Clark Ashton Smith



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POSDATA

Como interno en el hospital terrestre de Ignarh, tuve a mi cargo el caso singular de Rodney Severn, el único miembro superviviente de la expedición Octave a Yoh—Vombis, y tomé nota de la narración anterior siguiendo su dictado. Severn había sido transportado al hospital por los guías marcianos de expedición. Sufría de unas condiciones de horrible desgarro e inflamación en frente y cuero cabelludo, así como de un delirio extremo durante parte del tiempo, y tenía que ser atado a la cama durante los recurrentes ataques de una locura frenética que resultaba doblemente inexplicable a la vista de su extrema debilidad.

Los desgarros, como se habrá desprendido de la narración, eran principalmente autoinfligidos. Estaban mezclados con numerosas heridas pequeñas redondas, fáciles de distinguir de los desgarramientos del cuchillo, y situadas en círculos regulares. A través de éstas, un veneno desconocido había sido inyectado en el cuero cabelludo de Severn. La causa de estas heridas es difícil de explicar; a no ser que uno considere que la narración de Severn es cierta, y no se trata de una simple invención de su enfermedad.

Hablando en nombre propio, a la luz de lo que más tarde ocurrió, considero que no tengo otra salida que creerlo. Hay cosas extrañas en el planeta rojo; y tan sólo puedo secundar el deseo que fue expresado por el arqueólogo condenado en relación a futuras exploraciones.

La noche siguiente a que hubiese terminado de contarme su historia, mientras otro doctor que no era yo mismo estaba de guardia, Severn consiguió escaparse del hospital, sin duda durante uno de los extraños ataques que he mencionado; una cosa de lo mas sorprendente, porque parecía más débil que nunca, después del largo esfuerzo de su terrible narración, y su fallecimiento se esperaba de hora en hora.

Aún mas sorprendente, sus pisadas desnudas fueron encontradas en el desierto, dirigiéndose a Yoh—Vombis; hasta que desaparecieron en el curso de una leve tormenta de arena; pero ningún resto del propio Severn ha sido descubierto todavía.


TheVaults of Yoh—Vombis, X—1931

(Weird Tales, V—32. Out Of Space And Time, V—42)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

Siembra De Marte



Según un argumento de E. M. Johnston
Clark Ashton Smith
FUE EN EL OTOÑO de 1947, tres días antes del encuentro de balompié anual entre Stanford y la Universidad de California, cuando el extraño visitante procedente del espacio exterior aterrizó en mitad del enorme estadio en Berkeley donde debía celebrarse el encuentro.

Descendiendo con una curiosa intención, fue visto y señalado por multitudes en los pueblos que bordean la bahía de San Francisco, en Berkeley, en Oakland, en Alameda y en el propio San Francisco. Brillando con una luz rojiza, de un tono cobre dorado, flotó descendiendo desde un cielo azul celeste sin nubes, dejándose caer en una especie de lenta espiral sobre el estadio. Era completamente diferente de cualquier otro tipo de nave aérea y tenía casi cien pies de longitud.

La forma general era ovoide, y, más o menos, angular, con una superficie dividida en docenas de planos distintos, además de muchas escotillas, con forma de diamante, de un material de color purpúreo, diferente del que se había empleado para construir el cuerpo de la nave. Incluso a primera vista, sugería el genio inventivo y la artesanía de un mundo extraterrestre, de una gente cuyas ideas sobre la simetría mecánica habían sido condicionadas por necesidades evolutivas y por sentidos y facultades distintos de los nuestros.

Sin embargo, cuando la extraña nave hubo aterrizado en el anfiteatro, muchas teorías conflictivas en relación a su origen y a su propósito se propagaron por los pueblos de la bahía. Había quien temía la invasión de algún enemigo extranjero, y quien pensó que la extraña nave era la vanguardia de algún ataque, planeado durante mucho tiempo, desde los soviets de Rusia y China, o incluso desde Alemania, cuyas intenciones eran aún sospechosas, y muchos de entre los que postulaban un origen ultraplanetario estaban también preocupados, considerando que quizá el visitante fuese hostil, y podría señalar el comienzo de alguna incursión desde otros mundos.

Mientras tanto, completamente inmóvil y en silencio, y sin signos de vida o de ocupación, la nave reposaba sobre el estadio, donde las multitudes empezaron a amontonarse para mirarla. Estas multitudes, sin embargo, fueron pronto dispersadas por orden de las autoridades civiles, ya que la naturaleza e intenciones del extraño eran tan indeclaradas como sospechosas. El estadio fue cerrado al público; y, para el caso de manifestaciones de hostilidad, se montaron nidos de ametralladoras en las gradas superiores con la presencia de una compañía de infantes de marina, y con bombarderos revoloteando preparados para soltar su letal carga sobre la brillante masa cobriza.

El interés más intenso fue sentido por la hermandad científica, y un gran grupo de profesores, de químicos, de metalúrgicos, de astrónomos y de biólogos fue organizado para visitar y estudiar el objeto desconocido. Cuando, a la tarde siguiente a su aterrizaje, los observatorios locales emitieron un boletín indicando que la nave había sido vista acercándose a la Tierra desde el espacio traslunar la noche anterior a su aterrizaje, quedó establecido, más allá de cualquier discusión, el hecho de su génesis no terrestre a los ojos de la mayoría; y la discusión se centró en sobre si había venido de Marte, Venus, Mercurio o uno de los planetas superiores; o si, quizá, se trataba de un vagabundo que procedía de un sistema solar distinto del nuestro.

Pero, por supuesto, los planetas más cercanos eran preferidos en esta discusión por la mayoría, especialmente Marte; porque, según podían determinar los que habían observado con mayor exactitud, la línea de acercamiento de la nave habría formado una trayectoria al planeta rojo.

Durante todo aquel día, mientras hervían las discusiones, mientras números extras con titulares vívidamente especulativos y fantásticos eran editados tanto por la prensa local como por la prensa de todo el mundo civilizado, cuando el sentimiento del público estaba dividido entre el miedo y la curiosidad, y los infantes y pilotos de guardia continuaban expectantes ante signos de posible hostilidad, la nave sin identificar mantenía su silencio e inmovilidad iniciales.

Los telescopios y catalejos estaban fijos sobre ella desde las colinas próximas sobre el estadio; pero incluso éstas mostraban poco en relación a su carácter. Aquellos que la estudiaban vieron que sus ventanas numerosas estaban hechas con algún tipo de material vítreo, más o menos transparente; pero nada se movía detrás de aquél, y las imágenes de rara maquinaria que permitían ver en el interior de la nave carecían de sentido para los observadores. Una de las ventanas, más grande que las demás, se creía que era una especie de puerta o escotilla; pero nadie se acercó para abrirla; y, detrás de ella, había una extraña fila de bastones inmóviles, muelles y pistones, que impedían ver más lejos.

Fue considerado que sin duda los ocupantes de la nave eran tan cautelosos ante el entorno extraterrestre como las gentes de la bahía ante la nave. Quizá tenían miedo de mostrarse ante los ojos humanos; quizá tenían dudas respecto a la atmósfera terrestre y del efecto que podría tener en ellos; o quizá estaban sencillamente al acecho y planeando algún ataque demoniaco con armas inconcebibles o ingenios de destrucción.

Aparte de los miedos de algunos, y el asombro y las especulaciones de otros, una tercera división de los sentimientos del público comenzó a cristalizarse. En círculos estudiantiles y entre los amantes del deporte, el sentimiento era que la extraña nave se había tomado una libertad inadmisible al ocupar el estadio, especialmente en un momento tan próximo a un acontecimiento deportivo. Circuló una petición para que se retirase, y fue presentada a las autoridades de la ciudad. El gran casco metálico, se sentía, sin importar de dónde procediese o por qué, no debía ser permitido que se interfiriese con algo tan sacrosanto, o de tanta importancia, como un partido de balompié.

Sin embargo, a pesar de la intranquilidad que había creado, la nave se negó a moverse ni siquiera una fracción de pulgada. Muchos empezaron a creer que los ocupantes habían sido aplastados por las circunstancias de su tránsito a través del espacio; o quizá habían muerto, incapaces de soportar la atmósfera y la presión gravitatoria de la Tierra.

Se decidió no acercarse a la nave hasta la mañana del día siguiente, cuando el comité de investigación la visitara. Durante la tarde y la noche, científicos de muchos Estados se dirigieron a California por aeroplano o cohete para llegar a tiempo al acontecimiento.

Se consideró aconsejable limitar el número de miembros de este comité. Entre los sabios afortunados que habían sido seleccionados estaba John Gaillard, astrónomo asistente en el observatorio de Monte Wilson. Gaillard representaba la corriente más radical y libremente especulativa del pensamiento científico y se había hecho famoso por sus teorías concernientes a la inhabitabilidad de los planetas inferiores, especialmente Marte y Venus. Desde hacía largo tiempo, había defendido la idea de vida inteligente, y altamente desarrollada, en aquellos mundos, y había incluso publicado más de un tratado relativo a estos temas. Su emoción ante la noticia de la extraña nave fue intensa. Era uno de los que habían visto la mota, brillante e inclasificable, en el espacio más allá de la órbita de la luna, a última hora de la noche anterior; y había sentido, incluso entonces, una premonición de su verdadera naturaleza. Otros miembros del grupo también eran de mente libre y abierta, pero ninguno tenía un interés tan vital y profundo como Gaillard.

Godfrey Stilton, profesor de astronomía de la universidad de California, que también estaba en el comité, podía haber sido como la verdadera antítesis de Gaillard en sus ideas y tendencias. Estrecho, dogmático, escéptico de todo aquello que no pudiese demostrarse matemáticamente, despreciativo de todo aquello que quedase fuera de los límites del más estrecho empirismo, era contrario a admitir el origen extraterrestre de la nave, e incluso la posibilidad de vida orgánica en otro mundo que no fuese la Tierra. Varios de sus cofrades pertenecían al mismo tipo intelectual.

Aparte de estos dos hombres y sus compañeros científicos, el grupo incluía tres periodistas, además del jefe de policía local, William Polson, y el alcalde de Berkeley, James Gresham, ya que se consideraba que las fuerzas del gobierno deberían estar presentes. El comité al completo constaba de cuarenta hombres, y cierto número de mecánicos expertos, equipados con sopletes de acetileno e instrumentos de cortar, fueron mantenidos en reserva fuera del estadio para el caso de que fuese necesario abrir la nave a la fuerza.

A las nueve de la mañana, los investigadores entraron en el estadio y se acercaron al objeto brillante multiangular. Muchos sintieron la emoción que acompaña al acercarse a un imprevisible peligro; pero estaban animados por la más viva curiosidad y por sentimientos del más vivo asombro. Gaillard, especialmente, se sentía en presencia de un misterio de más allá de este mundo y se maravilló al acercarse a la masa cobriza dorada, su sentimiento aumentó hasta ser un auténtico vértigo, como sentiría quien contempla las simas insondables de los secretos arcanos y las pasmosas maravillas de un mundo extraterrestre. Le parecía estar en el mismo borde entre lo concreto y lo inconmensurable, entre lo finito y lo infinito.

Otros del grupo, en un grado menor, estaban poseídos por idéntica emoción. E incluso el duro y poco imaginativo Stilton se sintió algo afectado por un raro nerviosismo, que, con la mentalidad que tenía, atribuyó al tiempo que hacía... o a un toque de su úlcera.

La extraña nave reposaba en una completa tranquilidad, como antes. Los miedos de quienes esperaban a medias una mortífera emboscada se calmaron mientras se acercaban; y las esperanzas de los que contaban con una manifestación amistosa de ocupantes vivos quedaron insatisfechas. El grupo se reunió ante la puerta principal, que, como todas las demás, tenía la forma de un gran diamante. Se levantaba varios pies por encima de sus cabezas en un ángulo del casco; y se quedaron mirando, a través de su transparencia malva, los intrincados mecanismos, coloreados como los ricos paneles de una catedral medieval.

Todos dudaban sobre lo que debía hacerse, porque parecía evidente que los ocupantes de la nave, si estaban vivos y conscientes, no tenían prisa en mostrarse al escrutinio humano. La delegación decidió esperar unos pocos minutos antes de requerir los servicios de los mecánicos que se habían reunido y de sus antorchas de acetileno; y, mientras esperaban, dieron un paseo e inspeccionaron las paredes de metal, que parecían estar hechas con una aleación de cobre y oro rojo, templado a una dureza sobrenatural mediante un proceso desconocido para la metalurgia terrestre. No había signos de unión en la miríada de planos y facetas, y todo el enorme casco, aparte de sus ventanas transparentes, podría haber estado hecho con una sola lámina de la rica aleación.

Gaillard se quedó mirando hacia arriba a la puerta principal, mientras sus compañeros daban vueltas en torno a la nave hablando y discutiendo entre ellos. De alguna manera, tuvo una intuición de que algo extraño y milagroso estaba a punto de suceder, y, cuando la gran puerta comenzó a abrirse lentamente, sin ninguna agencia visible, dividiéndose en dos válvulas que se apartaron a los lados, la emoción que sintió no fue por completo de sorpresa. Tampoco se quedó sorprendido cuando una especie de escalera metálica, consistente en estrechos escalones que eran poco más que barrotes, descendió paso a paso desde la escotilla hasta el suelo a sus propios pies.

La ventana se había abierto y la escalera se había estirado en silencio, sin el menor crujido o sonido metálico; pero otros, además de Gaillard, se habían fijado en el acontecimiento, y todos se dieron prisa muy excitados y se agruparon ante los escalones.

Contrariamente a sus lógicas expectativas, nadie salió de la nave; y podían ver poco más del interior de lo que había sido visible por las válvulas cerradas. Esperaban a algún exótico embajador de Marte, a algún precioso y raro plenipotenciario de Venus que descendiese por la curiosa escalera; pero el silencio y la soledad de la habilidad mecánica de todo ello resultaban pasmosos. Parecía que la gran nave fuese una entidad viviente, y poseyese cerebro y nervios propios, ocultos en su interior forrado de metal.

La puerta abierta y los escalones representaban una clara invitación, y, después de algunas vacilaciones, los científicos se decidieron a entrar. Algunos todavía estaban temerosos de una trampa; y cinco de los cuarenta hombres decidieron, desconfiados, permanecer fuera; pero todos los demás se sentían atraídos poderosamente por una ardiente curiosidad y por el entusiasmo investigador, y, uno por uno, ascendieron por las escaleras y entraron en la nave.

Encontraron el interior todavía más causante de asombro de lo que lo habían sido las paredes exteriores. Era bastante amplio y se hallaba dividido en varios espaciosos compartimentos, dos de los cuales estaban en el centro de la nave, amueblados con sofás bajos cubiertos con tejidos suaves y lustrosos de color gris perla amontonados. Los otros, además de la antecámara detrás de la entrada, estaban llenos de maquinaria, cuya fuerza motriz y modo de funcionamiento resultaban igualmente oscuros para los más expertos de entre los investigadores.

Raros metales y extrañas aleaciones, algunos de ellos difíciles de clasificar, habían sido empleados en la construcción de esta maquinaria. Cerca de la entrada, se encontraba una especie de mesa tripodal, o tablero de instrumentos, cuyas extrañas filas de palancas y botones no eran menos misteriosas que los caracteres de algún criptograma. Toda la nave parecía estar completamente abandonada, sin ningún rastro de vida humana o extraterrestre.

Vagabundeando por los apartamentos y asombrándose ante las maravillas mecánicas sin resolver que se encontraban ante ellos, los miembros de la delegación no se dieron cuenta de que las anchas válvulas se habían cerrado detrás de ellos con el mismo sigilo con el que se habían abierto.

Ni tampoco escucharon los gritos de advertencia de los que se habían quedado fuera.

La primera sugerencia de algo fuera de lo normal vino de una repentina inclinación y levantamiento de la nave. Sorprendidos, miraron por las escotillas como ventanas, y vieron por los paneles, violetas y vítreos, el alejarse y el girar de las innumerables filas de asientos que rodeaban el enorme estadio. La nave extraterrestre, sin ningún piloto visible para guiarla, estaba elevándose en el aire rápidamente en una especie de movimiento espiral. Se estaba llevando hacia algún mundo desconocido a toda la delegación de atrevidos científicos que la habían abordado, junto al alcalde de Berkeley y el jefe de policía, además de los tres privilegiados reporteros, que habían pensado que obtendrían una ultrasensacional exclusiva para sus respectivos periódicos.

La situación era por completo sin precedente, y más que sorprendente; y las reacciones de los distintos hombres, todas estuvieron señaladas por la sorpresa y la consternación. Muchos estaban demasiado pasmados y confundidos para darse cuenta de todas las implicaciones y las consecuencias; otros estaban francamente aterrorizados; y todavía otros estaban indignados.

—¡Esto es un abuso! —exclamó Stilton, tan pronto como se hubo recobrado un poco de su sorpresa inicial. Hubo exclamaciones similares procedentes de otros de temperamento parecido al suyo; todos consideraban de una manera enfática que algo debía hacerse respecto a la situación, y que alguien (a quien desafortunadamente no eran capaces de identificar) debería sufrir las consecuencias de esta audacia sin paralelo.

Gaillard, aunque compartía el asombro generalizado, estaba emocionado en el fondo de su corazón por una sensación de prodigiosa aventura ultraterrena, por una premonición de una empresa ultraplanetaria. Sentía una certeza mística de que él y los demás se habían embarcado en un viaje a un mundo que nunca antes había sido pisado por el hombre; y que la extraña nave había descendido a la Tierra y abierto sus puertas para cumplir con este propósito; que un poder esotérico y remoto estaba guiando cada uno de sus movimientos y los estaba extrayendo a su destino preestablecido. Vastas imágenes, incoadas, de un espacio sin límites y de un esplendor de rareza interestelar llenaban su mente, e imágenes que no podrían dibujarse se alzaron para asombrar su vista desde unos límites ultratelúricos.

De alguna manera incomprensible, sabía que el deseo de toda su vida de penetrar en los misterios de las distantes esferas pronto sería gratificado; y él (si no sus compañeros) estuvo resignado desde el primer momento de su extraño secuestro y cautividad en la nave espacial voladora.

Discutiendo su situación de una manera muy voluble y vociferante, los sabios reunidos se apresuraron a las distintas ventanas y miraron abajo, al mundo que estaban abandonando. En una simple fracción de tiempo, se habían elevado a la altitud de las nubes. Toda la región en torno a la bahía de San Francisco, así como los bordes del océano Pacífico, se extendía a sus pies como un inmenso mapa en relieve; y podían ver la curvatura del horizonte, que parecía torcerse y hundirse conforme se elevaban.

Era una perspectiva terrible y magnífica; pero la aceleración creciente de la nave, que había ganado ahora una velocidad igual, y mayor, que la de los cohetes que eran utilizados en aquellos tiempos para circunvalar el globo en su estratosfera, les obligó enseguida a abandonar su postura vertical y a buscar el refugio de los cómodos sofás. También se abandonó la conversación, porque casi todo el mundo empezó a sentir una constricción y presión intolerable, que sujeto sus cuerpos como por argollas de un inflexible metal.

Sin embargo, cuando todos se hubieron tumbado en los sofás, sintieron un misterioso alivio cuyo origen no pudieron determinar. Parecía como si una fuerza emanase de los sofás, aliviando de alguna manera el peso plomizo de la gravedad aumentada a causa de la aceleración y haciendo posible a los hombres soportar la terrible velocidad con que la nave se alejaba de la Tierra y de su campo gravitacional.

De repente, se encontraron capaces de levantarse y andar una vez más. Sus sensaciones, en conjunto, eran prácticamente normales; aunque, contrastando con el aplastante peso inicial, había ahora una extraña ligereza que les impulsaba a acortar sus pasos para evitar chocarse con la maquinaria y las paredes. Su peso era menor de lo que habría sido en la Tierra, pero la pérdida no era suficiente como para producirles incomodidad o mareo, y era acompañada por una especie de alborozo.

Se dieron cuenta de que estaban respirando un aire fino, rarificado y estimulante que no era diferente del que se respira en la cima de las montañas de la Tierra, aunque impregnado por uno o dos elementos desconocidos que le daban un toque de acidez cítrica. Este aire tendía a aumentar el regocijo y a acelerar su pulso y sus respiraciones un poco.

—¡Esto es lamentable! —farfulló el indignado Stilton, tan pronto como descubrió que sus facultades de moverse y respirar se encontraban razonablemente controladas—. Esto resulta contrario a toda ley, decencia y orden. El gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica debería hacer algo inmediatamente al respecto.

—Me temo —comentó Gaillard— que nos encontramos fuera de la jurisdicción de los U.S.A., además de la de todos los demás gobiernos mundanos. Ningún avión ni ningún cohete podría atravesar las capas del aire por las que nos estamos moviendo; y, en breves momentos, penetraremos en el éter interestelar. Presumiblemente, esta nave está regresando al mundo desde el que partió; y nosotros vamos con ella.

—¡Absurdo! ¡Descabellado! ¡Indignante! —la voz de Stilton era un rugido, apenas atenuado por la finura de la atmósfera—. Siempre he defendido que el viaje por el espacio era completamente quimérico. Ni siquiera los científicos de la Tierra han sido capaces de inventar una nave semejante; y es ridículo suponer que exista vida muy inteligente, capaz de desarrollar inventos semejantes, en otros planetas.

—Entonces, ¿cómo explica nuestra situación? —preguntó Gaillard.

—La nave es, por supuesto, de fabricación humana. Debe ser un nuevo, y ultrapoderoso, tipo de cohete, diseñado por los soviéticos, y bajo control automático o por radio, que probablemente aterrizará en Siberia, después de viajar por las capas más elevadas de la estratosfera.

Gaillard, sonriendo con amable ironía, consideró que podía abandonar con seguridad la discusión. Dejando a Stilton mirando indignado, por una de las ventanas traseras, la masa que se alejaba del mundo, de la cual el conjunto de Norteamérica, junto con Alaska y Hawai, había empezado a mostrar las siluetas de la costa, se reunió con el resto del grupo en una renovada investigación de la nave.

Algunos aún defendían que tenía que haber seres vivientes ocultos en el interior de la nave; pero una búsqueda cuidadosa en cada uno de los apartamentos, esquinas y rincones obtuvo el mismo resultado que antes. Abandonando ese objetivo, los hombres comenzaron a examinar de nuevo la maquinaria, cuya fuerza motriz y método de funcionamiento aún eran incapaces de comprender. Completamente perplejos y confundidos, miraron el tablero de instrumentos, sobre el cual ciertas llaves se movían ocasionalmente, como manejadas por una mano invisible. Estos cambios de situación siempre iban acompañados de algún cambio en la velocidad de la nave, o por una ligera alteración de su rumbo, posiblemente para evitar la colisión con un fragmento meteórico.




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