Capítulo I


La Formación Académica. San Marcos (1919-1927)



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1.4 La Formación Académica. San Marcos (1919-1927)

La Biblioteca Nacional (1919-1929)

Alumno de la Universidad de San Marcos

A los diez y seis años, terminados los estudios de instrucción secundaria, me matriculé pobre, huérfano y provinciano, en el primer año de la Fa­cultad de Letras en la Universidad de San Marcos. Se había vuelto un va­lor entendido entre mi familia y yo que ingresaría a esa Facultad. Nunca me suscité a mí mismo ni recibí de afuera interrogaciones acerca de la conveniencia o la inconveniencia, la ventaja o la desventaja de las distintas profesiones.

En el examen de ingreso, presidido por el doctor Mariano H. Cor­nejo, famoso orador y hombre público, en vísperas entonces de una sobre­saliente actuación política, casi fui aplazado. Cornejo me preguntó sobre " varios episodios de la historia contemporánea de Francia. Aludían a La­martine ya la revolución de 1848 y acaso él se imaginaba en "la inminen­cia de actualizarlos. Yo no los conocía entonces, pues eran ajenos al cues­tionario oficial. Como tantos otros estudiantes, sabía lo que había repasa­do para el examen y nada más. Sin embargo, obtuve una nota aprobatoria, probablemente por un exceso de indulgencia, y me pude matricular.

Cuando transito en Lima por las calles vecinas al Parque Universitario, hoy tan deteriorado, me sale todavía a recibir la bandada de los re­cuerdos de aquellos días iniciales en San Marcos. Pocas veces he sentido en la vida tanta satisfacción. No obstante mi anonimato, era algo así co­mo la entrada en la mayor edad, la ruptura con las limitaciones y los cons­treñimientos de la infancia. San Marcos no nos recibía con afecto particular. Por el contrario, presentábase en actitud indiferente o fría y en na­da nOS orientaba o estimulaba. El deleite provenía del hecho mismo de asear por esos claustros históricos tan llenos de un peculiar encanto del encuentro brusco con numerosos muchachos de todos los colegios de Li­ma y de muchos de provincias con aficiones similares de la entrada en el mundo de la cultura, de la acción, de la libertad, ilusiones, proyectos, arro­gancias. [...]

Por haber ingresado a la Universidad a los diez y seis años hice al­gunas cosas locas o necias, y dije otras que merecen igualo peor califica­tivo. Escribí demasiado con abuso, muy generalizado de facilidades ilu­sorias. No creo, sin embargo, haber hecho, entonces o más tarde, nada malo deliberadamente. Intenté trabajar, y proceder lo mejor que pude. Y dentro de mis errores juveniles no estuvo el de rehusar las lecciones de la experiencia. Hice todo lo que estuvo a mi alcance por asimilar el dolor. No fui sordo para atender razones. Y aunque orgulloso, por lealtad a vo­ces ancestrales, fui modesto. Tuve o procuré tener siempre, y a mi mane­ra, un criterio propio así como respeto por los verdaderos valores intelec­tuales, espirituales o de la conducta. Nunca pretendí ser un apóstol pero siempre anhelé pensar y actuar como hombre justo.

El primer año de Letras tenía entonces cuatro asignaturas: Psicolo­gía, Historia de la Literatura Antigua, Historia de la Literatura Castellana e Historia de la Civilización Antigua. En todas ellas el método se reducía a las lecciones-conferencias.

La cátedra de Psicología hallábase a cargo de un joven muy diná­mico y entusiasta, muy metódico y claro en sus exposiciones y exigente en sus demandas de temas y trabajos de clase: Ricardo Dulanto. El curso de Historia de la Civilización Antigua, con el doctor Horacio Urteaga co­mo profesor, si bien era de tipo escolar y (según comprobé posteriormen­te) ajeno a las investigaciones más nuevas, nos parecía ordenado e intere­sante, en comparación con otros y tomando en cuenta lo que habíamos olvidado del colegio, si alguna vez lo aprendimos. La Literatura Antigua nos deparó sólo aburrimiento al escuchar las explicaciones del doctor An­tonio Flores, un anciano que nos parecía hallábase a bastante distancia de la belleza clásica.

En cuanto a la Literatura Castellana, la enseñaba un profesor famo­so en toda la Universidad: el doctor Manuel Bernardino Pérez, el "Bu­rro". La figura de Pérez resulta inolvidable. Menudo, obeso, achaparra­do, con una apariencia de hipopótamo, el rostro redondeado, con las me­jillas caídas, parecía como con grietas y hubiera dado una sensación de pesadez si los ojillos vivos, que siempre parecían reír para adentro, no re­velaran, a pesar de todo, aire de inteligencia y de sutileza. Lento en los movimientos, al parecer con más años de los sesenta y cuatro a los que había llegado cuando lo conocí, vestido con trajes anodinos y oscuros, gra­ve la voz como nacida más abajo de las cuerdas vocales, no parecía el per­sonaje que en realidad era. (VH, pp. 177-180)

EL AMBIENTE ESPIRITUAL E IDEOLÓGICO DURANTE NUESTRA ÉPOCA ESTUDIANTIL

Los años en que fuimos estudiantes sirvieron como un ambiente propicio en el que fueron emergiendo muchas ideas y orientaciones nuevas. Nuestra juventud no correspondió a una época pacífica y optimista tal como sucediera en los felices años iniciales del siglo XX. Recibimos, de un modo u otro, las influencias de la post-Guerra Mundial, de la Revolución' Mexicana y de la Revolución Rusa. Nos golpeó, súbita e inesperadamente, la gran depresión que sacudió al sistema capitalista, iniciada en la bolsa de Nueva York en 1929. Nos tocó ser testigos de la crisis de la democracia liberal que generó mundialmente los grandes movimientos intelec­tuales y de masas del comunismo, del fascismo y del nacional-socialismo: En los últimos años de nuestra vida estudiantil y en los primeros que siguieron a nuestros grados universitarios, seguimos con enorme inquietud y honda curiosidad el proceso de la descomposición de la monarquía e España y las señales que anunciaban la posibilidad de la república en es país. Y en lo que al Perú atañe, toda nuestra adolescencia y toda nuestra, primera juventud estuvieron indisolublemente ligadas a las crisis del régimen político y social instaurado en 1895 y deshecho en 1919 ya las etapas de surgimiento, lucha, apogeo, envejecimiento y colapso del leguiísmo, fenómeno político-social del que he de ocuparme en otro capítulo.

Esos fueron nuestros marcos generacionales específicos e intransferibles. Los acontecimientos acaecidos alrededor nuestro nos envolvieron y nos oprimieron; y ante ellos, muchos reaccionamos con entusiasmo o con vio­lencia y, más tarde, con angustia o disgusto. (VH, pp. 272-273).

EL REFORMISTA UNIVERSITARIO

El día 26 de junio de 1919, leímos en el diario La Razón, que dirigían Jo­sé Carlos Mariátegui y César Falcón, un artículo sobre el mal estado de la enseñanza en la Universidad, seguido por una serie de ágiles y agudas semblanzas de los profesores del primero y del segundo año de Letras. Ellas coincidían, en lo esencial, con nuestras propias observaciones. Por los patios vi a un hombre pequeño de estatura, de rostro irónico, que en­contré siempre el mismo a pesar de los años: Humberto del Águila. De­cía que él y un grupo de estudiantes de Jurisprudencia habían iniciado la campaña y que era preciso luchar por la "reforma universitaria". Apenas empezaron los artículos de La Razón de ese día y los siguien­tes que con tanta franqueza, sencillez, claridad y gracia presentaban las deficiencias de los profesores, hubo una reunión en casa de un prestigio­ so alumno del segundo año de Letras: José León y Bueno. Allí acudió otro de los autores de esta audaz empresa, Raúl Porras Barrenechea, verdade­ro inspirador de ella. Bajo su dirección colaboraron Humberto del Águi­la y Guillermo Luna Cartland. Por nuestra propia voluntad, resolvimos convocar una asamblea de estudiantes de la Facultad de Letras el 28 de junio Con la finalidad de solicitar la renuncia de los catedráticos Antonio Flores y Manuel Bernardino Pérez en el primer año y de Constantino Salazar en el segundo. No nos solidarizamos, en cambio, con las críticas de La Razón a Horacio H. Urteaga porque, recién llegados de la educación secundaria, nos pareció que era un catedrático claro y ameno en sus lec­ciones y, sobre todo, porque era, según creíamos, muy difícil improvisar la enseñanza de la historia de la antigüedad. Acordamos también formar un comité de reforma universitaria. A Salazar no lo conocí; pero he oído que, triunfante la reforma de 1919, entre quienes lo reemplazaron en la misma asignatura hubo quienes no mejoraron su enseñanza.

Fue un gesto de audacia de unos cuantos y de inercia de muchos. Pudo haber sido detenido y cortado. Sin embargo, la asamblea se llevó a cabo; nadie se opuso a las mociones reformistas; y el comité quedó elegi­do para dirigir el movimiento estudiantil, bajo la presidencia de Jorge Guillermo Leguía, alumno del tercer año de Letras, con personeros de los dis­tintos años. Fueron ellos Leguía y Luís Alberto Sánchez por el tercer año; José León y Bueno, Ricardo Vegas García y Manuel Seoane por el segun­do año; Alberto Fuentes Llaguno, Jacobo Hurwitz y yo por el primer año. Para la secretaría de este improvisado organismo fueron nombrados Manuel Seoane y Ricardo Vegas García. El padre de Manolo acababa de ju­bilarse en la cátedra de Literatura Antigua, una de las tachadas por noso­tros, es decir sin ingerencia de nuestro camarada.

Me correspondió formar parte de la comisión que se dirigió al domicilio de Manuel Bernandino Pérez, con la finalidad de cumplir con el encargo de solicitarle su renuncia. Sin duda, él ya había sido informado del objeto de nuestro pedido de audiencia. Nos recibió en su modesta casa en la calle Filipinas -la de él, uno de los más importantes personajes del ré­gimen político imperan te- dentro de una actitud de exquisita cortesía. [...] El "Burro", en evidente contradicción con su apodo, nos respondió muy amablemente, y con lenguaje despacioso, que la solicitud que le ha­cíamos era muy delicada y que necesitaba consultar con el Decano de la Facultad, Alejandro O. Deustua. Una actitud de evasiva similar hallaron los visitantes de don Antonio Flores. Otra comisión no logró, a pesar de su tenacidad, entrevistarse cancel doctor Salazar. El movimiento estudian­til de la Facultad de Letras halló eco favorable por cierto, en el diario La Razón y en otro diario, La Actualidad. También, por medio de artículo; firmados, expresaron sus simpatías por el doctor Carlos Enrique Paz Sol­dán en La Crónica del 29 de junio y Ezequiel Balarezo Pinillos en La, Prensa. Un editorial de este mismo periódico, sin embargo, el 2 de julio después de interpretar lo ocurrido sólo como un conflicto personal con tres catedráticos, censuró a los estudiantes y se manifestó favorable a alguna solución "compatible con la dignidad herida de antiguos y respetables maestros"; si bien, al mismo tiempo, aconsejó a quienes elaboraban entonces la nueva ley de enseñanza que incorporaran en ella el principio de la renovación periódica de las cátedras. [...]

Ya el 4 de julio se había producido la sublevación que llevó al po­der a Augusto B. Leguía y derrocó al régimen de José Pardo. Este acon­tecimiento fue una ayuda decisiva a la causa estudiantil. La campaña de La Razón prosiguió. Las tachas en las distintas Facultades fueron segui­das por otras y empezaron a organizarse en cada una de ellas, con dos de­legados por cada uno de los años de estudios, comités cuyo objetivo era lograr la victoria del movimiento reformista. Todos ellos se agruparon lue­go en un Comité Central cuya presidencia fue encomendada a José Ma­nuel Calle. Entre los miembros de este grupo recuerdo a Raúl Porras, Manuel C. Abastos, Elías Lazada Benavente, Ricardo Jeri, Carlos Ramos Mén­dez y David Pareja, por Jurisprudencia; a Víctor Raúl Haya de la Torre por Ciencias Políticas; a Eleazar Guzmán Barrón y a Juan Francisco Valega por Medicina; a Abel Rodríguez Larraín y Rodriga Franco Guerra por Ciencias; a Federico La Rosa y Raúl Iparraguirre por Odontología; a Oscar Rojas, Félix Mendoza, Luis Payet por Farmacia. [...]

La reforma de 1919 no estuvo, pues, infiltrada por la politización. Implicó, en realidad, una protesta contra lo que entonces se calificó co­mo "esclerosis de la docencia". Sus postulados principales afirmaron la necesidad de elevar el nivel de la enseñanza, de jubilar a los catedráticos vetustos, de poner límites al derecho de propiedad sobre las cátedras, que era ejercido sin atender el transcurso del tiempo y de atraer a los jóvenes. Dentro de este último propósito los memoriales estudiantiles demanda­ron la creación de la cátedra libre y el establecimiento de concursos. Tam­bién se planteó entonces el derecho a la libre asistencia a las clases; la enseñanza práctica, aplicada y técnica a través de laboratorios, museos e instrumental adecuados; la orientación nacionalista en los estudios; la incorporación de graduados elegidos por los estudiantes al Consejo Universi­tario; y la extensión de los conocimientos a quienes vivían en planos so­ciales inferiores. [...]

El Comité de Reforma, después de largos debates, aprobó los cator­ce puntos que fueron incluidos en el memorial al Consejo que regía San Marcos. Fueron éstos: la orientación nacionalista de los estudios; la provisión de las cátedras por concurso; la supresión de las adjuntías, de la listas de clase y de los premios; el establecimiento de la cátedra libre en su forma más amplia; la supresión de las inútiles pruebas de los grados doctorales y su reemplazo por otra de carácter práctico; la publicación de programas analíticos de todos los cursos con las debidas fuentes bibliográficas; la participación de delegados de los estudiantes en el antedicho Consejo y en los consejos de las Facultades; el examen por balotas; la creación de bibliotecas y de campos deportivos; el envío de alumnos y de profesionales al extranjero; el aumento de sueldo a los catedráticos y la sepa ración de los tachados en cada una de las Facultades.

El Consejo Universitario alegó que carecía de atribuciones para in­tervenir en asuntos internos de ellas y manifestó la esperanza de que la nueva ley de enseñanza podía ser la solución. El movimiento de reforma parecía que fracasaba y así lo creyeron muchos jóvenes que antes había demostrando entusiasmo ante él, con mayor razón, los escépticos desde el principio. [...]

Independientemente de las gestiones que hicieron el Comité General de Reforma ante el rector Javier Prado y la Federación de Estudiantes bajo el comando de Haya de la Torre con el Presidente Leguía después de la renuncia de Hernando de Lavalle, similares ajetreos efectuó por su cuenta, el comité estudiantil de Medicina. Juan Francisco Valega (cuyas informaciones recojo aquí sumariamente) recuerda que Leguía, e las entrevistas ya mencionadas, estuvo dispuesto a solucionar el conflicto mediante un decreto y así lo hizo.

Grande fue la trascendencia del cedrito de 20 de setiembre de 1919 firmado por él junto con el Ministro Arturo Osores. Estableció en la Facultades cátedras libres, previa aprobación del Consejo Universitario: ordenó que ellas fuesen otorgadas a quienes, provistos de los requisitos de la ley para ser catedráticos solicitaran dictar un curso correspondiente al plan de estudios; advirtió que este permiso no se daría sin el requisito de un programa analítico y duraría un año con posibilidad de una ratificación, si bien era viable también cancelarlo en cualquier momento; dio al solicitante el recurso de apelar al Consejo Universitario si la Facultad negaba su solicitud; estableció que las cátedras libres percibirían igual renta que las principales y que esa renta sería abonada por el gobierno con cargo a la partida de extraordinarios del pliego III del Presupuesto General de la República, mientras se consignara una partida especial; or­denó que los delegados elegidos por los alumnos formaran parte del Con­sejo Universitario, siempre que fueran doctores en alguna Facultad y que tuviesen un mandato de dos años sin derecho a un nuevo mandato; en­tregó el reglamento para dicha elección al Consejo Universitario; suprimió las listas; y autorizó al mismo Consejo a resolver los demás puntos del litigio.

Con el establecimiento de la cátedra libre quedaba satisfecha la exi­gencia cardinal del movimiento: la separación de los profesores tachados a través de la cátedra libre. Parecían sancionadas, además, sus principales reclamaciones: asistencia libre, participación en los consejos, supresión de premios y otras. (VH,pp. 185-196)

EL CONVERSATORIO UNIVERSITARIO DE 1919

Insistentemente, alguien había esparcido la versión de que la reforma de 1919 tenía como origen la voluntad de no estudiar. Ocurría, sin embar­go, que varios de los dirigentes de la reforma como José Guillermo Le­guía, Luís Alberto Sánchez en Letras, Raúl Porras Barrenechea y Manuel G. Abastos en Jurisprudencia, no sólo eran buenos alumnos sino que es­taban empezando a realizar valiosas investigaciones por su cuenta. Aque­llos trabajos efectuábanse dentro del campo de la historia del Perú. Al aproximarse la fecha en que debía conmemorarse el, centenario de la Independencia, un grupo de jóvenes "reformistas" bajo el comando de Porras decidió organizar el Conversatorio Universitario para presentar, a través de una serie de conferencias que podían ser seguidas por debates públicos, sus puntos de vista acerca del ambiente que precedió y que ro­deó a la Emancipación. La primera de estas actuaciones tuvo lugar cuan­do Leguía leyó su trabajo acerca de Lima en el siglo XVIII. Ocupó el se­gundo turno Porras con su brillante monografía concerniente a José Joa­quín de Larriva. En tercer lugar habló Sánchez acerca de los poetas de, la Revolución, con nuevos aportes sobre el tema. La cuarta conferencia correspondió a Abastos y versó sobre los factores ideológicos que integraron el ambiente de aquella época. En fecha posterior, Porras publicó un trabajo sobre el desembarco de la expedición libertadora en Pisco, que, también puede incluirse en el ciclo del conversatorio. La orientación de estas monografías no fue reaccionaria. No cayeron en la nostalgia colonialista, ni en la retórica patriotera, ni en el negativismo cerrado. Un li­beralismo crítico e independiente las definió. (VH, pp. 204-205)

EL CONGRESO DE ESTUDIANTES DEL CUZCO

Una de las secuelas de la reforma y de su éxito legal fue el primer congreso de estudiantes reunido en el Cuzco en marzo de 1920, bajo los aus­picios del régimen de Leguía. Continuaba ejerciendo entonces la presi­dencia de la Federación de Estudiantes Víctor Raúl Haya de la Torre. [...]

El derecho de asistir a esta asamblea se obtenía en el caso de ejer­cer una delegación de los alumnos de una Facultad, o de presentar un estudio sobre algunos de los temas que fueron expresamente señalados. Yo decidí hacer una pequeña monografía sobre la tacha y la huelga estu­diantil. Intentaba reglamentar algo que difícilmente resultaba "reglamen­table", pues, en verdad, se mueve dentro de corrientes multitudinarias. El tema obtuvo un dictamen aprobatorio y quedé así premunido con el títu­lo de congresista. [...]

Salimos del Callao el 5 de marzo en el barco Urubamba. Viajaron con nosotros el Rector de la Universidad del Cuzco, Alberto Giesecke, el "Maestro de la Juventud del Cuzco", Epifanio Álvarez y Luís E. Valcár­cel. El congreso se instaló el 11 de marzo con una barra hostil, por ha­berse producido divergencias con los universitarios cuzqueños acerca de su organización. Haya pronunció una vibrante arenga en tan difícil mo­mento. Los estudiantes de la imperial ciudad nombraron a sus delegados en una lista encabezada por Manuel González Pino. [...]

Los temas discutidos y sus ponentes fueron: "Bases para la organiza­ción de la Federación de Estudiantes" (Porras), "Reforma de la enseñan­za (Guzmán Barrón) “Orientación de la literatura nacional" (Porras) Cumpliendo los deberes cívicos (Roldán), "Acción cultu­ral de la Federación de Estudiantes" (Carvallo); "La Federación de Estu­diantes y el pueblo" (Gómez), "El regionalismo y su orientación como fac­tor de unidad nacional" (Gil), "Las enfermedades regionales y su profilaxis (Guzmán Barrón), "Cultura eugénica moral y física del estudiante" (Avendaño), "Alcoholismo, cocainismo, tóxicos, y alcaloides" (Luna Car­tland), "Orientación de la educación indígena" (Galván). El tema "La so­lución de los conflictos estudiantiles" quedó, como he dicho, a mi cargo.

Fue aprobado el proyecto de Porras acerca de la reforma de la Fe­deración de Estudiantes a base del sufragio indirecto, previa elección de centros federados por cada Facultad, con voto secreto y obligatorio y re­presentación proporcional. Una resolución específica auspició la interven­ción doctrinaria de la Federación en la política. Otro acuerdo negó valor a los actos de las asambleas generales de estudiantes, declarando que eran admisibles sólo las asambleas parciales para asuntos propios de las distin­tas Facultades.

El congreso abogó, además, por un sistema educativo organizado en el Perú bajo la supervigilancia de una entidad autónoma, el Consejo Nacional de Educación; por la descentralización de este ramo; por la re­posición de los inspectores provinciales; por el servicio médico escolar; por una adecuada escala de sueldos para los maestros, por la creación de una Facultad de Educación con el objeto de preparar al personal docen­te en los colegios de instrucción media; por la creación de las Facultades de Farmacia, Ciencias Químicas Y Odontología Y de un Instituto Politécnico también autónomo. [...]

Con mis diez y siete años apenas cumplidos, fui el más joven de to­dos los delegados al congreso del Cuzco. Mi tema fue criticado por la co­misión que lo estudió, cuyos miembros fueron -si no me equivoco- Mo­rey, Weiss y Alvarado Garrido. Encabezó a los amigos que me defendie­ron Raúl Porras, si bien él expresó claramente su disgusto cuando, en uno de mis discursos, rendí homenaje a los heroicos estudiantes de Medicina. Quedó reconocida la legitimidad del derecho de huelga como medida extrema. Era natural que este asunto tuviese un fuerte sentido controvertible. Se propició la representación estudiantil en las Juntas de catedráticos en la persona de un egresado y de dos en el Consejo Universitario. Esta­bleciéronse pautas para el arreglo directo y el arbitraje como posible so­lución en los casos de conflictos originados en las aulas y fueron también reglamentados los problemas inherentes a las huelgas. Teóricas e ingenuas normas pero reveladoras de un criticismo de la vida universitaria que no degeneraba en simples negaciones o en feroz voluntad destructiva de la institución y de la convivencia académica. Era la búsqueda atípica de un consenso que abría la puerta a la crítica, ignorante de las interferencias feroces que provienen del sectarismo y de la consigna. (VH, pp. 207-212)

¿QUÉ DEBO A LA UNIVERSIDAD DE SAN MARCOS?

Al recordar, muchas veces fuera del Perú, a la Universidad de San Mar­cos, me he preguntado con frecuencia: ¿Qué fue lo que dio para mi for­mación intelectual y qué no me llegó a suministrar?

Hablo, por cierto, desde el ángulo muy limitado, de uno, entre los muchos estudiantes en el período de 1919 a 1927 y como uno entre los muchos catedráticos entre 1929 y 1930 Y 1935 a 1956. Distinto puede ser, lógicamente, el punto de vista ajeno en otros períodos o dentro de la misma época, en armonía con lo que haya vivido o buscado u obtenido cada individuo, según sus objetivos fundamentales, o su vocación, o sus peripecias.

En primer lugar, habría que considerar a la universidad como un conjunto: clases, estudios, amistades, ambiente. Es decir, las enseñanzas y las sugerencias, la universidad como punto de partida. Dentro de ese sentido, creo que de ella proviene la mayor parte, en todo caso la mejor y la peor parte de mi primera formación. No obstante las reservas que ha­ya que hacer porque sólo suministró en desigual intensidad, y a veces con notorias deficiencias, conocimientos y perspectivas y estimuló contradictorios intereses, entusiasmos o preocupaciones, la casona del Parque Uni­versitario dejó una huella imborrable en mi vida y en mi espíritu. Me su­ministró el lugar de reunión donde llegué a conocer a buena porción de la gente inteligente del país, donde alcancé a leer imprescindibles libros y donde tuve múltiples ocasiones de hallar amigos dilectos y de charlar con ellos.

Entonces no había una Facultad o Sección de Educación y tan só­lo una cátedra de Pedagogía dictada por Luís Miró Quesada, en la que re­cogí mis primeras ideas en torno a doctrinas y tendencias educacionales históricas Y contemporáneas Y acerca de la evolución del sistema educa­tivo en el Perú. En mi tiempo, por lo demás, no hubo cursos de especia­lización en la técnica o en la metodología histórica. Tampoco las hubo de teoría de la historia, filosofía de la historia, historia de la historiogra­fía, bibliografía, paleografía u otras análogas.

Por otra parte, es cierto que no surgió obstáculo serio para que pu­diese yo, inmerecidamente, enseñar en la Facultad de Letras desde 1928, sino, por el contrario, apoyo visible bajo dos puestos regímenes univer­sitarios. Tal ayuda se reiteró en la Facultad de Derecho en 1931 y 1935. Así recibieron mis entusiasmos juveniles que no quisieron acordarse de mi situación económica personal y familiar, una coyuntura, una oportu­nidad y algo más, casi la creación de un deber perentorio para seguir y ahondar investigaciones, ganar experiencias y estudiar más. Obstáculos y asechanzas, a veces feroces, surgieron paradojalmente sólo después, cuan­do avancé en edad, en obra, en madurez y acaso en importancia y en temibilidad frente a los intereses de otros.

Ignoro cuál sea la visión del mundo cultural que obtenga ahora o la que haya obtenido en el pasado correspondiente a mis lejanos años de estudiante quien pertenezca o haya pertenecido a un college norteameri­cano, a una Facultad de Letras europea o a sus equivalentes en América Latina. En lo que a mí respecta, debo confesar que si la finalidad de la etapa preprofesional de la educación universitaria fue ofrecer una idea básica o de conjunto sobre el mundo actual, sus características y sus orí­genes, sólo llegó a cumplirse muy imperfectamente. [...]

Con demasiada frecuencia no fuimos orientados suficientemente ha­cia el manejo, el examen y la crítica de los textos originales, o hacia la in­formación suministrada por las fuentes mismas. Acaso de las grandes uni­versidades europeas o norteamericanas tampoco se egrese con una caren­cia de ideas claras de conjunto acerca del mundo, la vida y la cultura. Pero tal vez esas instituciones contribuyan a dar algo que la nuestra no me suministró y que traté de adquirir más tarde: una técnica del trabajo intelectual, un método para reunir, clasificar, valorizar y utilizar los materiales de información, un criterio para distinguir entre lo auténtico y fundamental y lo simulado o improvisado en la vida y en los libros.

No nos ofrecieron desde la cátedra una imagen sobre la situación del indio; en torno a los porcentajes de analfabetismo ya las deficiencia en la nutrición y en la vivienda de nuestros hombres, mujeres y niños problema que algunos médicos como Rómulo Eyzaguirre, Leonidas Avendaño y otros señalaron a comienzos del siglo XX; acerca de las verdaderas condiciones en el trabajo de los obreros a pesar de las leyes de Manzanilla; a propósito de los dramas angustiosos afrontados por las clases medias y de los hondos desniveles económicos y sociales aquí existentes; sobre las prácticas devoradoras efectuadas por los capitalismo imperialistas extranjeros en nuestro pasado y, con más intensidad, en nuestros días. Todo ello pudo analizarse delante de nosotros y con nosotros, dentro del marco de un criterio objetivo y en una actitud de realismo que tratase de acercarse al rigor científico, ayudándonos a documentarnos, a investigar y a formar libremente nuestras propias opiniones. Pero, vulnerables, tuvimos que percibirlo gradualmente, a lo largo de los años, entre avances y retrocesos, asechados o corroídos por los apasionamientos políticos de radicales tendencias; y ése fue el aporte que, de un modo u otro, con errores o aciertos, empezó a dar nuestra generación y que se acentuó en las que vinieron después. [*]

El tremendo empirismo de la Universidad en la que me formé tuvo una de sus manifestaciones más claras en el hecho de que ella vivió muy lejos de algunas de las especialidades absolutamente necesarias en el tiempo actual: las de economista en sus distintas ramas, antropólogo, psicólogo, sociólogo, lingüista, experto en planificación y otras más. En nada o en ínfimo grado sirvió para ayudar a que surgiera aquella figura – la del tecnócrata – que debe transformar gracias principalmente a los becarios en universidades extranjeras, al Estado empírico tradicional (VH, pp. 265-272).

LA PRIMERA PRISIÓN

El 5 de junio de 1927 el gobierno de Leguía anunció haber descubierto una conspiración comunista. Varios dirigentes estudiantiles y obreros fueron detenidos y llevados a la isla de San Lorenzo. José Carlos Mariátegui quedó preso en el hospital militar de San Bartolomé y se anunció la clau­sura de su revista Amauta. Desde el hospital-cárcel donde se hallaba ig­nominiosamente detenido, José Carlos envió cartas de defensa que, a pe­sar del escándalo causado por el incidente y de la sumisión o de la auto­censura dominantes en torno al régimen, publicaron El Comercio, La Pren­sa y La Crónica.

Contra lo que se dice en un libro por ahí, nunca fui partidario de la candidatura de Germán Leguía y Martínez. En cambio, puede clasificárseme por entonces como estudiante antigobiernista desde 1924. Lle­gué a ser perseguido durante algunos meses y llevado a la comisaría del Parque Universitario más de una vez.

En otra oportunidad, en ese año o el siguiente, cuando intervenía en una velada en la Federación de Cho­feres, en el barrio de la Victoria como emisario de la Federación de Es­tudiantes, llegó de improviso la policía y tuvimos que escapar todos los oradores por los techos. Pero desde 1925 no actuaba en cosas de este tipo, si bien nada había querido aceptar del régimen leguiísta al volver délas jornadas plebiscitarias de Tacna y Arica en 1926, pese a los vínculos de familiares míos con Leguía y a las instancias que recibí de algunos in­fluyentes señores para que entrara en el servicio diplomático.


[*] Generalmente se atribuye la suscitación de esta inquietud tan característica en los años 20 sólo a Haya de la Torre y a Mariátegui. En lo que a mí atañe y dentro de mi condición de limeño adoptivo (sin incidir, por eso, en los movimientos intelectuales de Cuzco, Puno Trujillo o Arequipa), mencionaré otras figuras. De la agitación indigenista anterior a la guerra de 1914-18 provino Pedro Zulen, a cuya memoria están dedicadas más adelante algunas páginas devotas.

El pensamiento muy avanzado hasta lindar con el radicalismo que pudo existir en los mejores partidarios de Germán Leguía y Martínez en 1924 y que la persecución política detuvo, se modernizó y acentuó en Abelardo Solís, ejemplar camarada mío de innumerables jornadas bohemias, autor del Libro Ante el problema agrario peruano; y en Hildebrando Castro Pozo, cuya magra y peculiar silueta de mestizo piurano, dueño de una innata nobleza, también aparecerá aquí, si bien demasiado brevemente. Por último, no puedo olvidar a César Antonio Ugarte, autor de una valiosa tesis sobre las comunidades indígenas y colaborador de Amauta, de quien me hice muy amigo en 1930 y en 1931. Los tres -Ugarte, Solís y yo, quisimos en vano buscar la formación de un amplio frente progresista para las elecciones de 1931.

Conversaba por teléfono en la Biblioteca Nacional con una amiga la tarde en que llegaron dos investigadores a buscarme. Otro empleado de aquel establecimiento se acercó, antes de que colgara el fono, a pedirme que escapase por uno de los pasadizos. Creí que se trataba de un insólito alarmismo y me dirigí hacia los visitantes preguntándoles qué se les ofrecía. Respondiéronme que el Prefecto de Lima deseaba conversar conmigo. "¿Quiere decir que estoy detenido?", pregunté con ingenuidad. Me aseguraron que no, que sólo se trataba de aclarar un asunto relacionado con unas cartas llegadas a mi nombre desde el extranjero. Fui con ellos a la comisaría de Santa Ana y quedé encerrado en un cuarto hasta las diez de la noche. Fue esto a los veinticuatro años mi primera cita con el Estado peruano. De Santa Ana me llevaron en un camión con rejas en la puerta trasera a uno de los grandes calabozos de la intendencia, donde encontré como a diez o doce presos, algunos por delitos comunes. Sería medianoche cuando me pusieron junto con un joven obrero, cuyo nom­bre he olvidado, en otro vehículo y fuimos conducidos al Callao; y de allí, en una lancha especial, ya en la madrugada, a la isla de San Lorenzo. [...]

Los meses en que me tocó estar en la isla correspondieron a una época de "baja" similar a las que tienen ciertos hoteles en las estaciones en que el clima no es propicio, o a las que surgían, hasta hace poco tiem­po, en ciertas líneas de transportes marítimos durante los meses de invier­no. Aparte de los estudiantes y obreros, los presos eran unos cuantos recalcitrantes opositores del gobierno. Habían pasado por allí en otros mo­mentos verdaderas procesiones de altos personajes de la vida política, eco­nómica y social del país: banqueros, industriales, comerciantes, catedráti­cos universitarios. En su mayoría eran personajes de la oposición civilista. Uno de los presos, Rafael Belaúnde, al ingresar a la isla, sorprendió a sus carceleros y a sus compañeros de infortunio porque gritó "¡Viva Piérola!" […]

Mucha gente se interesó por mí desde el primer momento. Intervi­nieron ante el presidente Leguía grandes figuras de la época plebiscitaria como el doctor Anselmo Barreta y el general José R. Pizarro, senador por Tacna. La sociedad de tacneños, ariqueños y tarapaqueños, por medio del más alto personero, el doctor Ángel Parodi, actuó por su lado con gran su existencia.

Sin embargo, continué viviendo en la isla durante algunos meses, por fin, inesperadamente, una mañana se me notificó que me embarcara en la lancha que debía regresar al Callao, a eso de las once de la maña­na. En el muelle me esperaba un investigador y en su compañía silencio­sa viajé a Lima en un ómnibus hasta la Plaza de Armas. [...]

¿Por qué fui apresado en 1927? ¿Por qué fueron apresados José Car­los Mariátegui Y el grupo de estudiantes y de obreros en ese mismo mo­mento? Más tarde escuché diversas interpretaciones de estos hechos. De­cían unos que por luchas internas dentro del leguiísmo, a veces feroces si bien la gente común las ignoraba; un grupo de políticos o de funciona­rios en el servicio de investigaciones empleó en varias oportunidades el método de afianzar o apuntalar sus cargos o ascender en ellos simulando que descubría conspiraciones, en este caso una de tipo comunista. Por pri­mera vez, creo, se hizo el empleo in escrupuloso del temor o del recelo contra el extremismo de izquierda, sin que se percibiera una agitación estudiantil, o un estado de efervescencia colectiva. [...]

No faltó quien dijera que se trató de cortar los planes ya en marcha para formar una entidad sindical muy poderosa en Lima, así como una empresa editora y una cooperativa estudiantil-obrera anexas a la revista Amauta. [...]

No faltó quien sostuvo que medió en este asunto la ingerencia re­suelta de la Embajada de Estados Unidos, pues se acababa de publicar un número de la revista Amauta con varios artículos adversos a la pene­tración norteamericana acentuada en América Latina entonces. Uno de esos artículos era mío. Se titulaba "Mientras ellos se extienden" e incluía una referencia al problema con la International Petroleum. Lo que dije allí entonces, inclusive la referencia al petróleo de Talara, lo sigo pensando ahora y lo repetí en mi Historia de la República; si bien en épocas posteriores logré el privilegio de conocer muy de cerca la vida estadouniden­se y de admirar las cualidades de la gente buena que en ella abunda.

Por lo demás, los ciudadanos podían ser llevados a la isla de San Lo­renzo por las razones más variadas. Unos por conspirar. Otros porque podían pensar en eso. Otros por mantener correspondencia con desterrados: Otros por venganzas e intrigas de funcionarios mayores o menores, a veces inspirados no en motivos políticos sino hasta en algún caso por afines amorosos para descartar a algunos maridos o amantes. Hubo, quien cayó preso por hablar demasiado.

Al recobrar la libertad en 1927 descubrí que lejos de haberme hecho daño la prisión, me daba importancia, me suscitaba simpatías entre la gente que se caracterizaba por su animadversión al gobierno. (VH, pag, 281-290)

De alumno a maestro

EL PROFESOR MÁS JOVEN DE LA UNIVERSIDAD (1928)

Después de que me gradué de doctor en la Facultad de Letras con una tesis sobre la historia social de la República que años más tarde, desapareció en forma misteriosa, un grupo de miembros del cuerpo docente auspició, a comienzos de 1928, mi nombramiento como catedrático en la­ asignatura monográfica de Historia del Perú, vacante por la ausencia de Riva-Agüero. [...]

No pasó mucho tiempo y fue promulgado el Estatuto Universitario obra del Ministro de Instrucción Pública Pedro M. Oliveira. Este maestro sanmarquino quiso auspiciar, domesticar y evitar que crease dificulta­des al gobierno de Leguía, en un momento de apogeo de éste, el anhelo de reforma siempre latente. Su estrategia fue muy hábil. Buscó, después numerosas consultas, a las individualidades que consideró más apta sin dejarse llevar por razones políticas, para que ocupasen las nuevas cátedras o para los que resultaron vacantes cuando se trataba de enemigo del leguiísmo, a veces no muy altamente cotizados en el mundo académico. En la Facultad de Letras hizo decano a José Gálvez, nombramiento feliz aunque suscitó la cólera irreconciliable de algunos sectores muy poderosos. Esta reacción fue injusta, porque, de todos modos, habría nombrado un nuevo decano en Letras y dentro de esa situación sin ­medio, Gálvez era preferible a cualquier improvisado. Entró, entonces en nuestra Facultad un grupo muy distinguido de catedráticos jóvenes, entre ellos Raúl Porras Barrenechea, Guillermo Luna Cartland, Manuel G. Abastos, Enrique Barboza, Julio C. Chiriboga, Carlos Rodríguez Pastor. Al año siguiente ingresó José Jiménez Borja. Fue creada - ¡algo inverosímil en 1928! – La Facultad de Ciencias Económicas bajo el Decanato de Abraham Rodríguez Dulanto, con figuras como Erasmo Roca, antiguo “germancista” exiliado en 1924, Emilio Romero y otros. [...]

Bajo el Decanato de Gálvez, la Facultad de Letras adquirió un gran dinamismo. Apareció la revista de este nombre: Letras. Editáronse los pro­gramas razonados de gran parte de las asignaturas. Oliveira vaciló antes de ratificar el nombramiento hecho en mi favor pocas semanas antes; hubo un personaje altamente colocado en Palacio de Gobierno, más tarde gran ami­go mío, que me consideró sujeto indeseable. Con un alumnado muy selec­to, tanto en 1928 como en 1929 y en 1930, no sólo dicté las llamadas "cla­ses-conferencia" sino pedí y obtuve con facilidad que jóvenes entusiastas hicieran investigaciones propias y leyesen los resultados de ellas ante nues­tro auditorio. Más de una vez llamé a Gálvez, hombre muy bien enterado acerca de la historia republicana, con el objeto de que presidiera y tomase parte en aquellas actuaciones, y ellas terminaban en animados debates.

Mi objetivo fue iniciar el estudio de la historia de las ideas y de la historia social en el Perú del siglo XIX. No tardó mucho tiempo y llegué a darme cuenta de que los estudiantes ignoraban o habían olvidado las más elementales nociones acerca de la historia política, sin la cual los te­mas especializados antedichos resultan muy difíciles de seguir. Fue así co­mo tuve que variar el método y asociar distintos tipos de enfocamiento histórico. De esas lecciones, cuyo nivel me vi compelido a bajar, así co­mo de algunos fragmentos extraídos de la tesis de 1927, salió el libro La Iniciación de la República editado en dos tomos bajo los auspicios de la Facultad de Letras en 1929 y 1930. Aparecieron dos volúmenes y otros debieron seguirlos; pero las tormentas que convulsionaron al país desde este último año lo impidieron. (VH, pp. 328-331)

DISCURSO DE APERTURA DEL ANO ACADÉMICO. ASISTENCIA DE LEGUIA.

Entronizada reforma de Oliveira sin dificultades, el flamante rector Deus­tua quiso para el año siguiente, el de 1929, volver a celebrar la apertura del año universitario con Asistencia del Presidente de la República y con un discurso de tipo académico. Ya entonces me había nombrado director de la Biblioteca Central Universitaria. Un día me hizo llamar a su despacho. Aludió a la anunciada ceremonia, para decirme en seguida que, en su opinión, era para mí a quien tocaba pronunciar el discurso de orden por ser entonces, a los veintiséis años, el catedrático mas joven [...]

Añadió que él sabía muy bien que yo no era amigo del gobierno; pero que no quería bajo su periodo un acto cortesano análogo al del recibimiento de los virreyes es esa misma Universidad de San Marcos. Terminó solicitándome que me encargara de dicho trabajo sobre un tema elevado dentro del ámbito de mi cátedra y exigiendo mi palabra de honor con el objeto de acatar su deseo de que no aprovechase la ocasión para un alarde político. Mi respuesta fue solicitar veinticuatro horas para decidir acerca de este asunto. A solas con mi conciencia, llegué al fin a decidir que mi vocación y mi objetivo era entonces ser un profesor universitario; que, como tal se me conferiría el derecho de reanudar una costumbre muy antigua en San Marcos, ejercida ante sucesivos Jefes de Estado, algunos de ellos dueños de una autoridad legítima y otros, inclusive en el siglo XX, con una génesis sumamente dudosa; que el Presidente de la República no sería sino un oyente más de mi trabajo sin en él no daba cabida, ni siquiera en un frase, a la pleitesía entonces general de San Marcos, el pueblo iba a ser el personaje dominante. Deustua me solicitó un esquema del discurso y me lo devolvió sin objeciones [...]

La ceremonia se realizó en el general de San Marcos. El presidente Leguía, con innegable entereza, entro con su cortejo repartiendo venias y sonrisas entre aplausos tibios. Cuando me levanté en la tribuna para leer mi discurso, recibí una ovación ensordecedora, la más grande que he tenido en mi vida, no por ser quien era, sino por que el auditorio deseaba señalar un contraste con la escena anterior. El tema acerca del cual diserté resultó audaz y en extremo vasto; y si bien procuré utilizar sólo las secciones que me parecieron esenciales, tardó demasiado tiempo su lectura. Está hecho allí un planteamiento sobre las masas en este país de tan fuerte tradición intelectual individualista. En cuanto al problema campo – ciudad, de tan dramático sentido en nuestra historia, también su enunciado carecía, de tan dramático sentido en nuestra historia, también su enumerado carecía de antecedentes entre nosotros. [...]

No pude escaparme cuando vino, en seguida, una corta recepción en los salones de rectorado. El ambiente allí era tenso. Sin duda, las palabras de Testua habían molestado más que las mías. Leguía me saludó extendiéndome su mano derecha, secamente. El ministro Oliveira, en un ademán que quiso que fuese ostensible, me volvió la espalda. Deustua estuvo cariñoso; perro se quejó porque mi discurso había tomado un tiempo excesivo. En los meses que siguieron, mientras ejerció su alto cargo, evidenció su cordialidad de siempre.

Mucha gente mezquina auguró una magnífica posición para mí después del discurso académico de 1929, sin tomarse el trabajo de leer su contenido. Nada cambió de inmediato en mi vida. En abril de 1930, como ya tuve oportunidad de narrar, fui apresado una vez más. Ello no obstante cuando surgió y se propagó como una plaga el apasionamiento antileguiísta, en agosto del mismo año y en el periodo siguiente no faltaron los acusadores que, por los demás, nunca llegaron a la denuncia pública. (VH, pp. 331-335)



Un paréntesis. Regreso a Tacna. 1925

UN NUEVO ESCENARIO PARA LAS DOS PROVINCIAS CAUTIVAS. EL LAUDO.

Durante la etapa final de la primera gran guerra mundial (primera gran guerra civil de Occidente) tan cruelmente luchada entre 1914 y 1918, el Presidente de EE.UU., Woodrow Wilson, proclamó sus llamados “catorce puntos”. Como ellos anunciaron la llegada de la justicia y del derecho en el mundo y elevaron al rango de un dogma el principio de la libre determinación de los pueblos, surgió en el Perú una ola de entusiasmo, ya que tanto los intelectuales y los estudiantes como la gente común creyeron que aquellas puritanas normas iban a ser aplicadas también en América del Sur, y especialmente en relación con el viejo conflicto peruano – chileno. Se divulgó la tesis de que, como el tratado de Ancón no habían respetado por Chile, ya era nulo; y de que por lo tanto, no solo Tacna y Arica sino además Tarapacá debían volver al seno de la patria. [...]

Un inesperado cable de la cancillería de Santiago el 12 de diciembre de 1921 sugirió al gobierno peruano la apertura de nuevas negociaciones. De allí emanó el protocolo de 21 de julio de 1922 mediante el cual ambos litigantes resolvieron entregar la solución del conflicto al Presidente de los Estados Unidos, Warren G. Harding, famoso por los escándalos a él ligados. [...]

El fallo arbitral del Presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge fue publicado el 9 de marzo de 1925. Ordenó que el plebiscito descendiera la suerte de estas provincias de acuerdo con el artículo 3.1 del tratado de Ancón suscrito cuarenta y dos años antes. Según se ha dicho, contribuyó a esta actitud una mala traducción la inglés en el alegato peruano en su afán de repudiar el mencionado artículo. Las palabras “expirado el plazo”, referentes a los diez años para el plebiscito, fueron traducidas “alter the expiration” en vez de “at the expiration of” o “Having expired this time limit”. Es decir, el ámbito consideró que el plebiscito era válido en cualquier tiempo y no en el que señalo taxativamente el documento normativo de la paz entre Chile y el Perú en 1883. Aquel país obtuvo así una enorme victoria (VH, p. 340)

DESTACADO AL MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES

Desfogadas las reacciones emotivas, imperó, sin embargo, la tesis de, lejos de protestar en actitud estéril contra el laudo, lo que el Perú d. hacer era seguir adelante, participar en los actos preparatorios del plebiscito y demostrar sobre el terreno, en el mismo suelo disputado, la imposibilidad de llevarlo a cabo. Para reunir materiales y elementos destinados a la campaña, el Ministerio de Relaciones Exteriores nombró al gran tacneño, Carlos Jiménez Correa, muy capaz y muy honesto; y él pidió a varios coterráneos jóvenes, entre los que estuve yo, que lo ayudaran.

Así fui "destacado" a principios de 1925, por un tiempo, de la Biblioteca Nacional al Ministerio de Relaciones Exteriores sin más sueldo que el de aquella entidad de cultura. Fue en aquel entonces cuando, con José Jiménez Borja, escribimos el librito de propaganda titulado El Alma de Tac­na para resaltar, sobre los aspectos diplomáticos o jurídicos del litigio, su hondo sentido humano. Fue publicado bajo el seudónimo "Unos Tacne­ños". Aunque escrito con juveniles defectos, abre una era dentro de la li­teratura tacneñista. (VH, p. 343)

LLEGADA A ARICA y TACNA

Llegué así el 8 de agosto de 1925 al buque Ucayali en la rada de Arica, ubicado por las autoridades del puerto en una posición algo distante den­tro de la bahía, hecho que incitó al cura chileno Bernardino Abarzúa a afirmar, en uno de sus muchos discursos, que estaba allí como señal de que pronto emprendería el viaje al Callao. En ese barco residía la dele­gación plebiscitaria peruana y habían sido instaladas sus oficinas. Al lado del jefe de la delegación, don Manuel de Freyre y Santander, laboraban sus asesores doctores Alberto Salomón, Anselmo Barreta y Manuel María Forero [...]

No estuve en el Ucayali sino en oportunidades muy ocasionales de un día para otro, cuando fue necesario llevar a bordo algún documento o mensaje. Como mi trabajo se efectuaba en la secretaría de la Comisión de Límites que funcionaba en Tacna, busqué y encontré alojamiento en esa ciudad. Una familia antigua, buena, patriota y valiente, la familia Thiel, compuesta por tres mujeres, se decidió, en un acto entonces muy riesgoso, a ofrecerme hospedaje en su casa en la Calle San Martín. Más tarde, al concluir la campaña plebiscitaria, esa familia tuvo que emigrar a Lima. Se trataba de leales amigas de mi madre y de mis hermanas. (VH, pp. 345-351)

REENCUENTRO CON EL TERRUÑO

Mi llegada y mi residencia en el terruño diéronme una honda y permanente emoción. Había viajado en busca del niño que fui. Cada día miraba resumirse muchos años en pocas escenas, una ciudad en unos cuantos sitios. Al mismo tiempo ambulaba por rincones que eran pedazos del alma y los sentía ajenos; otros, en cambio, emergían simultáneamente en la realidad y en la imaginación, como una melodía vieja y tenue. Se ni figuraba a mi alrededor, con tantos ausentes, como si un terremoto hubiera provocado el éxodo a través de los años de muchos habitantes. Las mujeres exhibían intacto el fervor de antaño. En cambio, los hombres cuidadosos ante sus responsabilidades personales, familiares y ocupacionales, por lo general optaban por una mayor cautela. De un balcón aparentemente cerrado, en una calle cualquiera, vi muchas veces salir un mano que saludaba. O, cuando no había nadie cerca, fui detenido en m! de una vereda por una viejecita, o por una empleada de tienda, o por J, empleado de banco y hasta por un joven vestido con el uniforme de club de "nativos" para recordar a los míos o al Perú al que veían acercarse después de tantos años. Cuando el comandante Ordóñez, para celebrar el día de Santa Rosa, ordenó izar el pabellón nacional y oficiar una misa en la sede de la Delegación de Límites, el 28 de agosto de 1925, la noticia se propagó de boca en boca velozmente no sólo en la ciudad sino también en la zona rural. Desde temprano hubo aquella mañana gente esperaba en la Alameda. Al surgir en el asta la bandera tantos años proscrita, vi lágrimas en muchos ojos y no faltaron gentes que se arrodillaron con religiosa unción. (VH, pp. 352-353)

UNA TAREA DIFÍCIL, PENOSA, DURA.

La tarea para la delegación nuestra se presentaba en apariencia difícil, penosa, dura. Los chilenos habíanse adueñado del territorio durante un período ininterrumpido que sumaba ya cuarenta años. Actuaban decididamente para lograr una rotunda victoria electoral todas las autoridades y todos los funcionarios. Destacábase en tan ardorosa campaña la troika, formada por el intendente de Tacna, Luís Barceló Lira, siempre con una flor fresca en su solapa; el General Fernandez Pradel, Jefe de la numerosa Brigada Combinada, hombre de notoria intemperancia hasta en sus expresiones publicas: y el activísimo obispo Rafael Edwards, cuyas giras proselitistas bajo el amparo de misas y sermones por todo el territorio en disputa eran muy frecuentes. (VH, p.348)

CINCO MESES SIN TROPIEZOS

Durante todos los meses de mi residencia en Tacna, entre agosto y diciem­bre de 1925, no tuve un solo tropiezo, a pesar de que las fricciones entre peruanos y chilenos adquirieron constantemente gran violencia. Quizás ello se originó por mi condición de tacneño genuino, o por mi juventud, o por mi insignificancia, a por el hecho de no formar parte de ningún grupo porque vivía en el centro de la ciudad en la casa de una familia con muchas relaciones en los altos niveles chilenos. Salía temprano en la ma­ñana solo y a pie de esa residencia en la calle San Martín con rumbo a la sede de la Delegación de Límites en la Alameda y volvía al atardecer y ja­más fui molestado. En un choque callejero resultó, en cambio, gravemen­te herido por un arma de fuego, en el mediodía del 13 de noviembre de 1925 en el centro de Tacna y se creyó por muchos días que moriría, un lejano pariente mío, Luís Basadre Siles, miembro de uno de los fervoro­sos grupos de tacneños adscritos a las oficinas de propaganda. La noticia fue transmitida por el cable a todo el Perú y no faltaron quienes creyeron que el moribundo era yo. Llegó hasta mí entonces un largo telegrama de un notable intelectual, en el que me felicitaba por herida. Nunca he recibido telegramas por los libros o artículos que he publicado (VH, p.357)

UN PLEBISCITO IMPOSIBLE"

Pershing y sus asesores adoptaron, según su leal saber y entender, las directivas que siguió la delegación norteamericana en el territorio plebisci­tario. El Secretario de Estado hizo al vencedor de la guerra europea rei­teradas y enérgicas instancias para que no pospusiera la consulta electo­ral a Un dentro de una situación imperfecta. Desde octubre el mismo Per­shing manifestó claramente su voluntad de renunciar. Kellog no accedió. Por fin obtuvo el general lo que tanto ansiaba y se alejó de Arica el 27 de enero de 1926, invocando motivos de salud. Sin mengua de nuestra gra­titud ante su asco frente a un plebiscito prefabricado, los tacneños en especial debemos censurarle a este general el hecho de que no siguió ade­lante en su tarea. En la última conversación que tuvo con Edwards, éste se mostró anheloso de neutralizar el territorio en disputa. No quiso dejar un testimonio escrito de dicha idea y luego afirmó que tan sólo fue una sugerencia personal.

Llegó en el crucero Cleveland como nuevo Presidente de la Comisión el General William Lassiter, jefe de las fuerzas de Estados Unidos en la zona del Canal de Panamá, escogido con la finalidad de hacer entrar en escena a un hombre nuevo, totalmente ajeno a lo que hasta entonces había ocurrido en Tacna y Arica. Sus instrucciones fueron las de buscar y mantener los mejores vínculos de amistad con los personeros de los Estados litigantes, ser estrictamente imparcial y, sobre todo, llevar a efecto el plebiscito ordenado por el laudo si ello era humanamente posible.

Sin embargo las circunstancias no se habían modificado. Tampoco cambió la tónica de la delegación norteamericana, tanto de Lassiter como de sus asesores, en sus documentos y en sus conversaciones reservadas con Edwards. La línea dura chilena se mantuvo, quizás bajo una oculta influencia militar, según creyó por un momento el Departamento de Estado. Edwards, con entereza, llegó a decirle verbalmente a Lassatier que entre un plebiscito en que Chile saliera vencido y ningún plebiscito su gobierno estaba dispuesto a optar por lo segundo. (VH, pp. 367-368)

La Biblioteca Nacional

PRIMEROS RECUERDOS

Mi primer recuerdo de la Biblioteca Nacional se remonta a los años 1914 ó 1915, sin duda, más probablemente en este último. Quise ir a leer allí pero fui rechazado por no tener la edad mínima necesaria para gozar de ese privilegio. En conmemoración del episodio, dispuse que la prime sala de la nueva Biblioteca Nacional abierta al público en 1947 fuese del Departamento de Niños.

Obtuve de mi familia una carta para el Director, que era don Luís Ulloa. Este, con gran bondad, dispuso que se me diera una mesa en su despacho. Allí conocí a José Carlos Mariátegui, contertulio habitual de Ulloa entonces. Debe ser estudiada la influencia que don Luís pudo ejercer sobre José Carlos. Lo aquí narrado debe ser coincidente con, las vacaciones del colegio, pues recuerdo haber acudido a la Biblioteca durante las tardes. Cuando Ulloa renunció, por desacuerdos con el gobierno de don José Pardo, ya no volví, pues carecía de relaciones con su sucesor, Manuel Gonzáles Prada. [...]

En 1919, cuando acababa de ingresar a la Universidad como estu­diante, pertenecí al grupo que organizó Raúl Porras Barrenechea para re­gistrar los folletos dispersos en la Colección Papeles, que ocupaba nume­rosos estantes de la sección Perú en la sala América de la Biblioteca Na­cional. En dicha colección habían sido encuadernados, según su tamaño y sin otro orden, aproximadamente 15,000 folletos nacionales, impresos durante la época colonial y la republicana. Había allí, desparramadas, fuen­tes para la historia religiosa, literaria, jurídica, política, científica del Pe­rú sin que faltaran muchos que trataban de asuntos personales. Nuestro trabajo voluntario y gratuito debía hacerse al servicio de la cátedra de Historia del Derecho Peruano a cargo del Dr. Arturo García Salazar. Integra­ron el equipo Jorge Guillermo Leguía, Manuel G. Abastos, Ricardo Vegas García, José León y Bueno, Eloy Espinosa Saldaña y Jorge Cantua­rias. Nos dedicamos con empeño a labor tan ardua y fatigosa y llegamos a terminar uno de los estantes de Papeles Varios. Faltaban tres o cuatro más para terminar. (VH, pp. 422-425)

NOMBRAMIENTO

Un día vacó una plaza en la Biblioteca y obtuve el nombramiento por ac­ción coincidente de Luís Alberto Sánchez, entonces Secretario-Conta­dor de la institución, y de Jorge Guillermo Leguía, cuyo influjo era gran­de, pues su tío acababa de hacerse cargo de la Presidencia de la Repúbli­ca. Entré como "auxiliar", con el sueldo de ochenta soles mensuales. Mi antecesor fue un joven intelectual que en su escritorio se dedicaba, por no sé qué medios, a tener charlas con personajes fallecidos; al renunciar dejó gran cantidad de papeles alusivos a esas entrevistas misteriosas. Se me asignó primero la tarea de ir apuntando en unas tarjetas verdes los li­bros de la sala Europa. En obedecimiento de órdenes especiales y quizás sardónicas del subdirector, don Carlos A. Romero, empecé por anotar a mano, pues no disponía la Biblioteca de muchas máquinas de escribir, una enorme cantidad de obras en latín provenientes del antiguo convento de los jesuitas, que yacían sin moverse muchos lustros y acaso siglos en la parte alta de esta sección. El Director del establecimiento era el doctor Alejandro O. Deustua. Llegué a tener directa relación con él, pues distinguió muy cariñosamente entre sus alumnos de la Facultad de Letras y me nombró amanuense en la Secretaría de ella, cargo que sólo ocupé durante corto tiempo. A través de varios años trató, en repetidas ocasiones, de inducirme a que me dedicara a los estudios filosóficos. En la Biblioteca, un día Deustua me ordenó que registrara en fichas sólo las ediciones del siglo XX con el fin de obtener una guía que tuviera utilidad para el salón de lectura, disposición que cumplí aunque, sistemáticamente, Romero, ante mí y ante todos los visitantes, la criticaba con los más duros comentarios. (VH, p. 426)

BECARIO DEL ESTADO

Hacia 1926, ascendí, por antigüedad, a “conservador” con ciento setenta soles mensuales. Deustua me dijo que había enviado la propuesta con mi nombre al Ministerio de Instrucción; pero que era de mi incumbencia obtener el documento oficial confirmativo para evitar el de cualquier candidato premunido con el favor político. Felizmente era Ministro un gran caballero, el doctor Alejandrino Maguiña. Había sido él catedrático mío en el curso de Metafísica. Pedí audiencia y resultó una sorpresa obtenerla de inmediato. Con gran cordialidad me ofreció el Ministerio el nombramiento y lo firmó. Desde entonces mi tarea principal fue tener al día, con los datos correspondientes, el voluminosos libro de ingresos de la sala Europa en la sección moderna; y esta labor, así como la del fichero mencionado, que por fin completé después de mucho tiempo, no fueron, por cierto, abrumadoras a lo largo de los años. Me dediqué entonces, como casi todos los empleados que no estaban al servicio del público lector, a leer por mi cuenta en las horas de oficina. Así se enriquecieron mis nacimientos en el ámbito de la literatura, la historia, la política, el derecho y la economía principalmente. Pero siempre, después de muchas incursiones en la bibliografía moderna, volví a manejar folletos, libros, periódicos y manuscritos sobre la historia nacional, consciente a medias que tenía a mi disposición un filón único. Muchas veces acudí para esto a la Biblioteca en días de fiesta y en sábados, cuando las oficinas no funcionaban. En realidad fui, durante varios años, sin compromiso expreso, algo así como un becario del Estado peruano para realizar investigaciones con el título de empleado público. Entre 1923 y 1925 compartí las labores en la Biblioteca Nacional con el trabajo de supervigilar el servicio nocturno en la Biblioteca de la Universidad y de colaborar en la edición del Boletín Bibliográfico, cargos que debí a Pedro Zulen. Fue la de Zulen una de las grandes influencias que tuve en mi juventud.

Desde agosto de 1925 hasta junio de 1926 estuve en la campaña plebiscitaria de Tacna y Arica; pero volví a la Biblioteca Nacional en esta última fecha y allí permanecí hasta a 1930. Por esa época fui profesor de Historia del Perú en varios colegios pobres, hasta que me nombraron en el Colegio de Guadalupe y en el Instituto Pedagógico. Me quedé en la Biblioteca, si bien concluí mis estudios universitarios en 1927, y permanecí en ella dos años después de mi iniciación como catedrático de Historia del Perú en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos. (VH, pp. 426-428)




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