Civilizational Clashes since the Origin of Mankind



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Los Choques Civilizatorios desde los Orígenes de la Humanidad. Y desde la Caída de Constantinopla al Colapso de las Torres Gemelas (Civilizational Clashes since the Origin of Mankind. And from the Fall of Constantinople to the Twin Towers Collapse) por Eduardo R. Saguier (CONICET-Argentina)
Dedicado a mi mujer María Cristina Mendilaharzu, sin cuyo apoyo este trabajo no hubiera sido posible.*



Índice--Sumario-Abstract-Keywords

I.- Traumas, Grandes Juegos, y Choques Civilizatorios

I-a. Teorización de los cambios civilizatorios (Eisenstadt, Kavolis, Lumumba)

I-b. El método comparativo en la “larga duración”

I-c. Pasajes de dominación histórica y evolucionismo multilineal

I-d. Modernizaciones y dominaciones carismáticas y burocráticas

II.- Choques civilizatorios, revolución paleolítica, catastrofismo homínido, y neolítico

III.- Tercer choque civilizatorio, o sedentarismo vs cataclismo nómade

III-a.- Despotismo asiático, mesianismo, y tráfico esclavista oriental

IV. Cuarto choque civilizatorio, crisis de modernidad y reparto del mundo (1492-1945)

IV-a. Pugna renacentista y belicismo teológico (1492-1776)

IV-a-1. Absolutismo de castas y trauma cromático

IV-a-2. Anexionismo islámico y trata transoceánica

IV-a-3. Expansionismo esclavista occidental y marranismo negrero

IV-b. Giro del antiguo régimen a la modernidad iluminista (1776-1890)

IV-b-1. Estados-tapones y fronteras fijas y amortiguadoras

IV-b-2. Descolonización ilustrada y violencia independentista

IV-b-3. Pasaje de las monarquías absolutistas al estado-nación


IV-c.- Rivalidad secularizadora y progresismo cientificista (1856-1914)

IV-c-1. Secesión secularizadora y guerras separatistas

IV-c-2. Secesión territorial de signo positivista

IV-c-3. I Guerra Fría o Fashoda (1898) y “Paz armada” (1870-1914)

IV-d.- Auto-determinación nacionalista y ciencia moderna en crisis (1919-1945)

IV-d-1. Neutralidad de la periferia en la guerra inter-imperial

IV-d-2. Ciencia europea, nuevo conservadurismo y reparto territorial

IV-d-3. Apogeo y vulnerabilidad del estado-nación

V.- Transiciones de II Guerra Fría y descolonización modernizadora (1945-1989)

V-a. Secesión descolonizante y No Alineamiento (1953-1976)

V-b. Ruptura de la bipolaridad y geopolítica de la tripolaridad (1958-1972)

V-c. Pretorianismo y golpes de estado crónicos

V-d. Perpetuación de la dominación carismática

VI.- Quinto choque civilizatorio y vía muerta occidentalizante (1989-2017)

VI-a. Desovietización y desmilitarización de post-Guerra Fría (1975-1991)

VI-b. Desecularización y colapso del socialismo real (1992-2001)

VI-c. Fracaso del proceso democratizador occidental (2001-2011)

VI-d. Revival populista y proteccionista y fracaso del capitalismo de mercado

VI-e. Pasaje del pretorianismo a democracias fallidas y culturas fracasadas

VII.- Nuevos traumas, cleptocracias y choques civilizatorios


Sumario
En este trabajo nos hemos propuesto estudiar el reparto imperial del mundo, las particiones y descolonizaciones de grandes formaciones imperiales, y la reincidencia acumulada de traumas políticos (nomadismos, particiones, exilios, revoluciones, y golpes de estado). Para ello nos abocamos a la investigación comparada de distintas formas de dominación y modelos civilizatorios (sedentarismo, despotismo, renacentismo, absolutismo, colonialismo, pretorianismo, patrimonialismo, populismo (movimientismo histórico) y globalismo.
Abstract
In this paper about world history we have studied the imperial scramble of continents, the partition and decolonization of great imperial formations, and different structures that responded the role played by political traumas (nomadisms, partitions, exiles, revolutions, and putschs). For that purpose we have dig on sedentarism, despotism, renaissance, absolutism, warlordism, colonialism, praetorianism, movement politics, and patrimonialism, as well as in civilizational models.
Palabras Claves

Trauma histórico; choque civilizatorio; estado frágil; crisis de identidad; nomadismo; esclavismo; absolutismo; colonialismo; pretorianismo; patrimonialismo; prebendarismo; movimientismo; carismatismo; globalismo; cleptocracia; competitividad inter-imperial;
Keywords
historical trauma; clash of civilizations; fragile state; identity crisis; nomadism; slavery; absolutism; warlordism; colonialism; secessionism; praetorianism; movement politics; patrimonialism; prebendarism; globalism; cleptocracy; inter-imperial competitivity;
I.- Traumas, Grandes Juegos, y Choques Civilizatorios
Para poder comprender los desfasajes que se experimentaron durante múltiples guerras mundiales, los fenómenos traumáticos de miedo y terror y su rol en los viejos juegos geopolíticos o equilibrios de poder, debemos ponerlos necesariamente en un contexto histórico regional y mundial, arrancando desde los orígenes más remotos, a riesgo de no poder entender nada de lo que aconteció si se insiste en el chauvinismo historiográfico, en reducir el Gran Juego (The Great Game en inglés) exclusivamente al Asia Central y al siglo XIX, o en limitar las rupturas de la linealidad histórica a un único choque civilizatorio (el del primer milenio AC o axial para Jaspers), y a una única Revolución Neolítica.1
En esa difícil tarea de análisis y prospectiva debemos conocer la relación de cada una de las áreas del mundo con las asimétricas particiones, emancipaciones, descolonizaciones, balcanizaciones y secesiones, durante las consecutivas transiciones o pasajes de modelos y cosmovisiones civilizatorias.2 Estos pasajes fueron constituyendo una compleja constelación de trascendentales fenómenos histórico-culturales (sedentarismos, monoteísmos, cesaropapismos, renacimientos, iluminismos, cientificismos, nacionalismos, industrialismos, modernismos, y/o post-modernismos), durante las sucesivas crisis de identidad o metanastásis, y en el estrecho trato que se tuvo con la intelectualidad respectiva.3
La vida de las civilizaciones, las ciudades-estado, los imperios y mega-imperios (nómades, sedentarios, confesionales y electivos o colegiados), los reinos (dinásticos, patrimoniales), las monarquías constitucionales, los estados-naciones, y los bloques o esferas de influencia, y sus respectivas pugnas, emulaciones, rivalidades, hostilidades, competitividades, o juegos de poder, no han sido ajenos a los traumas histórico-políticos producidos por acontecimientos o fenómenos violentos (guerras, conquistas, invasiones, separatismos, balcanizaciones, secesiones, irredentismos, revoluciones, golpes de estado, dictaduras, teocracias y cleptocracias).4 Es preciso entonces ponderar cada uno de estos fenómenos históricos, conocer el quien, el por qué, el cuando, y el cómo de cada uno de ellos, y poder así contextualizarlos.5
Los Grandes Juegos existieron en diversos lugares y no solo en el Asia Central, pues su corazón o espacio vital no era el único adonde no llegaba la Flota Real británica. Tampoco llegaba al corazón amazónico y altiplánico de Sudamérica ni a los Grandes Lagos del África Central.6 La amenaza otomana que bloqueaba el pasaje de Occidente a Oriente dio lugar a las apuestas ultramarinas de Colón y los Reyes Católicos (Descubrimiento de América en 1492). Estos juegos, apuestas y amenazas (político-militares) también se dieron en la guerra de la Liga Santa (compuesta por España, los Estados Pontificios, Malta y Venecia) contra el Imperio Otomano (cuando Lepanto en 1571); en las guerras entre los reinos ibéricos y el anglo-sajón (Armada Invencible en 1589); entre los reinos inglés y francés por el control del Imperio español (Guerra de Sucesión de España en 1710); entre la Francia revolucionaria y el Imperio Zarista (Guerras Napoleónicas en 1812); entre los Imperios Ruso y una alianza Otomana con Europa (Guerra de Crimea en 1856); entre los imperios alemán y francés (I Guerra Mundial de 1914); entre Alemania y Rusia (II Guerra Mundial de 1942 en Stalingrado); entre Rusia y EE.UU (Guerra Fría); y entre EE.UU y China (Nueva Guerra Fría).
Pero no todos estos choques civilizatorios (y sus crisis traumáticas), y estos Grandes Juegos, cuentan con la misma relevancia histórica ni con la misma legitimidad, pues su extensión en el tiempo y el espacio, la naturaleza de los actores, las restricciones en el uso de la fuerza, el grado de endeudamiento, de tecnología militar, de profundidad filosófica en el cambio cultural, de sentimiento de inescapabilidad, y de intensidad de los daños colaterales, fueron de muy distinto ritmo, gravedad y tensión.7 Recién Jack Donnelly (2002), citado por Buzan (2004), fue el primero en distinguir el uso de la fuerza, como uno de los cinco (5) tipos de funciones políticas, susceptibles de desempeñarse en la sociedad internacional, conjuntamente con la comunicación (diplomacia), la elaboración y aplicación de las leyes (derecho internacional), el agregado de interés y poder (alianzas), y el de asignar jurisdicciones (soberanías, protectorados, mandatos).
En otras palabras, la construcción, auge, legitimidad, decadencia, y colapso de las civilizaciones, las ciudades-estado, los imperios, los reinos, las monarquías sagradas y constitucionales, los estados-naciones y los bloques o áreas de influencia han sido estudiados bajo el enfoque de múltiples abstracciones teóricas o reducciones selectivas de la complejidad histórica, como los modos de producción concebidos por Karl Marx; los “tipos-ideales” abstraídos por Max Weber; el modelo sociológico pensado por el sinólogo alemán Karl Wittfogel; el giro neolítico del arqueólogo australiano Gordon Childe; y las “revoluciones axiales” del filósofo alemán Karl Jaspers (enriquecidas por la obra interpretativa del sociólogo norteamericano Robert Bellah, 2011; y por la del biólogo evolucionista coreano Kwang Hyun Ko, 2016).8 También fueron estudiados los viejos y nuevos Grandes Juegos problematizados inicialmente por el oficial de inteligencia irlandés al servicio de la corona Arthur Conolly (tan afecto a la cartografía como Colón lo estuvo antes de su Descubrimiento) y el novelista británico-hindú y afiliado masón Rudyard Kipling; y las hipótesis del antropólogo canadiense Richard B. Lee (1992) acerca de la interrelación de la caza-recolección (auto-subsistencia) con el correspondiente sistema moderno global. Asimismo, los complejos civilizatorios fueron analizados tanto por el antropólogo e indólogo francés Louis Dumont, como por el sociólogo israelí Shmuel Eisenstadt (1993, 1998), el crítico literario lituano-estadounidense Vytautas Kavolis (2006), el historiador español José Luis Villacañas Berlanga (2017), y el jurista, orador y teólogo crítico keniano P. L. Otieno Lumumba (2015). Finalmente, también fueron estudiados los vaticinios geopolíticos enunciados por Francis Fukuyama y Samuel P. Huntington (que habían estado largamente precedidos por la tesis de Spengler acerca de la decadencia de Occidente), las diferencias entre la historia y la prehistoria; las distinciones entre el análisis civilizatorio y la sociología histórica aplicadas al cotejo entre los modelos soviético y japonés por el malogrado sociólogo alemán Willfried Spohn (2011); y las comparaciones entre el análisis civilizatorio (Eisenstadt, Arnason) y la teoría de la globalización (Robertson) descripta por el sociólogo escocés David Inglis (2010).9 Mientras la prehistoria y el análisis civilizatorio se inclinan por ahondar en los pasados arcaico y antiguo de la humanidad y a estudiar por ende la cuna de múltiples modernidades (incluidos múltiples tipos de paleolitizaciones, neolitizaciones, sedentarizaciones, sincretizaciones, secularizaciones y nacionalizaciones), que incluyen en su seno nuevas unidades políticas (ciudades-estados, imperios, reinos, confederaciones, estados-naciones), la teoría de la globalización se limita exclusivamente al análisis de la modernidad y a como vencer las resistencias del estado-nación (Giddens, 1990; Robertson, 1992).10
En el antiguo género del análisis civilizatorio (Toynbee, Croce) rescatado recientemente del desván de la historia (estuvo eclipsado por el moderno sistema mundial de Immanuel Wallerstein y por la teoría de la globalización de Ronald Robertson), mientras el psiquíatra Karl Jaspers (1953), el sociólogo Shmuel Eisenstadt (1982) y el filósofo político alemán Eric Voegelin (2000) enfatizaron el rol desempeñado en el desarrollo del mundo por las herencias cultural-religiosas y por los grandes hombres (o profetas) de la denominada por Jaspers como “Revolución Axial” (que intentaron acabar durante el primer milenio AC con las estructuras arcaicas de los reyes-dioses y de las mitologías antiguas e hicieron que los monarcas divinos o sagrados, herederos de la Revolución Neolítica, respondieran a Dios y a los pueblos),11 el crítico literario lituano-estadounidense Vytautas Kavolis (1987) sostuvo que la relación que esos grandes hombres y esas herencias tuvieron con la humanidad global, fueron sólo la de una mediatización civilizatoria simbólica.12 Pero el científico ruso-americano Peter Turchin (2012) atribuyó el origen de esas herencias religiosas a una reacción tardía contra los efectos desigualadores de la revolución neolítica.13 Esas diferencias fueron analizadas en la ciencia sociológica por la teoría social (Eisenstadt, Arnason); y en la disciplina de las relaciones internacionales por la Escuela Inglesa (Manning, Wight, Bull, Vincent), y por la denominada Teoría del Régimen Internacional (Keohane, Buzan).14
Más aún, considerando a las sociedades como un todo comunitario (opuesto a la sociedad individualista), el antropólogo francés Louis Dumont diferenció al holismo bueno del malo, donde el primero sería el modelo hindú de castas (fundado en la noción de jerarquía como principio ordenador) desde el cual partirían todos los demás tipos de sociedades, y para otros sería la horda nómade desde la cual surgirían las sociedades sedentarias; y el segundo, el holismo malo, sería el del totalitarismo nazi, producto de la inoculación del virus individualista moderno en el seno de un holismo occidentalizante nacionalista.15 En esas contradictorias y desfasadas dinámicas civilizatorias, el sociólogo islandés Johann P. Arnason (1991) hizo hincapié en la combinación de los factores políticos y culturales por encima de las modernistas teorías transitológicas (transiciones del socialismo real o del pretorianismo a la democracia liberal).16
Aparte de los choques civilizatorios (guerras, invasiones y mesianismos religiosos), y los fenómenos político-culturales (balcanizaciones, secesiones, alineamientos, golpes de estado), otros episodios trágicos de grandes hombres víctimizados (magnicidios, suicidios), de masas humanas diezmadas (etnocidios, lingüicidios) y de calamidades físico-naturales con ingentes pérdidas humanas (cataclismos, hecatombes, catástrofes) también ocasionaron traumas emocionales que obstaculizaron los distintos pasajes a la modernidad. Los magnicidios, como los que impunemente ocurrieron en el África Occidental (en el Zaire/Congo, Patrice Lumumba en 1961; Sylvanus Olympio en Togo en 1963; Amilcar Cabral en Guinea-Bissau en 1973; Thomas Sankara en Burkina Faso en 1987; y Laurent Kabila en el Zaire/Congo en 2001); o en el África Oriental (Eduardo Chivambo Mondlane y Samora Machel en Mozambique en 1969 y 1986), o en el Maghreb (Mehdi Ben Barka en 1965), o en América Latina, como los de Lautaro y Caupolicán en Chile (1557); de Túpac Amaru II en el Perú (1781); de Morazán en América Central (1842); de José Martí en el Caribe (1895); de Francisco Madero en México, que desató la Revolución Mexicana (1913); y el del líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán, que generó el Bogotazo, dos meses después de asesinado Mahatma Gandhi (9-IV-1948), dieron lugar a extensos períodos de guerra civil y ocupación extranjera, y a creer en la existencia del contagio emocional, alimentado por el impacto de la poesía popular (o cantares de gesta) y de los informativos en los medios masivos.
Y los suicidios políticos de líderes carismáticos no se caracterizaron por producir exilio o guerra civil alguna, más bien fueron el resultado de ellas mismas como el de Balmaceda en Chile en 1891, y el de Leandro Além en Argentina en 1896. Por el contrario, los suicidios políticos fueron capaces de disparar golpes militares y regímenes pretorianos, como el caso en Brasil del suicidio de Getulio Vargas y el ulterior golpe militar de 1964. En cambio, los etnocidios se destacaron por provocar intensos exilios internos. La corrupción generalizada se distinguió por ocasionar altos índices de emigración y autoexilios.17 Y en la post-modernidad, los cataclismos o combinación de catástrofes sociales (pestes, plagas, epidemias) con hecatombes naturales (terremotos, huracanes) llegaron a generar estados fantasmas que excepcionalmente no provocaron guerras civiles, como el caso reciente de Haití.18
Para esa labor investigativa, centrada en una existencia (física y humana) entre anárquica (igualadora, como la de los cazadores y recolectores nómades) y jerárquica (como la de los estados e imperios), debemos abominar de la xenofobia intelectual que impide ver más allá de las fronteras geográficas y disciplinarias y del statu quo material y climático.19 Debemos indagar si dichos acontecimientos violentos, así como los cambios fenomenológicos o de cosmovisiones culturales, de repartos imperiales, de traumas político-emocionales (magnicidios, suicidios, cataclismos) y de innovaciones geográficas y tecnológicas (obras de ingeniería),20 dieron lugar a anexiones territoriales, a sedentarismos, a colonización de poblaciones, a sincretismos, a hegemonías (mediante amortiguaciones, hostigamientos, asociaciones o alineamientos), al impedimento de nuevos estados-naciones, al fortalecimiento de los aparatos de estado por sobre la sociedad civil, y del capital mercantilizado por sobre el libre comercio y la libre migración poblacional; y a la asimilación obsecuente y colaboracionista durante las invasiones y los putschs o golpes de estado.21 Estos acontecimientos e innovaciones se acumularon y potenciaron, y fueron socavando la posibilidad de independizarse y de acceder a la constelación de fenómenos que pudieran conducir a la formación del estado, a la modernidad secularizada, a la democracia parlamentaria, al capitalismo de mercado;22 al fortalecimiento de la sociedad civil; y a las urgentes y necesarias reformas burocráticas, entre ellas las que propendieran a la independencia de la justicia, a la autonomía del conocimiento, y a la periodicidad de los cargos políticos.23
Es entonces que tanto América como África, Asia, Medio Oriente y Europa deben ser estudiados con categorías propias pero susceptibles –a pesar de la aridez temática- de ser comparables y fenomenológicamente problematizables entre sí. Fueron las innovaciones geográficas, culturales y tecnológicas las que modificaron una cartografía naturalmente anárquica pero dinámica que se ha venido expresando en la mutua y activa relación entre los cinco continentes.24 Ese mapa anárquico fue intensamente desordenado y deformado en el siglo XV por los descubrimientos de la esfericidad planetaria, y la existencia del continente americano, y por posteriores innovaciones humanas en el espacio geográfico. Mientras los cinco continentes clásicos (América, Europa,  África,  Asia  y  Oceanía) son espacios geográficos homogéneos, el Medio Oriente ha sido un espacio geográfico heterogéneo o anárquico que para su construcción ha sufrido de múltiples criterios.25 En la cartografía medio-oriental coexisten espacios heterogéneos que se tomaron “prestados” de los continentes lindantes (Europa, África y Asia) y que circundan grandes y pequeños mares (Mediterráneo, Negro, Rojo, Caspio, Mármara, Azov, Jónico, Adriático).26 Estos espacios han sido atravesados por grandes obras de ingeniería, tanto de ingeniería oceánica y fluvial (canales que unen los ríos Don y Volga conectando los mares Caspio y Negro, el Danubio con el Rhin conectando los mares Negro, Norte y Báltico, y la conexión del Mediterráneo con el Mar Rojo y el Océano Índico a través de Suez), como de ingeniería ferroviaria (Expreso de Oriente), o de ingeniería de tuberías (gasoductos, oleoductos) que conectan los países del Asia Central y el margen oriental del Mar Caspio -a través de Rusia, Irán y Turquía- con China, India y Europa.27 Esos espacios geográficos, potenciados por sus conexiones, son en el Medio Oriente los territorios del Maghreb (África del Norte y Mauritania), Egipto-Sudán, los Balcanes (orientales y occidentales, geográficamente pertenecientes a la Europa Oriental), la Anatolia, la Media Luna Fértil (Palestina, Siria y Mesopotamia), la península Arábiga, y el Golfo Persa.28 De igual forma, la relación entre los continentes europeo y asiático se modificó radicalmente con la construcción de los canales de Suez y Panamá.29 Esos fenómenos político-culturales (repartos, balcanizaciones, secesiones, emancipaciones, irredentismos, golpes de estado) se fueron remodelando y reinventando a través de instituciones primarias (territorialidad, soberanía, nacionalidad, y equilibrios o juegos de poder, influencia, amenazas e intereses) y sus derivados (guerras, mercados, tratados).30
Así como no se puede entender América sin investigar el despotismo de las civilizaciones pre-colombinas (maya, incaica, azteca y chibcha o muisca), el nomadismo de las culturas fluviales (guaraní y arawak),31 y el pastoralismo andino o control vertical de los pisos ecológicos, tampoco se podría entender el África subsahariana sin la tribu, la etnia y la diáspora lingüística (del bantú); ni el Asia meridional hindú (incluida la Isla de Bali en Indonesia-Java) sin el régimen de castas o sistema tri-funcional indo-europeo; ni el Sudeste Asiático sin el rol civilizatorio desplegado por el sincretismo lingüistico austronesio; ni el Medio Oriente (incluido el Maghreb, el Sudán, el Golfo Persa, y parte de los Balcanes) sin la secta religiosa y los procesos sincretizadores. Para los casos de Rusia y China, y a diferencia de África y el resto de Asia, no se debe dejar a un lado el impacto que produjeron en la Edad Media las invasiones mongolas y manchúes; y en la Edad Moderna el impacto de Occidente en sus realidades históricas (revoluciones rusa, china), al extremo que el capitalismo de mercado y la clase social y no la casta, la tribu o la secta (ortodoxa, confuciana, budista o islámica) penetraron hondamente en su imaginario político.32 Si bien las comunas campesinas rusa y china ofrecieron una fuerte resistencia a los respectivos embates revolucionarios, finalmente cedieron a su planificación industrializante.33
La historia del Descubrimiento de América alrededor de la cartografía, la cosmografía y la astronomía (o Gran Juego del Renacimiento Occidental) tampoco puede ser entendida sin analizar -como lo hizo el historiador hindú Abbas H. Hamdani (1981)- el impacto precedente que tuvo medio siglo antes un factor político exógeno como el colapso del Imperio Romano de Oriente (Bizancio) con la Caída de Constantinopla (1453), o el golpe que significó un factor institucional endógeno europeo como la triple desventura política de un emperador.34 El emperador Carlos V (nieto materno de los Reyes Católicos y nieto paterno del Emperador Maximiliano) no pudo patrimonializar la magistratura imperial habsburga (es decir volverla hereditaria), ni pudo circular una moneda común entre los principados alemanes, y por ende tampoco pudo formar un ejército común que combatiera la revolución protestante (librada mucho después en los Países Bajos por su hijo ilegítimo Juan de Austria, el vencedor de los Turcos en Lepanto). Todas esas dificultades derivaron en su necesidad de abdicar a favor de su hijo legítimo Felipe II, refugiándose en el Monasterio de Yuste (Extremadura) en 1557.35 No puede entenderse tampoco la fundación de puertos intérlopes (entrepôts) como la Colonia del Sacramento (Banda Oriental) sin la Guerra de los Treinta Años y la revuelta secesionista de Portugal contra España (1640).36 Ni puede entenderse el proceso independentista americano de comienzos del siglo XIX sin comprender el impacto en las colonias de las revoluciones Inglesa, Americana y Francesa, y la prisión de los monarcas españoles en Bayona (Francia), y del rol de la Santa Alianza en defensa de las monarquías europeas consagrado en el Congreso de Viena (1815). Tampoco pueden concebirse los imperios modernos decimonónicos sin entender el rol de los Grandes Juegos diplomáticos (Congreso de Berlín en 1884, una emulación laica del Tratado de Tordesillas, 1493); ni tampoco puede entenderse el proceso democratizador de comienzos del siglo XX sin comprender el impacto de la Gran Guerra (1914). Asimismo, tampoco pueden entenderse los procesos de descolonización de Asia y África sin entender el impacto del Nazismo y del Fascismo (1939).37 Y sin lugar a duda, no puede entenderse el revival populista en la periferia mundial (chavismo, kirchnerismo, correísmo, petismo en Brasil) ni el revival proteccionista en la metrópoli norteamericana (Trump), sin asimilar el impacto de la caída de las Torres Gemelas y la represalia militar en Medio Oriente, y comprender la relevancia de los textos neopopulistas (Laclau, Tea Party).38
Habíamos elaborado en un primer trabajo, conjuntamente con el helenista Joaquín E. Meabe, una periodización en ocho (8) olas metanástásicas (desorden interno generalizado) con sus correspondientes cursos de acción. Pero dicho trabajo comenzaba recién con la Revolución Francesa y culminaba con la implosión de la Unión Soviética y del realismo socialista (1989). En esa obra habíamos dejado afuera al antiguo régimen absolutista, al humanismo renacentista, al cesaropapismo medieval, al nomadismo y sincretismo oriental, y al quinto choque civilizatorio, desatado luego del colapso de las Torres Gemelas (2001).39 También habíamos omitido que en el pasado existieron cuatro (4) choques civilizatorios (estético-rupestres, y lógico-culturales) enfrentados a estructuras arcaicas (económico-sociales) no solo en el paleolítico superior con la revolución paleolítica (arte simbólico-rupestre), en el décimo milenio con la revolución neolítica, y en el primer milenio antes de Cristo con las grandes religiones monoteístas seguidas por el imperialismo antiguo (helenístico, romano, chino), pues con la modernidad (Renacimiento, Reforma Protestante, Ilustración, Liberalismo y Nacionalismo) secundada por el nuevo imperialismo (ibérico, británico, francés, alemán), se había dado un cuarto choque civilizatorio.40 Pero en este presente trabajo, la periodización de los fenómenos históricos ha sido desplegada en cinco (5) grandes choques civilizatorios (esteticidad paleolítica, urbanidad neolítica, religiosidad monoteista, expansionismos greco-romano y chino, invasiones bárbaras, modernidad imperial y jihad actual).41
La noción de choque civilizatorio hace alusión a amenazas de supremacía ideológica, económica y político-militar que se remontan al paleolítico superior (cuarenta milenios AC) con la revolución paleolítica y el catastrofismo homínido (neandertales), y al neolítico (octavo milenio AC) con la extinción de la caza y la recolección, y cuyos análisis -fundado en las continuidades históricas- están en condiciones de dar lugar a múltiples modernidades.42 El tercer choque civilizatorio, tal como lo formula la historiadora de las religiones Karen Armstrong (2006), hace alusión a una respuesta cultural e ideológica que en el primer milenio antes de Cristo se opuso a la vigencia de estructuras seculares aplastantes, y que cuasi inmediatamente fue seguida por un imperialismo antiguo (helenístico, romano, chino).43 A su vez el cuarto choque civilizatorio, el de la modernidad seguida por el nuevo imperialismo (ibérico, británico, francés, alemán, ruso), se divide en cuatro (4) subperíodos que comprenden al humanismo renacentista, el iluminismo del siglo XVIII, el progresismo cientificista e historicista del siglo XIX, y culmina en el siglo XX con la auto-determinación nacionalista y la crisis de la cultura y la ciencia europea. Luego sigue el análisis de los choques con la transición modernizadora de la II Guerra Fría (1945-1989).44 Y por último, culmina en el siglo XXI con el quinto choque civilizatorio y la vía muerta occidentalizante, la desecularización y la caída del socialismo real, el revival populista en la periferia mundial, y la regresión proteccionista en las metrópolis imperiales (Trump).
Emprender entonces este programa de investigación supone comenzar por analizar las transiciones y choques de las vías nomádico-primitivas a los sincretismos sedentarizadores y a las distintas y desfasadas formaciones estatales (civilizatorias), así como de los órdenes religiosos politeístas y míticos a los órdenes monoteístas y teóricos. Todos estos choques civilizatorios se tratan en este trabajo en combinación con nueve (9) grandes guerras mundiales, acompañadas con sus respectivas diplomacias apaciguadoras (tratados de paz), sus endeudamientos, su crédito marítimo, su riesgo de mar, sus tecnologías navales, militares y comunicacionales, y sus desastres ambientales. Cada uno de los nueve (9) episodios bélicos fueron: la primera guerra mundial, con las invasiones bárbaras, los imperios nómades, los numerosos acuerdos sedentarizadores (siglo XIII), y la caída del Imperio Romano de Oriente y del Patriarcado Ortodoxo-Griego (Constantinopla); la segunda con las guerras de religión en los siglos XVI y XVII (Guerra de los Treinta Años), la Paz de Westfalia (1648), el Ejército Modelo de Cromwell, el Ejército de Relojería de Federico El Grande, y con los relatos Renacentistas (Raleigh, Erasmo, Maquiavelo, Vives); la tercera con la Guerra de Sucesión de España a comienzos del siglo XVIII, el Tratado de Methuen (1705), la Paz de Utrecht (1713), la guerra de maniobras (Guibert, von Bülow, Jomini) y los relatos Ilustrados (Montesquieu, Gibbon, Vico); la cuarta con las guerras napoleónicas a comienzos del siglo XIX, el Congreso de Viena (1815), y la guerra limitada (o guerra termodinámica de Clausewitz referido a las líneas férreas y la telegrafía); la quinta con la Guerra de Crimea (1854-56) y el rol inaugural de la enfermería y la Cruz Roja y los relatos evolucionistas (Spencer, Toynbee, Sorokin); la sexta que hoy es conocida como I Guerra Mundial (1914-18), con la Paz de Versalles (1918), la guerra ofensiva entre “naciones en armas” (Wilhelm Colmar von der Goltz), la estrategia de guerra ofensiva del Plan Schlieffen, y las críticas de Durkheim a Comte;45 la séptima con la que tenemos como II Guerra Mundial (1939-45), la Conferencia de Yalta (1945) y la guerra total, entre aérea y nuclear, y los relatos de Wittfogel, Childe y Elias; la octava con la Guerra Fría (o Cortina de Hierro), la desaparición del realismo socialista (Unión Soviética y República Yugoslava), su remate final en el Consenso de Washington (1989-91) y el relato de Fukuyama sobre el Fin de la Historia; y la novena y última con la guerra (o choque) civilizatoria (2001-2017), con su final inconcluso, aparentemente interminable, luego de la Caída de las Torres Gemelas, las represalias sobre Bagdad y Afghanistán, y las guerras cívico-étnicas en Medio Oriente (Siria, Sudán y Yemen), y la profecía de Samuel P. Huntington sobre el choque de civilizaciones.46
Para esta investigación nos abocamos entonces a una media docena de campos temáticos, organizados en una narrativa necesariamente farragosa, con una metodología comparativa, un pluralismo teórico, una periodización compleja (geológica, arqueológica, histórica), una aproximación discursiva múltiple (elaboración, explicación, problematización, sistematización, relativización),47 y con tratamientos históricos y prehistóricos (un análisis civilizatorio y un examen de los procesos separatistas, neutralistas y globalizadores) del trauma, el carisma, el juego de poder y las rupturas de la linealidad histórica, desde muy interdisciplinarios conocimientos (arqueología, sociología, antropología, geografía política, teología, geopolítica, psicología, paleontología, lingüística, demografía, ingeniería, psicoanálisis, ciencias de la comunicación, ciencia jurídica y también las relaciones internacionales), y desde muy diversas escuelas o cosmovisiones de pensamiento (paganismo, politeísmo, monoteísmo, humanismo, renacimiento, ilustración, cientificismo, industrialismo, modernismo, estructuralismo, post-modernismo).48
Finalmente, en las referencias bibliográficas incorporamos una nutrida referencia a libros, artículos, videos y comentarios críticos de colegas que han tenido mucho que ver con hallazgos puntuales especificados en las numerosas notas de pie, la mayor parte tomadas de internet, y que sin duda han de contribuir con una eventual ampliación de este trabajo.
Para emprender entonces este complejo programa de investigación vamos a extendernos primero en cuatro (4) ítems con intensiones esclarecedoras: la teorización de los cambios civilizatorios, el método comparativo en la larga duración, los pasajes de dominación histórica y evolucionismo multilineal, y las dominaciones carismáticas y burocráticas.



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