Buscando: purificación en el perdóN



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BUSCANDO: PURIFICACIÓN EN EL PERDÓN,

ARREBATO EN LA MISIÓN

Lic. Hernán Bruno

Profesor Titular

Facultad de Ciencias de la Educación

Carrera de Psicología

Universidad Católica de La Plata

Quisiera empezar intentando poner un marco a lo que voy a tratar de hacer, y voy a utilizar la Guía Teológico Pastoral dada para este Jubileo de los Universitarios. Dice dicho Documento:

Frente a las vicisitudes del pasado, se presentan actitudes diversas, no siempre positivas:

- El hastío acusador, que exacerba las oposiciones, y distorsiona, viola la verdad falsificándola en ideología, produce divisiones y animosidad.

- La ironía, que teatraliza y cautiva, ridiculiza e insensiblemente cede al sarcasmo: también ella deforma la verdad y no contribuye a la mejoría y a la superación.

Al contrario, el testimonio leal, comprometido con la verdad, no niega los errores sino que los reconoce con honestidad, sin actitudes masoquistas, y los juzga históricamente indagando sus procesos y causas. Así tiende a no cometerlos nuevamente y convierte a la historia en maestra de vida, auténtica lección dinamizadora y constructiva: Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos a afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy”.

Les pido, entonces, que obvien las acusaciones fastidiosas y la ironía sarcástica, y si después queda algo, espero que sea testimonio leal.

Si bien sé fehacientemente que fuí personalmente elegido para estar acá, no puedo dejar de percibir una intensa sensación de algo así como “no quedaba otro”... Imaginarán Uds. qué lejos estoy de la posibilidad de que mi primer reflejo sea vivir en términos de Misión. Y comienzo comentando esto porque, dado mi recorrido, me encuentro ahora mismo viendo que en general, por no decir siempre, mis movimientos como católico fueron sostenidos por el mismo signo: “no me quedaba otra”. Y no me malinterpreten, no estoy hablando de ejercicio de la libertad, sino de aquello que vulgarmente diríamos: “ma sí, yo hago esto mientras no me jorobe”. Ya puedo ir sacando un par de conclusiones. En primer lugar, mi acción se enmarcaba en un natural, y no por eso menos superficial, hedonismo del tipo “pasarla bien”; en segundo lugar, Cristo estaba decidido a mimarme más allá de toda dureza de mi parte.

Y digo esto porque siempre me llevó por los vestigios de aquella cultura cristiana, hoy tan caduca y esclerotizada.

Lo agradezco y lo analizo, desde aquel “...ángel de la guarda, dulce compañía...”, se acuerdan?, hasta el colegio de curas, porque fui a un colegio de curas. En concreto, siempre me moví en un ámbito católico y ahí viví cómo los hermanos generosamente nos abrían los domingos en horas de la tan preciada siesta para usar la canchita y que no estemos en la calle; vi también cómo pueden jugar al fútbol con la sotana puesta; vi también cómo el curita aquel se iba con la maestra de inglés de sexto y nadie decía nada. Me bautizaron, tome la comunión, y hasta me confirme en mi fe; tuve, tengo y no sé si tendré (después de esto) amigos curas... también soy amigo de la maestra de inglés... En conclusión, toda mi experiencia me fue confirmando en mi acción, en mi “misión”, es decir, relativizar todo y pasarla bien.

No sabía de la misión como hoy el Espíritu me permite verla. Ignorancia supina, pues estoy convencido que hubo en toda esta parte de mi historia motivos para saber de una misión verdadera, pero yo no supe ver.



PERDÓN POR NO SABER VER DE QUÉ SE TRATABA, PERDÓN POR NO SABER VER EN LA MEZCLA, LA REALIDAD HUMANA, Y SÓLO APROVECHARLA PARA LO QUE ME CONVENÍA.

Dadas así las cosas y enteramente dedicado a desarrollar “mi misión”, después de un par de años de terminado el colegio decidí autónomamente y, por que no, omnipotentemente, que sería divertido estudiar y Psicología era una buena opción. Al finalizar un verano de interesante juerga iba a anotarme. Claro que para todo esto se hizo abril y las inscripciones estaban cerradas. Un profesor de aquel colegio tenía una conocida en UCA a la cual recurriríamos para que me haga entrar fuera de término y sin curso de ingreso. Como siempre había sido un alumno aceptable y de una familia buena no iba a haber dificultad.

Y así fue como se actualizó mi decisión de estudiar y de hacerlo en una universidad católica, es decir, sin ningún compromiso, ni conciencia: como tenía conocidos católicos, entré en una universidad católica, y la misión para aquella época no era más que una película. Evidentemente Dios tenía algo pensado para mí.

Acá empezó el lío, o por lo menos me di más cuenta de lo que estaba en juego. Pero debo hacer una aclaración: esto no aconteció en virtud de una universidad comprometida y tampoco en virtud de una madurez de mi parte. En la UCA la división entre ciencia y fe era tan tajante y la vida cristiana tan débil que para alguien como yo no presentaba conflicto: estudiemos la teoría más lúcida y después que cada uno crea en lo que se le cante. Y en cuanto a mí nunca viví un gran divorcio, pero no por virtud integradora, sino más bien porque nunca tuve mucha fe.

En verdad todo empezó con una fórmula muy simple: un amigo, Marcelo Tazedjián, compañero de ruta, un par de profesores, Alberto Fariña Videla y Elsa Donadío, maestros y testigos, que según mis parámetros me mostraron algo que podía ser más divertido aún, algo que tenía más que ver con una Fiesta que con un jolgorio.

Y esto sucedía en todos los terrenos. Empecé a ver aquello de “Cristo, Hijo consustancial al Padre, es pues Aquel que revela el plan de Dios sobre toda la creación, y en particular sobre el hombre...Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. Y por sobre todas las cosas empecé a ver que más allá de las taras y los límites, míos y de ellos, porque los tenemos, no hace falta aclararlo, estas personas me querían.

¡Bingo! Aprendía psicología y me convertía en persona.

Y era realmente así porque estudiaba y veía que entre las primeras opciones de fe que todos hacemos, la más razonable era la de Dios creador amante, la de Cristo amor donante, la del Espíritu caridad actuante.

Pero esto era peligroso, un esquema mental sin apertura a la experiencia, se seca. Y la convocatoria era cada vez más fuerte, cada vez más personal. Empecé entonces a vivir una especie de doble vida: pensaba en clave cristocéntrica, seguía viviendo para mí. A lo que antes respondía “no sé de que se trata”, ahora respondía con un “no puedo”, “es muy difícil”, “me comprometo pero hasta ahí”, etc., etc. En el mejor de los casos la fe era confinada a lo íntimo, pero para ser sincero ni eso.

PERDÓN ENTONCES POR LA IGNONIMIA, PORQUE LA RECLUSIÓN DE LA FE AL ESPACIO PRIVADO TERMINA SIENDO, PARA EL VERDADERO CRISTIANO, AFRENTA PÚBLICA.

PERDÓN A MARCELO, MI AMIGO (Y EN ÉL A TODOS LOS QUE SE SUMARON) PORQUE FUI Y SOY MUCHAS VECES TIBIO EN MI RESPUESTA A SU INVITACIÓN.

PERDÓN A ALBERTO Y A ELSA (Y EN ELLOS A OTROS QUE SE SUMAN) PORQUE FUI Y SOY MUCHAS VECES TRAIDOR A SU CONFIANZA Y A SU PACIENCIA.

Y luego, para sorpresa de muchos entre los que me incluyo, me recibí. En verdad, no era tan difícil. Y trabajé en colegios católicos, en universidades católicas... Que fueran católicos era lo que menos me importaba, pues parado en mi mediocre “no puedo”, la misión se fue convirtiendo en distintas variables narcisistas de ser bueno y si no de parecerlo. Les aseguro que detrás de alguna buena clase, detrás de algún buen trabajo, más que una misión había afán de reconocimiento, de prestigio, y, porque no, de poder. Y no pidan más, ya les dije no puedo, eso de entregar mi vida, no puedo.

Pero las personas seguían apostando, de innumerables y variadas formas, es como si ya no fuese posible resistirse, como si ya no fuese posible seguir diciendo no puedo... pero uno se resiste....

Permítanme utilizar a Lewis, que con su facilidad para hacer hablar a dioses y demonios, en uno de sus libros le hace decir a Jesús, en diálogo con el hombre: “No puedes y no te atreves, Yo pude y me atreví”. Esto, en primer instancia, actúa en mí como desafío, desafío mal entendido, quiero poder yo y atreverme yo, y escucho las palabras de Alberto mostrándome el germen del error, porque la respuesta es ‘atrevámonos y podamos en comunidad, en Cristo’. Y es acá donde digo “no quiero”, no quiero porque tengo que perderme, tengo que confiar, tengo que creer.

Si la misión es dejar que Cristo viva entre nosotros, es encarnar la cruz y la gloria del resucitado, por ahora puedo agradecer el haberlo visto y esperar que juntos en la universidad y donde sea podamos vivirlo y aflojarnos algunas veces y dejar que Él lo haga. Porque hoy realmente es un “no quiero”, que a veces escudo y pretendo ocultar en un “no sé” y otras en un “no puedo”. Además es cierto: no sé, no puedo, y no quiero, pero hay Otro que sí. Sólo espero poder dejar que lo haga y no obstaculizarlo.

Hoy me encuentro, en la universidad, en unión con personas alumnos que esperan de mí, porque confían, y si no al menos porque suponen que por algo debo estar ahí. Y hoy puedo decir que es mi lugar, aunque no siempre esté a la altura, aunque no siempre me disponga...

Dice la Guía: “Y el primer ámbito para ser testigo es ciertamente aquel en el que por vocación y condición de vida el hombre se encuentra actuando: es éste el lugar privilegiado e histórico de la misión.

El testimonio a través de la investigación, la enseñanza y el estudio es una contribución insustituible para la inculturación de la fe y la evangelización de la cultura; es servicio de apostolado y de humanidad”.

Estoy convencido que el testigo es la figura de la nueva evangelización, y a mí el plan divino me ha puesto acá, no siempre lo entiendo, no siempre lo acepto, no siempre lo quiero.



PERDÓN A MIS ALUMNOS, POR LAS VECES QUE POR MIEDO ME INTERPONGO ENTRE LA VERDAD Y ELLOS.

PERDÓN ENTONCES POR MI IGNORANCIA, MÁS POR MI TIBIEZA Y SOBRE TODO POR MI MEZQUINDAD.







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