Civilizaciones desaparecidas



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CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS :

MISTERIO DE CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS-CIVILIZACIONES DESPARECIDAS-MISTERIOS DE CENTROAMERICA-CULTURAS ANDINAS,EL ORIGEN-CULTURAS CENTROMERICANAS,EL ORIGEN-EL MISTERIO MAYA-MISTERIOS DE LA MITOLOGIA AZTECA-INCAS Y OVNIS-LOS MAYAS Y LA CONSPIRACION DE LA NASA-RUZO Y LA CRONOLOGIA DE MARCAHUASI-ATLANTIDA,ALGUNAS RESPUESTAS-ATLANTIDA,AMERICA Y DESCUBRIMIENTOS-ATLANTIDA EN AMERICA Y LA BIBLIA-ATLANTES Y LA HISTORIA SEGUN BRUCE-LA ATLANTIDA,EL DILUVIO Y OTRAS CUESTIONES-NAZCA RESUELTO-El Misterio de Stonehenge-EL MISTERIO FAWCETT EN EL AMAZONAS-MISTERIO DE ESFINGE,RESUELTO-PIRAMIDES DE EGIPTO,MISTERIO REVELADO-LA TEORIA PIRAMIDAL-MISTERIOS DE ELEUSIS-MISTERIOS DE PASCUA,KARNAC,STONENGE Y ZIMBAWE-MISTERIOS DE COLON Y TIERRAS PERDIDAS-MISTERIOS EGIPCIOS DE PIRAMIDE Y TUTANKAMON-Misterios del Sahara-LOS LUGARES MAS MISTERIOSOS DE LA TIERRA-MISTERIOS DEL PASADO(CH.BERLITZ)-LEMURIA MONTE SHASTA EN ESOTERISMO.

MISTERIO DE CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS :

Algunos hallazgos arqueológicos sorprendentes, que ya hemos expuesto en los capítulos anteriores, y tan desligados de nuestra cultura y técnicas actuales, nos inducen a creer que, de ninguna manera, los logros de nuestra civilización actual pueden concebirse como resultado o evolución de aquéllos. Parecen ser productos de distintos desarrollos humanos, y por lo mismo, de distintas humanidades. Nos situamos así a las puertas de admitir la posibilidad de distintas destrucciones sucesivas de los grupos humanos que han ido poblando y dominando el globo terrestre desde que en él existieron condiciones favorables para la vida. Probablemente esas destrucciones o aniquilamientos se han ido debiendo a causas diversas: trastornos en la rotación de la Tierra, cataclismos, diluvios (de los que existen numerosas referencias en la historia antigua y en las leyendas y tradiciones sagradas), e incluso ensayos de apocalipsis con resultados más o menos totales. Es decir, la humanidad se ha encontrado muchas veces al borde del abismo de su destrucción, más o menos total, más o menos definitiva, y ha caído en él.

Solamente restos dispersos y de difícil interpretación son el motivo para estas consideraciones: ruinas misteriosas que no encajan en los esquemas de la ar-queología; objetos sorprendentes que evidencian una, técnica que en nuestra lógica y en nuestra historia del desarrollo humano -de nuestro desarrollo- no tienen cabida; concepciones filosóficas del universo y conocimientos asombrosos que han quedado relegados al rin-cón último del acervo colectivo de los pueblos en todos los lugares de la Tierra. Todo ello es difícilmente explicable a la luz de los conocimientos actuales acerca de la verdadera historia y de los recursos.con que nuestros antepasados contaron. Sin hablar de la Atlántida y de otros continentes perdidos, que son objeto de otro libro en esta misma colección, y cuya importancia y realidad ya pocos ponen en duda, existen innumerables ejemplos, que están ahí, que podemos contemplar y sobre los que podemos lanzar un poco la imaginación con el afán de desentrañarlos.

Como si en nuestro planeta existiera una dinámica de extraño equilibrio, parece que en lapsos de siglos, o de miles de siglos, desaparecen continentes enteros o gran parte de ellos, a la vez que emergen desde las profundidades oceánicas tierras nuevas que antes fueron sólo ocupadas por la oscuridad de los abismos. Pero siempre queda en pie, sobre la superficie, un ejemplo mínimo de lo desaparecido; o el grado de conocimiento que alcanzaron los hombres que dejaron de ser queda diseminado por los demás continentes, integrado en la parte mágica y legendaria de las otras culturas sobrevivientes, como si el continente que desapareció hubiera salpicado en su zambullida al resto del planeta. Es una balanza de brazos extensos que oscila no sabemos por qué impulso. Y la oscilación no es solamente real.

Traduzcamos los continentes desaparecidos y empleemos mejor el término civilización, y pensemos que en este caso no fue el océano quien engulló una isla con sus

habitantes y cuanto éstos habían conseguido, material e intelectualmente, durante su propio progreso, sino otra causa poderosa levantada por los mismos hombres.

La idea es que los grupos humanos van expandiendo su mundo:´progresando,creando,

descubriendo y descubriendose,hinchando el globo hasta que ya, no cabe más y se produce el estallido y la desaparición. Los historiadores suelen ser en muchas ocasiones también filósofos; pero pocas veces poetas. Parten siempre de

algún hecho real que se puede analizar, aunque no se comprenda. Haría falta también la fantasía (aceptada en su significado lato de elaboración de un conjunto de

imágenes aparentemente dispersas) para llegar a los orígenes probables de los acontecimientos. Hubo otras civilizaciones, de eso no cabe duda. Se originaron no se

sabe dónde ni cómo; fueron desarrolladas por seres humanos cuyo origen desconocemos en la mayoría de los casos, y desaparecieron por causas que para nosotros están sumidas en el misterio.

* Los gigantes de la isla de Pascua :

Quizá el ejemplo gráfico de cuanto venimos exponiendo lo constituya la isla de Pascua, una mota mínima en la inmensidad del Pacífico, a la que los historiadores

tradicionalmente no otorgaron más valor que el de ha-ber servido de punto de escala en unas posibles migraciones intercontinentales. Como el viaje desde Nueva Zelanda hasta la costa de América del Sur, por ejemplo, parecía muy largo, convino que la isla de Pascua supu-siera una escala. Y tal vez eso fue así. Sin embargo, el islote representa en la historia humana mucho más que un descanso en la navegación, donde reparar las balsas o los barcos y proveerse de agua y alimentos.

Cuando el holandés Roggeeven descubrió el islote en 1772 (en realidad ya había sido explorado con anterioridad por algún otro navegante menos conspicuo, que no se sobrecogió en absoluto ante nada de lo que allí se encuentra) habitaban Pascua dos comunidades antropológicamente distintas: una mayoría de los indígenas eran de poca estatura y morenos, y ,los demás, de piel clara y estatura más elevada. No se habían mezclado, o por lo menos no de una manera uniforme, aunque habían sido frecuentes los matrimonios mixtos. De su historia, ambos grupos conservaban apenas vesti-gios en forma de creencias y leyendas. Su vida allí resultaba miserable por la escasez de recursos que ofrece la isla. Por ello, la primera pregunta que se formularía Roggeeven y desde luego la primera que nos planteamos nosotros es cómo habían llegado hasta aquel lugar perdido en el Pacífico y por qué, y de qué grupo o grupos humanos descendían.

La isla es .muy pequeña: 118 km2 rodeados de escollos y de costas difíciles, cubiertos de rocas volcánicas, sin árboles, inhóspitos y desolados. Lo más opuesto a un paraíso. Prácticamente inhabitable, una roca casi desprovista de vegetación, un punto invisible en los mapas a 27 grados de latitud norte y 109 de longitud oeste. Dista 3.600 km. de la costa de Chile (país al que pertenece), algo más de 3.000 de las costas de Perú, y más de 6.000 km. de Nueva Zelanda. Su aislamiento es, por lo tanto, total y dramático. Los pocos miles de habitantes que halló el navegante holandés fueron muy mermados cuando los piratas mercaderes de esclavos los rescataron de su encierro en el océano para ponerles las denigrantes cadenas de hierro del trabajo en el continente.

Lo que más sorprende en Pascua son los «moais», irnponentes estatuas de piedra volcánica, fabricadas en una sola pieza y colocadas junto a la costa, en todo el contorno de la isla, como si de vigías se tratara. Las figuras representan enormes cabezas de rasgos muy acusados y grandes orejas, todas iguales, y miden entre casi 4 y 20 m. de altura. Su peso se calcula entre 10 toneladas (las más pequeñas) hasta 50 toneladas. En total existen 550 estatuas, erguidas y lejanas todas (algunas hasta 15 kilómetros) del lugar en que fueron talladas, unos cráteres en el interior. Se cree que todas ellas debieron estar tocadas con un amplio sombrero, tallado en piedra distinta a la de la figura y de peso también considerable. Según los arqueólogos, debieron ser reálizadas y transportadas cada una al lugar de su emplazamiento hace sólo cuatro siglos y poco más, en 155;0. ¡550 estatuas, de varias toneladas de peso. cada una, talladas en un breve espacio de tiempo con instrumen tos primitivos y transportadas después a través de kilómetros de territorio accidentado sin medios para ello!

En este punto se nos ocurre el mismo problema con el que se enfrentaron los egiptólogos, al tratar de explicarse y explicar de qué procedimiento se valieron para transportar los enormes bloques de piedra desde las canteras hasta su emplazamiento definitivo en las pirámides. Si en el caso de Egipto puede pensarse en muchos miles de esclavos que unieran sus fuerzas en tan colosal trabajo, en Pascua no es válida esa hipótesis, pues faltó espacio físico y los recursos naturales de la isla eran insuficientes para alimentar más allá de dos o tres mil personas. ¿O es que les traían los alimentos de fuera? Admitiendo que fuera así, ¿de dónde? En cualquier caso resulta absurdo a nuestro criterio elevar tantas estatuas -tanto esfuerzo- solamente para que estén allí. En las canteras quedaron abandonadas muchas figuras sin terminar; a su alrededor se encontraron los instrumentos de piedra con los que estaban siendo talladas. ¿Qué sucedió, súbitamente, para que fuera abandonado el trabajo?

Las tradiciones y leyendas de los pascuenses son muy vagas y parecen referirse a otros anteriores pobladores del islote. Los arqueólogos proponen que hubo allí, al menos, tres culturas sucesivas. Unas tablillas con geroglíficos, muy anteriores al tiempo en que fueron tallados los «moais» no han. podido ser descifradas, pero es seguro que pertenecen a una cultura distinta. Cuentan los indígenas actuales que los primeros pobladores del islote llegaron procedentes de otra isla mucho más al sur, que se hundió hasta desaparecer. Posteriormente -son datos extraídos de leyendas- vinieron del cielo unos hombres de grandes orejas, que se asentaron en un extremo de la isla y tuvieron descendencia con mujeres de «orejas cortas» (los pobladores que habían llegado antes). Concluye la leyenda que las relaciones no fueron nunca buenas y, en una guerra, la mayoría de los «orejas grandes» fueron exterminados. Los que sobrevivieron, un día, desaparecieron tras una gran explo-sión, en algo que volaba.

Eufemísticamente, lo que las tradiciones vienen a contarnos es ni más ni menos que las luchas que sostuvieron los dos pueblos, seguramente por un motivo muy simple y, a la vez, muy poderoso: la escasez de recursos ante el superpoblamiento del islote. Pero quedan en pie las incógnitas más importantes: ¿Quiénes fabricaron los «moais»? ¿Cómo los transportaron hasta su emplazamiento? ¿Qué misión tenían? (No nos digan qae eran objetos de culto.) Y, si los actuales habitantes nada tienen que ver con quienes construyeron las estatuas, ¿de dónde, por qué y cuándo vinieron éstos? Es un enigma reciente. Lo que sucedió en Pascua tuvo lugar entre 1550 (fecha de antigüedad de los «moais») y 1772 (año en que la isla fue oficialmente descubierta. Desde entonces ha sido visitada con asiduidad.) 222 años terribles en una diminuta isla del océano Pacífico, que tal vez supongan un ensayo injustificado y extraordinariamente cruel del apocalipsis definitivo.

* Esa gran manzana con gusanos :

Pues sí; puede parecer mentira o exageración. Pero nuestro planeta es como una enorme manzana perforada por una legión de gigantes gusanos hambrientos. Sus entrañas están surcadas por misteriosas galerías que recorren el subsuelo de un lado a otro de acuerdo a un plan determinado que por ahora desconocemos. Ya vimos, al tratar del viaje fantasma del almirante Byrd al interior de la Tierra, cómo existen unas creencias en el Tibet, según las cuales una serie de galerías ponen en comunicación las dos cortezas del globo, la de dentro y la externa, que es la que conocemos nosotros. En Pascua se encontraron también unos túneles que desde el interior de la isla llegaban hasta el mar; pero se cree que, en la época en que debieron desarrollarse allí los desconcertantes acontecimientos a los que nos hemos referido, esos túneles debieron poseer alguna utilidad: comunicar la isla de los «moais» con otra, u otras islas,

por ejemplo. Muchas culturas encierran en su acervo más primitivo creencias y leyendas de galerías que comunicaban, por debajo de los mares y las tierras, países y continentes. Por ellas podían viajar incluso caravanas, y personajes muy significativos de sus mitologías llegaron o desaparecieron temporalmente o para siempre por allí.

Cuando Francisco Pizarro conquistó Perú y llevó a cabo el transporte de oro más voluminoso y valioso de la historia de la humanidad, desde el imperio incaico hasta Sevilla, se supo que, no obstante la inmensa riqueza obtenida por el rescate del último emperador, Atahualpa, a quien después mataron ignominiosamente en lugar de liberarlo, lo más importante de su tesoro y lo de más valor también quedó oculto en un túnel que comunicaba las dos grandes ciudades del imperio: Cuzco y lima. El túnel no pudo ser hallado. Nadie conocía sus entradas ni su recorrido; porque solamente un inca de cada generación era el poseedor del secreto (en este caso, la esposa de Atahualpa, que se suicidó). El túnel estaba además taponado con escombros que ocupan algunos kilómetros y sembrado de trampas mortales. Después, ya en nuestros días se han descubierto vestigios y se ha obtenido información suficiente para poder afirmar que en el subsuelo de gran parte de la cordillera de los Andes se guarda una red de galerías que comunican Lima con Cuzco, la frontera de Bolivia y las selvas amazónicas. Todos estos túneles tienen sus entradas taponadas por miles de toneladas de piedras y camufladas de tal manera que solamente basándose en referencias muy antiguas se han conseguido encontrar. Los mismos incas, en la época de su gran imperio, y los indígenas peruanos posteriormente, afirmaron que las galerías habían sido construidas miles de años antes por un pueblo de gigantes que desarrolló allí una impor-tante cultura y que luego, no se sabe cómo, desaparecieron.

También, existen túneles en Asia, y muchos: cerca del Himalaya, en las inmediaciones del valle de Cachemira y hasta las proximidades del Tibet, pequeñas aber-turas en las laderas de las montañas dan lugar a breves galerías que después confluyen formando una principal más espaciosa que se pierde en las entrañas de la Tierra (Mercedes Castellanos visitó algunas de ellas y publicó un trabajo muy interesante en la revista «Mundo Desconocido»). Todas estas entradas son en la actualidad lugares sagrados para los habitantes de la región, y ligados a ellas existen multitud de hechos misteriosos en su recuerdo. La cueva de Bumazuv -se cree- desemboca en el centro de Asia. Algunos exploradores han penetrado unos kilómetros y, a su regreso, han contado maravillas indescriptibles; otros no regresaron jamás, o en-contraron la salida al otro lado. De la cueva de Beru se cuentan muchas historias extraordinarias, entre ellas la aventura que corrió el gran filósofo Abhinavagupta acompañado de sus 1.200 discípulos. Un día penetraron todos en la cueva y desaparecieron por los caminos del infierno; no se sabe si llegaron a algún destino o perecieron en la oscuridad subterránea, pero 1.201 rostros parecen mirar a los visitantes desde las aristas del estrecho pasillo. Son efecto de extrañas formaciones y rotu-ras en los bloques de piedra que sobresalen de la pared y, con buena voluntad pueden parecer rostros.

En Grecia, y en tiempos del florecimiento de "su gran cultura, ya existía la creencia de que habían sido unos pobladores primitivos, los pelasgos, quienes ha-bían construido unos túneles que comunicaban las islas del Egeo entre sí y con otros países y que ya entonces estaban taponados. En las islas Baleares, en Menorca e Ibiza sobre todo, siempre pervivió la tradición de que había túneles que comunicaban a las islas entre sí y, desde Ibiza, con Malta. También en Rusia, en California, en Hawai, en Suecia, en España (comunicando la península con Marruecos), etc. Parece ser que la exis-tencia real de esos inmensos túneles (inmensos en cuanto a su longitud) corresponde a una determinada cultura envuelta en el misterio y de la que, si descontamos las galerías y las vagas referencias guardadas en otras culturas posteriores, no queda nada.

Pero, si admitimos -y no es tan descabellado que sea un hecho- que el planeta está perforado por galerías que comunican unos lugares con otros, unos continentes con otros, podemos explicar que llegaran hombres y conocimientos idénticos a los sitios más distantes, como en realidad sucedió. Se arguye que la travesía por túneles tan largos sería imposible por la falta de aire respirable. Pensemos que si existía la tecnología capaz de conseguir que las galerías fueran trazadas (todas son artificiales), el problema de la supervivencia en su interior debería estar resuelto. Más digna de sorpresa debe ser la alusión o el testimonio directo a esa raza de gigantes, que es una constante en casi todas las culturas primitivas, responsables de los trabajos con las grandes piedras, verdaderos colosos que se extendieron por todo el mundo. y de los que habla hasta la Biblia. Si existieron, ¿cuándo y por qué desaparecieron como por encanto? Antes de su aniquilamiento enseñaron a otros pueblos a trabajar los grandes bloques de piedra y a transportarlos a su emplazamiento definitivo. Muy poco más se sabe de ellos, salvo que se ha pretendido siempre, en la antigüedad y ahora, relacionarlos con otros planetas, con otras humanidades, con otros destinos. Desaparecieron de súbito, como respondiendo a una llamada urgente, y abandonaron en la Tierra sus obras ingentes. Fue como un soplo que borró de la superficie del planeta a un pueblo entero.

* La Venecia polinésica y la incógnita de Marcahuasi :

Igual que desaparecieron los habitantes de Ponape, capital de un reino que ocupó numerosas islas de Polinesia hace miles de años. Todavía hoy se encuentran diseminados restos -ruinas- a lo largo y lo ancho de los islotes que rodean a la isla principal donde estaba enclavada la ciudad que hemos nombrado, Ponape, sur-cada por canales, jalonada de templos de basalto y de grandes palacios, con un sinfín de subterráneos, restos de viviendas y de lugares públicos y un enorme arco de' piedra, de una sola pieza, que pesa casi 200 toneladas. La historia de Ponape es desconocida, así como los que fueron sus habitantes y sus orígenes. Todo allí es un misterio insondable.

El lugar recuerda a la meseta de Marcahuasi, en los Andes peruanos, a una altura de 3.600 metros sobre el nivel del mar. En Marcahuasi como en Ponape reina la soledad y el silencio, se palpa el abandono fulminante de sus moradores, aunque los restos no ofrecen similitudes. Ruzo, cuando descubrió el verdadero valor de Marcahuasi, se encontró ante una incógnita sin solución. Los restos que allí aparecieron son de una civilización desconocida y distinta a cuanto se puede hallar en el resto de los Andes, en todo el continente americano y en el mundo. La meseta está repleta de grandes pie-dras en las que, a simple vista, no hay nada de particular, salvo la semejanza con determinados animales por las formas o por unas tallas muy superficiales. Se pensó que podía tratarse de un capricho de la' naturaleza.

Pero Ruzo las estudió a fondo y descubrió que cada una de las piedras debía ser observada desde un lugar y una distancia determinados y a una hora también determinada del día. Incluso, al utilizar cámaras fotográficas con película infrarroja, aparecieron detalles que a simple vista pasaban inadvertidos. Y por si esto no fuera aún suficiente, en algunos de los grabados aparecieron figuras de animales prehistóricos de los que hace muchos miles de años desaparecieron de la Tierra. Y todavía más, figuras humanas pertenecientes obviamente a otras latitudes y a otros continentes. En algu-nos detalles, las figuras de Marcahuasi recuerdan a las piedras grabadas de Ica, de las que, juntamente con las fabulosas pistas de Nazca, se habla en otro libro de esta Biblioteca Básica. Pero, en conjunto suponen una isla de conocimientos y de técnica dentro de un marco cul-tural totalmente extraño, y cuyo carácter más acusado fue la economía de medios, porque todo influye allí para hacer posible la observación de lo que se repre-

senta:,la luz del sol y de la luna, la orientación y hasta las sombras completan los trazos elementales que sirven de sustento, y el resultado es de una perfección que asombra.

Toda la cultura megalítica que llenó los campos de Europa de monumentos que todavía permanecen de pie y que a veces son tan simples que sólo constan de una única piedra gigantesca, es sorprendente.. Las tradiciones también han hecho depender los monumentos megalíticos de una civilización desarrollada por una raza de gigantes; pero no nos interesa a nosotros ahora fijar la mirada en esta posibilidad, sino en el significado y la utilidad que pudieron tener esas enormes piedras clava-das en el suelo como agujas o dispuestas en forma de mesa o círculos. El ejemplo más completo es, con toda seguridad, el conjunto megalítico de Stonehenge, cerca de Salisbury (Inglaterra). Centenares de grandes piedras se hallan dispuestas de tal forma que siempre se pensó que debían tener una especial finalidad.

A la hipótesis de lugar sagrado de reunión sucedieron otras más tendentes a lo práctico. Alguien ha com-parado el trabajo ingente que tuvieron que desarrollar los constructores de Stonehenge al que fue necesario para levantar las pirámides de Egipto, proporcionalmente. La arqueología ha cifrado la antigüedad de su configuración en los alrededores del año 1500 antes de Cristo, y varios son los misterios que rodean al conjunto megalítico: en primer lugar, las piedras pertenecen a canteras que distan del lugar cuando menos una veintena de kilómetros. Hay algunas piedras volcánicas que debieron ser transportadas desde mucho más lejos, cientos de kilómetros. Fueron sobre todo los estudios del profesor Hawkins los que descubrieron el enigma de Stonehenge.

Para extraer una -conclusión, Hawkins estudió la disposición de los bloques de piedra en el suelo,. con respecto a ellos mismos entre sí y con respecto a los astros. Los megalitos estaban situados alrededor de un foso circular del que la entrada estaba' fijada exacta-mente en el puñto norte, y formaban esencialmente dos grandes círculos, el externo de unos 100 m. de diámetro aproximadamente; 56 zanjas en el interior y una especie de puerta que daba entrada completaban el conjunto. Existían tantas exactitudes en las distancias, tantas proporciones, una colocación de las piedras tan sin-gular que, por fuerza, aquello debía tener una utilidad práctica. Se fue abriendo paso la teoría de que se trataba de un calendario solar y lunar, que se interpretaba de acuerdo con la entrada de los rayos a través de las distintas piedras que componen el monumento. Fue un acierto la teoría y se comprobó mediante computadoras: se interpreta la situación de los rayos solares y lunares durante todo el año, se sitúan en el tiempo los eclipses de luna e incluso está patente el hecho astronómico recientemente comprobado de que los eclipses lunares acaecen cada cincuenta y seis años.

¿Cómo pudieron los constructores de Stonehenge tener acceso a unos conocimientos ~de matemáticas y de astronomía tan completos que les permitieran plasmar con megalitos un calendario tan perfecto, hace por lo menos 3.500 años? ¿Cuál fue la causa de que esos co-nocimientos desaparecieran después sin ser asimilados por alguna de las culturas que sobrevivieron? La computadora reveló a los investigadores de Stonehenge un hallazgo asombroso sobre todos: el conjunto megalítico era ya en sí una comnputadora solar y lanar. capaz de proporcionar a sus intérpretes datos semejantes a los que elabora una de nuestras computadoras de hoy.

Otro enigma de grandes piedras se halla situado en el Líbano, en los restos de la que fue importante ciudad hace miles de años, Baalbek, rodeada de imponentes murallas en las que se utilizó, cuando todavía no se había inventado -según la ciencia oficial- el cemento armado. En Baalbek sorprende todo: desde su origen, que se ignora, a su abandono, del que no se conocen tampoco las causas ni el momento. Junto a las ruinas de

la ciudad, los restos de lo queparece haber sido un especialísimo aeropuerto, enorme, construido con « losetas» de piedra colosales perfectamente ensambladas. Los habitantes de Baalbek -mejor sería decir los responsables de aquella cultura misteriosa- fueron capaces de tallar bloques de piedra de 750.000 kilos y desplazarlos desde las canteras y colocarlos en donde convino a sus fines. Los bloques que forman la muralla miden algunos 120 m., son de una sola pieza y llegan a pesar más de 700.000 quintales. Demasiado para que pueda 'caber en el cajón de las posibilidades de nuestro cerebro. Ni la técnica actual más sofisticada es capaz de desplazar bloques de semejante peso. Solamente una energía desconocida y seguramente mental, que hoy se está discutiendo en parapsicología, la telequinesis, podría elevar como una pluma esos pesos increíbles, en el caso de que realmente exista.

Zimbabwe y Mohenjo-Daro, donde la vida se interrumpió en un instante :

En el interior de Rodesia se hallan las ruinas de lo que debió ser una ciudad pobladísima y moderna. Levantada según los procedimientos de disposición más clásicos -más humanos-, Zimbawe contenía varias zonas bien deferenciadas: en una estaban enclavados los templos y palacios -siempre hubo ricos y pobres, se dice- y en sus alrededores, las viviendas comunes de los moradores, seguramente establecidas por barrios. Todo muy normal en un concepto evolucionado de la vida comunitaria. Grandes construcciones de piedra y de ladrillo, altas torres, murallas ciclópeas, confortables casas, todo, absolutamente todo fue abandonado, que no destruido, por alguna causa desconocida para nosotros. No sabemos quiénes construyeron la imponente ciudad, aunque los arqueólogos han determinado su fecha: entre 700 y 400 años antes de Jesucristo.

Los pueblos indígenas de vida primitiva que todavía y desde siempre habitan los alrededores no han recibido por tradición ninguna noticia acerca de tan misteriosos visitantes, si es que se trató de visitantes, o de que ningún grupo originario de la zona levantara aquella ciudad,Un caso parecido, aunque de mayores proporciones en lo que se refiere a su misterio, lo constituyen los restos de la ciudad de Mohenjo-Daro, que fue edificada en una pequeña isla del río Indo, en Pakistán. Las ruinas fueron fechadas en algo más de 2.000 años; pero esa fecha sólo se refiere, a la última de las ciudades que fueron construidas allí, superpuestas, y que son nada menos que siete.

Los descubrimientos arqueológicos han puesto de relieve que las siete ciudades que ocuparon la isla del Indo permanecieron habitadas durante miles de años cada una de ellas y que, probablemente, fueron los mismos pobladores, el mismo pueblo, los que elevaron de nuevo los muros y las casas en cada ocasión en que -quien sabe por qué causa- la ciudad se vino abajo.

Debió tratarse de un pueblo muy sabio, tan evolu-cionado que dejó de respetar a los dioses y a los aristócratas de sangre o de honor y dinero: en ninguna de las siete ciudades superpuestas -en ninguna de las ruinas- se ha hallado rastro de templos o de palacios. Perfectamente trazadas, todas muestran sus espaciosas avenidas y sus calles bien dispuestas, racionalmente, facilitando los traslados y los accesos. Casas de varios pisos en las que se disfrutaba de agua corriente, y por supuesto, de baño; alcantarillado y desagües que iban a parar al río, construcciones todas de ladrillo cocido, en

fin, como una urbanización moderna.

Los estudios realizados hasta la fecha parecen de-mostrar que en los tiempos de la última de las ciudades levantadas, la más moderna, no se conocían las técnicas de trabajar los metales; pero en las más antiguas sí (se encontraron restos de materiales de hierro y de estaño). Como en el caso de Zimbabwe, los pobladores de las márgenes del Indo no tienen noticias de quiénes eran los habitantes de Mohenjo-Daro ni de por qué desaparecieron. Y se trató, en efecto, de una desaparición en masa y súbita, de la que no quedaron ni los cadáveres ni el rastro dell camino que pudieron seguir. La ciudad

presenta el aspecto de haber visto interrumpida su vida normal de pironto y de haber sido abandonada a toda prisa. Utensilios de uso común entre los escombros y

y losas en las calles,afirman que la desaparición de sus habitantes que no

sabían que deberían marcharse o desaparecer en un instante, que nadie, en fin, era consciente de la amenaza,cualquiera que haya sido. Es uno de los enigmas más

grandes que tiene planteados la arqueología y que, tal vez, no tenga, solución jamás.

Los investigadores más sagaces comienzan a considerar que resulta extremadamente extraño el hecho de que los moradores de las últimas ciudades Mohenjo-Daro hubieran olvidado las técnicas del trabajo de los materiales hasta el punto de no saber utilizar el hierro, técnicas que desarrollaron y de las que se sirvieron con profusión los constructores de las ciudades más primitivas. Es muy raro el caso; 'pero hay que comenzar a pensar que las habitantes de esa isla misteriosa en el interior del Indo detuvieron su marcha en el camino de la, evolución y comenzaron lentamente una marcha atrás, una regresión cultural, perdiendo de generación

en generación técnicas y conocimientos hasta llegar a desaparecer ellos mismos, cuando agotaron los recursos de su herencia.

Una especie de suicidio cultural que obedecerá a alguna dinámica humana desconocida y que podría explicar, de confirmarse, la desaparición de muchas culturas y muchos pueblos, incluso de humanidades que nos Precedieron. Desde unos siglos antes de Cristo hasta miles y miles de años atrás, la isla del Indo donde se elevaron los democráticos edificios de Mohenjo-Daro es un misterio impenetrable por ahora. Uno más de los enigmas en esta larga lista de aconteci-mientos que el hombre ha vivido a lo largo de su histo-ria en el planeta, de esta historia nuestra -porque a lo mejor existen otras historias independientes en el tiempo- ante los que ni usted ni yo, ni nadie, estamos en disposición de dar respuesta: Grandes enigmas pendientes.





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