Che Guevara, psicología latinoamericana y teoría de la praxis



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Che Guevara, psicología latinoamericana y teoría de la praxis

Por Marco Eduardo Murueta (UNAM Iztacala, AMAPSI, ALFEPSI)

En 1989, en México, nos reunimos un grupo de psicólogos docentes de la UNAM Iztacala para convocar al Primer Congreso Al Encuentro de la Psicología Mexicana, el cual se realizó con mucho éxito en septiembre de 1990. La idea esencial era comenzar a superar la clásica tradición entre los psicólogos de México y de América Latina de ser representantes, intérpretes o hermeneutas de destacados autores europeos, norteamericanos o asiáticos, sin desarrollar pensamiento propio. Encontrarse con la psicología mexicana implicaba dialogar con los psicólogos de las diferentes regiones e instituciones en México, pero sobre todo significaba “encontrarse” con la manera de ser de las personas, las familias, las instituciones, las comunidades y del pueblo mexicano en su sentido histórico, como nación y cultura que envuelve a una diversidad de culturas étnicas originarias combinadas con la otra diversidad de las culturas étnicas europeas que se impusieron desde 1521. Encontrarse con las realidades, las necesidades y las posibilidades de México y así desarrollar conceptos, técnicas, investigaciones, criterios y proyectos que atendieran al contexto social mexicano, en lugar de pretender forzar la realidad para someterla a teorías, enfoques y métodos producidos en circunstancias muy diferentes a las nuestras, que en muchos casos chocaban con las idiosincrasias nacionales, resultaban superficiales y fallidas, así como limitaban el crecimiento y la madurez científica y profesional de los psicólogos mexicanos, generando sectas y enconos políticos entre ellas.

En el proceso de organización de ese primer congreso, entramos en contacto con colegas que tenían inquietudes similares en varias regiones de México y de otros países, así como tuvimos una respuesta favorable de varios de los más reconocidos psicólogos del país. En el primer Congreso participaron como conferencistas Jacobo Grinberg Zylbembaum (desaparecido misteriosamente en diciembre de 1994), Emilio Ribes, Fernando Arias Galicia, Jorge Molina, Fernando González Rey (Cuba), Serafín Mercado, Juan Lafarga, Jaime Grados, Carlos Fernández Gaos, José Cueli, Graciela Mota entre muchos otros destacados colegas. Tuvimos el importante apoyo de la Universidad de Guadalajara, con el liderazgo de José de Jesús Gutiérrez Rodríguez (Pepe), así como se integraron al proyecto amigos como Alfredo Guerrero, Germán Gómez, Rosalba Pichardo y Gerardo Pacheco. De allí surgió la idea de crear lo que el 25 de mayo de 1991, en Querétaro, se constituyó como Asociación Mexicana de Alternativas en Psicología (AMAPSI).

La AMAPSI se encargó de organizar otros tres congresos similares: 1992 en UNAM Iztacala, con la importante participación de Maritza Montero (Venezuela); 1995 en el Palacio de Medicina del Centro Histórico de la Ciudad de México, donde conocimos al destacado psicólogo ambiental Javier Guevara; 1997 en Toluca, Estado de México, con la participación sobresaliente de Pablo Fernández Christlieb (México), Silvia Cornejo y Fabián Spinelli (Argentina). Albertina Mitjáns y Fernando González Rey (Cuba) participaron también en cada uno de esos eventos. Con esa perspectiva, la AMAPSI convocó al Primer Congreso Latinoamericano de Alternativas en Psicología que se realizó en Guanajuato en septiembre del cabalístico año 2000. Gracias al contacto de Albertina con colegas brasileños, en este evento contamos con la participación de Ana Bock, Marcos Ferreira, Marcus Vinicius de Oliveira y Odair Furtado, dirigentes del Consejo Federal de Psicología (CFP) de Brasil. También estuvo Bernardo Jiménez, brillante psicólogo ambiental colombiano-mexicano.

Fue muy grande la coincidencia con el CFP en los anhelos de contrarrestar la colonización científica de la psicología en América Latina y generar pensamiento propio con compromiso social con los pueblos de nuestro continente. De inmediato, el CFP convocó al Seminario Internacional Diálogos con la psicología latinoamericana Brasil-México en abril de 2001. 5 psicólogos mexicanos participamos en eventos académicos y profesionales realizados en 10 ciudades brasileñas, gracias al apoyo y coordinación de varios de los consejos regionales de psicología de ese país. Sentimos el reto de hacer algo recíproco en México sin que tuviéramos los recursos con los que contaba el CFP, encargado de otorgar la licencia para el ejercicio profesional. Contando con el apoyo de la Federación Nacional de Colegios, Sociedades y Asociaciones de Psicólogos de México (FENAPSIME), pudimos realizar en 2002, en 2004, en 2006 y en 2008, cuatro seminarios internacionales de Diálogos con la psicología latinoamericana, invitando en el primero a seis colegas brasileños y en los siguientes hasta 12 colegas de varios países, quienes participaron en eventos secuenciales, durante 2 semanas, en 5 rutas que abarcaron entre 18 y 26 ciudades de la República Mexicana, involucrando más de 70 instituciones de psicología.

Los psicólogos del CFP de Brasil, poco después de la entrada en vigor del acuerdo del Mercosur en diciembre de 1995, habían comenzado a reunirse con organizaciones gremiales de Argentina, Uruguay, Chile y Bolivia, para desarrollar proyectos de psicología acordes con la región, con la perspectiva de la integración latinoamericana. En noviembre de 2001, dos mexicanos nos sumamos a una de las reuniones realizada en Montevideo, donde hablamos de concretar el proyecto de la Unión Latinoamericana de Psicología (ULAPSI) que ya traían en mente nuestros amigos del cono sur; para ello propusimos crear la revista electrónica Psicología para América Latina y acordamos convocar a una reunión preparatoria en julio de 2002, En Santiago de Chile, aprovechando uno de los congresos de la Sociedad Interamericana de Psicología (SIP). En esa reunión participaron más de 50 psicólogos de 12 países latinoamericanos y allí acordamos convocar a la constitución de la ULAPSI durante el II Congreso Latinoamericano de Alternativas en Psicología, organizado por AMAPSI y realizado en Puebla del 20 al 23 de noviembre del mismo año.

El número 0 de la revista electrónica Psicología para América Latina apareció en agosto de 2002 y fue presentado durante el Congreso en Puebla, donde después de 12 horas de revisión de los documentos básicos, se constituyó la Unión Latinoamericana de Entidades de Psicología (ULAPSI), integrando a más de 60 organizaciones de psicólogos de 12 países.

En la Primera Asamblea de ULAPSI realizada en julio de 2003 en Lima, Perú, acordamos crear la Biblioteca Virtual de la Psicología Latinoamericana y convocar al Primer Congreso Latinoamericano de Psicología de la ULAPSI, el cual se llevó a cabo muy exitosamente en Brasil en abril de 2005.

El día de la psicología latinoamericana

En septiembre de 2006 se realizó en Sao Paulo una Asamblea Extraordinaria de la ULAPSI. En esta Asamblea, en representación de AMAPSI propuse generar como ULAPSI un Día de América Latina, en el que tanto la psicología como otras profesiones, organizaciones, instituciones y grupos sociales pudieran reflexionar e impulsar acciones para la integración, la independencia y la soberanía de los pueblos de América Latina, hasta ahora tan sometida a los intereses económico-políticos y a las influencias culturales avasallantes de las clases dominantes primero de España y Portugal y luego de Estados Unidos. Esta conmemoración incluso podría ser mundial, considerando que hay muchos latinoamericanos emigrados que podrían unirse al proyecto.

Propuse que el Día de América Latina se estableciera en la fecha en que fue asesinado el Che Guevara en 1967, como símbolo de latinoamericanismo comprometido y como una manera de recordar los significados de su muerte y de su vida: su estancia, convivencia y recorrido por casi todos los países latinoamericanos; su identidad expresa como latinoamericano; su ejecución criminal ordenada por la CIA y el gobierno boliviano, para cortar sus anhelos de justicia, de emancipación, de libertad, de soberanía, de independencia y de felicidad para los pueblos oprimidos de América Latina y de todo el mundo; su entrega apasionada al estudio, a la creación teórica, a promover nuevas formas de trabajo y organización social; su congruencia y su valentía para luchar por sus convicciones; su preocupación por la creación del “hombre nuevo”; su imagen legendaria y juvenil, como símbolo de solidaridad internacional y de rebeldía ante la opresión.

A la mayoría de los participantes en la Asamblea les pareció pretencioso que una organización latinoamericana de psicólogos, con presencia en 12 países, decidiera convocar ampliamente al Día de América Latina, por lo que en su lugar se aprobó la idea de que se postulara el Día de la psicología latinoamericana, como una iniciativa más modesta, con alcances más realistas y como una posible transición hacia lo que más adelante podría aceptarse como Día de América Latina. A mí esto me parecía algo endogámico y ensimismado, considerando que –como en toda persona y en todo colectivo- lo más relevante para la psicología latinoamericana es proyectarla creativamente sobre su entorno como una manera de desarrollo propio, de hacerla crecer y de autotransformarse cualitativamente, en lugar de dedicarse a la autoobservación para después proyectarse externamente. Se aclaró que no se trataría del “día del psicólogo latinoamericano”, sino de un día para reflexionar sobre la psicología implicada en los procesos culturales latinoamericanos y sobre cómo la psicología puede comprometerse y aportar conceptos, conocimientos, métodos y técnicas para el bien social de los pueblos de este continente.

Simón Bolívar y José Martí sin duda constituyen símbolos históricos fundamentales para la identidad y la integración latinoamericana; sin embargo, entre muchos de los personajes que han pugnado por la emancipación de este continente, destaca de manera muy importante el Che, Ernesto Guevara, quien encarna como el que más los anhelos de justicia y florecimiento social de América Latina y de la humanidad en su conjunto. Un personaje histórico reciente, juvenil, nacido en Argentina, que recorrió y conoció -directamente y a través de la historia- la vida popular en su propio país y en casi todos los países latinoamericanos; vivió en Guatemala cuando la CIA estadounidense intervino abiertamente para derrocar al presidente Jacobo Arbenz en 1954; entre 1955 y 1956 vivió en México, donde se unió al Movimiento 26 de julio, dirigido por Fidel Castro, para luchar contra la dictadura de Fulgencio Batista establecida en Cuba desde 1952. Dicho Movimiento triunfó el 1 de enero de 1959, el Che fue nacionalizado como cubano y formó parte del gobierno revolucionario hasta 1965 en que –no se sabe bien cómo y por qué- decidió renunciar a sus funciones y a su importante cargo en el gobierno cubano para ser congruente con su ideario internacionalista, uniéndose a la lucha armada por la liberación del Congo y después regresar para ir a Bolivia a contribuir en la organización de la guerrilla para liberar a ese país, aprovechando su experiencia en la Sierra Maestra cubana y combinando la idea de que el sistema opresor internacional puede romperse en el “eslabón más débil” con la de crear muchos Vietnam contra el imperialismo estadounidense como enemigo común. En Bolivia es emboscado y capturado el 8 de octubre de 1967 y al día siguiente asesinado por un integrante del ejército boliviano, siguiendo órdenes del gobierno y de la CIA. Así, el Che quedó como símbolo de rebeldía, justicia, latinoamericanismo, internacionalismo, honradez, honestidad, valentía y congruencia.

En la Asamblea hubo consenso en que el Che Guevara es un gran símbolo para la integración y la unidad latinoamericana y que sus ideas sobre la formación del hombre nuevo constituyen una referencia importante para la psicología descolonizada y socialmente comprometida, que es parte del ideario y de los principios de la ULAPSI. Hubo acuerdo en que el Día de la psicología latinoamericana se estableciera el 8 de octubre en conmemoración de la captura y el asesinato del Che en Bolivia. Se pidió a Mario Molina, de Argentina, y a Manuel Calviño, de Cuba, que redactaran conjuntamente un texto en el que se explicara públicamente el sentido del 8 de octubre como Día de la Psicología Latinoamericana. El texto fue aprobado y se ha difundido ampliamente (www.ulapsi.org).

Desde 2006, cada año se han realizado diversas actividades para conmemorar la fecha y reflexionar sobre su significado. A este proyecto se han sumado la Asociación Latinoamericana para la Formación y la Enseñanza de la Psicología (ALFEPSI), constituida el 20 de mayo de 2011, en la Ciudad de Cajamarca, Perú, que integra a 77 instituciones formadoras de psicólogos y más de 190 docentes e investigadores de 17 países latinoamericanos, y el movimiento de Psicología Social de la Liberación que surgió en los años 90 inspirado por la vida y obra del importante psicólogo salvadoreño-latinoamericano Ignacio Martín Baró, asesinado el 16 de noviembre de 1989, junto con otros cinco sacerdotes jesuitas y 2 mujeres, como un acto brutal de represión política de las fuerzas armadas de su país. Por otro lado, como lo habíamos previsto, el Día de la psicología latinoamericana también se ha interpretado como “día del psicólogo latinoamericano”, por lo cual se intercambian felicitaciones, como se hace en los días nacionales del psicólogo, sin considerar el simbolismo histórico de la fecha y el sentido original de la propuesta.

La no-violencia, el Che y la revolución

Algunos colegas pacifistas, convencidos de la no-violencia cristiana o gandhiana, se inconforman con haber elegido ese día para conmemorar a la psicología latinoamericana, considerando que el Che Guevara es también símbolo de violencia y, en algunos casos, se le considera como sanguinario e insensible al ejecutar a algunos reos de la guerrilla, en la Sierra Maestra cubana, antes del triunfo de la Revolución. Es cierto que el Che Guevara participó en movimientos armados en Cuba, en el Congo y en Bolivia, luchando por la justicia y por la paz con dignidad, como en su momento también lo hicieron Bolívar, Sucre, San Martín, Hidalgo, Morelos, Villa, Zapata, Sandino y tantos otros personajes de la historia que han ofrendado su vida por la liberación de los pueblos de América Latina y de otros continentes. Incluso Salvador Allende se vio en la necesidad de tomar las armas ante la traidora y desproporcionada agresión pinochetista.

A los que generalizan la idea de la no-violencia, sin darle contexto, se les puede pedir que imaginen que repentinamente se percatan de que un hombre fornido está tomando por la fuerza a una mujer, mientras ella lucha desesperadamente por liberarse y logra tomar un objeto con el que pretende golpear o golpea a su opresor, y en ese momento los promotores de la no-violencia se apresuran a indicarle a ella que no lo haga, que eso es violencia y que está mal. Es obvio que en este caso, los defensores de la no-violencia se convierten en aliados implícitos del violador, quien logra su cometido por la inhibición y distracción de la víctima. Así, muchos defensores de la no-violencia ven con cierta naturalidad, resignación o indiferencia la violencia cotidiana de los opresores, que ya es costumbre, pero se alarman y claman cuando los oprimidos pretenden darle respuesta1. Hasta en las leyes está previsto que la violencia en defensa propia es legítima. Este es el argumento histórico de los movimientos armados.

Enrique Krauze, conocido ideólogo liberal-conservador (¡!) mexicano, en su libro Redentores (2011) ironiza y hasta se burla del Che con el subtítulo de “el santo enfurecido”, cuestionando la dureza de su personalidad en la Sierra Maestra por haber ordenado o realizado la ejecución de chivatos y traidores que habían delatado a los guerrilleros permitiendo que el enemigo causara bajas en las filas revolucionarias.

Como parte de ese enfoque de generalización que saca del contexto el hecho específico para tergiversar su sentido, algunos cuestionan que, en 1867, Benito Juárez haya ordenado el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo por el único delito de pretender establecer por la fuerza un imperio europeo en México, anulando la lucha por la independencia nacional del pueblo mexicano. No siempre la conservación de la vida es lo prioritario, hay valores más elevados como son la dignidad, la patria, la familia, la libertad, la independencia y la soberanía. Quienes suponen que la vida es lo más valioso que puede existir, generalmente tienen niveles reducidos en los otros aspectos; por eso Heidegger les llama “apátridas” en su Carta sobre el humanismo (1847); Hegel (1807/2000) y Marx (1844) los consideraron como expresiones de la enajenación y Freud los caracteriza simplemente como neuróticos (Murueta, 1997).

No deja de ser controvertido leer en el diario del Che en la Sierra Maestra lo siguiente:

“Cerca de un camino real, una patrulla nuestra tomó prisionero a un cabo del ejército. Este cabo era un individuo conocido por sus crímenes desde la época de Machado, por lo que algunos de la tropa propusimos ejecutarlo, pero Fidel se negó a hacerle nada; simplemente lo dejamos prisionero custodiado por los nuevos reclutas, sin armas largas todavía y con la prevención de que cualquier intento de fuga le costaría la vida” (Guevara, 2009; p. 49).

¿Por qué Fidel tuvo la prudencia y la sensibilidad personal y/o política para no ejecutar a ese prisionero, mientras que el Che y otros –dentro del fragor de la guerra revolucionaria- se pronunciaban por hacerlo de inmediato? ¿Qué se perdía y qué se ganaba con dejarlo vivir o con matarlo? ¿Se trataba solamente de hacer justicia directa, proporcional, y que ese asesino “pagara” con su vida los múltiples crímenes que había realizado? Dejarlo vivir implicaba el riesgo de que pudiera escapar y muy probablemente continuar con sus actividades asesinas y contrarrevolucionarias, además de que se requería destinar esfuerzos y recursos para vigilarlo y mantenerlo, distrayendo estos de otras funciones estratégicas dentro del ejército guerrillero. Ejecutarlo era un símbolo para otros mercenarios de lo que les esperaba si eran atrapados por la guerrilla, una forma de inhibirlos e infundirles temor, como parte de la guerra psicológica. Mantenerlo con vida era un símbolo de sensibilidad humana de los revolucionarios, por encima del odio lógico que tenían a sus verdugos. Este símbolo de sensibilidad al mismo tiempo constituía un gesto ético-político que podría hacer sentir y proyectar a los revolucionarios como pioneros de otra etapa social en la que la justicia no constituya una venganza, sino la mejor resolución para el desagravio de las víctimas de un crimen, la limitación del inculpado para evitar que continúe con sus crímenes y la reeducación estética, emocional, conceptual, práctica y relacional del mismo para su nueva inserción social de manera sana. El Che propuso la ejecución, Fidel lo mantuvo vivo. No se sabe al final qué fue de ese cabo. Años después, Carlos Franqui, que era parte del grupo guerrillero, recuerda:

“El Che se hizo solo. Con su talento, su voluntad y su audacia… El Che convirtió a los enfermos, con armas rotas, en la segunda guerrilla de la Sierra. Hizo las primeras bajadas al llano. Creó el primer territorio libre en el Hombrito… Y aunque no era un sentimental, no olvidaba que el soldado era un ser humano” (citado por Krauze, 2011; p. 328).

La guerra revolucionaria de todos los tiempos, no deja de ser una guerra en la que se pretende aniquilar o someter al enemigo. Los revolucionarios arriesgan la vida pero tienen muy claro que su misión guerrera es causar bajas, muertes, al enemigo. Las revoluciones sociales tampoco pueden ser blandengues o “demasiado generosas”, como explica Marx el fracaso de la Comuna de París en 1871 por haber dejado en libertad y tolerado la reorganización de las fuerzas conservadoras que luego aplastaron la revolución sin ningún miramiento.

A principios de 2014, Rodríguez Rivera (2014), al comentar sobre la situación en Venezuela, expresa lo siguiente:

“Las verdaderas revoluciones son siempre difíciles. Che Guevara sabía algo de eso y decía que, en las verdaderas, se vence o se muere, porque una revolución no es una tranquila, pacífica obra de beneficencia, como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia”.

En otro pasaje del diario de noviembre de 1957, narra el Che cómo ordenó ahorcar a un pequeño perrito de caza que seguía a su columna en una misión peligrosa pues, con sus imparables ladridos, ponía en riesgo al pequeño grupo de guerrilleros que emboscaba a una numerosa columna de soldados. Dice:

“Recuerdo mi orden tajante: ‘Félix, ese perro no da un aullido más, tú te encargarás de hacerlo. Ahórcalo. No puede volver a ladrar’. Félix me miró con unos ojos que no decían nada… Con toda lentitud sacó una soga, la ciñó al cuello del animalito y empezó a apretarlo. Los cariñosos movimientos de su cola se volvieron convulsos de pronto, para ir poco a poco extinguiéndose al compás de un quejido muy fijo que podía burlar el círculo atenazante de la garganta. No sé cuánto tiempo fue, pero a todos nos pareció muy largo el lapso pasado hasta el fin. El cachorro, tras un último movimiento nervioso, dejó de debatirse. Quedó allí, esmirriado, doblada su cabecita sobre las ramas del monte.

“Seguimos la marcha sin comentar… Llegamos por la noche a una casa, también vacía… y allí pudimos descansar… al rato estaba la comida. Alguien cantaba una tonada con una guitarra… No sé si sería sentimental la tonada, o si fue la noche, o el cansancio… Lo cierto es que Félix que comía sentado en el suelo, dejó un hueso. Un perro de la casa vino mansamente y lo cogió. Félix le puso la mano en la cabeza, el perro lo miró; Félix lo miró a su vez y nos cruzamos algo así como una mirada culpable. Quedamos repentinamente en silencio. Entre nosotros hubo una conmoción imperceptible. Junto a todos, con su mirada mansa, picaresca con algo de reproche, aunque observándonos a través de otro perro, estaba el cachorro asesinado” (Guevara, 2009; pp. 59-61).

El Che era decidido y tenía claridad sobre las prioridades. La vida de un perrito (cuyo asesinato relata de manera detallada y con palabras cariñosas), de un soldado enemigo, de los propios revolucionarios, de sus familiares más cercanos y la suya propia se supeditan al porvenir esencial de un pueblo y de la humanidad toda, como lo sintetiza la consigna cubana “Patria o muerte” y como también lo dijo Morelos ante la inminencia de ser fusilado en 1815: “morir es nada cuando por la Patria se muere”.



La Teoría de la Praxis, una propuesta latinoamericana en psicología

De manera previa y paralela al proceso de desarrollo de la AMAPSI, de la ULAPSI y de la ALFEPSI, entre 1980 y 2014, surge y evoluciona en México, desde América Latina, nuestra Teoría de la Praxis, como una alternativa teórica integral en psicología, en diálogo abierto con todas las teorías psicológicas que pretende superar; nutrida de la historia de la filosofía, en especial del pensamiento dialéctico de Heráclito, Hegel, Marx, Nietzsche y Gramsci en combinación con influencias de la cosmogonía de los pueblos originales de América Latina y del pensamiento latinoamericano de Simón Bolívar, José María Morelos, José Martí, José Mariátegui, José Vasconcelos, Ernesto Che Guevara y Heberto Castillo, entre muchos otros.

La Teoría de la Praxis nace como idea no escrita en 1980, con base en cuestionamientos críticos de las teorías psicológicas predominantes en el Siglo XX, acompañados de lecturas de filosofía. Para su creación fue muy importante la lectura del libro Dialéctica de la praxis del filósofo yugoslavo Mihailo Markovic (1972), en el que se explica que la imaginación, los sueños, el pensamiento son expresiones de la praxis (acciones del cerebro) y no solamente lo son las acciones musculares o externas, como Sánchez Vázquez (1967) y muchos otros autores suponen. Esto está muy claramente expresado también en la primera tesis de Marx sobre Feuerbach y es un continuo en la filosofía hegeliana y en la filosofía de Gramsci. Con esta perspectiva es posible superar el dualismo occidental entre mente y cuerpo, entre teoría y práctica, entre ser humano y naturaleza.




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