Clark Ashton Smith



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Su primera impresión fue de un calor tórrido, un color deslumbrante y un perfume mareante. Parecía haber un millón de olores en el aire pesado, raro e inmóvil —flores que resultaban casi visibles bajo la forma de vapores que se retorcían—, perfumes que eran como elixires y opiáceos que conferían a un tiempo una gozosa somnolencia y una alegría divina. Entonces vieron que había flores por todas partes y que habían descendido en medio de un desierto de floraciones. Eran todas de forma extraterrestre, de una belleza, tamaño y variedad supraterrenos, con tallos y pétalos de muchos colores que parecían rizarse y retorcerse con una inteligencia y movimientos que eran más que vegetales. Crecían de un suelo que los pétalos y cálices superpuestos habían ocultado por completo; colgaban de bosques y frondas de árboles parecidos a las palmeras que habían cubierto hasta hacerlos irreconocibles; sobre el agua de tranquilos charcos se amontonaban; se agazapaban en las copas de la jungla como criaturas aladas preparadas para volar a través de los cielos borrachos de perfume. E, incluso mientras los hermanos miraban, las flores crecían y se marchitaban con una rapidez sobrenatural, caían y eran reemplazadas por otras, como en un juego de manos de la ley natural.

Hotar y Evidon estaban encantados, se llamaban el uno al otro como niños señalando nuevas maravillas florales que eran más exquisitas y curiosas que el resto; y se

asombraban ante la maravillosa velocidad de su crecimiento y decadencia. Y se reían ante la incomparable rareza de la vista, cuando notaron ciertos animales nuevos para la zoología, que trotaban sobre más del número habitual de patas, con flores parecidas a las orquídeas naciéndoles de los lomos.

Se olvidaron de su largo viaje a través del espacio, se olvidaron de que alguna vez había existido un planeta llamado Tierra y una isla llamada Poseidonis, se olvidaron de su ciencia y de su sabiduría, mientras paseaban por las glorietas de Sfanomoë. El aire exótico y sus olores se les subieron a la cabeza como un fuerte vino; y las nubes de polen dorado y nevado que caían sobre ellos desde los árboles arqueados eran tan potentes como alguna droga fantástica. Les agradó que sus barbas blancas y sus túnicas violetas estuviesen empolvadas con este polen y las esporas flotantes de las plantas que eran ajenas a toda botánica terrestre.

Repentinamente, Hotar gritó maravillado nuevamente, y se carcajeó con una risa más turbulenta que antes. Él había visto cómo una hoja, extrañamente doblada, estaba naciendo del dorso de su encogida mano derecha. La hoja se estiró mientras crecía, dejando al descubierto el capullo de una flor, y, ¡atención!, el capullo se abrió y se convirtió en una flor de triple cáliz, de colores ultrarerrenos, añadiendo un rico perfume al aire embriagador. Entonces, sobre su mano izquierda, otro capullo se abrió de idéntica manera, y las hojas y los pétalos empezaron a florecer en sus frentes y rostros arrugados, estaban creciendo en capas sucesivas sobre sus cuerpos y miembros, mezclando sus tentáculos con sus cabellos, y sus pistilos con forma de lengua, con su barba. Él no sentía dolor, sólo una sorpresa infantil y el asombro mientras lo contemplaba.

También empezaron a nacer las flores sobre las manos y el rostro de Evidon. Y pronto los dos viejos habían cesado de tener un aspecto humano, y eran difíciles de distinguir de los árboles engalanados que les rodeaban. Y murieron sin agonía, como si ya formasen parte de la creciente vida floral de Sfanomoë, con las percepciones y sensaciones apropiadas a su nuevo modo de existencia. Y, en breve, su metamorfosis fue completa, y cada fibra de sus cuerpos se había disuelto en flores. Y el vehículo en el que habían hecho su viaje estaba engalanado a la vista con una masa en continua ascensión de plantas y flores.

Ése fue el destino de Hotar y Evidon, los últimos atlantes, y los primeros (si no los últimos) visitantes humanos a Sfanomoë.
A Voyage To Sfanomoë, VII—1930

(Weird Tales, VIII—31. Lost Worlds, X—44)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

III – Los Mundos Perdidos

El Habitante De La Sima
Clark Ashton Smith
CRECIENDO y levantándose rápidamente, como un genio liberado de una de las botellas de Salomón, la nube ascendió en el horizonte del planeta. Una columna descomunal y rojiza se movía por la llanura muerta, por un cielo que era tan oscuro como la salmuera de los mares del desierto que han menguado hasta estanques.

—Parece una tormenta de arena de lo más animado —comentó Maspic.

—Difícilmente podría ser otra cosa —asintió Bellman más bien secamente—; cualquier otra clase de tormenta es inaudita por los alrededores. Es la especie de revoltijo infernal que los aihais llaman el zoorth, y, lo que es más, viene en dirección a nosotros. Propongo que empecemos a buscar un refugio. He estado atrapado en el zoorth antes, y no recomiendo respirar un puñado de ese polvo ferruginoso.

—Hay una cueva en la vieja ribera del río, a la derecha —dijo Chivers, el tercer miembro del grupo, quien había estado explorando el desierto con ojos inquietos como de halcón.

El trío de terrestres, aventureros aguerridos que despreciaban los servicios de los guías marcianos, había partido cinco días antes del puesto de Ahoom, adentrándose en la región deshabitada conocida como el Chaur. Aquí, en el lecho de los grandes ríos que no habían corrido desde hacía ciclos, se rumoreaba que podía encontrarse el pálido oro marciano, parecido al platino, en montones como si fuese sal. Si la fortuna les resultaba propicia, sus años de exilio, hasta cierto punto involuntario, sobre el planeta rojo pronto habrían terminado. Habían sido advertidos contra el Chaur, y habían escuchado algunas historias extrañas en Ahoom sobre las razones por las que los anteriores buscadores no habían regresado. Pero el peligro, sin importar lo grave o exótico que fuese, era tan sólo una parte de su rutina diaria. Con una buena posibilidad de oro sin límites al final de su viaje, hubieran bajado al infierno.

Sus suministros de comida y sus barriles de agua eran transportados por un trío de esos curiosos animales conocidos como vortlups, que, con sus piernas y cuellos alargados y sus cuerpos cubiertos con placas de cuerno, podrían aparentemente haber sido una combinación fabulosa de llama y saurio.

Estos animales, aunque extremadamente feos, eran domésticos y dóciles, y estaban bien adaptados al viaje por el desierto, siendo capaces de pasarse sin agua varios meses de una vez.

Durante los últimos dos días, habían estado siguiendo el curso de un río antiguo y sin nombre, que tenía una milla de anchura, retorciéndose entre colinas que habían disminuido hasta convertirse en simples lomas a causa de evos de exfoliación. No habían encontrado otra cosa que piedras gastadas, rocas y fina arena rojiza. Hasta entonces, el cielo había estado en silencio e inmóvil: el sol remoto, el tenue aire, eran tales como podían alzarse sobre los dominios de una muerte eterna; y nada se movía en el lecho del río, donde las piedras estaban desnudas hasta de líquenes sin vida.

La maligna columna del zoorth, retorciéndose e hinchándose en dirección a ellos, era el primer signo de movimiento que habían visto en aquella tierra sin vida.

Espoleando sus vortlups con los bastones con punta de hierro, que era lo único que podía extraer un aumento de velocidad de estos torpes monstruos, los terrestres partieron hacia la boca de la caverna mencionada por Chivers. Estaba quizá a un tercio de milla de distancia, y situada en una elevación del borde escalonado.

El zoorth había borrado el sol antes de que llegasen al final de la antigua cuesta, y se movían por un siniestro crepúsculo que estaba coloreado como sangre seca. Los vortlups, protestando con gritos ultraterrenos, comenzaron a trepar por la playa, que estaba marcada por una serie de peldaños más o menos regulares que indicaban la lenta recesión de las aguas más antiguas.

La columna de arena, levantándose y retorciéndose de una manera formidable, había alcanzado el banco opuesto cuando llegaron a la caverna.

La caverna estaba en la pared de un acantilado de roca, con vetas de hierro. La entrada se había deshecho en montones de ferro—óxido y oscuro polvo basáltico, pero era lo bastante amplia como para admitir con comodidad a los hombres de la Tierra y a sus abarrotadas bestias de carga. Una oscuridad tan densa como el tejido de negras telarañas bloqueaba el interior. No pudieron formarse una idea de las dimensiones de la caverna hasta que Bellman sacó una linterna eléctrica del fardo de sus pertenencias y volvió su rayo inquisitivo a las sombras.

La linterna sólo sirvió para mostrar los comienzos de una cámara de proporciones indeterminadas que retrocedía extendiéndose en la noche, ampliándose gradualmente y con un suelo que era tan liso como las desaparecidas aguas.

La entrada se había oscurecido con la embestida del zoorth. Un extraño quejido, como de demonios confusos, llenó los oídos de los exploradores, y partículas de arena, finas como átomos, fueron empujadas hacia ellos, escociéndoles en las manos y en la cara como si fuese diamante en polvo.

—La tormenta durará media hora, como mínimo —dijo Bellman—. ¿Nos adentramos en la caverna? Probablemente no encontremos nada que sea de mucho interés o valor. Pero la exploración servirá para entretenernos. Y puede que encontremos algunos rubíes violeta, o algunos zafiros amarillo ámbar, como los que a veces se encuentran en estas cavernas del desierto. Será mejor que vosotros también os traigáis vuestras antorchas y vayáis iluminando las paredes y el techo mientras avanzamos.

Sus compañeros pensaron que valía la pena seguir su sugerencia. Los vortlups, por completo insensibles a la arena soplada en su escamosa armadura, fueron dejados cerca de la entrada. Chivers, Bellman y Maspic, desgarrando con los rayos de sus linternas una coagulada oscuridad que quizá no había conocido la invasión de la luz durante todos sus ciclos anteriores, se adentraron en la cueva que se ensanchaba.

El lugar estaba desnudo, con el vacío semejante a la muerte de una catacumba largo tiempo abandonada. Su suelo y sus paredes herrumbrosas no devolvían el brillo y el reflejo de las luces juguetonas. Descendía en una curva suave, y los lados estaban marcados por el agua a una altura de seis o siete pies. Sin duda, había sido, durante evos anteriores, el cauce de un afluente subterráneo del río. Había sido limpiado de todos los detritos, y era como el interior de un conducto ciclópeo que podría conducir a un tártaro situado bajo la superficie de Marte.

Ninguno de los tres aventureros era especialmente imaginativo o susceptible a los nervios. Pero todos fueron asaltados por raras impresiones.

Bajo el tapiz del silencio sepulcral, una y otra vez les pareció escuchar un débil susurro, como el susurro de mares sumergidos en las profundidades de una sima hemisférica. El aire estaba cargado con una leve y sospechosa humedad, y notaron una corriente casi imperceptible sobre sus rostros, levantándose desde simas desconocidas. Lo más extraño de todo era la sugestión de un olor sin nombre, que les recordaba al mismo tiempo el olor de los cubiles de los animales y el olor peculiar de las moradas marcianas.

—¿Crees que encontraremos algún tipo de vida? —dijo Maspic, mientras olfateaba el aire con sospecha.

—No es probable —Bellman desestimó la pregunta con su habitual sequedad—; hasta los vortlups evitan el Chaur.

—Pero, desde luego, hay un toque de humedad en el aire —insistió Maspic— que significa agua, en alguna parte, y, si hay agua, puede que haya vida..., quizá una forma de vida peligrosa.

—Tenemos nuestros revólveres —dijo Bellman—, pero dudo que vayamos a necesitarlos... mientras no nos encontremos con buscadores de oro rivales, procedentes de la Tierra —añadió cínicamente.

—Escuchad —el semi—susurro partió de Chivers—. ¿Vosotros, socios, escucháis algo?

Los tres se pararon. En algún lugar de la oscuridad frente a ellos, habían escuchado un sonido, prolongado y equívoco, que confundía el oído con sus elementos incongruentes. Era un raspado afilado y un entrechocarse como de metal arrastrado sobre las rocas; y además era, de algún modo, como el golpear de miríadas de enormes bocas húmedas. De repente, disminuyó y se apagó a un nivel que estaba, aparentemente, lejano en las profundidades.

—Esto es raro —Bellman hacía aparentemente una admisión desganada.

—¿Qué es esto? —preguntó Chivers—. ¿Uno de los monstruos subterráneos con mil pies, de media milla de longitud, de los que hablan los marcianos?

—Has estado escuchando demasiados cuentos de hadas de los nativos —le reprochó Bellman—. Ningún terrícola ha visto nunca nada de esa clase. Muchas cavernas profundas de Marte han sido completamente exploradas; pero las situadas en regiones desérticas, como el Chaur, estaban por completo vacías de vida. No puedo imaginarme qué fue lo que causó aquel sonido; pero, en interés de la ciencia, me gustaría avanzar y descubrirlo.

—Empiezo a asustarme —dijo Maspic—, pero estoy dispuesto si vosotros lo estáis.

Sin otra discusión o comentario, los tres continuaron su avance al interior de la cueva. Habían caminado a buen paso durante quince minutos, y estaban ahora a, por lo menos, media milla de la entrada. El suelo se estaba volviendo más empinado, como si hubiese sido el lecho de un torrente. Y, además, la configuración de las paredes había cambiado: a ambos lados había escalones de piedra metálica y huecos con columnas que los rayos de las linternas no siempre podían sondear.

El aire se había vuelto más cargado, y la humedad, inconfundible. Había un aliento de antiguas aguas estancadas. El otro olor, como de animales salvajes y de moradas aihai, también manchaba la oscuridad con su pegajoso hedor.

Bellman abría camino. De pronto, su linterna descubrió el borde de un precipicio, donde el antiguo canal desaparecía repentinamente y, a cada lado, los escalones y las paredes se desvanecían en un espacio incalculable. Acercándose hasta el borde mismo, introdujo su lápiz de luz haciéndolo bajar por el abismo, descubriendo tan sólo el abismo vertical que se hundía bajo sus pies en una oscuridad sin fondo aparente. El rayo también fracasó en revelar la orilla opuesta de la sima, que podría haber tenido muchas leguas de anchura.

—Me parece que hemos encontrado el mejor sitio para tirarnos —comentó Chivers. Buscando por el suelo, cogió un trozo suelto de roca del tamaño de un pequeño canto rodado que tiró lo más lejos que pudo en el abismo. Los terrícolas escucharon a la espera del sonido de su caída; pero pasaron varios minutos, y no hubo eco alguno procedente de las negras profundidades.

Bellman comenzó a examinar los bordes rotos a cada lado del final del canal. A la derecha, distinguió un borde descendente que rodeaba el abismo, extendiéndose por una distancia incierta. Su principio era un poco más alto que el lecho del canal, y era accesible por medio de una formación que parecía una escalera. El borde tenía una anchura de dos yardas, y su amable cuesta, su destacable uniformidad y regularidad, transmitían la idea de una antigua carretera tallada en la pared del abismo. Le sobresalía una pared, como la mitad repentinamente arrancada de un paseo elevado.

—Ahí está nuestra carretera al Hades —dijo Bellman—, y la inclinación de la cuesta es bastante cómoda, por cierto.

—¿De qué sirve ir más lejos? —dijo Maspic—. Yo, por mi parte, ya he tenido suficiente oscuridad, ya. Y, si al avanzar encontramos algo, será algo sin valor... o desagradable.

Bellman dudó.

—Quizá tengas razón. Pero me gustaría seguir ese borde lo bastante como para hacerme una idea de la magnitud de la sima. Tú y Chivers podéis esperar aquí si estáis asustados.

A lo que se ve, Chivers y Maspic no estaban dispuestos a reconocer cualquier inquietud que pudiesen estar sintiendo. Siguieron a Bellman, a lo largo del borde, agarrándose a la pared interior. Bellman, sin embargo, andaba descuidadamente por el borde, a menudo iluminando con su linterna la extensión que se tragaba su débil rayo.

Más y más, por medio de su anchura uniforme, su inclinación y lo lisa que era, y el semiarco de la loma ante ellos, el borde les dio la impresión a los terrestres de ser una carretera artificial. Pero ¿quién podría haberla construido y utilizado? ¿En qué edades olvidadas y para qué propósito enigmático había sido diseñada? La imaginación de los terrestres fracasaba ante las simas tremendas de la antigüedad marciana que se abrían ante preguntas tan tenebrosas. Bellman pensó que la pared se curvaba sobre sí misma, hacia adentro, lentamente. Sin duda, darían la vuelta al abismo completo con el paso del tiempo, siguiendo la carretera. Quizá trazaba una espiral, lenta y tremenda, siempre descendente, hasta las propias entrañas de Marte.

Él y los otros callaban durante períodos cada vez más largos a causa del pasmo. Se quedaron horriblemente sorprendidos cuando, mientras avanzaban, escucharon el mismo sonido prolongado, o mezcla de sonidos, que habían escuchado en la cueva exterior.

Sugería ahora otras imágenes: el arrastrarse sugería ahora el raspado de una lima; la miríada de golpes, suaves y metódicos, era vagamente similar al ruido que haría alguna criatura enorme que retirase sus pies del lodazal.

El sonido resultaba inexplicable, terrorífico. Parte de su terror consistía en su sugestión de distancia, que parecía señalar lo enorme de su causa y dar énfasis a la profundidad del abismo.

Escuchado en un foso de profundidad planetario, debajo de un desierto sin vida, sorprendía... y asustaba. Incluso Bellman, que hasta el momento se había mostrado intrépido, comenzó a sucumbir ante el horror sin forma que se elevaba como una emanación desde la noche.

Al cabo, el sonido se volvió más débil y se apagó, dando de alguna manera la sensación de que su causante había descendido directamente por la pared perpendicular hasta las profundidades de la sima.

—¿Retrocedemos? —preguntó Chivers—.

—Da igual —respondió Bellman sin dudar—; de todos modos, tardaríamos toda la eternidad en explorar este lugar.

Empezaron a volver sobre sus pasos a lo largo del borde. Los tres con ese sentido extratáctil que advierte del acercamiento de un peligro oculto, estaban ahora preocupados y alerta. Aunque la sima había quedado en silencio una vez más con la retirada del extraño sonido, de alguna manera sintieron que no se encontraban solos. No podían suponer de dónde surgiría el peligro, ni bajo qué forma, pero sentían una preocupación que era casi pánico. Tácitamente, ninguno de ellos la mencionó, ni tampoco discutieron el inquietante misterio con el que habían tropezado de una manera tan casual.

Maspic iba ahora un poco por delante de los demás. Habían cubierto por lo menos la mitad de la distancia hasta el viejo canal de la cueva, cuando su linterna, iluminando a unos veinte pies por delante de su camino, alumbró a un grupo de figuras blancuzcas que, en fila de les a tres, les bloqueaban el paso. Las luces de Bellman y Chivers, que venían cerca detrás, mostraron con terrible claridad los miembros y los rostros deformes de la multitud, pero no pudieron determinar su número.

Las criaturas, en perfecto silencio e inmóviles, como esperando a los terrestres, se asemejaban de una manera genérica a los aihais, los nativos de Marte. Ellos parecían, sin embargo, representar a un tipo extremadamente degradado o aberrante; y la palidez, como de hongos, de sus cuerpos indicaba mucho tiempo de vida subterránea. Además, eran más pequeños que los aihais adultos, alcanzando como media unos cinco pies de altitud. Poseían las enormes fosas nasales abiertas, las orejas de soplillo, los pechos de barril y los delgados miembros de los marcianos..., pero todos ellos eran ciegos.

En los rostros de algunos había tenues, rudimentarias, hendiduras, donde deberían haber estado los ojos; en los rostros de otros había cuencas profundas y vacías, que sugerían que los globos oculares habían sido arrancados.

—¡Dios mío! ¡Qué grupo más repugnante! —gritó Maspic—. ¿De dónde han salido? ¿Y qué es lo que quieren?

—No puedo imaginármelo —dijo Bellman—, pero la situación se presenta algo peliaguda..., a no ser que sean amistosos. Deben haber estado ocultos en los escalones superiores de la cueva cuando entramos.

Avanzando audazmente, delante de Maspic, se dirigió a las criaturas en la gutural lengua aihai, muchos de cuyos vocablos apenas podían ser pronunciados por un terrícola. Algunos de entre ellos se revolvieron nerviosos y emitieron sonidos, agudos y chirriantes, que no guardaban más que un parecido mínimo con el lenguaje de Marte. Estaba claro que no podían comprender a Bellman. El lenguaje de los signos, a causa de su ceguera, hubiera sido igualmente inútil.

Bellman sacó su revólver, indicando a los otros que hiciesen lo mismo.

—Tenemos que abrirnos camino entre ellos de alguna manera —dijo él—, y, si no nos dejan pasar sin interferirse... —el sonido metálico de un revolver amartillado sirvió para terminar la frase.

Como si el sonido metálico hubiese sido la señal que esperaban, la multitud de ciegos seres blancos se echó adelante sobre los terrestres con un movimiento repentino. Era como el ataque de autómatas... máquinas andantes irresistibles, metódicas y unidas, bajo la dirección de algún poder oculto.

Bellman apretó su gatillo una, dos, tres veces a quemarropa. Era imposible fallar; pero las balas resultaban tan inútiles como guijarros arrojados a un torrente desbordante. Los seres ciegos no dudaban, aunque dos de ellos empezaron a sangrar con el fluido amarillo rojizo que los marcianos usan en vez de sangre.

Los primeros de ellos, indemnes, y moviéndose con diabólica seguridad, cogieron el brazo de Bellman con largos dedos, de cuatro articulaciones, y arrancaron el revólver de su mano antes de que pudiese apretar el gatillo una vez más. Curiosamente, la criatura no intentó privarle de su linterna, que ahora llevaba en su mano izquierda; y vio el brillo acerado del colt, que era arrojado a la oscuridad y la distancia desde la mano del marciano. Entonces, los cuerpos blancos como hongos, acordonando horriblemente la estrecha carretera, le rodearon por todas partes, acercándose tanto, que no le quedaba espacio para una resistencia efectiva. Chivers y Maspic, después de hacer unos pocos disparos, también se vieron privados de sus armas, pero, a través de una rara discriminación, se les permitió conservar sus linternas.

Todo el episodio había sido una cuestión de minutos. Hubo un breve suavizamiento del movimiento adelante del grupo, dos de cuyos miembros habían sido acertados por los disparos de Maspic y Chivers y después fueron arrojados a la sima, sin miramientos, por sus compañeros. Las filas delanteras, abriéndose hábilmente, incluyeron a los terrestres y les obligaron a dar la vuelta.

Entonces, sólidamente sujetos por la prensa en movimiento de los cuerpos, fueron arrastrados sin poderse resistir. Con la desventaja de su miedo de dejar caer las linternas, no podían hacer nada ante el torrente de pesadilla.

Arrastrados con pasos terribles por un sendero que les conducía siempre más profundamente en el abismo, y capaces tan sólo de ver las espaldas y los miembros iluminados de las criaturas que estaban frente a ellos, se convirtieron en parte de ese ejército, ciego y misterioso.

Detrás de ellos, parecía haber docenas de marcianos empujándoles implacablemente. Después de un rato, su situación comenzó a atontar sus facultades. Les parecía que ya no se movían con pasos humanos, sino con las zancadas, rápidas y automáticas, de las cosas que se amontonaban en torno a ellos. El pensamiento, la voluntad, incluso el terror, quedaban atontados por el ritmo ultraterreno de esos pasos que se dirigían al abismo. Encerrados por esto y por una sensación de completa irrealidad, hablaban tan sólo a largos intervalos, y entonces con monosílabos que parecían haber perdido todo su significado pertinente, como el hablar de máquinas. La gente ciega estaba completamente en silencio..., no había ningún ruido excepto la miríada de eternos golpes en el suelo.

Adelante siempre, continuaron a través de horas de ébano que no pertenecían a ningún periodo diurno. Lenta, tortuosamente, la carretera se curvaba para adentro, como si estuviese agazapada en el interior de una Babel ciega y cósmica. Los hombres de la Tierra sintieron que debieron haber dado la vuelta al abismo varias veces, en aquella espiral terrorífica; pero la distancia que habían recorrido y las dimensiones reales de la pasmosa sima resultaban inconcebibles.

Excepto por sus linternas, la noche era absoluta e inmutable. Era más vieja que el sol; se había cernido allí durante todos los evos pasados en medio de un horror ciego e inviolado. Se acumulaba sobre ellos como una carga monstruosa, y se abría terriblemente debajo. De ella se levantaba el olor, cada vez más fuerte, de las aguas estancadas. Pero todavía no había sonido alguno que no fuese el golpeteo, suave y mesurado, que producían los pies al andar en su descenso a aquel infierno sin fondo.


En algún lugar, como después del transcurso de épocas en la oscuridad, el avance hacia el abismo había cesado. Bellman, Chivers y Maspic sintieron relajarse la presión de la multitud de los cuerpos; notaron que estaban parados, mientras que sus mentes seguían llevando el ritmo de aquel descenso inhumano.

La razón —y el horror— regresaron a ellos lentamente. Bellman levantó su linterna, y el rayo que daba vueltas descubrió a la multitud de marcianos, muchos de los cuales se estaban dispersando en una enorme caverna en la que terminaba la carretera que circunvalaba la sima. Sin embargo, otros de los seres se quedaron, como para vigilar a los terrestres. Temblaban alertas cuando Bellman se movía, como si fuesen conscientes de ello a través de un sentido desconocido.

Cerca, a la derecha, el suelo liso terminaba abruptamente, y, acercándose al borde, Bellman vio que la caverna era una cámara abierta en la pared perpendicular. En la distancia, lejos en la oscuridad, un brillo fosforescente se movía de acá para allá, como un nautilus en un océano subterráneo.

Una lenta brisa fétida soplaba sobre él, y escuchó el extraño suspiro de las aguas en cataratas sumergidas, aguas que habían retrocedido durante años incontables, durante la desecación del planeta.

Se dio la vuelta mareado. Sus compañeros estaban examinando el interior de la cueva. Parecía que el lugar era de origen artificial, porque, moviéndose de acá para allá, los rayos de las linternas descubrían enormes columnatas decoradas con relieves profundamente grabados. Quién los había tallado y cuándo eran problemas no menos insolubles que el origen de la carretera tallada. Sus detalles parecían tan obscenos como las visiones de la locura; dañaban la vista como un golpe violento, transmitiendo un mal sobrehumano, una malignidad sin fondo, durante el momento transitorio de su contemplación.

En verdad, la cueva era de grandes proporciones, adentrándose profundamente en el precipicio, y con numerosas salidas que conducían, sin duda, a otros ramales. Las luces de las linternas desalojaron a medias las sombras amontonadas sobre los huecos escalonados, atraparon los salientes de las paredes distantes que trepaban y ascendían a la oscuridad inaccesible; iluminaron a las criaturas que se movían de acá para allá como monstruosos hongos vivientes; dieron una breve existencia visual a las plantas, pálidas y parecidas a un pólipo, que se colgaban apestosamente al techo.

EI lugar era abrumador, oprimía los sentidos, aplastaba el cerebro. La propia piedra parecía la encarnación de la oscuridad, y la luz y la visión eran como intrusos efímeros en los dominios de la ceguera. De alguna manera, los terrestres se encontraron cargados con una convicción de que la fuga era imposible. Un extraño letargo se apoderó de ellos, que ni siquiera discutieron sobre su situación, sino que se quedaron en silencio e indiferentes.

Entonces, de la sucia oscuridad apareció cierto número de marcianos. Con la misma sugestión de automatismo controlado que había señalado todos sus actos, se agruparon en torno a los hombres una vez más y los empujaron hacia una cueva que se abría.

Paso a paso, los tres fueron empujados por aquella extraña procesión de leprosos. Las columnas obscenas se multiplicaron. la cueva se hizo más profunda a su vista, con perspectivas sin fin, como una revelación de las cosas obscenas que dormitan en lo más profundo de la noche. Al principio débilmente, pero más fuertemente conforme avanzaban, les sobrevino una insidiosa sensación de somnolencia, semejante a la que pueden producir los efluvios mefíticos. Se rebelaron contra esto, porque el adormecimiento era de algún modo oscuro y malo. Se volvió más fuerte en ellos, conforme se acercaban al corazón del horror. Entre las densas columnas, aparentemente sin parte superior, el suelo ascendía en un altar de siete escalones oblicuos y piramidales. En el superior se levantaba una imagen de pálido metal: un objeto no mayor que una liebre, pero monstruoso más allá de toda imaginación.

El raro sopor antinatural pareció aumentar en los terrestres al contemplar esta imagen. Detrás de ellos, los marcianos se amontonaban con un impulso adelante, como adoradores que se reúnen ante un ídolo. Bellman notó una mano que le agarraba por el hombro. Dándose la vuelta, descubrió junto a su codo una aparición sorprendente y por completo inesperada.

Aunque estaba tan pálido y sucio como los habitantes de la cueva, y tenía cuencas vacías en lugar de ojos, el ser era, o había sido antes, ¡un hombre!

Estaba descalzo y vestido tan sólo con unos restos harapientos de caqui que parecían haberse gastado a causa del uso y de la vejez. Su pelo y barba blancos, enredados por el barro, estaban llenos de restos inmencionables. Una vez había sido tan alto como Bellman, pero ahora estaba encorvado a la altura de los enanos marcianos y terriblemente delgado. Temblaba como si tuviese la fiebre palúdica, y una expresión casi de idiota de desesperación y terror estaba estampada en las ruinas de sus rasgos.

—¡Dios mío! ¿Quién eres tú? —gritó Bellman completamente despierto a causa de la sorpresa.

Durante algunos momentos, el hombre babeo incoherentemente, como si hubiese olvidado las palabras del lenguaje humano o ya no fuese capaz de articularlas. Entonces gruñó débilmente, con muchos intervalos y pausas de incoherencia.

—¡Sois hombres de la Tierra! ¡Terrícolas! Me dijeron que os habían capturado... igual que me capturaron a mí... Yo, una vez, fui un arqueólogo... Me llamaba Chalmers... John Chalmers. Fue hace años..., no sé cuántos. Me adentré en el Chaur para explorar algunas de sus viejas ruinas. Me capturaron estas criaturas del abismo..., y he estado aquí desde entonces... No hay fuga..., el habitante se ocupa de ello.

—¿Pero quiénes son estas criaturas? ¿Y qué quieren de nosotros? —preguntó Bellman.

Chalmers pareció recuperar sus estropeadas facultades, su voz se volvió más clara y firme.

—Se trata de un resto degenerado de los yorhis, la antigua raza marciana que floreció antes que los aihais. Todo el mundo supone que se han extinguido. En el Chaur, se encuentran las ruinas de algunas de sus ciudades. Por lo que he podido descubrir (ahora soy capaz de hablar su idioma), esta tribu fue empujada a las profundidades por la deshidratación del Chaur, y siguieron la retirada de las aguas hasta un lago submarciano que descansa en el fondo de esta sima. Ahora viven prácticamente como animales y adoran a un extraño monstruo que vive en el lago... el habitante... la cosa que camina sobre el precipicio. El pequeño ídolo que podéis contemplar sobre el altar es una imagen de ese monstruo. Están a punto de celebrar una de sus ceremonias religiosas; y desean que vosotros toméis parte. Debo daros instrucciones... Será el principio de vuestra iniciación en la vida religiosa de los yorhis.

Bellman y sus compañeros, escuchando las extrañas declaraciones de Chalmers, sintieron una mezcla de asco, pesadilla y asombro.

El blanco rostro de la criatura que estaba ante ellos, barbisucio y ciego, parecía indicar la misma degradación que veían en los habitantes de la cueva. De alguna manera, ese sujeto apenas parecía humano. Pero, sin duda, se había venido abajo a causa del horror de su largo cautiverio en medio de la oscuridad, en medio de una raza de alienígenas. Sentían que se encontraban entre misterios asquerosos y las cuencas vacías de Chalmers planteaban una pregunta que ninguno de ellos se atrevía a formular.

—¿En qué consiste esta ceremonia? —dijo Bellman al cabo de un rato.

—Vengan, se lo mostraré —había una extraña ansiedad en la voz quebrada de Chalmers. Tiró de la manga de Bellman y comenzó a ascender por la pirámide con una tranquilidad y una seguridad al poner el pie que indicaban una larga familiaridad. Como soñadores en un sueño, Bellman, Chivers y Maspic le siguieron.

La imagen no se parecía a nada que hubiesen visto antes sobre el planeta rojo... ni en ninguna otra parte. Estaba tallada en un metal extraño que parecía más blanco y más blando que el oro incluso, y representaba a un animal agazapado con un caparazón liso que le cubría, debajo del cual le salían la cabeza y los miembros al estilo de las tortugas. La cabeza era venenosamente plana, triangular y sin ojos. De las comisuras caídas de la cruel raja de su boca, dos largas probóscides se curvaban para arriba, huecas y parecidas a copas en el extremo. La cosa estaba equipada con una serie de piernas cortas, que le salían a intervalos regulares de debajo del caparazón; una curiosa doble cola estaba recogida y entrelazada debajo de su cuerpo agazapado. Los pies eran redondos y tenían la forma de pequeñas copas invertidas.

Impuro y bestial como el fragmento de una locura atávica, el ídolo parecía dormitar sobre el altar. Atormentaba el cerebro con un terror lento e insidioso, atacaba los sentidos con una emanación de sopor, una influencia como de mundos primarios anteriores a la creación de la luz, en los cuales la vida podría parir y devorar suciamente en medio del barro ciego.

—¿Y esta cosa realmente existe? a Bellman le pareció escuchar sus propias palabras a través de una película de sueño que le acechaba, como si fuese otro quien hubiese hablado y le hubiese despertado. —Es el habitante —murmuró Chalmers. Se inclinó hacia la imagen, y sus dedos extendidos temblaron sobre ella en el aire, moviéndose de un lado a otro como si estuviese a punto de acariciar ese horror blanco.

—Los yorhis hicieron el ídolo hace tiempo.., no sé cómo fue fabricado —continuó—, y el metal con el que lo moldearon es distinto de cualquier otra cosa... un nuevo elemento. Hagan lo que yo... y no les importará tanto la oscuridad..., no echas de menos tu vista aquí, ni la necesitas. Se beberán el agua podrida del lago, se comerán crudos las babosas, los peces ciegos del lago y los gusanos. Y les cogerán el gusto..., y no se darán cuenta si el habitante viene y les atrapa.

Incluso mientras hablaba, comenzó a acariciar el caparazón giboso y la plana cabeza de reptil. Su ciego rostro adquirió la expresión de debilidad somnolienta de un comedor de opio, su voz murió en medio de murmullos inarticulados, como los sonidos sobrepuestos de algún denso liquido. En torno a él, había un ambiente de extraña depravación subhumana.

Bellman, Chivers y Maspic, mirando sorprendidos, se dieron cuenta de que el altar estaba cubierto de marcianos blancos. Varios de ellos se amontonaban en el lado opuesto a Chalmers, en la cima, y también comenzaron a acariciar al ídolo, como si fuese algún fantástico ritual del tacto. Con sus delgados dedos trazaban su repugnante silueta, sus movimientos parecían seguir un orden estrictamente trazado del cual ninguno de ellos se desviaba. Emitían sonidos que eran como los chirridos de murciélagos con sueño. Sobre sus caras brutales aparecía impreso un éxtasis narcótico.

Completando la extraña ceremonia, los devotos de primera fila se apartaron de la imagen. Pero Chalmers, con movimientos lentos y somnolientos, con la cabeza inclinada sobre su pecho desgastado, continuó acariciándola.

Con una extraña mezcla de asco, curiosidad y empuje, los hombres de la Tierra, impulsados por los marcianos que estaban detrás de ellos, se acercaron y colocaron las manos sobre el ídolo. Todo el asunto resultaba muy misterioso, y de algún modo asqueroso, pero parecía sensato seguir las costumbres de sus captores.

La cosa resultaba fría al tacto, y pegajosa como si hubiese descansado recientemente en un lecho de barro. Pero parecía estar viva, crecer y latir bajo las yemas de sus dedos. De ella, en fuertes ondas incesantes, surgía una emanación que sólo podía ser descrita como una electricidad o un magnetismo opiáceo. Era como si algún poderoso alcaloide, que afectase los miembros a través de un contacto superficial, estuviese siendo suministrado por el metal desconocido. Rápida e irresistiblemente, Bellman y los otros notaron una oscura vibración que recorría todos sus miembros, nublándoles la vista y llenándoles la sangre de sopor. Meditando somnolientos, intentaron explicarse a sí mismos el fenómeno en términos de ciencia terrestre, y entonces, conforme la narcosis aumentaba más y más, se olvidaron de sus especulaciones.

Con sentidos que flotaban en una oscuridad extraña, eran vagamente conscientes de la presión de la multitud de los cuerpos que les sustituían en la cima del altar. Entonces, algunos entre ellos, retirándose como saciados de la emanación parecida a una droga, les arrastraron a través de los escalones oblicuos hasta el suelo de la caverna, junto al lánguido y empapado Chalmers. Conservando aún sus linternas en dedos sin nervio, vieron que el lugar rebosaba de la gente blanca, quienes se habían reunido para la ceremonia maldita.

A través de manchas de sombra que se oscurecían, los hombres les contemplaron mientras trepaban arriba y abajo de la pirámide, como un friso vivo y leproso.

Chivers y Maspic, rindiéndose los primeros a la influencia, se desplomaron en el suelo en el más completo letargo. Pero Bellman, más resistente, se sintió caer y flotar en un mundo de sueños sin luz. Sus sensaciones eran anómalas, desconocidas hasta el grado más extremo. Por todas partes, había un poder que se cernía de manera palpable, y para el que no podía encontrar una imagen visual: un poder que exhalaba un sueño de miasmas. En esos sueños, en una graduación que no se notaba, olvidando su ser humano, de alguna manera se identificaba con la gente sin ojos, vivía y se movía como ellos, en profundas cavernas, sobre carreteras nocturnas. Y, sin embargo, como si la participación en el obsceno ritual le hubiese admitido a ello, era algo distinto..., una Entidad sin nombre que gobernaba a los ciegos y era adorada por ellos, una cosa que habitaba en las antiguas aguas estancadas, en la profundidad más remota, y salía a intervalos para cazar de una manera de la que no se podía hablar. En esa dualidad del ser, se saciaba en ciegos festines... y era a su vez devorado. Con todo ello, como un tercer elemento de su identidad, estaba asociado al ídolo, pero sólo en un sentido táctil, y no como una memoria óptica. No había luz por ninguna parte..., ni siquiera el recuerdo de la luz.


Cuándo pasó de estas oscuras pesadillas a un reposo sin sueños, no lo supo. Al principio, su despertar, oscuro y letárgico, fue como una continuación de los sueños. Entonces, abriendo los párpados atontados, vio el rayo de luz que descansaba en el suelo procedente de la linterna que se le había caído. La luz se vertía sobre algo que no fue capaz de reconocer en su despertar drogado. Sin embargo, le preocupaba, y un creciente horror hizo que sus facultades volviesen a la vida.

Poco a poco, se dio cuenta de que lo que contemplaba era el cuerpo medio devorado de Chalmers. Había harapos de ropa podrida sobre los miembros mordisqueados. y, aunque la cabeza había desaparecido, los huesos que quedaban y las vísceras eran los del terrestre.

Bellman se levantó vacilante y miró a sus alrededores con ojos que todavía tenían una red de oscuridad que entorpecía su visión. Chivers y Maspic descansaban junto a él en un pesado sopor, y, a lo largo de la caverna y sobre el altar de siete escalones, había devotos de la imagen soporífera, tirados.

Sus otros sentidos comenzaron a despertar de su letargo, y pensó que escuchaba un sonido que le resultaba hasta cierto punto conocido; un afilado arrastre, junto a una mesurada absorción. El sonido se retiró a lo largo de los enormes pilares, más allá de los cuerpos dormidos. Un olor como de agua podrida contaminaba el aire, y se fijó en que había muchos anillos de humedad sobre la piedra, como los que producirían los bordes de copas invertidas. Manteniendo el orden de pisadas, se alejaban del cuerpo de Chalmers adentrándose en las sombras de la caverna exterior que bordeaba con el abismo: la dirección en que se había movido el extraño sonido, apagándose hasta la inaudibilidad.

En la mente de Bellman se despertó un terror loco que se enfrentó con el embrujo que aún le dominaba atontándole. Se inclinó sobre Maspic y Chívers, y les agitó fuertemente por turnos hasta que abrieron los ojos y comenzaron a protestar con murmullos somnolientos.

—¡En pie, malditos! —les recriminó—. Si alguna vez vamos a escaparnos de este agujero infernal, ahora es el momento.

Por el efecto de muchos tacos y reprimendas y muchos esfuerzos musculares, consiguió que sus compañeros se pusiesen en pie. No parecieron fijarse en los restos de lo que había sido el desafortunado Chalmers. Tropezando como borrachos, siguieron a Bellman alrededor de los cuerpos de los marcianos tirados por los suelos, alejándose de aquella pirámide en la que el ídolo blanco se cernía sobre sus adoradores en su maligna somnolencia.

Una oscuridad que le colgaba pesaba sobre Bellman; pero, de alguna manera, hubo una relajación del hechizo opiáceo. Notó un renacer de la voluntad y un gran deseo de escapar de la sima y de aquello que habitaba en la oscuridad. Los otros, más profundamente esclavizados por el poder soporífero, aceptaban su liderazgo y su guía de una manera atontada, como embrutecidos.

Estaba seguro de poder retroceder por la ruta que habían empleado para acercarse al altar. Este, parecía, era el camino tomado por el causante de las manchas de humedad repugnante parecidas a anillos.

Vagabundeando por entre las columnas desagradablemente talladas, llegaron por fin al borde del abismo: ese pórtico del Tártaro negro, desde el cual podían contemplar la profundidad de su sima. Descendiendo lejos, en aquellas aguas putrefactas, la fosforescencia se movía en círculos cada vez más amplios, como alterada por el chapuzón de un cuerpo pesado. Hasta el mismo borde bajo sus pies, las huellas acuosas estaban marcadas sobre la roca.

Se dieron la vuelta. Bellman temblaba con recuerdos a medias de sus ciegos sueños y el terror de su despertar. Encontraron en una esquina de la cueva el nacimiento de la carretera que arriba bordeaba el abismo, la carretera que les devolvería al sol perdido.

Siguiendo su orden, Maspic y Chivers apagaron sus linternas para ahorrar las pilas. Era dudoso lo mucho que aún podían durar, y la luz era su necesidad más primaria. Su propia linterna funcionaría para los tres hasta que se gastase.

No hubo sonido alguno ni señal de vida desde la caverna en la que los marcianos descansaban en torno a la imagen narcotizante. Pero un miedo como nunca había sentido durante sus aventuras forzó a Bellman a marearse y palidecer mientras escuchaba en su umbral.

También la sima estaba en silencio, y los círculos de fosforescencia habían dejado de aumentar sobre el agua. Y, sin embargo, el silencio era algo que atontaba los sentidos, que frenaba los miembros. Se levantaba en torno a Bellman como el barro pegajoso del más profundo foso, en el que debía ahogarse. Con un esfuerzo sostenido, comenzó el ascenso, arrastrando, maldiciendo y pateando a sus compañeros hasta que respondían como animales somnolientos.

Era un ascenso por el limbo, un ascenso desde la nada por una oscuridad que parecía palpable y pegajosa. Arriba y arriba se esforzaron, a lo largo de la monótona cuesta que se levantaba imperceptiblemente, donde toda medida de la distancia se perdía, y el tiempo era medido solamente por la repetición eterna de los pasos. La noche descendía ante el débil rayo de luz de Bellman, se cerraba como un mar que todo lo tragaba, incansable y paciente, esperando su momento hasta que su linterna se apagase.

Mirando sobre el borde a intervalos, Bellman vio el gradual apagarse de la fosforescencia en las profundidades. Imágenes fantásticas surgieron en su mente: era como el último rescoldo del fuego en un infierno apagado, como el ahogo de las nebulosas en los vacíos más allá del universo. Sintió d mareo de alguien que mira un espacio infinito... Entonces, sólo hubo oscuridad, y supo por esta señal la tremenda distancia que habían ascendido.

Los impulsos menores del hambre, la sed y la fatiga habían sido pisoteados bajo el miedo que les impulsaba. El letargo pegajoso se levantó lentamente de Maspic y Chivers, y también ellos fueron conscientes de una sombra de terror tan vasta como la noche misma. Los golpes, patadas y reprimendas de Bellman ya no fueron necesarios para hacerles continuar.

Antigua, malvada y soporífera, la noche se levantaba sobre ellos. Era como el pelo, denso y fétido, de los murciélagos: un tejido que ahogaba los pulmones, que atontaba los sentidos. Era tan silenciosa como el reposo de mundos muertos... Pero de ese silencio, tras el transcurso aparente de años, un doble sonido familiar se levantó y llegó a los fugitivos: el sonido de algo que se deslizaba sobre la piedra en las profundidades del abismo, el sonido de chupeteo de una criatura que retiraba sus pies como de un lodazal.

Inexplicable y despertando locas ideas incongruentes en las mentes de los terrestres, como un sonido escuchado en el delirio, aceleró su terror a un paroxismo.

—¡Dios! ¿Qué es esto? —susurró Bellman. Le pareció recordar cosas sin vista, formas asquerosas y palpables de la noche primigenia, que no formaban una parte legítima del recuerdo humano. Sus sueños y su pesadilla al despertar.., el ídolo narcótico..., el cuerpo medio devorado de Chalmers..., las pistas que Chalmers había dejado caer.., los anillos de humedad que conducían a la sima..., todo volvía como los fragmentos de una locura que se multiplicaba para asaltarle en esa terrible carretera a medio camino entre el mundo subterráneo y la superficie de Marte.

Su pregunta sólo fue contestada por una continuación del ruido. Parecía aumentar en volumen..., ascender la pared de debajo. Maspic y Chivers, encendiendo de repente sus luces, echaron a correr con saltos frenéticos, y Bellman, perdiendo su ultimo resto de control, hizo lo mismo.

Era una carrera con un horror desconocido. Por encima del trabajoso latido de sus corazones, el mesurado golpear de sus pies, los hombres todavía oían el sonido siniestro e inexplicable. Les parecía correr a lo largo de leguas de oscuridad, y, sin embargo, el sonido se les acercaba continuamente, trepando detrás de ellos, como si el causante fuese algo que trepase por el precipicio.

Ahora el sonido estaba terriblemente cerca..., un poco delante.

Se detuvo abruptamente. Las luces en movimiento de Maspic y Chivers, quienes iban antes, descubrieron la cosa agazapada que cubría la carretera en toda su anchura de dos yardas.

Aunque eran aventureros endurecidos, los hombres habrían gritado histéricos o se habrían arrojado por el precipicio, si la visión no les hubiese inducido una especie de catalepsia. Era el pálido ídolo de la cueva, hinchado a una proporción enorme, y asquerosamente vivo, que había ascendido desde el abismo ¡y estaba agazapado ante ellos!

Ésta era, claramente, la misma criatura que había servido como modelo para la atroz imagen: la criatura que Chalmers había llamado el habitante. El enorme caparazón, como una joroba, que recordaba vagamente la armadura de un gliptodonte, brillaba con un lustre tan húmedo como el metal. La cabeza ciega, alerta pero somnolienta, estaba echada adelante en un cuello que se curvaba obscenamente. Una docena o más de las cortas piernas, con sus pies como globos, sobresalían lateralmente del caparazón colgante. Las dos probóscides, de una yarda de longitud, con la punta en forma de copa, se elevaban de la cruel raja de la boca, y oscilaban lentamente en el aire en dirección a los terrestres.

La cosa, parecía, era tan vieja como el planeta; una forma desconocida de vida primordial que había habitado siempre en las aguas de las cavernas. Ante ella, las facultades de los terrestres estaban drogadas por un letargo maléfico, como si estuviese compuesta, en parte, del mineral opiáceo de su imagen. Se quedaron parados con sus linternas iluminando por completo el terror, y no podían moverse ni gritar cuando se levantó, repentinamente erecto, dejando al descubierto su escamosa barriga y la extraña cola doble que se deslizaba y arrastraba con un sonido metálico contra la roca. Sus numerosos pies, contemplados desde esta postura, eran huecos y semejantes a cálices, supuraban mefitica humedad. Sin duda, servían como ventosas, permitiéndole trepar sobre una superficie perpendicular.

Con una rapidez y una seguridad en sus movimientos inconcebibles, con cortos pasos de sus patas traseras, manteniendo el equilibrio con la cola, el monstruo se acercó a los hombres indefensos. Sin equivocarse, las dos probóscides se curvaron y sus extremos descendieron sobre los ojos de Chivers, que estaba parado con la cara levantada. Descansaron allí, cubriendo los párpados por completo... sólo un momento. Entonces resonó un grito agónico y salvaje, cuando los extremos huecos fueron retirados con un movimiento de barrido como el del ataque de una serpiente, flexible y vigoroso.

Chivers osciló lentamente, moviendo la cabeza y retorciéndose a causa del dolor, medio narcotizado. Maspic, de pie a su lado, vio de una manera oscura, como en sueños, las cuencas vacías de las que habían desaparecido los ojos. Fue lo último que vio. En aquel instante, el monstruo se volvió hacia él, y las terribles copas, goteando sangre y podredumbre, descendieron sobre los ojos del propio Maspic.

Bellman, quien se había detenido un poco detrás de los otros, contemplaba lo que ocurría como quien contempla las abominaciones de una pesadilla pero es impotente para intervenir o escapar. Vio el movimiento de los miembros terminados en copa, escuchó el único y atroz grito que fue arrancado de Chivers, y el grito que enseguida partió de Maspic. Entonces, por encima de las cabezas de sus compañeros, quienes todavía sostenían las inútiles linternas entre sus dedos rígidos, las probóscides se dirigieron hacia él...

Con la sangre chorreándoles fuertemente sobre la cara, con la sombra ciega, somnolienta, vigilante e implacable en sus talones, empujándoles adelante, frenándoles cuando estaban a punto de caerse por un precipicio, los tres comenzaron su segundo descenso por la carretera que les conducía, para siempre, a un Averno limitado por la noche.
The Dweller In The Gulf (The Dweller In Martian Depths), XI—1932

(Wonder Stories, III—33. The Abominations Of Yondo, II—60)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

Las Criptas De Yoh—Vombis


Clark Ashton Smith
SI LOS MÉDICOS tienen razón en su diagnóstico, me quedan tan sólo unas pocas horas marcianas de vida. Durante esas horas, intentaré contar, como una advertencia a otros que podrían seguir nuestros pasos, los extraordinarios y terribles acontecimientos que dieron fin a nuestras investigaciones en las ruinas de Yoh—Vombis. Si mi narración sirve al menos para impedir futuras exploraciones, el contarla no habrá sido en vano.

Éramos ocho, arqueólogos profesionales con más o menos experiencia en la tierra y extraplanetaria, que partimos con guías nativos desde Ignarh, la metrópoli comercial de Marte, para estudiar esta antigua ciudad, abandonada durante evos. Allan Octave, nuestro líder oficial, debía su mando a conocer más arqueología marciana que ningún otro terrestre sobre la superficie del planeta; y otros del grupo, como William Harper y Jonas Halgren, habían estado asociados con él en muchas de sus anteriores exploraciones.

Yo, Rodney Severn, era algo más novato, habiendo pasado apenas unos pocos meses sobre la superficie de Marte; y la mayor parte de mis incursiones ultraterrenas se habían visto confinadas a Venus.

Los desnudos aihais, de pecho esponjoso, habían hablado, de manera disuasoria, sobre vastos desiertos llenos de tormentas de arena en continuo movimiento, a través de los cuales debíamos pasar para alcanzar Yoh—Vombis; y, a pesar de nuestras generosas ofertas de paga, había resultado difícil contar con guías para el viaje. Por tanto, estuvimos satisfechos a un tiempo que sorprendidos, cuando alcanzamos las ruinas tras siete horas de movernos lentamente por la plana desolación, amarilla naranja y sin árboles, al sudoeste de Ignarh.

Contemplamos nuestro destino, por primera vez, al ponerse el pequeño y remoto sol. Durante un rato, creímos que las torres, sin techo e inclinadas como árboles, y los monolitos rotos eran los de una ciudad desconocida, distinta de la que buscábamos. Pero la situación de las minas, que se extendían formando una especie de arco cubriendo casi por completo una elevación, de una legua de longitud gnéisica, compuesta por roca desnuda y erosionada, junto al tipo de arquitectura, pronto nos convencieron de que habíamos encontrado nuestro objetivo.

Ninguna otra ciudad antigua de Marte estaba dispuesta de esa manera, y los extraños contrafuertes, de muchas terrazas, eran privativos de la raza prehistórica que había construido Yoh—Vombis.

He visto los venerables muros de Machu Pichu alzarse al cielo en medio de los desolados Andes; y las murallas congeladas de Uogam, obra de gigantes, en las tundras glaciales del hemisferio nocturno de Venus.

Pero éstas eran cosas como del ayer, comparadas con los muros que ahora contemplábamos. Toda la región estaba alejada de los vivificantes canales, más allá de cuyos contornos incluso la flora y la fauna más dañina era encontrada sólo raramente. Pero aquí, en este lugar de esterilidad petrificada, de miseria y soledad eternas, parecía que la vida nunca podría haber tenido lugar.

Creo que todos tuvimos la misma impresión cuando estuvimos de pie mirando en silencio mientras el pálido ocaso caía sobre las oscuras minas megalíticas. Recuerdo haber jadeado un poco, en un aire que parecía haber sido tocado por la frialdad irrespirable de la muerte; y escuché la misma aguda y laboriosa respiración procedente de otros de nuestro grupo.

—Este sitio está más muerto que una morgue egipcia —comentó Harper.

—Desde luego, es más antiguo —asintió Octave—. De acuerdo con las leyendas más dignas de confianza, los yorhis, quienes edificaron Yoh Vombis, fueron exterminados por la actual raza gobernante hace, por lo menos, cuarenta mil años.

—Hay una historia, ¿no? —dijo Harper— sobre cómo los últimos supervivientes de los yorhis fueron destruidos por un agente desconocido..., algo demasiado horrible y fuera de lo normal como para ser mencionado ni siquiera en un mito.

—Por supuesto, he oído esa leyenda –asintió Octave—. Quizá entre las minas encontremos pruebas que la afirmen o la desmientan. Los yorhis pueden haber sido barridos por alguna terrible epidemia, como la pestilencia Yashta, que era una especie de hongo verde que se comía los huesos del cuerpo, junto con los dientes y las uñas. Pero no debemos temer contagiarnos. Si hay momias en Yoh—Vombis..., las bacterias estarán tan muertas como sus víctimas, después de tantos ciclos de deshidratación planetaria.

El sol se había puesto con una rapidez sorprendente, como si hubiese desaparecido por medio de una especie de prestidigitación, más que por el proceso normal de su puesta. Sentimos al instante el frío del verdiazul ocaso; y el éter sobre nosotros era como una enorme cúpula transparente de hielo sin sol salpicado con un millón de brillos apagados que eran las estrellas. Nos pusimos nuestras capas y nuestros gorros de piel marciana, que siempre debíamos llevar por la noche; y, dirigiéndonos al oeste de las murallas, establecimos nuestro campamento a su socaire, para estar un poco protegidos del jaar, el cruel viento del desierto que siempre sopla antes del alba. Entonces, encendiendo las lámparas de alcohol, que habían sido traídas con propósitos culinarios, agrupamos en torno a ellas mientras la cena era preparada y consumida.

Después, por comodidad más que por cansancio, nos retiramos pronto a nuestros sacos de dormir; y los dos aihais, nuestros guías, se envolvieron en los pliegues de sus telas de bassa, semejantes a mortajas, que es toda la protección que sus pieles correosas parecen necesitar, incluso a temperaturas por debajo de cero.

Hasta dentro de mi gordo saco, de forro doble, notaba el rigor del aire de la noche; y estoy seguro de que fue esto, más que ninguna otra cosa, lo que me mantuvo despierto mucho rato e hizo mi eventual reposo algo intranquilo e interrumpido. En cualquier caso, no estaba preocupado ni por el menor presagio de alarma o peligro; y me habría reído ante la idea de que algo peligroso podía acechar en Yoh—Vombis, entre cuya pasmosa e insospechable antigüedad, los propios fantasmas de sus muertos habían de haberse desvanecido en la nada hacía mucho tiempo.

Debí quedarme adormecido una y otra vez, con intervalos de estar despierto a medias. Por fin, durante uno de estos intervalos, fui vagamente consciente de que las lunas gemelas, Fobos y Deimos, proyectaban enormes y alargadas sombras sobre las torres sin techo; sombras que casi tocaban las formas brillantes y embozadas de mis compañeros.

Toda la escena estaba encerrada en una tranquilidad pétrea, y ninguno de los durmientes se revolvió. Entonces, cuando mis párpados estaban a punto de cerrarse, recibí una impresión de movimiento desde la oscuridad congelada; y me pareció que una parte de la sombra delantera se había separado y se arrastraba en dirección a Octave, que descansaba más cerca de las ruinas que los demás.

Incluso a través de mi pesado letargo, me sentí molesto por una advertencia de algo antinatural y tal vez ominoso.

Empecé a incorporarme, y, mientras me movía, el objeto umbrío, lo que quiera que fuese, retrocedió y se mezcló de nuevo con la sombra más grande. Su desaparición me sorprendió despertándome por completo; y, con todo, no podía estar seguro de haber visto la cosa. En aquel breve vistazo final me había parecido como un trozo de tela o cuero, toscamente circular, oscuro y arrugado, de diez o doce pulgadas de diámetro, que corría por el suelo doblándose como un gusano, plegándose y estirándose de una manera sorprendente mientras avanzaba.

No volví a dormirme en casi una hora; y, de no haber sido por el frío extremo, me habría levantado, indubitablemente, e investigado para asegurarme si había contemplado un objeto de una naturaleza tan fuera de lo común o si sencillamente lo había soñado. Pero me convenció, más y más, que se trataba de algo demasiado improbable y fantástico como para haber sido otra cosa que el producto de un sueño. Y, por fin, comencé a cabecear con un sueño ligero.

Me despertó el suspiro, gélido y demoniaco, del jaar a través de las paredes melladas, y vi que la débil luz de la luna había recibido la ascensión incolora de un alba temprana. Todos nos levantamos y preparamos nuestros desayunos con dedos que se quedaban atontados a pesar de las lámparas de alcohol.

Mi rara experiencia visual de la noche había adquirido, más que nunca, una irrealidad fantasmagórica; y no le dediqué más que un pensamiento pasajero y no se la mencioné a los otros. Estábamos ansiosos por comenzar nuestras exploraciones; y, un poco más tarde de la puesta de sol, comenzamos nuestro paseo inicial de examen.

Por extraño que pareciese, los dos marcianos se negaron a acompañarnos; impasibles y taciturnos, no ofrecieron una razón explícita, pero, evidentemente, nada les induciría a entrar en las ruinas de Yoh—Vombis. Si estaban o no asustados de las ruinas, fuimos incapaces de establecerlo; sus caras enigmáticas, con sus pequeños ojos oblicuos y enormes fosas nasales abiertas, no traicionaban ni miedo ni ninguna otra emoción comprensible al hombre. Como respuesta a nuestras preguntas, simplemente dijeron que ningún aihai había puesto el pie entre las ruinas desde hacía mucho tiempo. Aparentemente, había algún tabú misterioso relacionado con aquel lugar.

Como equipo en aquel paseo preliminar, nos llevamos tan sólo dos linternas eléctricas y una palanca de hierro. Nuestras otras herramientas, y algunos cartuchos de explosivo de alta potencia, los reservábamos para emplearlos más tarde, en caso de que resultasen necesarios una vez que hubiésemos explorado el terreno. Uno o dos llevábamos armas automáticas; pero éstas también fueron dejadas atrás, porque parecía absurdo imaginar que alguna forma de vida sería encontrada entre las ruinas.

Octave estaba visiblemente nervioso al comenzar nuestra inspección; y mantuvo un fuego constante de comentarios y exclamaciones. El resto de nosotros estuvo tranquilo y silencioso; era imposible apartar el sombrío temor y el asombro que nos provocaban aquellas piedras megalíticas.

Avanzamos alguna distancia por entre los edificios triangulares con terrazas, siguiendo las calles en zigzag que correspondían a esta peculiar arquitectura. La mayoría de las torres estaba, más o menos, en ruinas; y, por todas partes, vimos la profunda erosión ocasionada por ciclos de viento soplando y por la arena que, en muchos casos, había gastado, redondeándolos, los ángulos afilados de los poderosos muros. Entramos en algunas de las torres, pero encontramos en su interior el más completo vacío. Lo que quiera que hubiesen contenido a manera de mobiliario debía haberse deshecho en el polvo hacía mucho tiempo; y el viento había sido soplado lejos por las inquisitivas galernas del desierto.

Al cabo, llegamos al muro de una vasta terraza, tallada de la propia meseta. En esta meseta, los edificios centrales estaban agrupados en una especie de acrópolis. Un tramo de escaleras, comidas por el tiempo, diseñadas para miembros más largos que los de los hombres o incluso de los larguiruchos marcianos modernos, permitía el acceso a la plataforma tallada.

Parándonos, decidimos retrasar nuestra investigación de los edificios superiores, los cuales, más expuestos que los demás, se hallaban doblemente ruinosos y estropeados, y lo más probable es que poco tuviesen que ofrecernos como recompensa a nuestros esfuerzos. Octave había comenzado a expresar su desilusion ante nuestro fracaso a la hora de encontrar un artefacto que arrojase alguna luz sobre la historia de Yoh—Vombis.

Entonces, un poco a la derecha de la escalera, encontramos una entrada en la pared principal, medio bloqueada por antiguos escombros. Detrás del montón de detritus, encontramos el nacimiento de un tramo de escaleras descendentes. De la abertura salía oscuridad, mustia con la primordial estancación de la podredumbre; y no podíamos ver por debajo del primer escalón, que daba la impresión de estar suspendido sobre una sima negra.

Arrojando el rayo de su linterna en el abismo, Octave comenzó a descender por las escaleras. Su ansiosa voz nos llamó para que le siguiésemos.

Al fondo de los altos y difíciles escalones, encontramos una cripta larga y amplia, como un salón subterráneo. Su suelo tenía una profunda capa de polvo de antigüedad inmemorial. El aire estaba singularmente cargado, como si los restos de una antigua atmósfera, menos tenue que la del Marte de hoy, se hubiesen acomodado y quedado en aquella oscuridad estancada. Era más difícil de respirar que el aire exterior; estaba lleno de efluvios desconocidos, y el ligero polvo se levantaba ante nosotros a cada paso, difundiendo un leve olor de corrupción pasada, como el polvo de momias maceradas.

Al fondo de la cripta, ante un tramo de escaleras que se levantaban, nuestras linternas mostraron una inmensa urna o cuenco hueco, apoyado en unas piernas cortas con forma de cubo, y hecho con un material apagado de color verde negruzco. En su fondo descubrimos un depósito de fragmentos oscuros parecidos a cenizas, que daban un leve pero desagradable olor pungente, como el fantasma de otro olor más poderoso. Octave, inclinándose sobre el borde, empezó a toser y estornudar al inhalarlo.

—Ese material, lo que quiera que fuese, debió ser un fumigante bastante fuerte —comentó—. La gente de Yoh—Vombis debió usarlo para desinfectar estas criptas.

El umbral detrás de la urna hueca nos admitió a una habitación más grande cuyo suelo estaba relativamente libre de polvo. Encontramos que la oscura piedra debajo de nuestros pies estaba marcada con dibujos geométricos multiformes, dibujados con piedra ocre, entre los cuales, como en las cartelas egipcias, había incluidos jeroglíficos y dibujos altamente formalizados. Poco podíamos interpretar de la mayoría de ellos, pero las figuras que muchos contenían estaban sin duda diseñadas para representar a los propios yorhis. Como los aihais, eran altos y angulosos, con grandes pechos como fuelles. Las orejas y las fosas nasales no eran tan enormes como las de los marcianos modernos, hasta el punto que podíamos juzgar.

Todos estos yorhis estaban representados desnudos; pero en una de las cartelas, realizada con un estilo más apresurado que las demás, nos fijamos en dos figuras cuyos cráneos, altos y cónicos, estaban envueltos en una especie de turbantes, los cuales parecían estar a punto de quitarse o de ajustar. El artista había dado un especial énfasis al gesto con el que los sinuosos dedos, de cuatro articulaciones, estaban tirando de estos tocados; y toda la postura parecía extrañamente contorsionada.

Naciendo de la segunda cripta, había pasadizos que se ramificaban por todas direcciones, conduciendo a un verdadero dédalo de catacumbas. Aquí enormes urnas panzudas del mismo material que el cuenco de fumigar, pero más altas que la cabeza de un hombre y equipadas con tapaderas de asas angulares, estaban alineadas en filas solemnes a lo largo de las paredes, dejando escaso espacio para que dos de nosotros pasásemos andando juntos. Cuando conseguimos quitar una de las enormes tapas, vimos que la jarra estaba llena hasta el borde con cenizas y fragmentos de hueso incinerado. Indubitablemente (como es todavía la costumbre marciana), los yorhis habían guardado los restos incinerados de familias enteras en una única urna.

Incluso Octave guardó silencio mientras continuábamos, y una especie de pasmo meditativo pareció sustituir su anterior nerviosismo. El resto de nosotros, creo, nos sentíamos aplastados como un solo hombre por la sólida oscuridad y la antigüedad que desafiaba la imaginación, en la cual parecía que nos introducíamos más a cada paso.

Las sombras temblaban a nuestro alrededor como las alas, monstruosas y deformes, de murciélagos fantasmas. Por todas partes no había nada más que el polvo atomizado de las edades, y las jarras que contenían las cenizas de un pueblo largo tiempo extinto. Pero, pegada al techo alto en una de las criptas siguientes, vi una mancha, oscura y arrugada, de forma circular, como un hongo marchito. Era imposible alcanzar la cosa, y continuamos, después de mirarla, haciendo muchas conjeturas inútiles. Por extraño que parezca, no conseguí recordar en aquel momento el oscuro objeto que había visto, o con el que había soñado, la noche antes.

No tengo ni idea de la distancia que habíamos recorrido cuando llegamos a la ultima cripta; pero parecía que habíamos estado vagabundeando durante años por aquel olvidado mundo subterráneo. El aire se estaba volviendo más asqueroso e irrespirable, con una cualidad densa, empapada, como procedente de un sedimento de podredumbre material; y casi habíamos decidido dar la vuelta. Entonces, sin previo aviso, al final de una larga catacumba, con urnas alineadas, nos encontramos frente a frente con una pared lisa.

Aquí nos topamos con uno de nuestros descubrimientos más extraños y el más desconcertante..., una figura momificada, e increíblemente desecada, de pie junto a la pared. Tenía más de siete pies de estatura, era de un color marrón bituminoso y estaba completamente desnuda a no ser por una especie de capucha negra que cubría la parte superior de su cabeza y caía en pliegues arrugados a los lados. Por su tamaño y contorno generales, era claramente uno de los antiguos yorhis..., quizá el único miembro de su raza cuyo cuerpo había permanecido intacto.

Todos sentimos un estremecimiento inexplicable ante la increíble antigüedad de esta cosa encogida, que, en el aire seco de las criptas, había aguantado todas las vicisitudes históricas y geológicas del planeta, para proporcionar un lazo visible con ciclos perdidos.

Entonces, mientras mirábamos más de cerca con nuestras linternas, vimos por qué la momia había conservado una posición vertical.

En los tobillos, rodillas, cintura, hombros y cuello estaba sujeta a la pared por pesadas bandas de metal, tan profundamente gastadas y oscurecidas por una especie de herrumbre, que no habíamos conseguido distinguirlas a primera vista de las sombras.

La extraña capucha sobre la cabeza, al examinarla más de cerca, seguía confundiéndonos. Estaba cubierta de una pelusa, como moho, tan sucia y polvorienta como antiguas telarañas. Algo respecto a ella, no sabría decir qué, resultaba repugnante y vomitivo.

—¡Vive Dios! ¡Este es un auténtico hallazgo! —exclamó Octave mientras acercaba su linterna al rostro momificado, donde las sombras se movían como seres vivientes en las cuencas de los ojos profundas como la brea, y en las enormes fosas nasales triples y anchas orejas de soplillo que se despegaban por debajo de la capucha.

Sujetando aún la linterna, levantó la mano libre y tocó el cuerpo con mucha delicadeza. A pesar de lo delicado que fue su tacto, la parte inferior del tronco de barril, las piernas, las manos y los antebrazos, todos comenzaron a pulverizarse dejando la cabeza, la parte superior del tronco y los brazos colgando aún de las argollas de metal. El proceso de deterioro había sido extrañamente desigual, porque las porciones restantes no daban señal alguna de desintegración.

Octave gritó desalentado, y entonces comenzó a toser y a estornudar, mientras la nube de polvo marrón, flotando liviana como el aire, le envolvía. Los demás retrocedimos para evitar el polvo. Entonces, por encima de la nube que se extendía, vi algo increíble. La capucha negra sobre la cabeza de la momia empezó a encogerse y a hacer movimientos nerviosos hacia arriba en las esquinas, se retorcía con un movimiento verminoso, cayó del cráneo encogido, pareciendo doblarse y desdoblarse de manera convulsiva en mitad del aire mientras caía.

Entonces, descendió sobre la cabeza desnuda de Octave, quien, en su desconcierto ante la desintegración de la momia, se había quedado de pie cerca de la pared. En ese instante, con un espasmo de repentino terror, recordé la cosa que se había arrastrado desde las sombras de Yoh—Vombis a la luz de las lunas gemelas, y que había retrocedido como un fragmento de mis sueños ante los primeros movimientos de mi despertar.

Agarrándose fuertemente como una tela ceñida, la cosa envolvió el pelo, la frente y los ojos de Octave, y él gritó salvajemente, con incoherentes peticiones de ayuda, y tiró con dedos frenéticos de la capucha, pero no consiguió aflojarla. Entonces, sus gritos empezaron a ascender en un loco crescendo de agonía, como si estuviese bajo el instrumento de alguna tortura infernal; y bailaba y daba saltos ciegamente por la cripta, evitándonos con extraña rapidez cuando saltábamos adelante en un esfuerzo para alcanzarle y liberarle de su extraño estorbo.

Todo el acontecimiento resultaba tan misterioso como una pesadilla; pero la cosa que había caído sobre su cabeza era claramente una forma de vida marciana sin clasificar que, contrariamente a todas las leyes de la ciencia, había sobrevivido en aquellas catacumbas de antigüedad primordial. Debíamos, si podíamos, rescatarle de sus garras.

Intentamos aproximarnos a la figura frenética de nuestro jefe..., que en el espacio, lejos de amplio, entre las últimas urnas y la pared, debería haber sido un asunto fácil. Pero, alejándose, de una manera doblemente incomprensible a causa de su situación de tener los ojos tapados, nos rodeó y se alejó, desapareciendo entre las urnas hacia la parte exterior del laberinto de catacumbas entrecruzadas.

—¡Dios mío! ¿Qué le ha sucedido? –exclamó Harper—. Este hombre actúa como si estuviese poseído.

No había tiempo, evidentemente, para ponerse a discutir el enigma, y todos perseguimos a Octave tan de prisa como nuestra sorpresa nos lo permitió. Le habíamos perdido de vista en medio de la oscuridad; y, cuando llegamos a la primera división de las criptas, estábamos dudando qué pasadizo habría tomado, hasta que escuchamos un grito agudo, repetido varias veces, en una catacumba que estaba muy a la izquierda. Había una extraña cualidad ultraterrena en aquellos gritos, que podría haber sido producida por el aire largamente estancado, o por las peculiares condiciones acústicas de las cavernas que se ramificaban. Pero, de alguna manera, no podía imaginármelos partiendo de labios humanos..., por lo menos, no los de un hombre viviente. Tenían una cualidad agónica, mecánica y sin alma, como si hubiesen sido arrancados de un cadáver empujado por los demonios.

Precedidos por las luces de nuestras linternas en las sombras agazapadas, fugitivas, corrimos entre las filas de grandes urnas. Los gritos se habían apagado en el silencio sepulcral; pero en la distancia escuchamos el sonido ligero y apagado de pies que corrían. Continuamos en una precipitada persecución; pero, jadeando dolorosamente en el aire viciado, infecto, pronto nos vimos obligados a aflojar el paso sin tener a nuestra vista a Octave. Muy débilmente, más lejos que nunca, escuchamos, como los pasos de un fantasma que se hubiese tragado la tumba, sus pasos, que desaparecían. Entonces, se detuvieron; y no escuchamos nada que no fuese nuestro aliento convulso, y la sangre que latía en nuestras sienes como tambores de alarma continuamente resonantes.

Continuamos, dividiendo nuestro grupo en tres contingentes, cuando llegamos a una triple división de las cavernas. Harper, Halgren y yo tomamos el pasaje del medio, y, después de que hubiésemos recorrido un intervalo infinito sin encontrar señal de Octave, y nos hubiésemos abierto camino por cavidades enormes repletas hasta el techo de urnas colosales que deben haber contenido las cenizas de cien generaciones, llegamos a una cámara enorme con dibujos geométricos en el suelo. Aquí, tras un breve rato, se reunieron con nosotros los demás, que, igualmente, habían fracasado en encontrar a nuestro desaparecido líder.

Sería inútil relatar nuestra renovada búsqueda de una hora de duración a lo largo de la miríada de criptas, muchas de las cuales no habíamos explorado hasta ese momento. Todas estaban vacías, en lo que respecta a vida. Recuerdo haber pasado una vez más por la cripta en la que había visto la mancha redonda en el techo, y haber notado con un escalofrío que la mancha había desaparecido. Fue un milagro que no nos perdiésemos en aquel laberinto subterráneo; pero al cabo alcanzamos de nuevo la cripta final en la que habíamos encontrado la momia encadenada.

Escuchamos un estrépito recurrente a intervalos regulares mientras nos aproximábamos a aquel lugar..., un sonido de lo más alarmante y desconcertante considerando las circunstancias. Era como el martilleo de los duendes en un olvidado mausoleo. Cuando nos aproximamos, los rayos de nuestras antorchas pusieron al descubierto una visión que no era menos inesperada que sorprendente. Una figura humana, con su espalda vuelta hacia nosotros, y la cabeza oculta por un objeto negro hinchado que había adquirido el tamaño y la forma de un almohadón de sofá, estaba de pie, junto a los restos de la momia, golpeando la pared con una barra de hierro puntiaguda. Cuánto tiempo había estado allí Octave y dónde había encontrado la barra, no podíamos saberlo. Pero la pared lisa se había deshecho bajo sus furiosos golpes, dejando en el suelo un montón de fragmentos parecido al cemento; y una pequeña y estrecha puerta, del mismo material ambiguo que las urnas funerarias y el cuenco de fumigación, había quedado al descubierto.

Sorprendidos, inciertos, confusos de una manera inexpresable, todos éramos incapaces de acción y voluntad en aquel momento. Todo el asunto resultaba demasiado fantástico y horripilante, y estaba claro que Octave había sido dominado por alguna especie de locura. Por lo menos yo, sentí un violento espasmo de repentina náusea cuando identifiqué la cosa, repugnantemente hinchada, que se pegaba a la cabeza de Octave y se reclinaba en obscena tumescencia sobre su cuello. No me atrevo a hacer suposiciones sobre la causa de su hinchazón.

Antes de que ninguno de nosotros pudiese recobrar sus facultades, Octave arrojó a un lado la barra de metal y empezó a tantear buscando algo en la pared. Debía ser algún muelle oculto; aunque cómo podía haber conocido su situación y su existencia queda más allá de cualquier conjetura legítima. Con un apagado, y terrible, sonido chirriante, la puerta descubierta se abrió hacia adentro, ancha y pesada como la puerta de un mausoleo, descubriendo una apertura desde la cual la más profunda medianoche parecía manar como un torrente de podredumbre enterrada durante evos.

De alguna manera, en aquel instante, nuestras linternas eléctricas temblaron y se volvieron más débiles; y todos respiramos un hedor sofocante, como procedente de mundos de inmemorial putrescencia.

Ahora, Octave se había dado la vuelta hacia nosotros, y permanecía de pie sin hacer nada junto a la puerta abierta, como alguien que hubiese terminado una tarea prescrita. Fui el primero de nuestro grupo en librarse del hechizo paralizante, y, sacando mi navaja —lo único parecido a un arma que transportaba—, corrí hacia él. Retrocedió, pero no lo bastante deprisa como para evitarme, cuando hundí la hoja de cuatro pulgadas en la negra masa tumescente que había envuelto la parte superior de su cabeza y colgaba sobre sus ojos.

Lo que fuese la cosa, prefiero no imaginármelo... aunque pudiese hacerlo. Era tan informe como una gran sanguijuela, sin cabeza ni cola ni órganos visibles..., una cosa inflada, sucia y correosa, cubierta con esa pelusilla como moho que he mencionado antes. El cuchillo la desgarró como si fuese pergamino podrido, y el horror pareció colapsarse como un globo deshinchado. De él, se escapó un torrente nauseabundo de sangre humana, mezclada con masas oscuras hiladas que podrían haber sido pelo medio disuelto, y trozos flotantes gelatinosos como hueso derretido, y restos de una sustancia blanca coagulada. En el mismo momento, Octave empezó a tambalearse y se cayó cuan largo era sobre el suelo. Revuelto por su caída, el polvo de la momia se levantó en una nube que se retorcía, debajo de la cual él descansó con una quietud mortal.

Venciendo mi asco, y ahogándome a causa del polvo, me incliné sobre él y arranqué el fláccido horror purulento de su cabeza. Salió con una facilidad inesperada, como si estuviese quitando un trapo lacio; pero juro por Dios que preferiría haberlo dejado como estaba. Debajo, ya no era un cráneo humano, porque todo había sido devorado, incluyendo las cejas, y el cerebro medio devorado quedó al descubierto cuando levanté el objeto como una tapadera. Dejé caer la cosa innominable de dedos que habían perdido repentinamente su fuerza, y se dio la vuelta al caer, revelando el lado interior de muchas hileras de ventosas rosadas, colocadas en círculos en torno a un pálido disco que sugería una especie de plexo.

Mis compañeros se habían amontonado en torno a mí; pero, durante un rato apreciable, ninguno habló.

—¿Cuánto tiempo supones que lleva muerto? —fue Halgren quien susurró la terrible pregunta, que todos nos habíamos estado haciendo a nosotros mismos. Aparentemente, nadie se sentía dispuesto, o capaz, de contestarla; y tan sólo éramos capaces de contemplar a Octave en un estado de horrible fascinación intemporal.

Al cabo, hice un esfuerzo para apartar la mirada; y, volviéndola al azar, me fijé en los restos de la momia encadenada y noté, por primera vez, con un horror mecánico e irreal, el estado, devorado a medias, de la cabeza encogida. De esto, mi vista se volvió a la puerta recientemente abierta a un lado, sin darme cuenta, por un momento, de qué era lo que había llamado mi atención. Entonces, sorprendido, contemplé bajo el rayo de mi linterna, lejos de la puerta, como en una sima exterior, un movimiento de sombras que se arrastraban bullicioso, multitudinario, vermiforme. Parecían hervir en la oscuridad; y entonces, sobre el ancho umbral de la puerta, se vertió la vermiforme vanguardia de un incontable ejército: cosas que eran parientes de la monstruosa y diabólica sanguijuela que había arrancado de la cabeza devorada de Octave. Algunas eran delgadas y lisas, como discos de tela o cuero que se doblasen y se retorciesen, y otras eran más o menos hinchadas, y se arrastraban con un lento hartazgo. Qué habían encontrado para alimentarse en aquella medianoche sellada, no lo sé; y rezo para no saberlo nunca.

Salté apartándome de éstas, electrificado por el terror, enfermo de asco, y el negro ejército se acercaba incesantemente, pulgada a pulgada, con una velocidad de pesadilla, desde aquel abismo abierto, como el nauseabundo vómito de un infierno harto de horrores. Mientras se vertían hacia nosotros, ocultando de la vista el cuerpo de Octave bajo una ola temblorosa, vi un resto de vida en la cosa, aparentemente muerta, que había tirado, y vi el horrible esfuerzo que hacia para curarse y unirse a las demás.

Pero ni yo ni mis compañeros podíamos soportar seguir mirando más tiempo. Nos dimos la vuelta y echamos a correr entre las filas de grandes urnas, con la masa de sanguijuelas demoniacas arrastrándose cerca de nosotros, y nos dividimos, presas de un pánico ciego, cuando llegamos a la primera división de las criptas. Sin hacer caso los unos de los otros, ni de ninguna otra cosa que no fuese la urgencia de nuestra fuga, nos adentramos al azar en los pasajes que se ramificaban.

Detrás de mí, escuché cómo alguien tropezaba y caía, con una maldición que aumentó hasta un loco aullido; pero sabía que, si me paraba y retrocedía, solo serviría para atraer sobre mí la misma maligna condena que había alcanzado al último de nuestro grupo.

Agarrando aún mi linterna eléctrica y mi navaja abierta, corrí a lo largo de un pasaje menor, el cual, creía recordar, más o menos directamente, daba a la gran cripta exterior con el suelo pintado. Allí me encontré solo. Los otros habían seguido las catacumbas principales; y podía escuchar a o lejos un apagado Babel de locos gritos, como si varios de entre ellos hubiesen sido atrapados por sus perseguidores.

Parecía que debía haber estado equivocado respecto a la dirección del pasaje; porque se daba la vuelta y giraba de una manera que no me resultaba familiar, con muchas intersecciones, y al punto me encontré desorientado en medio del negro laberinto, donde el polvo había descansado inalterado por pies vivientes durante incontables generaciones. El laberinto cinerario había quedado de nuevo en silencio; y escuché mis propios frenéticos jadeos, elevados y estertóreos como los de un titán en medio de un silencio de muerte.

Repentinamente, mientras continuaba, mi linterna iluminó una figura humana dirigiéndose hacia mí en la oscuridad. Antes de que pudiese dominar mi sorpresa, la figura había pasado junto a mí y se había alejado con grandes zancadas mecánicas, como si regresase a las criptas interiores. Creo que era Harper, ya que la estatura y la constitución correspondían; pero no estoy completamente seguro, porque los ojos y la parte de la cabeza estaban ocultos por la oscura e inflada capucha; y los pálidos labios estaban encajados como en el silencio de una tortura tetánica... o de la muerte. Quienquiera que fuese, había dejado caer su linterna; y estaba corriendo a ciegas, bajo el impulso de aquel vampirismo ultraterreno, buscando la auténtica fuente de aquel horror desencadenado. Sabia que él estaba más allá de la ayuda humana; y ni siquiera imaginé intentar detenerle.

Temblando violentamente, reemprendí mi huida, y fui adelantado por dos más de nuestro grupo, andando con paso majestuoso con aquella rapidez y seguridad mecánicas, encapuchados con aquellas satánicas sanguijuelas. Los otros debieron regresar por los pasajes principales; porque no me encontré con ellos y nunca más volvería a verlos.

El resto de mi huida es una confusión de terror infernal. Una vez más, después de creer que me encontraba cerca de la cripta exterior, me encontré perdido, y escapé durante una eternidad de filas de urnas monstruosas, por criptas que debían extenderse por una distancia desconocida más allá de nuestras exploraciones. Parecía que había estado allí durante años; y mis pulmones estaban ahogándose con aquel aire muerto durante evos, y mis piernas estaban preparadas para deshacerse debajo de mí, cuando vi, en la distancia, un punto de bendita luz del día. Corrí hacia éste, con todos los horrores de la extraña oscuridad agrupándose detrás mío, y sombras malditas moviéndose ante mí, y vi que la cripta terminaba en una entrada baja, en ruinas, con escombros esparcidos sobre los que caía un débil arco de luz.

Era una entrada distinta a aquella por la que habíamos penetrado en este letal mundo subterráneo. Me encontraba a unos doce pies de la entrada cuando, sin emitir sonido u otro aviso, algo cayó sobre mi cabeza desde el techo, cegándome inmediatamente y cerrándose en torno a mí como una red tensa. Sentí en mi frente y en mi cuero cabelludo, al mismo tiempo, un millón de dolores como de agujas..., una múltiple y siempre creciente agonía que parecía atravesar el mismo hueso y converger desde todos lados al interior de mi cerebro.

El terror y el sufrimiento de aquel momento fueron peores que nada que puedan contener los infiernos de la locura y el delirio mundanos. Sentí la zarpa repugnante, vampírica, de una muerte atroz... y de algo más que la muerte. Creo que dejé caer la linterna; pero los dedos de mi mano derecha aún conservaban la navaja abierta. Instintivamente —ya que apenas era capaz de movimientos voluntarios—, levanté el cuchillo y lo blandí ciegamente, una y otra vez, muchas veces, en la cosa que había sujetado sus mortíferos pliegues en torno mío. La hoja debió atravesar la monstruosidad colgante para desgarrar mi propia carne en una docena de sitios; pero no sentí el dolor de aquellas heridas en el tormento, de un millón de latidos, que me poseía.

Por fin, vi la luz y observé que una cinta negra, aflojada de encima de mis ojos y goteando con mi propia sangre, estaba colgando sobre mis mejillas. Se retorcía un poco, incluso mientras colgaba, y desgarré los otros restos de la cosa, jirón tras purulento jirón, de mi frente y mi cabeza. Entonces, me tambaleé hacia la entrada; y la pálida luz se convirtió en una llama bailarina, lejana y alejándose mientras daba un traspiés y salía de la caverna..., una llama que escapó como la última estrella de la Creación sobre el caos, abierto y deslizante, sobre el que descendió...

Se me ha informado de que mi inconsciencia fue de breve duración. Recuperé el sentido, con las caras crípticas de los dos guías marcianos inclinadas sobre mí. Mi cabeza estaba llena de dolores lacerantes, y terrores recordados a medias se cerraban sobre mi mente como las sombras de arpías que se reúnen. Me revolví y miré a la boca de la caverna, desde la cual los marcianos, después de encontrarme, me habían arrastrado durante alguna distancia pequeña. La boca estaba debajo del ángulo de la terraza de uno de los edificios exteriores, y a la vista de nuestro campamento.

Miré la negra apertura con una terrible fascinación, y noté un movimiento vago entre las sombras..., el retorcido y vermiforme movimiento de algo que avanzaba en la oscuridad pero que no emergía a la luz. Sin duda, no podían soportar la luz, estas criaturas de la noche subterránea y de la corrupción sellada durante ciclos.

Fue entonces cuando el horror definitivo, el nacimiento de la locura, llegó a mí. En medio de mi escalofriante asco, mi deseo de huir provocado por la náusea de escapar de aquella bulliciosa boca de la cueva, se despertó un impulso odiosamente conflictivo de regresar; de recorrer mi camino de regreso por todas las catacumbas como los demás habían hecho; de descender donde ningún hombre excepto ellos, los inconcebiblemente condenados y malditos, había ido; de buscar, bajo aquella maldita compulsión, un mundo subterráneo que el pensamiento humano no puede concebir. Había una luz negra, una llamada insonora, en las profundidades de mi cerebro; la llamada implantada por la Cosa, como un veneno penetrante y mágico. Me atraía a la puerta subterránea que fue tapiada por la gente agonizante de Yoh—Vombis, para encerrar esas infernales e inmortales sanguijuelas que unen su propia vida abominable a los cerebros medio devorados de los muertos. Me llamaba a las profundidades remotas, en donde habitan aquellos apestosos, nigrománticos, de quienes las sanguijuelas, con todo su poder vampírico y diabólico, no son sino los menores sirvientes...

Fueron sólo los dos aihais los que me impidieron regresar. Me revolví, luché locamente contra ellos mientras me sujetaban con sus brazos esponjosos; pero debía estar bastante agotado a causa de todas las aventuras sobrehumanas de aquel día; y volví a desplomarme, al cabo de un rato, en una nada insondable, saliendo de la cual floté a largos intervalos, para darme cuenta de que estaba siendo acarreado a través del desierto en dirección a Ignarh.

Bien, ésta ha sido mi historia. He intentado contarla por completo y coherentemente a un precio que resultaría inconcebible pana alguien cuerdo... Contarla antes de que la locura descienda de nuevo sobre mí, como lo hará muy pronto..., como lo está haciendo ahora... Sí, os he contado mi historia... y vosotros la habéis escrito toda, ¿no? Ahora debo regresar a Yoh—Vombis, regresar por el desierto y bajar por las catacumbas a las criptas más amplias que están debajo. Hay algo en mi cerebro que me lo ordena y que me guiará..., os lo digo, debo ir...




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