Charla sobre el duelo. Andoni Ugarte Garbizu. Introduccion



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CHARLA SOBRE EL DUELO. Andoni Ugarte Garbizu.

INTRODUCCION

Antes de empezar me gustaría comentaros el motivo por el que se me ocurrió ofrecer esta charla sobre el duelo. Yo trabajo como psicoterapeuta tanto con niños como con adolescentes y adultos. Y me sorprende ver, en el ejercicio de mi profesión, la vital importancia que los duelos tienen en el equilibrio de nuestra salud y bienestar.

Son muchas las personas que atiendo cuyas dificultades empezaron con la pérdida de una persona importante. En otras ocasiones el paciente descubre a lo largo de la psicoterapia que sus dificultades están relacionadas con una pérdida. Curiosamente es frecuente que estas personas que acaban enfermando, sean precisamente las que mejor parecían llevar la desgracia en un principio. (explicar este caso)

De todas formas, el tema del duelo va más allá de la perdida por muerte de personas queridas y que nos resultan importantes. El duelo como proceso y como trabajo psíquico a realizar es una tarea fundamental en cada una de las pérdidas y renuncias que la vida nos impone. Es más, el duelo es un proceso fundamental en el crecimiento psíquico de los niños y en la maduración de los adultos.

Todos tenemos la experiencia en la vida de haber hecho renuncias más o menos importantes y dolorosas y que nos lo han hecho pasar mal. Se trata de duelos tan habituales en la vida como el que nos vemos forzados a realizar cuando nuestra pareja nos deja y una relación se acaba, cuando cambiamos de ciudad o de casa, cuando perdemos la relación con un amigo o cuando sin llegar a perder la relación, este nos decepciona.

En este caso, parece que la relación no está a la altura de lo que nosotros esperamos o necesitamos y hacemos el duelo por haber perdido una relación ideal que creíamos tener (ya que a veces el duelo se hace por lo que uno creía tener). Gracias a este duelo podremos continuar con la misma relación desde lo que es, en parte tal vez decepcionante y gratificante también en otros aspectos. (explicar cómo es frecuente encontrar personas que en la vida sienten haber sido traicionadas o decepcionadas por sus amigos y familiares cuando ellos lo han "dado todo", esperándolo todo a su vez de los demás).

También sería un duelo importante el que hace al final de la carrera profesional un trabajador que se jubila. Ya que por un lado vamos a tener tiempo para hacer otras cosas y esto puede ser una cosa largamente esperada, pero por otro también perdemos una parte de nuestra identidad como personas activas con una función social. Pérdida que acontece también cuando nos quedamos en el paro.

Siguiendo el hilo de las renuncias que debemos hacer como parte de la maduración en la vida, una de vital importancia sería la de no esperar que las cosas nos salgan bien a la primera. Los adultos sabemos que las cosas que nos proponemos conseguir suelen ser realizables, pero que llegan a alcanzarse, si se consigue, tras un más o menos largo periodo de trabajo y de intentos fallidos. Esta experiencia, nos hace posible no desesperarnos cuando algo no nos sale a la primera. Fijaos, por el contrario, en las pataletas de los niños cuando no obtienen lo que quieren en el momento mismo en que lo necesitan. En este caso podríamos decir que un adulto habría hecho el duelo por la idea omnipotente infantil de que las cosas se consiguen con inmediatez, de que todo se nos debe y de que nuestro deseo es ley.

Se hace un duelo también incluso en un momento tan feliz como el de casarse ya que suele ser también el momento en el que se deja atrás la casa de los padres. Lo mismo se puede decir de los padres de la pareja, cuya relación con sus hijos ven alterada.

Los niños, por poner otro ejemplo hacen un duelo y sufren una pérdida importante cuando no les queda más remedio que renunciar a la imagen que tienen de sus padres como siendo omnipotentes y que pueden solucionar todos sus problemas. Cuando se dan cuenta de que sus mayores también son vulnerables a los envites de la vida. etc.

Los adolescentes, por seguir poniendo ejemplos de duelos y de pérdidas, a medida que van madurando y se van acomodando a su nueva identidad, tienen que ir renunciando a la identidad infantil e ir modificando sus relaciones con los adultos. Se trata de que vayan asumiendo los cambios corporales que van teniendo lugar y poco a poco vayan abriéndose camino a las nuevas posibilidades que estos cambios plantean, como son, las relaciones sexuales y de pareja, la paternidad y maternidad. etc.

Los adolescentes también, desde la infancia van realizando el duelo por la relación con sus padres que, como es normal, se va haciendo más distante. Los padres son en la infancia el centro del universo del niño, mientras que en la medida que crecen se van separando de estos para abrirse al mundo de los profesores u otros adultos, de los amigos o iguales y las relaciones de pareja. Por supuesto esto no significa que la relación con los padres deje de ser importante. Como sabemos, las relaciones familiares serán de primera importancia toda la vida.

En relación a la adolescencia, me gustaría llamaros la atención sobre un fenómeno que se repite mucho y que ilustra la dificultad del duelo y las separaciones. Se trata del extrañamiento, de la sensación de extrañeza del que muchos padres se quejan en relación a su hijo, cuando afirman: "antes hablaba mucho y lo compartía todo con nosotros y ahora parece que cualquier pregunta que le haga se lo toma como una molestia". Padres que se quejan de la actitud muy reservada de sus hijos para los cuales cualquier interés hacia ellos es vivida casi como una intromisión. En la adolescencia esa actitud reservada y silenciosa esconde precisamente la dificultad de separación y reformulación de una relación con los padres que de repente se convierte en una amenaza a su intimidad y autonomía.

Precisamente la adolescencia tal vez sea el momento de la vida en donde más duelos se elaborarán, es el momento donde el chico se ve forzado a renunciar a su posición infantil en el mundo para ir adquiriendo una posición más adulta. A este respecto también tengo que decir que gran parte de los fracasos escolares y las inhibiciones intelectuales se pueden entender bajo esta perspectiva emocional del “niño que no puede crecer”.

Es decir, la importancia del duelo es tal, que gracias a los duelos llegamos a ser adultos más autónomos y capaces de manejar las dificultades del mundo y vamos pudiendo relacionarnos con los demás de forma más diferenciada, más independiente y más madura. Pero esto no quiere decir que a medida que crecemos internamente seamos más indiferentes hacia los demás.

Como os decía el crecimiento y la maduración viene marcada por un montón de pérdidas y que requieren algún proceso de duelo o reajuste, que en ocasiones producen ciertos trastornos, si no francas dificultades o problemas sintomáticos. Es decir, una patología que puede requerir la atención de un profesional. En este sentido, os comento brevemente ya que no es el tema del que os quiero hablar en esta charla. Las patologías relacionadas pueden ser de muy diversa índole. Desde síntomas depresivos a todo tipo de trastornos ansiosos o problemas relacionales y de carácter.

Es importante no perder de vista que la diferencia entre los síntomas y los problemas considerados patológicos a los que hago alusión y las dificultades y trastornos propios de un duelo normal, no es fácil de establecer. Es muy frecuente que en los duelos normales nos encontremos con dificultades relacionales, con temores, con desconfianza, con ansiedades y con momentos depresivos, por lo menos en determinados momentos. Generalmente la decisión de consultar a un profesional se toma cuando estas complicaciones del duelo nos dificultan desenvolvernos en la vida, trabajar o relacionarnos o cuando el malestar se prolonga en el tiempo y empezamos a pensar que tal vez no seremos capaces de superar el trance por nosotros mismos.

Por tanto la diferencia entre un duelo normal, uno complicado y otro patológico, es una cuestión de grado. Lo patológico, no es cualitativamente distinto de lo sano. Veamos pues la diferencia entre el proceso de duelo normal, el complicado y el patológico.

Un proceso de duelo sano, es aquel que es llevado de forma exitosa permitiéndole al deudo, la persona que sufre la pérdida, rehacer su vida, sus proyectos y sus relaciones. Va a atravesar por momentos de dificultad que va a comprometer nuestra salud y fortaleza internas. Pero con la ayuda del entorno y transcurrido un periodo no menor de 1 año, la pena irreparable y la desesperanza van abriendo paso a las nuevas ilusiones y relaciones (explicar lo del periodo de 1 año).

Hablamos de duelo complicado cuando la naturaleza de la pérdida resulta demasiado importante o cuando las circunstancias de la muerte resultan especialmente difíciles. Por ejemplo es habitual encontrarse con duelos complicados entre las personas que han dedicado los últimos años a cuidar de un enfermo. En estas situaciones es frecuente que el deudo se encuentre con dificultades a la hora de expresar la ambivalencia normal en toda relación (explicar de forma suave esto de la ambivalencia). La queja que a veces nos puede resultar difícil de articular podría ser la siguiente: "me he tenido que hacer cargo de un enfermo, pero nadie se hace cargo de mi". En estos casos también es muy frecuente que tras un periodo tan largo de cuidados el deudo se encuentre sin saber qué hacer con su tiempo. De forma que además de la pérdida de la persona querida se encuentre con que va a tener que rehacer su vida cotidiana.

El duelo patológico es aquel en el cual, transcurrido el periodo necesario para andar el proceso, aparecen las manifestaciones de un trastorno mental. Dentro de las manifestaciones de un duelo patológico es frecuente encontrar la depresión, el consumo de drogas, los trastornos de ansiedad o angustia (molestias emocionales y corporales), los temores y las fobias o las reorganizaciones de personalidad basadas en la desconfianza o temor a ser dañado. Es muy frecuente que una pérdida o un duelo mal superados dejen en nosotros un temor difuso por la seguridad propia o de las personas del entorno que en ocasiones tiñen las relaciones de ansiedad y temores hiponcondriacos (temor a contraer una enfermedad) o catastróficos.

En definitiva, con esta charla me he propuesto simplemente llamar la atención sobre el duelo como un proceso complejo y fundamental en la vida, que es necesario para rehacernos cuando nos sobreviene una pérdida importante. Se trata de un proceso que requiere un tiempo, como os digo mínimo 1 año, que es un proceso difícil y exigente, ya que pone a prueba nuestro equilibrio y que además puede torcerse y complicarnos las cosas, comprometiendo nuestra salud. Es decir, que se trata de un proceso al que merece la pena dedicar nuestro tiempo y atención y que debe ser tenido en cuenta para una buena salud propia y de las personas cercanas.

Para esto os describiré este proceso de duelo y la importancia y particularidades que el duelo tiene para daros así algunas claves que espero os sean de ayuda, fijándome especialmente en la importancia del duelo en los niños.

MOMENTOS DEL DUELO NORMAL

1º momento impacto y crisis.

De una duración de días o semanas. En este momento es habitual que el deudo actúe como si la muerte no hubiera tenido lugar o que pase intermitentemente de la aceptación a la negación de la misma.(Negación. tal vez llamar la atención sobre lo paradójico de la negación).

Son frecuentes la angustia y los síntomas somáticos y también los diversos grados de no aceptación de la realidad. En general la duración y profundidad de este estado de shock va a depender de lo inesperado o complicado de la pérdida. De las circunstancias de la muerte: si esta ha sido, por enfermedad y largamente esperada o inesperada, violenta, suicidio etc.

En estos momentos lo importante será que el deudo sea acompañado, que tenga un hombro sobre el que llorar.



2º momento del duelo. AFLICCIÓN Y TURBULENCIA AFECTIVA.

De una duración de semanas o meses. Tras horas o días tras percibir la inmutabilidad y realidad de la pérdida. El deudo puede sentir congoja, parálisis intensa, accesos de llanto, añoranza y anhelo.

Anhelo sería interpretar los sonidos como voces del fallecido acompañado de momentos de ilusión y esperanza negadora: "no ha pasado, se puede arreglar"

No solo es suficiente con llorar. A menudo lo que realmente ayuda es llorar con alguien y recibir su apoyo y contención. Es llorar con otro lo que da significado a las lágrimas.

La ira y cólera son también expresiones normales del duelo, a pesar de que en nuestra sociedad son peor tolerados. Si la ira no puede ser dirigida contra el fallecido (por ejemplo cuando nos dirigimos al fallecido preguntándole: "¿por qué me has abandonado?") entonces es posible que se vuelva contra uno mismo o contra el entorno (muchas veces el médico o el entorno sanitario: "los médicos tienen la culpa de que haya fallecido")

En este momento me gustaría hacer un par de comentarios sobre el uso de los fármacos y sobre la culpa en este periodo del proceso de duelo.

USO DE PSICOFARMACOS

Conviene usar solo los indispensables y durante el tiempo estrictamente necesario para tratar situaciones de emergencia (insomnio, crisis de ansiedad) o bien para tratar una manifestación patológica diagnosticada. (Los antidepresivos no tienen ningún efecto en los duelos normales, por otra parte abusar de la medicación puede retardar o impedir la buena marcha del duelo)

CULPA

Tipo de respuesta muy habitual, principalmente en los niños. Casi siempre el niño fantasea que el culpable es él. Por la inmadurez propia de su forma de pensar, tiende a hacerse responsable de todo lo que ocurre a su alrededor, ya sea bueno o malo. De forma que es muy frecuente escuchar a un niño decir cosas como: "Mama se ha muerto porque me he portado mal"



En los adultos: culpa por no haber llorado suficiente o por haber llorado como un niño y no poderse controlar (una culpa muy frecuente es el pesar de no haber hablado y expresado muchos sentimientos hacia el difunto). Aunque también es muy frecuente que el adulto se culpe por no haberlo cuidado suficiente o por no haber evitado la fatalidad. Como si estuviera en nuestras manos el evitar la tragedia.

Enredarse en temas legales de búsqueda de culpables puede suponer dificultades añadidas en el proceso de duelo.

La sensación de liberación suele ser vivido con culpa (no hemos de olvidar que la sensación de liberación es también frecuente especialmente cuando antes de la muerte ha habido una enfermedad larga y difícil)

3º momento del duelo. PENA Y DESESPERANZA PROFUNDAS PERO REVERSIBLES.

Tiene una duración de meses o años. En este momento los sentimientos que van predominando son el de tristeza y también de desesperanza. Son frecuentes el temor al mundo o al futuro, a las situaciones difíciles o a situaciones similares a las que se dieron en la perdida.

La desesperanza como la sensación de que hay cosas que no tienen arreglo, de que la perdida ha supuesto cambios y un empobrecimiento general que no tienen reparación posible. En la mayoría de los casos estos afectos se van haciendo menos fuertes.

Uno de los conflictos o dificultades centrales en este momento del duelo lo constituiría la oscilación del deudo en torno a atesorar los recuerdos sobre lo perdido u olvidarse de ellos. La tarea que como deudos podemos llevar a cabo pasaría por lo que se podría llamar como olvidar recordando. Se trataría de atreverse a recordar y a sentir la pena que los recuerdos despiertan, con el fin de que esta pena unida a los diferentes objetos, lugares o fechas del calendario vayan perdiendo esa viveza punzante. Se trata de que los objetos del mundo dejen de asociarse al recuerdo de lo perdido, a la desesperanza de lo que no se puede recuperar, para que poco a poco los objetos y los lugares, por poner un ejemplo, vayan recuperando y tiñéndose de nuevo con las ilusiones y proyectos de la vida.

Esto no ocurrirá si nos aferramos a un recordar repetitivo, rumiativo o autoimpuesto. Algo que en ocasiones ocurre cuando necesitamos dramatizar la pérdida o nuestros sentimientos, cuando no nos permitimos pasar página, tal vez por sentirnos culpables de olvidarnos del fallecido.

O por el contrario, este olvidar recordando también puede obstaculizarse e interrumpirse, cuando por temor a la tristeza y al dolor, el deudo se entrega a viajes y a todo tipo de actividades para evitar pensar.

Esta actitud de olvidar recordando, de no rechazar los recuerdos y los afectos penosos, sería la clave del trabajo de duelo. Por supuesto es un trabajo largo y duro, pero inevitable para el buen desenlace de esta dura prueba. Con el tiempo, después de haber atendido todos los recuerdos que vinculan los objetos y situaciones del mundo con el fallecido y la terrible pérdida, estos dejaran de estar teñidos por la pena y podrán abrirse a las nuevas experiencias e ilusiones.

4º MOMENTO. RECUPERACIÓN PROGRESIVA.

Tiene una duración de años. Gracias a nuestras cualidades personales, al buen recuerdo de lo perdido y a la ayuda de nuestros allegados, suele ir predominando la esperanza, la confianza, la solidaridad, el amor y la contención sobre la desconfianza, la desesperación, el temor, el odio y el desequilibrio.

El duelo se va elaborando progresivamente en la medida en que los recuerdos y las emociones se vayan tolerando en nuestra mente y en nuestras conversaciones. Es lo que más arriba os comentaba como olvidar recordando. Si en un primer momento del duelo, inmediatamente después de la pérdida los recuerdos y las emociones asociadas a estos se hacen insoportables, a medida en que vamos dando un lugar a estos y vamos sintiendo y recordando, van a ir también perdiendo su fuerza.

Un aspecto fundamental, señal de que el duelo ha ido teniendo un buen desenlace es el hecho de que al final del mismo el deudo va pudiendo emprender actividades sin la ayuda del fallecido. Esta idea de que no se va a ser capaz de hacer cosas sin el fallecido es muy propia de las etapas anteriores del duelo.

Se puede hablar de recuperación cuando los sentimientos y estados afectivos del deudo vienen determinados más por lo que le pasa en su vida cotidiana que por la pérdida.

TAREAS DEL DUELO

PRIMERA TAREA: aceptar la perdida. A veces en este momento, si no podemos negar la realidad de la pérdida, intentamos retrasar la percepción de lo importante de la pérdida. Por ejemplo diciéndonos: "por fin podré dedicarme a lo que más quiero".

SEGUNDA TAREA: Sería la que antes os señalé como olvidar recordando. Para poder elaborar un duelo, para que los sufrimientos que provocan puedan valer para algo, hemos de ser capaces de afrontarlos, de vivirlos y revivirlos una y otra vez. Para que estos vayan perdiendo su fuerza. Aunque nos duela y queramos pasar página lo antes posible. Para que un duelo sea creativo y no patológico es imprescindible trabajar con las emociones y el dolor de la pérdida.

Gracias a este trabajo los duelos nos cambian y nos ayudan también a crecer.

Como os decía antes, es importante no confundir este olvidar recordando con un recordar repetitivo y autoimpuesto muy asociado a la culpa.

En esta segunda tarea del duelo también destacaría la importancia de la ayuda de otros familiares y cercanos en aceptar oir una y otra vez las circunstancias de la muerte. (cosa que a veces puede resultar muy cansina para los demás, pero que resulta una gran necesidad para el deudo)

TERCERA TAREA: Readaptación al medio. La más larga y difícil tarea de elaboración en los duelos importantes. Si la pérdida ha sido importante, resulta imposible adaptarse a las relaciones sociales de la misma forma que antes. Muchas veces se hará necesaria una adquisición de roles. En una pareja por ejemplo es frecuente que el deudo tenga que asumir las tareas que la pareja fallecida solía asumir.

CUARTA TAREA: REUBICACIÓN DE LO PERDIDO EN NUESTRO INTERIOR. Nuestro ser perdido sigue siendo nuestro padre, madre, hermano etc en nuestro interior y sin embargo ha cambiado su papel en nuestros afectos cotidianos y en nuestras acciones.

ASPECTOS A TENER EN CUENTA PARA PENSAR EN UN DUELO COMPLICADO:

-no se puede hablar de la perdida sin dolor intenso.

-acontecimientos poco importantes desencadenan intensas reacciones emocionales.

-en toda conversación un poco profunda aparecen temas de pérdidas.

-es imposible desprenderse de las posesiones del fallecido.

-identificación con el fallecido en los síntomas físicos. Es decir cuando el deudo se queja de las mismas dolencias que el fallecido.

-cambios de vida muy radicales tras la pérdida.

-tristeza inexplicable en ciertos momentos del año

-síntomas aislados de depresión

-sobreidentificación con el fallecido (adopta intereses o estilos de comportamiento de la persona fallecida)

-aumento de los impulsos agresivos o destructivos.

-fobias o temores excesivos e irracionales sobre la enfermedad o la muerte

-o aparición de cuadro psiquiátrico completo.

PROCESOS DE DUELO EN NIÑOS.

Todo lo que hemos dicho anteriormente a propósito del duelo en los adultos vale también a grandes rasgos para los menores, no obstante, los adultos han podido construir con el tiempo más estrategias y defensas para afrontar los sufrimientos de la vida, mientras que los niños se encuentran en una situación de mayor fragilidad e inmadurez de su capacidad para manejar estas emociones.

Otro aspecto a tener en cuenta es el tipo de relación del niño con la persona desaparecida ya que la naturaleza del vínculo va a determinar también el duelo del menor: si la relación era de amor, de temor, de conflicto irresuelto o de resentimiento marcará formas distintas de llevar el proceso y las dificultades que tendrá que encarar en el proceso.

Las manifestaciones con las que los niños expresan su dolor no siempre resultan claras para los adultos. En ocasiones los niños parecen indiferentes a la pérdida de la persona amada y su comportamiento hace pensar que no sufren. No obstante, hay que aclarar que lejos de ser así, los niños se encuentran con dificultades añadidas en la expresión de los afectos, como puede ser el hecho de que no disponen de las capacidades verbales de los adultos y que por esta razón van a tender a manifestar su dolor y malestar a través de comportamientos. Además hay que tener en cuenta que debido a la inmadurez de los niños, es mayor la dependencia que establecen en sus relaciones y por tanto más dura la pérdida.

Por lo tanto habrá que prestar atención a posibles comportamientos indicativos de la dificultad por la que el niño pueda estar pasando:

-tristeza, malestar, desesperanza, llanto.

-actitudes regresivas (vuelve a orinarse encima, se chupa el pulgar, deja de comer por su cuenta o en general deja de poder realizar cosas que con anterioridad había resuelto hacer solo)

-trastornos somáticos (especialmente una serie de síntomas que recuerden los que sufría la persona perdida)

-dificultades escolares.

-trastornos depresivos más o menos graves.

-trastornos del sueño.

-trastornos del lenguaje.

-trastorno de alimentación.

-terrores nocturnos, miedo a estar solo.

-situaciones de ansiedad, incluso graves (que se pueden manifestar a través de hiperactividad, inquietud, agresividad)

-sentimientos de vulnerabilidad, inseguridad, aislamiento.

-sentimiento de culpa.

-preocupaciones graves por las posibles muertes de otras personas cercanas.

-actitudes de vinculación ansiosa.

-alteraciones de conducta.

Las reacciones y la forma de enfrentar la muerte que pueda tener un niño dado, depende también en gran medida de como la muerte se perciba en su grupo familiar y desde luego de la edad y la madurez del chico. De forma esquemática podemos marcar una serie estadios en los que la comprensión del niño de la muerte va madurando hasta una concepción adulta.

LA CONCEPCION DE LA MUERTE

-hasta los 3 años:

En este periodo la idea de que se puede cesar de existir, no se ha desarrollado aun en la mente del niño. De forma que este tiende a entender la muerte como inmovilidad. El niño percibirá, sin comprender, el clima afectivo del entorno. Podrá percibir que su entorno se encuentra abatido, y que esto supone que se le coge menos en brazos o que los adultos se han convertido en grises figuras que caminan cabizbajos. Advierte como un gran peligro la falta de sonidos habituales, como si su mundo se hundiera bajo sus pies.

-de 3 a 5 años:

El egocentrismo y la omnipotencia propia de esta edad puede llevarles a interpretar todo lo circundante como consecuencia de sus actos, de forma que pueden incluso sentir la muerte como un castigo por sus malos comportamientos.

-de 6 a 10 años:

En esta franja de edad el niño comienza poco a poco a concebir la muerte como un suceso real e irreversible. Puede por ejemplo decir que vivir significa sentir los latidos del corazón, pero todavía no ha adquirido de forma clara la noción de universalidad de la muerte, es decir, de que la muerte nos alcanza a todos, incluido él mismo. Es frecuente que el niño verbalice el deseo de reunirse con la persona faltante. Las reacciones más frecuentes en este periodo son la rabia, el llanto desesperado, el oposicionismo o el sentimiento de culpa.

-de 11 a 13 años:

Ya considera la muerte como un suceso que afecta a todos los seres vivos, incluyéndose a sí mismo, lo que puede ocasionarle una intensa angustia. Sus respuestas emocionales empiezan a asemejarse a la de los adultos. Las reacciones emocionales más frecuentes en este periodo son, el llanto, los raptos agresivos y la irritabilidad. También aparecen sentimientos nuevos, como la nostalgia, la tristeza, el sentimiento de soledad y el resentimiento.

También es habitual que el rendimiento académico pueda verse afectado a causa de los trastornos de memoria o concentración, facultades ambas especialmente frágiles en los momentos comprometidos (señalar algo sobre las dificultades en el estudio y el aprendizaje?).

-de 14 a 18 años:

En este periodo se da un importantísimo avance en la adquisición de un pensamiento más abstracto y lógico, llevando al adolescente a poder comprender mejor el sentido de la propia muerte. Puede sentirse tentado a negar la propia muerte a través de comportamientos de riesgo ( de todas formas no es raro encontrar esta misma reacción en adultos, por ejemplo en la crisis de la mediana edad). En este periodo es frecuente la actitud de evitación de los sentimientos. También son frecuentes fuertes manifestaciones de ira y resentimiento.

Muchos adolescentes sienten la necesidad de mostrar comportamientos de tipo adulto, sobre todo cuando es eso lo que se espera de ellos.

COMO AYUDAR AL NIÑO

Existe constancia de que los niños que han perdido a uno de sus progenitores en la infancia son más proclives a sufrir trastornos de ansiedad o depresión en la edad adulta. Esto nos puede ayudar a hacernos una idea de hasta qué punto un proceso de duelo en el niño puede comprometer su equilibrio psíquico.

No obstante esto no significa ni mucho menos que en una situación así, las complicaciones sean inevitables. Hay muchas cosas que los adultos en el entorno del niño pueden hacer para facilitar un correcto proceso de duelo.

El psicólogo Inglés John Bowlby que trabajó específicamente con los pormenores de la vinculación entre niños y adultos, ya señaló que: "no es posible elaborar completamente un duelo sin la presencia de otra persona, de un acompañante que le de en esos momentos un vínculo seguro, este atento a sus emociones expresadas u ocultas tras comportamientos extraños, las pueda sostener y ayudarle en su expresión de forma empática". (explicar esta labor de interpretación de los afectos tras comportamientos extraños)

No obstante, cualquiera que haya acompañado en tan difícil momento o en general quien haya prestado ayuda a alguien que lo estuviera pasando mal, sabe que esta ayuda resulta también más o menos gravosa a quien la presta, ( a veces el padre vivo está tan trastornado por la pérdida que no va a poder darle esa ayuda que el niño necesita)

Afrontar el sufrimiento no significa negar o disminuir cómo nos afecta o nos desequilibra. Significa aceptarlo, reconociendo que, frente a un suceso doloroso, es inevitable y normal sufrir. (En nuestros días parece que pretendemos vivir en la fantasía de un mundo donde se niegue lo doloroso y esta negación está trayendo muchas dificultades especialmente entre la gente joven)

En este sentido la actitud del adulto en relación a su propio dolor mental, es muy importante en la medida en que el niño tomará buena nota de como su mayor reacciona ante esto. Si el adulto es capaz de aceptar y tolerar mínimamente su dolor se estará dando al niño un mensaje de gran valor. De esta forma el adulto estará comunicando al niño que lo que siente por una perdida brusca es lo que viven todos los seres humanos: algo real, doloroso, pero comprensible y soportable. Se trata así de que el niño no se sienta solo, confuso ante sus sentimientos incomprensibles. Hay que recordar una máxima fundamental de la psicología evolutiva que afirma que los niños aprenden a reconocer las propias emociones en contacto con figuras adultas que las pueden reconocer.

Podemos a modo de guion general, ensayar una clasificación de los niños por edades para hacernos una idea de lo que los chicos pueden requerir de nosotros.

DE TRES A CINCO AÑOS

A (cualquier)esta edad hay que darles palabras y actitudes claras y simples, tratando de proporcionar ejemplos concretos de forma dulce pero sin dudas: " no podremos ver más a mamá, pero podremos hablar de ella y recordarla juntos"

El niño ha de ser ayudado a reconocer sus sentimientos y a no sentirse culpable de todo lo que ha pasado. Por ejemplo, diciéndole directamente que las personas no mueren a causa de lo que decimos o pensamos.

Es muy útil proporcionar al niño límites con dulce firmeza, no permitiéndole, por poner un ejemplo, estar despierto hasta tarde si no era costumbre con anterioridad. Ante la situación de que no quiera irse a la cama se le puede responder tranquilamente: "Es hora de dormir y si tienes miedo de estar solo, me quedaré contigo hasta que te duermas. Pero luego me iré a dormir a mi cama".

A esta edad es frecuente todavía que el niño afirme que la persona fallecida volverá pronto. Es importante que el adulto pueda tolerar sin angustiarse este tipo de manifestaciones, propias de un niño cuya idea de la muerte dista de ser la que tenemos los adultos. Además estas afirmaciones pueden ser aprovechadas para irle aclarando cosas sobre la irreversibilidad de la muerte. Para que valga de ejemplo una posible respuesta podría ser esta: "el cuerpo a dejado de funcionar y cuando esto sucede, la persona muere, porque nadie puede vivir sin cuerpo".

DE SEIS A NUEVE AÑOS

Con niños de esta edad ya se puede utilizar directamente el diálogo para proporcionarle respuestas claras a sus preguntas. Es posible incluso contarle cómo ha pasado con ciertos detalles, evitando eso si, el dramatismo excesivo y los detalles escabrosos que podrían asustarle o turbarle.

Los medios extrafamiliares son de vital importancia, como la escuela, el deporte o la iglesia porque pueden resultar grandes aliados a la hora de que el niño pueda contener su dolor.

DE NUEVE A DOCE AÑOS

Sus sentimientos de rabia, tristeza, soledad o dolor no deben significar una preocupación y un temor excesivo para los mayores. Resulta de gran ayuda contar con personas allegadas al medio de la familia ya que para los chicos de esta edad resulta más fácil abrirse a personas que no forman parte de la familia.

Hay que afrontar con cuidado todas las situaciones que fuera del ámbito familiar puedan resultar embarazosas, como el volver a la escuela con los adultos. Con este propósito va bien hablar abiertamente para decidir con el niño cómo comunicar lo que ha sucedido y cuándo y a quién hacerlo.

Las actividades extraescoleres resultan también de gran ayuda para que el chico vaya sintiendo que la vida continua y que merece la pena vivirla.

COMUNICANDO LA MUERTE DE UN SER QUERIDO.

El proceso de elaboración comienza justo cuando entramos en contacto con el hecho doloroso. Cuando tratamos de evitarle el conocimiento de una pérdida con el fin de proteger al niño, muchas veces el niño se hace una idea más terrible de lo ocurrido, debido a las propias cualidades del pensamiento del niño, que por las características egocéntricas del mismo les hace tendentes a asumir un rol central en aquello ocurrido. Predisponiéndoles y haciéndoles vulnerables a la culpabilidad y los autoreproches. Ya que por mucho que se esconda es imposible ocultarle la realidad de unos ojos llorosos y de un silencio sepulcral en la casa.

Es fundamental que modulemos nuestro lenguaje a un lenguaje que sea lo más accesible posible para él. Esto supone que evitemos explicaciones demasiado racionales o adultas o por el contrario, que le hablemos como a un niño más pequeño de lo que corresponde, ya que esto puede hacerle pensar que le estamos hablando como si fuera un niño torpe.

Hay que ser cuidadoso con dar explicaciones que puedan crear ideas falsas sobre la muerte del tipo: "mama se ha ido a dar un viaje muy largo" o "papa se ha ido al cielo". Ya que el niño podría pensar que este es un lugar concreto del que se puede volver o puede incluso pensar que el padre o madre se ha marchado abandonándole. Y habrá que irse acercando poco a poco a la expresión más inmediata: "mama ha muerto y morir significa irse para siempre. Pero mama permanecerá para siempre en nuestro corazón y en nuestra memoria". ( No hay ningún inconveniente en hacer partícipe al niño de nuestras creencias religiosas, pero habrá que tener cuidado que no tome estas al pie de la letra)

En cualquier caso, y esto es lo importante a la hora de explicar algo a un niño, no hay nada como escuchar su respuesta e ir acomodando nuestras explicaciones a lo que él mismo va entendiendo. Será entonces cuando podremos oir al niño concreto y sus propias fantasías y preocupaciones y comprensión de la muerte. De esta forma no será difícil escuchar reacciones como estas: "por qué mama me ha dejado solo?", "cuando volverá papa del cielo?" "es que me he portado mal?" etc.

Es fundamental que se hable al niño de la forma más sincera posible, cuando es así, el niño se atreve a formular sus propias dudas y temores, precisamente porque siente que el adulto no tiene nada que ocultarle.

LA PARTICIPACION EN RITOS FUNERARIOS

Muchas veces, por lo mismo que comentábamos antes de querer proteger a los niños, a los adultos nos resulta difícil incluir a los niños en estas ceremonias porque tenemos la falsa idea de que de esta forma le protegemos. No obstante, los rituales cumplen una función muy importante y que nos sirve a las personas para sentirnos protegidos por un grupo familiar o comunitario que va a fortalecer nuestro sentimiento de unión y solidaridad (tan importante en estos momentos). En este sentido el vernos rodeados de personas que se preocupan por nosotros y nos atienden, suele ser de gran alivio. Por lo tanto, la participación en los ritos funerarios es útil porque ayuda al niño a no ser víctima de su soledad y fantasías negativas.

LA MUERTE DE UN HERMANO.

En muchas ocasiones la muerte de un hermano sobreviene tras un duro y largo periodo de enfermedad en donde además de las dificultades propias de un proceso tan extenuante (pensemos por ejemplo en la tensión acumulada, en las continuas esperanzas de mejoría que han ido cayendo y en la desesperación en general). Suele ser frecuente que el niño que sobrevive guarde inconscientes sentimientos de resentimiento hacia los padres por haber dedicado al hermano fallecido mucho más tiempo, sustrayéndoselo a él mismo.

Tampoco es extraño, que el niño guarde un resentimiento inconsciente que tiene que ver con oscuras acusaciones a los padres por haber dejado morir al hermano. (recordáis lo que comentamos del duelo sobre la omnipotencia de los padres que lo podrían todo?)

También es habitual encontrarse con sentimientos de alivio, por poder, una vez muerto el hermano, volver a un ritmo de vida que se había perdido.

Como es de imaginar estos pensamientos más o menos inconscientes, son fuente de una gran cantidad de problemas y sufrimiento.

Es frecuente que el niño pueda llegar a sentirse él mismo como merecedor de la muerte. O que se sienta indigno, hasta el extremo de no poder expresar su propio dolor, o de sentir el sufrimiento de sus familiares como muestra de disgusto por las fantasías agresivas o envidiosas que él habría podido abrigar hacia su hermano (explicar esto de la fantasía inconsciente)



Es frecuente encontrar en niños que perdieron a un hermano una serie de complicaciones que pueden fácilmente remontarse a experiencias como la que estamos describiendo. Se trataría, por ejemplo, de esos niños que muestran una gran sensibilidad ante el daño ajeno. Hasta el punto de dedicar a los demás unas atenciones absorbentes que les impide prestar atención a otros aspectos de su vida. O aquellos niños que parecen mostrar una inclinación a los cuidados de los animales de una forma que podemos juzgar como exagerada. Es frecuente encontrar también lo que se llama "inversión de roles", es decir esos niños que parece que han tomado el rol de cuidadores incluso con sus propios mayores.

Por supuesto también en adultos se puede observar este tipo de "marcas", ante la experiencia de la pérdida de un hijo. Podría considerarse a este respecto, a esos adultos con afán de sobreprotección hacia otros hijos o niños; o de esos adultos cuya forma de relacionarse estaría caracterizada por una tendencia fóbica o ansiosa, en un intento de aplacar el temor a perder vínculos.


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