Clark Ashton Smith



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Gaillard había estado inspeccionando la pared de color carne de la cabeza, con un interés y una fascinación supremos. A cierta distancia a un lado, notó ciertos crecimientos peculiares, o encogidos o atrofiados, como cuernos caídos o flácidos. Eran tan grandes como el cuerpo de un hombre, y podrían en algún otro momento haber sido más grandes. Parecía como si la planta los hubiese hecho crecer para algún propósito desconocido, y, al haberse cumplido dicho propósito, hubiese permitido que se marchitasen. Aún sugerían, de una manera pasmosa, partes y miembros semihumanos, extraños apéndices, mitad brazos, mitad tentáculos, como si hubiesen sido modelados partiendo de una forma de vida marciana animal, sin paralelo y aún por descubrir.

Justo bajo ellos, en el suelo, Gaillard se fijó en un grupo de extraños instrumentos metálicos, con toscas hojas y lingotes sin forma del mismo metal cobrizo con el que se había construido la nave espacial.

De alguna manera, aquel lugar sugería un astillero abandonado, aunque no había andamiajes como los que normalmente se emplean en la construcción de una nave. Una rara intuición de la verdad apareció en la mente de Gaillard mientras examinaba los restos metálicos, pero estaba demasiado pasmado por todo lo que había visto, además de por todo lo que había supuesto y conjeturado, como para comunicar sus hipótesis a los otros sabios.

Mientras tanto, todo el grupo había vagabundeado por el claro, que comprendía un área de varios cientos de yardas. Uno de los astrónomos, Philip Colton, que había realizado estudios adicionales de botánica, estaba examinando las hojas serradas de la gigantesca parra con una mezcla de interés y de la perplejidad mas completa. Las frondas o ramas estaban forradas con agujas como de pino, cubiertas de un vello largo y sedoso; y cada una de estas agujas tenía por lo menos cuatro pies de longitud y tres o cuatro pulgadas de grosor, posiblemente con una estructura hueca o tubular. Las frondas crecían a un nivel uniforme desde el tallo principal, llenando el aire como un bosque horizontal, y alcanzando el propio suelo en un orden unido y enlazado.

Colton sacó una navaja de su bolsillo e intentó cortar un trozo de una de esas hojas. Al primer contacto de la afilada hoja, toda la fronda se retiró de su alcance; y entonces, volviendo, le propinó un tremendo golpe que le lanzó al suelo y arrojó el cuchillo de entre sus dedos a una distancia considerable.

De no ser por la menor gravedad marciana, habría resultado severamente dañado por el golpe y la caída. Tal y como fue, se quedo tumbado, amoratado y jadeante, mirando con ridícula sorpresa la gran rama, que había recuperado su posición inicial entre sus compañeras, y ahora no daba señal de otro movimiento que el singular temblor producido por la palpitación rítmica del tallo al que estaba unida.

La situación de Colton había sido notada por sus compañeros, y, de repente, todas sus lenguas se soltaron por este acontecimiento; una confusa discusión se inició entre ellos; ya no resultaba posible para nadie dudar de la naturaleza animada o medio animal de la planta, e incluso el indignado y colérico Stilton, quien consideraba que las leyes más sagradas de las posibilidades científicas estaban siendo violadas, se vio obligado a admitir la existencia de un enigma biológico que no podría explicarse en los términos de la morfología ortodoxa.

Gaillard no tenía ganas de desempeñar ningún papel en la discusión, prefiriendo sus propias ideas y conjeturas, y continuó vigilando la carne palpitante. Se quedó un poco separado de los demás, y más cerca que ellos de la carnosa y porosa cuesta de la enorme cabeza; y, de repente, vio el crecimiento de lo que parecía ser un nuevo tentáculo desde su superficie, a una distancia de unos cuatro pies del suelo.

La cosa crecía como en una película a cámara lenta, alargándose y creciendo visiblemente, con un nudo bulboso en su extremo. Este nudo se convirtió enseguida en una gran masa, ligeramente arrugada, cuya silueta confundía y tentaba a Gaillard con la silueta de algo que una vez había visto pero que no conseguía recordar ahora. Había una extraña sugestión de miembros en formación y miembros que enseguida se volvieron más concretos; y entonces, con una especie de impacto, se dio cuenta de que la cosa parecía ¡un feto humano!

Su involuntaria exclamación de sorpresa atrajo la atención de los otros; y pronto toda la delegación estuvo agrupada en torno a él, contemplando, con el aliento contenido, el increíble desarrollo del nuevo brote. A la cosa le habían salido dos piernas bien formadas, que ahora descansaban en el suelo, sosteniendo con sus pies de cinco dedos el erguido cuerpo, en el cual la cabeza y los brazos ya estaban del todo evolucionados, aunque aún no habían alcanzado tamaño adulto.

El proceso continuó, y, simultáneamente, una especie de cadarzo lanoso empezó a aparecer en torno al tronco, los brazos y las piernas, como el rápido tejerse de un enorme capullo. Las manos y el cuello estaban desnudos; pero los pies se hallaban cubiertos con un material diferente, que tomó la apariencia de cuero verde.

Cuando el cadarzo se engrosó y se oscureció hasta un tono gris perla, y adquirió una apariencia bastante a la moda, resultó evidente que la silueta estaba siendo vestida con prendas como las que portaban los hombres de la Tierra, probablemente en deferencia a las ideas humanas sobre el pudor.

La cosa era increíble; y aún más extraño e increíble era el parecido que Gaillard y sus compañeros estaban descubriendo en la cara de la figura que aún seguía creciendo. Gaillard se sentía como si estuviese mirando en un espejo, ¡porque todos los rasgos esenciales de la cara eran los suyos!

Las prendas y los zapatos eran réplicas fieles de los que él mismo llevaba; ¡y cada parte y cada miembro de este extraño ser, incluso la yema de los dedos, estaban proporcionados como los suyos.!

Los científicos vieron que el proceso de crecimiento estaba aparentemente completado. La figura se hallaba de pie con los ojos cerrados y un aspecto en blanco y sin expresión en sus facciones, como un hombre que aún no se ha despertado de su letargo. Estaba aún unido por un grueso tentáculo al palpitante nódulo montañoso; y este tentáculo salía de la base del cerebro como un cordón umbilical extrañamente situado.

La figura abrió los ojos y miró a Gaillard lanzándole una mirada profunda, larga, calmada y penetrante, que sirvió para aumentar su emoción y estupefacción. Sostuvo la mirada con la más extraña sensación imaginable..., la sensación de que tenía enfrente a su alter ego, un Doppelgänger en el que se encontraba el alma y la inteligencia de una entidad extraña y mayor. En la mirada de los ojos crípticos sintió el mismo misterio, profundo y sublime, que había visto desde las brillantes órbitas, semejantes a lagos de rocío brillante o de cristal, en la cabeza de la planta.

La figura levantó su mano derecha y pareció llamarle. Gaillard avanzó lentamente hasta que él y su milagroso doble se encontraron cara a cara. Entonces, el extraño ser colocó la mano sobre su frente, y a Gaillard le pareció que un hechizo mesmérico descendía sobre él en ese momento. Casi sin voluntad propia, para un fin que no le permitió comprender en ese momento, comenzó a hablar; y la figura, imitando cada tono y cada cadencia, repetía las palabras por él pronunciadas.

Transcurrieron muchos minutos hasta que Gaillard se dio cuenta del verdadero sentido y significado de este notable coloquio. Entonces, con un fogonazo de conciencia clara, se dio cuenta de que ¡le estaba dando a la figura lecciones de lengua inglesa! Estaba vertiendo un torrente, fluido e ininterrumpido, que contenía el vocabulario principal del idioma, junto con sus reglas gramaticales. Y, de alguna manera, por un milagro de inteligencia superior, todo lo que decía era comprendido y recordado por su interlocutor.

Debieron transcurrir horas en este proceso; y el sol marciano se estaba vertiendo ahora por la aserrada hojarasca. Mareado y exhausto, Gaillard se dio cuenta de que la larga lección había terminado; porque el ser retiró la mano de su frente y se dirigió a él, en un inglés educado y bien modulado.

—Muchas gracias. He aprendido todo lo que necesitaba saber para propósitos de comunicación lingüística. Si tú y tus compañeros me escucháis ahora, os explicaré todo lo que os ha confundido, y declararé las razones por las que habéis sido traídos desde vuestro planeta propio hasta el suelo de un planeta extraño.

Como hombres en un sueño, apenas capaces de creer la fantástica evidencia de sus sentidos y sin embargo incapaces de refutarla o de repudiarla, los terrícolas escucharon mientras el sorprendente doble de Gaillard continuaba.



—El ser por medio del que hablo, hecho a semejanza de uno de vuestro grupo, es un simple órgano especial que he desarrollado para poder comunicarme con vosotros. Yo, la entidad creadora, que combino en mí mismo el más profundo genio y energía de esas dos divisiones de la vida que son conocidas para vosotros como vegetal y animal... Yo que poseo la virtual omnisciencia y omnipotencia de un dios, no he tenido la necesidad de un lenguaje articulado o formal en ningún momento previo de mi existencia. Pero, dado que incluyo en mi interior todas las potencialidades de la evolución junto con poderes mentales que rayan en la omnisciencia, no he tenido la menor dificultad en adquirir esta nueva capacidad. Fui yo quien construyó, mediante otros órganos especiales que había desarrollado para este propósito, la nave espacial que descendió sobre vuestro planeta y después volvió a mí con una delegación, compuesta en su mayoría, como he descubierto, por la fraternidad científica de la humanidad. La construcción de la nave, junto a su modo de control, quedarán en claro una vez que explique que soy el amo de muchas energías cósmicas, que van más allá de los rayos y de las radiaciones conocidas a los sabios de la Tierra. Estas fuerzas puedo extraerlas del aire, del suelo o del éter a voluntad, o incluso puedo invocarlas desde estrellas remotas y nebulosas. La nave espacial fue construida con metal que había integrado partiendo de moléculas que flotaban al azar en el aire; y utilicé rayos solares, en forma concentrada, para crear la temperatura que haría que esos metales se fundiesen en una sola lámina. La energía empleada para impulsar y guiar la nave es una especie de energía supereléctrica cuya naturaleza no entraré a elucidar sino para decir que está asociada con la fuerza básica de la gravedad, y además con ciertas propiedades radiactivas del éter interestelar que no pueden detectarse con los instrumentos que vosotros poseéis. Establecí en la nave la gravedad marciana, y la aprovisioné con aire y agua marcianos, además de con productos alimenticios sintetizados químicamente, para acostumbraros durante vuestro viaje a las condiciones dominantes en Marte. Yo soy, como podéis haber imaginado, el único habitante de este mundo. Podría multiplicarme si fuese necesario; pero, hasta el momento, por razones que enseguida comprenderéis, no he considerado que esto fuese deseable. Siendo completo y perfecto por mí mismo, no tengo necesidad de compañía con otras entidades, y, hace mucho tiempo, para mi propia comodidad y seguridad, me vi obligado a extirpar otras formas de vida vegetal rivales, y además a ciertos animales que se parecían levemente a la humanidad de vuestro mundo, y quienes, en el curso de su evolución, se estaban volviendo preocupantes y hasta peligrosos para mí. Con mis grandes ojos, que poseen un poder de magnificación óptica que queda más allá de vuestros más poderosos telescopios, he estudiado la Tierra y los otros planetas, durante las noches marcianas, y he aprendido mucho en relación a las condiciones que existen en cada uno. La vida en vuestro mundo, su historia, el estado de vuestra civilización, han sido de muchas maneras un libro abierto para mí; y también me he formado una idea precisa de los fenómenos geológicos, de la fauna y de la flora de vuestro mundo; comprendo vuestras imperfecciones, vuestra injusticia social y vuestros problemas de ajuste, y las múltiples enfermedades y miserias a las que estáis sujetos, debido a las disonantes múltiples entidades en las que la expresión de vuestro principio vital ha sido subdividida. De todos esos males y errores, yo estoy exento. He alcanzado un dominio y un conocimiento prácticamente absolutos; y ya no hay nada en el universo que yo tema, dejando a un lado el inevitable proceso de deshidratación y desecación al que Marte está viéndose lentamente sometido, al igual que todos los demás planetas que envejecen. Soy incapaz de retrasar este proceso, excepto de una manera limitada y parcial; y ya me he visto obligado a sondear las aguas artesianas del planeta en muchos lugares. Podría vivir solamente con la luz del sol y el aire; pero el agua es necesaria para mantener la propiedades alimenticias de la atmósfera, y, sin ella, mi inmortalidad fallaría con el paso del tiempo; mis tallos gigantes se encogerían y secarían, y mis vastas e innumerables hojas se secarían por falta del líquido vital. Vuestro mundo es joven, con mares superabundantes y arroyos y un aire cargado de humedad. Tenéis más de lo que necesitáis de un elemento que a mí me falta; y os he traído aquí, como representantes del género humano, para proponeros un intercambio que sólo puede resultar beneficioso para vosotros igual que para mí. A cambio de una módica cantidad del agua de vuestro mundo, os ofreceré los secretos de la vida terna y de la energía infinita, y os enseñaré cómo vencer vuestras imperfecciones sociales y a dominar por completo vuestro entorno planetario. A causa de mi gran tamaño, mis tallos y mis zarcillos que rodean el ecuador marciano y alcanzan hasta los polos, me resultaría imposible abandonar mi mundo natal; pero os enseñaré cómo colonizar otros planetas y a explorar el universo exterior. Para estos distintos fines, sugiero la creación de un tratado interplanetario y una alianza permanente entre yo mismo y los pueblos de la Tierra. Considerad bien lo que os ofrezco: porque la oportunidad es sin precedente ni paralelo. En relación a los hombres, soy como un dios en relación a los insectos. Los beneficios que puedo proporcionaros son inestimables; y, a cambio, sólo pido que establezcáis en la Tierra, según mis instrucciones, ciertas estaciones transmisoras utilizando una onda superpotente, por medio de las cuales los elementos esenciales del agua, menos sus indeseables propiedades salinas, puedan ser teleportados a Marte. La cantidad así retirada no causará diferencias, o éstas serán mínimas, en el nivel de vuestras mareas y en la humedad de vuestro aire; pero para mí es el medio de asegurarme una vida perdurable.

La figura dio por finalizada su perorata, y se quedó de pie mirando a los terrícolas en un silencio educado y hasta cierto punto inescrutable. Se quedó esperando su respuesta.

Como podría haberse esperado, las emociones con que los miembros de la delegación acogieron este notable discurso distaron de ser unánimes en su tono. Todos los hombres se encontraban más allá del pasmo y de la sorpresa, porque los milagros se habían amontonado sobre los milagros hasta que sus cerebros se encontraban atontados a causa del asombro; y habían llegado al punto en que tomaban la creación de una figura humana y su dotación de la capacidad de hablar completamente por supuesto. Pero la propuesta planteada por la planta, a través de su órgano de aspecto humano, era otra cuestión, y produjo diversas resonancias en las mentes de los científicos, los periodistas, el alcalde y el jefe de policía.

Gaillard, que se encontró a sí mismo completamente conforme con la proposición, y cada vez mas unido con la entidad marciana, deseaba acceder al instante y dar su apoyo y el de sus compañeros al tratado planteado y al plan de intercambio. Se vio obligado a indicar al marciano que la delegación, aun siendo de la misma opinión, no tenía poderes para representar a las gentes de la Tierra en la formación de la planteada alianza; que lo más que podría hacer era plantear la oferta ante el gobierno de los Estados Unidos y los demás gobiernos de la Tierra.

La mitad de los científicos, después de alguna deliberación, se declararon favorables al plan y dispuestos a apoyarlo hasta el límite de sus habilidades. Los tres periodistas estaban igualmente dispuestos a hacer lo mismo, y prometieron, quizá impetuosamente, que la influencia de la prensa en el mundo se añadiría a la de los famosos sabios.

Stilton y los otros dogmáticos del grupo se mostraron enfática y hasta rabiosamente opuestos, y se negaron a considerar la oferta del marciano ni siquiera por un instante. Cualquier tratado o alianza de esta clase, mantenían, sería altamente indeseable e incorrecto. Nunca sería válido para las naciones de la Tierra mezclarse en un lío de una naturaleza tan cuestionable, o tener comercio con un ser de la clase del monstruo planta que carecía de un status biológico legítimo. Era impensable que científicos ortodoxos y de mente sólida defendiesen algo tan sospechoso. Consideraban además que había un sabor de truco o engaño en todo el asunto; y, en todo caso, era demasiado irregular como para ser considerado o contemplado con otra cosa que no fuese aprensión.

La escisión entre los sabios se volvió definitiva en una violenta discusión en que Stilton denunció a Gaillard y a los otros pro marcianos prácticamente como traidores del género humano, y como bolcheviques intelectuales cuyas ideas eran peligrosas a la integridad intelectual de la humanidad. Gresham y Polson estaban del lado de la ley y el orden mentales, siendo por profesión conservadores; y, así, el grupo estaba dividido en partes más o menos iguales de los que favorecían aceptar la oferta del marciano y quienes la rechazaban con más o menos sospecha e indignación.

Durante el curso de esta vehemente discusión, el sol se había puesto detrás de las altas murallas de hojarasca, y un frío gélido, como el que podría sentirse en un mundo medio desierto sin aire que lo atenúe, había tocado ya el crepúsculo rosa pálido. Los científicos comenzaron a temblar y sus pensamientos se vieron distraídos del problema que habían estado discutiendo por la incomodidad física de la que eran conscientes de una manera en aumento.

Escucharon la voz del extraño maniquí en el crepúsculo:

—Puedo ofreceros un selecto refugio durante la noche, además de durante vuestra estancia en Marte. Encontraréis la nave espacial bien iluminada y caliente, con todas las comodidades que podáis necesitar. Además, también puedo ofreceros otra hospitalidad. Mirad debajo de mi follaje, un poco a la derecha, donde estoy preparándoos ahora un refugio no menos cómodo y propicio que la nave... Un refugio que os ayudará a formaros una idea de mis variados poderes y potencialidades.

Los terrícolas vieron que la nave estaba brillantemente iluminada vertiendo una hermosa radiación amatista desde sus ventanas violeta. Entonces, debajo del follaje cercano por la derecha, notaron otra luminosidad todavía más extraña, que parecía ser emitida, como una especie de brillo nocturno, por las propias grandes hojas.

Incluso desde donde estaban de pie, notaron el agradable calor que comenzaba a calmar el frígido aire; y, avanzando hacia la fuente de estos fenómenos, descubrieron que las hojas se habían elevado y arqueado formando una amplia alcoba. El suelo estaba forrado con una especie de tejido de colores elástico, mullido y suave bajo sus pies, parecido a una alfombra fina. Jarras con líquidos y platos con comida estaban dispuestos en mesas bajas; y el aire en la alcoba era tan cálido como el de una noche de primavera en un clima subtropical.

Gaillard y los otros pro marcianos, profundamente asombrados, estaban dispuestos a servirse inmediatamente del refugio de esta taumatúrgica hostelería. Pero los antimarcianos no querían saber nada de esto, considerándolo como obra del diablo. Sufriendo agudamente a causa del frío, con dientes entrechocados y miembros temblorosos, permanecieron en el claro abierto durante algún tiempo, y por fin se vieron empujados a buscar la puerta hospitalaria de la nave espacial, considerándola el menor de entre dos males según un extraño razonamiento.

Los otros, después de comer de las mesas que misteriosamente se les había proporcionado, se tumbaron en los tejidos como colchones. Se encontraron muy refrescados con el líquido de las jarras, que no era agua, sino alguna especie de rosado vino aromático. La comida, un auténtico maná, estaba mas agradablemente condimentada que la que habían consumido durante su viaje en la nave espacial.

En su estado de excitación nerviosa, que era consecuencia de sus experiencias, ninguno de ellos había esperado dormir. El aire poco familiar, la gravedad alterada, la radiación desconocida del exótico suelo, además de su viaje sin precedentes y los milagrosos descubrimientos y revelaciones del día, todos eran profundamente inquietantes y posibles causantes de un profundo desequilibrio de cuerpo y de mente.

Sin embargo, Gaillard y sus compañeros se sumieron en un profundo reposo sin sueños tan pronto como se hubieron tumbado. Quizá el líquido y el alimento sólido que habían consumido ayudase a esto; o quizá había algún narcótico o influencia mesmérica en el aire, cayendo desde las vastas hojas o procedente del cerebro del señor planta.

A los antimarcianos no les fue tan bien en este sentido, y su sueño resultó tenue e interrumpido. La mayoría de ellos habían comido muy poco de las viandas que se les ofrecía en la nave espacial; y Stilton en particular se había negado a comer y a beber en absoluto. Además de que, sin duda, su estado mental hostil era tal como para hacerles más resistentes al poder hipnótico de la planta, si tal poder estaba siendo ejercido. En cualquier caso, no compartieron los beneficios que se les concedieron a los otros.

Un poco antes del amanecer, cuando Marte estaba todavía enlutado en la oscuridad crepuscular, pero ligeramente iluminado por las dos lunas, Phobos y Deimos, Stilton se levantó de la suave cama en la que se había revuelto durante toda la noche, y comenzó a experimentar de nuevo, sin intimidarse ante su anterior fracaso e incomodidad, con los controles mecánicos de la nave.

Para su sorpresa, descubrió que las llaves de extraña forma ya no se resistían a sus manos. Podía moverlas y ordenarlas a voluntad; y enseguida descubrió el principio de su funcionamiento y fue capaz de hacer despegar y volar a la nave.

Sus compañeros se le unieron, llamados por su grito de triunfo. Todos estaban completamente despiertos y jubilosos con la esperanza de escapar de Mane y de la jurisdicción de la monstruosa planta. Animados por esta esperanza y temerosos a cada momento de que el marciano volviese a reafirmar su control esotérico sobre el mecanismo, se levantaron sin ser obstaculizados por el jardín oscuro del espacio extraterrestre y se dirigieron hacia la esfera brillante y verde de la Tierra, que podían distinguir entre las constelaciones desconocidas.

Mirando hacia atrás, vieron los grandes ojos del marciano mirándolos extrañamente desde la oscuridad, como estanques de clara fosforescencia azulada; y temblaron con el miedo de volver a ser llamados y capturados. Pero, por alguna razón inescrutable, se les permitió continuar su rumbo hacia la Tierra sin interferencia.

Sin embargo, su viaje se vio marcado hasta cierto punto por el desastre; y el torpe pilotaje de Stilton apenas representaba un sustituto para el conocimiento y la habilidad, medio divinos, del marciano. Más de una vez, la nave colisionó con meteoritos, ninguno de los cuales, afortunadamente, era lo bastante pesado como para penetrar el casco. Y cuando, después de muchas horas, se acercaron a la Tierra, Stilton fracasó en conseguir el grado necesario de deceleración. La nave cayó a una terrible velocidad y sólo se salvó de la destrucción cayendo en el Atlántico Sur. El mecanismo atascado se volvió inútil a causa de la caída, y la mayoría de los ocupantes fueron severamente golpeados y tuvieron moratones.

Después de flotar a la deriva durante varios días, la masa cobriza fue avistada por un buque de pasajeros con ruta al norte y arrastrada hasta el puerto de Lisboa. Allí, los científicos la abandonaron, y regresaron a América, después de narrar sus aventuras a los representantes de la prensa mundial, y emitieron una solemne advertencia contra los planes subversivos e infames propuestas del monstruo interplanetario.




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