Capote, Truman



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IV. EL RINCÓN
La austeridad correccional y una alegre atmósfera doméstica coexisten en el cuarto piso del Palacio de Justicia del condado de Finney. La prisión del condado proporciona la primera cualidad, imprime el sello determinante mientras que la llamada «residencia del sheriff», un agradable apartamento separado de la cárcel propiamente dicha por puertas de acero y un corto corredor, es responsable del segundo.

En enero de 1960, la residencia del sheriff no estaba, en realidad, ocupada por Earl Robinson, sino por el vicesheriff y su mujer, Wendle y Josephine («Josie») Meier. Los Meier, que hacía más de veinte años que estaban casados, se parecían mucho: altos, con peso y fuerza de sobra, anchas manos y rostros cuadrados, tranquilos y bondadosos, esto último más acusado en la señora Meier, mujer directa y práctica que, sin embargo, parece iluminada por una mística serenidad. Como ayudante del vicesheriff, su jornada es larga. Entre las cinco de la mañana, cuando comienza el día leyendo un capítulo de la Biblia, y las diez de la noche, hora en que se va a acostar, guisa y cose para los presos, zurce, lava la ropa, cuida espléndidamente de su marido y se ocupa de su apartamento de cinco habitaciones con su mezcla gemütlich1 de mullidos cojines para los pies, y poltronas y cortinas de encaje color crema. Los Meier tienen una hija única, casada, que vive en Kansas City; por tanto la pareja vive sola o, como más exactamente dice la señora Meier: «Solos, menos cuando hay alguien en la celda de señoras.”

La cárcel tiene seis celdas; la sexta, reservada para mujeres, es en realidad una unidad aislada situada en el interior de la residencia del sheriff, contigua a la cocina de los Meier.

-Pero -dice Josie Meier- eso no me preocupa. Me gusta tener compañía. Tener alguien con quien hablar mientras trabajo en la cocina. A la mayoría de esas mujeres, llegas a compadecerlas. Lo que les pasa es que se han metido en apuros, nada más. Claro que Hickock y Smith eran harina de otro costal. Que yo sepa, Perry Smith es el primer hombre que estuvo en la celda de mujeres. El sheriff quería mantenerlos separados hasta el juicio. La tarde que los trajeron, hice seis pasteles de manzana y cocí algo de pan, sin dejar de estar al tanto de lo que ocurría ahí abajo en la plaza. La ventana de mi cocina da a la plaza: no se puede pedir mejor vista. Yo no entiendo de aglomeraciones, pero diría que había varios centenares de personas esperando ver a los muchachos que mataron a la familia Clutter. Yo no conocí a los Clutter personalmente, pero, por todo cuanto he oído de ellos, debieron de ser gente muy buena. Lo que les ocurrió es difícil de perdonar y sé que Wendle estaba preocupado por si había tumultos cuando la gente viera llegar a Hickock y Smith. Temía que alguien intentara ponerles las manos encima. Así que tenía el corazón en un puño cuando vi que llegaban los coches, vi a los periodistas, a todos los de la prensa corriendo y empujando. Pero para entonces ya había oscurecido, eran más de las seis, y hacía muchísimo frío y más de la mitad de la gente se había vuelto a casa. Los que quedaron, no dijeron ni mu. Sólo miraban.

-Luego, cuando hicieron subir a esos chicos, al primero que vi fue a Hickock. Llevaba pantalones de verano y una camisa de tela gastada. Me pareció raro que no hubiera cogido una pulmonía con el frío que hacía. Pero tenía aspecto de enfermo. Blanco como una sábana. Bueno, tiene que ser una experiencia terrible, verse contemplado así por una horda de desconocidos, tener que pasar entre ellos, sabiendo quién eres y qué has hecho. Luego subieron a Smith. Tenía cena preparada para darles en la celda, sopa caliente, café, unos bocadillos y pastel. Solemos dar de comer dos veces al día. Desayuno a las siete y media y la comida principal a las cuatro y media. Pero yo no quería que esos individuos se fueran a la cama con el estómago vacío; me parecía que ya se sentirían bastante mal. Pero cuando le llevé la cena a Smith en una bandeja, me dijo que no tenía hambre. Estaba mirando por la ventana de la celda de mujeres. De espaldas a mí. Esa ventana tiene la misma vista que la ventana de mi cocina: árboles, la plaza y los techos de las casas. Le dije: "Pruebe la sopa por lo menos, es de verdura, no de lata. La he hecho yo. El pastel también." Al cabo de una hora, volví a buscar la bandeja y no había probado bocado. Seguía en la ventana. Como si no se hubiera movido. Nevaba y recuerdo que le dije que era la primera nevada del año y que hasta entonces habíamos tenido un largo y maravilloso otoño. Y ahora había llegado la nieve. Le pregunté luego si había algún plato que le gustase en especial; si me lo decía, se lo haría al día siguiente.

-Se dio la vuelta y me miró. Receloso, como si estuviera burlándome de él. Después dijo algo de una película... ¡hablaba tan bajo! Como en un susurro. Quería saber si yo había visto una película. No me acuerdo cómo se llamaba y de todos modos no la había visto: no me gusta mucho el cine. Dijo que la película pasaba en tiempos de la Biblia y que había una escena en que tiraban a un hombre por un balcón y caía sobre una multitud de hombres y mujeres que lo hacían pedazos. Y dijo que había pensado en eso cuando vio la gente en la plaza. En el hombre destrozado. Y la idea de que quizá fuera aquello lo que iban a hacerle. Me dijo que le había entrado tanto pánico, que todavía le dolía el estómago. Por eso no podía comer. Claro está que se equivocaba y yo se lo dije. Que nadie iba a hacerle daño, por mucho que llevara en la conciencia; las gentes de por acá, no son así.

-Hablamos un poco. Era muy tímido pero al cabo de un rato dijo: "Lo que me gusta mucho es el arroz a la española." Así que le prometí que lo haría y sonrió un poco y yo me dije que, bueno, no era lo peor que yo había visto. Aquella noche, después de acostarme, se lo dije también a mi marido. Pero Wendle soltó un bufido. Wendle fue uno de los primeros que entró en la casa cuando descubrieron el crimen. Dijo que le hubiese gustado que yo hubiera estado allí, en casa de los Clutter cuando encontraron los cuerpos. Entonces hubiera podido juzgar por mí misma lo amable que era el señor Smith. El y su amigo Hickock. Dijo que eran capaces de sacarme el corazón sin parpadear. No se podía negar, no, habiendo cuatro muertos. Y me quedé despierta pensando si a ellos dos les resultaría molesta... la idea de aquellas cuatro tumbas.

Pasó un mes y otro con nevadas casi a diario. La nieve blanqueó el paisaje color trigo, se acumuló en las calles de la ciudad, las silenció.

Las ramas más altas de un olmo cargado de nieve rozaban la ventana de la celda de mujeres. En el árbol vivían ardillas y después de haberse pasado semanas tentándolas con los restos de su desayuno, Perry logró atraer a una ellas que pasó de la rama al alféizar de la ventana y de allí al otro lado de los barrotes. Era una ardilla macho de pelaje rojizo. Le puso por nombre Red1 y Red pronto se instaló en la celda, satisfecho al parecer de compartir la cautividad de su amigo. Perry le enseñó varios trucos: a jugar con una pelota de papel, a pedir, a treparse en su hombro. Todo eso le ayudaba a pasar el tiempo, pero al preso le quedaban aún muchas horas libres. No le permitían leer periódicos, y las revistas que la señora Meier le prestaba lo aburrían: números atrasados de Good housekeeping y de McCall. Pero encontró cosas que hacer: limarse las uñas con un pedacito de papel de lija, pulirlas hasta darle un brillo rosa y sedoso, peinarse y volver a peinarse el pelo perfumado y empapado en loción, cepillarse los dientes tres y cuatro veces al día, afeitarse y ducharse, casi con la misma frecuencia. Y mantenía la celda, que contenía un retrete, una pila de ducha, un catre, una silla y una mesa, tan pulcra como su persona. Estaba orgulloso del cumplido que la señora Meier le dedicó.

-¡Hay que ver! -había dicho señalando su catre-. ¡Hay que ver esa manta! Se podrían botar monedas.

Pero era en la mesa donde pasaba la mayor parte de sus horas. Allí comía, era allí donde se sentaba a hacer croquis y bocetos de Red, a dibujar flores, el rostro de Jesús y rostros y torsos de mujeres imaginarias y allí también donde, en papel rayado barato, hacía anotaciones, a modo de diario, de los acontecimientos, día a día.

Jueves, 7 de enero. Vino Dewey. Trajo un cartón de cigarrillos. También copias a máquina de la declaración para que las firmase. Me negué.

La «Declaración», documento de setenta y ocho páginas que él había dictado al taquígrafo del tribunal del condado de Finney repetía lo que ya había admitido ante Alvin Dewey y Clarence Duntz. Dewey, hablando de su encuentro con Perry Smith aquel día, recordó que se había sorprendido mucho cuando Perry se negó a firmar la declaración.

-No tenía importancia: yo podía servir de testigo en el proceso respecto a la confesión oral hecha por él a Duntz y a mí. Y, por supuesto, Hickock nos había dado una confesión firmada estando aún en Las Vegas, aquella en que acusaba a Smith de haber cometido los cuatro asesinatos. Sentía curiosidad y le pregunté a Perry por qué había cambiado de opinión. Y me respondió: "Todo lo que dice mi declaración es exacto, excepto dos detalles. Si me deja que los corrija, entonces la firmaré." No me era difícil imaginar los detalles a que se refería. Porque la única diferencia importante entre su declaración y la de Hickock era que Perry negaba haber dado muerte a los Clutter él solo. Hasta ahora había jurado que Hickock había matado a Nancy y a su madre.

»Y no me equivocaba; eso era lo que pretendía hacer: admitir que Hickock había dicho la verdad y que él, Perry Smith, era quien había disparado contra todos los miembros de la familia. Dijo que había mentido porque con aquello "quería vengarme de Dick por ser un cobarde tan grande, como para vomitar hasta el estómago". Y la razón que lo había decidido a rectificar no era que, de pronto, sus sentimientos hacia Hickock habían mejorado. Según él, lo hacía por consideración a los padres de Hickock; sentía pena por la madre de Dick. Dijo: "Es una mujer muy buena, le consolará saber que Dick no apretó ni una vez el gatillo. Nada de lo ocurrido hubiera sucedido sin él; en realidad todo fue culpa suya. Pero el hecho es que yo fui el único que disparó." Pero yo no estaba convencido de que dijera la verdad. No lo suficiente como para dejar que cambiara su declaración. Como digo, no era necesaria la confesión formal de Smith para sostener la acusación; con o sin ella, teníamos bastante para colgarlos diez veces.

Entre los elementos que contribuían a la confianza de Dewey se contaban la recuperación de la radio y de los prismáticos que los asesinos habían robado de casa de los Clutter y de los que se habían deshecho en México (donde, habiéndose desplazado en avión con ese propósito, el agente del KBI Harold Nye, les había seguido la pista hasta una casa de empeños). Además Smith, al dictar su declaración, había revelado el paradero de otras importantísimas pruebas.

-Tomamos la autopista y nos dirigimos al este -había dicho describiendo lo que él y Dick hicieron después de huir del escenario del crimen-, íbamos a todo gas, Dick conducía. Creo que los dos estábamos como drogados. Yo, desde luego, sí. Excitadísimos y al mismo tiempo aliviados. No podíamos dejar de reír, ninguno de los dos. De pronto todo parecía divertidísimo, no sé por qué; era así. Pero la escopeta goteaba sangre y mis ropas estaban manchadas: tenía sangre hasta en el pelo. Así que nos metimos en una carretera comarcal y la seguimos por lo menos quince kilómetros hasta que nos hallamos en plena pradera. Oíamos a los coyotes. Fumamos un cigarrillo y Dick no dejaba de hacer chistes acerca de lo que había pasado allí. Yo salí del coche, saqué haciendo sifón agua del depósito y lavé la sangre del cañón de la escopeta. Luego escarbé un agujero en la tierra con el cuchillo de caza de Dick, y enterré en él los cartuchos vacíos y lo que había quedado del rollo de cuerda de nylon y de cinta adhesiva. Luego, seguimos hasta llegar a la nacional Ochenta y tres que tomamos rumbo este, hacia Kansas City y Olathe. Al amanecer Dick paró el coche en uno de esos espacios destinados a comidas, eso que llaman zonas de recreo que tienen fogones. Encendimos fuego y quemamos algunas cosas como los guantes que habíamos usado y mi camisa. Dick dijo que le gustaría tener un buey entero para asar porque en su vida había tenido tanta hambre. Era casi mediodía cuando llegamos a Olathe. Dick me dejó en mi hotel y él se fue a su casa para la comida del domingo en familia. Sí, se llevó el cuchillo. La escopeta también.

Agentes del KBI enviados a casa de Hickock encontraron el cuchillo en una caja con utensilios de pesca y la escopeta, tranquilamente apoyada contra la pared de la cocina. (El padre de Hickock, que se negaba a creer que su «chico» hubiese tomado parte en «un crimen tan espantoso», insistió en que la escopeta no había salido de casa desde la primera semana de noviembre, y por lo tanto no podía ser el arma del crimen.) En cuanto a los cartuchos vacíos, la cuerda y la cinta adhesiva, fueron recuperados con la ayuda de Virgil Pietz, empleado de carreteras del distrito quien trabajando con una niveladora en la zona indicada por Perry Smith, rastreó el terreno centímetro a centímetro hasta descubrir los objetos enterrados.

Con ello los últimos cabos sueltos quedaron atados; el KBI había reunido unas pruebas irrefutables, pues el examen determinó que los cartuchos habían sido disparados por la escopeta de Hickock y que los restos de cuerda y cinta correspondían a la misma pieza que fue empleada para atar a las víctimas y reducirlas al silencio.



Lunes, 11 de enero. Tengo un abogado. El señor Fleming. Un viejo de corbata roja.

El tribunal, informado de que los acusados no tenían fondos para costearse asistencia legal, representado por el juez Roland H. Tate, nombró como representantes suyos dos abogados del lugar, Arthur Fleming y Harrison Smith.

Fleming, setenta y un años, antiguo alcalde de Garden City, hombre pequeño que anima su aspecto nada sensacional con vistosas corbatas, se resistía a aceptar el nombramiento.

-No deseo encargarme del caso -le dijo al juez-. Pero si el tribunal juzga conveniente designarme, entonces, naturalmente, no tengo otra alternativa.

El abogado de Hickock, Harrison Smith, de cuarenta y cinco años y metro ochenta de altura, jugador de golf, elk1 de alto nivel, aceptó la tarea con talante resignado.

-Alguien tiene que hacerlo. Y yo lo haré lo mejor que pueda. Aunque dudo que eso aumente mi popularidad por estos contornos.

Viernes, 15 de enero. La señora Meier tenía la radio encendida en la cocina y oí que el fiscal del distrito pedirá pena de muerte. «A los ricos no los ahorcan nunca. Sólo a los pobres y sin amigos».

En su declaración a la prensa, el fiscal del distrito, Duane West, joven ambicioso de veintiocho años que por su gran porte, aparenta cuarenta y hasta a veces cincuenta, dijo:

-Si el caso pasa ante jurado, yo pediré a los jurados que los declaren culpables, que los declaren reos de muerte. Si los defensores renuncian a un proceso ante jurado y presentan al juez declaración de culpabilidad, pediré al juez que dicte pena de muerte. Ya sabía que tendría que tomar una decisión al respecto y no he llegado a semejante decisión con ligereza. Creo que dada la violencia del crimen y la absoluta falta de misericordia demostrada por los asesinos el único modo de conseguir que el público se sienta totalmente protegido es decretar pena de muerte contra esos acusados. Y ello es cierto especialmente en Kansas, donde no existe cadena perpetua sin posibilidad de conseguir la libertad bajo palabra. En la práctica, los sentenciados a cadena perpetua no permanecen en la cárcel más de quince años.

Miércoles, 20 de enero. Me han pedido que me someta al detector de mentiras por lo del caso Walker.

Casos como el de los Clutter, crímenes de semejante magnitud, despiertan el interés de los hombres de leyes en todas partes, en especial los que tienen a su cargo la investigación de crímenes similares todavía sin resolver, porque siempre es posible que al solucionarse un misterio pueda a la vez resolverse otro. Entre los muchos funcionarios que se interesaban por los acontecimientos de Garden City figuraba el sheriff de Sarasota County, Florida, distrito al que pertenece Osprey, un pueblo pesquero cercano a Tampa y escenario, sólo un mes después de la tragedia Clutter, del cuádruple asesinato en un aislado rancho, que Smith había leído en un diario de Miami el día de Navidad. Las víctimas eran también los cuatro miembros de la familia: un joven matrimonio, Clifford Walker y señora, y sus dos hijos, niño y niña todos ellos muertos de un escopetazo en la cabeza. Como los asesinos de los Clutter habían pasado la noche del 19 de diciembre, fecha de los asesinatos, en un hotel de Tallahassee, el sheriff de Osprey, que no tenía pista alguna que seguir, muy comprensiblemente se hallaba ansioso de interrogar a los dos hombres y someterlos a un examen con polígrafo. Hickock consintió en someterse a la prueba y lo mismo hizo Smith quien dijo a las autoridades de Kansas:

-Lo comenté cuando ocurrió, diciéndole a Dick: «Apuesto a que quien lo hizo es alguien que se había enterado de lo de Kansas. Un maniático.”

Los resultados de la prueba, con gran desilusión del sheriff de Osprey y de Al Dewey, que no cree en excepcionales coincidencias, fueron concluyentemente negativos. El asesino de la familia Walker está aun por descubrir.



Domingo, 31 de enero. El padre de Dick vino a verlo. Le dije ¡hola! cuando pasaba (por delante de la celda), pero ha seguido andando. Puede que no me haya oído. Supe por la señora M (Meier) que la señora H (Hickock) no vino porque no se sentía con fuerzas. Nevando endiabladamente. Anoche soñé que estaba en Alaska con papá y ¡me desperté en un charco de orina helada!

El señor Hickock pasó tres horas con su hijo. Luego se dirigió, andando bajo la nieve, a la estación de Garden City: un viejo gastado, encorvado y enflaquecido por el cáncer que lo mataría unos meses después. En la estación, mientras esperaba el tren que iba a llevarle a casa, le dijo a un periodista:

-He visto a Dick. Hemos tenido una conversación muy larga. Puedo garantizarle a usted que no es como la gente dice. O como escriben en los diarios. Esos chicos no entraron en la casa con intenciones violentas. Mi chico, no. El puede tener sus cosas malas pero nunca llegaría a eso. Smitty fue. Dick me ha dicho que ni siquiera se enteró cuando Smitty atacó a aquel hombre (Clutter), y le abrió la garganta. Dick ni siquiera estaba en la misma habitación. Entró corriendo cuando oyó la lucha. Dick llevaba su escopeta y según él lo cuenta: «Smitty cogió mi escopeta y le disparó en mitad de la cabeza.» Y agregó: «Papá, tendría que haberle quitado la escopeta y haberlo matado antes de que asesinara al resto de la familia. Si lo hubiera hecho, ahora no me encontraría en esta situación.» A mí también me lo parece. Ahora, tal como están las cosas, tal como lo ve la gente, no tiene ninguna probabilidad. Los colgarán a los dos. Y -añadió, con la fatiga y la derrota asomando a sus ojos- ver colgar a un hijo, saber que lo van a ahorcar, es lo peor que le puede pasar a un hombre.

Ni el padre ni la hermana de Perry le escribieron o fueron a visitarle. Se suponía que Tex John Smith estaba buscando oro en alguna parte de Alaska, si bien la policía, a pesar de sus grandes esfuerzos, no había podido localizarlo. La hermana había dicho a los investigadores que temía a su hermano y les pidió por favor que no le comunicaran su domicilio actual. (Cuando informaron de ello a Smith sonrió un poco y dijo: «Ojalá hubiese estado en esa casa aquella noche. ¡Qué linda escena!»)

Aparte de la ardilla, aparte de los Meier y las poco frecuentes consultas con su abogado Fleming, Perry estaba muy solo. Echaba de menos a Dick. Pienso mucho en Dick, escribió un día en su improvisado diario. Desde su arresto no se les había permitido comunicarse y eso era, aparte de su libertad, lo que más ansiaba: hablar con Dick, volver a estar con él. Dick ya no era el «duro como la roca» que en un tiempo creyó: «pragmático», «viril», «un auténtico hombre de acero»; había demostrado ser «bastante débil y superficial», «un cobarde». Aun así, de todas las personas del mundo, era con él con quien más identificado se sentía en aquel momento, porque, por lo menos, eran de la misma especie, hermanos en la raza de Caín. Separado de él, Perry se sentía «completamente solo. Como un individuo cubierto de llagas. Alguien con quien sólo un loco querría tener algo que ver».

Pero una mañana a mediados de febrero, Perry recibió una carta. El matasellos era de Reading, Massachusetts, y decía:



Querido Perry: Me dolió mucho enterarme de la situación en que te encuentras y decidí escribirte, decirte que me acuerdo de ti y que me gustaría ayudarte del modo que me fuera posible. Por si no recuerdas mi nombre, Don Cullivan, te mando una foto tomada en el tiempo en que tú y yo nos conocimos. Cuando hace poco leí en el periódico sobre ti, me sorprendí y empecé a pensar en aquellos tiempos cuando yo te trataba. A pesar de que no fuimos amigos íntimos, me acuerdo mucho más de ti que de la mayoría de los tipos que conocí en el ejército. Debió de ser en otoño de 1951 cuando te destacaron a la 761ª Compañía de Ingenieros de Equipo Ligero en Fort Lewis, Washington. Eras bajo (yo no soy mucho mas alto), robusto, moreno, con un abundante y espeso pelo negro y casi siempre una sonrisa en la boca. Como habías vivido en Alaska, muchos te llamaban «Esquimal». Una de las primeras veces que me fijé en ti fue durante una inspección de la compañía en la que nos abrieron todos los armarios. Todos los armarios estaban en orden, incluso el tuyo, sólo que tenía la tapa llena de fotografías de chicas. Todos pensamos que te la ibas a cargar. Pero el oficial de inspección se lo tomó bien y cuando todo acabó recuerdo que todos pensamos que eras un tío de narices. Recuerdo que jugabas bastante bien al billar y te puedo ver aún en la sala de recreo de la compañía; jugando. Eras uno de los mejores conductores de camión del cuerpo. ¿Te acuerdas de los ejercicios que nos hacían hacer? En un viaje en pleno invierno recuerdo que a cada uno le asignaron un camión mientras durara el ejercicio de entrenamiento. En nuestro cuerpo, los camiones no tenían calefacción y nos moríamos de frío. Me acuerdo que hiciste un agujero en el suelo de tu camión para que pudiera entrar el calor del motor. La razón de que lo recuerde tan bien es la impresión que me produjo, por eso de que la «mutilación» de la propiedad del ejército es un crimen por el que te pueden castigar muy severamente. Claro que yo era aún muy novato en el ejército y probablemente tenía miedo de infringir las reglas en lo más mínimo, pero recuerdo cómo te reías (y estabas calentito) mientras yo me preocupaba (y me estaba helando). Recuerdo que te compraste una moto y no muy bien de lo que te pasó con ella. ¿Te persiguió la policía? ¿Un accidente? Fuera lo que fuese, fue la primera vez que me di cuenta de que tenías algo raro. Puede que me equivoque en alguno de mis recuerdos pues de eso hace ocho años y yo sólo te traté durante ocho meses. Por lo que recuerdo me llevaba muy bien contigo y me gustaba tu modo de ser. Siempre estabas alegre y fanfarroneando, hacías muy bien tu trabajo y no recuerdo que te quejaras de nada. Desde luego parecías un poco salvaje pero nunca supe mucho de eso. Pero ahora estas en un apuro de verdad. Trato de imaginar cómo estarás ahora. En qué piensas. Cuando lo leí por primera vez quedé aturdido. De veras que sí. Pero luego dejé el periódico y me puse a pensar en otra cosa. Pero volvía a pensar en ti. No lo podía olvidar. Soy, o intento ser, bastante religioso (católico). No siempre lo fui. Me limitaba a ir tirando sin pensar demasiado en la única cosa importante que existe. Nunca había pensado seriamente en la muerte ni en la posibilidad de otra vida. Estaba demasiado lleno de vida: coche, universidad, chicas, etc. Pero mi hermano pequeño murió de leucemia, tenia sólo diecisiete años. El sabía que se moría y luego me he preguntado muchas veces qué pensaría. Y ahora pienso en ti y me gustaría saber qué piensas. No sabía qué decirle a mi hermano en las últimas semanas, antes de que muriera. Pero sí sé qué le diría ahora. Y por eso te escribo: porque Dios te hizo a ti igual que a mí y El te ama a ti tanto como a mí y por lo poco que sabemos de la voluntad de Dios lo que te ha ocurrido a ti podía muy bien haberme ocurrido a mí. Tu amigo, Don Cullivan.

El nombre no le decía nada, pero Perry reconoció inmediatamente la cara de la fotografía, un soldado joven con el pelo al cepillo y ojos redondos muy serios. Leyó la carta muchas veces y, a pesar de que las alusiones religiosas le parecieron muy poco persuasivas («He intentado creer, pero no creo, no puedo y fingir no sirve de nada»), la carta lo conmovió. Había alguien que le ofrecía ayuda, un hombre cuerdo y respetable que le había tratado en otro tiempo y que le había tenido simpatía, un hombre que firmaba tu amigo. Lleno de agradecimiento, a toda prisa, comenzó su carta:

«Querido Don: Caramba, claro que me acuerdo de Don Cullivan... »

La celda de Hickock no tenía ventana. Daba a un espacioso corredor y a las otras celdas. Pero no estaba aislado, tenía gente con quien hablar, una variedad de borrachos, falsificadores, hombres que habían pegado a sus mujeres, vagabundos mexicanos, y Dick, con su desenvoltura parlanchina de «confidente», sus anécdotas sexuales, sus chistes verdes, era popular entre los reclusos (aunque había uno que no quería saber nada de él, un viejo que le silbaba: «Asesino. ¡Asesino!» Y que una vez le había arrojado un cubo de sucia agua de fregar).

Exteriormente, Hickock parecía a todos un joven singularmente despreocupado. Cuando no alternaba o dormía, estaba tumbado en su litera fumando o mascando chicle o leyendo revistas de deportes o novelas policíacas. A menudo se limitaba a pasarse horas silbando sus melodías preferidas (you must have been a beautiful baby, Shuffle off to Buffalo) con la vista fija en la desnuda bombilla que colgaba del techo de la celda y estaba encendida noche y día. Odiaba la monótona vigilancia de aquella luz; perturbaba su sueño y, más concretamente, ponía en peligro el éxito de un íntimo proyecto: fugarse. Porque el prisionero no se sentía tan despreocupado como aparentaba ni tan resignado; intentaría todo lo posible para evitar «balancearse en el Gran Columpio». Convencido de que esa ceremonia sería el resultado de cualquier proceso, y más si el proceso tenía lugar en Kansas, había decidido «tomárselas. Coger el primer coche y poner pies en polvorosa». Pero antes necesitaba un arma y hacía semanas que se dedicaba a la confección de una: algo muy parecido a un punzón para romper el hielo y que se metería con suavidad mortal entre los omoplatos del vicesheriff Meier. Los componentes del arma, un pedazo de madera y un alambre duro, formaban parte originariamente de un cepillo de retrete, del que él se había apropiado, desmontándolo y escondiéndolo debajo de su colchoneta. Tarde, de noche, cuando los únicos ruidos eran ronquidos, tos y los lúgubres quejidos del ferrocarril de Santa Fe que retumbaban en la ciudad a oscuras, afilaba el alambre contra el suelo de cemento de la celda, y mientras trabajaba trazaba sus planes.

El primer invierno después de terminar el bachillerato. Hickock había recorrido Kansas y Colorado haciendo auto-stop.

-Era cuando iba buscando empleo. Bueno, pues una vez en un camión el conductor y yo empezamos a discutir por nada en especial, pero la emprendió a porrazos conmigo. Me plantó en la carretera. Allá en lo más alto de las Rocallosas. Caía aguanieve, y anduve muchos kilómetros con la nariz sangrado como quince puercos. Entonces llegué a un grupo de cabañas en una vertiente boscosa. Cabañas de verano, todas cerradas y vacías en aquella época. Y me metí en una. Había leña y latas de conserva y hasta algo de whisky. Me quedé allí una semana y fue una de las veces que mejor lo pasé en toda mi vida. A pesar de que me dolía la nariz y tenía los ojos verdes y amarillos. Y cuando terminó de nevar, salió el sol. Nunca he visto cielo igual. Como en México. Si en México hubiera clima frío. Registré las demás cabañas y encontré jamón, una radio y un rifle. Fue estupendo. Todo el día por allá con el rifle. Dándome el sol en la cara. ¡Chico, qué bien lo pasé! Me sentía como Tarzán. Por las noches, envuelto en una manta junto al fuego, me hartaba de alubias con jamón frito, y me dormía oyendo música en la radio. Nadie se acercó por allí. Apuesto a que hubiera podido quedarme hasta la primavera.

Si la fuga tenía éxito, eso es lo que Dick pensaba hacer: dirigirse a las montañas de Colorado y buscar una cabaña donde esconderse hasta la primavera (solo, claro; el futuro de Perry le tenía sin cuidado). La perspectiva de un intermedio tan idílico aumentaba el inspirado fervor con que afilaba su alambre, limándolo hasta conseguir la flexibilidad y finura de un estilete.



Jueves, 10 de marzo. El sheriff hizo una inspección. Revisó todas las celdas y encontró un alambre afilado debajo de la colchoneta de Dick. Quisiera saber qué se proponía (sonrisa).

Y no es que Perry lo considerase cosa de risa porque Dick, en posesión de un arma eficaz, podría haber desempeñado un papel decisivo en los planes que él mismo trazaba. Con el paso del tiempo se había familiarizado con la vida de la plaza del Palacio de Justicia, con sus parroquianos y sus costumbres. Los gatos, por ejemplo: aquellos dos escuálidos gatos grises que aparecían siempre al anochecer y rondaban la plaza, parándose a inspeccionar los coches aparcados en su periferia, conducta que lo tuvo intrigado hasta que la señora Meier le explicó que los gastos buscaban los pájaros muertos que habían quedado enganchados en la rejilla de los radiadores de los coches. A partir de entonces le resultó doloroso contemplar sus maniobras.

-Porque he pasado la vida haciendo lo que ellos hacen. El equivalente.

Había un hombre al que Perry observaba con particular interés, un caballero robusto, erguido, con el pelo que parecía un casquete plata y gris; la cara llena, de mandíbula firme, tenía en reposo una expresión algo malhumorada, con las comisuras de la boca hacia abajo, los ojos bajos como sumidos en tétricos ensueños, la viva imagen, en fin, de la severidad inexorable. Y sin embargo, aquélla era una impresión en parte inexacta porque de vez en cuando el prisionero lo veía detenerse a hablar con otros hombres, bromear y reír con ellos, y entonces parecía despreocupado, jovial y generoso: «La clase de persona que ve el lado humano de las cosas...» Condición importante porque el hombre era Roland H. Tate, juez del distrito 32, el jurista que iba a presidir el tribunal del estado de Kansas en el juicio contra Smith y Hickock. Tate, como pronto supo Perry, era un nombre antiguo y temido en Kansas occidental. El juez era rico, criaba caballos, poseía muchas tierras y se decía que su mujer era muy hermosa. Había tenido dos hijos pero el menor había muerto, tragedia que afectó mucho a sus padres y les llevó a adoptar un niño comparecido ante el tribunal como abandonado y sin familia.

-Se me antoja que tiene corazón blando -le dijo Perry a la señora Meier una vez- Puede que nos dé una oportunidad.

Pero no era eso lo que Perry de veras creía; creía lo que le había escrito a Don Cullivan con quien mantenía una correspondencia regular: su crimen era «imperdonable» y estaba plenamente convencido de que «subiría aquellos trece escalones». Sin embargo, no estaba totalmente privado de esperanzas porque también él proyectaba fugarse. Todo dependía de un par de chicos jóvenes que había advertido que le observaban. Uno era pelirrojo, el otro moreno. A veces, cuando se paraban en la plaza bajo el árbol que tocaba la ventana de su celda, le sonreían, le hacían señas o por lo menos eso imaginaba. Nunca le habían dicho nada y siempre, después de un minuto, se alejaban. Pero el preso se había convencido de que los jóvenes, posiblemente impulsados por el deseo de aventuras, querían ayudarle a escapar. Por consiguiente trazó un mapa de la plaza indicando los puntos en que el «coche de la fuga» debía estar estacionado. Al pie del mapa escribió: «Necesito una hoja de sierra n.° 5. Nada más. Pero ¿sabéis a qué os exponéis si os cogen? (Moved la cabeza si es así.) Puede significar mucho tiempo en la cárcel. O que os maten. Y todo por una persona que no conocéis. ¡MEJOR QUE LO PENSÉIS BIEN! ¡En serio! Además, ¿cómo sé que puedo confiar en vosotros? ¿Cómo sé que no es un truco para sacarme de aquí y matarme? ¿Y Hickock qué? Todo plan ha de incluirle a él también. »

Perry guardó el documento en su mesa, plegado y pronto para arrojarlo por la ventana la próxima vez que aparecieran los jóvenes. Pero no volvieron a aparecer: nunca más los vio. Con el tiempo llegó a preguntarse si los habría inventado (la sospecha de que quizá fuera «anormal» o acaso «loco» le preocupaba «hasta cuando era pequeño mis hermanas se reían de mí porque me gustaba la luz de la luna, esconderme en las sombras y contemplar la luna»). Fantasmas o no, dejó de pensar en los jóvenes. Otra forma de fuga, el suicidio, los reemplazó en sus meditaciones y a pesar de las precauciones del carcelero (nada de espejo, ni cinturón, ni corbata, ni cordones de zapatos) había hallado la forma de perpetrarlo. Porque su celda estaba también provista de una bombilla en el techo que no se apagaba nunca, pero a diferencia de Hickock, tenía una escoba en la celda y con ella podía desenroscar la bombilla. Una noche, soñó que desenroscaba la bombilla, la rompía y con los cristales se cortaba las muñecas y tobillos.

-Sentí que la respiración y la luz me abandonaban -dijo posteriormente, describiendo sus sensaciones-. Las paredes de la celda se abrieron, el cielo cayó y vi el enorme pájaro amarillo.

A lo largo de toda su vida, niño, pobre y maltratado, adolescente de vida libre y hombre encarcelado, el pájaro amarillo, enorme y con cabeza de papagayo, había aparecido en los sueños de Perry, como ángel vengador que agredía a sus enemigos o, como ahora, lo socorría en momentos de peligro mortal.

-Me levantó, como si no pesara más que un ratón, y empezamos a subir y a subir. Yo veía la plaza, allá abajo, llena de hombres que corrían, aullaban, el sheriff disparaba contra nosotros, todos furiosos porque yo estaba en libertad, y volaba y estaba por encima de todos ellos juntos.

La apertura del proceso estaba fijada para el 22 de marzo de 1960. En las semanas que precedieron a esa fecha, los abogados defensores consultaron a menudo a los acusados. Se discutió la conveniencia de pedir un cambio de jurisdicción, pero como el anciano señor Fleming advirtió a su cliente:

-Cualquier lugar de Kansas será lo mismo. Los sentimientos son los mismos en todo el estado. Probablemente las circunstancias son más favorables en Garden City. Es una comunidad religiosa. Once mil habitantes, y veintidós iglesias. Y la mayor parte de ministros del culto se oponen a la pena capital, diciendo que es inmoral, poco cristiana. Hasta el reverendo Cowan, el ministro de los Clutter y gran amigo de la familia, ha venido atacando la pena de muerte en sus prédicas en este caso particular. Recuerde que sólo podemos intentar salvar sus vidas. Tenemos las mismas probabilidades aquí que en cualquier otra parte.

Poco después de que Hickock y Smith fueran oficialmente acusados, sus abogados comparecieron ante el juez Tate para solicitar un examen psiquiátrico de los acusados. Concretamente, se solicitó del tribunal que permitiera que el hospital de Larned, Kansas, institución para enfermos mentales con las máximas garantías de seguridad, tomara en custodia a los prisioneros con el propósito de determinar si uno de ellos o ambos eran «locos, imbéciles o idiotas, incapaces de comprender su posición y colaborar en su propia defensa».

Larned está a ciento cincuenta kilómetros de Garden City. El abogado de Hickock, Harrison Smith, informó al tribunal que el día anterior había ido al hospital y se había entrevistado con varios miembros del personal.

-No contamos con psiquiatras calificados en nuestra población. De hecho, Larned es el único lugar en un radio de trescientos kilómetros donde hay especialistas, médicos que pueden emitir a conciencia diagnósticos psiquiátricos. Eso lleva tiempo. De cuatro a ocho semanas. Pero los médicos con quienes hablé me dijeron que estaban dispuestos a empezar inmediatamente. Y desde luego, siendo una institución estatal, no le costará un céntimo a nadie.

El asesor especial del fiscal, Logan Creen, se oponía al proyecto. Convencido de que «locura temporal» era la defensa que sus antagonistas pensaban esgrimir y sostener en el proceso en puertas, temía que el resultado final de la propuesta sería, como había pronosticado en una conversación privada, la comparecencia en el banco de los testigos de una «cuadrilla de loqueros» llenos de comprensión para con los acusados («Esos individuos siempre están vertiendo lágrimas por los asesinos; y nunca recuerdan a las víctimas»). Bajo, combativo, nacido en Kentucky, Creen empezó por recordar al tribunal que la ley de Kansas, en lo que concierne a incapacidad mental, se adhiere a la ley de M'Naghten, antigua ley británica según la cual si el acusado conocía la naturaleza de su acto y sabía que obraba mal, es mentalmente competente y responsable de sus actos. Y además, decía Creen, en las leyes de Kansas nada indica que los médicos elegidos para determinar la condición mental del acusado deban poseer ninguna calificación especial.

-Sólo simples médicos. Médico de medicina general. Eso es todo lo que la ley requiere. Cada año tenemos vistas en este tribunal de pruebas de incapacidad mental con el propósito de internar a determinados individuos en esa institución. Pero nunca llamamos a nadie de Larned o de ninguna otra institución psiquiátrica por el estilo. Nuestros médicos locales se ocupan de la cuestión. No es tan difícil averiguar si un hombre está loco, o es imbécil o idiota... Es absolutamente innecesario, una pérdida de tiempo, enviar a los acusados a Larned.

En su refutación, el abogado defensor Smith sugirió que el caso presente era «mucho más grave que una simple comprobación de estado mental como los que tienen lugar en una causa civil».

-Hay dos vidas en juego. Sea cual fuere su crimen, esos hombres tienen derecho a un examen llevado a cabo por especialistas con experiencia. La psiquiatría -añadió dirigiéndose directamente al juez- ha madurado rápidamente en los últimos veinte años. Los tribunales federales empiezan a actuar ya de acuerdo con esta ciencia cuando se trata de individuos acusados de delitos criminales. A mí me parece que tenemos una maravillosa oportunidad de utilizar los nuevos conceptos en este campo.

Fue una oportunidad que el juez prefirió rechazar porque, como observó una vez un colega suyo:

-Tate es lo que se podría llamar un jurista de texto, no hace nunca experimentos, se atiene rigurosamente a la letra de la ley.

Pero el mismo crítico dijo también:

-Si yo fuera inocente, es él el primer hombre que quisiera tener en el tribunal, pero si fuera culpable, el último.

El juez Tate no denegó totalmente la petición, sino que se limitó a hacer lo que la ley decía, nombrando una comisión de tres médicos de Garden City y pidiéndoles que dictaminaran sobre la capacidad mental de los presos. (A su debido tiempo el trío de médicos entrevistó a los acusados y tras una hora de sondearlos en amable charla, declaró que ninguno de los dos padecía de trastorno mental alguno. Cuando le comunicaron el diagnóstico a Perry, dijo: «¿Y cómo lo saben? Querían divertirse. Enterarse de todos los detalles morbosos por boca de los asesinos. ¡Oh, les brillaban los ojos!» El abogado de Hickock estaba furioso. Fue otra vez al hospital de Larned donde pidió los servicios gratuitos de un psiquiatra que quisiera desplazarse a Garden City para entrevistarse con los acusados. El psiquiatra que se ofreció voluntariamente, doctor W. Mitchell Jones, era extraordinariamente competente; no tenía aún treinta años pero era especialista en psicología criminal y en locos criminales y había trabajado y estudiado en Europa y Estados Unidos. Accedió a examinar a Hickock y Smith y si su diagnóstico lo justificaba, a actuar de testigo en su descargo.)

La mañana del 14 de marzo, los abogados de la defensa se presentaron de nuevo ante el juez Tate, en esta ocasión para pedir que se retrasara el proceso, para el que sólo faltaban ocho días. Daban dos razones, la primera que «un testigo muy importante», el padre de Hickock, se hallaba demasiado enfermo para comparecer. La segunda era más sutil. Durante la semana anterior, en los escaparates de las tiendas, en bancos, restaurantes, en la estación de la ciudad había aparecido un cartel en grandes caracteres que decía: Subasta de la hacienda Clutter -21 marzo 1960- en la granja Clutter.

-Ahora -dijo Harrison Smith dirigiéndose al tribunal- comprendo que es casi imposible demostrar que hay prejuicio. Pero esta venta, la subasta de la hacienda de la víctima, se celebrará dentro de una semana, en otras palabras, el día antes de empezar el juicio. No estoy en condiciones de afirmar en qué grado perjudicará a los acusados. Pero esos carteles, unidos a los anuncios de los periódicos y de la radio, serán un constante recordatorio para todos los ciudadanos de la población, entre los cuales han sido convocados ciento cincuenta como posibles jurados.

El juez Tate no se dejó impresionar. Denegó la petición sin comentarios.

A principio de aquel año, el vecino japonés de Clutter, Hideo Ashida, había vendido en subasta su equipo agrícola y se había trasladado a Nebraska. La subasta de los Ashida, que se consideró un éxito, atrajo un centenar escaso de compradores. Más de cinco mil personas asistieron a la subasta de Clutter. Los ciudadanos de Holcomb se habían preparado para recibir a una concurrencia sin precedentes (el Círculo de Señoras de la Iglesia de Holcomb había convertido uno de los graneros de Clutter en una cafetería, provista de doscientos pasteles caseros, ciento veinte kilos de carne para hamburguesas y treinta kilos de jamón en lonchas), pero nadie contaba con que ésa fuera la subasta más concurrida de toda la historia de Kansas occidental. En Holcomb convergieron coches procedentes de la mitad de los condados del estado y de Oklahoma, Colorado, Texas y Nebraska.

Llegaron, uno tras otro, por la avenida que conduce a la finca de River Valley.

Era la primera vez que se permitía al público visitar la finca de los Clutter desde el descubrimiento de los asesinatos, circunstancia que explicaba la presencia de un tercio de la inmensa aglomeración, la de quienes habían ido por curiosidad. Desde luego, el tiempo contribuyó a tal afluencia porque, a mediados de marzo, la nieve alta del invierno se ha disuelto y la tierra blanda del deshielo aflora en acres y acres de barro hasta el tobillo. No hay mucho que pueda hacer el granjero hasta que el terreno se endurece.

-¡Está la tierra tan blanda y mojada! -dijo la mujer de Bill Ramsey, un granjero-. No hay modo de trabajar. Así, que pensamos que podíamos venir a la subasta.

El día era espléndido de verdad. De primavera. A pesar del fango, el sol, durante tanto tiempo velado por la nieve y las nubes, parecía un objeto recién hecho y los árboles -el huerto de los Clutter de perales, manzanos, así como los olmos que sombreaban la avenida- aparecían ligeramente cubiertos de una capa de verde virginal. El hermoso césped que bordeaba la casa de los Clutter estaba también reverdecido, y los invasores que lo pisaban, mujeres ansiosas de ver más de cerca la casa deshabitada, lo atravesaban furtivamente para espiar por las ventanas, entre temiendo y deseando descubrir en la oscuridad, más allá de las bonitas cortinas floreadas, macabras apariciones.

A gritos, el subastador ponderaba la mercancía: tractores, camiones, carretillas, kilos de clavos, acotillos, maderas, cubos para la leche, hierros de marcar ganado, caballos, herraduras, todo cuanto se necesita para llevar una hacienda, desde cuerda y arreos hasta desinfectante para ovejas y baños de estaño. La perspectiva de comprar toda esa mercancía a precios de regalo había atraído a la mayoría de aquellas personas. Pero las manos de los postores se levantaban tímidamente, manos enrojecidas por el trabajo, que no deseaban desprenderse de dinero duramente ganado. Sin embargo, nada quedó por vender: hubo hasta quien compró un manojo de llaves oxidadas y un joven cow-boy que lucía botas amarillo claro compró el vagón coyote de Kenyon Clutter, el estropeado vehículo que el muchacho muerto había usado para asustar coyotes, persiguiéndolos en las noches de luna.

Los ayudantes, los hombres que acarreaban los objetos más pequeños hasta el estrado del subastador para volver a llevárselos después, eran Paul Helm, Vic Irsik y Alfred Stoecklein, los tres viejos y todavía fieles empleados del difunto Herbert W. Clutter. Asistir a la venta de sus posesiones era su último servicio porque ése era su último día en la granja River Valley. La propiedad había sido arrendada a un hacendado de Oklahoma y a partir de entonces allí iban a vivir y trabajar gentes desconocidas. A medida que la subasta avanzaba, los bienes terrenales de Clutter desaparecían poco a poco. Paul Helm, recordando el entierro de la familia asesinada, dijo:

-Es como un segundo funeral.

Lo último en desaparecer fue el contenido del corral, en su mayoría caballos, incluida la yegua de Nancy, la enorme y gorda Babe, cuyos mejores años habían pasado ya. Acababa la tarde, la escuela había terminado y varios compañeros de Nancy se hallaban entre los espectadores, cuando comenzaron las ofertas por la yegua. Susan Kidwell estaba allí. Sue, que había adoptado otro de los favoritos de Nancy, un gato, hubiera querido poder dar un hogar a Babe, porque quería a aquella vieja yegua y sabía lo mucho que Nancy la había querido. Las dos habían montado juntas muy frecuentemente en el ancho lomo de Babe y trotado a campo traviesa por los trigales en las calurosas tardes de verano, bajando al río, haciendo que la yegua anduviera por el río contra corriente hasta que una vez, como contaba Sue, «las tres nos quedamos fresquitas como peces». Pero Sue no tenía sitio para su caballo.

-Oí cincuenta... sesenta y cinco... setenta...

El remate se demoraba. Nadie parecía querer realmente a la yegua y el hombre que por fin se la quedó, un granjero menonita que dijo que la pondría en el arado, pagó por ella setenta y cinco dólares. Cuando la sacaban del corral, Sue Kidwell corrió y levantó la mano como para decirle adiós pero tuvo que llevársela a la boca.

El Telegram de Garden City, en la víspera de la apertura del proceso, publicó el siguiente editorial: «Algunos pensarán que los ojos de la nación entera estarán fijos en Garden City durante este sensacional proceso. Pero no es así. Sólo a ciento cincuenta kilómetros más al oeste, en Colorado, pocas personas saben del caso algo más que ciertos miembros de una destacada familia fueron asesinados. Triste comentario a la situación del crimen en nuestra nación. Desde que los cuatro miembros de la familia Clutter fueron asesinados el otoño pasado, varios casos de asesinato múltiple han ocurrido en distintas partes del país. En los pocos días que han precedido a este proceso, por lo menos tres casos de asesinato en masa han usufructuado los titulares. Como resultado, este crimen y proceso no es más que uno de tantos casos que la gente leyó en el periódico y ha olvidado ya...”




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