Capote, Truman


Si siguieran siempre en el mismo camino



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Si siguieran siempre en el mismo camino


llegarían muy lejos;

son fuertes, valientes y sinceros.

Pero siempre se cansan de las cosas que ya están,

y quieren lo extraño, lo nuevo, siempre.

No había vuelto a verla ni había sabido nada más de ella, pero algunos años más tarde se hizo tatuar su nombre en el brazo y una vez en que Dick le preguntó quien era «Cookie» contestó:

-No es nadie. Una chica con la que estuve a punto de casarme.

(El hecho de que Dick hubiera estado casado-casado dos veces y que tuviera tres hijos, era algo que le envidiaba. Una mujer, hijos representaban experiencias que «un hombre debía tener» aun si, como en el caso de Dick, «ni le hacían feliz ni le servían de nada».)

Los anillos fueron empeñados por ciento cincuenta dólares. Visitaron otra joyería, Goldman's y salieron de ella con un reloj de pulsera de hombre, de oro. La parada siguiente, fue en una casa de artículos fotográficos Elko y «compraron» una sofisticada cámara filmadora.

-Las cámaras son la mejor inversión -le informó Dick a Perry-. Los objetos más fáciles de empeñar o vender. Las cámaras y los aparatos de televisión.

Así que decidieron conseguir varios de estos últimos y una vez cumplida la tarea, se dedicaron a asaltar algún que otro almacén de prendas de vestir: Sheperd and Foster's, Rothschild's, Shopper's Paradise. Al anochecer, cuando las tiendas cerraban, tenían los bolsillos repletos de dinero en efectivo y el coche cargado de mercancía vendible o empeñable. Contemplando toda aquella cosecha de camisas y encendedores, caros aparatos y gemelos, Perry se sentía agrandado: ahora México, una nueva oportunidad, una vida «que realmente valiera la pena». Pero Dick parecía deprimido. Se desentendió de los elogios que le prodigaba Perry: «Te lo digo en serio, Dick. Has estado asombroso. La mitad de las veces hasta yo me lo creía.» Perry estaba desorientado, le resultaba incomprensible que Dick, siempre tan pagado de sí mismo, teniendo ahora motivos para vanagloriarse, pareciera turbado, desalentado y triste. Perry le dijo:

-Te invito a una copa.

Se pararon en un bar. Dick bebió tres Orange Blossom. Después del tercero preguntó bruscamente:

-¿Y mi padre qué? Pienso que, ¡Jesús!, es un hombre tan bueno. Y mi madre..., bueno, ya la viste. ¿Y ellos qué? Yo estaré lejos en México. O donde sea. Pero ellos estarán aquí cuando los cheques empiecen a rebotar. Ya sé cómo es mi padre. Querrá pagarlos. Como intentó hacerlo ya otras veces. Pero no podrá, está viejo y enfermo y no tiene nada.

-Te comprendo en eso -dijo Perry sinceramente. Sin ser bondadoso, era un sentimental y el afecto que tenía Dick por sus padres, su declarada solicitud para con ellos, era algo que le conmovía de veras-. Pero, puñeta, Dick. Es muy sencillo -siguió diciendo Perry-. Nosotros pagaremos los cheques. En cuanto estemos en México, en cuanto hayamos empezado con lo nuestro, haremos dinero. Mucho dinero.

-¿Cómo?


¿Cómo? ¿Qué querría decir Dick? Aquella pregunta dejó aturdido a Perry. Habían estado los dos discutiendo tantas y tan variadas aventuras: la búsqueda de oro, inmersiones para rescatar tesoros hundidos en el mar... Y ésos no eran más que dos de los proyectos que Perry había propuesto con más entusiasmo. Había otros más. El del barco, por ejemplo. Habían hablado a menudo de un barco de pesca de altura que comprarían, tripularían ellos mismos y alquilarían a los turistas, ello, desde luego, a pesar de que ninguno de los dos hubiera jamás guiado una canoa ni pescado un albur. Se podía hacer fácilmente dinero, también, pasando coches robados por las fronteras sudamericanas. («Te pagan quinientos dólares por viaje», al menos recordaba Perry haber leído en alguna parte.) Pero entre las muchas respuestas que pudo haberle dado, escogió recordar a Dick la fortuna que les estaba aguardando en las Islas de los Cocos, una manchita de tierra que emergía cerca de Costa Rica.

--No bromeo, Dick -le contestó Perry-. De veras que existe. Tengo un mapa. Conozco toda la historia. Lo enterraron allí en mil ochocientos veintiuno: lingotes de oro peruano, joyas. Sesenta millones de dólares, eso es lo que dicen que vale. Aun si no lo encontramos todo, si solo encontramos algo de eso... ¿Me escuchas, Dick?

Siempre hasta entonces Dick le había alentado, siempre había prestado atención a sus relatos de mapas, sus historias sobre tesoros, pero ahora (nunca le había pasado por la cabeza hasta ahora) empezaba a preguntarse si Dick no había estado fingiendo, simplemente, tomándole el pelo.

Aquel pensamiento, de lo más doloroso, se desvaneció porque Dick, con un guiño y un codazo jocoso le contestó:

-Seguro, hombre. Te escucho desde el comienzo, sin perderme nada.

Eran las tres de la madrugada y el teléfono volvió a sonar. No es que la hora importara demasiado ya que de todos modos, Al Dewey estaba despierto y también Marie y los niños, Paul de nueve años y Alvin Adams Dewey, hijo, de doce. Porque ¿quién podría dormir en una casa (una modesta casita de una planta) si el teléfono estaba sonando cada pocos minutos durante toda la noche? Mientras se levantaba de la cama, Al Dewey le prometió a su esposa:

-Esta vez lo dejaré descolgado.

Pero era una promesa que no podía mantener. Desde luego, muchas de las llamadas las hacían periodistas cazadores de noticias, o bromistas o teorizantes: «¿Al? Oiga, yo lo veo así. Se trata de suicidio y asesinato. Se da el caso que yo que Herb andaba financieramente quebrado. Su situación era ciertamente apurada. ¿Y qué es lo que hace? Suscribe esa fabulosa póliza de seguro, les pega un tiro a Bonnie y a los niños y luego se mata él mismo con una bomba. Una granada llena de perdigones.» O personas anónimas con veneno en la lengua: «¿Conoce a los L? ¿Que son extranjeros? ¿Que no trabajan? ¿Y dan fiestas? ¿Y cócteles? ¿De dónde sacan el dinero? No me extrañaría nada que fueran ellos la clave del asunto Clutter.» O nerviosas damas inquietas por alguna habladuría, por algo que habían oído decir, por algún rumor sin pies ni cabeza: «Alvin, escucha, te conozco desde que eras niño. Y quiero que me digas francamente si es cierto. Yo quería y respetaba al señor Clutter y me niego a creer que ese hombre, un hombre cristiano, me niego a creer que anduviese tras las mujeres...”

Pero la mayoría de personas que llamaban, eran ciudadanos responsables que deseaban ser útiles: «Quisiera saber si ha interrogado usted a la amiga de Nancy, a Sue Kidwell. Estuve hablando con la niña y me ha dicho algo que me ha llamado mucho la atención: que la última vez que habló con Nancy, Nancy le dijo que el señor Clutter estaba de muy mal humor. Desde hacía tres semanas. Que pensaba que estaba profundamente preocupado por algo, tan preocupado que incluso había empezado a fumar cigarrillos...» O bien, se trataba de personas oficialmente interesadas en el caso: gentes de leyes y detectives de otras partes del estado. «Quizá tenga algo que ver o quizá no, pero aquí uno que tiene un bar dice que oyó cómo dos tipos discutían el caso en tales términos que le pareció que tenían no poco que ver con el mismo...» Y si bien ninguna de esas llamadas había conseguido hasta entonces otra cosa que darles trabajo extra a los detectives, siempre cabía la posibilidad de que la próxima fuera distinta, y que, como Dewey decía, «fuera el cabo del ovillo».

Al contestar a la llamada aquella, inmediatamente Dewey oyó:

-Quiero hacer una confesión.

-¿Con quién hablo, por favor? -preguntó.

El que llamaba, un hombre, repitió su primera frase y añadió:

-Yo lo hice. Yo los maté a todos.

-Ya -dijo Dewey-. Ahora, si me pudiera usted dar su nombre y dirección...

-¡Oh, eso no!... -contestó el hombre con alterada voz de borracho-. No le diré nada. No hasta que me entregue la recompensa. Usted me envía la recompensa y yo le digo quién soy. O eso o nada.

Dewey se volvió a la cama.

-No, cariño. Nada importante. Otro borracho.

-¿Y qué quería?

-Hacer una confesión. Siempre que le enviara primero la recompensa.

(Un periódico de Kansas, el News de Hutchinson, había ofrecido mil dólares a cualquier información que llevara a esclarecer el crimen.)

-Alvin, ¿estás encendiendo otro cigarrillo? En serio, Alvin, ¿no puedes ni siquiera intentar dormir?

Demasiada tensión para dormir; aunque el teléfono no sonara más, se sentía demasiado insatisfecho y fracasado. Ninguna de las «pistas» le había conducido a otra parte que a un callejón sin salida con la más negra de las paredes al fondo. ¿Bobby Rupp? El detector de mentiras había eliminado a Bobby. Y el señor Smith, el agricultor que hacía nudos idénticos a los del asesino, también había sido eliminado de la lista de sospechosos después de demostrar que la noche del asesinato estaba allá en Oklahoma. Así sólo quedaban los Juanes, padre e hijo, pero también ellos tenían coartadas comprobables.

-De modo que -como Harold Nye decía- el resultado es un bonito y redondo número: cero.

Incluso la búsqueda de la tumba del gato de Nancy había dado resultado negativo.

No obstante, se habían descubierto dos detalles significativos. Primero: clasificando los trajes de Nancy, la señora Elaine Selsor, tía suya, había encontrado en la punta de un zapato, un reloj de pulsera de oro. Segundo: la señora Helm, acompañada de un agente del KBI, había examinado las habitaciones de River Valley una por una, había dado la vuelta a la casa entera con la esperanza de encontrar algo fuera de sitio, algo que faltara y por fin lo encontró. En la habitación de Kenyon. La señora Helm miró y volvió a mirar por todas partes, dio una y otra vez la vuelta a la habitación con los labios apretados tocando esto y aquello: el viejo guante de béisbol de Kenyon, las botas de trabajo de Kenyon sucias de barro, sus patéticas gafas abandonadas. Y durante todo el rato la mujer no dejaba de decir:

-Hay algo que no encaja. Lo siento. Lo sé. Pero no veo lo que es.

Hasta que lo supo.

-¡La radio! ¿Dónde está la pequeña radio de Kenyon?

Los dos descubrimientos juntos obligaron a Dewey a considerar nuevamente la posibilidad de que el motivo fuera un «simple robo». Es verdad que el reloj de Nancy no habría caído en el fondo de su zapato accidentalmente. Ella debió, tendida en la cama en la oscuridad, oír ruidos, pasos, quizá voces, que le hicieron pensar que había ladrones por la casa y creyéndolo así, debió de apresurarse a esconder su reloj, regalo de su padre, que ella consideraba un tesoro. En cuanto a la radio portátil gris, marca Zenith, sin duda alguna, había desaparecido. De todos modos, Dewey no podía aceptar la teoría de que toda una familia había sido asesinada por provecho tan mezquino «por unos pocos dólares y una radio».

Aceptarla hubiera sido invalidar la imagen que se había formado del asesino, o mejor dicho, de los asesinos. El y sus colaboradores habían decidido pluralizar el término. La experta realización de los crímenes constituía una prueba suficiente de que por lo menos uno de ellos era dueño de una astucia y serenidad poco comunes y de que era, debía de ser, una persona demasiado inteligente para haberse metido en semejante aventura sin un motivo calculado. Además, Dewey había tenido en cuenta varios detalles que reforzaban su convicción de que, por lo menos, uno de los asesinos estaba emocionalmente ligado a las víctimas y que sentía por ellas, incluso aunque hubiera llegado a ocasionarles la muerte, cierta retorcida ternura. ¿Cómo explicar si no lo de la caja de colchón?

El asunto de aquella caja de colchón era una de las cosas que más atormentaban a Dewey. ¿Por qué los asesinos se habrían tomado la molestia de trasladar la caja desde un extremo del sótano hasta la caldera y depositarla allí en el suelo, a no ser con la intención de que el señor Clutter estuviera más cómodo? ¿De hacer que tuviera, mientras veía acercarse el cuchillo, un jergón menos duro que el frío cemento? Y, observando las fotografías del escenario del crimen, Dewey había sabido discriminar otros detalles más que parecían subrayar su idea de un asesino que ocasionalmente se sentía movido por impulsos de consideración.

-O -nunca lograba encontrar la expresión exacta- por una especie de enfermiza meticulosidad. De blandura. Lo de los cubrecamas. Vamos, ¿qué clase de persona hubiera hecho aquello? ¿Atar dos mujeres como Bonnie y Nancy fueron atadas, para luego cubrirlas con la colcha, arroparlas, como diciéndoles dulces sueños y buenas noches? O lo de la almohada bajo la cabeza de Kenyon. Al principio creí que la almohada había sido puesta allí simplemente para que su cabeza fuera un blanco más fácil. Pero ahora pienso que no, fue hecho por la misma razón por la que la caja de colchón apareció en el suelo: para que la víctima estuviera más cómoda.

Pero especulaciones como ésas, si bien tenían a Dewey obsesionado, no le satisfacían ni le producían la sensación de que «había llegado a alguna parte». Raramente un caso se resuelve gracias a «bonitas teorías». El confiaba en los hechos, «sudados y maldecidos». La cantidad de hechos que investigar y comprobar así como el plan fijado para obtenerlos, aseguraban sudores a mares, ya que se trataba de seguir y controlar centenares de personas, entre ellas, todos los antiguos empleados de River Valley, todos los amigos y familiares, todos aquellos con quienes el señor Clutter había concertado negocios, grandes o pequeños..., un viaje a paso de tortuga en su pasado. Porque, como Dewey les dijo a sus compañeros:

-Hay que proseguir hasta que conozcamos a los Clutter mejor de lo que ellos mismos llegaron jamás a conocerse. Hasta que veamos un punto de contacto entre lo que encontramos aquella mañana de domingo y algo que sucedió quizá cinco años atrás. La conexión. Tiene que haber una. Tiene que haberla.

La esposa de Dewey dormitaba, pero se despertó otra vez cuando él volvió a levantarse de la cama. Oyó todavía cómo contestaba de nuevo al teléfono, y de la habitación contigua donde dormían los niños, le pareció que salían sollozos.

-¿Paul?

Por lo general Paul no se alteraba por nada ni podía decirse que fuera un niño molesto ni que tuviera nada de llorón. Andaba demasiado ocupado cavando túneles en el patio de la casa o haciendo prácticas para llegar a ser «el corredor más veloz de Finney County». Pero aquella mañana, a la hora del desayuno, rompió a llorar. Su madre no tuvo que preguntarle por qué; sabía muy bien que, aunque el pequeño sólo captaba a medias las razones del movimiento que había a su alrededor, se sentía amenazado: por aquel teléfono obsesionante, por los desconocidos que llamaban a la puerta, por los ojos de su padre, cansados y llenos de preocupación. Ella, entonces, se dirigió a Paul para reconfortarle. Su hermano, tres años mayor, le ayudó:



-Paul -le dijo-. Tranquilízate, ahora cálmate y mañana te enseñaré a jugar al póquer.

Dewey estaba en la cocina. Marie, que iba en su busca, se lo encontró allí, esperando a que el café se colara y con las fotografías del escenario del delito desparramadas ante sí, como manchas macabras en la mesa de la cocina, que estropeaban el efecto de las bonitas frutas estampadas sobre el hule. (En una ocasión él le había ofrecido enseñarle las fotos y ella había rehusado diciendo: «Quiero recordar a Bonnie tal como era..., a todos ellos.») Dewey propuso:

-Quizá sería mejor que los niños estuvieran con mi madre.

Su madre, viuda, no vivía muy lejos, en una casa que a ella le parecía demasiado grande y silenciosa; los nietos eran siempre bien venidos.

-Por unos pocos días. Hasta..., bueno..., hasta...

-Alvin, ¿crees que alguna vez volveremos a llevar una vida normal? -preguntó la señora Dewey.

Su vida normal era ésta: los dos trabajaban, la señora Dewey como secretaria en una oficina, y se repartían los quehaceres domésticos, turnándose en la cocina y en las limpiezas. («Cuando Alvin era sheriff, me consta que algunos se burlaban de él y decían: "¡Mira, mira! ¡Ahí va el sheriff Dewey! ¡Todo un machote! Lleva una seis balas automática. ¡Pero en cuanto llega a casa, deja el arma y se pone el delantal!"») Por entonces, estaban ahorrando para construir una casa en un terreno de cerca de diez hectáreas que Dewey había comprado en 1951, varios kilómetros al norte de Garden City. Si hacía buen tiempo y especialmente cuando los días eran cálidos y el trigo estaba crecido y amarillo, le gustaba llegarse hasta allí en el coche y probar puntería (disparar a los cuervos, a latas de conserva) o vagar con la imaginación por la casa que soñaba tener, por el jardín que soñaba cultivar y bajo los árboles que aún no había plantado. Tenía la seguridad de que algún día, en aquella llanura sin sombra alguna, se alzaría su propio oasis de robles y olmos.

-Algún día, si Dios quiere.

La fe en Dios y el ritual que esta fe requería (ir a la iglesia todos los domingos, rezar antes de las comidas y antes de irse a acostar) constituían una importante parte de la existencia de Dewey.

-No entiendo cómo nadie puede sentarse a la mesa sin sentir deseos de bendecirla -dijo una vez la señora Dewey-. A veces, cuando vuelvo a casa después del trabajo, bueno, pues estoy cansada. Pero siempre hay café sobre el hornillo y a veces carne en el congelador. Los chicos encienden fuego para hacer la carne, charlamos, nos contamos unos a otros cómo fue nuestra jornada y cuando la cena está dispuesta, me doy cuenta de que tengo muy buenos motivos para sentirme feliz y agradecida. Y por eso digo entonces: Gracias, Señor. Y no lo digo sólo porque debo, sino porque siento necesidad de hacerlo.

-Alvin, contéstame -dijo ahora la señora Dewey-. ¿Crees que alguna vez volveremos a llevar una vida normal?

Iba a contestar, pero el teléfono le detuvo.

El viejo Chevrolet salió de Kansas City el 21 de noviembre sábado por la noche. El equipaje iba atado al guardabarros y al techo. El portaequipajes no se podía cerrar de tan cargado y atestado que iba. En el interior del coche, sobre el asiento posterior, había dos aparatos de televisión uno encima de otro. Los pasajeros viajaban estrechos: Dick, al volante, y Perry abrazado a su vieja guitarra Gibson, la más amada de sus posesiones. En cuanto a los demás bienes de Perry (una maleta de cartón, una radio portátil gris, marca Zenith, un bidón de cinco litros de extracto de root beer, -temía no encontrar en México su bebida favorita-, y dos grandes cajas conteniendo libros, manuscritos y recuerdos queridos). ¡Y cómo se había puesto Dick! Había maldecido las cajas, dándoles de puntapiés, diciendo que sólo eran «doscientos kilos de asquerosa porquería». Las dos cajas formaban parte también del desorden del interior del coche.

Hacia la medianoche, cruzaron la frontera de Oklahoma. Perry contento y feliz de haber salido de Kansas, logró por fin despreocuparse del todo. Ahora era cierto: estaban en camino. En camino para no volver jamás. Sin remordimientos por lo que a él se refería, ya que no dejaba nada atrás, nadie que se preguntara con profundo interés qué viento se lo habría llevado. No podía decirse lo mismo de Dick, porque quedaban todos aquellos que él pretendía querer: tres hijos, una madre, un padre, un hermano. Personas a quienes no se había atrevido a confiar sus planes, ni a decir adiós, a pesar de que no esperaba volver a verlos, por lo menos en esta vida.

«Enlace Clutter-English celebrado el sábado.» Este titular, aparecido en la página de notas de sociedad del Telegram, de Garden City del 23 de noviembre, sorprendió a muchos lectores. Al parecer, Beverly, la segunda de las dos hijas del señor Clutter, se había casado con el señor Vere Edward English, el joven estudiante de biología con el que hacía tiempo estaba prometida. La señorita Clutter había lucido vestido blanco y la ceremonia se había celebrado con toda pompa («La señora de Leonard Cowan actuó de solista y la señora de Howard Blanchard, de organista»), en «la Primera Iglesia Metodista», aquella misma iglesia donde tres días antes la novia había llorado, como era de rigor, a sus padres, a su hermano y a su hermana menor. Pero, sin embargo, según el Telegram: «Vere y Beverly tenían planeado casarse por Navidades. Las participaciones estaban ya impresas y el padre de la novia había reservado la iglesia. Debido a la inesperada tragedia y dado que la mayoría de parientes se hallaban por ello reunidos, venidos de lugares distantes, la joven pareja decidió celebrar su boda el sábado.”

Celebrada la boda, todos los Clutter se dispersaron. El lunes, día en que los últimos de ellos abandonaron Garden City, el Telegram publicó en su primera plana una carta escrita por el señor Howard Fox de Oregón, Illinois, hermano de Bonnie Clutter. La carta después de agradecer al vecindario el haber abierto sus «casas y corazones» a la desconsolada familia, se transformaba en un ruego. «En esta comunidad (se refería a Garden City) hay muchos resentimientos. He oído decir incluso y en más de una ocasión, que cuando se encuentre al asesino ha de colgársele del árbol más cercano. No permitamos que ésos sean nuestros sentimientos. El daño está ya hecho y acabar con otra vida en nada podrá cambiarlo. Sepamos perdonar según la voluntad de Dios. No estaría bien que alimentáramos rencor en nuestros corazones. Al autor de este acto, le será muy difícil vivir con su conciencia. Sólo obtendrá la paz de espíritu cuando recurra a Dios en busca de perdón. No seamos sus obstáculos; por el contrario, roguemos para que encuentre la paz.”

El auto estaba aparcado en un promontorio donde Perry y Dick habían decidido hacer un alto. Era mediodía. Dick recorría el panorama con unos prismáticos. Montañas. Gavilanes revoloteando en un cielo blanco. Una polvorienta carretera que entraba y salía, serpenteando, de un polvoriento pueblecito blanco. Aquél era su segundo día en México y hasta el momento todo le había parecido magnífico, hasta la comida. (En aquel instante se estaba comiendo una tortilla fría y aceitosa.) Habían cruzado la frontera por Laredo en Texas, la mañana del 23 de noviembre, y dormido su primera noche en un prostíbulo de San Luis de Potosí. Estaban ahora a trescientos kilómetros al norte de su próximo destino, México capital.

-¿Sabes qué estoy pensando? -preguntó Perry-. Pues que nosotros dos debemos de tener algo anormal. Para hacer lo que hicimos.

--¿Hicimos qué?

-Lo de por allá.

Dick dejó caer los prismáticos en su funda de piel, un lujoso estuche que lucía las iniciales H. W. C. Estaba harto. Harto hasta el cansancio. ¿Por qué demonios no podría tener Perry la boca cerrada? ¡Cristo Jesús! ¿De qué servía sacar a relucir aquella historia cada dos por tres? Era verdaderamente insoportable. Ahora que habían llegado a una especie de acuerdo de no mencionar el condenado asunto, más aún. Había que olvidarlo y basta.

-La gente capaz de hacer algo así debe de tener algo anormal -insistió Perry.

-No hablarás por mí, rico -dijo Dick-. Yo soy un tipo normal.

Y Dick estaba convencido de lo que decía. Se creía tan equilibrado, tan cuerdo como el que más. Sólo que quizás un poco más listo que la mayoría. Pero Perry... Había, al parecer de Dick, «algo anormal» en el pequeño Perry. Y se quedaba corto. En la primavera anterior, cuando compartían la misma celda en la Penitenciaría del Estado de Texas, se había familiarizado con muchas de las peculiaridades menores de Perry: con lo «tan crío» que podía ser, siempre mojando la cama y llorando en sueños («Papá, te he buscado por todas partes, ¿dónde estás, papa?») y siempre «pasándose horas sentado chupándose el pulgar y meditando frente a sus presuntas guías de tesoros». Lo que sólo era una parte, porque había otras. En ciertas cosas, Perry nada tenía de crío «le ponía a uno los pelos de punta». Por ejemplo, tenía un mal genio infernal. Podía ponerse fuera de sí «más de prisa que un indio borracho». Pero lo malo era que nadie se apercibía de ello. «Puede que estuviera a punto de matarte, pero nadie podría decirlo, ni mirándole ni escuchándolo», dijo Dick una vez. Por violenta que fuera su cólera interior, Perry no dejaba de ser exteriormente aquel hombre duro y frío de ojos serenos un poco soñolientos. Hubo un tiempo en que Dick creyó poder controlar, poder regular la temperatura de aquellas súbitas fiebres heladas que daban sudores y escalofríos a su amigo. Se había equivocado y la consecuencia del descubrimiento fue sentirse inseguro con Perry, del todo desorientado. En realidad lo natural era que le tuviera miedo y no acertaba a adivinar por qué no se lo tenía.

-Muy dentro de mí -prosiguió Perry-, en lo más profundo, nunca creí que podría hacerlo. Una cosa así.

-Y aquel negro, ¿qué? -comentó Dick.

Silencio. Dick se dio cuenta de que Perry se había quedado mirándole-. Hacía una semana que, en Kansas City, Perry se había comprado unas gafas oscuras de última moda con varillas plateadas y cristales espejados. A Dick no le gustaban. Le había dicho a Perry que le daba vergüenza que le vieran «con alguien que llevaba semejante pijotería». En realidad, lo que le irritaba eran los cristales espejados: no resultaba muy tranquilizador tener los ojos de Perry escondidos tras el misterio de aquellas superficies coloreadas y reflectoras.

-Pero con un negro -respondió Perry- es distinto.

Aquel comentario, la reluctancia con que había sido pronunciado, hizo que Dick preguntara:

-¿O es que no lo mataste? ¿O no fue como me dijiste?

Era una pregunta importante porque su interés en Perry, su valoración de las características y posibilidades de Perry, tuvieron origen en esa historia que un día le contó de cómo se cargó a un negro, dándole golpes hasta dejarlo tieso.

-Pues claro que lo maté. Sólo que... un negro no es lo mismo. -Luego añadió-: ¿Sabes lo que me roe el cerebro? ¿De lo otro? Que no me lo creo..., que no creo que nadie pueda salirse con tanta facilidad de una cosa así. Porque no veo cómo puede ser. Hacer lo que hicimos. Y tener la seguridad cien por cien de que no va a pasarnos nada. Eso es lo que me pudre la sangre..., que no me puedo quitar de la cabeza que va a pasarnos algo.

Aunque de niño había frecuentado la iglesia, Dick no se había inclinado nunca a creer en Dios ni se dejaba turbar por supersticiones. A diferencia de Perry, no tenía la certeza de que un espejo roto significara siete años de mala suerte, ni que contemplar la luna nueva a través de un cristal presagiara desgracias. Pero Perry, con sus agudas e irritantes intuiciones, había dado de lleno en una de las recurrentes dudas de Dick. También Dick pasaba por momentos en que aquella pregunta le daba vueltas por la cabeza: ¿Será posible..., serían ellos dos capaces «ante Dios, de salir con bien de una cosa como ésa»? De pronto le dijo a Perry:

-Y ahora basta. Cállate.

Inmediatamente puso el motor en marcha y sacó el coche del promontorio dando marcha atrás. Frente a él, en la polvorienta carretera, vio un perro que trotaba bajo el cálido sol.

Montañas. Gavilanes revoloteando en un cielo blanco.

Cuando Perry le preguntó a Dick: «¿Sabes qué estoy pensando?», sabía que iniciaba una conversación que a Dick iba a gustarle muy poco y que por esa razón él mismo hubiera preferido evitar. Estaba de acuerdo con Dick: ¿Por qué seguir hablando de ello? Pero no siempre lograba reprimirse. Tenía lapsus de debilidad, momentos en que «recordaba cosas» (una luz azulada que explotaba en una habitación oscura, los ojos de cristal de un oso de peluche), en que unas voces, ciertas palabras empezaban a darle vueltas por la cabeza («¡Oh, no! ¡Oh, se lo ruego! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No lo haga! ¡Oh, se lo ruego, no lo haga, se lo ruego!»), volvía a oír ciertos ruidos (un dólar de plata rodando por el suelo, el pisar de unas botas en una escalera de madera y el sonido de las respiraciones, el jadeo, las frenéticas aspiraciones de aire de un hombre con la tráquea partida).

Cuando Perry dijo: «Pienso que nosotros dos debemos de tener algo anormal», estaba admitiendo algo que a él mismo «no le gustaba admitir». Después de todo, era «doloroso» imaginar que uno podía ser «un anormal», especialmente si de ser anormal uno no tenía la culpa sino que era «algo con lo que ya se nació». No había más que fijarse en su propia familia. En lo que había venido a parar. La madre, una alcohólica que murió ahogada en uno de sus vómitos. De sus hijos, dos muchachos y dos niñas, sólo la hija menor, Bárbara, se había asentado en una vida regular, se había casado y había empezado a crear una familia. Fern, la otra hija, se tiró ventana abajo de un hotel de San Francisco. (Perry «trató siempre de creer que había resbalado» porque a Fern, él la había querido mucho. Era una «persona tan estupenda», con tanto sentido «artístico», una «formidable» bailarina y además sabía cantar bien. «Sólo que hubiera tenido una pizca de suerte, en el físico suyo y todo lo demás, hubiera podido hacer carrera, llegar a ser alguien.» Era triste pensar que se había subido a la cornisa de una ventana para arrojarse desde un decimoquinto piso.) Y luego Jimmy, el hijo mayor, Jimmy que al fin había impulsado a su mujer al suicidio para el día siguiente suicidarse también él.

Después oyó cómo Dick decía: «No hablarás por mí, rico. Yo soy un tipo normal.» ¿No sería aquella respuesta un sarcasmo? Pero no importaba, mejor pasarlo por alto. «Muy dentro de mí -había proseguido Perry-, en lo más profundo, nunca creí que podría llegar a hacerlo. Una cosa así.”

E inmediatamente cayó en cuenta de su error: Dick iba naturalmente a contestarle con una pregunta. «Y aquel negro, ¿qué?”

Cuando le contó a Dick aquel cuento fue porque ansiaba la amistad de Dick, ansiaba que Dick le «respetara», que le considerara tan «duro», tan «masculino» como él a su vez consideraba a Dick. Y fue así como un día, comentando un artículo que ambos habían leído en el Reader's Digest, titulado «¿Qué tal detective es usted?» («Cuando tenga que esperar en el dentista o en una estación de ferrocarril, trate de estudiar los signos reveladores de la gente que le rodee. Observe cómo anda, por ejemplo. Andar con las piernas rígidas puede revelar una personalidad igualmente rígida, inflexible; andar bamboleándose, falta de decisión»), Perry había dicho:

-Yo he sido siempre un formidable detective para apreciar el carácter de las personas; si no fuera así, hoy estaría ya muerto. Lo mismo que si no pudiera distinguir de quién puedo fiarme. Nunca se puede estar totalmente seguro. Pero he llegado a la conclusión de que de ti puedo fiarme, Dick. Y lo verás porque ahora mismo me voy a poner en tus manos. Te voy a decir algo que nunca conté a nadie. Ni siquiera a Willie-Jay. Que una vez me cargué a un tío -y entonces Perry vio a medida que proseguía, que el interés de Dick crecía y que realmente le escuchaba- Fue hace un par de veranos. Allí en Las Vegas. Yo vivía en aquella vieja pensión... que había sido en otros tiempos un burdel de lujo. Pero del lujo no quedaba nada. Era una casa que debieron derribar diez años atrás, de todos modos, ya se estaba cayendo a pedazos por sí sola. Las habitaciones más baratas eran las del ático que era donde estaba la mía. Y la de aquel negro también. Se llamaba King y estaba de paso. Estábamos allá arriba los dos solos..., solos más un millón de cucarachas1. King ya no era joven precisamente, pero como había trabajado en carreteras y en otras cosas así, al aire libre, tenía un físico respetable. Llevaba gafas y leía todo el tiempo. Nunca cerraba su puerta. Cada vez que yo tenía que pasar por allí lo veía siempre tendido y en cueros. Estaba sin empleo y decía que tenía unos ahorros del último que tuvo y que ahora quería quedarse todo el día tumbado en la cama leyendo, abanicándose y bebiendo cerveza. Leía tebeos e historietas del Oeste: nada, pura basura. Era un buen tipo. Algunas veces bebíamos una cerveza juntos y un día hasta me prestó diez dólares. No tenía motivo alguno para hacerle ningún daño. Pero una noche, que estábamos sentados allá arriba en el ático y hacía tanto calor que no se podía dormir, le dije:

»-Anda, King, vamos a dar una vuelta por ahí en el coche.

»Yo tenía por entonces un viejo coche que había desmontado, le había trucado el motor y lo había pintado de color plata..., lo llamaba "Espectro de Plata". Fuimos a dar una vuelta muy larga. Llegamos hasta el desierto. Por allá hacía fresco. Paramos el coche y nos bebimos algunas cervezas más. King salió del coche y yo le seguí. No se dio cuenta de que yo había cogido la cadena aquella, una cadena de bicicleta que siempre tenía debajo de mi asiento. Lo cierto es que no tenía ninguna intención de hacerlo hasta que lo hice. Le di en la cara. Las gafas se le rompieron. Seguí dándole. Después no sentí nada especial. Lo dejé allí y nunca oí una palabra sobre eso. Puede que nadie lo haya encontrado. Sólo los buitres.

Había algo de verdad en aquello, Perry, efectivamente, había conocido en las circunstancias descritas a un negro llamado King. Pero si el hombre estaba por entonces muerto, no era por obra de Perry: él nunca alzó la mano contra él. Si fuera por el, King estaría todavía tumbado en algún lugar, abanicándose y consumiendo cerveza.

-¿O es que no lo mataste? ¿O es que no fue como me dijiste? -había preguntado entonces Dick.

Perry, como mentiroso, dejaba mucho que desear: no era ni astuto ni fecundo. Pero cuando contaba un cuento, generalmente sabía mantenerlo, por lo cual comentó:

-Pues claro que lo maté... Sólo que... un negro no es lo mismo. -Y luego había agregado-: ¿Sabes lo que me roe el cerebro? ¿De lo otro? Que no me lo creo..., que no creo que nadie pueda salirse así, con tanta facilidad, de una cosa como ésa.

Y sospechaba que Dick tampoco. Porque Dick estaba también cargado de ciertas aprensiones místico-morales de Perry. Por lo menos en gran parte. Así que dijo:

-Y ahora basta. Cállate.

El coche se puso en marcha. Delante, a una treintena de metros, un perro trotaba a un lado de la carretera. Dick tomó de pronto aquella dirección. Era un vulgar perro viejo, sarnoso y de huesos frágiles. El encontronazo cuando el coche lo embistió no fue mucho mayor que el que hubiera producido un pájaro. Pero Dick se sintió satisfecho:

-¡Bravo! -exclamó.

Eso era lo que decía siempre después de haber atropellado a un perro, cosa que no dejaba nunca de hacer si se le presentaba la ocasión.

-¡Bravo! ¡Le dimos de pleno!

Pasó la fiesta de Acción de Gracias y la temporada del faisán llegó a su fin pero no llegaba a desvanecerse el soleado veranillo con su serie de días límpidos y claros. El último de los periodistas forasteros, convencido de que el caso no iba a resolverse nunca, se fue de Garden City. Pero la gente de Finney County, o por lo menos los parroquianos asiduos del mejor punto de reunión de Holcom, el Café Hartman, no lo consideraba de ningún modo cerrado.

-Desde la desgracia, hemos trabajado todo cuanto podíamos -ccomentó la señora Hartman, paseando la mirada en torno de sus bien aparejados dominios, cuyos huecos enteramente estaban ocupados por granjeros, braceros y mozos de campo con olor a tabaco que se bebían su café, de pie o recostados.

-No son más que un hatajo de viejas -añadió Clare, la prima de la señora Hartman y encargada de la estafeta, que casualmente estaba allí-. Si fuera primavera y tuviesen trabajo que hacer, no andarían por acá. Pero el grano ya se ha recogido, el invierno está en camino y el único quehacer que tienen es sentarse aquí y espantarse los unos a los otros. ¿Conoce a Bill Brown, el del Telegram? ¿Vio qué artículo de fondo escribió? ¿Ese que tituló «otro delito»? Decía: «Ya es tiempo de que cada cual sepa contener su lengua.» Porque ése es también un crimen..., eso de contar mentiras puras. Pero ¿qué cosa quiere esperar? Mire a su alrededor. Serpientes de cascabel. Sabandijas. Traficantes de chismes. ¿Acaso ve algo más? ¡Ja, ja! ¡Y un cuerno!

Uno de los rumores originados en el Café Hartman se refería a Taylor Jones, el granjero cuya propiedad limitaba con la hacienda de River Valley. Según opinión de buena parte de la clientela del café, Jones y su familia, y no los Clutter, eran las víctimas que el asesino en realidad buscaba.

-Sena más lógico -argumentaba uno de los que sostenían tal punto de vista-. Taylor Jones es un hombre mucho más rico de lo que Clutter nunca fue. Ahora bien, supongamos que el tipo que lo hizo no era nadie de la zona. Supongamos que fuera un asesino a sueldo y que sólo le dieran instrucciones de cómo llegar a la casa. Bueno, pues podrían ser muy fácil que cometiera un error (que tomara una carretera por otra) y que viniera a parar a casa de Herb en vez de a casa de los Taylor.

La «Teoría Jones» fue enormemente difundida..., especialmente a los Jones, familia digna y sensata que no se dejó perturbar lo más mínimo por ella.

Una barra de snach para comidas, unas pocas mesas, una especie de trastienda que albergaba las parrillas, una nevera y una radio. No había más en el café Hartman.

-Pero a nuestros clientes les gusta -aseguraba la propietaria-. Por fuerza. No tienen otro sitio adonde ir. A menos que viajen quince kilómetros en una dirección o veinticinco en la otra. También hay que reconocerlo, éste es un lugar simpático y el café muy bueno desde que Mabel vino a trabajar aquí -Mabel era la señora Helm- Porque después de la tragedia yo le dije: «Mabel, ahora que te has quedado sin trabajo, ¿por qué no te vienes y me echas una mano en el café? Me ayudas a preparar comidas, a servir en el bar.» Así es como fue.... lo único malo es que el que entra aquí no deja de molestarla con sus preguntas. Sobre la tragedia. Pero Mabel no es como mi prima Myrt. Es tímida. Y además no sabe nada especial. Nada que ya todo el mundo no sepa.

Pero, en general, la congregación seguía sospechando que Mabel Helm sabía un par de cosas que no decía. Y desde luego, que era así. Dewey había tenido varias conversaciones con ella y le hizo prometer que sobre cuanto hablaran había de mantener total silencio. Especialmente, tenía que guardarse muy mucho de mencionar que había echado de menos la radio y que habían encontrado el reloj de Nancy en el zapato de la niña. Y por eso le contestó a la esposa de Archibald William Warren-Browne:

-Cualquiera que lea los diarios sabe tanto como yo. Más, porque yo no los leo ni me queda tiempo para leerlos.

Cuadrada, rechoncha, en sus cuarenta, una inglesa con una jerga tan de la alta sociedad que su inglés resultaba poco menos que incomprensible, la esposa de Archibald William Warren-Browne no se parecía en nada a los demás parroquianos del café, de modo que en aquel ambiente ella era como un pavo real en un corral de patos. En cierta ocasión, explicándole a un conocido por qué ella y su esposo habían abandonado «las posesiones de familia en el norte de Inglaterra», cambiando su morada hereditaria («el más encantadoor, el más remoníísimo de los prioratos de solera») por una vieja granja que nada tenía de «remonísima», allá por las llanuras de la Kansas occidental, la señora Warren-Browne dijo:

-Por el fisco, amiga mía. Los impuestos de las herencias. Enoormes, criminales. El fisco nos sacó de Inglaterra. Sí, hará un año que salimos de Inglaterra. Sin lamentaciones. Ni una. Nos encanta esto. Lo adoramos. Aunque, claro, es muy diferente de nuestra otra vida de allá. La clase de vida que siempre conocimos. París y Roma. Monte. Londres. Ocasionalmente me acuerdo de Londres. ¡Oh, pero no es que lo eche de menos! Aquella prisa de siempre, sin un taaxi libre en toda la ciudad, pendiente a toda hora de cómo uno viste, de la elegancia. No, positivamente no. Nos encanta esto. Supongo que ciertas personas, las que conocieron nuestro pasado y la clase de vida que fue la nuestra, lo que alternábamos, se preguntarán si no nos sentimos un poquitín solos, por aquí, rodeados de trigales. Era en el Oeste donde pensábamos instalarnos. En Wyoming o en Nevada: la vraie chose1. Esperábamos que una vez allá, también a nosotros nos tocara un poco de petróleo.

»Pero cuando íbamos de viaje, nos detuvimos en Garden City a visitar a unos amigos, amigos de unos amigos. Y en realidad no pudieron ser más amables. Insistieron en que nos quedáramos. Y nosotros pensamos. Bueno, ¿y por qué no? ¿Por qué no arrendar un pedacito de tierra y poner un rancho de caballos? ¿O una granja agrícola? Todavía no hemos decidido si nos dedicaremos a los animales o a la agricultura. El doctor Austin nos preguntó si el lugar no nos resultaba demasiado tranquilo, quizá. De ninguna manera. A decir verdad, nunca me había visto en un bullicio por el estilo. Con más ruido que un bombardeo aéreo. Silbido de trenes. Coyootes. Monstruos que aúúllan toda la santa noche. Un alboroto infernal. Y desde la historia de los asesinatos estoy que no vivo. Como tantas otras cosas que me tienen en vilo. Nuestra casa... es una vieja caja de ruidos. Pero le aclaro, no es que me queje de nada. En realidad es una casa con toda clase de comodidades, toodo lo que se requiere en la vida moderna. Pero..., ¡Oh..., cómo tse y cómo gruuñe! Cuando oscurece, cuando comienza ese viento, ese odiooso viento de la pradera, se oyen los gemidos más aterradores, quiero decir, si una es un poco impresionable, no puede menos que imaginar... bobadas. ¡Santo Dios! ¡Esa pobre familia! No, no habíamos sido presentados. Yo vi una vez al señor Clutter, en el Edificio Federal.

A principios de diciembre, en el transcurso de una misma tarde, dos de los parroquianos más asiduos del café, anunciaron que habían decidido marcharse de allí para cambiar no sólo de lugar sino de estado. El primero fue un aparcero que trabajaba para Lester McCoy, conocido terrateniente y hombre de negocios de Kansas.

-He ido a hablar con el señor McCoy -dijo-. He intentado explicarle lo que pasa por acá. Que no hay persona que duerma en Holcomb. Mi mujer no consigue dormir y no me deja dormir a mí. Así que le dije al señor McCoy que el puesto me agrada, pero con todo esto será mejor que empiece a buscar otro hombre. Contando con que nosotros nos mudamos. Allá para el este del estado de Colorado. Quizá entonces pueda descansar.

El segundo en anunciar que se iba fue la mujer de Hideo Ashida que pasó por el café con tres de sus cuatro hijos de sonrosadas mejillas. Los puso en fila frente a la barra del bar y le dijo a la señora Hartman:

-Déle a Bruce una bolsa de rosetas. Bobby quiere una Coca-Cola. ¿Y Bonnie Jean? Ya sabemos cómo te sientes Bonnie Jean, pero anda, toma tú también algo.

Bonnie Jean negó con la cabeza y la señora Ashida dijo:

-Bonnie Jean está un poco triste. No quiere marcharse de aquí. Dejar este colegio y todos sus amigos.

-Anda, vamos -le dijo sonriendo la señora Hartman a Bonnie Jean-. No tienes por qué estar triste, hijita. Después de todo, pasar de Holcomb a Garden City es mejorar, allí hay más niños...

-Es que usted no comprende -dijo Bonnie Jean-. Es que mi papá nos lleva lejos. A Nebraska.

Bess Hartman se quedó mirando a la madre como esperando que negara lo que había dicho la niña.

-Es cierto, Bess -dijo la señora Ashida.

-No sé qué decir -contestó la señora Hartman en un tono que quería ser indignado, atónito y desesperado a la vez.

Los Ashida formaban parte de la comunidad de Holcomb y todos los apreciaban porque eran una familia simpática y alegre aunque no por eso menos trabajadora y llena de amabilidad y generosidades para con todo el mundo, a pesar de que no tenían muchos medios con qué serlo.

-Hace mucho tiempo que veníamos hablando sobre eso -añadió la señora Ashida-. Hideo cree que nos puede ir mejor en otra parte.

-¿Y para cuándo piensan marcharse? -comentó la señora Hartman.

-En cuanto lo hayamos vendido todo. Aunque, de todos modos, no será antes de Navidades. Porque nos hemos puesto de acuerdo con el dentista para lo del regalo de Navidad de Hideo. Yo y los niños pensamos regalarle tres dientes de oro para Navidad.

La señora Hartman suspiró:

-No sé qué decir. Sólo que quisiera que no se fueran de aquí. Así, dejándonos -volvió a suspirar-. Es como si nos fuéramos a quedar sin nadie. De una manera o de otra.

-Pero ¿es que se cree usted que yo quiero marcharme? -exclamó la señora Ashida-. Por lo que respecta a la gente éste es el mejor lugar en que hemos vivido. Pero Hideo, él es el hombre y dice que en Nebraska tendremos una granja mejor. Y voy a decirle a usted una cosa, Bess -la señora Ashida intentó fruncir el ceño, pero su rostro regordete, redondo y liso, no se lo permitió-: Hemos tenido más de una discusión por ese motivo hasta que una noche fui y dije: «Muy bien. Tú eres quien manda, vayámonos.» Después de lo que les sucedió a Herb y a su familia me da la impresión de que aquí todo se ha acabado. Personalmente, hablo. Para mí. Así que dejé de discutir y le dije: Está bien. -Metió y sacó la mano en la bolsa de rosetas de Bruce-. Caramba, que no puedo borrármelo de la cabeza. Yo apreciaba mucho a Herb. ¿Sabía usted que yo fui una de las últimas personas que les vio con vida? ¡Ah, ja! Los niños y yo. Estuvimos en una reunión del club 4-H en Garden City y al terminar él nos llevó a casa en el coche. La última cosa que le dije a Herb fue que no podía imaginármelo nunca asustado. Que cualquiera que fuera la circunstancia en que se viera, creía que siempre sabría salir con éxito.

Pensativa, mordisqueó una roseta, tomó un sorbo de la Coca-Cola de Bobby y añadió:

-Es extraño, pero yo apostaría a que no tuvo miedo. Como quiera que fuese, yo apostaría que hasta el último momento él no creyó que pudiera estarle ocurriendo de veras. Porque una cosa así no podía suceder. Y menos a él.

El sol estaba quemando. Una pequeña embarcación estaba anclada en un mar tranquilo. Era el Estrellita con cuatro personas a bordo: Dick, Perry, un joven mexicano y Otto, un acaudalado alemán de mediana edad.

-Otra vez, por favor -pidió Otto.

Y Perry, rasgueando su guitarra, cantó con voz ronca un poco velada, una canción de las Montañas Smoky:
En este mundo; boy, mientras estamos vivos

algunos dicen de nosotros lo peor que pueden decir

pero cuando estemos muertos y dentro de nuestras cajas

vendrán a deslizar flores en nuestra mano.

Querrías tú darme flores ahora,

mientras aún estoy viviendo...

Una semana en Ciudad de México y después él y Dick habían continuado hacia el sur: Cuernavaca, Taxco, Acapulco. Y fue en Acapulco, en una tasca con tocadiscos automático, donde conocieron al velludo y simpático Otto. Dick lo había «abordado». Pero el caballero, un abogado de Hamburgo, que estaba de vacaciones, «ya tenía un amigo», un muchacho de Acapulco que se llamaba a sí mismo el Cowboy.

-Demostró ser un tipo de fiar -declaró Perry una vez refiriéndose al Cow-boy-. Pérfido como Judas, de algún modo, pero ¡oh, caramba, un tipo divertido! Un pillo de siete suelas. A Dick le gustaba también. Nos entendíamos maravillosamente.

El Cow-boy encontró para los tatuados viajeros a la deriva, habitación en casa de un tío suyo, se empeñó en mejorar el español de Perry y compartió con ellos los beneficios de su relación con el turista de Hamburgo, en cuya compañía y a cuyas expensas bebían, comían y se pagaban mujeres. Parecía que el anfitrión sentía bien empleados sus pesos aunque sólo fuera en saborear los chistes de Dick. Cada día, Otto alquilaba el Estrellita, una embarcación de pesca de alta mar y los cuatro amigos recorrían la costa con anzuelos. El Cowboy capitaneaba el barco, Otto dibujaba y pescaba, Perry preparaba los anzuelos, soñaba, cantaba y, a veces, también pescaba. Dick no hacía nada... sólo gemir, indiferente a todo, quejarse del balanceo, drogándose de sol, siempre tumbado como una lagartija a la hora de la siesta.

-Esto sí que es vida. La clase de vida como debe ser.

Perry hablaba así, pero sabía que aquello no podía continuar y que estaba destinado a concluir precisamente aquel mismo día. Al día siguiente, Otto se volvía a Alemania y Perry y Dick se irían en su coche a Ciudad de México... A instancias de Dick.

-Claro que sí, rico -había dicho cuando debatían sobre el asunto-. Es estupendo y todo eso. Con el sol sobre tu espalda. Pero la pasta se nos va volando. Y cuando nos hayamos vendido el coche, ¿qué nos quedará?

La contestación era que muy poco, porque por entonces ya se habían gastado casi toda la suma adquirida el día de Kansas City, con la efervescencia de los cheques sin fondos. Se habían vendido la cámara, los gemelos, los aparatos de televisión. También le habían vendido a un policía de Ciudad de México, con el que Dick había hecho amistad, unos prismáticos y una radio portátil gris marca Zenith.

-Lo que vamos a hacer es regresar a Ciudad de México, vender el coche y yo quizás encuentre allí empleo en algún garaje. De cualquier modo, es mejor irnos para allá. Más oportunidades. Cristo, y seguro que podría echar mano de aquella Inés.

Inés era una prostituta que había abordado a Dick en los escalones del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México (la visita formaba parte de un recorrido turístico para complacer a Perry). Tenía dieciocho años y Dick le había prometido casarse con ella. Claro que también se lo había prometido a María, una cincuentona viuda de un «banquero mexicano muy prominente». La había encontrado en un bar y a la mañana siguiente ella le había pagado el equivalente a siete dólares.

-Entonces, ¿qué dices? -le preguntó a Perry-. Vendemos el auto, buscamos trabajo y nos guardamos la pasta. Y vemos qué pasa.

Como si Perry no pudiera predecir exactamente lo que iba a pasar. Por el viejo Chevrolet les darían dos o trescientos dólares. Dick, si lo conocía bien y ahora sí que lo conocía, se lo gastaría inmediatamente en vodka y mujeres.

Mientras Perry cantaba, Otto trazó un rápido bosquejo en su cuaderno de dibujo. La semejanza no era desdeñable y el artista había captado una expresión no demasiado frecuente del semblante de su modelo: aquella cierta malicia, una divertida malicia pueril que remitía a la imagen de un pervertido cupido que llevara las flechas envenenadas. Estaba desnudo hasta la cintura. (A Perry le daba «vergüenza» quitarse los pantalones, le daba «vergüenza» ponerse el traje de baño porque temía que la vista de sus piernas lisiadas diera aprensión a la gente, así que, a pesar de sus fantasías de vida submarina, y toda su charla sobre inmersiones, no se había metido en el agua ni una sola vez. Otto reprodujo unos cuantos tatuajes que adornaban el supermusculoso pecho, los brazos y las pequeñas manos algo femeninas aunque callosas del modelo. El cuaderno de dibujo que Otto le dio a Perry como regalo de despedida, contenía varios «estudios de desnudo» de Dick.)

Otto cerró el cuaderno, Perry dejó su guitarra y el Cow-boy levó anclas y puso el motor en marcha. Era la hora de regresar. Estaban a quince kilómetros de la costa y el agua empezaba a ponerse oscura.

Perry insistió en que Dick se pusiera a pescar:

-Puede que no tenga otra oportunidad -dijo.

-¿Qué oportunidad?

-De atrapar uno de los gordos.

-Jesús, me viene uno de esos puñeteros ahora -contestó Dick-. Me encuentro mal.

Dick sufría con frecuencia fuertes dolores de cabeza, intensos como jaquecas («uno de esos puñeteros»). Suponía que eran consecuencia de su accidente de coche.

-Por favor, rico. Procura estar muy, muy quieto.

Momentos después, Dick olvidó sus dolores. Se puso de pie gritando excitadísimo. También Otto y el Cow-boy gritaban. Perry había pescado uno de los «gordos». Una aguja de mar de tres metros que brincaba por el aire, volvía a caer en el mar, se arqueaba como el arco iris, se hundía, descendía a las profundidades dando grandes sacudidas a la caña de pescar, se debatía, volaba, caía, emergía. Una hora y parte de otra transcurrió antes de que los cuatro hombres, bañados en sudor, consiguieran, haciendo girar el carrete, introducirla en la barca.

Hay un viejo, con una antigua cámara fotográfica de madera que anda siempre por el puerto de Acapulco y cuando el Estrellita ancló, Otto le encargó seis fotografías de Perry posando junto a su presa. Desde el punto de vista técnico, el trabajo del viejo fotógrafo resultó más bien deficiente: copias oscuras y con rayas de luz. No obstante eran fotografías buenas, más que nada por la expresión de Perry, su gesto de absoluta satisfacción, de beatitud como si por fin, y como en uno de sus sueños, un gran pájaro amarillo lo hubiera transportado al paraíso.
Una tarde de diciembre Paul Helm podaba aquel recuadro de miscelánea floral que había dado a Bonnie Clutter derecho a ser socia del Círculo de Plantas y Jardines de Garden City. Era una melancólica tarea porque le recordaba otra tarde en que había hecho lo mismo. Aquel día en que Kenyon fue a ayudarle y resultó ser la última vez que lo vio con vida. A Kenyon, a Nancy y a todos. Las semanas transcurridas desde entonces no habían sido fáciles para Helm. Andaba «mal de salud» (peor de lo que pensaba, ya que le quedaban cuatro meses de vida) y estaba preocupado por muchas cosas a la vez. Su trabajo, por nombrar una. Se preguntaba si el empleo le duraría mucho. Nadie parecía saberlo con certeza pero tenía entendido que las «niñas», Beverly y Eveanna, tenían intención de vender la propiedad..., aunque había oído que uno de los parroquianos decía en el café:

-Nadie va a comprarles la finca, por lo menos hasta que el misterio se aclare.

No «hacía ningún bien» pensarlo..., imaginar allí extraños cultivando «nuestra tierra».

A Helm le dolía, sufría por la memoria de Herb. El solía decir que aquel lugar «siempre debía ser para un hombre de su familia». En cierta ocasión, Herb le había dicho:

-Espero que aquí habrá siempre un Clutter y también un Helm.

Sólo había transcurrido un año desde que Herb había pronunciado aquella frase. ¿Y qué iba a hacer ahora él, Señor, si la propiedad se vendía? Se sentía «demasiado viejo para tratar de encajar en un lugar diferente».

Pero aún necesitaba trabajar y, además, quería hacerlo. No era de la clase de personas que se quitan los zapatos y se quedan acurrucados junto a la estufa. También era cierto que ahora estarse en la finca le tenía intranquilo: la casa cerrada, el caballo de Nancy que vagaba perdido por los campos, el dulzón aroma de las manzanas que, desprendidas, iban pudriéndose bajo los manzanos y la ausencia casi total de ruidos... Kenyon que llamaba a Nancy al teléfono, el silbido de Herb, su alegre «Buenos días, Paul». El y Herb se «entendían maravillosamente»... nunca se cruzó una palabra brusca entre ellos. ¿Por qué, entonces, los hombres del sheriff seguían interrogándole? ¿Es que pensaban que tenía algo que ocultar? Quizá no debió mencionar nunca a aquellos mexicanos. Le había referido a Al Dewey que, a eso de las cuatro del sábado 14 de noviembre, el día de los asesinatos, un par de mexicanos, uno con bigote y el otro con marcas de viruela, se habían presentado en la finca River Valley. El señor Helm los había visto llamar a la puerta «del despacho», luego vio salir a Herb y hablar con ellos en el prado del césped y, aproximadamente diez minutos después, observó que los forasteros «enfurruñados» se alejaban. El señor Helm supuso que habrían venido en busca de trabajo y que les habían dicho que no lo había. Desgraciadamente, aunque le hicieron repetir muchas veces su versión de los acontecimientos de aquel día, no habló del incidente hasta dos semanas después porque, según le explicó a Dewey, simplemente, acababa de recordarlo. Pero Dewey y alguno de los otros investigadores parecían no creer su versión y se comportaban como si fuera una historia que se había inventado para confundirles. Preferían creer a Bob Johnson, el agente de seguros, que se pasó toda la tarde del sábado hablando con el señor Clutter en el despacho de éste y que decía estar «positivamente seguro» de que desde las dos hasta las seis y diez, él había sido la única visita de Herb. El señor Helm se mostraba igualmente rotundo: mexicanos, un bigote, marcas de viruela, las cuatro de la tarde. Herb les hubiera dicho que él decía la verdad, les hubiese convencido de que él, Paul Helm, era un hombre que «rezaba sus oraciones y se ganaba su pan». Pero Herb se había ido para siempre.

Para siempre. Y Bonnie también. La ventana de su habitación daba al jardín y a veces, generalmente cuando «pasaba por un mal momento», el señor Helm la había visto allí, durante largas horas, contemplando el jardín, como si lo que viese le encantara. («Cuando era niña -le dijo una vez a una amiga- creía firmemente que los árboles y las flores eran como los pájaros o las personas. Que pensaban cosas y hablaban entre sí. Y que nosotros podíamos oírlos si lo intentábamos realmente. Sólo había que dejar la cabeza vacía de todos los demás ruidos. Quedarse muy quieto y escuchar intensamente. A veces, todavía ahora lo sigo creyendo. Lo que ocurre es que nunca se consigue estar lo suficientemente quieto...»)

Recordando a Bonnie en la ventana, Helm alzó la vista como esperando verla, su espíritu tras los cristales. Si efectivamente la hubiese visto, no se hubiera quedado tan estupefacto como viendo lo que vio: una mano descorriendo la cortina y unos ojos escrutadores que le miraban.

-Pero -según contó después-, el sol pegaba en aquel lado de la casa.

Y hacía ondular los cristales de las ventanas, alterando con el reflejo lo que había detrás y en el tiempo que tardaba el señor Helm en llevarse la mano a los ojos, usándola de pantalla, las cortinas volvían a estar corridas, la ventana desierta.

-Mis ojos ya no ven muy bien y me pregunto si no me habrían jugado una mala pasada -recordaba después- Pero no. Tenía la seguridad de que no. Tenía la seguridad de que no se trataba de un fantasma. Porque yo no creo en fantasmas. Entonces, ¿quién podía ser? Husmeando por allá dentro, donde nadie está autorizado a entrar más que la policía... ¿Y cómo había conseguido entrar? Con todo cerrado a cal y canto como si la radio hubiese anunciado tornado. Eso es lo que me intrigaba. Pero no tenía ganas de descubrirlo, por lo menos no por mi cuenta. Interrumpí lo que estaba haciendo y me fui campo atraviesa hasta Holcomb. En cuanto llegué, telefoneé al sheriff Robinson. Le dije que alguien andaba dando vueltas por la casa de los Clutter. Bueno, llegaron en un santiamén. Policía del estado. El sheriff y los suyos. Los del KBI. Al Dewey. Y justo cuando estaban rodeando la casa, como preparándose para la acción, se abrió la puerta principal.

Por ella salió una persona que ninguno de los presentes había visto jamás, un hombre de unos treinta y cinco años, de ojos apagados, pelo alborotado, que llevaba una pistolera con una pistola de calibre 38.

-Supongo que todos los que allí estábamos tuvimos la misma idea: éste era él, el que había llegado y quien los había matado -continuó el señor Helm-. No hizo movimiento alguno. Se quedó quieto. Parpadeando. Le quitaron el arma y empezaron a hacerle preguntas.

El hombre se llamaba Adrian, Jonathan Daniel Adrian. Iba de camino hacia Nuevo México y en el presente no tenía dirección alguna. ¿Con qué intenciones se había introducido en casa de los Clutter y, además, cómo lo había hecho? Les explicó cómo. (Había levantado la tapa de un pozo y se había deslizado por la tubería que daba al sótano.) En cuanto al porqué, había leído lo ocurrido allí y sintió curiosidad por ver qué aspecto tenía aquello.

-Y entonces -según recordaba el señor Helm el episodio- alguien le preguntó si viajaba haciendo auto-stop. «¿Hacer auto-stop hasta Nuevo México? No», contestó. Tenía coche. Y estaba aparcado en la avenida, un poco más allá. Así que todos fueron para ver el coche. Cuando encontraron lo que llevaba en él, uno de los hombres, quizás Al Dewey, le dijo, a ese Jonathan Daniel Adrian: «Muy bien, señor, parece que tenemos algunas cosas de que hablar.» Porque dentro del coche lo que encontraron era un fusil calibre 12. Y un cuchillo de caza.

Una habitación de hotel en la Ciudad de México. En la habitación, una horrible cómoda moderna con un espejo de color lavanda que tenía insertado en una esquina un aviso impreso de la Dirección:




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