Capítulo I


Cátedra y Biblioteca: 1935-1947



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1.6 Cátedra y Biblioteca: 1935-1947.

Profesor en San Marcos y Director de la Biblioteca de la Universidad

Como la Universidad de San Marcos fue reabierta en 1935, volví al Perú a hacerme cargo nuevamente de mis cátedras y de la Biblioteca que va­rios interesado pretendían obtener, y entregué en la Secretaría General los honrosos documentos sobre mis actividades académicas en Estados Unidos y Europa. Un poderoso enemigo mío, que ocupó el cargo algunos años después, los hizo desaparecer. En la Biblioteca no fue fructífera mi labor desde el punto de vista técnico, por invencibles dificultades económicas y deficiencias del local. Es decir, tropecé con los mismos obstáculos que tuvo Zulen. Pero me preocupé por dar nueva vida y nueva orientación al Boletín Bibliográfico. Gracias a mi iniciativa y con la inapreciable y eficacísima ayuda de Federico Schawb, aparecieron de dicha revista listas de libros peruanos editados anualmente, relaciones sistemáticas de artículos aparecidos en diarios y revistas nacionales, bibliografías de autores contemporáneos, relaciones de seudónimos, etc. Es decir, a partir de 1936 se puede conocer debidamente clasificada la producción bibliográfica en el Perú. También recuerdo unos eruditos artículos que el Boletín publicó Rafael de la Fuente Benavides, “Martín Adán”, eminente compañero mío en aquella oficina. Además, el servicio al público lector fue organizado en forma que resultara eficiente y rápido. Quedaron atendidas las necesidades más urgentes para los alumnos; pero, a la vez, hubo ayuda a algunos catedráticos en sus tareas de investigación. Libros especialmente adquiridos facilitaron el incremento en la cultura jurídica de Ángel Gustavo Cornejo, por ejemplo; y Teodosio Cadaba pudo dedicar algunas de sus lecciones en el curso de Historia de la Cultura a la obra de Toynbee, cuando ésta apenas acababa de aparecer. Estoy citando apenas dos casos. Podrían mencionar otros. Federico Schawab, repito, muy capaz y muy activo tradujo algunas obras fundamentales para el Perú o para la cultura en general, con el fin de ponerlas a disposición de los lectores de la Biblioteca. Así fue como llegaron hasta ellos los primeros trabajos de Hermann Trimborn. Al mismo tipo de primicias pertenecieron tres traducciones de libros de viajeros franceses del siglo XIX, que hizo Emilia romero a mis instancias y que varios años más tarde llegaron a ser impresas.

En el ensayo que publiqué en la Prensa de Lima titulado El sentido de las bibliotecas (12 de enero de 1936) y llegó a ser reproducido en el Nº 2 del Boletín de la Biblioteca Municipal de Lima (enero de 1936), propagué entre nosotros, por vez primera, la filosofía de la moderna institución bibliotecaria.

Directamente colocando contra mí por ese mismo personaje que he mencionado antes, un artículo en la Ley Orgánica de Educación promulgada en 1941 me hizo renunciar a la dirección de la Biblioteca de la Universidad en 1942, cuando estaba casi lista la ayuda de una poderosa fundación norteamericana para llevar a cabo de modo integral la tarea de catalogarla [*] Un grupo muy numeroso de estudiantes de todos los sectores políticos de entonces me ofreció un agazajo de despedida en el Hotel Bolivar, hermosa compensación a mis truncos afanes. René Boggie hizo uso de la palabra en aquella inolvidable tarde.

Años más tarde, la Biblioteca de San Marcos, a la que hice ingresar la totalidad de los libros de José Carlos Mariátegui adquiridos a su viuda, fue saqueada, deshecha. Últimamente ha funcionado entre locales, por lo cual cayó sobre ella una nueva desgracia. Todo el esfuerzo hecho por tantas personas se ha perdido irremediablemente. (VH, pp. 431-433)

Reconstruyendo la Biblioteca Nacional

A comienzos de 1943, recibí una propuesta para dirigir un curso de seminario de historia latinoamericana en la Escuela de Verano de la Universidad de Columbia en Nueva Cork Acepté gustoso [...]

[*] El artículo de la ley decía que nadie podía ocupar más que de un cargo administrativo y una cátedra de la universidad. Mi caso era único. Reunía yo, desde muchos años atrás, las clases de Historia del Perú (investigación) en la Facultad de Letras y de Historia del Derecho Peruano en la de Derecho más la dirección de la biblioteca. Lo hacía porque las remuneraciones eran muy bajas. Trabajaba con dedicación exclusiva, a veces desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la noche. Años después mi enemigo fue secretario general de la universidad y catedrático en las facultades de Letras y de Educación, sin objeción de nadie.

Todo estaba listo para el viaje a mediados de junio y hasta mi pasaporte con la vista respectiva. La Universidad de Columbia había anunciado públicamente mi nombre como profesor en sus prospectos. Un lunes de mayo, al ir, a las ocho de la mañana, a la clase de Historia del Derecho Peruano en la Universidad de San Marcos, me enteré de que esa madrugada, habíase producido un devastador incendio en la Biblioteca Nacional. Tiempo hacía que, a pesar de mis deseos, no frecuentaba dicho lugar. En ese momento, la violencia de recuerdos y de mis amarguras de hicieron preferir no ver convertido en ruinas el recinto que, aparte de su enorme significado para el país, era el lugar donde tantos años de mi juventud transcurrieron. Pocos días después falleció mi hermano Federico; y por este duelo, no asistí a la sesión del Comité Pro Reconstrucción de la Biblioteca Nacional nombrado por el gobierno después del incendio. [...]

Hallábase enfermo en esos momentos el Ministerio de Educación, doctor Lino Cornejo, y la sesión plenaria de la Comisión fue presidida por el doctor Alfredo Solf y Muro, Ministro de Relaciones Exteriores, con quien había guardado siempre muy cordial relación durante el tiempo en que él fuera Rector de la Universidad Mayor de San Marcos y yo Bibliotecario de ella. El doctor Solf, en mi ausencia y sin previo aviso de nadie, me propuso como Secretario, lo que de inmediato fue acordado. Con esta investidura, de la que me enteré en la noche, me fue acordado. Con esta investidura, de la que me enteré en la noche, me fue forzoso ir a la mañana siguiente a la Biblioteca Nacional. Nunca en mi vida había visto espectáculo tan impresionante. Daba la impresión de un lugar bombardeado. Gruesas paredes desnudas sobra las que se sostenían algunas vigas calcinadas y que, a medias, protegían escombros llenos de lodo, era lo que había en lugar de las apacibles salas de América, Europa y Periódicos Peruanos, con sus bellas estanterías y sus anchos corredores, y como resto del depósito de publicaciones recientes. En el suelo yacían, en confusión, papeles y trozos de anaqueles, muebles, pisos y techos. El fuego, al consumir los pisos, al poner en descubierto la tierra del suelo y al ocasionar el desplome de habitaciones enteras, habíase unido, en monstruosa alianza, con el agua para la destrucción de impresos y manuscritos preciosos que yacían empapados y en desorden, susceptibles de acabarse de malograr en la intemperie. Había en el aire un característico y muy desagradable olor a papel quemado y a humedad. Con la angustia de dominar el fuego los bomberos habían prodigado, a veces innecesariamente, el uso de sus mangueras en todos los lugares en donde podía observarse escombros humeantes. Más tarde encontramos, por ejemplo, el libro manuscrito con el diario de viaje del Amazonas, barco de la Armada nacional, en su vuelta al mundo, indemne al fuego pero con el texto borrado irremediablemente por el agua [...]

La Comisión Pro Reconstrucción habíase constituido sin mella de la autoridad del Director, don Carlos A. Romero. A él y únicamente a él obedecían los empleados. No teníamos ni el Dr. Solf y Muro, Ministro de Relaciones Exteriores, ni yo, individuo particular con un nombramiento ad honores, la facultad de impartir órdenes dentro de lo que quedaba del establecimiento. (VH, pp. 433-437)

¿QUÉ HABRÍA SIDO YO SI NO VOY A LA BIBLIOTECA NACIONAL EN 1943?

Un bibliotecario de la Universidad, expulsado por obra y gracia de un artículo ad hoc; un catedrático a quien jamás dejaron ser Decano, Director de Departamento o Rector y que no pudo serlo como resultado del hecho de que no perteneciera a ninguna camarilla ni aludaba a nadie; u escritor de relieve aldeano, desde la perspectiva de la República, de las letras de habla española. Porque el nombramiento de Ministro de educación en 1945 estuvo vinculado al realce que la Biblioteca Nacional me otorgara. Exento de poder económico, social o de partido; sin gravitación influyente sobre los grandes diarios; provincianos, lejos de los contactos familiares o de interés que representan algo así como una capa subterránea para estimular el crecimiento de algunos hombres, hubiera vegetado dentro de las cuatro paredes de la insignificancia. Si mi obra de historiador me condujo en 1943, sin que de esto me percatara, al cargo al que, lógicamente, tenía acceso por la especialización hecha en Estados Uni­dos en 1931-32, este episodio no sería más que un ejemplo más de la con fusión de valores en que hemos vivido, fenómeno que ojalá no conozcan las nuevas generaciones. (VH, p. 441)

"TODO UN MODO DE SER Y DE VIVIR SE PUSO EN EVIDENCIA"

El país vivía entonces tremendas horas de lucha política. Habían ocurrido, cosas que, ante el criterio impresionable de la opinión pública, eran más importantes que el incendio de 1943. También se pensó que nada se ganaría con remover el asunto. Cuando hablé en alguna oportunidad de nuevo acerca del incendio intencional, se me dijo en el periódico Verdades, por el señor Luís Solari Swayne, que había que terminar con recuerdos bochornosos y no insistir sobre tan viejo escándalo. Y esto lo decía un hombre de la más alta calidad humana. [...]

A mi juicio y de acuerdo con mucha gente hubo en aquel sinistro algo más que un misterio acerca de su génesis. Todo un modo de ser y de vivir se puso en evidencia allí. Por largos el Estado había abandonado a ese organismo de cultura. En la época de Ricardo Palma demostró el dinamismo, capacidad de crecimiento. Con Manuel Gonzáles Prada aumentó en forma notable el caudal de sus libros modernos. Luís Ulloa ocupó la dirección por muy breve tiempo. Alejandro Deustua tuvo constante interés en adquirir obras acerca del pensamiento contemporáneo. Poco a poco, el magro y estacionario presupuesto de la institución, el reducido número de empleados (a veces muy capaces y conocedores y a ve­ces muy empíricos y desidiosos) y la limitación del local vinieron a resultar un contrasentido frente a un Estado en pleno crecimiento. La Biblioteca continuó en el ritmo del pasado, ajena a cualquier nueva inquietud­ Carecía hasta de las más modestas facilidades de trabajo. Sus instalaciones eran tan pobres que permitieron la hipótesis del incendio por un cruce eléctrico. Sus máquinas de escribir se caracterizaban por ser muy escasas y anticuadas. No podía mandar hacer mucha cantidad de papel con su sello y casi ni tenía relaciones epistolares con el país o con el extranjero. Los suelos continuaron siendo absurdamente bajos y las horas de funcionamiento no satisfacían a buena parte de los presuntos lectores. El catálogo no tenía cuando hacerse. Libros modernos sobre ciencias o técnica casi no existían. El Director, señor Romero, cumplió ochenta años de edad. De ellos tenía la increíble cifra de sesenta de servicios a la institución. Nadie se atrevió a pedirle que se jubilara. Eran respetados sus merecimientos innegables como erudito e investigador. Ante cualquier rumor o chisme de que un cambio pudiera ocurrir, acudía donde el Ministro o el propio Presidente, denunciando en forma dramática que ese gesto envolvía una ofensa personal que no era justo inferirle. Parecía, efectivamente, cruel arrancar del lugar donde transcurriera toda su vida a este hombre, todavía robusto y ágil físicamente [...]

El incendio fue el resultado de ese mal endémico en el Perú del siglo XX. Que alguien quemara la Biblioteca es cosa sujeta a discusión, probablemente nunca cerrada; que la Biblioteca pudiera quemarse es el hecho más ominoso y lamentable ocurrido hasta ahora en el Perú en el siglo XX. ¿Dónde estaban los cuidados elementales para el servicio eléctrico, si el mal estado de dicho servicio podría ser origen del siniestro? ¿Por qué no existía la vigilancia mínima que un local de esa clase requería día y noche, y que, de haber funcionado, habría permitido siquiera la oportuna localización del fuego? ¿Por qué no se había puesto celo especial en las especies más valiosas guardándolas en cajas de fierro o en estantes de acero o depositándolas, si ellos no existían, en lugares de seguridad? Por lo menos la figura jurídica del "delito culposo" asoma en este caso; si bien, para ser justos, envolvía no sólo a quienes habían tenido a su cargo la administración de la Biblioteca También eran responsables los que, duran­te muchísimos años, nada hicieron para mejorarla. Excluidos de este jui­cio hállanse, por cierto, quienes intentaron previsoramente el cambio y no contaron con suficiente poder para hacerla efectivo; tal es precisamen­te el caso del doctor Manuel Beltroy, Director de Educación Artística y Extensión Cultural en aquellos momentos. En el banquillo de los acusa­dos por delito de omisión debe ser puesto el Estado, a través de muchos años y de varios gobiernos; y también la opinión pública.

Ojalá que no se reincida, en nuestro tiempo o en el futuro, en este abandono de la Biblioteca Nacional, si bien a veces parece, de cuando en cuando, que esto sucede. (VH, pp. 448-459)

EL PLAN DE LA NUEVA BIBLIOTECA

No vaya narrar aquí todos los detalles de la acción efectuada en ese es­tablecimiento entre 1943 y 1948. Ella consta en el folleto titulado La Bi­blioteca Nacional (que debió ser seguido por una Memoria sobre los años 1945-1947, inédita hasta ahora); y, cosa más importante, puede seguirse en sucinta y difícil trayectoria consultando las publicaciones que funda­mos: la revista Fénix, el Boletín de la Biblioteca Nacional y el Anuario Bi­bliográfico Peruano. [...]

Creo que este período, con el que abre la Biblioteca Nacional, sin duda alguna, una etapa íntegramente nueva, es el tercero en la historia de ella, totalmente distinto del que simbolizó Ricardo Palma al concluir la ocupación chilena en 1883. [...]

El principal tema a considerar y decidir en relación con dicho instituto era, en junio de 1943, uno teórico o principista: ¿Cuáles debían ser sus objetivos? ¿Podía intentarse una copia o imitación de lo que hiciera don Ricardo Palma? ¿Debía tratarse de hacer una mera reparación del establecimiento? ¿O era necesario crear una entidad nueva? Lo primero parecía cosa imposible: don Ricardo Palma fue una figura única [*] Lo segundo, es mi concepto, no era de desea. En suma, la única coyuntura de buscar en 1943 una obra de gran formato, con perspectivas de permanencia y de servicio de las generaciones futuras del Perú, estaba en el tercer camino, el más difícil. Había que elaborar el plan de una Biblioteca técnica tratando de dotarla de todos los servicios de las modernas instituciones de ese tipo, adaptados a las circunstancias propias o peculiares nuestras, a base de la experiencia internacionalmente obtenida, formando dos entidades que integrasen una biblioteca para el gran público junto con un instituto de investigación bibliográfica; y procurando, al mismo tiempo echar las bases de una acción futura de la Biblioteca Nacional sobre el desarrollo bibliotecario en todo el país. Esta dualidad de lo técnico y de lo popular se derivaba de limitaciones económicas inevitables.

"Era mi convicción profunda -escribí en el folleto La Biblioteca Nacional de Lima 1943-1945- que las llamas oprobiosas del incendio debían haber destruido algo más que libros, manuscritos , estanterías. Sobre sus cenizas sólo le cabía al Perú erigir otra institución, no para que fuese lo más parecida posible a la antigua, sino para tratara de ser lo más parecida posible a lo que significa una biblioteca moderna en un país democrático. La incuria burocrática tenía responsabilidad directa o indirecta en el siniestro; a ella habíase sumado también el viejo espíritu. La reconstrucción tenía que ser total: libros, servicios, organización, personal, espíritu”.

Por todo ello, creí necesarias las tres condiciones que señale al Presidente Prado para asumir el cargo de Director de la Biblioteca y que fueron aceptadas: criterio técnico en la organización del nuevo establecimiento, Escuela de Bibliotecarios, autoridad efectiva para manejar la Biblioteca y para tratar

[*] Por eso, no llevé a cabo, como me pidió, no sé si con buena fe, mi buena amiga Renné Palma, una visita a su casa, o sea la de don Ricardo, para leer la correspondencia de éste en relación con la biblioteca en 1884.

directamente con el Jefe del Estado acerca de los grandes problemas que la reconstrucción suscitara. A lo anterior se agrega otro punto que, sin odio o malquería para nadie, me pareció, así mismo, imprescindible: el personal antiguo, sin duda proclive a la resistencia contra las nuevas orientaciones, sería transferido a otras dependencias del Ministerio de Educación, salvo un pequeño grupo que podía ser muy útil y en cuya aptitud tenía además plena confianza, por haberlo conocido bien durante diez años, entre 1919 y 1930. (VH, pp. 459 – 462)

TRABAJO MAÑANA, TARDE Y NOCHE

Largos meses de trabajo, sin descanso, mañana y tarde y a veces hasta al­tas horas de la noche empezaron en el devastado local de la calle de Es­tudios. Inmediatamente pusimos en efecto, con la ayuda de diversas de­pendencias oficiales, entre las que se destacó, por el fervor de Enrique Dammert Elguera, la Junta Pro Desocupados, un plan sistemático de res­cate de papeles semiquemados o mojados, recogiéndolos del suelo, lim­piándolos y ordenándolos; con especial atención para las zonas correspon­dientes a la ubicación que tuvieron los más valiosos. Una máquina que se había importado al Perú para secar las paredes del nuevo Palacio de Go­bierno en 1938 fue prestada por el Ministerio de Fomento y funcionó ba­jo la dirección del ingeniero Roberto Dammert Tode. Mucho nos sirvió ese artefacto para secar papeles; en otros casos los llevamos a Chosica pa­ra que se secaran con el sol. Así fue como resultó posible exhumar importantes periódicos, folletos, libros y manuscritos cuya relación minuciosa fue publicada en listas sucesivas y escuelas, a medida que el trabajo avanzaba, en el Boletín de la Biblioteca. [...]

Había que encontrar en Lima, en el resto de nuestro territorio y en el extranjero, lo que tanto nos faltaba: material bibliográfico peruano o referente al Perú, con preferencia, desde los momentos iniciales, por tratarse de una Biblioteca Nacional. Eminentes intelectuales creyeron que esa recolección era tarea en absoluto imposible, y en forma pública y solemne entonaron el “De Profundis” del patrimonio cultural del país. Claro que tratándose de gran parte de los manuscritos, no había remedio. Los impresos quemados o no rescatados en la búsqueda minuciosa que tuvo lugar esforzadamente entre junio de 1946 y enero de 1944 estaban también perdidos; en algunos casos en lo que atañe a los impresos, quedó abierta siempre la posibilidad de obtener copias fotográficas de otros ejemplares. Pero la experiencia demostró, al mismo tiempo, en numerosos casos, que era posible conseguir los originales mismos de obras peruanas o referentes al Perú, si en eso se ponía paciencia, constancia y, a veces, astucia. Lo que nos ayudó muchísimo a sopesar nuestras necesidades y a medir nuestras fuerzas fue el catálogo. [...]

Fue así como, desde le primer momento, pudimos saber lo que teníamos y lo que no teníamos; y nos dimos el lujo de publicar desde los primeros números en la revista Fénix y en el Boletín anuncios en los que se solicitaba ediciones específicas de diferentes autores, e hicimos, de cuando en cuando, lo mismo con gran discreción en la [sección de] Avisos Económicos de algunos diarios y también, a través de avisos semejantes, en periódicos de provincias. [...]

No pretendo decir que todas las obras de importancia llegaron a ser registradas en la Biblioteca Nacional de Lima entre 1944 y 1948 o que puedan llegar a incorporarse a sus fondos en ediciones originales en el futuro próximo. Sostengo, sí, que se formó una buena base para una importante colección, superior a lo que pudo esperarse y sin hacer dispendios excesivos y con ahorro de comisiones, porcentajes y "ruanillos. Afirmo también que, con más dinero y con celosa constancia y ductilidad inteligente, esa base, que ya ha alcanzado considerable incremento, pudo y debe ser más ampliada en tiempos mejores. No es cierto – como algunos declararon en 1943 – que las nuevas generaciones quedasen, con el incendio, privadas de conocer y estudiar el pasado o la realidad actual del país. Ese veredicto negativo lo borramos del mapa. (VH, pp. 462-472)

LA ESCUELA DE BIBLIOTECARIOS

Cuya creación gestioné ante el Presidente Prado y que él aprobó contra el parecer de algunos señores altamente colocados, según los cuales Ricardo Palma no la necesitó, traería muchos gastos e iba a implicar un precedente peligroso si otras entidades de la administración pública imitaban el ejemplo, comenzó a funcionar en junio de 1944. Su personal docente estuvo formado por cuatro profesores seleccionados por el comité de Ayuda Norteamericana a la Biblioteca después de que indiqué cuáles eran las asignaturas que pretendía crear. Los haberes de ellos fueron abonados a medias por el gobierno del Perú y dicho Comité [...]

La enseñanza en 1945, 1946 y 1947 se orientó, como en 1944, en un sentido teórico – práctico con énfasis en este último aspecto. Prácticamente se trabajó como en un seminario de educación superior.

El personal admitido en la Escuela en los años 1944 a 1947 tuvo corto número. Esta limitación fue voluntaria. Nos preocupaba entonces, en primer lugar, llenar los cuadros en los distintos departamentos de la institución destruida en 1943, En aquella época, en realidad, no había otras posiciones que los egresados pudieran ocupar. No queríamos enga­ñar a nadie para que luego se encontrase ante el fantasma del desempleo. Nuestros instrumentos de trabajo cotidiano no correspondían tampoco a lo que hubiese sido necesario para un alumnado numeroso. Esperábamos que en tiempos más propicios la Escuela se expandiese y lograra un nivel universitario. Su ligamen con la Biblioteca Nacional, que más tarde pu­do discutirse, provenía entonces de la necesidad angustiosa de apresurar las labores en la organización de ella. [...]

Al retirarme de la Biblioteca Nacional en 1947, cuidé que la Escuela la permaneciera abierta.

Ella no puede, sola, ser una panacea para males o atrasos del ambiente. Tampoco es una fábrica de eruditos, ni una proveedora de talento. Ha servido para poner a prueba vocaciones, eliminar a los frívolos o a los desorientados, fomentar la disciplinas del trabajo, ofrece año a año frescos contingentes que sirven para el ejercicio de nuevas actividades o el reemplazo de quienes se alejan por una razón u otra, irradiar lentamente sobre todo el país y eliminar la peligrosa tendencia a los nombramientos arbitrarios debidos al variable favor de la política. Quedó para el futuro la tarea de desligar a la Escuela de la Biblioteca Nacional, desarrollar e intensificar sus proyecciones, hacerla influir directamente sobre la vida del país, renovarla sin cesar trayendo personal docente extranjero, dar carácter universitario a sus estudios, ampliar sus objetivos en un sentido social y documental. [...]

No pretendo decir que entre 1943 y 1948, todo lo que ocurrió de la mejor manera posible, o que nunca nos equivocamos. Lo que si aseguró es que hicimos lo mejor que pudimos. En general me siento contento con la labor realizada en lo que atañer a los libros; las estanterías de acero (que fueron encargadas a Francia bajo nuestra dirección, después de luchar tenazmente contra la peregrina iniciativa de construirlas de “Eternit”); a las publicaciones; y en lo que concierne a la Escuela. Creo, en cambio, que mucho mejor resultado pudimos obtener en cuento al edificio. La idea de mantenerlo en su sede tradicional fue, a mi juicio, entonces acertada. Aparte de las razones históricas, esa zona hallase en el corazón de la vida comercial y oficial de la ciudad, cerca de la antigua Universidad, de la Plaza de Armas, de la Plaza San Martín, de la Plaza del Congreso y hasta del hoy Mercado Mariscal Castilla. También me parece que fue adecuada para aquella época la decisión de hacer avanzar el nuevo edificio hasta tomar una cuadra de la avenida Abancay, incorporando la casa de la que era dueño el Estado entre esa avenida y la calle Botica de San Pedro y expropiando una pequeña propiedad particular en la antigua calle Casacarilla. Así ocupó, repito, un terreno mucho más grande que el de la antigua Biblioteca Nacional. (VH, pp. 497-506)

BALANCE DE UNA OBRA TITÁNICA

Adquirí (o acrecenté) fama de hombre difícil por mi incapacidad para conformarme con las deficiencias que fui observando en el edificio y con la lentitud en su construcción, desesperante para los que día a día veíamos crecer las incomodidades de nuestro alojamiento en la Escuela de Bellas Artes y sentíamos que ya, hacia fines de 1944, por lo menos en parte, estábamos en condiciones de prestar servicios al público.

Los planos fueron hechos dentro del Ministerio de Fomento. Asimismo, la realización de la obra estuvo a cargo de un ingeniero contratista, también bajo la supervigilancia de ese Ministerio. Desgraciadamente hubo no sólo lentitud, sino también una orientación por la cual no pudo irse por secciones o áreas del vasto edificio. [...]

La fachada de la nueva Biblioteca tomó íntegramente una cuadra de la avenida Abancay. Nada tiene de común este edificio con el que fue destruido en 1943. Sin embargo durante el segundo gobierno de Manuel Prado un prestigioso Senador de la República, por razones que las personas expertas en la psicología criolla reconocerán como ajenas a un inocente homenaje histórico – literario, redactó una moción para que la avenida antedicha recibiera el nombre de Ricardo Palma, a pesar de que el gran tradicionista fue ajeno a esa área urbana. Sin embargo, el Senador por Apurímac Enrique Martinelli Tizon, hombre muy dinámico y resuelto consideró que se estaba infiriendo ostensible agravio a aquel departa­mento de la República al suprimir en el plano de la capital el nombre de una de sus provincias más importantes; y solicitó la firma de todos los se­nadores de la Sierra para una protesta común. Por ese motivo, el cambio de nombre de la avenida no llegó a efectuarse. Pero don Ricardo recibe otros homenajes en la misma Biblioteca. Todos mis sucesores han ador­nado su oficina con varios cuadros o esculturas que representan exclusivamente a un gran personaje; el "bibliotecario mendigo"... de 1884. De dicha oficina está ausente el director de la Biblioteca restaurada en 1943-1947. (VH, pp. 497-509)

A HORA DE LA PARTIDA

En setiembre de 1947, sin ceremonia (pues las había habido con exceso anteriormente), abrimos el Departamento de Niños que organizó María Elisa de Otero. Fue una selección simbólica ésta, pues quisimos dejar constancia de que en la nueva Biblioteca Nacional en el niño excluso como lo había sido antes, sino, por el contrario, era atraído a ella, no sólo con libros especiales y con la “hora del cuento” sino además con un teatrín propio. En noviembre del mismo año abrimos la sala de lectura Perú y en enero de 1948 las salas de Ciencias y Artes (en la que se dieron también libros de educación), la sala de Investigaciones, a cargo del Departamento de Investigaciones Bibliográficas, y la sala de Obras Generales.

En total fueron abiertas hasta enero de 1948 cinco salas de lectura. Debo dejar constancia de la amplia ayuda que suministró en este esfuerzo final el Ministro de Ecuación general Óscar Torres [...]

Ese mismo mes de enero de 1948 recibí del entonces Director General de la Unión Panamericana, doctor Alberto Lleras Camargo, la propuesta de ocupar el cargo de Director del Departamento de Asuntos Culturales que acababa de crearse en aquel organismo internacional. En 1946 y 1947 no había aceptado honrosas y convenientes propuestas para ocupar cátedras en Estados Unidos porque la Biblioteca Nacional no estaba abierta de lectura (inclusive las dos de mayor significación en la Biblioteca); estaba en vísperas de darse por terminada la construcción del edifico en todo lo que atañe al sector destinado a este instituto de cultura; regían los contratos sobre las estanterías de acero; existían fondos seguros para establecer de inmediato nuevos servicios y atender a las necesidades del momento. Mi misión había sido cumplida es sus aspectos básicos o esenciales. Por otra parte, había percibido claramente a lo largo de las gestiones para obtener la ley sobre las joyas, para que la Dirección del Presupuesto tomara en cuenta y para mejorar sueldos y otras partidas de la Biblioteca (este último esfuerzo, que implicaba un deber ante el personal, resultó infructuoso), que carecía de efectividad para conseguir más recursos y más ayuda a la institución. Me había gastado en tanta lucha, por lo cual “un cambio de guardia” parecía beneficioso. Por lo demás, tampoco habían tenido éxito mis gestiones para que se diera mayor autonomía administrativa a la Biblioteca, y para que, sobre todo, repito, ella lograra tranquilidad económica por medio de rentas especiales y adecuada compensación a quienes allí trabajaban. Al mismo tiempo (esto resultó importante) la situación política hallábase en vías de violentos estallidos, desatadas más y más las pasiones; no era imposible que el gobierno cayera, lo que efectivamente aconteció en octubre de aquel mismo año. En ese movimiento, de todos modos yo hubiera sido barrido aunque no tenía desde 1946 actuación política, e irremediablemente habría arrastrado conmigo a la Biblioteca. Cuando se produjo el golpe militar que encabezó el general Manuel A. Odría, ella no fue tocada y esto se debió a mi ausencia y al hecho de que el Director, ingeniero Cristóbal de Losada y Puga, era amigo personal y ex compañero de gabinete del nuevo gobernante. [...]

No fue culpa nuestra la exorbitante afluencia de escolares que posteriormente dañó tanto a los materiales de la Biblioteca; ni la caída en el nivel de la Escuela; ni la creación de un clima de tensiones internas en el establecimiento; ni la dispersión o incoherencia entre los sectores técnicos de él. Tampoco fue culpa de ninguno de los buenos bibliotecarios.

La Biblioteca Nacional albergó en 1880, 56,127 volúmenes. En 1884 fue reabierta con un total de 27,894 volúmenes. Al quemarse en 1943, se dijo que tenía 100,000 volúmenes. Cuando llegó a ser reabierta en 1947 contaba con más de 134,000 volúmenes. Este último cálculo no lo he he­cho yo. Consta en la Memoria del Director de la Biblioteca, Ingeniero Cristóbal de Losada y Puga. Señala esa Memoria también que en la Sala Perú había en 1950, 25,980 obras a las que sería justo sumar 3,800 folle­tos peruanos sin catalogar, 7,897 publicaciones oficiales, 3,976 libros pe­ruanos duplicados y 8,049 folletos peruanos duplicados, Ellas integraban en la nueva Biblioteca un fondo nacional más considerable que la totali­dad de la colección de la Biblioteca reabierta en 1884. Llamo la atención sobre este año, en que se produjo la reiniciación de las labores, el año in­mediatamente posterior al de la desocupación de Lima por los chilenos.

La Biblioteca destruida en 1943 sólo pudo ser reabierta a fines de 1947, o sea cuatro años después.

El ingeniero de Losada al iniciar su Memoria como Director de di­cha entidad, fechada el 9 de diciembre de 1950, expresó lo siguiente: "De­bo, ante todo, dejar constancia de que al asumir la Dirección de la Biblio­teca (el 13 de julio de 1948) me encontré con una institución perfecta­mente organizada y en un magnífico pie de funcionamiento [estas cursivas y las siguientes son mías], servida por un excelente personal de funciona­rios. Por haber organizado esta institución modelo y por haber formado este cuerpo de funcionarios ejemplar, debo rendir homenaje a la labor realiza­da por mi eminente antecesor, el doctor Jorge Basadre". (VH, pp. 513-516)

Un paréntesis: Ministro de Educación por dos meses. 1945

Cuando llegó la oportunidad de formar el primer gabinete del régimen presidido por Bustamante y Rivero (julio de 1945), decidió él encargar las tres carteras de la Defensa Nacional a miembros apolíticos de los Institu­tos Armados; las de Relaciones Exteriores, Gobierno y Educación a ciu­dadanos sin bandería; y la de Hacienda a un especialista conversación aprobada; y ofrecer dos al aprismo, dejando a esta agrupación en libertad para escogerlas entre los ministerios técnicos.

El 26 de julio, dos días antes del cambio de gobierno, me llamó por teléfono Rafael Belaúnde para ofrecerme la cartera de Educación en mo­mentos en que todo estaba listo para el viaje de vacaciones a Chosica con mi esposa y mi hijo. Yo había apoyado a la candidatura de Bustamante en la revista Historia, sin mayor ingerencia en la campaña. Me contó don Rafael que todavía estaban vacantes los Ministerios de Hacienda y Justi­cia. Finalmente quedaron designados el general Óscar N. Torres (Gue­rra), el contralmirante José R. Alzamora (Marina), el general Carlos A. Gilardi (Aeronáutica), el doctor Luís Alayza y Paz Soldán (Justicia), el Ing. Enrique Góngora (Fomento), el doctor Oscar Trelles (Salud), el Ing. Enrique Basombrío (Agricultura), y el Ing. Rómulo Ferrero (Hacienda) y yo. Góngora, Trelles, Basombrío y Ferrero eran profesionales jóvenes, nuevos en política. Para el Ministerio de Relaciones Exteriores el candidato era Luís Fernán Cisneros, entonces embajador en México, pero el mismo 28 de julio en la mañana llegó un cable en que se excusaba por razones de salud. Con tal motivo fue designado en su reemplazo el doctor Javier Co­rrea y Elías, entonces oficial mayor de esa dependencia. Ante el equipo que comenzó a trabajar el 28 de julio de 1945 hubo desilusión y disgus­to en muchos sectores. En el aprismo porque el sabotaje al nuevo régi­men pudo ser evitado. Para gente ubicada en zonas de opinión conservadora, éramos la mayor parte de los ministros civiles, desconocidos o inexpertos. La verdad es que Bustamante dio una oportunidad a varios profesionales jóvenes. De nosotros y de nuestros sucesores en esa época bien puede afirmarse que, por lo menos, fuimos honestos. (VH, pp. 696-697)

LABOR COMO MINISTRO

Mi labor como ministro fue, en esta oportunidad, muy breve (28 de ju­lio-7 de octubre de 1945). Estuvo ella facilitada por dos hombres de pri­mera clase: Uladislao Zegarra Araujo y Fernando Romero. Al primero lo nombré Director de Educación Común. Funcionario infatigable en el trabajo, sincero y fervoroso cumplidor del ideal de servicio público, es acree­dor al recuerdo agradecido del magisterio. [...]

Con Uladislao Zegarra elaboramos un plan de orientación en torno a la educación rural. Aquello no conocido por mí sobre este asunto Zega­rra me lo enseñó. Los antecedentes que era necesario tomar en cuenta al respecto vinculábanse, en primer lugar, con la campaña evangelizadora iniciada por los adventistas en la región de Puna a partir de 1906. Se des­tacó en ella el misionero Ferdinand Stahl. Según ha narrado el antropó­logo Gabriel Escobar, los adventistas optaron por dedicarse a las zonas cam­pesinas, y sus escuelas primarias funcionaron en los mismos locales del culto religioso. Cada director de escuela fue, a la vez, un misionero que unió a la enseñanza las prédicas y las lecturas de la Biblia. Con el tiem­po, obtuvieron que tan variadas actividades estuviesen a cargo de indios conversos, pletóricos de ardorosa fe y pagados por su comunidad sólo pa­ra que lograsen subsistir. Los locales eran edificados por los creyentes o productos de sus limosnas. El año escolar difería aquí del oficial y se adap­taba a los ciclos de las actividades económicas comunitarias; empezaba después de la cosecha en marzo o abril y terminaba cuando iba a empe­zar el tiempo de la siembra. Durante las vacaciones, los profesores acu­dían a centros de entrenamiento de Puna o Juliaca y se consagraban tam­bién a la obra misionera. El porcentaje de asistencia escolar en estos plan­teles era mucho más alto que el de los premunidos de carácter oficial. [...]

Para fines de 1945 estaba anunciado un encuentro de los Ministros de Educación de Bolivia y el Perú. Zegarra y yo preparamos los documen­tos para esta reunión que contó con la asesoría de técnicos norteamerica­nos. La filosofía que nuestra educación rural debía adoptar necesitaba prin­cipios básicos. Entre ellos, la necesidad de enlazada con los problemas socioeconómicos, agrarios, jurídicos, de higiene y salud, y también la ur­gencia de sacada de las aulas para llevada al hogar del campesino y para incorporar a ella en lo posible a la población indígena. Mi renuncia se produjo inmediatamente antes de que se inaugurase la cita ya menciona­da. Pero ya en 1947, gracias a la notable obra de mi sucesor, el Dr. Luís E. Valcárcel, había diez y seis núcleos escolares campesinos en los alre­dedores del lago Titicaca y en las zonas de Vilcanota y Urubamba en el departamento del Cuzco. [...]

De Fernando Romero era yo viejo amigo y camarada. Cuando es­tuve con él en 1940 en Estados Unidos, supe que la Marina le había en­comendado una investigación sobre la educación técnica en dicho país. Apenas llegué al Ministerio, le di el comando de la educación técnica con amplias atribuciones [...]

La obra que hizo Romero desbordó ampliamente los escasos meses de mi Ministerio y llegó hasta el instante en que uno de mis sucesores, co­metiendo un grave error, chocó innecesariamente con él. Después vino, sobre todo con el gobierno iniciado en 1948, un marasmo en este sector educativo acompañado -cierto es- por una intensa y fecunda actividad en otros niveles. Puedo jactarme, a pesar de todo, de que, con el apoyo de­cidido y entusiasta del Presidente Bustamante, con Romero y conmigo, se inició una nueva era en pro de la enseñanza técnica jamás conocida antes y no emulada, ya que choqué con dificultades en mi gestión de 1956. Fue elaborado un plan quinquenal que tuvo los siguientes objetivos básicos: a) atraer la atención de la juventud hacia profesiones y actividades prácticas y útiles para el desarrollo económico de la sociedad; b) hacer partícipes de este beneficio a los adultos que, por falta de planteles especializados o de­ficiencias en ellos, adquirieron conocimientos sólo empíricos y rutinarios de oficios o artes industriales; c) buscar la formación de un profesorado numeroso y eficiente especializado en este ramo, antes pospuesto; d) crear rentas propias como producto del trabajo industrial. (VH, pp. 705-709)



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