Bloque V la narrativa realista



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BLOQUE V LA NARRATIVA REALISTA

5.1. Francia: Sthendal, Flaubert, Zola.

5.2. Rusia: Dostoyevski, Tolstoi.

5.3. Inglaterra: Dickens.



5.4. Norteamérica: Poe
1. Contexto: los cambios sociales y culturales
La literatura europea de la segunda mitad del siglo XIX gira en torno a la realidad y sus problemas. Este carácter justifica que, más que en otras épocas, deben tenerse en cuenta la influencia que deja la sociedad contemporánea y sus transformaciones sobre la creación artística. Los factores condicionantes que favorecen la aparición del movimiento realista tienen que ver con el desarrollo de las ciencias, las nuevas tendencias filosóficas y el conflicto social entre capitalistas y proletarios.
En el terreno del pensamiento y como reacción al idealismo, se desarrolla el Positivismo de Auguste Comte, escuela filosófica que reduce el objetivo del conocimiento humano a aquellos hechos que pueden ser captados por los sentidos y someterse a comprobación por medio de la experiencia. En la práctica, el positivismo supone la valoración de las ciencias empírico-naturales (Física, Biología, Química) en detrimento de las preocupaciones teológicas y metafísicas que había dominado el pensamiento europeo hasta entonces. Como consecuencia de la filosofía positivista y con sorprendentes avances científicos, la segunda mitad de este siglo está dominada por la exaltación de la ciencia; el hombre de esta época confía en los poderes casi ilimitados que la ciencia le ofrece para responder a los grandes interrogantes de la vida, como sucede con la teoría de la evolución de Charles Darwin (El origen de las especies, 1859) o las leyes de la herencia aplicadas a la genética del botánico Gregor Mendel (1865). Este cientificismo se proyectará en diversos géneros y tendencias literarias como veremos.
En el aspecto político, se produce la desacreditación de la religión (Ludwig Feuerbach), y el análisis de Karl Marx, quien creó el materialismo histórico mediante el análisis de los condicionantes económicos y sociales de los pueblos y el nuevo concepto de lucha de clases. La libertad política y religiosa, la soberanía popular, el sufragio universal y las reivindicaciones sociales fueron motores que desde ese momento movilizaron en toda Europa a las masas de trabajadores y las impulsaron a participar en los acontecimientos políticos. La presencia de doctrinas como el socialismo o el marxismo contribuyeron a crear entre los obreros una viva conciencia de clase, que prendió con gran fuerza entre el proletariado urbano, surgido como consecuencia de la revolución industrial, sometido a condiciones de trabajo infrahumanas y que sobrevivía a duras penas en las ciudades. La Primera Internacional de trabajadores, asociación que pretendió unir en la lucha social a todos los trabajadores del mundo (“Proletarios del mundo, uníos”) se produjo en 1864. Cuando este proletariado adquirió conciencia de clase entró en pugna con la burguesía, que de ser clase revolucionaria que lucha contra el Antiguo Régimen pasó a ser clase dominante y conservadora.
Por su parte, la clase burguesa sigue prosperando gracias a la aplicación de los avances científicos a la industria en la llamada revolución industrial. El triunfo del maquinismo enriquece rápidamente a esta clase social y provoca el abandono de las ideas liberales, una vez conseguido el poder político. De este modo nace el capitalismo, sistema en el que la producción industrial condiciona la vida económica, social y política y que transformará la sociedad occidental: pierde importancia la nobleza heredada, se encumbra la “sociedad del dinero” y nace una nueva clase social, el proletariado. La literatura realista y, sobre todo, la naturalista, reflejarán esta situación de desequilibrio social presentando los aspectos más negativos de la Europa industrializada.
Por tanto, la segunda mitad del siglo XIX es un periodo convulso, pues se manifiestan tensiones dentro de la misma burguesía y entre ésta y el proletariado. Todo ello provocará el surgimiento de las ideologías revolucionarias (socialismo, comunismo, anarquismo…) en perpetua lucha con los gobiernos conservadores que predominan en Europa.
2. Antecedentes. El costumbrismo
Uno de los elementos más claramente favorables al surgimiento del Realismo fue el periodismo, pues fue a través de la prensa escrita como se difundieron, por entregas, numerosas narraciones, que tomaron el nombre de folletín, y llegaban a todo tipo de público lector por sus condiciones económicas, gracias al abaratamiento de la impresión y edición y la alfabetización masiva por parte del estado, una de las conquistas de las revoluciones burguesas, para garantizar el principio de igualdad ante la ley. El folletín eran pequeños fragmentos de novelas que se publicaban de forma diaria, en la prensa, haciendo que el lector del periódico ansiase comprarlo cada día para conocer su final. Por lo tanto se caracterizaba por un estilo melodramático y con unos finales de capítulo lo suficientemente impactantes como para que el lector quedara “enganchado” hasta su próxima entrega. Muchas de las grandes novelas del siglo XIX, como las del naturalista Emile Zola fueron así publicadas.

Otro de los antecedentes importantes son la novela picaresca, por la dosis de observación de la realidad que refleja y por la elección de protagonistas de clases marginales, y la labor desmitificadora de Miguel de Cervantes: este modelo lo mantuvieron en la novela inglesa del siglo XVIII, con Daniel Defoe, Samuel Richardson o Herny Fielding.


Por otra parte, los nuevos movimientos, el Realismo y el Naturalismo, no son totalmente opuestos al Romanticismo, sino que representan su evolución, puesto que desarrollan el “costumbrismo” romántico. El costumbrismo surgió dentro del contexto romántico porque era la forma de buscar lo popular, lo esencial de cada pueblo o nación, muy ligado por tanto a los sentimientos nacionalistas románticos. El realismo toma el concepto, aunque siempre con intención crítica, eliminando lo fantástico, lo sentimental y la visión heroica del pasado. De hecho, el origen del término realismo es romántico: aparece aplicado a la literatura hacia 1825 para referirse a la imitación por parte de los románticos de la naturaleza y al detalle descriptivo de algunos de sus novelistas. Más tarde, su significado se precisó para aplicarse a ciertos pintores como Gustave Courbet que, frente a los temas grandilocuentes y las escenografías aparatosas románticas, llevaban a sus lienzos sencillas escenas de la vida cotidiana; enseguida se aplicó el vocablo a las obras literarias animadas de un propósito análogo de recoger fieles testimonios de la sociedad de la época.
3. Rasgos generales de la literatura realista

Hacia 1850 en Francia una serie de escritores y críticos presentan ya al Realismo como una nueva estética alejada u opuesta a la romántica. En 1856 aparece una revista titulada precisamente Réalisme, que en uno de sus números dice:



El Realismo pretende la reproducción exacta, completa, sincera, del ambiente social y de la época en que vivimos... Esta reproducción debe ser lo más sencilla posible para que todos la comprendan.

El público estaba interesado, más que por lo lejano en el tiempo y espacio y lo exótico de los románticos, por los problemas próximos y cotidianos de la sociedad contemporánea, siempre presente a través del periodismo y de la fotografía. Por otra parte, los ideales burgueses (materialismo, utilitarismo, búsqueda del éxito económico y social) irán apareciendo en la novela poco a poco, y en su fase final también irán apareciendo algunos de sus problemas internos, como el papel de la mujer instruida y sin embargo desocupada o el éxodo del campo a la ciudad. Los autores tratarán de ofrecer personajes y situaciones comunes, lo que convierte a la obra literaria en una fuente de primer orden para el conocimiento del pasado histórico, aún teniendo en cuenta las precauciones que deben tomarse para un uso documental de las fuentes literarias.


Por lo tanto, el realismo se caracterizará por una observación de la realidad y descripción precisa de ella, de modo que la vida real se convierte en objeto estético. La observación y la documentación sobre personajes y ambientes se convierten en un principio fundamental de los escritores. En este sentido, la mirada se desplaza hacia lo próximo, conocido y cotidiano, eliminándose la fantasía y controlándose la imaginación. La observación va a producir la detección de defectos en la sociedad, por lo que el propósito crítico social y políticamente va a ser el más frecuente. Según la ideología del autor, esta crítica puede ser progresista o conservadora. Para conseguirlo, el autor debe adoptar una posición lo más objetiva posible, aunque la crítica se adivina a través de la frecuente ironía del narrador.
En cuanto al estilo, la literatura rechaza la exaltación y los adornos expresivos del Romanticismo, por lo que será sencillo, cuyo ideal se acerca al científico y periodístico, buscando la fiel reproducción de los distintos registros lingüísticos de la sociedad, incluso los más vulgares, las jergas, las variantes regionales, el lenguaje infantil o el habla de personajes extranjeros.
Con estos rasgos, la lírica tiene poca cabida en el nuevo movimiento, siendo el momento del auge de la novela. La prosa narrativa es, sin duda, el género más adecuado para reflejar la realidad, que se surte de las nuevas técnicas científicas como la observación y la experimentación, así como de ciencias novedosas como la psicología en la descripción personajes y la sociología, en la pintura de ambientes.

También se produce una renovación de las técnicas narrativas: nuevos tipos de narrador, caracterización de personajes mediante el monólogo interior, diálogos en estilo directo, indirecto e indirecto libre, y descripciones exhaustivas.


Por otra parte, cuando se vayan reiterando y agotando los temas relativos a la burguesía, la descripción realista irá penetrando en otros ámbitos y dejará la mera descripción externa de las conductas para pasar a la descripción interna de las mismas, transformándose en novela psicológica, y generando procedimientos narrativos introspectivos como el monólogo interior y el estilo indirecto libre, en una renovación importante de las técnicas narrativas. Todo ello posibilitó la aparición de movimientos en cierta manera opuestos, como el espiritualismo, por un lado, visible en la última etapa de narradores realistas como Galdós, Dostoievski o Tolstoi, o el naturalismo, por otro, que exageraba los contenidos sociales, documentales y científicos del Realismo, aproximándose a la descripción de las clases humildes, marginadas y desfavorecidas.
4. La novela realista
Como decíamos al comienzo de este tema, la influencia que deja la sociedad y sus transformaciones se reflejan en la creación artística. La involución ideológica puesta en marcha por la nueva burguesía se manifiesta en el alejamiento de la rebeldía romántica, sustituida ahora por los conflictos cotidianos y el análisis de la psicología de unos personajes determinados por la nueva situación social.
Los autores de esta época entienden que el género más adecuado a la nueva función de la literatura es la novela, pues les permite aplicar las nuevas ideas filosóficas y científicas y es fácilmente comprensible para el nuevo lector, menos exigente desde el punto de vista técnico y preocupado por su tiempo y medio social. La novela realista se suele publicar en forma de folletín en la prensa diaria o por entregas mensuales en pliegos sueltos o en fragmentos incluidos en revistas periódicas sin que dichas entregas coincidieran con partes o capítulos de la obra. Lo más frecuente era que el fragmento terminara en un episodio emocionante para que el lector quedase ansioso por conocer su desenlace y comprara la siguiente publicación. El novelista realista es crítico, analiza la situación social de las distintas clases que componen la comunidad humana de su tiempo, distanciándose para objetivizar los resultados de sus observaciones y la veracidad de sus críticas, actuando como historiador del presente.
Los rasgos que caracterizan este tipo de novela son los siguientes:

Se intenta reflejar la realidad con exactitud y objetividad imitando el método científico. Para ello se fundamenta en la observación  Los novelistas se documentan sobre el terreno, tomando minuciosos apuntes sobre el ambiente, las gentes , la indumentaria...Las narraciones no buscan ni lugares ni tiempos lejanos, sino que abren una ventana al tiempo contemporáneo del escritor.  La descripción detallada es un instrumento fundamental que posee el autor para crear  ambientes, lugares y costumbres determinados, acordes con el individuo.

La novela debe ser verosímil, debe tener apariencia de verdadera. La fidelidad descriptiva se ejerce en dos direcciones: los ambientes y la psicología de los caracteres.

La narrativa realista concentra su acción en las aventuras y aconteceres de un personaje concreto. El medio ambiente puede influir en las actuaciones del protagonista, ya que aquel condiciona los modos y decisiones de este. El protagonista se moverá entre una serie de valores que imperan en la sociedad que lo rodea, asimismo buscará su éxito y fortuna, en muchos casos a través de la institución del matrimonio.

Los personajes pueden reflejar un grupo social o atender a una intención marcadamente individualista. En ocasiones aparecen personajes tipo, aunque no son excepcionales. Predominan los que pertenecen a la burguesía.

El narrador es omnisciente. Conoce todo lo que acontece y puede penetrar en la mente de los personajes. Intenta ser aséptico y no mostrar ninguna inclinación por unos u otros personajes; a veces, el autor adopta una actitud de “cronista” y tiende a desaparecer- pero, en otras ocasiones realiza comentarios que tratan de influir en la opinión del lector.

El lenguaje es una herramienta para narrar. No importa tanto la belleza poética como las acciones que se cuentan. Se trata de un lenguaje denotativo, con una profunda carga de objetividad y precisión. Con la descripción detallista del Realismo aparecen dialectos, registros, jergas, pronunciaciones y modismos propios de diversos lugares, tipos y estratos sociales. Se pone empeño en adaptar el lenguaje a la índole de los personajes.

Se descubren lacras de la sociedad con una actitud crítica, que responderá en cada caso a la orientación ideológica del autor. Renace la idea de un “arte útil”: la novela debe contribuir a la reforma o al cambio de la sociedad, en un sentido o en otro.



4.1. La novela realista en Francia. Stendhal, Flaubert y Zola

La historia de Francia durante el siglo XIX está dominada por una constante agitación social, hasta el punto de poder afirmarse que este país fue el campo de pruebas de diversas revoluciones burguesas decimonónicas. La centuria se abría con la Revolución de 1789, a la que le siguieron las de 1830 y 1848, años entre los que se produjo un gran giro cultural. Dos hechos fundamentales fueron el resultado: la Revolución industrial y la conciencia de clase social.

El novelista en Francia adoptaba una doble posición, por un lado estaba a favor de la realidad social ; pero , por otro lado , renegaba del valor social, debido a que ésta le negaba su mérito – en tanto que intelectual – frente al dominio de un sistema de valores basado en la productividad. De ahí el enfrentamiento de los personajes con una sociedad vulgar, animalizada incluso, ante la cual, sin embargo, nada pueden. Este tema de la decadencia de la humanidad, así como el del destino trágico, tienen su origen en el cientifismo característico de la segunda mitad del siglo XIX.

El Realismo se inicia en Francia de la mano de Henry Beyle, más conocido por su seudónimo, Stendhal, (1783-1842), un autor cuyas novelas presentan elementos románticos evidentes, como es el reflejo de las propias experiencias o el amor como desencadenante de la transformación de los personajes. Sin embargo, junto a estos elementos, introduce ya dos rasgos realistas: la importancia de la descripción minuciosa del paisaje real, desprovisto de todo sentido simbólico y la inserción de los personajes en un momento histórico determinado, en una sociedad que funciona como marco y explicación de las historias individuales.



Nacido en Grenoble, abandona su ciudad para instalarse en París, pero en lugar de permanecer allí se enrola en los ejércitos napoleónicos y con ellos recorre Europa. Finalizado el Imperio, vuelve a la capital gala movido por sus ansias literarias, pero una vez más sucumbe a su ser nómada: ejerce como cónsul en varios países del continente. Solo vuelve a París para morir. Personaje casi teatral, enamoradizo y rodeado de múltiples amantes, llevó una vida de romántico en perpetuo conflicto con la ruin sociedad francesa de su tiempo, de la que procuró huir, especialmente a Italia, país que adoptó como segunda patria. Escribió libros sobre pintura, viajes, biografías, y hacia el final de su vida, novelas.

Si nos acercamos a la novela de Stendhal nos puede dar la sensación de estar leyendo a un autor que se aleja de la acción y falto de objetividad. Su distanciamiento con respecto a la materia narrativa nos recuerda a los autores del siglo XX, mientras que el subjetivismo se debe a un moralismo no disimulado que hunde sus raíces en el siglo XVIII. El mismo autor nos avisa que su obra no sería entendida hasta pasados unos cincuenta años.



Rojo y negro (1830) es la primera gran novela del autor y posiblemente uno de los clásicos del XIX francés. En principio, no ofrecía ninguna novedad a sus contemporáneos: la novela se basa en un suceso criminal realmente acaecido a mediados de 1827 en Francia que se juzgó en Grenoble, villa natal de Stendhal: Antoine Berthet, hijo de un artesano, había disparado contra la esposa de su patrón, la señora Michoud, a quien responsabiliza de su mala fortuna después de haber sido despedido de su casa, posiblemente por haber mantenido relaciones amorosas con ella.

En la obra será Julien Sorel, hijo de un carpintero, que explota su talento en el seminario, vistiendo finalmente la sotana (el negro) en lugar del uniforme militar (el rojo) que él hubiera deseado de haber sido otros tiempos. Nombrado preceptor en la casa del alcalde de Verrières, seduce a su esposa, Mme. De Renal, no por amarla realmente, sino por considerar que la renuncia amorosa constituye un deber al que entregarse, un ejercicio de autodisciplina con el que imponer su voluntad sobre otra persona. Una vez dominadas sus pasiones, Julien pasa a Besançon, donde confirma su ortodoxia intelectual movido no por convicciones religiosas, tampoco por una hipocresía mal entendida: se trata, ante todo, de hacerse discreta y prudentemente su propia vida, sacrificando, aparentemente, aspectos de su personalidad en beneficio de una consciente y meditada voluntad de poder y dominio. La hora de su encumbramiento le llega en París cuando logra enamorar a Mathilde, hija del marqués de Môle, de quien ha llegado a ser secretario y confidente personal. Julien ha llegado a la cumbre de su ambición. El disfraz del sacerdocio le ha valido, finalmente, para ganarse a Mathilde y al marqués, que le promete a su hija y un título nobiliario. Este final no podía ser adecuado y en un tris-tras todo se viene abajo con el único suceso que no puede controlar nuestro personaje: Mme. Renal, la antigua enamorada reaparece en escena amenazando a Sorel con descubrir su humilde origen y la seducción a la que la sometió; Julien la cita en la iglesia y dispara sobre ella. La novela prácticamente se cierra con la reflexión de Julien desde la cárcel, donde espera el momento de ser llevado a la guillotina: allí, desde el enfrentamiento con la verdad de la que siempre ha huido, Sorel comprende y llega a amar a la mujer que le ha desvelado la radical falsedad de todo.

Aunque la novela relate el fracaso del protagonista, en realidad está proclamando la victoria de una nueva ideología que, en 1830, está todavía lejos de aparecer: Sorel rechaza a la burguesía, a la nobleza y a la iglesia, pero se sirve de todas ellas para su propia confirmación como parte de un nuevo estado social. La novela viene a representar la historia de la lucha del voluntarismo y el vitalismo frente al aburguesamiento y el inmovilismo de la sociedad francesa del XIX. Será un preludio de la filosofía voluntarista de Nietzsche, que tampoco será entendida en su época.

La cartuja de Parma (La chartreuse de Parme, 1839)) será otra de las novelas importantes de Stendhal. La obra no es original ya que la sacó de un libelo renacentista incluido entre los papeles que le inspiraron sus “crónicas italianas. Escrita en siete semanas, se trata de una obra más severa, con mayor humanidad, en la línea de la inacabada Lucien Leuwen; narra las vicisitudes de un joven aristócrata repudiado por su familia que emprende una carrera entre eclesiástica y política, en la que triunfará a costa de numerosas intrigas y de sacrificar su gran amor. El joven Fabricio será inconsciente, pero novedoso al contrario que el marqués de Mosca que siente envidia por su contrincante ya que es lo que él prometía ser de joven. Ambos se ven obligados a vivir un momento histórico que no les corresponde, de modo que sus diferencias se deben más a la forma de enfrentarse a su época: el orgullo de Fabricio es derrotado, mientras que el de Mosca se doblega voluntariamente. En ambos casos, la comprensión de su propia situación los eleva a la categoría de héroes.

La intención última de Stendhal al componer sus novelas fue la de influir efectivamente sobre una sociedad a la que despreciaba – la Francia de la Restauración- contraponiéndole el ideal de acción y energía personificado por su protagonistas. Esboza un retrato verdadero de un héroe individualizado, enérgico y vital, cuyos movimientos en un ambiente mediocre dependen de la hipocresía en tanto que único instrumento válido para obtener el poder en tal sociedad. Stendhal será el primer novelista que elabora una novela psicológica desde presupuestos científicos, el resultado es la cruda sinceridad con que el autor dibuja a sus personajes: sus héroes viven, como su creador, una íntima contradicción vital que nos los hace extraños a la par que radicalmente humanos.

En el siguiente enlace se puede leer un artículo del escritor Muñoz Molina sobre Stendhal y su obra: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/07/11/actualidad/1342018589_389963.html

HONORÉ DE BALZAC (1799-1850)

Al igual que Stendhal compuso su obra guiado por un afán de influencia y poder usual entre los novelistas europeos de la segunda mitad del XIX. Las personalidades de Stendhal y Balzac son diametralmente opuestas, siendo éste más sociable, extrovertido y más materialista que el primero.

Nacido en Tours, sus padres prácticamente se desentendieron de su educación, confiándola a diversos internados. Cursó Derecho y asistió a algunos cursos sobre Literatura en París. Tras una juventud pobre y bohemia, el éxito le permitió llevar una existencia de lujo y derroche (con las consiguientes deudas) marcada por numerosos amoríos que culminarán en su matrimonio con una aristócrata ucraniana. Sus primeras obras son novelones históricos y fantásticos de tono romántico, desde novelas históricas hasta simbólicas, como La piel de zapa, o policiacas, como Un asunto tenebroso. La mayor parte describe críticamente la sociedad de entonces, de la que destacan protagonistas que suelen ser grandes damas de la época, o jóvenes calaveras de sangre azul, de familias nobles, aristócratas cansados de la vida, desilusionados y apáticos personajes, burgueses.

A él se debe la convicción de que el arte no necesita copiar la realidad, sino expresarla, justificando a un tiempo el idealismo subjetivista y su condición de artista. Intentó una organización del universo social, unida a una organización artística: convencido de que el novelista estaba obligado a desvelarle al lector la inmensa variedad de las manifestaciones de la realidad.

A Balzac lo mueve su interés por la sociedad, no tanto para incorporarla a su obra, como para dotarla de un nuevo significado. Balzac adopta un método de estudio social que parte de presupuestos analíticos para después intentar una síntesis unificadora: de ahí su interés por descomponer y estudiar los diversos aspectos de la realidad social y por agruparlos después en una visión totalizadora: la novela.

Balzac fue un escritor prolífico, publicó más de cincuenta novelas, veinticuatro de las cuales se encuadran dentro del gran conjunto que él mismo tituló a partir de 1842, La Comedia Humana. Este conjunto está formado por tres grandes bloques: estudios de costumbres (historia general de la sociedad), estudios filosóficos y estudios analíticos; el aglutinar su obra responde a la ambición que tenía el autor de componer un cuadro general de su época que mostrara las tipologías de sus contemporáneos y los caracteres fundamentales de la sociedad en la que vivía.

La técnica de Balzac queda definitivamente fijada a parir de 1833 con la publicación de Eugenia Grandet, novela aplaudida por crítica y público. Esta novela asimila e ilustra a la perfección las mejores lecciones del Realismo narrativo francés, a pesar de que el tratamiento de la obra sea romántico: narra la historia de un avaro que hace creer a su familia y a la gente de su pueblo que es rico para poder casar a su hija, y la posterior relación de ésta (Eugenia) con su primo. El detallismo, la minuciosidad y la verosimilitud del relato, unido a una dosis justa de melodramatismo y de aventura sentimental, hacen de esta obra un clásico de la literatura contemporánea.

Con Papá Goriot (1834) la técnica de Balzac introduce un nuevo elemento: la aparición sistemática de ciertos personajes de una novela a otra, aspecto que fortalece la cohesión del conjunto de La comedia humana. La novela narra los sacrificios de un padre por satisfacer los enredos y caprichos de sus hijas y por su planteamiento, recuerda a la tragedia en su enfrentamiento entre dos mundos: el del fracaso y el del éxito.

El propio Balzac considera que con sus novelas creó “de dos mil a tres mil figuras destacadas de la época”, es decir, “el resumen de tipologías que presenta una generación”. En la elaboración de estos caracteres, encarna en los personajes determinados elementos de carácter (la avaricia, la ingenuidad, la generosidad, el deseo…). Un mismo rasgo de carácter se puede renovar a través de diferentes personajes que lo encarnan de distinta forma, según su medio, su historia personal, su contexto dramático…

En definitiva, Balzac se sirve de sus novelas para realizar un severa crítica a la sociedad de su época que percibe fundamentada sobre todo en la desigualdad y la búsqueda de la liberación de las pasiones: amor, riqueza y poder. Los héroes de Balzac son observadores críticos y rebeldes, pero impotentes, pues solo contemplan la corrupción moral y judicial en la que se encuentran o incluso participan de ella.





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