Bruce Sterling



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New York Times. Esta coincidencia entre ambos es extraño y sin sentido.
La oficina principal del Fiscal General de Arizona, donde Gail Thackeray trabajaba antes, está en la Avenida Washington 1275. Muchas de las calles céntricos de la ciudad en Phoenix se llaman como prominentes presidentes americanos: Washington, Jefferson, Madison...
Después de obscurecer, los empleados van a sus casas de los suburbios. Washington, Jefferson y Madison- lo qué sería el corazón de Phoenix, si esta ciudad del interior nacida de la industria automóvil tuviera corazón- se convierte en un lugar abandonado, en ruinas, frecuentado por transeúntes y los sin techo.
Se delinean las aceras a lo largo de Washington en compañía de naranjos. La fruta madura cae y queda esparcida como bolas de criquet en las aceras y cunetas. Nadie parece comerlos. Pruebo uno fresco. Sabe insoportablemente amargo.
La oficina del Fiscal General, construida en 1981 durante la Administración de Babbitt, es un edificio largo y bajo de dos pisos, hecho en cemento blanco y enormes paredes de vidrio. Detrás de cada pared de vidrio hay una oficina de un fiscal, bastante abierta y visible a quien pase por allí.
Al otro lado de la calle hay un edificio del gobierno que tiene un austero cartel que pone simplemente SEGURIDAD ECONOMICA, algo que no hubo mucho en el Sudoeste de los EE.UU. últimamente.
Las oficinas son aproximadamente de cuatro metros cuadrados. Tienen grandes casillas de madera llenas de libros de leyes de lomo rojo; monitores de computadora Wang; teléfonos; notas Post-it por todos lados. También hay diplomas de abogado enmarcados y un exceso general de arte de paisaje occidental horrible. Las fotos de Ansel Adams son muy populares, quizás para compensar el espectro triste del parque de estacionamiento, dos áreas de asfalto negro rayado, ajardinados con rasgos de arena gruesa y algunos barriles de cactos enfermizos.
Ha oscurecido. Gail Thackeray me ha dicho que las personas que trabajan hasta tarde aquí, tienen miedos de asaltos en el parque de estacionamiento. Parece cruelmente irónico que una mujer capaz de perseguir a ladrones electrónicos por el laberinto interestatal del ciberespacio deba temer un ataque por un sin techo delincuente en el parque de estacionamiento de su propio lugar de trabajo. Quizás esto no sea pura coincidencia. Quizás estos dos mundos a primera vista tan dispares, de alguna forma se generan el uno al otro. El pobre y privado de derechos reina en las calles, mientras el rico y equipado de ordenador, seguro en su habitación, charla por módem. Con bastante frecuencia estos marginales rompen alguna de estas ventanas y entran a las oficinas de los fiscales, si ven algo que precisan o que desean lo suficiente.
Cruzo el parque de estacionamiento a la calle atrás de la Oficina del Fiscal General. Un par de vagabundos se están acostando sobre una sábana de cartón aplastado, en un nicho a lo largo de la acera. Un vagabundo lleva puesta una reluciente camiseta que dice "CALIFORNIA" con las letras cursivas de la Coca-Cola. Su nariz y mejillas parecen irritadas e hinchadas; brillan con algo que parece vaselina. El otro vagabundo tiene una camisa larga con mangas y cabellos ásperos, lacios, de color castaño, separados en el medio. Ambos llevan pantalones vaqueros usados con una capa de mugre. Están ambos borrachos. "Ustedes están mucho por aquí" les pregunto. Me miran confusos. Llevo pantalones vaqueros negros, una chaqueta rayada de traje negro y una corbata de seda negra. Tengo zapatos extraños y un corte de cabello cómico. "Es la primer vez que venimos por aquí," dice el vagabundo de la nariz roja poco convincentemente. Hay mucho cartón apilado aquí. Más de lo que dos personas podrían usar. "Usualmente nos quedamos en lo de Vinnie calle abajo," dice el vagabundo castaño, echando una bocanada de Marlboro con un aire meditativo, mientras se extiende sobre una mochila de nylon azul.

"El San Vicente."

"¿Sabes quién trabaja en ese edificio de allí?" pregunto.

El vagabundo castaño se encoge de hombros. "Algún tipo de abogado, dice."

Con un “cuídate” mutuo, nos despedimos. Les doy cinco dólares.

Una manzana calle abajo encuentro un trabajador fuerte quien es tirando de algún tipo de vagoneta industrial; tiene algo qué parece ser un tanque de propano en él.

Hacemos contacto ocular. Saludamos inclinando la cabezada. Nos cruzamos.

¡ "Eh! ¡Disculpe señor!" dice.

"¿Sí?" digo, deteniéndome y volviéndome.

"No vio a un hombre negro de 1.90m?” dice el tipo rápidamente, “cicatrices en ambas sus mejillas, así” gesticula "usa una gorra negra de béisbol hacia atrás, vagando por aquí?"

"Suena a que no realmente me gustaría encontrarme con él," digo.

"Me quitó la cartera," me dice mi nuevo conocido. "Me la quitó ésta mañana. Sé que algunas personas se asustarían de un tipo como ese. Pero yo no me asusto. Soy de Chicago. Voy a cazarlo. Eso es lo que hacemos allá en Chicago."

"¿Sí?"

"Fui a la policía y ahora están buscando su trasero por todos lados," dice con satisfacción. "Si se tropieza con él, me lo hace saber."



"Bien," le digo. "¿cómo se llama usted, señor?"

"Stanley..."

"¿Y cómo puedo encontrarlo?"

"Oh," Stanley dice, con la misma rápida voz, "no tiene que encontrarme. Sólo llama a la policía. Vaya directamente a la policía." de un bolsillo saca un pedazo grasiento de cartulina. "Mire, este es mi informe sobre él."

Miro. El "informe," del tamaño del una tarjeta de índice, está encabezado por la palabra PRO-ACT (en inglés, las primeras letras de Residentes de Phoenix se Oponen a la Amenaza Activa del Crimen... o es que se Organizan Contra la Amenaza del Crimen? En la calle cada vez más oscura es difícil leer. ¿Algún tipo de grupo de vigilantes? ¿Vigilantes del barrio? Me siento muy confundido.

"¿Es usted un policía, señor?"

Sonríe, parece sentirse a gusto con la pregunta.

"No," dice.

"¿Pero es un 'Residente de Phoenix'? "

"Podría creer que soy un sin techo?" dice Stanley.

"¿Ah sí? Pero qué es él..." Por primera vez miro de cerca la vagoneta de Stanley. Es un carrito de metal industrial con ruedas de caucho, pero la cosa que había confundido por un tanque de propano es de hecho un tanque refrigerador. Stanley también tiene un bolso del Ejército llenísimo, apretado como una salchicha con ropa o quizás una tienda, y, en el bajo de su vagoneta, una caja de cartón y una maltrecha cartera de piel.

"Ya lo veo" digo, “realmente es una pérdida.” Por primera vez me doy cuenta de que Stanley sí tiene una cartera. No ha perdido su cartera en absoluto. Está en su bolsillo trasero y está encadenado a su cinturón. No es una cartera nueva. Parece haber tenido mucho uso.

"Pues, sabes cómo es, hermano," dice Stanley. Ahora que sé que es un sin hogar una posible amenaza mi percepción de él ha cambiado totalmente en un instante. Su lenguaje, que parecía brillante y entusiástico, ahora parece tener un sonido peligroso de obsesión.

"¡Tengo que hacer esto!" me asegura. "Rastrear este tipo... es una cosa que hago... ya sabes... para mantenerme entero!" Sonríe, asiente con la cabeza, levanta su vagoneta por el deteriorada mango de goma.

"Hay que colaborar, sabes," Stanley grita, su cara se ilumina con alegría "la policía no puede hacerlo todo sola!"

Los caballeros que encontré en mi paseo por el centro de la ciudad que Phoenix son los únicos analfabetos informáticos en este libro. Sin embargo, pensar que no son importantes sería un grave error.



A medida que la informatización se extiende en la sociedad, el pueblo sufre continuamente oleadas de choques con el futuro. Pero, como necesariamente la "comunidad electrónica" quiere convertir a los demás y por lo tanto está sometida continuamente a oleadas de analfabetos de la computadora. Cómo tratarán, cómo mirarán los que actualmente gozan el tesoro digital a estos mares de gente que aspiran a respirar la libertad? ¿La frontera electrónica será otra tierra de oportunidades- o un armado y supervisado enclave, donde el privado de derechos se acurruca en su cartulina frente a las puertas cerradas de nuestras casas de justicia?
Algunas personas sencillamente no se llevan bien con los ordenadores. No saben leer. No saben teclear. Las instrucciones misteriosas de los manuales simplemente no les entran en la cabeza. En algún momento, el proceso de informatización del pueblo alcanzará su límite.
Algunas personas - personas bastante decentes quizá, quienes pueden haber prosperado en cualquier otra situación- quedarán irremediablemente marginadas. ¿Qué habrá que hacer con estas personas, en el nuevo y reluciente mundo electrónico? Cómo serán mirados, por los magos del ratón del ciberespacio ¿Con desprecio? ¿Con indiferencia? ¿Con miedo?
En una mirada retrospectiva me asombra lo rápidamente el pobre Stanley se convirtió en una amenaza percibida. La sorpresa y el temor son sentimientos estrechamente vinculados. Y el mundo de la informática está lleno de sorpresas.
Encontré un personaje en las calles de Phoenix cuyo papel en este libro es soberanamente y directamente relevante. Ese personaje era el cicatrizado gigante fantasma de Stanley. Este fantasma está por todas partes en este libro. Es el espectro que ronda el ciberespacio. A veces es un vándalo maníaco dispuesto a quebrar el sistema telefónico por ninguna sana razón en absoluto. A veces es un agente federal fascista, que fríamente programa sus potentes ordenadores para destruir nuestros derechos constitucionales. A veces es un burócrata de la compañía de telecomunicaciones, que secretamente conspira registrando todos los módems al servicio de un régimen vigilante al estilo de Orwell. Pero la mayoría de las veces, este fantasma temeroso es un "hacker." Es un extraño, no pertenece, no está autorizado, no huele a justicia, no está en su lugar, no es uno de nosotros. El centro del miedo es el hacker, por muchas de las mismas razones que Stanley se imaginó que el asaltante era negro.
El demonio de Stanley no puede irse, porque no existe.
A pesar de su disposición y tremendo esfuerzo, no se le puede arrestar, demandar, encarcelar, o despedir. Sólo hay una forma constructiva de hacer algo en contra es aprender más acerca de Stanley. Este proceso de aprendizaje puede ser repelente, desagradable, puede contener elementos de grave y confusa paranoia, pero es necesario. Conocer a Stanley requiere algo más que condescendencia entre clases. Requiere más que una objetividad legal de acero. Requiere compasión humana y simpatía. Conocer a Stanley es conocer a su demonio. Si conoces al demonio de otro, quizá conozcas a algunos tuyos. Serás capaz de separar la realidad de la ilusión. Y entonces no harás a tu causa, más daño que bien, como el pobre Stanley lo hacía.
EL FCIC (Comité Federal para la Investigación sobre Ordenadores) es la organización más importante e influyente en el reino del crimen informático estadounidense. Puesto que las policías de otros países han obtenido su conocimiento sobre crímenes informáticos de métodos americanos, el FCIC podría llamarse perfectamente el más importante grupo de crímenes informáticos del mundo.
Además, para los estándares federales, es una organización muy poco ortodoxa. Investigadores estatales y locales se mezclan con agentes federales. Abogados, auditores financieros y programadores de seguridad informática intercambian notas con policías de la calle. Gente de la industria y de la seguridad en las telecomunicaciones aparece para explicar cómo funcionan sus juguetes y defender su protección y la justicia. Investigadores privados, creativos de la tecnología y genios de la industria ponen también su granito de arena. El FCIC es la antítesis de la burocracia formal. Los miembros del FCIC están extrañamente orgullosos de este hecho; reconocen que su grupo es aberrante, pero están convencidos de que, para ellos, ese comportamiento raro esa, de todas formas, absolutamente necesario para poder llevar sus operaciones a buen término.
Los regulares del FCIC –provenientes del Servicio Secreto, del FBI, del departamento de impuestos, del departamento de trabajo, de las oficinas de los fiscales federales, de la policía estatal, de la fuerza aérea, de la inteligencia militar- asisten a menudo a conferencias a lo largo y ancho del país, pagando ellos mismos los gastos. El FCIC no recibe becas. No cobra por ser miembro. No tiene jefe. No tiene cuartel general, sólo un buzón en Washington, en la división de fraudes del servicio secreto. No tiene un presupuesto. No tiene horarios. Se reúne tres veces al año, más o menos. A veces publica informes, pero el FCIC no tiene un editor regular, ni tesorero; ni siquiera una secretaria. No hay apuntes de reuniones del FCIC. La gente que no es federal está considerada como "miembros sin derecho a voto", pero no hay nada parecido a elecciones. No hay placas, pins o certificados de socios. Todo el mundo se conoce allí por el nombre de pila. Son unos cuarenta. Nadie sabe cuantos, exactamente. La gente entra y sale... a veces “se va” oficialmente pero igual se queda por allí. Nadie sabe exactamente a que obliga ser "miembro" de este "comité". Aunque algunos lo encuentren extraño, cualquier persona familiarizada con los aspectos sociales de la computación no vería nada raro en la "organización" del FCIC. Desde hace años, los economistas y los teóricos del mundo empresarial han especulado acerca de la gran ola de la revolución de la información destruiría las rígidas burocracias piramidales, donde todo va de arriba hacia abajo y está centralizado. Los "empleados" altamente cualificados tendrían mucha más autonomía, con iniciativa y motivación propias, moviéndose de un sitio a otro, de una tarea a otra, con gran velocidad y fluidez. La "ad-hocracia" gobernaría, con grupos de gente reuniéndose de forma espontánea a través de líneas organizativas, tratando los problemas del momento, aplicándoles su intensa experiencia con la ayuda informática para desvanecer después. Eso es lo que más o menos ha sucedido en el mundo de la investigación federal de los ordenadores. Con la conspicua excepción de las compañías telefónicas, que después de todo ya tienen más de cien años, prácticamente todas las organizaciones que tienen un papel importante en este libro funcionen como el FCIC. La Fuerza de Operaciones de Chicago, la Unidad de Fraude de Arizona, la Legion of Doom, la gente de Phrack, la Electronic Frontier Foundation. Todos tienen el aspecto de y actúan como "equipos tigre" o "grupos de usuarios". Todos son ad-hocracias electrónicas surgiendo espontáneamente para resolver un problema.
Algunos son policías. Otros son, en una definición estricta, criminales. Algunos son grupos con intereses políticos. Pero todos y cada uno de estos grupos tienen la misma característica de espontaneidad manifiesta. "Hey, peña! Mi tío tiene un local. Vamos a montar un a actuación!"
Todos estos grupos sienten vergüenza por su "amateurismo" y, en aras de su imagen ante la gente de fuera del mundo del ordenador, todos intentan parecer los más serios, formales y unidos que se pueda. Estos residentes de la frontera electrónica se parecen a los grupos de pioneros del siglo XIX anhelando la respetabilidad del estado. Sin embargo, hay dos cruciales diferencias en las experiencias históricas de estos "pioneros" del siglo XIX y los del siglo XXI.
En primer lugar, las poderosas tecnologías de la información son realmente efectivas en manos de grupos pequeños, fluidos y levemente organizados. Siempre han habido "pioneros", "aficionados", "amateurs", "diletantes", "voluntarios", "movimientos", "grupos de usuarios" y "paneles de expertos". Pero un grupo de este tipo -cuando está técnicamente equipado para transmitir enormes cantidades de información especializada, a velocidad de luz a sus miembros, al gobierno y a la prensa, se trata simplemente de un animalito diferente. Es como la diferencia entre una anguila y una anguila eléctrica. La segunda deferencia crucial es que la sociedad estadounidense está ya casi en un estado de revolución tecnológica permanente. Especialmente en el mundo de los ordenadores, es imposible dejar de ser un "pionero", a menos que mueras o saltes del tren deliberadamente. La escena nunca se ha enlentecido lo suficiente como para institucionalizarse. Y, tras veinte, treinta, cuarenta años la "revolución informática" continúa extendiéndose, llegando a nuevos rincones de nuestra sociedad. Cualquier cosa que funciona realmente, ya está obsoleta.
Si te pasas toda la vida siendo un "pionero", la palabra "pionero" pierde su significado. Tu forma de vida se parece cada vez menos a la introducción a "algo más" que sea estable y organizado, y cada vez más a las cosas simplemente son así. Una "revolución permanente" es realmente una contradicción en sí misma. Si la confusión dura lo suficiente, se convierte en un nuevo tipo de sociedad. El mismo juego de la historia, pero con nuevos jugadores y nuevas reglas.
Apliquemos esto al mundo de la acción policial de finales del siglo XX y las implicaciones son novedosas y realmente sorprendentes. Cualquier libro de reglas burocráticas que escribas acerca del crimen informático tendrá errores al escribirlo, y será casi una antigüedad en el momento en que sea impreso. La fluidez y las reacciones rápidas del FCIC les dan una gran ventaja en relación a esto, lo que explica su éxito. Incluso con la mejor voluntad del mundo (que, dicho sea de paso, no posee) es imposible para una organización como el FBI ponerse al corriente en la teoría y la práctica del crimen informático. Si intentaran capacitar a sus agentes para hacerlo, sería suicida, porque nunca podrían hacer nada más.
Igual el FBI intenta entrenar a sus agentes en las bases del crimen electrónico en su cuartel general de Quantico, Virginia. Y el Servicio Secreto, junto a muchos otros grupos policiales, ofrecen seminarios acerca de fraude por cable, crímenes en el mundo de los negocios e intrusión en ordenadores en el FLETC (pronúnciese "fletsi"), es decir el Centro de Capacitación para la Imposición de la Ley Federal, situado en Glynco, Georgia. Pero los mejores esfuerzos de estas burocracias no eliminan la necesidad absoluta de una "confusión altamente tecnológica" como la del FCIC
Pues verán, los miembros del FCIC son los entrenadores del resto de los agentes. Prácticamente y literalmente ellos son la facultad de crimen informático de Glynco, pero con otro nombre. Si el autobús del FCIC se cayera por un acantilado, la comunidad policial de los Estados Unidos se volvería sorda, muda y ciega ante el mundo del crimen informático, y sentiría rápidamente una necesidad desesperada de reinventarlo. Y lo cierto es no estamos en una buena época para empezar de cero.
El 11 de junio de 1991 llegué a Phoenix, Arizona, para el último encuentro del FCIC. Este debía más o menos el encuentro número veinte de este grupo estelar. La cuenta es dudosa, pues nadie es capaz de decidir si hay que incluir o no los encuentros de "El Coloquio", pues así se llamaba el FCIC a mediados de los ochenta, antes de ni siquiera tener la dignidad un acrónimo propio.
Desde mi última visita a Arizona, en mayo, el escándalo local del AzScam se había resuelto espontáneamente en medio de un clima de humillación. El jefe de la policía de Phoenix, cuyos agentes habían grabado en vídeo a nueve legisladores del estado haciendo cosas malas, había dimitido de su cargo tras un enfrentamiento con el ayuntamiento de la ciudad de Phoenix acerca de la responsabilidad de sus operaciones secretas.
El jefe de Phoenix se unía ahora a Gail Thackeray y once de sus más cercanos colaboradores en la experiencia compartida de desempleo por motivo político. En junio seguían llegando las dimisiones desde la Oficina del Fiscal General de Arizona, que podía interpretarse tanto como una nueva limpieza como una noche de los cuchillos largos segunda parte, dependiendo de tu punto de vista.
El encuentro del FCIC tuvo lugar en el Hilton Resort, de Scottsdale. Scottsdale es un rico suburbio de Phoenix, conocido como "Scottsdull" ("dull"="aburrido") entre la "gente guapa" del lugar, equipado con lujosos (y algo cursis) centros comerciales y céspedes a los que casi se les había hecho la manicura; además, estaba conspicuamente mal abastecido de vagabundos y “sin hogar”. El Hilton Resort era un hotel impresionante, de estilo cripto-Southwestern posmoderno. Incluía un "campanario" recubierto de azulejos que recordaba vagamente a un minarete árabe.
El interior era de un estilo Santa Fe bárbaramente estriado. Había un jacuzzi en el sótano y una piscina de extrañas formas en el patio. Un quiosco cubierto por una sombrilla ofrecía los helados de la paz, políticamente correctos, de Ben y Jerry (una cadena de helados "progres", de diseño psicodélico, y cuyos beneficios se destinan parcialmente a obras benéficas). Me registré como miembro del FCIC, consiguiendo un buen descuento, y fui en busca de los federales. Sin lugar a dudas, de la parte posterior del hotel llegaba la inconfundible voz de Gail Thackeray.
Puesto que también había asistido a la conferencia del CFP (Privacidad y Libertad en los Ordenadores), evento del que hablaremos más adelante, esta era la segunda vez que veía a Thackeray con sus colegas defensores de la ley. Volví a sorprenderme por lo felices que parecían todos al verla. Era natural que le dedicaran “algo” de atención, puesto que Gail era una de las dos mujeres en un grupo de más de treinta hombres, pero tenía que haber algo más.
Gail Thackeray personifica el aglomerante social del FCIC. Les importaba un pito que hubiera perdido su trabajo de fiscal general. Lo sentían, desde luego, pero, ¡qué más da!… todos habían perdido algún trabajo. Si fueran el tipo de personas a las que les gustan los trabajos aburridos y estables, nunca se habrían puesto a trabajar con ordenadores.
Me paseé entre el grupo e inmediatamente me presentaron a cinco desconocidos. Repasamos las condiciones de mi visita al FCIC. No citaría a nadie directamente. No asociaría las opiniones de los asistentes a sus agencias. No podría (un ejemplo puramente hipotético) describir la conversación de alguien del Servicio Secreto hablando de forma civilizada con alguien del FBI, pues esas agencias “nunca” hablan entre ellas, y el IRS (también presente, también hipotético) “nunca habla con nadie”.
Aún peor, se me prohibió asistir a la primera conferencia. Y no asistí, claro. No tenía ni idea de qué trataba el FCIC esa tarde, tras aquellas puertas cerradas. Sospecho que debía tratarse de una confesión franca y detallada de sus errores, patinazos y confusiones, pues ello ha sido una constante en todos y cada uno de los encuentros del FCIC desde la legendaria fiesta cervecera en Memphis, en 1986. Quizás la mayor y más singular atracción del FCIC es que uno puede ir, soltarse el pelo, e integrarse con una gente que realmente sabe de qué estás hablando. Y no sólo te entienden, sino que “te prestan atención”, te están “agradecidos por tu visión” y “te perdonan”, lo cual es una cosa que, nueve de cada diez veces, ni tu jefe puede hacer, pues cuando empiezas a hablar de "ROM", "BBS" o "Línea T-1" sus ojos se quedan en blanco.
No tenía gran cosa que hacer aquella tarde. El FCIC estaba reunido en la sala de conferencias. Las puertas estaban firmemente cerradas, y las ventanas eran demasiado oscuras para poder echar un vistazo. Me pregunté lo qué podría hacer un hacker auténtico, un intruso de los ordenadores, con una reunión así.
La respuesta me vino de repente. Escarbaría en la basura y en las papeleras del lugar. No se trataba de ensuciar el lugar en una orgía de vandalismo. Ese no es el uso del verbo inglés "to trash" en los ambientes hackers. No, lo que haría sería “vaciar los cestos de basura” y apoderarme de cualquier dato valioso que hubiera sido arrojado por descuido.
Los periodistas son famosos por hacer estas cosas (de hecho, los periodistas en búsqueda de información son conocidos por hacer todas y cada una de las cosas no éticas que los hackers pueden haber hecho. También tienen unas cuantas y horribles técnicas propias). La legalidad de "basurear" es como mínimo dudosa, pero tampoco es flagrantemente ilegal. Sin embargo, era absurdo pensar en "basurear" el FCIC. Esa gente ya sabe que es "basurear". No duraría ni quince segundos.



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