Capote, Truman


Su día termina a las 2 de la tarde



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Su día termina a las 2 de la tarde


En otras palabras, los huéspedes tenían que desalojar la habitación a la hora fijada o pagar un día más de alojamiento, lujo que los actuales ocupantes no estaban dispuestos a considerar. Les hubiese gustado saber más bien cómo conseguir la suma que ya debían. Pues todo había sucedido como Perry había pronosticado: Dick había vendido el coche y, al cabo de tres días, el dinero (algo menos de doscientos dólares) se había esfumado. Al cuarto día, Dick partió en busca de un trabajo honrado y esa noche le anunció a Perry:

-¡Maldita sea! ¿Sabes cuál es la paga? ¿Qué salario dan? ¿A un mecánico especialista? Dos dólares al día. ¡México! Ya tengo bastante, rico. Hay que largarse de aquí. Volver a los Estados Unidos. No, esta vez no voy a escuchar nada. Ni brillantes, ni tesoros enterrados. Anda, despierta, enano. Los cofres de oro no existen. Ni los barcos hundidos. Y aún si los hubiera... demonios, ni siquiera sabes nadar.

Y al día siguiente, pidiéndole dinero prestado a la más rica de sus dos novias, la viuda del banquero, Dick compró dos billetes de autobús de modo que, pasando por San Diego, conseguirían llegar hasta Barstow, California.

-Desde allí -declaró-, caminaremos.

Perry hubiera podido decidir, por supuesto, quedarse él solo en México dejando que Dick se marchara a donde diablos quisiera. ¿Por qué no? ¿No había sido siempre un «solitario», sin ningún «amigo de verdad» (exceptuando el «inteligente» Willie-Jay de ojos y cabellos grises)? Pero le daba pánico separarse de Dick. Sólo pensarlo y se sentía enfermar como si tuviera que «saltar de un tren que va a ciento cincuenta por hora». La raíz de su temor, o eso es lo que él parecía creer, era una nueva y supersticiosa convicción de que «lo que tuviera que suceder» no sucedería en tanto que él y Dick «permanecieran juntos». Y luego, además, la severidad de aquel «despierta» de Dick, la agresividad con que Dick había expuesto su parecer, hasta entonces ocultado, sobre los sueños y esperanzas de Perry. Aquella perversidad clara y franca, había fascinado a Perry y aunque también le había dolido y decepcionado consiguió reavivar aquella primitiva confianza suya en Dick, en el duro, en el «absolutamente masculino», en el activo, el pragmático y el decidido Dick por el que estaba dispuesto a dejarse dominar. Y así, desde el alba de una fría mañana de primeros de diciembre en la capital de México, Perry deambulaba por aquella habitación de hotel sin calefacción, reuniendo y embalando sus pertenencias, para no despertar a las dos siluetas dormidas en una de las dos camas gemelas de la habitación: Dick y la más joven de sus novias, Inés.

Por una de sus pertenencias ya no tenía que preocuparse. En la última noche pasada en Acapulco, un ladrón le robó su guitarra Gibson desapareciendo con ella de un café del puerto donde él, Otto, Dick y el Cow-boy se estaban dando un adiós altamente alcohólico. A Perry le había amargado mucho perder su guitarra. Se sentía, según dijo posteriormente, «verdaderamente amargado y deprimido»:

-Cuando se tiene una guitarra tanto tiempo, como yo, a la que has encerado y sacado brillo, a la que has adaptado tu voz, a la que has tratado como a la chica con la que vas en serio... bueno, pasa a ser algo sagrado.

Pero si la guitarra robada había dejado así de ser una pertenencia, lo demás no. Como ahora él y Dick viajarían a pie o en auto-stop, era evidente que no podían llevar consigo más que alguna camisa y algún par de calcetines. El resto de sus ropas tendría que ser enviado y, en realidad, Perry había llenado ya una caja de cartón (con, además de varias prendas sucias, dos pares de botas, uno con suelas que dejaban la huella de unas Cat's Paw y el otro con unas suelas a rombos) y lo dirigió a su nombre, Lista de Correos, Las Vegas, Nevada. Por no tener una «dirección fija».

Pero el problema mayor, causa de dolores de cabeza, era qué hacer con sus adorados recuerdos, las dos cajas de zapatos llenas de libros, mapas, cartas amarillentas, canciones líricas, poesías y los más insólitos souvenirs (tirantes y cinturón de piel de serpiente de cascabel de Nevada que él mismo había matado, un netsuke1 con un dibujo erótico comprado en Kyoto, un árbol enano petrificado, también del Japón, la zarpa de un oso de Alaska). Probablemente la mejor solución, por lo menos la mejor que podía divisar Perry, era dejárselo todo a «Jesús». El «Jesús» a que se refería servía en el bar al otro lado de la calle, frente al hotel, que era, según Perry, muy simpático1 y sin duda una persona que le enviaría las cajas en cuanto se le dijera que lo hiciera. (Pensaba pedirlas, en cuanto contara con una «dirección fija».)

Además, había algunas cosas demasiado preciosas como para correr el riesgo de perderlas; mientras los amantes pasaban el tiempo dormitando y faltaba un tiempo para las dos de la tarde, Perry ojeaba cartas, fotografías, recortes de periódico seleccionando entre ellos los recuerdos que portaría consigo. Entre ellos, había una composición deficientemente escrita a máquina titulada Historia de la vida de mi hijo. El autor del manuscrito era el padre de Perry quien, para ayudar a su hijo a obtener la libertad bajo palabra en la Penitenciaría del Estado de Kansas, la escribió el mes de diciembre del año anterior y la envió por correo al Parole Board del Estado de Kansas. Era un documento que Perry había leído cientos de veces y nunca con indiferencia.

Infancia. Conténtame decir que, a mi ver, fue a la misma vez buena y mala. Sí, el nacimiento de Perry fue normal. Sano sí. Y pude cuidar de él como Dios manda hasta que resultó que mi mujer era una borracha perdida cuando mis hijos estaban en edad de ir a la escuela. De natural alegre, sí y no, muy serio. Si se le maltrata, nunca lo olvida. Yo cumplo siempre mi promesa y le enseñé a hacer lo propio. Mi mujer era distinto. Vivíamos en el campo. Todos nosotros somos gente de vida al aire libre. Les enseñé a mis hijos la regla de oro: Vive y deja vivir, y muchas veces mis hijos iban y uno le decía a otro que algo estaba mal hecho y el culpable lo confesaba siempre y se adelantaba a recibir una paliza. Y prometía que hora sería bueno y que haría su deber rápidamente y de buena voluntad para poder irse a jugar. Siempre se lavaban ellos mismos, lo primero que hacían en la mañana, se ponían ropa limpia, yo era muy estricto en esto y en lo del hacer maldades al prójimo y si alguno de los otros niños se comportaba mal con ellos, yo no les dejaba volver a jugar juntos. Mientras estuvimos todos unidos, mis hijos fueron como una seda. Todo empezó cuando mi mujer quiso marcharse a la ciudad y hacer una vida de perdida y se fue de casa. Yo la dejé marchar y le dije adiós cuando fue y cogió el coche y me dejó allí plantado (esto fue durante la depresión). Mis hijos lloraban a voz en cuello. Ella no hacía más que maldecirlos en diciendo que encima luego se fugarían para reunirse conmigo. Estaba como loca y me dijo que haría que los chavales me odiaran, cosa que consiguió, menos de Perry. Por amor a mis hijos yo fui luego, al cabo de varios meses y sin saberlo mi mujer, a buscarlos y los encontré en San Francisco. Traté de verlos en la escuela. Mi mujer había dado orden a la maestra de que no me dejara verlos. Pero me las arreglé para ver cómo jugaban en el patio del colegio y me quedé estupefacto cuando oí que me decían: «Mamá nos ha dicho que no te hablemos.» Todos menos Perry. El era distinto. Me echó los brazos al cuello y quería irse conmigo en ese mismo momento. Yo le dije No. Pero al terminar la clase, se fue derecho a casa de mi abogado Rinso Turco. Le volví a llevar el chaval a su madre y me fui de la ciudad. Perry me dijo luego que su madre le dijo que se buscara dónde estar. Estando mis hijos con ella, andaban sueltos por cualquier lado y tengo entendido que Perry se metió en un lío. Yo quería que ella pidiera el divorcio, cosa que hizo después de un año o así. Ella bebía, andaba de juerga y vivía con un jovenzuelo. Yo impugné el divorcio y me fue concedida la custodia de los hijos. Me llevé a Perry a casa a vivir conmigo. A los demás los interné en asilo porque no podía tenerlos a todos y como tienen sangre india, la Asistencia Social se hizo cargo de ellos como pedí.

Todo eso era durante la depresión. Yo trabajaba en el WPA2 y el salario era muy pequeño. Yo tenía entonces un poco de tierra y una casita. Perry y yo vivíamos en paz los dos juntos. Me dolía no estar con mis otros hijos porque a ellos los quería también. Por eso empecé a deambular de acá para allá, para olvidarlo todo. Ganaba para nosotros dos. Me vendí la casita y nos pusimos a vivir en una «casa rodante». Perry iba a la escuela cuando podía. No le gustaba mucho, la verdad. Pero él aprende en seguida y nunca tiene cuestiones con los demás. Sólo cuando a aquel Abusón le dio por meterse con él. Era pequeño, achaparrado y nuevo en el colegio, así empezaron a hacerle la vida imposible. Vieron que estaba dispuesto a luchar por sus derechos. Porque así es como yo he educado a mis hijos. Les dije siempre, no empezar una pelea porque si lo hacéis en cuanto me entere os doy fuerte. Pero si son los otros quienes empiezan, haced lo que podáis. Un día, un chaval más mayor que él, en la escuela, fue corriendo y le pegó, y ante su sorpresa, Perry lo tiró al suelo y le dio una buena tunda. Yo le había enseñado un poco de lucha. En tiempos yo hice boxeo y lucha. La directora del colegio y los demás chavales vieron la pelea. La directora tenía debilidad por el Abusón aquel. Ver cómo mi pequeño Perry le daba una paliza, era más de lo que ella podía soportar. Después de aquello, Perry se hizo el amo de la escuela, el jefe de los chavales. Si alguno molestaba a otro más pequeño, Perry zanjaba la cuestión en un instante, hasta aquel Abusón le tenía miedo a Perry y había de portarse bien. Pero todo aquello le molestó a la directora y me vino con quejas, de que si Perry se peleaba en el colegio. Le dije que ya estaba al tanto de todo y que no pensaba permitir que a mi hijo le dieran palizas chavales el doble de mayores. Y también le pregunté cómo era que permitía que el Abusón les pegara a los otros. Le dije que a Perry le correspondía defenderse, que él nunca había empezado una sola riña y que yo iba a meterme en el asunto. Le dije que a mi hijo le querían todos los vecinos y los chavales. Y también que iba a llevarme a mi hijo del colegio cuanto antes y que nos iríamos a vivir a otro estado. Lo cual hice. Perry no es un ángel y se ha comportado de mala manera más de una vez, tantas como cualquier otro chaval. Lo que está bien, bien está y lo que está mal, está mal. Yo no le defiendo por lo que ha hecho de malo. Si hizo mal que lo pague, porque quien manda es la ley y él ahora ya lo sabe.

Juventud. En la segunda guerra, Perry se enroló en la Marina Mercante. Yo me fui a Alaska y más tarde, nos reunimos allí. Yo cazaba pieles y Perry trabajaba con la Comisión de Carreteras de Alaska el primer año y después encontró empleo en ferrocarriles por un tiempo. No lograba encontrar el trabajo que a él le hubiera gustado hacer. Sí, me entregaba algunos dólares de vez en cuando, siempre que los tenía. También un mes, cuando estaba en la guerra de Corea, me envió 30 dólares. Allí se tiró toda la guerra y al final vino con permiso a Seattle, Washington. Con menciones, que yo sepa. Tiene facilidad para la mecánica. Tractores, niveladores, grúas, tractores-pala, tractores de todas clases son su ideal. Por la experiencia que tiene los sabe manejar bien. Un poco imprudente, corre como un loco con las motos y los autos. Pero desde que ha comprobado los peligros que la velocidad trae y se rompió las piernas y se lesionó la cadera, ya no corre tanto, seguro que no.

Diversiones-Aficiones. Sí ha salido con varias chicas, pero cuando veía que una le hacía algo o se burlaba, la dejaba. Nunca se ha casado, nunca, que yo sepa. Mis problemas con su madre han hecho que desconfiara y le asustara el matrimonio, quizá. Yo soy un hombre sobrio y por lo que sé a Perry tampoco le gustaba beber. Perry se parece mucho a mí. Le gusta la compañía de la gente decente, la que vive fuera de la ciudad, le gusto yo, estar solo y prefiere trabajar por su cuenta. Igual que yo. Yo sé hacer de todo un poco y lo mismo Perry. Le enseñé a ganarse la vida trabajando por su cuenta. Yo sé guisar y lo mismo él, sólo guisar para uno mismo. Cocer pan, etc..., cazar, pescar, poner trampas y muchas cosas más. Como ya he dicho, a Perry le gusta trabajar solo y si tiene la suerte de hacerlo en algo que le guste, que le digan cómo quieren que lo haga y ya lo pueden dejar solo: pone todo su orgullo en llevar a cabo su tarea. Si el jefe valora su trabajo, se desvivirá por él. Pero cuidado con hacerse el matón con él. Hay que decirle a las buenas cómo se quiere que haga las cosas. Es muy quisquilloso, se le ofende muy pronto, igual como a mí. Yo he dejado unos cuantos empleos y Perry lo mismo, por culpa de jefes que me trataban mal. Perry no tiene una gran instrucción ni tampoco yo, que sólo he hecho el segundo libro. Pero no crean por esto que no somos listos. Yo he aprendido por mi cuenta y lo mismo él. Trabajo de cuello duro no nos va ni a Perry ni a mí. Pero para trabajos de exterior, nos pintamos solos y si se presenta algo que no sepamos hacer, en diciéndonos cómo, en un par de días lo aprendemos, un trabajo o cómo funciona una máquina. De libros nada... pero de cosas que se aprenden con la experiencia, los dos las aprendemos en seguida si queremos. Primero tiene que gustarnos, claro. Pero ahora él es un inválido y casi de mediana edad. Perry sabe que ahora los contratadores de trabajo no lo quieren, los tullidos no pueden trabajar con máquinas pesadas. Se da cuenta ahora, empieza a pensar en un modo de trabajar siguiendo mi camino. Estoy seguro de que es cierto. Creo que la velocidad ya no le atrae. Me doy cuenta por las cartas que me escribe. Escribe: "Ten cuidado, papá. No conduzcas si tienes sueño, es mejor parar y descansar al lado de la carretera un rato.» Son las mismas palabras que antes le decía yo. Ahora me las dice él a mí. Ha aprendido la lección.



A mi parecer, Perry ha aprendido una lección que nunca olvidará. La libertad es todo para él y no le volverán a ver entre rejas nuevamente. Estoy seguro de que será así. He notado grandes cambios en su modo de hablar. Me dijo que lamentaba de veras lo que había hecho. También sé que le da vergüenza de que los que le conocen sepan que ha estado entre rejas y no lo dirá. Me pidió que no les dijera a sus amigos en dónde estaba. Cuando me escribió y me dijo que estaba entre rejas, le contesté que te sirva de lección, que me alegraba de que hubiera sido así, ya que podía haberle ido todavía peor, que podían haberle pegado un tiro. Le dije también que se tomara la estancia entre rejas sin pesar. Tú te lo has buscado. Tenías que saber lo que te hacías. Nunca te he enseñado a robar a los demás, así que no me protestes por lo mal que lo pasas en la cárcel. Pórtate bien, y me prometió que lo haría. Supongo y deseo que sea un buen preso.

De verdad que pienso que ninguno le convencerá de que robe otra vez. La ley manda, eso lo sabe. El ama su libertad.



Yo sé muy bien que Perry tiene buen corazón si es bien tratado. Pero si se le trata mal, es como ir contra una sierra circular. Un amigo suyo puede confiarle cualquier cantidad de dinero. Hará lo que el amigo le diga, no le robaría a un amigo un céntimo. Antes de que esto sucediera no le había robado nunca nada a nadie. Y sinceramente deseo que viva el resto de su vida como un hombre honesto. Sí, robó junto con otros siendo chaval. Pregúntenle no más si yo fui un buen padre para él y qué tal madre fue la suya cuando estaba en San Francisco. Perry sabe lo que le conviene. Lo entiende muy bien cuando le castigan. No es ningún tonto. Sabe muy bien que la vida es demasiado corta y demasiado agradable para pasársela en la sombra.

Parientes. Una hermana Bobo casada y yo su padre, somos los únicos familiares vivos de Perry. Bobo y su marido se ganan la vida solos. Tienen su casa y yo también me arreglo solo. Hace dos años me vendí mi casa de Alaska y espero que el año próximo volveré a tener otra. He denunciado la localización de varias minas y espero sacar alguna cosa. Además, no he dejado de buscar oro. También me han pedido que escriba un libro artístico sobre la talla de la madera y sobre el famoso «Trapper's Den Lodge» que construí en Alaska, y que todos los turistas que iban en coche para Anchorage conocían, cosa que quizás haga. Compartiré todo lo que tengo con Perry. Si yo tengo comida, él también la tendrá. Mientras esté vivo. Y cuando muera, tengo un seguro de vida que le dará dinero, así que podrá empezar una nueva VIDA cuando esté libre. Para en caso de que yo esté muerto entonces.

Esta biografía lograba siempre despertar en él una serie de emociones: autocompasión la primera, amor y odio juntos al principio, pero con aumento del segundo al final. La mayor parte de los recuerdos que afloraban lo hacían sin proponérselo él, aunque no todos en realidad, aquella primera parte de su vida que Perry podía recordar era un tesoro precioso, un período compuesto de aplauso y esplendor. Tenía quizás entonces tres años y se veía, con sus hermanas y su hermano mayor, sentado en la tribuna de un rodeo. En el ruedo una esbelta joven, india cherokee, montaba un caballo salvaje, un «indómito potro» y sus cabellos ondulaban al viento como los de una bailarina de flamenco. Se llamaba Flo Buckskin y era artista profesional del rodeo, «la campeona del caballo salvaje». Y su marido Tex John Smith también: en ocasión de una gira de rodeo por el oeste del país, aquella espléndida india y el apuesto cow-boy irlandés se conocieron. Se casaron y tuvieron aquellos cuatro hijos que ahora están sentados en la tribuna. (Y Perry podía recordar muchos otros espectáculos del rodeo, podía ver a su padre haciendo piruetas en un círculo de lazos que giraban veloces y a su madre con ajorcas de plata incrustadas de turquesas tintineando en sus muñecas cabalgando a desesperada velocidad en arriesgadas evoluciones que estremecían a su hijo menor y ponían en pie al público de todas las ciudades desde Texas a Oregón que aplaudía con frenético entusiasmo.)

Hasta que Perry cumplió cinco años, la compañía «Tex y Flo» continuó exhibiendo su espectáculo de rodeo. Como forma de vida no puede decirse que fuera «un lecho de rosas» contaba una vez Perry:

-Nosotros seis metidos en un camión viejo, viajábamos, dormíamos en él, a veces, vivíamos de gachas, chocolatinas y leche condensada. Hawks era la marca de la leche condensada que fue lo que me enfermó de los riñones, el azúcar que contenía, por eso siempre mojaba la cama.

Pero no es que fuera tampoco una existencia totalmente desdichada, especialmente para los chiquillos, orgullosos de sus padres de quienes admiraban su espectacularidad y valentía... sin duda una existencia más feliz que la que luego siguió. Porque Tex y Flo, obligados ambos por sus achaques a abandonar aquel ritmo de vida, se establecieron en Reno, Nevada. Se peleaban siempre y Flo empezó a «darse al whisky» y luego, cuando Perry tenía seis años, se fue a San Francisco llevándose consigo a los hijos. Fue exactamente como el padre lo había escrito: «Yo la dejé marchar cuando se fue y cogió el coche y me dejó allí plantado (esto fue durante la depresión). Mis hijos lloraban a voz en cuello. Ella no hacía más que maldecirlos en diciendo que encima luego se fugarían para reunirse conmigo.» Y en verdad, durante el curso de los tres años siguientes, Perry se escapó en varias oportunidades dispuesto a encontrar al padre que había perdido, aprendiendo a «despreciarla». El licor le había tornado la cara fofa, había hinchado el cuerpo de la que fue ágil y flexible muchacha cherokee, le había «agriado el alma», afilado la lengua hasta la perfidia y disuelto hasta tal punto la dignidad que ni siquiera le importaba preguntar el nombre de los ocasionales estibadores, conductores de tranvía y otros tipos por el estilo que aceptaban lo que ella podía ofrecerles sin cargo (lo único que pedía era que primero bebieran con ella y bailaran al son de un fonógrafo de manivela).

Por consiguiente, como recordaba Perry:

-Siempre pensaba en papá, deseando que apareciera y me rescatara y me acuerdo como si fuera ahora del día en que volví a verle. En el patio del colegio. Fue como cuando la maza de béisbol pega de lleno en la pelota. Como Di Maggio. Sólo que papá no quiso ayudarme. Me dijo que me portara bien, me abrazó y se fue. Poco después mi madre me puso en un orfelinato católico. Aquel en que las Viudas Negras me estaban siempre encima. Me pegaban. Porque mojaba la cama. Esta es una de las razones por las que detesto a las monjas. Y a Dios. Y a la religión. Pero luego descubrí que había gente más cruel. Porque un par de meses después, me echaron del orfelinato y ella (su madre) me puso en un sitio peor: un asilo de niños de la Salvation Army. También allí me odiaban por mojar la cama. Y por ser medio indio. Había una asistente que me llamaba «negro» y decía que no existía diferencia alguna entre negros e indios. ¡Oh, Jesús! El mismo diablo encarnado. Lo que solía hacer era meterme en una bañera con agua helada, me metía y me tenía agarrado hasta que me ponía azul, casi ahogado. Pero descubrieron a la muy bruja, porque enfermé de pulmonía. Por poco no lo cuento. Estuve hospitalizado dos meses. Fue cuando estaba tan enfermo que papá volvió. Y cuando me recuperé me llevó con él.

Durante casi un año, padre e hijo vivieron juntos en la casa que tenían cerca de Reno y Perry iba a la escuela.

-Terminé el tercer grado -contaba Perry-, y fue el último. No volví nunca más. Porque aquel verano papá construyó una especie de rudimentaria roulotte que la llamamos «casa coche». Tenía dos literas y un espacio para la cocina. La cocina funcionaba bien, se podía guisar todo. Nos cocíamos el pan. Yo preparaba conservas: manzanas en compota, mermelada de manzanas silvestres. Así que durante los seis años que siguieron fuimos deambulando por todo el país, sin nunca establecernos en ninguna parte por mucho tiempo. Si nos quedábamos demasiado tiempo en algún lugar, la gente empezaba a mirar a papá como a un bicho raro y yo no lo podía soportar, me destrozaba verlo. Porque entonces yo adoraba a mi padre. A pesar de que a veces era muy duro conmigo. Tiránico como el diablo. Pero entonces lo quería mucho. Así que siempre estaba contento cuando nos volvíamos a poner en marcha.

Estuvieron recorriendo Wyoming, Idaho, Oregón y hasta Alaska. En Alaska, Tex le enseñó a su hijo a soñar con el oro, a buscarlo en los arenosos lechos de los riachuelos de aguanieve y también fue allí, donde Perry aprendió a usar el fusil, a desollar un oso, a seguir las huellas de los lobos y los ciervos.

-¡Cristo, hacía frío! -podía recordar Perry-. Papá y yo dormíamos pegados uno a otro, envueltos en mantas y pieles de oso. Por la mañana, antes del alba, yo preparaba el desayuno a toda marcha, galletas, jarabe, carne frita y nos poníamos en marcha para ganarnos la jornada. Todo hubiera sido perfecto si yo no hubiese crecido: cuanto mayor me hacía, menos admiraba a mi padre. En algunas cosas, lo sabía todo; en otras no sabía nada. Materias enteras de las que casi ignoraba su existencia. De las que no entendía una letra. Como que yo supiera tocar la armónica la primera vez que se me venía una a la mano. Y también la guitarra. Esa gran facilidad musical innata que yo tenía, papá no podía reconocerla. Ni le importaba. Me gustaba también leer. Mejorar mi vocabulario. Quería componer canciones. Dibujar. Pero nunca tuve ningún aliento de él ni de nadie. Muchas noches, en la cama, me quedaba despierto, en parte tratando de controlar mi vejiga y en parte porque no podía dejar de pensar. Y cuando hacía tanto frío que casi no podía respirar, pensaba en las Hawaii. En una película que había visto. De Dorothy Lamour. Quería irme allí. Allí donde estaba el sol, donde todo lo que se llevaba encima eran hierbas y flores.

Llevando encima muchas cosas más, Perry, una suave noche de 1945, durante la guerra, se hallaba en el estudio de un tatuador de Honolulu, haciéndose dibujar en su antebrazo izquierdo una serpiente y un puñal. Había llegado allí por el siguiente camino; una riña con su padre, un viaje en auto-stop desde Anchorage hasta Seattle, una visita a las oficinas de reclutamiento de la Marina Mercante.

-Pero nunca lo hubiera hecho de haber sabido lo que me esperaba -comentó Perry una vez-. No me ha importado nunca trabajar y estaba contento de ser marinero, ver puertos y así. Pero los maricas del barco no me dejaban en paz. Tenía dieciséis años y era pequeño. Sabía arreglármelas, claro. Pero muchos maricas no son afeminados, sabe. Caray, he conocido maricas capaces de tirar por la ventana una mesa de billar. Y un piano detrás. Esa clase de chicas te la pueden hacer pasar morada, sobre todo si se junta una pareja dispuesta a meterse contigo y tú no eres más que un chaval. Hasta puede darte ganas de matarte. Años después, cuando hice el servicio y me destinaron a Corea, tuve el mismo problema. Tuve un buen historial, mejor que nadie: me dieron Estrella de Bronce. Pero nunca ascendí. Después de cuatro años de luchar en toda aquella cochina guerra de Corea, por lo menos tenían que haberme hecho cabo. Pero no, ¿sabe por qué? Porque el sargento que teníamos era una bestia de marica. Y yo no me dejaba. Jesús, no puedo con eso. No puedo soportarlo. Pero..., yo no sé. Por otra parte, con otros maricas me he entendido muy bien. Y en realidad, el mejor amigo que he tenido, sensible e inteligente, resultó que era marica.

En el lapso transcurrido entre el abandono de la Marina Mercante y la entrada en filas, Perry había hecho las paces con su padre que, cuando su hijo le dejó, se mudó a Nevada y luego a Alaska nuevamente. En 1952, el año en que Perry terminaba su servicio militar, el padre se hallaba totalmente dedicado a los planes que le llevarían a terminar sus viajes de un sitio a otro para siempre.

-A papá le había entrado la fiebre -contaba Perry-. Me escribió que se había comprado una tierra en la autopista, a la salida de Anchorage. Quería hacer un parador de caza para turistas. «Trapper’s Den Lodge», se iba a llamar. Y me pidió que me fuera para allá cuanto antes para ayudarle a construirlo. Estaba convencido de que íbamos a hacer una fortuna. Bueno, estando todavía en el servicio, destinado en Fort Lewis, me compré una motocicleta (muertecicletas tendrían que llamarlas) y en cuanto me licenciaron me fui a Alaska. No llegué más allá que a Bellingham, justo en la frontera del estado. Llovía. La moto patinó.

El patinazo aplazó un año la reunión de padre e hijo. Operación quirúrgica y recuperación requirieron seis meses de aquel año y el resto lo ocupó convaleciendo en la casa que un indio joven, leñador y pescador, tenía en el bosque cerca de Bellingham.

-Joe James. El y su mujer me tomaron cariño. Si bien casi no había diferencia de edades (era sólo de dos o tres años) me tuvieron en su casa y me trataron como si fuera uno de sus hijos. Lo que en este caso era estupendo porque cuidaban muy bien de los chicos y los adoraban. Tenían cuatro entonces y con el tiempo serían siete. Fueron muy buenos conmigo Joe y su familia. Yo caminaba con muletas y no podía hacer casi nada. Nada más que estarme sentado. Así fue que para ocuparme en algo y también ser útil, comencé aquello que se convirtió en una especie de escuela. Los alumnos eran los hijos de Joe y algunos de sus amigos y dábamos clase en la sala. Les enseñaba a tocar la armónica y la guitarra. A dibujar. Y a escribir. Todos dicen siempre que yo tengo una caligrafía muy bonita. Es verdad y es porque una vez compré un libro que decía cómo había que escribir y estuve practicando hasta que conseguí escribir como en el libro. Además leíamos cuentos y los chiquillos leían por turno y yo les corregía. Era divertido. A mí me encantan los críos. Los niños pequeños. Pero llegó la primavera. Me hacía daño andar pero ya podía hacerlo. Y papá todavía me estaba esperando.

Esperaba pero no ociosamente. Cuando Perry llegó al lugar donde se habría de construir el parador de caza, su padre, trabajando él solo, había dado ya fin a la tarea más pesada: había allanado el terreno, cortado los troncos necesarios, tallado y transportado vagones enteros de roca del país.

-El parador no se empezó a construir hasta que llegué yo. Lo hicimos todo nosotros solos, piedra a piedra. Solamente y muy de vez en cuando, venía un indio que nos ayudaba. Papá se comportaba como un maníaco. Pasara lo que pasase, con tempestad de nieve, temporales, viento que partiera los árboles en dos, nosotros seguíamos firmes allí. El día que terminamos el techo, papá bailó encima, gritando y riendo, una auténtica fiesta de fin de obra. Bueno, quedó algo extraordinario. Con capacidad para alojar a veinte personas. En el comedor había una gran chimenea. Y había un bar: el «Totem Pole Cocktail Lounge», donde yo divertiría a los clientes. Cantando y así. Lo inauguramos en los finales del año 1953.

Pero los esperados cazadores no llegaron y los turistas, los pocos que pasaban de vez en cuando por la autopista, se paraban a fotografiar la increíble rusticidad del «Trapper's Den Lodge», pero rara vez a pasar la noche.

-Por un tiempo quisimos engañarnos, pensando que el parador se impondría. Papá intentó poner algo más como atracción. Hizo un «Jardín de los Recuerdos» con un «Pozo de los Deseos». Llenó la autopista con carteles indicadores. Pero nada de todo aquello nos trajo un centavo. Cuando papá reconoció el hecho, cuando vio que no servía para nada, que no habíamos hecho sino malgastar trabajo y dinero, empezó a tomarla contra mí. A maltratarme. Con rencor. Decía que yo no había cumplido la parte que me correspondía del trabajo. No era culpa suya como tampoco mía. En una situación como aquélla, sin dinero y con poca comida, no podíamos hacer más que atacarnos los nervios el uno al otro. Llegó un momento en que nos moríamos de hambre. Por eso todo se vino abajo. Por una galleta. Aparentemente. Papá me arrancó una galleta de la mano y dijo que yo comía demasiado, que era un codicioso y egoísta de mierda y que lo mejor que podía hacer era largarme porque él no quería saber nada más de mí. Siguió repitiéndolo hasta que no pude más. Mis manos lo cogieron por la garganta. Mis manos... eran mis manos, pero no yo quien las controlaba. Querían despedazarlo. Pero papá sabe escabullirse, es un buen luchador. Así que se desprendió de mí y corrió a buscar su fusil. Regresó apuntándome y dijo:

«-Mírame bien, Perry, porque ésta es la última cosa viva que vas a ver.

»Yo me quedé donde estaba y él tiro del gatillo. Y volvió a tirar. Y cuando se dio cuenta de que el fusil ni siquiera estaba cargado empezó a llorar. Se sentó en el suelo lloriqueando como una criatura. Entonces vi que ya no estaba furioso contra él. Lo sentía por él. Por nosotros dos. Pero no servía de nada, no había nada que yo pudiera decir. Salí a caminar un rato. Era en abril, pero el bosque todavía estaba lleno de nieve. Caminé hasta que casi fue de noche. De regreso, encontré el parador a oscuras y todas las puertas cerradas con llave. Y todas mis cosas estaban allí afuera, tiradas sobre la nieve. Donde papá las había arrojado. Libros. Ropa. Todo. Lo dejé allí. Excepto mi guitarra. Cogí mi guitarra y me fui hacia la autopista. Sin un dólar en el bolsillo. A eso de medianoche, un camión se detuvo para recogerme y llevarme. El conductor me preguntó adonde iba y yo le contesté: "Dónde vaya usted, voy yo." Después de pasarse varias semanas refugiado en casa de la familia James, Perry se decidió por un destino: Worcester, Massachussetts, ciudad natal de un «compinche del ejército», porque pensó que él le recibiría bien y le ayudaría a encontrar «un empleo bien retribuido». Diferentes desvíos prolongaron aquel viaje al este: lavó platos en un restaurante de Omaha, vendió gasolina en un garaje de Oklahoma, trabajó un mes en un rancho de Texas. En julio de 1955, había llegado en su marcha de emigración hacia Worcester, a Phillipsburg, una pequeña ciudad de Kansas y allí el «hado» bajo la forma de una «mala compañía», se interpuso en su camino.

-Se llamaba Smith igual que yo. Ni siquiera recuerdo su nombre de pila. Alguien que me encontré en alguna parte, que tenía coche y que me dijo que podía llevarme hasta Chicago. Así que cuando atravesábamos Texas, llegamos a ese Phillipsburg y paramos el coche para mirar el mapa. Creo que era domingo. Las tiendas estaban cerradas. Las calles desiertas. Mi amigo, mi bendito amigo, mira alrededor y va y se le ocurre una idea.

La idea era robo con escalo de un edificio vecino, la «Chandler Sales Company». A Perry le pareció bien. Entraron en el local desierto y se llevaron varios objetos de la oficina (máquinas de escribir, de calcular). La cosa no hubiera trascendido si unos días después los ladrones no se hubieran pasado una luz roja en la pequeña ciudad de Saint Joseph, Missouri.

-Los trastos estaban todavía en el coche y el policía que nos hizo parar preguntó de dónde los habíamos cogido. Hizo una breve comprobación y, como dijeron, nos «devolvieron» a Phillipsburg, Kansas. Donde tienen una cárcel de verdad bonita. Para el que le gusten las cárceles, claro.

En veinticuatro horas, Perry y su amigo habían encontrado una ventana abierta, huido por ella, robado un coche y se dirigían en dirección noroeste hacia McCook, Nebraska.

-Poco después el señor Smith y yo nos separábamos. No sé qué se ha hecho de él. Los dos figurábamos en la lista de malhechores reclamados por el FBI. Pero, que yo sepa, a él nunca lo pescaron.

Una húmeda tarde del siguiente noviembre, un autobús depositaba a Perry en Worcester, pequeña ciudad industrial de Massachussets, de empinadas calles, que tan pronto suben como bajan y que en el mejor de los días parecen inhóspitas y hostiles.

-Encontré la casa donde debía de vivir mi amigo. Mi compañero de armas en Corea. Pero los demás inquilinos me dijeron que había marchado hacía seis meses y que no tenían ni idea de dónde estaba viviendo. Una gran desilusión, el fin del mundo y todo eso. Vi una tienda de vinos y licores y entré y me compré un par de litros de vino tinto. Volví a la estación de autobuses y me senté a beberme el vino y a calentarme un poco. Lo estaba pasando muy bien hasta que vino un tipo y me arrestó por vagancia.

La policía lo inscribió como «Bob Turner», nombre que adoptó porque el suyo figuraba en las listas del FBI. Se pasó catorce días en la cárcel, le cobraron diez dólares de multa y se fue de Worcester otra húmeda tarde de noviembre.

-Me fui a Nueva York y tomé una habitación en un hotel de la Octava Avenida -dijo Perry-. Cerca de la calle cuarenta y dos. Por fin encontré un empleo nocturno. Para hacer de todo un poco en un local de trastos tragaperras. Allí mismo en la Cuarenta y dos, junto a un autoservicio. Que era donde iba a comer cuando comía. En tres meses que viví allí no salí prácticamente nunca de Broadway. Por una razón, porque no tenía la ropa apropiada. Sólo tenía aquellas ropas del Oeste: tejanos y botas. Pero en la Cuarenta y dos a nadie le importa, allí todo cae bien, sea lo que fuera. En toda mi vida junta no he conocido tantos fenómenos humanos como allí.

Pasó todo el invierno en aquel horrible barrio de neón, respirando aire con olor a rosetas, a fritura de perros calientes y a naranjada. Pero luego, una espléndida mañana de marzo, al filo de la primavera, «dos del FBI de mierda me despertaron. Me arrestaron en el hotel. ¡Púa! Me mandaron de extradición. Otra vez a Kansas. A Phillipsburg. A la misma bonita prisión».

-«Me ataron bien a la cruz: hurto, fuga de la cárcel, robo de coche. Me colgaron de cinco a diez años. En Lansing. Cuando hacía un tiempo que estaba allí, escribí a mi padre. Dándole la noticia. Y escribí a Bárbara, mi hermana. Ahora, con los años son los últimos que me quedan. Jimmy, un suicida. Fern, desde una ventana. Mi madre, muerta. Hacía ocho años que estaba muerta. Todos muertos menos papá y Bárbara.

Una carta de Bárbara se encontraba entre el hatillo de material seleccionado que Perry prefirió llevar consigo en lugar de dejarlo en la capital de México. La carta, escrita con una letra de muy fácil lectura, estaba fechada el 28 de abril de 1958, época en que hacía dos años que Perry estaba en la cárcel:



Queridísimo hermano:

Hoy hemos recibido tu segunda carta y perdona que no te haya escrito antes. El tiempo aquí, igual que ahí, va poniéndose más caluroso y tengo esa pereza que da la primavera, pero voy a ver de sacudírmela y hacer lo que pueda. Tu primera carta me preocupó mucho, como puedes imaginarte pero no es ésa la razón de que tarde tanto en contestarte. La verdad es que los niños ni me dejan tiempo para nada y nunca puedo encontrar el momento de sentarme, concentrarme en una carta como algunas veces hubiera querido hacer. Donnie ha aprendido a abrir las puertas, a subirse en las sillas y en los demás muebles de modo que siempre estoy pendiente de que no se me caiga.

De vez en cuando puedo dejar a los niños jugando en el patio, pero siempre acabo yendo con ellos por temor de que se hagan daño si no los vigilo. Pero no hay nada que siempre dure y sé que voy a sentir que llegue el momento de que empiecen a correr por la calle sin saber dónde paran. Te envío unos datos por si te interesan:

Altura Peso Número

de pie

Freddie 92,5 cm 12 kg 21



Baby 95 cm 13,25 kg 22

Donnie 86 cm 11,70 kg 18



Puedes darte cuenta de que Donnie es un niño muy grandote para los quince meses que tiene. Tiene ya dieciséis dientes y un carácter muy alegre: no hay quien no esté fascinado con él. Viste la misma talla que Baby y Freddie, sólo que los pantalones todavía le resultan demasiado largos.

Voy a escribir una carta muy larga, así que posiblemente tendré que hacer muchas interrupciones como la de ahora que es la hora del baño de Donnie (Baby y Freddie se bañaron hoy por la mañana porque hace más bien frío y los he tenido en casa. En seguida vuelvo...).

De mi escribir a máquina, no voy a mentir. No soy ninguna mecanógrafa. Empleo de uno a cinco dedos y aunque me las arreglo, cuando ayudo a Fred en sus asuntos, lo que me lleva a mí una hora, a otra persona le llevaría sólo quince minutos. En serio, no tengo ni el tiempo ni la voluntad de aprender como un profesional. Pero me parece magnífico ver que tú no lo has dejado y eres ahora un buen mecanógrafo. No me cabe duda de que todos nosotros teníamos gran facilidad para las cosas (Jimmy, Fern, tú y yo) y que estábamos dotados de una innata tendencia artística, entre otras cosas. Hasta papá y mamá eran artistas.

Honestamente creo que ninguno de nosotros puede echarle la culpa a nadie de lo que hayamos hecho con nuestras vidas particulares. Está comprobado que a los siete años cada uno de nosotros ha alcanzado la edad de la razón, lo que quiere decir que a esa edad comprendemos y sabemos distinguir la diferencia entre lo bueno y lo malo. Desde luego el ambiente juega un papel importante en nuestras vidas como el convento en la mía, y yo estoy contenta de esa influencia que tuve. En el caso de Jimmy, él era el más fuerte de todos nosotros. Recuerdo cómo trabajaba y además iba a la escuela cuando nadie le obligaba a hacerlo y por su propia VOLUNTAD decidió hacerse alguien. Nosotros nunca sabremos las razones de lo que sucedió después, por qué hizo lo que hizo, pero aún me causa dolor pensarlo. Fue una lástima tan grande... Tenemos muy poca fuerza sobre la debilidad de nuestra humana naturaleza y eso vale también para Fern y para centenares de individuos, incluidos nosotros, porque todos nosotros tenemos debilidades. En tu caso no sé cuál será tu debilidad, pero sí sé que NO ES NINGUNA VERGÜENZA TENER LA CARA SUCIA, LA VERGÜENZA ES NO LAVÁRSELA NUNCA.

Con toda sinceridad y por todo el afecto que te tengo Perry, ahora mi único hermano y el tío de mis hijos, no puedo decir ni pensar que tu actitud para con nuestro padre y tu encarcelamiento sean buenos ni positivos. Si te enoja que lo diga, será mejor que no lo haga ya que me he dado cuenta que ninguno de nosotros sabe aceptar las críticas y es natural experimentar cierto resentimiento hacia aquel que nos censura algo, por lo cual estoy preparada a que ocurra una de las dos cosas: a) no tener más noticias tuyas, o b) recibir una carta en la que me digas exactamente qué piensas de mí.



Espero equivocarme y deseo de corazón que reflexiones sobre lo que te digo en esta carta y que trates de comprender cómo piensan los demás. Comprende, por favor, que no soy una autoridad ni me jacto de gran inteligencia o cultura, sino que creo ser una persona normal con capacidad de razonar y voluntad de vivir mi vida según las leyes de Dios y de los hombres. También yo he «caído» a veces, como es normal, porque, como dije, soy humana y tengo también debilidades humanas, pero lo importante es, repito que NO ES NINGUNA VERGÜENZA TENER LA CARA SUCIA, LA VERGÜENZA ES NO LAVÁRSELA NUNCA. Nadie se da tanta cuenta de mis propios defectos y errores como yo misma, así que no te aburro más con ello.

Pero lo más importante de todo esto es que papá no es responsable de tus malas ni de tus buenas acciones. Lo que tú hayas hecho, bueno o malo, es cosa tuya. Por lo que yo personalmente sé, has vivido tu vida tal cual como has querido, sin preocuparte de las circunstancias ni de las personas que te querían, y podías hacer sufrir. Tanto si te das cuenta como si no, tu encarcelamiento presente es embarazoso para mí así como para papá, no por lo que hiciste, sino porque no has dado muestras de ningún SINCERO arrepentimiento ni pareces demostrar respeto alguno por la ley, por las personas ni por nada. Tu carta sostiene que la culpa de todos tus problemas la tiene otro pero nunca tú. Admito sin reservas que eres inteligente, que tu vocabulario es excelente y creo que puedes hacer lo que te propongas y hacerlo bien. Pero, ¿estás dispuesto a trabajar y a realizar un esfuerzo honrado para alcanzar lo que deseas? Ninguna cosa importante se obtiene con facilidad. Estoy segura de que esto ya lo has oído otras muchas veces, pero oírlo una más no te hará mal.



Si quieres que te diga la verdad de papá, tiene el corazón destrozado por culpa tuya. Daría cualquier cosa por sacarte de ahí y poder tener otra vez a su hijo..., pero yo me temo que con esto sólo conseguiría que tú le hicieses aún más daño si pudieras. No se encuentra bien, está envejeciendo y, como él dice, ya no está para saltar a la comba. Se ha equivocado algunas veces y lo reconoce. Pero sea como fuese compartió su vida y cuanto poseía contigo, cosa que no haría con nadie más. Y no es que yo diga que le debes gratitud eterna ni que le debes la vida pero sí que le debes RESPETO y DECORO. Personalmente, yo me siento orgullosa de papá. Le quiero, le respeto por ser mi padre y sólo lamento que haya preferido ser un lobo solitario en compañía de su hijo y que ahora en lugar de vivir con nosotros y compartir nuestro cariño, esté por ahí viviendo solo en una roulotte, suspirando, ansiando que vuelvas tú, su hijo. Estoy preocupada por él y cuando digo yo, quiero decir también mi marido porque mi marido respeta a nuestro padre. Porque es un HOMBRE. Verdad es que papá no ha tenido una educación muy extensa, pero en el colegio sólo aprendemos a reconocer las palabras y a escribirlas; pero la aplicación de esas palabras a la vida real es algo que sólo la VIDA y la EXPERIENCIA nos pueden enseñar. Papá ha vivido y tú demuestras ignorancia llamándole inculto e incapaz de entender «el significado científico, etc.» de los problemas de la vida. Una madre es la única que puede curar la pupa de su nene con un beso, explica esto científicamente.

Siento decirte estas cosas tan rudamente, pero creo que es mi deber decirte lo que pienso. Lamento que esta carta tenga que ser censurada (por las autoridades de la cárcel) y sinceramente espero que esta carta no te perjudique en tu posible libertad, pero creo que debes saber y hacerte responsable del terrible daño que has hecho. Papá es ahora la persona más importante, puesto que yo tengo mi familia, pero tú eres el único a quien papá quiere, es decir «su familia».

El sabe que yo le quiero, por supuesto, pero no existe una gran unión entre nosotros dos, como ya sabes.

De tu reclusión no hay por qué estar orgulloso y deberás aceptarla o soportarla, pero no con tu actitud de tomar a todos los demás como estúpidos, ignorantes e incapaces de comprender. Tú eres un ser humano con una voluntad libre. Lo cual te coloca en otro nivel con respecto a los animales. Pero si vives tu vida sin respeto ni compasión por tus semejantes, serás como un animal: «ojo por ojo y diente por diente». La felicidad y la tranquilidad de conciencia no se obtienen viviendo así.

En cuanto a la responsabilidad, nadie realmente la desea, pero todos somos responsables de la comunidad en que vivimos y de sus leyes. Cuando llega el momento de asumir la responsabilidad de un hogar, de unos hijos, de un negocio, entonces se establece la diferencia entre niños y hombres. Seguro que te podrás imaginar la confusión que reinaría en el mundo si todos dijeran: «Quiero ser un individuo sin responsabilidades, poder expresar lo que pienso libremente y hacer lo que yo quiera». Somos libres de hacer y decir lo que individualmente queremos, siempre que esta libertad de palabra y acción no perjudique al prójimo.

Piensa en todo esto, Perry. Posees una inteligencia superior a lo normal, pero tu modo de razonar es un poco torcido. Quizá sea producto de la cárcel. Sea como fuere, recuerda que tú y solamente tú eres el responsable. Y que eres tú y solamente tú quien ha de superar este período de tu vida. Esperando tener pronto noticias tuyas, con afecto y plegarias, tu hermana y tu cuñado.

Bárbara, Frederic y familia.

Al conservar esta carta entre su colección particular de tesoros, a Perry no le movía el afecto. Ni mucho menos. «Despreciaba» a Bárbara y precisamente le estuvo diciendo a Dick: «Lo único que de veras lamento es que la mierda de mi hermana no hubiera estado también en la casa aquella.» (Dick se había reído y confesó un resentimiento análogo: «No me quito de la cabeza qué divertido si mi segunda mujer hubiera estado allí también. Ella y toda la mierda de su familia.») No; valoraba la carta sólo porque su amigo de cárcel el superinteligente Willie-Jay había escrito para él un «muy sentido» análisis que ocupaba dos páginas escritas a máquina a un espacio, con el título «Impresiones que yo saqué de la carta» en la parte superior.


impresiones que yo saque de la carta:

1) Al empezar la carta, ella había decidido que debía ser una piadosa demostración de los principios cristianos. Es decir, que en contestación a tu carta que, al parecer, le resultó irritante, quería presentar la otra mejilla esperando así despertar tu remordimiento por la carta anterior y ponerte a la defensiva para la próxima.

Sin embargo, pocas personas son capaces de demostrar un principio de ética común cuando su deliberación está envenenada de emociones. Tu hermana demuestra su fracaso porque a medida que la carta avanza, la razón deja paso al impulso. Los conceptos son correctos productos lúcidos de la inteligencia, pero no de una inteligencia imparcial, impersonal. Es una mente impulsada emotivamente por el recuerdo y la frustración; por consiguiente, por muy sabias que sus amonestaciones sean, fracasan en su propósito de inspirar una decisión, a no ser la decisión de devolverle la jugada zahiriéndola tú a tu vez en la próxima carta. Dando así comienzo a un ciclo que sólo puede culminar en una cólera y una angustia aún mayores.

2) Es una carta tonta, producto del error humano. Ni la carta que tú le escribiste ni esta contestación de ella logran su objetivo.

Tu carta era un intento de explicar tu forma de considerar la vida y por la cual estás necesariamente influido. Estaba fatalmente destinada a no ser comprendida o a ser tomada textualmente porque tus ideas son opuestas al convencionalismo. ¿Y qué puede haber más convencional que un ama de casa con tres hijos, que vive «entregada» a su familia? Nada más natural que no pueda aceptar a una persona anticonvencional. Hay, en el convencionalismo, una dosis considerable de hipocresía. Toda persona que piense, se da cuenta de esta paradoja, pero cuando hay que tratar con gentes convencionales se sale con ventaja tratándolas como si no fueran hipócritas. No es cuestión de fidelidad a los propios conceptos, es cuestión de compromiso para poder seguir siendo un individuo sin la constante amenaza de las presiones convencionales. Su carta falla porque tu hermana no logró concebir la profundidad de tu problema, no podía intuir las presiones ejercidas sobre ti por el ambiente, la frustración intelectual y una creciente tendencia al aislacionismo.

3) Ella siente que:

a) Tú tiendes demasiado a la autoconmiseración.

b) Eres demasiado calculador.

c) No te mereces una carta de ocho páginas, que escribió interrumpiendo sus deberes de madre.



4) En la página tercera escribe: "Sinceramente sostengo que ninguno de nosotros puede echar la culpa a nadie, etc.», reivindicando así a aquellos que tuvieron influencia sobre ella en los años formativos. Pero, ¿es ésa toda la verdad? Es mujer y madre. Respetable y con una posición más o menos segura. Es fácil no hacer caso de la lluvia si se posee un impermeable. Pero, ¿qué pasaría si en vez de esto tuviera que ganarse la vida fuera de su casa? ¡Tendría tantas ganas de ser indulgente para con las personas de su pasado? Desde luego que no. Nada es tan común como creer que los demás tienen parte de culpa de nuestros fracasos, del mismo modo que es también una reacción corriente olvidarnos de aquellos que han tenido algo que ver en nuestros éxitos.

5) Tu hermana respeta a tu padre. También le duele el hecho de que te prefiera a ti. Sus celos toman una forma sutil en la carta. Entre líneas se lee una pregunta: "Quiero a papá y he tratado de vivir de modo que él pudiera sentirse orgulloso de su hija. Pero he tenido que contentarme con las migajas de su cariño: es a ti a quien él quiere, ¿por qué?”

Está claro que con el paso de los años la figura de tu padre ha sido grandemente mejorada a los ojos de tu hermana, gracias a la correspondencia y a la naturaleza emotiva de tu hermana. Perfilando una imagen que justifica la opinión que tiene de él: un pobre diablo con la cruz de un hijo ingrato a cuestas sobre el que él ha derramado afectos y cuidados para ser, a cambio, tratado de modo infame por ese hijo.

En la página 7 dice que lamenta que la carta haya de pasar por censura. Pero honestamente, no lamenta nada. Le encanta que pase por las manos de un censor. Inconscientemente la ha escrito con el censor en la cabeza, esperando convencerle de la idea de que la familia Smith es una familia de bien: «Por favor, no nos juzgue a todos por Perry.”

En cuanto a la madre que cura de un beso la pupa de su nene es una forma femenina de sarcasmo.

6) Tú le escribiste porque:

a) A tu manera la aprecias.

b) Sentiste necesidad de este contacto con el mundo exterior.

c) Te puede ser útil.

Prognosis: La correspondencia entra tu hermana y tú no puede servir para nada más que para cumplir una mera función social. Mantén la temática de tus cartas dentro del radio de su comprensión. No le descubras tus conclusiones personales. No la pongas a la defensiva ni permitas que ella te ponga a la defensiva a ti. Respeta las limitaciones que le impiden comprender tus objetivos y recuerda que es sensible a las críticas contra tu padre. Sé consecuente en tu actitud hacia ella y no hagas nada que pueda aumentar su impresión de que tú eres débil, no porque necesites su buena disposición sino porque podrías recibir otras cartas como ésta que sólo pueden servir para aumentar tus ya peligrosos instintos antisociales.
A medida que Perry continuaba sacando y escogiendo el montón de material que consideraba demasiado querido para separarse de él, éste se iba haciendo más alto y vacilante. Pero, ¿qué podía hacer? No podía arriesgarse a perder la medalla de bronce ganada en la guerra de Corea ni su título de bachiller (concedido por la Junta de Educación de Leavenworth County como resultado de haber terminado en prisión sus estudios, tanto tiempo abandonados). Tampoco quería correr el riesgo de perder un sobre amarillento hinchado de fotografías: principalmente de él mismo, que iban desde el retrato de un guapo muchachito de cuando estaba en la Marina Mercante (y en cuyo dorso había escrito «16 años. Joven, despreocupado, irresponsable e inocente») hasta las recientes fotos de Acapulco. Y había, además, medio centenar de otras menudencias que tenía decidido llevarse consigo, entre ellas sus mapas de tesoros, el cuaderno de dibujo de Otto y dos cuadernos más, el más grueso de los cuales era su diccionario personal, una miscelánea de palabras sin orden alfabético que a él le parecían «bonitas» o «útiles» o por lo menos «dignas de recordar». (Página de ejemplo: Tanotoico = parecido a la muerte. Eutanasia = muerte sin dolor. Políglota = que sabe muchos idiomas. Punición = castigo. Nesciencia = ignorancia. Facineroso = perverso. Hagiofobia = temor morboso de las cosas y lugares santos. Lapidícolo = que vive debajo de las piedras, como ciertos insectos ciegos. Dispatía = carencia de simpatía, de calor humano. Pseudofilósofo = persona que quiere hacerse pasar por filósofo. Antropofagia = comer carne cruda, rito de ciertas tribus salvajes. Depredar = pillar, saquear, hacer presa de. Afrodisíaco = droga o similar que excita el deseo sexual. Megalodáctilo = que tiene dedos anormalmente grandes. Nictofobia = miedo de la noche y de la oscuridad.)

En la cubierta del segundo cuaderno, aquella caligrafía de que tan orgulloso estaba, rica en rizos y adornos femeninos, anunciaba su contenido: «Diario Intimo de Perry Edward Smith.» Título impropio, pues no se trataba de un diario, sino más bien de una antología que recogía hechos oscuros («Cada quince años Marte se acerca un poco más. El 1958 es un año cercano»), poesías y citas literarias («Nadie es una isla que se baste a sí mismo») y pasajes de diarios y libros, parafraseados o copiados. Ejemplo:



Mis conocidos son muchos, mis amigos pocos. Los que realmente me conocen, menos aún.

Oído en la publicidad de un nuevo veneno para las ratas a la venta. «Extremadamente eficaz, inodoro, insípido, absorbido por completo por el organismo y del que no se puede hallar trazas en el cadáver.”

Si te llaman a hacer un discurso: «No me acuerdo de lo que iba a decir ni que me maten... No creo que nunca jamás en mi vida haya habido tantas personas responsables de que yo esté tan, tan contento. Es un momento único y maravilloso por el que me siento en deuda. ¡Gracias! »

Leído interesante artículo en el número de febrero del De hombre a hombre: "Me abrí camino a navajazos hasta un abismo de diamantes.”

Es casi imposible que un hombre que goce de libertad con todas sus prerrogativas, se haga cargo de lo que significa estar privado de ella. Palabras de Erle Stanley Gardner.

¿Qué es la vida? Es el brillo de una luciérnaga en la noche. Es el hálito de un búfalo en invierno. Es la breve sombra que atraviesa la hierba y se pierde en el ocaso. Dicho por Jefe Pata-de-gallo, jefe indio de los Blackfoot.

La última anotación estaba escrita en tinta roja y decorada por una orla de estrellas de tinta verde. El antologista quiso subrayar su «significado íntimo». «Un hálito de búfalo en invierno» expresaba exactamente su concepto de la vida. ¿Por qué preocuparse? ¿Es que había algo, acaso, por lo que valiera la pena sudar? El nombre no era nada, una niebla, una sombra absorbida por las sombras.

Pero diablos, no hay más remedio que preocuparse, maquinar, comerse las uñas frente a los avisos de las pensiones: Su día termina a las 2 de la tarde.

-¿Dick? ¿Me oyes? -dijo Perry-. Es casi la una.

Dick estaba despierto. Algo más que despierto. Inés y él estaban haciendo el amor. Dick, como recitando un rosario, susurraba sin cesar:

-¿Te gusta, pequeña? ¿Te gusta?

Pero Inés, sin dejar de fumar su cigarrillo, seguía callada. La noche anterior, a eso de la medianoche, cuando Dick la llevó a la habitación y le dijo a Perry que iba a dormir allí, Perry, aunque desaprobándolo, había consentido. Pero si imaginaban que su conducta resultaba excitante para él o algo más que «molesta», estaban en un error. Sin embargo, Perry lo sentía por Inés. Era «tan boba»... Creía de verdad que Dick quería casarse con ella y no tenía ni idea de que pensaba marcharse de México aquella misma tarde.

-¿Te gusta, pequeña? ¿Te gusta?

-Por el amor de Dios, Dick -soltó Perry-. Apúrate, ¿quieres? Nuestro día termina a las dos.

Era sábado. Se acercaba Navidad y el tráfico avanzaba pesadamente por la calle Mayor. Dewey, atrapado en su coche levantó la vista para mirar las guirnaldas de acebo que colgaban cruzando la calle, gala de colgaduras de verdor con campanitas de papel escarlata de adorno, y entonces recordó que no había comprado ningún regalo para su mujer ni para sus hijos. Automáticamente, su cerebro rechazaba todo lo que no estuviera relacionado con el caso Clutter. Marie y muchos de sus amigos empezaban a preocuparse por su total obsesión.

Un íntimo amigo suyo, el joven abogado Clifford R. Hope hijo, le había dicho claramente:

-¿Te das cuenta de lo que te ocurre, Al? ¿Te das cuenta de que no hablas de otra cosa?

-Claro -había contestado Dewey-. Es que no pienso en otra cosa. Y puede que, comentando una y otra vez lo mismo, se me ocurra algo que antes no se me había ocurrido. Verlo desde distinto ángulo. O quizá seas quien lo vea. Mira, Cliff, ¿te imaginas lo que puede resultar de mi vida, si este asunto queda entre los «casos no resueltos»? Irán pasando los años y yo iré siguiendo una y otra pista y cada vez que, en cualquier parte del país, se cometa un delito que tenga algún punto en común con éste, alguna similitud, tendré que volcarme en él para comprobar si existe alguna conexión. Pero no es sólo eso. La verdad es que he llegado a conocer a Herb y a su familia mejor de lo que nunca se conocieron ellos. Su memoria me persigue. Y diría que ya no dejará de ser así. Hasta que sepa lo que sucedió.

La total dedicación de Dewey a aquel rompecabezas la había convertido en una persona de lo más distraída. Aquella misma mañana, Marie le había pedido por favor, por favor, sí... por favor, que no olvidara... Pero no podía recordar de qué se trataba, o mejor dicho, ni se acordó hasta que, librándose del tráfico de una jornada de compras y yendo por la carretera 50 hacia Holcomb a toda velocidad, pasó por delante del establecimiento veterinario del doctor I. E. Dale. Pues claro. Su mujer le había pedido que sobre todo no se olvidara de recoger a Pete, el gato. Pete era un gato macho atigrado, de más de siete kilos, personaje famoso en la fauna de Garden City, popular por combatividad, causa de su actual hospitalización: había perdido la batalla contra un bóxer, con heridas que requerían puntos y antibióticos. Dado de alta por el doctor Dale, Pete se instaló en el asiento delantero del coche de su dueño y no dejó de ronronear en todo el camino hasta llegar a Holcomb.

El destino del detective era aquel día River Valley, pero antes quiso tomar algo caliente, un café, y paró en el Café Hartman.

-¡Hola, mozo!, ¿qué puedo servirle? -dijo la señora Hartman.

-Un café solo.

Le sirvió una taza, y le preguntó:

-¿Me equivoco? ¿O ha perdido usted mucho peso?

-Algo.

La verdad era que en las últimas tres semanas, Dewey había perdido diez kilos. Parecía como si un amigo entrado en carnes le hubiese prestado la ropa. La cara, que no solía traicionar su profesión, ahora la traicionaba menos que nunca: diríase la de un asceta absorto en profundas meditaciones espirituales.



-¿Cómo se encuentra?

-Pues bien.

-Es que tiene usted un aspecto terrible.

Indiscutiblemente. Pero no peor que el de los demás miembros del KBI, los agentes Duntz, Church y Nye. Desde luego, estaba él todavía en mejor forma que Harold Nye quien, a pesar de la gripe y la fiebre, no dejaba de prestar servicio.

Entre otras cosas, estos cuatro hombres agotados habían tenido que «comprobar» algo así como setecientos soplos y rumores. Por ejemplo, Dewey, había pasado dos largas y postradoras jornadas tratando de seguir las huellas de aquel par de fantasmas mexicanos que Paul Helm juraba que habían visitado a Clutter la tarde de su asesinato.

-¿Quiere otra taza, Alvin?

-Creo que no, gracias.

Pero la mujer tenía ya la cafetera en la mano:

-Obsequio de la casa, sheriff. Por la cara, parece que lo necesita.

En una mesa de rincón, dos braceros bigotudos jugaban a las damas. Uno se levantó y se acercó a la barra donde Dewey estaba sentado. Le dijo:

-¿Es verdad lo que me han dicho?

-Depende de lo que sea.

-¿De ese tipo que pescaron? ¿El que andaba rondando por la casa de los Clutter? Que fue él quien lo hizo. Eso es lo que me han dicho.

-Creo que le han dicho mal, hombre. Sí, eso creo.

Si bien el pasado de Jonathan Daniel Adrian, que estaba en la cárcel por tenencia ilícita de armas, contaba con un período de tiempo de internación en el hospital psiquiátrico del estado en Topeka, los datos recogidos por los detectives indicaban que, en relación con el caso Clutter, él sólo era culpable de una inoportuna curiosidad.

-Y si no lo es, ¿por qué diablos no prenden al culpable? Tengo la casa llena de mujeres que no se atreven a ir al retrete solas.

Dewey estaba acostumbrado ya a esta clase de insultos, era una rutina que formaba parte de su vida. Se bebió la segunda taza de café, suspiró y sonrió.

-Carajo, que no le veo la gracia, ¿sabe? De veras, ¿por qué no arrestan a alguno? Para eso le pagan.

-Refrena tu lengua -dijo la señora Hartman-. Navegamos todos en el mismo bote. Alvin hace más de lo que puede.

Dewey le guiño el ojo.

-Y usted que lo diga. Y muchas gracias por el café.

El bracero aguardó hasta que su presa hubiera llegado a la puerta, entonces disparó a modo de despedida la siguiente descarga:

-Si alguna vez se le ocurre volver a presentarse para que lo elijamos sheriff, olvídese de mi voto. Porque no va a tenerlo.

-Refrena tu lengua -repitió la señora Hartman.

Entre River Valley y el Café Hartman había dos kilómetros y Dewey decidió hacerlos a pie. Le agradaba caminar por los trigales. Un par de veces a la semana, acostumbraba a dar un largo paseo por su terreno, aquel adorado trozo de pradera donde siempre había deseado construirse una casa, plantar árboles y, con el tiempo, recibir a sus tataranietos. Ese era el sueño del que últimamente su mujer se había despedido. Le había dicho que ella ya no quería irse a vivir sola «allá lejos en el campo». Dewey sabía que aunque atrapara a los asesinos al día siguiente, Marie ya no cambiaría de opinión, porque una vez un horrible destino se había abatido sobre unos amigos suyos que vivían en el campo en una casa solitaria.

Desde luego, los Clutter no eran las primeras personas asesinadas en Finney County ni siquiera en Holcomb. Los más antiguos miembros de aquella reducida comunidad podían recordar cierto «hecho salvaje» acaecido unos cuarenta años atrás: el asesinato Hefner. La señora Sadie Truitt, la septuagenaria cartera de la vecindad, madre de la actual encargada de correos, Clare, era la más ducha en relatar este acontecimiento.

-Fue en agosto de 1920. Hacía un calor infernal. Un tipo llamado Tunif trabajaba en el rancho de Finnup. Walter Tunif. Tenía un coche que resultó ser robado. Y se descubrió que era un prófugo de Fort Bliss, de allí de Texas. Era un bribón, sin duda, y mucha gente sospechaba de él. Así que una noche el sheriff, entonces era sheriff Orlie Hefner. Un cantante de primera. ¿No sabe que ahora es miembro del Coro Celestial? Una noche va y toma el caballo y se llega al rancho de Finnup para hacerle a Tunif unas cuantas preguntas directas. El tres de agosto. Un calor infernal. El resultado fue que Walter Tunif le disparó directo al corazón. El pobrecillo Orlie estaba muerto antes de tocar el suelo. El diablo que lo había hecho, se largó de allí con uno de los caballos de Finnup y se fue hacia el este a lo largo del río. Corrió el rumor y todos los hombres de los contornos se juntaron, armados. A la mañana siguiente lo cogieron, a ese Walter Tunif. No tuvo tiempo de decir ni «¡Hola!» Porque los hombres estaban un poco iracundos. Hicieron fuego y basta.

El primer contacto de Dewey con el crimen en Finney County tuvo lugar en 1947. El incidente consta en los archivos como sigue: «John Carlyle Polk, indio creek, de 32 años, residente en Muskogee, Oklahoma, mató a la mujer blanca Mary Kay Finley, de cuarenta años de edad, camarera, con residencia en Garden City. Polk la golpeó hasta matarla con la cuello de una botella de cerveza rota, en una habitación del hotel Copeladn de Garden City, Kansas, el 9-5-47.» La escueta descripción de un caso resuelto inmediatamente. De los otros tres asesinatos cuya investigación había llevado Dewey, dos eran igualmente claros (un par de obreros que trabajaban en las vías habían robado y dado muerte a un granjero el 11-1-52; un marido borracho había golpeado a su esposa hasta matarla, el 17-6-56), pero el tercer caso, como lo describió Dewey en cierta conversación, no dejó de tener algunos toques originales:

-Todo empezó en Stevens Park. Donde hay una plataforma para la banda y bajo la plataforma un retrete de hombres. Bien, este tipo, Mooney, estaba dando un paseo por el parque. Venía de algún lugar de Carolina del Norte, sólo un forastero que pasaba por la ciudad. Pues bien, fue al excusado público y alguien le siguió, un muchacho de por aquí, Wilmer Lee Stebbins de veinte años. Luego, Wilmer Lee declaró siempre que el señor Mooney le había hecho una proposición contra natura y que por eso fue que robó al señor Mooney, lo derribó y le golpeó la cabeza contra el suelo de cemento. Pero para la conducta que siguió a continuación no había explicación posible. Primero enterró el cadáver a unos tres kilómetros al noroeste de Garden City. Al día siguiente lo desenterró y lo volvió a enterrar a veinte kilómetros en la dirección opuesta. Y bien, siguió así desenterrándolo y enterrándolo sin cansarse. Wilmer Lee era como un perro con un hueso, sin querer dejar descansar en paz el cadáver del pobre señor Mooney. Finalmente cavó una fosa de más: alguien le vio.

Antes del caso Clutter, los cuatro citados constituían el caudal de experiencias de Dewey en materia de asesinato y, parangonados con el que ahora se enfrentaba, eran como el chubasco que precede al huracán.

Dewey metió la llave en la cerradura de la puerta principal de la casa de los Clutter. El interior de la casa estaba caluroso porque no se había ventilado y las habitaciones de piso reluciente, con olor de cera perfumada de limón, parecían sólo temporalmente deshabitadas, como si fuera domingo y la familia fuese a regresar de un momento a otro de la iglesia. Las herederas, la señora English y la señora de Jarchow, se habían llevado un camión de mudanzas lleno de muebles y ropas; no obstante, aquella atmósfera de casa habitada no se había perdido aún. En la sala, la partitura de Comin' thro' the rye se veía en el atril del piano abierto. En el recibidor un sombrero tejano gris manchado de sudor, el de Herb, colgaba del perchero. Arriba en la habitación de Kenyon, en el estante que había sobre la cama, los cristales de las gafas del muchacho muerto brillaban al reflejo de la luz.

El detective pasó de una habitación a otra. Muchas veces había recorrido aquella casa, a decir verdad casi a diario, y en cierto sentido, podría decirse que visitar aquella casa le complacía porque, en contraste con el bullicio de la suya y del despacho del sheriff, era un lugar lleno de paz. Los teléfonos todavía con los cables cortados, permanecían silenciosos. La inmensa quietud de la pradera lo envolvía. Alvin se sentaba en la mecedora de Herb y mientras se mecía, pensaba. Algunas de sus conclusiones eran inamovibles: creía que la muerte de Herb Clutter había sido el principal objetivo del criminal, el motivo una especie de odio psicópata o posiblemente una combinación de odio y latrocinio. Creía también que los crímenes se habían cometido con toda tranquilidad en el lapso de dos horas entre la entrada de los asesinos en la casa y su salida. (El médico forense, doctor Robert Fenton, había observado una notable diferencia entre las temperaturas de los cuerpos de las víctimas y, basándose en ello, tenía la teoría de que el orden de los asesinatos era: la señora Clutter, Nancy, Kenyon y el señor Clutter.) En esta suposición se basaba su convicción de que los Clutter conocían perfectamente a aquel que los había asesinado.

Durante su visita Dewey se detuvo ante una ventana del piso superior. Algo a poca distancia le llamó la atención: un espantapájaros en medio del rastrojo de trigo. El espantapájaros llevaba una gorra de caza de hombre y un vestido de cretona floreada, descolorido por el sol. (¿Un vestido viejo de Bonnie?) El viento jugueteaba con la falda y hacía oscilar el espantapájaros, como una criatura solitaria bailando en el frío campo de diciembre. Y a Dewey aquello le recordó el sueño de Marie. Una de aquellas mañanas su mujer le había servido un chapucero desayuno a base de huevos con azúcar y café con sal, diciendo que la culpa de todo la tenía «un estúpido sueño», pero un sueño que la luz del día no había logrado disipar.

-Era tan real, Alvin -le dijo-, tan real como esta cocina. Yo estaba aquí. Aquí en la cocina. Estaba haciendo la cena y de pronto Bonnie entró por la puerta. Llevaba un jersey de angora azul y estaba deliciosa y encantadora y yo le decía: «Oh, Bonnie... querida Bonnie... ¡No te había visto desde que ocurrió aquella cosa terrible!» Pero ella no contestaba, sólo me miraba de aquel modo suyo y yo no sabía qué más decir. Dadas las circunstancias. Al fin dije: «Querida, ven a ver la cena que le preparo a Alvin: sopa de quingombó. Con gambas y cangrejos. La tengo ya casi a punto. Anda, ven, querida, pruébala.» Pero no quiso. Se quedó en la puerta mirándome. Y luego... no sé cómo contártelo exactamente. Bueno... cerró los ojos, comenzó a mover la cabeza, muy lentamente, y a retorcerse las manos, muy lentamente, y a gemir o susurrar algo. No podía entender lo que decía. Pero se me partía el corazón. Nunca he tenido tanta lástima de nadie y la abracé, diciéndole: «Por favor, Bonnie, no hagas eso, querida. Por favor, no lo hagas. Si alguien estaba preparado para presentarse ante Dios eras tú, Bonnie.» Pero no la podía consolar. Movía la cabeza, se retorcía las manos y entonces entendí lo que decía. Decía: «Morir asesinado. Morir asesinado. No. No. No hay nada peor. Nada peor que eso. Nada.”

Era pleno mediodía en el desierto Mojave. Perry, sentado en una maleta de paja, tocaba la armónica. Dick, de pie al borde de la negra superficie de la autopista, la carretera 66, tenía los ojos fijos en la inmaculada vacuidad como si creyera que el fervor de su mirada podía hacer que los automovilistas se materializasen. Pocos lo hacían y ninguno se paraba a recoger a los auto-stopistas. Un conductor de camión que se dirigía a Needles, California, se ofreció a llevarles, pero Dick declinó la oferta. No era la clase de «carruaje» que él y Perry querían. Lo que esperaban era algún solitario viajero con un coche decente y el billetero repleto: un desconocido que robar, estrangular y abandonar en el desierto.

En el desierto el sonido suele preceder a la visión. Dick oyó las débiles vibraciones de un auto que se avecinaba, todavía invisible. Perry lo oyó también: se metió la armónica en el bolsillo, tomó la maleta de paja (ésta, su único equipaje, se combaba cediendo a la presión de los souvenirs de Perry a los que se habían sumado tres camisas, cinco pares de calcetines blancos, una caja de aspirinas, una botella de tequila, un par de tijeras, una máquina de afeitar y una lima para las uñas, el resto de sus efectos personales habían sido dejados o prestados al camarero mexicano o expedidos a Las Vegas), y se fue junto a Dick al borde de la carretera. Se quedaron observando. Por fin apareció el coche y fue creciendo de tamaño hasta convertirse en un Dodge sedán azul con un solo pasajero, y hombre calvo y descarnado. Perfecto. Dick alzó la mano y le hizo seña. El Dodge redujo velocidad y Dick obsequió al ocupante con una amplia sonrisa. El coche casi llegó a pararse pero no paró del todo. El conductor se asomó a la ventanilla y los miró de arriba a abajo. Evidentemente le produjeron una impresión alarmante. (Después de un viaje de cincuenta horas en autobús desde la Ciudad de México hasta Barstow, en California, además de medio día atravesando el Mojave, los dos auto-stopistas se habían convertido en dos polvorientos barbudos.) El coche aceleró la marcha y continuó a gran velocidad. Dick se llevó las manos a la boca en forma de altavoz y gritó tan fuerte como pudo:

-¡Has tenido una suerte de mierda, puerco!

Luego rió y se puso la maleta al hombro. Nada podía encolerizarle en aquellos momentos porque como más tarde mencionó «se sentía demasiado feliz de verse otra vez en su vieja y querida USA». De todos modos, otro hombre en otro coche aparecería por allí.

Perry volvió a sacar su armónica (suya desde el día anterior en que la había robado en una tienda de Barstow) e hizo sonar las primeras notas de lo que se había convertido en su «música de marcha», una de las canciones favoritas de Perry que le había enseñado a Dick con sus cinco estrofas. Marcando el paso, uno al lado de otro, se balanceaban por la autopista cantando: «Mis ojos han visto la gloria del Dios que ha de venir; estaba destruyendo la vendimia de las uvas de la ira.”

En el silencio del desierto, se lanzaban sus voces duras y jóvenes: -¡Gloria! ¡Gloria! ¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Aleluya!.






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