Civilizacion del amor tarea y esperanza


Los jóvenes latinoamericanos proclaman a Jesús vivo y presente en sus vidas y en su historia



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2.5 Los jóvenes latinoamericanos proclaman a Jesús vivo y presente en sus vidas y en su historia.
Miles de jóvenes han procurado y continúan procurando hoy vivir el seguimiento de Jesús en América Latina. Su experiencia de fe vivida y compartida, fue expresada así en Cochabamba, durante el Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes.
* Creemos en Jesús vivo y presente en la alegría y esperanza del pueblo latinoamericano, marcado por una historia de dolor y pobreza.
* Creemos en Jesús vivo y presente en la multiplicidad de las culturas: en el joven indígena, en el negro, en el mestizo, en el blanco y en el amarillo de nuestro continente, especialmente en el que es subvalorado, tiene pocas posibilidades de vida y muchas dificultades.
* Creemos en Jesús vivo y presente en nosotros mismos, como fuerza transformadora de las realidades específicas de la Pastoral Juvenil.
* Creemos en Jesús vivo y presente cuando reafirmamos nuestro compromiso para la formación integral y permanente de los jóvenes, aceptando, asumiendo y anunciando el evangelio desde nuestra vivencia personal y comunitaria y siendo protagonistas de la historia.
* Creemos en Jesús vivo y presente en los jóvenes que a la luz de la fe optan por un compromiso social en los diferentes espacios políticos, en comisiones de derechos humanos y en organizaciones populares.
* Creemos en Jesús vivo y presente en la Iglesia Joven, comunitaria, profética y misionera, que tiene propuestas de vida transformadoras y respetuosas de cada persona y asume un compromiso evangélico y liberador.
* Creemos en Jesús vivo y presente en los jóvenes que están en situaciones críticas, marginados por estructuras deshumanizantes.
* Creemos en Jesús vivo y presente en el pobre que sufre, en el triste encarcelado, en el enfermo abandonado, en el niño marginado, en el joven desorientado, en el obrero explotado, en el minero y campesino oprimidos que claman justicia.
* Creemos en Jesús vivo y presente en las mujeres latinoamericanas: en las madres que buscan hijos desaparecidos, en las profesionales que luchan por la vida, en las amas de casa y en las obreras que llevan adelante las comunidades y se comprometen en la organización de la sociedad.
* Creemos en Jesús vivo y presente en el trabajo del hombre y en su lucha por defender la vida.
* Creemos en Jesús vivo y presente en la sangre derramada por nuestros mártires.
* Creemos en Jesús vivo y presente cuando reafirmamos la esperanza del triunfo de la vida sobre la muerte que ha consolidado estructuras injustas.
* Creemos en Jesús vivo y presente en el grito de los jóvenes del continente latinoamericano, que luchan por hacerlo nuevo con la fuerza del amor.
3. EL ESPÍRITU SANTO SE MANIFIESTA EN LA VIDA DE LOS JÓVENES.
3.1 El Espíritu en el mundo.
Desde el comienzo mismo de la creación, el Espíritu de Dios “aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gn 1,2). Inspiró la palabra creadora que separó la luz de la oscuridad y ordenó el caos primitivo. Fecundó la tierra y los mares e hizo germinar en ellos la vida. Iluminó el rostro del primer hombre e impulsó los caminos de liberación entre los pueblos.
Es posible reconocerlo alentando la vida humana, uniendo y comunicando a las personas, inspirando a los artistas, impulsando las luchas de los pobres por la justicia, desarrollando la ciencia para servicio de la humanidad y despertando la necesidad de buscar a Dios hasta encontrarlo.
Está silenciosamente presente también, en los acontecimientos y en la historia de los pueblos, en las corrientes de pensamiento y en la diversidad de modalidades que asume el transcurrir de la vida humana. Promueve la búsqueda de la verdad, las iniciativas de progreso y cooperación y esa permanente urgencia por construir un mundo que esté más al servicio del hombre y más de acuerdo con la voluntad de Dios.
Aunque no se lo percibe con los sentidos y su ritmo no coincide muchas veces con el de los hombres, vive y palpita en el corazón del mundo y es posible experimentar su acción y su presencia cuando se da a conocer como “viento fuerte” (Act 2,3), como “fuerza de vida” (Act 1,8) o como “torrente de agua que brota hasta la vida eterna” (Jn 4,14).
Ha sido “derramado sobre toda creatura” (Act 2,17) porque “la promesa es para ustedes y para sus hijos y para todos los extranjeros a los que el Señor llame” (Act 2,39). Su acción llega aún a “aquellos que no conocen a Jesucristo, pues el Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”20.
3.2 El Espíritu se manifiesta a los jóvenes.
En la América Latina de hoy, es posible descubrir múltiples signos de la presencia del Espíritu.
El Espíritu se manifiesta a los jóvenes indígenas en la riqueza de sus tradiciones y de su lenguaje y en el amor y respeto que tienen por la naturaleza; a los jóvenes afroamericanos, en sus luchas por la dignidad y la superación de toda forma de esclavitud; a los jóvenes campesinos, en la defensa de sus derechos a poseer la tierra, en los campos multicolores y en las semillas que germinan; a los jóvenes mineros, en el sudor de sus frentes con el que buscan en lo profundo de la tierra los minerales que aseguren su subsistencia; a los jóvenes pescadores, en las redes y remos que confían al mar y a la fuerza de los vientos; a los jóvenes urbanos, en la pobreza y riqueza de las ciudades, en la música, el fútbol, los vendedores ambulantes y el bullicio callejero; a los jóvenes obreros, en sus largas jornadas de trabajo y en sus luchas por un salario que les permita ganarse el pan de cada día; a los jóvenes estudiantes, en sus cuadernos y libros y en el tiempo de vida que comparten con sus familias y sus compañeros; a los jóvenes universitarios, en las investigaciones de los grandes temas del hombre y de la sociedad; a los jóvenes marginados, en el silencio de la noche y el abandono del día.
En cada una de estas realidades y situaciones concretas, el Espíritu se hace presente y siembra semillas de esperanza y de transformación para que los jóvenes comprometan su esfuerzo para construir la Civilización del Amor.
Muchos pueblos, después de una larga y dura esclavitud bajo regímenes de opresión, han recobrado felizmente la libertad. En este cambio radical de situaciones, los jóvenes buscan la libertad. ¿Pero, cuál libertad? ¿La del espíritu o la de la carne? Porque se corre el riesgo de caer en nuevas esclavitudes, más fuertes y opresoras que las primeras: el consumismo, la droga, el sexo, el hambre de poder o de tener. Sólo seremos libres con aquella libertad con la que Cristo nos ha liberado (Gal 5,1). La liberación plena e integral nos la trajo Cristo con su encarnación, muerte y resurrección; es decir, con su misterio pascual que se hace nuestro por la acción del Espíritu Santo en el bautismo. “Porque el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad” (2Cor 3, 17)”21.
3.3 Los dones del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el gran regalo de Dios a los jóvenes. Alienta sus vidas, fortalece sus trabajos, quita sus temores, los impulsa a ser activos y dinámicos en la tarea de transformar la realidad. “Limpia los pecados, riega las arideces y cura las heridas; suaviza la dureza, elimina con su calor la frialdad y endereza los caminos”22. Hace realidad la profecía de Ezequiel: “les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Les quitaré del cuerpo el corazón de piedra y les pondré un corazón de carne” (Ez 36,26).
Les concede la multiplicidad de sus dones para que puedan vivir en plenitud el seguimiento de Jesús y ser protagonistas y testigos de la Civilización del Amor:
* la Audacia, que los hace capaces de asumir tareas sin temor a las dificultades, superar la tentación de caer en la apatía y el desánimo frente a lo que aparece como imposible de cambiar y los lleva a poner su confianza en Dios y a dejarse guiar por él;
* el Dinamismo, que los mantiene inquietos y los llena de energía para participar en la vida de la comunidad, aportar sus iniciativas y sus capacidades de realización y celebrar activamente la presencia de Dios en sus vidas;
* la Espontaneidad, que les permite expresarse libremente como son y como se sienten, superar las visiones estructuradas y formalistas del mundo que los rodea, responder con gestos oportunos a los desafíos y acontecimientos de la vida diaria y celebrar su fe con sencillez y entusiasmo;
* la Amistad, que los hace querer y dejarse querer por las personas, gustar de las acciones grupales y de la vida en comunidad, disfrutar la gratuidad de los momentos para encontrarse y compartir y ser así manifestación del amor de Dios;
* el Espíritu de Lucha, que los ayuda a hacer suyas las aspiraciones del pueblo, a comprometerse en la defensa de la vida y de los derechos humanos, a no desanimarse o cruzarse de brazos frente a las situaciones de pobreza e injusticia y a jugarse siempre por la causa del Reino;
* la Solidaridad, que los impulsa a hacer suyo el espíritu del Buen Samaritano (Lc 10,25-37), a ser sensibles para compartir las miserias de la condición humana y la pasión de los hombres y mujeres de su pueblo y a no cansarse de levantar a los caídos del camino y ofrecer esperanza a los que viven en la marginalidad;
* la Alegría, que los motiva a seguir celebrando la fiesta de la vida aún en medio de las dificultades y obstáculos de cada día, porque en ella Dios se hace presente para renovar el triunfo de la vida sobre la muerte y reafirmar el compromiso de todos;
* la Creatividad, que despierta los intereses y articula los sentimientos más hondos del corazón de los jóvenes, les permite expresar a través del arte, la poesía, la música y el baile, la presencia de Dios Creador en medio de su pueblo y les ayuda a comprender mejor y profundizar el misterio mismo de la vida.
3.4 “Recibirán la fuerza del Espíritu...”
Los apóstoles esperaron con María, “perseverantes en la oración y en unidad de corazón” (Act 1,14) la llegada del Espíritu que Jesús les había anunciado y que los convertiría en “sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Act 1,8).
Muchos jóvenes celebran el sacramento de la Confirmación como un acontecimiento trascendente de su proceso de educación en la fe y como el momento de comprometerse más responsablemente a ser actores y protagonistas de su vida de fe y de su seguimiento de Jesús (SD 115). Por el don del Espíritu Santo que reciben, se sienten involucrados definitivamente en su gran proyecto de anunciar y construir el Reino.

Los jóvenes reciben el mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María en la anunciación (Lc 1,26-38), el mismo Espíritu que fue prometido a Juan Bautista en la visión de Zacarías (Lc 1,15), el mismo Espíritu que llenó a Isabel y la hizo proclamar a María “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,41-42), el mismo Espíritu que estaba con Simeón y le reveló que no moriría sin haber visto al Mesías Salvador (Lc 2,25-26), el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús cuando fue bautizado por Juan en el río Jordán (Lc 3,21-22), el mismo Espíritu que lo guío por el desierto cuando fue tentado (Lc.4,1-2) y el mismo Espíritu que estaba sobre él cuando anunció el comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18-20).


Es el Espíritu prometido por Jesús (Jn 14,16), el “Espíritu de la verdad” (Jn 15,26), el que hablará en nombre de sus seguidores cuando sean perseguidos (Mc 13,11), el que recibieron los apóstoles para cumplir su misión (Act 4,8) y el que los fue guiando y acompañando señalándoles lo que debían hacer (Act 8,29; Act 11,12; Act 13,2)
Por el don del Espíritu, los jóvenes llegan a creer en Dios como Padre y en Jesús como Señor y a entrar en el misterio de comunión del Dios Trinitario, en cuyo nombre fueron bautizados (Mt 28,19). El Espíritu los lleva a celebrar este misterio en su vida de comunidad y a realizar su proceso de maduración en la fe en relación personal con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Así descubren también su identidad de hijos de Dios, hermanos del Señor Jesús y templos del Espíritu Santo.
3.5 El Espíritu envía a los jóvenes.
El Espíritu es una fuente inagotable de imaginación, de creatividad y de vida. El mismo empuja a los jóvenes a “vivir según el Espíritu” (Gal 5,16), los invita a formar comunidades (Act 2,42-47), los envía como misioneros (Mt 28,18-20) especialmente a los no evangelizados (Act 13,46-48) y los invita a estar atentos para discernir a la luz de la palabra, los signos de los tiempos a través de los cuales se sigue manifestando en la historia.
En medio de las cambiantes realidades culturales del mundo actual, el Espíritu llama a los jóvenes a revivir la experiencia de Pentecostés. “El Espíritu Santo está suscitando generaciones nuevas de jóvenes alegres, profundos, comprometidos”23. Les ofrece su fuerza y su aliento de vida para dejar de lado los sueños de construir babeles individualistas y colaborar en la construcción de ámbitos vitales de comunión y participación que hagan realidad el proyecto de Jesús.
4. MARIA, MADRE DE JESUS, CAMINA CON LOS JOVENES.
En un contexto social, religioso y cultural como el del pueblo de Israel, donde el predominio del varón sobre la mujer era aceptado naturalmente, se puede valorar mejor la singular acción de Dios al elegir una joven mujer para ser la madre de su Hijo. María, la joven mujer de Nazaret, ocupa así un lugar privilegiado en la historia de la salvación. En ella, la mujer recupera su dignidad, su igualdad y su libertad. María, la creatura que Dios acercó más a sí mismo, el rostro femenino del amor de Dios, es la mujer de la nueva creación, el símbolo de la humanidad liberada y la manifestación más clara de que la utopía de Dios se está realizando en la historia de la humanidad.
4.1 María es joven.
María era joven y virgen, una alegre y sencilla mujer de pueblo. Sus padres Joaquín y Ana le habían enseñado a leer e interpretar las Escrituras. Conocía la historia de Israel y las promesas de Dios y vibraba con las expectativas mesiánicas de su pueblo. Cuando recibió la visita del ángel, se dió cuenta de que Dios la había elegido y aunque no entendió plenamente lo que eso significaba, se puso a su disposición con fe y entrega y aceptó ser la madre de Dios (Lc 1,26-38). Comprensiva y llena de ternura, salió de inmediato y cruzó la montaña para encontrar a su prima Isabel y acompañarla durante su embarazo (Lc 1,39; Lc 1,56). Reconociendo la presencia y la acción del Espíritu en las maravillas que estaban sucediendo, alabó a Dios diciendo “celebro con todo mi ser la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque quiso mirar la humilde condición de su esclava...” (Lc 1,46-55).
4.2 María es madre de Dios y madre de la Iglesia.
María estuvo desde el comienzo junto a Jesús. En ella, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35). Ella lo presentó al mundo cuando nació en el pobre pesebre de Belén (Lc 2,6-7). Ella lo llevó al templo para consagrarlo al Señor (Lc 2,22) y recibió las enigmáticas palabras del anciano Simeón: “una espada te atravesará el alma” (Lc.2,35). Ella lo llevó consigo cuando peregrinaron a Jerusalén para cumplir las normas religiosas de su pueblo y lo buscó entre la gente cuando se había quedado en la ciudad (Lc 2,41-52). Ella acompañó su etapa de crecimiento en Nazaret y fue “guardando todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). Ella lo impulsó a realizar el primer signo milagroso en Caná, ordenando a los sirvientes “hagan lo que él les diga” (Jn. 2,5). Ella lo acompañó discretamente durante su vida pública (Lc 8,19-20), lo siguió de cerca en el camino del Calvario y estuvo junto a él, al pie de la cruz, hasta el final (Jn 19,25).
Poco antes de morir, Jesús la entregó como madre a su joven discípulo Juan (Jn 19,26-27). Por ese gesto supremo de generosidad, María se convirtió en madre de todos los hombres. Cuando los discípulos se reunieron en oración para esperar la llegada del Espíritu, estuvo en medio de ellos (Act 1,14) acompañando el nacimiento de la joven Iglesia de Jerusalén. De la misma manera, ha seguido haciendo posible a lo largo de los siglos, el nacimiento de innumerables comunidades de seguidores de su hijo Jesús.
4.3 María acompaña a los jóvenes en el camino hacia Jesús.
La presencia de María entre las multitudes creyentes es una constante de América Latina. El pueblo la reconoce como madre de Jesús y madre de todos los creyentes. Ella es la presencia maternal de Dios, la madre cercana que escucha y sostiene en los momentos de dificultades. Madre de los pobres, anima y conforta el caminar del pueblo sufriente hacia la liberación.
Los jóvenes peregrinan continuamente a sus santuarios. Le muestran su cariño y su afecto, la llaman y reconocen por su propio nombre en medio de sus múltiples advocaciones, se identifican con Juan Diego que se encuentra y dialoga con ella en las colinas del Tepeyac.
María es ejemplo de amor y amistad juvenil, cuando visita a su prima Isabel (Lc 1,39-45); es ejemplo de humildad y sencillez cuando alaba a Dios por haberse fijado en su humilde condición (Lc 1,47); es ejemplo de sensibilidad social y preocupación por los pobres cuando canta su alegría porque Dios actúa con justicia, “arruinando a los soberbios, sacando a los poderosos de sus tronos y despidiendo a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,52-53). Su canto de alabanza -el “Magnificat”- refleja su alma, preludia el anuncio de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12) y expresa el punto culminante de la espiritualidad de los pobres de Yavé.
María sigue mostrando a los jóvenes de hoy su ternura de madre. Los ayuda a conocer y a seguir a su hijo Jesús, los acompaña en sus procesos de crecimiento en la fe, intercede por los que están lejos o lo buscan sin encontrarlo y abre caminos de esperanza para los excluídos y para los que no tienen voz. Con su ejemplo propone un proyecto de vida para los jóvenes y los invita a decir “sí” a Jesús y a ponerse en disponibilidad total para servicio del Reino.
5. LA IGLESIA JOVEN CON LOS JOVENES.
El Reino de Dios encuentra en la Iglesia una expresión muy particular. Ella es su señal perceptible, su instrumento privilegiado, su germen y su prinicipio en la medida en que vive el evangelio y día a día se edifica como Cuerpo de Cristo.
La Iglesia es un misterio de fe, porque continúa en la historia el misterio de Cristo y de su Espíritu y porque en ella el Reino encuentra su expresión consciente e institucionalizada. Pero es también, la respuesta humana organizada que los seguidores de Jesús dieron al plan de Dios. Por eso es, sin división ni confusión, divina y humana; participa al mismo tiempo de la debilidad de lo humano y de la gloria de lo divino.
Desde el comienzo de la historia latinoamericana está presente en medio del pueblo. A veces fue cómplice en la colonización desintegradora de las culturas autóctonas, pero también fue promotora de libertad y solidaria con la liberación. En los últimos decenios, ante la creciente pobreza y degradación de la vida y de la dignidad humana tomó conciencia que su misión es una evangelización liberadora.
La mejor manera de evangelizar a los pobres es permitir que los propios pobres se hagan Iglesia y ayuden a toda la Iglesia a ser una Iglesia pobre y de los pobres, que sea un pueblo de Dios que camina, que se articula en comunidades vivas y que se organiza para la transformación de la realidad.
5.1 Una Iglesia que celebra la vida.
El ser humano necesita detenerse en su caminar diario: no puede vivir acosado por las preocupaciones, los compromisos, los conflictos, el trabajo y las luchas de la vida. Necesita descansar, meditar, rezar, sonreir... Necesita festejar, tener momentos de alegría, de expansión y de celebración. Se llega a conocer a un pueblo cuando se ha podido compartir sus fiestas.
El séptimo día, después de su obra creadora, Dios “descansó” (Gn 2,2). El pueblo elegido también aprendió a hacerlo así (Lv 23,1-7; Lv 25). Fieles a la misma tradición, los cristianos comenzaron a celebrar el domingo como nuevo día de descanso, para mantener viva la fe en Jesús resucitado. Ese día, el pueblo de Dios se renueva al celebrar el encuentro y compartir la mesa de la Vida y recibir la fuerza que brota del sacrificio de la salvación. La pascua de Jesús se hace presencia viva: “hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).
La eucaristía es, pues, la fiesta del pueblo de Dios; el anticipo de la gran fiesta a la que invita el Padre, la fiesta en la que “Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarlo como él es, seremos para siempre semejantes a él y cantaremos eternamente sus alabanzas”24. En cada celebración se anuncia que la humanidad entera está llamada a poder entonar un día el canto nuevo y definitivo de la liberación.
Las comunidades cristianas celebran su vida, su fe y sus luchas en el encuentro, en los signos, en los cantos, en los ritos y en las variadas formas de expresar la alegría, el dolor, la penitencia, la fe, la esperanza, el amor, la acción de gracias y la liberación. Los jóvenes, particularmente sensibles a las expresiones festivas y comunitarias, están llamados a tener una participación activa en la liturgia y en las celebraciones, para dar expresión viva y actual, encarnada e inteligible, a estos momentos de la vida del pueblo de Dios.
5.2 Una Iglesia pueblo de Dios y pueblo de hermanos.
Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sin relación de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en la verdad y le sirviera santamente”25. La Iglesia es hoy ese pueblo. Vive la misma vida nueva de Jesús y el dinamismo de su Espíritu en cada una de sus pequeñas comunidades. Pueblo en camino, continuamente haciéndose y renovándose, se siente llamado a trabajar para introducir en la historia el Reino de Dios y hacer de todos los pueblos, un único pueblo de hermanos (1Ped 2,9-10).
Un pueblo es una articulación de comunidades vivas que elaboran su conciencia, proyectan su marcha y se organizan para su acción. Cuando ese pueblo, por la fe, el bautismo y la práctica del Evangelio adhiere a Jesucristo, se concretiza como pueblo de Dios en la historia. En América Latina, ese pueblo de Dios está cada vez más encarnado en los pobres y busca asumir más plenamente las características de la cultura y de la religiosidad popular.
En el caminar del pueblo de Dios y en la vida de las comunidades, van surgiendo los distintos ministerios y servicios para dar respuesta a las necesidades humanas y religiosas de la gente, se van redefiniendo las funciones y clarificando las formas de actuar de los agentes pastorales y se van asumiendo corresponsablemente las tareas de la evangelización. Así, la Iglesia se manifiesta como un signo de la liberación integral que Dios quiere para sus hijos y como el instrumento adecuado para su implementación en la historia.
5.3 Una Iglesia comunión y participación.
La Iglesia se ha entendido a sí misma en el Concilio Vaticano II como “un signo e instrumento de la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí”26. Puebla planteó la acción evangelizadora de la Iglesia en América Latina como una obra de “comunión y participación” (P 563).
Su gran desafío es vivir la unidad, característica fundamental de los seguidores de Jesús (Jn 17, 22-24), anunciarla y construirla hasta que sea realidad la comunión de todos los hombres en una auténtica fraternidad universal.
“Cada comunidad eclesial debería esforzarse por constituir para el continente, un ejemplo del modo de convivencia donde logren aunarse la libertad y la solidaridad. Donde la autoridad se ejerza con el espíritu del Buen Pastor. Donde se viva una actitud diferente ante la riqueza. Donde se ensayen formas de organización y estructuras de participación capaces de abrir camino hacia un nuevo tipo más humano de sociedad. Y, sobre todo, donde se manifieste inequívocamente que, sin una radical comunión con Dios en Jesucristo, cualquier otra forma de comunión puramente humana, resulta a la postre incapaz de sustentarse y termina finalmente volviéndose contra el mismo hombre” (P 273).
El deseo de hacer realidad el mandato de Jesús ha hecho surgir en América Latina numerosas y variadas formas de vida comunitaria que van constituyendo nuevas maneras de ser Iglesia. Entre ellas, destacan las Comunidades Eclesiales de Base, “signo de vitalidad de la Iglesia, instrumento de formación y de evangelización, punto de partida válido para una nueva sociedad fundada sobre la civilización del amor”27. “Las Comunidades Eclesiales de Base son expresión del amor preferencial de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ellas se expresa, valora y purifica su religiosidad y se le da la posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar el mundo” (P 643).
También los jóvenes son sensibles a esta experiencia eclesial del continente: “queremos una América Latina con una Iglesia familia de Dios, comunidad de comunidades, participativa... gestora de liberación desde las comunidades eclesiales de base”28.


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