Charlas sobre Zen



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RETORNO AL ORIGEN



Charlas sobre Zen




OSHO


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MA GYAN DARSHANA
osho_library@gruposyahoo.com

Grupo Editorial Lumen Humanitas


Buenos Aires - México
RECONOCIMIENTOS Y COMENTARIOS SOBRE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Por permitir el uso del siguiente material, un gran agradeci­miento a:

Yu Nien Tze Chang, por su amable autorización para citar The Practice 0f Zen (La práctica del Zen), de Chang Chen-chi, Harper & Brothers, Nueva York, 1959 (mejor identificado en una nota al pie).

Doubleday, una rama de Bantam Doubleday Dell Publishing

Group. Inc., por permitir citar Zen: Poems, Prayers, Sermons, Anecdotes Interviews (Zen: poemas, oraciones, sermones, anéc­dotas, entrevistas), editado por Lucien Stryk y traducido por Ta­kashi Ikemoto, 1965 by Lucien Stryk y Takashi Ikemoto (me­jor identificado en una nota al pie).

First Zen Institute of America, por su amable autorización pa­ra citar "Las tres clases de métodos religiosos", de The Cat's Yawn (El bostezo del gato), de Sokei-an, First Zen Institute of America, Nueva York, 1947 (mejor identificado en una nota al pie).
Hokuseido Press, por permitir citar Oriental Humor (Humor oriental), de R. H. Blyth, Hokuseido Press, Tokio, 1959 (mejor identificado en una nota al pie).

John Murray Publishers Ltd., Londres, por su gentil autoriza­ción para citar Wisdom 0f the East Series, The Rook of Lieh­ Tzu (La sabiduría de la progresión oriental. El libro de Lieh-Tzu), traducido por A. C. Graham (mejor identificado en una nota al pie).

Peter Pauper Press, Inc., por permitir citar Zen Buddhism (Budismo Zen), 1959 Peter Pauper Press, Inc. Reeditado con autorización (mejor identificado en una nota al pie).

Charles E. Tuttle Co., Inc., Tokio, por autorizar la cita de "Un comentario sobre el Zen", de Zen Flesh, Zen Bones (Carne Zen, huesos Zen), de Paul Reps, 1957 (mejor identificado en una no­ta al pie).


RETORNO AL ORIGEN
Osho enseñaba filosofía en la Universi­dad de Jabalpur antes de fundar la co­munidad en Poona (India), que ha ad­quirido fama en el mundo entero como una meca para peregrinos que desean experimentar la meditación y la trans­formación. Sus enseñanzas han ejerci­do influencia sobre millones de perso­nas de todas las edades y todos los mo­dos de vida. The Sunday Times lo ha descrito como uno de los mil Hacedo­res del Siglo Veinte, y The Sunday Mid-Day (India), como una de las diez personas (junto con Gandhi, Nehru y Buda), que han modificado el destino de la India.
Discursos espontáneos que Osho dio a sus discípulos y amigos en la Casa de Lao Tze, Poona, India.
ÍNDICE
Introducción

Primer discurso: Un breve comentario

Segundo discurso: ¡Deshazte de ella!

Tercer discurso: El abad de Nansen

Cuarto discurso: La buena esposa

Quinto discurso: Esto es egoísmo

Sexto discurso: Las dos concubinas

Séptimo discurso: Copos de nieve tan bellos como éstos

Octavo discurso: El Primer Principio

Noveno discurso: La broma práctica

Décimo discurso: Molestando

Notas


Acerca del autor
INTRODUCCIÓN
El zen de este libro no es un zen que carezca de sentido; no es simplemente la carne y los huesos, sino que conlleva también la esencia. No es un zen explicado, porque el zen no se puede explicar.

La esencia es Osho.

A través de Osho como vehículo, el zen cobra vida y toca un punto vulnerable. Si intentas razonar y analizar, se te escapará la preciosa cualidad de este libro. Si quieres probar algo de lo que es el zen, este libro te será útil. La simplicidad es, a menudo, oscu­ra; y el zen es la mayor simplicidad. Al mirar un árbol, vemos un árbol; está allí, pero nosotros sólo podemos sentirnos a nosotros mismos. No podemos ver lo más evidente, aquello que hace que el árbol esté allí... el sitio en que estamos.

Así ocurre con el zen. No se puede comprender con la mente, pero se puede sentir. En el momento en que la mente fracasa en la comprensión de una afirmación como "nada es todo" o, para el caso, "todo es nada", el corazón, que está abierto, puede ab­sorber de inmediato la verdad de esto, la posibilidad.

Y Osho es el maestro de zen que devela lo mágico del zen. Su ser es alimento, y nutre al ser-abandonado en cada uno de noso­tros.
Para volverse hacia adentro, es necesario cruzar muchos ríos y sanar muchas heridas de origen. Este trayecto de retorno a las fuentes es siempre nuevo, lleno de maravillas y descubrimientos en cada momento y en cada nivel. Jamás puede envejecer, por­que la fuente es el comienzo. Es como una casa con pisos y pisos de habitaciones: está el principio, y el principio, y el principio. En­trar es dejar algo atrás; dejar algo atrás es entrar; y así continúa, en un infinito strip tease cósmico. Nunca terminamos. Pero es di­vertido, así que ¿quién querría que termine?

Cuando escuchamos a los maestros de zen que hablan a través de Osho, sus palabras son como burbujas: si tu corazón está abier­to, te bañan con su silencio a medida que estallan.

En este libro, si lo admites un poco, te brindará un gran ali­mento para el pensamiento. Entonces, este libro puede significar para ti una abundancia de conocimiento. Pero, si dejas que vaya entrando en ti... entre las líneas... entre las palabras... entre los versos, entonces puede transformarse en un estallido de com­prensión. Podría transformarte.

La esencia está siempre disponible. La llave está en el interior, en cuánto podemos recibir.


Dice Osho:

"Oye la música, no la lógica.

No tiene lógica alguna sólo tiene melodía".
Ma Yoga Sudha
Primer Discurso:
Un Breve Comentario
Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China y,

mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza. Cuando

estaba en China, no viajaba. Vivía en un lugar remoto de

una montaña y meditaba permanentemente. Cada vez que

la gen­te lo encontraba y le pedía que predicara, decía unas

palabras y luego se trasladaba a otra parte de la montaña

donde fuera más difícil localizarlo. Cuando Kakua volvió

a Japón, al empe­rador le llegaron noticias de él, y pidió que

fuera a la corte a hacer una prédica zen para la edificación

espiritual de él y de todos sus súbditos. Kakua se ubicó

ante el emperador en silen­cio. Luego, sacó una flauta de un

pliegue de su túnica, sopló una sola nota, hizo una reverencia

cortés y desapareció. Nun­ca se supo qué fue de él.
La verdadera enseñanza no se puede enseñar; sin embargo, se le llama enseñanza. No se la puede enseñar, pero se la puede mostrar, indicar. No hay modo de hablar de ella directa­mente, pero hay millones de formas de señalar la de manera indi­recta.

Lao Tse dice que la verdad no puede ser dicha y que, en el mo­mento en que uno la dice, ya la ha falsificado. Las palabras, el len­guaje, la mente, son completamente incapaces. Desafía a la ra­zón, desafía a la personalidad orientada por la razón, desafía al yo. No puede ser manipulada. Encontrar la verdad es por comple­to imposible para la razón.

Esto es lo primero que hay que comprender y, cuanto más pro­fundamente lo entiendas, más posibilidades tendré de señalarla. Lo que estoy diciendo no es la verdad; no podría serlo. A través de palabras, sólo se puede crear una situación en la cual la verdad pueda ser posible. Pero de esto tampoco se puede estar seguro. Es impredecible. No se puede generar una causa para que se pro­duzca; se produce cuando se produce. Lo único que podemos ha­cer es estar dispuestos a ella. Tus puertas deben estar abiertas. Cuando golpee a tu puerta, debes estar allí presente. Si estás pre­sente, disponible, receptivo, puede producirse. Pero recuerda que, a través de las escrituras o de las palabras de los seres ilumi­nados, no lograrás acceder a la verdad.

Entonces, lo primero es que no puede ser dicha. Y cada maes­tro debe crear una situación indirecta, debe impulsarte hacia lo desconocido. Todo lo que dice te va llevando hacia aquello que no puede ser dicho.

Lo segundo, antes de que podamos entender a Kakua y su her­moso relato zen: la verdadera enseñanza se resiste a las palabras, pero no puede resistirse al corazón. Si existiera un lenguaje del corazón, podría ser expresada a través del mismo. Pero el cora­zón carece de lenguaje; o bien, el silencio es el único lenguaje del corazón.

Cuando el corazón está en silencio, algo dice; cuando la men­te está en silencio, no dice nada. Las palabras constituyen el mo­do de expresión de la mente. La ausencia de palabras, el silencio, es el modo en que se expresa el corazón. El silencio es un lengua­je sin palabras, pero hay que aprenderlo. Así como uno debe aprender los lenguajes de la mente, uno tiene que aprender el len­guaje del corazón: cómo permanecer en silencio, alejándose de las palabras, de la mente, cómo dejar de lado lo racional.

Cuando la mente deja de funcionar, de inmediato, toda la ener­gía se desplaza al corazón. Cuando la mente no está en funciona­miento, lo está el corazón. Y únicamente cuando funciona el co­razón, es posible enseñarte algo. La verdadera enseñanza se de­be transmitir a través del corazón. Debes estar cerca del corazón. Cuanto más cerca estés, más capaz serás de comprender el silen­cio.
Recuerda: el silencio no es vacío. Ante los ojos de la razón, po­dría parecer que el silencio es vacío. No lo es. El silencio es el mo­mento más pleno posible. No es sólo un momento de plenitud, si­no también de rebasamiento. Pero es de una importancia senti­da. El corazón no está vacío: es lo único que está lleno. La men­te está vacía, pues no tiene más que palabras. ¿Y qué son las pa­labras? Pequeñas olas en el vacío. ¿Y qué es el silencio? El silen­cio es lo absoluto.

Cuando piensas que estás separado de la existencia, cuando no crees ser uno con ella... en un momento de ausencia de pen­samientos, pierdes todos tus límites. De repente, desapareces y, sin embargo, estás. Y este momento sentido de no yo, de no mente, de no pensamiento, es la situación en la cual se torna po­sible que la verdad llegue a ti. Cuando estés vacío de ti mismo, te llenarás con la verdad. Entonces, todo lo que debe hacer un maes­tro es eliminarte absoluta y completamente, destruir tu yo absolu­ta y completamente, cortarte la cabeza para que puedas volverte hacia el corazón. Entonces, toda la energía se desplaza hacia el corazón.

¿Puedes estar sin cabeza? Si puedes, sólo entonces podrás ser un discípulo. Si estás apegado a la cabeza, en ese caso no podrás ser un discípulo. ¿Puedes vivir sin la cabeza? Si no puedes vivir sin la cabeza, estás cerrado a la verdad. La cabeza es la barrera; el co­razón es la apertura.

Entonces, ¿cómo es posible enseñar la verdadera enseñanza? No se la puede enseñar. No es un aprendizaje: no puedes apren­derla de alguien. Es una disciplina interior. Debes transformarte en un vehículo receptivo, en un médium. No es algo que puedas aprender si permaneces tal como eres. No podría ser una acumu­lación. Tienes que atravesar una transformación, tienes que ser diferente. Tu ser debe adquirir una cualidad diferente.


Sólo entonces se vuelve posible la comunicación: no exacta­mente la comunicación, sino más bien la comunión. Por medio de la cabeza, se produce una comunicación, mientras que, por me­dio del corazón, se produce una comunión. No se trata de un diá­logo. De hecho, es un encuentro del maestro con el discípulo. Es menos un diálogo; es más bien una fusión, una mezcla, en la cual el maestro y el discípulo se fusionan el uno en el otro, tal como lo hacen los amantes. Pero los amantes se fusionan a través de sus cuerpos; cuanto mucho, pueden unirse a través de sus mentes. Pero un discípulo y un maestro forman la mejor relación amoro­sa del mundo: se fusionan en el espíritu y se vuelven uno.

Sólo cuando constituyen una unidad, es posible mostrar la ver­dad. No se puede enseñar, no se puede aprender; nadie te la pue­de enseñar. No puedes aprenderla de nadie. Todo el esfuerzo que hagas por aprenderla a partir de alguien, vivo o muerto, ya sea a partir de las Escrituras o de las enseñanzas, será inútil. Y, cuanto antes lo entiendas, mejor, pues el tiempo que pasa está perdido. Nada puede lograrse de este modo.

Debes atravesar una transformación. Debes morir y renacer. Debes estar completamente renovado, totalmente renovado. Só­lo con esta "renovación" (cuando lo viejo se haya disipado, cuan­do hayas desaparecido y un nuevo ser haya tomado tu lugar), en­tonces habrá comunión.

Esta hermosa historia zen dice muchas cosas. Trata de com­prender cada palabra, pues cada palabra tiene importancia.


Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China...
El zen es la enseñanza más sutil. La palabra "zen" deriva de dhyana. La enseñanza nació con Buda en la India, pero luego, desgraciadamente, la India se volvió poco receptiva, y los discípu­los de Buda tuvieron que buscar en China a gente que fuera más receptiva a esta enseñanza.
Buda afirmó muchas cosas, pero jamás pronunció ni una pa­labra acerca de la verdad. Dio numerosas conferencias; durante los cuarenta años que siguieron a su iluminación, habló todos los días, en forma permanente, pero no pronunció ni una palabra acerca de la verdad. Cada vez que alguien le preguntaba "¿Qué es la verdad?", se quedaba en silencio.

Entonces, un día sucedió. Se sentó debajo de un árbol. Se ha­bía reunido mucha gente. Estaban presentes todos sus discípulos y estaban esperando que dijera algo. Pero no dijo nada; simple­mente, se sentó allí. Tenía una flor en la mano, porque en Orien­te la flor de loto es el símbolo del máximo florecimiento. En Oriente, se considera que el pico más alto de tu ser es como una flor de loto. Lo es. Cuando llega tu pico máximo, dentro de tu ser comienza a abrirse una flor. Y continúa abriéndose y abriéndose y abriéndose: de la perfección a más perfección y más perfección; no hay fin para este proceso. A esta flor de loto se la llama sahas­rar, la flor de loto de mil pétalos.

Buda llegó con una flor de loto. Se sentó debajo del árbol y contempló la flor de loto como si se hubiera olvidado de las diez mil personas que se habían reunido, que estaban allí y esperaban con impaciencia. Pasaron algunos momentos, después empeza­ron a transcurrir horas, y la gente comenzó a sentirse muy incó­moda. Era como si Buda se hubiera olvidado por completo de ellos.

Él está allí, la flor está allí, y él está tan absorto en la flor que da la impresión de que hasta los límites entre Buda y la flor se hu­bieran desvanecido. Entonces, de repente, un discípulo (cuyo nombre es Mahakashyapa) comienza a reír fuertemente. Es increí­ble, porque este Mahakashyapa es alguien tan callado que nadie jamás lo vio reírse. Y es tal la carcajada que parece que se hubie­ra vuelto loco. Todo el mundo lo mira. Buda le pide que se acer­que y Mahakashyapa lo hace. Buda le entrega la flor a Mahakash­yapa y le dice al grupo de personas:

-Lo que puede ser dicho, os lo he dicho; y lo que no puede ser dicho, se lo he entregado a Mahakashyapa. Y ésta es la ver­dadera enseñanza.

Durante miles de años y hasta la actualidad, los budistas de to­do el mundo se han preguntado qué recibió Mahakashyapa, qué era. Ésta se transformó en una de las preguntas más agudas. Buda le dijo a Mahakashyapa que encontrara un hombre que pudie­ra recibir esta flor de loto. Mahakashyapa encontró a un hombre. Durante algunos cientos de años, otros pudieron hacerlo, y des­pués otros, pero el sexto maestro, Bodhidharma, no pudo encon­trar ni siquiera a un hombre en toda la India. Daba vueltas con una flor de loto. Entraba en cada poblado, golpeaba todas las puertas; no podía hallar a un hombre con quien entrar en comu­nión, a quien decirle aquello que no puede ser dicho. Nadie esta­ba preparado para recibir la verdadera enseñanza.

En India, había millones de personas instruidas, hombres llenos de conocimiento, grandes eruditos. Esos eran los días supremos de la mentalidad hindú. La India jamás recuperó ese nivel de sa­biduría. Pero Bodhidharma no pudo encontrar ni siquiera a un hombre que fuera capaz de recibir la flor de loto de Buda. Enton­ces, tuvo que irse a la China, para encontrar a un hombre allí. Incluso, debió buscar en forma continua durante nueve años antes de poder encontrar a uno.

"Zen" es dhyana; en China, se transformó en ch'an. Y des­pués, de China, debió ser llevado a Japón, ya que en la China pronto se tornó imposible hallar a un hombre que pudiera recibir la flor. Este Kakua es quien la llevó de China a Japón. Así como Bodhidharma la trasladó de la India a la China, Kakua la llevó de la China al Japón.

Este hombre es muy significativo y muy extraño. Nadie sabe nada acerca de él; sólo existe este relato. Es exactamente igual a Mahakashyapa: nadie sabe nada acerca de él. Solamente esta his­toria que te estoy contando de la entrega de la flor de loto: es lo único que se conoce acerca de él. De Kakua también se conoce únicamente este relato. Nunca nadie supo qué fue de él. Un hom­bre que se queda totalmente callado pierde sus límites, pierde de­finiciones, pierde su autobiografía. No hay nada de qué hablar; no hay nadie de quién hablar.

Paramhansa Yogananda es el primer yogui de toda la historia del yoga que escribió una autobiografía. Esto es una tontería, pues el yogui, por la naturaleza misma de su ser, no es nadie. En esto consiste toda su autobiografía.

Nadie sabe nada acerca de Kakua, a excepción de esta peque­ña anécdota; pero es suficiente. Porque en esta anécdota están contenidas todos los Vedas, todos los Coranes, todas las Biblias (todos los Vedas que existieron y que existirán en el futuro); esta pequeña anécdota las contiene todas. Así que escucha cuidadosa­mente.
Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China y,

mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.
Aceptó la verdadera enseñanza... Presta atención a las pala­bras. La verdadera enseñanza siempre está disponible. Es necesa­rio que alguien la acepte. Está siempre disponible, pero tú no es­tás preparado para aceptarla; la rechazas. Ésta fue mi experien­cia al trabajar con mucha gente. Es raro que, cuando golpeo a sus puertas, me acepten; es muy raro. Se resisten de millones de for­mas. La aceptación es difícil. ¿Por qué? Porque, si aceptas, el yo está perdido. El yo decide si aceptar o no; la razón piensa si algo es o no verdad. La razón nunca pierde control.

El otro día hablaba con alguien y le decía:

-Ahora estás preparado. Da un salto hacia la sannyas. El hombre replicó:

-Lo pensaré.

¿Cómo puedes pensarlo? Pensarlo es posible únicamente si lo has conocido antes, pues el pensamiento se mueve en el terreno de lo conocido. Si en el pasado hubieras accedido a saber qué es la sannya, si alguna vez hubieras sido un sannyasin, podrías pen­sarlo. Pero, una vez que has sido un sannyasin, jamás podrás ser otra cosa: a tal punto llega la transformación que atraviesa un sannyasin. No sabes qué es la sannya y afirmas que lo pensarás. ¿Cómo lo pensarás? ¿Qué pensarás?

La sannyas es un movimiento hacia lo desconocido. Es una fe. No es tu decisión racional, sino un salto irracional. Se produce únicamente cuando estás harto de la razón. Pero dices que lo de­cidirás. ¿Quién lo decidirá? ¿Tu mente? ¿No estás harto de tu mente? ¿No hiciste todo lo que tu mente te ha ordenado hacer? ¿Adónde te permitió llegar esto? ¿Qué sucedió? Contempla tu vi­da. Aquí te ha conducido tu mente: es un infierno. Pero aún te apegas a ella y afirmas: "Lo pensaré". ¿Y quién eres tú? ¿Y quién está afirmando "lo pensaré"? ¿Quién es este yo?

La sannyas significa abandonar el yo y, si el yo es el que deci­de, no puede haber abandono, ya que en la decisión misma el yo se ha salvado. No puedes decidir; por eso es una fe. Por eso digo que es una relación amorosa fundamental. Si confías, confías en un maestro. Entonces no dices: "Yo decidiré". Simplemente afir­mas: "Aceptaré. Estoy aquí a tu disposición. Hazme lo que quie­ras. No me preguntes; simplemente, haz lo que quieras conmigo”. Éste es el sentido de la aceptación: es confianza, es shraddha, es una fe; no es una convicción.
... y, mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.
No puedes aprenderla; no se la puede enseñar. Pero se la pue­de aceptar y se la puede entregar. Una vez que estás preparado para aceptarla, te puede ser entregada, al igual que la flor de loto del Buda. No pienses en términos literales. No creas que Buda en realidad tenía la flor de loto en la mano. Su mano es la flor de lo­to; él es la flor de loto. Es posible que únicamente Mahakashya­pa (y nadie más) pudiera ver esto.

Observa mi mano: la flor de loto está allí. Si la aceptas, puedo entregártela. Pero la aceptación implica una muerte. La acepta­ción implica que tú, tal como eres, debes morir. Nace algo nuevo, desconectado y discontinuo en relación con el pasado. Cuando renazcas, no podrás conectarte con lo que había antes allí, pues el hombre viejo y el nuevo jamás se encuentran. Sale el hombre viejo y entra el nuevo, pero en el núcleo más íntimo de tu ser nun­ca se encuentran. Sale el viejo... sólo entonces se abre el corazón para que el nuevo sea recibido. Jamás se encuentran.

La iluminación es una discontinuidad con el pasado. Recuer­da: nunca te volverás iluminado; tendrás que abandonar. Sólo cuando abandonas, sólo cuando no estás en el camino, se pro­duce lo nuevo.

Kakua aceptó la verdadera enseñanza. Aceptación es una de las palabras más hermosas. Los budistas, los seguidores de Buda, tienen un término para ella que es aún más profundo que la pa­labra "aceptación"; este término es tathata. Tathata significa de­cir que sí en forma tan íntegra que en tu ser no exista división al­guna. Te vuelves uno en tu sí. Dices que sí de manera tan íntegra que adentro de ti no existe el no, no existe la negación.



Tathata, la aceptación total, no es una decisión de la mayoría; no es parlamentaria, es total. No es que la mayor parte de tu men­te, la mayor parte de tu ser, decide, mientras que la menor parte sigue diciendo que no. En ese caso habría conflicto. Entonces, quién sabe, en cualquier momento, la mayoría se puede transfor­mar en una minoría, y la minoría puede volverse una mayoría. Se­guro que habrá de ser así pues, más tarde o más temprano, la ma­yoría se cansará de decir que sí y se relajará cada vez más, mien­tras que la minoría que dice que no sin hacer nada juntará fuerza e ímpetu. Poco a poco, la mayoría quedará exhausta y la minoría juntará energía. Al no hacer nada, más tarde o más temprano, se transformará en la mayoría. Hay una política interior.

La aceptación, la aceptación total, tathata, significa que no hay decisión política alguna: es total. No hay nadie que diga que no adentro de ti, ni siquiera un fragmento, pues hasta un frag­mento puede ser destructivo. E, incluso si una parte de ti dice que no, no podrás recibir la verdadera enseñanza.

La gente viene a mí y me dice: "Nos abandonamos”. y no hacen lo que dicen. Si les digo "Muy bien. Cambien sus ropas por otras color ocre", responden:

"Es muy difícil; no estoy preparado para ello".

No es más que la ropa, ¡y no estás preparado para cambiarla! ¡Y estás pensando en modificar tu alma, tu ser! Y, sólo un mo­mento antes, esta persona estaba afirmando que se abandonaba.

No sabe lo que significa abandonarse. No sabe lo que dice, es­tá medio dormido. En su sueño, tal vez haya usado la palabra "abandonarse"; pero, en el momento en que le digo que modifi­que algo (su ropa, su nombre), replica: "Es difícil, adoro mi nom­bre. Permite que mi nombre siga siendo el mismo. Mi nombre es hermoso; no lo modifiques".

Ni siquiera el nombre, que no es más que una palabra... Y no naces con un nombre; vienes al mundo sin nombre, como un ser sin nombre. El nombre no es más que una etiqueta que se te ad­hiere. Y ni siquiera puedes cambiar la etiqueta. No estás prepara­do para cambio alguno.

La gente me pregunta:

"¿Por qué modificas la ropa y el nombre de las personas?".

Esto es sólo el comienzo. Es así como empiezo a encargarme de ti. Es así como siento si estás preparado para cambiar algo, o no.

Querrías recibir la verdadera enseñanza sin cambio alguno. Querrías recibir la verdadera enseñanza tal como eres. Eso no es posible. No es posible por la naturaleza misma de la verdadera en­señanza. No puedo hacer nada; nadie puede hacer nada al res­pecto. Está en la naturaleza misma del fenómeno: sólo lo recibes cuando lo aceptas.

Dios está disponible, la verdad está disponible, la luz está dis­ponible, pero tú eres tan miserable para recibir. No sólo eres mi­serable para dar, también lo eres para recibir. Un miserable debe serlo en cualquier cosa que haga. No puedes dar; no puedes reci­bir. ¿Qué clase de vida llevas? Dar y recibir son las dos caras de una misma moneda. Si puedes dar, también puedes recibir. Por eso, tanta insistencia en el hecho de dar (dar a la gente lo que pue­das dar), dar por amor. Tanta insistencia de parte de todas las re­ligiones: dar. Da más y más. ¿Por qué? Para que puedas recibir más y más.

Recuerda: es como la inhalación y la exhalación. Si exhalas con profundidad, automáticamente inhalarás con profundidad. Si quieres inhalar profundamente, tienes que exhalar profundamen­te: no hay otra manera. Y la vida es un equilibrio entre la exhala­ción y la inhalación. Si tienes miedo de la exhalación, tu respira­ción se tornará superficial: tu inhalación no podrá ser muy pro­funda; será imposible. La exhalación es dar; dar lo que puedas dar. Y, cuanto más das, más capacidad tienes de recibir. Y el mo­mento en que dar por completo, en forma total y absoluta, es el momento de la aceptación.

Kakua debe haberse entregado a su maestro en forma tan ab­soluta que se volvió capaz de aceptar, de recibir. Recibió la verda­dera enseñanza.


Cuando estaba en China, no viajaba. Vivía en un sitio remo­to

de una montaña y meditaba permanentemente.
Éstas son palabras simbólicas: "Cuando estaba en China, no viajaba". La mente viaja permanentemente. Tus viajes externos son sólo una manifestación de tu agitación interna. Cuando la gente se pone tan tensa por dentro, con tanto movimiento, por fuera también comienza a viajar. De aquí, los viajeros americanos. Por todo el mundo hay turistas norteamericanos.
Se dice que Chuang Tzu informa que oyó que, en los viejos tiem­pos, la gente ni siquiera cruzaba al otro lado del río. Chuang Tzu de­cía:

"Oí que mi abuelo decía que en su época sabían que existía una ciudad al otro lado del río, porque al atardecer el humo se elevaba por el cielo, y de noche, en el silencio de la noche, los perros ladra­ban en el pueblo vecino".


Sabían, pero nadie hubiera preguntado ni siquiera quién vivía allí. Una clase de gente diferente: ¿por qué molestarse? Deben ha­ber vivido en un absoluto silencio, ¿por qué hacer preguntas? ¿Por qué esta curiosidad? Alguien debe estar viviendo allí: así, es­tá bien. Nadie cruzó a la otra orilla del río para ver quién vivía allí.

y todo lo contrario sucede en América. Escuché una anécdo­ta. Cerca de un volcán en Grecia, había un turista norteamerica­no junto a un guía. Observó la profundidad del volcán y comentó:

-Se ve como el Infierno.

Y el guía le respondió:

-¡Ustedes, los norteamericanos, han viajado por todos lados!

Kakua no viajaba en absoluto, ni al Cielo ni al Infierno. Esto es meramente simbólico: uno debe permanecer donde está. No via­jar quiere decir no desplazarse ni en el espacio ni en el tiempo. Hay dos tipos de viajes: uno es en el espacio. Vas de Nueva York a Londres, de Londres a Poona, de Poona a Singapur: éste es un viaje en el espacio. Y además hay un viaje que se produce dentro de la mente, en el tiempo. Te diriges al pasado, te diriges al futu­ro, y ese es un viaje más importante. En un instante, puedes ir a cualquier parte. No se necesita pasaporte; no hay problemas con la visa. Puedes ir al pasado, puedes dirigirte al futuro, puedes ir a cualquier parte. La mente se mueve constantemente.

Recuerda: la mente nunca está donde estás tú; siempre está en otra parte. Nunca estás en el momento presente pues, para estar en el presente, uno debe aprender a no viajar, a no irse a otra par­te, a no visitar el pasado ni soñar con el futuro. El pasado no es­tá más y el futuro aún no llegó. Estás desperdiciando tu vida, tu energía. Estás desperdiciando tu precioso momento, el que está.

Está aquí y ahora. La puerta se abre en el presente y se te esca­pa. Aquí radican tu desdicha y tu angustia.

¿Por qué eres tan desdichado? Porque te has estado perdien­do la vida misma. Tu desdicha no es más que un indicador de que te has estado perdiendo la vida misma. La vida está en el presen­te y tú continúas o en el pasado o en el futuro. Eres como el pén­dulo de un viejo reloj del abuelo: vas de aquí para allá... izquierda, derecha, izquierda, derecha. El péndulo continúa; nunca se queda en el medio. Si el péndulo se queda en el medio, el reloj se detie­ne de inmediato.

La mente es como un reloj, y este viaje del pasado al futuro es el péndulo. Si te detienes en el momento, en este mismo momen­to, si me estás escuchando a mí... la brisa que pasa a través de los árboles, el avión que pasa justo ahora, algún pájaro, el ruido del tráfico, todo lo que sucede ahora mismo, abierto a esto, recepti­vo a esto, el pasado se deja de lado, el futuro ya no está allí... Entonces, tu estado de ánimo no es de viajero. Y eso es todo lo que significa la meditación.


Kakua... no viajaba. Vivía en un sitio remoto de una

monta­ña y meditaba permanentemente.
Hay montañas afuera y adentro. Todo un mundo paralelo exis­te también en el interior. Por eso la gente solía trasladarse a la montaña: para crear una situación externa adecuada para viajar interiormente a las montañas internas. Los hindúes tienen inclu­so un nombre para la montaña interna: la llaman Sumeru. Si pre­guntas dónde queda, te dicen que está en el cielo. Si crees que hay en el cielo una montaña como Sumeru, te estás perdiendo lo fun­damental. Lo que te están diciendo es que en tu interior hay un momento en el cual llegas a un punto máximo de tu ser. Este pun­to máximo de tu ser es Sumeru, la montaña que existe en el cie­lo, porque en ese momento tú estás en el cielo.

Éstos son todos símbolos: Kakua vivía en un sitio remoto en la montaña... Puede haber vivido allí exteriormente también, pero eso no tiene mucha importancia. En tu interior hay sitios remo­tos. En tu interior hay partes que corresponden al mercado, hay partes que corresponden a la familia, hay partes que correspon­den a la superficie. Y hay sitios remotos en tu interior que no co­rresponden al mercado, ni a la familia ni a nadie. Estas remotas montañas a las cuales nunca va nadie, donde únicamente estás tú, son las que debes buscar. Debes sentarte en silencio y buscar los sitios remotos de tu interior.

Eres un universo vasto, recuerda. La superficie que tú has da­do por descontado que eres es sólo el comienzo, la entrada. Si es­tás hablando en la entrada esto se debe a ti. Hay rincones remo­tos dentro de la casa. Mucha gente pasa toda su vida en la entra­da, junto al camino: el mercado, la familia, los objetos, el presti­gio, la política. Vives en la superficie. Kakua se volvió hacia sus sitios interiores, remotos y más remotos. ¿Cómo puedes volverte hacia tu interior? Primero, deja de viajar.

Hay dos movimientos de energía; solamente dos. La energía tiene sólo dos dimensiones: una es horizontal y la otra vertical, igual que la cruz cristiana. Y la cruz cristiana es, en verdad, el sím­bolo de esto. Una es horizontal: vas de un pensamiento a otro, de A a B, de B a C, en forma horizontal. Después, hay otro movi­miento de la energía: no vas de A a B, te metes más profunda­mente en A, de A1 a A2, de A2 a A3; te metes más profunda­mente, o en forma vertical, o más alta, pues todas estas denomi­naciones aluden a lo mismo.

Observa la cruz en que Cristo fue colgado. Tiene dos postes: uno es horizontal y en él fueron clavadas las manos de Cristo. Es­te poste es el tiempo común, el vivir cerca de la ruta, el vivir en el mercado, el vivir cerca del cruce de caminos. Y después, la pro­fundidad. Todo su cuerpo está sobre el poste vertical. Éste adquie­re más y más profundidad. Cuando vas a nadar, nadas en la su­perficie; eso es horizontal. Cuando te zambulles en la profundi­dad: eso es vertical. Un meditador se zambulle en la profundidad; un pensador se queda en la superficie. Pensar es como nadar. Me­ditar no es como nadar; es zambullirse en la profundidad, llegar al mismo punto pero en un nivel más y más profundo.

Deja de viajar, pues viajar es algo superficial. Quédate quieto, no viajes, quédate en el momento. Entonces, comenzarás a caer en el abismo. Puede darte miedo y tal vez esa sea la razón por la cual sigues pensando en el pasado y en el futuro pues, si te que­das en el momento, caerás en un abismo ilimitado. Se abre una profundidad y te absorbe en su interior.

El yo no puede existir en la dimensión vertical; sólo puede exis­tir en la horizontal. La mente sólo puede existir en la dimensión vertical; no puede existir en la horizontal. Pero la horizontal y la vertical se cruzan: ese es el encuentro de los dos postes, donde se forma la cruz. Se encuentran, se encuentran en el momento pre­sente: el momento presente se transforma en el punto de encuen­tro. Aquí, la horizontal atraviesa a la vertical. Desde el momento presente, te puedes mover en dos direcciones: o bien de A a B, o bien de A1 a A2. Kakua viajaba de A1 a A2, de A2 a A3. Y es una profundidad infinita: nunca llegas al final.

Cuando estaba en China no viajaba. Vivía en un sitio remoto en una montaña. Y, cuanto más profundo te metas en la dimen­sión vertical, cuanto más lejos llegues, tanto más te alejarás del mundo. Entonces la familia queda en la superficie, las ansiedades de la existencia cotidiana quedan en la superficie. Pertenecen a la calle, al tráfico, al mercado. Simplemente, te vuelves hacia aden­tro y desaparecen.

Recuerda que hay dos modos de enfrentar las preocupaciones: uno es resolverlas en la superficie (nadie las ha resuelto jamás); el otro modo es trasladarte a un rincón lejano de la montaña. Cuan­to más lejos te vayas, cuanto más grande sea la distancia, tanto mejor podrás ver, porque la distancia brinda perspectiva. Y, cuan­do puedes ver mejor las preocupaciones empiezan a desaparecer. Cuanto más lejos te vas, más se disuelven automáticamente las preocupaciones, pues ahora no las estás alimentando con sólo es­tar permanentemente cerca de ellas. Ahora no les estás prestan­do atención, se marchitan. Y, una vez que has llegado al rincón más remoto de tu ser, simplemente no sabes si hay preocupacio­nes o no, si alguna vez existieron. Simplemente, dudas.

Éste es el modo oriental de resolver las preocupaciones: vol­verse hacia adentro, a un rincón remoto. El modo occidental es enfrentar las preocupaciones y tratar de resolverlas. Y el Occiden­te fue un fracaso. Nada ayuda, ni el psicoanálisis ni otras tenden­cias dentro de la psiquiatría: nada ayuda, porque todo el mundo intenta resolver en la superficie. Pueden consolarte un poco o pueden adaptarte un poco a la sociedad; pueden darte algo más de confianza, pueden hacerte más normal; eso es todo.

Pero "normal" significa sólo normalmente anormal, nada más. Normal simplemente quiere decir como todos los demás. ¿Pero cómo son todos los demás? Todos los demás son también neuró­ticos, neuróticos leves. La psiquiatría, el psicoanálisis, y todas las tendencias occidentales, pueden adaptarte más, volverte más nor­mal: eso es todo. El desajuste desaparece; te adaptas. ¿Pero a qué te adaptas? Si la sociedad toda está enferma, te adaptas a la en­fermedad. Si la sociedad toda es neurótica, te adaptas a la neuro­sis.
El modo oriental es totalmente diferente. No se trata de adap­tarse más a la sociedad; no, porque la sociedad misma es ignoran­te, malsana, enferma. Adaptarse a ella no es el punto. El punto es alejarse más de la sociedad para poder encontrar tus propias raíces, tus propios fundamentos. Una vez que encuentres tu pro­pio fundamento, las preocupaciones existirán (son parte de la vi­da) pero ya no te preocuparán. Existen y las abordas en la super­ficie, pero no te involucras; te quedas afuera.

Un meditador real se vuelve auténticamente un forastero. Se queda afuera. Se queda a una distancia tan grande que puede ob­servarse a sí mismo como si estuviera observando a otra persona. Las preocupaciones estarán allí, igual que las olas están en la su­perficie del océano, pero en las capas más profundas del océano no hay olas. Si te identificas con las olas, habrá problemas. Esta identificación es la causa radical de toda desdicha. Cuanto más te alejas, más se disuelve la identificación: se quiebra, cae. De repen­te, estás en el mundo pero no eres parte del mundo. De repente, has trascendido.

Hay sólo una trascendencia, y la trascendencia es el único mo­do. Y esa trascendencia implica volverte más y más profundamen­te hacia tu interior. Simplemente, observa tu mente y llegarás más adentro. Sólo recuerda que no eres la mente y llegarás más aden­tro. Sólo recuerda que no debes caer en la vieja trampa de eva­dirte en el pasado o en el futuro. Sólo recuerda que no estás aquí para viajar sino para ser. No estás aquí para transformarte en al­go (ya eres aquello en lo cual te puedes transformar), sino simple­mente para conocer este ser, qué es...

Occidente ha hecho enormes y tremendos esfuerzos para transformarse en algo. Y Oriente sólo ha estado haciendo una co­sa: relajarse y saber quién es. La transformación no es el punto, pues transformarse es viajar; debes transformarte en algo. El pun­to es primero saber quién eres. Tal vez ya seas aquello en que te quieres transformar. Y quienes lo supieron, supieron que éste ya es el caso: ya eres aquello en lo que te puedes transformar. Sólo debes familiarizarte con este hecho.

Este hecho está profundamente oculto en ti. Los hechos más significativos siempre están profundamente escondidos, no están en la superficie. No están en la piel, sino en el corazón. Observa la mente y encontrarás rincones remotos de tu ser, con los que no estás familiarizado, que no conoces. No te conoces. Sólo conoces una parte de ti mismo, la entrada de tu casa. Sólo te mueves en las afueras.
Kakua... vivía en un sitio remoto de una montaña y

medita­ba permanentemente.
Esto debe ser recordado: la meditación no puede ser una par­te. O bien es todo, o no es. Es una ocupación de veinticuatro ho­ras. No puedes hacerla y dejarla. No es un fragmento, como ir a la iglesia o al templo, meditar algunos minutos y después termi­nar con eso. No es un acto que puedas ejecutar y luego dejarlo. No es un acto; eres tú. ¿Cómo puedes hacerla y terminar? Es por veinticuatro horas. La meditación es un modo de vida. No es una actividad; es tu ser mismo. Tiene que ser constante, tiene que ser continua; tiene que serlo. Mientras estás caminando, comiendo, o incluso cuando estás durmiendo, tiene que estar allí. Debe trans­formarse en una continuidad cristalizada. Sólo entonces se produ­ce la iluminación; nunca antes.

Por supuesto, en el comienzo debes empezar: lo haces a la ma­ñana, a veces lo haces al atardecer, y luego te olvidas. Incluso eso ayuda. Pero aún no es meditación: aún es una actividad. No se ha transformado en parte de tu ser. Todavía no es algo como respi­rar. ¿Puedes respirar a la mañana y después dejar de hacerlo? De­be volverse algo como la respiración, que te acompañe perma­nentemente. Y llega un momento en que se vuelve incluso más profunda que la respiración, pues ésta tampoco es constante; en realidad, no es constante. Cuando tomas aire, llega un momento en que la respiración se detiene. Cuando exhalas el aire, hay un momento, un fragmento de momento, en que la respiración se detiene. Cuando estás muy, muy callado, se detiene la respira­ción: no respiras.

La meditación es más profunda que la respiración, porque és­ta pertenece al reino del cuerpo. La meditación no pertenece al cuerpo. Pertenece a la semilla, al centro mismo en torno al cual gira el cuerpo. El cuerpo es sólo como una rueda. La respiración es necesaria para el cuerpo y la meditación es igualmente necesa­ria para el alma. Sin respirar, morirías; eso quiere decir que el cuerpo moriría. Sin meditación, morirías; eso quiere decir que el alma moriría.

Gurdjieff solía decir: "No creas que ya posees un alma. ¿Cómo podrías tener un alma si no es por la meditación?". Y tenía razón. Cuando meditas, el alma revive en ti por primera vez. Te ha esta­do esperando. Y, cuando el alma empiece a respirar en tu interior al igual que el cuerpo, cuando el alma comience a latir al igual que el corazón; tendrás una cualidad diferente. Esta cualidad es la re­ligiosidad. No tiene nada que ver con los rituales. Entonces, eres un ser humano diferente, totalmente diferente.

El deseo desaparece. En lugar del deseo, una satisfacción, una profunda satisfacción, te invade, pues el deseo es insatisfacción. La furia desaparece y, en lugar de ella, aparece la compasión. La misma energía se transforma en compasión. En la furia, querrías destruir al otro. En la compasión, por el contrario, querrías crear, no destruir. El odio desaparece sin dejar huellas: simplemente, no puedes encontrarlo en tu interior. Te vuelves amable, y entonces el amor no es una aventura: no es enamorarse de alguien; es sim­plemente tu modo de ser. Si tocas una hoja, hay amor; si trans­portas una piedra, hay amor; si observas el sol, hay amor. Cual­quier cosa que hagas se transforma en un acto de amor.

La meditación no es una parte, es el todo; entonces, uno de­be recordarlo permanentemente, debe estar alerta. No puedes meditar a la mañana y después olvidarte.


Él vivía en un sitio remoto de una montaña y

meditaba per­manentemente.

Cada vez que la gente lo encontraba y le pedía que predica­ra,

decía unas palabras y luego se trasladaba a otra parte de la

montaña donde fuera más difícil localizarlo.
Se trasladaba externamente y también internamente. A veces, aunque te dirijas a una parte lejana de tu interior, descubrirás que viene un pensamiento y te visita. Estos pensamientos son las per­sonas interiores. Y también afuera, incluso cuando te dirijas a una parte muy lejana del Himalaya, algún día, alguien (un cazador, un leñador o un viajante que va hacia el lago Mansarovar, o alguien que no encuentra su camino) te visitará. Y lo mismo sucede aden­tro: a veces te visitará un pensamiento vagabundo que ha perdi­do su camino.

Incluso en las meditaciones más profundas, de repente descubri­rás que un pensamiento sobresale, pero seguirá siendo uno, no se­rá una multitud. Y es hermoso que te visite un pensamiento, por­que puedes verlo con gran claridad. Tiene su propia personalidad. Los pensamientos son personas, pero vives en una multitud tal... Una multitud carece de personalidad. Estás tan lleno de pensa­mientos que no puedes percibir la belleza, el rostro, de un solo pen­samiento. Para cuando tomas consciencia, el pensamiento se ha desvanecido y ahora está pasando otro: es un tráfico constante.

En el tráfico, en la multitud, no miras las caras, no sientes a la gente; sólo sientes una masa que te rodea. En una multitud, los otros se vuelven cosas, no personas. ¿Has visto? Si estás viajan­do en un tren lleno de gente, muchas personas a tu alrededor to­cándose por todas partes, incluso si eres una mujer y alguien es­tá tocando tu cuerpo, no te sientes molesta. ¿Por qué no? Porque no es una persona, no es gente; es sólo una multitud. Si te paras solo debajo de un árbol y el mismo hombre viene y se restriega contra ti, te enojarás: ahora es una persona.

En una multitud, nadie tiene personalidad. Es una multitud. ¿Con quién te enojarías? Y te retraes. En un autobús lleno de gen­te, en un tren lleno de gente, te retraes; no estás atento a la su­perficie de la piel. Entonces, si alguien te toca, está bien. No es un toque, es algo muerto. Pero, a solas con una persona, es dife­rente.

Y lo mismo sucede en el interior. Has vivido en una multitud de pensamientos, una loca multitud. Nunca has observado un pensamiento suelto. Los pensamientos son personas y son her­mosos. Cuando puedes vislumbrar un solo pensamiento contra el cielo, con personalidad, con su propio ser, su propia energía, en­tonces ese pensamiento te pregunta algo. La mente nunca te ha preguntado nada, por tu gran identificación. Cuando ésta se quie­bra, poco a poco, hasta la mente empieza a preguntarte cosas.

La gente pedía cosas y le hacía preguntas a Kakua. Él predica­ba, decía unas pocas palabras, y luego se trasladaba a otra parte de la montaña, pues este lugar también se había vuelto poblado: la gente se estaba acercando. Y esto sucederá cada vez que te ins­tales en tu interior con tu meditación: cada vez que te pongas a meditar, te visitará un pensamiento. Esto demuestra que aún eres vulnerable al pensamiento, aún no te has trasladado allí donde na­die puede acceder. Debes cambiar; debes llegar más profunda­mente aún. Y sentirás una muy profunda gratitud por el pensa­miento que te visitó, porque te demostró que todavía no estás tan alejado de la superficie: un pensamiento puede llegar, una ola puede alcanzarte. Pensarás el pensamiento, tomarás tus perte­nencias y te trasladarás.

Kakua predicaba unas pocas palabras, tenía una buena co­municación con el pensamiento. y se alejaba más hacia el interior para que nadie pudiera acceder a él. Todos debemos encontrar un lugar que sea absolutamente individual, donde nadie pueda alcan­zarnos: se trata del alma. Nadie puede alcanzarnos, ni siquiera un pensamiento: es la soledad total.

No puedes imaginar el silencio, no puedes imaginar la belleza, no puedes imaginar el sabor que tiene estar absolutamente solo, sin que nadie pueda acceder a ti, sin que nada te alcance. No pue­des comprender la bendición, la dicha que se produce. Sigue vol­viéndote hacia adentro, y llega al punto en que ni un solo pensa­miento pueda aparecer ni visitarte. Llega al punto en que sólo quede el dueño de casa, sin que vengan huéspedes. Sólo enton­ces, el verdadero invitado golpeará a tu puerta. Sólo entonces Dios, sólo entonces el estado de nirvana, la iluminación, la supre­ma luz, la verdad, o como quieras llamarlo, golpeará a tu puerta. Cuando no estás disponible para el mundo, estás disponible para Dios. Hasta que esto, la soledad total, no suceda, no serás un ve­hículo justo para que la divinidad descienda.

Llegó un momento en la vida de Kakua en el cual lo logró, lo­gró la soledad completa, y entonces el supremo invitado golpeó a su puerta. Luego, regresó a Japón.
Cuando Kakua volvió a Japón, al emperador le llegaron no­ticias

de él, y pidió que fuera a la corte a hacer una prédica zen

para la edificación espiritual de él y de todos sus súbditos.

Kakua se ubicó ante el emperador en silencio.
Debe haber sido un momento muy difícil de manejar para el emperador. Kakua simplemente estaba allí, de pie, callado. No de­cía nada. Trataba de comulgar, pero el emperador esperaba una comunicación. En ese mundo, incluso los emperadores son men­digos, pues ellos viven en el mismo lugar que uno. Pueden residir en grandes palacios, pero viven en mundos como el de uno. Pien­san igual que uno, imaginan, desean; se trasladan al pasado y al futuro, igual que uno. En lo que concierne a la realidad fundamen­tal, el emperador y el mendigo están a la misma altura. No hay una sola diferencia. Únicamente sus vestimentas son diferentes; su ser interior es igual.

Kakua estaba de pie en silencio; no decía una sola palabra. El emperador esperaba, la corte esperaba... Entonces, al percibir la imposibilidad (que el silencio no sería comprendido, que no hay nadie capaz de reírse como Mahakashyapa y de comprender su silencio), Kakua hizo lo mejor que hay después del silencio. ¿Qué hizo?


Luego, sacó una flauta de un pliegue de su túnica, sopló una

sola nota, hizo una reverencia cortés y desapareció.

Nun­ca se supo qué fue de él.
Esto es lo mejor que hay después del silencio. Si no es posible comprender el silencio, lo mejor (en segundo lugar) es la música.

Es necesario entender algo acerca de la música: la música no es un lenguaje, y sin embargo lo es. No dice nada pero habla. La música no contiene palabras, sólo sonido. El sonido está en un lu­gar intermedio entre la falta de palabra y la palabra. Si no es po­sible comprender la falta de palabra, entonces música. Y, si tam­poco es posible entender la música, Kakua sencillamente desapa­rece.


Estoy hablándote. De hecho, esto no es más que música. Tal vez la flauta no esté a la vista, pero en realidad no estoy hablan­do, sino cantando algo. No es una filosofía sino una poesía; de ahí todas las contradicciones del poeta. Digo hoy una cosa, dije algo completamente distinto ayer; y no soy predecible: mañana puedo afirmar algo diferente, porque lo que digo no es lo importante, lo importante es lo que canto a través de lo que digo. Las palabras cambian, las flautas pueden cambiar; ese no es el punto. Pero la nota única...
Y yo estuve hablando y hablando, pero ¿has observado la no­ta única? La nota única sigue siendo única. De diferentes formas, canto la misma canción con diversas flautas, con otras palabras. Pueden parecer contradictorias, porque a veces utilizo una caña de bambú y a veces una flauta de oro; a veces, una con pocos agujeros y, otras veces, una con muchos agujeros. Las flautas son diferentes y hasta los sonidos pueden ser diferentes, pero la nota de base sigue siendo la misma.

Todos los Budas cantan la misma nota. Los oyentes siguen cambiando, pero los Budas nunca cambian. Yo canto hoy la mis­ma canción que Kakua cantó ante el emperador. Sacó una flau­ta de un pliegue de su túnica, sopló una sola nota... Igual que una única flor en un gran jardín: una sola nota contra la totalidad del cielo, una sola nota contra la totalidad de la mente, el diálogo de la mente. Y entonces él... hizo una reverencia cortés y desa­pareció.


Nunca supo qué fue de él.
Hizo todo lo posible. Primero, probó con el silencio. Yo tam­bién lo intenté al comienzo. pero era difícil: el oyente no podía es­cuchar nada. Estoy probando ahora tocar la nota única con una flauta. Y, si no escuchas, recuerda el relato: Kakua desaparece. Entonces, nadie sabe nunca más nada de él.

Y Kakua probó con lo mejor de la sociedad: el emperador y sus súbditos. Y, cuando vio que ni siquiera el emperador y sus súb­ditos eran capaces de comprender, ¿qué sentido tenía? ¿Quién se­ría capaz de entenderlo? Simplemente, no volvió a molestarse. Y esto ha sucedido muchas, muchas veces: millones de veces. Mu­chos Kakuas ni siquiera hicieron el intento cuando descubrieron el absurdo total. Simplemente, miraron las caras del público y se en­contraron con muros. Sencillamente, no probaron. Pero algunos Kakuas son muy valientes y lo intentaron. Esto implica esperar contra toda esperanza.

Este relato constituye una indicación muy bella. ¿Qué hacer a raíz de este relato? Primero, intenta con el silencio... quédate ca­llado conmigo. Si sientes que es imposible, escucha la música, no las palabras que pronuncio. Las palabras no son más que excusas: escucha la música. Y no discutas, pues lo que afirmo no es una afirmación lógica; es absurdo. Pero esto (la lógica de lo que afir­mo) tampoco es el punto. Lo importante es la música de lo que digo.

Primero, prueba el silencio conmigo. Si se produce, es hermo­so. Si no se produce, prueba la música. Éstas dos son las únicas vías; no hay una tercera. No prestes atención a lo que digo; escu­cha sólo el ritmo. Escucha solamente la armonía, la armonía de los opuestos. Y recuerda que es una sola nota. Repito siempre la misma, pero en diversas formas. A veces, un relato zen es la ex­cusa; a veces, el Gita; a veces, Jesús o Mahavira; son todas excu­sas, pero sigo repitiendo la misma nota. Doy vueltas en torno a ti, intentándolo desde todas partes, probando todas las posibilida­des.


Presta atención a la música y no a la lógica. No hay lógica en esto; sólo hay una melodía.

Suficiente por hoy.




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