Buda Año nº [noviembre de 2001] Con esta edición reclame el suplemento especial “Selección del Dammaphada”



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La causa del sufrimiento


La imposición de toda clase de conceptos, ideas, creencias, sólo enciende “resarcimiento”. Compartir e imponer son términos que distan de ser sinónimos, por más que se los quiera hacer encajar. A lo largo de la historia de la humanidad, se ha tenido la mala costumbre de creer que “nuestras verdades” son las autenticas. Acto seguido, hemos querido imponerlas a cualquier precio: “si yo tengo la verdad, entonces el otro miente.” Sin embargo, los maniqueísmos no han sabido conservar la armonía del planeta, muestras hay de sobra.

O lo uno o lo otro.

Parece mentira que “gente grande” se enrede en esta disociación, lo cual revela, obviamente, una ineptitud para la lectura objetiva de la realidad, es decir, una incapacidad para reunir en un mismo objeto los aspectos buenos y malos. Lo uno y lo otro conviven en nosotros mismos, y en los demás. Melanie Klein observó que la ambivalencia, o la integración de los aspectos positivos y negativos, es un estado deseable en un sujeto adulto.

¿No creen que hemos leído demasiado cuentos, o visto demasiadas películas? La vida es otra cosa. En los cuentos no hay espacio para las equivocaciones: el malo es malo, el bueno es bueno… y siempre hay un final feliz. Pero nos olvidamos un pequeño detalle: el cuento simboliza arquetipos. La vida real es diferente: la sombra, el animus y el anima se interrelacionan en un juego continuo de búsquedas y desencuentros. Proyectar en otro mis propias sombras, es una forma infantil de “evitar el problema”… aquí no hay espacio para la individuación, sólo para el sufrimiento.

Competencia, implica lucha, separación. La complementación se refiere a la necesidad de añadir, integración. La unión genera el nacimiento de una nueva realidad que sabe cobijar. Las diferencias deberían conectarnos, en vez de dividirnos.

¿Pueden imaginar un arco iris de un solo color? ¿Imposible verdad?. Pero a veces nos comportamos como si quisieramos ser el único color del universo, degradando a los otros o eliminándolos. No somos todos iguales, eso es cierto, pero todos deberíamos tener las mismas oportunidades de desarrollarnos en nuestra humanidad.

Lamentablemente el mundo se está convirtiendo en un reducto de privilegios y exclusiones. Ser y tener, identidad y pertenencia se confunden en un letárgico sonido recitado por la moda y el status. El que tiene y pertenece es “feliz”, el que no, es rechazado y humillado en su condición de ser humano… como si tener y pertenecer nos diera más identidad que al resto.

Que quede claro, la identidad es algo que no depende de la economía, ni de la política, ni de la sociedad o el sistema. Ni siquiera depende del otro; uno debe ir descubriendola solo, evitando sustraerse de la realidad cotidiana. Si para que yo tenga existencia, otro debe sacrificarse... si para demostrar lo grandioso que soy, debo rebajar a otro... no tengo identidad. Imponer MI voluntad no habla de mi identidad, sino de mi miedo. Creo que la prepotencia es una forma de defensa contra el miedo y la inseguridad...

Inseguridad que es vacilación de nosotros mismos, de nuestras capacidades, de nuestras acciones, sentimientos y pensamientos. Dudo, por eso ataco. No estoy seguro, por eso impongo. No se si tengo razón, por eso grito.

Aquí estamos frente a una incertidumbre del Sí Mismo...

¿Quién soy? ¿Cuál es mi responsabilidad en el orden mundial?
Sri Ramana Maharshi (1880 -1950), tenía una teoria: “Puesto que el deseo de todo ser vivo es ser siempre feliz, libre de todo pesar; puesto que en toda persona se observa que existe un amor supremo por el propio ser; y como sólo la felicidad es la causa del amor. Para ganar esa felicidad que es nuestra propia naturaleza y que se experimenta en el estado de sueño profundo donde no existe la mente, uno debe conocer su propio ser. Para ello, el sendero del conocimiento, la indagación de la fórmula "¿Quién soy Yo?", es el medio principal”

Otros pensadores y filosofos nos han dado la misma clave: “Conocete a ti mismo y descubriras el universo”, “la develación del Si mismo es el objeto del proceso de individuación”, “el universo tiene su centro en cada hombre y su circunferencia en ninguno”,

Hay algo que tengo que tener claro y es: no puedo medirme por la imagen que proyecto. Cada cual me verá según sus propias necesidades e incluso, a veces, proyecto una imagen de lo que creo ser, y no de lo que soy. Debo autodescubrir mis aspectos buenos y malos, mi luz y mi “sombra”. Luchar contra la sombra ajena, no implica que podamos dominar la propia. El reencuentro con nuestra parte oculta debería ser el primer paso en el sendero hacia el descubrimiento de nuestra identidad. "Cómo puedes ver la paja en el ojo ajeno y no puedes ver la viga que hay en tu ojo" dijo Jesús. La humanidad siempre ha tenido esta mala costumbre. Se ha dispersado tratando de “solucionar” problemas que están más allá de su jurisdicción. Sin darse cuenta de que lo único que hace es : dilatar el encuentro con si misma. Ni más, ni menos.

Identica“dinámica de respuesta” es la que comprobamos en el orden mundial. Y aquí es cuando surge una de las claves imprescindibles para la adultez de la “civilización” : “hacernos cargo” de nuestros aciertos y nuestras equivocaciones y no buscar culpables. Dejar de medirnos en relación a otro, superar el deseo de imponer nuestras ideas, desoyendo las ajenas.

Algunos dicen que es digno morir por una causa, yo creo que es más digno vivir por ella.

Ya es tiempo de que apartemos nuestra mirada del espejo del otro, y que maduremos como humanidad abandonando las prepotencias. Crecer es doloroso, implica renunciar a viejos esquemas, pero trae beneficios compensatorios. Es necesario comprender que compartimos la vida con seres humanos que tienen diferentes necesidades, creencias, sentimientos. Seres que nos enriquecen, y nos devuelve otra imagen distinta a la que estamos acostumbrados. Eso es bueno, nos habla de heterogeneidad.

¿Vamos a dejar que Thanatos siga desplegado sus alas en un gesto de victoria... o buscaremos a Eros con la misma desesperación con la que buscamos el aire bajo el agua?

Creo que estamos frente a una situación de quiebre, un hito, un punto de inflexión que nos permite mirar la realidad desde otro ángulo. Estar tan cerca de la muerte nos hace amar la vida, estar cercados por la violencia, nos hace anhelar la suavidad. Es la época de abandonar mezquindades y aunar esfuerzos; la paz está a un paso, solo necesitamos cambiar la conciencia acerca de lo real y lo ilusorio… invertir la polaridad de nuestras urgencias.

No importa si es tarea de uno, o tarea de todos. Lo que tiene valor por sí mismo es, al decir de Kant, “la buena Voluntad”. Accionemos dentro de ella sin esperar que el vecino empiece.

Tampoco aguardemos un llamado espacial, ni hagamos tiempo hasta que suenen los clarines celestiales. No nos sentemos a esperar por la paz… accionemos por ella.

Accionemos desde nuestro pequeño universo cotidiano, dejémonos llevar por esa voz interior que nos impulsa al bien, esa misma que podrá gritar triunfal en el ocaso: “Kreta Kretiata”, “lo que se vino a hacer, está hecho”.

Enciendan su llama y avancen, la oscuridad se desvanece sin lucha.


Cintia Vanesa Días
Directora

La leyenda


El mito escandinavo de la creación *
En los tiempos en que nada existía, se abría en el espacio un vasto y vacío golfo llamado Ginnunga. Tenía una longitud y anchura inconmensurable y su profundidad estaba más allá de toda comprensión. No había costa, ni tampoco olas; porque aún no había mar y la tierra no estaba formada ni tampoco los cielos. Allí en el golfo estuvo el principio de las cosas. Allí por primera vez amaneció. Y en el perpetuo crepúsculo estaba el Padre, que gobierna todos los reinos y se mueve entre todas las cosas grandes y pequeñas. 

Primero se formó, hacia el norte del golfo, Nifelheim, la inmensa casa de oscuridad nebulosa y frío helador, y en el Sur, Muspelheim, la casa luminosa del calor y de la luz. En medio de Nifelheim estalló la gran fuente de donde todas las aguas fluyen y adonde todas las aguas vuelven. Se llama Hvergelmer, la “caldera rugiente”, y de allí surgieron, al comienzo, doce tremendos ríos llamados Elivagar, que fluyen hacia el Sur, hacia el Golfo.

Una vasta distancia atravesaron desde su nacimiento y, entonces, el veneno que arrastraban con ellos empezó a endurecerse como lo hace la escoria que corre por una superficie, hasta que se congelaron y se convirtieron en hielo. Allí los ríos crecieron en silencio y dejaron de moverse, y los gigantescos bloques de hielo permanecieron juntos. El vapor se elevó del hielo envenenado y se congeló en forma de escarcha; capa tras capa se fueron amontonando en formas fantásticas una sobre otras. Esa parte del golfo que se extiende hacia el Norte era la región del horror y de la lucha. Fuertes masas de vapor negro rodearon el hielo, y dentro estaban chirriantes torbellinos que nunca cesaban, y bancos de huidiza niebla. Pero hacia el Sur Muspelheim brillaba con radiación intensa, y mandaba bellas llamas y chispas de fuego brillante. El espacio que había en medio de la región de las tempestades y de la oscuridad y de la región del calor y de la luz era un crepúsculo pacífico, sereno y tranquilo como el aire sin viento.

Ahora, cuando las chispas de Muspelheim cayeron a través del vapor congelado, y el calor llegó hasta allí por el poder del Padre, las gotas de las mezclas empezaron a caer del cielo. Y fue allí y entonces cuando la vida comenzó a existir. Las gotas se hicieron más rápidas y una masa informe tomó forma humana. Así vino a existir el grande y pesado gigante de arcilla que se llamó Ymer.

Tosco y desgarbado era Ymer y cuando se estiró y comenzó a moverse fue torturado por los dolores producidos por un hambre feroz. Así que salió ansioso en busca de comida, pero no había sustancia de la que él pudiera comer. Los torbellinos le pasaban encima y las oscuras nieblas le rodeaban como un sudario.

Más gotas cayeron de los lóbregos vapores, y luego se formó una vaca gigante que se llamó Audhumala, “la vacía oscuridad”. Ymer la contempló permaneciendo allí en la oscuridad junto a los bloques de hielo y avanzó débilmente hacia ella. Maravillándose, descubrió que de sus ubres salían cuatro regueros blancos de leche, y con ansía bebió y bebió hasta que se llenó con las semillas de la vida y se vio satisfecho. Entonces una gran pesadez se vino sobre Ymer y se tumbó, cayendo en un profundo sueño libre de pesadillas. El calor y la fuerza le poseyeron, y el sudor se concentró en el sobaco de su brazo izquierdo del cual, por el poder del Padre, se formó un hijo llamado Mimer y una hija llamada Bestla. De Mimer descendieron los dioses Vana. Bajo los pies de Ymer salió un hijo monstruoso de seis cabezas, que fue el antecesor de los gigantes malignos del hielo, el temido Hrimthusar. Entonces Ymer despertó. En cuanto a Audhumala, la gran vaca, no tenía verdor del que alimentarse y permaneciendo en el borde de la oscuridad encontró sustento chupando constantemente los enormes cantos rodados que tenían incrustados sal y escarcha. Durante el espacio de un día se alimentó de esa manera, hasta que apareció el pelo de una gran cabeza.

Al segundo día la vaca volvió a los cantos rodados y, antes de que hubiera dejado de chupar, una cabeza humana quedó al descubierto. Al tercer día una noble forma salto. Estada dotada de gran belleza y era ligera y poderosa. Recibió el nombre de Bure, y fue el primero de los dioses Asa. Con el tiempo surgieron más seres gigantes, nobles y malvados dioses. Mimer, que es Mente y Memoria, tuvo hijas, cuyo jefe fue Urd, la diosa de la fortuna y la reina de la vida y de la muerte. Bure tuvo un hijo llamado Bor, que tomó por esposa a Bestla, la hermana del prudente Mimer. Tres hijos nacieron de ellos: el primero se llamó Odin (espíritu), el segundo Ve, cuyo otro nombre es Honer, y el tercero Vile, también conocido como Lodur y Loke. Odin se convirtió en el principal jefe de los dioses Asa, y Honer fue jefe de los Vans que Loke, el usurpador, se convirtió en su gobernante.

Ymer y su maligno hijo desataron su ira y enemistad contra la familia de los dioses y pronto estalló la guerra entre ellos. En ninguno de los lados hubo una pronta victoria, y fieros conflictos se libraron durante largos años antes de que la Tierra se formara. Pero, al fin, los hijos de Bor vencieron sobre los enemigos y les hicieron retroceder. Con el tiempo se sucedieron grandes asesinatos, que disminuyeron el ejército de los gigantes malignos hasta que solamente quedo uno. Fue entonces cuando los dioses consiguieron su triunfo. Ymer cayó al suelo y los victoriosos saltaron sobre él y le reventaron las latientes venas de su cuello. Un gran diluvio de sangre salió de allí y toda la raza de los gigantes se ahogó excepto Bergelmer, el anciano de la montaña, que con su mujer se refugió en los bosques del gran molino del mundo. De éstos descienden los Jotuns, que por siempre guardaron enemistad contra los dioses.

El gran molino del mundo de los dioses estaba al cuidado de Mundilfore. Nueve doncellas gigantes lo movían con gran violencia, y el rechinar de las piedras hacía un clamor tan temible que no se podían oír ni las más altas tempestades. El gran remolino es más grande que el mundo entero, porque de él se hizo el gran molde de la Tierra. Cuando Ymer murió los dioses se reunieron en consejo y se dispusieron a dar forma al mundo. Colocaron el cuerpo del gigante de arcilla sobre el molino y las doncellas lo ataron a él. Las piedras estaban manchadas de sangre, y la carne oscura salió como molde. Así se formó la Tierra y los dioses le dieron forma a su antojo.

De los huesos de Ymer se formaron las rocas y las montañas; sus dientes y mandíbula se dividieron en dos, y cuando iban girando alrededor las doncellas del gigante tiraron los fragmentos aquí y allí, y éstas formaron las piedras y los cantos rodados. La sangre helada del gigante se convirtió en las aguas del vasto mar. Pero las doncellas del gigante no cesaron su labor cuando el cuerpo de Ymer estaba completamente machacado y la Tierra estaba formada y puesta en orden por los dioses. Cuerpos de gigante tras gigante se fueron colocando en el molino, que está situado tras el suelo del océano, y los restos de la carne son la arena que siempre está lavada alrededor de las orillas del mundo. Cuando las aguas son lamidas por el rotante ojo de la piedra del molino se forma un temeroso remolino y se producen los flujos y reflujos del mar cuando se dirige a Hvergelmer, ‘la rugiente caldera’, en Nifel-heim y es arrojado de nuevo hacia delante. Los mismos cielos están formados para tambalearse por el gran molino del mundo alrededor de Veraldar Nagli, ‘la punta del mundo’, que es la estrella Polar.

Después, cuando los dioses habían dado forma a la Tierra, colocaron la calavera de Ymer para que fuera al cielo. En cada uno de los cuatro puntos colocaron como centinelas a fuertes enanos del Este, Oeste, Norte y Sur. La calavera de Ymer descansa sobre su anchos hombros. Pero todavía el Sol no conocía su casa ni la Luna su poder, y las estrellas no tenían lugar donde morar. Las estrellas son brillantes chispas de fuego colocadas desde el Muspel-heim por el gran golfo y están fijadas en el cielo por los dioses para dar luz al mundo y brillo sobre el mar. A cada uno de estos copos de fuego errante se asignaron un orden y movimiento, de forma que cada uno tiene su lugar, tiempo y estación. El Sol y La luna también vieron sus cursos regulados, porque son los mayores discos de fuego y salieron de Muspelheim, y para que los caminos de los cielos pudieran soportarlos los dioses hicieron que los herreros elfos, los hijos de Ivalde y los parientes de Sindre, construyeran carros de oro fino. Mundilfore, que cuida del molino del mundo, envidiaba a su rival Odin. Tenía dos bellos hijos, uno llamado Mani (luna) y el otro Sol. Los dioses se llenaron de ira por la presunción de Mundilfore, y para castigarle le quitaron sus dos hijos de los que él presumía sobradamente, para conducir los carros del cielo y contar los años para los hombres. Al bello Sol mandaron para conducir el carro del Sol. Sus corceles son Arvak, que es “el pronto amanecer”, y Aldsvid, que significa “calor abrasador”.

Bajo su cruz estaban colocadas pieles de aire helado para enfriarlo y refrescarle. Entran en el cielo del Este por la puerta de Hela, a través de la cual pasan las almas de los hombres muertos al mundo del más allá. Entonces los dioses colocan a Mani, el apuesto joven, para conducir el carro de la Luna. Con él están dos bellos niños a los que él se llevó lejos de la Tierra, un muchacho llamado Hyuki y una muchacha llamada Bil. Han sido enviados a la oscuridad de la noche por Vidfimer, su padre, para sacar canciones de hidromiel del arroyo de la montaña Byrger, “él escondido”, que salía del cauce de la fuente de Mimer, y llenaron su cubo Saegr hasta el borde de forma que el preciado hidromiel se derramó cuando lo levantaban sobre el polo Simul. Cuando comenzaron a descender la montaña, Mani los capturó y se los llevó. Los agujeros que siempre se ven por la noche en la cara de la Luna son Huyki y Bil, y los poetas invocan a la bella Bil, de forma que al oírles ella puede derramar sobre la Luna el mágico hidromiel de las canciones sobre sus labios. Bajo la custodia de Mani están un montón de cuernos que se usan para perforar a los malhechores entre los hombres para que éstos así sufran el castigo por sus males.

El sol está en constante movimiento, y también lo está la Luna. Son perseguidos por enemigos sedientos de sangre, que buscan conseguir su destrucción antes de que alcancen los bosques de Varns que les dan cobijo, tras los horizontes del Oeste. Estos son dos fieros lobos gigantes. El que tiene por nombre Skoll, “el seguidor”, persigue al Sol, al que un día devorará; el otro es Hati, “el odiador”, que corre delante de “la brillante doncella del cielo”, en incesante persecución de la Luna. Skoll y Hati son gigantes en forma de lobos. Fueron enviados por la Madre del Mal, la oscura y temible bruja, Gulveig-Hoder, y ellos son sus hijos. Vive en Iarnid, el negro bosque de árboles de acero, en el norte del mundo, que es el lugar donde habita una familia de brujos temidas por dioses y hombres. De los lobos de la bruja el más terrible es Hati, que también se llama Managarm, “el devorador de la luna”. Se alimenta de la sangre de hombres muertos. Los adivinos han predicho que cuando venga a devorar al mundo, los cielos y la tierra se volverán rojos de sangre. Luego, también, deben los asientos de los poderosos dioses enrojecerse con la sangre y el brillo del sol del verano palidecerá, mientras grandes tormentas estallarán con furia para asolar todo el mundo. Una y otra vez, en temidos eclipses, habrían tragado el Sol y la Luna estos lobos gigantes, de no haber sido porque sus malignos designios han sido frustrados por los hechizos que han sido forjados contra ellos, y el clamor de hombres aterrorizados. Nat, que es la Noche, es la morena hija del vana gigante Narve, “el Obligador”, cuyo otro nombres es Mimer. Oscuro su pelo como el de toda su raza, y sus ojos son suaves y benevolentes. Trae descanso al trabajador y refresco al cansado, y descanso y sueños a todos. Al guerrero da fuerza para que pueda obtener victoria, y le encanta llevarse las preocupaciones y los cuidados. Nat es la benefactora madre de los dioses. Tres veces se casó. Su primer marido fue Nagelfare de las estrellas, y su hijo fue Aud, el de las riquezas sin límite. Su segundo marido fue Annar, “Agua”, y su hija Jord, la diosa de la Tierra, fue esposa de Odin y madre de Thor. Su tercer marido fue Delling, el elfo rojo del amanecer, y su hijo fue Dagr, que es Día. A la madre Nat y su hijo Dagr se les dieron carros engalanados con piedras preciosas para que conduzcan alrededor de la Tierra, uno detrás del otro, en el espacio de doce horas. Nat es la que va delante. Su corcel se llama Hrim-faxin, “crin helada”. Rápido galopa por los cielos, y cada mañana la dulce espuma cae como gotas de rocío sobre la Tierra debajo de ella. El buen corcel de Dagr se llama Skin-Faxin, “crin brillante”.De su cuello dorado se emite una radiación y belleza sobre los cielos y sobre todo el mundo. De todos los caballos que existen, es el más alabado por los hombres.

Hay dos estaciones, que son invierno y verano. Vindsvall, hijo del lúgubre Vasud, “el viento helador”, fue el padre del hosco invierno, y el dulce y benefactor Svasusd fue padre del buen verano, queridos por todos. Los hombres se preguntan de dónde viene el viento que azota al océano temerosamente, que convierte a la baja chispa en llama brillante y que ningún ojo puede contemplar. En el cenit del norte del cielo se encuentra en forma de águila un gigante llamado Hraesvelgur, “el devorador de la carne de los hombres muertos”. Cuando sus anchas alas se extienden para iniciar el vuelo  los vientos se agitan bajo él y se vienen rápidamente sobre la Tierra. Cuando va o viene, o viaja aquí y allá a través de los cielos, los vientos salen de sus alas. No había todavía un hombre que morara sobre la Tierra, aunque el Sol y la Luna estaban fijados en sus cursos, y los días y las estaciones estaban marcados en el orden debido.

Llegó, sin embargo, un tiempo, cuando los hijos de Bor estaban caminando por las costas del mundo, y vieron dos troncos de madera. Habían crecido del pelo de Ymer, que se había extendido como espesos bosques y abundante verdor del molde de su cuerpo, que es la Tierra. Un tronco era de un fresno, y de él los dioses formaron un hombre; y el otro, que era un aliso, lo convirtieron en una bella mujer. Tenían vida como la de un árbol hasta que los dioses les dieron mente, voluntad y deseo. Luego al hombre se le llamó Ask y a la mujer Embla, y de ellos desciende toda la raza humana, cuya morada se llama Midgard, “la sala del medio”, y Mana-heim, “casa de los hombres”. Alrededor de Midgard está el mar, y más allá, en las costas exteriores, está Jotun-heim, “la casa de los gigantes”. Contra estos los dioses se levantaron una gran masa de hielo de las cejas del turbulento Ymer, cuyo cerebro esparcieron alto en el cielo, donde se convirtieron en espesa masa de nubes esparcidas, agitándose aquí y allí
 (*) Extraído de Teutones. Mitos y leyendas, compilación Donald Mackenzie, ed. Studio.

 

El poema
Fuego y Aire
por: SoLCiTo
(Buenos Aires, 5 de junio de 2000)
Él se esfuma cerca

y se ausenta a gritos,

siente que su labio

le roza el oído.


Luego se estremece

de solo pensarla

y frente a un suspiro

desarma su alma.


Ella lo acaricia,

lo abraza a su mente;

luego lo abandona

repentinamente.


Lo imagina suyo,

lo desea ausente,

se estremece cerca,

lo aborrece oculto.


Él la sueña suya,

pero no consigo

quiere cobijarla,

pero luego piensa.


Se separan luego,

y siempre se unen...

es el pensamiento

un puente y un túnel.


Cuando los aleja

se vuelve rojizo

cuando los fusiona

es luz al oscuro.


Ella no se entrega

pues teme perderlo,

y es tanto su fuego

cuando la desborda

que se siente ajena,

prisionera.


Él la intuye frágil,

la besa y la observa

con sus ojos dulces

que irradian rocíos.


Ella no lo mira,

le teme a esos ojos

le huye al vacío

de su desencanto.


Él la quiere

libre,


ella quiere

aire


y es entre sus brazos

donde el miedo

arde.
Son en sus caricias

donde sienten dicha

y son sus palabras

las que los contienen.


Es su aliento

inundando su boca

y su boca besando

sus labios,

son sus ojos rozando

su oído y su oído

palpando sus pasos.
Insaciables espacios

de tiempo,

que al unirse

se olvidan de todo.


Es la magia

es la vida

es la nada
Es el fuego

y el aire.


Destino.

El Pensador


Sidharta Gautama, el Buda
Su vida

Siddarta Gautama, conocido universalmente como el Buda, nació en el año 560 A.C. cerca de la ciudad de Kapilavastu, en el actual Nepal y no lejos de la frontera septentrional de la India. Era hijo Primogénito del rey Suddhodana y de la reina Mahamaya, monarcas del pequeño reino de los Shakyas.

Según afirman venerables tradiciones su nacimiento estuvo rodeado de una serie de señales prodigiosas y cuando recién nacido fue presentado por su padre a los principales personajes de la corte, algunos de los sabios invitados a la ceremonia predijeron que el niño llegaría a ser un gran monarca o un gran vidente.

Como heredero del trono, el príncipe recibió una esmerada educación y el trato respetuoso de criados y cortesanos que su alto rango y futuras responsabilidades exigían. El propio Buda dijo en cierta ocasión a algunos de sus discípulos que había sido criado con gran esmero, que había vestido lujosos trajes de seda, que en la residencia real había vivido en tres palacios distintos: uno para el verano, otro para le invierno y un tercero para la estación de lluvias, y que en aquellos palacios habían entretenido sus ocios numerosas doncellas hábiles en la danza y en el manejo de instrumentos musicales.

A los diez y seis años de edad, el príncipe contrajo matrimonio con la princesa Yoshodara, elegida por su padre entre quinientas hermosas jóvenes de nobles familias del reino. Antes de que se celebrara el matrimonio, el padre de la novia, sin embargo, exigió que el futuro marido de su hija demostrara su hombría en las artes marciales, cosa que Gautama no tuvo ninguna dificultad en hacer ganando una competición en la que concurrieron otros muchos jóvenes nobles. El matrimonio se celebró y a su debido tiempo la esposa de Gautama le dió un hijo que recibió el nombre de Rahula.

El matrimonio no modificó el lujo y las comodidades que rodeaban al príncipe. Su padre, el rey, preocupado por la profecía de los sabios de que su primogénito se entregaría a una vida de austeridades y preocupaciones religiosas, le había rodeado de todos aquellos lujos para evitar que entrara en contacto con el mundo exterior y sus crueles realidades. Por ello, el rey había tomado toda suerte de precauciones para que su heredero no saliera nunca de sus residencias. Pero las preocupaciones del monarca no pudieron evitar que el destino del primogénito se cumpliera. El momento crucial se produjo cuando el príncipe alcanzó la edad de veintinueve años. Las versiones tradicionales sobre las circunstancias que llevaron a Gautama a abandonar su herencia y su familia, si bien difieren en algunos detalles todas coinciden en lo esencial, es decir en el descubrimiento que el príncipe hizo de la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. Estos fatales descubrimientos se produjeron como consecuencia de unos paseos el príncipe que dió por los alrededores de la residencia real.


Aunque su padre había ordenado que todo aquello que pudiera resultar desagradable o turbador fuera apartado del camino que su hijo pensaba seguir, este se encontró de pronto con un anciano maltrecho y aquejado por todas las debilidades propias de una edad avanzada. El segundo encuentro, durante otro paseo fue con un hombre gravemente enfermo, sucio maloliente y abandonado por todos. En un tercer paseo el príncipe vio un cadáver de un hombre que era llevado a la pira funeraria para ser incinerado. Aquellos encuentros le revelaron los aspectos más dolorosos e insufribles de la vida, hasta entonces ocultados a sus ojos. Pero en un cuarto paseo también encontró un anciano anacoreta que mostraba en su rostro una gran serenidad y se comportaba con apacible sosiego.

Durante todos aquellos paseos y encuentros, el príncipe iba acompañado de su fiel auriga (cochero), a quién sometió a una seria de apremiantes preguntas para que le esclareciera aquellos hechos ignorados por él hasta entonces. El auriga le explicó que todos los hombres estaban destinados a envejecer si vivían bastante tiempo, que todos estaban dispuestos a sufrir enfermedades, algunas terriblemente dolorosas, y así mismo todos, sin excepción, estaban destinados a morir sin que ninguno pudiera soslayar este destino.

El príncipe se sitió profundamente turbado por aquellas revelaciones. A causa de su anterior aislamiento desconocía que también las dolencias y la decrepitud formaban parte de la vida y que ésta finalmente estaba destinada a extinguirse. Para él, aquellos hechos resultaron de pronto más reales que le existencia placentera que había conocido hasta entonces. Fue una revelación dolorosa y trascendental, ya que a partir de aquel momento el príncipe quiso buscar una solución a aquellos hechos tan penosos e inevitables. El recuerdo del apacible anacoreta que había cruzado su camino en el cuarto encuentro le hizo sospechar que algunos hombres, pese a conocer las crueles realidades de la vida, habían encontrado el remedio para tan grandes males, decidió indagar entre aquellos maestros para que le explicaran el sentido profundo de la vida y le proporcionaran el alivio a sus sufrimientos.

Y así, una noche, el príncipe abandonó el palacio, abandonó a sus padres, a su esposa y a su hijo, decidido a encontrar la respuesta a las preguntas que le acuciaban. Ya lejos del palacio entregó a su fiel auriga que le había acompañado en su huida sus lujosos vestidos, sus joyas y su caballo, se vistió con un sayo y empezó una vida errante en busca de la verdad. Primero estuvo a los pies de dos maestros famosos, sin hallar en sus enseñanzas las respuestas a sus inquietudes. Pero como estaba decidido a encontrar la solución al problema que le atormentaba se entregó a una vida de gran rigor ascético en compañía de otros cinco compañeros que como él buscaban la verdad. Durante seis años, Gautama se sometió voluntariamente a una vida de austeridad y grandes sacrificios, creyendo que aquél era el camino para hallar la verdad, pero que, en realidad le llevaron a las puertas de la muerte pues, en otras renuncias, se había impuesto un régimen tan severo que apenas si comía, llegando al extremo de alimentarse con dos o tres granos de arroz al día. El propio Gautama describió en cierta ocasión a sus discípulos las consecuencias de los rigores a los que se había sometido diciéndoles:


"A causa de lo poco que comía todos mis miembros quedaron como hiedra reseca y enredada; mis nalgas parecían las pezuñas de un búfalo; mi espina dorsal sobresalía de mi espalda como las cuentas de un rosario; las pupilas de mis ojos estaban hundidas en sus cuencas y brillaban como el agua en el fondo de un pozo profundo; mi cabeza estaba arrugada como una calabaza cortada antes de haber madurado y dejada expuesta al sol y al viento; la piel de mi estómago colgaba flácida de mis huesos; y cuando quería obedecer la llamada de la naturaleza, al moverme me caía de bruces allí donde estuviese; incluso mis cabellos y el vello de mis piernas se desprendía de mi cuerpo porque estaba podrido es sus raíces..."
Tras aquellos seis años de sacrificios, el príncipe comprobó que estos resultaban inútiles y no le conducían al descubrimiento de la verdad sobre la vida, por lo que de pronto renunció a seguir aquellas prácticas austeras; volvió a alimentarse normalmente, se bañó, tras haber recuperado sus fuerzas físicas, se entregó a una profunda reflexión. Sus cinco compañeros de sacrificios le abandonaron entonces creyendo que había renunciado a la búsqueda de la verdad.

Pero no era así. La tradición asegura que una vez repuesto, Gautama se sentó debajo de un árbol, conocido como Bodhi (en botánica Ficus religiosa) y se dijo a sí mismo:
"No me moveré de esta posición sentado en la tierra hasta que haya conseguido mi objetivo."
También la tradición asegura que allí sufrió el asalto violento del Dios Mara, el tentador, y de todas sus huestes, que intentaron disuadirle por medio de promesas y amenazas de que prosiguiera con sus propósitos. Todas las tentaciones fueron rechazadas por Gautama. Y allí tras una noche de vela, e intensa concentración mental, sumido en un profundo trance, Gautama recibió por fin las respuestas a sus preguntas; quedó iluminado y se transformó en el Buda.

"Mi mente quedó emancipada, surgió el conocimiento, desapareció la oscuridad y se hizo la luz".


Buda tenía entonces treinta y cinco años de edad, y había constatado que la vida de los humanos, sujeta a una infinita cadena de reencarnaciones, estaba condenada inexorablemente al sufrimiento, al dolor y al llanto.
"Cuál creéis, ¡Oh monjes!, -preguntó en cierta ocasión a sus discípulos - que sea mayor, el agua de los cuatro grandes océanos o las lágrimas que habéis derramado mientras errabais de trasmigración en trasmigración?
Yo os lo diré:
Habéis vertido más lágrimas que todo el agua que contienen los cuatro grandes océanos".
El remedio estaba en interrumpir la infinita cadena de las reencarnaciones viviendo según los principios de las Cuatro Nobles Verdades que el Buda había descubierto (ver recuadro): Con la interrupción del la fatal cadena, quedaba interrumpido el sufrimiento.

"YO, -dijo a sus primeros discípulos- no volveré más a este mundo.

luego afirmó de forma más rotunda:

Este es mi último nacimiento, de ahora en adelante no existirán para mí nuevos nacimientos".

Era el anuncio del camino hacia el Nirvana, la condición en la que todo sufrimiento, dolor y angustia mental cesaban. Tras aquella trascendental experiencia, íntima y personal, el Buda debatió en su mente si sería conveniente proclamar a otros el camino de la salvación que él había descubierto. Se decidió por la predicación y llevó luz a la mente de los hombres.




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