Clark Ashton Smith



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Nos dirigimos entonces a la cámara de conjuraciones, e hicimos los preparativos que resultaban necesarios y posibles. Y, cuando estuvimos preparados para interrogarla, la sombra desconocida se había acercado todavía más a la sombra de Avyctes, así que la distancia entre las dos no era mayor que la anchura del bastón del nigromante.

Entonces, de todas las maneras posibles, interrogamos a la sombra, hablando a través de nuestros propios labios y de los labios de momias y de estatuas. Pero no hubo respuesta, y, llamando a algunos de los diablos y fantasmas que eran nuestros espíritus familiares, intentamos interrogarla a través de sus bocas, pero no hubo resultado. Y, mientras tanto, nuestros espejos estaban vacíos de cualquier presencia que pudiese haber proyectado la sombra; y aquellos que habían sido nuestros portavoces no podían detectar nada en el cuarto. Y no había hechizo alguno, eso parecía, que tuviese poder sobre el visitante. Así que Avyctes se preocupó, y, dibujando en el suelo, con sangre y cenizas, la elipse de Oumor, en la cual no puede entrar espíritu ni demonio alguno, se retiró a su centro. Pero, aun dentro de la elipse, la sombra siguió a la suya, como una fluida mancha de corrupción líquida, siendo el espacio entre las dos no mayor que la pluma de un mago.

Sobre el rostro de Avyctes, el horror había trazado nuevas arrugas, y su frente estaba perlada con un sudor de muerte. Porque sabía, como yo, que ésta era una cosa que estaba más allá de toda ley, y que no representaba otra cosa que un desastre y una maldad incontables. Y me gritó con voz temblorosa diciendo:

—No tengo conocimientos sobre esta cosa o sobre sus intenciones hacia mí, ni poder para frenar su avance. Vete y abandóname ahora, porque no deseo que hombre alguno contemple la derrota de mi brujería y la condena que de esto puede resultar. Además, estaría bien que te marchases cuando todavía hay tiempo, no sea que tú también te conviertas en presa de la sombra...

Aunque el terror había calado en lo más profundo de mi alma, era reacio a abandonar a Avyctes. Pero había jurado obedecer su voluntad en todo momento y en todos los sentidos, y, lo que es más, me sabía dos veces impotente frente a la sombra, ya que el propio Avyctes era impotente.

Así que, despidiéndome de él, marché con miembros temblorosos de la cámara encantada y, mirando atrás desde el umbral, vi que la sombra extraña, arrastrándose como una repugnante mancha sobre el suelo, había tocado la sombra de Avyctes. Y, en ese momento, el maestro gritó en voz alta como quien tiene una pesadilla, y su rostro ya no era el rostro de Avyctes, sino que estaba convulso y contorsionado como el de un loco furioso que lucha contra invisibles súcubos. Y ya no miré más, sino que escapé por el oscuro pasillo exterior, hacia las puertas que dan a la terraza.

Una luna roja, ominosa y con giba, se había puesto sobre los acantilados, y las sombras de los cedros eran alargadas bajo la luna, temblando bajo la galerna como las túnicas de los brujos. Inclinándome contra la tormenta, escapé a través de la terraza, hacia las escaleras exteriores que daban a un empinado sendero que iba al desierto de rocas y precipicios más allá de la casa de Avyctes. Me aproximé al borde de la terraza, corriendo con una velocidad producto del miedo, pero no pude alcanzar la parte superior de la escalera exterior; porque, a cada paso, el mármol fluía debajo de mí, escapando como el pálido horizonte de quien lo busca. Y, aunque corría sin pausa, no podía acercarme al borde de la terraza.

Al cabo, desistí notando que algún hechizo había alterado el propio espacio en torno a la casa de Avyctes, de forma que nadie pudiese escapar de allí. Así que, resignándome a lo que quiera que fuese a suceder, regresé a la casa. Y, ascendiendo las escaleras blancas, bajo los rayos, bajos e igualados, de la luna atrapada en los acantilados, vi una figura que me esperaba en las puertas. Y supe, por la túnica colgante de púrpura marino, pero no por ninguna otra señal, que la figura era Avyctes. Porque la cara ya no era por completo la cara de un hombre, sino que se había transformado en una amalgama, asquerosamente fluida, de rasgos humanos con una cosa que no podría identificarse sobre la tierra. La transfiguración era más repugnante que la muerte o la corrupción, y el rostro ya estaba coloreado, con la tonalidad sin nombre, corrupta y purulenta, de la extraña sombra, y su silueta había adquirido un parecido parcial con la achatada de la sombra. Las manos de la figura ya no eran aquellas de un ser terrenal, y la forma debajo de la túnica se había alargado con una blandura nauseabundamente ondulante, y el rostro y los dedos parecían gotear a la luz de la luna una podredumbre delicuescente. Y la oscuridad perseguidora. como una plaga que fluía densa, había corroído y distorsionado la propia sombra de Avyctes, que ahora era doble de una manera que aquí no será contada.

Con ganas habría gritado, o hablado en voz alta, pero el horror había secado la fuente del lenguaje. Y la cosa que había sido Avyctes me llamó en silencio, sin pronunciar palabra con sus labios vivos y podridos. Y con ojos que ya no eran ojos, sino una abominación purulenta, me miró firmemente. Y agarró mi hombro con fuerza, con la blanda lepra de sus dedos, y me condujo, medio desmayado a causa del asco, por el pasillo hasta el salón donde se encontraba la momia de Oigos, quien nos había ayudado en el triple encantamiento de los hombres serpientes, junto a varios de sus semejantes.

Bajo las lamparas que iluminaban la habitación, ardiendo con una luz pálida, fija y perpetua, vi que las momias estaban erguidas a lo largo de la pared en su exánime reposo, cada una en su lugar acostumbrado, con su larga sombra acompañada con una sombra en todo similar a la cosa maléfica que había perseguido a mi maestro y ahora se había incorporado a él.

Recordé cómo Oigos había realizado su parte del ritual, y cómo había repetido una palabra desconocida que se indicaba después de Avyctes, y así supe que el horror le había llegado a Oigos por turno y se descargaría sobre los muertos al igual que sobre los vivos. Porque la repugnante cosa sin nombre, que en nuestra presunción habíamos llamado, no era capaz de manifestarse ante nuestra percepción de mortales de otra manera que no fuese ésta. La habíamos arrastrado desde profundidades insondables del tiempo y el espacio, utilizando, de una manera ignorante, una fórmula terrible, y la cosa había acudido en su propia hora elegida, para dejar su marca de la abominación más extrema en quienes la habían invocado.

Desde entonces, la noche ha menguado, y un segundo día ha pasado con un perezoso fluir del horror... He contemplado la completa identificación de la sombra con la carne y la sombra de Avyctes... y también he visto la lenta usurpación de la otra sombra de la sombra flaca del cuerno seco y abetunado de Oigos, y convertirlos en algo parecido a la cosa en que Avyctes se ha transformado. Y he escuchado a la momia gritar, como un hombre vivo, con gran dolor y miedo, como en la agonía de una segunda muerte, al chocar con la sombra. Y hace tiempo que se ha quedado en silencio, al igual que el otro horror, y no conozco ni sus pensamientos ni sus intenciones...

Y, en verdad, no sé si la cosa que ha venido es única o múltiple; tampoco sé si su avatar se dará por satisfecho con aquellos que la invocaron en su momento, o si se extenderá a otros.

Pero estas cosas, y muchas otras, las sabré pronto, porque ahora es mi turno, hay una sombra que sigue a la mía acercándose más y más. El aire se congela y se cuaja con un miedo desconocido, y los que fueron nuestros demonios familiares han escapado de la mansión, y las grandes mujeres de mármol parecen temblar visiblemente en sus puestos en la pared.

Pero el horror que fue Avyctes y el segundo horror que fue Oigos no me han abandonado. Con ojos que no son ya ojos, parecen meditar y vigilar, esperando hasta que yo me convierta en algo como ellos. Y su silencio es más terrible que si me hubiesen descuartizado miembro a miembro. Y hay voces extrañas en el viento y rugidos discordes en el mar, y los muros tiemblan como si fuesen un delgado velo frente al negro aliento de remotos abismos.

Así que, consciente de que el tiempo es escaso, me he encerrado en el cuarto de los volúmenes y de los libros, y he escrito esta memoria. Y he tomado la brillante tableta triangular cuya solución fue nuestra ruina, y la he arrojado desde la ventana al mar, con la esperanza de que nadie la encuentre después de nosotros.

Y ahora debo finalizar, y meter este escrito dentro de un cilindro sellado de oricalco, y arrojarlo para que flote sobre las olas. Porque el espacio entre mi sombra y la sombra del horror disminuye por momentos... y el espacio no es mayor que la pluma de un mago.



The Double Shadow, III—1932

(Weird Tales, II—39. Out Of Space And Time, VIII—42)

Trad. Arturo Villarubia

Los Mundos Perdidos (A Rendezvous In Averoigne, 1988)

Icaro, 22

EDAF 1991

Un Viaje A Sfanomoë


Clark Ashton Smith
HAY MUCHAS historias maravillosas, que no han sido contadas, que no han sido escritas, que nunca serán registradas o recordadas, perdidas más allá de todas las adivinanzas y las imaginaciones, que duermen en el doble silencio de los tiempos y espacios remotos. Las crónicas de Saturno, los archivos de la luna durante la flor de su edad, las leyendas de Antillia y Moaria..., estas últimas llenas de maravillas no sospechadas o imaginadas. Y extrañas son las historias multitudinarias, que nos ocultan los años luz, sobre Polaris y la galaxia. Pero ninguna es más extraña, ninguna más maravillosa, que la historia de Hotar y de Evidon y su viaje al planeta Sfanomoë desde la ultima isla de Atlantis que se hundía. Escuchad, pues sólo yo esta historia os contaré, yo, quien llegué a soñar con un centro inmutable donde el pasado y el futuro son siempre contemporáneos con el presente; y allí vi el verdadero acontecimiento del que hablo, y, al despertar, lo puse en palabras:

Hotar y Evidon eran hermanos por su ciencia, además de por su consanguinidad. Eran los últimos representantes de una larga estirpe de ilustres inventores e investigadores, todos los cuales habían contribuido, más o menos, al conocimiento, sabiduría y recursos científicos de una elevada civilización que había madurado a través de los ciclos. Uno por uno, ellos y sus compañeros sabios habían descubierto los arcanos secretos de la geología, la química, la biología y la astronomía; ellos habían transformado los elementos, habían controlado el mar, el sol, el aire y las fuerzas de la gravedad, obligándolas a servir a los fines del hombre, y, por último, habían encontrado una manera de liberar el poder del átomo semejante a un tifón, para destruir, transmutar y reconstruir las moléculas de la materia según su voluntad.

Sin embargo, a causa de esa ironía que acompaña los triunfos y logros del hombre, el progreso que representaba el dominio de esta ley natural fue acompañado de profundos cambios geológicos y terremotos que causaron el gradual hundimiento de Atlantis. Época por época, evo a evo, el proceso había continuado: enormes penínsulas, litorales completos, elevadas cadenas montañosas, mesetas y llanuras con ciudades, todas ellas se hundieron por turno bajo las olas del diluvio. Con el avance de la ciencia, el tiempo y el lugar de futuros cataclismos fue predicho de manera más precisa, pero nada pudo hacerse para evitarlos.

En los tiempos de Hotar y Evidon, todo lo que quedaba del antiguo continente era una gran isla, llamada Poseidonis. Era bien sabido que esta isla, con sus opulentos puertos de mar, sus monumentos de arte y arquitectura que habían sobrevivido a los evos, sus fértiles valles interiores y sus montañas que levantaban sus cimas, cargadas de nieve, sobre junglas semitropicales, estaban destinados a hundirse antes de que los hijos y las hijas de la actual generación se hubiesen hecho mayores.

Como muchos otros de su familia, Hotar y Evidon se habían entregado durante largos años a investigaciones sobre las oscuras leyes telúricas que gobernaban la inminente catástrofe, y habían tratado de encontrar un modo para prevenirla, o, al menos, retrasarla. Pero las fuerzas sísmicas en cuestión estaban demasiado profundamente asentadas y extendidas como para que su acción resultase controlable en grado o manera algunos. Ningún mecanismo magnético, ninguna zona de fuerza represiva, eran lo bastante poderosos como para controlarlas. Cuando los dos hermanos se aproximaban a la madurez, se dieron cuenta de la definitiva inutilidad de sus esfuerzos, y, aunque las gentes de Poseidonis siguieron considerándoles como posibles salvadores, cuyos conocimientos y recursos eran prácticamente sobrehumanos, ellos habían abandonado secretamente todos los esfuerzos para salvar la isla condenada, y se habían retirado de Lephara, la que da al mar, el hogar de su familia desde tiempo inmemorial, a un laboratorio y observatorio privados alejados en las montañas del interior.

Aquí, con la riqueza hereditaria a su disposición, los hermanos se rodearon no sólo de todos los instrumentos conocidos, y los materiales de la experimentación científica, sino además, hasta cierto punto, de lujos personales. Estaban separados del mundo por un centenar de precipicios y acantilados y por muchas leguas de jungla poco recorrida, y consideraban este aislamiento aconsejable para los experimentos que ahora se proponían y cuya auténtica naturaleza a nadie le habían divulgado.

Hotar y Evidon habían ido más lejos que todos los demás de su tiempo en el estudio de la astronomía. El verdadero carácter y las relaciones del mundo —el sol, la luna y el sistema planetario y el universo estelar— habían sido conocidos desde hacía largo tiempo en Atlantis. Pero los hermanos habían especulado de una manera más audaz, habían hecho cálculos con más profundidad y más cuidado que ninguna otra persona. En los poderosos espejos amplificadores de su observatorio, ellos habían prestado especial atención a los planetas vecinos, se habían formado una idea precisa de su distancia de la Tierra, estimando su tamaño relativo, y habían concebido la idea de que varios, o quizá todos, podrían estar habitados por criaturas semejantes a los hombres; o, si no estaban habitados, eran potencialmente capaces de tener vida humana.

Venus, que los atlantes conocían como Sfanomoë, era el planeta que había atraído su curiosidad y había sido objeto de sus conjeturas más que ningún otro. A causa de su localización, habían supuesto que ya podía parecerse a la Tierra en condiciones climáticas y en todos los requisitos previos para el desarrollo biológico. Y todas las tareas ocultas a las que ahora dedicaban sus energías no eran nada menos que la invención de un vehículo que hiciese posible el viaje desde su isla, amenazada por el océano, a Sfanomoë.

Día a día, los hermanos trabajaron para perfeccionar su invento, y, noche a noche, a través del paso de las estaciones, ellos miraban el lustroso orbe de sus especulaciones, mientras brillaba en las tardes esmeralda de Poseidonis, o sobre las cimas, veladas de violeta, que pronto recibirían la pisada azafrán del alba. Y siempre se entregaban a suposiciones todavía más atrevidas, a proyectos más extraños y peligrosos.

El vehículo que edificaban estaba diseñado con un previo conocimiento completo de todos los problemas a los que habría de hacer frente, y de todas las dificultades que habría que vencer. Varios tipos de vehículos aéreos habían sido utilizados en Atlantis desde hacía tiempo, pero ninguno de ellos habría sido adecuado para sus propósitos, ni siquiera con una forma modificada. El vehículo que finalmente diseñaron, después de muchos planes y de largas discusiones, era una esfera perfecta, como una luna en miniatura, dado que, según ellos argumentaban, todos los cuerpos que viajaban por el éter tenían esta forma. Estaba construido con paredes dobles de una aleación cuyos secretos ellos mismos habían descubierto..., una aleación que era más ligera y mas resistente que ninguna sustancia clasificada por la química o la mineralogía. Había una docena de pequeñas ventanas redondas, forradas con cristal irrompible, y una puerta de la misma aleación de las paredes, que podía ser cerrada con una hermética tirantez. La explosión de átomos en cilindros cerrados iba a proporcionar la energía para la propulsión y la levitación, y además serviría para calentar el interior de la esfera frente al frío absoluto del espacio. Aire sólido sería transportado en cilindros de electro y vaporizado a un ritmo que mantendría una atmósfera respirable. Y, habiendo previsto que la influencia gravitacional de la Tierra disminuiría y desaparecería conforme se alejaran más y más de ella, habían establecido en el suelo de la esfera una zona magnética que imitaría el efecto de la gravedad y así evitaría cualquier daño corporal o incomodidad a la que de otro modo estarían sujetos.

Sus trabajos fueron realizados sin ninguna otra ayuda que la de unos pocos esclavos, miembros de la raza aborigen de Atlantis, quienes no tenían ni idea del propósito para el cual se construía el vehículo, y quienes, para asegurar su completa discreción, eran sordomudos. No hubo interrupciones de visitantes, porque era supuesto, tácitamente, a través de la isla, que Hotar y Evidon estaban entregados a investigaciones sismológicas que requerían una concentración profunda y prolongada a un tiempo.

Al cabo, tras años de trabajo, de vacilaciones, dudas y ansiedades, la esfera estuvo acabada. Brillando como una inmensa burbuja de plata, se alzaba en la terraza que daba al oeste del laboratorio, desde la cual el planeta Sfanomoë era ahora visible por las tardes, más allá del mar púrpura de la selva. Todo estaba listo: la nave estaba ampliamente aprovisionada para un viaje de muchos lustros y décadas, abundantemente equipada con un amplio suministro de libros, de obras de arte y de ciencia, con todas las cosas necesarias para la comodidad y la conveniencia de los pasajeros.

Hotar y Evidon eran ahora hombres de edad madura, en la sana perfección de sus poderes y facultades. Eran del tipo más elevado de la raza atlántida: complexión clara y elevada estatura, con las facciones de una familia intelectual y aristocrática a un tiempo.

Conociendo la proximidad de la catástrofe definitiva, ellos nunca habían contraído matrimonio, ni habían formado ningún vínculo de intimidad, sino que se habían entregado a la ciencia con devoción monástica. Lamentaron el inminente fin de su civilización, con toda su sabiduría acumulada a lo largo de las épocas, su riqueza artística y material, su consumado refinamiento. Pero habían aprendido la universalidad de la leyes que estaban hundiendo Atlantis bajo las olas..., las leyes del cambio, la ascensión y la caída. Y se habían educado en una resignación filosófica... una resignación que quizá no dejaba de estar mezclada con la previsión de la gloria singular y las experiencias, nuevas y únicas, que acompañarían a su vuelo por un espacio que hasta entonces no había sido recorrido.

Sus emociones, por tanto, eran una mezcla de lamentación altruista y expectaciones personales, cuando, durante una de las tardes elegidas para su marcha, despidieron a sus esclavos asombrados con un escrito de manumisión y entraron en su nave con forma de ojo. Sfanomoë brilló ante ellos con un brillo lustroso, y Poseidonis se oscureció debajo, mientras iniciaron su viaje adentrándose en los cielos verde mar del oeste.

La gran nave se levantó con facilidad boyante bajo su guía, hasta que pronto vieron las luces de Susran y del puerto de Lephara, atestado de galeras, donde se celebraban fiestas todas las noches y las propias fuentes daban vino para que las gentes pudiesen olvidar durante un rato su prevista condena.

Pero tan elevada en el aire había ascendido la nave, que Hotar y Evidon no podían escuchar el menor murmullo de las altas liras y la estridente diversión debajo. Y siguieron subiendo y subiendo, hasta que el mundo fue una mancha oscura y los cielos ardieron con las estrellas que sus espejos ópticos habían revelado, y, enseguida, el planeta oscuro fue enmarcado por una creciente aureola de fuego, y se elevaron desde su sombra hasta una intranquilizadora luz del día. Pero los cielos ya no eran del familiar color azul, sino que habían adquirido el brillante ébano del éter, y ninguna estrella ni ningún mundo, ni siquiera los más pequeños, se veían apagados por la rivalidad del sol. Y el más brillante de todos era Sfanomoë, desde su lugar en el vacío donde centelleaba sin vacilar.

Milla estelar tras milla estelar, la Tierra fue dejada atrás; y Hotar y Evidon, mirando adelante al objeto de sus sueños, casi la habían olvidado. Entonces, mirando atrás, vieron que ya no estaba detrás de ellos, sino sobre ellos, como una luna más grande. Y, estudiando sus océanos, sus islas y sus continentes, los fueron bautizando uno a uno desde sus mapas, mientras el globo iba girando, pero vanamente buscaron Poseidonis, en el desierto del mar, brillante y sin interrupciones. Y los hermanos fueron conscientes de esa lamentación y de esa pena que le son justamente debidos a toda belleza muerta, a todo esplendor hundido. Y meditaron un rato sobre la gloria que fue Atlantis, y les vinieron al recuerdo sus obeliscos, cúpulas y montañas, sus llanuras con altas y poderosas cordilleras, y los penachos de sus guerreros derechos como llamas, que nunca más se levantarían al sol.

Su vida en la nave globular era una vida de calma y tranquilidad, y difería en poco de aquella a la que estaban acostumbrados. Ellos seguían los estudios que deseaban y continuaron con los experimentos que habían planeado o comenzado en días anteriores, se leían el uno al otro la literatura clásica de Atlantis, argumentaban y discutían en torno a un millón de problemas de ciencia y filosofía. Y Hotar y Evidon apenas hacían caso al transcurso del tiempo, y las semanas y los meses de su viaje se convirtieron en años, y los años en lustros, y los lustros en décadas. Ni tampoco se dieron cuenta del cambio en ellos mismos, ni en el otro, mientras los años empezaron a tejer una red de arrugas en sus rostros, a teñir sus frentes con el marfil amarillo de la edad, y a hilar de plata sus barbas rubias. Había demasiadas cosas que solucionar o discutir, demasiadas especulaciones e hipótesis que ser aventuradas, para que detalles tan triviales como estos usurpasen su atención.

Sfanomoë creció cada vez más mientras los años medio olvidados pasaban, hasta que, al fin, empezó a girar bajo ellos con las extrañas marcas de continentes y de mares ignotos que no habían sido desafiados por los hombres. Y ahora el discurso de Hotar y Evidon se dedicaba por completo al mundo al que enseguida llegarían, y a las gentes, animales y plantas que pronto podrían encontrar. Sintieron en sus corazones sin edad una emoción viva sin paralelo, mientras dirigían su nave hacia el siempre creciente orbe que nadaba debajo de ellos. Pronto, colgaron sobre su superficie, en una atmósfera cargada de nubes de calor tropical, pero, aunque estaban infantilmente ansiosos de poner el pie en el nuevo planeta, sabiamente decidieron continuar su viaje horizontalmente hasta que pudiesen estudiar su topografía con algún cuidado y precisión.

Para su sorpresa, no encontraron nada en el brillante espacio bajo ellos que de alguna manera sugiriese la obra de los hombres o de seres vivientes. Habían esperado erguidas ciudades de exótica arquitectura aérea, anchas carreteras y canales, y las áreas, geométricamente medidas, de las zonas de agricultura. En vez de eso, solamente encontraron un paisaje primordial de montañas, marismas, bosque, océano, ríos y lagos.

Por fin se decidieron a descender Aunque eran viejos, hombres ancianos con barba de plata de cinco pies de longitud, llevaron el vehículo con forma de luna al suelo con toda la habilidad de la que habrían sido capaces en la flor de la edad, y, abriendo una puerta que había estado sellada durante décadas, emergieron por turnos... Hotar delante de Evidon, ya que era un poco mayor.




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