿Como podría ser de otra manera, cuando veo sus manifestaciones por todas partes? Lo considero un poder que lo controla todo; pero no creo que sea un poder personal, en el sentido que nosotros entendemos la personalidad. ¿Un Satanás? No. Lo que yo imagino es una especie de vibración oscura, la radiación de un sol negro, un centro de épocas malignas..., una radiación que puede penetrar como cualquier otro rayo... y quizá más profundamente. Pero, probablemente, no me estoy explicando en absoluto.

Protesté diciendo que le entendía; pero, después de su explosión comunicativa, parecía extrañamente desinteresado en continuar con la conversación. Evidentemente, se había visto impulsado a dirigirse a mí; y, de una manera no menos evidente, lamentaba haberse expresado con tanta libertad. Se levantó, pero, antes de marcharse, me dijo:

—Soy Jean Averaud. Quizá usted haya oído hablar de mí. Usted es Philip Hastane, el novelista. He leído sus libros y los admiro. Venga usted a verme en algún momento... Puede que tengamos ciertos gustos e ideas en común.

La personalidad de Averaud, los conceptos que había expuesto, y el intenso interés y valor que había dado a estos conceptos, causaron una singular impresión en mi mente, y no pude olvidarle. Cuando, unos días más tarde, me lo encontré en la calle, y repitió su invitación con una cordialidad que era sincera y sin fingimientos, no pude por menos que aceptar. Estaba interesado, aunque no por completo atraído, por su extraña personalidad morbosa, e impulsado por un deseo de saber algo más concerniente a él. Parecía un misterio de un orden fuera de lo común..., un misterio con elementos de lo

anormal y de lo sobrenatural.

Los contornos de la vieja mansión Larcom estaban tal y como los recordaba, aunque no había tenido ocasión recientemente para pasar cerca de ellos. Eran una verdadera jungla de rosales, madroños, lilas y enredaderas bajo la sombra de los grandes cipreses y los sombríos robles perennes. Había un salvaje encanto, medio siniestro en su torno..., el encanto del deterioro y de la ruina. Nada se había hecho para arreglar los viejos jardines, y no había señales de reparaciones externas de la casa, donde la pintura blanca de años anteriores estaba siendo reemplazada lentamente por musgos y líquenes que florecían debajo de la eterna sombra de los árboles. Había señales de deterioro en el techo y en las columnas del porche de la entrada; y me pregunté por qué el propietario, que tenía fama de ser tan rico, no había realizado ya las necesarias restauraciones.

Levanté la aldaba con forma de gárgola y la dejé caer con un sonido metálico lúgubre y apagado. La casa permaneció en silencio; y yo estaba a punto de levantar la aldaba de nuevo, cuando la puerta se abrió lentamente y vi, por primera vez, a la mulata sobre la que me habían llegado tantos rumores del pueblo.

La mujer era más exótica que hermosa, con finos ojos tristes y facciones de color de bronce de una irregularidad seminegroide. Su tipo era, sin embargo, verdaderamente perfecto, con las líneas curvadas de una lira y la gracia ágil de algún animal felino. Cuando pregunté por Jean Averaud, ella se limitó a sonreír y me hizo señales para que entrase. Supuse al instante que era muda.

Esperando en la tenebrosa biblioteca, no pude resistir la tentación de mirar los libros con los que estaban abarrotadas las estanterías. Eran un tremendo revoltijo de volúmenes que trataban sobre antropología, religiones, demonología, ciencias modernas, historia, psicoanálisis y ética. Salpicados entre éstos, había algunas novelas y libros de poesía, la monografía de Breau sobre el maniqueísmo estaba flanqueada con Poe y Byron, y Las flores del mal empujaba a un reciente tratado de química.

Averaud entró al cabo de unos minutos, disculpándose profusamente por su retraso. Me dijo que se había encontrado en medio de ciertos trabajos cuando yo había llegado; pero no especificó la naturaleza de los mismos. Parecía todavía más animado y con la mirada más ardiente que la última vez que le había visto. Estaba claramente alegre de verme y deseoso de hablar.

—Has estado mirando mis libros —comentó inmediatamente—, aunque puede que no lo pienses así a primera vista, a causa de su aparente diversidad. Lo he seleccionado con un único objetivo: el estudio del mal en todos los aspectos antiguo, medieval y moderno. Lo he estudiado en todas las religiones y en todas la demonologías de todos los pueblos; y, lo que es más, en la propia historia de la humanidad. Lo he encontrado en la inspiración de los poetas y de los novelistas que han tratado con los impulsos más oscuros del hombre, sus emociones y sus actos. Tus novelas me han interesado por este motivo: eres consciente de las fuertes influencias que nos rodean y que, tan a menudo, nos influyen o nos dominan He seguido la actuación de estos agentes, incluso en las reacciones químicas, en el crecimiento y en la decadencia de los árboles, flores y minerales. Siento que los procesos de descomposición, así como procesos mentales y morales análogos, son debidos por completo a éstos. En resumen, he postulado una maldad monística que es la única fuente de toda la muerte, el deterioro, el dolor, la pena, la locura y la enfermedad. Este mal, tan débilmente opuesto por las fuerzas del bien, me fascina sobre todas las cosas. Desde hace mucho tiempo, la obra de mi vida ha sido determinar su verdadera naturaleza, y retroceder hasta su fuente. Estoy seguro de que en algún lugar del espacio está un centro desde el que emana todo el mal.

Hablaba con un aire de salvaje emoción, de intensidad morbosa como de loco. Su obsesión me convenció de que estaba más o menos desequilibrado; pero había una lógica blasfema en el desarrollo de sus ideas; y no podía por menos que reconocer una cierta desordenada brillantez y profundidad intelectual.

Sin esperar mi respuesta, continuó con su monologo:

—He descubierto que ciertos lugares y edificios, ciertos arreglos de objetos naturales o artificiales, son más favorables para la recepción de influencias maléficas que otros. Las leyes que determinan el grado de receptividad aún me resultan oscuras; pero al menos he verificado el propio hecho en cuestión. Como tú sabes, hay casas y vecindarios que son famosos por una sucesión de crímenes y desgracias; y además hay objetos, como ciertas joyas, cuya posesión viene acompañada del desastre. Tales lugares y objetos son receptáculos del mal... Mantengo, sin embargo, una teoría: que hay siempre un grado, mayor o menor, de interferencia con la corriente de fuerza maligna; y que la maldad, pura y absoluta, está aún por manifestarse. Mediante el uso de un determinado artilugio que pudiese crear un campo adecuado o formar una estación receptora, debería ser posible invocar esta maldad absoluta. Bajo condiciones semejantes, estoy seguro de que la vibración oscura podría volverse visible y tangible, comparable a la luz o a la electricidad —me lanzó una mirada que resultaba desconcertantemente exigente. Entonces añadió:

—Debo confesar que adquirí esta vieja mansión principalmente por su siniestra historia. El lugar parece ser inusualmente susceptible a las influencias a las cuales me refiero. Estoy ahora trabajando en un aparato por medio del cual tengo la esperanza de que, cuando esté terminado, haré manifestarse en su esencial pureza las radiaciones de la fuerza maligna.

En ese momento, la mulata entró y atravesó el cuarto ocupada en alguna tarea doméstica. Pensé que lanzaba a Averaud una mirada llena de cariño maternal, vigilancia y ansiedad. Él, por su parte, apenas parecía darse cuenta de su presencia, tan concentrado estaba en sus extrañas ideas y en el extraño proyecto en que se había embarcado.

Sin embargo, cuando ella se hubo marchado, comentó:

—Ella es Fifine, el único ser humano que realmente está unido a mí. Es muda, pero muy inteligente y cariñosa. Todos mis parientes, una vieja familia de Louisiana, hace tiempo que han muerto..., y mi esposa está doblemente muerta para mí —un oscuro espasmo de dolor contrajo sus facciones y desapareció. Continuó con su monólogo; y en ningún momento futuro volvió a referirse a la historia, presumiblemente trágica, a la que había hecho alusión; una historia en la que sospecho estaba enterrada la semilla de la extraña perversión, mental y moral, que iría manifestando cada vez más.

Me marché, después de prometer retornar para otra charla. Por supuesto, consideré a Averaud un loco; pero su locura era de una variedad de lo más raro y pintoresco. Parecía significativo que me hubiese elegido como confidente. Todos los demás que le conocieron le encontraron taciturno y poco comunicativo en un grado extremo. Supongo que sentía la necesidad humana ordinaria de desahogarse con alguien; y me seleccionó a mí como la única persona en el vecindario que podría mostrarse potencialmente comprensiva.

Le vi varias veces durante el mes siguiente. Era en verdad un auténtico caso clínico en psicología; y le di ánimos para que hablase sin reservas, aunque tales ánimos apenas resultaban necesarios.

Me contó muchas cosas..., una extraña mezcla de lo científico y lo místico. Educadamente, le di la razón a todo lo que decía, pero me aventuré a llamarle la atención sobre los posibles peligros de su experimento en la invocación, si éste se viese coronado con el éxito. A lo que replicó, con la fe de un alquimista o de un devoto religioso, que no importaba..., que estaba preparado para aceptar cualquiera de las posibles consecuencias, o todas las que hubiese.

En más de una ocasión, me dio a entender que sus experimentos estaban progresando favorablemente. Y, un día, me dijo abruptamente:

—Si te apetece verlo, te mostraré mi mecanismo.

Contesté que estaba ansioso de verlo, y me condujo a un cuarto al que no me había admitido hasta aquel momento.

La habitación era grande, de forma triangular, y decorada con cortinajes de un apagado tejido la negro. No tenía ventanas. Claramente, la estructura interna de la casa había sido alterada al construirla; y las extrañas historias del pueblo, comenzando por los carpinteros que habían sido contratados para hacer la obra, estaban ahora aclaradas. Exactamente en el centro del cuarto, se levantaba, sobre un trípode bajo de bronce, el aparato al que Averaud se había referido tan a menudo.

El artilugio era de aspecto fantástico y tenía la apariencia de un nuevo, y muy complicado, instrumento musical. Recuerdo que había muchos alambres de anchura variable, estirados sobre una serie de tableros cóncavos de un metal oscuro y sin brillo; y, por encima de éstos, colgaban, desde tres barras horizontales, cierto número de gongos, cuadrados y triangulares. Cada uno de éstos parecía estar hecho con un material diferente; algunos eran tan brillantes como el oro, otros eran negros y opacos como el carbón. Un pequeño instrumento con forma de martillo colgaba enfrente de cada gongo sujeto por un alambre de plata.

Averaud procedió a desarrollar la base científica de su mecanismo. Las propiedades vibracionales de los gongos estaban diseñadas para neutralizar, según dijo, con el tono de sus sonidos, todas las otras radiaciones cósmicas que no fuesen las del mal. Desarrolló bastante su extravagante teorema, de una manera extrañamente lúcida. Terminó su perorata:

—Necesito otro gongo para terminar mi mecanismo, y éste espero inventarlo muy pronto. El cuarto triangular, forrado de negro y sin ventanas, constituye el entorno ideal para mi experimento. Aparte de este cuarto, no me he atrevido a hacer ningún otro cambio en la casa ni en sus jardines, por miedo de hacer peligrar algún elemento propicio o algún arreglo de objetos.

Consideré, más que nunca, que se trataba de un demente. Y, pese a haber manifestado en múltiples ocasiones aborrecer la maldad que planeaba invocar, noté una especie de fanatismo inverso en su postura, que en alguna época menos científica le habría convertido en un adorador del diablo, un participante en las abominaciones de la misa negra; o se habría entregado al estudio, y a la práctica, de la hechicería. Era un alma religiosa que había fracasado a la hora de encontrar el bien en el esquema de las cosas; y, a falta de éste, se había visto obligado a tomar el mal como un objeto de secreta reverencia.

—Me temo que piensas que soy un desequilibrado —comentó con un fogonazo de repentina clarividencia—. ¿Te gustaría ver un experimento? Aunque mi invento no esté acabado, puede que te convenza de que mi idea no es por completo la fantasía de una mente desequilibrada.

Yo accedí. Apagó las luces del cuarto oscuro. Entonces, se dirigió a una esquina de la pared y apretó un mecanismo o un interruptor oculto. Los alambres de los que estaban colgados los pequeños martillos comenzaron a oscilar, hasta que cada uno de los martillos tocó ligeramente el gongo que le acompañaba. El sonido que produjeron resultaba disonante e inquietante en grado sumo..., una percusión diabólica completamente distinta a nada que yo hubiese escuchado hasta aquel momento, y que resultaba exquisitamente dolorosa para los nervios. Me sentí como si un torrente de cristal, finamente machacado, estuviese siendo vertido por mis oídos.

El golpear de los martillos se volvió más rápido y más fuerte; pero, para mi sorpresa, no hubo un incremento correspondiente en el volumen del sonido. Por el contrario, el clamor se fue apagando lentamente, hasta que fue un tono sumergido que parecía emanar de una inmensa profundidad o distancia..., un tono sumergido lleno de inquietud y de tormento, como el llanto de un lejano viento del infierno, o el murmullo de fuegos demoniacos en las costas de un hielo eterno.

Dijo Averaud a mi costado:

—Hasta cierto punto, las notas combinadas de los gongos quedan fuera del campo auditivo humano en su tono. Con la audición de la campana final, incluso menos sonido resultará audible. Cuando estaba intentando digerir esta difícil idea, noté una disminución parcial de la luz encima de los trípodes y de sus extraños aparatos. Un rayo vertical de débil sombra, rodeado de una penumbra aún más débil, se estaba formando en el aire. El propio trípode, y los cables, los gongos y los martillos, estaban ahora un poco desdibujados, como vistos por un oscuro velo. El rayo central y la penumbra parecieron ensancharse; y, bajando la vista al suelo, donde la otra penumbra, ajustándose a las siluetas del cuarto, se arrastraba hasta las paredes, vi cómo Averaud y yo estábamos ahora dentro de su fantasmal triángulo.

Al mismo tiempo, sentí una tristeza insoportable, junto con una multiplicidad de sensaciones que desesperaban a la hora de transmitir por medio del lenguaje. Mi propio sentido del espacio se vio deformado y distorsionado, como si alguna dimensión desconocida se hubiese visto mezclada con la que nos es familiar a nosotros. Había una sensación de terrible caída sin fondo, como si el suelo se estuviese hundiendo por debajo de mí en un foso exterior; y me pareció ir más allá del cuarto en un torrente de revueltas imágenes alucinógenas, visibles pero invisibles, sentidas pero intangibles, y más terribles y más malditas que aquel huracán de almas réprobas que Dante contemplara.

Abajo, abajo, me parecía dirigirme, en un infierno sin fondo y fantasmal que estaba infringiendo la realidad. La muerte, la decadencia, la maldad y la locura se amontonaron en el aire y me acosaron como íncubos satánicos en el éxtasis del horror de aquella caída. Sentí que había un millar de formas, un millar de rostros en mi torno, llamándome a las simas de perdición. Y, sin embargo, no vi nada que no fuese el rostro blanco de Averaud, marcado con un gozo congelado y abominable mientras se colocaba a mi lado.

Como un soñador que se obliga a despertar, empezó a alejarse de mí, me pareció perderle de vista durante un momento en la niebla de horrores sin nombre que amenazaban con adquirir el horror adicional de la sustancia. Entonces me di cuenta de que Averaud había apagado el interruptor, y los martillos oscilantes habían dejado de golpear aquellos gongos infernales. El doble rayo de sombra se desvaneció en mitad del aire, la carga del terror y de la desesperación se levantó de mis nervios, y ya no sentí esa maldita alucinación de la caída y del espacio exterior.

—¡Dios mío! —grité—. ¿Qué fue eso?

La mirada de Averaud estuvo llena de una repugnante exaltación en el triunfo cuando se volvió hacia mi.

—Entonces, ¿lo viste y lo sentiste? —preguntó—, ¿esa vaga e imperfecta manifestación del mal perfecto que existe en algún lugar del cosmos? Aún habré de llamarla completa, y conocer los negros e infinitos placeres inversos que acompañan a su epifanía.

Me aparté de él con un temblor involuntario. Todas las cosas repugnantes que se habían abalanzado sobre mí bajo el golpeteo cacofónico de aquellos malditos gongos volvieron a acercarse durante un instante; y miré, con un vértigo lleno de miedo, en infiernos de perversidad y de corrupción. Vi un alma invertida, desesperada de alcanzar el bien, que ansiaba los gozos terribles de la perdición. Ya no le consideré simplemente como un loco; porque sabia qué era lo que buscaba y qué podía obtener, y recordé, con un nuevo sentido, aquel verso de un poema de Baudelaire... “El infierno en el que mi corazón se deleita”.

Averaud no se daba cuenta de mi asco, sumido en su rapsodia tenebrosa. Cuando me di la vuelta para marcharme, incapaz de soportar por más tiempo la blasfema atmósfera de aquel lugar, y la sensación de extraña depravación que emanaba de su propietario, me pidió que volviese tan pronto como fuese posible.

—Creo —dijo exultante— que todo estará listo en breve. Quiero que te encuentres presente durante la hora de mi triunfo.

No sé qué le dije, ni qué excusas empleé para alejarme de él. Ansiaba asegurarme de que un mundo de sol sin sombras y de aire limpio podía aún subsistir. Yo me marché, pero una sombra me siguió; y rostros execrables se burlaban o hacían muecas desde el follaje mientras abandonaba los jardines sombreados por cipreses.

Durante los días que siguieron, me encontré en un estado rayano con la alteración neurótica. Nadie podía haberse aproximado tanto como yo lo hice al efluvio primordial del mal, y alejarse sin cicatrices. Apestosas telarañas de sombras envolvieron mis pensamientos, y presencias de miedos sin rasgos, de horror sin forma, se agazapaban en las oscuras esquinas de mi mente, pero nunca se manifestaban por completo. Una sima sin fondo, tan insondable como el Malebolge, parecía abrirse por debajo de mí en todos los lugares adonde iba.

A pesar de todo, mi razón volvió a imponerse, y me pregunté si mis sensaciones en el negro cuarto triangular no habían sido por completo un producto de la sugestión o de la autohipnosis. Me pregunté a mí mismo si resultaba creíble que una fuerza cósmica, de la clase que Averaud postulaba, pudiera realmente existir; o, suponiendo que existiese, pudiese ser invocada por cualquier hombre mediante la absurda intermediación de un instrumento musical. Los terrores nerviosos de mi experiencia se desvanecieron un poco en mi recuerdo; y, aunque aún permanecía una molesta incertidumbre, me aseguré a mí mismo que todo lo que había experimentado era puramente subjetivo en su origen. Incluso entonces, fue con una suprema desgana, con un retroceso interior que sólo pudo ser vencido mediante una firme decisión, que me decidí a visitar de nuevo a Averaud.

Durante un periodo aún más largo de lo normal, nadie contestó a mi aldabonazo. Entonces, sonaron pasos apresurados, y la puerta fue abierta violentamente por Fifine. Supe inmediatamente que algo andaba mal, porque su rostro tenía una expresión de temor y ansiedad sobrenaturales, con los ojos desorbitados, y los blancos visibles sin expresión, como si hubiese contemplado cosas horribles. Ella intentó hablar, e hizo ese repugnante sonido inarticulado del que el mudo es capaz en ciertas ocasiones, mientras tiraba de mi manga y me conducía a lo largo del tenebroso pasillo hacia el cuarto triangular.

La puerta estaba abierta; y, mientras me acercaba, escuché un murmullo bajo disonante y enmarañado que reconocí como el sonido de los gongs. Era como el sonido de todas las voces de un infierno congelado, emitidas por labios que estuviesen congelándose lentamente hacia la tortura definitiva del silencio. Se hundió y se hundió hasta que parecía que estaba surgiendo desde los fosos por debajo de la nada.

Fifine retrocedió en el umbral, implorándome con una mirada patética que la precediese. Las luces estaban todas encendidas; y Averaud, ataviado con un raro atuendo medieval, consistente en una túnica negra y un gorro como los que Fausto podía haber tenido puestos, estaba de pie junto al mecanismo percusivo. Los martillos estaban todos repicando con rapidez frenética; y el sonido se volvió todavía más bajo y más frenético mientras me acercaba. Averaud no pareció verme: sus ojos, anormalmente dilatados, y ardiendo con un brillo infernal como de alguien poseído, estaban fijos en algo en mitad del aire.

De nuevo con toda su asquerosidad capaz de congelar el alma, la sensación de eterna caída, una miríada de horrores que caían como arpías, mientras yo miraba me daba cuenta de qué era lo que veía. Más ancha y más fuerte que antes, una doble columna de sombras triangulares se había materializado y se estaba volviendo cada vez más concreta. Se hinchaba, crecía envolviendo el aparato del gongo y alzándose hasta el techo. La columna interior se volvió tan sólida y opaca como el ébano; y el rostro de Averaud, que estaba de pie en el interior de su sombra tenebrosa, se volvió borroso, como visto por una película de agua estigia. Debí volverme completamente loco durante un rato. Tan sólo recuerdo un hirviente delirio de cosas demasiado terribles como para ser soportadas por una mente cuerda, que habitaban aquel infinito abismo de ilusiones infernales en el que me hundí con la terrible precipitación de los réprobos. Había una enfermedad inexpresable, un vértigo de irredimible descenso, un pandemónium de siniestros fantasmas que retrocedían y se inclinaban en torno a la columna de maligna fuerza omnipotente que lo presidía todo. Averaud era tan sólo otro fantasma mas en medio de este delirio, cuando, con sus brazos estirados en una perversa adoración, avanzó hacia la columna interior y penetró en ella hasta quedar oculto a la vista. Y Fifine fue otro fantasma cuando corrió a mi lado en la pared y apagó el interruptor que accionaba aquellos martillos demoniacos.

Como alguien que sale de un mareo, vi desvanecerse el pilar doble hasta que la luz ya no estuvo manchada con la corrupción de aquella radiación satánica. Y, en el lugar en que había estado, Averaud se hallaba de pie junto al instrumento que había diseñado. Estaba erguido y rígido, en una extraña inmovilidad; y sentí un terror incrédulo, un pasmo helado, mientras avanzaba y le tocaba con mano temblorosa. Porque aquello que yo había tocado ya no era un ser humano, sino una estatua de ébano, cuya cara, frente y dedos eran tan negros como el atavío, propio de Fausto, o las oscuras cortinas. Carbonizados por un fuego negro, o congelados por un negro cierzo, las rasgos tenían el éxtasis y el dolor eterno de Lucifer en su definitivo infierno de hielo. Durante un instante, el mal supremo que Averaud había adorado tan locamente, que había invocado desde las profundidades de un espacio incalculable, se había unido con él mismo; y, al abandonarle, le había dejado petrificado en una imagen de su propia esencia. La forma que yo toqué era más dura que el mármol; y supe que perduraría para siempre como testimonio del poder de la medusa que son la muerte, la corrupción y las tinieblas.

Fifine se había arrojado a los pies de la imagen y abrazaba sus insensibles rodillas. Con sus terribles lamentos de muda en mis oídos, partí por última vez de aquella habitación y de aquella casa.

Vanamente, a lo largo de meses de delirio y años de locura, he intentado alejar de mí la intangible obsesión de mis recuerdos. Pero hay un fatal atontamiento en mi cerebro, porque yo también he sido quemado y carbonizado un poco en aquel momento de abrumadora proximidad al rayo oscuro que vino del abismo más allá del universo.

En mi mente, al igual que sobre la negra estatua que fuera Jean Averaud, la marca de una cosa, terrible y prohibida, ha sido impresa como un sello perdurable.


The Devotee Of Evil, III—X—1930

(Stirring Science Stories, II—41. The Abominations Of Yondo, II—60)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

El Planeta De Los Muertos


Clark Ashton Smith
DE PROFESIÓN, Francis Melchior era anticuario; por vocación, era astrónomo. De esa manera se esforzaba para calmar, si no para satisfacer, dos necesidades de un temperamento complejo y raro. A través de su oficio, gratificaba, hasta cierto punto, su ansia de todas las cosas que hubiesen estado sumergidas bajo las sombras funerarias de edades muertas, en las llamas de oscuro ámbar de soles que hacia largo tiempo que se habían puesto; por todas las cosas que tienen en torno suyo el misterio irresoluble del tiempo pretérito.

Y, a través de su vocación, encontró un camino despejado a reinos exóticos en el espacio exterior, a las únicas esferas en las que su imaginación podía vagar en libertad y sus sueños podían quedar satisfechos.

Porque Melchior era uno de aquellos que han nacido con un asco incurable a todo lo que es actual o cercano, uno de aquellos que han bebido demasiado poco del olvido y no han olvidado por completo las glorias trascendentes de otras épocas, y los mundos de los que fueron exiliados por su nacimiento humano; así que sus pensamientos, furtivos e incansables, y sus anhelos, vagos e insaciables, vuelven oscuramente a las costas desaparecidas de una perdida herencia.

Para alguien así, la Tierra es demasiado estrecha, y la extensión del tiempo de los mortales, demasiado breve; y la pobreza y la esterilidad están por todas partes; y por doquier es su destino una infinita fatiga.

Con una predisposición que de ordinario resulta tan fatal para las facultades de hacer negocios, fue verdaderamente notable que Francis Melchior hubiese prosperado absolutamente en los suyos. Su amor por las cosas antiguas, por los jarrones raros, cuadros, mobiliario, joyas, ídolos y estatuas, le hacían estar más dispuesto a comprar que a vender; y sus ventas eran a menudo una fuente de dolor y arrepentimientos secretos. Pero, de alguna manera, a pesar de todo, había logrado adquirir un cierto grado de comodidad material. Por naturaleza, tenía algo de solitario y era considerado generalmente como un excéntrico. Nunca se había preocupado de casarse; no había tenido amigos íntimos, y le faltaban muchas de las inquietudes que, a los ojos del hombre de la calle, se supone que caracterizan a un ser humano normal.

La pasión de Melchior por las antigüedades y su afición a las estrellas procedían ambas de los días de su infancia.

Ahora, al cumplir treinta y un años, con un desahogo y una prosperidad crecientes, había convertido el balcón superior de su casa aislada de las afueras, que se levantaba en la cima de una colina, en un observatorio amateur.

Aquí, con un nuevo y poderoso telescopio, estudiaba los cielos veraniegos noche tras noche. Él poseía escaso talento y poca afición por esas recónditas ecuaciones matemáticas que forman una parte tan importante de la astronomía ortodoxa; pero tenía una comprensión intuitiva de las inmensas extensiones estelares, una sensibilidad mística para todo aquello que se encuentre en el espacio exterior.

Su imaginación vagabundeaba y se aventuraba entre los soles y las nebulosas; y, para él, cada nimio brillo en el telescopio parecía contar su propia historia e invitarle a su propio reino de fantasía ultramundana. No estaba especialmente preocupado con los nombres que los astrónomos han dado a cada estrella y a cada constelación; pero, de todos modos, cada una de ellas poseía para él una identidad individual que no podía confundirse con la de ninguna otra.

En particular, Melchior se sentía atraído por una diminuta estrella en una extensa constelación al sur de la Vía Láctea. Apenas podía distinguirse a simple vista; e, incluso por su telescopio, daba la impresión de una soledad y un apartamiento cósmicos como no había sentido ante otro orbe. Le atraía más que los planetas rodeados de lunas o las estrellas de primera magnitud con sus aureolas espectrales y ardientes; y volvía a ella una y otra vez, abandonando, por este solitario punto de luz, la maravilla de los múltiples anillos de Saturno y la zona nublada de Venus y los intrincados anillos de la gran nebulosa de Andrómeda.

Meditando durante muchas medianoches sobre la atracción que la estrella ejercía sobre él, Melchior razonó que su estrecho rayo era la emanación completa de un sol y, quizá, de un sistema planetario; que el secreto de mundos extraños y puede que hasta algo de su historia estaba implícito en aquella luz, si tan sólo uno fuese capaz de leer la historia. Y ansiaba comprender y conocer la tenuemente hilada hebra de afinidad que atraía su atención sobre este mundo en particular. En cada ocasión en que miraba, su cerebro era tentado por oscuras pistas de una belleza y unas maravillas que estaban aún un poco más allá de sus más audaces fantasías, de sus sueños más incontrolados.

Y, cada vez, le parecía que estaban una pizca más cerca, y más accesibles que antes. Y una extraña e indeterminada expectativa comenzó a mezclarse con la avidez que impulsaba sus visitas de cada noche al balcón.

Cierta medianoche, cuando estaba mirando a través del telescopio, le pareció que la estrella era un poco más grande y brillante de lo habitual. Incapaz de explicar esto, la miró más fijamente que nunca, sintiendo una emoción creciente, y fue repentinamente capturado por la antinatural idea de que estaba mirando hacia abajo a un abismo extenso y vertiginoso, más que hacia arriba, a los cielos primaverales. Sintió que el balcón ya no estaba debajo de sus pies, sino que de algún modo se había dado la vuelta; y entonces, de repente, estaba cayéndose directamente sobre el éter, con un millón de truenos y de llamas en torno suyo y tras él. Durante un breve rato, aún le pareció ver la estrella que estaba mirando, lejos en el terrible vacío de oscuridad espantosa; y entonces se olvidó y ya no pudo encontrarla.

Hubo el mareo de un incalculable descenso, y un torrente de vértigo, de velocidad siempre creciente, que no podía soportarse; y, transcurridos momentos o evos (no podía decir qué), los truenos y las llamas se apagaron en una oscuridad definitiva, en un completo silencio; y él ya no supo que estaba cayéndose, y ya no retuvo ningún tipo de inteligencia.





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