Capote, Truman



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III. RESPUESTA

El joven se llamaba Floyd Wells, era bajo y casi no tenía barbilla. Había intentado seguir varias carreras: soldado, bracero, mecánico y ladrón. Esta última le había valido una sentencia de tres a cinco años en la Penitenciaria del Estado de Kansas. La noche del martes 17 de noviembre de 1959 estaba tumbado en su celda con un par de auriculares de radio pegados a las orejas. Escuchaba las noticias, pero la voz del locutor y la falta de interés de los acontecimientos de aquel día («El canciller Konrad Adenauer llegó a Londres ayer para entrevistarse con el primer ministro Harold McMillan... El presidente Eisenhower ha tenido una conferencia que ha durando setenta minutos, sobre problemas espaciales y el presupuesto financiero de los mismos con el doctor T. Keith Gennan»), le estaban provocando sueño. Su somnolencia se desvaneció al instante cuando de pronto oyó: «Los funcionarios encargados de la investigación del trágico asesinato de los cuatro miembros de la familia Herbert Clutter han dirigido al público la petición de que facilite cualquier información que pueda contribuir al esclarecimiento del desconcertante crimen. Clutter, su mujer y sus dos hijos adolescentes fueron hallados asesinados en su finca cerca de Garden City, el pasado domingo por la mañana. Cada uno de ellos apareció atado, amordazado y con un tiro en la cabeza disparado con una escopeta del calibre 12. Los investigadores admiten que les es imposible dar con el motivo del crimen, definido por Logan Sanford, director de la Oficina de Investigación de Kansas, como el más atroz de la historia de Kansas. Clutter, un destacado hacendado, delegado electo de Eisenhower en la Comisión Federal de Crédito Agrícola.”

Wells se quedó atónito. Con el tiempo describiría su reacción diciendo que «no podía creerlo». Sin embargo, tenía buenas razones para creerlo porque no sólo conocía perfectamente a la familia asesinada, sino también a quien había cometido el crimen.

El comienzo había que buscarlo mucho tiempo atrás, once años atrás, en aquel otoño de 1948 cuando Wells tenía diecinueve años. Por entonces, como decía, «iba de un lado a otro del país cogiendo los empleos que le salían al paso».

-Sea como fuere, fui a parar allá a Kansas occidental. Muy cerca de la frontera con Colorado. Iba en busca de trabajo y oí decir que en la hacienda River Valley, nombre que puso a su finca el señor Clutter, necesitaban un bracero. Y efectivamente, me aceptó. Trabajé allí cosa de un año, por lo menos todo el invierno, y me fui sólo porque no podía tener quietos los pies en ninguna parte. Necesitaba moverme. No es que tuviera nada contra el señor Clutter. Me trataba muy bien, como trataba a todos los que trabajaban para él. Por ejemplo, si andabas corto un poco antes del día de pago te soltaba siempre cinco o diez dólares. Pagaba buenos salarios, y si te lo merecías te daba una prima. De veras, de todas las personas que he conocido, me quedo con Clutter. Con toda la familia. La señora Clutter y los cuatro hijos. Cuando los conocí, los dos eran pequeños, los que han matado. Nancy y el chaval que llevaba gafas tendrían cinco o seis años. Las otras dos hijas, una se llamaba Beverly y la otra no recuerdo. Iban ya a bachillerato. Buena familia, buena de verdad. Me marché de allá por el 49. Luego me casé, me divorcié, después me llamaron a filas, pasaron los años, como se dice, y en junio del 59, diez años después de haber visto al señor Clutter por última vez, me mandaron a Lansing. Por forzar aquella tienda de aparatos. De aparatos eléctricos. Lo que yo pretendía era... pues quería hacerme con alguna que otra cortacésped eléctrica. No para venderlas. Iba a organizar un servicio de alquiler de cortacésped eléctricas. Así, ¿sabe?, podría tener un pequeño negocio propio. Claro, que no conseguí nada... nada más que una condena de tres a cinco años. De no ser así nunca hubiera conocido a Dick y quizás entonces el señor Clutter no estaría en la tumba. Pero así fue. Así es. En Lansing conocí a Dick.

»Fue mi primer compañero de celda. Estuvimos en la misma celda creo que un mes. Junio y parte de julio. El, por entonces, acababa su condena de tres a cinco años, pues lo iban a soltar bajo palabra en agosto. Siempre estaba hablando de lo que planeaba hacer cuando lo soltaran. Decía que pensaba irse a Nevada, a una de las bases de lanzamiento de proyectiles, que se compraría un uniforme y que se haría pasar por oficial de la fuerza aérea. Así podría despachar una buena sarta de papel mojado. Este era uno de los proyectos que me contó. (A mí él, personalmente, nunca me pareció gran cosa. Era listo, no lo niego, pero el papel no le iba. No se parecía en nada a un oficial de la fuerza aérea.) En otras ocasiones mencionaba a un amigo suyo, Perry. Un tipo indio, con quien compartió celda. Y de los grandes golpes que él y Perry darían cuando se juntaran otra vez. Yo no conocí nunca a Perry. Nunca le he visto. Ya lo habían soltado de Lansing, libertad bajo palabra. Pero Dick repetía siempre que si se presentaba la oportunidad de un golpe grande, sabía que podía contar con Perry Smith verdaderamente.

»No puedo recordar exactamente cómo fue que hablamos sobre el señor Clutter. Debió de ser cuando recordamos los empleos, los distintos trabajos que habíamos hecho. Dick era un experimentado mecánico de coches y casi siempre había trabajado como tal. Sólo una vez tuvo un empleo diferente, como conductor de ambulancia. En un hospital. Se ponía muy petulante hablando de aquello. De las enfermeras, de todo lo que hacía con ellas dentro de la ambulancia. Bueno, al grano. Le conté que yo había trabajado durante un año en un importante campo triguero, en el oeste de Kansas. Para el señor Clutter. Quiso saber si el señor Clutter era un hombre muy rico. Le dije que sí. Que sí lo era. El mismo señor Clutter, le dije yo, me confesó una vez que se le iban diez mil dólares a la semana. Es decir, a veces le costaba diez mil dólares semanales mantener la hacienda en marcha. Y desde entonces nunca jamás dejó Dick de preguntarme cosas de aquella familia. (Cuántos eran? ¿Qué edad tendrían los niños ahora? ¿Cómo se llegaba a la casa exactamente? ¿Cómo estaban dispuestas las habitaciones? ¿Tenía el señor Clutter caja fuerte? No voy a negarlo, le dije que sí que la tenía. Porque me parecía recordar que tenía una especie de armarito o caja fuerte o algo así, detrás de la mesa del cuarto que le servía de despacho. Y a partir de entonces, Dick empezó a hablarme de matar al señor Clutter. Decía que él y Perry se irían para allá a robar y matarían a todos los testigos, a los Clutter y a quien quiera que anduviera por allá. Me describió docenas de veces cómo iban a hacerlo, cómo él y Perry iban a atarlos y después a pegarles un tiro. Yo le dije: "Dick, no conseguirás una cosa así sin que te descubran." Pero no puedo, sin faltar a la verdad, decir que traté de persuadirle de que no lo hiciera. Porque nunca, ni por un instante, creí que fuera a hacer semejante cosa. Imaginé que serían sólo palabras, como tantas de las que se oyen en Lansing. Prácticamente no se habla de otra cosa: lo que uno hará cuando salga, los atracos, los robos y vaya a usted a saber. Casi siempre no son más que fanfarronadas. Nadie se lo toma en serio. Por eso, cuando yo oí lo que oí en mis auriculares... bueno... pues no podía creerlo. Pero aun así, había ocurrido. Tal como lo había dicho Dick.

Esta era la historia de Floyd Wells, si bien, por el momento estaba muy lejos de contarla. Tenía miedo de hacerlo porque si los demás presos se enteraban de que le llevaba el soplo al alcaide, según sus mismas palabras, «su vida tendría menos valor que un coyote muerto». Transcurrió una semana. Vivía pendiente de la radio, de las noticias del periódico y así se enteró de que un diario de Kansas, el News de Hutchinson, ofrecía una recompensa de mil dólares por cualquier información que ayudara a la captura y condena del culpable o culpables del asesinato de los Clutter. Noticia interesante que casi impulsó a Wells a hablar. Pero tenía demasiado miedo aún y no sólo de los demás presos. Había, además, el peligro de que la autoridad lo acusara de complicidad en el delito. Al fin y al cabo, era él quien había guiado a Dick hasta la puerta de los Clutter. Se podía afirmar que él estaba perfectamente al corriente de las intenciones de Dick. Según romo se mirase, su situación era ambigua, sus excusas y justificaciones discutibles. Así que no abrió la boca y transcurrieron otros diez días más. Diciembre sucedió a noviembre y los que indagaron el caso seguían, según los artículos de la prensa cada vez más breves (las estaciones de radio habían dejado de mencionar el suceso), tan perplejos, tan faltos de indicios como aquella mañana del trágico descubrimiento.

Pero él lo sabía. Al cabo de unos días, torturado por la necesidad de «decirlo a alguien», se confió a otro preso.

A un amigo íntimo. Un católico. De esos tan religiosos. El me preguntó: «Bueno, ¿y qué piensas hacer, Floyd?» Y yo le contesté que bueno, que no sabía exactamente si... ¿Qué le parecía a él que yo tenía que hacer? Bueno, pues él estaba en todo conmigo en que debía contárselo a la persona indicada. Dijo que no veía por qué tenía yo que vivir con una cosa así en el alma. Y me dijo que podía hacerlo sin que nadie de allá dentro sospechara que había sido yo quien había hablado. Dijo que él lo arreglaría. Así, al día siguiente, le habló al teniente alcaide... Le dijo que yo quería «que me mandara llamar». Le dijo que si me llamaba con cualquier pretexto, quizá yo podría decirle quién había matado a los Clutter. Por supuesto, el teniente alcaide me mandó llamar. Yo me moría de miedo pero me acordé del señor Clutter, de que no me había hecho nunca ningún daño y de que por Navidades me había regalado una pequeña bolsa con cincuenta dólares dentro. Hablé con el teniente. Luego se lo conté todo al alcaide en persona. Y aún estaba yo allí mismo en el despacho del alcaide Hand, cuando tomó el teléfono y...

La persona a quien el alcaide Hand llamó por teléfono era Logan Sanford. Sanford prestó atención, colgó, dio varias órdenes. Luego él a su vez llamó a Alvin Dewey.

Aquella noche, cuando Dewey salió de su despacho de la Casa de Justicia de Garden City, se llevaba a casa un sobre amarillento.

Cuando llegó a casa, Marie estaba en la cocina preparando la cena. En cuanto le vio, se lanzó a relatarle una sarta de desgracias familiares. El gato había atacado a un cocker spaniel que vivía al otro lado de la calle y ahora resultaba que el perro estaba a punto de perder uno de los ojos. Y además, Paul, el que tenía nueve años, se había caído de un árbol. Era un milagro que no se hubiera matado. Y para colmo, el que tenía doce y se llamaba como Dewey, se fue al patio a quemar unas basuras y provocó una hoguera que había alarmado a la vecindad. Alguien, la verdad es no se sabía quién, incluso había llamado a los bomberos para que apagaran el fuego.

Mientras su esposa le describía todos aquellos infaustos episodios, Dewey sirvió dos tazas de café. De repente, Marie se interrumpió en medio de una frase y se le quedó mirando. Tenía el rostro rebosante y ella pudo ver que rezumaba contento.

-¡Alvin! -exclamó- ¡Cariño mío! ¿Es que tienes buenas noticias?

Sin hacer ningún comentario, le entregó el sobre de papel amarillo. Marie tenía las manos húmedas, se las secó, se sentó a la mesa de la cocina, bebió un sorbo de café, abrió el sobre y sacó las fotografías de un muchacho rubio y de otro de pelo y piel morenos: fotos de archivo de la policía. Dos fichas, escritas en clave, acompañaban a las fotografías. La del muchacho rubio decía:

Hickock, Richard Eugene (WM) 28. KBI 97 093; FBI 859 273 A. Domicilio: Edgerton, Kansas. Fecha de nacimiento: 6-6-31. Lugar de nacimiento: KC., Kans. Altura: 175. Peso: 87. Pelo: rubio. Ojos: azules. Complexión: robusta. Color de la piel: blanca. Profesión: pintor de coches. Delito: Timo y Fraude y Cheques sin fondos. En libertad bajo palabra: 13-8-59. Por So. K.C.K.

La segunda descripción decía:

Smith, Perry Edward (WM) 27-59. Lugar de nacimiento: Nevada. Altura: 160. Peso: 77. Pelo: negro. Delito: Robo con escalo. Arrestado: (en blanco). Por: (en blanco). A disposición: Enviado a Penitenciaria Estado de Kansas 13-3-56 desde Phillips Co. 5-10 años. Ingresado: 14-3-56. En libertad bajo palabra: 6-7-59.

Marie examinó las fotos de frente y de perfil de Smith: una cara arrogante, dura, pero no del todo, porque dejaba adivinar una singular delicadeza. Los labios y la nariz parecían finamente dibujados y consideró aquellos ojos con su apariencia húmeda y soñadora, más bien bonitos, con algo de esa sensibilidad propia de actor. Sensibilidad y algo más: «malignos». Pero no tan malignos, tan sobriamente «criminales» como los ojos de Hickock, Richard Eugene. A Marie, fascinada por los ojos de Hickock, le vino a la memoria un incidente de su infancia: un gato salvaje que vio una vez cogido en una trampa. Ella hubiera querido liberarlo, pero los ojos del animal, llenos de odio y dolor, pusieron fin a la piedad que le había inspirado y la colmaron de terror.

-¿Quiénes son? -preguntó Marie.

Dewey le contó la historia de Floyd Wells y terminó diciendo:

-Tiene gracia. Hace tres semanas que nos concentramos en esa posibilidad. Que investigamos a fondo sobre todos los hombres que en algún momento trabajaron en la hacienda de Clutter. Ahora, por la forma en que se dieron las cosas, parece obra de la suerte. Pero unos pocos días más y hubiéramos llegado a ese Wells. Habríamos descubierto que estaba en la cárcel. Y entonces hubiéramos sabido la verdad. Claro que sí.

-Quizá no sea la verdad -observó Marie.

Dewey y los dieciocho hombres que con él colaboraban habían seguido centenares de pistas que llevaban a callejones sin salida y ella quería prevenirlo contra otra posible desilusión, porque su salud le tenía preocupadísima. Su moral era de lo más baja, había enflaquecido y fumaba sesenta cigarrillos al día.

-No. Quizá no -murmuró Dewey-. Pero tengo una corazonada.

El tono en que lo dijo, le impresionó. Volvió a mirar los rostros que tenía sobre la mesa de la cocina.

-Fíjate en él -dijo poniendo un dedo sobre el retrato del muchacho rubio-. Fíjate en estos ojos. Que se te vienen encima. -Volvió a poner las fotografías en el sobre y añadió-: Preferiría no haberlas visto.

Aquella misma tarde, un poco después, otra mujer en otra cocina, dejó a un lado el calcetín que estaba zurciendo, se quitó las gafas de la montura de plástico y alzándolas hacia sus visitantes les dijo:

-Espero que dé con él, señor Nye. Por su propio bien. Tenemos dos hijos y él es el mayor. Lo queremos mucho, pero... Oh, lo comprendí. Comprendí que no hubiera hecho las maletas. Se largó sin decir una palabra a nadie... ni a su papá ni a su hermano. A no ser que estuviera otra vez en un lío. ¿Qué le hace actuar así? ¿Por qué?

Echó una ojeada a la otra punta de aquella habitación, que tenía por toda calefacción un estufa, hacia una figura descarnada que se balanceaba en una mecedora: Walter Hickock, su marido y padre de Richard Eugene. Era un hombre de ojos desvaídos, derrotados y de manos callosas. Cuando hablaba, su voz sonaba como si se sirviera muy pocas veces de ella.

-Mi hijo no tenía nada anormal, señor Nye -dijo Hickock-. Un atleta magnífico, siempre formando parte del mejor equipo de la escuela. ¡Basket! ¡Baseball! ¡Rugby! Siempre Dick era la estrella. Y también un muy buen estudiante, con dieces en varias materias: historia, dibujo técnico. Al terminar la segunda enseñanza en 1949, quería continuar, pasar a la universidad. Estudiar para ingeniero. Pero nosotros no podíamos. No teníamos medios, francamente. Nunca tuvimos dinero. Esta granja nuestra tiene solamente veinte hectáreas y apenas nos da para ir viviendo. Imagino que a Dick le dolió no poder ir a la universidad. El primer empleo que tuvo fue en el ferrocarril de Santa Fe, en Kansas City. Ganaba setenta y cinco dólares a la semana. Le pareció que tenía bastante para casarse, así que él y Carol se casaron. Ella tenía dieciséis años y él sólo diecinueve. Nunca creí que saldría bien. Ni que saldría nada.

La señora Hickock, una mujer regordeta con cara redonda y afable, que toda una vida de fatiga y esfuerzo de la mañana a la noche no había logrado desfigurar, le reprochó:

-Tres maravillosos pequeñuelos, nuestros nietos. Eso es lo que salió. Y Carol es una persona estupenda. No se la puede culpar.

El señor Hickock prosiguió:

-El y Carol alquilaron una casa bastante grande, se compraron un coche de lujo y estaban siempre hasta el cuello de deudas. A pesar de que, poco después, Dick ganaba más dinero conduciendo una ambulancia del hospital. Y luego, la Markl Buick Company, una gran empresa de allí de Kansas City, le dio empleo como mecánico y pintor de coches. Pero él y Carol vivían a lo grande y seguían comprando más de lo que podían pagar. Entonces Dick empezó a firmar cheques. Yo continúo creyendo que la razón por la que se dedicó a hacer maniobras de ese género, tiene relación con el accidente. Sufrió una conmoción cerebral en un accidente de coche. Desde entonces no volvió a ser el mismo. Jugaba, firmaba talones sin fondos. Esas cosas no las hacía antes, que yo sepa. Y fue por entonces también cuando empezó a enredarse con aquella otra. Aquella por la que se divorció de Carol y fue su segunda mujer.

La señora Hickock intervino:

-Dick no pudo evitarlo. Recuerda cómo Margaret Edna le iba detrás.

-¿Es que porque una mujer te vaya detrás vas tú a dejarte atrapar? -replicó Hickock-. Pues bien, señor Nye. Supongo que usted lo sabe tan bien como nosotros. El porqué estuvo nuestro hijo en la cárcel. Encerrado diecisiete meses, y todo lo que había hecho fue tomar prestada una escopeta de caza. De casa de un vecino nuestro. No tenía intención de robarla y me importa un carajo lo que digan los demás. Y fue eso lo que le perdió. Cuando salió de Lansing, me encontré frente a un extraño. No se le podía hablar. El mundo entero se había confabulado contra Dick Hickock. Eso es lo que se figuraba él. Hasta su segunda mujer le plantó: había pedido el divorcio mientras él estaba allá dentro. A pesar de todo, últimamente parecía estar más asentado. Trabajaba en Garaje y Carrocerías Bob Sands allá en Olathe. Vivía aquí con nosotros, se acostaba temprano, sin violar su palabra en ningún sentido. Y voy a decirle una cosa, señor Nye, yo no voy a durar mucho. Tengo un cáncer y Dick lo sabía o al menos sabía que yo estaba malo... Y no hace ni un mes, justo antes de que se largara, me dijo: «Papá has sido un padre muy bueno para mí. Nunca más voy a hacer nada que te pueda disgustar.» Y era sincero. Ese muchacho tiene mucho de bueno dentro. Si usted lo viera en un campo de rugby, si lo viera usted jugar con sus hijos, no dudaría de lo que le digo. ¡Señor, señor! Yo quisiera que el Señor me lo explicase, porque lo que es yo no puedo comprender lo que le ha pasado.

Su mujer dijo:

-Pues yo sí lo sé. -Volvió a coger lo que estaba zurciendo, pero las lágrimas se lo hicieron dejar-. Fue ese amigo suyo. Eso es lo que ha pasado.

El visitante, el agente del KBI, Harold Nye, se puso a escribir en un cuadernito taquigráfico, cuaderno ya casi lleno con los resultados de una larga jornada dedicada a verificar las acusaciones de Floyd Wells. Hasta el momento, todos los hechos corroboraban del modo más contundente la versión de Wells. El 20 de noviembre, el presunto Richard Eugene Hickock había ido de compras en Kansas City pasando nada menos que «siete cheques sin fondos». Nye se había puesto en contacto con todas las víctimas que habían presentado denuncia, vendedores de máquinas fotográficas, radios, aparatos de televisión, el propietario de una joyería, el dependiente de una casa de confecciones y en cada caso, cuando el testigo veía las fotografías de Hickock y Perry Edward Smith, identificaba inmediatamente al primero como el autor de la firma de los cheques y al segundo como a su «silencioso» cómplice. Uno de los vendedores timados declaró:

-El (Hickock) hacía el trabajo. Un charlatán de primera, muy convincente. El otro, que pensé que quizás fuera un forastero, un mexicano, nunca abrió la boca.

A continuación Nye se dirigió al suburbio de Olathe, donde habló con el último de los patrones de Hickock, el propietario del Garaje y Carrocerías Bob Sands.

-Sí, trabajó aquí -dijo Sands-. Desde agosto hasta... bueno, no le volví a ver más desde el diecinueve de noviembre o quizás fuera el veinte. Se marchó sin avisarme. Simplemente se largó... yo no sé adonde ni tampoco lo sabe su padre. ¿Si me sorprendió? Bien, pues sí. Sí que me sorprendió. Estábamos en muy buenas relaciones amistosas. Dick tiene un modo muy suyo de actuar. Sabe hacerse muy simpático. De vez en cuando solía venir por casa. Precisamente una semana antes de que se marchara, tuvimos gente en casa, una pequeña fiesta, y Dick nos trajo a un amigo suyo recién llegado de Nevada, se llamaba Perry Smith. Tocaba la guitarra de veras bien. Tocaba la guitarra y cantaba algunas canciones y luego, junto con Dick, hicieron algo así como una demostración de levantamiento de pesos. Ese Perry Smith es un tipo pequeño, no pasará del metro cincuenta, pero es capaz de levantar un caballo. No, no parecían nerviosos, ni el uno ni el otro. Yo diría que se estaban divirtiendo. ¿La fecha exacta? Claro que la recuerdo. Era trece. Viernes trece de noviembre.

De allí, Nye se fue en su coche rumbo al norte, siguiendo malas carreteras de campaña. Cuando estuvo cerca de la granja de los Hickock, fue parando en otras granjas, con el pretexto de preguntar el camino, pero en realidad para inquirir sobre el sospechoso. La mujer de un granjero exclamó:

-¡Dick Hickock! ¡No me hable de Dick Hickock! Si he conocido al diablo, es él. ¿Robar? ¡Sería capaz de robarle los ojos a un muerto! Pero su madre, en cambio, Eunice, es una bellísima persona. Un corazón grande como una casa. Y su padre lo mismo. Los dos gente sencilla y buena. Dick hubiera ido a la cárcel infinidad de veces pero nadie de por acá quería denunciarlo. Por respeto a los suyos.

Había oscurecido cuando Nye llamó a la puerta de la casa de Walter Hickock, una casa de cuatro habitaciones, descolorida por el sol y la lluvia. Parecía como si estuvieran esperando una visita de aquella índole. El señor Hickock invitó al detective a pasar a la cocina y la señora Hickock le ofreció un café. Quizá si hubieran sabido el verdadero significado de su presencia allí, el recibimiento hubiera sido menos afable, más reservado. Pero no lo sabían y durante las horas que los tres pasaron charlando, el nombre de Clutter no se mencionó nunca ni tampoco la palabra asesinato. Los padres admitían lo que la presencia de Nye implicaba: que reclamaban a su hijo por violación de la palabra dada y fraude.

-Dick lo trajo aquí una noche (Perry) y nos dijo que era un amigo suyo que acababa de llegar en el autobús de Las Vegas, y que si podía quedarse a dormir en casa, a pasar aquí unos días -contó la señora Hickock-. No, señor. Yo no lo quise en casa. No había más que mirarle para saber qué clase de tipo era. Con aquel perfume. Y el pelo gomoso de brillantina. Era claro como el día dónde lo había conocido Dick. Según las condiciones de su libertad bajo palabra, no podía frecuentar la compañía de ningún individuo que hubiera estado con él allí (Lansing). Se lo advertí a Dick, pero no me quiso escuchar. Le encontró habitación a su amigo en el Hotel Olathe, de Olathe, y desde entonces, Dick pasaba con él todos los momentos que tenía libres. Una vez se fueron de viaje, un fin de semana. Señor Nye, tan cierto como que estoy aquí sentada, de que fue Perry Smith quien le hizo firmar los cheques.

Nye cerró su cuaderno, se metió la pluma en el bolsillo y también las dos manos porque le temblaban de emoción.

-Y en ese viaje de fin de semana, ¿adonde fueron?

-A Fort Scott -contestó Hickock, aludiendo a la ciudad de Kansas de glorioso pasado militar-. Según tengo entendido, Perry tiene una hermana que vive en Fort Scott y al parecer ella le guardaba cierta suma de dinero. Mil quinientos dólares fue la suma mencionada. Por esa razón se había venido hasta Kansas, por el dinero que su hermana le guardaba. Y Dick le llevó en coche hasta allí a recogerlo. Pasaron sólo una noche fuera. El domingo ya estaban en casa un poco antes del mediodía. A tiempo para comer.

-Ya -dijo Nye-. Una noche de viaje. Eso quiere decir que se fueron de aquí el sábado. ¿El sábado catorce de noviembre?

El anciano asintió:

-¿Y de regreso el domingo, quince de noviembre?

-El domingo a mediodía.

Nye calculó matemáticamente con sumo cuidado y la conclusión a que llegó no era desalentadora: en aquellas veinte o veinticuatro horas, los sospechosos podían haber hecho un viaje de ida y vuelta de cerca de mil doscientos kilómetros y en su transcurso haber asesinado a cuatro personas.

-Dígame, señor Hickock -prosiguió Nye-. El domingo, cuando su hijo volvió, ¿volvió sólo? ¿O venía Perry con él?

-No. Venía solo. Dijo que había dejado a Perry en el Hotel Olathe.

Nye, cuya voz normal es marcadamente nasal e intimidadora por naturaleza, se esforzaba en adoptar un timbre más suave, que desarmara, que pareciera casual.

-¿Y recuerda usted... hubo algo en sus maneras que le sorprendiera a usted como desacostumbrado? ¿Diferente?

-¿En quién?

-En su hijo.

-¿Cuándo?

-Cuando regresó de Fort Scott.

Hickock se quedó rumiando. Luego dijo:

-Tenía el aspecto de siempre. Tan pronto como llegó, nos sentamos a comer, estaba muy hambriento. Empezó a llenarse el plato antes de que yo acabara de bendecir la mesa. Se lo hice notar diciéndole: «Dick, vas tan aprisa como tu brazo puede, ¿es que no piensas dejar nada para los demás?» Desde luego, ha sido siempre un comilón. Pepinillos. Sería capaz de comerse un barril de pepinillos.

-Y después de comer, ¿qué hizo?

-Caerse dormido -respondió Hickock y pareció sorprendido de su propia respuesta-. Caerse dormido. Y eso sí que no era lo normal. Estábamos viendo un partido de basket. En la tele. Yo, Dick y nuestro hijo David. Casi en seguida, Dick roncaba como una sierra circular y yo le dije a su hermano: «Señor, nunca creí que viviría para ver a Dick dormido en un partido de basket.» De veras que dormía. Se pasó todo el rato durmiendo. Sólo se desveló un poco para comer algo de cena fría y se fue directo a la cama.

La señora Hickock enhebró otra aguja de zurcir. Su marido se mecía en la mecedora y daba chupadas a la pipa apagada. Los duchos ojos del detective examinaron la estancia humilde y limpísima. En un rincón, una escopeta seguía apoyada contra la pared. Ya la había visto antes. Se levantó y fue a cogerla diciendo:

-¿Va usted mucho de caza, señor Hickock?

-Ese fusil es suyo. El y David van a cazar de vez en cuando. Conejos, más que otra cosa.

Era un «Savage» calibre 12, modelo 300. En la culata había un adorno: una escena de faisanes volando, delicadamente grabada.

-¿Cuánto tiempo hace que Dick lo tiene?

La pregunta provocó una gran reacción en la señora Hickock.

-Ese fusil vale más de cien dólares. Dick lo compró a plazos y ahora la tienda no quiere quedárselo, a pesar de que no hará ni un mes que lo compró y sólo se usó una vez, a principios de noviembre cuando él y David se fueron a cazar faisanes a Grinnell. Lo compró a nuestro nombre, su papá le dio permiso y así, aquí estamos nosotros, responsables de los pagos, y cuando pienso en Walter, enfermo como está y en todas las cosas que necesitamos, todo lo que hicimos sin... -contuvo la respiración impidiendo que la dominaran los sollozos-. ¿De veras que no quiere una taza de café, señor Nye? No es molestia alguna.

El detective apoyó el arma contra la pared renunciando a ella a pesar de estar convencido de que se trataba del arma que había causado la muerte a la familia Clutter.

-Gracias, pero se me hace tarde porque tengo que llegarme hasta Topeka -contestó y consultando el cuaderno añadió-: Voy a leer mi resumen para ver si comprendí bien. Perry Smith llegó a Kansas el jueves doce de noviembre. El hijo de ustedes anunció que vino a recoger cierta cantidad de dinero que su hermana de Fort Scott le guardaba. Aquel sábado los dos se fueron en coche a Fort Scott donde pasaron la noche, entiendo que en casa de la hermana, ¿verdad?

-No -contestó Hickock-. No pudieron dar con ella. Parece que se había mudado.

Nye sonrío:

-Pero, sin embargo, pasaron la noche fuera de casa. Y la semana siguiente, es decir, del quince al veintiuno, Dick siguió viendo a su amigo Perry Smith pero, por lo demás, por lo que ustedes saben, mantuvo la rutina normal: siguió viviendo en esta casa y acudiendo al trabajo cada día. El veintiuno desapareció y también Perry Smith. Y desde entonces, ¿han sabido ustedes algo de él? ¿No les ha escrito?

-Le da miedo hacerlo -dijo la señora Hickock-. Tiene miedo y vergüenza.

-¿Vergüenza?

-De lo que ha hecho. De habernos causado un nuevo disgusto. Y tiene miedo porque cree que esta vez no vamos a perdonarle. Como siempre hemos venido haciendo. Y como haremos. ¿Tiene usted hijos, señor Nye?

Afirmó con la cabeza.

-Entonces ya sabe lo que es eso.

-Otra cosa. ¿Tiene alguna idea, aunque sea remota, de dónde puede estar su hijo ahora?

-Abra el mapa -contestó Hickock-. Señale un punto con el dedo: puede que ahí sea.

La tarde tocaba a su fin y el conductor del coche, un viajante de comercio de mediana edad que aquí llamaremos señor Bell, estaba cansado. Suspiraba por poder pararse y hacer una siesta. Pero sólo le faltaban unos ciento sesenta kilómetros para llegar a destino: Omaha, Nebraska, sede de la gran industria de conservas de carne para la que trabajaba. El reglamento de la empresa prohibía a los viajantes llevar en el coche a auto-stopistas, pero Bell muchas veces no lo tenía en cuenta, sobre todo si estaba aburrido y le entraba sueño. Así que cuando vio a los dos muchachos que aguardaban al borde de la carretera, frenó inmediatamente.

Parecían buenos chicos. El más alto, un tipo delgado pero fuerte, de pelo rubio pardusco, cortado a cepillo, tenía una sonrisa atractiva y muy buenos modales. Su compañero, el «enano», que llevaba en la mano derecha una armónica y con la izquierda sostenía una maleta de paja llena hasta reventar, parecía «bastante simpático», tímido pero agradable. El señor Bell, totalmente ignorante de las intenciones de sus invitados (que incluían estrangularlo con un cinturón y abandonarlo, tras robarle coche y dinero, en la inmensa fosa de la pradera), se alegraba de tener compañía, alguien con quien hablar y que le mantuviera despierto hasta llegar a Omaha.

En seguida se presentó él mismo y luego les preguntó sus nombres. El afable joven con el que compartía el asiento delantero le dijo que se llamaba Dick:

-Y éste es Perry -añadió guiñándole un ojo al que iba sentado inmediatamente detrás del conductor.

-Chicos, yo os podré llevar hasta Omaha.

-Muchas gracias, señor -contestó Dick-. Precisamente es a Omaha adonde nos dirigimos. Esperamos encontrar trabajo allí.

¿Qué clase de trabajo andaban buscando? El viajante de comercio pensó que quizás él pudiera ayudarles.

Dick le dijo:

-Soy pintor de coches de primera. Y mecánico además. Estoy acostumbrado a ganar dinero a lo grande. Mi amigo y yo hemos estado por allá, por México. Llevábamos la idea de quedarnos a vivir allí. Pero, carajo, no se gana nada. No se ganan sueldos que le permitan a un blanco salir adelante.

¡Ah, México! El señor Bell dijo que había pasado su luna de miel en Cuernavaca:

-Siempre hemos querido volver, pero es muy difícil hacer un viaje cuando se tienen cinco críos.

Perry, como comentó más tarde, pensó: «Cinco hijos ¡Bueno, mala suerte!» Y mientras escuchaba la pedante cháchara de Dick que comenzaba a describir sus «conquistas mexicanas» pensó también que era un «botarate», un «ególatra». No había más que ver, tomarse tanto empeño en impresionar al tipo que vas a matar, un hombre que no va a estar con vida ni diez minutos más, por lo menos, si el plan que habían dispuesto él y Dick no tenía tropiezos. ¿Y por qué iba a tenerlos? Las condiciones eran ideales, exactamente lo que los tres días que tardaron en ir de California a Nevada, atravesando Nevada y el Wyoming, hasta Nebraska en auto-stop, buscaban. Sin embargo, hasta entonces no habían logrado dar con la víctima apropiada. El señor Bell era el primer viajero solitario de aspecto próspero que se había ofrecido a llevarlos. Los demás habían sido o conductores de camión o soldados, amén de un par de boxeadores profesionales negros que llevaban un Cadillac color malva. Pero el señor Bell era perfecto. Perry hurgó en un abultado bolsillo de su guerrera de piel hasta palpar un tubo de aspirina Bayer y una piedra afilada del tamaño de un puño, envuelta en un pañuelo amarillo de cow-boy. Se aflojó el cinturón, un cinturón navajo de hebilla de plata y adornos de turquesa. Se lo sacó, lo dobló y se lo puso sobre las rodillas. Aguardaba. Observaba la pradera de Nebraska, que pasaba velozmente. Hizo sonar la armónica: empezó una melodía y siguió tocándola mientras esperaba a que Dick pronunciara la señal acordada: «Eh, Perry pásame una cerilla.» A ella, Dick debía hacerse con el volante mientras Perry, con la piedra envuelta en el pañuelo, golpearía la cabeza del viajante de comercio hasta «abrírsela». Más tarde, en cualquier carretera solitaria, el cinturón de las cuentas azules entraría en juego.

Mientras tanto, Dick y el condenado se contaban chistes sucios. Su risa irritaba a Perry. Le repugnaban especialmente las carcajadas del señor Bell, aquellas risotadas que le recordaban otras, las de Tex John Smith, su padre. El recuerdo de la risa de su padre aumentó su nerviosismo: le dolía la cabeza, las rodillas le daban punzadas. Masticó tres aspirinas y se las tragó en seco. ¡Jesús! Creyó que iba a vomitar o a desmayarse. Estaba seguro de que iba a ser así si Dick prolongaba mucho más «la fiesta». Estaba oscureciendo, la carretera seguía recta, sin una sola casa ni un solo ser humano a la vista, nada más que tierra desnuda de invierno y sombría como una plancha de hierro. Ahora era el momento: ahora. Se quedó mirando a Dick, como para transmitirle el pensamiento y ciertos signos (cierto parpadeo, una especie de bigote que el sudor formaba sobre su labio) le dijeron que Dick había llegado a la misma conclusión.

Sin embargo, cuando Dick abrió la boca, fue para soltar otro chiste.

-Un acertijo. Fíjese: ¿En qué se parecen ir al retrete e ir al cementerio? -hizo un guiño-. ¿Se da por vencido?

-Me doy.


-En que cuando tienes que ir, tienes que ir.

Bell soltó una ruidosa carcajada.

-¡Eh, Perry! Pásame una cerilla.

Pero en el instante en que Perry alzaba la mano y la piedra iba a caer, algo extraordinario ocurrió, lo que Perry más tarde calificaría de «puñetero milagro».

El milagro consistió en la súbita aparición de un tercer auto-stopista, un soldado negro, por quien el caritativo viajante se detuvo.

-Sí, es muy bueno -dijo mientras su salvador subía al coche-. Cuando tienes que ir, tienes que ir.

Día 16 de diciembre de 1959. Las Vegas, Nevada. Tiempo e intemperie habían borrado la primera y la última letra (una R y una S), convirtiendo la palabra en un agorero OOM, apenas visible en el letrero descolorido por el sol. El letrero parecía muy apropiado para el lugar que anunciaba, que era, según escribió Harold Nye en su informe oficial para el KBI, «miserable y destartalado, un albergue o pensión de ínfimo orden». El informe proseguía: «Hasta hace unos pocos años (según informes suministrados por la policía de Las Vegas) era uno de los mayores burdeles de todo el Oeste. Pero el fuego destruyó el edificio central y el resto quedó convertido en una pensión de baratillo». El «vestíbulo» no tenía mobiliario, sólo un cacto de metro ochenta y una mesa que hacía las veces de recepción desierta. El detective dio una palmada. Al cabo de un rato, una voz de mujer muy poco femenina, gritó:

-¡Ya va!


Pero transcurrieron otros cinco minutos antes de que la mujer apareciese. Llevaba una bata llena de lamparones, y sandalias de tacón alto, doradas. Unos cuantos rulos aprisionaban su ralo pelo amarillo. Tenía la cara ancha, maciza, llena de colorete y labios muy pintados. Llevaba en la mano una lata de cerveza Miller High Life. Olía a cerveza, a tabaco, y a esmalte de uñas recién aplicado. Tenía setenta y cuatro años, pero opinión de Nye, «parecía más joven... quizás diez minutos más joven». Se quedó mirando su impecable traje pardo, su sombrero pardo de ala corta. Cuando Nye le mostró el distintivo, la mujer pareció divertida, sus labios se abrieron y Nye descubrió dos hileras de dientes postizos.

-¡Uh-jú! Es lo que me figuraba -dijo-. Muy bien. Veamos.

Le alargó una fotografía de Richard Hickock:

-¿Le conoce?

Un gruñido negativo.

-¿Y a éste?

-¡Uh-jú! Se quedó aquí un par de veces. Pero ahora no está. Se largó hará un mes. ¿Quiere ver el registro?

Nye se apoyó en la mesa y observó cómo las largas y lacadas uñas de la propietaria buscaban en una página llena de nombres escritos a lápiz. Las Vegas era la primera localidad que sus superiores le indicaron visitase. Cada una de ellas había sido elegida por la relación que tenía con la de Perry Smith. Las otras dos eran Reno, donde se creía que vivía el padre de Smith y San Francisco, residencia de la hermana de Smith que llamaremos aquí señora de Frederic Johnson. Si bien Nye tenía planeado entrevistarse con ambos familiares, y con cualquiera que pudiera tener conocimiento de las idas y venidas del sospechoso, su objetivo principal era obtener la colaboración de la policía local. Al llegar a Las Vegas, por ejemplo, discutió el caso Clutter con el teniente B. J. Handlon, jefe de la Oficina de Investigación del Departamento de Policía de Las Vegas. El teniente redactó un aviso en el que se pedía a todo el personal de policía que tuviera los ojos bien abiertos en caso de que se tropezaran con Hickock y Smith: «Reclamados en Kansas por violación de palabra y se les supone en posesión de un Chevrolet 1949 con matrícula de Kansas JO-58269. Van probablemente armados y se consideran peligrosos.» Además, Handlon había destacado un agente para acompañar a Nye a «investigar prestamistas» porque como dijo, «hay siempre un enjambre de ellos en todas las ciudades de juego». Juntos, el detective de Las Vegas y Nye, verificaron todas las papeletas de empeños libradas durante el mes anterior. Nye esperaba, concretamente, encontrar una radio portátil de marca Zenith que se suponía robada de la casa de Clutter la noche del crimen, pero en esto no tuvo suerte. Uno de los prestamistas se acordaba de Smith («Hace sus buenos diez años que entra y sale de aquí») y pudo mostrarles el resguardo de una piel de oso, empeñada en la primera semana de noviembre. De este resguardo sacó Nye la dirección de la pensión.

-Llegado el trece de octubre -dijo la patrona-. Salido el once de noviembre.

Nye contempló la firma de Smith. Las fiorituras, lo rebuscado del trazo, le llamaron la atención, cosa que al parecer la patrona adivinó porque exclamó:

-¡Uh-jú! ¡Y tendría que oírlo hablar! Palabras importantes, ampulosas, viniendo de esa especie de sibilante cuchicheo. Todo un personaje. ¿Qué tienen contra él? Contra ese granujilla...

-Violación de palabra.

-¡Uh-jú! Venir desde Kansas por una cosilla así. Bueno, yo sólo soy una rubia un poco estúpida y le creo. Pero no le vaya con ese cuento a ninguna morena -alzó el bote de cerveza y bebió de un trago hasta dejarlo vacío; luego, pensativa, lo hizo girar entre las manos pecosas y de venas abultadas-. Sea lo que fuese, no será nada gordo. No puede serlo. Todavía ha de nacer el hombre del que yo no sepa decir de qué pie cojea. Ese no es más que un granujilla. Un granujilla que estuvo intentando camelarme para no pagar la última semana.

Soltó una risita ahogada, por lo absurdo de la ambición, seguramente.

El detective preguntó cuánto había pagado Smith por su habitación.

-Tarifa normal. Nueve dólares a la semana. Más medio dólar como depósito por la llave. Rigurosamente al contado. Rigurosamente por anticipado.

-Mientras vivía aquí ¿qué solía hacer? -preguntó Nye-. ¿Tiene algún amigo?

-¿Es que se cree que tengo los ojos puestos en todas las buenas piezas que vienen por aquí? -replicó la patraña-. Vagabundos. Granujas. No me interesan. Tengo una hija muy bien casada. -Luego añadió-: No, no tiene amigos. Por lo menos yo nunca le vi andar con nadie en especial. Esta última vez que estuvo aquí, se pasaba el tiempo hurgando en su coche. Lo tenía aparcado ahí afuera. Un Ford viejo. Parecía de cuando él todavía no había nacido. Le dio una mano de pintura. La parte de arriba negra y el resto plateado. Luego escribió, «En venta» en el parabrisas. Un día oí que un primo se paró y le ofreció cuarenta dólares, cuarenta más que lo que valía. Pero él le contestó que no podía venderlo por menos de noventa. Le dijo que necesitaba el dinero para un billete de autobús. Poco antes de que se fuera me enteré que un tipo negro se lo había comprado.

-Dijo que lo quería para un billete de autobús, ¿no sabe adonde quería ir?

Frunció los labios, dejó colgar el cigarrillo de ellos y se quedó mirando fijamente a Nye:

-Hablemos claro. ¿Hay dinero de por medio? ¿Alguna recompensa?

Quedó esperando contestación. Como no obtuvo ninguna, pareció sospechar todas las posibilidades y decidirse por la de hablar:

-Porque me dio la impresión de que allí, dondequiera que planeara irse, no pensaba quedarse mucho tiempo. Que tenía intención de volverse. En cierto modo espero verle aparecer por acá el día menos pensado -indicó con la cabeza el interior de la pensión-. Venga y le enseño por qué.

Escaleras. Corredores grises. Nye captó los olores, distinguiéndolos unos de otros: desinfectante de retretes, alcohol, colillas. Dentro de una de las habitaciones, un inquilino borracho gemía y cantaba en esa confusión de alegría y dolor.

-¡Amaina, holandés! Acaba ya o te echo a la calle -le gritó la mujer-. Ahí -le dijo a Nye, precediéndole en una especie de cuarto oscurecido de almacenaje. Encendió la luz-. Eso, esa caja. Me dijo que se la guardara hasta que estuviera de vuelta.

Se trataba de una caja de cartón, sin envolver pero atada con un cordel. Una advertencia, un aviso que tenía algo de maldición egipcia, estaba escrito a lápiz sobre la cubierta: ¡Cuidado! Propiedad de Perry E. Smith. ¡Cuidado!

Nye desató la cuerda. Tuvo la triste ocasión de comprobar que el nudo no era de media vuelta como el que los asesinos usaran para atar a la familia Clutter. Levantó las solapas de la caja. Salió una cucaracha y la patrona la pisó, aplastándola con el tacón de su sandalia dorada.

-¡Eh! -exclamó mientras Nye sacaba y examinaba detenidamente las posesiones de Perry-. ¡El ratero! ¡Esa toalla es mía!

Además de la toalla el meticuloso Nye anotó en su cuaderno: «Un cojín sucio "Souvenir de Honolulu", una manta rosa de niño, un par de pantalones caqui, un cazo de aluminio con espátula para fritos.» Entre otras curiosidades había un álbum de recortes lleno de fotografías sacadas de revistas de cultura física (estudios de levantadores de pesas relucientes de sudor) y, dentro de una caja de zapatos, una colección de medicamentos: enjuagues y polvos para combatir las infecciones bucales y también una cantidad increíble de aspirinas (por lo menos una docena de frascos, varios de ellos vacíos).

-Porquería -dijo la patrona-. Sólo basura.

Cierto. Carecía de valor incluso para un detective hambriento de indicios. De todos modos, Nye estaba contento de haberlo visto. Cada uno de aquellos detalles, los calmantes para las encías infectadas, el grasiento cojín de Honolulu, le daba una imagen clara de su propietario y de su vida solitaria y mezquina.

Al día siguiente, en Reno, preparando su informe oficial escribió: «A las 9 de la mañana, el agente que informa se puso en contacto con Bill Discroll, jefe de investigación criminal de la Oficina del sheriff de Washoe County, Nevada. Después de ser brevemente informado de las circunstancias del caso, a Driscoll se le entregaron fotografías, huellas digitales y órdenes de detención de Hickock y Smith. Fueron puestos avisos en las fichas de ambos individuos y también en las de los automóviles. A las 10.30, el agente que informa se puso en contacto con el sargento Abe Feroah, División Investigadora, Departamento de Policía, Reno, Nevada. El sargento Feroah y el agente que informa estuvieron revisando los ficheros de la policía. Ni el nombre de Hickock ni el de Smith figuraban en los archivos criminales. La verificación de las papeletas de las casas de empeños, no dio como resultado información alguna sobre la radio que se buscaba. Se ha puesto una señal permanente en esos archivos para el caso de que la radio sea empeñada en Reno. El detective encargado de recorrer las casas de empeños ha mostrado las fotografías de Smith y Hickock a todos los prestamistas de la ciudad y ha hecho verificaciones en todas las casas de préstamos, buscando la radio. Los prestamistas han identificado a Smith como una fisonomía familiar, pero no han podido suministrar ulteriores datos.”

Eso por la mañana. Por la tarde Nye partió en busca de Tex John Smith. Pero, en el primer lugar, Correos, el empleado de la ventanilla de entregas le dijo que no siguiera buscando, por lo menos en Nevada, porque el «individuo en cuestión» se había marchado el pasado agosto y vivía ahora en Circle City, Alaska. Allí, por lo menos, era donde le enviaba la correspondencia.

-¡Caramba! No sabe lo que me pide -dijo el empleado en respuesta a la petición de Nye de que le describiera al mayor de los Smith-. Es un tipo que ni sacado de un libro. Se hace llamar él mismo el Lobo Solitario. Gran parte de su correo viene dirigido así. No recibe muchas cartas, no. Pero sí montones de catálogos y folletos de propaganda. Le sorprendería ver la cantidad de personas que piden que les envíen esa clase de cosas. Para recibir correspondencia, será. ¿Edad? Yo diría que tendrá unos setenta. Se viste a la moda Far West: botas de cow-boy y un sombrero enorme. Me contó que en otro tiempo anduvo metido en el rodeo. He charlado no poco con él. En los últimos años ha estado viniendo aquí casi todos los días. De vez en cuando desaparecía, no venía en un mes y luego decía que había estado buscando oro. Un día, el pasado agosto, se me presentó aquí un joven. Andaba buscando a su padre Tex John Smith y me preguntó si yo sabría dónde podría encontrarlo. No se parecía mucho a su padre. El Lobo tiene los labios muy delgados, irlandeses. Y aquel muchacho parecía indio puro, pelo negro, brillante como las botas, con los ojos igual. Pero al día siguiente, va y viene el Lobo y lo confirma: me dijo que su hijo había acabado el servicio militar y que se iban los dos a Alaska. El viejo es un entusiasta de Alaska. Hasta creo que una vez fue dueño allí de un hotel o algo así, o un albergue de caza. Me dijo que pensaba ir a pasarse allí unos dos años. No, no le he vuelto a ver, ni a él ni a su hijo.

La familia Johnson acababa de llegar e instalarse en el barrio aquel de San Francisco, un barrio moderno de clase media, de ingresos medios, allí en lo alto de las colinas del norte de la ciudad. En la tarde del 18 de diciembre, la joven señora Johnson esperaba invitados: tres señoras de la vecindad irían a tomar café con pastelillos y quizás a jugar una partida a cartas. La anfitriona estaba nerviosa, era la primera vez que recibía en su nuevo hogar. Mientras esperaba oír el timbre de un momento a otro, dio una vuelta por la casa deteniéndose a coger un hilo que pendía o a modificar la posición de alguna de las poinsetias del ramo de Navidad. La casa, como las otras de aquella calle en la ladera de la colina, era un convencional chalet, suburbano, agradable y corriente. A la señora Johnson le encantaba. Estaba encantada con el artesonado de sacoya, el alfombrado de pared a pared, las ventanas como de película a ambos lados de la casa, la vista que ofrecía la ventana posterior: las colinas, el valle, el cielo y el océano. Y se sentía orgullosa del pequeño jardín del fondo. Su marido, agente de seguros por profesión, carpintero por vocación, había construido una cerca de estacas blancas y dentro de ella una caseta para el perro de la familia y un hoyo de arena y columpios para los niños. En aquel momento, los cuatro (perro, dos niños pequeños y una niña) jugaban allí bajo un plácido cielo. Ella esperaba que estuvieran contentos hasta que sus invitadas se hubieran marchado. Cuando sonó el timbre y la señora Johnson fue a abrir, llevaba puesto el que a sus ojos era el vestido que le sentaba mejor: un vestido de punto amarillo que le marcaba el tipo y hacía resaltar el espléndido color té claro de su tez, de cherokee, y la negrura de su pelo corto. Abrió la puerta dispuesta a recibir a sus tres vecinas pero se encontró, en cambio, con dos desconocidos: dos hombres que se llevaron la mano al sombrero y le mostraron, abiertas, sendas carteras de bolsillo con un distintivo.




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