Bruce Sterling


PRIMERA PARTE: Reventando el sistema



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PRIMERA PARTE: Reventando el sistema


El 15 de enero de 1990, el sistema de centralitas de larga distancia de AT&T se vino abajo.


Fue un extraño y grave suceso de proporciones gigantescas. Sesenta mil personas se quedaron sin teléfono. Durante las nueve largas horas de desesperados trabajos que llevó restablecer el servicio, unas setenta millones de llamadas no pudieron realizarse.
Los fallos de servicio, conocidos como "cortes" en el mundo de las telecomunicaciones, son un riesgo conocido y aceptado en el negocio telefónico. Los huracanes hacen que miles de cables de teléfono se partan. Los terremotos arrancan cables de fibra óptica enterrados. Las centralitas se incendian y no quedan más que cenizas. Estas cosas ocurren. Hay planes de emergencia para resolverlas, y décadas de experiencia tras ello. Pero la Caída del 15 de enero no tenía precedentes. Fue increíblemente enorme, y ocurrió sin razón física aparente.
El fallo de sistema comenzó un lunes por la tarde en una centralita de Manhattan. Pero, a diferencia de cualquier simple daño físico, se extendió y extendió. Centralitas de toda América se colapsaron una tras otra en una reacción en cadena, hasta que la mitad de la red de AT&T se estropeó, mientras que la otra mitad tenía dificultades para hacerse con la sobrecarga.
Después de nueve horas, los ingenieros de software de AT&T comprendieron más o menos qué había producido el fallo. Reproducir el problema exactamente, estudiando minuciosamente el software línea a línea, les llevó un par de semanas. Pero como era difícil de entender técnicamente, toda la verdad del asunto y sus implicaciones no fueron amplia y detalladamente explicadas. La causa principal del fallo se mantuvo en la oscuridad, rodeada de rumores y temor.
El fallo fue una gran vergüenza para la compañía. El "culpable" era un error en el propio software de AT&T - algo que no era de la clase de culpas que el gigante de las telecomunicaciones quería reconocer, especialmente al tener que enfrentarse a una competencia cada vez mayor. Al menos, *se dijo* la verdad en los desconcertantes términos técnicos que era necesario emplear para explicarlo.
De alguna manera, la explicación no convenció a las agencias de seguridad del Estado americanas, e incluso tampoco al personal de seguridad de las empresas de telefonía. Esta personas no eran expertos técnicos o grandes programadores, y habían elaborado sus propias sospechas acerca de la causa del desastre.
La policía y los departamentos de seguridad de telecomunicaciones tenían importantes fuentes de información que eran denegadas a simples ingenieros de software. Tenían informadores en el underground informático y años de experiencia en tratar con cierto gamberrismo de alta tecnología que parecía hacerse cada vez más sofisticado. Durante años habían estado esperando un ataque directo y salvaje contra el sistema telefónico americano. Y con la Caída del Sistema del 15 de enero - el primer de una nueva década de alta tecnología - sus predicciones, miedos y sospechas parecían haber entrado en el mundo real. Un mundo en el que el sistema telefónico no había fallado por sí solo, sino que *había sido* atacado - por "hackers".
El fallo creó una nube oscura de sospechas que determinaría las suposiciones y acciones de cierta gente durante meses. El hecho de que tuviera lugar en el área de software era sospechoso. El hecho de que ocurriera el Día de Martin Luther King, aún hoy la fiesta americana con más carga política, hizo todo todavía más sospechoso.
La Caída del Sistema del 15 de enero hizo que se considerara urgente y necesaria la Caza de Hackers. Hizo que gente, gente poderosa en puestos de autoridad, deseara creer lo peor. Y, fatalmente, ayudó a hacer que los investigadores desearan tomar medidas extremas y preservar un casi total secretismo.
Un oscuro fallo de software en un anticuado sistema de centralitas de Nueva York iba a provocar una reacción en cadena de problemas constitucionales y legales en todo el país.

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Al igual que el fallo en el sistema telefónico, esta reacción en cadena estaba esperando la primera ocasión para ocurrir. Durante los '80, el sistema legal americano fue ampliamente "parcheado" para enfrentarse a los nuevos asuntos que traía consigo el delito informático. Estaba, por ejemplo, el Acta de Privacidad de las Comunicaciones Electrónicas de 1986 (elocuentemente descrita como "una cosa apestosa" por un oficial de policía). Y también estaba la draconiana Acta de Fraudes y Delitos Informáticos de 1986, aprobada unánimemente por el Senado de los Estados Unidos, que después demostraría tener un gran número de defectos. Se habían hecho grandes y bienintencionados esfuerzos para mantener al día el sistema legal. Pero en el día a día del mundo real, incluso el software más elegante tiende a derrumbarse y mostrar repentinamente sus fallos ocultos.


Al igual que el sistema telefónico, el sistema legal americano no estaba en ruinas por un fallo temporal; pero para aquéllos que fueron aplastados por el peso del sistema en colapso, la vida se convirtió en una serie de desvanecimientos y anomalías.
Para entender por qué ocurrieron estos extraños sucesos, en el mundo de la tecnología y en el de las leyes, no basta con entender los simples problemas técnicos. Llegaremos a entenderlos; pero para empezar, debemos intentar entender cómo funciona el teléfono, el negocio de la telefonía, y la comunidad de seres humanos que los teléfonos han creado.

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La tecnología tiene ciclos vitales, al igual que las ciudades, las instituciones, las leyes o los gobiernos. El primer estadio de un invento es el Interrogante, también conocido por el estadio de "Prototipo Imaginario". En esta temprana etapa, el invento es sólo un fantasma, un simple reflejo en el ojo del inventor. Uno de dichos inventores fue un profesor de fisiología vocal y electricista aficionado llamado Alexander Graham Bell.


Los primeros inventos de Bell, aunque ingeniosos, no movieron el mundo. En 1863, siendo Bell un adolescente, fabricó, junto a su hermano Melville, un mecanismo artificial de habla, hecho de madera, caucho, gutapercha y hojalata. Este extraño dispositivo tenía una "lengua" cubierta de caucho y hecha de segmentos móviles de madera, y "cuerdas vocales", "labios" y "mejillas" de caucho. Mientras Melville accionaba un fuelle dentro de un tubo de hojalata, imitando a los pulmones, el joven Alec Bell manipulaba los "labios", los "dientes" y la "lengua", haciendo que aquella cosa emitiera un galimatías de sonidos en un falsete muy agudo.
Otro aspirante a gran avance técnico fue el "fonoautógrafo" de Bell de 1874, hecho con el oído completo de un cadáver. Colocado en un trípode, este espeluznante artilugio dibujaba ondas de sonido en un cristal ahumado utilizando una plumilla pegada a los huesecillos del oído.
La mayoría de los "Prototipos Imaginarios" no van a ninguna parte. Pero el segundo estadio de un invento es la Estrella Naciente o el estadio de "Prototipo Tonto". El teléfono, el artilugio más ambicioso de Bell, alcanzó esta fase el 10 de marzo de 1876. Aquel gran día, Alexander Graham Bell se convirtió en la primera persona que logró transmitir eléctricamente voz humana comprensible. Lo que ocurrió fue que el joven Profesor Bell, trabajando intensamente en su laboratorio de Boston, se echó ácido accidentalmente en los pantalones. Su ayudante, el Sr. Watson, oyó sus gritos de ayuda a través del audio-telégrafo experimental de Bell. Era un hecho sin precedentes.
Los inventos en su estadio de "Prototipo Tonto" rara vez funcionan muy bien. Son experimentales y, por tanto, están a medio hacer y bastante hechos polvo. El prototipo puede ser atrayente y original, y da la impresión de ser bueno de una manera u otra. Pero nadie, incluyendo al inventor, está muy seguro de por qué es así. Los inventores y los entendidos pueden tener ideas muy firmes sobre su uso potencial, pero con frecuencia estas ideas están equivocadas.
El hábitat natural del "Prototipo Tonto" son las ferias comerciales y la prensa. Los inventos recién nacidos necesitan publicidad e inversiones al igual que un ternero necesita leche. Esto era muy cierto hablando de la máquina de Bell. Para conseguir dinero, Bell hizo un tour con su dispositivo como una atracción de feria.
Los artículos de prensa de la época dicen que el debut del teléfono provocó un asombro alegre mezclado con mucho miedo. El teléfono que Bell usaba en sus demostraciones era una gran caja de madera con una rudimentaria boquilla, teniendo el aparato un tamaño algo mayor que el de una cámara Brownie. Su vibrante altavoz de acero, con potentes electroimanes, era lo suficientemente potente como para oírse en todo un auditorio. Watson, el ayudante de Bell, hábil intérprete de órgano, tocaba junto a un teléfono desde habitaciones a cierta distancia, y más tarde, tocó desde otras ciudades. Esto fue considerado maravilloso, pero también inquietante.
El concepto original que Bell tenía sobre el teléfono, una idea que defendió durante un par de años, era el de convertirlo en un medio de masas. Hoy podemos ver que la idea original de Bell se aproxima al moderno "hilo musical". Desde una central, los teléfonos transmitirían música, sermones dominicales e importantes discursos a una red de abonados.
En aquel momento, la mayoría de la gente pensaba que este concepto sonaba bien. De hecho, la idea de Bell era factible. En Hungría, esta utilización del teléfono fue llevada a la práctica diaria con éxito. En Budapest, durante décadas, de 1893 hasta después de la Primera Guerra Mundial, había un servicio de información perteneciente al gobierno llamado "Telefon Hirmondo1/2". Hirmondo1/2 fue una fuente centralizada de noticias, entretenimiento y cultura, incluyendo información bursátil, obras de teatro, conciertos, y lecturas de novelas. A determinadas horas del día, el teléfono sonaba, conectabas un altavoz para que lo oyera toda la familia, y Telefon Hirmondo1/2 estaba en antena, o mejor dicho, en el teléfono.
Hirmondo1/2 es una tecnología muerta hoy en día, pero Hirmondo1/2 podría ser considerado el ancestro espiritual de los modernos servicios informáticos de datos a los que se accede por línea telefónica, como CompuServe, GEnie o Prodigy. El principio que subyace bajo la idea de Hirmondo1/2 tampoco está muy lejos de los BBS's, que aparecieron a finales de los '70 y se extendieron rápidamente por América, y que aparecerán con frecuencia en este libro.
Estamos acostumbrados a usar los teléfonos para conversaciones individuales porque estamos acostumbrados al sistema de Bell. Pero ésta podría ser sólo una posibilidad entre muchas. Las redes de comunicación son muy flexibles y potentes, especialmente cuando su hardware es suficientemente avanzado. Pueden utilizarse para todo tipo de cosas. Así ha sido y seguirá siendo.
El teléfono de Bell había sido elegido para la gloria, pero esto se debió a una combinación de decisiones políticas, astutas batallas judiciales, inspirados liderazgos en la industria, actitudes locales muy receptivas y pura buena suerte. Mucho de esto es hoy también válido para los sistemas de comunicaciones actuales.
Bell y sus patrocinadores, al luchar para instalar su moderno sistema en el mundo real de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, tuvieron que enfrentarse al escepticismo y la competencia de otras industrias. Ya había entonces una fuerte red eléctrica de comunicaciones en América: el telégrafo. El presidente del sistema telegráfico de Western Union despreció el prototipo de Bell, llamándolo "juguete eléctrico" y rehusó comprar los derechos de patente de Bell. El teléfono, al parecer, podía estar bien como entretenimiento de salón, pero no para negocios serios.
Los telegramas, a diferencia de los teléfonos, dejaban un registro físico permanente de sus mensajes. Los telegramas, a diferencia de los teléfonos, podían contestarse cuando más le conviniera al destinatario. Y el telegrama tenía un mayor alcance que el primer teléfono de Bell. Estos factores hacían que la telegrafía pareciera una tecnología más fuerte y rentable - al menos a algunos.
El sistema telegráfico era enorme y estaba muy consolidado. En 1876 los Estados Unidos tenían 214.000 millas de cable telegráfico y 8500 oficinas de telégrafo. Había telégrafos especiales para negocios y para comerciantes de ganado, para el gobierno, para la policía y los bomberos. Y el "juguete" de Bell era más conocido como un dispositivo musical de barraca de feria.
El tercer estadio de un invento es el estadio de "La Vaca Rentable". En esta etapa, un invento encuentra su lugar en el mundo, madura y se convierte en algo asentado y productivo. Después de casi un año, Alexander Graham Bell y sus patrocinadores concluyeron que una música extraña procedente del ciberespacio del siglo XIX no era lo que iba a vender su invento. En su lugar, el teléfono iba a encontrar su lugar con la voz - voz personal e individual, la voz humana, conversación humana e interacción humana. El teléfono no iba a ser gestionado desde un punto de difusión centralizado. Iba a ser una tecnología personal e íntima.
Cuando descolgabas un teléfono, no estabas recibiendo la fría salida de una máquina: estabas hablando a otro ser humano. Una vez que la gente se dio cuenta de esto, su instintivo temor al teléfono como un extraño y artificial dispositivo, se desvaneció de repente. Una "llamada de teléfono" no era una "llamada" del "teléfono" mismo, sino una llamada de otro ser humano, alguien a quien generalmente conocerías y reconocerías. El punto clave no era lo que la máquina pudiera hacer por ti (o a ti), sino lo que tú solo, una persona y un ciudadano, podía hacer *a través* de la máquina. El que la joven Bell Company tomara esta decisión era absolutamente vital.
La primera red telefónica fue creada en Boston - mayoritariamente creada entre gente interesada en la tecnología y gente con buena situación económica (casi el mismo segmento de población que en América, cien años después, compraría ordenadores personales). Los bien situados partidarios del telégrafo siguieron con sus burlas.
Pero en enero de 1878 un desastre hizo famoso al teléfono. Un tren tuvo un accidente en Tarrifville, Connecticut. Un nutrido grupo de médicos con amplitud de miras de la cercana ciudad de Hartford tenían instalado el "teléfono parlante" de Bell. Un farmacéutico pudo telefonear a toda una comunidad de médicos de la localidad, que corrieron al lugar del accidente para ayudar. El desastre, como suele ocurrir, tuvo una gran cobertura en la prensa. El teléfono había demostrado su utilidad en el mundo real.
Después de lo de Tarrifville, la red telefónica se extendió a gran velocidad. Hacia 1890, cubría toda Nueva Inglaterra. Hacia 1893 se completaba la red de Chicago. Hacia 1897, cubría Minnesota, Nebraska y Texas. Hacia 1904 se extendía por todo el continente.
El teléfono se había convertido en un invento maduro. El profesor Bell (ahora generalmente conocido como "el Doctor Bell", aunque no poseía ningún título) se hizo muy rico. Perdió interés por el tedioso día a día de los negocios relacionados con la creciente red telefónica, y volvió su atención a trastear en sus laboratorios, que ahora eran mucho más grandes y estaban mejor ventilados y equipados. Bell nunca más tendría otro gran éxito como inventor, aunque sus estudios y prototipos anticiparon la transmisión por fibra óptica, el piloto automático, el sonar, los buques hidrofoil, la construcción tetraédrica y la educación Montessori. El decibelio, la unidad estándar de medición de la intensidad de un sonido fue denominada así en honor a Bell.
No todas las especulaciones y "prototipos imaginarios" de Bell tuvieron una gran inspiración. Le fascinaba la eugenesia. Y empleó muchos años desarrollando un extraño sistema astrofísico en el que la gravedad no existía.
Bell era un excéntrico de manual. Era en cierta forma un hipocondríaco, y a lo largo de toda su vida tuvo por costumbre no irse a dormir hasta las cuatro de la mañana y no levantarse hasta el mediodía.
Pero había logrado una gran hazaña; era el ídolo de millones de personas, y su influencia, su fortuna y su encanto personal, combinados con su excentricidad, le convirtieron en una figura super-popular . Bell dirigía un próspero salón de tertulias científicas en su mansión de invierno en Washington D.C., lo que le dio una considerable influencia entre bastidores en círculos científicos y gubernamentales. Era uno de los principales patrocinadores de las revistas *Science* y *National Geographic*, que aún son importantes instrumentos del "establishment" científico americano.
El compañero de Bell, Thomas Watson, con una fortuna similar y unas peculiaridades similares, se convirtió en un ferviente discípulo de un escritor de ciencia ficción y aspirante a reformador social del siglo XIX, Edward Bellamy. Watson también pisó los escenarios brevemente como actor de obras de Shakespeare.
Nunca más habría otro Alexander Graham Bell, pero en los siguientes años habría un sorprendente número de personas como él. Bell era el prototipo de empresario dedicado a la alta tecnología. Los empresarios dedicados a la alta tecnología jugarán un papel muy importante en este libro: no meramente como técnicos y hombres de negocios, sino también como pioneros de la frontera electrónica, que pueden arrojar a la arena política y social el poder y el prestigio que obtienen de la alta tecnología.
Como los empresarios que aparecerían tiempo después, Bell era un feroz defensor de su territorio tecnológico. A medida que el teléfono empezó a prosperar, Bell se vio rápidamente metido en duras causas en defensa de sus patentes. No obstante, los abogados de Boston de Bell eran excelentes, y el mismo Bell, como profesor de oratoria y orador público bien capacitado, era devastadoramente eficaz testigo legal. En los dieciocho años que duraron las patentes de Bell, la Bell Company se enfrentó a seiscientas causas. Los sumarios impresos ocuparon 149 volúmenes. La Bell Company ganó todas y cada una de las causas.
Después de que las patentes exclusivas de Bell expiraran, empezaron a expandirse compañías telefónicas rivales por toda América. La compañía de Bell, American Bell Telephone, pronto tuvo problemas. En 1907, American Bell Telephone cayó en poder del siniestro cártel financiero J.P. Morgan, "tiburones" especuladores que dominaban Wall Street.
En este momento, la Historia podría haber tomado un rumbo diferente. Los americanos podrían haber sido usuarios para siempre de un gran entramado de compañías telefónicas locales. Muchos políticos y hombres de negocios consideraron esto como una solución excelente.
Pero la nueva dueña de Bell, American Telephone and Telegraph o AT&T, puso al frente de aquella a un nuevo hombre, un visionario industrial llamado Theodore Vail. Vail, un antiguo funcionario de Correos, era capaz de comprender el funcionamiento de una gran organización y tenía un sentido innato para comprender la naturaleza de la comunicación a gran escala. Vail se ocupó rápidamente de que AT&T se hiciera con la tecnología punta de nuevo. El tipo de cable conocido como "loading coil" de Pupin y Campbell y el "audion" de deForest son tecnologías que han desaparecido hoy en día, pero en 1913 dieron a la compañía de Vail las mejores líneas de *larga distancia* que jamás se hubieran construido. Con el control de la larga distancia - los enlaces entre y a través de las más pequeñas compañías locales - AT&T rápidamente llevó la voz cantante y empezó a devorarlas a diestro y siniestro.
Vail reinvirtió los beneficios en investigación y desarrollo, comenzando con la tradición de Bell de la brillante investigación industrial a gran escala.
Técnica y financieramente, AT&T gradualmente aplastó a la competencia. Las compañías telefónicas independientes nunca desaparecieron del todo, y hoy en día cientos de ellas siguen funcionando. Pero la AT&T de Vail se convirtió en la compañía de comunicaciones suprema. En determinado momento, la AT&T de Vail compró la propia Western Union, la misma compañía que había despreciado el teléfono de Bell considerándolo un "juguete". Vail reformó a fondo los anticuados negocios de la Western Union según sus modernos principios; pero cuando el gobierno federal empezó a inquietarse ante esta centralización de poder, Vail devolvió la Western Union cortésmente.
Este proceso de centralización no era único. Hechos similares habían ocurrido en América en los sectores del acero, el petróleo y los ferrocarriles. Pero AT&T, a diferencia del resto de compañías, iba a mantenerse líder. Los "tiburones" monopolizadores de esas otras industrias fueron humillados y hechos pedazos por la cacería anti-monopolio emprendida por el gobierno.
Vail, el antiguo funcionario de Correos, estaba dispuesto a satisfacer al gobierno de Estados Unidos; de hecho, forjaría una activa alianza con él. AT&T se convertiría en casi un ala del gobierno americano, casi como si fuera otro Servicio de Correos - pero no tanto. AT&T se sometería voluntariamente a la regulación federal, pero a cambio, tomaría las regulaciones del gobierno como su política de empresa, haciendo imposible la competencia y asegurando los beneficios y la preeminencia del sistema de Bell.
Este fue el segundo nacimiento - el nacimiento político - del sistema telefónico americano. El plan de Vail iba a seguir funcionando, con un éxito total, durante muchas décadas, hasta 1982. Su sistema era una extraña forma de socialismo industrial americano. Nació casi a la vez que el Leninismo, y duró casi lo mismo - y, hay que admitirlo, con unos efectos muy superiores.
El sistema de Vail funcionaba. Exceptuando quizás la tecnología aerospacial, no ha habido ninguna otra tecnología mejor dominada por los americanos que el teléfono. El teléfono era visto desde el principio como una tecnología esencialmente americana. La política de empresa de Bell, y la política de Theodore Vail, era una política profundamente democrática de *acceso universal*. El famoso eslogan corporativo de Vail, "Una Política, Un Sistema, Servicio Universal", era un eslogan político, con un toque muy americano.
El teléfono americano no iba a convertirse es una herramienta especializada del gobierno o del mundo empresarial, sino en un bien de utilidad pública. Al principio, es verdad, sólo los ricos podían permitirse tener teléfonos privados, y la compañía de Bell intentó primero conquistar el mercado de los negocios.
El sistema telefónico americano era una inversión de capital, destinada a ganar dinero; no se trataba de caridad. Pero desde el principio, casi todas las comunidades con servicio telefónico tenían teléfonos públicos. Y muchas tiendas - especialmente las droguerías - ofrecían el uso público de sus teléfonos.
Podías no tener teléfono, pero siempre podías acceder al sistema si realmente lo necesitabas.
No hubo nada inevitable en esta decisión de hacer los teléfonos "públicos" y "universales". El sistema de Vail implicaba una profunda confianza en el público. Esta decisión fue política, formada por los valores básicos de la república americana. La situación podría haber sido muy diferente; y en otros países, bajo otros sistemas, ciertamente lo fue. Iosif Stalin, por ejemplo, vetó los planes para crear el sistema telefónico soviético poco después de la revolución bolchevique. Stalin estaba convencido de que los teléfonos de acceso público se convertirían en instrumentos contrarrevolucionarios y conspiradores. (Probablemente tenía razón). Cuando los teléfonos aparecieran en la Unión Soviética, serían instrumentos de la autoridad del Partido, siempre pinchados. (La novela de Alexander Solzhenitsyn sobre los campos de prisioneros *El Primer Círculo* describe los intentos de desarrollar un sistema telefónico más ajustado a los intereses de Stalin).
Francia, con su tradición de gobierno centralizado y racional, había luchado duramente incluso contra el telégrafo, que era a ojos de los franceses demasiado anárquico y frívolo. Durante décadas, los franceses del siglo XIX se comunicaron con el "telégrafo visual", un sistema de semáforos de propiedad gubernamental extendido por todo el país formado por enormes torres de piedra que emitían señales desde cimas de colinas, a través de grandes distancias, con grandes brazos similares a los de los molinos. En 1846 un tal Dr. Barbay, un entusiasta de estos semáforos, publicó memorablemente una temprana versión de lo que podría llamarse "el argumento del experto en seguridad" contra los medios abiertos.
"No, el telégrafo eléctrico no es una sólida invención. Siempre estará a merced de la más pequeña alteración, y a merced de locos jóvenes, borrachos, vagos... El telégrafo eléctrico se enfrenta a estos elementos destructivos con sólo unos pocos metros de cable en los cuales la supervisión es imposible.
Un hombre podría él solo, sin ser visto, cortar los cables telegráficos que van a París, y en veinticuatro horas cortar en diez puntos distintos los cables de la misma línea sin ser arrestado. El telégrafo visual, por el contrario, tiene sus torres, sus altos muros, sus puertas bien guardadas desde el interior por hombres fuertemente armados. Sí, declaro, sustituir el telégrafo visual por el eléctrico es una medida terrible, un acto verdaderamente estúpido."
El Dr. Barbay y sus máquinas de piedra de alta seguridad al final no tuvieron éxito, pero su argumento - que la comunicación ha de ajustarse a la seguridad y la conveniencia del Estado, y debe ser cuidadosamente protegida de los jóvenes alocados y la escoria que podría querer reventar el sistema - sería oído una y otra vez.
Cuando por fin se creó el sistema telefónico francés, su ineficacia fue notoria. Los devotos del Sistema Bell de América con frecuencia recomendaban un viaje a Francia a los escépticos.
En la Inglaterra de Eduardo VII, las cuestiones referentes a la clase y la intimidad eran un lastre para el progreso del teléfono. Se consideraba escandaloso que cualquiera - cualquier tonto de la calle – pudiera meterse a gritos en la casa o la oficina de alguien precedido solamente por el timbre del teléfono. En Inglaterra, los teléfonos eran tolerados para usarse en los negocios, pero los teléfonos privados tendían a estar encerrados y apartados en armarios, salas de fumadores, o en las habitaciones de los sirvientes. Los operadores telefónicos ingleses eran despreciados porque parecía que no "conocían su lugar". Y nadie de buena familia habría osado escribir un número de teléfono en una tarjeta de visita; esto era considerado un intento de querer conocer extraños de muy poco gusto. Pero el acceso al teléfono en América iba a convertirse en un derecho popular; algo como el sufragio universal. Las mujeres americanas aún no podían votar cuando se implantó el sistema telefónico; y ya el principio las mujeres americanas adoraron al teléfono. Esta "feminización" del teléfono americano era con frecuencia comentada por los extranjeros. Los teléfonos en América no estaban censurados y no se tenía que usar con rígidas maneras y con formalidad; eran privados, íntimos, estaban en el ámbito doméstico y permitían la relación social. En América, el Día de la Madre es sin duda el día más atareado del año para la red telefónica.
Las primeras compañías telefónicas, y especialmente AT&T, estaban entre los principales empleadores de mujeres americanas. Daban empleo a grandes ejércitos de hijas de las clases medias americanas: en 1891, ocho mil mujeres; hacia 1946, casi un cuarto de millón. Las mujeres parecían disfrutar trabajando en el teléfono; era un empleo fijo, respetable, se pagaba bastante bien para lo que solía pagar a una mujer en el trabajo, y por último, pero no por ello menos importante, parecía ser una buena contribución al bienestar social de la comunidad. Las mujeres consideraron atractivo el ideal de servicio público de Vail. Esto era especialmente cierto en áreas rurales, donde las operadoras, haciéndose cargo de extensas líneas colectivas rurales, disfrutaban de un considerable poder social. La operadora conocía a todos los que estaban en la línea, y todos la conocían a ella.
Aunque el propio Bell era un ferviente sufragista, la compañía telefónica no dio empleo a mujeres para conseguir la liberación femenina. AT&T hizo esto por importantes razones comerciales. Los primeros operadores telefónicos del sistema Bell no fueron mujeres, sino adolescentes americanos. Eran chicos encargados de transmitir mensajes en el telégrafo (un grupo a punto de volverse técnicamente obsoleto), que hacían la limpieza de la oficina telefónica, iban a reclamar los pagos no abonados por los clientes, y hacían conexiones telefónicas en la centralita, todo por poco dinero.
Durante el primer año de funcionamiento, 1878, la compañía de Bell aprendió una dura lección sobre combinar jovenzuelos con centralitas telefónicas. Poner a adolescentes a cargo del sistema telefónico llevo a un rápido y constante desastre. El ingeniero jefe de Bell les describió como "Indios Salvajes".
Los chicos eran muy groseros con los clientes. contestaban mal, con descaro, haciendo observaciones impertinentes... Los granujas decidieron tomarse libre el Día de San Patricio sin permiso. Y lo peor de todo, gastaban hábiles bromas con los cables de la centralita: desconectaban llamadas, cruzaban líneas de forma que los clientes se encontraban hablando con extraños...
Esta combinación de poder, habilidades técnicas y total anonimato parece que actuó como un fuerte estimulante entre los adolescentes. Pero el fenómeno de "chicos locos en los cables" no se limitó a los Estados Unidos; desde el principio, ocurrió lo mismo en el sistema telefónico británico. Alguien comentó la situación así: "Sin duda, estos chicos no consideraron este trabajo como algo pesado y fastidioso, y también es muy probable que bajo las primeras condiciones de trabajo, el espíritu aventurero e inquisitivo que posee cualquier chico sano a esa edad no siempre fuera propicio para conceder la máxima atención a los deseos de los clientes."
Así, los chicos fueron apartados del sistema - o al menos, privados del control de la centralita. Pero el "espíritu aventurero e inquisitivo" de los adolescentes volvería a aparecer en el mundo de la telefonía una y otra vez.
El cuarto estadio en el ciclo de vida de un invento es la muerte: "el Perro", tecnología obsoleta. El teléfono ha evitado hasta ahora este destino. Al contrario, se desarrolla, todavía en expansión, evolucionando y a una velocidad cada vez mayor.
El teléfono ha alcanzado el poco común estadio elevado de un aparato tecnológico: ha llegado a ser un *objeto doméstico*. El teléfono, al igual que el reloj, el bolígrafo y el papel, los utensilios de cocina y el agua corriente, se ha convertido en un aparato que sólo es visible en su ausencia. El teléfono es tecnológicamente transparente. El sistema global telefónico es la máquina mayor y más compleja del mundo, y aun así es fácil de utilizar. Más aún, el teléfono es casi del todo físicamente seguro para el usuario.
Para el ciudadano medio de 1870, el teléfono era más extraño, más sorprendente, más cercano a la "alta tecnología" y más difícil de comprender que los más extraños aparatos de computación avanzada lo son para nosotros, americanos de los '90. Al intentar comprender qué está ocurriendo hoy día, con nuestras BBS, llamadas internacionales directas, transmisiones por fibra óptica, virus informáticos, hackers, y un intenso enredo de nuevas leyes y nuevos crímenes, es importante darse cuenta de que nuestra sociedad se ha enfrentado a un desafío similar ya antes - y eso, con seguridad, lo hicimos bastante bien.
El teléfono de feria de Bell parecía extraño al principio. Pero la sensación de extrañeza se desvaneció rápidamente una vez que la gente empezó a oír las familiares voces de parientes y amigos, en sus propias casas desde sus propios teléfonos. El teléfono pasó de ser un aterrador tótem de alta tecnología a ser un pilar cotidiano de la comunidad humana.
Esto ha ocurrido también, y sigue ocurriendo, con la redes de ordenadores. Las redes como NSFnet, BITnet, USENET o JANET son técnicamente avanzadas, amedrentadoras, y mucho más difíciles de usar que los teléfonos. Incluso las redes populares y comerciales, como Genie, Prodigy y Compuserve, causan muchos quebraderos de cabeza y han sido descritas como "odiausuarios". De todas maneras, también están cambiando y pasando de ser complicados elementos de alta tecnología a ser fuentes diarias de la comunidad humana.
Las palabras "comunidad" y "comunicación" tienen la misma raíz. Donde quiera que instales una red de comunicaciones, crearás a la vez una comunidad. Y si haces desaparecer esa red, lo hagas como lo hagas - confiscándola, declarándola ilegal, destruyéndola, elevando su coste por encima de lo permisible - estás hiriendo a esa comunidad.
Las comunidades lucharán para defenderse. La gente luchará más dura y crudamente para defender sus comunidades que para defenderse a sí mismos como individuos. Y esta es la realidad de la "comunidad electrónica" que se creó gracias a las redes de ordenadores en los '80 - o más bien, las *diversas* comunidades electrónicas en telefonía, seguridad del Estado, computación, y en el underground digital, que hacia el año 1990, estaban registrando, uniéndose, arrestando, demandando, encarcelando, multando y proclamando encendidos manifiestos.
Ninguno de los sucesos de 1990 era completamente nuevo. No ocurrió nada en 1990 que no hubiera tenido de una forma u otra un precedente más comprensible. Lo que dio a la Caza de Hackers su nuevo sentido de gravedad e importancia era el sentimiento - el sentimiento de una *comunidad* - de que el juego político había aumentado su importancia; aquel problema en el ciberespacio ya no era una simple travesura o una pelea sin conclusiones claras, sino una lucha genuina por cuestiones genuinas, una lucha por la supervivencia de la comunidad y por el futuro.
Estas comunidades electrónicas, habiendo florecido durante los '80, estaban creando una conciencia de sí mismas, y era conscientes a su vez eran conscientes de la existencia de otras comunidades rivales.
Estaban apareciendo temores por todos lados, mezclados con quejas, rumores y preocupadas especulaciones. Pero hacía falta un catalizador, un choque, para hacer evidente el nuevo mundo. Al igual que para Bell fue una catástrofe lo que dio publicidad a su invento, el Accidente del Tren de Tarrifville de enero de 1878, también se trataría esta vez de una catástrofe.
Fue la Caída del Sistema de AT&T del 15 de enero de 1990. Después del Fallo, la herida e inquieta comunidad telefónica surgiría luchando con dureza.

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La comunidad de técnicos de telefonía, ingenieros, operarios e investigadores es la comunidad más antigua del ciberespacio. Son los veteranos, el grupo más desarrollado, el más rico, el más respetable, de muchas maneras el más poderoso. Generaciones enteras han aparecido y desaparecido desde los días de Alexander Graham Bell, pero la comunidad que fundó sobrevive; hay gente que trabaja en el sistema telefónico cuyos abuelos trabajaron también para el sistema telefónico. Sus revistas especializadas, como *Telephony*, *AT&T Technical Journal*, *Telephone Engineer and Management*, llevan décadas publicándose; hacen que publicaciones informáticas como *Macworld* y *PC Week* parezcan aficionados recién llegados.


Y las compañías telefónicas tampoco están en las últimas filas de la alta tecnología. Los investigadores industriales de otras compañías pueden haberse hecho con nuevos mercados; pero los investigadores de los Bell Labs han ganado *siete Premios Nobel*. Un potente dispositivo que fue creado en los Bell Labs, el transistor, ha creado *grupos* enteros de industrias. Los Bell Labs son famosos en el mundo entero por crear "una patente al día", y han hecho descubrimientos de vital importancia incluso en astronomía, física y cosmología.
A través de sus setenta años de historia, "Mamá Bell", más que una compañía, ha sido un estilo de vida.
Hasta el cataclismo del desmantelamiento de los '80, Mamá Bell fue quizás la mega-empleadora maternalista definitiva. La imagen corporativa de AT&T era la del "amable gigante", "la voz con una sonrisa", un vago mundo de socialismo real de técnicos de tendido telefónico cuidadosamente afeitados y con cascos brillantes, y de sosas chicas guapas con auriculares y medias de nylon. Los empleados de Bell eran famosos por pertenecer a organizaciones benéficas como Kiwanis o por ser miembros del Rotary, por ser entusiastas de la Little League, la liga de béisbol infantil, o por pertenecer a los consejos escolares.
Durante el largo apogeo de Mamá Bell, los cuerpos de empleados de Bell eran educados de arriba a abajo en una ética corporativa de servicio público. Bell ganaba dinero, pero Bell no se fundamentaba *en* el dinero; Bell utilizaba relaciones públicas, pero nunca el simple mercadeo. La gente entraba en Bell buscando una buena vida, y tenían una buena vida. Pero no era simplemente el dinero lo que llevaba a la gente de Bell a lanzarse en mitad de tormentas y terremotos para luchar con postes telefónicos derribados, meterse en registros inundados, o soportar turnos de noche con los ojos enrojecidos arreglando centralitas colapsadas. La ética de Bell era la equivalente eléctrica de la del cartero: ni la lluvia, ni la nieve, ni la oscuridad de la noche detendrá al correo.
Es fácil ser cínico en este tema, al igual que es fácil ser cínico al hablar de cualquier sistema político y social; pero el cinismo no cambia el hecho de que miles de personas se tomaran muy en serio estos ideales. Y alguno aún lo hacen.
La ética de Bell era la de ser un servicio público; y esto era gratificante, pero también tenía que ver con poder *privado*, y esto también era gratificante. Como corporación, Bell era muy especial. Bell era una privilegiada. Bell se había arrimado al Estado. De hecho, Bell estaba tan cerca del gobierno como podías estarlo en América ganando mucho dinero legítimamente.
Pero a diferencia de otras compañías, Bell estaba por encima y más allá de la vulgar lucha comercial. A través de sus compañías operadoras regionales, Bell era omnipresente, local y cercana en toda América; pero las torres de marfil centrales de su corazón corporativo eran las más altas y las que tenían un color marfil más fuerte.
Por supuesto, había otras compañías telefónicas en América; las llamadas independientes. Cooperativas rurales en su mayoría; pequeños alevines; la mayoría de las veces eran toleradas, aunque algunas veces se luchaba contra ellas. Durante muchas décadas, las compañías telefónicas "independientes" de América vivieron con miedo y odio bajo el monopolio oficial de Bell ( o el "Pulpo Bell", nombre que le daban a Mamá Bell sus enemigos del siglo XIX al describirla en airados manifiestos en los periódicos).
Unos pocos de estos empresarios independientes, que legalmente estaban equivocados, lucharon tan duramente contra el Pulpo que sus redes telefónicas ilegales fueron arrojadas a la calle por agentes de Bell y quemadas públicamente.
La pura dulzura técnica de Bell dio a sus operadores, inventores e ingenieros una profunda y satisfactoria sensación de poder y maestría. Habían dedicado sus vidas a mejorar esta vasta máquina extendida por toda la nación; durante años, durante lo que duran vidas humanas enteras, la habían visto mejorar y crecer. Era como un gran templo tecnológico. Eran una élite, y lo sabían - incluso si los otros no lo sabían; de hecho, se sentían aún más poderosos *porque* los otros no lo comprendían.
La gran atracción de esta sensación de poder técnico de élite nunca debería ser desestimada. El "poder técnico" no es para todos; para mucha gente no tiene el más mínimo encanto, pero para otros, se convierte en la base de sus vidas. Para unos pocos es irresistible, obsesivo; se convierte en algo cercano a una adicción. La gente - especialmente adolescentes inteligentes cuyas vidas serían en otro caso anodinas y no tendrían ningún poder - ama esta sensación de poder secreto, y están dispuestos a hacer todo tipo de cosas sorprendentes para conseguirlo. El *poder* técnico de la electrónica ha motivado muchos actos extraños que están detallados en este libro; los cuales, de otra manera, serían inexplicables.
Así, Bell tenía poder más allá del simple capitalismo. La ética de servicio de Bell funcionaba, y era con frecuencia publicitada, de una forma algo descafeinada y dulzona. Después de décadas, la gente lentamente empezó a cansarse, y entonces dejaron de ser pacientes con ella. A primeros de los '80,
Mamá Bell tuvo que enfrentarse a la situación de tener apenas verdaderos amigos en el mundo. El socialismo industrial de Vail se había convertido irremediablemente en algo políticamente pasado de moda. Bell sería castigada por ello. Y ese castigo caería severamente sobre la comunidad telefónica.

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En 1983, Mamá Bell fue desmantelada por decisión de un tribunal federal. Las piezas de Bell son ahora entidades corporativas separadas. El núcleo de la compañía se convirtió en AT&T Communications, y también en AT&T Industries (anteriormente Western Electric, la división de manufactura de Bell). Los AT&T Bell Labs pasaron a ser Bell Communications Research, Bellcore. Y aparecieron las Compañías Operadoras Regionales Bell, en inglés, RBOCs, pronunciado "arbocks".


Bell era un titán e incluso estos fragmentos regionales son gigantescas empresas: compañías incluidas en la lista de 50 que aparece en la revista Fortune, con una gran riqueza y poder. Pero los limpios principios de "Una Política, Un Sistema, Servicio Universal" estaban hechos añicos, aparentemente para siempre.
El principio de "Una Política" de los comienzos de la Administración Reagan era dividir un sistema que olía a socialismo no competitivo. Desde entonces, no ha habido una verdadera "política" telefónica a nivel federal. A pesar de la división de la compañía, los fragmentos de Bell nunca han podido competir libremente en el mercado.
Las RBOCs están aún duramente reguladas, pero no desde arriba. En vez de eso, luchan política, económica y legalmente en lo que parece una interminable confusión, en un mosaico de jurisdicciones federales y estatales que se superponen. Cada vez más, al igual que otras grandes corporaciones americanas, las RBOCs se están convirtiendo en multinacionales, con grandes intereses comerciales en Europa, Sudamérica y los países de la costa del Pacífico. Pero esto también aumenta sus problemas legales y políticos.
Quienes pertenecían a la antigua Mamá Bell no están contentos con su destino. Se sienten maltratados.
Podrían haber aceptado a regañadientes el hacer una total transición al mercado libre; convertirse en compañías normales y corrientes. Pero esto nunca ocurrió. En vez de eso, AT&T y las RBOCs ("los bebés Bell") se sienten arrastrados de un lado a otro por regulaciones estatales, el Congreso, la FCC, y especialmente por el tribunal federal del juez Harold Greene, el magistrado que ordenó la división de Bell y que se ha convertido de facto en el zar de las telecomunicaciones americanas desde entonces, en 1983.
La gente de Bell siente que hoy en día viven en una especie de limbo legal. No entienden qué es lo que se les pide. Si se trata de "servicio", ¿por qué no son tratados como un servicio público? Y si se trata de dinero, entonces ¿por qué no son libres para competir por él? Nadie parece saberlo realmente.
Aquéllos que dicen saberlo están todo el tiempo cambiando de opinión. Ninguna autoridad parece tener ganas de coger el toro por los cuernos de una vez.
La gente del mundo de la telefonía de otros países se sorprende del sistema telefónico americano actual. No de que funcione tan bien; hoy en día incluso el sistema telefónico francés funciona. Se sorprenden de que el sistema telefónico americano *aún pueda funcionar* bajo estas extrañas condiciones. El "Sistema Único" de Bell de servicio de larga distancia es ahora sólo el ochenta por ciento del sistema, encargándose del resto Sprint, MCI y las pequeñas compañías de larga distancia. Una guerra sucia con dudosas prácticas corporativas como el "slamming" (un solapado método para arrebatarle la clientela a los rivales) resurge con cierta regularidad en el sector del servicio de larga distancia. La batalla para destruir el monopolio de larga distancia de Bell fue larga y sucia, y desde el desmantelamiento, el campo de batalla no ha mejorado mucho. Los famosos anuncios de vergüenza-y-culpa de AT&T, que enfatizaban el trabajo de mala calidad y la supuestamente turbia ética de sus competidores, fueron muy comentados por su estudiada crueldad psicológica.
Hay muy mala sangre en esta industria, y mucho resentimiento acumulado. El logotipo corporativo de AT&T posterior a la división, una esfera rayada, es llamado en el mundo industrial la "Estrella de la Muerte" (una referencia a la película *La Guerra de las Galaxias*, en la que la "Estrella de la Muerte" era la fortaleza esférica del ultravillano imperial de respiración forzada, Darth Vader). Incluso los empleados de AT&T están poco menos que encantados con la Estrella de la Muerte. Una camiseta muy popular entre los empleados de AT&T (aunque prohibida) lleva estampado el antiguo logotipo de Bell de los tiempos de Bell System, además de la moderna esfera rayada, con estos comentarios "antes-después": "Esto es tu cerebro - ¡Esto es tu cerebro bajo el efecto de las drogas!". AT&T hizo un gran esfuerzo bien financiado y determinado para entrar en el mercado de los ordenadores personales; fue desastroso, y los expertos en computadoras de telecomunicaciones son llamados con sorna por sus competidores "escalapostes". AT&T y las arbocks Bell aún parece que tienen pocos amigos.
Bajo condiciones de dura competencia comercial, un fallo del sistema como el del 15 de enero de 1990 fue una gran vergüenza para AT&T. Era un golpe directo contra su atesorada reputación de fiabilidad.
Días después del fallo, el director general de AT&T, Bob Allen, se disculpó oficialmente en términos de una humildad profundamente afligida: "AT&T tuvo una interrupción general del servicio el pasado lunes. No estuvimos a la altura de nuestros estándares de calidad, ni a la de los suyos. Es tan simple como eso. Y eso no podemos aceptarlo. Ustedes tampoco... Comprendemos que mucha gente depende del servicio que dé AT&T, y por tanto nuestros científicos y nuestros ingenieros de redes de los AT&T Bell Laboratories están haciendo todo lo posible para evitar que un incidente así se repita... Sabemos que no hay manera de compensar las molestias que este problema les ha causado."
Esta "carta abierta a los usuarios" del señor Allen fue impresa en gran cantidad de anuncios de prensa por todo el país: en el *Wall Street Journal*, el *USA Today*, el *New York Times*, el *Los Angeles Times*, el *Chicago Tribune*, el *Philadelphia Inquirer*, el *San Francisco Chronicle Examiner*, el *Boston Globe*, el *Dallas Morning News*, el *Detroit Free Press*, el *Washington Post*, el *Houston Chronicle*, el *Cleveland Plain Dealer*, el *Atlanta Journal Constitution*, el *Minneapolis Star Tribune*, el *St. Paul Pioneer Press Dispatch*, el *Seattle Times/Post Intelligencer*, el *Tacoma News Tribune*, el *Miami Herald*, el *Pittsburgh Press*, el *St. Louis Post Dispatch*, el *Denver Post*, el *Phoenix Republic Gazette* y el *Tampa Tribune*.
En otra nota de prensa, AT&T sugirió que este "problema de software" *podría* haberle ocurrido igualmente a MCI, aunque en realidad no habría ocurrido (el software de centralitas de MCI era muy diferente del de AT&T - aunque no necesariamente más seguro). AT&T también anunció su intención de ofrecer un descuento en el servicio el día de San Valentín para compensar por las pérdidas durante la Caída del Sistema.
Se dijo al público: "todos los recursos técnicos disponibles, incluyendo a los ingenieros y científicos de Bell Labs, se han dedicado a asegurar que esto no volverá a ocurrir". Y más adelante se le aseguró que: "las posibilidades de una repetición del problema son pequeñas - nunca antes había ocurrido un problema de esta magnitud."
Mientras tanto, sin embargo, la policía y los departamentos de seguridad de las empresas tenían sus propias sospechas sobre "las posibilidades de repetición del problema" y sobre la verdadera razón por la que "un problema de esta magnitud" había ocurrido, al parecer sin proceder de ninguna parte. La policía y los agentes de seguridad sabían a ciencia cierta que hackers de una sofisticación sin precedentes estaban entrando ilegalmente y reprogramando ciertas centralitas digitales. Corrían desenfrenadamente por el ambiente underground rumores sobre "virus" escondidos y "bombas lógicas" secretas en las centralitas, mezclados con muchas burlas sobre los apuros de AT&T, y vanas especulaciones sobre qué incomprendidos genios hackers lo habían hecho. Algunos hackers, incluyendo a informadores de la policía, estaban intentando señalarse unos a otros como los culpables de la Caída del Sistema.
La gente de telecomunicaciones encontró poco consuelo en la objetividad al contemplar estas posibilidades. Esto estaba demasiado cerca de su corazón; era embarazoso; dolía mucho, era difícil incluso hablar sobre ello. Siempre ha habido robos y otras prácticas ilegales en el sistema telefónico. Siempre ha habido problemas con las compañías independientes rivales, y con las redes locales. Pero tener semejante problema en el núcleo del sistema, las centralitas de larga distancia, es un asunto terrorífico. Para la gente de telecomunicaciones, ésta es como la diferencia entre encontrar cucarachas en tu cocina y grandes y horribles ratas en tu habitación.
Desde el exterior, para el ciudadano de a pie, la gente de telecomunicaciones parece algo gigante e impersonal. El público americano parece mirarles como algo cercano a las estructuras soviéticas. Incluso cuando están en su mejor rutina cívica corporativa, subvencionando institutos de secundaria y patrocinando shows en la televisión pública, parece que no consiguen más que sospechas del público. Pero desde dentro, todo esto parece muy diferente. Hay una dura competencia. Un sistema legal y político que parece desconcertado y aburrido, cuando no activamente hostil contra los intereses de los de telecomunicaciones. Hay una pérdida de moral, una profunda sensación de que ha desaparecido el control. El cambio tecnológico ha causado una pérdida de datos e ingresos a favor de otros nuevos medios de transmisión. Hay robos, y nuevas formas de robar, cada vez con una escala mayor de sofisticación y atrevimiento. Con todos estos factores, no fue ninguna sorpresa ver a los de telecomunicaciones, los grandes y los pequeños, cantar a coro una letanía de amargas quejas.
A finales del '88, y durante 1989, representantes del sector de las telecomunicaciones agudizaron sus quejas ante esos pocos miembros de los cuerpos de seguridad americanos que se dedicaban a intentar entender de qué hablaba la gente de telefonía. Los agentes de seguridad de telecomunicaciones habían descubierto el underground hacker, se habían infiltrado en él, y se habían alarmado ante su creciente experiencia. Aquí habían dado con un objetivo que no sólo era odioso, sino que estaba a punto para un contraataque.
Esos duros rivales: AT&T, MCI y Sprint - y una multitud de bebés Bell: PacBell, Bell South, Southwestern Bell, NYNEX, USWest, así como el consorcio de investigación de Bell, Bellcore, y el proveedor de servicio de larga distancia independiente Mid-American - iban a tener todos su papel en la gran persecución de hackers de 1990. Después de años de ser arrastrados y empujados, los de telecomunicaciones habían, al menos un poco, tomado de nuevo la iniciativa. Después de años de confusión, los de telecomunicaciones y los funcionarios del gobierno iban de nuevo a unir sus fuerzas en defensa del Sistema. El optimismo triunfaba; crecía el entusiasmo por todas partes; el sabor de la futura venganza era dulce.
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Desde el principio - incluso mucho antes de que la caza tuviera nombre - la confidencialidad era un gran problema. Había muchas buenas razones para mantener la confidencialidad en la caza de hackers. Los hackers y los roba-códigos eran presas astutas, listos para escabullirse hasta sus habitaciones y sótanos para destruir pruebas incriminatorias vitales ante la primera señal de peligro. Más aún, los propios delitos eran muy técnicos y difíciles de describir, incluso para la policía - más aún para el público en general. Cuando dichos delitos *habían* sido descritos inteligiblemente al público en ocasiones anteriores, esa publicidad había hecho *aumentar* el número de delitos enormemente. Los especialistas en telecomunicaciones, a la vez que eran muy conscientes de las vulnerabilidades de sus sistemas, estaban muy interesados en no hacer públicas esas debilidades. La experiencia les había demostrado que esas debilidades, una vez descubiertas, serían aprovechadas sin piedad por miles de personas - no sólo por profesionales, hackers del underground y phreaks (hackers del mundo de la telefonía, especializados en conseguir servicio gratuito y asaltar centralitas), sino también por gente normal más o menos honrada, que consideraba que robarle servicio gratuito a la "Compañía Telefónica", sin rostro ni alma, era una especie de deporte de interior nada dañino. Cuando llegó el momento de proteger sus intereses, hacía tiempo que los de telecomunicaciones se habían alejado de la simpatía pública general causada por aquello de "la Voz con una Sonrisa". Ahora, la "Voz" de los de telecomunicaciones solía ser una computadora; y el público americano sentía un respeto y una gratitud inferiores a lo debido al buen servicio público legado por el Dr. Bell y el señor Vail. Al parecer, cuanto más usaban la alta tecnología y los computadores, cuanto más eficientes e impersonales se volvían los de telecomunicaciones, más sufrían el hosco resentimiento del público y su avaricia amoral.


Los cuerpos de policía encargados de las telecomunicaciones querían castigar al underground phreak, de la manera más pública y ejemplar posible. Querían dar duros ejemplos con los más importantes delincuentes, eliminar a los cabecillas e intimidar a los delincuentes de poca monta, desanimar y asustar a los locos aficionados a este tema, y meter en la cárcel a los delincuentes profesionales. Para hacer todo esto, la publicidad era vital.
Pero la confidencialidad de las operaciones también lo era. Si se corría la voz de que estaba en marcha una caza por todo el país, los hackers simplemente se desvanecerían; destruirían las pruebas, esconderían sus ordenadores, se enterrarían, y esperarían a que la campaña finalizara. Incluso los hackers jóvenes eran astutos y desconfiados, y en cuanto a los delincuentes profesionales, tendían a huir hacia la frontera estatal más cercana a la menor señal de peligro. Para que la caza funcionara en condiciones, todos tenían que ser sorprendidos con las manos en la masa y atrapados de repente, de un golpe, desde todos los puntos cardinales a la vez.
Y había otro motivo importante para mantener la confidencialidad. En el peor de los casos, una campaña abierta podría dejar a los de telecomunicaciones a merced de un devastador contraataque de los hackers. Si se suponía que había hackers que habían provocado la Caída del Sistema del 15 de enero - si había hackers verdaderamente hábiles, dispersos por el sistema de centralitas de larga distancia del país, y airados o asustados por la caza - entonces, podían reaccionar impredeciblemente a un intento de atraparlos. Incluso siendo cogidos, podían tener amigos con talento y deseos de venganza aún libres. Cabía la posibilidad de que el asunto se pusiera feo. Muy feo. Es más, era difícil simplemente imaginar lo feas que podían ponerse las cosas, dada esa posibilidad.
Un contraataque hacker era una verdadera preocupación para los de telecomunicaciones. En realidad, nunca sufrirían tal contraataque. Pero en los meses siguientes, les costó hacer público este concepto y lanzar terribles advertencias sobre él. Sin embargo, éste era un riesgo que parecía valer la pena correr. Mejor arriesgarse a ataques vengativos que vivir a merced de potenciales revienta-sistemas. Cualquier policía habría asegurado que un chantaje no tenía un verdadero futuro.
Y la publicidad era algo tan útil... Los cuerpos de seguridad de una empresa, incluyendo a los de seguridad en telecomunicaciones, trabajan generalmente bajo condiciones de gran discreción. Y no ganan dinero para sus empresas. Su trabajo es *prevenir que se pierda* dinero, algo con bastante menos atractivo que conseguir verdaderos beneficios.
Si eres de un cuerpo de seguridad de una empresa, y haces un trabajo brillante, entonces a tu empresa no le ocurre nada malo. A causa de esto, aparentas ser totalmente superfluo. Éste es uno de los muchos aspectos poco atrayentes de trabajar en seguridad. Es raro que esta gente tenga la oportunidad de atraer alguna atención interesada en sus esfuerzos.
La publicidad también ha servido a los intereses de los amigos de los cuerpos de seguridad del estado y de la administración de justicia. Les encanta atraer el interés del público. Una causa sobre un caso de vital interés público puede lanzar la carrera de un fiscal. Y para un policía, una buena publicidad despierta el interés de los superiores; puede suponer una mención, un ascenso, o al menos un alza del status y el respeto ante los compañeros. Pero conseguir a la vez publicidad y confidencialidad es como querer guardar un pastel y a la vez comérselo. En los meses siguientes, como veremos, este acto imposible causaría grandes dificultades a los agentes responsables de la caza. Pero al principio, parecía posible - quizás incluso deseable - que la caza pudiera combinar con éxito lo mejor de ambos mundos. La *detención* de hackers sería ampliamente publicitada. Los *motivos* de su detención, que eran técnicamente difíciles de explicar y cuya explicación podía poner en peligro la seguridad, permanecerían sin aclarar. La *amenaza* que suponían los hackers sería propagada a los cuatro vientos; las posibilidades reales de cometer tan temibles delitos se dejarían a la imaginación de la gente. Se daría publicidad a la extensión del underground informático, y su creciente sofisticación técnica; los auténticos hackers, la mayoría adolescentes con gafas y de raza blanca, habitantes de suburbios de clase media, no tendrían ninguna publicidad.
Parece ser que a ningún agente encargado de telecomunicaciones se le pasó por la cabeza que los hackers acusados demandarían un juicio; que los periodistas considerarían que hablar de ellos vendía; que ricos empresarios de alta tecnología ofrecerían apoyo moral y económico a las víctimas de la caza; que aparecerían jueces del Constitucional con sus maletines y el ceño fruncido. Esta posibilidad parece que no entró en la planificación del juego.
Y aunque hubiera entrado, probablemente no habría frenado la feroz persecución de un documento robado a una compañía telefónica, conocido como "Administración de Oficinas de Control de Servicios Mejorados de 911 para Servicios Especiales".+
En los capítulos siguientes, exploraremos los mundos de la policía y el underground informático, y la gran área de sombras en la que se superponen. Pero primero exploraremos el campo de batalla. Antes de abandonar el mundo de las telecomunicaciones, debemos comprender qué es un sistema de centralitas y de qué manera funciona el teléfono.

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Para el ciudadano de a pie, la idea del teléfono está representada por un *teléfono*, un dispositivo al que hablas. Para un profesional de las telecomunicaciones, sin embargo, el teléfono en sí mismo es denominado, de una manera arrogante, "subequipo". El "subequipo" de tu casa es un simple complemento, una lejana terminal nerviosa, de las centralitas que están clasificadas según niveles de jerarquía, hasta las centralitas electrónicas de larga distancia, que son algunas de las mayores computadoras del mundo.


Imaginemos que estamos, por ejemplo, en 1925, antes de la llegada de los ordenadores, cuando el sistema telefónico era más simple y de alguna manera más fácil de comprender. Imaginemos además que eres Miss Leticia Luthor, una operadora ficticia de Mamá Bell en el Nueva York de los años 20.
Básicamente, tú, Miss Luthor, *eres* el "sistema de centralitas". Te sientas frente a un gran panel vertical denominado "panel de cables", hecho de brillantes paneles de madera y con diez mil agujeros con bordes de metal perforados en él conocidos como conectores. Los ingenieros habrían puesto más agujeros en tu panel, pero diez mil son los que puedes alcanzar sin tener que levantarte de la silla.
Cada uno de estos diez mil agujeros tiene una pequeña bombilla eléctrica, denominada "piloto", y un código numérico cuidadosamente impreso. Con la facilidad que da la costumbre, estás mirando el panel en busca de bombillas encendidas. Esto es lo que haces la mayor parte del tiempo, así que estás acostumbrada a ello. Se enciende un piloto. Esto significa que el teléfono que hay al final de esa línea ha sido descolgado. Cada vez que se coge el auricular de un teléfono, se cierra un circuito en el teléfono que envía una señal a la oficina local, es decir, a ti, automáticamente. Puede ser alguien haciendo una llamada, o puede ser simplemente que el teléfono está descolgado, pero eso no te importa ahora. Lo primero que haces es anotar el número del piloto en tu libreta, con tu cuidada caligrafía de colegio privado americano. Esto es lo primero evidentemente para poder contabilizar la llamada. Ahora coges la clavija del cable que utilizas para responder, que se une a tus cascos, y la enchufas en el conector encendido. Dices: "operadora". En las clases que has recibido para ser operadora antes de empezar tu trabajo, se te ha dado un gran folleto lleno de respuestas hechas para una operadora, útiles para cualquier contingencia, que has tenido que memorizar. Se te ha enseñado también a emplear un tono de voz y una pronunciación sin rasgos étnicos o regionales. Rara vez tienes la ocasión de decir algo espontáneo a un cliente, y de hecho está mal visto (excepto en las centralitas rurales, donde la gente no tiene prisa). La dura voz del usuario que está al final de la línea te da un número. Inmediatamente apuntas ese número en la libreta, después del número de la persona que llama que habías anotado antes. Entonces miras si el número al que quiere llamar este hombre está en tu panel, que suele ser lo habitual, ya que casi todas las llamadas son locales. Las llamadas de larga distancia cuestan tanto que la gente hace llamadas de este tipo con poca frecuencia. Sólo entonces coges un cable de llamada de una estantería que está en la base del panel. Es un cable largo y elástico puesto en un carrete, de tal manera que volverá a enrollarse cuando lo desconectes. Hay muchos cables ahí abajo, y cuando están conectados varios a la vez, parece un nido de serpientes. Algunas de las chicas piensan que hay bichos viviendo en los huecos de esos cables. Los llaman "bichos de los cables" y se supone que te muerden y luego te sale un sarpullido. Tú, por supuesto, no te lo crees. Cogiendo la clavija del cable de llamada, deslizas la punta hábilmente en el borde del conector de la persona a la que llaman. No la conectas del todo. Simplemente tocas el conector. Si oyes un chasquido, eso quiere decir que la línea está ocupada y que no puedes llamar. Si la línea está ocupada, tienes que conectar el cable de llamada a un "conector de línea ocupada", que dará un tono de "comunicando" en el teléfono de la persona que llama. De esta manera no tienes que hablar con él y asimilar su natural frustración.
Pero supongamos que no está comunicando. Así que terminas de enchufar el cable. Unos circuitos de tu panel hacen que suene el otro teléfono, y si alguien lo descuelga, comienza una conversación telefónica. Puedes oír esta conversación a través del cable de tus cascos, hasta que lo desconectas. De hecho podrías escuchar toda la conversación si quisieras, pero esto es duramente castigado por los jefes, y francamente, cuando ya has espiado una conversación, todas te parecen iguales.
Puedes determinar la duración de la conversación por la luz del piloto del cable de llamada, que está en la estantería de los cables de llamada. Cuando ha terminado, lo desconectas y el cable se enrolla solo en su carrete.
Después de hacer esto unos cuantos cientos de veces, te vuelves bastante hábil. De hecho estás conectando y desconectando diez, veinte o cuarenta cables a la vez. Es un trabajo manual realmente, en cierta forma gratificante, algo parecido a tejer en un telar. En caso de que hubiera que hacer una llamada de larga distancia, sería diferente, pero no mucho. En lugar de establecer la llamada a través de tu panel local, tienes que ascender en la jerarquía y usar las líneas de larga distancia, denominadas "líneas troncales". Dependiendo de lo lejos que esté el destino, quizás la llamada tenga que pasar a través de varias operadoras, lo cual lleva un tiempo. La persona que llama no espera al teléfono mientras se negocia este complejo proceso atravesando el país de operadora en operadora. En vez de eso, cuelga, y tú le llamas cuando por fin la llamada ha sido establecida.
Después de cuatro o cinco años en este trabajo, te casas y tienes que dejar tu trabajo, cumpliendo el ciclo natural de vida de una mujer de la América de los años 20. La compañía telefónica tiene ahora que preparar a alguien para sustituirte - quizás a dos personas, porque mientras tanto el sistema telefónico ha crecido. Y esto cuesta dinero.
Es más, utilizar de cualquier manera a personas en un sistema de centralitas es muy caro. Ocho mil Leticias Luthor causarían problemas, pero un cuarto de millón de ellas es un planteamiento de organización militar que hace que tomar medidas drásticas para automatizar la tarea sea económicamente viable.
Aunque el sistema telefónico sigue creciendo hoy en día, el número de personas empleadas en el sector de las telecomunicaciones ha ido disminuyendo con los años. Los "operadores" telefónicos se enfrentan solamente con contingencias poco habituales, ya que todas las operaciones rutinarias recaen ahora en máquinas. En consecuencia, los operadores de hoy en día se parecen menos a las máquinas, y se sabe que tienen acento y características propias en sus voces. Cuando das con un operador humano de hoy, es mucho más "humano" que en los tiempos de Leticia - pero por otro lado, es más difícil cruzarse con seres humanos en el sistema telefónico.
Hacia la primera mitad del siglo XX, fueron introduciéndose lentamente sistemas "electromecánicos" de centralitas en el sistema telefónico, con una complejidad cada vez mayor. En algunos lugares apartados, todavía sobreviven algunos de estos sistemas híbridos. Pero hacia 1965, el sistema telefónico se volvió totalmente electrónico, y éste es de lejos el modelo dominante hoy en día. Los sistemas electromecánicos tienen "travesaños" y "escobillas", y otras grandes piezas mecánicas móviles, que, aunque son más rápidas y baratas que Leticia, todavía son lentas y tienden a estropearse con frecuencia.
Pero los sistemas totalmente electrónicos están introducidos en chips de silicio, alcanzan velocidades asombrosas, son baratos y muy duraderos. Su mantenimiento es más barato que incluso el de los mejores sistemas electromecánicos, y ocupan la mitad de espacio. Y cada año los chips son aún más pequeños, más baratos y más rápidos. Y lo mejor de todo, los sistemas electrónicos automatizados trabajan durante todas las horas del día y no hay que pagarles sueldo ni seguro médico.
Utilizar chips tiene sin embargo bastantes inconvenientes importantes. Cuando se estropean, es un gran desafío averiguar qué demonios ha fallado. Un cable roto era generalmente un problema lo suficientemente grande como para verse. Un chip roto tiene invisibles fallos microscópicos. Y los fallos de software pueden ser tan sutiles como para convertirse en cuestiones teológicas.
Si quieres que un sistema mecánico haga algo nuevo, tendrás que ir al punto adecuado, sacar algunas piezas y poner en su lugar piezas nuevas. Esto cuesta dinero. Sin embargo, si quieres que un chip haga algo nuevo, todo lo que has de hacer es cambiar el software, algo fácil, rápido y tirado de precio. Ni siquiera tienes que ver el chip para cambiar su programación. Aunque vieras el chip, daría igual. Un chip con el programa X no tiene un aspecto diferente al de uno con el programa Y.
Con los códigos apropiados y las secuencias de órdenes apropiadas, y pudiendo acceder a líneas telefónicas especializadas, puedes modificar los sistemas electrónicos de centralitas de cualquier parte de América desde cualquier lugar. Y eso lo pueden hacer algunas personas. Si saben cómo, pueden entrar en el software de algún microchip a través de las líneas especiales y organizar una estafa sin dejar ningún rastro físico. Si entraran a mano armada en la oficina de centralitas y encañonaran a Leticia, sería demasiado descarado. Si se colaran en un edificio de telecomunicaciones y fueran a por un sistema electromecánico cargados de herramientas, esto dejaría muchas pistas. Pero la gente puede hacer multitud de cosas sorprendentes a un sistema electrónico simplemente tecleando, y hoy en día hay teclados por todas partes. La extensión de esta vulnerabilidad es profunda, oscura, amplia, casi inconcebible, y ésta es una realidad absoluta en cualquier ordenador conectado a una red.
Los expertos en seguridad han insistido durante los últimos veinte años, cada vez más apremiantemente, en que esta vulnerabilidad básica de los ordenadores representa un nivel de riesgo completamente nuevo, de un potencial desconocido pero obviamente terrible para la sociedad. Y tienen razón.
Una centralita electrónica hace prácticamente el mismo trabajo que hacía Leticia, con la diferencia de que lo hace en nanosegundos y en una escala mucho mayor. Comparada con los diez mil conectores de Miss Luthor, incluso una primitiva centralita electrónica 1ESS, de la "cosecha" de los '60, tiene unas 128.000 líneas. Y el actual sistema de AT&T es la monstruosa quinta generación, a 5ESS. Una centralita electrónica puede comprobar todas las líneas de su "panel" en una décima de segundo, y hace esto continuamente, sin cansarse, hora tras hora. En lugar de ojos tiene "sondas" para comprobar la situación de cada línea local y troncal. En lugar de manos, tiene "distribuidores de señal", "distribuidores centrales de pulsos", "relés magnéticos" e "interruptores de lengüeta", que completan e interrumpen las llamadas. En lugar de un cerebro, tiene un "procesador central". En lugar de un manual de instrucciones, tiene un programa. En lugar de una libreta escrita a mano para anotar y llevar la contabilidad de las llamadas, tiene cintas magnéticas. Y no tiene que hablar con nadie. Todo lo que tiene que "decirle" un usuario lo recibe por la pulsación de teclas del teléfono.
Aunque una centralita no puede hablar, necesita una interfaz, alguna manera de comunicarse con sus, eeh, jefes. Esta interfaz es denominada "centro principal de control". (Esta interfaz podría llamarse simplemente "interfaz", ya que en realidad no controla las llamadas telefónicas directamente. Sin embargo, un término como "Centro Principal de Control" es la clase de retórica que los ingenieros de mantenimiento de telecomunicaciones -y los hackers- consideran gratificante).
Usando el centro principal de control, un ingeniero de telefonía puede buscar errores en las líneas locales y troncales. Él (rara vez ella) puede comprobar varias pantallas de alarma, medir el tráfico en las líneas, examinar los registros de uso de un teléfono y el coste de esas llamadas, y cambiar la programación.
Y, por supuesto, cualquier otra persona que acceda al centro principal de control remotamente también puede hacer estas cosas, si él (rara vez ella) es capaz de imaginarse cómo hacerlo, o, mejor aún, ha conseguido averiguarlo robándole los datos necesarios a alguien que sabía cómo hacerlo.
En 1989 y 1990, una RBOC, BellSouth, que se sentía en dificultades, gastó al parecer 1.200.000 dólares en seguridad. Algunos consideran que gastó en realidad dos millones teniendo en cuenta gastos asociados. Dos millones de dólares son muy poco comparado con el gran ahorro que suponen los sistemas electrónicos de telefonía.
Lamentablemente, los ordenadores son estúpidos. A diferencia de los seres humanos, los ordenadores poseen la profunda estupidez de lo inanimado.
En los '60, durante las primeras oleadas de informatización, se hablaba con facilidad sobre la estupidez de los ordenadores - se decía que "sólo podían ejecutar su programación" y se les pedía que hicieran "sólo lo que se les decía que hicieran". Se ha empezado a hablar menos de la estupidez de los ordenadores desde que empezaron a conseguir la categoría de gran maestro en torneos de ajedrez, y manifestar otras características de una aparente inteligencia.
Sea como sea, los ordenadores son *aún* profundamente frágiles y estúpidos; simplemente su fragilidad y su estupidez es mucho más sutil. Los ordenadores de los '90 tienen componentes mucho más fiables que los de los primeros sistemas, pero también se les hace ejecutar tareas mucho más complejas bajo condiciones mucho más difíciles.
En un nivel matemático básico, cada línea de un software ofrece alguna posibilidad de fallo. El software no permanece estático cuando se ejecuta; está "corriendo", interactuando consigo mismo y con sus entradas y salidas. Es como una masa que adopta millones de posibles formas y condiciones, tantas formas que nunca pueden probarse todas del todo, ni siquiera en el tiempo de vida del universo. Y a veces la masa se rompe.
Eso que llamamos "software" no se parece a ninguna de aquellas cosas en las que la sociedad humana está acostumbrada a pensar. El software se parece a una máquina, a matemáticas, a un lenguaje, a pensamiento, arte, información... pero el sofware no es en realidad ninguna de estas cosas. Esa cualidad multiforme del software es una de las cosas que lo hace fascinante. También lo hace muy poderoso, muy sutil, muy impredecible y muy arriesgado.
Algunos programas son malos y están llenos de errores. Otros son "robustos", incluso "a prueba de balas". El mejor software es aquél que ha sido probado por miles de usuarios bajo miles de condiciones diferentes durante años. Entonces es denominado "estable". Esto *no* quiere decir que el software sea ahora perfecto y que esté libre de errores. Generalmente quiere decir que hay muchos errores, pero han sido identificados correctamente y se han hallado sus causas.
No hay ninguna manera de asegurar que un programa esté libre de errores. Aunque el software es de naturaleza matemática, no puede ser "demostrado" como un teorema matemático; el software se parece más al lenguaje, con ambigüedades inherentes, con definiciones diferentes, con suposiciones diferentes, y diferentes niveles de significado que pueden entrar en conflicto.
Los seres humanos pueden arreglárselas más o menos con los lenguajes humanos porque podemos captar su esencia.
Los ordenadores, a pesar de años de esfuerzos en la "inteligencia artificial", han demostrado que se les da terriblemente mal "captar la esencia". El más insignificante bit erróneo puede tumbar al ordenador más potente. Una de las cosas más complicadas trabajando con un programa de ordenador es intentar mejorarlo - para intentar hacerlo más seguro. Los "parches" de software son un software nuevo, no probado e "inestable", por definición más peligroso.
El sistema telefónico moderno ha acabado dependiendo total e irreversiblemente del software. Y la Caída del Sistema del 15 de enero de 1990 fue causado por una "mejora" del software. O mejor dicho, un *intento* de mejorarlo.
Lo que ocurrió, el problema en esencia, tenía esta forma: Se escribió una parte de software de telecomunicaciones en C, un lenguaje estándar en el campo de las telecomunicaciones. En este programa en C hay una larga sentencia "do-while". Este "do-while" tenía una sentencia "switch". Este "switch" tenía un "if". Este "if" tenía un "break". *Se suponía* que el "break" hacía que el flujo del programa sólo saliera del "if". En realidad, salía del "switch".
Este fue el problema, la verdadera razón por la que la gente que descolgó el teléfono el 15 de enero de 1990 no pudo llamar a nadie.
O al menos ésta fue la sutil y abstracta raíz ciberespacial del problema. Ésta fue la manera en la que el problema de programación se manifestó en el mundo real:
El Sistema 7 de las centralitas 4ESS de AT&T, el "Software Genérico 44E14 de Oficina Principal de Centralitas", ha sido probado muchas veces y estaba considerado como muy estable. A finales de 1989, ochenta de los sistemas de centralitas de AT&T de todo el país habían sido programados con el nuevo software. Por precaución, se había seguido utilizando en otras treinta y cuatro centralitas el Sistema 6, más lento y con menos capacidades, porque AT&T sospechaba que podría haber problemas con la nueva red de Sistema 7 de sofisticación sin precedentes.
Las centralitas con Sistema 7 estaban programadas para pasar a una red de respaldo en caso de problemas. A mediados de diciembre de 1989, sin embargo, se distribuyó un nuevo parche de software de gran velocidad y seguridad a cada una de las centralitas 4ESS que les permitiría trabajar aún más rápido y hacer que la red de Sistema 7 fuera aún más segura.
Desafortunadamente, cada una de estas centralitas 4ESS tenía ahora un pequeño pero mortal fallo.
Para mantener la red, los enlaces conectores de línea de las centralitas deben comprobar las condiciones del resto de enlaces - si están listos y funcionando, si están parados momentáneamente, si tienen sobrecarga y necesitan ayuda... El nuevo software ayudaba a controlar esta función monitorizando el status de otros enlaces.
A un enlace de una 4ESS que tenga dificultades sólo le lleva entre cuatro y seis segundos deshacerse de todas sus llamadas, dejar todo temporalmente, y reinicializar su software. Reinicializar generalmente liberará al enlace de cualquier problema de software que se haya desarrollado durante la ejecución del sistema. Los errores que aparezcan serán simplemente barridos por este proceso. Es una idea inteligente. Este proceso de reinicialización automática se conoce como "rutina normal de recuperación de fallo". Dado que el software de AT&T es excepcionalmente estable, sus sistemas rara vez tienen que ejecutar una "recuperación de fallo"; pero AT&T siempre ha alardeado de su fiabilidad en el "mundo real", y esta táctica es una rutina similar a llevar cinturón y tirantes a la vez.
Los enlaces de las 4ESS usaban su nuevo software para monitorizar los enlaces de alrededor al recuperarse de fallos. A medida que otros enlaces volvían a conectarse tras recuperarse, enviaban señales "OK" al enlace. El enlace hacía una anotación sobre esto en su "mapa de status", confirmando que el enlace vecino estaba de vuelta y listo para funcionar, y que podía recibir algunas llamadas y ponerse a trabajar.
Desafortunadamente, mientras el enlace estaba atareado anotando en el mapa de status, el pequeño fallo en el nuevo software entraba en juego. El error hacía que el enlace 4ESS interactuara, sutil pero drásticamente, con las llamadas telefónicas que recibía hechas por personas. Si -y sólo si- dos llamadas coincidían en el mismo enlace en menos de una centésima de segundo, una pequeña parte del programa y los datos era estropeada por el error.
Pero el enlace estaba programado para monitorizarse a sí mismo constantemente en busca de cualquier dato dañado. Cuando el enlace percibía que sus datos habían sido dañados de alguna manera, entonces se desconectaba para hacer reparaciones de urgencia en su software. Enviaba una señal a los enlaces de alrededor para que no le mandaran trabajo. Entraba en el modo de recuperación de fallos durante unos cinco segundos. Y después, el enlace volvería a funcionar, y enviaría su señal "OK, listo para trabajar".
Sin embargo, la señal "OK, listo para trabajar" era lo que *precisamente* antes había hecho que el enlace se desconectara. Y *todos* los enlaces del Sistema 7 tenían el mismo fallo en su software de mapa de status. Tan pronto como se detuvieran para anotar que sus enlaces vecinos estaban funcionando, entonces también estarían expuestos a la pequeña posibilidad de que les llegaran dos llamadas en menos de una centésima de segundo.
A eso de las 14:25 horas de la Costa Este, un lunes 15 de enero, uno de los enlaces del sistema de centralitas de llamadas interurbanas de Nueva York tuvo un pequeño fallo normal. Entró en la rutina de recuperación de fallos, emitió la señal "Me desconecto", y después emitió la señal "He vuelto, estoy en funcionamiento". Y este alegre mensaje se extendió por la red hasta llegar a muchos de sus enlaces 4ESS vecinos.
Muchos de los enlaces se libraron del problema en este primer momento. Estos enlaces afortunados no sufrieron la coincidencia de la llegada de dos llamadas en menos de una centésima. Su software no falló - en este primer momento. Pero tres enlaces - en Atlanta, Saint Louis y Detroit - no tuvieron suerte, y fueron cogidos repletos de trabajo. Y se desconectaron. Y se reconectaron rápidamente. Y ellos también emitieron el letal mensaje "OK", activando el error en el software de otros enlaces.
A medida que más y más enlaces tenían esa pequeña mala suerte y se colapsaban, el tráfico de llamadas empezó a concentrarse más y más en los enlaces que seguían funcionando, que estaban manteniendo la carga de trabajo a duras penas. Y claro está, a medida que se concentraban las llamadas sobre cada vez menos enlaces, *aumentaban* las posibilidades de recibir dos llamadas en menos de una centésima.
A un enlace tan sólo le llevaba cuatro segundos reponerse. No había ningún daño *físico* en los enlaces después de todo. Físicamente, estaban funcionando a la perfección. La situación era "sólo" un problema de software.
Pero los enlaces 4ESS estaban conectándose y desconectándose cada cinco segundos, en una ola que se extendía con virulencia por América, con una total y maníaca estupidez mecánica. Siguieron estropeándose unos a otros con sus contagiosos mensajes de "OK".
La reacción en cadena tardó unos diez minutos en paralizar la red. Incluso así, algunos enlaces consiguieron arreglárselas para de vez en cuando recuperar sus condiciones normales de trabajo.
Muchas llamadas -millones de ellas- estaban consiguiendo llegar a su destino. Pero muchos millones no podían.
Las centralitas que usaban el Sistema 6 no fueron afectadas directamente por el fallo. Gracias a estos enlaces antiguos, el sistema nacional de AT&T evitó el colapso total. Este hecho también permitió a los ingenieros descubrir que el fallo estaba en el Sistema 7.
Varios ingenieros de Bell Labs, trabajando febrilmente en New Jersey, Illinois y Ohio, probaron primero a arreglar el estropeado Sistema 7 con todo el repertorio de soluciones habituales para la red.
Ninguna sirvió de nada, por supuesto, ya que nunca había ocurrido algo como esto a ningún sistema telefónico hasta entonces.
Desconectando del todo la red de respaldo de seguridad, consiguieron reducir el frenesí de señales "OK" a la mitad. El sistema empezó a recuperarse al disminuir la reacción en cadena. Hacia las 23:30 del lunes 15 de enero, cerca de la medianoche, los sudorosos ingenieros lanzaron un suspiro de alivio al ver cómo el último enlace se ponía en marcha.
El martes estuvieron desinstalando todo el nuevo software de las 4ESS e instalando una versión anterior del Sistema 7.
Si se hubiera tratado de operadores humanos, en vez de ordenadores, simplemente alguno habría dejado de gritar en algún momento. Habría sido *obvio* que la situación no era como para decir "OK", y el sentido común habría reaccionado. Los seres humanos tienen sentido común - al menos hasta cierto punto. Los ordenadores no.
Por otra parte, los ordenadores pueden atender cientos de llamadas por segundo. Los humanos no pueden. Aunque toda la población de América trabajara para la compañía telefónica, no podríamos alcanzar las prestaciones de las centralitas digitales: llamada directa, tres tipos de llamada, llamadas urgentes, llamada en espera, recepción de un identificador de la persona que llama, y todo el resto de accesorios de la parafernalia digital. Sustituir los ordenadores por personas no es ya una opción posible.
Y a pesar de todo, anacrónicamente, aún esperamos que haya humanos manteniendo nuestro sistema telefónico. Nos cuesta entender que hemos sacrificado grandes cantidades de iniciativa y control a poderosas pero insensibles máquinas. Cuando los teléfonos fallan, queremos que haya un responsable.
Queremos poder culpar a alguien.
Cuando ocurrió el Fallo del Sistema del 15 de enero, la población americana no estaba preparada para entender que pueden ocurrir enormes catástrofes en el ciberespacio, como el propio Fallo, y que puede no haber un culpable en concreto. Era más sencillo creer, quizás incluso de alguna extraña manera era más tranquilizador creer, que alguna persona malvada, o algún maligno grupo, nos había hecho esto.
Los "hackers" lo habían hecho. Con un virus. Un caballo de Troya. Una bomba de software. Una sucia conspiración de alguna clase. Había gente que creía esto, gente con puestos de responsabilidad. En 1990 se pusieron a buscar intensivamente evidencias que confirmaran sus sospechas.
Y miraron en muchos sitios.
Ya en 1991, sin embargo, los perfiles de una realidad aparentemente nueva empezaron a emerger de la niebla.
El 1 y el 2 de julio de 1991, varios colapsos en el software de diversas centralitas interrumpieron el servicio en Washington DC, Pittsburgh, Los Ángeles y San Francisco. De nuevo problemas de mantenimiento aparentemente pequeños habían reventado el Sistema 7. Este Fallo del 1 de julio de 1991 afectó a unos doce millones de personas.

En el New York Times se leía: "Los directivos de compañías telefónicas y los funcionarios federales del sector dicen que no descartan la posibilidad de un sabotaje por hackers, pero la mayoría parece pensar que el problema reside en un desconocido defecto en el software que mantiene las redes."


Y para confirmarlo, la misma semana del Fallo, una avergonzada compañía de software, DSC Communications Corporation, de Plano, Texas, admitió ser la responsable de determinados "problemas técnicos" en el software que DSC había diseñado para Bell Atlantic y Pacific Bell. La causa directa del Fallo del 1 de julio fue un único carácter erróneo: un pequeño fallo al escribir una única línea de software. Una letra equivocada, en una única línea, había privado a la capital del país de su servicio telefónico. No era especialmente sorprendente que este pequeño fallo hubiera pasado desapercibido: una centralita típica con Sistema 7 requiere unos *diez millones* de líneas de código.
El martes 17 de septiembre de 1991 tuvo lugar el fallo de servicio más espectacular de todos. Éste no tuvo nada que ver con fallos de software - al menos, no directamente. En lugar de eso, un grupo de centralitas de AT&T de Nueva York simplemente se habían quedado sin suministro eléctrico y estaban desconectadas. Habían fallado las baterías de emergencia. Se suponía que los sistemas de alarma automáticos habrían advertido del fallo en las baterías, pero estos sistemas automáticos también fallaron.
Esta vez, los aeropuertos de Newark, La Guardia y el Kennedy perdieron sus servicios de voz y datos.
Este horrible suceso era especialmente irónico, ya que los ataques a ordenadores de los aeropuertos por parte de hackers habían sido durante mucho tiempo un escenario de pesadilla habitual, voceado por expertos en seguridad de ordenadores que temían al underground informático. Incluso se había rodado una película sobre siniestros hackers destrozando los sistemas de ordenadores de los aeropuertos - "Arma Letal II".
Ahora la propia AT&T había bloqueado los aeropuertos con fallos en los ordenadores - no sólo un aeropuerto, sino tres a la vez, algunos de los de más tráfico del planeta.
El tráfico aéreo se paralizó en el área del Gran New York, provocando la cancelación de más de 500 vuelos, en una ola que se extendió por toda América y que incluso llegó a Europa. Otros aproximadamente 500 vuelos fueron retrasados, afectando en total a unos 85.000 pasajeros. (Uno de ellos era por cierto el presidente de la FCC, la Comisión Federal de Comunicaciones).
Los pasajeros que se habían quedado en tierra en New York y New Jersey aumentaron aún más su cólera al ver que ni siquiera podían hacer llamadas de larga distancia para avisar de su llegada con retraso a sus seres queridos o a sus socios de negocios. Debido al fallo no pudieron hacerse alrededor de cuatro millones y medio de llamadas locales y medio millón de llamadas internacionales.
El Fallo de New York del 17 de septiembre, a diferencia de los anteriores, no trajo consigo rumores sobre fechorías de los hackers. Al contrario, en 1991 la propia AT&T estaba sufriendo la mayoría del vilipendio que antes se había dirigido contra los hackers. Los congresistas no estaban contentos.
Tampoco los funcionarios estatales y federales encargados de las comunicaciones. Y tampoco lo estaba la prensa.
Por su parte, MCI, la vieja rival, publicó maliciosos anuncios de periódico del tamaño de una página ofreciendo sus servicios de larga distancia para "la próxima vez que fallara AT&T".
"Nunca se vería a una compañía con clase como AT&T publicar ese tipo de anuncios", protestó el Presidente AT&T, Robert Allen, sin resultar muy convincente. Una vez más se publicó la página de disculpas de AT&T en los periódicos, disculpas por "una inexcusable coincidencia de fallos humanos y mecánicos". (Esta vez, sin embargo, AT&T no ofreció ningún descuento en llamadas. Algunos crueles críticos sugirieron que AT&T no quería sentar un precedente para la compensación de las pérdidas económicas causadas por los fallos en el servicio).
La prensa del sector preguntó públicamente si AT&T se había quedado "dormida en la centralita". La red telefónica, la supuesta maravilla americana de fiabilidad de alta tecnología, se había venido abajo tres veces en dieciocho meses. La revista *Fortune* incluía al Fallo del 17 de septiembre en la lista de "Las Mayores Pifias Empresariales de 1991", parodiando cruelmente la campaña publicitaria de AT&T en un artículo titulado "AT&T Quiere Que Vuelvas (Al Suelo con Seguridad, Gracias a Dios)".
¿Por qué se habían quedado sin suministro eléctrico estos sistemas de centralitas de Nueva York?
Porque ningún humano había prestado atención al sistema de alarma. ¿Por qué los sistemas de alarma sonaron estruendosamente sin que ningún ser humano se diera cuenta? Porque los tres técnicos de telecomunicaciones que *deberían* haber estado escuchando la alarma se habían ausentado de sus puestos en la sala de suministro eléctrico, y estaban en otra planta del edificio - en una clase. ¡Una clase sobre el sistema de alarma de la sala de suministro eléctrico!
"Reventar el Sistema" dejó de ser algo "sin precedentes" a finales de 1991. Al contrario, dejó de parecer algo imposible. En 1991 estaba claro que ni todos los policías del mundo podrían ya "proteger" de fallos al sistema telefónico. Los peores fallos que había tenido el sistema habían sido causados por el propio sistema. Y esta vez nadie dijo petulantemente que esto era una anomalía, algo que nunca más volvería a ocurrir. En 1991, los defensores del Sistema habían dado con su indefinido Enemigo, y el Enemigo era el Sistema.




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