Civilizacion del amor tarea y esperanza


MEDIOS PARA PROMOVER LA ESPIRITUALIDAD JUVENIL



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4. MEDIOS PARA PROMOVER LA ESPIRITUALIDAD JUVENIL.
Jesucristo es el único mediador. Los medios que aquí se mencionan se entienden como instrumentos que conducen y acercan a esa mediación fundamental de la salvación (Heb 7,6-7; Heb 9,15-20)117. Como “medios” que son, ninguno de ellos puede ser absolutizado, pues sólo tienen sentido en la medida en que favorecen el encuentro con Jesús y su acción liberadora en la historia.
Estos medios para promover la espiritualidad juvenil no son extraordinarios. Todos ellos se están dando ya en el trabajo diario de la Pastoral Juvenil. Desde la realidad de los mismos jóvenes, el Espíritu de Dios contribuye a una vivencia de la espiritualidad que responda efectivamente a sus necesidades y aspiraciones.
4.1 La lectura y reflexión de la Palabra de Dios.
Es un medio privilegiado para el encuentro de los jóvenes con Jesús y con su anuncio del Reino de Dios (Lc 4,16-21). La espiritualidad del seguimiento de Jesús parte de la Palabra de Dios encarnada en él, de la que el Espíritu hace “memoria” y a la que enseña a conocer y entender como iluminación para la vida de hoy.
En el aprecio de la Palabra de Dios, en su lectura y meditación asidua, los jóvenes encontrarán la “experiencia de Jesús que salva, revela al Padre, y sigue siempre presente entre nosotros, por su Espíritu” y descubrirán que ella es “el alma de la evangelización” (P 372).
Será necesario promover cada vez más el conocimiento de la Sagrada Escritura, facilitar el acceso de los jóvenes a ella y brindarles los elementos necesarios para que puedan comprenderla mejor, leerla a partir de su realidad juvenil y aceptarla como mensaje que orienta y cuestiona sus vidas y sus opciones.
4.2 La vida comunitaria.
“Dios quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente”118.
Jesús anunció el Evangelio y enseñó a vivirlo formando grupos y creando comunidad. Ser Iglesia es formar parte de la comunidad de los seguidores de Jesús. Los primeros cristianos lo entendieron así y formaron muy pronto las primeras comunidades fundadas sobre la enseñanza de los Apóstoles, la convivencia fraterna, la eucaristía y la oración y la práctica de compartir los bienes (Hech 2,42ss).
La mediación comunitaria es fundamental para una fe que se recibe por el anuncio y el testimonio de otros. La comunidad es un espacio adecuado para que los jóvenes puedan hacer y rehacer sus vidas (Act 2,42-47) y un horizonte desde donde abrirse para ser luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5,13-16), acoger la acción del Espíritu en la historia y trabajar junto con otros en la construcción de una sociedad más justa y solidaria para todos.
4.3 La oración personal y comunitaria.
Jesús, entregado enteramente a la misión de realizar el proyecto del Padre, vivió en permanente oración, hablando con él en un clima de confianza filial y de intimidad incomparable y enseñó a sus discípulos a entrar en la misma dinámica de encuentro personal y comunitario (Mt 6,9-13).
Siguiendo a Jesús y animados por el Espíritu, los jóvenes encuentran también en la oración una expresión concreta de encuentro y diálogo con Dios padre y amigo, una motivación para su vida y su trabajo diario, un tiempo para la alabanza y la acción de gracias, una fuerza renovadora para su fe y su esperanza, una fuente de alegría y de gozo pascual y un impulso para continuar entregándose y viviendo en comunidad fraterna con los demás.
Como la de Jesús, la oración de los jóvenes, presenta al Padre las alegrías y las esperanzas, las angustias y tristezas propias y las de su pueblo, recogidas en el esfuerzo por vivir el seguimiento de Jesús y por anunciar su Evangelio en todo lugar y a toda creatura (Mt 9,35-39; Mc 6,34-44; Jn 17).
El encuentro y la relación frecuente con el Señor posibilita el discernimiento (Ef 5,9-11) y el reconocimiento de la acción del Espíritu en el mundo y en la Iglesia. Este discernimiento abre a los jóvenes a lo nuevo, les ayuda a descubrir lo que el Espíritu o el pecado están obrando en el mundo, promueve cuestionamientos personales, lleva a encontrar a Dios presente en sus vidas cotidianas y a acoger su Espíritu que hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5).
Habrá que buscar formas renovadas de oración que permitan realmente a los jóvenes encontrar a Dios y experimentar su amor y su misericordia (Lc 15), integrar todos los momentos de su vida personal y fortelecer su compromiso por la transformación de la realidad.
4.4 Los testimonios de santidad.
Los jóvenes de hoy están cansados de palabras y exigen testimonios vivos del Evangelio y del seguimiento de Jesús. Es posible encontrar muchos de esos testimonios en el caminar de la Iglesia por la historia. Pero es necesario estar abiertos a nuevos testimonios de santidad y a la existencia de personas cercanas a los jóvenes que digan algo de Jesucristo hoy para sus vidas: jóvenes mártires, asesores, hombres y mujeres de los pueblos latinoamericanos que han entregado sus vidas al servicio de la construcción del Reino, en la promoción y defensa de los derechos humanos, en la lucha contra la injusticia, en la vida compartida con los más pobres y marginados, en la defensa de la paz...
De esa manera, los jóvenes comprenden mejor que es posible vivir el Evangelio y el seguimiento de Jesús y descubren que también ellos, con toda la comunidad, están llamados a la santidad. Consideran a los santos no como ídolos ni magos, sino como hombres y mujeres muy concretos y cercanos, que se han dejado habitar y transformar por el Espíritu, que han hecho una opción radical por el Reino y que los invitan a un compromiso para ser mejores, servir a los demás y vivir con plenitud la fe, la esperanza y el amor.
4.5 La religiosidad popular.
La diversidad cultural de América Latina se expresa visiblemente en una religiosidad popular autóctona que es, muchas veces, la primera experiencia de fe que viven los jóvenes. Sus signos y símbolos están muy presentes en su espiritualidad.
“La religiosidad popular, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa por la que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo” (P 450). Hay que “comprender cada vez mejor y acompañar con actitudes pastorales, las maneras de sentir y vivir, comprender y expresar el misterio de Dios y de Cristo por parte de nuestros pueblos, para que, purificados de sus posibles limitaciones y desviaciones, lleguen a encontrar su lugar propio en nuestras Iglesias locales y en su acción pastoral” (SD 36).
Es común la participación de jóvenes, junto con sus comunidades, en fiestas patronales, peregrinaciones y otras expresiones de religiosidad popular. Se identifican con éstas porque les hablan un lenguaje que ellos entienden y en el que se sienten expresados.
Como el pueblo sencillo, que vive su fe a partir de una experiencia de Dios encarnada en su realidad, en su manera propia de ver la vida y en el carácter festivo que ésta conlleva, también la Pastoral Juvenil está desafiada a saber reconocer y recuperar los valores presentes en estas formas de manifestación de la fe y a proponer caminos para que los jóvenes puedan expresarse a través de ellas y lograr así el encuentro con Dios.
4.6 El acompañamiento personal.
Como para todos los aspectos del proceso de educación en la fe que viven los jóvenes, también la formación en la espiritualidad exige un acompañamiento personal que debe estar atento a los signos que van percibiendo en sus vidas. De modo especial, debe estar atento a los cuestionamientos que viven en el seguimiento de Jesús, en la experiencia de Iglesia, en la vivencia de su sexualidad, en la toma de decisiones para su inserción social y su opción vocacional. Un acompañamiento adecuado los ayudará a madurar en su proyecto de vida y a alcanzar su realización personal y su maduración cristiana.
4.7 El compromiso por la transformación de la realidad.
El compromiso social y la participación en organizaciones de promoción humana son también un espacio privilegiado para desarrollar y promover la espiritualidad laical. Los jóvenes han descubierto la acción en la sociedad como una fuente de apostolado que le brinda nuevas esperanzas de justicia social y les permite formas concretas de vivir la solidaridad con los más pobres y marginados.
El trabajo, el estudio, la vida política, las relaciones interpersonales, la relación hombre-mujer, las ciencias, las artes, la familia y lo cotidiano de la vida de los jóvenes -no solamente las prácticas que comúnmente se han reconocido como “espirituales” y “eclesiales”- están llamados a ser expresión histórica de la salvación de Dios. En Puebla, los obispos dijeron a los jóvenes que no debían huir “de las realidades temporales para buscar a Dios, sino perseverar, presentes y activos, en medio de ellas y allí encontrar al Señor” (P 977)119.
La situación actual del continente exige la búsqueda de alternativas para alcanzar una verdadera promoción humana y una nueva cultura de comunión y participación para lo que se requieren jóvenes “nuevos” con una espiritualidad nueva.
4.8 Las celebraciones litúrgicas y los sacramentos.
La liturgia “es la cumbre a que tiende la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”120. En ella se expresa y realiza la vida según el Espíritu y se manifiesta la presencia viva de Jesús en la historia, asumiendo y transformando la vida de las personas y las realidades del mundo. La celebración de los sacramentos, y particularmente la celebración de la eucaristía (M 9,3), son signos eficaces de esa acción liberadora de Dios.
En la medida en que van madurando en su proceso de educación en la fe, los jóvenes descubren que los acontecimientos más significativos de su vida adquieren su plenitud de sentido cuando son celebrados festivamente en la comunidad cristiana, como manifestación del Reino de Dios que se va haciendo presente en sus vidas y en la historia.
El encuentro y la relación con Jesús vivo y presente se vive de manera particular en la celebración de los sacramentos. La integración a la comunidad de los seguidores de Jesús y el compromiso de ser sus testigos y vivir según el Espíritu se celebran con alegría y entusiasmo en el Bautismo y la Confirmación. La acción de gracias, la fraternidad y la entrega gratuita al servicio de los hermanos, la experiencia de compartir los bienes y la vida, la entrega de todo lo que los jóvenes son y tienen, la memoria de la Nueva Alianza y de la Pascua de Jesús se celebran en la Eucaristía. El encuentro personal con el Dios misericordioso que perdona y renueva en la fidelidad del seguimiento de Jesús se celebra en la Reconciliación. El amor conyugal y la vida familiar, en el sacramento del Matrimonio; la consagración al servicio de la comunidad en el sacramento del Orden y la participación en el sufrimiento redentor de Jesús a través de la enfermedad y de los sufrimientos asumidos con serenidad y con esperanza son celebrados en la Unción de los Enfermos.
“La celebración de la fe en la liturgia, cumbre de la vida de la Iglesia, ha de realizarse con gozo y en forma que permita una participación más viva, activa y comprometida en la realidad de nuestros pueblos” (SD 294), adoptando “las formas, signos y acciones propias de las culturas” (SD 53) latinoamericanas.
5. CELEBRAR LA VIDA Y CELEBRAR LA FE.
El mandato de Santo Domingo de impulsar una Pastoral Juvenil que promueva una acción pastoral “que asuma las nuevas formas celebrativas de la fe propias de la cultura de los jóvenes y fomente la creatividad y la pedagogía de los signos” (SD 117) ha generado una vivificante toma de conciencia sobre la importancia de la celebración y de la forma concreta de prepararlas y realizarlas.
5.1 La fiesta, tiempo para celebrar la vida.
La vida transcurre muchas veces en medio de acontecimientos rutinarios que ocupan casi mecánicamente las horas y los días. Pero es también la oportunidad para que se den otros acontecimientos, buscados expresamente o simplemente inesperados, capaces de romper esa rutina y hacer que se les dedique un tiempo especial para “celebrar”. La diferencia entre unos y otros no está tanto en la actividad o en lo que se realiza, sino en la forma y en el sentido con el que se viven. Son esencialmente significativos no porque sean distintos a los de todos los días, sino porque se los vive de una manera diferente.
Esta realidad tan cotidiana ayuda a descubrir el valor de saber detenerse para generar un tiempo distinto al de la rutina diaria, un tiempo para gozar más intensamente de la vida y sus situaciones, realidad que si bien se puede experimentar en las actividades de cada dia, se hace más palpable en esos momentos especiales.
Celebrar es una dimensión propia de la vida de las personas humanas y uno de los momentos en que más se pueden expresar como tales. Las formas de hacerlo varían mucho de acuerdo a los ambientes y las culturas, pero hay una que tiene un sentido muy especial particularmente en el mundo juvenil: la fiesta.
La fiesta es un tiempo que se dedica para celebrar un acontecimiento. Llega tanto a la vida de los jóvenes porque les permite romper la rutina, experimentar la profundidad de la vida, sentirla como regalo y descubrir que vale la pena ser vivida; les da posibilidad para manifestarse como son en un clima de libertad y espontaneidad; les ayuda a superar la soledad, porque es imposible hacer fiesta solo, pues la alegría exige ser compartida siempre con otros; les da libertad para “perder el tiempo”, porque en la fiesta parece que simplemente no pasa o pasa de un modo muy agradable y placentero.
La fiesta es un tiempo para la personalización, para ser más en profundidad, para recrear y recrearse, para la creatividad, para el encuentro, la comunicación y el diálogo. En una sociedad donde el diario vivir se nutre de acciones muchas veces interesadas, la fiesta es un tiempo para la gratuidad; en una realidad de injusticia y dependencia, la fiesta es participación en el dinamismo de la liberación y la utopía; en un mundo materialista e individualista, la fiesta permite expresar la propia fe, vivirla en comunidad y abrirse al sentido pleno de lo trascendente.
Entendida de esta manera, la fiesta es una realidad profundamente humana que eleva y dignifica, impide quedarse en la dimensión meramente horizontal de la existencia, lleva a Dios y permite celebrar la vida.
Celebrar es, pues, disponer de un tiempo y de un espacio para que, a través de gestos, signos, palabras y actitudes, un acontecimiento se haga realmente vital. El cumpleaños, la finalización de los estudios, el reencuentro con un ser querido y mil otras celebraciones más van alegrando y enriqueciendo el diario vivir. Como en la vida de las personas, hay también momentos significativos en las familias, los grupos juveniles, las comunidades, la historia de los pueblos, etc.
5.2 La liturgia, tiempo para celebrar la fe en Jesucristo.
Lo dicho antes, vale también para la celebración de la fe. Como es necesario encontrarse con un amigo o celebrar determinados momentos de la vida, del mismo modo es necesario encontrarse con Dios y con la vida nueva que él ofrece, para renovarse, entusiasmarse y animarse.
Celebrar la fe es tener ese tiempo para el encuentro con el Señor de la vida y de la historia. Para hacer realidad el seguimiento de Jesús, no alcanza con “saber” mucho de él y de su Evangelio, es necesario “experimentar” su presencia y entrar en relación con su persona viva. La celebración es el tiempo privilegiado en que el Señor se hace presente para acompañar el caminar de los hombres por la historia. Ese tiempo privilegiado es momento de fiesta, porque es celebrar la salvación, la liberación y la presencia de Jesús resucitado en medio de su pueblo.
Las celebraciones litúrgicas y los sacramentos son los momentos fuertes de la celebración cristiana. Pero es importante valorizar también otras formas de celebrar la fe, a través de las cuales los jóvenes pueden también vivir y expresar el seguimiento de Jesús y la vida según el Espíritu.
5.3 El domingo, tiempo para celebrar el Día del Señor.
Celebrar el día del Señor junto con su comunidad es un momento muy importante para la espiritualidad de los jóvenes.
Es cierto que el domingo como día de descanso semanal, como oportunidad para pasar sin prisas ni preocupaciones, como día de familia y de “recogimiento”, como tiempo para desarrollar la cultura del encuentro y de la solidaridad y para dedicarse más especialmente a Dios, parece ser cosa del pasado. Quizá por eso mismo ha perdido su dimensión festiva y cristiana. Pero es preciso recuperarlo como día diferente, como ámbito para el encuentro semanal de los cristianos, como ocasión para celebrar la fiesta y llenar de sentido el vacío que produce el ritmo enloquecedor de la vida moderna y su tendencia a igualar y pasar de la misma forma todos sus momentos.
Como sacramento semanal, el domingo cristiano reúne la centralidad de Jesucristo y de su Pascua, la experiencia comunitaria de la Iglesia, la escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, elementos fundamentales para el crecimiento y maduración de toda vida cristiana.
Es la oportunidad para celebrar cada ocho días la presencia salvadora del Señor Resucitado que comunica su vida y llama a su seguimiento. Jóvenes y mayores, por encima de lazos de amistad o de cultura, son invitados a participar juntos en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía y a encontrar allí la fuente del dinamismo para su vida personal y para su compromiso eclesial. Experimentar la presencia del Señor Resucitado en medio de su pueblo obrando sus maravillas, hace del domingo un día de fiesta, de liberación y de alegría.
El domingo ofrece también posibilidades para el descanso, para una mayor cercanía y disfrute de la naturaleza, para una mayor dedicación a la vida de familia y a la amistad, para cultivar valores como el deporte, la cultura, el paseo, la convivencia o la música y hasta para entregar un poco más de tiempo a los ancianos, a los enfermos y a los necesitados. Viviéndolo de esta manera, se vuelve a reafirmar la prioridad de la persona humana sobre el trabajo y se recupera el valor de lo gratuito en una cultura donde la eficacia y el afán de producir tienden a imponerse como los criterios máximos.
Por todo esto, el domingo puede ser un fecundo instrumento evangelizador. Cincuenta y dos veces al año, la presencia del Señor Resucitado en la comunidad invita a renovar la fe y el seguimiento, motiva a vivir en clima de alegría, libertad interior y dinamismo pascual y rompe la rutina que desgasta, desmotiva y hace perder el sentido de la vida y de la historia. La sabia pedagogía de los tiempos litúrgicos de la Iglesia permite ir reviviendo semana a semana, los momentos claves de la historia de la salvación y ofrecer a todos los cristianos un motivo para su constante renovación.
La celebración comunitaria de la Eucaristía no quita validez a las llamadas “misas juveniles”, tan extendidas en muchas comunidades. Su realización concreta más el “día del Señor” para los jóvenes, hace posible celebrar la particularidad de la vida juvenil con su lenguaje y sus expresiones propias, permite referir más la palabra y la presencia viva de Jesús a sus situaciones y procesos personales y grupales y ayuda a recuperar la característica marcadamente juvenil de algunas celebraciones del ciclo litúrgico anual. Será importante establecer un sano equilibrio entre el respeto y la valoración de la realidad propia de los jóvenes y su necesaria integración a la comunidad más amplia, donde tienen también su lugar, pueden realizar su aporte dinamizador y estar abiertos a recibir del testimonio de los demás.
5.4 Las nuevas formas celebrativas de la fe.
La realidad trascendente de Dios impide que el hombre pueda entrar en relación directa e inmediata con él y exige que para expresarse y comunicarse deba recurrir necesariamente a formas sensibles. En toda manifestación religiosa, Dios se hace presente en la comunidad y la comunidad entra en relación con él a través de expresiones y gestos. Como lo hizo el mismo Jesús, para hablar de Dios y para anunciar el Evangelio, hay que utilizar el lenguaje simbólico.
El símbolo llega más integralmente a toda la persona, más que hacer pensar, hace vivir; es un lenguaje de sugerencias y sentidos más plenos, de ritmos y sonoridades, de relatos e imágenes que mueve al cambio de actitudes y a nuevas formas de comportamiento.
Los jóvenes no gustan del verbalismo ni de la abundancia de las palabras; quieren expresar su fe como expresiones sensibles más cercanas a sus vidas. Es cierto que la forma habitual de comunicar y expresar lo que sucede en el interior de cada uno son las palabras y los signos, y que ambos se complementan mutuamente, ya que la palabra explicita el contenido del signo y el signo da fuerza y credibilidad a lo que expresa la palabra. Pero los jóvenes de hoy son mucho más sensibles a lo simbólico, a un lenguaje que incluya la expresión corporal, las sensaciones y los sentimientos, donde haya un lugar muy particular para la naturaleza, la espontaneidad, lo visual, la música, el silencio, etc.
Desarrollando estas nuevas formas de expresión, será más fácil superar las dificultades del lenguaje esencialista, muchas veces filosófico y ahistórico de buena parte de las celebraciones y ritos de la Iglesia. Obviamente, el uso litúrgico de los símbolos deberá ser educado para que promueva realmente la experiencia de comunicación y comunión que se propone y evite cualquier riesgo de horizontalismo, superficialidad, emotividad exagerada o abundancia indiscriminada.
A partir de la diversidad cultural de América Latina, se podrán encontrar aquellos gestos y símbolos que ayuden a que la celebración de la fe sea más histórica, vivencial y juvenil y posibiliten más efectivamente un real encuentro con Dios.
Sin olvidar el lugar central de la Eucaristía y los demás sacramentos en la vida cristiana, será bueno promover también otras formas de celebrar la fe, más creativas y menos estructuradas, que asumiendo las características de la cultura juvenil actual, eduquen esta dimensión tan particular de la vida de fe de los jóvenes.
5.4.1 Las vigilias.
En los últimos años, los grupos juveniles han venido revalorizando la antigua costumbre eclesial de realizar vigilias para preparar las celebraciones más importantes de la fe y de la historia de la salvación. La vigilia pascual -extendida en muchos casos a procesos más amplios de “pascuas juveniles”-, las vigilias de Navidad y de Pentecostés, las vigilias de oración en preparación de la celebración de algunos sacramentos, constituyen hoy momentos importantes de la vida de los jóvenes y de las comunidades juveniles.
La ambientación, los cantos y la música, la variedad de gestos y signos, una más esmerada preparación de todo lo que se realiza, el clima festivo, la alegría del encuentro y la experiencia comunitaria de la fe, unidos muchas veces a los ambientes naturales y a su realización en horas del atardecer o de la noche, favorecen una vivencia más plena, profunda y significativa del acontecimiento litúrgico que se quiere celebrar. Los jóvenes están más abiertos y disponibles a escuchar el mensaje de la palabra de Dios, a celebrar la reconciliación y a participar activamente en la eucaristía, lo que marca fuertemente sus vidas y los anima a continuar haciéndolo de la misma manera en el tiempo ordinario.
Su eficacia pastoral se debe también al hecho de tomar en cuenta y asumir elementos muy propios de la cultura juvenil como el estar juntos, la expectativa frente a lo que vendrá, la acogida de personas o acontecimientos importantes para la vida y el deseo de estar acompañados en los momentos trascendentes de la vida, entre otros.
Esta forma de realizar las vigilias permite redescubrir el valor y el sentido de acontecimientos que perderían buena parte de su significado si se redujeran al rutinario ritmo de las celebraciones ordinarias y, al mismo tiempo, educa a los jóvenes a ir construyendo su vida cristiana sobre momentos fuertes de encuentro con Dios distribuídos a lo largo del año. En algunos casos, las vigilias pueden ser utilizadas como instancias de nucleación, pero normalmente se entienden mejor como parte del proceso grupal en el que deben estar necesariamente integradas. En ambos casos, se deberá evitar que sean solamente momentos de impacto emocional, aislados y desvinculados de la dinámica comunitaria.
5.4.2 Las peregrinaciones.
Antes del “quédate con nosotros que está atardeciendo y el día ya termina” (Lc 24,29), Jesús y los discípulos caminaron juntos y conversaron sobre los acontecimientos que estaban viviendo hasta que descubrieron su interpretación más profunda y su sentido más pleno.
El camino es símbolo universal de la existencia humana y evoca especialmente a la juventud como dinamismo lleno de vida y como tiempo de paso hacia la madurez. Tiempo para mirar el pasado y aprender de las debilidades, contradicciones y grandezas; tiempo para descubrir el presente como don y oportunidad únicos e irrepetibles y tiempo para vislumbrar el final feliz y renovar la esperanza de alcanzar las metas propuestas.
El estilo del peregrino sintoniza con la sensibilidad juvenil. Peregrinar es ponerse en camino junto con otros para descubrir lo nuevo, es disfrutar de la solidaridad en la austeridad y el sacrificio, es luchar y darlo todo por alcanzar la meta que renueva y resignifica la propia vida y la propia historia. El éxodo que supone todo proceso de educación en la fe se vincula muy bien con esta experiencia de hacer camino que tiene el peregrinar. El camino desinstala, pone en actitud de búsqueda, rompe la cómoda tranquilidad de lo ya adquirido y proyecta hacia adelante para conseguir metas nuevas.
La vida humana es peregrinación: hay puntos de partida y de llegada, trayectos definidos y nuevas posibilidades para investigar, motivaciones y purificaciones, dolor por las dificultades y alegría por las metas conseguidas. El camino de los peregrinos, como el éxodo, hace salir de la rutina, de los esquemas de siempre y de los pequeños mundos que impiden encontrarse y ser solidarios; hace ponerse en camino para mirar con ojos renovados las realidades de cada día; da oportunidad para madurar sintiendo la insatisfacción de no buscar, curando las heridas producidas por el pecado, relativizando ídolos y falsos dioses, superando las tentaciones de querer volver siempre a puntos de partida cómodos, de instalarse a mitad de camino, de viajar y no peregrinar. Hace tomar conciencia de que estar en camino es comprometerse. La vuelta a casa y las actitudes consiguientes serán la clave para entender si se han conseguido o nó los objetivos propuestos en la peregrinación.
Los jóvenes de hoy adhieren con entusiasmo a las propuestas de ponerse en camino y peregrinar. La multitud de signos disponibles -el camino, el ascenso, el descenso, ir adelante, detenerse, mirar atrás, etc.- ofrecen un lenguaje muy concreto y vital que llega fácilmente a sus vidas. En América Latina, este peregrinar adquiere dimensiones nuevas porque evoca y hace presente no sólo la vida de los jóvenes sino también la lucha diaria del pueblo pobre que, animado por la presencia del Dios de la Vida, camina hacia la tierra prometida y la liberación.
5.4.3 Los encuentros juveniles.
Cada día más, los jóvenes buscan encontrarse, estar juntos y compartir con otros sus sentimientos y actividades. Son frecuentes las grandes concentraciones juveniles convocadas por eventos musicales, deportivos, turísticos o religiosos. Será muy importante acompañar estos eventos para que sean realmente educativos y promuevan la maduración humana y cristiana de los jóvenes.
Esto muestra que además de los grupos y movimientos juveniles organizados, existe un asociacionismo informal y espontáneo, practicado por muchos jóvenes, que se expresa especialmente cuando se encuentran en torno a propuestas para pasar el tiempo libre. El área del tiempo libre adquiere cada vez más fuerza como lugar de socialización y evangelización de los jóvenes.
Sus preferencias son salir de sus ambientes, relacionarse con los amigos, abrirse a la comunicación, conocer cosas, sitios y personas. Es una búsqueda de disfrutar de la vida y de la amistad espontáneamente, fuera de los ambientes habituales, libres de estructuras y con las mínimas exigencias de organización.
En este contexto, se pueden ubicar los encuentros juveniles que se promueven a todos los niveles como respuesta a esta necesidad de expresión colectiva que sienten los jóvenes. Los encuentros son atractivos porque ofrecen un ambiente festivo, alegre, cálido, con intensa vivencia afectiva y comunitaria, donde pueden superar su inseguridad, reafirmar su identidad, expresar sus inquietudes y esperanzas, descubrir el valor de sus metas y compromisos comunes y sentirse parte de una comunidad juvenil más amplia que los invita a trascender los límites de su realidad personal y grupal y a irse abriendo sucesivamente a la dimensión de lo parroquial, lo diocesano, lo nacional y lo latinoamericano.
Entre los encuentros juveniles, se destacan los Días Nacionales de la Juventud, los Congresos Continentales de Jóvenes y las Jornadas Mundiales de la Juventud que en sus respectivos niveles, convocan a los jóvenes en torno a temas de su interés, facilitan su sintonía como jóvenes cristianos y les sirven de estímulo para un compromiso y una inserción más consciente y activa en la vida eclesial y en la realidad social. Son momentos fuertes de evangelización, de comunión eclesial y de renovación en el seguimiento de Jesús y en el anuncio misionero de su Reino en el mundo juvenil.
Estos eventos, que exigen una preparación seria y un acompañamiento que asegure su continuidad, tienen también un fuerte contenido de mensaje y testimonio sobre el valor y el lugar de la juventud y su aporte a la Iglesia y a la sociedad.
5.4.4 Los retiros.
Jesús descubría la presencia de su Padre en las cosas de la naturaleza (Mt 6,26), en la vida y en las actitudes de la gente (Lc 18,9-17; Lc 21,1-4), en los pequeños logros de la misión de los apóstoles (Lc 10,21). A partir de esas mismas realidades, anunciaba la Buena Noticia, llamaba a la conversión e invitaba al seguimiento y al compromiso con el Reino.
Pero muchas veces, para preparar decisiones importantes (Lc 6,12; Mt 26,36ss) y para encontrarse más personalmente con su Padre (Mt 14,23) y con sus apóstoles (Lc 9,10) en vistas a profundizar y reafirmar el sentido de la misión, optaba por retirarse (Mc 1,35), por alejarse de la gente (Mt 4,35), por “subir al monte” (Mt 14,23) y pasar la noche en oración. Muy comúnmente “llamaba aparte” a los discípulos (Mt 20,17), los llevaba “a la otra orilla del lago” (Mc 4,35) o simplemente “les iba enseñando” en el camino (Mc 9,31).
Los seguidores de Jesús vieron siempre en estas actitudes una invitación a tomar una cierta distancia de la realidad de todos los días para vivir momentos de mayor plenitud de encuentro consigo mismo y con Dios y para reafirmar el compromiso de vivir según el Evangelio.
La misma experiencia se ha ido repitiendo de muy diversas maneras a lo largo de la historia y ha llegado hasta hoy haciéndose presente en las comunidades y en el mundo juvenil a través de los “retiros”. Como momentos de encuentro juvenil, los retiros ofrecen también muchos de los valores señalados anteriormente, pero a la vez aportan elementos nuevos muy apreciados por los jóvenes de la cultura actual: el silencio, el apartarse momentáneamente de la vida cotidiana, la paz y la belleza de la naturaleza, el deseo de cambiar y ser mejor, la tranquilidad y el tiempo disponible para pensar, para revisar la vida, para encontrarse con uno mismo, para compartir con otros en profundidad, para rezar y estar con Dios.
Los retiros no pueden ser momentos de refugio ni de huída de la realidad. Será muy importante cuidar que no se transmita la idea de que para encontrarse con Dios es necesario salir de la vida diaria, apartarse del mundo y crear un ambiente especial, muchas veces muy acogedor, pero muchas veces también muy artificial. Los retiros deberán estar en continuidad con las orientaciones teológicas, pedagógicas, metodológicas y de espiritualidad que animan el proceso de educación en la fe que los jóvenes viven normalmente en los grupos. Por eso, partirán de la vida y de la experiencia grupal y se preocuparán por volver a ella, ya que los retiros no encuentran su finalidad en sí mismos sino en estar al servicio de una mayor profundización y vivencia del seguimiento de Jesús y de un más radical compromiso con el mundo y con la historia.




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