Caminar en el amor



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CAMINAR EN EL AMOR Dinamismo de la vida espiritual

(Juan Esquerda Bifet



)

índice

Sociedad Educación Atenas, Madrid, 2ª Edición 1999


INTRODUCCIÓN: «Espiritualidad», camino común de la familia humana ... 9

Siglas más usadas 15

i. espiritualidad: vivir en cristo, caminar en el espíritu 19

  1. Conceptos y realidades fundamentales de la vida espiritual ... 19

  2. Teología de la vida espiritual 22

  3. Actualidad y dimensiones de la espiritualidad 24

  4. Hacia una teología de la espiritualidad más relacional y misio­
    nera 28

Orientación bibliográfica . ... 31
II. Dios llama a un encuentro con él y a una misión de frater

NIDAD UNIVERSAL 37

  1. Dios en el camino histórico del hombre 37

  2. La Palabra de Dios como llamada a un encuentro de relación,
    santidad y misión 39

  3. Cristo camino hacia el Padre y consorte en el camino de la
    Iglesia peregrina 44

  4. El camino histórico de la Iglesia 48

  5. Espiritualidad eclesial entre dos milenios: un Pueblo signo de
    Cristo, comunión y misión 51

Orientación bibliográfica 55

III. Dinamismo de la perfección cristiana 63

  1. Santidad y perfección cristiana 63

  2. Fidelidad al Espíritu Santo 66

7

  1. Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia 75

  2. Proceso y etapas de la vida espiritual 83

  3. Gracia y naturaleza 88

Orientación bibliográfica . . 93

IV. Dinamismo del diálogo con Dios 101

  1. Oración cristiana: actitud filial y fraterna 101

  2. Contemplación: el camino de la amistad y unión con Dios . . . 104

  3. En la comunidad eclesial que ora 112

  4. Oración, contemplación y evangelización: experiencia de Dios

hoy 116

Orientación bibliográfica . . . . ... . . 120

V Dinamismo de la vocación cristiana 127

  1. Vocación cristiana: compartir la vida con Cristo 127

  2. Espiritualidad de la vocación a la vida laical o seglar 130

  3. Espiritualidad de la vocación a la vida consagrada y contem­
    plativa 135

  4. Espiritualidad de la vocación al sacerdocio ministerial 139

  5. Espiritualidad de la vocación misionera 143

Orientación bibliográfica ... . . . . ... 148

VI. Caminos de renovación 159

  1. Vida litúrgica 159

  2. Un tiempo de «desierto», retiros y ejercicios espirituales 163

  3. Dirección espiritual 169

  4. Vida comunitaria y revisión de vida en grupo 172

  5. Vida ordinaria en el caminar de todos los días 178

Orientación bibliográfica 181

VIL Hacia una espiritualidad de Iglesia contemplativa y misio­
nera 191

  1. Ser y sentirse Iglesia 191

  2. Iglesia contemplativa: peregrina en la esperanza 194

  3. Espiritualidad de Iglesia misionera 199

  4. Espiritualidad mariana de la Iglesia contemplativa y misionera 202

Orientación bibliográfica 206

Conclusión general 209 Indice de materias 211

INTRODUCCIÓN



«Espiritualidad», camino común de la familia humana

ha vida del hombre es una búsqueda de la verdad y del bien, ha vida se hace camino hacia el interior del mismo hombre, para en­contrar su razón. Vero es, al mismo tiempo, camino hacia la realidad más honda de las cosas y de la historia. El hombre se mueve por un ansia de descubrir un «más allá»: más allá de sí mismo, de los seres y del tiempo...

Este «espíritu» o «espiritualidad» del corazón humano, a modo de aliento, luz y sed, se halla en todas las culturas, en todas las religiones, en todos los pueblos, en todo hombre. Ahí se encuentra la unidad de la familia humana, con todas sus diferencias personales, raciales y sociales. Es un caminar de hermanos hacia el mismo Padre.

Cuando el hombre vive más en contacto con la naturaleza o (como se suele decir de modo inexacto) en una cultura o religión más «primitiva», allí experimenta que ese «más allá» se identifica con «Alguien» hecho presente de mil maneras: la «multipresencia» del Creador, ha vida se hace camino de convivencia. Habrá que «luchar» para alejar temores y complejos, y también para superar culpabilidad y defectos verdaderos. Pero el corazón siente siempre el deseo de encontrar amigablemente a ese «Alguien», que hace de la brisa, de las plantas y del agua, un signo de su múltiple presencia y una llamada para un encuentro. ¿Será posible? ¿cuándo? ¿dónde? ¿cómo?...

has culturas y religiones indoeuropeas y asiáticas hacen de la vida un camino («yoga», «zen», «tao», «método»...) hacia la unidad. A veces es el camino hacia lo más hondo del propio ser, hasta ex­perimentar una «nada» donde suena el «Absoluto». Otras veces es

un camino hacia la unidad del cosmos, donde todo ser y toda persona se descubre en sintonía con uno mismo, con todos y con el «Todo». Emprender este camino supone renuncia a deseos, purificación, con­centración... «llévame del no ser al ser, de la tiniebla a la luz, de la muerte a la inmortalidad» (Upanishad). ¿Cómo es ese camino? ¿a dónde lleva? ¿qué se puede hacer para experimentarlo? ¿basta con esta experiencia?...

"En torno al Mediterráneo, la cultura greco-romana, sin olvidar los intercambios culturales, había trazado el «camino» {«método») del hombre hacia la verdad y el bien, teniendo en cuenta al «primer motor» o «primera idea» que dirige la historia y de quien deriva todo lo creado. El hombre, en cierto sentido, se redescubría como «de la raza de Dios» (Act 17,28, citando al poeta Arato de Cilicia). ¿Cómo emprender esta camino o «método» para liberarse del fata­lismo de la historia y de la esclavitud de las cosas?...

En algunos pueblos árabes, descendientes de Abraham por Is­mael, Dios se ha mostrado como único, todo poderoso y misericor­dioso, a través de experiencias espirituales que siguen siendo pauta y estímulo para emprender un camino de escuchar a Dios, adorarle a él solo, purificar el corazón, vivir en sintonía («limosna») con los hermanos, hacer de la vida una peregrinación (cf Corán)... ¿Hasta cuándo va a durar este caminar hacia el mismo Dios de todos los hombres?...

En toda cultura y en toda época, el hombre tiende a «espiritua­lizarse» integralmente para encontrar su propia identidad: «Vuélvete a tí mismo; en el hombre interior habita la verdad; y si encuentras que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a tí mismo» (San Agustín, De Vera Religione 39,72). En el fondo del corazón humano y en el fondo de las cosas se descubre a «Alguien»: «más íntimamente pre­sente que yo mismo» (San Agustín, Confesiones 3,6,11). El por qué de esta búsqueda de un «más allá», de trascendencia y de «espiri­tualidad», se comienza a experimentar cuando la cultura llega a su punto esencial que es dato «religioso»: «Nos has hecho, Señor, para tí, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a tí» (ibidem, 10,27,30).

En una época de cambios y de técnica, como la nuestra, donde el progreso deja entrever el misterio del hombre, con sus posibili­dades y sus riesgos, se quiere constatar, experimentar, ver... El hom­bre siente miedo al vacío y al absurdo; quiere ser él mismo, con sus circunstancias y situaciones. Pero siente que la «trascendencia» se le escapa y no se deja aprisionar por la informática y las elucubraciones.

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Ya no es el ateísmo caduco de los siglos anteriores, sino la bús­queda del por qué de la existencia humana, donde parece que Dios calla y está ausente. Si no existe el «más allá», ¿qué sentido tendría la vida presente?... El resultado de esta búsqueda puede ser múltiple: 1) no aceptar a Dios porque en las injusticias y en la muerte del inocente calla y se ausenta; 2) hacer de la religión un nuevo tran­quilizante para acallar inquietudes propias o ajenas... Yero Dios sigue siendo él, «más allá» de todas esas «exigencias». Y deja entender su presencia y su palabra en esas mismas inquietudes. Si Dios no existe, la vida no tiene sentido. «Paradójicamente, el mundo, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca sin embargo por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad» (EN 76).

Las religiones y las culturas se preguntan mutuamente sobre el «camino» («método», «yoga», «zen», «tao») del hombre hacia Dios. Se buscan intercambios sinceros y abiertos, desde dentro de cada religión y de cada experiencia de Dios, como intuyendo que cada una de ellas presenta una vida espiritual que puede ser válida y enrique-cedora porque quiere abarcar el camino de todo hombre, de todas las realidades y de toda la familia humana.

En esta búsqueda y camino «espiritual», que el hombre ha em­prendido desde los orígenes y desde el corazón de toda cultura y religión, hay una gran novedad, inesperada, que el hombre no sabe explicarse por sí mismo. Más allá de todas las experiencias religiosas, desde los tiempos más remotos de la historia humana, Dios se ha hecho encontradizo, dejando entrever una palabra y una presencia «más allá» de todo deseo y de toda búsqueda. Dios se ha «revelado» o ha comenzado a descorrer el velo de su misterio. Hay algo de esta cercanía y palabra de Dios que ha pasado ya (desde los primeros hombres) a toda la humanidad, y que se encuentra como «semilla del Verbo» o «preparación evangélica» en toda cultura y religión; quizá también en el corazón de todo hombre...

Esta revelación o manifestación especial de Dios se encuentra de modo peculiar y único en un pueblo, que Dios se escogió para preparar su propia venida como «Emmanuel» (Dios con nosotros). En los escritos sagrados del pueblo de Israel, desde Abraham y Moisés, encontramos un salto al infinito. Dios mismo se hace presente en la comunidad y en el corazón del hombre que busca y desea, ha sorpresa no está en descubrir a Dios (suma verdad, bien y belleza) presente en todas partes y especialmente en el corazón del hombre, sino en

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el hecho de que el mismo Dios se haya manifestado como «fiel al amor» (Yave: Ex 3,14; Deut 4,31), que sostiene la existencia y la búsqueda del hombre porque ha establecido con él un pacto de amor («Alianza» o «Tes'tamento»). El hombre se encuentra con un Dios sorprendente: «esposo», consorte, enamorado, que tiene la iniciativa en la búsqueda, que se acerca para darse, hablar, comunicarse..., pero que todavía llama a un «más allá» de más amor: la venida de un Salvador, el Cristo o Mesías, ungido y enviado con la fuerza del Espíritu Santo.

La historia de este pueblo (como signo ante los demás pueblos, Is 11,12) se hace camino y búsqueda hacia el encuentro con los planes amorosos de Dios acerca del Salvador («Jesús»). El camino tiende a la unión o encuentro en «]erusalén», pero presupone el éxodo y el desierto, donde Dios renueva su Alianza de amor (cf. libros del Pentateuco). Dios llama a su pueblo del destierro, como el esposo llama a su esposa para un encuentro esponsal en Jerusalén (Cantares y salmos, libros proféticos). Dios pronuncia su «palabra» en el «silencio» de la adoración, como dejando entrever su sabiduría «personal», por la que creó el mundo y dirige la historia en el amor de su Espíritu (libros sapienciales). Y Dios prometió que él mismo sería «Emmanuel», Dios con nosotros (Is 7,14). Pero como en toda cultura y religión, aquí también el creyente se sigue preguntando en su caminar hacia el encuentro: ¿Dónde? ¿cómo?... Y de este modo se siente unido a todos los hombres que buscan y caminan hacia el mismo Dios. «Yo, Señor, buscaré tu rostro; no me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9).

Hace dos mil años, junto al lago de Galilea y en Jerusalén, resonaron unas palabras que siguen hoy cuestionando a todos los buscadores de Dios: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos» (Le 6,20; «oraréis así: Padre nuestro»... (Mt 6,9); «venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré» (Mt 11,28); «yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí... quien me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,6-9); «id, pues, enseñad a todas las gentes... yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,19-20).

Este mensaje es de jesús, que «pasó haciendo el bien» (Act 10,38) y se presentó como Hijo de Dios y Emmanuel: «De tal manera amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16). Jesús ha cambiado el rumbo de la historia sin destruir la libertad e iniciativa humana en la búsqueda de Dios, porque no ha venido a destruir sino

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a completar (Mt 5, 17). Es hombre como nosotros, siendo, al mismo tiempo, Hijo de Dios: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer» (Gal 4,4); «muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,1-2).

La espiritualidad cristiana se hace camino donde Cristo se iden­tifica con nuestro caminar. Desde el día de su encarnación, en el seno de María la Virgen, Cristo se hace protagonista de nuestra historia personal y comunitaria y, de este modo, «manifiesta el hom­bre al mismo hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS 22).

Quien ha encontrado a Cristo, en el fondo del corazón y en la propia circunstancia, se siente capacitado por él para amarle (también escondido en los hermanos) y para hacerle amar: 'El camino de la espiritualidad cristiana es sintonía, relación, imitación, transforma­ción en Cristo: pensar, sentir, amar, obrar como él, con él y en él, que es el «pan de vida... para la vida del mundo» (Jn 6,48.51).

Este camino cristiano de espiritualidad es, por su misma natu­raleza, unión afectiva, dialogal y efectiva con todos los hermanos de la familia humana, sin distinción de cultura, religión y pueblo. Por el hecho de «insertarse» en Cristo (Roma 6,5), el cristiano comparte con él su amor por cada hombre en su propia realidad y circunstancia.

El crecimiento espiritual cristiano es crecimiento en comunión con todos los hombres y con todo el universo. Esta comunión o sintonía se basa en la encarnación del Verbo, que nos ha descubierto el misterio de la unidad como reflejo de la Unidad de Dios Amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús y el cristiano, por vivir en él, asume todas las «semillas de Verbo», toda la sed y toda la búsqueda «espiritual» de la humanidad.

Crecer en espiritualidad es, pues, «vida en Cristo» o «vida en el Espíritu», que se traduce en sintonía comprometida con su misión universal de asumir como propia la historia de cada hombre. Así el cristiano «completa» o prolonga a Cristo, como instrumento vivo y transparencia suya. El momento más concreto de esta «comunión» con Cristo es el sufrimiento y el martirio: por vivir y sufrir (o morir) amando y perdonando, el cristiano (el profeta o «confesor» y el mártir) asume consigo (y con Cristo) el sufrimiento, el trabajo y la muerte de tantas personas que sufren y mueren con el corazón abierto al amor, aunque tal vez sin conocer explícitamente a Cristo y a Dios

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Amor. En cada etapa de la vida espiritual, el cristiano se hace «her­mano universal» y partícipe de la misión universal de Cristo: «com­pleto en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).

La espiritualidad cristiana es un camino de antropología y de progreso de la persona y de la comunidad humana por «la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Este es el proceso de hacer de la vida un «sí» a Dios y a los hermanos, como el «sí» y el «Magníficat» de María que trasciende las fronteras del espacio y del tiempo: «donación total de sí..., apertura total a la persona de Cristo, a toda su obra y misión» (RM 39).

El camino trazado y realizado por Jesús es el camino hacia la realidad más profunda del hombre, para recuperar su rostro pri­mitivo, en el que Dios imprimió su imagen con el amor o «beso» de su Espíritu (Gen 1,27;2,7), y también para recuperar la armonía o unidad del corazón humano con todo el cosmos.

La espiritualidad es, pues, el camino hacia la realidad integral, donde todo suena a fraternidad: «el hermano por quien Cristo ha muerto» (Rom 14,15), el hermano sol, la hermana luna, tierra, agua... Entonces el hombre se hace misionero de la unidad sin fronteras, en el corazón y en la convivencia, como «hermano universal» (San Francisco de Asís, Carlos de Foucauld, etc.).

En este camino de la espiritualidad cristiana, la búsqueda es ya encuentro que suscita un ansia de encuentro total y definitivo: «Y el Espíritu y la esposa dicen... Ven, Señor Jesús» (Apoc 22.17.20). Entonces será el encuentro de toda la humanidad con Dios, donde Cristo presentará la creación al Padre, ya transformada en el amor de su Espíritu Santo, «para que sea Dios todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

SIGLAS MAS USADAS

AA Decreto conciliar Apostolicam Acluositalem.

AG . ... Decreto conciliar Ad Gentes.

CD . . . Decreto conciliar Christus Dominus.

APR .... Bula del Año Santo de la redención:

Aperite Portas Redemptort (Juan Pablo II).

DM Encíclica Dives in Misericordia (Juan Pablo II).

CT Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae (Juan Pablo II).

DEV Encíclica Domtnum et Vivificantem (Juan Pablo II).

DV Constitución conciliar Dei Verbum.

ES Encíclica Ecclesiam suam (Pablo VI).

EN . . . . Exhortación Apostólica Evangelü Nuntiandi (Pablo VI).

ET Exhortación Apostólica Evangélica Testifica tío (Pablo VI).

FC . . . . Exhortación Apostólica Familiaris consortw (Juan Pablo II).

GS Constitución conciliar Gaudium et Spes.

LG . . . Constitución conciliar Lumen Gentium.

LE Encíclica Laborem exercens (Juan Pablo II).

MC Exhortación Apostólica Marialis Cultus (Pablo VI).

OT Decreto conciliar Optatam Totius.

PC Decreto conciliar Per/ectae Caritatis.

PO Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis.

Puebla .... Documento de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano,

CELAM, 1979.

RD Exhortación Apostólica Redemptorts Donum (Juan Pablo II).

RH Encíclica Redemptor Homtnis (Juan Pablo II).

RM Encíclica Redemptons Mater (Juan Pablo II).

RP Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia (Juan Pablo II).

SA ... . Encíclica Slavorum Apostoli (Juan Pablo II).

SC Constitución conciliar Sacrosantum Concilium.

SD ... Carta Apostólica Salvifici Dolons (Juan Pablo II).

SRS Encíclica Sollicitudo Reí Socialis (Juan Pablo II).

UR . ... Decreto conciliar Unitatis Redintegratio.

VS Instrucción Venite seorsum (S. Congregación de Religiosos).


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I. ESPIRITUALIDAD: VIVIR EN CRISTO, CAMINAR EN EL ESPÍRITU

  1. Conceptos y realidades fundamentales de la vida espiritual

  2. Teología de la vida espiritual

  3. Actualidad y dimensiones de la espiritualidad

  4. Hacia una teología de la espiritualidad más relacional y mi­
    sionera

ESPIRITUALIDAD: VIVIR EN CRISTO, CAMINAR EN EL

ESPÍRITU

1. CONCEPTOS Y REALIDADES FUNDAMENTALES DE LA VIDA «ESPIRITUAL»

Vida «espiritual» o «espiritualidad» significa una vida según el Espíritu, es decir, una vida en toda su realidad humana, honda y sencilla. El hombre busca vivir en profundidad el «misterio» de su propia existencia y de los demás hermanos, así como el realismo pleno de las cosas y de la historia, donde resuena un «más allá» y donde Dios deja sentir su presencia y su voz amorosa.

Dios creó las cosas y el hombre con su palabra, pronunciada en el amor de su Espíritu (Gen l,lss; Prov 8,22; Sal 32; In 1,3). La creación y la historia caminan con el aliento del Espíritu de Dios (Gen 1,2).

El hombre ha sido moldeado por Dios a partir de la nada o del «barro». De las manos y del corazón de Dios, que conducía toda la creación hacia el hombre, salió el ser humano como «imagen de Dios» (Gen 1,27). El «rostro» o ser profundo del hombre refleja el «beso» de Dios. El Señor le infundió su Espíritu para transformar su ser de barro en expresión o «gloria» del mismo Dios que es amor y donación (Gen 2,7).

Esta vida «espiritual» del hombre quedó rota por el pecado original de los primeros padres. Desde entonces, es vida dura, de lucha o «ascética», que intenta reordenar el ser del hombre y recuperar su rostro primitivo y su «unión» e intimidad («mística») con Dios.

Este caminar de recuperación es ahora elección y vida en Cristo. Por haber sido «elegidos en Cristo», «redimidos por su sangre» y «sellados en el Espíritu Santo», ya podemos nuevamente hacer de la vida una «expresión» o «alabanza de la gloria» de Dios (Ef 1,3-

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14). Esta recuperación, que es «configuración» con Cristo, «supera con creces» la realidad del primer hombre (Rom 5,15) y es «camino de vida nueva» (Rom 6,4) o «nueva creación» (2 Cor 5,17). La vida «espiritual» cristiana es, pues, «vivir en Cristo» (Col 3,3; Gal 2,20; Fil 1, 21; 2 Cor 15; Jn 6,57).

Vida «espiritual» es «caminar en el Espíritu» (Rom 8,4), «vivir según el Espíritu» (Rom 8,9),«caminar en el amor» (Ef 5,1), «como Cristo nos amó» (Ef 5,2). El hombre, gracias al Espíritu Santo comunicado por Dios, se transforma en Cristo, para ser, con él, expresión o «esplendor» del Padre.

Esta vida plenamente humana enraiza en lo más hondo del corazón, abarca la convivencia, el trabajo y la historia, para dar a todas las cosas una dinámica de autenticidad: «en el Espíritu, por Cristo, al Padre» (Ef 2,18; cf LG 4).

En Dios Amor, cada persona (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es una «mirada» amorosa, relación perfecta, donación total. El hom­bre comienza a realizar, ya en esta vida, en armonía con toda la humanidad y con toda la creación, la unidad en el amor, que es reflejo de la máxima unidad existente en Dios Amor uno y trino. La comunidad eclesial es comunidad de creyentes que se han com­prometido a hacer realidad, en ellos mismos y en toda la familia humana, esta unidad querida por Dios (LG 1-4; AG 1-4). Esta unidad es el objetivo de la santidad y de la misión.

La vida de Jesús, participada por el creyente, es vida en el Espíritu, vida «espiritual». Engendrado en el seno de María la Virgen por obra del Espíritu» (Le 4,1.14.18). Esta es la vida es­piritual que Jesús ofrece a todo hombre que busca la verdad como Nicodemo; un «nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu Santo» (Jn 3,5). Es la oferta de «agua viva» que Jesús hace a la samaritana (Jn 4,10) y a todos los hombres sin distinción (Jn 7,38-39).

La única condición que Jesús pone para recibir esta vida «es­piritual» es la autenticidad, es decir, reconocer lo que uno es ante Dios («en espíritu y en verdad»: Jn 4,23) y la sed y búsqueda sincera de Dios desde la propia realidad pobre y contingente (Jn 7,37).

La vida espiritual es, pues, camino de perfección o de santidad del hombre en toda su integridad. Se puede describir como:

Vida nueva en el Espíritu, que alienta en el corazón del hombre, haciendo que Dios Amor (Padre, Hijo y Espíritu

Santo) habite en él como en su propia casa solariega (Jn 14,17.23); que ilumina al hombre acerca del misterio de Cristo (Jn 16,13-15) y que le transforma en transparencia y en testigo de Cristo (Jn 15,26-27).

  • Vida en Cristo (Jn 6,56-57; Gal 2,20), a partir de una llamada
    que se hace encuentro (Jn 1,35-51), unión y relación personal
    (Me 3,14), seguimiento comunitario, imitación (Mt 11,29),
    configuración (Jn 1,16; Rom 6,1-8).

  • Vida en Dios (Rom 6,11), según los planes salvífícos del
    Padre, cuya voluntad es hacer del hombre su imagen, su
    hijo en el Hijo, como participación del ser de Cristo, Hijo
    de Dios, y conseguir que toda la creación y toda la hu­
    manidad sea restaurada en la armonía y en el amor (Ef 1,3
    14; Col 1,9-17).

De este modo, la vida espiritual aparece en sus diferentes di­mensiones: trinitaria, cristológica, pneumatológica. Se trata, en efecto, de vivir el misterio de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo, caminando hacia el Padre. Pero hay que añadir otras di­mensiones: eclesial, antropológica, sociológica, histórica, etc.

Este camino de vida espiritual es camino de hermanos, que forman una sola familia como comunidad de caridad («ecclesia»). Es camino de verdadera libertad (Gal 5,13; Jn 8, 32), camino hacía el corazón del hombre, hacia la realidad concreta, hacia las situaciones humanas personales y comunitarias. Es, pues, camino de inserción en la vida (inmanencia) para llegar a la plenitud de los planes de Dios {trascendencia y esperanza). Así, pues, la vida espiritual es:

  • Vida de perfección o santidad del hombre en toda su inte­
    gridad: para ordenar la vida según el amor; hacer de la
    propia vida una «entrega de sí mismo a los demás» (GS
    24), como expresión de la vida divina que Cristo comunica
    a sus creyentes.

  • Vida de comunión eclesial, como «misterio» o sacramento
    (signo portador de Cristo), pueblo de Dios (cuerpo de Cris­
    to, comunión de hermanos), esposa de Cristo, «sacramento
    universal de salvación» (LG 48; AG 1), es decir, Iglesia
    misterio, comunión y misión.

  • Vida comprometida en construir la familia humana en el
    mundo según los planes de Dios amor: «hombres nuevos,
    creadores de una nueva humanidad» (GS 30).




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