Che Guevara, psicología latinoamericana y teoría de la praxis



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El reto era demostrar que el socialismo, y en particular la Revolución Cubana, podían superar con creces al capitalismo. La riqueza que el capitalismo concentra en unas cuantas manos por fin podría ser distribuida entre los trabajadores que la generan. La Unión Soviética en esa época competía en potencia económica, militar y política con los Estados Unidos, líder de los países capitalistas, gracias a los grandes esfuerzos industriales que se hicieron durante el gobierno de Stalin. Ambos países se habían aliado para vencer al eje fascista (Alemania-Italia-Japón) durante la Segunda Guerra Mundial concluida apenas 14 años antes del triunfo revolucionario en Cuba. La URSS era entonces el símbolo de la posibilidad de ese otro mundo alternativo al capitalismo, de una sociedad superior. A pesar de las diferencias políticas con la URSS, China había tenido su revolución comunista 10 años antes de la cubana y era otro enorme símbolo de transformación político-económica del mundo. Cuba era un paso más en esa vorágine socialista-comunista que caracterizó el Siglo XX al menos hasta el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua ocurrida en 1979. Muchos de los intelectuales y artistas más destacados se dijeron comunistas, socialistas o tenían expresiones afines con los conceptos marxistas.
Con la Revolución, Cuba se estaba deshaciendo del dominio estadounidense y naturalmente buscó el apoyo necesario en la URSS y en China, sobre todo después de la invasión de Playa Girón en abril de 1961 que el pueblo cubano en armas logró vencer en menos de 65 horas. Vino entonces la crisis de los misiles que la Unión Soviética acordó colocar en Cuba, muy cerca de territorio estadounidense. Sin acuerdo con el gobierno cubano (Cambranes, 2004), Jruschov negoció con Kennedy la no instalación de esos misiles a cambio de que se desistiera de otros intentos de invasión militar a la isla.
Durante los cuatro años que fungió como Ministro de Industria (1961-1965), el Che estaba obsesionado con hacer crecer la productividad mediante la planeación, la organización, la capacitación y, especialmente, la tecnología. Quería generar tecnología cubana como un aspecto estratégico fundamental para rebasar los estándares productivos de los países capitalistas y así crear un nivel de vida de mucha mayor calidad en beneficio de todos:
“… el desarrollo grande solamente se podrá lograr cuando todo nuestro país esté en producción, y cuando para lograr fuerza de trabajo para una nueva fábrica, deba aumentarse la productividad de otras y extraer de allí los obreros necesarios para esa nueva fábrica, nunca, naturalmente, en base del desempleo de nadie, nunca para desmejorar a nadie, sino, todo lo contrario, para aumentar la producción, la capacidad adquisitiva de los obreros…” (Ariet, 2012; p. 10).
Se trataba de superar las ancestrales limitaciones en las capacidades organizativas para generar un enorme aparato productivo con una gran sistematicidad, como lo habían hecho en esencia los grandes países capitalistas y la misma Unión Soviética, pero en consonancia con la felicidad, la creación, la solidaridad, la cultura, la recreación, la formación sobre la marcha de ese nuevo ser humano que el Che pretendía. ¡Nada más!
Así, cuestionaba lo que llamó la “’mentalidad guerrillera’ que todavía no hemos perdido”, refiriéndose a esa tendencia solidaria inmediatista y desordenada:
“… la mentalidad del… administrador de una fábrica, jefe de una cooperativa…, incluso del Ejército, que va a resolver personalmente el problema… (de) que se ponchó un camión que traía cualquier cosa a diez kilómetros de la fábrica… y ha perdido dos o tres horas de trabajo de dirección en una tarea que no le corresponde” (Ariet, 2012, p. 13).
Desde su incorporación en México al Movimiento 26 de julio y en toda su trayectoria como guerrillero en la Sierra Maestra, el Che se obsesiona con la estrategia y la disciplina progresiva, con el trabajo en equipo, donde unos se encargan de una cosa y otros de otra para lograr un resultado satisfactorio. Para eso, la confianza en que el otro cumplirá su función es fundamental, tanto en una acción militar como también en el trabajo industrial.
En ese contexto, el gran enemigo del desarrollo industrial y económico cubano el Che lo vio en el ausentismo:
“… hay que referirse a una falta muy grave, que es directamente falta de nuestra conciencia, falla de nuestra conciencia revolucionaria, que todavía no está perfectamente educada… podemos calificar como el contrarrevolucionario más tenebroso, más sutil, al ausentismo. El ausentismo sí es un mal que nos come por dentro” (Ariet, 2012; p. 15).
La emulación, el estímulo moral y el trabajo voluntario
Para vencer el ausentismo, las limitaciones de conciencia y formar al hombre nuevo el Che consideraba que era necesario promover el sentimiento de generosidad e incluso la voluntad de sacrificio y abnegación. Ya la Unión Soviética había utilizado sistemáticamente el concepto de emulación para tratar de inducir la productividad. En el diccionario, “emular” significa “imitar las acciones de otro procurando igualarlo o superarlo”. Se trataba entonces de que aquellos trabajadores con mayor capacidad y con mayor compromiso revolucionario fueran un ejemplo a seguir y a superar por otros dentro de cada ámbito.
“… la emulación debemos hacerla, de tal manera, que interese a todos los obreros, y que sea un verdadero esfuerzo colectivo, una verdadera competencia colectiva, por demostrar un mejor espíritu revolucionario, de todos los trabajadores… el orgullo colectivo, el orgullo de todos los trabajadores, que deben saber… que hoy su centro de trabajo es… propiedad colectiva de todo el pueblo de Cuba” (Ariet, p. 23).
Hasta la fecha, en general, la psicología tradicional no tiene claro cómo puede inducirse en una persona ese sentimiento de orgullo colectivo, el amor a la Patria. Aun la psicología social, se ha ocupado más de entender las vivencias del individuo en el grupo o en la multitud, cómo ésta influye en él, que del sentimiento de pertenencia y de los procesos psicológicos que a un conjunto de personas les permiten actuar como una sola. El concepto de Dinámica grupal propuesto por Kurt Lewin en los años 30 del Siglo XX no ha sido estudiado suficientemente para entender los procesos comunitarios y menos aún los procesos psicológicos de una nación, como tal. Es cierto que a pesar de todo la Revolución Cubana se ha sostenido contra viento y marea, que los dirigentes, y el pueblo cubano como un todo, por inspiración y por la herencia de Martí y del Che, han logrado mantener la cohesión en torno a un proyecto de país independiente y solidario.
Sin embargo, un mayor conocimiento sobre los procesos psicológicos colectivos le hizo falta en su momento al Che y les sigue haciendo falta a los revolucionarios cubanos y a las organizaciones sociales y a los gobiernos que intentan un enfoque alternativo. Hasta ahora, las identidades colectivas se forman en torno a un líder carismático, un imán, que los atrae y los conduce dependiendo todos de su voluntad, su pensamiento y su sentir, apegándose dogmáticamente a su ideología. Si desaparece el líder, los participantes se desconciertan y no pueden continuar el proceso colectivo iniciado, con cierta facilidad incluso cambian de ideología al adherirse a otro personaje como a un nuevo Dios.
Después de haber dejado el Ministerio de Industria, en un texto de abril de 1965, el Che escribe:
“Nosotros tenemos una gran laguna en nuestro sistema, cómo integrar al hombre a su trabajo de tal manera que no sea necesario eso que nosotros llamamos el desestímulo material, cómo hacer que cada obrero sienta la necesidad vital de apoyar a su revolución y al mismo tiempo que el trabajo es un placer (…) Lo cierto es que hoy no existe una plena identificación al trabajo” (Guevara, 2012; p. 229).
Analiza posibles respuestas y alternativas para esa gran laguna y concluye diciendo:
“¿Por qué un cuadro de dirección puede cambiar todo? ¿Por qué hace trabajar técnicamente, es decir, administrativamente mejor a todo el conjunto de sus empleados, o por qué da participación a todos los empleados de manera que esos se sientan con una nueva técnica, con un nuevo entusiasmo de trabajo o por una conjunción de estas dos cosas? Nosotros no hemos hallado respuesta todavía y creo que hay que estudiar un poco más esto” (p. 230).
Es de observar que el Che mantiene en su lenguaje revolucionario la palabra “empleados” en que está oculta la disociación entre “empleado” y “empleador” que es la base de la enajenación. Las empresas cubanas revolucionarias tienen un director nombrado por el gobierno central, es decir, el director no es elegido por los trabajadores de la empresa. El director “debe cumplir y hacer cumplir las orientaciones generales del Ministerio”. Sobre los sindicatos, en 1961, escribe el Che:
“Los sindicatos tienen… dos funciones distintas, aunque se complementan en esta época revolucionaria.

“Una de ellas es captar la idea general de organización y de las metas del gobierno… y llevarla al seno de la masa trabajadora para que se haga carne en ella el espíritu de lo que se pretende hacer… La otra es aparentemente opuesta y complementaria, en realidad, de ésta, en la defensa de los intereses específicos e inmediatos de la clase trabajadora a nivel de empresa o fábrica. El establecimiento del sistema socialista no liquida las contradicciones sino que modifica la forma de solucionarlas” (Guevara, 2012; p. 171).
Es de entenderse que al mantenerse esa disociación entre trabajo y dirección del trabajo, el trabajador se enajena y relativamente deja de importarle lo que hace, manteniendo el interés principalmente en el salario. Si no se liquidan las contradicciones del sistema capitalista, aunque se realicen matices, sin duda, se vive en una sociedad capitalista. La formación de empresas no-capitalistas requiere un proceso de transformación cultural dirigido a que cada trabajador se identifique emocionalmente con la comunidad y en ésta con su empresa y consigo mismo como un solo proceso. ¿Por qué las empresas no se entregan a los trabajadores y que ellos elijan la mejor forma de su dirección? Porque se tiene desconfianza de que puedan disociarse del proceso revolucionario general, de que puedan abusar o ir hacia otro lado, de que se salgan del control político. ¿Por qué se piensa que los trabajadores pueden abusar si se les da el poder de decidir lo conveniente en su empresa, en su comunidad, en su país? Porque no se les ve suficientemente preparados técnicamente para ello y/o suficientemente comprometidos, enamorados, de su comunidad, de su nación y de la humanidad toda. Es esto lo que hay que lograr para crear el nuevo ser humano: la confianza en que si una persona o un colectivo son libres no pretenderán abusar de los otros, sino que –por el contrario-, como sin duda lo haría el Che Guevara y muchos cubanos, harán todo lo posible por servir y beneficiar a los demás antes que a sí mismos; estarán más dispuestos a buscar y a encontrar la concordia, el consenso.
El trabajo voluntario que el Che pedía a los trabajadores, y que él mismo practicaba como ejemplo, implicaba dedicar las horas o los días de descanso a realizar otros trabajos para la comunidad, sin afectar en lo mínimo a la productividad en su tiempo normal de trabajo. La paradoja sería la realización de un trabajo voluntario de manera obligatoria para acreditar ante los demás una identidad revolucionaria pero sin que surja espontáneamente o forme parte de una cultura popular como lo es en México el tequio en los pueblos originales. Los niños crecen sabiendo que forman parte de un pueblo (que algunos intelectuales llaman etnia) al que se deben y por el cual es necesario trabajar sin remuneración. Es algo parecido al trabajo que algunos niños y adolescentes dedican para beneficio de su familia como un todo y no de ellos en lo personal. Lo difícil es generar rápidamente y mantener una cultura de orgullo e identidad colectivos de suficiente intensidad para darle continuidad al trabajo voluntario, a la generosidad como rasgo de personalidad, al sentido de pertenencia, al amor a la comunidad y a la Patria, cuando la mayor parte de la vida se ha vivido sintiendo lo opuesto: rechazo a la colectividad, individualismo, ensimismamiento y falta de sentido patriótico.
Es frecuente que cuando surge un nuevo movimiento esperanzador o se logra un cambio revolucionario, muchas personas se emocionan y están dispuestas a realizar muchos esfuerzos para contribuir al proyecto. El reto es organizar toda esa energía en poco tiempo y, sobre todo, hacer que ese impulso no decaiga cuando pasa el momento más intenso.
¿Abnegación y sacrificio personal?
Muchos fueron testigos del heroísmo del Che al ofrecerse de inmediato como voluntario para participar en acciones arriesgadas con un determinado fin social. Cuando deja su cargo de Ministro de Industria y decide volver a su actividad guerrillera, antes de salir a una misión en el Congo se despide de Fidel, del pueblo Cubano, de sus hijos, de su esposa y de sus padres, teniendo muy claro que puede morir:
"Queridos viejos:

“Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo. “Hace de esto casi diez años, les escribí otra carta de despedida. Según recuerdo, me lamentaba de no ser mejor soldado y mejor médico; lo segundo ya no me interesa, soldado no soy tan malo.

“Nada ha cambiado en esencia, salvo que soy mucho más consciente, mi marxismo está enraizado y depurado. Creo en la lucha armada como única solución para los pueblos que luchan por liberarse y soy consecuente con mis creencias. Muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades.

“Puede ser que ésta sea la definitiva. No lo busco pero está dentro del cálculo lógico de probabilidades. Si es así, va un último abrazo.



“Los he querido mucho, sólo que no he sabido expresar mi cariño, soy extremadamente rígido en mis acciones y creo que a veces no me entendieron. No era fácil entenderme, por otra parte, créanme, solamente, hoy. Ahora, una voluntad que he pulido con delectación de artista, sostendrá unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados. Lo haré”.
Su comparación con Don Quijote muestra la conciencia que tiene de que no es indispensable que se enrole en esa misión arriesgada en el Congo, de la cual se decepcionó rápidamente porque los revolucionarios de ese país tenían poca consistencia ideológica, política y organizativa. Hace ver en el Che ese rasgo impetuoso y un tanto impulsivo, que contó con la anuencia y el apoyo de Fidel, para emprender esa misión sin suficiente información sobre las condiciones mínimas necesarias para el proyecto revolucionario que se pretendía.
Recuerda la anterior carta de despedida de sus padres cuando se decidió a participar en la expedición guerrillera que saldría de Tuxpan en el Granma. Llama la atención ahora que se refiera solamente a 2 de sus oficios: médico y soldado, declinando totalmente el primero para concentrarse en el segundo. Omite referirse a su labor como Ministro de Industria del gobierno revolucionario, quizá la considera como parte de ser soldado.
El 15 de agosto de 1964 dijo:
“Se nos señala, se nos condena en reuniones de ministerios de colonias. Pero el nombre de cuba se pasea en los labios de los revolucionarios del mundo entero, el nombre de Cuba trasciende ya nuestras fronteras… Y no solamente para expandirse como un ejemplo y como una esperanza para América, sino también en otras regiones del mundo que nuestro pueblo –sumido en la explotación, en la incultura- apenas si conocía” (Guevara, 2012; p. 145).
Después de realizar un discurso en la Asamblea de la ONU en diciembre de 1964, en representación de Cuba, y después recorrer algunos países africanos, a su regreso a Cuba, a principios de 1965 algo le convenció de que, con su vocación, sus conocimientos y su experiencia, podía realizar una aportación mucho más relevante al arriesgar su vida en una guerrilla incipiente en el Congo o en Bolivia que al continuar su labor como integrante del gobierno cubano para consolidar y potenciar este proyecto, y así servir de ejemplo para otros pueblos latinoamericanos y de todo el mundo. ¿Por qué ponerse un líder de esa capacidad y con ese simbolismo en el nivel de riesgo que implicaban las misiones en el Congo y en Bolivia? ¿Simplemente le pareció que había ya estabilidad en la Cuba de 1965, aislada económicamente por el bloqueo y políticamente por la OEA? El propio Che a fines de 1962, reunido con un grupo de guatemaltecos en La Habana, les “habló extensamente sobre lo relativamente fácil que había sido para ellos derrocar al Gobierno de Batista y tomar el poder, comparado con lo extremadamente difícil que era consolidar y llevar a cabo una revolución en un país que había sido la perla entre todas las semicolonias de los EE. UU. en América Latina” (Cambranes, 2004; p. 26).
El Che estaba dispuesto al sacrificio y había desarrollado una fuerza de voluntad enorme. Es conmovedor leer su diario en Bolivia, donde su ánimo se sobrepone una y otra vez a la espera inútil de contactos que eran esperados e indispensables para el proyecto revolucionario; al cansancio, al hambre y la sed; a la muerte de uno tras otro de grandes amigos que lo acompañaban, a la falta de consistencia de algunos, a la no respuesta esperada de los campesinos, al nulo crecimiento del grupo guerrillero, al asma que lo atosigaba y le hacía pasar “noches en blanco”. El Che seguía, siempre esperanzado: luchando militarmente, coordinando, dirigiendo, pensando, narrando, buscando.
Para el Che, el hombre nuevo -integrado con la comunidad, con la patria- tendría que ser un “luchador abnegado”, pues era necesario hacer “muchos sacrificios” y esfuerzos para llegar a un grado máximo de perfeccionamiento. Así, la madurez política significa el deseo y decisión de entregarse de lleno a una causa, estar dispuesto a cualquier clase de sacrificio y a cualquier clase de trabajo en bien de la colectividad. Así, “los hombres luchan y se sacrifican y no esperan otra cosa que el reconocimiento de sus compañeros”:
“… un trabajador de vanguardia, un miembro del Partido dirigente de la Revolución, siente todos estos trabajos que se llaman sacrificio con un interés nuevo, como una parte de su deber, pero no de su deber impuesto, sino de su deber interno y lo hace con interés… Y las cosas más banales y más aburridas se transforman, por imperio del interés, del esfuerzo interior del individuo, de la profundización de su conciencia, en cosas importantes y sustanciales, en algo que no puede dejar de hacer sin sentirse mal: en lo que se llama sacrificio. Y se convierte entonces no hacer el sacrificio en el verdadero sacrificio para un revolucionario. Es decir, que las categorías y los conceptos van variando… El revolucionario cabal… deberá trabajar todas las horas, todos los minutos de su vida, en estos años de lucha tan dura como nos esperan, con un interés siempre renovado y siempre creciente y siempre fresco. Esa es una cualidad fundamental. Eso significa sentir la Revolución” (Guevara, 2012; pp. 117-118).
En este discurso del 24 de marzo de 1963, el Che describe al revolucionario como alguien que “siente” la Revolución, que no se somete a un “deber” externo sino a un “deber interno”, propio, como algo que se genera mediante la “profundización de la conciencia”, por lo cual el dejar de cumplir consigo mismo le hace sentirse mal y resulta un “sacrificio” dejar de realizar ese esfuerzo. Es eso lo que llevó al Che al Congo y a Bolivia a dar su vida por sus ideales.
El concepto de “sacrificio”, como lo señala el Che, es inadecuado; como también lo es el concepto de “abnegación”. Dice Nietzsche (1878/1986):
“El soldado desea sucumbir en el campo de batalla en favor de su patria victoriosa, puesto que en el triunfo de la patria encuentra el triunfo de su propia suprema aspiración. La madre da al niño lo que se quita a sí misma, el sueño, el mejor alimento, y en algunos casos su salud, su fortuna. ¿Pero son estos actos manifestaciones, estados altruistas del alma? ¿Son milagros estos actos de moralidad, porque, según la expresión de Schopenhauer, son ‘imposibles, y sin embargo, reales’? ¿No es cierto que en estos… casos el hombre tiene preferencia por algo de su ser, una idea, un deseo, una criatura, antes que por otro algo de su mismo ser también, y que, por consiguiente, secciona éste y sacrifica una parte de él en favor de otra? ¿Hay algo esencialmente distinto cuando un hombre de mala cabeza dice: ‘Prefiero verme arruinado que ceder a ese hombre un paso de mi camino’? La inclinación a alguna cosa (deseo, instinto, anhelo) se encuentra en cada uno de estos… casos, y ceder a ella, con todas sus consecuencias, no es altruismo. Moralmente, no se trata el hombre como un individuum, sino como un dividuum… Pueden prometerse acciones, pero no sentimientos, porque éstos son involuntarios” (parágrafos 57 y 58).
Los conceptos de sacrificio y de abnegación implican una separación de la persona de sí misma, una negación de sus anhelos y de sus intereses para priorizar los de otros. Esos conceptos son parte de la equivocada disociación entre el individuo y la comunidad, entre los ideales y los placeres, en el deber y el querer. El “deber interno” al que alude el Che es precisamente un “querer”, un sentir, al que Heidegger (1927/1983) le llama “vocación”, aquello que voca, es decir, la “voz de la conciencia”. La persona entra en conflicto consigo misma si actúa en contra de su propia vocación.
En lugar del sacrificio y de la abnegación encontramos así que la entrega a una causa constituye una autoafirmación, una autorrealización personal, la sensación de trascendencia. La muerte puede ser así una forma de reafirmar la vida, de lo que se quiere; de mantener la dignidad y la convicción por encima de todo. No se trata de dejarse morir, ser “redentor” y dar la vida personal para que otros vivan, sino, en todo caso, de vivir con mayor intensidad a través de la patria a la que se ama. Sin duda, el Che Guevara sigue y seguirá vivo en los pueblos latinoamericanos, especialmente en los jóvenes que tienen ansia de justicia y de verdad; vive en la psicología latinoamericana de la ULAPSI, de la ALFEPSI, de la Psicología Social de la Liberación, de la Cátedra Libre Ignacio Martín Baró, de la AMAPSI y de tantos otros que en alguna forma lo viven. Pero también es cierto lo contrario: con la muerte del Che morimos en parte muchos que quedamos vivos y aun otros, nacidos después, que han vivido a posteriori su muerte. Como lo dice Benedetti:
Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles
da vergüenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida
vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart
da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido
eres nuestra conciencia acribillada
dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro
dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo
basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos
así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará más limpia
estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella
donde estés
si es que estás
si estás llegando
aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones
donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios
pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.
Bibliografía

Ariet, María del Carmen (2010). El pensamiento político de Ernesto Che Guevara. México, Ocean Sur.

Cambranes, J. C. (2004). La presencia viva del Che Guevara en Guatemala. San José, Editora Cultural de Centroamérica

Guevara, E. Che (2009). Los diarios de Ernesto Che Guevara. New York, Ocean Press.



Guevara, E. Che (2012). Retos de la transición socialista en Cuba (1961-1965). La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.

Hegel, G. W. F. (1807). Fenomenología del espíritu. México, Fondo de Cultura Económica, 2000.
Heidegger, M. (1927). El ser y el tiempo. México, Fondo de Cultura Económica, 1983.
Krauze, E. (2011). Redentores. Ideeas y poder en América Latina. México, Debate
Markovic, M. (1972). Dialéctica de la praxis. Buenos Aires, Amorrortu.
Marx, C. (1844). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. México, Editorial Grijalbo, 1972.
Marx, C. (1871). La guerra civil en Francia. Madrid: Fundación Federico Engels, 2007.
Murueta, M. E. (1996). “El amor en la teoría de la praxis”. En: Revista Alternativas No. 1. México, AMAPSI.
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Rodríguez Rivera, G. (2014). “Qué fallo”. Publicado en Segunda cita: http://segundacita.blogspot.cz/2014/02/que-fallo.html
Nietzsche, F. (1895). El anticristo. Madrid, Editorial Edaf, 1985.
Nietzsche, F. (1878). Humano demasiado humano. México, Editores Mexicanos Unidos, 1986.
Sánchez Vázquez, A. (1967). Filosofía de la praxis. México, Editorial Grijalbo.
Sartre. J. P. (1960). “Entrevista al Che Guevara”. En: El Che con Sartre. http://www.taringa.net/posts/imagenes/3655477/El-Che-con-Sartre.html

1 Dice Marx (1871/ 2007) en La guerra civil en Francia: “Todo ese coro de calumnias, que el Partido del Orden, en sus orgías de sangre, no deja nunca de alzar contra sus víctimas, sólo demuestra que el burgués de nuestros días se considera el legítimo heredero del antiguo señor feudal, para quien todas las armas eran buenas contra los plebeyos, mientras que en manos de estos toda arma constituía por sí misma un crimen”.



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