Capítulo I


La segunda Experiencia Internacional



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1. 7 La segunda Experiencia Internacional

El Departamento de Asuntos Culturales en la Unión Panamericana

Viajé a Estados Unidos en enero de 1948, nombrado por el doctor Alber­to Lleras Camargo en la Unión Panamericana. Acababa de instalarme en Washington cuando se reunió la Conferencia de Bogotá y aprobó la Car­ta de la Organización de los Estados Americanos. La Unión Panamerica­na, de acuerdo con esta Carta, quedó .como Secretaría General de dicha entidad. Fue entonces ella dividida en tres departamentos técnicos: el de Asuntos Jurídicos, el de Asuntos Económicos y Sociales y el de Asuntos Culturales. Me correspondió el honor de ser el primero en ejercer esta última función sin que el gobierno del Perú nada hiciera a mi favor. Más tarde, el Brasil y otras repúblicas, en contraste con esa indiferencia, han disputado encarnizada mente dicha presa burocrática.

Entre enero de 1948 y noviembre de 1950 procuré dejar las bases de una estructura adecuada a las funciones de la Organización. Cuando llegué, existían en este campo tres oficinas desarticuladas ya veces en mu­tua interferencia: la biblioteca, sumida en una vida lánguida; la Oficina de Cooperación Intelectual, muy dinámica y servicial aunque frenada por la escasez de fondos, por la complejidad de sus campos de trabajo y por la mezcla de atribuciones técnicas y administrativas en su personal, y por último, la oficina de Música. Al retirarme en noviembre de 1950 dejé una biblioteca dinámica, con un salón de lectura propio y una flamante revis­ta; la División de Educación con sus tres secciones: de Educación Prima­ria, Secundaria y Vocacional; la División de Música y la de Artes Visua­les; y Unidades de Literatura y Filosofía, de Ciencias y Tecnología y de Ciencias Sociales. Quedaron también marcados no sólo el ámbito de tra­bajo de cada núcleo y las labores de cada funcionario sino también las di­ferencias entre el personal técnico y el personal administrativo.

Entre otros trabajos realizados en aquella época mencionaré rápi­damente: la encuesta hecha a especialistas de distintos países de Améri­ca Latina sobre la identidad, las características y el futuro de las clases me­dias en esa región; las antologías de autores clásicos hispanoamericanos preparadas por el gran escritor mexicano Emilio Abreu Gómez; la anto­logía sobre filósofos de nuestro continente admirablemente hecha por nues­tro colega de entonces, el profesor argentino Aníbal Sánchez Raulet, que descubrió un mundo no muy conocido antes; la relación minuciosa de las cátedras sobre América Latina en las universidades de Estados Unidos, editada con un extenso prólogo mío sobre la historia y las características de esa enseñanza; los boletines sobre avances científicos y tecnológicos periódicamente enviados a los centros de educación superior en México, Centro América y América del Sur.

Mención especial corresponde al pacto de colaboración entre nues­tro Departamento y el Instituto Panamericano de Historia y Geografía de México. Dirigía entonces la Sección Historia de dicha entidad el gran Sil­vio Zavala, a cuya iniciativa y perseverancia se debieron una serie de vo­lúmenes sobre la historia en cada una de las áreas y de las épocas ameri­canas, así como varios resúmenes de conjunto, entre los cuales el muy ex­tenso trabajo del mismo Zavala sobre la Colonia sigue siendo una obra ejemplar. Marietta Daniels Shepard inició por aquel entonces la labor que durante muchos años siguió cumpliendo, de estimular, orientar y ayudar al movimiento bibliotecario en nuestros países.

Las más ambiciosas realizaciones que llevamos a cabo entre 1948 y 1950 fueron los seminarios interamericanos de educación reunidos en Ca­racas en 1948, en Río de Janeiro en 1949 y en Montevideo en 1950 con la participación conjunta de la Organización de Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); y, además, el centro para preparación de maestros y materiales especializados de educación rural y de adultos inaugurado en Pátznaro (México) también bajo los mismos auspicios.

Para efectuar el planeamiento de dicho centro, así como para afron­tar el problema general de una cooperación futura entre UNESCO y la OEA, viajé como observador varias veces a París entre setiembre de 1949 y febrero de 1950 y a Florencia en mayo de este Último año. Ambos acuer­dos, sobre cuyos detalles no fue fácil una concordancia, fueron aprobados por los dos organismos. (Ap, pp. 411-414)

2. LA HISTORIA VISTA POR EL HISTORIADOR

Trayectoria y destino

Fui terco al hurgar desde los dieciséis años en el campo del pasado na­cional, sobre todo en la época republicana, y esa porfiada tarea fue la ra­zón de ser para mi existencia intelectual, anheloso siempre de no inyec­tar en los muertos mis pasiones y mis dogmatismos. Dicho periodo era, entonces, una selva no desbrozada que casi nadie se atrevía a transitar. Ahora muchos, dentro de mejores circunstancias y más favorables condi­ciones, allí cómodamente laboran; y acaso, algunos han olvidado las pe­nurias de antes y los estímulos que pudieron recibir o la semilla o la aper­tura que en algo les sirvió quizá. He aprendido que es de veras histórico únicamente lo que en un sentido fundamental y, de un modo u otro, re­percute sobre nuestra época. El presente está repleto de pasado y preña­do de porvenir. He aprendido también que en el Perú no hay una uni­dad geográfica, ni racial, ni lingüística; pero que esta comunidad históri­ca, que enmarca las vidas de todos nosotros querámoslo o no, se ha ido haciendo penosamente en una marcha multisecular llena de contradic­ciones y, dentro de una trayectoria que, en tales o cuales momentos, pu­do parecer que florecía y en otras ocasiones, en más de una oportunidad, quedó en honda desolación para luego, a pesar de todo, seguir una vez más. En suma, aunque es tan rico y tan complejo el pasado del Perú, lo que importa sobre todo no es lo que fuimos sino lo que sí -venciendo la inextinguible capacidad nacional para buscar la propia agonía espiri­tual con el yaraví de la autoflagelación y de la autonegación o para so­plar en el pututo del encono- pudiéramos ser si de veras lo quisiéramos. (MP, p. I)



Historiografía y compromiso

Me ocuparé tan sólo de mis trabajos historiográficos. No los considero definitivos sino labor de siembra. Alego como circunstancia atenuante que dichas obras no nacieron por una curiosidad cómoda ni por el manejo de un oficio más o menos ornamental. Los asuntos que abarqué, con todos los errores y omisiones que pudo tener su tratamiento, surgieron desde el fondo de mi ser por una necesidad que se convirtió en parte integrante de mi existencia misma.



A lo largo de estos trabajos, cuyas limitaciones, repito, jamás he ocul­tado, no menosprecié, por cierto, las fuentes auténticas como testimonio irremplazable del pasado; pero, con el máximo respeto hacia ellas, siempre entendí a la erudición como un medio para ir en pos de la historia del hombre, el hombre protagonista, autor o víctima, el hombre en socie­dad, en este caso en el Perú. Dentro de mis limitaciones, lejos de todo impulso irreflexivo o irracional (con el anhelo que no sé si he logrado de colocarme por encima de los apriorismos, los primarismos y los sectaris­mos), traté de sentirme comprometido sólo con este país dispar, desigual, en formación y ebullición, con tantas cosas espantosas y maravillosas en su seno. País cuyos horizontes culturales, mirándolos en su integridad, pa­recen cada vez más vastos y complejos, gracias al enorme desarrollo de las ciencias humanas. País de choques y mezclas entre razas inconexas y po­livalentes a través del tiempo largo, a veces cegado por la embriaguez de momentos alegres y confiados aunque, en más de una ocasión, resultó su­mido en un agonizar cruento para tener, luego, extraordinaria aptitud pa­ra reaccionar. País de demasiadas oportunidades perdidas, de riquezas mu­chas veces malgastadas atolondradamente, de grandes esperanzas súbitas y de largos silencios, de obras inconclusas, de aclamaciones y dicterios, de exaltaciones desaforadas y rápidos olvidos. País dulce y cruel, de cum­bres y de abismos. País de Yahuarhuácac, el inca, que según la leyenda, lloró sangre en su impotencia; y de Huiracocha, el inca que se irguió so­bre el desastre. País de aventureros sedientos de oro y de dominio sobre hombres, tierras y minas y, también, país de santos y de fundadores de ciu­dades. País de cortesanos según los cuales no se podía hablar a los virre­yes sino con el idioma del himno y el idioma del ruego. País de altivas y valerosas cartas que suscribieron Vizcardo Guzmán y Sánchez Carrión, separadas en el tiempo y unidas por la más pura inspiración democrática. País donde, a lo largo del tiempo, gamonales altivos o taimados creyeron vencida a la estirpe de los defensores de los indios entre los que hubo már­tires como Juan Bustamante y oradores incorruptibles como Joaquín Ca­pelo. País con millones de analfabetos monolingües y con grandes figu­ras culturales. País de tanto desilusionado, pesimista y maldiciente en 1823 y 1824 mientras que, en esos mismos momentos horribles, Hipólito Una­nue voceaba su esperanza terca en el fervoroso periódico Nuevo Día del Perú. País donde, en la guerra de la independencia, se produjo el bochor­no de la escaramuza de Macacona y, poco después, la carga luminosa de los Húsares de Junín. País que entre 1879 y 1883 se enredó y dividió en un faccionalismo bizantino cuyos efectos letales no lograron contrarres­tar, en múltiples rincones de la heredad nacional, numerosos héroes fa­mosos o anónimos cuyos nombres debemos exhumar y que lucharon du­rante cinco largos años, a diferencia de lo ocurrido en la guerra entre Fran­cia y Alemania en 1870, limitada a unos pocos meses. País que requiere urgentemente la superación del estado empírico y del abismo social; pe­ro, al mismo tiempo, necesita tener siempre presente con lucidez su de­licada ubicación geopolítica en nuestra América. [Discurso agradeciendo la imposición de la Orden del Sol, en enero de 1979.]

Cómo entender la historia

La historia es un proceso motivado por fuerzas humanas al que hay que entender a través de términos puramente humanos. Ella no debe ocupar­se sino de la verdad de nuestros semejantes en su calidad de seres que vi­vieron, a lo largo y a lo ancho del tiempo que nos interesa. Su destino al­berga un enjambre de causas diversas, coyunturas, estructuras, avances y retrocesos y fenómenos con elementos eventuales de sorpresa. Si hay una utilidad en estudiada es la de ahondar la experiencia y lograr que, de al­gún modo, seamos más lúcidos en relación con nosotros mismos y con nuestros semejantes y con la sociedad que nos circunda. Debemos inves­tigar con humildad, paciencia y honestidad los factores auténticos en el acontecer histórico y tratar de entender e interpretar la amplitud de las relaciones que los generan, los caracterizan o los rodean. Se trata de una labor primaria pero no sencilla, ya que la complejidad de las fuerzas desencadenadas en el tiempo es intrincada y su dilucidación resulta una ta­rea nunca fácil. De allí la necesidad de ser extremadamente atentos, sen­sibles y cautos.

El deber del historiador está en hallar, dentro de lo posible y sin desconocer la verdad de que otros han de superado inevitablemente más tarde, por lo menos alguna de las complejidades en la conducta, el pen­samiento, la sensibilidad y las obras de la existencia humana a través de las distintas etapas del acontecer y dentro de los marcos específicos de su interés profesional. Ello implica buscar las interrelaciones sutiles entre las luces y las sombras del pasado, ser leal a éste y no distorsionarlo, Cosa que no es tan fácil como parece; tener siempre presentes las difíciles y lar­gas tareas que aún faltan por cumplir a nuestra especie. No se trata ya de que la historia proporcione auxilios o instrumentos para el dominio del poder o de la autoridad política o económica establecida, cualquiera que ella sea. Su deber es proclamar que en la razón (siempre y cuando esté controlada por los hechos mismos y por la experiencia viva y se halle in­centivada, además, por los hondos instintos biológicos y sociales que bus­can el desarrollo y la protección de la especie), así como en la capacidad para pensar acerca de ellos mismos, de sus semejantes y de su medio am­biente, encuéntranse, pese a todos sus defectos, errores o miserias, los atri­butos mejores de los hombres, los elementos que les otorgan una calidad única y superior dentro del universo todo.

Las ciencias humanas. La historia, disciplina llamada por algunos auxiliar y, en realidad, fundamental, otorga a las ciencias del hombre esa densidad en el tiempo que, cuando aparece verdaderamente comprendi­da en su relativismo y en su complejidad, constituye el sustituto más se­guro de una experimentación imposible.

Nota sobre la erudición y la historia

Es evidente que sin erudición no se puede escribir historia. Esto lo olvi­dan siempre y lo están haciendo ahora mismo algunos audaces empeña­dos en inyectar dentro del pasado sus creencias, sus opiniones y hasta sus afanes proselitistas y combatientes. Pero aquella, la erudición, con ser tan imprescindible, no es aún historia. Quiere decir que la simple acumula­ción de noticias no puede ser y no integra en ningún caso la verdadera forma constituyente de la vida intelectual. No bastan los datos estrictos Y fehacientes para que quien los reúne o expone, gracias a la posición favo­rable que el destino le hizo adquirir o en virtud de una paciencia tenaz o del dinero que tuvo o por cualquier otra circunstancia, adquiera el ran­go de historiador.

Dentro de los datos aparecen los hechos históricos. Entendemos al enunciar estas últimas palabras no sólo las referencias a los sucesos descollantes sino cualquier información sobre el ayer. Los hechos, encerra­dos cada uno dentro de sí mismo, aislados dé los demás, abruptos, no son nunca ciencia. La ciencia es teoría y ésta consiste en darles su fundamen­to, en interrelacionarlos: La ciencia es el descubrimiento de conexiones entre los hechos. En la conexión el hecho desaparece como puro hecho y se transforma en parte de un "sentido". Entonces se le entiende. El "sen­tido" es la materia inteligible. Lo aseverado antes es muy notorio en la historiografía de nuestro tiempo, preocupada, cada, vez más por los movimientos de larga duración, por lo que cambia lentamente. La teoría estructuralista ha contribuido a que los fenómenos observables por los his­toriadores nuevos se presenten no tanto como productos de una o más vo­luntades sino como fragmentos que emergen de un sistema subyacente. Por otra parte, la hoy despreciada "historia de los acontecimientos" es tam­bién estructural porque el acontecimiento en sí posee su estructura y en ella está precisamente el acontecimiento de que se trata. (BD, pp. 1055-1056)

Breve alegato sobre la historia libre y la historia perspectiva

Hace poco tiempo un joven investigador norteamericano que se había iniciado con brillantes contribuciones en el campo de la historiografía anun­ció públicamente que abandonaba sus estudios. Para justificar tan brusca actitud, expresó que había estado ocupándose de un ejercicio puramente académico, inútil para resolver los problemas inmediatos del mundo cuando nuestro tiempo exige la acción para buscar la justicia social y la creciente productividad en sociedades que afrontan, cada vez más, la ne­cesidad de esenciales cambios.

La Historia ha tenido, por cierto, a lo largo de muchos siglos, nu­merosos adversarios. Pese a ellos, está inevitablemente, de un modo u otro, unida a la cultura de cada época. Sus métodos hállanse hoy mejor enca­minados que nunca para obtener, en lo posible, una mayor rigidez, una mayor complejidad. Su aptitud renovadora resulta asombrosa. Ha sido po­sible, por ejemplo, escribir de nuevo sobre la vida de la antigüedad clá­sica con tal riqueza documental y de conocimientos, que autores como Herodoto, Tucídides, Tácito y Tito Livio ya están superados en los años que atañe a los contornos de las sociedades que perpetuaron en sus clá­sicos libros [*]

No han transcurrido muchos años desde que el famoso millonario Henry Ford afirmó: History is bunk, o sea "la historia es basura". Con esa frase sintetizó el desprecio de muchos hombres de negocios para una dis­ciplina que no produce el pan de cada día. Es cierto que conocimientos como el de la sociedad en el siglo XIX no ayudan en modo alguno a la fabricación de un automóvil. Ford y muchos como él simbolizan la idea de que el hombre existe para producir y para consumir. El utilitarismo de ellos no acepta la vida sino en la fábrica y en la oficina. En cierto senti­do, pensaron y piensan con lógica, con su lógica.

Hoy el ataque viene, sobre todo, precisamente desde el campo opues­to:

[*] H. Plumb, The Oeath afthe Past, Houghton Mifflin, Bastan, 1870, pp. 102-145.

Quienes lo encabezan son jóvenes iconoclastas, rebeldes, tenaces. A ellos se suman, a veces, especialistas de la antropología social y las disci­plinas conexas.

Conviene recordar, en seguida, que todos los despotismos erigidos en el mundo, incluyendo los de nuestros días, se han esforzado y se es­fuerzan en "reescribir la historia de sus respectivos países y, a veces, la his­toria universal". Ello demuestra claramente que la consideran muy impor­tante. Dentro de aquellas sociedades, a veces delante de nosotros, se han registrado, no una sino varias veces, cambios en su historiografía, de acuer­do con lo que ha convenido en distintas etapas. La presencia de una his­toriografía libre no ha estado ni está permitida en los regímenes mencio­nados. El motivo para esa actitud no se deriva de que hay presuntas ofen­sas deliberadas a la moral de los poderosos. Dicha historiografía cuando es aplicada con limpieza, cuando se libra de la gritería, del emocionalis­mo, de la sumisión ante el poder imperante, amenaza de modo directo o indirecto su poder político. Una disciplina capaz de suscitar reacciones tan enérgicas de los fuertes no puede estar carente de todo valor social. La historiografía verdadera, repitámoslo, la verdadera, lleva en sí un tremendo poder destructivo de los dogmas. Y de allí su inextinguible valor en todo tiempo, en especial el nuestro [*]

Pero precisamente quienes obedecen a ellos están también infiltra­dos en las áreas del mundo donde no hay restricciones para escribir. Co­mo acaba de denunciar el historiador francés Francois Furet en la gran revista Annales, esos autores encierran los hechos o los procesos de cuya narración o valoración se trata, dentro de una conciencia ideológica con­temporánea, por lo cual los interpretan como una proyección pasional del hoy sobre el ayer. Tales aportes, agrega Furet, representan "el espíritu ma­niqueo, sectario y conservador de una historiografía que sustituye con el juicio de valor al concepto, con la finalidad a la causalidad, con el argumento de utilidad a la discusión". Su mundo tiene sólo dos dimensiones, una demonológica y otra hagiográfica y su presentación del pasado une, inseparablemente, comunión y pedagogía. Cualquier otro tipo de histo­ria, o sea cualquier historia que pretenda escapar a la identificación me­cánica entre los objetos del ayer y los valores de hoy, aun aquella que tra­ta de cumplir con honestidad el propósito de esclarecer a aquellos, es, de hecho, “contrarrevolucionaria” [**]

No se trata, por cierto, de justificar la historia tradicional, animada por nostalgias retrógradas, entretenida en cosas intrascendentes o hecha para No se trata, por cierto, de justificar la historia tradicional, animada por nostalgias retrógradas, entretenida en cosas intrascendentes o hecha para defender, de un modo u otro, el statu quo. ¡Cuántos libros históri­cos intentan justificar, consciente o inconscientemente, las fuerzas ya en­tronizadas o surgentes de unos u otros grupos de presión! ¡En cuántos se ve la exaltación sistemática de unos personajes, grupos o situaciones, o se halla el afán imperioso y deliberado de querer hundir a otros!

Tampoco hay aquí la apología del mero eruditismo que suele agu­dizarse en quienes no saben o no pueden escribir cosas interesantes y creen que es prueba de sabiduría aburrir a los lectores. En este sector pueden ser clasificados no sólo escritores anticuados sino otros novísimos que se proveen de una jerga sociológica o se parapetan detrás de tablas de re­cóndita estadística

Las interpretaciones tradicionales del pasado se están derrumbando. Frente a realidad tan trascendente, el objetivo de la historia es hoy enten­der a los hombres como individuos y también en sus relaciones sociales a lo largo del tiempo, lo cual implica una seria búsqueda con finalidad pro­pia. Estas investigaciones pueden abarcar actividades en los ámbitos económicos, sociales, políticos, religiosos,

[*] Edward Pessen: "Is History Irrelevant?" en Dissent, New York, Junio de 1971.

[**] Francrois Furet, "le catéchisme révolutionnaire" en Annales, Paris, marzo-abril de 1971.

filosóficos, artísticos, jurídicos, mi­litares, científicos, etc., en suma, en todo lo que afectó la vida de la hu­manidad. Su tarea no se enfrenta ante un fenómeno estático sino frente a procesos que son de movimiento y cambios, a veces rápidos, a veces len­tos, a veces subterráneos, a veces ostensibles. Llevamos cada uno de noso­tros, en nuestras respectivas sociedades, innumerables reliquias y huellas y otras han sido eliminadas, superadas o perdidas o van a desaparecer mien­tras otras tienden eventualmente a reaparecer. En todo caso, nosotros y la colectividad a la que pertenecemos hemos sido moldeados por el tiempo, lo cual no obsta para que debamos seguir nuestros propios caminos aun­que llevemos siempre el pasado como fuerza condicionante.

Escribir acerca de la historia es hoy, más que en ninguna época, ta­rea de profesionales, a pesar de que en el campo de ella irrumpen los in­trusos, sobre todo en los países subdesarrollados. La finalidad de esta dis­ciplina, a través de un proceso de hallazgos y autocrítica mediante una tenaz verificación de las generalizaciones hechas con el sincero propósito de documentarse, es comprender el pasado que en sí no implica jamás una cosa simple aunque lo parezca, pues se trata, por el contrario, de al­go complejo por lo que resulta intrincada la dilucidación propuesta.

El historicismo retrógrado pretende erradicar de la historia los he­chos revolucionarios. La suya es, en verdad, una actitud de inmovilidad. Pero el hombre no es un ser inalterable que cambia sólo de vestidos, de escenarios o de años. Hay interrelaciones entre la sicología de la gente de cada época y sus condiciones económicas, sociales y morales y en ellas hay, además, conflictos y tensiones entre factores diversos. Fue exacto Marx cuando dijo que no es la conciencia de los hombres lo que determina su ser sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su con­ciencia. Puede, inclusive, ser visible en determinadas épocas la lucha de clases. Se ha dado el nombre de "epistema" al campo dentro del cual en un al campo dentro del cual en un tiempo dado se determinan los a priori históricos, principios de orde­nación, el subsuelo intelectual común a las ciencias, las artes y las ideo­logías. Este ámbito, del que, a pesar de todo, no tenemos una conciencia totalmente clara, no es el mismo en todas las generaciones. La evolución de las sociedades humanas se cumple por acción de fueras distintas que, en los pueblos muy jóvenes hacen predominar los factores biológicos, la sangre, la raza; en otros tiempos rigen la vida colectiva elementos políti­cos como la razón de Estado, la razón dinástica; en épocas muy moder­nas predominan fuerzas económicas. Las clases sociales mismas no han sido en todo momento de la historia clases como las entendemos hoy. Tam­poco el individuo coincide siempre con el temperamento de su clase ni quedan fatalmente supeditados a ésta sus pensamientos. Hay quienes pug­nan por liberar su ideación de su estado económico y a veces lo consi­guen, por ejemplo Karl Marx. Aceptando el formidable aporte que para la historiografía hizo este gran pensador tan fecundo, en cada época dis­tintas ideas y actitudes se entrecruzan y así actúan las unas sobre las otras y viceversa. La nueva sicología y sociología del conocimiento llevan en sí un llamado para que los historiadores jóvenes se muestren atentos a los aspectos emocionales y simbólicos de la conducta. El análisis funcional en sociología les ofrece un mensaje similar. El método tan recientemen­te difundido de las encuestas de opinión pública ya está aportando nue­vas perspectivas acerca de los rumbos políticos de las masas. La historia cuantitativa, apenas en sus comienzos, también suministra materiales pa­ra verificar la exactitud de viejas generalizaciones.

Las influencias diversas, operando en distintos ámbitos del tiempo sobre los ambientes específicos de personas, grupos, regiones, países o conjuntos de países, se asocian o se contrarían según modalidades incesan­temente variadas en el tiempo y en el espacio. El pasado, repitamos lo, no consiste en un esquema; la existencia humana es en sí compleja y Heva en sí mezcladas ocultas interrelaciones. Lo real es siempre más variado y más rico que los trazados dogmáticos. Hay inclusive un papel que de­sempeñan lo arbitrario, lo contingente, lo irracional y lo accidental en la historia para acelerar, retardar o modificar sus procesos. Los cambios que irrumpen dentro de ella siempre albergan un contingente de sorpresa. No se trata de negar que cabe una interpretación orgánica del pasado; pero ella debe ser pluralista. Toda concreción de vida, todo hecho vital o viviente presenta lados diversos. Dilthey dijo: "La vida es, precisamen­te, multilateralidad".

El siglo XIX tuvo distintos profetas que anunciaron el porvenir de la humanidad. Hoy los llamados "futurólogos", presuntos voceros de una autollamada nueva "ciencia", anuncian lo que ocurrirá tan sólo dentro de los próximos veinte o treinta años. Del porvenir podemos vislumbrar al­gunas líneas generales; pero no detalles precisos. El universo contempo­ráneo presenta notorias variedades de tipos de evoluciones en distintas so­ciedades. Esta diversidad persistente implica una rebelión de los hechos contra los esquemas monolineares de la humanidad. Hasta en el mundo comunista hemos visto producirse escisiones. Existe, a veces con más in­tensidad que otros factores, el fenómeno de la "aculturación" que no só­lo funciona en las sociedades primitivas, como lo han anotado etnólogos y antropólogos, sino también en otras más desarrolladas, a través de la re­cepción de influencias extranjeras o foráneas en las elites o en las masas. El marxismo es una doctrina que se formó, por cierto, lejos de Rusia. El mundialismo del Manifiesto Comunista estuvo constreñido al panorama de la sociedad económica moderna dentro de la óptica de 1848, o sea se concentró en Europa Occidental. Lenin expresó alguna vez acerca de esa ideología: "Es lo mejor de la filosofía alemana, de la economía inglesa y del espíritu revolucionario francés". No tenía nada de eslava; pero él la implantó genialmente en el inmenso país de los zares, ha sido llevada a los países de Europa Oriental y sobre China y Cuba, irradia sobre todo el mundo del siglo XX como el más grande acontecimiento de esta centu­ria, y su más grande esperanza ha sido "deportada" hoya los países no de­sarrollados. Y, en nuestros días, Leopold Senghor, refiriéndose al África, ha expresado que el marxismo, concebido y construido en Europa, no ha de ser sino uno de los instrumentos de la obra política que ha de cons­truirse en el continente negro [*]

El hombre es, interesa decirlo de nuevo, producto de sí mismo den­tro de las condiciones en que vive su vida, así como de su propia acción. Podemos diferir de nuestra manera de ver o interpretar el pasado hasta llegar a las discrepancias. Todos somos humanos, nadie es perfecto. Exis­te una inescapable dosis de subjetividad en cada historiador, aparte de lo que puede manifestar acerca de "lo dado", lo no discutible. Pero cada uno de ellos, si no respeta la integridad, la independencia y la pretericidad del pasado, si no pretende justificar lo injustificable, si se aparta de interpre­taciones crudas que violan las esencias de su disciplina misma, si no jus­tifica a la autoridad tan sólo porque ella está allí, ni a la vanidad nacio­nal, ni a la dominación de clases, sino tan sólo a las más altas cualidades de la mente y del instinto humanos, puede aportar lúcidos, útiles y has­ta, siquiera en parte, veraces observaciones acerca del ayer.

Como ha dicho Richard Hofstadter en el párrafo final de su libro Los historiadores progresistas: "En una época en que tanta parte de nues­tra literatura está impregnada de nihilismo y otras disciplinas sociales se ven impulsadas hacia una estrecha investigación positivista, la historia pue­de seguir siendo la más humanizadora de las artes"[**].

Por encima de todo, lo primero que necesitamos es que ella, la his­toria, sea escrita con toda libertad y la alegría incomparables que emanan del pensamiento desinteresado Son indispensables, como lo ha expresado un gran escritor venezolano, en éste como en los demás ámbitos de la vida del espíritu, "la

[*] Léo Hamon. Acteurs et données de I'Histoire, v. 1. Presses Universitaires de France, 1970, pp 31-45 y otras en libro tan interesante.

[**]Richard Hofstadter. Los historiadores progresistas, Buenos Aires, 1970, Editorial Paidós, p. 423.

amplitud, el intercambio de ideas y de escritura, la exención de impuestos intelectuales pagados a la industria cultural, a la masificación, a la moda, a la ideología militante, a la sacralización de alguna causa” [***]

Todo ello nos conduce a aspirar a que los historiadores sean hom­bres honestamente convencidos de su lealtad con ellos mismos, con los muertos y con los que vendrán, ante los hechos objetivos, concretos y au­ténticos que llegaron a aprehender; hombres, en fin, que dentro de sus li­mitaciones traten de superar, en lo que de ellos depende, lo sectario, lo apriorístico y lo primario. Y, aunque seamos conscientes acerca de las lo­curas, las iniquidades y las estupideces de la humanidad, así como de sus momentos luminosos, el requisito fundamental es el deber de amar la vi­da en nosotros y...en los otros, incluyendo a los más humildes, los más des­validos. Sólo con ese intenso amor daremos contenido hondo a nuestra vocación y a nuestros desvelos. (BO, pp. 1056-1061)



[***]Juan Lissano. "Carta a nuestros lectores" en Zona Franca, Caracas Mayo-Junio de 1970.

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