Catequesis 7: dios salva liberando



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La vida de Moisés
Hay un midrás a propósito de Dt 34,7. Moisés tenía 120 años cuando murió. Fue uno de los cuatro que vivieron 120 años. Ellos son Hillel, el anciano, Yohanan ben Zakkai y Rabbi Akiba”. “Moisés pasó 40 años en Egipto, pasó 40 años en Madián y sirvió a Israel durante 40 años. Esto está recogido en Hechos 7,20, en el discurso de Esteban. El esquema reaparece en el v. 23. “Cuando se cumplieron 40 años, nació en su corazón la idea de visitar a sus hermanos que eran los hijos de Israel”. Luego en el v. 30 dice que cumplidos otros 40 años se le apareció en el desierto del Sinaí un ángel en llama de fuego”.

¿Qué significan estas tres etapas de cuarenta años? Leamos un resumen de la vida de Moisés en Hch 7,20: “En ese tiempo nació Moisés y agradó a Dios; él fue criado durante tres meses en la casa paterna, luego, como había sido expósito, lo acogió la hija del faraón y lo crió como hijo. Así Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era potente en las palabras y en las obras.



La primera etapa

Moisés es objeto de una providencia especial de Dios y recibe una educación refinada. La sabiduría de los egipcios era la más grande sabiduría. Hasta los griegos más adelante iban a Egipto para ser instruidos en sabiduría: sabiduría política de un imperio bien organizado, sabiduría económica de una gran estructura social y comercial; sabiduría técnica, pirámides, control del Nilo, sabiduría cultural y artística: literatura. Riqueza de una cultura humana, la mejor de su época.

Podemos comparar con el carácter anfibio de la vida de Pablo, que fue también un hombre perteneciente a dos culturas. Al regreso de su tercer viaje misional Pablo estuvo a punto de ser linchado por los judíos en un tumulto que se organizó contra él en el templo de Jerusalén. El tribuno romano, al notar el revuelo, envió la cohorte, liberó a Pablo de manos de los judíos, y después de atarle con cadenas empezó el interrogatorio.

Pablo dijo al tribuno en griego: "¿Me permites decirte una palabra?" (Hch 21, 37-39; 22,3). El le contestó: "¿Sabes griego? ¿No eres tú entonces el egipcio que en estos últimos días se ha amotinado y llevado al desierto a cuatro mil terroristas??" Pablo dijo: "Yo soy un judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no oscura de Cilicia".

Pero a renglón seguido de esta conversación en griego, Pablo pidió al tribuno que le permitiera hablar al pueblo en lengua hebrea (quizás aramea). "Te ruego me permitas hablar al pueblo". Se lo permitió. Pablo de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea".

En esta breve entrevista con el tribuno Pablo está recono­ciendo las raíces más profundas de su ser, su cultura y su perso­nalidad. El es un judío, pero un judío que habla griego, un judío nacido no en Israel, sino en el mundo helenístico, y al mismo tiempo un ciudadano romano. Las raíces de Pablo son hebreas en o religioso, pero griegas también en lo lingüístico y lo cultu­ral, y romanas en lo político. Israel, Grecia y Roma se entrecru­zan en su persona, y le capacitarán para ser la persona que aclimatará el evangelio de Jesús, el hebreo, a la cultura griega en el ámbito del imperio romano.

La providencia divina había preparado a Pablo para realizar esa importantísima tarea de inculturar el cristianismo en la cultura más elevada de su época, la sabiduría helenística grecorromana.

Moisés era poderoso en obras y palabras. Sabía hablar y sabía también obrar. Pero su sabiduría todavía no es sabiduría de la vida, sino más bien de libros, de teorías, de métodos. Es un mundo de ideología que no está en contacto con la vida real. Entra en contacto con la realidad a través de imágenes, de nociones aprendidas. Cuando uno intuye que la realidad no corresponde a nuestras imágenes de ella, nuestra tendencia es a forzar la realidad, antes que cambiar nuestras imágenes. Como quien fuerza un zapato para que entre en el pie, y no se pone a buscar otro zapato que se acomode mejor a su estructura. Como quien intenta forzar una pieza del puzzle, por pereza mental de ponerse a buscar una nueva. Damos por seguras determinadas opciones que creemos son las más juntas. La buenas, las santas.

El constatar una desviación de la realidad provoca desilusión e ira. Y entonces va a suceder algo muy importante. De repente se entera de quién es realidad, no un hijo del faraón, sino un miembro del pueblo oprimido y marginado. El descubrimiento de la verdadera identidad produce una de las conmociones más grandes que se da en la vida de cualquier hijo adoptado. Pensemos ahora en esos niños secuestrados en Argentina por los militares durante la represión. Fueron educados por ellos. ¡Qué trauma al descubrir a la edad de veintitantos años que aquellos a quienes habías tenido por padres, en realidad son los que secuestraron y torturaron a tu verdadera familia!

Hay dos maneras de reaccionar. Reprimir ese recuerdo. No querer aceptar la noticia. Seguir adelante, escogiendo esa familia hoy bien situada en situación de privilegio, y rechazar la propia familla de origen, avergonzándose de ella y despreciándola.

Pero hay otra posibilidad en la psicología humana. Que ese joven se identifique con su verdadera familia, y se ponga a buscarlos, y luego trate de remediar las injusticias que se hicieron con ella. Para ello tendrá que romper con el mundo de valores y de clase social privilegiada de sus padres adoptivos, para identificarse con su verdadero pueblo marginado, y dedicar toda su vida a subsanar la injusticia tan grave que se cometió contra ellos.
Segunda etapa

Esta es la actitud que va a tomar Moisés. Surge de un corazón generoso. Cuando iba a cumplir los 40 años, quiso visitar a sus hermanos, los hijos de Israel, y viendo maltratar a uno de ellos, se puso en su defensa y lo vengó matando al egipcio. Moisés se ha convertido en un revolucionario violento que toma las armas para hacer justicia a su pueblo oprimido. Se deja llevar de un violento zelotismo, se alista a la teología de la liberación, se hace cura guerrillero como Camilo Torres, reniega de la familia de faraón, se avergüenza de ellos, ya no quiere seguir viviendo en el palacio con todas sus comodidades, sus libros, sus estudios…

Se identifica con los pobres, se mezcla con ellos. Y se mete a redentor, y quiere organizar la sublevación. “Pensaba él que sus hermanos habían comprendido que Dios les daba por medio de él la libertad, pero ellos no lo entendieron. Al día siguiente los sorprendió riñendo y trató de reconciliarlos, diciendo: ‘Hombres, sois hermanos, ¿por qué os maltratáis unos a otros?. Mas el que maltrataba a su hermano lo rechazó diciendo: ¿Quién te puso de jefe y juez sobre nosotros? ¿Es que quieres matarme como mataste al egipcio?” (Hch 7,23-29).

Al comienzo de su conversión a la causa de los pobres, Moisés se llenó de ideo­logías. Los egipcios eran los malos, y los israelitas los buenos; los ricos y poderosos de su familia eran los malos, y los pobres oprimidos los buenos. Esto no deja de ser una ideología simplista. Palabras como “el pueblo siempre tiene razón”, “el pueblo unido jamás será vencido”… No idealicemos al pueblo. No hagamos una película fácil de buenos y malos. El mal y el pecado está dentro de la sociedad y no deja de afectar a ninguna capa social. Ese obrero explotado, luego a su vez explota a su mujer con su machismo. Esos hombres oprimidos por los poderosos se oprimen también unos a otros. La estructura del mal social es mucho más compleja que el simplismo de “explotadores y explotados”.

Moisés tuvo un arranque de generosidad, de valentía. Defendió a sus hermanos incluso con la violencia, llegando a matar al egipcio. Intentó reconstruir la unidad de sus hermanos que llevaban una vida alienada, les quiso hombres libres, orgullosos de su raza, y unidos. Admiramos el amor que Moisés tuvo a su pueblo, su generosidad, su renuncia a los lujos y a la vida fácil de la corte del faraón, su deseos de reconciliación. Quiso meterse a redentor, pero la gente del pueblo se le rebeló. Pensaba que sus hermanos inmediatamente iban a acoger su programa de liberación, que le iban a elegir como jefe indiscutido. No había previsto que su gente iba a pasar de él, y que iban a preferir sus rencillas mutuas, a unirse todos juntos en una gran cruzada de liberación contra el verdadero enemigo que era el faraón.

A estas palabras Moisés huyó y se fue a vivir como extranjero a la tierra de Madián, donde engendró dos hijos.

¡Cuántos agitadores sociales nobles y generosos, se han desilusionado al ver que el pueblo no secundaba sus intentos de liberación y se han retirado a la vida privada! ¡Cuántos sacerdotes célibes decepcionados tras una fase de gran ilusión revolucionaria, han abandonado cualquier tipo de lucha social o de reivindicación, o de evangelización, para casarse, tener hijos, librarse de líos, y asumir “el discreto encanto de la burguesía”! Normalmente han quedado ya vacunados e inmunizados frente a cualquier idealismo, frente a cualquier programa utópico.

También Moisés se decepcionó y acabó encontrándose en tierra de nadie. Perseguido por el faraón, y a su vez rechazado por sus hermanos con cuya causa se acababa de identificar. Se ha quedado en el desierto. Ha roto con los dos mundos a los que pertenecía. ¡Era tan valiente cuando estaba inflado por sus ideologías y proyectos! Ahora, en cambio, se vuelve un cobarde y huye. Huye al desierto y huye a la vida privada. El hombre que había sido prototipo de compromiso con los demás ahora sólo se ocupa de sí mismo.

Es un proscrito, un pobre atemorizado. Y piensa. También yo tengo derecho a mi vida privada, a un rinconcito de paz. Y esta etapa va a durar nada menos que otros 40 años, de los cuales no sabemos nada de la vida de Moisés. Se dedica al negocio de su suegro Jetró, pastorea sus ovejas, vive con su mujer, tiene hijos, lleva una vida privada. Que nadie venga a hablarle a hora de idealismos. Está ya de vuelta de todo.

Es muy bonito el encuentro con su mujer en Ex. 2,16. El tema del encuentro de un hombre y una mujer junto al pozo es un típico género literario bíblico. Culmina en el pasaje de Jesús y la samaritana. La presentación de los personajes es magistral. Es la hora del mediodía. Jesús está cansado del camino y tiene sed (quaerens me sedisti lassus: cansado de buscarme te sentaste). Jesús está solo. Hay un pozo y algún árbol que dé sombra. Una mujer acude con el cántaro en la cabeza y se inicia la conversación.

En el trasfondo se sugiere el tema de los encuentros con mujeres junto al pozo (Isaac y Rebeca -Gn 24,11-; Jacob y Raquel -Gn 29,10-; Moisés y Séfora -Ex 2,17). Todos estos encuentros acaban en boda, dan origen a una relación nupcial.

Moisés es un trasunto de Jesús. También Jesús se quiso identificar con su pueblo. Fue hijo de Dios, ya la vez hijo de los hombres. Nos lo explica el himno a los filipenses. No consideró un privilegio ser hijo de Dios, como Moisés no consideró un privilegio ser hijo del faraón. Se identificó con sus hermanos, dejó el palacio, y fue a salvarlos. Pero también fue rechazado por ellos y muerto. Finalmente, Jesús resucitado, regresará una vez más a sus hermanos para ser su liberador. Hay una paralelismo también con la historia de José en Egipto. Lo desarrollaremos en otra ocasión.



La tercera etapa


Un día iba Moisés dándole vueltas a sus problemas, a la situación de su pueblo, a su incapacidad para hacer frente a esa situación. Lo había intentado una vez pero apoyado en su propia generosidad natural.

De repente hay algo que solicita su atención desde fuera. Lo primero que hace Moisés es maravillarse, según Esteban en Hch 7,31. A los 80 años es capaz de maravillarse de algo. Otras posibles reacciones. Hay peligro de fuego para el rebaño. Pero se maravilla. Soy un pobre hombre fracasado, pero Dios puede hacer algo nuevo. Se acercó a ver –katanoesai-, a observar. El verbo usado por Jesús para indicar que debemos de observar a los cuervos que no siembran ni siegan.

Ante una cosa extraña, un viejo suele decir: No quiero tener nada que ver con ella. Ante los ordenadores, las realidades virtuales.

Dios llama a Moisés dos veces por su nombre. Como Marta, Marta. Conoceré como soy conocido. Sentirse conocido. Tengo un nombre para Dios. Intercambio de nombres. También en Génesis Dios había llamado dos veces a Abrahán: (Gn 22,1). Samuel, Samuel (1S 3,10), Simón, Simón (Lc 22,31). Es Dios quien toma la iniciativa.

Moisés ve la zarza ardiendo y se siente atraído por ella. Sólo en ese momento deja de dar vueltas a sus problemas, y se abre a otra realidad.

Vamos a ver aquí la naturaleza de la verdadera oración. Muchas personas van a orar, y no hacen más que seguir dándole vueltas a sus problemas en la oración. Es un estéril girar en torno a un mismo, en el que no se nos abre ninguna perspectiva nueva. Estamos cerrados y sin salida.

Es el síndrome de la persona angustiada que no hace más que repetir su propio disco, y no es capaz de escuchar. La palabra que nos salva tiene que venir de fuera. Nos tiene que descolocar, pero para eso uno necesita abrirse a escuchar algo más que el mero eco de los propios planteamientos. Una nueva respuesta requiere un nuevo planteamiento.

Lo primero que escucha Moisés es la palabra “Descálzate”, porque el terreno que pisas es un terreno sagrado. La Magdalena: No me toques. Es decir, no quieras encasillarme en tu visión anterior. De cara a un discernimiento apostólico, y de cara a la oración, lo primero que se nos pide es descalzarnos. ¿Qué significan los zapatos?

Daré dos imágenes del calzado. La primera es la de las botas de los soldados. Isaías nos habla ya de la “bota que taconea con estrépito” (Is 9,4). Cuando un ejército avanza y ocupa una ciudad, entran pisando fuerte, marcando el paso, diciendo: “Somos fuertes, pisamos fuerte, estamos seguros de nosotros mismos, estamos dispuestos a arrollarlo todo a nuestro paso.

Otra versión es la de los zapatos con tacones de las señoras. Una mujer también sabe hacer una entrada pisando fuerte con los tacones. Pisa morena, pisa con garbo. Aquí estoy, quiero guerra, me hago notar…

Cuando nos acercamos al terreno de Dios en la oración, lo primero que se nos dice es: ¡Descálzate! ¿A dónde vas de esa manera por la vida? A mí no te acerques así.

Despojarse de seguridades, de tranquillos, de logros ya conseguidos, de intuiciones parciales conseguidas con esfuerzo. La verdadera entrada en la oración nos invita a renunciar a ese poquito tan trabajosamente construido. Esto es difícil porque nos da miedo volver a conflictos ya superados, descabalgarnos de equilibrios difícilmente conseguidos.

Descalzarse de nuestras preguntas. Deja que Dios las formule. No vengas ya con la agenda hecha. Ábrete a la sorpresa de algo inesperado que puede emerger en el curso de los ejercicios.

Descalzarnos de tanto bagaje cultural. San Ignacio con dos libros devotos y escasísimo nivel cultural fue iluminado por Dios para revolucionar la espiritualidad de su época.

Descalzarse de los fervores indiscretos. Es más difícil convertirse de un fervor indiscreto que de un pecado. A veces en ejercicios prometemos más de lo mismo. Dejar que lo absoluto de Dios lo relativice todo. No se trata tanto de aumentar el fervor, cuanto de aumentar la discreción.

Hay que acercarse con profundo respeto. San Ignacio nos habla de “reverencia” [23]. Te­ner un sentido de lo sagrado, de lo misterioso. Entrar en adoración con cinco partes de nuestro cuerpo. Estremecerse, erizarse. O la versión de los de Emaús: ¿No ardía nuestro corazón?

La Biblia nos habla del cínico, el leits. Se ríe de todo con aire de superioridad. Se las da de estar por encima de todo. Es la contraposición del verdadero sabio. Ante nuestro Criador y Señor. Más allá de todo cuanto podemos pensar sobre él. Sentir el misterio inefable ante el cual no podemos hacer otra cosa que perdernos en el respeto y la adoración. La mayor reverencia “en los actos de la voluntad [3]. La “humildad amorosa” (Diario espiritual 178), “considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, hacer una reverencia o humillación [75]. “Servir en sus necesidades a las personas contempladas con todo acatamiento y reverencia” [114]. Ser un pobrecillo que se asombra de que se le admita a tan esplendorosas realidades.

Moisés escucha que Dios le dice: Yo soy el Dios de tus padres. Esta revelación enlaza con todo lo que había de válido en el pasado. La revelación nueva de Dios no invalida toda nuestra historia personal.

Y entonces viene la revelación de Dios. Dios revela su nombre. El nombre impronunciable, como el que no tiene rostro, ni imagen visual, ni siquiera una imagen auditiva. Los textos que tienen el nombre de Dios no se pueden tirar a la basura, sino que tienen que ser enterrados en un nicho especial, la genizá.

El significado del nombre de Dios: el que hace ser, el que es… Pero el nombre sagrado de Dios es impronunciable. El momento de la misión de Jesús arranca de aquella experiencia en que se sintió llamar por Dios “hijo querido”. Sólo puede llamar a Dios Padre quien previamente se ha sentido llamado por él “hijo”. La voz del Padre llamando hijo a Jesús coincide con el momento en que el Espíritu en forma de paloma desciende sobre él. También san Pablo relaciona nuestra filiación con el don del Espíritu. “No habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, sino que recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: “Abba, Padre”. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8,15-16)..

Después de revelarle su nombre a Moisés, lo siguiente que Dios le dice es que conoce la situación de su pueblo. A veces nos parece que Dios no se entera de lo que sucede, que está dormido, que está lejano, que es indiferente.

Pero el relato usa una serie de verbos: He visto…, he oído…he descendido….Su clamor ha llegado hasta mí. Este será un tema recurrente, que Dios escucha el grito de los pobres.

Hay un reproche implícito a Moisés. Tú te creías ser un hombre muy culto; creías ser tú el que tomabas las iniciativas para comprender la realidad y para suplicarme luego a mí diciéndome lo que yo tendría que hacer. Pero soy yo, tu Señor, quien comprendo primero. No eres tú quien me tienes que dar lecciones de compasión a mí. Soy yo quien quiero darte lecciones de compasión a ti. Si hay en ti alguna compasión por el pueblo viene de mí.

El Antiguo Testemento nos habla de un Dios que es todo menos frío e indiferente o apático. Es un Dios que tiene pathos, que es apasionado. Dios está apasionado por su pueblo. Ese entusiasmo y pasión se expresa unas veces como amor, solicitud, miseridordia, ternura, y otras veces como celos y cólera. Pero en cualquier caso nunca con apatía. El “He bajado” nos recuerda a las frases de Jesús.

Ante de dirigirse al faraón, Dios envía a Moisés a su propio pueblo, para tratar de con­vencerlos. Es curioso que todas las instrucciones se las da Dios a Moisés estando todavía en el desierto. Es en el desierto donde le instruye sobre cuál ha de ser su comportamiento. Ha sido muchas veces en el desierto, en el exilio, o en la cárcel, donde se se han alumnbrado los grandes proyectos.

En el desierto le dice Dios a Moisés cómo tendrá que hablar a sus hermanos. Le capacita con los signos que le ayudarán a que le crean, y allí mismo comienza ya a ejercitarse en ellos: el cayado que se transforma en serpiente, la mano que se vuelve blanca, el agua que se transforma en sangre…. Le instruye de cómo tendrá que valerse de Aarón, su hermano, como portavoz, porque Aarón era hombre de palabra fácil.

Vuelve a sus hermanos por segunda vez. La vez anterior, cuarenta años antes, había ido por propia iniciativa, llevado de un arranque de generosidad, pero no comisionado por Dios. La aventura terminó en desastre y en fracaso. Esta vez es todo distinto.

¿Cómo distinguir cuando una aventura es iniciativa nuestra o misión divina? No es siempre fácil. A posterior, vemos que si fracasa, era nuestro, y sólo si al final triunfa y da frutos, era de Dios. Pero ¿cómo adelantar el discernimiento?

San Ignacio ha tratado mucho de este tema en sus ejercicios espirituales. So una escuela de discernimiento. En la segunda semana trata precisamente de ayudar al ejercitante a discernir entre los proyectos que le entusiasman y le dinamizan, para saber cuáles brotan de Dios, y cuáles son aquellos en los que en el fondo se va buscando a sí mismo. En el fondo de la generosidad puede haber un egoísmo larvado, y una manera sutil de hacerse famoso, o de utilizar a los demás para resolver sus proprios problemas personales de identidad.

Qué duda cabe de que en aquella primera intentona fracasada de Moisés había generosidad, pero había también agendas secretas. Trataba de resolver su problema de identidad, su rebeldía contra la corte del Faraón donde no le habrían faltado humillaciones, su deseo secreto de meterse a Redentor y solucionar los problemas de los demás.

Uno de los síntomas más evidentes de que uno en el fondo se busca a sí mismo es la impaciencia, la agresividad, la intolerancia, la incapacidad para cuestionarse uno a sí mismo las cosas, el fanatismo que sólo ve blanco y negro, y no sabe captar los grises…

En cambio ahora, en la segunda intentona, Moisés no se ofrece de voluntario, más bien estaba ya resabiado, no quería complicaciones. La llamada encuentra en él resistencias, y esas resistencias son una buena indicación de que es obra de Dios y no de Moisés. Moisés está dispuesto a prepararse para la tarea, a recibir instrucciones de Dios. Está dispuesto a colaborar con otros y acepta a su hermano Aarón como portavoz. En adelante no irá Moisés solo al faraón, sino en compañía de su hermano. La capacidad para trabajar en equipo con otros en buen síntoma. La persona que sólo sabe tomar decisiones en solitario está más abierta al error.

Cuando Moisés ya se siente preparado, se despide de su suegro, toma a su mujer y a su hijo, y emprende el regreso a Egipto. ¡Cuántos temores en su corazón!

Al llegar a sus hermanos, viene el reencuentro gozoso con Aarón y con María, la hermana que le había puesto en la canastilla del Nilo. El pueblo creyó, se postraron y adoraron todos juntos a Dios.



Y de ahí acompañado por su hermano Aarón acude al palacio del faraón para su primera entrevista. ¿Qué sentiría al entrar en aquel palacio donde se había criado? El faraón para entonces sería el hermano de la que había sido la madre adoptiva de Moisés, la princes que lo encontró en el Nilo. “Deja ir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto”. El faraón, como veremos, se resiste a dejar ir al pueblo, y siguen cinco densos capítulos que nos cuentan todas las plagas que acabarán ablandando el duro corazón del faraón.





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