Che Guevara, psicología latinoamericana y teoría de la praxis



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La praxis se refiere a la acción humana y no a la de otras especies animales. La praxis se caracteriza por dirigirse a fines y por incorporar experiencias de otro(s) a través de la significación semiótica de todo, no solamente semántica. Toda acción es una expresión emocional e implica un proceso cognitivo; todo proceso cognitivo humano es una acción y por tanto una expresión emocional; toda expresión emocional es una acción y conlleva un proceso cognitivo. Hay acciones cerebrales, viscerales y musculares. La praxis es producto de la historia-cultura que sintetiza y va generando.

Con base en este enfoque teórico, en este trabajo analizamos el significado del Che en y para la psicología latinoamericana.

El ser colectivo-individual y la personalidad del Che

En Hegel (1807/2000), el individuo no es más que un momento específico del devenir del espíritu como totalidad. El individuo es síntesis de esa totalidad y su vida solamente tiene sentido como elemento del movimiento de esa totalidad. En situaciones de extremo dilema, una madre puede sacrificar su vida para hacer que su hijo continúe viviendo, como también lo hace en algún grado todo aquel que ama por el ser amado, al igual que sacrificamos (asesinamos) diariamente a una enorme cantidad de animales y vegetales para los humanos poder subsistir. Vivir es morir, para vivir, desafortunadamente, se requiere matar y también estar dispuesto a morir; de hecho, la vida es un morir continuo, como el fuego.

A la disociación entre la totalidad y el individuo, Hegel y Marx le llaman enajenación para referir esa despersonalización, esa falta de propiedad de sí mismo, de quienes se esfuerzan cotidianamente sin entender el sentido de ese esfuerzo: los esclavos, los trabajadores asalariados, muchos niños y adolescentes en las escuelas. El ser enajenado no percibe su vida como dedicada al beneficio de la colectividad, sino solamente quiere usar a la colectividad para el beneficio propio que se reduce a los placeres más básicos: comer, beber, tener sexo, acicalarse (Marx, 1844/1972; Murueta, 1997). Desde luego, la enajenación no es ni puede ser total, como tampoco es posible anular un cierto grado de disociación, de enajenación, en todas las personas. Personajes como Morelos (voluntario Siervo de la Nación) y el Che Guevara, en esta perspectiva, estarían en los niveles más bajos de enajenación o, mejor dicho al revés, en los niveles más altos de autenticidad; como lo dice Heidegger (1927/1983) del “ser sí mismo propio” y sobreponerse a la caída en el “uno” (la impersonalidad de ser cualquiera y, por tanto, en no ser alguien).

Jean Paul Sartre (1960) consideró al Che como “el ser humano más completo de nuestra época”. ¿Qué significaba para Sartre ese ser humano “más completo”? ¿Qué es lo que tenía el Che de ser humano que lo hace ser el “más completo”? ¿Cuál es la noción de ser humano de Sartre con la que valora al Che por encima del resto de los seres humanos de la época?

Junto con Simone de Beauvoir, Sartre se entrevistó con el Che en 1960, cuando éste tenía apenas 32 años, poco después del triunfo de la Revolución Cubana del cual fue protagonista y en ese momento tenía el cargo de Presidente del Banco Nacional de Cuba, como parte del gobierno revolucionario. Sartre (1960) dice lo siguiente:

"El comandante Ernesto Guevara es considerado hombre de gran cultura y ello se advierte: no se necesita mucho tiempo para comprender que detrás de cada frase suya hay una reserva en oro. Pero un abismo separa esa amplia cultura, esos conocimientos generales de un médico joven que por inclinación, por pasión, se ha dedicado al estudio de las ciencias sociales, de los conocimientos precisos y técnicos indispensables en un banquero estatal…

"Se abrió una puerta y Simone de Beauvoir y yo entramos: un oficial rebelde, cubierto con una boina, me esperaba: tenía barba y los cabellos largos como los soldados del vestíbulo, pero su rostro, terso y dispuesto, me pareció matinal. Era Guevara…

“Lo cierto es que había empezado a trabajar muy temprano la víspera, almorzado y comido en su despacho, recibido a visitantes y que esperaba recibir a otros después de mí. Oí que la puerta se cerraba a mi espalda y perdí a la vez el recuerdo de mi viejo cansancio y la noción de la hora. En aquel despacho no entra la noche. En aquellos hombres en plena vigilia, al mejor de ellos, dormir no les parece una necesidad natural sino una rutina de la cual se han librado más o menos. No sé cuándo descansan Guevara y sus compañeros. Supongo que depende: el rendimiento decide; si baja, se detienen. Pero de todas maneras, ya que buscan en sus vidas horas baldías, es normal que primero las arranquen a los latifundios del sueño".

Entregado a una causa, entusiasmado por el triunfo sobre Batista; pensador congruente, teórico de las ciencias sociales, dirigente de alto nivel que pone el ejemplo de trabajo voluntario cargando bultos como trabajador manual; orador agudo y hábil para cuestionar al enemigo político, comprensivo y pedagógico para transmitir ideas al pueblo. El primero siempre en estar dispuesto a arriesgar la vida por un objetivo humana y socialmente valioso.

Así les escribe a sus cinco hijos en 1965, preparándose para ir al Congo a participar allá en la lucha guerrillera:

Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:



“Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes. Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo…”
Después de haber revisado las concepciones sobre el amor a través de la historia de la filosofía y de la psicología, en la Teoría de la Praxis, lo hemos definido precisamente como el “sentir como propio lo que sucede a otro(s)” (Murueta, 1996), retomando aportaciones de Aristóteles y Hegel. Al hablar de la “amistad” en su Ética a Nicómaco, Aristóteles la concibe como el “querer y alegrarse por el bien de otro”, de donde se deriva también el “no querer y dolerse por el dolor de otro”. Hegel, por su parte, en la Fenomenología del Espíritu (1807/2000) habla de la Ley del corazón con base en la cual concibe al amor como el ser uno en el ser separado; un mismo sentimiento que identifica como uno a dos o más seres distintos, es decir, dos sentimientos distintos que, sin embargo, son uno. En esta perspectiva, la mayor manifestación posible del sentimiento amoroso es esa que el Che atribuye como una capacidad de los revolucionarios, les pide a sus hijos que desarrollen esa capacidad y, por supuesto, él se identifica en ella: sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.
Eso que el Che considera propio de los revolucionarios equivale en esencia al evangelio de Jesús de Nazaret: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esa idea con más de 2000 años de antigüedad, sin embargo, no ha logrado hacerse realidad esencial en la historia humana, en la que el abuso, la desconfianza y la mutua destructividad predominan y crecen cada vez más rápido. No basta con expresar, transmitir y reiterar el amor al prójimo, el amor a cualquiera, en cualquier parte del mundo. ¿Cómo se formó en Jesús de Nazaret, Gandhi, José María Morelos, José Martí y el Che un sentimiento amoroso de tanta profundidad? ¿Cómo un sentimiento así es la base de la lealtad a las propias convicciones? ¿Por qué no es suficiente con recordar cada vez que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada?
El Che Guevara es un rebelde frente a la injusticia social que tiene al honor como algo muy valioso, por el cual pueden realizarse grandes esfuerzos para alcanzarlo y para defenderlo; congruente hasta la abnegación y el sacrificio personal, hasta la muerte a la que continuamente se refiere casi recreativamente; interesado en una nueva forma de productividad económica que se base en la posibilidad creadora de los productores y no en la simple repetición de tareas. Afín a las ideas de Marx, se percata de que no es tan esquemático que la infraestructura genere una determinada estructura económica y luego una superestructura cultural-ideológica adecuada al sistema de relaciones de producción establecido, como lo pensaban muchos marxistas doctrinarios. Además del cambio político-económico logrado por la acción revolucionaria coordinada por un grupo de vanguardia, el Che se plantea la necesidad de formar educativamente al “hombre nuevo” que permita realmente consolidar y desplegar los principios de la revolución social, como característica general en la gran mayoría de quienes participan en el nuevo proyecto socialista, superando con ello la manera de ser que ha sido formada por el capitalismo. El Che personifica como nadie más a ese hombre nuevo que él quiere ver en toda la población cubana, latinoamericana y en toda la humanidad. Uno, dos, tres… muchos chés, millones de chés: una nueva dimensión grandiosa de la especie humana.
El Che retoma al marxismo sin caer en el dogmatismo que predominaba en esa época; es un pensador original, un teórico revolucionario desde América Latina, como lo fue su antecesor peruano José Mariátegui, de quien recibió influencia a través de Hugo Pesce, quien había sido amigo de Mariátegui y militante del Partido Socialista Peruano. Durante su estancia en Perú en 1952, colaborando con el doctor Pesce para atender enfermos de lepra, Che tuvo un acercamiento teórico y vivencial con las culturas originales peruanas y con la propiedad comunal de los primeros propietarios de las tierras en este continente, lo que le provocó un gran cambio en su actitud frente a la vida y la sociedad, según la dedicatoria que varios años después escribió al enviarle un ejemplar del libro La guerra de guerrillas. La “guerra de guerrillas”, por cierto, es un concepto que no aparece en los textos clásicos de Marx, de Engels o de Lenin y tampoco en los manuales soviéticos de teoría revolucionaria.
¿Qué hace del Che un rebelde, altamente solidario con los enfermos, con los débiles, con los oprimidos? ¿No había leído que Nietzsche pensaba que la nueva especie que superaría la mediocridad, decadencia y descomposición de los humanos, el “superhombre”, se forjaría como un ser fuerte, enemigo de la debilidad y que ayudaría a los débiles a “bien morir” (El Anticristo)? ¿O en este autor puede interpretarse que ayudar a los débiles a bien morir consiste precisamente en ayudarles a transformarse en fuertes (dejar de ser débiles, morir en su ser débiles)? Nietzsche pensaba que la nueva especie se forjaría, como todas, a través de cambios biológicos paulatinos que representaran una mejor adaptación, una mayor capacidad intelectual, que permitiría captar por fin el mensaje amoroso de Zaratustra. Los que no tuvieran esa capacidad quedarían rezagados ante la nueva especie que tomaría el liderazgo y el poder, imponiendo nuevos valores.
En la Teoría de la Praxis se retoma, en términos generales, la crítica nietzscheana a la humanidad como ha existido hasta el Siglo XXI, caracterizada por la mediocridad, la decadencia y la corrupción; haciendo notar, sin embargo, que a través de la historia hay múltiples muestras de seres humanos que -de manera individual o colectiva- han tenido vidas llenas de creación, fortaleza moral e intelectual, libertad y grandeza. En esta perspectiva, estos seres humanos se acercan en diversos grados al ideal del superhombre planteado por Nietzsche, pero en lugar de tratarse de una transformación biológico-individual, los superhumanos (en lugar de “el superhombre” de Nietzsche) o, mejor aún, los nuevos seres humanos se forman por su creciente capacidad de recoger, integrar y proyectar sentimientos y conceptos que retoman de las vivencias de muchos otros, con los que de alguna manera con-viven. El superhumano, el hombre nuevo y la mujer nueva, surge y se desarrolla en la medida en que constituye una síntesis más abarcadora, más completa e integral, de la vida de los demás; y es esto cada vez lo que lo hace ser una persona relativamente especial, tener una personalidad única, carismática, atractiva, legendaria. El Che constituye una muestra del tipo de seres humanos que se requieren para una nueva etapa social que acabe para siempre con la degradación de la especie humana; una nueva etapa en la que, en lugar de la rivalidad y la mutua obstrucción mezquina entre unos y otros, predomine la actitud cooperativa y solidaria para hacer que las vocaciones y talentos personales y colectivos de todos los seres humanos se desplieguen con libertad, con el mayor respaldo posible de los demás y, por tanto, que aporten sus mayores potencialidades creadoras para beneficio de la comunidad. La vida del Che, más que ninguna otra, anuncia esa posibilidad.
Es muy importante comprender a este nuevo ser humano, el Che Guevara, como producto de la América Latina del Siglo XX y del Siglo XXI. Es mucho más difícil que surjan personas con esta vocación y talento en otros continentes, no obstante que el mismo Che ha inspirado la solidaridad internacional y la capacidad de entrega social de activistas de varios países europeos. Es el caso de Tanja Nijmeijer, holandesa, quien, con el seudónimo de Alexandra, emulando al Che Guevara se integró hace algunos años a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), después de varias estancias en este país para realizar investigaciones sobre la realidad colombiana. Sin importar que nació en Holanda y allí vivió su infancia y adolescencia, actualmente Alexandra es claramente colombiana y con esta identidad bien constituida participa en los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno colombiano que se realizan en La Habana.
América Latina, el Che y la formación de un ser humano nuevo
América Latina ha sido receptora de las diversas influencias europeas que se han montado sobre, y se han combinado con, las culturas originarias de este continente, resultando en un sincretismo cultural e histórico que, por un lado, ha implicado un gran choque psicológico que en diversos grados sigue afectando la seguridad, la autoestima y la identidad de los latinoamericanos, y por otro, constituye un forzado diálogo intercultural que posibilita la síntesis compleja del proceso multicultural más diversificado que existe hasta ahora y, por tanto, abre también la posibilidad de generar alternativas novedosas que están fuera del alcance de quienes tienen esquemas culturales más homogéneos y unilaterales, lo que predomina en la sociedad occidental europeo-norteamericana.
El nuevo ser humano que integre los diversos sentires de la sociedad toda, de las diferentes expresiones culturales, en mucho ha de formarse como se formó el Che Guevara. Algo que incluso él y los revolucionarios no han logrado comprender en esencia: la importancia de una formación integral, como lo propone la Teoría de la Praxis: a la vez estética, emocional, afectiva, práctica, conceptual, lógica, relacional. No basta con la transmisión de conceptos que la tradición pedagógica occidental ha puesto en primer y casi exclusivo plano.
Dice María del Carmen Ariet (2012):
“Para Che el proyecto a realizar debía partir del convencimiento de estar creando un modelo de sociedad diferente, superior al capitalismo y, dentro de ese modelo, la formación de ese nuevo hombre imprescindible, porque como sostiene invariablemente, sin hombres que piensen con mentalidad socialista no podrá llegarse a la nueva sociedad” (p. X).
El pensar con “mentalidad socialista” y estar convencido de la necesidad de crear una sociedad diferente, no siempre conlleva el “sentir como propio lo que sucede a otro(s)”. Cuántos dogmáticos “socialistas” han contribuido con sus acciones a la “satanización” de esa palabra por parte de los conservadores.
La principal dificultad para la transformación revolucionaria del mundo consiste en la inercia de la psicología capitalista arraigada en egoísmos, desconfianzas, inseguridad, baja autoestima, actitudes rivalistas, insensibilidad al sentir de los demás, falta de capacidad creadora, rigidez mental; las cuales predominan en la sociedad actual y, a pesar de los cambios políticos revolucionarios, no desaparecen rápidamente; se resisten e inconscientemente promueven que se mantengan o retornen las “relaciones de producción” a las que ya se está habituados. Es esto lo que hace difícil el desarrollo y el éxito de los proyectos revolucionarios, por ejemplo, de las cooperativas de producción que pretenden trabajar sin un patrón propietario de la empresa. Muchos de los cooperativistas mantienen su actitud de “empleados” mientras que otros inconscientemente comienzan a jugar el rol de “empleadores”.
Por eso, entre otras cosas, el “socialismo real” del Siglo XX en realidad constituyó un “capitalismo de Estado”, en el que una clase gobernante hace las veces de único patrón-propietario de todas las tierras y de todas las empresas (un gran monopolio) manteniendo a los demás en condición de asalariados, casi con la misma lógica que las empresas capitalistas. Ha sido difícil lograr el ideal zapatista de que la tierra y la empresa sean propiedad de quienes las trabajan en la proporción en que lo han hecho, y por tanto, en esencia, propiedad de la comunidad.
Como Ministro de Industria del gobierno revolucionario cubano, el Che estuvo encargado de impulsar “el desarrollo impetuoso e imprescindible que exigía una acelerada construcción en un país como Cuba, marcado por el subdesarrollo y tratando de consolidar el poder bajo el hostigamiento constante del enemigo imperialista”, dice Ariet (2012; p. XIII).
Para cumplir con ese fundamental encargo, que el Che y el gobierno tenían sobre sus hombros, se consideraron los siguientes elementos: educación, combinación de estímulos materiales y morales, desarrollo acelerado de la conciencia, emulación, trabajo voluntario, deber y sacrificio “como palancas para cualitativamente entender las exigencias éticas que se imponían” (Ariet, 2012: p. XIII).
Crítica y autocrítica, su significado emocional
El Che practica la crítica y la autocrítica, que los marxistas han señalado como base de la superación personal y colectiva para avanzar en el desarrollo de conceptos, actitudes y capacidades. Particularmente, se ha pensado que los revolucionarios ejercen la autocrítica y el reconocimiento abierto o público de los errores cometidos como una muestra de honestidad, autenticidad y transparencia hacia los demás. Con la crítica y la autocrítica el Che quiere elevar los niveles de disciplina, tanto en el ejército guerrillero como, después del triunfo de la Revolución, en los trabajadores cubanos. En un discurso pronunciado en la clausura de la Primera Asamblea de Producción de la Gran habana, el 24 de septiembre de 1961, dice el Che:
“Este hábito que estamos empezando a crearnos, de los informes públicos, de la crítica y la autocrítica, es muy saludable… porque tenemos que empezar a tomar conciencia de nuestras responsabilidades… con todo el pueblo de Cuba (…) no puede hacerse ninguna crítica infundada, ninguna crítica que no esté asentada sobre la más extrema objetividad” (Ariet, 2012; pp. 4 y 6).
Sin embargo, las investigaciones que hemos realizado señalan la inconveniencia psicológica y pedagógica de hacer recuentos de defectos o errores. Resulta mucho más eficaz y eficiente para la motivación, para el aprendizaje y el desarrollo de una persona o un colectivo, la valoración y el reconocimiento público de sus cualidades y aciertos reales, expresados de manera sencilla, en mayor proporción que el señalamiento de aspectos a superar (es mejor esto que llamarles defectos o errores).
De hecho, la palabra “crítica”, de acuerdo a su etimología, no debiera referirse solamente al señalamiento de errores o defectos, sino a la realización de un balance minucioso de aspectos favorables y desfavorables de un proceso. Pero el uso coloquial ha inducido que la crítica se concentre en lo desfavorable. Aun así, se ha demostrado que la motivación se mantiene y se incrementa cuando la proporción de lo que se reconoce como favorable es claramente mayor a los señalamientos desfavorables. Tampoco se genera y crece la motivación cuando los resultados son siempre favorables; es necesario el acicate de una proporción de fracaso. Para promover la motivación en una empresa económica y/o política revolucionarias se requiere tener en cuenta el significado emocional del reconocimiento social, de la crítica y de la autocrítica, y no solamente su aspecto semántico.
En lugar de solamente transmitir conceptos para hacer que los otros se den cuenta y tomen conciencia, como parte de la psicología aplicada, se requiere desarrollar una ingeniería emocional, pues son las emociones las que mueven a una persona en un sentido o en otro. La etimología de la palabra emoción significa “lo que mueve”. Cuando las emociones se hacen hábito se generan sentimientos. Las emociones y los sentimientos se expresan en reacciones corporales, tanto viscerales como musculares; en los sueños, en el juego, en el arte, en la religión, en la ciencia, en los rituales, en la técnica y en la acción política. Los conceptos en esencia son configuraciones emocionales, semióticas y no solamente “representaciones” semánticas como lo han pensado la cultura occidental y la psicología tradicional. Un concepto se asume cuando se acepta emocionalmente y se rechaza cuando choca con el sentir personal. Este enfoque integral de emoción-cognición-acción en una unidad semiótica es parte esencial de la Teoría de la Praxis, con base en la cual se pretende desarrollar la ingeniería emocional o ingeniería psicológica mencionada.
El concepto de ingeniería emocional es válido si consideramos que las emociones son una expresión de energía de manera similar a la electricidad, el calor, el magnetismo, la luz, el sonido. Con una perspectiva integral, no-mecanicista ni tecnicista, es posible calcular con alguna precisión las causas y efectos de las emociones y los sentimientos en un cierto contexto.
Planificación y tecnología
1962 fue nombrado en Cuba como Año de la Planificación.
“Empezamos una nueva etapa –decía el Che- que caracteriza esta nueva estructura social que estamos creando, e iniciamos ya la etapa de la construcción activa e importante de todos los bienes materiales, que nos permitirán la edificación del socialismo… debe dejarse el menor lugar posible a la improvisación… lo que haya de improvisación, por motivos que no hayamos podido prever, es una falla nuestra. Y debemos tratar de que exista el menor número posible de estas fallas” (Ariet, 2012; pp. 4-5).



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