Charla para la pastoral del Seminario 10 de mayo de 2008



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Oratoria

Charla para la pastoral del Seminario 10 de mayo de 2008


Oratoria es el arte de utilizar el lenguaje. El pintor maneja los colores, el músico las notas musicales, el escultor el mármol o el barro, el orador maneja las palabras.

Pero no se trata solo del arte por el arte, sino que la oratoria trabaja las palabras de cara a producir en los oyentes un efecto determinado. Su maestría consiste en su capacidad de lograr el efecto pretendido.

Estos efectos pueden ser variados:

*Informar: busca ante todo la precisión y la exactitud: noticiero

*Explicar: busca ante todo la claridad: clase, catequesis

*Convencer: busca la persuasión: exhortación a los oyentes a la conducta deseada

*Entretener: busca el agrado de las personas, suscitando sus sentimientos: risa, lágrimas

Para la oratoria se necesitan determinadas cualidades personales, como sucede con la música, el dibujo o las matemáticas. Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Sin embargo, como nos enseñaban el año pasado al hablar de los mapas mentales, con método y esfuerzo podemos mejorar mucho los niveles naturales. Incluso las personas mejor dotadas necesitan estudiar y practicar mucho para llegar a ser buenos profesionales.


Cuerpo:

*Posición: en un sitio donde se le pueda ver bien al orador. Es importante que la persona que está hablando sea vista y no solo oída. A fin de cuentas nos comunicamos poco con la voz sola. En caso contrario provoca desinterés.

*Presentación: cómo está trajeado, peinado, aseado, calzado…

*Voz:


Volumen: más alto o más bajo

Velocidad: más lento o más rápido

Registro: tono más monótono o más variado

Calidez, sinceridad: expresión de los distintos sentimientos, pero sin artificialidad

Vocalización: pronunciar adecuadamente todas las sílabas

*Comunicación:

Mirada: buscar alguien que nos motive, que nos escuche atentamente y dedicarle la homilía como representante del público.

Gestos sobre todo de las manos. Pero no gesticular, no teatralizar.

Evitar los gestos nerviosos, los tics.

Los aspectos formales son muy importantes: “Dentro de la Iglesia, desgraciadamente, la preocupación por la formación de los futuros comunicadores (sacerdotes o ministros) es muy pequeña. Hay una gran preocupación por el contenido y casi nada por la forma o manera de comunicar. Cuando se habla de “comunicación” se piensa casi exclusivamente en los medios de comunicación social y casi nada en la forma o manera de comunicar. Se ignora por completo la comunicación como dimensión humana. Es un hecho curioso, porque el éxito del ministerio sacerdotal depende casi en un cien por cien de su capacidad comunicativa y eso no se tiene en cuenta cuando se elaboran los currículos formativos de los futuros ministros”.


El estilo es la persona. No podremos cambiar nuestro estilo si no cambiamos nuestra personalidad. Por eso los ejercicios de oratoria valen como ejercicios de terapia. A través del cambio de conducta podemos llegar a cambiar nuestro modo de ser. No esperemos un cambio en la manera de hablar, si no corre parejo con un cambio en nuestra manera de ser. No podremos hablar con viveza si no somos más vivos. No podremos hablar más fuerte si no somos más asertivos. No podremos comunicarnos mejor si no somos más comunicativos. No podremos hablar con mayor calidez si no somos más cálidos.
2.- Lo que no es la homilía.

No es un sermón, no es una catequesis, no es una clase de teología ni un ejercicio de exégesis, no es una riña, no es un noticiero, ni una exhortación moral. Es parte de una celebración. Su fruto es conmover a los oyentes, para que se sientan renovados en su fe, en su esperanza y en su caridad, para disipar sus dudas, tristezas e indecisiones y reforzar su voluntad de seguir adelante ilusionados en el seguimiento de Cristo. Transmite un soplo del Espíritu Santo que activa a los participantes para ponerles en actitud celebrativa y así gozar más de la liturgia a la que asisten.

La homilía es un género breve. Diez minutos son su tiempo ideal. No es porque la gente no aguante más tiempo. En una charla o en una clase de tres cuartos de hora están muy atentos. El motivo es que la homilía forma parte de una celebración. Es como un brindis durante una fiesta. Queremos que alguien se levante y en breves palabras explicite lo que está en el corazón de todos, lo que todos estamos celebrando. Los dos ingredientes principales de la celebración son las acciones simbólicas y las palabras. Si la palabra no ocupa su lugar tenemos conjuros mágicos, pero no celebraciones. Si los gestos simbólicos no ocupan su lugar tenemos palabrería
3- Acontecimiento

La homilía es la Palabra presentada como acontecimiento. Hacer a Dios cercano, entusiasmarse con la tarea de seguirlo. Vale la pena. Dios está vivo. Actúa. (2 anécdotas: las monjas a quienes arrullaba Javier. La criada que iba a las charlas cuaresmales).

Texto de Nouwen “La palabra de Dios es sacramental. Crea lo que expresa. Para Dios hablar es crear. Por eso decimos que la palabra está llena de su presencia. En el camino de Emaús Jesús se hizo presente por medio de su palabra, y fue esta presencia la que transformó la tristeza de los discípulos en alegría y su llanto en danza.

Y eso mismo sucede en cada eucaristía. La palabra leída y hablada pretende llevarnos a la presencia de Dios y transformar nuestras mentes y nuestros corazones.

Muchas veces pensamos en la palabra como una exhortación a salir de nosotros y cambiar nuestras vidas. Pero todo el poder de la palabra radica, no en cómo la apliquemos después a nuestras vidas, sino en su capacidad de transformarnos en el mismo momento en que escuchamos.

Es en la escucha donde Dios se hace presente y donde sana. La palabra de Dios no es una palabra que debamos aplicar a nuestra vida diaria algún lejano día. Es una palabra que nos sana en y a través de nuestra escucha, aquí y ahora...

A primera vista, puede que esto suene bastante novedoso para quien vive en una sociedad en la que el principal valor de las cosas es su aplicabilidad”.
4.- Palabra y Escritura

Mensaje bíblico. Desentrañar el contenido de la palabra. No de todas las palabras. Escoger una y articular lo demás en torno a ella. Toda homilía debe constituirse en un mensaje evangélico y bíblico. Eso no significa que se deba partir necesariamente de los textos bíblicos. A veces una ocasión particular, un acontecimiento importante, un hecho reciente en la memoria de los oyentes puede ser un motivo interesante para establecer la comunicación en la homilía. Las homilías en las Misas de ocasión (aniversario, 15 años, bodas, funerales) son un espacio privilegiado del que la Iglesia dispone para evangelizar a los fieles que en otras circunstancias no irían a la iglesia. Es preciso en esas ocasiones evangelizar iluminando la realidad de la vida con la Palabra de Dios.

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento anuncian “el mismo y único misterio de Cristo”, latente en uno y patente en el otro, pero siempre presente, porque “el centro y la plenitud de toda la Escritura y de toda la celebración litúrgica es Cristo. Por eso deberán beber de su fuente todos los que buscan la salvación y la vida” (Nº 5). Palabra de Dios y celebración litúrgica “ambas recuerdan el misterio de Cristo y lo perpetúan cada una a su manera” (Ibid.). Cristo es el principio, centro, culmen y fin de todas las Escrituras, como lo es de toda la creación. La ley de la Historia de la Salvación es la siguiente: Lo que se anunció en el Antiguo Testamento se cumple en Cristo y se continúa en la vida de la Iglesia. Esta dinámica de la Historia de la Salvación es esencial para la interpretación de los textos litúrgicos y para la homilía. El manejo de la “tipología” bíblica es imprescindible. 

Buscar los puntos de contacto entre las diversas lecturas. Dejar que se expliquen mutuamente. A veces es fácil, a veces imposible, a veces imposible. El problema de la segunda lectura que no se deja armonizar tan bien.


5.- Palabra y vida

La homilía debe establecer un vínculo entre la palabra de Dios y la vida de los fieles. Debe mostrar cómo esa palabra de hoy trae respuesta a interrogantes reales que los oyentes tienen. Pero que una pregunta sin respuesta es una respuesta sin pregunta. El predicador debe formular la pregunta de modo que los oyentes sientan que sí, que realmente ha sabido exponer lo que está en la mente de todos. Solo si se identifican con la pregunta escucharán con avidez la respuesta.

Es una buena táctica comenzar el discurso interpelando al oyente. De esa forma se entra por la puerta del corazón, y hay un cierto grado de complicidad entre el que habla y el que oye, ganándose su atención y su confianza. Eso ayuda a crear empatía, abriendo un canal para la comunicación eficaz. El camino para una comunión entre ambos está facilitado. Colocarse en el lugar del oyente, identificarse con él, disminuye la distancia psicológica de discriminación entre quien habla y quien oye.

La homilía debe ser el momento en que las personas, ayudadas por el que la predica, puedan establecer un vínculo entre la palabra de Dios y la vida concreta. Por eso toda homilía es evangélica, porque debe motivar a los oyentes no solo a comprender la palabra de Dios, sino sobre todo a vivirla. No es el lugar para análisis exegéticos. No es el lugar para tratados teológicos. No es el lugar para largas explicaciones litúrgicas o catequéticas. Mucho menos es el lugar para noticias y avisos parroquiales. Tú eres ese hombre. La exégesis de la palabra con la vida, y de la vida con la exégesis.

La homilía no puede ser impersonal. No se habla a un público indiferente. Es preciso tocar al oyente. Y eso se hace tocando sus sentimientos, sus creencias y valores, su imaginación y sus sentidos por medio de la exploración del corazón, de la imagen, provocando y despertando el interés por aquello que está pasando.
6.- No reñir, motivar

No reñir. En la homilía el celebrante debe desempeñar un papel estimulador e incentivador. No es necesario forzar para estimular. Asumir una postura amenazadora o autoritaria apelando a la obligatoriedad, a la autoridad de la Iglesia o al sentimentalismo personal no ayuda. Motivar no significa obligar ni amenazar. No existe nada tan detestable que hacer una cosa simplemente porque uno está obligado. Una acción solo encuentra sentido cuando existe una motivación profunda para actuar. La vida cristiana debe ser asumida en la libertad de cada persona. Es una acción libre y personal. Mostrar la belleza de la vida cristiana y la fealdad del pecado.

Es importante no menospreciar al pueblo pensando que no sabe nada. Una actitud así llevaría a un discurso simplista que en la mayoría de los casos es percibido por los oyentes. A nadie le gusta ser tratado de manera inferior a lo que es. En radio Marañón nos remedan. Ahí se crean rechazos y resistencias.
7. Desembocar en la oración

La homilía debe lograr que todo desemboque en una actitud de oración. Eso hará que las personas se sientan más motivadas a continuar la celebración litúrgica y las ayudará en la vida de oración más allá de la celebración. Es un elemento que frecuentemente falta en las homilías. Y muchas veces, por falta de ese elemento, la homilía se convierte en un discurso desvinculado del resto de la celebración. A veces las personas creen que la homilía fue interesante, pero no encuentran conexión con el resto de lo que se está celebrando.


8.- Temas: tema único

Las ideas o temas de la homilía. Vale también aquí la observación de una regla de publicidad. Se llama la ley USP: una sola propuesta. De hecho en la publicidad solo hay una propuesta. Si hubiera más de una se confundiría al posible cliente. Esa regla vale también para la comunicación en público y por tanto también para la homilía. Cuanto mayor sea el número de ideas o de asuntos, meno será la comprensión. Cuantas más sean las propuestas, menor será la posibilidad de que sean aceptadas o asumidas.


9.- Carácter testimonial

La homilía no se confunde con el testimonio, pero debe tener un carácter testimonial. El predicador no debe ocultarse detrás de sus palabras, sino dejarse entrever a través de ellas. Se tiene que sentir afectado personalmente por lo que dice y esto tiene que manifestarse sin narcisisimos ni intimismos excesivos. En ocasiones hasta será bueno que los oyentes le sientan emocionado, aunque con capacidad de controlar sus emociones.


10.- Preparación

Preparación remota y próxima: Ir teniendo módulos que luego se pueden armar. Bricolage. Mini módulos que se pueden superponer. Llevar siempre puesta la preocupación por captar frases, ejemplos, parábolas, textos. On line.

Preparación próxima. En oración. La preparación es un elemento fundamental. La homilía hay que prepararla de la mejor manera posible. No se debe improvisar. Se percibe inmediatamente si el celebrante ha preparado su homilía o no la ha preparado. Se observa que el celebrante ha preparado la homilía cuando hay orden, lógica, claridad de ideas y brevedad. Casi siempre la homilía larga es señal de falta de preparación. ¡Cuánto te llevaría preparar una homilía! De diez minutos, dos horas; de media hora, veinte minutos; de dos horas: ahorita no más.
11.- Opción por la lectura modulada

Un ejercicio preparatorio a la oratoria es la lectura modulada con énfasis. Lo que aburre de las homilías leídas no es el que sean leídas, sino el que se leen sin énfasis, sin vida. Para los que no son muy elocuentes sería preferible que leyeran una bonita homilía de las muchas que están hoy a nuestra disposición. Pero esto solo vale para los que son capaces de dar vida a una lectura. Quizás sería bueno empezar un taller práctico de oratoria por unos cuantos ejercicios de lectura en público.


12.- Los recursos

Los recursos: la captación de benevolencia, las parábolas, los ejemplos, las repeticiones in crescendo, las interpelaciones al auditorio, las frases humorísticas que hacen sonreír. Quien hace uso de la palabra debe captar desde el inicio la atención y el interés de su destinatario si no quiere correr el riesgo de perderlo, y quién sabe, para siempre. Es imprescindible cuidar el modo de presentarse, porque, si no, el contenido queda perjudicado.







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