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Obras Completas de Sandor Ferenczi

CLIII. EL PROBLEMA DE LA AFIRMACION DEL DESAGRADO


(Progresos en el conocimiento del sentido de realidad)
Poco después de mi primer encuentro con el psicoanálisis, he tropezado con el problema del sentido de realidad cuyo modo de funcionamiento me parece que contrasta vivamente con la tendencia a evitar el desagrado y el rechazo, manifestada por doquier en la vida psíquica Por una especie de empatía con el psiquismo infantil, he llegado a suponer que a un niño preservado del desagrado toda la existencia debiera parecerle en principio absolutamente homogénea, «monista» podría decirse; la distinción entre las cosas «buenas» y «malas», entre el Yo y el entorno, el interior y el exterior, sólo se establecerían más tarde; extraño y hostil serían, pues, en esta etapa cosas idénticas1.

En otro artículo he intentado hacer una reconstrucción teórica de las principales etapas del desarrollo que llevan del principio de placer al principio de realidad2. Mi hipótesis señalaba que el niño, antes de sufrir sus primeras decepciones, cree poseer una omnipotencia incondicional y que continúa aferrándose a este sentimiento de omnipotencia incluso cuando la eficacia de su voluntad en cuanto al cumplimiento de sus deseos se halla ligada a la observancia de determinadas condiciones; hasta el momento en que el número creciente y la complejidad de tales condiciones le obligan por regla general a abandonar su sentimiento de omnipotencia y a reconocer la realidad. Sin embargo, no puede decirse nada en esa descripción de los procesos internos que acompañan obligatoriamente esta notable e importante transformación; nuestra comprensión de los fundamentos más profundos del psiquismo, sobre todo de la vida impulsiva, no está lo suficientemente preparada para desarrollarlos. Si, tras esta época los fundamentales trabajos de Freud sobre la vida impulsiva y sus descubrimientos relativos al análisis del Yo se nos hubieran acercado a este objetivo3, permaneceríamos aún incapaces de superar verdaderamente el foso que separa la vida impulsiva y la vida intelectual. Teníamos claramente necesidad de la simplificación extrema a la que Freud ha conseguido reducir la multiplicidad de los fenómenos impulsivos; me refiero aquí a su hipótesis relativa a la polaridad impulsiva que subyace a todo lo que vive, la polaridad del impulso de vida (Eros) y del impulso de muerte o de destrucción4. Hay que esperar de todos modos a su último artículo, «La negación», cuyo modesto título oculta el esbozo de una psicología de los procesos del pensamiento fundada en la biología, para ver reunidos los fragmentos hasta ahora dispersos de nuestro saber. Freud, como siempre, se apoya en el terreno seguro de la experiencia psicoanalítica y se muestra muy prudente en sus generalizaciones. A continuación, quisiera reconsiderar el problema del sentido de la realidad a la luz de su descubrimiento.

Freud ha descubierto que el acto psicológico representado por la negación de la realidad constituye una fase intermedia entre la ignorancia y el reconocimiento de la realidad; el mundo exterior extraño al Yo, es decir hostil, puede acceder a la conciencia a pesar del desagrado, en la medida en que está afectado por el símbolo negativo de la negación, en el que es negado. En el negativismo, o tendencia a suprimir la existencia de las cosas, vemos operar a las fuerzas del rechazo que, en el proceso primario, ha conducido a la ignorancia total de todo desagrado; la ignorancia por alucinación negativa no tiene éxito y el desagrado no es ignorado sino que se convierte en el contenido de la percepción bajo la forma de denegación. Naturalmente, surge enseguida una cuestión: ¿qué debe ocurrir para que desaparezca el último obstáculo a esta aceptación y se haga posible la afirmación de un desagrado, es decir, la desaparición de la tendencia al rechazo?

Inmediatamente se sospecha que no será muy fácil responder a esta cuestión; y tanto menos cuanto que es evidente de entrada, tras el descubrimiento de Freud, que la afirmación del desagrado nunca es un acto psíquico simple sino que siempre es doble: hay primero una tentativa de negar el desagrado en cuanto hecho, siendo necesario luego un segundo esfuerzo para negar esta negación. Lo positivo, el reconocimiento de lo malo, parece resultar siempre de dos negaciones. Para hallar algo comparable en el ámbito familiar del psicoanálisis, precisamos establecer un paralelo entre la ignorancia total y el estado psíquico de un niño aún indemne de todo desagrado, como ya lo he hecho hace algún tiempo: por una parte buscando el «punto de fijación» de las psicosis a este estadío5 y por otra considerando una especie de regresión a esta etapa de capacidad ilimitada del paralítico megalomaníaco para experimentar una continua alegría6. La fase de la negación halla su correspondencia. como Freud ha mostrado, en el comportamiento del paciente durante la cura, y más generalmente en la neurosis, que también es el resultado de un rechazo semilogrado o fallido, y siempre en el orden de lo negativo, el negativo de la perversión. El proceso que conduce finalmente al reconocimiento o a la afirmación del desagrado se desarrolla ante nuestra vista, y es el resultado de nuestros esfuerzos terapéuticos cuando tratamos una neurosis; y si prestamos atención a los detalles de este proceso, tendremos cierta posibilidad de hacernos una idea de este proceso de admisión del desagrado.

En el apogeo de la transferencia, vemos que el paciente acepta sin resistencia incluso lo que resulta más desagradable; claramente halla en el sentimiento del placer del que va acompañado el amor de transferencia, un consuelo al dolor que esta aceptación le hubiera causado en otro caso. Sin embargo, al final del tratamiento, cuando debe renunciar también a la transferencia, volvería indudablemente a la negación, es decir, a la neurosis, si el paciente no consiguiera encontrar, para compensar esta renuncia, un sustituto y un consuelo en la realidad, y en particular en la identificación con el analista. Debo evocar a este respecto un hermoso trabajo de Víctor Tausk, analista desaparecido prematuramente, que consideraba una condición para la cura el debilitamiento de los motivos de rechazo mediante la compensación7. De la misma forma, debemos suponer la existencia de una compensación desde la aparición primera de una afirmación del desagrado; no puede representarse de otra forma su presencia en la psiquis que trabaja siempre en el sentido de la menor resistencia, es decir, según el principio de placer. Ya en la «Traumdeutung» de Freud, hallamos un pasaje que explica así la transformación de un proceso primario en proceso secundario. Freud dice que el bebé hambriento intenta en primer lugar procurarse la satisfacción de un modo alucinatorio y sólo cuando fracasa esta tentativa reconoce el desagrado en cuanto tal y lo expresa mediante las manifestaciones que entrañan la satisfacción real. Vemos aquí por vez primera un factor cuantitativo determinar aparentemente el modo de reacción psíquica. Si el reconocimiento del entorno hostil representa un desagrado, su no reconocimiento comporta generalmente otro mayor; lo menos desagradable se hace, pues, relativamente placentero y puede ser afirmado como tal. Sólo si tomamos en consideración la compensación y la evitación de un desagrado mayor aún, podremos comprender en general la posibilidad de una afirmación del desagrado sin vernos obligados a renunciar a concebir la búsqueda del placer como la tendencia fundamental de todo el psiquismo. Sin embargo, postulamos simultáneamente la intervención de un nuevo instrumento en el mecanismo psíquico, una especie de máquina de calcular cuya existencia nos confronta a nuevos enigmas, que posiblemente son más difíciles de resolver todavía.

Volveremos sobre el problema de la matemática psíquica; pero antes hemos de considerar los contenidos psíquicos que permiten al niño realizar el reconocimiento de la realidad. Cuando Freud nos dice que el ser humano, de forma permanente o a intervalos regulares, «explora», «excava» con atención su entorno, «saborea» pequeñas porciones, toma claramente como prototipo de todo trabajo de pensamiento ulterior la manera de actuar del bebé que siente la ausencia del seno materno y lo busca. Una trayectoria similar es la que me ha conducido en mi ensayo de bioanálisis8 a formular la hipótesis de que oler o aspirar el entorno son actos que ofrecen un parecido aún mayor con el de pensar, porque permiten efectivamente obtener porciones aún más pequeñas y más precisas. La incorporación oral sólo se efectúa si es favorable el resultado de la prueba. Existe, pues, una diferencia intelectual muy importante entre un niño que se lleva todas las cosas a la boca sin distinción y otro que se interesa únicamente por aquellas cuyo olor le resulta agradable.



Pero detengámonos en el ejemplo del niño que desea mamar. Supongamos que hasta entonces ha sido satisfecho en el momento oportuno y que por vez primera sufre el desagrado del hambre y de la sed. ¿Qué le va a ocurrir? Hasta entonces, amparado en su narcisismo primario, sólo se conocía a sí mismo, no sabía nada de la existencia de las cosas extrañas, es decir, de su madre, y en consecuencia no podía tener ningún sentimiento respecto a ella, ni bueno ni malo. Puede ocurrir que en relación con la destrucción fisiológica provocada por la ausencia de alimento en los tejidos del organismo, se produzca una especie de desintricación impulsiva en la vida psíquica, que se manifieste en primer lugar por una descarga motriz incoordinada y por gritos, modo de expresión comparable a las manifestaciones de cólera en el adulto. Cuando el niño recupera el seno materno, tras haber esperado durante mucho tiempo y haber gritado, éste no le causa el efecto de algo indiferente que se tiene siempre a su disposición cuando se necesita y cuya existencia no es preciso reconocer por consiguiente; se convierte en un objeto de amor y odio; de odio porque se ha visto obligado a pasarse sin él durante cierto tiempo, de amor porque tras esta privación le ha procurado una satisfacción aún mayor; pero en cualquier caso se convierte en materia de una representación de objeto, que aún es muy vaga. Este ejemplo ilustra perfectamente a mi parecer dos importantes frases del artículo de Freud sobre la «Denegación». «El objetivo primero y más inmediato de la prueba de realidad no es hallar en la realidad un objeto correspondiente al que ha sido representado, sino recuperarlo y convencerse de que existe siempre». Y además: “Para que tenga lugar la prueba de realidad, es preciso que los objetos que anteriormente habían procurado una satisfacción real hayan sido perdidos9.” Podría añadirse tan sólo que la ambivalencia de lo que acabamos de hablar, es decir, la desintricación impulsiva, es absolutamente necesaria para que aparezca una percepción de objeto. Las cosas que nos gustan, es decir, que satisfacen constantemente todas nuestras necesidades, no las conocemos en cuanto tales sino que las intuimos simplemente en nuestro Yo subjetivo; las cosas que nos son y siempre nos han sido hostiles las rechazamos simplemente; en cuanto a las cosas que no se hallan incondicionalmente a nuestra disposición, las que amamos porque nos procuran satisfacción y detestamos porque no nos obedecen absolutamente, creamos para ellas situaciones particulares en nuestra vida psíquica, huellas mnésicas a las que se vincula un carácter de objetividad, y nos alegramos cuando las volvemos a hallar en la realidad, dicho de otro modo, cuando podemos amarlas de nuevo. Y cuando amamos un objeto y no conseguimos rechazarlo suficientemente para poderlo negar de forma duradera, el reconocimiento de su existencia prueba que en realidad quisiéramos amarlo, y que sólo la «malicia del objeto» nos lo impide. El salvaje se muestra, pues, perfectamente consecuente cuando, tras haber matado a su enemigo, le testimonia el mayor amor y respeto. Demuestra simplemente así que hubiera preferido la paz, que deseaba vivir en armonía perfecta con el entorno, pero que le ha sido imposible por la existencia de un «objeto dañino». La aparición de este obstáculo ha supuesto una desintricación de sus impulsos bajo la fuerza del componente agresivo y destructor; tras la satisfacción procurada por la venganza, el otro componente impulsivo, el amor, busca también su satisfacción. Ocurre como si las dos especies de impulsos se neutralizaran mutuamente cuando el Yo se halla en estado de reposo, de la misma forma que la electricidad negativa y positiva en un cuerpo eléctrico inerte, como si en ambos casos fueran necesarias influencias externas especiales para separar los dos tipos de corrientes y volverlas nuevamente activas. La aparición de la ambivalencia sería, pues, una especie de medida defensiva, una aptitud general para la resistencia activa que representaría, igual que el fenómeno psíquico que la acompaña, el reconocimiento del mundo objetivo y uno de los medios de dominarlo.

Señalemos, sin embargo, que aunque la ambivalencia indica un reconocimiento de la existencia de las cosas, no conseguimos a través de ella lo que se llama la visión objetiva; por el contrario, las cosas se van convirtiendo en objeto de un odio o de un amor apasionados. Para llegar a la objetividad, es preciso que los impulsos liberados sean inhibidos, es decir, que se unan de nuevo entre ellos, o sea, que debe producirse una nueva implicación impulsiva en cuanto se ha realizado el reconocimiento. Aquí puede radicar también el proceso psíquico que garantiza la inhibición y la acomodación de la acción hasta que la realidad exterior y la «realidad de pensamiento» se hacen idénticas; la capacidad de juzgar y actuar objetivamente es en esencia una capacidad de las tendencias de odio y amor al neutralizarse mutuamente, constatación que tiene todas las apariencias de ser un lugar común. Pensamos, sin embargo, que puede considerarse seriamente el lazo mutuo que une las fuerzas de atracción y de repulsión como un proceso psico-energético que opera en toda formación de compromiso y en toda visión objetiva; habría, pues, que reemplazar la máxima sine ira et studio y decir que una visión objetiva de las cosas exige dar libre curso a una cantidad igual de ira y de studium.

Existen diferentes grados en el desarrollo de la capacidad de objetividad. En mi ensayo sobre el desarrollo del sentido de realidad he descrito el abandono gradual de la omnipotencia personal, su transferencia sobre otros poderes superiores (nodriza, padres, dioses), y he denominado este proceso el período de la omnipotencia con ayuda de gestos y palabras mágicos; después he supuesto que este último estadío, del que se extrae la conclusión de la experiencia dolorosa, correspondía al abandono definitivo de la omnipotencia, a una especie de estadío científico del reconocimiento del mundo. Recurriendo a la terminología psicoanalítica, he designado la primera fase, en la que únicamente existe el Yo y en la que éste se apropia de todo el conjunto de la experiencia, como el período de introyección; la segunda fase, en la que la omnipotencia se atribuye a poderes externos, como el período de proyección; en cuanto al último estadío del desarrollo, he llegado a concebirlo como aquel en el que los dos mecanismos se utilizan a partes iguales y se compensan mutuamente. Esta tendencia corresponde aproximadamente a la representación del desarrollo de la humanidad esbozada por Freud en Tótem y tabú: fase mágica, fase religiosa, fase científica. Más tarde, cuando he intentado una aproximación crítica al modo de producción actual de la ciencia10 he llegado a suponer que la ciencia, si verdaderamente quiere permanecer objetiva, debe trabajar alternativamente como psicología pura y como ciencia pura, que necesita confirmar la experiencia tanto interna como externa a través de dos puntos de vista, lo cual implica una ondulación entre proyección e introyección. Esto es lo que he llamado el Utraquismo de toda empresa científica verdadera. En filosofía, el solipsismo ultraidealista representa el retorno a un partidismo egocéntrico; en cuanto a la concepción psicofóbica puramente materialista, corresponde a las exageraciones de la fase de introyección; por el contrario, el dualismo sostenido por Freud responde plenamente a la exigencia utraquística.

Podemos esperar que el descubrimiento de Freud, la denegación concebida como etapa intermedia entre la negación y el reconocimiento del desagrado, permitirá comprender mejor estos estadíos evolutivos así como su sucesión. y al mismo tiempo ayudará a simplificar su visión de conjunto. El primer paso doloroso hacia el reconocimiento del mundo exterior consiste precisamente en darse cuenta de que una parte de las «cosas buenas» no pertenece al Yo y es preciso distinguirla en cuanto «mundo exterior» (seno materno). El ser humano debe aprender casi al mismo tiempo que puede producirse incluso en su interior, o sea, por decirlo así, en el propio Yo, algo desagradable, es decir, algo malo, de lo que es imposible desembarazarse mediante la alucinación o mediante cualquier otro sistema. Se da otro paso adelante cuando uno se hace capaz de soportar una privación total impuesta desde el exterior, es decir, cuando se reconoce que existen cosas a las que hay que renunciar definitivamente; como proceso paralelo hallamos el reconocimiento de los deseos rechazados asociados a la renuncia a su realización. Al exigir este reconocimiento, según sabemos ahora, una parte de Eros, o sea, de amor, lo que es inconcebible sin introyección, es decir, sin identificación, nos vemos obligados a afirmar que el reconocimiento del mundo exterior corresponde de hecho a una realización parcial del imperativo cristiano: «Amad a vuestros enemigos». Pero la resistencia encontrada por la doctrina psicoanalítica de los impulsos muestra que la reconciliación con el enemigo interior es para el hombre la labor más difícil de realizar.

Si pretendemos relacionar nuestros recientes hallazgos y el sistema tópico de la metapsicología freudiana, podemos suponer que en la época del solipsismo absoluto únicamente funciona un sistema Percepción-Consciencia, es decir, una superficie de percepción del psiquismo; el estadío de la denegación coincidiría con la formación de los estratos inconscientes rechazados (Ics.); en cuanto al reconocimiento consciente del mundo exterior, existe además ese superbloqueo para el que únicamente nos capacita la instauración de un nuevo sistema psíquico, el preconsciente (Pcs.), que viene a intercalarse entre el Ics. y el Cs. Según la ley fundamental de la biogénesis, el desarrollo psíquico del individuo repite también la psicogénesis de la especie; se hallará, pues, la solución que acabamos de describir en la evolución progresiva de los sistemas psíquicos de los diferentes organismos.

En efecto, el desarrollo orgánico presenta prototipos de la adaptación progresiva del ser vivo a la realidad del mundo exterior. Algunos organismos primitivos parecen haberse detenido en el estadío narcisista; esperan pasivamente la satisfacción de sus necesidades y, si se les rehúsa de modo constante, mueren; están tan próximos al punto de emergencia fuera de lo inorgánico que su impulso de destrucción tiene que recorrer menos camino para volver a él y se muestra en consecuencia mucho más eficaz. En un estadío más evolucionado, el organismo es capaz de rechazar las partes de si mismo que le ocasionan desagrado salvando de esta forma su vida (autonomía); esta especie de «secuestro» me ha parecido hace tiempo ya como el prototipo fisiológico del proceso de rechazo. Hay que esperar otra etapa del desarrollo para ver aparecer la facultad de adaptación a la realidad, especie de reconocimiento orgánico del mundo exterior que se manifiesta en el modo de vida de los seres que viven en simbiosis, pero también en todo acto de adaptación. Mi concepción “bioanalítica” permite distinguir los procesos primarios y los secundarios incluso a nivel orgánico, o sea. los procesos que en el terreno psíquico consideramos como grados del desarrollo intelectual. Esto implica que lo orgánico posee también más o menos una especie de calculadora que no se limita a registrar la calidades de placer y de disgusto, sino que tiene en cuenta también las cantidades. En cualquier caso, la adaptación orgánica está caracterizada por una cierta rigidez, y en los procesos reflejos manifiesta que aunque se haya adaptado no son, sin embargo, inmutables, mientras que la capacidad de adaptación psíquica comporta una disposición permanente a reconocer nuevas realidades y la capacidad de inhibir la acción hasta el término del acto de pensar. Groddeck tiene, pues, razón considerar el Ello orgánico como inteligente, pero se muestra parcial al descuidar la diferencia de grado entre la inteligencia del Yo y la del Ello.

Podría aún añadirse que tenemos ocasión de ver el trabajo de la generación (autonomía) y de la adaptación a la obra en la propia patología orgánica. Yo he intentado explicar determinados procesos de curación orgánica (heridas, etc.) por un aflujo de libido (Eros) sobre la parte afectada11.

Pero es inútil ocultar que todas estas consideraciones no proporcionan todavía una explicación satisfactoria al hecho de que en la adaptación al entorno real, sea orgánico o psíquico, determinadas partes del mundo exterior hostil se incluyen en el Yo con ayuda del Eros, mientras que por otra parte se renuncia a fragmentos amados del Yo. Para salir del paso, puede recurrirse una explicación psicologizante y sostener que incluso la renuncia real a un placer y la aceptación de un desagrado son siempre «provisionales», como si se tratara de una obediencia a la fuerza con la reserva mental de una restitutio in integrum. Esta explicación puede convenir a muchos casos; basta con invocar, a este respecto, la capacidad virtual y reactiva en determinadas circunstancias de retornar a comportamientos superados desde hace tiempo e incluso arcaicos. La adaptación que se constata sólo sería una actitud de espera y de esperanza indefinidas hasta el retorno del «buen tiempo pasado». actitud que sólo presenta un diferencia de grado en relación al comportamiento de los rotíferos, capaces de desecarse durante años mientras aguardan la humedad. Pero no olvidemos que puede haber también una pérdida real e irreparable de órganos o de fragmentos orgánicos, y en el terreno psíquico encontramos también una renuncia aparentemente total y sin compensación. Dado que es imposible evadirse con este tipo de explicación optimista, hay que recurrir a la teoría de los impulsos según Freud y constatar que en determinados casos el impulso de destrucción se vuelve contra la propia persona e incluso la tendencia a la autodestrucción, a la muerte, es el impulso más primitivo, y que sólo en el transcurso del desarrollo se dirige hacia el exterior. Una tal modificación «masoquista» de la dirección de la agresión desempeña sin duda un papel en todo acto de adaptación. Yo he señalado más arriba que la renuncia a fragmentos amados del Yo y la introyección de lo que es extraño constituían procesos paralelos, o sea, que no podemos amar (reconocer) los objetos más que a costa de nuestro narcisismo; nueva ilustración del hecho psicoanalítico bien conocido de que todo amor de objeto se forma a expensas del narcisismo.

Sin embargo, lo más llamativo en esta autodestrucción es el hecho de que aquí (en la adaptación, el reconocimiento del mundo circundante, la formulación de un juicio objetivo) la destrucción se convierte verdaderamente en la «causa del devenir»12. Se tolera una destrucción parcial del Yo, pero sólo con el objeto de construir, a partir de lo que resta, un Yo capaz de una resistencia aún mayor (exactamente como en las tentativas ingeniosas de Jacques Loeb para obtener el desarrollo de huevos estériles mediante agentes químicos, o sea, sin fecundación; los productos químicos destruyen y desorganizan las capas externas del huevo, pero a partir de los residuos se constituye un envoltorio protector que más tarde impide cualquier atentado), mientras que el Eros liberado con ocasión de la desintricación impulsiva transforma la destrucción en un devenir, en un desarrollo continuo de las partes que han quedado indemnes. Es sin duda muy aventurado por mi parte trasponer directamente las analogías orgánicas al ámbito psíquico. Mi excusa consiste en hacerlo a sabiendas limitándome a lo que se llama las «cuestiones últimas», ámbito en el que, como he expuesto anteriormente, los juicios analíticos no nos sirven de ayuda y necesitamos recurrir a analogías tomadas de otros terrenos para poder formular un juicio sintético. Igual que cualquier psicología, el psicoanálisis tropieza forzosamente con la roca de lo orgánico cuando sondea las profundidades. Llegaré a considerar las huellas mnésicas como cicatrices de impresiones traumáticas; producto de la destrucción que el Eros, infatigable, se decide sin embargo a emplear en su provecho, es decir, para preservar la vida: hace de ello un nuevo sistema psíquico que permite al Yo orientarse mejor sin su contorno y elaborar juicios más sólidos. En realidad, sólo el impulso de destrucción «desea el mal» y es el Eros quien «saca el bien».

He señalado al principio y luego en varias ocasiones la existencia de una calculadora que supongo constituye un órgano auxiliar del sentido de realidad. Aunque esta hipótesis procede de otro campo en el que me ayuda a explicar la existencia del sentido científico en el ámbito de las matemáticas y de la lógica, quisiera exponerla brevemente aquí. El doble sentido de la palabra «calcular» me proporcionará un buen punto de partida. Cuando se abandona la tendencia a descartar el mundo circundante por el rechazo y la denegación, se comienza a calcular con él, dicho de otro modo, a reconocerlo como un hecho; considero como otro paso en el arte de calcular el desarrollo de la capacidad de elegir entre los objetos susceptibles de provocar un desagrado más o menos importante, o de elegir entre dos conductas que van a suponer un disgusto mayor o menor. Todo el proceso de pensamiento podría consistir en este trabajo de cálculo. en gran parte inconsciente, que viene a insertarse entre la sensibilidad y la motilidad y cuyo resultado, como en las modernas calculadoras, es el único que accede a la conciencia, mientras que las huellas mnésicas que han servido para efectuar el trabajo propiamente dicho permanecen ocultas o inconscientes. Es difícil imaginar que el acto de pensamiento más simple reposa sobre un número infinito de operaciones matemáticas inconscientes donde intervienen probablemente todas las simplificaciones de la aritmética (álgebra, cálculo diferencial) y su pensamiento por símbolos verbales sólo representa una simplificación superior de este complejo cálculo. Estoy convencido de que para las matemáticas o la lógica el éxito depende de la presencia o de la ausencia de la aptitud para tomar conciencia de esta actividad de cálculo y de pensamiento, actividad que desarrollan también aunque de modo inconsciente quienes parecen carecer totalmente de dotes para las matemáticas y la lógica. Una introversión de este tipo podría hallarse al origen del sentido musical (autopercepción de las emociones, lirismo13) y del interés científico por la psicología.

La aptitud mayor o menor de un individuo para juzgar «correctamente», es decir. para poder calcular el futuro con anticipación, podría depender del grado de desarrollo alcanzado por la máquina de calcular. Los elementos fundamentales que sirven para efectuar estos cálculos son los recuerdos, que representan una suma de impresiones sensibles, es decir, las reacciones psíquicas a estímulos variados de diversa intensidad. La matemática psíquica sólo prolongará de este modo la matemática orgánica.

Como Freud ha indicado, el punto esencial en el desarrollo del sentido de la realidad es la inserción de un mecanismo de inhibición en el aparato psíquico; en cuanto a la denegación, no es más que una última tentativa desesperada del principio de placer por detener la marcha hacia el reconocimiento de la realidad. La formación final de un juicio, resultado del trabajo de cálculo cuya hipótesis hemos establecido aquí, representa una descarga interna, una reorganización de nuestra actitud afectiva hacia las cosas y su representación, cuyo sentido muestra el camino a la acción que va a seguir de inmediato o después. El reconocimiento del mundo exterior, es decir, la afirmación del desagrado, sólo es posible tras haber abandonado la defensa contra los objetos que originan desagrado y su denegación, y tras haber transformado en impulsos internos las excitaciones que provienen de estos objetos incorporándolas al Yo. La fuerza que realiza este cambio es el Eros liberado por la desintricación impulsiva.



1 “El niño distingue de su Yo determinadas cosas maliciosas que no obedecen a su voluntad y las estima como parte del mundo exterior, es decir, los contenidos psíquicos subjetivos (sentimientos) de quienes son objetivados (las tentaciones)”. En “Introyección y Transferencia”.

2 “El desarrollo del sentido de realidad y sus estadíos”.

3 Psicología de las masas y análisis del yo (1921) El Yo y el Ello (1923).

4 Más allá del principio del placer.(1920).

5 “El desarrollo del sentido de realidad y sus estadíos”.

6 “El psicoanálisis de las perturbaciones psíquicas de la parálisis”.

7 V. Tausk, “Entwertung des Verdrängungsmotivs durch Rekompense”.

8 “Thalassa”.

9 En mi “Teoría de la genitalidad” atribuyo el sentimiento de satisfacción a una recuperación y a un reconocimiento del mismo orden, un sentimiento de alcanzar la realidad erótica.

10 Introducción a la “Teoría de la genitalidad”.

11 Histeria y patoneurosis.

12 S. Spielrein, “Die Destruction als Ursache des Werdens” (La destrucción como causa del devenir) (1912).

13 Pfeifer: “Musikpsychologische Probleme”.



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