Carlos fernández sessarego



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CARLOS FERNÁNDEZ SESSAREGO

BOSQUEJO PARA UNA DETERMINACIÓN ONTOLÓGICA DEL DERECHO”



UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS

LIMA – 1950.




A Felicia C. de Sessarego,

mi abuela.


A los doctores Raúl Porras Barrenechea

y José León Barandiarán, maestros.

INDICE


DEDICATORIA.

PROLOGO.

I.-MISIÓN DE LA FILOSOFIA DEL DERECHO

1. -De la Filosofía.

2. -Filosofía y Ciencia.

3. -Filosofía y concepción del mundo.

4. -Filosofía y Filosofía del Derecho.

5. -Filosofía del Derecho y Ciencia Jurídica.




II.-DE LA PROBLEMÁTICA JUSTIFILOSOFICA

1. -El ideal del Derecho.

2. -El Derecho natural.

3. -El racionalismo jurídico.

4. -Concepciones anti-racionalistas.

5. -Restauración de la Filosofía del Derecho.

6. -La Lógica Jurídica.

7. -La Fenomenología.

8. -Aplicación de la Fenomenología al Derecho.

9. -La Filosofía de la Cultura y la Estimativa Jurídica.



III.-BOSQUEJO PARA UNA DETERMINACIÓN ONTOLOGICA DEL DERECHO
1. -La problemática actual.

2. -Los objetos y su conocimiento.

3. -La vida humana

4. -La libertad metafísica.

5. -La conducta humana como objeto del Derecho:


      1. Lo que no es objeto del Derecho.

      2. Conducta humana.

      3. El objeto del Derecho como vida humana objetivada.

      4. El objeto del Derecho como vida humana viviente.

6. -El Derecho como norma.

7. -El Derecho como valor.

8. -El conocimiento jurídico.




IV.-LOS TEMAS DE LA FILOSOFIA DEL DERECHO

1. -Pluralidad de elementos que integran el Derecho.

2. -El sentido del Derecho.

3. -La ciencia del Derecho.



PRÓLOGO


...Cuanto más hondamente se angustia tanto



más grande es el hombre”.

Sören Kierkegaard.


El presente trabajo es producto de una inquietud nacida en los umbrales del aprendizaje del Derecho en los claustros de San Marcos. Inquietud que nos ha acompañado año tras año, siempre creciente, hasta la culminación de nuestros estudios en la Sección Doctoral.
Es el resultado de un pertinaz afán por encontrar una respuesta a la vieja y siempre nueva interrogante por el ser del Derecho; respuesta, que aunque provisional, nos proporciona una visión unitaria de la disciplina a la que ofrendamos cotidianamente nuestros más caros y preciados esfuerzos. Interrogante que nos asalta detrás de cada artículo de Código, que aparece furtiva con posterioridad a fragmentarias y dispares explicaciones de ciencia dogmática; multitud de opiniones, muchas contradictorias otras asistemáticas, diseminadas en manuales y tratados que nos ofrecen cuestionables soluciones; ideas “encapsuladas”, repeticiones estereotipadas, que pasan de generación en generación tratando de despejarla sin que se adopte ante ellas una actitud crítica; interrogante que nos angustia y nos motiva a darle respuesta a través de una propia meditación.
La filosofía contemporánea, que pretende describir la angustiada situación del hombre de nuestra época y que hace de él el centro de su meditación, obliga a los jusfilósofos a revisar sus puntos de vista sobre la situación de lo jurídico en el mundo y sobre su papel y su sentido para la vida humana. Si la filosofía es permanente problematicidad, es decir constante urgencia por saber algo, necesidad ineludible de encontrar soluciones a situaciones presentes, se hace imprescindible el replanteo de los más importantes temas jusfilosóficos a fin de adecuarlos a los aportes de la filosofía última para aprovechar sus hallazgos y, sobre todo, su metodología. Apuntan ya los precursores de esta actitud, precursores que experimentan el ansia de marchar a la fundación de una nueva filosofía del Derecho que tiene como tarea previa el planteamiento nítido del hecho fundamental de la existencia, para insertar en ella el Derecho como una de sus formas radicales.
Y este esbozo de respuesta que se ensaya a través de las páginas posteriores -y que en el fondo no es sino una mostración de algunos aspectos de la problematicidad del Derecho- pretendería compartir aquella actitud y estar grávido de la mentalidad contemporánea. Pretendería ser parto de inquietudes del hombre actual, vivencias jurídicas desde la perspectiva histórica de nuestra época, tarea irrenunciable de una generación que vive auténticamente tiempo presente.
Labor paciente y fatigosa, quehacer de oruga al decir del maestro Zubiri, esta de penetrar en los intrincados terrenos de la problemática jusfilosófica. Transcurrir de horas sumidos en silente meditación, en la inquisitorial búsqueda sistemática, espera esperanzada de antojadizas maduraciones que no anuncian su hora ni su cuándo, entusiastas atisbos, dudas. Quehacer duro y difícil en el tráfago de la vida actual urgida por lo inmediato, vocada a la técnica, precipitada y estruendosa, tan poco propicia al recogimiento necesario para la faena del pensar.
Audaz nuestra ambición y vasto el tema, él trasciende al contenido de estas páginas y al resultado de nuestros esfuerzos. Quedan innúmeros problemas sin solución, otros apenas planteados o bosquejados, muchos ignorados. Ellos, si Dios lo permite, quedan pendientes como programa para el futuro, como proyecto de nuevos trabajos de los cuales el presente es sólo tímido anuncio y provisional punto de partida. Quizá en estas páginas se han producido muchos apasionados encuentros -o reencuentros- con los grandes temas y las ideas matrices que habrán de ser desarrollados y profundizados en el devenir de los años. Ellas son testigo objetivado de múltiples tanteos, aproximaciones, jubilosos atisbos, falsas vías, y apenas terminadas, vislumbres de posibles rectificaciones.

Hemos circunscrito nuestra atención a determinar el objeto de la ciencia jurídica y a distinguir los temas de la Filosofía del Derecho en un afán sistemático para evitar toda confusión, por lo demás tan frecuente, entre los planos lógico, ontológico y estimativo del Derecho. A precisar sus propios contenidos y a señalar su íntima y necesaria conexión, otorgando preferente atención al tema ontológico asaz preterido o defectuosamente enfocado por los jusfilósofos. Culmina nuestro empeño pretendiendo insertar la filosofía jurídica dentro de la filosofía existencial, mostrando al Derecho como una forma radical de la existencia, con el propósito de apuntar el sentido del Derecho para la vida humana.


Y en esta pretensión aspiramos una superación del racionalismo vacío de humanidad y colocarnos en una postura que muestre a la razón no divorciada ni escindida de la vida sino implantada en ella. Ontológicamente el Derecho no aparecerá como mera conexión formal de conceptos sino como libertad metafísica en su dimensión de coexistencia que es pensada en conceptos adecuados a este objeto existencial.
Al afrontar tan arduos temas lo hemos hecho con plena convicción de nuestras múltiples limitaciones y deficiencias; teniendo presente, a cada paso, que la actitud moral del investigador -como parte del método- es la humildad, más tratándose de la indagación jusfilosófica que es movimiento callado, recóndito, personal, y en la que más importa la actividad misma en que consiste el filosofar que las conclusiones a que se arribe o la pasiva repetición y acopio de opiniones ajenas. Estas, a través de la historia, son incitación, estímulo, archivo de problemas y planteamientos. Soluciones que deben ser repensadas pero nunca muestrario de inertes adhesiones.
Si algún mérito podría tener este trabajo -al lado de vacíos y fallas- el consistiría en el entusiasmo renovado por aproximarnos al estrato ontológico del Derecho desde una nueva perspectiva filosófica. En el esfuerzo -que presentimos no recompensado- de pensar y repensar, al margen de toda vana erudición, los temas centrales materia de la exposición en un afán de decir lo que uno piensa, y porque es bueno que haya gente que piense y diga lo que piense, como anota Leclerq, y ello sin sentirse en la obligación de decirlo todo, de agotar la materia con ingenua pretensión.
Y en este menester de desentrañar el objeto de lo jurídico, de aclarar los temas de la filosofía del Derecho y de encontrar su sentido para la vida humana como tarea previa al estudio de la Dogmática y a la comprensión de las instituciones, que nos han orientado primariamente las enseñanzas de nuestros maestros de la Facultad de Derecho a quienes rendimos tributo de agradecimiento por haber sido ellos sembradores de inquietudes e indicadores de derroteros.
Nuestro mayor anhelo es merecer de parte de ellos acogida benevolente para este trabajo de estudiante, confiando en que su generosidad sabrá disculpar sus errores y vacíos.

I

MISIÓN DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO



1. DE LA FILOSOFÍA.

Es verdaderamente impresionante contemplar la innumerable cantidad de definiciones que sobre la filosofía se han formulado. Rico y abundante muestrario el que nos ofrecen los tratadistas desde los prolegómenos del filosofar. Y esta diversidad nos muestra, precisamente, que la filosofía es eterno problema, tarea inacabada, permanente indagación, quehacer personal y cotidiano del hombre. Que la filosofía no es “saber humano” más, ya fabricado, que recogemos y repetimos sino que es, esencialmente, una actitud, un diálogo siempre renovado consigo mismo, amorosa vocación, deseo de encontrar una certidumbre radical y primaria.


Ya desde Herodoto aparece el filosofar como esta amorosa actitud de aprehender ultimidades. Es la “philosofia”, palabra que aquel pone en boca de Creso al dirigirse éste a Solón. La “sophia” es lo que hace que un hombre sea “entendido en algo”; esencialmente lo que hace de él un sabio, un artista. El filósofo es el amoroso, el anhelante inquisidor de las ultimidades, del saber último y primero sobre el Universo (entendiéndolo como la suma de Espíritu y Naturaleza). La filosofía resulta así una búsqueda permanente, un pensar y un repensar, un meditar hondo y callado de estas ultimidades. La filosofía es un filosofar, una actividad, una actitud; como la definía Platón es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser. O, como escribe Dilthey, una “auto-reflexión del espíritu”1.
La filosofía ha de entenderse pues como perpetua inquisición, como mostración del ser en tanto que ser al decir de Aristóteles. Y en esta actitud coinciden casi todos los filósofos, todos aquellos inquietos y amantes investigadores de verdades primigenias. Ella tiene su origen, como señalan Kierkegaard y Heidegger, en la angustia del hombre por descubrir su propio hontanar, su propia verdad y la del mundo. Es un movimiento interno que exige vocación y desprendimiento, generosidad y entrega, renuncia y humildad, paciencia. La filosofía es la actitud del hombre anhelante por aprender “aquellos momentos irreductibles y primarios que está en la base de la existencia y los entes” como apunta Wagner de Reyna2. Es la tarea insosegable y necesaria de reflexión última sobre el ser. Es la permanente y siempre renovada interrogante por el sentido del Espíritu y la Naturaleza.
La filosofía resulta por tanto una actitud, una amorosa y anhelante vocación por aprehender ultimidades, por encontrar certidumbres radicales y primarias, resulta, en fin, actividad, filosofar.
La filosofía aparece como una inquisitorial actitud tras un objeto. Como un filosofar personal que revive problemas y planteamientos que ofrece una tradición. Como un replanteamiento y un repensar original en tanto que personal. Como respuesta a la verdad recóndita del hombre y de las cosas.

Y la Historia de la Filosofía es, por lo tanto, como muy bien señala Julián Marías, “la dramática historia de esa pretensión humana”3 por encontrar la verdad radical.


La filosofía no surge ni puede conocerse como un a priori. Ella es un ingrediente de la vida humana: aparece por la insuficiencia del conocimiento científico de llegar a las ultimidades y explicarlas, de una insuficiencia sentida por el hombre como necesidad, como experiencia, como pretensión, al tratar de explicar su vida misma, el Universo todo. Por eso la “filosofía reside en la estructura de los hombres” como apunta con toda exactitud Guillermo Dilthey4.
La filosofía aparece como problema en la vida del hombre. El problema es algo que necesita de alguien que lo piense y para que exista. Si bien es cierto que el problema, como anota Wagner de Reyna, está dado en la realidad siendo en cierto modo algo objetivo, “posibilidades lógicas que están como el oro en las minas”5, no es menos evidente que para que algo sea problema se requiere que con urgencia se necesite saber algo o compaginar verdades discordantes. Mientras no se sienta esta urgencia, esta ineludible necesidad de “saber algo” o compaginar verdades discordantes, el problema estará ahí como el oro en la mina, más la mina no será por nosotros conocida, no existirá para nosotros. La filosofía aparece pues, como problema en la vida del hombre, como necesidad por conocer la verdad radical, por aprehender un objeto inalcanzable al saber científico.
¿Y la doctrina filosófica, los tratados de filosofía, no son acaso “filosofía”?. ¿Y si son filosofía no están “ahí”, fabricados?. Todo ello representa un residuo, algo que ha quedado del filosofar, espíritu objetivado, mas no es filosofía. No es actitud amorosa: es el resultado del filosofar. Por eso con razón ha dicho Giner que “aprender filosofía es, ante todo, aprender a filosofar”6.




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