Capote, Truman



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Me vine solo al jardín


cuando el rocío se posaba aún en las rosas

y la voz que escuché en mi oído

revelaba al Hijo de Dios...

En el borde del cielo, se dibujaba la luna llena.


El lunes siguiente durante su declaración y antes de someterse a una prueba con detector de mentiras, el joven Bobby Rupp describió su última visita a casa de los Clutter:

-Había luna llena y pensé que quizá, si Nancy quería, podíamos dar una vuelta en coche, llegarnos hasta el lago McKinney. O ir al cine a Garden City. Pero cuando la llamé por teléfono, serían eso de las siete menos diez, me dijo que tenía que pedirle permiso a su padre. Luego volvió diciendo que su padre había dicho que no, porque la noche anterior había llegado muy tarde. Pero me propuso que fuera a ver la televisión con ellos. He pasado muchos ratos en casa de los Clutter viendo la televisión. ¿Saben? Nancy es la única chica con que yo he salido. La conozco de toda la vida: fuimos juntos a la escuela desde el primer grado. Siempre, que yo recuerde, ha sido muy mona y popular, una gran persona aun cuando era una niña pequeña. Quiero decir que nos daba a todos una sensación de contento interior: cuando estabas con ella te sentías una gran persona. La primera vez que salimos juntos fue el año antes de empezar bachillerato. Casi todos los chicos de la clase la querían llevar al baile de fin de curso y me quedé muy sorprendido, y a la vez lleno de orgullo, cuando me dijo que iría conmigo. Los dos teníamos entonces doce años. Mi padre me dejó el coche y la llevé al baile. Cuanto mejor la conocía, más me gustaba y lo mismo toda su familia... no hay una familia igual, al menos por aquí, que yo sepa. El señor Clutter puede que fuera un poco estricto en algunas cosas, en la religión y así, pero nunca trataba de dar la sensación de que era él quien tenía razón y los demás quienes estaban equivocados.

»Nosotros vivimos a cinco kilómetros al oeste de la finca de los Clutter. Yo siempre iba y venía a pie, pero como he trabajado todos los veranos, el año pasado pude comprarme un coche, un Ford del 55. Así que fui en coche y llegué allí un poco después de las siete. No vi a nadie en la carretera ni tampoco en el camino que lleva a la casa, ni siquiera un alma por allá afuera. Sólo a Teddy que me ladró. En la planta baja estaban las luces encendidas, en la sala de estar y en el despacho del señor Clutter. El piso de arriba estaba oscuro y supuse que la señora Clutter, si estaba en casa, estaría durmiendo. No se sabía nunca si estaba o no y yo nunca lo preguntaba. Pero luego me di cuenta de que había supuesto bien porque, más tarde, Kenyon quería practicar con su trompeta que era el instrumento que tocaba en la banda del colegio y Nancy le dijo que no, porque podía despertar a la señora Clutter. Bueno, pues cuando llegué habían acabado de cenar y Nancy tenía ya los platos puestos en la máquina de lavar y los tres -los dos chicos y el señor Clutter- estaban en la sala. Así que nos acomodamos como cualquier otra noche: Nancy y yo en el diván y el señor Clutter en su mecedora acolchada. No miraba mucho la televisión porque estaba leyendo un libro de Kenyon de la serie Rover Boy1.

»Una vez, fue a la cocina y volvió con dos manzanas. Me ofreció una pero yo no la quise y él se comió las dos. Tenía los dientes blanquísimos y decía que era por las manzanas. Nancy..., Nancy llevaba calcetines y zapatillas, tejanos y un jersey verde, creo. Llevaba el reloj de oro en la muñeca y un brazalete de cadenilla que yo le regalé en enero cuando cumplió los dieciséis, con su nombre en un lado y el mío en el otro y también un anillo, una cosita de plata que se compró hace un verano cuando estuvo en Colorado con los Kidwell. No era mi anillo, nuestro anillo. ¿Saben?, hace un par de semanas se enfadó conmigo y me dijo que dejaría de llevar nuestro anillo por un tiempo. Cuando la chica con quien sales hace eso, quiere decir que te está poniendo a prueba. Claro, desde luego que teníamos discusiones, todos las tienen, todas las parejas que van "en serio". Lo que ocurrió fue que yo estaba en la boda de un amigo y durante la recepción tomé una cerveza. Me bebí una botella de cerveza y resulta que Nancy se enteró. Un chismoso fue y le dijo que yo estaba borracho perdido. Bueno, pues estuvo como el mármol y no me saludó durante una semana. Pero últimamente nos habíamos entendido tan bien como siempre y creo que estaba casi a punto de volver a ponerse nuestro anillo como antes.

»Bueno, pues la primera película que vimos, en el canal 11, fue El hombre y el desafío. Sobre la gente del Ártico. Luego vimos una del Oeste y después otra de espionaje: Cinco dedos. A las nueve y media salió Mike Hammer. A continuación, las noticias. Pero a Kenyon nada le gustaba porque no le dejábamos elegir los programas. Lo criticaba todo y Nancy no cesaba de repetirle que se callara. Se peleaban siempre, pero en realidad estaban muy unidos, más unidos que la mayoría de hermanos y hermanas. Imagino que en parte sería porque habían estado tanto tiempo ellos dos solos con la señora Clutter fuera y el señor Clutter en Washington o dondequiera que fuese. Sé que Nancy quería de veras a su hermano pero no creo que ella ni nadie fuera capaz de comprender exactamente a Kenyon. Siempre parecía estar en otra parte. Nunca se podía saber qué estaba pensando, ni siquiera si le estaba mirando a uno porque era un poco bizco. Algunos decían que era un genio y puede que lo fuera. Desde luego, leía muchísimo. Pero como dije, era un chico inquieto; no quería ver la televisión, quería hacer ejercicios con su trompeta y cuando Nancy le dijo que no lo hiciera, recuerdo que el señor Clutter le propuso que se fuera al sótano, a su leonera, donde nadie le oiría. Pero tampoco quiso.

»El teléfono sonó una vez. ¿Dos? Caramba, no me acuerdo. Sólo sé que el teléfono llamó una vez y el señor Clutter lo cogió en su despacho. La puerta estaba abierta, la puerta corrediza que hay entre la sala de estar y el despacho. Oí que decía "Van" así que supe que estaba hablando con su socio, el señor Van Vleet y le oí decir que le dolía la cabeza pero que ya se le estaba pasando. Y dijo también que se verían el lunes. Cuando volvió..., sí, lo de Mike Hammer acababa de terminar. Cinco minutos de noticias. Luego el informe meteorológico. El señor Clutter prestaba siempre mucha atención al boletín meteorológico. Era lo único que de verdad esperaba. Igual que la única cosa que me interesaba a mí eran los deportes, que venían a continuación. Cuando terminó la crónica deportiva, eran las diez y media y me levanté para marcharme. Nancy me acompañó hasta afuera. Charlamos un poco y quedamos en ir al cine el domingo por la noche a ver una película que todas las chicas se morían por ver: Blue Denim. Luego se metió en casa corriendo y yo me marché en el coche. Tanto brillaba la luna que la noche era clara como el día. Hacía frío y un poco de viento. Los cardos volaban por doquier. Pero no vi nada más. Sólo ahora cuando lo pienso, creo que alguien debía de estar por allí escondido. Quizás abajo, entre los árboles. Alguien que estaba esperando a que yo me marchara.

Los viajeros se detuvieron a cenar en un restaurante de Great Bend. Perry, reducido a sus últimos quince dólares, iba a pedir root beer y un bocadillo, pero Dick se opuso diciendo que necesitaban llenar la tripa y que no se preocupara por la cuenta, que eso era asunto suyo. Pidieron dos filetes no muy hechos, con patatas al horno, ruedas de cebolla, patatas fritas, succotash1, macarrones y maíz, ensalada con mayonesa picante «Mil islas», bollitos de canela, tarta de manzana, helado y café. Y para rematarlo, entraron en una tienda a escoger puros. En la misma tienda, compraron también dos gruesos rollos de cinta adhesiva.

Mientras el Chevrolet negro ganaba otra vez la autopista y corría a través de una campiña que ascendía imperceptiblemente hacia el clima más frío y seco de los altos trigales, Perry cerró los ojos y el sopor tras la comilona se fue apoderando de él hasta que quedó medio dormido; despertó al oír la voz que daba las noticias de las once. Bajó la ventanilla y bañó su rostro en el aire fresco. Dick le dijo que estaban en el condado de Finney.

-Cruzamos la frontera hace dieciséis kilómetros -explicó.

El coche iba a gran velocidad. Los carteles publicitarios, relumbraban al pasar: «Vean los osos polares», «Motores Burtis», «La mayor piscina gratuita del mundo», «Motel Los Trigales» y por último, un poco antes de que comenzara la iluminación de la calle: «Hola, forastero. Bienvenido a Garden City, la ciudad te abre sus puertas.”

Bordearon la periferia norte de la ciudad. No había nadie por allí a aquella hora, era casi medianoche. No había nada abierto a no ser una hilera de gasolineras que brillaban desoladas. Dick entró en una Hurd's Phillips 66. Apareció un chico y preguntó:

-¿Lo lleno?

Dick asintió y Perry salió del coche, entró en el pequeño edificio y se encerró en el retrete. Le dolían las piernas corno tantas veces, le dolían como si aquel antiguo accidente le hubiese sucedido cinco minutos antes. Tomó tres aspirinas del frasco que llevaba, las masticó lentamente (porque le gustaban) y bebió un poco de agua del grifo del lavabo. Se sentó en el retrete, estiró las piernas y se las frotó, dándose un masaje en las rodillas que casi no podía doblar. Dick había dicho que faltaba poco, «sólo once kilómetros más». Corrió la cremallera de un bolsillo de su guerrera y sacó una bolsa de papel; contenía los guantes de goma recién comprados. Eran pegajosos y delgados, recubiertos de una sustancia viscosa y, al probárselos, uno se rasgó un poco; no era una rotura grave, sólo un pequeño corte entre los dedos, pero a él le pareció de mal agüero.

El pomo de la puerta giró, con una sacudida.

-¿Quieres caramelos? -le preguntó Dick-. Ahí afuera hay una máquina automática.

-No.


-¿Te encuentras bien?

-Muy bien.

-No tardes toda la noche.

Dick echó una moneda en una automática, tiró de la palanca y cogió una bolsita de jelly beans1. Masticando volvió al coche y observó los esfuerzos del mozo de la gasolinera para librar el parabrisas del polvo de Kansas y de restos de insectos aplastados. El mozo, que se llamaba James Spor, se sentía nervioso. Los ojos de Dick y su hosca expresión junto con la extraña y prolongada estancia de Perry en el lavabo, le inquietaban. (Al día siguiente le contaría a su jefe: «Anoche tuvimos un par de clientes bastante groseros.» Pero ni entonces ni durante mucho tiempo, relacionaría aquellos visitantes con la tragedia de Holcomb.)

Dick dijo:

-Esto está un poco muerto.

-¡Ah, sí! -contestó James Spor-. Son ustedes los primeros que paran aquí desde hace un par de horas. ¿De dónde vienen?

-Kansas City.

-¿A cazar por aquí?

-Sólo de paso. Vamos a Arizona. Tenemos allí trabajo que nos aguarda. En la construcción. ¿Tiene idea de cuántos kilómetros hay hasta Tucumcari, en Nuevo México?

-No sabría decirle. Son tres dólares seis. -Tomó el dinero de Dick, le dio el cambio y añadió-: Perdóneme, pero estoy trabajando, cambiando el parachoques de un camión.

Dick se quedó esperando. Comió algunas pastillas, aceleró el motor. Hizo sonar el claxon. ¿Sería posible que se hubiera equivocado al juzgar el carácter de Perry? ¿Tendría, como tantos otros en su lugar, un súbito ataque de pánico? Hacía un año, cuando se conocieron, había considerado a Perry «todo un tío» aunque quizás un poco «engreído», «sentimental» y demasiado «soñador». Le fue simpático pero no creyó que valiera la pena cultivarlo, hasta el día en que Perry le habló de un asesinato que había cometido, describiendo con qué facilidad por «puro gusto» había matado a un hombre de color en Las Vegas, golpeándolo con una cadena de bicicleta. Aquella anécdota había elevado la opinión que a Dick le merecía el pequeño Perry. Empezó a frecuentar su compañía y, como Willie-Jay, pero por muy distintas razones, decidió gradualmente que Perry poseía condiciones muy poco corrientes y valiosas. Por Lansing circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de haber cometido asesinatos o de sus ganas de cometerlos; pero Dick llegó al convencimiento de que Perry era ese ejemplar único, el «asesino nato», absolutamente cuerdo pero sin conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima sangre fría. Y la teoría de Dick era que tal don podía, bajo su supervisión, ser provechosamente explotado. Una vez llegado a semejante conclusión, empezó a ganarse a Perry halagándolo, fingiendo, por ejemplo, que creía en todo aquello del tesoro enterrado, y compartía sus anhelos de vagabundear por playas y puertos. Nada de eso atraía a Dick que deseaba «una vida normal», con un buen negocio propio, una casa, coche a la puerta, un caballo que montar y «montones de chicas rubias». Sin embargo, era muy importante que Perry no lo sospechara, por lo menos no hasta que Perry, con su maravilloso don, hubiera colaborado con las ambiciones de Dick. Pero quizás era Dick quien se había equivocado en sus cálculos, quizás era él el engañado; si era así, si al fin y al cabo resultaba que Perry no era más que un «vulgar malhechor», entonces «la fiesta» había acabado, los meses empleados en planearlo todo se convertían en humo y sólo podían dar media vuelta y marcharse. Pero tal cosa no debía ocurrir; Dick volvió a entrar en la gasolinera.

La puerta del excusado seguía cerrada. La golpeó con el puño.

-¡Perry, por el amor de Dios!

-Un minuto.

-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

Perry se agarró al borde del lavabo y se puso en pie haciendo fuerza con los brazos. Las piernas le temblaban, el dolor de las rodillas lo hacía sudar. Se limpió la cara con una toalla de papel. Abrió la puerta y dijo:

-Ya está. Vamos.

El dormitorio de Nancy era la habitación más pequeña y personal de la casa, femenina y tan frívola como un tutú de bailarina. Las paredes, el techo, todo menos una cómoda y una escribanía, era de color rosa, azul o blanco. El lecho, blanco y rosa, cubierto de cojines azules, estaba presidido por un oso de peluche rosa y blanco, ganado por Bobby en el tiro al blanco en una feria del lugar. Un tablón de anuncios, de corcho, pintado en rosa, colgaba sobre el tocador de faldones blancos y en él había clavadas unas gardenias secas, que en su día llevó como adorno del vestido, tarjetas de San Valentín, recetas recortadas del periódico, instantáneas de su sobrinito, de Susan Kidwell y de Bobby Rupp. Bobby Rupp en una docena de poses: balanceando un bate de béisbol, regateando con una pelota de baloncesto, conduciendo un tractor, chapoteando en el agua en bañador a la orilla del lago McKinney (tan adentro como se atrevía, porque nunca supo nadar). Y había también fotografías de Nancy y Bobby juntos. De todas, su preferida era una en que aparecían sentados junto a los restos de una merienda campestre, a la luz que se filtraba por entre el follaje y mirándose con una expresión tal, que, a pesar de no sonreír, traslucía alegría y contento simplemente por el hecho de estar juntos. Otras fotografías, de caballos, de gatos ya muertos pero no olvidados, como el pobre Boobs que no hacía mucho que había muerto y de modo misterioso (ella sospechaba que envenenado), se amontonaban en su escritorio.

Nancy, según confesó una vez a su amiga y profesora de economía doméstica, la señora Polly Stringer, era invariablemente la última de la familia en acostarse, y consideraba las doce de la noche su momento de «egocentrismo y vanidad». Era el momento de entregarse al rutinario tratamiento de belleza, al rito de limpiarse el cutis y aplicarle una crema, rito que los sábados, incluía también un lavado de cabeza. Aquella noche, después de secarse el pelo, lo cepilló, lo recogió con un finísimo pañuelo y sacó del armario la indumentaria que pensaba ponerse el día siguiente para ir a la iglesia: medias, mocasines negros y un vestido de terciopelo rojo, el más bonito que tenía, confeccionado por ella misma, vestido que habría de servirle de mortaja.

Antes de rezar sus oraciones, siempre registraba en su diario algún acontecimiento del día («Ha llegado el verano. Para siempre, espero. Ha venido Sue y hemos montado en Babe hasta el río. Sue ha tocado la flauta. Luciérnagas») y algún arranque repentino («Lo amo, de verdad que lo amo»). Era un diario para cinco años. En sus cuatro años de existencia, jamás había descuidado la anotación diaria, aunque el esplendor de algunos acontecimientos (la boda de Eveanna, el nacimiento de su sobrino) o el dramatismo de otros (su «primera pelea verdadera con Bobby», una página literalmente bañada en lágrimas), le habían obligado a usurpar el espacio destinado en principio al futuro. El distinto color de la tinta identificaba los sucesivos años: en 1956 era verde, en 1957 rojo, reemplazado al año siguiente por un brillante color lavanda, y ahora, en 1959, se había decidido por un más digno azul. Pero como en cualquier otra manifestación, su caligrafía, inclinada hacia la derecha, o a la izquierda, redondeada, o picuda, apretada o espaciada, denotaba aquella preocupación suya, como si estuviera continuamente preguntándose: «¿Es Nancy así? ¿O es asá? ¿Cuál soy yo?» (En una ocasión su profesora de inglés, la señora Riggs, le devolvió un tema que le había presentado con el comentario: «Bien. Pero ¿por qué escrito en tres caligrafías distintas?» A lo que Nancy replicó: «Porque todavía no soy lo bastante mayor como para tener una sola firma») Pero sin embargo, en los últimos meses había progresado y con una caligrafía que denotaba incipiente madurez escribió: «Jolene K. vino y le enseñé a hacer una tarta de cereza. Ensayado con Roxie. Bobby estuvo aquí y vimos la televisión. Se marchó a las once.”

-Aquí es, aquí es, tiene que ser aquí. Allí está el colegio, aquí el garaje, ahora tenemos que girar hacia el sur.

A Perry le parecía que Dick estaba murmurando alborozados conjuros. Dejaron la autopista, atravesaron a toda velocidad la desierta Holcomb y cruzaron las vías del ferrocarril de Santa Fe.

-La loma, ésa debe de ser la loma: ahora tenemos que volver al oeste, ¿ves los árboles? Aquí es, tiene que ser aquí.

Los faros del auto descubrieron un camino bordeado de olmos de China y recorrido por matas de cardos que arrastraba el viento. Dick apagó los faros, aminoró la marcha y se detuvo hasta que sus ojos se acostumbraron a la noche iluminada por la luna. Poco después el coche avanzó cautelosamente.

Holcomb se halla a veinte kilómetros al este del huso horario de la montaña, circunstancia que provoca más de una queja porque significa que a las siete de la mañana -y en invierno a las ocho o incluso después- todavía está oscuro y las estrellas, si las hay, brillan aún, como ocurría aquel domingo mientras los dos hijos de Vic Irsik cumplían con su diario menester. Pero a eso de las nueve, cuando los muchachos habían terminado su trabajo, durante el cual nada anormal notaron, el sol había salido ofreciendo otra hermosa jornada de las de la perfecta estación de los faisanes. Mientras se alejaban de la finca corriendo por la avenida, saludaron con la mano a un coche que llegaba y una chica contestó a su saludo. Era una compañera de colegio de Nancy Clutter que se llamaba también Nancy, Nancy Ewalt, hija única de Clarence Ewalt, que iba al volante, hombre de mediana edad, no muy aficionado a ir a la iglesia, ni tampoco su mujer, que, sin embargo, cada domingo acompañaba a su hija a la finca River Valley para que, en compañía de la familia Clutter, asistiese al servicio metodista de Garden City. Ello le evitaba «hacer ida y vuelta a la ciudad». Tenía la costumbre de esperar hasta que su hija hubiera entrado en la casa. Nancy, una jovencita que se preocupaba mucho del vestir, con cuerpo de artista de cine, el porte modesto del que lleva gafas y andar tímido, cruzó el césped y llamó al timbre de la entrada principal. La casa tenía cuatro entradas y cuando, después de llamar repetidamente nadie acudió a abrir, pasó a otra, la que daba al despacho del señor Clutter. La puerta estaba entreabierta. La abrió un poco más, lo suficiente para comprobar que en el despacho no había más que sombras, pero se quedó allí diciéndose que a los Clutter no les gustaría una «intromisión». Llamó con los nudillos, llamó al timbre y al final fue hasta la parte posterior de la casa. Allí estaba el garaje y vio que los dos coches estaban dentro: dos Chevrolet sedán. Lo que quería decir que tenían que estar en casa. Después de recurrir en vano a una tercera puerta, que daba a la despensa, y a una cuarta, que daba a la cocina, se volvió donde estaba su padre, quien dijo:

-Quizá duerman todavía.

-Eso es imposible. ¿Te imaginas al señor Clutter dejando de ir a la iglesia? ¿Y sólo para dormir un poco más?

-Vámonos, entonces. Iremos al Profesorado. Susan debe de saber qué ha pasado.

La casa del Profesorado, que se halla enfrente del colegio nuevo, es una construcción antigua, pardusca y patética. Sus veintitantas habitaciones están divididas en apartamentos gratuitos destinados a los miembros de la facultad que no pueden encontrar o permitirse otro alojamiento. Sin embargo, Susan y su madre habían conseguido dorar la píldora y dar ambiente íntimo y personal a su apartamento, que constaba de tres habitaciones en la planta baja. Era increíble lo que contenía aquella reducidísima sala de estar: además de los asientos, un órgano, un piano, un jardín de plantas en tiestos llenos de flores y, generalmente, un perrito muy vivaz y un enorme gato soñoliento. Aquella mañana de domingo, Susan, una alta y lánguida damita de cara pálida oval, con hermosos ojos de color gris azulado y manos extraordinarias de largos dedos flexibles y elegantes, estaba asomada a la ventana de su habitación observando la calle, vestida para ir a la iglesia y esperando de un momento a otro ver el Chevrolet de los Clutter, pues ella también iba al servicio religioso dominical acompañada por los Clutter. En lugar de los Clutter vio aparecer a los Ewalt, que le contaron la rara historia.

Pero Susan tampoco le supo encontrar explicación, ni su madre, que dijo:

-Si hubiera algún cambio de plan, vamos, estoy segura de que hubiesen llamado. Susan, ¿por qué no les llamas tú? Puede que estén todavía durmiendo, supongo.

-De modo que lo hice -dijo Susan en una declaración de fecha posterior-. Llamé a la casa y dejé que el teléfono sonara (o por lo menos me dio la impresión de que sonaba), oh, durante un minuto o más. No contestó nadie y entonces el señor Ewalt sugirió que volviésemos a la casa y tratáramos de «despertarles». Pero cuando llegamos allí..., yo no quería hacerlo. No quería entrar en la casa. Me daba miedo y no sé por qué, porque ni me había pasado por la cabeza. Bueno, algo así nunca se le ocurre a uno. Pero el sol era tan fuerte, todo parecía demasiado brillante y tranquilo. Y después vi que todos los coches estaban allí, incluso el viejo Vagón Coyote de Kenyon. El señor Ewalt llevaba ropa de diario y las botas llenas de barro; le pareció que no iba vestido como para hacer una visita a los Clutter. Especialmente porque nunca lo había hecho. Quiero decir que nunca había estado en la casa. Al fin, Nancy dijo que entraría conmigo. Nos fuimos hacia la puerta de la cocina y, claro, no estaba cerrada con llave, pues la única persona que cerraba puertas con llave en casa de los Clutter era la señora Helm. Nadie de la familia lo hacía. Entramos y en seguida me di cuenta de que los Clutter no habían tomado el desayuno: nada de platos, nada en el fuego. Entonces vi algo extraño: el bolso de Nancy. Estaba en el suelo, abierto. Atravesamos el comedor y nos detuvimos al pie de la escalera. La habitación de Nancy queda exactamente arriba. La llamé y empecé a subir los escalones, seguida de Nancy Ewalt. El ruido de nuestros pasos me asustó más que nada: sonaban tan fuertes y todo estaba tan silencioso... La puerta de la habitación de Nancy estaba abierta. Las cortinas no habían sido corridas y el cuarto estaba lleno de sol. No recuerdo haber gritado. Nancy Ewalt dice que grité sin parar. Sólo recuerdo el osito de peluche de Nancy que me miraba. Y Nancy. Y que eché a correr...

Mientras tanto, el señor Ewalt había decidido que quizá no debió haber dejado entrar a las chicas solas en la casa. Bajaba del coche para reunirse con ellas cuando oyó los alaridos. Pero antes de que pudiera llegar a la casa, las jóvenes corrían ya a su encuentro. Su hija gritaba:

-¡Está muerta! -y refugiándose en sus brazos, añadió-: De verdad, papá. ¡Nancy está muerta!

Susan se volvió contra ella:

-No, no está muerta. Y no lo digas. No te atrevas a decirlo. Sólo es que le sale sangre de la nariz. Le ocurre muchas veces, le sangra la nariz muchísimo y no le pasa nada más.

-Hay demasiada sangre por las paredes. No te has fijado bien.

-No conseguía entender lo que decían -testimonió posteriormente Ewalt-. Imaginé que quizá la chica estuviera herida. Se me ocurrió que había que llamar una ambulancia. La señorita Kidwell, Susan, me dijo que había un teléfono en la cocina. Lo encontré exactamente donde ella me dijo. Pero el auricular estaba descolgado, y cuando lo levanté vi que el hilo había sido cortado.

Larry Hendricks, profesor de inglés de veintisiete años, vivía en el último piso de la casa del Profesorado. Quería escribir pero su apartamento no era el refugio ideal para un aspirante a escritor, pues era más pequeño que el de las Kidwell y además lo compartía con su esposa y tres niños vivarachos, amén de una televisión siempre en marcha. («Es el único sistema de tener a los niños quietos.») Si bien hasta ahora no ha publicado nada, el joven Hendricks, ex marino muy viril, nacido en Oklahoma, que fuma en pipa, lleva bigote y posee un indomable pelo negro, tiene aspecto de literato, en realidad se parece mucho a Ernest Hemingway, el escritor que él más admira, en las fotografías de joven. Para redondear su sueldo de profesor conduce además el autobús del colegio.

-A veces hago noventa kilómetros al día -le dijo a un conocido-. Lo cual no me deja mucho tiempo para escribir. A no ser los domingos. Pues bien, aquel domingo, 15 de noviembre, estaba yo en el apartamento leyendo los periódicos. La mayor parte de las ideas para escribir un cuento las saco de los periódicos, ¿sabe? Bueno, la televisión estaba en marcha y los niños estaban más bien bulliciosos, pero aun así, pude oír voces. Abajo. En el apartamento de la señora Kidwell. Pero pensé que no era asunto mío ya que yo era nuevo aquí, pues llegué a Holcomb a principios de curso. Pero entonces Shirley, que estaba afuera tendiendo ropa, mi esposa Shirley, entró corriendo y dijo:

»-Cariño, será mejor que bajes. Están todos histéricos.

»Las dos chicas, desde luego, estaban en pleno ataque de histeria. Si quiere que les diga lo que pienso, Susan nunca se recobró del todo. Ni nunca se recobrará. Ni la pobre señora Kidwell. Es de poca salud; siempre está nerviosa. No dejaba de decir, claro, yo no entendí de qué se trataba hasta mucho después, no dejaba de decir: "Oh, Bonnie, Bonnie, ¿qué ha ocurrido? Pero si estabas tan contenta, si me dijiste que todo había terminado y que no volverías a estar mala." Y cosas así. Hasta el señor Ewalt estaba tan alterado como puede estarlo un hombre así. Hablaba por teléfono con el despacho del sheriff, el sheriff de Garden City, y le decía que sucedía "algo absolutamente impropio en casa de los Clutter". El sheriff prometió que iría inmediatamente y el señor Ewalt le contestó que iría hacia la autopista a su encuentro. Shirley bajó para quedarse con las mujeres y tratar de calmarlas, como si alguien hubiera podido. Y yo fui con Ewalt a la autopista a esperar al sheriff Robinson. Por el camino me contó lo que había sucedido. Cuando llegó a lo de haber descubierto que el hilo telefónico estaba cortado, entonces, me dije: "¡Huy! Mejor será que tengas los ojos bien abiertos y tomes nota de todos los detalles. Por si acaso has de declarar ante un tribunal."

»Llegó el sheriff. Eran las nueve y treinta y cinco: miré mi reloj. Ewalt le hizo señal de que siguiera su coche y nos dirigimos a casa de los Clutter. Yo nunca había estado allí, sólo la había visto de lejos. A la familia la conocía, naturalmente. Kenyon era alumno mío de inglés, segundo curso, y había dirigido a Nancy en la representación de Tom Sawyer. Pero eran unos chicos tan extraordinarios, con tan pocas pretensiones, que nunca hubiera imaginado que fuesen ricos ni que vivieran en una casa tan grande, con árboles, aquel césped y todo tan en orden y cuidado. Al llegar allí, después de haber oído lo que Ewalt le contó, el sheriff se puso en contacto por radio con su despacho y pidió que le mandaran refuerzos y una ambulancia. Dijo:

»-Ha ocurrido algún accidente.

»Luego entramos en la casa, los tres. Atravesamos la cocina y vimos un bolso de mujer en el suelo y el teléfono con los hilos cortados. El sheriff llevaba una pistola al cinto y cuando empezamos a subir la escalera para ir a la habitación de Nancy, me di cuenta que la llevaba en la mano.

»Bueno, era una cosa horrenda. Aquella maravillosa jovencita... Me hubiera sido imposible reconocerla. Le habían disparado en la nuca, con el arma a pocos centímetros. Yacía sobre un costado, cara a la pared y la pared estaba cubierta de sangre. La ropa de la cama la cubría hasta los hombros. El sheriff Robinson la destapó y vimos que llevaba puesto un albornoz, el pijama, calcetines y zapatillas, como si en el momento del hecho, no se hubiese acostado aún. Tenía las manos atadas a la espalda y los tobillos atados con una cuerda de las que se usan en las persianas venecianas. El sheriff preguntó:

»-¿Es ésta Nancy Clutter?

»El nunca la había visto antes. Y yo contesté:

»-Sí. Sí. Es Nancy.

»Salimos otra vez al corredor y miramos en derredor. Todas las demás puertas estaban cerradas. Abrimos una, era un baño. Había algo raro allí. Decidí que sería la silla, una silla del comedor que parecía muy fuera de lugar en un baño. La puerta contigua..., estuvimos todos de acuerdo en que debía de ser la habitación de Kenyon. Estaba llena de cosas propias de muchacho. Reconocí las gafas de Kenyon en un estante para libros que había junto a la cama. Pero la cama estaba vacía aunque parecía que alguien hubiera dormido en ella. Así que fuimos hasta el final del corredor y al abrir la última puerta encontramos, allí en su lecho, a la señora Clutter. La habían atado, también. Pero de otra manera, con las manos por delante, de modo que parecía estar rezando y en una mano tenía, agarraba, un pañuelo. ¿O era un kleenex? La cuerda que le rodeaba las muñecas le bajaba hasta los tobillos que tenía atados uno contra otro y de allí iba al pie de la cama, en una de cuyas patas había sido atada; un trabajo complicado y hábil. ¡Pensar el tiempo que habría requerido! Y mientras tanto la mujer allí, loca de terror... Bueno, pues llevaba puestas algunas joyas, dos anillos (y ésa es una de las razones por las que yo siempre descarté el robo como motivo), una bata, camisón blanco y calcetines blancos. Le habían tapado la boca con cinta adhesiva pero como le dispararon a quemarropa a un lado de la cabeza, la explosión, el impacto, había desprendido violentamente la cinta adhesiva. Tenía los ojos abiertos. De par en par. Como si todavía estuviera mirando al asesino. Porque no pudo dejar de verlo mientras apuntaba. Nadie dijo nada. Estábamos demasiado aturdidos. Recuerdo que el sheriff buscó por allí para ver si podía dar con el cartucho vacío. Pero quienquiera que hubiese sido, parecía demasiado listo y precavido para dejar tras de sí semejante pista.

»Como es natural, nos preguntábamos dónde estarían el señor Clutter y Kenyon. El sheriff dijo:

»-Miremos abajo.

»La primera habitación en que entramos fue el dormitorio principal, la habitación donde dormía el señor Clutter. La cama estaba abierta, y allí, a los pies de la cama, había un billetero con un montón de tarjetas esparcidas, como si alguien hubiera andado en ellas buscando algo en particular, una nota, un pagaré, ¿quién sabe? El hecho de que no hubiera dinero en él, no significaba nada. Era el billetero del señor Clutter y él nunca llevaba dinero encima. Hasta yo, que sólo hacía dos meses que estaba en Holcomb, lo sabía. Otra cosa que también sabía era que ni Clutter ni Kenyon podían ver un burro sin las gafas. Y las gafas del señor Clutter estaban allí en su escritorio. De modo que imaginé que, dondequiera estuviesen, no sería por propia voluntad. Miramos por todas partes y todo parecía tal como debía estar: ningún signo de lucha, nada fuera de su sitio. Excepto en el despacho, donde el teléfono estaba descolgado y los hilos cortados como en la cocina. El sheriff Robinson encontró unas escopetas en un armario y las olfateó para ver si se habían usado recientemente. Dijo que no, y en mi vida he visto individuo más desconcertado cuando añadió:

»-¿Dónde diablos puede estar Herb?

Entonces fue cuando oímos pasos. Alguien que subía la escalera del sótano.

»-¿Quién va? -preguntó el sheriff como dispuesto a disparar.

»Y una voz contestó:

»-Soy yo, Wendle.

»Resultó ser Wendle Meier, el vice-sheriff. Al parecer había llegado a la casa y, al no vernos, se fue a recorrer el sótano. El sheriff le dijo con una voz que daba pena:

»-Wendle, no sé qué pensar. Hay dos cadáveres ahí arriba.

»-Bueno -contestó Wendle-. Pues allá abajo tienes otro.

»Así que lo seguimos abajo, al sótano, que se hubiera podido llamar cuarto de estar. No estaba a oscuras, había unas ventanas que dejaban entrar la luz a raudales. Kenyon estaba en un rincón, echado sobre un diván. Le habían cerrado la boca con cinta adhesiva y estaba atado de pies y manos, como su madre: con aquel mismo complicado sistema de pasar la cuerda de las manos a los pies para terminar atado a un brazo del diván. En cierto modo es a él a quien recuerdo con mayor horror, a Kenyon. Quizá porque era el más reconocible, el que más se parecía a como era siempre, a pesar de que le hubieran disparado en la cara, de frente. Llevaba una camiseta y tejanos, iba descalzo, como si se hubiera vestido a toda prisa poniéndose lo primero que le viniera a mano. Tenía la cabeza apoyada en un par de almohadas colocadas allí como para facilitar el blanco.

»El sheriff dijo al cabo de un momento:

»-¿Adonde se va por allí? -indicando otra puerta del sótano.

»Entró primero el sheriff pero no veíamos nada hasta que Ewalt dio con el interruptor de la luz. Era el cuarto de la caldera, hacía mucho calor. Por aquí, la gente se limita a instalar una caldera de gas y a extraer todo el gas que quiere directamente del subsuelo. No cuesta nada, por eso todas las casas tienen demasiada calefacción. Bueno, yo di una ojeada al señor Clutter y me fue difícil mirarle por segunda vez. En seguida comprendí que simples disparos no podían justificar toda aquella sangre. Y no me equivocaba. Habían disparado contra él, desde luego, lo mismo que contra Kenyon, apuntándole el arma a la cara. Pero probablemente estaba ya muerto. O por lo menos agonizando. Porque tenía, además, la garganta abierta de un tajo. Llevaba puesto un pijama a rayas y nada más. En la boca tenía cinta adhesiva que le daba una vuelta completa a la cabeza. Tenía los tobillos atados uno contra otro pero no las manos, o quizás había podido, Dios sabe cómo, por la rabia y el dolor, cortar la cuerda que le ataba las manos. Estaba tumbado frente a la caldera. Sobre una enorme caja de cartón que parecía puesta allí adrede. Una caja de colchón. El sheriff dijo:

»-Mira eso, Wendle.

»Lo que señalaba era una pisada sanguinolenta. Sobre la caja del colchón. La pisada de una media suela de zapato con dos círculos: dos agujeros en el centro, como un par de ojos. Entonces uno de nosotros, ¿Ewalt?, no recuerdo, señaló otra cosa, algo que no me puedo quitar del pensamiento. Encima de nuestras cabezas, había un tubo de calefacción y atada a él, colgando de él, había un trozo de cuerda, de la cuerda que había empleado el asesino. Evidentemente, en cierto momento el señor Clutter estuvo atado allí colgado de las manos y luego cortaron la cuerda. Pero ¿por qué? ¿Para torturarle? No creo que lleguemos jamás a saberlo. Nunca sabremos quién fue, ni por qué, ni qué ocurrió en aquella casa aquella noche.

»Al poco rato, la casa empezó a llenarse de gente. Llegaron ambulancias, el juez de instrucción, el pastor metodista, un fotógrafo de la policía, la policía del estado, individuos de la radio y de la prensa. ¡Oh, un montón de gente! A la mayoría les habían avisado cuando estaban en la iglesia y se comportaban como si todavía estuvieran allí. No hacían ruido, hablaban en un susurro. Era como si nadie pudiera creerlo. Un policía del estado me preguntó si estaba allí por razones oficiales y dijo que si no era así lo mejor que podía hacer era marcharme. Afuera, en el césped, vi al vicesheriff hablando con un hombre, Alfred Stoecklein, el peón. Al parecer, Stoecklein vivía a menos de cien metros de la casa de los Clutter, y sólo había un granero entre ambas casas. Pero explicaba que no había oído ruido alguno, "no me he enterado de nada, hasta hace cinco minutos cuando uno de los chavales vino corriendo a decir que el sheriff andaba por acá. Mi mujer y yo no pegamos ojo anoche porque la cría se puso mala. Pero un coche sí lo oímos, a las diez y media o las once menos cuarto. El coche se iba y le dije a mi mujer: “Bob Rupp que se va."

«Cuando me volví a casa, a mitad de camino, encontré al viejo collie de Kenyon y el animal estaba todavía asustado. Se quedó allí quieto con el rabo entre piernas, sin ladrar ni moverse. Y ver al perro, fue algo que me hizo sentir otra vez. Estaba demasiado aturdido, demasiado atontado para sentir toda la ruindad del suceso. El sufrimiento. El horror. Estaban muertos. Una familia entera. Buenas personas, gente amable, gente que yo conocía..., asesinados. Había que creerlo porque era rigurosamente cierto.

Cada veinticuatro horas, pasan por Holcomb ocho trenes de pasajeros sin detenerse. Dos de ellos recogen y entregan el correo, operación que, según describe con calor la persona encargada de ella, tiene su lado difícil:

-Pues sí, señor. Hay que estar muy alerta. Que los trenes pasan por aquí a veces a ciento sesenta kilómetros por hora. Sólo la ventolera que mueven, es capaz de derribarle a uno. Y mire que cuando los sacos salen volando..., ánimas benditas, si es como jugar al rugby: ¡Hua! ¡Hua! ¡HUA! Y no es que me queje, entendámonos. Es un trabajo honesto, un trabajo del gobierno y me mantiene joven.

El cartero de Holcomb, la señora Sadie Truitt, o Mamá Truitt, como la llaman en el lugar, no representa la edad que tiene, setenta y cinco años. Es una viuda maciza, curtida, que lleva una manteleta en la cabeza y botas de cow-boy («Comodísimas de llevar, suaves como plumas de ave»). Mamá Truitt es la más vieja de los nativos de Holcomb.

-Hubo un tiempo en que no había nadie que no fuera pariente mío. Por entonces a esto lo llamábamos Sherlock. Luego llegó aquel forastero. Uno que se llamaba Holcomb. Criaba puercos. Luego hizo dinero y decidió que el lugar se llamaría como él. Apenas lo consiguió, ¿qué hizo? Venderlo todo. Largarse a California. Pero nosotros no. Yo he nacido aquí y mis hijos nacieron aquí, ¡y aquí nos quedaremos!

Uno de sus hijos es la señora Myrtle Clare, encargada de la estafeta de correos.

-No vayan a creer que por eso conseguí este puesto del gobierno. Myrt ni siquiera quería que fuese para mí. Pero es un puesto que se concede según solicitud. Se le da a aquel que hace la oferta más baja. Y yo siempre lo hago, tan por debajo que ni una oruga podría mirar por encima. ¡Ja, ja! Eso fastidia a los jóvenes. Hay montones de muchachos que quisieran tener este trabajo, sí, señor. Pero lo que no sé es si les gustaría tanto cuando la nieve es alta como Primo Carnera, el viento sopla con ganas y de pronto te llegan los sacos por los aires. ¡Uf! ¡Ahí va!

En la profesión de Mamá Truitt, el domingo es un día tan laborable como otro cualquiera. El 15 de noviembre, mientras aguardaba el tren del oeste de las diez treinta y dos, se quedó estupefacta al ver que dos ambulancias cruzaban la vía y se dirigían hacia la finca de los Clutter. El incidente la impulsó a hacer lo que no había hecho jamás: abandonar su puesto. Que el correo caiga donde mejor le parezca. Aquéllas eran noticias que Myrt tenía que oír en seguida.

La gente de Holcomb habla de su estafeta de correos llamándola Edificio Federal, lo que parece un título demasiado pomposo para designar una simple barraca expuesta al polvo y al viento. El techo tiene goteras, las tablas del suelo bailan, los buzones no cierran, las bombillas están rotas, el reloj, parado.

-Sí, es un desastre -admite la cáustica dama imponente y un poco original, que preside aquel desorden-. Pero los sellos funcionan, ¿no? Y además, ¿a mí qué me importa? Aquí detrás, en mis dominios, se está muy a gusto. Tengo una mecedora, una buena estufa de leña, una cafetera y todo lo que quiero leer.

La señora Clare es un personaje famoso en el condado de Finney. Su celebridad no es consecuencia de su actual ocupación, sino de la anterior: empresaria de una sala de baile, encarnación que su apariencia no deja adivinar. Es una mujer demacrada, que viste pantalones, camisa de lana y botas de cow-boy, de pelo tan rojo como el jengibre y genio tan fuerte como el sabor del jengibre también, de edad no revelada («cosa mía es saberla y suya adivinarla»), pero de opiniones prontamente reveladas, en su mayoría, anunciadas con el sonido agudo y penetrante del canto de un gallo. Hasta 1955, ella y su difunto marido dirigieron el Pabellón de Baile de Holcomb, empresa que, dada su singularidad en la zona, atraía en un radio de ciento cincuenta kilómetros a una clientela que se entregaba a la bebida y al acrobático movimiento de los pies y que, de vez en cuando, atraía la atención del sheriff.

-Desde luego que pasábamos momentos malos -dice la señora Clare rememorando-. A esos paletos con las piernas arqueadas, les das un poquitín de licor y se convierten en pieles rojas... quieren el cuero cabelludo de todo aquel con quien se tropiezan. Naturalmente, nosotros sólo poníamos los vasos, el hielo; nunca alcohol. No hubiéramos servido ni aunque hubiera sido legal. Mi marido, Homer Clare, no podía con él; ni yo tampoco. Un día (hace hoy siete meses y doce días que dejó este mundo, a causa de una operación que le hicieron en Oregón y que duró cinco horas) me dijo:

»-Myrt, hemos pasado la vida en un infierno, pero ahora vamos a morir en el cielo.

»Y al día siguiente cerramos la sala de baile. No me arrepentí nunca. Oh, al principio, claro, echaba de menos la vida nocturna, la música, la alegría. Pero ahora que Homer ha muerto, estoy satisfechísima con mi trabajo aquí en el Edificio Federal. Si quiero, me siento. Si quiero, me tomo un café.

Precisamente cuando Mamá Truitt volvió aquel domingo por la mañana, acababa de preparar café.

-¡Myrt! -gritó, pero no pudo decir más hasta que recuperó la respiración-. Myrt, dos ambulancias iban a casa de los Clutter.

Su hija contestó:

-¿Y dónde está el diez treinta y dos?

-Ambulancias. Iban a casa de los Clutter...

-Bueno, ¿y qué? Será Bonnie. Tendrá otro de sus días. ¿Dónde está el diez treinta y dos?

Mamá Truitt se rindió. Como siempre, Myrt sabía de qué se trataba y tenía la última palabra. De pronto se le ocurrió una idea.

-Myrt, si sólo es Bonnie, ¿por qué dos ambulancias?

Pregunta sensata que, siendo la señora Clare una admiradora de la lógica aunque la aplicaba de modo harto curioso, no tuvo más remedio que admitir. Dijo entonces que llamaría por teléfono a la señora Helm.

-Seguro que Mabel sabrá algo.

La conversación con la señora Helm duró varios minutos y fue de lo más angustiosa para Mamá Truitt que no podía oír más que las respuestas vagas y monosilábicas de su hija. Peor aún, cuando su hija colgó el teléfono, no satisfizo la curiosidad de su madre sino que se bebió el café, fue luego a su mesa y empezó a timbrar un montón de cartas.

-Myrt -gimió Mamá Truitt-. Por el amor de Dios, ¿qué dijo Mabel?

-No me extraña nada -contestó la señora Clare-. No hay más que ver cómo pasó la vida Clutter, siempre obsesionado con la prisa, precipitándose a recoger su correo sin tener nunca un segundo para decir «buenos días», «gracias», corriendo de acá para allá como un gallo sin cabeza, haciéndose socio de clubes, mangoneándolo todo, acaparando puestos que quizás otros querían. Y fíjate ahora... Todo se le acabó. Bueno, ya no tendrá prisa por ir a ninguna parte.

-¿Por qué, Myrt? ¿Por qué?

La señora Clare levantó la voz:



-Porque está muerto. Y Bonnie también. Y Nancy. Y el chico. Los han matado a tiros.

-Myrt..., no digas esas cosas. ¿Quién los mató? -suplicó Mamá Truitt.

Sin dejar de timbrar las cartas, la señora Clare replicó:

-El tipo del avión. Aquel a quien Herb le puso el pleito porque cayó sobre sus frutales. Si no fue él, tal vez hayas sido tú. O cualquier vecino. Los vecinos son todos serpientes de cascabel, malas víboras que están esperando poder darte con la puerta en las narices. Es lo mismo en todo el mundo. Ya lo sabes.

-No -dijo Mamá Truitt tapándose las orejas con las manos-. Nunca supe de una cosa así.

-Malas víboras.

-Tengo mucho miedo, Myrt.

-¿De qué? Cuando te llega la hora, te llega. Y no te van a salvar las lágrimas -se dio cuenta de que su madre empezaba a verter algunas- Cuando murió Homer gasté todo el miedo que llevaba dentro y todo el dolor también. Si anda alguien por ahí con ganas de cortarme el cuello, le deseo mucha suerte. ¿Qué más da? En la eternidad todo es lo mismo. Porque recuerda esto: si un pájaro llevara la arena, grano a grano, de un lado a otro del océano, cuando la hubiera transportado toda, eso sólo sería el principio de la eternidad. De manera que suénate.

La horrible información anunciada desde los pulpitos de las iglesias, difundida por los cables telefónicos, publicada por la estación de radio de Garden City, KIUL («Increíble tragedia, indescriptible con palabras, se ha abatido sobre cuatro miembros de la familia de Herb Clutter a última hora del sábado o en la madrugada de hoy. La muerte, brutal y sin motivo aparente...») provocó en el oyente común una reacción más próxima a la de Mamá Truitt que a la de la señora Clare: estupor teñido de consternación, una sensación de vago horror que las heladas fuentes del miedo individual se encargaron rápidamente de hacer más profunda e intensa.

El Café Hartman, que se compone de cuatro toscas mesas y una barra, podía acoger sólo a unos pocos de los chismosos (en su mayoría hombres) que querían reunirse allí, espantados. La propietaria, la señora Bess Hartman, una dama delgada nada tonta, que lleva el pelo en cortos rizos rubiogrisáceos y de vivaces y autoritarios ojos, es prima de la encargada de correos, la señora Clare, cuyo candor iguala o quizá sobrepasa.

-Hay quien dirá que soy un vejestorio, pero la verdad es que lo de los Clutter me ha dejado de piedra -le decía luego a una amiga suya-. ¡Cómo imaginar que alguien pueda cometer semejante hazaña! En cuanto me enteré, porque todos venían por aquí contando cosas que te ponían los pelos de punta, lo primero que pensé fue que había sido cosa de Bonnie. Claro, era una tontería, pero no sabíamos exactamente cómo había sido la cosa y muchos pensaban que tal vez..., con eso de sus crisis y así... Ahora no sabemos qué pensar. Debe de haber sido por envidia. Hecho por alguien que conocía la casa de arriba abajo. Pero ¿quién odiaba a los Clutter? Nunca oí una palabra contra ellos, todos los querían tanto como se puede querer a una familia, y si una cosa así ha podido sucederles, precisamente a ellos, ¿quién puede estar tranquilo, me pregunto yo? Un viejo, sentado aquí aquel domingo, puso el dedo en la llaga, dio la explicación de por qué nadie puede dormir:

»-Todas las personas de por aquí son nuestros amigos, no hay nadie que no lo sea.

»En cierto modo, eso es lo peor de este crimen. ¡Qué cosa tan horrible no poder mirar al vecino sin recelo! Sí, es duro aceptarlo, pero estoy segura de que si encuentran al que lo hizo, tendremos una sorpresa mayor que la de los mismos asesinos.

La esposa de Bob Johnson, el agente de seguros de la New York Insurance, es una excelente cocinera, pero la cena del domingo que había preparado quedó por comer, por lo menos antes de que se enfriara, porque en el preciso momento en que su esposo hundía el cuchillo en el faisán asado, un amigo lo llamó por teléfono:

-Y fue entonces -recuerda con tristeza- cuando me enteré de lo ocurrido en Holcomb. No lo creí. Era imposible. ¡Señor, pero si tenía el cheque de Clutter en el bolsillo! Un pedazo de papel que valía ochenta mil dólares, si lo que acababan de decirme era cierto. Pero decía para mí: «No puede ser, es una equivocación, cómo va a ocurrir semejante cosa. Eso no sucede nunca. Nadie le vende una póliza de las grandes a un hombre que se muere un minuto después. Asesinado. Lo que quiere decir doble indemnización.» No sabía qué hacer. Llamé al director de nuestra oficina de Wichita. Le dije que tenía el cheque pero que no lo había depositado y le pedí consejo. Bueno, la situación era delicada. Al parecer, legalmente no estábamos obligados a pagar. Pero moralmente era distinto. Y claro, nos decidimos por lo moral.

Las dos personas que se beneficiaron de esta digna actitud, Eveanna Jarchow y su hermana Beverly, únicas herederas de la propiedad paterna, iban, a las pocas horas del horroroso descubrimiento, camino de Garden City. Beverly venía de Winfield en Kansas donde había sido invitada por la familia de su prometido y Eveanna de su casa de Mount Carroll en Illinois. Poco a poco, en el curso de aquel día, se les notificó también a otros parientes, al padre de Clutter, a sus dos hermanos, Arthur y Clarence, a su hermana casada con Harry Nelson, todos de Larned, Kansas, así como a su segunda hermana, Elaine Selsor de Palatka, Florida. Asimismo a los padres de Bonnie, el señor Arthur B. Fox y su esposa que vivían en Pasadena, California, y sus tres hermanos, Harold de Visalia, California, Howard de Oregón, Illinois, y Glenn de Kansas City, Kansas. En realidad, a la mayoría de los que debían reunirse el Día de Acción de Gracias en casa de los Clutter, se les telefoneó o cablegrafió y casi todos se pusieron inmediatamente en camino para aquella reunión de familia, no alrededor de una mesa dispuesta con los mejores manjares, sino ante el túmulo de un funeral múltiple.

En el Profesorado, Wilma Kidwell tenía que dominarse para procurar dominar a su hija, porque Susan, con los ojos hinchados y en plena crisis de violentas náuseas, insistía desesperadamente en querer marcharse porque debía, a toda costa, correr a la granja de Rupp que estaba a cinco kilómetros.

-¿No lo entiendes, mamá? -decía-. ¿Y si Bobby se entera? El la quería. Nosotros dos la queríamos. Tengo que ser yo quien se lo diga.

Pero Bobby ya lo sabía. De vuelta a su casa, Ewalt pasó por la granja de los Rupp y tuvo una conversación con su amigo Johnny Rupp, padre de ocho hijos de los que Bobby era el tercero. Juntos se fueron luego a un edificio separado de la granja propiamente dicha, demasiado pequeña para albergar a todos los hijos Rupp, de manera que los niños dormían en aquel anexo y las niñas «en casa». Bobby se estaba haciendo la cama. Prestó atención a lo que le decía Ewalt, no hizo comentarios y le dio las gracias por haber ido hasta allí. Después de lo cual, salió del edificio y se quedó de pie al sol. La finca de los Rupp está en una despejada altiplanicie desde la que se pueden ver los campos segados, relucientes de sol, de la finca River Valley. Fue ese escenario lo que estuvo contemplando durante casi una hora. Nadie consiguió distraerle ni sacarle de allí. Se oyó la campana que anunciaba que la comida estaba en la mesa, la madre le decía a Bobby que entrara en la casa, repitiéndoselo una y otra vez. Hasta que por fin el padre le dijo:

-No. Es mejor dejarlo solo.

También Larry, el hermano menor, se negó a obedecer a la llamada de la campana. Se movía en torno a Bobby, incapaz de ayudarle, pero con ganas de hacerlo, a pesar de que se oyó decir algún que otro «lárgate». Luego, más tarde, cuando su hermano cambió de postura y echó a andar hacia la carretera, a campo traviesa camino de Holcomb, Larry se fue tras él.

-¡Eh, Bobby! Escucha. Si hemos de ir a alguna parte, ¿por qué no tomamos el coche?

Su hermano no le contestó. Caminaba muy decidido, en realidad corría, pero a Larry no le costaba darle alcance, pues, aunque sólo tenía catorce años, era más alto, más ancho de pecho y tenía las piernas más largas. A pesar de todos sus méritos deportivos, Bobby, era de talla algo inferior a la media, robusto pero delgado, un muchacho de buena musculatura y rostro franco, feote y atractivo.

-¡Eh, Bobby! Escucha. No van a dejar que la veas. No te serviría de nada.

Bobby se volvió y le dijo:

-Tú vete. Vuélvete a casa.

El hermano menor se detuvo un momento y luego volvió a seguirlo a distancia. A pesar de la temperatura de sequía del tiempo de las calabazas y de la árida luminosidad del día, los muchachos sudaban cuando se aproximaron a una barrera que la policía del estado había erigido a la entrada de la finca River Valley. Muchos amigos de la familia Clutter y forasteros de toda la región de Finney se habían reunido allí, pero ninguno había podido cruzar la barrera que, poco después de la llegada de los hermanos Rupp, fue brevemente alzada para permitir la salida a cuatro ambulancias, número requerido para el transporte de las víctimas, y de un coche atestado de hombres que colaboraban con el sheriff, hombres que ya entonces mencionaban el nombre de Bobby Rupp. Porque Bobby, como él mismo iba a saber antes de la caída de la noche, era el sospechoso número uno.

Desde la ventana de su salita de estar, Susan vio deslizarse silencioso el cortejo blanco, lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista al doblar la esquina, hasta que la polvareda de la calle sin pavimentar se hubo posado otra vez.

Estaba todavía contemplando la escena cuando la figura vacilante de Bobby, que se dirigía a ella seguido de su hermano menor, pasó a integrarla. Susan salió a recibirlo a la galería.

-Hubiera querido ser yo quien te lo dijera -murmuró.

Bobby comenzó a sollozar. Larry se detuvo en la esquina del patio del Profesorado, encorvado junto a un árbol. No recordaba haber visto nunca llorar a Bobby ni deseaba verlo. Así que bajó los ojos.

Muy lejos, en Olathe, en una habitación de hotel con persianas que velaban la luz del sol de mediodía, Perry dormía mientras una radio portátil gris murmuraba a su lado. Aparte de quitarse las botas, no se había tomado la molestia de desvestirse. Sencillamente había caído boca abajo, como si el sueño fuera un arma que le hubiera herido por la espalda. Las botas, negras con rebordes plateados, recibían un baño de agua caliente jabonosa, ligeramente rosada, en el lavabo.

Unos kilómetros más al norte, en la acogedora cocina de una modesta granja, Dick terminaba su cena del domingo. Los demás a la mesa (su madre, su padre, su hermano menor) no notaron nada raro en él. Había llegado a casa a mediodía, besado a su madre, contestado a todas las preguntas que le hizo su padre respecto al supuesto viaje de Fort Scott y se sentó a comer con su aire de siempre. Después de comer, los tres miembros masculinos de la familia se sentaron en la sala a ver, por televisión, un partido de baloncesto. La transmisión apenas había empezado cuando el padre se sorprendió al oír que Dick estaba roncando. Como le dijo a su hijo menor, nunca creyó vivir para ver el día en que Dick preferiría dormir a ver un partido de baloncesto. Claro está, pero no podía suponer lo cansado que estaba Dick, pues ignoraba que su hijo, allí dormido, había hecho más de mil doscientos kilómetros al volante en las últimas veinticuatro horas, entre otras cosas.

II. PERSONAS DESCONOCIDAS
Aquel lunes, el 16 de noviembre de 1959, en los altos trigales de la Kansas occidental, hizo otra magnífica jornada de la temporada del faisán -un maravilloso día de cielo claro y luminoso como la mica. En el pasado y en esta clase de días, Andy Erhart solía disfrutar de largas tardes de caza en la finca River Valley, la casa de su buen amigo Herb Clutter, y a menudo le habían acompañado en esas expediciones deportivas otros tres amigos de Herb: Dr. J. E. Dale, veterinario; Carl Myers, dueño de una finca lechera, y Everett Ogburn, comerciante. Como Erhart, superintendente del Centro Experimental Agrícola de la Universidad de Kansas, todos ellos eran prominentes ciudadanos de Garden City.

Aquel día este cuarteto de compañeros de cacería estaban otra vez reunidos para recorrer el familiar trayecto, pero con un estado de ánimo que nada tenía de familiar y provistos de un equipo raro y poco deportivo: estropajos y cubos, cepillos de fregar y una cesta llena de bayetas y enérgicos detergentes. Vestían lo más viejo que tenían. Porque, tomándolo como un deber, como conducta cristiana, aquellos hombres se habían ofrecido voluntariamente a limpiar algunas de las catorce habitaciones de la casa principal de River Valley: aquellas donde los cuatro miembros de la familia Clutter habían sido asesinados, según declaraban sus certificados de defunción, «por persona o personas desconocidas».

Erhart y sus compañeros guardaban silencio en el coche. Uno de ellos, refiriéndose a aquel viaje, declaró tiempo después:

-Te dejaba mudo lo increíble del caso. Hacer el camino hacia allá arriba, donde siempre nos recibían con una bienvenida.

En esta ocasión fueron recibidos por un agente de tráfico de la autopista. El agente, guardián de la barrera que las autoridades habían levantado a la entrada de la finca, les hizo seña de que se acercaran y continuaran adelante hasta cubrir media milla más por la avenida sombreada de olmos que llevaba a la casa de los Clutter. Alfred Stoecklein, el único empleado que realmente vivía en la propiedad, les esperaba para dejarles pasar.

Fueron primero a la habitación de la caldera del sótano, donde había sido encontrado el señor Clutter en pijama tendido encima de una caja de colchón. Cuando terminaron allí, pasaron al cuarto de juegos donde Kenyon había sido asesinado de un disparo. El diván, una reliquia que Kenyon había rescatado y remendado y que Nancy había cubierto con una funda y muchos almohadones con un lema cada uno, estaba hecho una ruina sangrienta, de modo que, como la caja del colchón, no habría más remedio que quemarlo. A medida que el equipo de limpieza avanzaba en su tarea desde el sótano a los dormitorios del segundo piso, donde Nancy y su madre habían sido asesinadas en su propio lecho, fueron aprovisionándose con más combustible para la inminente hoguera: ropas de cama empapadas en sangre, colchones, una alfombrilla, un oso de felpa.

Alfred Stoecklein, que solía ser poco conversador, tenía en esta ocasión mucho que decir mientras les alcanzaba agua caliente y les ayudaba en la limpieza.

-Sólo quisiera yo que no anduviesen todos que si patatín que si patatám, y que me dijeran cómo pasó y qué fue.

Porque él y su mujer, que vivían a menos de cien metros de la casa de los Clutter, no habían oído «nada», ni el más mínimo eco de un disparo, de las violencias que se cometieron.

-El sheriff y todos esos que han andado por ahí husmeando, digo, y con lo de las huellas, ésos sí que saben lo que ha pasao. Esos, sí. Que sí entienden, digo, que no pudimos oír. Por una cosa, por el viento. El viento del oeste que sopla todo para el otro lao. Y endemás, que entre esa casa y la nuestra, está el granero grande. Y que él chupó el alboroto antes de que llegara a la casa nuestra. ¿Y sabe usté lo que le digo? ¿Se da cuenta? Ese que lo hizo, que se sabía mu bien que, haiga lo que haiga, no íbamos a oír nada. Si no que no se la juega..., pegar cuatro tiros a mitá la noche. Pues digo, que hubiera perdido la chaveta, digo. Que sí, que claro, que la chaveta la tiene perdía de todos modos. Digo, que pa hacé lo que hizo, digo. Porque a mí, saben, que a mí no, porque ése, el que lo hizo se las tenía todas pensadas, se lo sabía todo de pe a pa. ¡Que si se las sabía! Y hay algo ansina que yo me sé: que mi mujer y yo que va, que esta, digo, es la última noche que dormimos aquí. Que lo puedo jurar. Que nos vamos a la casa de la autovía, digo.

Los hombres trabajaron desde mediodía hasta que anocheció. Cuando llegó el momento de quemar lo que habían recogido, lo apilaron en una camioneta y, con Stoecklein al volante, se internaron hacia el norte de la hacienda hasta llegar a un lugar llano y pleno de un color único: el amarillo resplandeciente y leonado del rastrojo del trigo en noviembre. Allí descargaron la camioneta e hicieron una pirámide con los almohadones de Nancy, las ropas de cama, los colchones, el diván del cuarto de juegos. Stoecklein lo roció todo con petróleo y arrojó una cerilla encendida.

De los presentes, ninguno había sido tan allegado a la familia Clutter como Andy Erhart, compañero de clase de Herb en la Universidad del Estado de Kansas, nombre noble, digno, erudito de manos callosas y cuello tostado por el sol.

-Fuimos amigos durante treinta años -dijo tiempo después.

Erhart había visto cómo su amigo se convertía, desde el consejero agrícola mal pagado del condado, en uno de los más conocidos y respetados terratenientes de la región.

-Todo lo que Herb tenía lo había ganado con la ayuda de Dios. Era un hombre modesto pero orgulloso, y tenía derecho a estarlo. Había creado una hermosa familia. Había hecho algo de su vida.

Pero aquella vida, qué había hecho de ella. - ¿Cómo pudo suceder esto?, se preguntaba Erhart mientras veía arder la hoguera. ¿Cómo era posible que tanto esfuerzo, tanta virtud pudiera, de la noche a la mañana, haberse reducido a eso?-: humo deshaciéndose al subir y fundirse en el enorme y aniquilante cielo.

El Departamento de Investigaciones de Kansas, una amplia organización estatal con cuartel general en Topeka, contaba con una plantilla de diecinueve experimentados detectives diseminados por todo el estado, y el servicio de estos hombres estaba a disposición siempre que un caso se viera fuera de la competencia de las autoridades locales. El representante de Garden City, y agente responsable de una considerable porción del oeste de Kansas, es un hombre sobrio y apuesto; originario de Kansas desde cuatro generaciones atrás, de cuarenta y siete años, llamado Alvin Adams Dewey. Era inevitable que Earl Robinson, sheriff de Finney County, le encargara a Al Dewey el caso Clutter. Inevitable y muy apropiado. Dewey había sido sheriff de Finney County anteriormente (de 1947 a 1955) y antes de ello, agente especial del FBI (entre 1940 y 1945 prestó sus servicios en Nueva Orleáns, San Antonio, Denver, Miami y San Francisco). Estaba, por lo tanto, profesionalmente calificado para encarar un caso tan falto de motivo aparente, tan falto de indicios, como el asesinato de los Clutter. Más aún, como declararía después, se sentía obsesionado en descubrir al autor del delito como si se tratara de «una cuestión personal». Añadiendo que él y su mujer «apreciaban de veras a Herb y a Bonnie», que «los veían cada domingo en la iglesia y se hacían frecuentes y recíprocas visitas», para acabar por decir que «aunque no los hubiera conocido ni hubiese simpatizado con la familia entera, mi empeño en descubrir al criminal sería el mismo. Porque en mi vida he visto muchas cosas terribles y siniestras, lo juro, pero ninguna tan depravada como ésta. Cueste lo que cueste, aunque tenga que dedicar a ello el resto de mi vida, sabré lo que ocurrió en aquella casa: el quién y el por qué».

Dieciocho hombres en total se dedicaban exclusiva e íntegramente al caso, entre ellos tres de los mejores miembros del KBI1, los agentes especiales Harold Nye, Roy Church y Clarence Duntz. Con la llegada de este trío a Garden City, Dewey dio por seguro que contaba con un «poderoso equipo». «Será mejor que cierta persona esté alerta», declaró.

El despacho del sheriff está en el tercer piso de la Casa de Justicia de Finney County, edificio corriente de piedra y cemento situado en el centro de una plaza, por lo demás, atractiva y con árboles. Hoy Garden City, que fue en tiempos una ciudad fronteriza bastante agitada, es un lugar tranquilo. En realidad el sheriff no tiene mucho que hacer y sus dependencias, tres habitaciones con escaso mobiliario, son un plácido lugar, frecuentado con agrado por el personal de la Audiencia que dispone de un rato de ocio. La señora Edna Richardson, su hospitalaria secretaria, tiene siempre el café a punto y tiempo de sobra para «darle a la lengua». O mejor dicho, lo tuvo hasta «que se presentó eso de los Clutter» que había traído «todos aquellos forasteros y todo aquel jaleo de periodistas». El caso, por entonces en los titulares de primera plana de todos los diarios de Chicago a Denver, había atraído ciertamente a considerable número de gente del periodismo.

El lunes a mediodía, Dewey tuvo una rueda de prensa en el despacho del sheriff.

-Referiré los hechos y no hablaré de teorías -informó a los periodistas reunidos-. De modo que el hecho más relevante y que no debemos olvidar es que no se trata de uno sino de cuatro asesinatos. Y no sabemos cuál de los cuatro era el objetivo principal. La víctima fundamental. Pudo ser Nancy o Kenyon o cualquiera de sus padres. Quizás algunos digan, bueno, debió de ser el señor Clutter. Porque, además, le cortaron el cuello y fue al que mayormente maltrataron. Pero esto es una teoría, no un hecho. Nos ayudaría mucho saber en qué orden los miembros de la familia murieron, pero el forense no puede establecerlo: sólo sabe que los asesinatos se cometieron entre las once de la noche del sábado y las dos de la madrugada del domingo.

Luego, respondiendo a una pregunta, dijo que no, que ninguna de las dos mujeres había sufrido «abuso sexual» y que tampoco, por lo que se sabía hasta entonces, habían robado nada de la casa y que lo que sí era en verdad «una extraña coincidencia» es que el señor Clutter se hubiera hecho un seguro de vida de cuarenta mil dólares con doble indemnización prevista en caso de accidente o muerte violenta, precisamente ocho horas antes de que lo asesinaran. Aunque Dewey «estaba más que seguro» de que no existía relación alguna entre este hecho y el delito. ¿Cómo podía haberla cuando las únicas beneficiarias eran las dos hijas mayores de Clutter supervivientes, es decir, la esposa de Donald Jarchow y Beverly Clutter? Y sí, les dijo a los periodistas, que sí tenía su opinión formada sobre si los asesinatos eran obra de un hombre o de dos, pero que prefería no exponerla.

En realidad, por entonces Dewey no estaba aún muy seguro sobre el particular. A su entender cabían dos posibilidades, o como él las llamaba «hipótesis», y en la reconstrucción de los crímenes había enunciado las dos: «hipótesis de un solo asesino» e «hipótesis de dos asesinos». Según la primera, el criminal era un pretendido amigo de la familia, o por lo menos un hombre que poseía algo más que un conocimiento casual de la casa y sus habitantes, alguien que sabía que las puertas raramente se cerraban con llave, que el señor Clutter dormía solo en el dormitorio matrimonial de la planta baja, que la señora Clutter y los niños ocupaban dormitorios separados en el segundo piso. Tal persona, imaginaba Dewey, se aproximó a la casa a pie, probablemente alrededor de la medianoche. Las ventanas estaban oscuras, los Clutter durmiendo y, en cuanto a Teddy, el perro guardián de la casa, era famoso por su pánico a las armas de fuego. A la vista del arma del intruso hubiese agachado la cabeza y habría huido corriendo. Al entrar en la casa, el asesino cortó primero las instalaciones telefónicas -la del despacho del señor Clutter y la de la cocina- y luego entró en el dormitorio del señor Clutter para despertarle. El señor Clutter, a merced del arma del intruso, se vio obligado a obedecer sus órdenes y acompañarle al segundo piso donde despertaron al resto de la familia. Entonces, con cuerda y cinta adhesiva suministradas por el asesino, el señor Clutter ató y amordazó a su mujer, ató a su hija (quien inexplicablemente no fue amordazada) y las amarró a sus camas. A continuación, padre e hijo fueron escoltados hasta el sótano y Clutter forzado a taparle a su hijo la boca con cinta adhesiva y atarlo al diván del cuarto de juegos. Después el señor Clutter fue llevado a la habitación de la caldera, golpeado en la cabeza y, a su vez, amordazado y amarrado. Entonces, libre de hacer cuanto se le antojara, el asesino los fue matando uno a uno, siempre con la precaución de recoger el cartucho vacío. Cuando hubo acabado, apagó todas las luces y se marchó.

Pudo haber ocurrido así, era sólo una posibilidad, pero Dewey tenía sus dudas.

-Si Herb hubiera imaginado que su familia estaba en peligro, en peligro de muerte, hubiera luchado como un tigre. Y Herb no tenía nada de mentecato. Era un hombre robusto en excelentes condiciones. Y lo mismo Kenyon, muchacho de anchas espaldas, fornido como su padre, o más. Se hacía difícil comprender cómo un solo hombre, armado o no, pudo con ellos dos.

Además había razones para suponer que los cuatro habían sido atados por la misma persona: en los cuatro casos se había empleado la misma clase de nudo, nudo de media vuelta.

Dewey, así como la mayoría de sus colegas, se inclinaba por la segunda hipótesis, que coincidía en muchos puntos esenciales a la primera, con la diferencia de que el asesino no iba solo sino que tenía un cómplice que le había ayudado a dominar a toda la familia, a atarlos y a amordazarlos. Aunque, también como teoría, tenía sus flaquezas. A Dewey, por ejemplo, se le hacía difícil entender «cómo dos individuos podían llegar al mismo grado de violencia, de furia psicopática, para cometer delito semejante». Y proseguía explicando «presumiendo que el asesino fuese alguien que la familia conocía, un miembro de esta comunidad, presumiendo que fuera un hombre normal, excepto en ese rencor insano contra los Clutter o contra uno de los Clutter, ¿dónde iba a encontrar un cómplice, alguien tan demencial como para ayudarle? Hay algo que no cuaja. La cosa no tiene sentido. Pero, en el fondo, si nos paramos a pensar, nada lo tiene».

Terminada la conferencia de prensa, Dewey se retiró a su despacho, una habitación que el sheriff le había cedido temporalmente. No tenía más que una mesa y dos sillas de respaldo vertical. Esparcidos sobre la mesa, estaban los objetos que un día serían exhibidos en un tribunal, o así lo esperaba Dewey: la cinta adhesiva y los metros de cuerda con que habían atado a las víctimas, encerrados ahora en saquitos de plástico sellados (como indicios no parecían muy prometedores porque ambos eran productos corrientes en el mercado y podían haberse comprado en cualquier sitio de los Estados Unidos), y fotografías del escenario del crimen tomadas por un fotógrafo de la policía: veinte ampliaciones en papel satinado que mostraban el cráneo destrozado del señor Clutter, el rostro destrozado de su hijo, las manos atadas de Nancy, los ojos muertos de su madre que aún parecían ver, etc. En días sucesivos, Dewey iba a pasarse muchas horas examinando aquellas fotografías, con la esperanza de «descubrir de repente algo», el detalle significativo.

«Como en esos entretenimientos: "¿Cuántos animales puede usted descubrir en este dibujo?" En cierto modo, eso es lo que estoy tratando de hacer yo. Hallar los animales escondidos. Presiento que deben estar ahí... ¡Si sólo, pudiera descubrirlos!”

En realidad, una de las fotografías, un primer plano del señor Clutter tendido en la caja de colchón, había suministrado una valiosa sorpresa: huellas, trazas polvorientas de un zapato con suela a rombos. Las huellas, imperceptibles a simple vista, estaban registradas en la película. La lámpara reveladora del flash había mostrado su presencia con soberbia exactitud. Esas huellas, junto con otra hallada en la misma cubierta de la caja de cartón (clarísima marca sanguinolenta de una media suela marca Cat's Paw) eran las únicas «evidencias serias» que los investigadores podían declarar como tales. Y no es que estuvieran «declarándolas», pues Dewey y todo su equipo habían decidido mantener en secreto su existencia.

Entre otras cosas, sobre la mesa de Dewey estaba el diario de Nancy Clutter. Solamente lo había ojeado y ahora se proponía leer cuidadosamente las anotaciones hechas día a día, que comenzaban en su decimotercer cumpleaños para terminar sólo dos meses antes de su decimoséptimo. Eran las confidencias, que nada tenían de sensacionales, de una niña inteligente que amaba a los animales, que le gustaba leer, guisar, coser, bailar, montar a caballo; una muchacha bonita, virginal y muy querida, que consideraba «divertido flirtear» pero que, sin embargo, «estaba real y sinceramente enamorada de Bobby». Dewey leyó primero la última anotación. Consistía en tres líneas escritas un par de horas antes de que la asesinaran: «Estuvo Jolene K. y le enseñé a hacer una tarta de cereza. Ensayado con Roxie, Bobby estuvo aquí y vimos la televisión. Se fue a las once.”

El joven Rupp, la última persona que vio a la familia con vida, había soportado ya un exhaustivo interrogatorio y, a pesar de haber declarado francamente que habían pasado «una velada común y corriente», fue citado para un segundo interrogatorio en el que iba a ser sometido a la prueba de un detector de mentiras. El hecho cierto era que la policía todavía no estaba dispuesta a descartarlo como sospechoso. Dewey no creía que el muchacho tuviera algo que ver. Sin embargo, era verdad que al comenzar la investigación, Bobby resultaba ser la única persona a quien atribuir un motivo, aunque fuera poco consistente. En su diario Nancy se refería con frecuencia a la situación que supuestamente pudo ser el motivo: la insistencia de su padre en que Bobby y ella «rompieran», dejaran de «verse tanto». Tal oposición se debía al hecho de que los Clutter fueran metodistas y los Rupp católicos, hecho que, según Clutter, eliminaba cualquier posibilidad de que la joven pareja, algún día, pudiera contraer matrimonio. Pero la anotación del diario que más atormentaba a Dewey, no se refería al problema Clutter-Rupp ni tenía relación alguna con ser metodista o católico, sino con un gato, con la misteriosa desaparición del garito preferido de Nancy, Boobs, pues según constaba en el diario, dos semanas antes de su propia muerte, ella lo había encontrado «tendido en el granero», víctima, o así lo creía (sin decir por qué) de un veneno. «Al pobre Boobs lo he enterrado en un lugar especial.» Al leerlo, Dewey pensó que podía ser «muy importante». Si el gato había sido envenenado, ¿no podía tratarse de un pequeño malévolo preludio de los asesinatos? Decidió que debía encontrar ese «lugar especial» donde Nancy había sepultado a su garito, aunque ello significase rastrear toda la vasta propiedad River Valley.

Mientras Dewey estaba ocupado con el diario, sus principales ayudantes, los agentes Church, Duntz y Nye, recorrían toda aquella zona hablando, como decía Duntz, «con cualquiera que pueda decirnos algo»: con los profesores del colegio de Holcomb del que Nancy y Kenyon habían sido alumnos destacados, siempre con las máximas calificaciones; con los empleados de River Valley Farm (que en primavera y verano sumaban dieciocho, pero en la estación actual, de barbecho, eran solamente Gerald van Vleet y otros tres además de la señora Helm); con amigos de las víctimas; con sus vecinos y muy especialmente con sus parientes. De aquí y de allá, habían llegado una veintena de ellos para asistir al funeral, que iba a llevarse a cabo el miércoles por la mañana.

El más joven de los agentes del KBI, Harold Nye, inquieto hombrecillo de treinta y cuatro años, de ojos inquietos y desconfiados, nariz, barbilla e inteligencia agudas, tenía la misión, que él llamaba «ese condenado y delicado asunto», de entrevistar al clan Clutter entero.

-Es penoso para mí y penoso para ellos. Cuando hay en juego asesinatos, no se pueden tener muchas consideraciones con el dolor personal. Ni con la intimidad. Ni con los sentimientos personales. Hay que hacer preguntas. Y algunas hieren profundamente.

Pero ninguna de aquellas personas a quienes interrogó, ninguna de las preguntas que hizo («Indagaba respecto a la cuestión afectiva. Pensé que quizá la respuesta fuera otra mujer: un triángulo. Bueno, considerando los hechos, el señor Clutter era un hombre sano, relativamente joven, pero su mujer era casi una inválida, incluso dormía en otra habitación...») le proporcionó una sola información útil. Ni siquiera las dos hijas podían sugerir el menor motivo para el crimen. En resumen, Nye sólo consiguió enterarse de esto: «De toda la gente que hay en el mundo entero, los Clutter eran quienes menos probabilidades tenían de ser asesinados.”

Al terminar el día, cuando los tres agentes se reunieron en el despacho de Dewey, se vio que Duntz y Church habían tenido mejor suerte que Nye, Hermano Nye, como le llamaban los demás. (Los miembros del KBI tienen debilidad por los apodos: a Duntz le llaman Viejo, injustamente porque todavía no llega a los cincuenta, es fornido pero ágil y con una cara ancha de gato, y a Church, que tiene ya unos sesenta, es de piel rosada y aspecto profesional, aunque «duro», según sus colegas, además de «la pistola más rápida de todo Kansas», le llaman Rizos, porque es casi calvo.) Ambos, en el curso de sus investigaciones habían obtenido «prometedoras pistas».

La de Duntz hacía referencia a un padre e hijo que llamaremos Juan el Viejo y Juan el Chico. Unos años atrás, Juan el Viejo había concertado con el señor Clutter una pequeña transacción comercial cuyo resultado había encolerizado a Juan el Viejo, convencido de que Clutter le había hecho una mala jugada. Tanto Juan el Viejo como Juan el Chico, eran bebedores empedernidos; es más, con frecuencia Juan el Chico daba con sus huesos en la cárcel por alcohólico. Un desafortunado día, padre e hijo, envalentonados por el whisky, aparecieron por la casa de Clutter con la intención de «vérselas con Herb». No tuvieron ocasión, porque Clutter, un abstemio decidido a combatir activamente contra la bebida y contra los borrachos, tomó un fusil y los echó de su finca. Los Juanes no habían podido perdonar nunca tal descortesía. No hacía ni un mes Juan el Viejo le había dicho a un amigo:

-Cada vez que pienso en aquel bastardo, mis manos comienzan a temblar. Lo destrozaría.

La pista de Church era parecida. También él oyó hablar de alguien que sentía declarada antipatía por el señor Clutter: cierto señor Smith (no es éste su verdadero nombre) que estaba convencido de que el señor de River Valley había matado de un tiro a su perro de caza. Church había ido a inspeccionar la granja de Smith y allí, colgando de una viga del granero, había visto una cuerda con la misma clase de nudo utilizado para atar a los Clutter.

-Quizás uno de ellos sea nuestro hombre -dijo Dewey-. Un asunto personal..., un rencor que hizo que alguien perdiera el juicio. Se saliera de quicio.

-A menos que se trate de robo -observó Nye, a pesar de que el robo como motivo se había discutido mucho ya y, poco más o menos, descartado.

Los argumentos en contra eran válidos: el mayor de ellos, la legendaria resistencia que sentía el señor Clutter a poseer dinero en efectivo: no tenía caja fuerte y nunca llevaba encima una suma importante. Además, si el motivo era robo, ¿por qué el ladrón no se había llevado las joyas que llevaba puestas la señora Clutter, un aro de oro y un anillo con un brillante? Pero Nye no estaba convencido:

-Toda la maquinación huele a robo. ¿Qué decir del portamonedas de Clutter? Alguien lo dejó vacío y abierto sobre su cama y no creo que fuese su propietario. ¿Y el bolso de Nancy? Estaba tirado por el suelo, en la cocina. ¿Cómo llegó allá? Sí, y desde luego en toda la casa no había ni un céntimo. Bueno dos dólares que tenía Nancy en su mesa, dentro de un sobre. Y sabemos que Clutter había firmado un cheque de sesenta dólares el día antes. Calculemos que le quedarían por lo menos unos cincuenta. Claro que algunos dirán:

«-Nadie mata a cuatro personas por cincuenta dólares.

O también:

«-Claro, quizá el asesino tomó el dinero pero sólo para despistarnos, para hacernos creer que el motivo era el robo. Bueno, pero yo sigo con mis dudas -concluyó Nye.

Cuando oscureció, Dewey interrumpió la consulta para llamar por teléfono a su esposa Marie y decirle que no le esperase a cenar. Ella le dijo:

-Bueno. Muy bien, Alvin.

Dewey notó en el tono cierta inquietud inhabitual. Los Dewey, padres de dos niños, hacía diecisiete años que estaban casados y Marie, nacida en Louisiana y antigua taquígrafa del FBI, a quien él había conocido cuando lo destinaron a Nueva Orleáns, aceptaba y comprendía los avatares de su profesión, los insólitos horarios, las inesperadas llamadas que lo llevaban de improviso de uno a otro extremo del estado.

-¿Sucede algo? -le preguntó.

-Nada -le aseguró ella-. Sólo que cuando regreses esta noche tendrás que llamar al timbre. He hecho cambiar todas las cerraduras.

El comprendió entonces y le contestó:

-No te preocupes, cariño. Sólo cierra las puertas y deja encendida la luz del porche.

Después que hubo colgado, uno de sus colegas le preguntó:

-¿Qué pasa? ¿Está Marie asustada?

-Sí, ¿y quién no lo estaría? -contestó.

Había quien no lo estaba. Desde luego, la viuda encargada del correo, la intrépida Myrtle Clare, no estaba asustada. Hablaba desdeñosamente de sus conciudadanos calificándolos de «hatajo de pusilánimes que tienen miedo hasta de cerrar los ojos».

Refiriéndose a sí misma declaraba:

-Esta pobre vieja duerme tranquila como siempre. El que quiera jugarme una mala pasada, que lo intente y ya verá.

(Once meses después, unos enmascarados armados con fusiles, tomándole la palabra, invadieron la estafeta de correos y aligeraron a la dama de novecientos cincuenta dólares.)

Como siempre, la opinión de la señora Clare no coincidía casi con ninguna otra.

-Lo que es por acá -opinaba el dueño de una ferretería de Garden City-, lo que más se vende en estos días son cerraduras y cerrojos. A nadie le preocupa de qué marca sean, lo único que quieren es que sean resistentes.

Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror. El martes al alba, unos cazadores de faisanes procedentes de Colorado, forasteros ignorantes del desastre ocurrido en el lugar, se quedaron atónitos ante el espectáculo que presentaba Holcomb desde su coche: las ventanas iluminadas, casi todas las ventanas de casi todas las casas, y en la habitaciones, inundadas de luz, se veían gentes completamente vestidas, familias enteras que se habían pasado la noche entera en estado de alerta, vigilando, escuchando. ¿De qué tenían miedo?

-Puede que vuelva a ocurrir -era la usual respuesta, con algunas variaciones.

No obstante, una mujer, una maestra, observó:

-La impresión que nos hubiese causado el crimen no hubiera sido tan tremenda si no se hubiese tratado justamente de los Clutter. De alguien menos admirado que ellos, menos próspero y seguro. Pero es que esa familia representaba todo cuanto la gente de por acá realmente valora y respeta. Y que una cosa así les haya podido suceder precisamente a ellos..., bueno, es como si nos dijeran que no existe Dios. Hace que la vida carezca de sentido. Creo que la gente se halla más que asustada, profundamente deprimida.

Otra razón, la más simple, la más desagradable, era que aquella tranquila comunidad de buenos vecinos y amigos de toda la vida, se vio de pronto enfrentada con la insólita experiencia de tener que desconfiar unos de otros. Razonablemente, creían que el asesino era uno de ellos y todos, hasta el último hombre, compartían la opinión que Arthur Clutter, hermano del finado, adelantara a los periodistas reunidos en el vestíbulo de un hotel de Garden City el 17 de noviembre:

-Apuesto que cuando se aclare esto, comprobaremos que lo hizo alguien que no está ni a diez millas de aquí.

Aproximadamente a seiscientos kilómetros al este de donde se hallaba Arthur Clutter en ese momento, dos jóvenes compartían un reservado en el Eagle Buffet, un restaurante de Kansas City. Uno de ellos, de cara alargada y con un gato azul tatuado en la mano derecha, había engullido varios emparedados de ensaladilla de pollo y ahora miraba codiciosamente lo que su compañero tenía delante: una hamburguesa intacta y un vaso de root beer en el que tres aspirinas se iban disolviendo.

-Chico, Perry -dijo Dick-, veo que no quieres esa hamburguesa. Me la comeré yo.

Perry empujó el plato al otro lado de la mesa:

-¡Cristo! ¿Es que no puedes dejar que me concentre?

-No necesitas leerlo cincuenta veces.

Aludía a un artículo en primera plana del Star de Kansas City del 17 de noviembre.

Bajo el título de «Hay escasos indicios en el cuádruple asesinato», el anterior, terminaba con un párrafo resumen:



"Los investigadores se enfrentan con la búsqueda de un asesino o asesinos cuya astucia es evidente, si bien él o los motivos no lo son. Puesto que este asesino o asesinos cortaron cuidadosamente los cables de los dos teléfonos de la casa, ataron y amordazaron a sus víctimas con gran habilidad, sin huellas de lucha con ninguna de ellas, no dejaron nada olvidado en la casa, ni elemento alguno que indique que anduvieran buscando algo, excepto el detalle del billetero, asesinaron a cuatro personas disparando sobre ellas en distintas habitaciones y recuperaron tranquilamente los cartuchos usados, llegaron y se supone que abandonaron la casa con el arma criminal, sin ser vistos, actuaron sin motivo, a no ser que se considere como tal un fracasado intento de robo, como los investigadores se inclinan a pensar.”

-«Puesto que este asesino o asesinos» -dijo Perry leyendo en voz alta-. No es correcto. Hay un error gramatical. Debería decir: «Puesto que este asesino o estos asesinos» -y sorbiendo su root beer con aroma de aspirina prosiguió-: Bueno, de todos modos, no me lo creo. Ni tú tampoco. Confiésalo, Dick, honestamente. Tú no te crees todo eso de la «falta de indicios», ¿verdad?

El día anterior, tras leer prolijamente los periódicos, Perry había planteado la misma cuestión, y a Dick, creyendo que ya había contestado de una vez por todas («Mira, si esos cow-boys pudieran establecer la mínima conexión, oiríamos resonar los cascos de sus caballos a doscientos kilómetros»), le fastidió oírla nuevamente. Le aburría demasiado contestar y se quedó callado, pero Perry insistió:

-Siempre me he guiado por mi intuición, por eso estoy vivo todavía. ¿Sabes? Willie-Jay decía que yo era un médium nato y de esas cosas él entiende bastante porque le interesan mucho. Me dijo que yo poseía un alto grado de «percepción extrasensorial». Un poco como si tuviera radar por dentro: percibes las cosas antes de verlas. Presientes lo que va a suceder. Mira por ejemplo mi hermano y su mujer, Jimmy y su mujer. Estaban locos el uno por el otro, pero él era celoso como un demonio y con sus celos la hacía tan infeliz, pensando siempre que ella le estaba engañando a sus espaldas, que al final ella se pegó un tiro y, al día siguiente, Jimmy se disparó una bala en la cabeza. Cuando sucedió, era en 1949 y yo estaba en Alaska con mi padre, por Circle City, y le dije a mi padre: «Jimmy ha muerto.» Una semana después nos llegaba la noticia. La pura verdad. Otra vez estando en el Japón, yo trabajaba descargando en un barco y me senté para descansar un minuto. De pronto una voz en mi interior me gritó: «¡Salta!» Y yo di un brinco de tres metros. En aquel mismo instante, y en el mismo lugar donde yo había estado sentado, vino a desplomarse una tonelada de mercancía. No me importa que te lo creas o no. Te podría contar cien casos así. Por ejemplo, antes de tener aquel accidente con la moto, lo vi todo, todo lo que iba a suceder. Lo vi en mi cabeza: la lluvia, la huella de las ruedas que habían patinado y yo por la carretera, tirado en el suelo, sangrando y con las piernas rotas. Eso es lo que me pasa ahora. Una premonición. Algo me dice que esto es una trampa -Golpeó el diario con el dedo-. Un montón de prevaricaciones.

Dick pidió otra hamburguesa. En los últimos días venía arrastrando un hambre que nada (tres sucesivos bistecs, una docena de chocolatinas «Hershey», medio kilo de pastillas de goma) parecía satisfacer. En cambio, Perry, por su parte, no tenía apetito: se mantenía de root beer, aspirinas y cigarrillos.

-No me extraña que tengas visiones -le dijo Dick-. Anda, vamos, rico. Sacúdete el canguelo. Nos salimos con la nuestra. Ha estado perfecto.

-Considerando bien las cosas, me sorprende que lo digas -murmuró Perry.

El tono tranquilo subrayaba la malicia que la respuesta encerraba. Pero Dick supo acusarla, hasta llegó a sonreír y su sonrisa era pura astucia. Fíjate, decía su sonrisa de buen chico, fíjate qué personaje tan simpático soy, qué apuesto, un tipo por el que cualquiera se dejaría afeitar.

-Muy bien -dijo Dick-. Puede que me hubieran dado una información falsa.

-Aleluya.

-Pero en conjunto, ha sido perfecto. No dejamos huella alguna. La han perdido. Y quedará perdida para siempre. No hay ni una sola conexión.

-Yo puedo pensar en una.

Perry había ido demasiado lejos, pero aún fue más allá:

-Floyd, ¿no es ése el nombre?

Un golpe bajo, pero Dick lo merecía. Su confianza era como una cometa que necesitara de vez en cuando que le arriaran la cuerda. Sin embargo, Perry pudo observar, no sin cierta aprensión, síntomas de cólera que iban transfigurando la expresión de Dick: mandíbulas, labios, la cara entera se distendió y en las comisuras de los labios aparecieron incipientes espumarajos. Muy bien, si llegaban a pelear, Perry sabría cómo defenderse. Era bajo, algunos centímetros más bajo que Dick y no podía contar con sus piernas cortas y dañadas, pero, en cambio, le superaba en peso, era más fornido y tenía unos brazos que podían cortar el aire a un oso. Pero demostrarlo, tener una pelea, una lucha jugándose el todo por el todo, era lo menos deseable en esa ocasión. Le gustara Dick o no (y no es que ahora dejara de gustarle, si bien en otro momento le había gustado más, o por lo menos respetado más), estaba claro que, por razones de seguridad, no les convenía separarse así sin más. Sobre este punto estaban de acuerdo los dos porque Dick había dicho:

-Si nos han de coger, que nos cojan juntos. Así podremos respaldarnos. Cuando empiecen a intentar tirarnos de la lengua para hacernos confesar, eso del careo de si tú dijiste y si yo dije.

Además, romper con Dick significaba renunciar a aquellos planes todavía atractivos para Perry y que, a pesar de los recientes reveses, aún creía posible realizar a dúo: una vida de inmersiones submarinas a la caza de tesoros en las islas o al otro lado de la frontera del Sur.

-¡El señorito Wells! -exclamó Dick empuñando el tenedor-. Habría que verlo. Y habría que verme a mí si volvía allá dentro. No tengo más que hacer que me metan por falsificar un cheque. Habría que ver lo que le pasaba. -El tenedor cayó de punta sobre la mesa-. Hasta el corazón, ¿sabes?

-No creo que vaya a hacerlo -contestó Perry queriendo hacer una concesión ahora que la cólera de Dick había pasado de su persona para centrarse en otra-. Se moriría de miedo antes de hacer algo así.

-Pues claro -asintió Dick-. Seguro que sí. Se moriría de miedo.

Una maravilla, realmente, la facilidad con que Dick podía cambiar de humor. En un instante, toda huella de crueldad, de hostilidad se había evaporado. Añadió:

-Y en cuanto a ese asunto de tus premoniciones, a ver si me aclaras algo: si estabas tan totalmente seguro de que te ibas a dar el golpe con la moto; ¿por qué no la dejaste antes?, nada te hubiera pasado si no hubieras estado montado en ella, ¿no?

Era un enigma sobre el que Perry había hecho sus reflexiones y creía haber hallado su porqué, que era muy simple aunque también algo confuso:

-No, porque cuando una cosa ha de ocurrir no se puede hacer más que esperar que no te ocurra. O que te ocurra cuanto antes, depende. Porque mientras estás en esta vida, siempre tienes algo esperándote y aunque lo sepas y sepas, además, que es algo malo, ¿qué le vas a hacer? No puedes dejar de vivir. Como en mi sueño. Desde que era pequeño, tengo el mismo sueño. Estoy en África. En la jungla. Voy caminando entre los árboles hacia un árbol que está aislado. ¡Jesús, y qué mal huele! El árbol apesta tanto que casi me desvanezco. Pero me da gusto verlo: tiene las hojas azules y cuelgan de él montones de diamantes como naranjas. Y es ésa la razón de que yo esté allí: quiero coger una carretada de diamantes. Pero lo que yo sé es que en el preciso instante en que intente alargar la mano para cogerlos, una serpiente me caerá encima. Una serpiente que custodia el árbol. Esa gorda hija de puta vive allí en sus ramas. Lo sé de antemano, ¿sabes? Y por Cristo que no tengo idea de cómo puedo luchar contra una serpiente. Pero pienso: «Bueno, correré el riesgo». Lo que quiere decir que mi deseo de poseer los diamantes es mayor que mi miedo. Así que me acerco para coger uno, lo tengo en mi mano y en cuanto empiezo a tirar de él para arrancarlo, la serpiente se me echa encima. Empieza la lucha, pero la serpiente es una viscosa hija de puta y yo no puedo zafarme, se me enrosca, me estruja. ¡Puedo oír cómo las piernas me crujen! Y entonces viene la parte en que sólo de pensarlo me da sudores, empieza a engullirme, ¿sabes? Empezando por los pies. Como si te tragaran las arenas movedizas.

Perry se interrumpió. No podía dejar de advertir que Dick, ocupado en hurgarse las uñas con el diente del tenedor, no estaba nada interesado en su sueño.

-¿Y entonces? -dijo Dick-. ¿Te traga la serpiente o qué?

-¡Qué más da! No tiene importancia.

¡Claro que la tenía! El final era muy importante, lo que más íntimo placer le producía. Una vez se lo contó a su amigo Willie-Jay, le explicó cómo era el pájaro enorme, aquella «especie de papagayo amarillo». Claro que Willie-Jay era distinto, era sensible, era un «santo». El le hubiera comprendido, pero ¿Dick? Dick se hubiera reído. Y Perry no lo podía soportar: que nadie se riera de aquel papagayo que había volado por primera vez en sus sueños cuando sólo tenía siete años y no era más que un chiquillo mestizo, odiado y lleno de odio, en un orfelinato de monjas, verdugos amortajados que le azotaban porque se meaba en la cama. Fue precisamente después de una de esas palizas, una que no podría nunca olvidar («Me despertó. Tenía una linterna y empezó a darme golpes con ella. Siguió pegándome y pegándome. La linterna se le rompió, y siguió pegándome a oscuras»), cuando apareció el gran pájaro amarillo. Llegó mientras dormía, un pájaro «más alto que Cristo, amarillo como un girasol», un ángel guerrero que dejó ciegas a las monjas a picotazos, «les comió los ojos y las mató mientras le rogaban que tuviera piedad» y entonces se lo llevó a él suavemente, estrechándolo en sus alas, al «paraíso».

A medida que transcurrían los años, iban cambiando los particulares tormentos de que el pájaro le libraba. Otras cosas (niños mayores, su padre, una novia infiel, un sargento que conoció en el servicio militar) reemplazaban a las monjas, pero el pájaro, su vengador alado, reaparecía siempre. De modo que la serpiente, que custodiaba el árbol de los diamantes, no acababa nunca devorándolo y en cambio era ella la devorada. Y luego, ¡la maravillosa ascensión! A un paraíso que en una versión no era más que una «sensación», una sensación de poder, de superioridad inatacable, y en otras se transformaba en un «lugar verdadero», como en una película. «Quizá fuera efectivamente en una película donde lo vi, quizá sólo lo recordara de verlo en una película. Porque, ¿en qué otro lugar pude haber visto un jardín así? ¿Con escalinatas de mármol? ¿Y fuentes? Y allá lejos, abajo, yendo hasta el final del jardín, se ve el océano. ¡Fantástico! Como allá por Carmel, en California. Y lo mejor de todo aún..., bueno, pues es una mesa muy larga. ¡No puedes imaginar la cantidad de comida que hay! Ostras. Pavos. Salchichas. Fruta como para hacer un millón de macedonias. Y, oye, todo a tu disposición. Quiero decir que no hay que tener miedo de tocarlo. Puedo comer tanto como quiera y no me cuesta un céntimo. Por eso sé dónde me encuentro.”

Dick murmuró:

-Yo soy una persona normal. Y sólo sueño con pollos dorados. Y hablando de pollos, ¿conoces aquello de la pesadilla de la cabra?

Así era Dick, siempre con un chiste verde a punto sobre cualquier tema. Pero sabía contarlos tan bien que Perry, a pesar de que en cierta medida era un mojigato, no pudo dejar de reírse como siempre.

Hablando de su amistad con Nancy Clutter, Susan Kidwell dijo: -Éramos como hermanas. Por lo menos así lo consideraba yo..., como si fuera mi hermana. No podía ni asistir a clase, por lo menos aquellos primeros días. No volví a la escuela hasta después del funeral. Y lo mismo hizo Bobby Rupp. Durante un tiempo, después de aquello, Bobby y yo estábamos juntos. Es un chico agradable, de gran corazón, pero hasta entonces nunca le había ocurrido nada muy terrible. Nada como perder a una persona querida. Y además, encima, tener que someterse al detector de mentiras. Y no digo que eso le amargara, no, ya que sabía muy bien que la policía no hacía más que cumplir con su deber. A mí ya me habían pasado algunas cosas muy duras, dos o tres, pero a él no; así que fue un verdadero golpe para él, darse cuenta, de pronto, que la vida era algo más que un largo partido de basket, fue un buen golpe. Casi siempre nos íbamos a dar un paseo en su viejo Ford. Autopista arriba autopista abajo. Hasta el aeropuerto y vuelta. O nos llegábamos al Cree-Mee que es un drive-in1, y nos quedábamos sentados en el coche tomando una Coca-Cola y escuchando la radio.

»La radio estaba siempre encendida, nosotros no teníamos nada que decirnos. Muy de vez en cuando, Bobby me contaba cuánto había querido a Nancy, y que ya no podría nunca jamás interesarse por otra chica. Bueno, yo pensaba que Nancy no lo hubiera querido así y se lo decía a él. Recuerdo, creo que fue el lunes, que bajamos con el coche hasta el río, aparcamos en el puente. Desde allí se ve la casa, la casa de los Clutter. Y parte del campo: los frutales del señor Clutter y los trigales perdiéndose en la lejanía. Allá lejos, en uno de los campos, ardía una fogata: estaban quemando cosas de la casa. Dondequiera que fuéramos, siempre había algo que nos lo recordaba. En las márgenes del río, había hombres con redes y palos que andaban pescando. Pero no pescando por pescar, Bobby dijo que buscaban las armas. El cuchillo. La escopeta.

»A Nancy le encantaba el río. Las noches de verano solíamos montarnos las dos a lomos de Babe, esa yegua gorda y gris de Nancy, ¿sabe? Nos íbamos directamente al río y nos metíamos en él. Luego Babe se iba al bajío mientras nosotras tocábamos la flauta y cantábamos. Hasta que nos entraba frío. Me gustaría saber qué ha sido de ella, de Babe. Una señora de Garden City se quedó con el perro de Kenyon. Se quedó con Teddy. Pero el animal se le escapó, se volvió otra vez a Holcomb. Ella vino y se lo volvió a llevar. Y yo tengo el gato de Nancy, Evinrude. Pero Babe, imagino que la venderán. ¿No le hubiera parecido odioso a Nancy? Se hubiera puesto furiosa. Otro día, la víspera del funeral, Bobby y yo estuvimos sentados junto a la vía viendo pasar los trenes, realmente tonto. Como ovejas en una ventisca. De pronto, Bobby se levantó y dijo: "Tenemos que ir a ver a Nancy. Tenemos que estar con ella." Fuimos en el coche hasta Garden City, a la casa de pompas fúnebres Phillips que está en la calle Mayor. Creo que el hermano pequeño de Bobby estaba con nosotros. Sí, seguro que estaba. Porque recuerdo que fuimos a buscarlo a la salida del colegio. Y recuerdo que él dijo que no iban a dar clases en ninguna escuela al día siguiente, así todos los niños de Holcomb podrían ir al funeral. Y estuvo diciéndonos lo que pensaban sus compañeros. Nos dijo que estaban convencidos que había sido obra de un «asesino a sueldo». Yo no quería oír ni una palabra de semejante cosa. No eran más que chismes y habladurías, dos cosas que Nancy detestaba. De todos modos, a mí poco me importa quién lo hiciera. De alguna manera me parece como si no tuviese nada que ver. Mi mejor amiga se ha ido. Saber quién la ha matado no va a traerla de vuelta. ¿Qué importa? No querían dejarnos entrar. En la casa de pompas fúnebres, me refiero. Nos dijeron que nadie podía «ver a la familia». Excepto los parientes. Pero Bobby insistió y al final, el director de la funeraria (conocía a Bobby y supongo que le daría lástima) nos dijo que estaba bien, que entráramos, pero advirtiéndonos que no se lo dijésemos a nadie. Ahora yo preferiría que no nos hubiese dejado entrar.

«Los cuatro ataúdes, que ocupaban casi por completo el saloncito lleno de flores, iban a estar cerrados durante el funeral (cosa muy comprensible, porque a pesar de los cuidados tomados para mejorar la apariencia de las víctimas, el efecto que producían era inquietante). Nancy llevaba puesto su vestido de terciopelo cereza, su hermano una camisa escocesa de tonos vivos; sus padres estaban vestidos de modo más sobrio, el señor Clutter con un traje de franela azul marino y su esposa con un vestido de crepé azul marino también, y (eso era lo que daba a la escena un aire atroz) la cabeza de cada uno estaba completamente envuelta en algodón, como un abultado capullo que hacía el doble de un globo normalmente inflado, y el algodón, como lo habían rociado con una sustancia brillante, relucía como la nieve de los árboles de Navidad.

Susan se retiró inmediatamente.

-Fui afuera y esperé en el coche -recordó-. Al otro lado de la calle, un hombre barría hojas. Me quedé mirándole. Porque no quería cerrar los ojos. Pensaba: «Si los cierro me desmayo.» Lo estuve, pues, mirando cómo barría las hojas y las quemaba. Lo miraba sin ver nada. Porque todo lo que tenía ante mis ojos era su vestido. ¡Lo conocía tan bien! Le ayudé a elegir la tela. El modelo fue idea suya y se lo hizo ella misma. Recuerdo lo satisfecha y contenta que estaba el día que lo estrenó. En una fiesta. Todo lo que podía ver era el vestido rojo de Nancy. Y Nancy en él. Bailando.

El Star de Kansas City publicaba una exhaustiva descripción del funeral de los Clutter, pero ya hacía dos días que había salido el diario cuando Perry, tumbado en la cama de una habitación del hotel, acertó a leerlo. Pero aun así, se limitó a echarle un vistazo, saltándose párrafos:

«Unas mil personas, la mayor aglomeración registrada en la Primera Iglesia Metodista en sus cinco años de existencia, asistieron hoy a los funerales de las cuatro víctimas... Varias compañeras de Nancy del colegio de Holcomb estallaron en llanto cuando el reverendo Leonard Cowan dijo: "Dios nos ofrece valor, amor o esperanza aun a pesar de que caminemos a través de las sombras del valle de la muerte. Estoy seguro de que El estuvo con ellos en sus últimos momentos. Nunca prometió Jesús que viviríamos sin tristeza ni dolor, lo que siempre dijo fue que El estaría con nosotros para ayudarnos a soportar la tristeza y el dolor..." En este día peculiarmente cálido para la estación, seiscientas personas llegaron hasta el cementerio de Valley View situado al norte de la ciudad. Allí, durante el servicio religioso llevado a cabo ante las tumbas, rezaron el "Padrenuestro", sus voces unidas en un grave susurro resonaban en todo el cementerio.”

¡Mil personas! Perry estaba impresionado. Se preguntaba cuánto habría costado el funeral. Tenía el dinero metido en la cabeza aunque quizá mucho menos que a primera hora del día, un día que había comenzado exactamente «sin un cobre». Pero, gracias a Dick, la situación había mejorado desde entonces. Ahora Dick y él, poseían «una bonita suma», suficiente como para llevarles a México.

¡Dick! Sagaz, listo. Sí, eso había que reconocérselo. Cristo, era increíble cómo «sabía madrugar a un tipo». Como a aquel dependiente de la tienda de confecciones de Kansas City, Missouri1, la primera elegida por Dick para «dar un golpe». En cuanto a Perry, que era novato en eso de hacer pasar un cheque, estaba tan nervioso que Dick tuvo que decirle:

-Todo lo que quiero que hagas es que te quedes a mi lado. Que no te rías ni te sorprendas de nada de lo que yo diga. Esas cosas hay que improvisarlas.

Para lo que se proponían, Dick era al parecer la persona indicada.

Entró con desenvoltura y con desenvoltura presentó a Perry al vendedor, como «un amigo mío que está a punto de casarse» y siguió diciendo: «Yo voy a ser testigo y le estoy ayudando a comprarse lo que le hace falta. Ja, ja, digamos, ja, ja, para su ajuar.» El vendedor «tragó el anzuelo» e inmediatamente se vio Perry quitándose los pantalones de dril para probarse un tétrico traje que el dependiente consideraba «ideal para una ceremonia informal». Después de comentar el extrañamente desproporcionado tipo de su cliente, su superdesarrollado torso sostenido por aquellas piernas cortas, añadió:

-Me temo que no tenemos nada que pueda irle bien sin necesidad de un arreglo.

¡Oh!, contestó Dick, no había inconveniente. Sobraba tiempo porque la boda era «de mañana en una semana». Una vez aclarado aquello, se pusieron a elegir un equipo de chaquetas y pantalones menos sobrios, apropiados para lo que, según Dick, iba a ser una luna de miel en Florida.

-¿Conoce el Eden Rock? -preguntó Dick al vendedor-. ¿El que está en Miami Beach? Pues ya tienen reservas. Es regalo de los padres de ella: dos semanas a cuarenta dólares por día. ¿Qué me dice? Un enano feo como éste va y encuentra un bombón que no sólo es un bombón sino que además está cargada de oro. Mientras que tipos como usted y yo, con buena presencia...

El vendedor presentó la cuenta. Dick se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón, frunció el ceño, hizo chasquear los dedos y exclamó:

-¡Puñeta! Me he dejado el billetero en casa.

Frase que a su compañero le pareció tan poco original que creyó que no podría engañar «ni a un tonto negro recién nacido». Pero al parecer, el vendedor lo creía porque cuando Dick sacó un cheque en blanco y lo firmó por ochenta dólares más del total de la cuenta, le entregó inmediatamente el cambio en efectivo.

Afuera Dick le dijo:

-¿Así que te casas la semana que viene? Bueno, pues vas a necesitar un anillo.

Poco después, en el viejo Chevrolet de Dick, llegaban a una tienda llamada Las Mejores Joyas. De allí, después de pagar con un cheque un anillo de boda y otro de brillantes, fueron a una casa de empeños. A Perry le dolía desprenderse de ellos. Casi había comenzado a creer en aquella pretendida novia, si bien, en su imaginación, contrariamente a la descripción de Dick, no era ni rica ni guapa sino muy bien educada, sabía hablar con corrección y probablemente poseía título universitario, «un tipo de chica muy intelectual»: la clase de muchacha que siempre había deseado encontrar y que nunca tuvo en la realidad.

A menos de contar a Cookie, aquella enfermera que había conocido cuando estuvo hospitalizado como resultado del accidente de moto. Una muchacha estupenda, Cookie, le había iniciado en la «literatura seria»: Lo que el viento se llevó, This is my beloved1. Tuvieron lugar algunos episodios sexuales, extraños, furtivos; se llegó a hablar de amor y hasta de matrimonio, pero luego, ya repuesto de sus lesiones, le dijo adiós y a modo de explicación le dio un poema que pretendía haber escrito:


Hay una raza de hombres inadaptados

una raza que no puede detenerse

hombres que destrozan el corazón a quien se les acerca

y vagan por el mundo a su antojo...

Recorren los campos y remontan los ríos

escalan las cimas más altas de las montañas;

Llevan en sí la maldición de la sangre gitana

y no saben cómo descansar.



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