Ciencia y vida ciencia, humanismos y posthumanismos


Macroparadigmas históricos



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Macroparadigmas históricos

Con el tiempo se fueron desarrollando diversos paradigmas42 del pensamiento en torno a la persona humana, su dignidad y la verdad. Esta conceptualización dependió principalmente de diversos enfoques o modelos particulares desde donde se establecen referentes y horizontes de reflexión en grandes momentos de la historia, la Antigüedad, la Modernidad y la Postmodernidad. Por ello, destacaré tres paradigmas que se constituyeron en la historia de los conceptos43, se cita un extracto de un trabajo previo:



  1. Paradigma teocéntrico, el que rigió el Hemisferio Occidental hasta la Ilustración (aún vigente desde la perspectiva teológica y de las creencias religiosas). Desde este paradigma, la dignidad parte de la necesidad entrañable y vinculante con Dios, como un ser semejante a Él (Imago Dei, Gén 1,26; CIC 1699-1715), como ser-socio del Trascendente y cuidador del Edén, lo que le atribuye al término, la singularidad y la potestad innata como seres predilectos, una dignidad consecuencia de su “semejanza”, fruto del hálito infundido en la esencia creada por la gran divinidad y Creador (Gén 2,7; CIC 355-357)44.

La dignidad del hombre es dada por su origen y proximidad con Dios y sus designios, una razón teleológica y ontológica que requería de una axiología45. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19,1)- Este paradigma rige toda cultura que vincula Creencia-Estado, independiente de cual fuese la religión que se profese o el tipo de gobierno que se ejerza.

  1. Paradigma antropocéntrico, el que se desarrolló con la modernidad, con miras a reivindicar al ser humano desde otra perspectiva y como responsable de la búsqueda de la verdad. Éste, surge de la interpretación relativista de la modernidad, cual Torre de Babel (Gén 11) y donde se busca comprender el origen y el proceso de hominización desde diversos referentes racionales, seculares, mundanos y nóveles. Lo que ha conllevado a que hoy se hable de “postmodernidad” e incluso, una “post-postmodernidad”. Semejante a la visión anterior, se comprende la dignidad humana a partir de su naturaleza, de su conciencia y espíritu, lo que le otorga supremacía sobre los demás seres y el resto de la Naturaleza. El antropocentrismo insiste en la singularidad de la especie humana en relación con los demás animales. El concepto de dignidad humana se funda en unos rasgos físicos, psicológicos y sociales que presupuestamente definen al ser humano como ser superior y excelente. Su dignidad estriba por ser una criatura cuyos dotes le permiten manifestar su esencia divina (época pre-moderna) o afirmar su libertad y autonomía, desmarcándose del reino animal (época moderna)46. Con el transcurso del tiempo, este término teológico y filosófico, se socializa y juridifica, sobre todo a partir del siglo XVII, lo que le atribuye al hombre, más autoridad o poder sobre el mundo. La naturaleza humana llevaría razones suficientes para otorgar un valor supremo al individuo; un valor tan supremo que se lo considera como el prius del orden jurídico del Estado de Derecho (Peces-Barba, 1997: 12), al atribuírsele un valor intrínseco es decir ontológico, único e insustituible. Una de las formulaciones como imperativo ético categórico kantiano postula que las cosas de la naturaleza física pueden ser utilizadas como un medio, pero que «únicamente el hombre, y con él toda criatura racional, es fin en sí mismo», pues la persona es «el sujeto de la ley moral», de tal forma que en el orden de los fines el hombre «es fin en sí mismo, es decir, no puede nunca ser utilizado sólo como medio». Así, el ser humano en cuanto sujeto moral poseedor de conciencia es responsable de sus acciones para consigo, los demás y su entorno. Un ser dotado de voluntad e inteligencia para actuar y alcanzar su perfeccionamiento. En la doctrina de Tomás de Aquino, se coloca a la persona como centro del universo y como lugar de los valores morales, puede ser la concreción del significado que encierra la comprensión del hombre como ser personal al ser utilizada como categoría moral para asumir la dimensión ética de la persona. Jurídicamente, el individuo racional, la institución o grupo de individuos (según se trate de una persona física o de una persona moral) es sujeto responsable y autónomo, capaz de derechos y deberes.

Retomando el paradigma antropocéntrico, uno puede cuestionarse: ¿Hay que degradar el concepto de la dignidad o por el contrario hay que reforzarlo, corrigiendo sus malas interpretaciones y las supuestas potestades ejercidas, por ser injustas y abusivas en el ejercicio del poder y uso de los bienes naturales? Más aún, retomando el paradigma teocéntrico: ¿Acaso no es deber del hombre el cuidar de tu “hermano” (Gén 4, 9-11) y del “Edén” (Gén 1, 28-30; 2, 15) dado en comodato? Lo cierto es que la dignidad ha hecho reflexionar en el hombre en que su dignidad trasciende y fundamenta su ser como protoprincipio47 del cual emana: la libertad de poder actuar responsablemente según sus criterios; la justicia en la relación, participación y convivencia armónica; la equidad en el acceso a los bienes comunes y a la igualdad de derechos entre todos; la solidaridad fraterna en la construcción de una sociedad mejor; el derecho a la seguridad, la privacidad, intimidad y confidencialidad como parte integrante de la dignidad humana.

  1. Paradigma biocéntrico (policéntrico), es el que comienza a emplearse a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, como una forma de incorporar lo humano con lo social, lo tecnológico y la biósfera y ecósfera. El problema de los paradigmas policéntricos, si bien permite el análisis de la complejidad desde diversas perspectivas en forma simultánea, tienen que tenerse muy en cuenta los criterios o referentes a los cuales converger en su visión48. El hombre como una especie depredadora de la Naturaleza, se constituye en una amenaza contra la ecología y en planeta en general.Este paradigma es un reto al estudio interdisciplinario y transdisciplinario de la dignidad en el ser humano en torno a su vida, la ciencia y la Naturaleza.

En materia de dignidad, hasta el momento, los dos primeros paradigmas tienen preferencia en los diferentes ordenamientos jurídicos del planeta. Sin embargo, en los estudios bioetipolíticos, el paradigma biocéntrico está siendo aplicado cada vez con mayor intensidad, para el estudio de consecuencias y secuelas de ciertas concepciones, como posibilidad multivariable de análisis, metas y compromisos. A diferencia de los otros rasgos que definirían a los seres humanos, la vulnerabilidad suscitaría un sentimiento en el fuero interior de cada uno una sensación de precariedad de la existencia humana. Ignatieff abunda en este sentido en su trabajo: Las necesidades de los extraños, cuando defendió el interés de fomentar un discurso sobre las necesidades del individuo con el fin de «expresar nuestra condición trágica, nuestra debilidad y la dependencia recíproca que dicha debilidad nos impone» (1986:10). Obviamente, no se trata de fundamentar una idea de la dignidad en la naturaleza precaria del hombre, sino de entender cómo y cuando surge el discurso de la dignidad en los campos filosóficos y jurídicos. Es precisamente cuando un individuo, un colectivo e incluso la especie humana están en una situación vulnerable que el argumento “dignidad” aparece para remediar esta situación. El argumento “dignidad” revelaría una aversión del individuo hacia su propia vulnerabilidad y la de los demás.


Certeza y opinión

La verdad no es cualquier cosa que se dice o que se crea, hace falta que haya certeza49 o aceptar con ciertos criterios una opinión50, por tanto, tiene que haber conocimiento, conciencia y diálogo. De esta disertación, nació a principios del siglo XX “el Círculo de Viena” y del cómo se conceptualizó La visión científica del mundo (1929), la fragmentación de lo que se conocía como ciencias puras y las ciencias humanísticas. Este movimiento filosófico internacional fue el principal promotor del positivismo lógico51. Así mismo, del logicismo de Russell y las ideas del Tractatus de Wittgenstein sobre la demarcación entre ciencia y filosofía. Estos autores influyeron en las ideas filosóficas de la época, cuyos rasgos fundamentales fueron la defensa de una visión científica del mundo a través de una ciencia unificada, y el empleo del análisis lógico en la línea de Frege, Whitehead y Russell, aplicado a una orientación científica de la misma filosofía, junto con la impugnación de la posibilidad de la metafísica52. Así la ciencia era sólo lo que cumpliera como plantea Mario Bunge (en sentido amplio) lo que se emplea para referirse al conocimiento en cualquier campo, pero que suele aplicarse sobre todo a la organización del proceso experimental verificable; o como diría Trefil James «La ciencia puede caracterizarse como conocimiento racional, exacto y verificable». Era como una condición de honor esta segregación, lo que llegó a ser un sueño obsesivo de la ciencia moderna, cuya ilusión era el control, la previsibilidad y la predictibilidad. A partir de ese momento, unos eran hombres de ciencia o eran humanistas.



Figura nº 2: Lo que creemos que estamos haciendo al hacer ciencia53.



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