Clark Ashton Smith



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Frenéticos esfuerzos fueron realizados para frenar el progreso de la planta por parte de los ejércitos, utilizando bombas y cañones, con riegos letales y con gases; pero todo fue en vano. Por todas partes, la humanidad fue ahogada debajo de las vastas hojas, como las de un omnipresente árbol de veneno, que emitía un olor estupefaciente y narcótico que confería a quienes lo olían una rápida eutanasia.

Pronto, la planta cubrió el globo, porque los mares ofrecían nula o escasa barrera para sus tallos maduros y zarcillos. Cuando el proceso de crecimiento estuvo completo, la chusma antimarciana se había reunido con los grotescos monstruos de tiempos prehistóricos en el limbo del olvido al que van a parar todas las especies que han sido superadas y se han quedado anticuadas. Pero, por clemencia divina del senor planta, la muerte final que alcanzó a los recalcitrantes fue tan tranquila como irresistible.

Stilton y sus colegas consiguieron escapar a la general condena durante un breve tiempo, huyendo en un cohete a la plataforma ártica. Allí, mientras se estaban congratulando de su escape, vieron, a lo lejos en el horizonte, el elevarse de los veloces tallos, debajo del follaje de los cuales, el hielo y la nieve parecían deshacerse en rugientes torrentes. Estos torrentes enseguida se convirtieron en un mar como el del diluvio, en el que los últimos dogmáticos se ahogaron. Sólo así escaparon a la eutanasia de las grandes hojas que había alcanzado a todos sus semejantes.
Seedling of Mars. Fecha: 20 de julio de 1931.

Primera publicación: Wonder Stories Quarterly, final de 1931,

bajo el título The Planet Entity.

Antología original: Tales of Science and Sorcery, Arkham House, Sauk City, Wisconsin, noviembre de 1964. Relato que figura también bajo el nombre de The Martian.



El Laberinto De Maal Dweb
Clark Ashton Smith
A LA LUZ de las cuatro pequeñas lunas menguantes de Xiccarph, Tiglari había atravesado el pantano sin fondo en el cual no habitaba ningún reptil y al que no descendía ningún dragón; pero donde el barro, negro como el betún, se revolvía con continuos movimientos. Él había preferido no utilizar el elevado terraplén de corindón que recorría el marjal, y se había abierto paso con mucho peligro de isla en isla, en las que abundaban las juncias, que temblaban gelatinosamente debajo de él. Cuando alcanzó la costa sólida y el refugio de las palmeras, no se acercó a las escaleras de pórfido que se elevaban hacia el cielo, a través de abismos vertiginosos y escarpados cristalinos, hasta la casa de Maal Dweb. El terraplén y las escaleras estaban vigilados por los autómatas, silenciosos y colosales, de Maal Dweb, cuyos brazos terminaban en hojas de acero con forma de medialuna, hechas de acero forjado, que se levantaban en una siega implacable contra cualquiera que se acercase allí sin el permiso de su amo.

El cuerpo desnudo de Tiglari estaba untado con el jugo de una planta que era repugnante a toda la fauna de Xiccarph. En virtud de ésta, tenía la esperanza de no sufrir daño al avanzar por entre las feroces criaturas simiescas que paseaban libremente por los jardines colgantes del tirano. Llevaba un rollo de fibras de raíces tejidas, fuerte y ligero, contrapesado con una bola de bronce, para utilizarlo trepando a la meseta. Llevaba al costado, en una vaina de piel de quimera, un cuchillo afilado como una aguja que había sido mojado en el veneno de víboras aladas.

Muchos, antes de Tiglari, con el mismo noble sueño de tiranicidio, habían intentado cruzar el pantano y escalar las escarpas. Pero ninguno había vuelto; y el destino de los que habían alcanzado el palacio de Maal Dweb era un problema muy discutido. Pero Tiglari, un hábil cazador de la selva, no había sido frenado por las tremendas incertidumbres ante él.

La ascensión habría sido una hazaña improbable bajo la plena luz de los tres soles de Xiccarph. Con vista tan aguda como la de pterodáctilos que vuelan de noche, Tiglari había arrojado su lazo contrapesado en estrechas colinas y salientes. Trepaba con facilidad simiesca de agarradera en agarradera; y, al cabo, alcanzó una pequeña plataforma antes de la última altura, desde donde le fue fácil arrojar su cuerda a un árbol torcido que se inclinaba al abismo, con follaje como cimitarras, desde los jardines.

Evitando las hojas afiladas y semimetálicas que cortaba para abajo mientras el árbol se doblaba flexible bajo su peso, se puso de pie levantándose con precauciones en la temida y fabulosa meseta.

Aquí, se decía, sin ninguna ayuda humana, el hechicero medio demoniaco había tallado la cima de la montaña en murallas, cúpulas y torres, y había derribado el resto de la montaña en el espacio plano que la rodeaba. Este espacio lo había cubierto con suelo fértil, producido mediante la magia; y, en él, había plantado raros árboles dañinos traídos de otros mundos, junto con flores que podrían ser las de algún infierno exuberante.

Poco se sabía de estos jardines; pero la flora que nacía en los lados norte, sur y este se creía que era un poco menos mortífera que la que hacía frente al nacimiento de los tres soles. Mucha de esta vegetación, de acuerdo con la leyenda, había sido entrenada y modificada en la forma de un laberinto, maligno en su ingenio, que ocultaba trampas atroces y condenas desconocidas. Teniendo en cuenta este laberinto, Tiglari se había acercado al palacio por el lado donde se pone el sol.

Jadeando a causa de su ascensión, se agazapó en las sombras del jardín. En torno a él, pesados capullos descansaban en venenosa languidez o abanicaban con bocas abiertas que exhalaban perfumes narcóticos o difundían un polen de locura. Anómalos, multiformes, con siluetas que helaban la sangre en las venas o tocaban el cerebro con la pesadilla, los árboles de Maal Dweb parecían reunirse y conspirar contra él. Algunos se levantaban con la sinuosa elevación de pitones emplumados o aéreos dragones. Otros se agazapaban con miembros radiales, como las peludas patas de las arañas. Parecían acercarse a Tiglari. Agitaban sus temibles dardos de espinas; sus hojas, como guadañas, borraban las cuatro lunas con redes de amenazadores arabescos.

Con infinita precaución, el cazador se abrió camino adelante, buscando un hueco en el monstruoso seto. Sus facultades, siempre alertas, estaban agudizadas por el odio y el miedo. El miedo no era por él mismo, sino por la muchacha Athlé, su amada y la más hermosa de su tribu, que había subido sola aquella tarde por el terraplén de corindón y las escaleras de pórfido ante la llamada de Maal Dweb. Su odio era el del enamorado indignado ante el todopoderoso y por todos temido tirano, a quien ningún hombre había visto y de cuya morada ninguna mujer volvía; quien hablaba con una voz de hierro audible en las lejanas ciudades y en las remotas junglas; quien castigaba a los desobedientes con una condena de lluvia de fuego más veloz que el relámpago.

Maal Dweb había tomado a las más hermosas de entre todas las doncellas del planeta Xiccarph; y ninguna mansión de las ciudades amuralladas o de las lejanas cavernas estaba exenta de su escrutinio. Había elegido a no menos de cincuenta chicas durante el periodo de su tiranía; y éstas, abandonando a sus amados y a sus familias voluntariamente, no fuese que la cólera de Maal Dweb descendiese sobre ellos, se habían dirigido una a una a la ciudadela de la montaña y se habían perdido tras sus furtivos muros. Allí, como odaliscas del anciano hechicero, se suponía que habitaban en salones que multiplicaban su belleza con mil espejos; y se decía que tenían como sirvientes a mujeres de bronce y a hombres de hierro.

Tiglari había vertido ante Athlé su torpe adoración y los frutos de su caza, pero, teniendo muchos rivales, no estaba muy seguro de su favor. Imperturbable como el lirio del río, ella había aceptado imparcialmente su adoración y la de los demás, entre los cuales el guerrero Mocair era probablemente el más formidable.

Regresando de su cacería, Tiglari había encontrado a su tribu lamentándose; y, al descubrir que Athlé había partido al harén de Maal Dweb, se dio prisa en seguirla. No había dicho sus intenciones a nadie porque las orejas de Maal Dweb estaban por todas partes; y no sabía si Mocair o alguno de los otros le habían precedido en la salida hacia esta misión desesperada. Pero no era improbable que Mocair ya hubiese arrostrado los oscuros y temibles peligros de la montaña.

Esta idea fue bastante para impulsar a Tiglari adelante haciendo caso omiso de las plantas que se agarraban y de las flores reptilescas.

Llegó hasta un hueco en el horrible jardín, y vio las luces azafrán que salían de las ventanas del hechicero. Las luces vigilaban como ojos de dragones y parecían contemplarle con una conciencia maléfica. Pero Tiglari saltó hacia ellas a través del hueco, y escuchó el crujido de las hojas metálicas cerrándose detrás suya.

Ante él, había un jardín abierto, cubierto con una hierba extraña que se retorcía como raros gusanos debajo de sus pies. Prefirió no entretenerse en aquel césped. No había huellas de pisadas sobre la hierba; pero, acercándose al pórtico del palacio, vio una delgada cuerda que alguien había dejado de lado y supuso que Mocair le había precedido. Había senderos de mármol jaspeado a lo largo del palacio, y fuentes que cantaban desde la poca abierta de monstruos tallados. Los portales abiertos no tenían vigilancia, y todo el edificio estaba tan tranquilo como un mausoleo iluminado con lámparas sin viento. Tiglari, sin embargo, desconfiaba de esta apariencia de tranquilidad y reposo, y siguió los senderos fronterizos durante un trecho antes de atreverse a aproximarse más al palacio.

Ciertos animales, grandes e indefinidos, que tomó por los monstruos simiescos de Maal Dweb, pasaron junto a él en la oscuridad. Algunos corrían a cuatro patas, otros mantenían la postura medio erecta de los antropoides; pero todos eran peludos y brutales. No intentaron molestar a Tiglari, sino que, gimoteando patéticamente, se apartaron como para evitarle. Por esta señal, supo que eran auténticos animales y no soportaban el olor con que se había untado los miembros y el torso.

Al cabo, alcanzó un pórtico sin lámparas lleno de columnas y, deslizándose silenciosamente como una serpiente de la jungla, entró en la misteriosa morada de Maal Dweb. Había una puerta abierta entre los oscuros pilares; y, más allá de la puerta, distinguía las vagas extensiones de un salón exterior vacío.

Tiglari entró con renovadas precauciones, y empezó a seguir la pared cubierta de tapices. El lugar estaba lleno de perfumes desconocidos, lánguidos y somnolientos; un olor sutil como el de los incensarios en las ocultas alcobas del amor. No le gustaban los perfumes; y el silencio le preocupaba cada vez más. Le parecía que la oscuridad estaba densa con jadeos que no se oían, viva con movimientos invisibles.

Lentamente, como el abrirse de grandes ojos amarillos, llamas amarillas se encendieron en las lámparas de cobre del salón. Tiglari se escondió detrás de un tapiz y vio que el salón continuaba desierto.

Finalmente, se atrevió a continuar con su avance. En torno a él, los ricos tapices, decorados con hombres púrpura y mujeres azules en un campo de sangre, parecían agitarse nerviosamente bajo una brisa que él no podía sentir. Pero no había signo alguno de la presencia de Maal Dweb, de sus servidores o de sus odaliscas humanas.

Las puertas a ambos lados del salón, con goznes de ébano y marfil hábilmente emparejados, estaban todas cerradas. En el extremo lejano, Tiglari vio un delgado borde de luz bajo un doble tapiz sombrío. Apartando el tapiz muy suavemente, contempló una enorme habitación, brillantemente iluminada, que parecía ser el harén de Maal Dweb, habitado con todas las chicas que el mago había convocado a su morada. Parecía, de hecho, que había centenares, tumbadas o apoyadas en decorados divanes, o paradas en posturas de languidez o terror. Tiglari distinguió entre la multitud a las mujeres de Ommu—Zain, cuya carne es más blanca que la sal del desierto; las delgadas muchachas de Uthami, que están modeladas con un betún palpitante y que respira; las regias chicas de topacio de la ecuatorial Xala, y las pequeñas mujeres de Ilap, que tienen el color del bronce que empieza a hacerse verde. Pero, entre ellas, no podía encontrar la belleza como de loto de Athlé.

Mucho se asombró ante el número de mujeres y la perfecta inmovilidad que mantenían en sus posturas diversas. Eran como diosas dormidas en un salón encantado de la eternidad. Tiglari, el valiente cazador, estaba pasmado y asustado. Estas mujeres —si en verdad se trataba de mujeres y no de simples estatuas— estaban sin duda sometidas a un hechizo semejante a la muerte. Aquí, en verdad, había una prueba de la hechicería de Maal Dweb.

Sin embargo, para continuar con su búsqueda, Tiglari tenía que atravesar la cámara encantada. Sintiendo que un sueño de mármol podía descender sobre él atravesando el suelo, anduvo conteniendo el aliento y con pasos furtivos de leopardo. En torno a él, las mujeres conservaban su perpetua inmovilidad. Cada una parecía haber caído bajo el hechizo en el instante de una emoción en particular, fuese miedo, asombro, curiosidad, vanidad, cansancio, cólera o voluptuosidad. Su numero era menor de lo que el había supuesto, y el propio cuarto, más pequeño; pero espejos metálicos, que forraban la pared, habían producido una ilusión de multitud e inmensidad.

En el extremo más lejano, apartó un segundo doble tapiz, y miró una cámara crepuscular iluminada vagamente por dos incensarios que despedían un brillo parcialmente coloreado. Los incensarios se levantaban sobre trípodes, uno frente al otro. Entre ellos se levantaba, bajo un baldaquín de algún material oscuro y humeante, con flecos bordados como el pelo de una mujer, una cama, de un color púrpura como la noche, bordeada con pájaros de plata que luchaban contra serpientes doradas.

Sobre la cama, con sombríos ropajes, había un hombre reclinado como agotado o dormido. La cara del hombre era vaga bajo las sombras en perpetuo titubeo; pero no pensó Tiglari que éste fuese otro que el sospechoso tirano a quien había venido a matar. Supo que éste era Maal Dweb, a quien ningún hombre había visto en carne y hueso, pero cuyo poder era manifiesto para todos: el gobernante oculto y omnisciente de Xiccarph; el soberano de los tres soles con todos sus planetas y sus lunas.

Como centinelas fantasmales, los símbolos de la grandeza de Maal Dweb, las imágenes de su terrible imperio, se levantaban para hacer frente a Tiglari. Pero la idea de Athlé era una roja niebla que todo lo borraba. Él se olvidó de sus extraños terrores, su temor del palacio mágico. La cólera del amante despojado, la sed de sangre del hábil cazador, despertaron en su interior. Se acercó al hechicero inconsciente; y su mano se apretó en la empuñadura del cuchillo, afilado como una aguja, que había sido mojado en el veneno de las víboras.

El hombre descansaba ante él con los ojos cerrados y un cansancio secreto en su boca y en sus párpados. Parecía meditar más que dormir, como alguien que vagabundea por un laberinto de recuerdos remotos y profundos ensueños. En su torno, las paredes estaban decoradas con adornos funerarios, decorados con figuras oscuras. Sobre él, los incensarios daban un brillo nublado, y difundían por todo el cuarto el soporífero olor de la mirra, que hacía que los sentidos de Tiglari flotasen en una extraña vaguedad.

Agazapado como un tigre, se preparó para atacar. Entonces, controlando el sutil vértigo del perfume, se levantó; y su brazo, con el movimiento como de un dardo de una pesada pero ágil serpiente, golpeó fuertemente el corazón del tirano.

Era como si hubiese intentado atravesar una muralla de piedra. En mitad del aire, delante y sobre el mago tumbado, el cuchillo chocó con una sustancia invisible pero impenetrable, y la punta se rompió y cayó con un sonido metálico a los pies de Tiglari. Sin comprender, confuso, miró al ser al que había intentado dar muerte. Maal Dweb no se había movido ni había abierto los ojos; pero su expresión de secreto cansancio estaba hasta cierto punto mezclada con un aire de tenue y cruel diversión.

Tiglari extendió la mano para verificar una curiosa idea que se le había ocurrido. Tal y como sospechara, no había ni un baldaquín ni una cama entre los incensarios..., sólo una superficie vertical, ininterrumpida, muy pulida, en la cual la cama y su ocupante, aparentemente, estaban reflejados. Pero, para mayor confusión suya, él mismo no se reflejaba en el espejo.

Se dio la vuelta, pensando que Maal Dweb debería estar en algún otro lugar del cuarto. Incluso mientras se daba la vuelta, los adornos funerarios se apartaron con un susurro, sedoso y siniestro, como movidos por manos invisibles. La cámara recibió de repente una iluminación cegadora; los muros parecieron retroceder de una manera ilimitada; y gigantes desnudos, cuyos miembros y torsos marrón oscuro brillaban como untados con aceite, estaban de pie en posturas amenazadoras por todas partes. Sus ojos brillaban como los de las criaturas de la selva, y cada uno de ellos tenía un enorme cuchillo del cual se había roto la punta.

Esto, pensó Tiglari, era una taumaturgia terrible; y se puso en cuclillas, receloso como un animal enjaulado, para esperar el ataque de los gigantes. Pero estos seres, agazapándose simultáneamente, imitaron sus movimientos. Se dio cuenta de que lo que veía era su propio reflejo, multiplicado en los espejos.

Se dio la vuelta. El baldaquín con flecos, la cama de color púrpura oscuro, el soñador reclinado, todo había desaparecido. Sólo quedaban los incensarios, levantándose frente a una pared cristalina que devolvía, como las otras, el reflejo del propio Tiglari.

Confuso y aterrorizado, sintió que Maal Dweb, el mago que todo lo veía, todopoderoso, estaba jugando con él, engañándole con elaboradas burlas. Temerariamente en verdad, Tiglari había enfrentado su simple fuerza y sus conocimientos del bosque contra un ser capaz de semejantes artificios demoniacos. No se atrevía a moverse, apenas se aventuraba a respiran El monstruoso reflejo parecía contemplarle como un gigante que vigila a un pigmeo cautivo. La luz, que parecía venirse desde lámparas ocultas en los espejos, adquirió un brillo más despiadado y alarmante. Los extremos del cuarto parecieron alejarse; y en las lejanas sombras vio amontonarse vapores con rostros humanos que parecían derretirse y volver a tomar forma inmediatamente y nunca volvían a ser el mismo. Continuamente, el extraño brillo se volvió más brillante; continuamente, la niebla de las caras, como un humo infernal, se deshacía para volverse a formar detrás de los gigantes inmóviles, en las perspectivas que se alargaban. Cuánto esperó Tiglari, no supo decirlo; el búllante horror congelado de aquel cuarto era algo que estaba apartado del tiempo.

De repente, en el aire iluminado, una voz comenzó a hablar; una voz que no tenía tono ni cuerpo, que era decidida, ligeramente despectiva, un poco cansada, ligeramente cruel. Estaba tan cercana como el latido del corazón del propio Tiglari... y, sin embargo, infinitamente lejana.

—¿Qué buscas, Tiglari? —dijo la voz—. ¿Crees que puedes entrar con impunidad al palacio de Maal Dweb? Otros, muchos otros con idénticas intenciones, han venido antes que tú. Pero todos han pagado el precio de su temeridad.

—Busco a la doncella Athlé —dijo Tiglari—. ¿Qué has hecho de ella?

—Athlé es muy hermosa. Es voluntad de Maal Dweb hacer un cierto uso de su belleza. Ese uso no debe preocupar a un cazador de bestias salvajes... No eres sabio, Tiglari.

—¿Dónde está Athlé? —insistió Tiglari.

—Ella ha ido a encontrarse con su destino en el laberinto de Maal Dweb. No hace mucho, el guerrero Mocair, quien la había seguido hasta mi palacio, salió, según mi sugerencia, para seguir en su búsqueda entre esos rincones inexplorables de ese laberinto que nunca se agotará. Vete ahora, Tiglari, y búscala también. Hay muchos misterios en mi laberinto; y entre ellos quizá hay uno que estás destinado a resolver.

Una puerta se había abierto en la pared decorada con espejos.

Saliendo de los espejos, dos de los esclavos metálicos habían aparecido. Más altos que los hombres vivientes, y brillando de la cabeza a los pies con el brillo implacable de las espadas bruñidas, avanzaron sobre Tiglari. El brazo derecho de cada uno estaba equipado con una gran guadaña. Apresuradamente, el cazador salió por la puerta abierta, y escuchó detrás suyo el arisco estrépito de puertas cerrándose.

La breve noche del planeta Xiccarph aún no había terminado; y todas las lunas habían bajado. Pero Tiglari vio ante él el principio del fabuloso laberinto, iluminado por brillantes frutas globulares que colgaban como linternas de arcos de ramaje. Guiándose sólo por sus luces, entró en el laberinto.

Al principio, parecía un lugar de fantasías de cuento. Había encantadores senderos, bordeados con árboles graciosos, enrejados con las caras de extravagantes orquídeas que miraban traviesas, que conducían al observador a ocultos y sorprendentes jardines de duendes. Era como si toda esa parte exterior del laberinto hubiese sido planeada por completo para atraer y encantar.

Entonces, con una graduación imprecisa, parecía que el estado de ánimo del diseñador había empeorado, se había vuelto más ominoso y maligno. Los árboles que se alineaban a los lados del camino eran Lacoontes de esfuerzo y de tortura, iluminados por hongos enormes que parecían encender cirios blasfemos. El sendero se dirigía a macabras piscinas iluminadas por fuegos de San Telmo que las envolvían, o ascendía por escalones malignamente inclinados por medio de cavernas de densa hojarasca que brillaban como si fuesen escamas de dragón de bronce. Se dividía a cada giro; las divisiones se multiplicaban, y, hábil como era en la sabiduría de la jungla, le habría resultado imposible a Tiglari volver sobre los pasos de su vagabundeo.

Continuó, con la esperanza de que la casualidad le conduciría junto a Athlé; y muchas veces la llamó por su nombre, pero sólo fue contestado por ecos remotos y burlones o por el aullido dolido de alguna bestia invisible.

Ahora estaba ascendiendo por crecimientos como de malignas hidras que se encogían y estiraban tumultuosamente a su paso. El camino se volvía cada vez más iluminado; las flores y los frutos, que brillaban de noche, estaban tan pálidos y enfermizos como los cirios agonizantes de un aquelarre de brujas. El más temprano de los tres soles había salido, y sus rayos, amarillos como la gutazamba, se filtraban por entre las parras, venenosas y escaroladas.

Lejos, y pareciendo caer desde una altura oculta en el laberinto frente a él, escuchó un coro de voces de bronce que eran como campanas parlantes. No podía distinguir las palabras, pero los tonos eran los de un anuncio solemne, cargado de una decisión de gran importancia. Se detuvieron; y no hubo otro sonido más que el susurro y el crujido de las plantas oscilantes.

Mientras Tiglari avanzaba, parecía que cada uno de sus pasos estaba predestinado. Ya no era libre de elegir su propio camino; porque muchos de los senderos estaban cubiertos por cosas que habían crecido sobre ellos, y él prefería no hacerles frente; y otros estaban bloqueados por horribles barricadas de cactus; o terminaban en estanques abarrotados de sanguijuelas mayores que atunes. El segundo y el tercer sol se pusieron, aumentando, con sus rayos esmeralda y carmín, el horror de la extraña red que inevitablemente se cerraba en torno suyo.

Ascendió por escaleras ocupadas por parras reptilescas; por cuestas llenas de aloes que se movían y chocaban. Raramente podía ver los pisos inferiores, o los niveles hacia los que ascendía.

En algún lugar del camino sin salida, se encontró con uno de los hombres mono de Maal Dweb: una oscura criatura salvaje, lisa y brillante como una nutría mojada, como si se hubiese bañado en uno de los estanques. Pasó junto a él con un ronco gruñido, apartándose como los demás se habían apartado de su cuerpo repugnantemente untado... Pero en ningún lugar pudo encontrar a la doncella Athlé o al guerrero Mocair, quien le había precedido en el laberinto.

Ahora, llegó a un curioso y pequeño pavimento de ónix, oblongo y rodeado por flores enormes, con tallos como de bronce, y grandes copas inclinadas que podrían haber sido las bocas de quimeras, abriéndose como para mostrar sus rojas gargantas. Avanzó hasta el pavimento a través de un extraño hueco en este singular seto, y se quedó mirando las flores apiñadas sin saber que hacer; porque aquí parecía terminar el camino.

El ónix bajo sus pies estaba húmedo con alguna sustancia desconocida y pegajosa. Una rápida sensación de peligro se despertó dentro de él, y se dio la vuelta para volver sobre sus pasos. A su primer movimiento en dirección a la apertura por la que había entrado, un largo tentáculo rápido como un relámpago se estiro desde el tallo de bronce de cada una de las flores y se enroscó en torno a sus tobillos. Se quedó atrapado e impotente en el centro de esta tirante red. Entonces, mientras se revolvía impotente, los tallos empezaron a inclinarse en su dirección, hasta que las rojas bocas de sus capullos estuvieron cerca de su rodillas, como un círculo de monstruos que le abanicase.

Se acercaron más, casi tocándole. De sus labios salió un líquido, claro e incoloro, goteando lentamente al principio, y, entonces, corriendo en pequeños chorros, descendió en sus pies, tobillos y en sus canillas. Su carne tembló de una manera indescriptible bajo él; hubo una insensibilidad pasajera; entonces notó un escozor furioso como el mordisco de innumerables insectos. Bajo las cabezas de las flores que lo cubrían, vio que sus piernas habían sufrido un cambio misterioso y horripilante. Su natural vellosidad había aumentado, asumiendo una densidad como la de la piel de los monos; las propias canillas habían encogido y los pies se habían alargado, con los dedos de los pies como torpes dedos de la mano, como los poseídos por los animales de Maal Dweb.

En un paroxismo de alarma sin nombre, sacó su cuchillo de punta rota y empezó a atacar a las flores. Era como si hubiese atacado a la cabeza con armadura de dragones, o si golpease campanas de hierro resonante. La hoja se rompió por la empuñadura. Entonces, los capullos, levantándose terriblemente, estaban apoyados en su cintura, bañando sus caderas y sus muslos en su delgado y maléfico babeo.

Con la sensación de alguien que se ahoga en una pesadilla, escuchó el asustado grito de una mujer. Sobre las flores inclinadas, contempló una escena que el hasta aquel momento impenetrable laberinto revelaba como por arte de magia. A unos cincuenta pies de distancia, al mismo nivel del pavimento de ónix se levantaba un estrado de piedra, blanca como la luna, en cuyo centro la doncella Athlé, saliendo del laberinto por una calzada elevada de pórfido, se había parado en una actitud de asombro. Ante ella, en las garras de un inmenso lagarto de mármol, se levantaba sobre el estrado un espejo redondo de metal semejante al acero sostenido en posición vertical. Athlé, como fascinada por alguna extraña visión, estaba mirando el disco. A medio camino entre el pavimento y el estrado, una fila de delgadas columnas de bronce se elevaban a anchos intervalos, coronadas con cabezas de bronce como una demoníaca frontera.

Tiglari habría llamado en voz alta a Athlé. Pero en ese momento. ella dio un único paso adelante hacia el espejo, como si hubiese sido atraída por algo que veía en sus profundidades; y el disco apagado pareció brillar con una oculta llama incandescente. Los ojos del cazador fueron cegados por los afilados rayos que fueron despedidos en aquel instante, envolviendo y transfigurando a la doncella. Cuando la ceguera se aclaró en manchas de color que se movían, vio cómo Athlé, en una postura rígida como la de una estatua, aún miraba el espejo con ojos sorprendidos. Ella no se había movido; el asombro estaba congelado en su rostro; y Tiglari se dio cuenta de que era como las mujeres que dormían su sueño encantado en el harén de Maal Dweb. Incluso mientras se le ocurría esta idea, escuchó el resonante coro de voces metálicas que parecían partir de las demoniacas cabezas talladas, colocadas sobre las columnas.

—La doncella Athlé —anunciaron las voces con tonos solemnes y ominosos— se ha contemplado a sí misma en el espejo de la eternidad, y ha marchado más allá de los cambios y de la corrupción del tiempo.

Tiglari se sintió como si se estuviese hundiendo en algún oscuro y terrible pantano. No comprendía nada de lo que le había sucedido a Athlé; y su propio destino era un enigma igualmente oscuro, más allá de las soluciones de un sencillo cazador.

Ahora, los capullos se habían levantado hasta sus hombros, y estaban bañando sus brazos y su cuerpo. Bajo su horrible alquimia, la transformación continuó. Una larga mata de pelo creció en su torso, que se ensanchaba; los brazos se alargaron, se volvieron simiescos; las manos adquirieron un parecido a sus pies. Del cuello para abajo, Tiglari no se distinguía en nada de las simiescas criaturas del jardín.

En un horror abyecto e impotente, esperó la terminación de la metamorfosis. Entonces, se dio cuenta de que un hombre, vistiendo ropajes sombríos, con los ojos y la boca repletos del cansancio de cosas extrañas, estaba de pie junto a él, acompañado de dos autómatas de manos como guadañas.

Con una voz un poco lánguida, el hombre pronunció una palabra que resonó en el aire con ecos prolongados y misteriosos. El círculo de flores inclinadas se apartó de Tiglari, recuperando sus anteriores posiciones verticales en un seto apretado, y los tentáculos como cables fueron apartados de sus tobillos. Apenas capaz de comprender su liberación, escuchó un sonido de voces de bronce, y supo vagamente que las cabezas demoniacas de las columnas habían hablado de nuevo, diciendo:

—El cazador Tiglari ha sido bañado en el néctar de los capullos de la vida primordial, y se ha vuelto a todos los efectos, del cuello para abajo, como las bestias que cazaba.

Cuando el coro hubo cesado, el hombre cansado, de oscuro ropaje, se acercó y se dirigió a él.

—Yo, Maal Dweb, había planeado darte el mismo trato que precisamente había dado a Mocair y a muchos otros. Mocair era la bestia que te encontraste en el laberinto, con su pelaje recién hecho, aún liso y brillante a causa del efecto del licor de las flores; y viste a alguno de sus predecesores dando vueltas por el palacio. Sin embargo, me he dado cuenta de que mis caprichos no son siempre los mismos. Tú, Tiglari, a diferencia de los otros, permanecerás humano del cuello para arriba, y eres libre para continuar tus vagabundeos por el laberinto, y escapar de él si puedes. No deseo volver a verte. Y mi clemencia nace de otra fuente que no es aprecio para los de tu clase. Vete ahora; el laberinto tiene muchas vueltas que aún estás por recorrer.

Un gran temor descendió sobre Tiglari; su nativa fiereza, su voluntad de salvaje, fueron domesticados por la lánguida voluntad del brujo. Con una mirada hacia atrás, llena de preocupación y asombro por Athlé, se retiró obediente, inclinándose como un mono enorme. Con su pelo bulléndole húmedo bajo los tres soles, se desvaneció en el laberinto.

Maal Dweb, acompañado de sus esclavos de metal, se inclinó sobre la figura de Athlé, que aún contemplaba el espejo con ojos asombrados.

—Mong Lut —dijo dirigiéndose por su nombre al autómata más próximo, que le seguía pegado a sus talones—. Ha sido, como tú sabes, mi capricho eternizar la frágil belleza de las mujeres. Athlé, como muchas otras antes que ella, ha explorado mi ingenioso laberinto, y ha mirado en el espejo cuya repentina radiación convierte la carne en una piedra más hermosa que el mármol y no menos duradera... Además, como tú sabes, ha sido mi capricho convertir a los hombres en bestias mediante el copioso fluido de ciertas flores artificiales, para que así su aspecto exterior se conformase más estrictamente a su naturaleza interior. ¿No está bien, Mong Lut, que yo haya hecho estas cosas? ¿Acaso no soy Maal Dweb, en quien residen todo el poder y todo el conocimiento?

—Sí, amo —repitió el autómata como un eco—. Tú eres Maal Dweb, el que todo lo sabe, el que todo lo puede. Está bien que tú hayas hecho estas cosas.

—Sin embargo —continuó Maal Dweb—, la repetición de hasta las más notables taumaturgias puede volverse aburrida después de un cierto número de veces. Yo no creo que vuelva a tratar a ninguna mujer de esta manera, o a ningún hombre. ¿No está bien, Mong Lut, que varíe en el futuro mis hechicerías? ¿Acaso no soy Maal Dweb, de infinitos recursos?

—En verdad eres Maal Dweb —asintió el autómata—. Y en verdad estará bien que diversifiques tus encantamientos.

Maal Dweb no se quedó insatisfecho con las respuestas que el autómata le había ofrecido. Poco deseaba otra conversación que no fuese el férreo eco de sus metálicos servidores, que siempre estaban conformes con todo lo que él decía, y le ahorraban el tedio de las discusiones.

Y puede que hubiese momentos en que se cansaba un poco hasta de esto, y prefería el silencio de las mujeres petrificadas o el mutismo de las bestias que ya no podían llamarse a si mismas hombres.
The Maze of Maal Dweb. Fecha: septiembre de 1932. Primera

publicación: Weird Tales, octubre de 1938. Antología original: Lost

Worlds, Arkham House, Sauk City, Wisconsin, octubre de 1944. Otros

títulos del relato: The Maze of Mool Dweb y 7he Maze of the Enchanter

Genius Loci


Clark Ashton Smith

-ES UN LUGAR muy extraño —dijo Amberville— pero a duras penas sé cómo transmitir la impresión que me causó. Todo sonará muy simple y ordinario. No hay nada más que un prado en el que abundan las juncias, rodeado por tres lados por cuestas de pinos amarillos. En el lado abierto, corre un arroyo, pequeño y melancólico, que se pierde en un cul—de—sac de espadañas y suelo pantanoso. El arroyo, corriendo cada vez más lentamente, forma un charco estancado de cierto tamaño, desde el cual parecen retroceder varios alisos de aspecto enfermizo, como si no deseasen aproximarse. Un sauce muerto se apoya en el estanque, mezclando su reflejo, descolorido, como de esqueleto, con la porquería verde que jaspea el agua. No hay mirlos, ni frailecillos, ni siquiera libélulas como las que uno encuentra normalmente en sitios semejantes. Todo está silencioso y desolado. Ese lugar es malo..., está maldito de una manera que, sencillamente, no soy capaz de describir. Me sentí impulsado a hacer un dibujo del mismo casi contra mi voluntad, teniendo en cuenta que algo tan extremado difícilmente se encuentra en mi línea. De hecho, hice dos dibujos. Te los mostrare, si quieres.

Teniendo en cuenta que tenía una opinión muy elevada de las habilidades artísticas de Amberville, y le consideraba, desde hacía largo tiempo, uno de los principales pintores paisajistas de su generación, estaba naturalmente bastante ansioso de ver esos dibujos. Él. sin embargo, ni siquiera hizo una pausa para esperar mi muestra de interés, sino que comenzó inmediatamente a abrir su portafolios. Su expresión facial, los propios movimientos de sus manos, eran una mezcla. de alguna manera elocuente, de atracción y de repugnancia, mientras sacaba y mostraba los dos bocetos a la acuarela que él había mencionado.

No fui capaz de reconocer la escena mostrada en ninguno de los dos. Claramente, se trataba de una que se me había pasado por alto durante mis caprichosos correteos por los contornos de la colina al pie de las montañas, donde estaba situada la diminuta aldea de Bowman, en la cual, hacía dos años, había adquirido un rancho sin cultivar y me había retirado en busca de la soledad que resultaba tan esencial para un esfuerzo literario prolongado.

Francis Amberville, durante la quincena de su visita., a través de su sagacidad para las potencialidades pictóricas del paisaje, sin duda se había familiarizado más con el paisaje que yo.

Había sido su costumbre vagar errante por la mañana, equipado con los materiales para hacer un boceto; y, de esta manera, ya había encontrado el tema para más de una hermosa pintura.

El arreglo nos resultaba mutuamente conveniente, dado que yo, durante su ausencia, estaba acostumbrado a aplicarme asiduamente a una antigua máquina de escribir Remington.

Examiné los dibujos con atención. Ambos, aunque de ejecución apresurada, eran de mucho mérito, y mostraban la gracia y el vigor característicos del estilo de Amberville. Sin embargo, incluso durante este primer vistazo, descubrí una cualidad que resultaba algo más que ajena al espíritu de su obra. Los elementos de la escena eran aquellos que él había descrito. En uno de los dibujos, el estanque quedaba medio oculto por una orla de espadañas, y el sauce muerto estaba descansando sobre él en un ángulo postrado y decaído, como si misteriosamente se hubiese detenido en su caída a las aguas estancadas. Más allá, los alisos parecían alejarse del estanque, dejando al descubierto sus raíces nudosas en un eterno esfuerzo.

En el otro dibujo, el estanque formaba la porción principal del primer plano, con el árbol esquelético alzándose siniestramente a un lado. En el extremo opuesto del agua, las espadañas parecían agitarse y murmurar entre ellas bajo un viento agonizante; y la cuesta de pinos que se elevaba abruptamente en la frontera del prado estaba indicada mediante una muralla de siniestro verdor que se cerraba en el dibujo, dejando tan sólo una pálida franja de cielo otoñal por encima.

Todo esto, como había dicho el pintor, resultaba bastante ordinario.

Pero me sentí impresionado inmediatamente por un error que habitaba en estos sencillos elementos y era expresado por ellos como por las facciones malignamente contorsionadas de un rostro demoniaco. En ambos dibujos, el carácter siniestro era igualmente evidente, como si el mismo rostro hubiese sido retratado de frente y de perfil. Pero no podía distinguir los detalles aislados que producían esta impresión; siempre, mientras miraba, la abominación de un extraño mal, un espíritu de desesperación, malignidad y tristeza se burlaba desde los dibujos de una manera cada vez más abierta y odiosa. El lugar parecía tener una mueca, macabra y satánica. Uno sentía que podría hablar en voz alta, podría pronunciar las imprecaciones de algún gigantesco demonio, o las burlas broncas de un millar de pájaros de mal agüero.

El mal transmitido era algo por completo ajeno al género humano..., más antiguo que el hombre. De alguna manera..., por fantástico que esto pueda parecer..., el prado tenía el aspecto de un vampiro, que había envejecido y se había vuelto deforme en medio de infamias inenarrables. Sutilmente, indefiniblemente, tenía sed de otras cosas que no eran el torpe goteo de agua que lo alimentaba.

—¿Dónde está este lugar? —pregunté al cabo de un minuto o dos de silencioso examen. Era increíble que algo de esa clase pudiese realmente existir..., e igualmente increíble que una naturaleza tan robusta como la de Amberville se hubiese mostrado sensible a dicha cualidad.

—Está al fondo del rancho abandonado, a una milla o menos, por la carretera pequeña hacia Bear River –replicó—; debes conocerlo. Hay un pequeño jardín en torno a la casa, en la parte superior de la colina; pero toda la parte inferior, terminando en ese prado, es silvestre.

Comencé a visualizar el vecindario en cuestión.

—Supongo que debe tratarse de la vieja granja de los Chapman —declaré—; ningún otro rancho, a lo largo de esa carretera, responde a tu descripción.

—Bien, pertenezca a quien pertenezca, el prado es el lugar más horrible que nunca he encontrado. He conocido otros paisajes en los que algo está mal. Pero nunca algo semejante a esto.

—Quizá esté hechizado —dije medio en broma—. De acuerdo con tu descripción, tiene que ser el mismo prado en que el viejo Chapman fue encontrado muerto por su hija más joven una mañana. Sucedió unos pocos meses después de que me mudase aquí. Se supone que murió de un paro cardiaco. Su cuerpo estaba muy frío, y seguramente había estado tirado allí durante toda la noche, ya que la familia le había echado de menos a la hora de la cena. No le recuerdo con mucha claridad, pero sé que tenía cierta fama de excéntrico. Desde algún tiempo antes de su muerte, la gente decía que se estaba volviendo loco. Se me olvidan los detalles. De todos modos, su esposa y sus hijos se marcharon, no mucho después de que él muriese, y nadie ha ocupado la casa ni cultivado el jardín desde entonces. Fue una tragedia rural corriente.

—Yo no soy muy creyente en los fantasmas —comentó Amberville, que parecía haber tomado mi sugerencia sobre fantasmas en un sentido literal—. Lo que quiera que sea la influencia, difícilmente es humana en su origen. Ahora que lo pienso, sin embargo, recibí una impresión bastante tonta un par de veces...; la idea de que alguien me estaba vigilando mientras realizaba esos dibujos. Qué raro..., casi me había olvidado de eso, hasta que tú mencionaste la posibilidad de fantasmas. Me parecía verle por el rabillo del ojo, justo fuera del radio que estaba incluyendo en mi dibujo: un viejo sinvergüenza en estado ruinoso, con sucios mostachos grises y un gesto malvado. Además, resulta extraño que haya recibido una impresión tan definida de él, sin nunca llegar a verle directamente. Pensé que se trataba de un vagabundo que se había metido hasta el fondo del prado. Pero, cuando me volví para mirarle de frente, él, sencillamente, no estaba ahí. Era como si se hubiese derretido en el suelo pantanoso, en las espadañas, en las juncias.

—Esa no es una mala descripción de Chapman —dije—; recuerdo sus bigotes: eran casi blancos, excepto por las manchas de jugo de tabaco. Una antigüedad maltratada, si alguna vez hubo una, y, además, bastante antipático. Hacia el final, tenía una mirada venenosa, lo que sin duda ayudó con la leyenda de su locura. Algunos cotilleos sobre él me vienen ahora a la memoria. La gente decía que abandonaba el cuidado de su jardín cada vez más. Los visitantes solían encontrarlo en el prado inferior, parado sin hacer nada, mirando con expresión vacía a los árboles y al agua. Probablemente esa fue una de las razones por las que pensaron que estaba volviéndose loco. Pero estoy seguro de que nunca escuché nada respecto a que el prado tuviese algo fuera de lo usual o raro..., ni en el momento de la muerte de Chapman ni desde entonces. Es un lugar solitario, y no creo que nadie pase por ahí ahora.

—Yo lo encontré más bien por accidente —dijo Amberville—; el lugar no es visible desde la carretera, debido a la densidad de los pinos... Pero hay otra cosa rara: salí esta mañana con una intuición muy fuerte y clara de que podría encontrar algo de un interés fuera de lo común. Fui derecho a por ese prado, por así decirlo; y tengo que admitir que la intuición resultó justificada. El sitio me repele..., pero me fascina al mismo tiempo. Sencillamente, tengo que resolver el misterio, si es que tiene solución —añadió con aire ligeramente a la defensiva—. Voy a volver mañana temprano, con mis óleos, para comenzar un verdadero cuadro de él.

Me quedé sorprendido, conociendo la preferencia que Amberville sentía hacia la alegría y la brillantez paisajística, que habían hecho que se le relacionase con Sorolla.

—El cuadro representará una novedad para ti —comenté—. Tendré que acercarme y echar un vistazo al lugar, antes de que pase mucho tiempo. Debe estar más en mi línea que en la tuya. Debe tener material como para un cuento de miedo en alguna parte, si está a la altura de tus dibujos y de tu descripción.


Pasaron varios días. Estuve en aquel momento profundamente preocupado con los laboriosos e intrincados problemas que ofrecían los capítulos finales de una nueva novela; y fui retrasando mi visita al prado descubierto por Amberville. Mi amigo, por su parte, estaba claramente absorbido por su nuevo tema. Salía cada mañana con su paleta y sus óleos, y volvía cada día mas tarde, olvidándose de la hora de la comida, que antes le impulsaba a regresar de estas excursiones.

Al tercer día, no regresó de vuelta hasta la puesta de sol. Contrariamente a su costumbre, no me mostró lo que había hecho, y sus respuestas a mis preguntas relativas al progreso de su pintura eran algo vagas y evasivas.

Por algún motivo, no deseaba hablar de esto. Además, se mostraba aparentemente reacio a discutir el propio prado, y, como respuesta a preguntas directas, simplemente repetía, de una manera ausente y para cubrir las formas, el informe que me había dado siguiendo su descubrimiento del lugar. De una manera misteriosa, que yo no era capaz de definir, su actitud parecía haber cambiado.

Hubo, además, otros cambios. Él parecía haber perdido su habitual alegría. A menudo, le pillaba muy ceñudo y sorprendía una sombra que acechaba en su franca mirada. Había un mal humor, una morbidez, que, hasta el punto que nuestra amistad de cinco años me permitía observar, eran una faceta nueva de su carácter.

Quizá, si yo no hubiese estado tan sumido en mis propias preocupaciones, me hubiera ocupado más de las causas de su tristeza, que estaba bastante dispuesto a atribuir a algún dilema técnico que le estaba confundiendo. Era cada vez menos el Amberville que yo conocía: y, al cuarto día, cuando regresaba durante el crepúsculo, noté una auténtica aspereza que era completamente ajena a su naturaleza.

—¿Qué es lo que anda mal? —me atreví a preguntarle—. ¿Has encontrado algún tropiezo? ¿O es que el prado del viejo Chapman te está poniendo nervioso con influencias fantasmales?

Pareció, por una vez, hacer un esfuerzo para apartar su tristeza, su taciturnidad y su mal humor

—Es el misterio infernal de la cosa –declaró—; sencillamente, tengo que resolverlo, de una manera o de otra. El lugar tiene una entidad propia..., una personalidad en residencia. Está allí, como el alma en un cuerpo humano. Pero no puedo concretarla o tocarla. Sabes que no soy supersticioso..., pero, por otra parte, tampoco soy un materialista fanático; y en mis tiempos me he encontrado con algunos fenómenos extraños. Ese prado quizá esté habitado por lo que los antiguos llamaban un genius loci. Más de una vez, antes de esto, he sospechado que tales cosas podían existir..., podían residir, ser inherentes, a un determinado lugar.

Pero ésta es la primera vez que he tenido razones para sospechar algo de una naturaleza maligna o enemiga. Las otras influencias, cuya presencia he sentido, eran benignas de una manera grande, vaga e impersonal..., o eran, por el contrario, completamente indiferentes al bienestar humano..., quizá ignorantes de la existencia humana. Esta cosa, sin embargo, es consciente con odio y vigilante; siento que el propio prado... o la fuerza encarnada en el prado... está escrutándome todo el rato. El lugar tiene el aspecto de un vampiro sediento, esperando para beberme de alguna manera, si puede. Es un cul—de—sac de todo lo que es malo, en el que un alma descuidada bien podría verse atrapada y absorbida. Pero te digo, Murray, que no puedo apartarme.

—Parece como si el sitio te estuviese atrapando —dije, completamente estupefacto ante su extraordinaria declaración, y ante la expresión de temerosa y mórbida convicción con que la emitió.

Aparentemente, no me había escuchado, porque no dio réplica alguna a mi comentario.

—Hay otro ángulo —continuó, con una intensidad febril en la voz—; recuerdas mi impresión, en mi primera visita, de que al fondo había un viejo oculto vigilándome. Bien, pues le he visto muchas veces en la esquina del ojo, y, durante los dos últimos días, se me ha aparecido más directamente, aunque de una manera rara y parcial. A veces, cuando estoy muy concentrado estudiando el sauce muerto, veo su cara, con su gesto de mal humor y su barba sucia, en el tronco. Entonces, la veo de nuevo flotando entre las ramas sin hojas, como si se hubiese quedado atrapada ahí. A veces, una mano nudosa, una gastada manga de chaqueta, emergen por el manto de algas del estanque, como si un cuerpo sumergido estuviese saliendo a la superficie. Entonces, un momento más tarde... o simultáneamente..., habrá algo de el en los alisos, o en las espadañas. Estas apariciones son siempre breves, y, cuando intento escrutarlas de cerca, se deshacen como películas de vapor en el paisaje circundante. Pero el viejo sinvergüenza, quien o lo que quiera que sea, es una especie de elemento fijo. Él no es menos vil que todo lo demás del lugar..., aunque creo que no es el principal elemento de la maldad.

—¡Buen Dios! —exclamé—; ciertamente, tú has estado viendo visiones de cosas. Si no te importa, bajaré mañana por la tarde y estaré contigo un rato. El misterio comienza a interesarme.

—Por supuesto que no me importa. Hazlo —sus modales, de repente, habían recuperado su antinatural silencio de los cuatro días anteriores por ninguna razón palpable. Me lanzó una mirada furtiva que era arisca y casi hostil. Era como si una oscura barrera, que temporalmente había bajado, hubiese vuelto a levantarse.

La sombra de su extraño mal humor había vuelto a él de una manera visible; y mis esfuerzos para continuar con la conversación fueron recompensados tan solo con monosílabos, medio ariscos, medio ausentes. Sintiendo que se despertaba mi preocupación, más que sentirme ofendido, noté, por primera vez, la desacostumbrada palidez de su cara y el brillo, febril y lustroso, de sus ojos. Parecía vagamente enfermo, pensé, como si algo de su exuberante vitalidad hubiese desaparecido, dejando en su lugar una energía ajena de naturaleza sospechosa y menos sana.

Tácitamente, abandoné todos mis esfuerzos para hacerle regresar de ese crepúsculo secreto al que se había retirado. Durante el resto de la velada, fingí leer una novela mientras Amberville mantenía su singular abstracción.

De una manera algo imprecisa, le di vueltas a la cuestión hasta la hora de acostarme. Decidí, sin embargo, que visitaría el prado de Chapman.

No creía en lo sobrenatural, pero parecía evidente que ese lugar estaba ejerciendo una influencia malsana sobre Amberville.


A la mañana siguiente, cuando desperté, mi sirviente chino me informó que el pintor ya había desayunado y se había marchado con su paleta y sus colores. Esta nueva prueba de su obsesión me preocupó, pero me apliqué rigurosamente a una mañana de escritura.

Inmediatamente después del desayuno, conduje bajando por la autopista, seguí la carretera sin asfaltar que se separa en dirección a Bear River, y abandoné mi coche en los densos pinares de la colina que está sobre el viejo rancho de los Chapman. Aunque nunca había visitado el prado, tenía una idea bastante clara de su localización. Sin hacer caso del camino, medio borrado y lleno de hierba, que recorre la parte superior de la propiedad, me dirigí por entre los bosques al pequeño valle cerrado, viendo una vez más, en el lado opuesto, el jardín agonizante de perales y manzanos y la chabola destartalada que había pertenecido a los Chapman.

Era un cálido día de octubre, y la serena soledad del bosque y la suavidad otoñal de la luz y del aire hacían que la idea de algo maligno o siniestro pareciese imposible. Cuando llegué al fondo del prado, estaba preparado para reírme de las ideas de Amberville; y el lugar, a primera vista, sólo me causó la impresión de ser bastante triste y lúgubre. Los rasgos de la escena eran los que él había descrito tan claramente, pero no podía encontrar la maldad abierta que se burlaba desde el estanque, el sauce, los alisos y las espadañas en sus dibujos.

Amberville, dándome la espalda, estaba sentado sobre su silla plegable delante de su paleta, que había colocado sobre el césped verde oscuro en el suelo despejado ante el estanque. Sin embargo, no parecía estar trabajando, sino que estaba mirando fijamente la escena frente a él, mientras que el pincel cargado de pintura descansaba inútil dejado caer entre sus dedos.

Las espadañas apagaban el ruido de las pisadas; y ni siquiera me escuchó mientras me acercaba.

Con mucha curiosidad, miré por encima de su hombro al gran lienzo en el que había estado ocupado. Hasta el punto que yo podía decir, el cuadro ya había sido llevado a un grado de perfección técnica consumada. Era una representación, casi fotográfica, del agua sucia, el esqueleto blancuzco del sauce inclinado y el montón de espadañas inclinadas. Pero en éste descubrí el espíritu macabro y demoniaco de los bocetos; la escena del prado parecía vigilar y esperar, como una cara malvadamente distorsionada. Era una catarata de maldad y desesperación, descansando apartada del mundo otoñal a su alrededor; un lugar de la naturaleza enfermo de la plaga, para siempre maldito y aislado.

De nuevo, miré el propio paisaje... y vi que el lugar era realmente tal y como Amberville lo había representado. ¡Tenía la expresión de un vampiro loco, alerta y odioso! Al mismo tiempo, fui desagradablemente consciente del silencio antinatural. No había ni pájaros ni insectos, como el pintor había dicho, y parecía que tan sólo vientos gastados y agonizantes podían penetrar hasta el fondo de aquel valle. El delgado arroyo que se había perdido en el suelo pantanoso era como un alma que bajase hacia su perdición.

También era parte del misterio; porque no podía recordar ningún arroyo en la parte inferior de la colina que le rodeaba que indicase una salida subterránea.

La concentración de Amberville, y la propia postura de su cabeza y sus hombros, eran como los de un hombre que ha sido hipnotizado. Estaba a punto de hacerle notar mi presencia; pero, en ese instante, vino a mí la idea de que no estábamos solos en el valle. Justo más allá del enfoque de mi vista, una figura parecía estar de pie con una actitud furtiva, como vigilándonos a los dos. Giré... y no había nadie. Entonces, escuché un grito sorprendido de Amberville, y me volví para encontrarle mirándome fijamente. Sus facciones mostraban una expresión de extremo terror y sorpresa, que no habían borrado del todo su absorción hipnótica.

—¡Dios mío! Dijo—. Pensé que eras el viejo.

No puedo estar seguro de si algo más fue dicho por alguno de los dos. Sin embargo, guardo la impresión de un silencio en blanco.

Después de su única exclamación de sorpresa, Amberville pareció retirarse a una abstracción impenetrable, como si ya no fuese consciente de mi presencia; como si, habiéndome identificado, se hubiese olvidado de mí inmediatamente. Por mi parte, sentí una coacción rara y abrumadora. Esa extraña e infame escena me deprimía más allá de toda medida. Parecía que el fondo embarrado me estuviese intentando hundir de una manera intangible. Las hojas de los alisos enfermos me llamaban. El estanque, sobre el que presidía el sauce huesudo como una muerte arbórea, me cortejaba repugnantemente con sus aguas estancadas.

Lo que es más, aparte de la atmósfera ominosa de la escena misma, era dolorosamente consciente de un nuevo cambio en Amberville..., un cambio que era una auténtica locura. Su estado de ánimo, lo que quiera que fuese, se había reforzado en él de una manera enorme: se había retirado más profundamente en el crepúsculo y había perdido la personalidad alegre y vitalista que una vez yo había conocido. Era como si una locura incipiente se hubiese apoderado de él; y la posibilidad me aterrorizaba.

De una manera lenta, como de sonámbulo, sin mirarme por segunda vez, comenzó a trabajar en su cuadro: le miré durante un rato, sin saber qué hacer ni que decir. Durante largos intervalos, se detenía y miraba con concentración soñadora algún rasgo del paisaje. Concebí la rara idea de una creciente unión, un misterioso rapport entre Amberville y el prado. De una manera intangible, parecía como si el lugar le hubiese quitado algo de su propia alma..., y le hubiese dado algo de sí mismo a cambio.

Tenía el aire de alguien que comparte un secreto blasfemo; de quien se ha convertido en un acólito de un conocimiento inhumano.

En un relámpago de horrible claridad, vi el lugar como un auténtico vampiro, y a Amberville, como su víctima voluntaria.

Cuánto tiempo me quedé ahí, no podría decirlo. Finalmente, me acerqué hasta él y le agité fuertemente por el hombro.

—Estás trabajando demasiado —le dije—; sigue mi consejo, y descansa un par de días.

—¡Vete al infierno! –gruñó—. ¿No puedes ver que estoy ocupado?

Le dejé entonces, porque no parecía posible hacer otra cosa, considerando las circunstancias. La naturaleza, loca y espectral, de todo el asunto era suficiente como para hacerme dudar de mi propia cordura.

Mis impresiones del prado —y de Amberville— estaban manchadas por un horror insidioso como nunca antes en mi vida había sentido estando despierto y en un estado normal de conciencia.

Al fondo de la cuesta de los pinos amarillos, di la vuelta con asqueada curiosidad para una mirada de despedida. El pintor no se había movido, todavía estaba frente a la escena maligna como un pájaro hechizado que hace frente a una serpiente letal. Nunca he estado seguro de si la impresión fue una imagen óptica doble, pero, en aquel instante, una débil aureola blasfema, que no era ni luz ni niebla, fluía y temblaba en torno al prado, cubriendo las siluetas de los alisos, las espadañas y el estanque. Cautelosamente, parecía estirarse, intentando alcanzar a Amberville con brazos fantasmales. Toda la imagen era extremadamente tenue, y puede haber sido una ilusión; pero me empujó temblando al refugio de los altos y benignos pinos.


El resto de aquella mañana y la tarde que siguió estuvieron manchados por el horror sombrío que había encontrado en el prado de Chapman.

Creo que pasé la mayor parte de ese tiempo discutiendo vanamente conmigo mismo e intentando convencer a la parte racional de mi mente de que lo que había visto y sentido era por completo increíble.

No podía alcanzar ninguna otra conclusión: la salud mental de Amberville estaba en peligro a causa de esa cosa maldita.

La personalidad maligna del lugar; el terror impalpable, el misterio y la atracción eran como redes que habían sido tejidas en mi cerebro, y que no podía disipar mediante esfuerzo consciente alguno.

Sin embargo, tomé dos decisiones: la primera fue que debía escribir inmediatamente a la prometida de Amberville, Miss Avis Olcott, e invitarla a que me visitase como huésped acompañante del artista durante el resto de su estancia en Bowman. Su influencia, pensé, ayudaría a contrarrestar lo que quiera que fuese que le estaba afectando de una manera tan perniciosa. Dado que la conocía bastante bien, la invitación no parecería algo fuera de lugar. Decidí no decir nada a Amberville sobre esto, con la esperanza de que el elemento sorpresa resultase especialmente beneficioso.

Mi segunda decisión fue que yo mismo no visitaría el prado por segunda vez, si podía evitarlo. Indirectamente..., porque conocía la necesidad que supone intentar combatir una obsesión mental abiertamente..., intentar apagar el interés del pintor hacia ese lugar, y entretener su atención con otros temas. Además, podían planearse excursiones y entretenimientos, al coste menor de retrasar mi propio trabajo.

El ahumado crepúsculo otoñal me sorprendió sumido en meditaciones semejantes a éstas; pero Amberville no regresó. Empezaron a atormentarme horribles premoniciones, sin forma ni nombre, mientras le esperaba. La noche se oscureció y la cena se enfrió sobre la mesa. Por fin, alrededor de las nueve, cuando estaba armándome de valor para salir a buscarle, llegó apresuradamente. Estaba pálido, desgreñado, sin aliento; sus ojos tenían un brillo dolido, como si algo le hubiese asustado más allá de lo que podía soportar.

No se disculpó por su retraso; tampoco se refirió a mi propia visita al fondo del prado. Aparentemente, se había olvidado de todo el episodio..., se había olvidado de su grosería conmigo.

—¡He terminado! –gritó—. Nunca volveré..., no volveré a arriesgarme. Ese lugar es más infernal durante la noche que durante el día. No puedo decirte lo que he visto y sentido..., debo olvidarlo, si puedo. Hay una emanación..., algo que sale abiertamente a la ausencia del sol, pero que está latente durante el día. Me atrajo, me tentó para quedarme esta noche..., y casi me atrapó. ¡Dios! No creía que cosas semejantes fuesen posibles. Ese horrible compuesto de... —se interrumpió y no terminó la frase. Sus ojos se dilataron, como ante el recuerdo de algo demasiado terrible como para ser descrito. En ese momento, recordé los ojos del viejo Chapman, venenosamente perseguidos, a quien había visto a veces cerca de mí en la aldea. Él no me había interesado especialmente, ya que le consideraba un tipo común de personaje rural, con una tendencia a alguna oscura y desagradable aberración.

Pero ahora, cuando vi la misma expresión en los ojos de un artista sensible, comencé a preguntarme, era una conjetura que me daba miedo, si el viejo Chapman había sido consciente del mal que habitaba al fondo de su prado. Quizá, de alguna manera que estaba más allá de la comprensión humana, había sido su víctima...; él había muerto allí, y su muerte no había parecido en absoluto misteriosa. Pero quizá, a la luz de lo que Amberville y yo notábamos, había algo más en el asunto de lo que nadie había sospechado.

—Cuéntame lo que viste —me aventuré a sugerir.

Ante esta pregunta, un velo pareció caer entre nosotros, impalpable pero tenebroso. Agitó la cabeza lentamente y no dio respuesta alguna. El terror humano, que quizá le había empujado a su modo de ser normal, y le había vuelto casi comunicativo en esta ocasión, se apartó de Amberville.

Una sombra más oscura que el miedo. De nuevo estaba sumergido bajo una oscuridad impenetrable y ajena. Sentí un repentino escalofrío, más del espíritu que de la carne; y, una vez más, tuve la estrambótica intuición de su creciente intimidad con aquel vampírico prado.

Junto a mí, en el cuarto iluminado por las lámparas, bajo su mascara de humanidad, una cosa que no era por completo humana parecía estar sentada y esperando.

De los días que siguieron, tan sólo ofreceré un resumen. Resultaría imposible transmitir el horror fantasmal, en que nada sucedía, en el que habitábamos y nos movíamos.

Escribí inmediatamente a Miss Olcott, insistiendo para que me hiciese una visita durante la estancia de Amberville, y, para asegurar su aceptación, dejé caer pistas oscuras relativas a mi preocupación por su salud y mi necesidad de ayuda. Mientras tanto, esperando su respuesta, intenté distraer al artista sugiriendo viajes a puntos variados de interés paisajístico en los alrededores. Estas sugerencias fueron rechazadas con una sequedad distante, un aire que resu1taba insensible y furtivo, más que deliberadamente grosero. Virtualmente, ignoró mi existencia, y dejó más que claro que deseaba que yo me ocupara de mis propios asuntos. Lo que por fin, llevado por la desesperación, hice, esperando la llegada de Miss Olcott. Como siempre, salía cada mañana temprano, con sus pinturas y su paleta, y regresaba al ponerse el sol o un poco más tarde. No me decía dónde había estado; y yo me abstenía de preguntar.

Miss Olcott llegó tres días después de que echase mi carta, durante la tarde. Ella era joven, ágil, ultrafemenina, y estaba dedicada por completo a Amberville. De hecho, creo que le tenía un poco de miedo. Le dije tanto como me atreví y le advertí sobre el cambio morboso en su prometido, que atribuí a los nervios y al exceso de trabajo. Sencillamente, no fui capaz de mencionar el prado de Chapman y su maléfica influencia. Todo el asunto resultaba demasiado increíble, demasiado fantasmagórico, como para ser ofrecido como explicación a una chica moderna. Cuando vi la alarma, algo impotente, y la sorpresa con la que escuchaba mi historia, comencé a desear que ella fuese de un tipo más decidido y determinado, y menos sumisa con Amberville de lo que yo suponía que era. Una mujer más fuerte le habría salvado; pero, incluso entonces, comencé a dudar sí Avis seria capaz de hacer algo para combatir la maldad imponderable que se lo estaba tragando.

Brillaba una pesada luna creciente, como un cuerno con la punta mojada en sangre, cuando él regresó. Para mi inmenso alivio, la presencia de Avis pareció tener un efecto altamente saludable. En el mismo momento en que la vio, Amberville salió del singular eclipse que le había reclamado, yo temía que más allá de la redención, y se mostró casi con su afable personalidad anterior. Quizá todo era una farsa, destinada a servir algún propósito posterior; pero esto, en aquel momento, no podía sospecharlo.

Comencé a felicitarme por haber aplicado aquel soberano remedio. La chica, por su parte, estaba claramente aliviada; aunque la sorprendí mirándole con una expresión levemente herida y sorprendida, cuando él caía en leves intervalos de malhumorada abstracción. como si momentáneamente se hubiese olvidado de ella.

En conjunto, sin embargo, había una transformación que parecía no menos que mágica, teniendo en cuenta su reciente tristeza y alejamiento. Después de un intervalo decente, dejé sola a la pareja y me retiré.

Me levanté muy tarde a la mañana siguiente, habiendo dormido de más. Descubrí que Avis y Amberville se habían marchado juntos, llevándose una comida que mi cocinero chino les había proporcionado.

Claramente, él se la había llevado en una de sus excursiones artísticas; y me pareció un buen augurio para su recuperación. De alguna manera, no se me ocurrió en ningún momento que se la hubiese llevado al prado de Chapman. La sombra, tenue y maligna, de todo el asunto había comenzado a levantarse de mi mente; me alegré sintiéndome aliviado de mi responsabilidad, y, por primera vez en una semana, fui capaz de concentrarme claramente en el final de mi novela.

Los dos regresaron al oscurecer, y vi inmediatamente que había estado equivocado respecto a más de una cuestión. Amberville había adquirido de nuevo su aire siniestro y melancólico. La chica, junto a su elevada estatura y masivos hombros, parecía muy pequeña, perdida..., y patéticamente sorprendida y asustada. Era como si ella hubiese encontrado algo que quedaba fuera por completo de su capacidad de comprensión, algo a lo que era humanamente incapaz de hacer frente.

Muy poco fue dicho por ninguno de los dos. Ellos no me dijeron dónde habían estado..., pero, respecto a esa materia, no hacía falta hacer preguntas. Como de costumbre, la taciturnidad de Amberville parecía causada por algún oscuro mal humor o por un arisco ensueño. Pero Avis me dio la impresión de estar sujeta por un doble freno, como si, además de un horror abrumador, se la hubiese prohibido hablar de los sucesos y las experiencias del día. Sabía que ellos habían ido a aquel maldito prado; pero estaba lejos de sentirme seguro de que Avis había sido personalmente consciente de la extraña y maléfica entidad de aquel lugar, o sí sencillamente había sido asustada por el cambio malsano que había experimentado su amante bajo su influencia.

En todo caso, resultaba evidente que ella le era completamente sumisa. Empecé a maldecirme como un tonto por haberla invitado a Bowman..., aunque la verdadera amargura de mis remordimientos estaba aún por venir.
Pasó una semana, con las mismas excursiones diarias del pintor y de su prometida..., el mismo alejamiento, frustrante y siniestro, por parte de Amberville..., el mismo terror, impotencia, freno y sumisión por parte de la chica. Yo era incapaz de imaginar cómo terminaría todo; pero me temía, basado en la ominosa alteración de su personalidad, que Amberville se dirigía hacia alguna forma de enfermedad mental, si no hacia algo peor. Mis ofertas de entretenimientos y de excursiones por paisajes fueron rechazadas por la pareja; y varios esfuerzos directos para interrogar a Avis fueron recibidos con una evasión casi hostil que me convenció de que Amberville la había ordenado guardar silencio..., y quizá, de una manera engañosa, tergiversando mi propia actitud hacia él.

—No le comprendes —repetía ella—; él es muy temperamental.

Todo el asunto constituía un misterio enloquecedor, pero parecía cada vez más que la propia muchacha estaba siendo atraída, directa o indirectamente, a la misma red fantasmal que había atrapado al artista.

Supuse que Amberville había hecho varios cuadros del prado; pero no me los mostró, ni siquiera los mencionó.

Mis propias impresiones de aquel lugar adquirieron, con el paso del tiempo, una inexplicable claridad que era casi alucinatoria. La increíble idea de que había una fuerza o personalidad inherente, malévola y casi vampírica, se convirtió, en contra de mi voluntad, en una convicción no confesada.

El lugar me perseguía como un fantasma, horrible pero seductor.

Sentía una tremenda curiosidad morbosa. Un deseo malsano de volver a visitarlo, y sondear, si era posible, el enigma. A menudo, pensé en la idea de Amberville de un genius loci que habitaba en el prado, y las pistas sobre una aparición humana que de alguna manera estaba asociada con aquel lugar. Además, me preguntaba qué era lo que había visto el artista cuando se quedó después de la caída de la noche, y había regresado a mi casa empujado por el terror. Parecía que no se había atrevido a repetir el experimento, a pesar de su obvia sujeción a la desconocida atracción.

El final llegó abruptamente y sin avisos. Mis negocios me habían llevado a la capital del condado una tarde, y no regresé hasta bien entrada la noche. Una luna llena brillaba alta sobre los oscuros pinares de las colinas. Esperaba encontrarme a Avis y al pintor en mi salón; pero no estaban allí. Li Sing, mi factótum, me dijo que había regresado a la hora de cenar. Una hora mas tarde, Amberville se había marchado discretamente mientras que la chica estaba en su cuarto. Bajando unos pocos minutos más tarde, Avis había mostrado una perturbación excesiva cuando descubrió su ausencia, y también había abandonado la casa, como para ir a buscarle, sin decirle a Li Sing a dónde se dirigía o cuándo podría regresar.

Todo esto había ocurrido hacía tres horas, y ninguno de los dos había vuelto aún.

Una negra intuición sutilmente escalofriante, del mal se apoderó de mí mientras escuchaba la narración de Li Sing. Demasiado bien sabía que Amberville debía haber cedido a la tentación de una segunda visita nocturna a aquel maldito prado. De alguna manera, una atracción oculta había vencido el horror de su primera experiencia, lo que quiera que hubiese sido.

Avis, sabiendo dónde estaba él, y quizá temerosa por su cordura —o por su seguridad—, había salido a encontrarle. Cada vez mas, sentí la seguridad imperiosa de que había un mal que les amenazaba a ambos..., una abominación, asquerosa e innombrable, a la que quizá ellos ya se habían rendido.

Independientemente de mis tonterías y dudas anteriores, esta vez no me retrasé. Unos pocos minutos de conducir a una velocidad acelerada bajo los maduros rayos de la luna me depositaron en la frontera, llena de pinos, de la propiedad de los Chapman. Allí, como en mi anterior visita, abandoné mi coche, y me arrojé de cabeza a través del sombrío bosque.

Mientras avanzaba, escuché, desde las profundidades del valle, un único grito, agudo a causa del terror, que terminó abruptamente. Me quedé convencido de que aquella voz era la de Avis; pero no volví a escucharla de nuevo.

Corriendo desesperadamente, salí al fondo del prado. Ni Avis ni Amberville estaban a la vista; y me pareció, en mi apresurado escrutinio, que el lugar estaba lleno de vapores que se movían y se retorcían misteriosamente, que sólo permitían una visión parcial del sauce muerto y de la otra vegetación. Corrí hacía el sucio estanque, y, al acercarme, fui detenido por un repentino y doble horror.

Avis y Amberville estaban flotando juntos en la superficie del estanque, con sus cuerpos medio cubiertos por un manto de algas. La chica se hallaba firmemente sujeta entre los brazos del pintor, como si se la hubiese llevado con él contra su voluntad, hacia aquella muerte apestosa. El rostro de ella estaba cubierto por las malignas algas verdosas, y no podía ver el rostro de Amberville, apoyado contra su hombro.

Parecía que había habido una lucha; pero los dos estaban tranquilos ahora y se habían entregado tumbados a su condena.

No era sólo este espectáculo, sin embargo, lo que me empujó a una loca escapada temblorosa de aquel prado, sin hacer siquiera el menor esfuerzo por recuperar los cuerpos ahogados. El verdadero horror estaba en la cosa que, a una escasa distancia, había tomado por una niebla que se levantaba y se movía lentamente. No era un vapor, ni tampoco ninguna otra cosa que pudiese existir concebiblemente..., esa emanación maligna, luminosa y pálida que envolvía la escena entera que estaba ante mí como una extensión inquieta y hambrientamente temblorosa de su silueta..., una proyección fantasmal del sauce, pálido y mortecino, los alisos agonizantes, las espadañas, el charco estancado y las víctimas suicidas.

El paisaje resultaba visible a través de éste como a través de una película; pero parecía coagularse y hacerse más denso, gradualmente, en algunos lugares, con una actividad maldita y terrorífica.

De estas coagulaciones, como vomitadas por la exhalación ambiental, vi emerger tres rostros humanos que participaban de la misma materia nebulosa, que no era ni niebla ni plasma. Uno de estos rostros parecía separarse del tronco del fantasmal sauce: el segundo y el tercero se arremolinaban hacia arriba desde el revuelto estanque fantasmal, con sus cuerpos sin forma arrastrándose por entre las tenues ramas.

Los rostros eran los del viejo Chapman, Francis Amberville y Avis Olcott.

Por debajo de esta extraña proyección fantasmal suya, el verdadero paisaje se burlaba con el mismo aire vampírico e infernal que había tenido durante el día. Pero ya no parecía que el lugar estuviese tranquilo..., se revolvía con una maligna vida secreta... que me alcanzaba con sus sucias aguas, con los dedos huesudos de los árboles, con las caras espectrales que había escupido de su mortal trampa.

En ese momento, hasta el terror se congeló dentro de mí. Me quedé de pie, mirando, mientras la pálida exhalación maldita se levantaba más alta sobre el prado. Los tres rostros humanos, a causa de una nueva agitación de la masa coagulada, empezaron a acercarse entre sí. De una manera lenta e inexpresable, se mezclaron en uno, convirtiéndose en un rostro andrógino, ni joven ni viejo, que se deshizo por fin en las ramas que se alargaban del sauce fantasmal..., las manos de la muerte arbórea que estaban alcanzándome para envolverme. Entonces, incapaz de soportar el espectáculo por más tiempo, eché a correr...

Hay poco más que necesite contar, porque nada que yo pudiese añadir a esta narración disminuiría el misterio abominable de todo ello en ningún grado.

El prado —o la cosa que habita en el prado— ya ha reclamado tres víctimas..., y, a veces, me pregunto si reclamará la cuarta. Parece que, de entre todos los vivientes, sólo yo he adivinado el secreto de la muerte de Chapman, y de la muerte de Avis y Amberville; y nadie más, aparentemente, ha sentido el genio maligno del prado.

No he vuelto allí, desde la mañana en que los cuerpos del artista y de su prometida fueron retirados del charco...; tampoco he reunido la fuerza de voluntad como para destruir las cuatro pinturas al óleo y los dos dibujos a la acuarela que fueron realizados por Amberville, o para disponer de ellos de alguna otra manera.

Quizá..., a pesar de todo lo que me frena..., volveré a visitarlo.



Genius Loci, IX—1932

(Weird Tales, VI—33. Genius Loci And Other Tales, X—48)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22



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