Cartas a Mílena



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Cartas a Mílena Franz Kafka



Cartas a Mílena

Franz Kafka

Merano-Untermais, Pensión Ottoburg

Estimada Frau Mílena:

Le escribí unas líneas desde Praga y luego desde Merano. No ha habido respuesta. Por supuesto, esas líneas no exigían contestación inmediata y si su silencio no es más que señal de una relativa bienaventuranza -lo cual con frecuencia se tradu­ce en una cierta resistencia a escribir- me doy por satisfecho. Pero también existe la posibilidad -y por eso le escribo- de que en mis líneas la haya herido de alguna manera. ¡Qué torpe sería ¡ni mano, contra toda ni¡ voluntad, si ése fuera el caso! O bien -y eso sería mucho peor por cierto- que ese momento de sereno respiro, al cual usted aludía, haya pasado y una vez más se inicie una mala época para usted.

Acerca de la primera posibilidad no sé qué decir. ¡Es algo tan ajeno a mí y lo demás me toca tan de cerca! Respecto a la segunda posibilidad no le brindaré consejos -¿cómo podría aconsejarla yo?-; me limitaré a formularle una pregunta: ¿Por qué no abandona Viena por un tiempo? ¿Usted no carece de asilo como otra gente? ¿No extraería nuevas fuerzas de una estadía en Bohemia? Y, si por razones que yo desconozco, no quisiera visitar Bohemia, podría viajar a algún otro lugar. Quizás incluso Merano sea conveniente. ¿Lo conoce?

De modo que espero dos cosas. La continuación de su silen-

cio, lo cual significa: "No hay razón para preocuparse, me va bastante bien." O bien unas pocas líneas.

Afectuosamente Kafka

He advertido, de pronto, que en realidad no recuerdo su rostro en detalle. Sólo creo ver aún su figura, su vestido, mien­tras usted se alejaba entre las mesas del café.

Estimada Frau Mílena:

Usted se afana por la traducción en medio de ese sombrío mundo vienés. De alguna manera, eso me conmueve y me avergüenza. Supongo que ya ha recibido una carta de Wolff1 por lo menos, ya hace algún tiempo que él me escribió mencio­nándome esa carta. La novela corta Asesino, que según dicen aparece anunciada en un catálogo, no me pertenece. Es un error. Pero como, al parecer, es la mejor, quizá no se trate de un error, después de todo.

De acuerdo con su última y penúltima carta, el desasosiego y la preocupación parecerían haberla abandonado en forma defi­nitiva. Sin duda eso también alcanza a su marido. ¡No sabe hasta qué punto se lo deseo a ambos! Recuerdo una tarde de domingo hace años: yo me arrastraba por el Franzensquai, asiéndome de las paredes, cuando me crucé con su marido, quien marchaba en condiciones no mucho más brillantes: dos expertos en dolores de cabeza, aunque cada uno a su manera. No recuerdo ya si continuamos la marcha juntos o si

I cada cual siguió su rumbo. La diferencia entre ambas posibi­lidades no habría sido muy grande. Pero eso ya pasó y debe per­manecer hundido en el pasado. ¿Lo pasa bien en su casa?

Afectuosos saludos

Suyo, Kafka

Merano-Untermais Pensión Ottoburg

Estimada Frau Mílena:

Acaba de cesar una lluvia que se prolongó por espacio de dos días y una noche. Es probable que sólo se haya detenido por un rato, pero de todas maneras es un acontecimiento digno de ser celebrado. Y eso es lo que estoy haciendo al escribirle. Sin embargo, hasta la lluvia era soportable, porque aquí uno está en el extranjero, extranjero sólo en cierta medida, pero con todo hace bien al corazón. Si mi impresión fue correcta (un pequeño encuentro aislado, semimudo, parecería ser inagotable en el recuerdo), usted también disfrutaba de la sensación de ser extranjera en Viena, aunque más tarde las circunstancias gene­rales hayan ensombrecido ese placer. Pero ¿no disfrutó usted de lo desconocido como tal? (Cosa que, dicho sea de paso, puede ser un mal síntoma, un síntoma que no debería presentarse.)

Yo lo paso bastante bien aquí. Difícilmente pueda el cuerpo mortal soportar más cuidados. El balcón de mi pieza está in­merso en un jardín rodeado, desbordado de arbustos en flor (la vegetación es muy curiosa aquí: con una temperatura que en Praga casi congelaría los charcos, ante mi balcón comienzan a abrirse las flores) y expuesto por completo al sol (mejor dicho, a un cielo densamente nublado, desde hace casi una semana). Me visitan lagartijas y pájaros, parejas desparejas. ¡Me gustaría tanto que viniera a Merano! Hace poco me hablaba usted, en una carta, de atmósfera irrespirable. La imagen y el sentido están muy próximos en ese caso y ambos podrían mejorar un poco aquí.
Con los más afectuosos saludos

Suyo, F. Kafka

Así que el pulmón. Todo el día me estuvo dando vueltas en la cabeza, no podía pensar en otra cosa. No es que la enfermedad me haya alarmado más de la cuenta. Creo -sus comentarios parecen sugerirlo- que sólo la ha afectado en forma benigna; así lo espero. Pero hasta la verdadera afección pulmonar (media Europa Occidental tiene los pulmones en condiciones más o menos deficientes), que conozco desde hace tres años, me ha traído más bien que mal. Lo mío comenzó hace unos tres años en plena noche, con un vómito de sangre. Me levanté, estimu­lado, como siempre que nos ocurre algo nuevo (en lugar de permanecer tendido como me indicaron más tarde los médicos), y por supuesto también un poco alarmado, me dirigí a la ventana, me asomé, me encaminé al lavabo, anduve por la habitación, me senté en la cama ... Sangre y más sangre. Sin embargo, no me sentía desdichado; porque, poco a poco, por una razón muy precisa, supe que dormiría por primera vez después de tres, casi cuatro años de insomnio, siempre que la hemorragia se detuviera. Y se detuvo (además, desde entonces no se ha vuelto a presentar) y dormí el resto de la noche. Si bien es cierto que por la mañana llegó la criada (por ese entonces yo tenía un departamento en el Schönborn-Palais), una muchacha buena, casi abnegada, pero extremadamente realista, vio la sangre y dijo: "Pane doktore, s Vámi to dlouho nepotrvá2. Pero yo me sentía mejor que nunca, fui a la oficina y sólo por la tarde visité al médico. El resto de la historia carece de importancia. Lo que quise decir es que no fue su enfermedad lo que me alarmó (sobre todo porque a cada paso me interrumpo para escarbar en mi memoria, reconozco una frescura casi campesina detrás de su aspecto tan delicado y afirmo: no, no está enferma; ha sido una advertencia, pero no una afección pulmonar); no fue eso, pues, lo que me alarmó, sino la idea de lo que debe de haber precedido a este trastorno. Para comenzar de­jo de lado otras cosas que dice en su carta como: ni un centavo ... té y manzanas ... diariamente de 2-8. Son cosas que no puedo entender; es evidente que sólo se las puede explicar de viva voz. Prescindiré, pues, de eso (sólo en la carta, por cierto, porque olvidarlo no podré) y pensaré sólo en la explicación que encon­tré en aquel entonces para mi caso y que puede ser apropiada para muchos casos. Ocurrió que el cerebro no pudo soportar más las preocupaciones y dolores que le habían sido impuestos. Y entonces dijo: "Me doy por vencido; pero si alguien sigue interesado en mantener la unidad, que me alivie y recoja parte de mi carga; así tiraremos un poco más." Y entonces se presen­tó el pulmón. Sin duda tenía poco que perder. Estas tratativas entre cerebro y pulmón, que se cumplieron sin mi conoci­miento, pueden haber sido terribles.

¿Y qué hará usted ahora? Es probable que sea una insig­nificancia si se la atiende un poco. Y todo el que la quiera comprenderá que usted necesita un poco de atención; frente a eso, todo pasa a segundo plano. De modo que en su caso tam­bién sería una bendición ¿no? Ya le he dicho ... No, no quiero hablar en broma. Por otra parte, no estoy alegre ni lo volveré a estar hasta que usted me escriba comunicándome que inicia una vida diferente y más saludable. Desde que leí su última carta no le pregunto por qué no abandona Viena por un tiempo. Ahora lo entiendo; pero cerca de Viena hay lugares muy bellos en los cuales puede pasar una temporada y donde tendrá oportunidad de ser atendida. Hoy no trataré otro tema sino éste; no hay nada más importante para decir. Lo demás queda para mañana; incluso las gracias por el cuaderno, que me conmueve y me avergüenza, que me entristece y me alegra. No, hay algo más para hoy: si usted distrae un solo minuto de su sueño para dedicarlo a la tarea de traducción será como si me estuviera maldiciendo. Porque si algún día se me somete a juicio, no habrá largas investigaciones, bastará con afirmar: él la privó del sueño. Eso bastará para que me condenen, y con razón. De modo que estoy luchando por mí cuando le ruego que no vuelva a hacer algo así.


Suyo, Franz K.

Estimada Frau Mílena:


Hoy quiero hablar de otra cosa, pero es" inútil. No es que tome demasiado en serio el asunto; si fuera así, el tono de mi carta sería otro. Pero, de tanto en tanto, debería haber una silla tijera preparada para usted en algún jardín, a media sombra, y unos diez vasos de leche al alcance de su mano. Podría ser muy bien en Viena, sobre todo ahora, en el verano; pero sin hambre ni inquietudes. ¿No es posible? ¿No existe nadie que lo haga posible? ¿Y qué dice el médico?

Cuando extraje el cuaderno del gran sobre me sentí casi decepcionado. Yo quería noticias suyas, no quería oír esa voz demasiado familiar que surge de la vieja tumba. ¿Por qué tuvo que interponerse ella entre nosotros? Pero luego comprendí que esa voz también había actuado como mediadora entre nosotros. Por lo demás, no comprendo cómo puede usted haberse hecho cargo de una tarea tan pesada. Me conmueve la fidelidad con que lo ha hecho, remontando y descendiendo cada pequeña frase. Una fidelidad que yo nunca habría concebido en el idioma checo y que usted sabe ejercer con hermosa autoridad natural. ¿Tan próximos están el alemán y el checo? Sea como fuere, el cuento es abismalmente malo. Se lo podría demostrar línea por línea, con excepcional facilidad, mi querida Mílena; sólo que al hacerlo, la repugnancia pesaría más que la prueba. Por supuesto, el hecho de que a usted le guste, otorga cierto mérito al cuento, pero ensombrece un poco mi imagen del mundo. No se hable más del asunto. Wolff le hará llegar un médico de campo, ya le he escrito.

Sí; entiendo checo. Más de una vez he estado tentado de preguntarle por qué no me escribía en checo. No porque usted no domine el alemán. En general, es sorprendente cómo lo domina y si alguna vez no logra dominarlo, él se inclina volun­tariamente ante usted y eso es lo más lindo. Porque ningún alemán se atreve a esperar eso de su idioma y, por consiguiente, no se anima a ser tan personal en su manera de usarlo. Pero a mí me gustaría leer lo que usted escribe en checo, porque el checo es parte suya, porque en él está Mílena entera (la traduc­ción lo confirma), mientras que aquí está sólo la de Viena o la que se prepara para Viena. Entonces: checo, por favor. Y tam­bién los folletines que usted menciona. No importa que sean pobres. Usted también se ha abierto paso a través de la pobreza de este cuento ... ¿Hasta dónde? No lo sé. Quizá yo también pueda hacerlo y si no lo lograra, sería porque me he quedado atascado en el mejor de los prejuicios.

Me pregunta usted por mi compromiso. Estuve comprome­tido dos veces (tres, si se quiere; porque me comprometí dos veces con la misma joven); de modo que en tres oportunidades sólo me separaron del matrimonio unos pocos días. El primer compromiso ya no existe (según he oído, ya hay un matrimonio de por medio y un hijito); el segundo se mantiene aún con vida, pero sin la menor perspectiva de casamiento. Por lo tanto, no vive en realidad o lleva una vida autónoma a costa de las-perso­nas. En términos generales he podido comprobar -en este terreno y en otros- que quizá los hombres sufran más que las mujeres o, si quiere, que tienen menos resistencia que éstas; pero que las mujeres siempre sufren sin culpa y no porque "no les quede otro remedio" sino en el sentido exacto de la palabra, el cual quizá desemboque a su vez en el "no les queda más remedio". Pero es inútil reflexionar sobre estas cosas. Es como si uno se esforzara por destruir un solo caldero del infierno: en primer lugar, no lo lograría, y si lo lograra, se quemaría en la masa ardiente que brota del caldero roto. Mientras tanto, el infierno subsistiría en toda su gloria. Es necesario comenzar de otra manera.

Pero, ante todo, tenderse en un jardín y extraer de la enfer­medad -sobre todo si no es tal- toda la dulzura posible. Y es mucha la dulzura que contiene.
Suyo, Franz K.

Estimada Frau Mílena:

Ante todo, y para que usted no lo deduzca contra mi volun­tad de esta carta, le diré que desde hace quince días padezco de ni¡ creciente insomnio. Por principio, no lo tomo a la tremenda; estas rachas van y vienen y siempre tienen sus causas (según Baedecker, puede deberse incluso a los aíres de Merano, cosa que me parece ridícula), más de las que necesitan, aunque tales causas no siempre sean visibles. Pero lo cierto es que los perío­dos de insomnio lo vuelven a uno pesado como un tronco y, al mismo tiempo, inquieto como una bestia salvaje.

Sin embargo, tengo una satisfacción. Usted ha dormido bien, todavía con un sueño "extraño", todavía como "perpleja"; pero ha dormido bien. De modo que cuando el sueño pase junto a mí por la noche, sin detenerse, sabré cuál es su camino y lo acepta­ré. Por otra parte sería muy tonto rebelarse, porque el sueño es la criatura más inocente y el hombre insomne, la más culpable.

Y a este hombre insomne le hace usted llegar su agradecimiento en la última carta. Si un extraño, totalmente ajeno a la situa­ción, leyera esa carta, pensaría: "¡Qué, hombre! ¡En este caso, pa­rece haber movido montañas!" Y mientras tanto ese hombre no ha hecho nada, no ha movido un dedo (a no ser para escribir), se nutre con leche y cosas buenas, sin ver siempre (aunque sí a menudo) ante él "té y manzanas", y deja que las cosas sigan su camino y que las montañas permanezcan en su lugar. ¿Conoce usted la historia del primer éxito de Dostoievsky? Es una historia que resume muchas cosas y que yo cito por comodidad, porque gira en torno a un gran nombre; pero tendría el mismo significado si fuese una historia del vecino o de alguien más próximo aún. Por otra parte, ya sólo la recuerdo en forma vaga; hasta los nombres casi se me han borrado. Cuando Dostoieyskv escribió su primera novela Pobres gentes, vivía con un lite­rato amigo suyo, un tal Grigoriev. Éste vio durante meses muchas hojas escritas sobre la mesa, pero Dostoievsky sólo le entregó el manuscrito cuando la novela estuvo concluida. Grigoriev la leyó, quedó deslumbrado y sin decir nada a su amigo se la llevó al entonces célebre crítico Nekrassov. A las tres de la mañana llamaron a la puerta de Dostoievsky. Eran Grigoriev y Nekrassov. Entraron a la habitación, abrazaron y besaron a D. Nekrassov -quien hasta ese momento no lo cono­cía- lo llamó esperanza de Rusia, y pasaron una o dos horas hablando, sobre todo de la novela. Se separaron al amanecer. Dostoievsky, quien siempre se refirió a esa noche como a la más feliz de su vida, se asomó a la ventana y los siguió con la mirada. Luego, sin poderse contener, se echó a llorar. Su sentimiento básico, que él ha descripto ya no recuerdo dónde, era: "¡Qué gente maravillosa! ¡Qué buenos y nobles son! ¡Y cuán ruin soy Yo! ¡Si ellos pudieran ver dentro de mí! Si yo se lo dijera, no me creerían." La afirmación de que Dostoievsky se propuso emu­larlos es sólo una rúbrica final, un adorno, esa palabra que es preciso brindar a la invencible juventud. Ya no forma parte de la historia; ésta va ha llegado a su fin. ¿Capta usted, mi querida Mílena, el significado oculto de esta historia, su aspecto inac­cesible a la razón? A mi juicio, es el siguiente: en la medida en que se puede generalizar sobre estas cosas, Grigoriev y Nekrassov no eran, por cierto, más nobles que Dostoievsky. Pero ahora dejemos la visión panorámica que tampoco D. exigió aquella noche y que de nada sirve en el caso individual. Escu­che sólo a Dostoievsky y se convencerá de que Gr. y N. eran realmente maravillosos y D. impuro e infinitamente ruin, que nunca alcanzaría, ni por lejos, la grandeza de Gr. y N., y que jamás podría recompensarles el enorme e inmerecido servicio que le habían prestado. Uno los ve literalmente desde la venta­na, mientras se alejan y sugieren así su inaccesibilidad.

Lo lamentable es que el significado de la historia se ve desdi­bujado por el gran nombre de Dostoievsky. ¿A dónde me ha llevado mi insomnio? Sin duda a nada que no se base en las mejores intenciones.


Suyo. Franz K.

Estimada Frau Mílena:

Unas pocas palabras, nada más. Quizá mañana vuelva a escribirle. Hoy sólo escribo en mi propio beneficio, sólo en el afán de hacer algo por mí, sólo para librarme un poco de la impresión que me causó su carta, para que ésta no me oprima día y noche. Usted es muy peculiar, Mílena: vive allí en Viena, se ve obligada a soportar muchas cosas y sin embargo tiene tiempo para sorprenderse de que a otros, por ejemplo a mí, no les vaya demasiado bien y de que yo duerma una noche peor que la anterior. En este sentido, mis tres amigas locales (tres hermanas la mayor de las cuales tiene cinco años) han mostra­do una actitud más sensata: buscan cualquier oportunidad para arrojarme al agua, estemos o no junto al río; y no porque yo les haya causado el menor daño. De ninguna manera. Cuando los adultos amenazan así a los niños, lo hacen naturalmente en broma y por cariño, y el significado es algo así como: ahora, sólo por divertirnos, diremos lo más absurdo. Pero los niños son serios y no conocen el absurdo. El décimo fracaso en el intento por derribar algo no logrará convencerlos de que la próxima vez no resultará. Es más, ni siquiera saben que en los diez casos anteriores fracasaron. Los niños resultan inquietantes si uno llena sus palabras e intenciones con los conocimientos del adulto. Cuando la niñita de cuatro años -que parece existir sólo para ser besada y abrazada, y sin embargo es fuerte como un osezno, aunque todavía conserva en parte su barriguita de lactantes- se lanza contra uno, ayudada -a izquierda y dere­cha- por sus dos hermanas, y uno no tiene a sus espaldas más que la barandilla, y el amable padre de las pequeñas y la suave, bella y regordeta madre (que está junto al cochecito de su cuar­to vástago) sonríen desde la distancia y no hacen ademán de ayudar, uno siente que casi ha llegado al final y es casi impo­sible describir cómo se llega a salvar uno a pesar de todo.

Unas criaturas sensatas o intuitivas quisieron arrojarme al agua sin una razón especial, quizá porque me consideraron superfluo y, sin embargo, no conocían ni siquiera las cartas de usted y mis respuestas.

Las "mejores intenciones" de mi última carta no deben alar­marla. Fue un período, nada raro aquí, de total insomnio. Yo había escrito la historia, esa historia tantas veces recordada en relación con usted; pero cuando hube terminado, la tensión entre la sien izquierda y la derecha ya no me permitió recordar con claridad por qué la había relatado. Además, todavía flotaba en torno de mí la masa amorfa de lo que había tenido inten­ciones de decir mientras estaba afuera, en el balcón, tendido en la silla tijera, de modo que no me quedó otra cosa que referirme al sentimiento básico, y ahora mismo no soy capaz de hacer mucho más.

Usted tiene todo lo mío publicado hasta ahora, con excepción de Un médico de campo, una colección de cuentos cortos que Wolff le va a enviar; por lo menos yo le escribí hace una semana por esa razón. No hay nada en prensa y no sé qué podría haber. Todo lo que usted haga con los libros y las traducciones estará bien; lamento que mis escritos no sean más preciosos para mí, pues al dejarlos en sus manos podría expresar realmente la confianza que usted me merece. En cambio me alegro de poder ofrecerle un pequeño sacrificio con las pocas observaciones que usted ha formulado respecto de El fogonero; será un anticipo de esa condenación que consiste en repasar la propia vida, pero con la mirada de quien ya comprende. Lo peor de ese castigo no es la visión clara de las malas acciones evidentes, sino de aquellos actos que en su momento uno consideró buenos.

A pesar de todo, escribir hace bien. Me siento más sereno que hace dos horas, mientras estaba con su carta en la silla tijera. Mientras estaba tendido allí, a un paso de mí yacía un esca­rabajo, patas arriba, desesperado. No podía enderezarse, me habría gustado ayudarlo, era tan fácil hacerlo, bastaba un paso y un empujoncito para brindarle una ayuda efectiva. Pero lo olvidé a causa de la carta. Además no podía ponerme de pie. Por fin, una lagartija logró que volviera a tomar conciencia de la vida que me rodeaba. Su camino la llevó hasta el escarabajo, que ya estaba totalmente inmóvil. De modo que no fue un acci­dente, me dije, sino una lucha mortal, el raro espectáculo de la muerte natural de un animal. Pero la lagartija al deslizarse por encima del escarabajo, lo enderezó. Por unos instantes continuó inmóvil, como muerto, pero luego trepó la pared como la cosa más natural. Es probable que eso me haya brindado, de alguna manera, un poco de coraje. Lo cierto es que me puse de pie, bebí leche y le escribí a usted.
Suyo, Franz K.

Mañana le enviaré las observaciones, que serán muy pocas, por cierto. Páginas y páginas sin nada que observar. La lógica veracidad de la traducción me resulta siempre sorprendente, cuando me desembarazo de la lógica. Apenas si hay una inter­pretación errónea, eso no sería nada; lo sorprendente es esa comprensión siempre vigorosa y decidida. Lo que no sé es si los checos pueden llegar a reprocharle esa fidelidad, que es lo que más me gusta en la traducción (y ni siquiera por la historia; me gusta por mí); mi sentido del idioma checo -yo también lo tengo- se ve plenamente satisfecho, pero es en extremo prejuicioso. Sea como fuere, si alguien se lo echa en cara, trate de compensar la ofensa con mi gratitud.

Estimada Frau Mílena:

(Sí, este encabezamiento me está resultando fastidioso; pero ocurre que es uno de esos cabos a los cuales se pueden aferrar los enfermos en este mundo inseguro, y el hecho de que los cabos se vuelvan fastidiosos no basta como prueba de un retorno a la salud.) Nunca he vivido en el seno del pueblo alemán. El alemán es mi lengua madre y por consiguiente es natural en mí; pero el checo está mucho más cerca de mi corazón. Por eso, su carta devela más de una incertidumbre y la veo a usted con mayor claridad. Veo los movimientos de su cuerpo, de sus manos, tan decididos. Es casi un encuentro. Pero cuando quiero elevar los ojos hasta su rostro, en el curso de la carta -¡qué historia!- estalla el fuego y no veo más que fuego.

Resulta tentador creer en esa "ley de su vida" que usted formula. Es lógico que no quiera ser compadecida por su supuesto sometimiento a esa ley, pues su sola formulación no es otra cosa que soberbia y arrogancia (já jsem ten, ktery platí3). En cuanto a las pruebas que usted ofrece para demostrar la existencia de esa ley, no admiten discusión, uno sólo puede besar su mano en silencio. En lo que a mí respecta, creo en su ley, aunque no puedo creer que pese para siempre sobre su vida en firma tan cruel y exclusiva. Es cierto que es una compro­bación, pero sólo una comprobación hecha en el camino y el camino es interminable.

Pero, al margen de eso, para la limitada inteligencia del hom­bre, es horrible verla a usted dentro de ese horno recalentado en el cual vive. Por ahora, sólo hablaré de mí. Si se contempla todo esto, digamos, como una tarea escolar, usted tenía tres posibilidades en relación a mí. Por ejemplo, podría no haberme dicho nada acerca de usted misma; en ese caso me habría privado de la dicha de conocerla y -lo que es más importante aún que la dicha- me habría privado de la posibilidad de ponerme a mí mismo a prueba, al conocerla. Por consiguiente, usted no podía mantener eso oculto. También podría haber silenciado algunas cosas o haberlas embellecido, e incluso podría seguir haciéndolo ahora; pero en el actual estado de cosas, yo lo presentiría aun cuando no lo comentara y eso me haría sufrir por partida doble. De modo que tampoco puede hacer eso. Sólo resta una tercera posibilidad: tratar de salvarse un poco. Y en sus cartas se advierte algún pequeño indicio. Con frecuencia habla de serenidad y firmeza; con frecuencia -aunque como de paso- también habla de otras cosas y, por fin, hasta de "reelní hrůza"4.




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