Clark Ashton Smith



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Entre esos grupos, vi la aproximación de ciertos seres vivientes que se levantaron de las rocas del medio con la rapidez y ligereza con que saltan los insectos. Parecían tocar levemente el suelo con largos pasos voladores que eran a un tiempo fáciles y abruptos.

Había cinco de esos seres, que, sin duda, habían sido atraídos por la caída del Selenita desde el espacio y estaban acercándose a inspeccionarlo. En unos instantes, se aproximaron a la nave y se detuvieron ante ella con la misma facilidad que había señalado todos sus movimientos.

Lo que realmente eran, yo no lo sé; a falta de otras analogías, debo asimilarlos a los insectos. Parados perfectamente verticales, se levantaban siete pies del suelo. Sus ojos, como ópalos tallados, al final de antenas curvadas protráctiles, se levantaban a la misma altura de la escotilla. Sus miembros increíblemente delgados, sus cuerpos como tallos, comparables a los de las phasmidae, o “bastones andantes”, estaban cubiertos con caparazones verdigrises. Sus cabezas, de forma triangular, estaban flanqueadas por inmensas membranas perforadas, y equipadas con bocas mandibulares que parecían sonreír eternamente.

Creo que me vieron, con aquellos extraños ojos inexpresivos; porque se acercaron más, apoyándose contra la escotilla, hasta el punto de que podría haberles tocado con la mano si la escotilla hubiese estado abierta. Quizá ellos también estaban sorprendidos, porque las delgadas antenas oculares parecían alargarse mientras miraban; y había una extraña agitación de los brazos con caparazón, un temblor de sus bocas cornudas, como sí estuviesen manteniendo una conversación entre ellos.

Después de un rato, se marcharon, desapareciendo rápidamente más allá del horizonte.

Desde entonces, he examinado el Selenita todo lo que me ha sido posible, para establecer los limites del daño. Creo que el casco exterior se ha arrugado, o hasta se ha fundido, porque, cuando me acerqué a la escotilla, vestido con el traje espacial, con la idea de emerger, me encontré con que no podía abrir la tapa. Mi salida de la nave se ha vuelto imposible, ya que carezco de los instrumentos con los que cortar el ancho metal o romper los duros ojos de buey de neocristal. Estoy sellado dentro del Selenita como en una prisión; a su debido tiempo, se convertirá también en mi tumba.
Más tarde. Ya no intentaré siquiera poner fechas a este diario. Es imposible, bajo las circunstancias, mantener ni siquiera un sentido aproximado del tiempo terrestre. Los cronómetros han dejado de funcionar, y su maquinaria se ha visto sacudida por el choque sin esperanza de repararla. Los periodos diurnos de este planetoide son, por lo visto, de nada más que una hora o dos de duración; y las noches son igualmente breves. La oscuridad barrió como un ala el paisaje después de que hubiese terminado de escribir mi última entrada; y, desde entonces, han pasado tantos de esos días y de esas noches efímeros, que he dejado de contarlos. Mi propio sentido de la duración está quedando extrañamente confundido. Ahora que estoy algo acostumbrado a esta situación, los breves días se arrastran con un tedio inconmensurable.

Los seres a los que llamo los bastones andantes han regresado a la nave, viniendo diariamente, y trayendo a puñados y a centenares de sus semejantes. Parece que se corresponden en cierta medida a la humanidad, siendo la forma de vida dominante en este mundo. En la mayoría de las cosas, resultan incomprensiblemente ajenos: pero algunas de sus acciones tienen un remoto parentesco con las de los hombres, y sugieren instintos e impulsos similares.

Evidentemente, sienten curiosidad. Se amontonan en torno al Selenita en grandes números, inspeccionándolo con sus ojos transportados por antenas, tocando el casco y las escotillas con sus atenuados miembros. Creo que están intentando establecer algún tipo de comunicación conmigo. No puedo estar seguro de que emitan sonidos vocales, ya que el casco de la nave esta insonorizado, pero estoy seguro de que los gestos rígidos y parecidos a señales que repiten en un cierto orden ante la escotilla en cuanto me ven, están cargados de un sentido consciente y definido.

También creo detectar una auténtica veneración en su actitud, tal y como sería ofrecida por salvajes a un misterioso visitante de los cielos. Cada día, cuando se agrupan ante la nave, traen curiosas frutas esponjosas y formas de vegetación porosa, que dejan como ofrendas de sacrificio en el suelo. Por sus gestos, parecen implorarme que acepte estas ofrendas.

Aunque resulte extraño, las frutas y los vegetales siempre desaparecen durante la noche. Son comidos por grandes criaturas luminosas voladoras, con alas filiformes, que parecen ser completamente noctámbulas en sus hábitos.

Por supuesto, los bastones andantes creen que yo, el extraño dios de más allá de las estrellas, he aceptado el sacrificio.

Todo es extraño, irreal, inmaterial. La pérdida de la gravedad normal me hace sentirme como un fantasma; y me parece vivir en un mundo de fantasmas. Mis pensamientos, mis recuerdos, mi desesperación... no son más que nieblas que tiemblan al borde del olvido... Y, sin embargo, por una fantástica ironía, ¡me adoran como a un dios!
Han transcurrido innumerables días desde que hice mi última entrada en el diario. Las estaciones del asteroide han cambiado; los días se han vuelto más breves, las noches más largas; y una aridez invernal empapa el valle. Las frágiles enredaderas planas se están marchitando sobre las rocas, y los altos setos de musgos han adquirido tonos de malva y rubios... El sol gira en un arco bajo sobre el horizonte serrado, y su órbita es pequeña y pálida, como si se estuviese alejando en la negra sima entre las estrellas.

Las gentes del asteroide vienen menos a menudo, parecen menores en número, y sus ofrendas en sacrificio son más raras y escasas. Ya no traen frutas como esponjas, sino sólo hongos pálidos y porosos que parecen haber sido cosechados en cavernas.

Se mueven lentamente, como si el frío invernal comenzase a atontarles.

Ayer, tres de ellos se cayeron después de depositar sus regalos, y se quedaron quietos ante la nave. No se han movido, y estoy seguro de que están muertos. Las criaturas luminosas que vuelan de noche han dejado de venir, y los sacrificios permanecen intactos junto a sus portadores.

Lo terrible de mi destino se ha cerrado sobre mí hoy. Ninguno más de los bastones andantes ha acudido Creo que todos han muerto..., las criaturas efímeras de este diminuto mundo que me está llevando con él a un rumbo ártico del sistema solar. Sin duda, sus vidas se corresponden con su verano, con su perihelio.

Pequeñas nubes se han formado en el oscuro aire, y cae nieve como un polvo fino. Siento una tristeza inexpresable con palabras..., una fatiga sobre la que no puedo escribir. El aparato de calefacción del Selenita está todavía en buen estado de funcionamiento.

Pero el frío negro del espacio ha caído sobre mi espíritu.

Extraño..., no me sentía tan completamente solo y abandonado cuando la gente insecto venía cada día. Ahora que ya no vienen, parece que he sido alcanzado por el horror definitivo de la soledad, por el gélido horror de una alienación más allá de la vida. Ya no puedo escribir más, porque me fallan el cerebro y el corazón.


Parece que aún sigo vivo, tras una eternidad de niebla y locura en la nave, de muerte e invierno en el mundo exterior.

Durante este tiempo, no he escrito en el diario; y no sé qué impulso oscuro me impulsa a una práctica tan irracional y fútil.

Creo que es el sol, pasando en un arco más alto y más largo sobre el paisaje muerto, el que me ha llamado de las profundidades de la desesperación. La nieve se ha derretido sobre las rocas, formando pequeños arroyos y charcos de agua; y extraños brotes de plantas están naciendo del suelo arenoso. Mientras las miro, se levantan y se hinchan de un modo visible. Estoy más allá de la esperanza, más allá de la vida, en un extraño vacío; pero veo las cosas como las ve un condenado cautivo que ve los movimientos de la vida más allá de su celda. Despiertan en mí una emoción de la que he olvidado hasta el nombre.
Mis suministros de comida son escasos, y los de aire todavía más escasos. Me da miedo calcular cuánto tiempo más van a durarme. He intentado romper las escotillas de neocristal, utilizando como martillo una llave inglesa grande; pero los golpes, debido en parte a mi propia carencia de peso, son tan inútiles como el toque de una pluma. De todos modos, lo más probable es que el aire exterior fuese demasiado tenue como para ser respirado por seres humanos.

El pueblo de los bastones andantes ha vuelto a aparecer ante la nave. Estoy seguro, por su menor estatura, su color más brillante y el desarrollo inmaduro de ciertos órganos, que representan una nueva generación. Ninguno de mis anteriores visitantes ha sobrevivido al invierno; pero, de alguna manera, los nuevos parecen mirar el Selenita con la misma reverencia y curiosidad que sus mayores. También ellos han empezado a traer regalos de frutas de aspecto insustancial, y dejan flores filiformes bajo el casco... Me pregunto cómo se reproducen, y cómo transmiten sus conocimientos de una generación a otra...

Las enredaderas planas, parecidas a hongos, están ascendiendo por las rocas, están trepando sobre el casco del Selenita. Los jóvenes bastones andantes se reúnen diariamente para adorar, hacen esos gestos enigmáticos que nunca he entendido, y se mueven dando vueltas rápidas en torno a la nave, como en los pasos de una danza hierática... Yo, el perdido y condenado, he sido un dios para dos generaciones. Quizá me sigan adorando después de que haya muerto. Creo que el aire casi se ha acabado..., tengo la cabeza más ligera que de costumbre y siento una extraña constricción en la garganta y en los pulmones...

Quizá esté un poco delirante y haya empezado a imaginarme cosas; pero acabo de notar un extraño fenómeno que no había notado hasta ahora. No sé lo que es. Una delgada niebla como una columna, moviéndose y retorciéndose como una serpiente, con colores opalinos que cambian a cada momento, ha aparecido entre las rocas y comienza a dirigirse hacia la nave. Parece algo vivo..., una entidad vaporosa; y, de alguna manera, es venenosa y hostil. Se desliza hacia adelante, levantándose por encima de la multitud de phasmidae, quienes se han postrado como si tuviesen miedo. Ahora puedo verlo más claramente: es medio transparente, con una red de hebras grises entre sus cambiantes colores; y está estirando un tentáculo largo y tembloroso.

Es alguna forma de vida rara, desconocida para la ciencia terrestre; y ni siquiera puedo conjeturar cuál es su naturaleza y cuáles son sus atributos. Sin duda, acaba de descubrir la presencia del Selenita, y ha sido atraído por la curiosidad, como el pueblo de los bastones andantes.

El tentáculo ha tocado el casco..., ha alcanzado la escotilla detrás de la cual me encuentro escribiendo estas palabras. Las fibras grises en el tentáculo brillan como con un fuego repentino. ¡Dios mío!... Está atravesando la lente de neocristal...


Master Of The Asteroid (The God Of The Asteroid), VI – 1932

Wonder Stories, X – 1932. Strange Ports Of Call, 1948

Tales Of Science And Sorcery, XI – 1964

Los Mundos Perdidos

La Ciudad De La Llama Que Canta


Clark Ashton Smith
PRÓLOGO
HABÍAMOS sido amigos durante más de una década, y conocía a Giles Angarth tanto como nadie podría pretender conocerle. Y, sin embargo, el asunto fue para mí igual de misterioso entonces que para los demás; y continúa siendo un misterio. A veces, pienso que él y Ebbonly lo planearon entre los dos como una enorme burla sin solución; que aun están vivos en alguna parte, y que se están riendo de un mundo que se ha visto gravemente confundido por su desaparición. Y, a veces, elaboro planes, de prueba, para volver a visitar la Colina del Cráter y encontrar, si puedo, los dos pedrejones mencionados en la narración de Angarth como poseedores de un leve parecido con columnas rotas.

Mientras tanto, nadie ha encontrado pista alguna respecto a los hombres desaparecidos ni ha escuchado el rumor más vago concerniente a ellos; y todo el asunto parece que está destinado a permanecer como una incógnita de lo más peculiar y exasperante.

Angarth, cuya fama como escritor de ficción fantástica era ya considerable, había estado pasando el verano en las sierras, y viviendo solo hasta que el artista Félix Ebbonly fue a visitarle. Ebbonly, quien nunca me fue presentado, era famoso por sus pinturas imaginativas, y había ilustrado más de una de las novelas de Angarth. Cuando las personas que estaban pasando el verano cerca se alarmaron ante la ausencia prolongada de ambos hombres y la cabaña fue registrada en busca de una posible pista, un paquete dirigido a mí fue encontrado sobre la mesa; y, a su debido tiempo, lo recibí, después de leer muchas especulaciones en los periódicos concernientes a la doble desaparición. El paquete contenía un pequeño diario encuadernado en cuero, y Angarth había escrito en la primera página:
Querido Hastane:

Si lo deseas, puedes publicar este diario en algún momento. La gente pensará que se trata de la ultima, más descabellada, de mis ficciones..., a no ser que la tomen por una de las tuyas. En cualquiera de los dos casos, dará lo mismo. Adiós.

Atentamente,

Giles Angarth

Publico ahora el diario, que, sin duda, recibirá la acogida que él le pronosticó. Pero yo mismo no estoy tan seguro respecto a si la historia es verdadera o inventada. La única manera de asegurarse es encontrar los dos pedrejones; y cualquiera que haya visto la Colina del Cráter, o que haya vagabundeado sobre sus millas de desierto sembrado de rocas, se dará cuenta de las dificultades de semejante tarea.
EL DIARIO
31 de julio de 1930. Nunca he adquirido la costumbre de llevar un diario..., principalmente, a causa de mi aburrido estilo de existencia, en el cual rara vez ha habido algo que recordar. Pero lo que sucedió esta mañana es tan extravagantemente extraño, tan remoto de las leyes y de los paralelismos mundanos, que me siento impulsado a escribirlo, hasta el punto que me permitan mi inteligencia y habilidad. Además, llevaré una memoria de la posible repetición y continuidad de mi experiencia. Resultará perfectamente seguro, puesto que no es probable que nadie que llegue a leer esta memoria la crea.

Había ido a dar un paseo por la Colina del Cráter, que está más o menos a una milla al norte de mi cabaña, cerca de la cima. Aunque difiere marcadamente en su carácter de los paisajes habituales por los alrededores, es uno de mis lugares favoritos. Está excepcionalmente desnudo y desolado, con poca mas vegetación que girasoles de montaña, arbustos silvestres de grosellas, unos pocos pinos vigorosos inclinados por el viento y ágiles alerces. Los geólogos desmienten su origen volcánico; y, sin embargo, sus crestones de tosca piedra nodular y enormes restos de escombros tienen todo el aspecto de restos de escoria volcánica..., por lo menos, ante mi vista de no científico. Parecen la chatarra y los restos de forjas ciclópeas, vertidas en años prehumanos para enfriarse y endurecerse en formas en las que lo grotesco se da sin límites. Entre ellas, hay piedras que recuerdan bajorrelieves de antigüedad primordial, o pequeños ídolos y figurillas prehistóricas; y otras que parecen haber sido grabadas con las letras de algún alfabeto indescifrable. Inesperadamente, hay un pequeño lago situado a un costado de la larga y seca colina..., un lago que nunca ha sido sondeado. La colina es un extraño interludio entre las planchas de granito y los precipicios, y entre las cañadas y valles cubiertos de abetos de esta región.

Era una mañana clara y sin viento, y me paraba a menudo a contemplar las magníficas perspectivas y el variado paisaje que eran visibles por todas partes... Los muros titánicos de Castle Peak; las rudas masas de Donner Peak, con su paso que la divide, donde crece la cicuta; el azul de las montañas de Nevada, remoto y luminoso, y el suave verde de los sauces en el valle a mis pies. Era un mundo lejano y silencioso, y no podía escuchar otro sonido más que el de las cigarras entre los arbustos de grosellas.

Paseé en zigzag por alguna distancia, y, al llegar a uno de los campos de escombros con los que la colina está sembrada ocasionalmente, empece a registrar el suelo con cuidado; tenía la esperanza de encontrar una piedra con una forma lo bastante peculiar y grotesca como para que valiese la pena guardarla como curiosidad. Yo había encontrado varias semejantes durante mis anteriores vagabundeos.

De repente, llegué a un espacio despejado entre los escombros, en el que nada crecía..., un espacio tan redondo como un anillo artificial. En su centro, había dos pedrejones aislados, extrañamente parecidos en su forma, levantándose a unos cinco pies de distancia. Me paré a examinarlos. Su sustancia, una piedra apagada verde grisácea, parecía ser diferente de cualquier otra en la proximidad; y concebí inmediatamente la extraña, e injustificable, fantasía de que se trataba de los pedestales de columnas que habían desaparecido, gastadas por el paso de años incalculables hasta que sólo quedaban estos extremos hundidos. Ciertamente, la perfecta redondez y uniformidad de los pedrejones era peculiar; y, aunque poseo nociones de geología, no pude identificar su material, liso y esponjoso.

Mi imaginación estaba excitada, y comencé a dejarme llevar por algunas fantasías sobrecalentadas. Pero la más descabellada de éstas era un acontecimiento doméstico en comparación con lo que sucedió cuando di un solo paso adelante, en el espacio vacío justo entre los dos pedrejones.

Intentaré describirlo hasta el límite de mi capacidad; aunque al lenguaje humano le faltan, por naturaleza, las palabras que son adecuadas para la descripción de sucesos y sensaciones que quedan más allá del limite normal de la experiencia humana.

Nada resulta más desconcertante que calcular mal el grado de descenso al dar un paso. Imaginad entonces lo que fue dar un paso adelante en suelo llano y despejado ¡y encontrar el más completo vacío bajo tus pies! Me pareció estar cayéndome a través de un espacio vacío, y, al mismo tiempo, el paisaje alrededor mío desapareció en medio de un remolino de imágenes rotas, y todo se volvió oscuro. Había una sensación de frío intenso, polar, y un vértigo y un mareo indescriptibles se apoderaron de mí, debido, sin duda, a la profunda alteración del equilibrio. Además —ya fuese a causa de la velocidad de mi descenso o por alguna otra razón— era completamente incapaz de tomar aliento. Mis pensamientos y mis ideas estaban completamente confundidos, y la mitad del tiempo me parecía que estaba cayendo hacia arriba en vez de hacia abajo, o que me estaba deslizando diagonalmente en algún ángulo oblicuo. Por fin, tuve la sensación de dar una vuelta completa de campana; y entonces me encontré de nuevo de pie sobre suelo sólido, sin la menor sacudida o vibración a causa del impacto. La oscuridad se levantó de mi vista, pero todavía estaba mareado, y las imágenes ópticas que recibí fueron, durante algunos momentos, completamente carentes de sentido.

Cuando, al cabo, recobré la capacidad de comprender, y fui capaz de contemplar mis contornos con cierta medida de perceptividad, experimenté una confusión mental equivalente a la de un hombre que se hubiese encontrado arrojado sin aviso en la costa de algún planeta extraño. Tenía la misma sensación de encontrarme completamente desorientado y extrañado que, con seguridad, se sentiría en caso semejante..., la misma perplejidad, vertiginosa y abrumadora, la misma horrible sensación de separación de todos los detalles familiares de nuestro entorno, que proporcionan color, forma y definición a nuestras vidas, e incluso determinan nuestras propias personalidades.

Estaba de pie en medio de un paisaje que no se parecía, en ningún grado o manera, a la Colina del Cráter. Un largo y gradual declive, cubierto de hierba violeta, y tachonado, a intervalos, con piedras de tamaños y formas monolíticos, se alejaba undulante de mí en dirección a una ancha llanura con prados, sinuosos y abiertos, y altos bosques señoriales de una vegetación desconocida cuyas tonalidades predominantes eran el púrpura y el amarillo.

La llanura parecía terminar en una muralla impenetrable de niebla de color marrón dorado que se elevaba, en pináculos fantasmas, para disolverse en un cielo de ámbar líquido en el que no había sol.

En primer plano de esta escena sorprendente, a no más de dos o tres millas de distancia, se alzaba una ciudad, cuyas enormes torres y rampantes montañosos eran tales como los que los habitantes de mundos por descubrir podrían edificar. Muralla tras muralla colgante, espira tras espira gigante, se alzaba para hacer frente a los cielos, manteniendo por todas partes las líneas, severas y solemnes, de una arquitectura por completo rectilínea. Parecía abrumar y aplastar a quien la contemplaba con su recia inminencia parecida a la de una montaña.

Mientras contemplaba la ciudad, me olvidé de mi sensación inicial de pérdida sorprendente y alienación, en un pasmo con el cual había mezclado algo de auténtico terror; y, al mismo tiempo, sentí una oscura, pero profunda, atracción, la emanación críptica de algún hechizo esclavizante. Pero, después de que hube mirado durante un rato, la extrañeza cósmica y lo sorprendente de mi impensable situación volvieron a mí; y sólo sentí un deseo salvaje de escapar de la rareza, locamente opresiva, de esta región y de recuperar mí propio mundo. En un esfuerzo para controlar mi agitación, intenté descubrir, si era posible, qué era lo que realmente había sucedido.

He leído cierto número de cuentos transdimensionales..., de hecho, yo mismo he escrito uno o dos; y, a menudo, había considerado la posibilidad de otros mundos, o planos materiales, los cuales podrían coexistir en el mismo espacio que el nuestro, invisibles e impalpables para los sentidos humanos.

Por supuesto, me di cuenta inmediatamente de que había caído en una dimensión semejante. Sin duda, cuando di aquel paso adelante entre los pedrejones, me había visto precipitado en alguna falla o fisura del espacio, para emerger en el fondo de este planeta extraño..., una clase de espacio completamente diferente. Parecía, en cierto sentido, bastante simple..., pero no lo bastante simple como para que su modus operandi fuese otra cosa que un quebradero de cabeza.

En un nuevo esfuerzo para controlarme, estudie mis contornos inmediatos con concienzuda atención. Esta vez, me quedé impresionado por la colocación de las piedras monolíticas de las que he hablado, muchas de las cuales estaban colocadas en dos líneas paralelas en intervalos bastante regulares, como para señalar el curso de una antigua carretera borrada por la hierba púrpura.

Volviéndome para seguir su ascenso, vi, justo detrás de mí, dos columnas, levantándose precisamente con la misma separación que habían tenido los dos extraños pedrejones de la Colina del Cráter ¡y hechos de la misma piedra jabonosa gris verdosa! Los pilares tenían, quizá, unos nueve pies de altura, y habían sido más altos en otro momento, ya que sus partes superiores estaban rotas y astilladas. A no mucha distancia de ellos, la cuesta ascendente desaparecía de la vista en un gran banco de la niebla marrón dorada que envolvía la llanura más remota. Pero no había más monolitos... y parecía como si la carretera terminase en aquellos pilares.

Inevitablemente, comencé a hacer especulaciones en torno a la relación entre las columnas en esta nueva dimensión y los pedrejones de mi propio mundo. Seguramente, el parecido no podía ser fruto de la simple casualidad. Si pasaba a través de las columnas, ¿podría regresar a la esfera humana mediante una inversión de mi caída de aquélla? Y. si así fuese, ¿por qué seres inconcebibles, de un tiempo y un espacio extraños, habían sido colocadas las columnas y los pedrejones, como los portales de un paso entre los dos mundos? ¿Quién podría haber usado aquel paso, y para qué propósito? Mi cerebro daba vueltas ante las infinitas perspectivas de especulación que quedaban abiertas por cuestiones semejantes.




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