Capítulo I



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Capítulo I

LA HISTORIA Y EL HISTORIADOR

1. BASADRE VISTO POR EL HISTORIADOR. PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICAS

1.1 Reflexiones previas

No podría decir cuál fue el mayor obstáculo que he en­contrado en mi vida ni cómo me he enfrentado a él, si 10 vencí y 10 que ganó el Perú. Tampoco, cuál ha sido el obstáculo que no he podido vencer y por qué y qué perdió el Perú. Sólo debo agregar que lamento haber vivido abrumado por demasiadas tareas administrativas (la Biblioteca de la Universidad entre 1930 y 1931 y en­tre 1935 y 1942, la Biblioteca Nacional entre 1943 y 1947, el trabajo en una organización internacional en­tre 1948 y 1950) en una época de mi vida en que debí consagrar más tiempo a investigar y a escribir; y no ha­ber podido tener un seminario o instituto en el que hu­bieran podido forjarse mis libros. (PV, pp. 10-11)



Mis deudas mayores: Tacna, San Marcos y la Biblioteca Nacional.

Si mi infancia en Tacna me enseñó dolorosamente la emoción del Perú y la Biblioteca Nacional me permi­tió cultivar desde muy joven los estudios históricos, el otro factor decisivo para mi mocedad fue la inquietud social de la que me contagié en los claustros de la Universidad de San Marcos entre 1919 y 1927. [...]

Me formé en la Biblioteca Nacional más que en la Universidad. En ésta, para mi vocación histórica, fueron un estímulo la presencia de mi maestro y paisano Carlos Wiesse en la cátedra de Historia Crítica del Pe­rú y la amistad con Jorge Guillermo Leguía, Raúl Porras Barrenechea y Luís Alberto Sánchez. [...]

Mi nombramiento como empleado de la Biblioteca Nacional en 1919 y mi permanencia allí hasta 1930 con un modesto sueldo primero de S/. 80.00 Y más tarde de S/.160.00 mensuales, no obstante que no poseía me­dios de fortuna, sirvió para establecer y mantener diariamente y por más de 10 años contacto diario con folletos, periódicos, libros y manuscritos peruanos. (PV, pp. 9 Y 11)



Los obstáculos en mi vida

Si fuera a enumerar los más importantes entre los numerosos obstáculos que he encontrado a lo largo de mi vida podría, tal vez, clasificarlos en las limitaciones económicas, las tentaciones y la envidia.

Innumerables veces se cruzaron tentaciones para que abandonara el camino que escogí. Una de ellas fue, la de emigrar. Ese viaje pudo ser hecho para enseñar en universidades de Estados Unidos donde me espe­raron una remuneración mucho más halagadora y la tranquilidad para es­tudiar. O pudo, con mayor beneficio tangible, ser el traslado a la burocra­cia internacional. A pesar de todo, preferí no ser producto de exportación. Otra de las tentaciones fue la de abandonar y postergar estudios e inves­tigaciones por modos más convenientes de trabajo en la vida diplomáti­ca, burocrática o profesional. El ingreso al Ministerio de Relaciones Ex­teriores me fue sugerido al terminar la campaña plebiscitaria de 1925-26; y recibí la oferta de ocupar embajadas o la propia cancillería cuando sur­gieron más tarde propicias circunstancias políticas. La perspectiva de de­dicarme por entero a la profesión de abogado tuvo oportunidades diver­sas; ninguna como la que sobrevino cuando, muy herido, me retiré de la dirección de la Biblioteca de la Universidad de San Marcos en 1942 por­ que un artículo especial contra mí había sido introducido en la Ley Orgánica de Educación expedida el año anterior. Desde muy temprano me acechó la tentación de la política e innumerables fueron las ocasiones en que renovó sus hechizos. (PV, pp. 9 y 10)

Lo que realmente importa en la vida

A la larga, lo que importa, en la vida y en la obra, es ser uno leal consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo "insobornable" que todos lle­vamos dentro. Hay que considerar en toda su importancia al hombre a solas frente a las sectas, frente a las camarillas, frente a los dogmas, frente a los despotismos, frente al anhelo de figuración y frente a la sed de rique­za. Lo que más urgente [mente] necesitamos todos es no desmoralizamos. La más insidiosa debilidad ahora es la debilidad de la cobardía, ante la falsificación de valores, ante la mentira, ante el mercado negro en lo es­piritual. Lo peor que puede pasarle a la generación nueva en el mundo es la prostitución. (PV, p. 10)



En busca de mi propio camino

Al ingresar a la vida ciudadana nos encontramos con un Perú frío, hostil. No había lugar para la juventud honesta. Instituciones tradicionales, Par­lamento, sufragio, municipio languidecían. La libertad de prensa no exis­tía. Imperaban el servilismo, los enriquecimientos veloces, la obsesión ma­terialista. La universidad era muy deficiente desde el punto de vista aca­démico y vivía lánguida con escaso apoyo del Estado. ¿A dónde volver la mirada en busca de algo mejor? Haya de la Torre postuló el mensaje apris­ta. Mariátegui trajo el mensaje comunista y yo, dentro de mi insignificancia personal sin más título que el de ser un joven más en esa época deso­rientada, no seguí ninguno de esos dos derroteros y sin embargo soñé, a pesar de todo, en una fórmula de construcción nacional y social para un Perú de más altos niveles de vida, con un Estado técnico, un país progre­sista, un pueblo atendido, cuidado, entusiasta, creador. Entre los muchos amigos de aquella época de inquietudes sociales, evoco con especial emo­ción a Abelardo Salís y a Hildebrando Castro Pozo. Al libro del primero Ante el problema agrario Peruano dediqué los artículos titulados "Agraris­mo, peruanismo, unidad", antes mencionados; y al del segundo de los escritores antedichos "Del ayllu al cooperativismo socialista", los que bajo los nombres de "Ayllu, estado, familia" y "Hacia una historia realista de la propiedad en el Perú", publicó la Revista de Economía y Finanzas en octubre y en noviembre de 1936. (PV, pp. 11 ,12)



Normas para una vida

De experiencias, lecturas y reflexiones saqué, en desorden, otras normas: tratar de no obrar apasionadamente, que es una forma de confundirse; mantener la independencia personal ya que "más preciosa es la libertad que la dádiva porque se pierde"; abrir los ojos con tiempo; percibir cuan­do se cayó en desaciertos; no insistir en la necedad y seguir al clásico en su frase "ni la promesa inconsiderada ni la resolución errada conducen obligación"; dedicarse al estudio por el goce que él genera en virtud de una necesidad esencial y nada más que por eso; hacer de los asuntos que se investiga una cosa que interesa tanto como la existencia propia; vivir en permanente estado de alerta intelectual con un sentimiento radical de las propias imperfecciones; aprender a morar con uno mismo; ocupar­se de los trabajos propios y no tanto de criticar el de los demás; empren­der lo fácil como dificultoso y lo dificultoso como fácil; no atemorizarse ante la tentativa vasta e ir a ella sin inconstancia ni engaño porque, se­gún se lee en La Celestina, las obras hacen linajes; no imitar a quienes comienzan y nunca acaban y poner atención a que, con sus defectos ine­vitables, salgan bien las cosas; tratar de evitar en la obra y en la vida la intención malévola; procurar ir, en desafío al paso de los años, a la renovación perenne en los conocimientos y en las ideas; rumiar y rumiar siem­pre lo que se piensa y lo que se escribe; sentir y seguir sintiendo que sin la desinteresada curiosidad intelectual no se puede vivir y que la ausen­cia de ella es una forma de muerte; buscar el modo de alejarse sistemá­ticamente tanto de la vanidad como de la actitud humillante, para que­dar en una modestia orgullosa. Y lo más importante de todo: buscar y tra­tar de mantener la paz interior como algo de mayor valía que cualquiera de los títulos mundanos, es decir, una conciencia tranquila. (VH, pp. 638, 639)



1.2. La patria invisible. Infancia: 1903-1912.

Mi encuentro con el Perú fue muy temprano en mi vida; porque, como ya he narrado en un pequeño libro, nací (1903) y viví durante mis primeros nueve años en Tacna bajo la ocupación chilena. El Perú fue entonces un recuerdo y fue una esperanza, una "Patria invisible" dentro de una comar­ca que, para todos los efectos prácticos, pertenecía a otro Estado. He tra­tado de demostrar que, para las muchas gentes modestas de mi tierra, este concepto (para ellos entonces fatídico) no se diferenciaba, en lo esencial, del que tuvieron los próceres, los tribunos, los héroes y las muchedumbres de las grandes jornadas cívicas; aunque fuera bien distinto del Perú prosai­co de todos los días con sus limitaciones y con sus máculas. (PV, p. 7)



La casa familiar

Los recuerdos de la infancia en Tacna en los días de la ocupación chi­lena no son para mí una serie de hechos, o de rostros, o de panoramas eslabonados sistemáticamente en el tiempo. Superviven, más bien, den­tro de un vasto conjunto indiferenciado, como, el mar aparece ante los ojos de quien lo contempla desde una playa o desde un barco. Se mez­clan dentro de ese todo el hogar, la familia, la ciudad natal, los amigos, cosas que ocurrieron o que oí relatar, sucesos en los que participé o que vi, o que creo existieron, sentimientos o impresiones cuyo aroma aún me sirve de compañía, mezclados con fragmentos de experiencias más recientes.

"¡Una imagen de casa!" En muchas ciudades Y suburbios de nues­tro tiempo, aliado o lejos de los monstruos creados impunemente por un ávido e implacable comercialismo, suelen hallarse hospitalarias mansio­nes que, de un modo u otro, cercana o lejanamente, quieren tener raíces porque hay familias ansiosas de hacer de ellas una expresión de sus vín­culos reales o imaginarios con el pasado, en vez de encarar en el vacío las desarraigantes visiones del futuro.

Se ha dicho que la imagen de la casa ejerce enorme influencia so­bre la mente humana. Por eso es que dicha influencia no debe llevar a construir la "máquina donde vivir" de algunos discípulos de Le Corbusier.

Muchos son hoy los arquitectos y urbanistas que abogan por la ca­lidad espiritual de las construcciones. Me enfrento a quienes, ciegamen­te, tratan de imitar en ellas los estilos más nuevos, sin tomar en cuenta a la identidad urbana, a la vida privada, a las reglas y a las formas orgánicas que sostienen lo que consideramos como auténtico, útil o agradable.

Ajeno estoy a la necedad de pensar que fuese un modelo el inmue­ble edificado para mi abuelo por Aniceto Ibarra (a quien Tacna le debió también el mercado de abastos y la finca de don Julián Caballero, entre otros aportes). Lo único que trato de expresar es que, detrás de la fachada con piedra de cantería netamente tacneña, experimenté, en cada momen­to, la sensación de vivir en una mansión sugeridora de la idea de espacio amplio y no excesivo, lleno de lugares ocultos que suspiraban o rechina­ban o susurraban con intimidad y sencillez confortables, acogedoras, ínti­mas. Era como si al construir aquella casa, mis abuelos hubiesen metido sus manos en la tierra sembrando allí lo que esperaban les sobreviviera.

Sus almas habían renunciado a la vida del pájaro en el aire al celebrar algo así como un matrimonio telúrico, más fuerte que el tiempo. Careci­mos, por cierto, de alardes suntuarios; pero, ni pobres ni ricos, vivimos en una especie de constelación imaginaria como parte de un ambiente que fue, callada e invariablemente, acogedor para nosotros mientras allí estu­vimos con la invisible y tremenda fuerza de lo sencillo. Esta manera plá­cida de vivir que logró desafiar el paso, entonces tan lento, de los días, tu­vo una radical autenticidad. Lo que significó perder un tesoro cotidiana­mente disfrutado entonces como si se tratara de una cosa indiscutible, sin damos cuenta de ello. Sólo supimos apreciado tardíamente cuando la vi­da nos arrancó de allí para aventarnos a extraños e inhóspitos lugares.

La vieja casa familiar ubicábase en la plaza Colón, en una esquina. (Actual Plaza de Armas, E. Y.) Aliado derecho del hogar veíamos a la Catedral, entonces inconclusa, pero con sus dos torres, erectas como si fueran mástiles orgullosos sobre un barco varado, sobreviviente de algu­na silenciosa tempestad. Está hecho aquel edificio con el rosáceo sillar tacneño, más hermoso aunque menos conocido que el blanco de Arequipa. (VH, pp. 35-37)



Raíces

Sentirse enraizado en la tierra propia es, acaso, el mejor privilegio que un niño puede alcanzar. Si el terruño posee belleza y personalidad, le ha de estampar, sin que de ello se dé cuenta, ese sentido de compenetración con el mundo físico circundante, que es el más humilde y el más feliz de los dones otorgados por la vida. Y aquella lección será un tónico cuando lle­guen las crisis de identidad juvenil y de la mayor edad. Importa mucho sentirse salvaguardado espiritualmente desde el comienzo, no partir de ce­ro, tener un respaldo de cosas vivas y sanas, respirar en un cierto tipo de clima desde que se hace a la vida consciente. La aptitud propia, la labor propia, se acoplan inconscientemente en una continuidad fraterna dentro de una comunicación que es la del lenguaje sordomudo del corazón.

Por eso, ahondar en los recuerdos de la edad primera ubicados en el rincón donde la vida nos depositó es ir mucho más lejos y más honda­mente que cualquier palabra, lo cual es obvio como resultado del hecho incontestable de que, en la faena diaria, cada una de ellas trae en sí una vana respuesta intelectual frente a lo inasible. Dichos recuerdos jamás es­tán circunscritos a personas, cosas o sucesos gratos. Hállanse, uncidos tam­bién, inevitablemente, a lo prosaico, a lo triste, a lo violento o a lo sucio. Pero las cosas que, en su hora, fueron negativas o nocturnas" con el tiem­po resultan interesantes o estimulantes tal como fueron las cosas bellas; porque ostentaron el privilegio de haberse incrustado en nuestra vida y en sus contornos. (VH, pp. 63-64)

La ocupación chilena

Mi padre y mi madre, a diferencia de varios de otros miembros de la fa­milia de aquél, habían decidido que era necesario residir en Tacna, cos­tara lo que costase, dentro de la idea de que el plebiscito ordenado para orientar el destino de la zona alguna vez podía efectuarse. Como es bien sabido, el artículo 3° del tratado de Ancón suscrito en 1883 entregó las provincias de Tacna y Arica a Chile durante diez años, al cabo de los cua­les los ciudadanos de ellas debían ir a las urnas para expresar si querían ser peruanos o chilenos. (VH, p. 109)

Al constatar el gobierno chileno la honda lealtad de los tacneños y ariqueños a su patria, se quedó en la zona disputada, buscó, a través de múltiples medidas, reforzar su influencia en ella y fue dilatando el cumplimiento del antedicho artículo terrero. El Perú, vencido, pobre, buscó en vano, desde 1893, la solución del conflicto por medio de negociacio­nes directas y, más tarde, a través del arbitraje que Chile rehusó.

La política de chilenización de Tacna y Arica adoptó características de violencia a partir de 1901. En las relaciones diplomáticas entre ambos países hubo entonces momentos de fricción y de crisis. Chile, al mismo tiempo, alentó las demandas territoriales de otros vecinos del Perú: Colombia, Bolivia y, especialmente, Ecuador. Una política de concesiones que incluye el arreglo del litigio con Brasil impidió, entre 1909 y 1912, lo que se llamara entonces el "cuadrillazo", o sea un conflicto bélico en el que nuestro país hubiera tenido que batirse en varios frentes. (VH, pp. 339-340)



La familia abandona Tacna

Mi padre falleció en mayo de 1909. ¡Qué breve resultó para mí, el más joven de sus hijos, aquel tiempo en que festejaban mi cumpleaños y yo era feliz y nadie había muerto y toda la familia se reunía diariamente en el ritual de una asiduidad rigurosa y sencilla que nada tenía de rutinaria, en el comedor, alrededor de una gran mesa con sus sillones forrados de cuero, mi padre en una cabecera y mi madre en la otra!

Si a mi infancia le hubiera sido dable interpretar el mensaje de aquel deceso, hubiera comprobado la fragilidad y la crueldad que a todos nos acompañan y que, con tanta inconciencia, nos estrujan. Es decir, hubiese abierto muy pronto los ojos y el espíritu ante el inexorable desalmamiento del mundo de que habló Fray Luís de Guevara en su Guía de Pecadores.

Hoy los tacneños han olvidado quien fue Carlos Basadre y Forero. De nada sirvió lo que acerca de él escribiera La Voz del Sur. Señalaré tan sólo que me enorgullece haber encontrado su efigie en el salón de sesiones de la histórica Sociedad de Artesanos "El Porvenir", de la que llegó a ser presidente, con una inscripción enaltecedora escrita poco tiempo des­pués de su muerte. Sus asuntos quedaron a cargo de mi madre, que diri­gió a mi hermano Federico, entonces estudiante de Ingeniería.

Las condiciones dentro de las que funcionaban nuestros asuntos em­peoraron al intensificarse las tensiones entre los peruanos y las autorida­des chilenas. Se salvó lo que se pudo humanamente salvar. Al fin resultó inevitable la necesidad de viajar a Lima. Dejamos Tacna a comienzos de 1912. (VH, pp. 109-110)

La patria invisible

Un importante elemento de mi primera formación intelectual proviene de los días de mi niñez en Tacna. Es el sentimiento de la "Patria invisi­ble", el concepto del Perú como un símbolo.

De niño, el Perú fue para mí, como para muchos, lo soñado, lo es­perado, lo profundo; el nexo que unía a la lealtad al terruño y al hogar que invasores quisieron cortar, la vaga idea de una historia con sus fulgo­res y sus numerosas caídas y la fe en un futuro de liberación.

No conocíamos nada de la prosaica vida diaria en el Perú; para no­sotros él existía sólo en el mundo del recuerdo y en el de la esperanza. Aprendimos a amar al Perú divisándolo en esos nebulosos horizontes y en los polvorientos caminos de los libros. Oriundos de una tierra de minifun­dios y ajena a la vorágine capitalista, permanecimos en la ignorancia del gran drama contemporáneo en América y el mundo; repetimos nombres que numerosas veces esbozaban en la capa áurea de su seducción una 'mu­grienta realidad no percibida por nuestro optimismo; y esa imagen pare­cía un oasis en las largas jornadas de vigilia durante el cautiverio.

Dicha visión no fue exclusiva de mi infancia y de quienes fueron niños como yo. Tuvo, inclusive, risibles o patéticas exageraciones. Duran­te la campaña plebiscitaria en 1926, la anciana señora Virginia Sosa, viu­da del último gobernador nacional de Arica, desafiando amenazas y peli­gros, alquiló su humilde casa a unos propagandistas de nuestro país. Cuan­do algunos de éstos comenzaron a trasnochar y a emborracharse y a dis­putar entre sí con groseras expresiones, esta viejecita vino donde mí, llo­rosa, a hacer muchas veces su confesión vacilante. Ella no había imaginado que los peruanos fueran capaces de adoptar esa conducta.

Sin necesidad de incurrir en tan ingenuos errores, el pueblo ente­ro hizo un símbolo de la patria lejana. Tal sentimiento sirvió como un ne­xo y otorgó a vidas oscuras un místico contenido, una honda razón de ser, engrandeciendo y ahondando las limitaciones del diario y prosaico existir. Así como el lenguaje guaraní ha contribuido a la formación de una identidad en el pueblo paraguayo (ya que los niños lo aprenden en el ho­gar aunque no sea oficialmente enseñado), a veces creo que el espejismo" doloroso e iluso del Perú cumplió, para los tacneños y ariqueños duran­te casi cincuenta años después de 1880, análoga tarea, como si fuese un lenguaje secreto.

¿Era una visión del Perú falsa, quimérica? ¿Creyeron ellos, creímos! nosotros, en un ídolo de estiércol, en un pomposo fraude?

No confundir. En el "país circundante" puede haber...

desmán condenable en que incurren el poderoso grande o chico, el funcionario; arbitrariedades y caprichos del déspota; enriquecimiento vertiginosa efectuado por el prevaricador de ayer o de hoyo de mañana; oratoria vacía y vana en los labios de quien, allá en sus adentros, se ríe de sus, frases comunes como sendas por cualquiera transitadas, ocio costoso del diplomático inútil; negligencia o rutina en el burócrata, con daño o desmedro de la justicia clara o del interés legítimo; intriga sórdida bullente en las camarillas; violación mendaz en los derechos del pueblo; calumnia esparcida por el pasquín o el corrillo; amarilla envidia para quienes valen; arrastrarse en las cadenas o enfurecerse en los tumultos; egoísmo ciego de las oligarquías de espaldas ante la comunidad que las nutre; indiferencia, hostilidad o desprecio frente a los que tienen el derecho fundamental de ascender desde un nivel demasiado bajo. Todo esto y otras cosas más y otras que vienen a ser análogas eran notorias dentro del Perú cuando los tacneños soñaban en él, y esperaban tanto de él. Lo mismo y otras cosas; por añadidura prosiguieron, continúan; y ellos mismos las vieron y las ven -de cerca más tarde- y aun las sufrieron y las sufren en la carne y en el alma. Precisamente, aquello es lo que niega de modo sustancial la razón por la que fue erigida, a costa de mucha sangre, la república contra el imperio español y contra los monárquicos criollos; y lo que desmiente, en un sentido categórico, la justificación palpitante, actual y futura, del Perú visto no sólo como conjunto territorial amplio y difícil aunque uncido a través de muchos siglos a un solo Estado y como núcleo humano cuya integra­ción no avanzó todo lo que fue deseable o justo, y al que hay que ver fun­damentalmente como instrumento de trabajo para una mejor existencia de quienes aquí moran, No se debe confundir, por eso, la multigeneracio­nal estructura de la "patria invisible" a la que el sacrificio de los buenos otorgó, a pesar de todo, vigencia, con el país circundante que puede ser y es, demasiadas veces, desarticulado, injusto, mezquino, impuro y cruel.

Las debilidades humanas que en 1926, angustiaron en Arica a mi buena amiga, la admirable señora Sosa, son inevitables. Hay en cambio, derechos imprescriptibles, una atmósfera de dignidad mínima para sub­sistir, seguir adelante y tomar impulso y que constituyen la misión, el des­tino y la promesa, no cumplida, de nuestra coexistencia libre de indios, mestizos y blancos. (VH, pp. 110-113)

1.3 La Patria visible. Adolescencia 1912-1919.

Lima y la Nueva Morada

A comienzos de 1912 nos embarcamos en Arica con rumbo al Callao en el vapor chileno Palena, uno de aquellos antiguos barcos de pasajeros de espléndidas aptitudes navieras, con camarotes frente al mar, espaciosas cu­biertas y esmerado servicio.

Por varios años ocupamos en Lima un departamento en un segun­do piso de la calle Boza. Más tarde nos trasladamos a la calle Lescano a unos altos; y luego, en 1917, a raíz del incendio en una ferretería en los bajos de esa casa, a la avenida de la Colmena, llamada oficialmente Ni­colás de Piérola. Tanto en la calle Lescano como en la avenida de la Col­mena mi adolescencia gozó de un privilegio que a los niños y muchachos de hoy les está siendo negado: el de retozar en la azotea. Allí, en ese vas­to espacio cortado tan sólo por los montículos creados por las ventanas teatinas, jugué con amigos o familiares a la guerra, al deporte y alguna vez hasta ala representación teatral. En Lescano, dentro de un barrio más antiguo, podíamos a veces damos el lujo de pasar a casas vecinas y aso­marnos a la azotea del Club Italiano, hoy lujosamente reemplazado por el Banco Internacional. (VH, pp, 117-118)

La influencia hogareña de la Escuela de Ingenieros

Como en estos apuntes los aspectos familiares, íntimos o puramente personales de mi vida no deben ser destacados, omito la referencia a ellos, pese al hondo valor y a la preciada significación que para mí siempre tie­nen. Sin embargo, no me es posible, al hablar de los años de mi niñez y de mi adolescencia, callar los nombres familiares y queridos a cuyo am­paro ellos pudieron desenvolverse plácidamente. Alrededor de mi madre, hasta su fallecimiento en 1924, estábamos mis dos hermanas Luisa e Inés (ésta casada con Fernando Ortiz de Zevallos) y mis hermanos Gastón (cu­yo matrimonio fue con Aurora Elguera), Federico (que formó un nuevo hogar con Clemencia Andraca), Carlos, Óscar y yo. Fue el nuestro, durante muchos años, un grupo muy unido, en el que el cariño profundo no contradecía el mutuo respeto, la no interferencia en los gustos o afi­ciones de cada uno, la familiaridad seria, sencilla y leal.

Carlos, Federico y Gastón estudiaron y se graduaron en la Escuela de Ingenieros. Fue la de ellos la misma profesión por la que optaron mi padre y sus dos hermanos Emilio y Jorge Basadre y Forero. Pocas familias como la nuestra tan vinculadas a esa entidad. Desde muy niño hasta muy avanzada mi juventud, viví en un ambiente donde todos ellos recibieron la severa formación que a sus discípulos y sus inmediatos sucesores dio Eduardo de Habich. El nombre de este maestro que era, además, un gran amigo de los mayores entre los míos así como los nombres de Joaquín Capelo, Juan José Bravo, Federico Villarreal, Michel Fort, José Balta, Teo­doro Elmore y otros (aun el mismo Pablo Paulet) los oí repetir como si también pertenecieran a nuestra familia; y como si la mansión de la ca­lle Espíritu Santo fuese también nuestra. Muchas veces asistí silencioso a discusiones animadas sobre temas que podían parecer áridos y abstrusos si no hubiese adivinado que detrás de ellas formaba una lógica severa, un ejercicio mental exigente, esforzado y sin retórica. (VH, pp. 118-119)

Los hermanos

Ingenuamente creí que nuestra camaradería iba a ser muy larga. Inés; tan dulce y tan comprensiva siempre, fue la primera en morir en 1929.

Gastón había llegado a ser gerente de la Compañía de Tranvías y por su don de gentes alguien me dijo que podía ser nombrado Ministro de Relaciones Exteriores de la familia. Falleció en 1939, cuando tenía tan só­lo cuarenta y cuatro promisores años. Federico, ingeniero educado por su propio esfuerzo en Estados Unidos después de sus estudios en Lima y con rica experiencia en la Argentina y Brasil, hállase vinculado al plan vial cum­plido durante la administración de Benavides y los primeros años de la de Prado hasta 1943, en que murió acaso por dedicarse en exceso al trabajo. Su integridad, su energía, su disciplina espiritual, su sentido del deber, tan grandes como su capacidad intelectual, le suscitaron en vida numerosos enemigos y críticos; y, después de muerto, admiradores y discípulos.

Cuando se avanzaba en el trazo de la carretera a Pucallpa ocurrió el episodio de las dificultades para seguir adelante hasta que fue posible encontrar el llamado "boquerón del Padre Abad". Esta abertura, que la carretera luego pudo seguir, Federico la ubicó después de leer el docu­mento de aquel sacerdote en uno de los volúmenes sobre las misiones fran­ciscanas editados por el P. Bernardino Yzaguirre que dejé en nuestro an­tiguo hogar de la avenida de la Colmena por no tener sitio en la peque­ña casa que ocupé después de mi matrimonio. Carlos era muy inteligente, muy culto y muy fino, capacitado en minas, puertos, astronomía y geología. "La Enciclopedia" lo llamaban sus alumnos cuando llegó a ejercer la docencia en su "Alma Máter", muchos de ellos en actividad ahora. Gran escéptico, desdeñaba el espíritu de lucha; y la circunstancia de haber car­gado Con el peso de la familia al fallecer nuestro padre en 1909 no dejó de afectarle. El ingeniero Jacobo Kraus, que vino a hacer estudios en el Callao y en Matarani hacia 1914, lo escogió para llevarlo a Holanda y así resultó un experto en problemas portuarios. Otra fase de su vida profesional, no aprovechada bien por el Perú, como ha ocurrido y ocurre en tan­tos casos, discurrió en su trabajo durante varios años en el Cuerpo de Ingenieros a cuyo servicio recorrió casi todo el Perú; así como su trabajo en la Dirección de Minas. Exquisito aficionado a la música, gracias a su es­pléndida discoteca conocí la belleza de la música clásica. Óscar falleció en 1973. Con Luisa, que tanto se preocupó por mí cuando fui niño y ado­lescente, somos los únicos sobrevivientes de una familia tan numerosa y tan rápida e implacablemente maltrecha. (VH, pp. 119-120)



El Colegio Alemán: 1912-1917

No había entonces en Lima colegio inglés. Mi madre tomó la decisión de matricularme en el Colegio Alemán. Permanecí en este plantel desde el tercer año de primaria hasta el penúltimo de secundaria, o sea el tercero, entre los años de 1912 a 1917. Muchos fueron mis compañeros de clase; pero su número fue disminuyendo a lo largo del tiempo por diversas ra­zones, sin que pudiese haber reemplazos, pues era necesario saber aquel idioma para estar en condiciones de seguir los cursos. [...]

En nuestra época, la "Deutsche Schule" estaba sostenida no sólo por la colonia alemana en Lima sino, además, por una entidad guberna­mental que se llamaba “Asociación de los Amigos de la Educación Pa­tria”, editora de algunos de los textos que usábamos en nuestras clases. En la pared de la oficina de la Dirección aparecía, imponente, una gran fo­tografía del Káiser Guillermo II. Dentro del repertorio muy variado in­cluido en la asignatura de Música, a la que, repito, se otorgaba gran im­portancia, o en nuestros paseos campestres, incluíanse "Alemania, Alema­nia, sobre todo", entonces el himno oficial del Imperio; “La guardia en el Rhin", con bellísimos acentos melódicos y con el afán de recordar la ne­cesidad de mantener la vigilancia en la frontera con Francia; el himno de la marina de guerra que tenía un elogio a la bandera blanca, roja y negra; y homenajes a los soldados, a la caballería, a las espadas, a las trompetas y a la maravillosa ciudad de Estrasburgo, canción esta última que, según sus biógrafos, tarareaba Karl Marx. [...]

Independientemente del fervor que por su patria tenían, de un la­do la colonia y su gente, por lo general admirable en su espíritu de traba­jo, unida con lealtad al Imperio, y, asimismo, los profesores de nuestro plantel, éste orientó su enseñanza siempre de acuerdo con los programas oficiales aunque todas las asignaturas no relacionadas con la geografía o la historia del Perú, la religión católica o los idiomas castellano e inglés se enseñaban en alemán, a cargo de profesores especialmente contratados desde Europa. [...]

En 1914, a los dos años de mi ingreso al colegio, mientras estaba yo en quinto de primaria, estalló la contienda mundial a la que ya he aludi­do. Uno de los maestros, el señor Kitzing, rubio, bigotudo, menudo, muy ceremonioso, siempre elegante con su levita negra en invierno y una americana de dril en verano, partió a incorporarse en el ejército y murió com­batiendo.

Los otros continuaron en Lima, acaso por razones de edad, quizás por el bloqueo impuesto por los aliados. El colegio funcionó normalmen­te. Las clases de inglés siguieron a cargo de un magnífico profesor austra­liano, el señor Steane, rojizo, canoso, soltero, excéntrico, gran excursionista por los cerros de los alrededores de Lima. En el curso de la guerra llegó nuevo personal docente, venido de las antiguas colonias alemanas en Asia o África, o del plantel similar existente en Chile. [...]

La dirección del Colegio Alemán en mi época estuvo a cargo del Dr. Erich Zurkalowski. Sin duda alguna, desde el punto de vista acadé­mico y cultural y acaso socialmente, era superior a sus colegas. Tenía a su cargo, dentro de visible eficacia, los distintos cursos de Historia Univer­sal. Fue mi profesor de Historia Moderna y así resulté obteniendo del mo­vimiento de la Reforma una versión luterana. Alto atildado, con algo de jirafa, nada propenso a la vulgaridad, inspiraba entre los alumnos unáni­me respeto, aunque en él parecía haber algo de hosco sin desmedro de la sencillez en el trato. Ya en la época en que fui alumno de la Universidad, vi publicados algunos trabajos suyos, sobre aspectos sociales de la época de los Incas...

Todas nuestras jornadas estuvieron acompañadas por cantos. Ya he aludido reiteradamente a la importancia que la enseñanza otorgaba a la música. Ella nos alegraba y alentaba incesante, durante las marchas, o en el descanso, o al lado de las carpas frágiles, o mientras comíamos alrededor de improvisadas fogatas, o al empezar, o al concluir las distracciones al aire libre que tanto nos atraían. Ninguna canción tan popular como la del buen camarada. Era un exponente de la vida guerrera pero en él bu­llía un hondo sentido humano. Recordaba el autor a su mejor amigo; jun­tos, con el mismo paso, marcharon a la contienda; vino una bala, él se preguntó con cuál de ellos acabaría y fue el otro quien cayó. En las estrofas no había odio para nadie, la propaganda patriótica estaba eliminada. Lo único importante hallábase en la fraternidad de un hombre con otro hom­bre en un momento supremo, en la aceptación melancólica del destino y de la muerte. La inmensa popularidad de Ich hat'einen Kameraden, o sea Yo tenía un camarada, halla una expresión en la anécdota de que el Mariscal von Hindenurg, Presidente de la República alemana en sus días agónicos, obsequió a un gran amigo durante cierto tiempo, el general Schleicher, su retrato con esta dedicatoria: "¡Yo tenía un camarada!" [...]

En 1915, 1916 Y 1917, o sea en los primeros tres años de educación secundaria, llegaron al colegio comisiones oficiales para los exámenes. Ya he dicho que en todos los cursos - menos en los de Historia del Perú, Religión y Castellano, por supuesto- se nos enseñaba en alemán durante la mayor parte del tiempo; pero se hacía de cada materia una traducción abreviada al español que apuntábamos en cuadernos. Los miembros del jurado eran dos, con un personal distinto en relación con las asignaturas de Ciencias o de Letras. Se rendía un examen oral y uno escrito en cada curso. El respeto que teníamos para cada uno de esos señores llegaba a ser enorme. En efecto, ellos eran entonces personajes en la vida intelec­tual o profesional de Lima. Intensa emoción nos embargaba al llegar el instante decisivo de nuestra prueba. (VH, pp. 121-50)

El Colegio Guadalupe: 1918

Para el cuarto y entonces último año de Secundaria, el de 1918, fui matriculado en el Colegio de Guadalupe. Resultó una experiencia comple­tamente nueva. El local me pareció enorme. El patio de entrada era im­ponente. La masa de los alumnos resultaba incontable. El cuarto año ha­llábase subdividido en dos secciones, de unos cuarenta o cincuenta alum­nos cada una. Contra lo que se propaga en una leyenda, no por ser nuevo o recién llegado sufrí molestias o disgustos. Fui recibido con instantánea camaradería en ese ambiente genuinamente democrático. El colegio atra­vesaba un período de gran orden y disciplina bajo la eficiente dirección de dos alemanes: Gustavo Ries y Karl Weiss. Encontré a dos tacneños en el mismo salón de clase, Alberto Espejo y José Gómez, y me convertí inme­diatamente en un camarada de ellos. Otras buenas amistades formé en esa é oca Y hasta ahora las conservo con fraternal afecto. Mencionaré aquí en­tre mis compañeros de aula en primer lugar a Abraham Guzmán Figueroa, Máximo Ruiz Conejo, Abel Darg, Luís Heraud, Julio Wenzel, laurea­do con la medalla de oro al ser el mejor alumno de la Sección Secunda­ria en ese año. Otros nombres de alumnos de entonces darían una lista muy larga. En 1968 los sobrevivientes nos reunimos alegremente para ce­lebrar nuestras bodas de oro, con un fervor sin sombras. Organizó este en­cuentro con entusiasmo de muchacho Manuel Delgado Bedoya, cuyo fallecimiento mucho después tuvimos que lamentar todos sus camaradas.

Entre los profesores volví a ver a Alberto Ureta y a Leonidas Ma­dueño; pero no pertenecían al cuerpo docente de mi sección. Las clases de Historia del Perú en ella hallábanse a cargo de don Adolfo Quiroga, hombre muy capaz y bueno que dejaba físicamente una impresión muy penosa porque sufría una enfermedad en la columna vertebral y no podía caminar sino agachado. El curso de castellano que era, a la vez, de His­toria Literaria, pertenecía a Arturo Montoya en cuyo texto con lecturas adicionales para el último año leí, por primera vez, con gran deslumbra­miento, a Rubén Darío y a González Prada. En la abundante biblioteca de mi casa, a donde no llegaban las preocupaciones literarias, no había muestras del movimiento modernista, ajeno también entonces al clima del Colegio Alemán; y, por lo visto, mi padre o mis hermanos tampoco habían escogido como escritor predilecto al autor de Pájinas Libres, cu­yo elogio a Grau tanto me emocionó en la antología escolar de Montoya en la que aparecían también unos sonetos del propio compilador sobre la crucifixión de Jesucristo. Resulta innecesario decir que la edición de un texto de Literatura con variadas lecturas adicionales es fundamental.

A pesar de mi reciente ingreso al colegio, Montoya tuvo la iniciativa generosa de escogerme para que pronunciase el discurso que, en nombre del alumnado de Guadalupe, era obligatorio decir entonces el 7 de junio ante el monumento a Francisco Bolognesi. En la ceremonia estuvieron los nietos del héroe, Enrique, Augusto y Alberto Bolognesi. El mío fue un co­nato de interpretación de la batalla en el morro de Arica. Ahí está la pri­mera muestra escrita de mis preocupaciones por la historia del Perú. [...]

Estuve muy lejos de haber sido el primer alumno de la clase. Hu­bo dos cursos en que cierta forma de favoritismo me ayudó: el de Física, y el de Trigonometría. Yo no llegué a entender la Trigonometría; pero, consciente de que no la iba a necesitar luego, el profesor me aprobó en esa asignatura. Era nada menos que mi viejo conocido el Padre Vitalia­no Berroa, expulsado de Arica por los chilenos algunos años antes. Ense­ñaba Física, como profesor principal, don Teodoro Elmore con cuya es­posa mi familia tenía una relación de parentesco. Elmore era un viejecito menudo, de barba cana y recortada, muy nervioso, lleno de vivacidad, que decía desdeñar la enseñanza de los textos y de las fórmulas que en cualquier momento se podían leer. Lo importante, repetía él, era que los jóvenes aprendieran lo que es la vida, acerca de la cual nos daba conse­jos paternales: no dejaba, a instancias de alumnos curiosos o burlones, de contar anécdotas de la defensa de Arica en 1880 en la que participó co­mo ingeniero, hecho por el cual había recibido injustas acusaciones. Su auxiliar, Enrique Arnáez, en cambio, se esforzaba en cumplir punto por punto el programa oficial.

Otro profesor muy admirado era Miguel Noriega del Águila con su curso de Química, en el que ponía fervor y conocimiento. Con gran efi­cacia utilizaba los materiales didácticos tan necesarios en esa enseñanza, mucho mejores que los del Colegio Alemán. El criterio de los mucha­chos, por lo general, también en Guadalupe, era justiciero para valorizar a quienes "dominaban" la materia y sabían enseñar; aunque, a veces, rom­pían su compostura en la clase cuando el profesor no se esforzaba en crearla. La tendencia al desorden crecía muy significativamente en las clases sobre el idioma inglés, a cargo de un hombre cuyo valer dentro de la li­teratura peruana no ha sido apreciado debidamente. En ese curso, en daño propio, nadie aprendía nada. Había escuchado muchos cuentos acerca de la insolencia de los alumnos de Guadalupe pero me encontré con que el docente en plena posesión de sus energías lograba obtener una disciplina casi perfecta, con las limitaciones naturales impuestas por la gran afluencia de alumnos en el salón. En el Colegio Alemán, en una clase que había acabado por no tener más de unos cuantos partícipes, todos nos conocíamos muy bien y cada uno de los maestros sabía cuáles eran nues­tros nombres y características. En cambio, en Guadalupe, en aquella épo­ca, sentí la impresión de que la gran cantidad de estudiantes impedía, en muchos casos, la identificación personal, si ésta no se había producido a través de alguna circunstancia fortuita.

Había excelentes alumnos en Guadalupe, acaso algunos más estu­diosos que los del Colegio Alemán; no faltaban tampoco los muchachos flojos o ineptos en ambos planteles. Los métodos de enseñanza no dife­rían en lo fundamental. Se basaban en la exposición oral del profesor, que a veces era también un dictado; la toma de la lección o "paso" apren­dido en esas notas o del libro de texto, cuanto más literalmente mejor, con excepciones notables. Famoso era el viejo y ya casi ciego profesor Máximo Vásquez en su clase de Geografía cuando pedía "texto, mapa, trazado y paso". Los libros usados en Guadalupe eran, a veces, franceses en traducciones editadas en España: Malet en Historia Universal, Lan­glebert en Física y en Química. Este detalle parece muy significativo. Otros libros habían sido escritos por los mismos que tenían la responsa­bilidad de la asignatura pertinente: Montoya en Castellano, Vásquez en Geografía del Perú, Matías Salazar en Matemáticas. No había entonces otro manual de Historia del Perú para todos los años de Media y en Pri­maria que la última edición de la obra de Wiesse; si bien creíamos que una edición anterior, con pasta roja, la superaba. Muy raramente nos hi­cieron preparar, aun en los años superiores de Media, salvo Luís Ego-Aguirre, trabajos escritos con alguna contribución propia. En ninguno de los dos colegios existía una biblioteca a donde fuera obligatorio o, por lo me­nos, voluntario acudir. Los gabinetes de química y física hallábanse, re­pito, mucho mejor abastecidos en Guadalupe si bien, para hacer uso ade­cuado de ellos, surgía, otra vez, la dificultad proveniente del gran núme­ro de alumnos. El nivel de los profesores peruanos no podía ser conside­rado entonces, en general, inferior al de los alemanes, según mis recuer­dos y en algunos de aquéllos había quizá una aptitud para despertar esa admiración entusiasta del discípulo hacia su maestro, que es una de las más bellas manifestaciones de la adolescencia. En suma, la vida fue pa­ra mí acaso más placentera en el Colegio Alemán aunque con más rígida disciplina; en cambio en Guadalupe tuvo momentos de mayor ano­nimato y de contacto con grandes grupos de alumnos. Ambas experien­cias tan diversas entre sí fueron muy útiles frente a las contingencias pos­teriores en la vida. En el colegio Alemán quedó formada mi disciplina intelectual, en Guadalupe se acentuó el espíritu peruanista y democrá­tico que aprendí en Tacna.

Dos cosas impregnan inolvidablemente mis recuerdos guadalupa­nos en relación con el tiempo y en relación con el suelo peruano. Es la primera una mezcla de arrogancia y de humildad, por haberme incorpo­rado a un colegio de tan vieja y hermosa tradición en el país, por haber sido uno más entre los miles de miles de niños que en esas aulas estu­diaron y en esos patios jugaron. Aunque sea por la experiencia que viví, apenas un año, he quedado enlazado para siempre a una entidad sustan­tiva, que seguía y sigue inmutable en lo esencial, mientras pasaban las generaciones y se suceden los hombres. Y tengo, al mismo tiempo, la sen­sación viva y perenne de que allí, en esos patios y en esas aulas, año a año, hay algo de honda importancia cuando se han juntado, a través de casi un siglo y medio, niños y adolescentes de todas las regiones del Pe­rú y de todas las razas, como símbolo bullente de que, a pesar de todo, nuestro país es una totalidad en el espacio, como también es una continuidad en el tiempo. Y se me ha ocurrido que, durante el año escolar, podrían tener lugar, en forma destacada, dentro de ese colegio y dentro de otros donde análogo fenómeno se realiza, por lo menos un acto o ce­remonia o certamen en que se destaque y se acentúe la idea de esa continuidad en el tiempo y de esa totalidad en el espacio, con el homenaje a los guadalupanos más ilustres de todos los tiempos (o a los ex alumnos de otros planteles si se trata de ellos) y al mismo tiempo, a las diversas provincias del país cuyos hijos están o han estado presentes en la tarea común, superando así y fusionando en una síntesis vigorosa las limita­ciones de cada época, los particularismos de cada región, la seducción de cada especialidad, y las variantes de cada destino individual. (VH, pp. 153-160)



"La enseñanza produce sus mejores frutos a quien la imparte"

Es un orgullo para mí haber firmado, como Ministro de Educación en 1959, el decreto por el cual, tomando en cuenta su antigüedad y su tra­yectoria, el Colegio de Guadalupe recibió el título de "Primer Colegio Nacional del Perú".

En 1929, volví fugazmente a este plantel a enseñar Historia del Pe­rú. Carlos Rodríguez Pastor, notable alumno de San Marcos y notable profesor, amigo de las aulas universitarias, tuvo la gentileza de dejarme sus clases de primer y segundo año. Era director de Guadalupe el Dr. César Patrón, y Julio Denegri ejercía la subdirección. Buen amigo de éste, conocí y traté mucho a sus hermanas Manuelita y Carolina, a quienes aprendí a estimar afectuosamente en todo lo que valen. Ya antes, en 1927 y 1928, había enseñado, como otros estudiantes de la Universidad, en co­legios pobres. Me inicié en la asignatura de Historia de Límites del Perú en el plantel de Elías Ponce Rodríguez; y abarqué varias más, siempre con bajísimo sueldo. ¡Cuánto se ha hablado en contra del "profesor golondri­na", del que enseña en sus ratos perdidos, del que no ostenta un título pedagógico! No conozco de cerca a las generaciones que van saliendo de las Facultades de Educación; pero en el caso de algunos jóvenes a quienes vi en el ejercicio de la docencia a lo largo de aquella época y en el caso mío había para ir a esa tarea unida a un magro estipendio, algo más que diplomas y certificados. Era el nuestro - hablo no sólo en nombre propio sino en el de Jorge Guillermo Leguía, el de Raúl Porras, el de Luís Alberto Sánchez, el de Manuel C. Abastos y de muchos más- un since­ro amor a lo que enseñábamos, el ferviente anhelo de dar a los adolescen­tes una visión viva y directa de lo que en apariencia era árido y monóto­no, acompañado por el entusiasmo para complementar las clases con lec­turas o excursiones, o con las muestras de libros o periódicos o reliquias o grabados, o con las iniciativas para buscar o estimular aptitudes e interés hacia lo estudiado. No en la educación secundaria en cuyos planteles.

Jamás tuve a mi cargo la Historia de la República, sino en San Marcos utilicé, durante varios años, la ortofónica del gran profesor de Historia del Arte Guillermo Salinas Cossío para tocar El Ataque de Uchumayo y La Marcha Morán en un viejo disco que me prestaba Ernesto Alayza Grundy. Poseíamos ese tesoro que no se extinguía y que, por el contrario, la diaria experiencia acrecentaba si bien nuestros nombres no figuraban en diplo­mas con grados de Pedagogía. En nosotros, se cumplió plenamente aquel dicho según el cual la enseñanza produce sus mejores efectos en quien la imparte. (VH, pp. 160-161)




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