Capítulo 3 El Amor I > introduccion



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Capítulo 3


El Amor

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1. INTRODUCCION

"Aunque yo hablase lenguas, las de los hombres y las de los ángeles, si yo no tuviese amor, seria como bronce que suena o como campana que retiñe. Aunque tuviese el don de profecía, el conocimiento de todos los misterios y de toda la ciencia, aunque tuviese toda la fe, al punto de transportar montañas, si no tuviese amor, nada sería. Aunque distribuyese todos mis bienes a los pobres, aunque entregase mi cuerpo a las llamas, si no tuviese amor, de nada me serviría" (I Cor 13,1-3).

San Pablo escribe para una comunidad cristiana. No habla para los incrédulos. Se refiere a hechos muy estimados y practicados por un público cristiano - la fe, la generosidad, la profecía, e incluso el don de lenguas, que últimamente recuperó su presencia entre los valores cristianos. Es en ese público donde es preciso enseñar la primacía del amor.

El amor es la única realidad de la persona humana que nunca desaparece. En la muerte, el ser humano deja todo; solamente una cosa permanece para siempre: el amor. Sin amor nadie se salva. Nadie se salva por la fe, por la esperanza o por la religión. Ninguna religión salva, solamente el amor.

"Dios es amor", dice San Juan. El amor es el don mayor de Dios, por encima de cualquier otro, porque es el mismo Dios. Nadie nace en el amor, salvo, según la doctrina de la Iglesia, la Virgen María. Al amor se llega por una conversión — una vuelta completa de la existencia. Es una transformación mucho más radical que la de entrar en una religión. Se puede vivir en una religión sin conocer la caridad - que sería lo más fundamental.

Dom Helder Cámara se convirtió a los 56 años, después del Congreso Eucarístico de Río de Janeiro en 195518. Un eminente jesuita chileno, el P. José Aldunate, que recién publicó sus memorias, se convirtió a los 56 años - después de haber sido provincial y haber tenido las más diversas responsabilidades existentes en la Compañía de Jesús. Se convirtió cuando fue a trabajar con los mineros del cobre en la gran mina de Chuquicamata19. Ciertamente, antes de esa conversión practicaba todas las virtudes que se esperan de un buen religioso, pero aún faltaba lo esencial. Una pregunta que se deben hacer todos los que se llaman "buenos católicos" - y son efectivamente "buenos católicos" -, es ésta: ¿Ya tengo lo esencial, "sin lo cual yo no soy nada", como diría San Pablo? Claro que esa pregunta vale, en primer lugar, para los que en la Iglesia tienen una posición destacada: los religiosos y las religiosas, los sacerdotes y los obispos. Ellos están expuestos a una tentación obvia: pensar que ya están convertidos por el hecho de ocupar una posición destacada. Pero eso no constituye una condición segura. Es más fácil engañarse cuando se está en una posición de prestigio - porque otros aplauden, la gente piensa que se merecen aplausos.

La conversión puede ser repentina, cuando el sujeto se somete inmediatamente al cambio - como hizo el mismo Pablo, y también las dos personas que acabamos de citar; o puede demorarse cuando el sujeto duda, posterga, resiste durante mucho tiempo - como en el caso de San Agustín.

Ante esto, alguien podría pensar que el acceso al amor es excepcional. No es tan así. Es excepcional entre las personas bien conocidas, cuyos nombres son publicados en la sociedad. Pero la conversión al amor es mucho más frecuente entre personas simples, cuyos nombres nunca aparecerán en los medios de comunicación. Es mucho más espontánea entre los pobres, menos impedidos por la importancia de su personalidad. Por eso el amor sustenta al mundo, pues está siendo vivido en la realidad de los pobres.

El tema amor no fue muy tratado por la teología latinoamericana - como por la Teología en general - durante el último medio siglo. Como dijimos al inicio, estamos en una fase histórica en la que predomina la esperanza - el cristianismo es vivido más espontáneamente como esperanza. Pero no podemos perder de vista la escala de los valores.

La teología latino-americana dio más énfasis al sujeto colectivo que al sujeto individual en la liberación de los oprimidos. Consideró más la liberación como acción del sujeto colectivo - de los oprimidos enfrentando las fuerzas de opresión. La justicia sería el fruto de la lucha del sujeto colectivo contra la opresión - también colectiva. La consideración de las estructuras era más importante que la de las personas. Era una reacción saludable con­tra la doctrina cristiana que solamente se interesaba por una moral individual. Pero el problema justamente es que existe una vinculación entre lo personal y lo colectivo. La justicia no es el producto de fuerzas sociales, como si éstas tuviesen una existencia separada de las personas. El sujeto de la liberación, el pobre individual, era supuesto; pero la experiencia mostró que había un optimismo exagerado en la esperanza de liberación de los pobres.

En segundo lugar, los teólogos de ese período pensaban que la transformación social se haría por medio del Estado, o sea, que era un problema político. En lenguaje bíblico: confiaban en la ley para cambiar las relaciones sociales. Se olvidaban de toda la dialéctica paulina sobre la ley y la libertad. Desde entonces los limites de la ley aparecerán en la experiencia de los pueblos latino-americanos. El pro­blema de la liberación es mucho más que cambiar las leyes y entregar al Estado la misión de transformar la sociedad. Basta recordar lo que ocurrió en Nicaragua. Las leyes de reforma agraria y las nuevas estructuras materiales que son producto de esa ley, no transforman la mentalidad humana básica: no crean el amor, en el sentido cristiano de la palabra. El capitalismo, como institución de la competencia, no es simplemente una imposición de los poderosos, sino que es también la preferencia de una gran parte de la población - pues estimula el sentido del egoísmo que está en el corazón de todos.
18 Cf. Nelson Piletti y Walter Praxedes, Dom Helder Câmara, Sao Paulo: Ätica, 1977, p. 26.

19 Cf. José Aldunate Lyon, Un peregrino cuenta su historia. Santiago: Ed. Ignaciana 2003, pp. 109-113.

La política presenta otro problema: los liderazgos. Teórica­mente los liderazgos políticos serían los representantes del mundo de los pobres. Ellos realizarían en si mismos, y por su actuación, la gran obra de amor: la liberación de los oprimidos - porque ellos moverían al Estado en el sentido de la liberación. Aquí también la experiencia histórica iluminó la realidad. Lo que apareció en Nicaragua se refiere a las masas populares, pero también a los liderazgos. No es por el hecho de ser líderes que los dirigen­tes encarnan la liberación. La experiencia en el Brasil actual repite lo que se vio en Nicaragua. El sujeto histórico con el cual se contaba, desapareció. En estas condiciones es necesario retomar el problema desde las bases. Es el problema del amor, personal y colectivo al mismo tiempo.

La historia continúa y las situaciones cambian. No basta rectificar lo que se pensó en el pasado. En el pasado, los pobres estaban formados por trabajadores cuyo trabajo era explotado por los dueños del capital. Hoy, ser explotado pasó a ser un privilegio. Actualmente, los trabajadores, aún explotados, están con­tentos - porque por lo menos pueden trabajar. Los pobres son los excluidos, que viven de planes sin ninguna seguridad, en la economía informal. Viven en un mundo separado, que “recoge las migajas del festín de la minoría privilegiada". Surgió una economía que integra una parte de la población: aquellos que por la familia, por la educación, por las relaciones sociales pudieron entrar en la sociedad desarrollada. Los otros son tenidos como inútiles para la economía actual. Si no existiesen, todo funcio­naría mucho mejor. Son los que perturban el funcionamiento de la sociedad. En realidad perturban bien poco, pero su presencia incomoda.

La relación de la persona como otro fue objeto de una gran parte del pensamiento filosófico del siglo XX, particularmente por parte de los judíos - tales como E Rozenzweig, A. Heschel, M. Buber y, sobre todo, E. Lévinas. A ellos se unieron personalistas cristianos como G. Marcel, M. Nédoncelle, E. Mounier y todo el movimiento Esprit. Estos autores influenciaron a los teólogos de la generación de la teología de la liberación, pero necesitan ser retomados a partir de otro punto de vista en la nueva situación de la humanidad en que estamos.

A partir de una visión renovada de la sociedad y de la persona, podemos observar la cuestión del amor en la hora actual.

¿Cuáles son los aspectos a ser considerados?

Primero está el reconocimiento del otro. La sociedad actual procura aislarse del mundo de los pobres y definir un sistema de relaciones sociales en que esa parte de la humanidad no existe. Hay varias ciencias humanas que estudian las relaciones humanas dentro de ese mundo restringido. No es ése el objeto de nuestro estudio, pero sí tratar de percibir que, en todas esas relaciones, hay una presencia invisible que denuncia y acusa la ausencia de los otros. Podemos llegar a un gran desarrollo de buenas relaciones dentro del mundo cerrado de la familia, de la empresa y dentro del círculo de relaciones habituales. Pero no se puede ignorar la exclusión de la gran masa de los otros. Se pueden inventar infinitas distracciones, diversiones para olvidar la existencia del otro mundo, pero está ahí y no hay cómo ignorarlo.

En segundo lugar, el amor supone la compasión - que J. So­brino llama Principio-misericordia. La compasión es bastante valorizada en muchos sistemas religiosos y, ciertamente, recibe un sentido especial en el evangelio. No puede haber amor sin compasión o sin perdón.

La compasión no puede permanecer pasiva, sino se vuelve indignación. Sin compasión, la indignación puede no ayudar al oprimido, sino servir como desahogo o afirmación de rebelión ante el mundo - sin que de ahí resulte en algo nuevo de amor. Pero sin indignación no se llegará a amar en la práctica.

De la compasión activa surge el compromiso. El evangelio expresa claramente que amar es hacer, y no solamente hablar o sentir.

Amar es una opción de vida, y por eso resulta de una conversión - aquella que constituye la orientación definitiva de nuestra vida.

Jesús dice que amar a Dios y amar al próximo es una sola cosa, un solo mandamiento. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo es que el amor al otro es también amor a Dios y el amor a Dios se realiza en el amor al prójimo? Históricamente podemos constatar que una persona puede amar al prójimo y no amar a Dios, y quien ama a Dios puede no amar al prójimo. Son habitualmente dos movimientos autónomos. Hay personas que se dicen ateas y practican el amor al prójimo, y hay místicos que viven aislados de los otros - sin referencia a ellos. El secreto del evangelio de Jesús es justamente este: aproximar los dos movimientos para hacer de ellos uno solo. ¿Cómo será posible?

He aquí los temas que pretendemos abordar en este capítulo sobre la caridad.


2. El ANUNCIO DEL AMOR

El amor es objeto de un anuncio: es una realidad nueva que hace irrupción en este mundo y que no conocíamos - aunque muchos lo hubiesen vivido, pero sin saber que lo estaban viviendo. Conocemos muchas experiencias humanas a las cuales damos el nombre de amor, pero que no son el verdadero amor - aquel amor en plenitud, que completa la totalidad de la vida humana. No tenemos vocablo para traducir la palabra griega que expresa el amor que viene de Dios - y cuya llegada está siendo anunciada. Es un amor nuevo, que no excluye, ni desvaloriza todas aquellas experiencias humanas a las cuales damos el nombre de amor, pero que se sitúa en un nivel de profundidad diferente. Puede estar presente y expresarse en esas nuestras diferentes experiencias humanas, que los griegos diferenciaban con diferentes denominaciones: Eros-filia-agape.

El cristianismo tiene su centro en el amor. Todo el resto sirve en la medida en que camina hacia el amor. Todo lo que existe en las religiones puede ser expresión de un deseo de aproximación a Dios, pero no permite el conocimiento de Dios, porque Dios es amor y quien no ama no sabe lo que es el amor y, por tanto no sabe lo que es Dios. No se puede conocer a Dios sólo con medios intelectuales, ni por experiencia puramente espiritual; sino que para conocerlo, se necesita una experiencia humana completa. Dios es indecible, está por encima de cualquier palabra, pero puede ser conocido en el amor.

Ese amor es Dios y, por consiguiente, solamente puede estar presente en nosotros como don de Dios. El conocimiento de Dios es diferente de cualquier otra experiencia de conocimiento. El amor no deriva del conocimiento como sucede en la vida diaria sino que el amor viene primero y de él deriva el conocimiento.

Así dice San Juan: "Amémonos los unos a los otros, pues el amor viene de Dios y todo aquel que ama nació de Dios y conoce a Dios. Aquel que no ama no conoce a Dios" (I Jn 4, 7- 8). Él no dice: "Quien conoce a Dios, lo ama". Ese sería el camino habitual en nuestras relaciones humanas. Sería reducir el amor a Dios al nivel de los amores terrestres. Dios es diferente. Constantemente las personas religiosas tienden a amar a Dios de la manera como alguien ama a otra persona. Por ejemplo, ofrecen cosas que piensan que deben agradar a Dios, porque agradan a los amigos. Pero Dios no quiere recibir cosas. Quiere que amemos con el amor que de él procede.

"Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Como yo los amé, ámense también los unos a los otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: si se tienen amor los unos por los otros" (Jn 13,34-35).

Quien ama a Dios, cumple su mandamiento, que es único: "Ámense los unos a los otros".

"En esto conocemos al Amor: él dio su vida por nosotros. Y nosotros también debemos dar nuestra vida por los hermanos. Si alguien, poseyendo los bienes de este mundo, ve a su hermano en la necesidad y se cierra a toda compasión, ¿cómo permanecería en él el amor de Dios? Hijitos, no amemos con palabras, ni con la lengua, sino con obras y en verdad" (I Jn 3,16-18).

La expresión "no amemos con palabras, ni con la lengua" es muy fuerte. Pues toda la religión es hecha de palabras o de señales - que son equivalentes a las palabras. Lo que Dios quiere no es una religión, sino el amor.

De lo dicho no podemos concluir apresuradamente que las religiones no sirven, sino que son secundarias. No es la religión la que salva sino el amor. El amor no consiste en decir a Dios que lo amamos, ni en multiplicar las señales de amor. Dios quiere obras y no señales. El amor está hecho de obras. Esas obras solamente pueden tener por objeto a las personas humanas porque son las únicas que podemos alcanzar con nuestras manos. El amor se realiza corporalmente, con el trabajo de las manos, de la cabeza y de los pies — siempre con el cuerpo.

¿Cuál puede ser, entonces, el significado de las religiones? Dejamos la respuesta a esta pregunta para tratar de ese asunto más adelante. Mientras tanto queremos destacar lo que decía San Pablo: "El amor jamás pasará. En cuanto a las profecías, desaparecerán 20. En cuanto a las lenguas, cesarán. En cuanto a la ciencia, también desaparecerá" (I Cor 13,8). Solamente el amor pasará más allá de la barrera de la muerte. Solamente el amor entrará en la eternidad. El amor ya es la vivencia actual de la vida eterna. Quien ama ya pasó de la muerte hacia la vida eterna (cf. I Jn 3,14).

Era necesario insistir en esto desde el comienzo de esta exposición por­que las instituciones religiosas acostumbran a resistirse a aceptar ese mensaje. Todas tienden a exagerar la importancia y el valor de las creencias, de los ritos, de los preceptos morales y de la sumisión a la institución. Pero todo eso es relativo. Puede ser bueno, pero tam­bién puede ser malo. Las discusiones de Jesús con los fariseos y la polémica de Pablo con el judaísmo - tal como él lo había aprendido -, son muy explícitas.

No es Pablo ni Juan quienes inventaron esa doctrina, pero ella apenas enuncia - en forma más abstracta - lo que Jesús enseñó con su vida y con sus enseñanzas más populares.

El mensaje fundamental de Jesús está muy claro en la parábo­la del juicio final. ¿Cual será el criterio aplicado por Dios en el juicio final? El no preguntará a que religión perteneció el sujeto. No preguntará si fue fiel a todos los preceptos de su religión. No preguntará si incurrió o no en alguna herejía. No preguntará si recibió los sacramentos - pues todo eso es ambiguo. Todo eso puede haber sido útil o perjudicial. Nada de eso tiene valor absoluto. Una sola cosa tiene valor absoluto: "Porque tuve hambre y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Era extranjero y me acogiste. Estuve desnudo y me vestiste, enfermo, y me visitaste, preso y viniste a verme" (Mt 25,35-36). Esa parábola fue muy citada en América Latina en este último medio siglo, y con mucha razón - pues ella ilumina todo el evangelio de Mateo y condensa todo el mensaje de Jesús, tal como fue relatado por los Sinópticos. Allí están las obras de las que hablaba San Juan. Obras y no palabras.





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