Balas de Carmín (Spanish Edition)



Descargar 1.23 Mb.
Página1/6
Fecha de conversión20.09.2018
Tamaño1.23 Mb.
  1   2   3   4   5   6


ALFREDO GARCÍA FRANCÉS

BALAS DE CARMÍN



BALAS DE CARMÍN
Alfredo García Francés
Copyright © 2012 Alfredo García Francés

Reservados todos los derechos. De acuerdo con la legislatura vigente pueden ser castigados quienes sin la preceptiva autorización del autor reprodujeran, o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte. Ninguna de las partes de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio, sea electrónico, químico,

mecánico, magneto-óptico, grabación, fotocopia o cualquier otro, sin previa autorización escrita. Todos los personajes son producto de la imaginación del autor.
ISBN 978-84-96-647-20-6
Diseño de cubierta: Fernanda Fernández-Bogotá
"Un beso es siempre casto, la palabra que lo describe es siempre impúdica."

Sándor Márai. La amante de Bolzano.


"Estar sólo es cargar eternamente el doloroso recuerdo de quién ha fallecido."

Alfredo Bryce echenique. Entre la soledad y el amor.


"Mi interior está tranquilo, gracias a Dios, me acostumbro al golpe terrible."

Stendhal. Rojo y Negro.



ÍNDICE
Primera Parte: Colombia
Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capitulo 4 Capítulo 5 Capitulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13
Segunda Parte: Panamá-Miami
Capítulo 14 Capítulo 15 Capitulo 16 Capitulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capitulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capitulo 25 Capítulo 26
Tercera Parte: Madrid
Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33

Capítulo 34 Capítulo 35 Capítulo 36 Capitulo 37
Primera Parte Colombia

Capítulo 1


El paso del tiempo ha hecho que los recuerdos se difuminen, de igual manera que se desvanece la sierra bajo la espesa neblina grisácea que la sepulta.


Mientras aguardo intento recordar y, en lo más hondo de mi alma, rebobino la verdadera película de mi vida. Según parece, igual les ocurre a quienes se encuentran en trance de muerte.
Me llamo Melania Bejarano, aunque todos me llaman Lany, tengo 23 años y me secuestraron al salir de la Universidad de los Andes en Bogotá, un día igual a todos, en el que nada hacía suponer que iba a comenzar el terrible infierno que estoy viviendo.
Llevo casi dos años secuestrada en estos montes y de Lany la despreocupada muchacha raptada y vendida por una banda de delincuencia común a los guerrilleros de las FARC, desdichadamente para mí, ya apenas queda nada.
Está casi amaneciendo, la humedad, el frío y el miedo me hacen tiritar y me estremezco rechinando mis dientes; no he dormido un minuto en toda la noche pensando si voy a estar a la altura de lo que me toca vivir. En el campo flota un olor a tierra mojada, al café que prepara el ranchero, a la madera quemada de las fogatas y al aceite que impregna el revólver Colt Anaconda de 8 pulgadas que sostengo en las manos; muy pronto, a la hora de la verdad, vendrá un hijueputa que introducirá en el barrilete una bala calibre 44 Mágnum.
Los dos kilos y medio que pesa esta arma tiran de mis manos hacia el suelo con más fuerza que una tractomula. Sólo sus rugosas cachas de goma antideslizante impiden que resbale de mis entumecidos dedos hasta el suelo. Mi torturador ha elegido esta arma porque sabe que su peso y la exagerada longitud de su cañón hace imposible que, por sorpresa, la pueda voltear para hacerle tragar un tiro; así que este armatoste estúpido sólo sirve para lo que tengo que hacer, disparar una bala, mientras el propietario del arma permanece seguro a mis espaldas.
Un negro muy joven con uniforme de la guerrilla, sin hablar y con los ojos bajos, pone en mis manos una taza metálica de tinto; sostengo el revólver entre las rodillas y alcanzo a darle un sorbo antes de que con una manotada, el comandante Molina, envíe el pocillo a volar por los aires. Mientras empuño el arma de nuevo me queda en la boca el sabor abrasador del café con ron y un regusto a metal que hace tiempo identifico con el odio.
Nunca antes odié pero no voy a parar hasta rellenarle el cuerpo de bala a Rubén Molina. Y él, que lo sabe, se cuida aunque, por maldad, no puede detenerse y necesita seguir jodiéndome.
Uno de los muchachos sale de una choza jalando de un hombre atado al que otro camuflado aviva

hundiéndole la punta de su AK-47 en los riñones; el tipo, va de civil, sucio y roto y con las manos llagadas atadas con alambre de púas.


—¡Hágale, hágale! ¡Muévase, muévase! —grita el camuflado—, ¡camine...! Venga acá, venga acá...
Prácticamente lo arrastran de la soga mientras el tipo sin zapatos sólo mira donde poner los pies sin lastimarse; el compa que lo jala lo deja caer sentado sobre sus talones, de espaldas a nosotros.
—No me maten.... —murmura el hombre casi sin voz—, ¡por favor, no me maten! —Nadie lo va a matar—intenta calmarlo el guerrillero.

El hombre, del miedo tan tenaz que tiene, comienza a gemir cuando ve que el muchacho se hace a un lado con prudencia.

—¿Quién dijo que no lo matamos? —ríe Molina dirigiéndose a los guerrilleros concentrados para ver el espectáculo—. ¡Hoy toca barrer y barremos! Lo dicen las órdenes del secretariado de las FARC, ¡este man perdió el año! Y hoy nos deja...

—Por Dios, ¡no me maten! —solloza el preso esperando lo rafagueen en cualquier momento—. Por favor, ¡no me hagan daño, muchachos... !

—Quihubo, doctor Bejarano, ¿cómo vamos de ánimo...? —me acerca Molina al preso empujándome por la espalda—. ¡Aquí, le traigo una sorpresita para endulzarle la partida! Bueno, mona, aliste el arma...

—¿Una muchacha...? —exclama el civil ahora con voz orgullosa—. ¿Es que en las FARC no hay hombres con güevas...? ¿Tienen que traer una vieja para matarme...? ¡Pues pilas, muchacha, si la obligan a bajarme, por Dios, hágalo ya...! Usted sabe, si me van a matar... ¡acabemos!

—¡Hágale! —alienta Molina metiendo la bala en el tambor del arma—. No pierdan más tiempo... ¡Píquelo, Lany... !

—¡Por Dios Bendito! —se agita tembloroso el condenado—. ¡No puede ser... !

—Me temo que si, Bejaranito —ríe Molina—. ¡A usted, Doctor, lo va a bajar su propia hijita... ! ¡No se me voltié, hombre...! Que aquí la mona se me impresiona, ¡no se lo ponga tan p'arriba...!

—¿Lany...? —hundió los hombros el doctor Bejarano— . ¿Eres tú, nena...?

—Si, papá, soy yo... —avancé dos pasos hacia él levantando el arma—. Hasta que me encontraste...

—¡Lany, perdóname! —gimió destrozado mi padre—. Yo hice lo que pude para encontrarla... Pero, ¡hágale, mijita, a lo que vinimos...! Debe hacerlo si la obligan... usted es inteligente, ¡tiene que seguir adelante, siempre adelante! ¡Máteme, sálvese y rece por mí... !

—¿Que cree que he estado haciendo desde que supe esto? —respondí pasito—. Todos nacemos para morir, papá... Es su vida o la mía y usted, como Judas, ya me negó tres veces. ¡Hace dos años que me mató negándose a pagar mi rescate! Por favor, ¡la bendición, papá!

—¡Perdóname si puedes, perdóname, hija mía! —se irguió mi padre—. Que Dios la bendiga, nena...


Ahí, en ese momento, se me enfrió la sangre para siempre; me di cuenta de que si vivía tras matarlo, nunca más sería yo misma. Aun así, sujeté el revólver con ambas manos, apunté a su nuca y suavemente tiré del gatillo. Después del estruendo del tiro y el brutal retroceso que casi me arranca el arma me estremecí. Será la humedad, pensé, sintiendo arder el metal del arma.

Yo, hoy lo entiendo, fui peligrosa siempre. Peligrosa para mí porque era imposible obviar los antecedentes familiares que impulsaban a la autodestrucción y al suicidio a mis más próximos allegados. Pero, sobre todo, desde niña era peligrosa para aquellos a los que yo catalogaba como enemigos. Por supuesto, después de que me negara, tantas o más veces que San Pedro a Jesucristo, me fue fácil eliminar a mi papá de mi lista de amigos. Así, cuando tuve que elegir entre su vida y la mía, dar el siguiente paso no fue dificultoso. La opción era evidente y lo maté.


A lo mío lo llaman reacción sicótica maníaca esquizoafectiva. Días después pensé mucho en Edipo, propietario del copyright del más famoso complejo mundial; incluso adapté una versión del mismo a mi sexualidad ya que, si Edipo mató a su padre y se acostó con su madre, yo, lesbiana, al matar a mi papá, no sería más que una Edipa, deseosa de tirar con mamá. Mentiras de los putos loqueros que cada uno opina una cosa diferente. Simplemente ya no quería a mi padre, me vi en la necesidad, tuve que elegir y salvé mi culo.
Mi papá quedó meado, sin media cabeza y con un revoltijo de sesos, sangre y huesos desperdigados delante de él. Mientras contemplaba la escena, oí la risa de Molina y, dejando caer el arma, me acerqué, lo miré a los ojos sonriendo y me alejé despacio.

Capítulo 2


Nací en Bogotá y durante mi infancia fui la niña consentida de papá y mamá. En ese tiempo, aún teníamos una posición cómoda, una casa bonita en Chapinero y éramos una familia unida y feliz. Mi infancia fue alegre, la de una niña querida, aunque, pronto aparecieron las primeras nubes negras en el cielo.


Mi bisabuelo fue un malagueño que, orgulloso como hidalgo pobre, repetía a quién le preguntara por sus orígenes que, él, venía de Antequera, el cruce de caminos en el corazón de Andalucía.
Según las leyendas familiares, a los niños nos contaban que el pobre bisabuelo, pese a vivir cerca, nunca vio el mar por ser Antequera ciudad interior, apartada de la costa por la sierra del Torcal; así, cuando su desaprensivo socio lo arruinó, por primera vez se acercó a las playas y, sin que se sepa por qué, eligió América para rehacer su vida.
Me gusta pensar que llegó pobre y humillado a Bolivia huyendo de la vergüenza y para cuidar allí su dignidad herida; el porqué eligió la cordillera de los Andes también era un misterio que nadie en la familia supo desvelar. De niña me contaron que se aposentó en La Paz pero la dureza del clima y la enorme altitud de la ciudad lo incomodaban mucho; pronto metió de nuevo sus pocas cosas en un baúl y abandonó La Paz para, un 6 de Agosto, día de la Independencia de Bolivia, llegar a Santa Cruz de la Sierra entonces una mera aldea que vivía un eterno verano el año entero.
Decía la tradición familiar que buscaba en aquella ciudad y en las enormes extensiones de selva, manigua y praderas que la rodeaban, un clima más parecido al de su querida Andalucía; supimos que allí se casó con la bella hija de unos ricos hacendados a la que, enamorada hasta la médula del español, no le importó que mi bisabuelo, maletín en mano, ganara su vida intentando vender por las calles enlodadas artículos de tocador, jabones y cremas para las manos. Ella debía tener 17 años y él cerca de 38, se amaban con locura y mi bisabuelo, por pasión, acabó de criarla y malcriarla tras casarse con ella a las tres semanas de conocerla.
Mi joven bisabuela pasó de un hogar repleto de sirvientes, donde cada una de las hermanas tenía su propia niñera, a ser una modestísima ama de casa en dos destartaladas habitaciones de alquiler; sin embargo, no perdió y llegó a inculcarle a su marido el amor por la poesía, la música clásica y la lectura, sin dejarse influir por su familia de la que orgullosos siempre rechazaron ayuda alguna. Un fonógrafo y sus discos fue el único regalo de bodas que aceptó la joven desposada.
Sus papás nunca perdonaron al hambriento español, ladrón de una hija a la que mantenía en la miseria y que tenían destinada para esposa de otro hacendado español viejo amigo de la casa.
Pasó algún tiempo y, sin dejar de preparar nunca el almuerzo de su marido en un brasero de

carbón, entre melodías de Chopin y Mozart, la penuria y la presión de su familia de oligarcas les hizo emigrar.


Tampoco se supo jamás qué los llevó a Colombia, despreciando la riqueza de unos padres desesperados que, antes de perderla, intentaron varias veces matar a mi bisabuelo; en Colombia, más enamorados que nunca, la dulce niña que era ella y el enamorado andaluz, establecieron casa en Bogotá tras descartar, sin que supiéramos porqué, hacerlo en Cartagena de Indias.
De niños, cuando mis padres querían darnos ejemplo de austeridad, nos contaban como, entonces, por la escasez de recursos que sufrían, mi bisabuela con azúcar quemado, uvas pasas y alcohol rebajadísimo en agua, preparaba a su esposo un bebedizo que en algo le recordara los vinos de Andalucía. Y mi bisabuelo, Don José Bejarano, por cautivarla, le decía que ni los más ricos olorosos, finos, ni el Moscatel ni el Pedro Ximénez, ni ningún otro vino generoso de España teníar tan delicioso sabor como el que ella preparaba.
Siguió vendiendo sus productos de tocador y, no tardando mucho, dejó de hacerlo por la calle y alquiló un local con vivienda encima. Debió ser la primera pueblerina perfumería de Bogotá y, de aquellos días, nos contaron a los niños como los bisabuelos fabricaban en la tina del baño un enjuague bucal de mucha aceptación en la ciudad. Tal éxito tuvo el producto llamado Yecorincol que, durante años, mi bisabuelo Don José Bejarano viajó por todos los rincones colombianos vendiendo su preparado estrella; con el tiempo, venida la prosperidad, sería su hijo Alfredo el que llevaría la venta de ese elixir a lomos de mula, en ferrocarril o caminando. Incluso, continuó haciéndolo, cuando entró en la Academia Militar donde se forjó como hombre de armas.
Para entonces, la tienda de Bogotá era ya un floreciente comercio y una legión de proveedores patoneaban Colombia vendiendo el remedio bucal Yecorincol y haciendo aumentar la prosperidad de mis ya entonces ancianos bisabuelos; mientras, mi abuelo, finalizado el curso se presentaba con sus calificaciones ante el bisabuelo a recibir, inevitablemente, las órdenes para sus vacaciones.
—Bien, mijo, no hizo usted más de lo que debía —lo miraba cálidamente con aquellos ojos de miel y uva que yo heredé muchos años después—. Hijito, la vida no es un lecho de rosas, hay que afanarse muy duro para vivir decorosamente y yo persigo que usted no lo olvide nunca. Así, pues Alfredito, ayude a sus papás, ¡coja su maleta y, durante sus vacaciones, viaje Yecorincol sobre vagón!
Esa frase se repitió todos los veranos, año tras año, de manera que para siempre quedó entre los dichos familiares, y, a través de generaciones, la seguimos empleando cuando queremos quitarnos a alguien de encima.
—Por favor —decimos desdeñosamente los Bejarano ante el asombro del interpelado—, ¡viaje usted Yecorincol sobre vagón!
Mi abuelo Alfredo, único varón entre dos niñas de las que una falleció al nacer, heredó de su mamá el amor por la lectura, la música y la belleza, cosa chocante en su ambiente de militares rudos y más aficionados al trago y el puterío que a lánguidos sonetos y nocturnos de Chopin.

Con el tiempo, los prósperos negocios quedarían en manos de Doña Isabelita, mi tía-abuela, que, solterona y sin nada mejor que hacer, los acrecentó vertiginosamente al invertir con acierto una importante herencia recibida de nuestra familia boliviana; pues, hacía mucho tiempo, que sus papás renunciaron a desheredar a mi bisabuela, aquella hija rebelde matrimoniada con un pobretón español. Estamos orgullosos de ser blanquitos, de buena estirpe española y acaudalados, decían siempre nuestros familiares bolivianos. Según comentaba mi abuelo Alfredo, los suegros del bisabuelo, eran de un extremo racismo con la indiada.


Siendo mi abuelo Don Alfredo Bejarano distinguido cadete en los ambientes de la alta sociedad bogotana, conoció a una joven española, granadina, recién llegada a América con su viudo padre, embajador de España en Colombia. Esa fue Doña Amalia, mi abuela, la que amplió el mestizaje familiar con un inestimable chorro de sangre azul. Referente a lo rancio de sus blasones, entre mi familia, circulaba la historia de cuando en su luna de miel por Europa mis abuelos visitaron Granada; ella misma nos narró mil veces la cara de asombro que puso mi abuelo, el militar, cuando tras la misa mayor en la Catedral, ella lo arrastró a rezar un rosario ante la tumba de los Reyes Católicos.
Fascinación que aumentó cuando, sin inmutarse, mi abuelita le explicó que era vieja costumbre familiar rezar ante la sepultura de sus reales antepasados difuntos a los que, desde generaciones, campechanamente apellidaban Tita Isabel y Tito Fernando.
El viejo militar era el amable señor de la casa pero, en su vida, hubo un pasado de violencia del que nunca se habló; la abuela, tan cuidadosa en todo lo que afectara a su esposo, contaba vagamente algunos incidentes de su vida militar, tan ligeramente como quién habla de ir de pic-nic. Nos relató que, ya desde muy niño, participó activamente en la Guerra de los Mil Días tomando parte del lado conservador. Que, como todos los colombianos, vivió como un tremendo trauma la separación de Panamá y, en 1928, participó en los choques del ejército contra los trabajadores de la United Fruits de los que, al poco, surgirían los movimientos sindicalistas.
En 1932 su unidad combatió intensamente contra el ejército peruano para recuperar la franja amazónica invadida alcanzando, en esos combates, las más altas distinciones militares que siempre lució con orgullo. Se retiró con la llegada al poder de los liberales aunque, con la nueva entrada en el Gobierno de los conservadores en 1946, volvería temporalmente al ejército durante la barbarie civil que, en ciudades y campos, se conoció como el período de La Violencia. Tras estas luchas salvajes aparecieron las primeras guerrillas y mi abuelito abandonó definitivamente el ejército.
El viejito fue un verdadero caballero, de gustos finos, racista a morir, muy orgulloso de su apellido y de su aristocrática y beata esposa. Ya pensionado del ejército, todos los días a la misma hora, después de la siesta se sentaba en su butaca a leer mientras, rodeada del servicio de la casa, ella rezaba el rosario; eran tan distinguidos que, si el tiempo era desapacible, con licencia del obispo, ¡el cura de la parroquia venía a dar la comunión a mi abuelita!
En aquella casa era imposible no escuchar ópera; se escuchaba en todo el barrio porque mi abuelo la oía con el volumen más alto. Nunca nadie los vio pelearse, ni cuando los más espectaculares escándalos y despilfarros del abuelo, y su amante, eran la comidilla de Bogotá. Nadie lo cree pero

llegó a contratar una compañía de ópera italiana para que viniese a Colombia el día del cumpleaños de la abuela; los italianos dieron dos representaciones con el aforo del teatro comprado en su totalidad por mi abuelo para invitar a sus amigos, compromisos sociales y, en definitiva, la crema y nata de Bogotá.


La primera representación, elegantísima, para mi abuela y los matrimonios amigos fue exquisita en etiqueta y con deliciosas delicatessen traídas desde Paris y servidas en el ambigú durante el entreacto por una legión de uniformados camareros; al día siguiente otra actuación para la amante del abuelo, la señorita Churretes, a la que asistieron los mismos hombres del día anterior pero, esta vez, dejando en casa a las esposas y llenando el teatro con sus queridas, amantes y putas.
Debió ser tal la orgía de trago y tiradera en los palcos que los artistas interrumpieron la representación, aunque, a plomazo limpio, fueron convenientemente persuadidos y debieron seguir cantando durante toda la noche que duró la parranda.
Aunque toda Colombia se enteró por los diarios, nunca riñeron por éste asunto; creo que ellos regañaban discretamente a puertas cerradas. Un día me atreví a preguntar qué obras interpretaron aquellos italianos y la abuela me respondió que, elegidas por ella, para las señoras fue una ópera decente, La flauta mágica de Mozart, y, para las amigas de la señorita Churretes, una de zorras, la Carmen de Bizet.
Luego, pasara lo que pasara, todos los Días de la Madre eran especiales en aquella casa; mi abuelo era extraordinariamente espléndido en sus regalos y nunca dejó de llegar con hermosísimas joyas, flores, perfumes y, lo más dulce, los dátiles que buscaba hasta debajo de la tierra y que, en carísimos transportes, mandaba traer de todas partes del mundo por ser los preferidos de su esposa; esto se repitió todos los Días de la Madre y por supuesto, en cumpleaños, aniversarios, Navidades y cada vez que el abuelo tenía alguna fechoría que hacerse perdonar.
Nunca supimos porque mi abuelita apodaba despectivamente señorita Churretes a la querida del abuelo; los buenos de corazón decían que porque siempre iba excesiva, aunque torpemente maquillada y, los más chismosos, comentaban que la conoció en un barrio indígena muy pobre, peinada de colitas y, tan niña, que aún le colgaban los mocos.
En cualquier caso, todos coincidían en que esa india era de una belleza incomparable; tanta como su codicia que por poco no arruina al abuelo antes de abandonarlo por un afortunado negro brasileño que pasó de andar descalzo a importar de Londres los zapatos hechos a medida y cosidos a mano. La fortuna, dilapidada en los casinos y los más exquisitos hoteles que recorría acompañado de una legión de amigachos, mayordomos y rodeado por las putas más caras de Europa, aún dio para que el abuelo y la abuela, atemperadas las pasiones por la edad, vivieran sobriamente pero juntos y felices los últimos años de sus vidas.
Como mi abuelo, mi papá Don José Luis Bejarano, doctor en Derecho, título académico que consiguió recorriendo las más benévolas Universidades de medio mundo, fue un ejemplo de cómo terminar de derrochar absurdamente los restos de una fortuna tirándola por la ventana.

Intentó licenciarse en España y sólo sacó en limpio perder algunos años en Salamanca y renovar las relaciones con la familia del bisabuelo, en aquellos momentos, repartida entre Granada y Cádiz. Como es de imaginar aquellos serios militares quedaron espantados ante el derroche de mi papá y no quisieron relacionarse excesivamente con tan excéntrico familiar; sin embargo, esto nos sirvió a mí y a mis hermanos para pasar algunos veranos en España con los que llamábamos primos. Y, a mi papá, para adoptar un aire de señorito andaluz que utilizaba con resultados infalibles en sus conquistas bogotanas.


En cuanto mi padre puso la mano en los dólares y acciones que quedaron tras la muerte de mis abuelos y en las pocas tierras que no arañaron la señorita Churretes y el negro de los zapatos ingleses, comenzó una autentica orgía de irracionalidad, porque, si algo caracterizó a mi papá, fue su espíritu de autodestrucción.
Recuerdo que en nuestra casa de Chapinero, entre decenas de sirvientes había, algo absurdo entonces en cualquier mansión de Bogotá, dos cocineros; uno francés y otro vasco, porque mi papá vestía hasta la ropa interior en Europa, sólo comía y bebía lo mejor y se hacía traer el foie de Francia, los discos de canciones napolitanas desde Italia y hasta hubo ocasiones en que, por glotonería, en avión llegaban angulas de una ciudad española llamada Bilbao. Cuando mi mamá le reprochaba rezongando tanto derroche y tanto gasto innecesario, el siempre respondía lo mismo, déjalo, mi amor, sólo es dinero y nos lo merecemos.
Por supuesto él era aún más racista que todos sus ancestros juntos y ese racismo desmesurado, heredado de generación en generación, hizo que, mientras se lo pudo permitir, nunca entrara en su casa mayordomo, administrador o camarero que fuera indígena o negro, salvo los sirvientes de menos rango y los que trabajaban en el campo o cuidando sus caballos. Y, curiosamente, al igual que el abuelo, sólo olvidaban su racismo para las amantes que eligieron entre las indias más puras de Colombia. Los dos coincidieron en preferir para sus amores indias guajiras, de la costa del Atlántico, ambas tan exóticas como avariciosas en su afán de arrancarles hasta el último centavo antes de abandonarlos.
Mi papá ubicó en la ciudad el más lujoso bufete de abogados que se conoció nunca en Suramérica y, desde el principio, su despacho se distinguió siempre por dos cosas; la primera, por lo exclusivo de sus clientes y, la segunda, porque en los tribunales perdía todos los pleitos. Ocurría que, dictada la sentencia, sus empleados arreglaban los asuntos de sus clientes con tremendos sobornos y, en el peor de los casos, a punta de pistola; así, finalmente, Ley y clientes, todos contentos. Menos los damnificados, generalmente gente pobre, a los que se expoliaban derechos y tierras cuando no la vida. Dijo Cicerón, nada más injusto que la excesiva justicia y, quizás por eso, los sicarios de mi papá la aplicaban a pepazos. Observando, aprendí que la justicia anestesia a los pobres y que los ricos, ellos, nunca la exigían porque utilizaban mejores calmantes.
Mi padre era un señor muy orgulloso de sus apellidos, ustedes son Bejarano decía, y, entonces, llamarse Bejarano era mucha cosa en Colombia; según la vieja tradición familiar descendíamos directamente de los herederos de don Alonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, duque de Béjar, pasado a Las Indias mediado el siglo XVI. Su gente, los Bejaranos, acabaron tomando el gentilicio por apellido.

Éramos descendientes de un viejo linaje muy respetado en Castilla y, yo, lo sabía bien por haberlo constatado durante mis estudios de literatura; el propio Miguel de Cervantes y Saavedra, dedicó al duque de Béjar, su benefactor, el gran libro Don Quijote de la Mancha y, también Góngora, en su dedicatoria de Las Soledades, demandaba el favor de tan importante mecenas.


Ricos, militares, ganaderos, ennoblecidos con nueva sangre azul española y aún con campos y gente trabajando para nosotros, mi familia estuvo siempre muy orgullosa de su estirpe aunque, hoy, Bejarano sea un apellido común en Colombia; y él, mi papá feliz, todo un señor abogado, imagínense, ¡Doctor Bejarano por aquí, Doctorcito, por allá!
Pronto estuvo alcoholizado y recuerdo que al levantarse, en bata de seda italiana, recibía en su habitación de manos de la de adentro, con delantal y cofia almidonados, el diario y su desayuno en bandeja de plata; mientras ojeaba el periódico, la empleada le preparaba un limón exprimido en un vaso alto que terminaba de llenar con chorros de ginebra inglesa y unas gotas de agua. Ese era su desayuno aunque, de mayor, supe que a veces también se metía un pericazo.
Y mientras desayunaba no paraban de sonar aquellas viejas canciones napolitanas de Giuseppe Di Stefano que seguirían oyéndose mientras durasen su desayuno y su toilette a los que, aproximadamente, dedicaba cada mañana dos horas y media. La ceremonia terminaba cuando, avisado de que le esperaba el carro en la calle, encarado a la puerta de salida, daba un beso a mi mamá y estiraba hacia atrás los brazos para que el mayordomo introdujera en ellos las mangas de su abrigo. Tras él, quedaba flotando en el aire, un olor fresco a polvos de talco y colonia Álvarez Gómez.
Muchos días, antes de acudir al despacho, presenciaba el entrenamiento de sus caballos de carreras. Aquellas cuadras de magníficos ejemplares de pura sangre inglesa, que, tratados mejor que las tres cuartas partes de la población colombiana, sin embargo, jamás, en ningún continente, ganaron una sola carrera.
Para entonces, además de alcohólico ya era adicto y, en sus fiestas y reuniones, la cocaína y el caviar ruso se servían indistintamente en fuentes de porcelana china de las que los invitados se servían a cucharadas. Su amante india encanalló pronto sus relaciones que cada día eran menos chic y más delincuenciales; pronto, sus únicos amigos y clientes de su bufete serían los chulos de sus putas, narcotraficantes y las mafias del lavado de dinero. Así, hasta que arruinado en lo físico, en lo moral y en lo financiero, cerró el despacho, nos desatendió y huyó de nuestras vidas. En ese momento comencé a odiarlo.
Poco después, viviendo en un apartamento de Sindamanoy que hubiera sido un lujo para cualquiera pero que, a nosotras, se nos antojaba diminuto, sin perros, ni criados, ni extensos jardines, mi hermana querida, Ana María, enfermó de cáncer y murió en menos de un año; por supuesto, mi papá no apareció ni en el hospital, ni en el entierro y, eso, me hizo aborrecerlo mucho más.
Aquella tarde que volvimos enlutados del cementerio con mamá, jugando a la ruleta rusa con un amigo que vino a dar el pésame, mi hermano Pablo se voló la tapa de los sesos. Esta vez, tampoco

vino al entierro y, al dolor lacerante de haber perdido dos hermanos en tres días, tuve que añadir, con infinita angustia, el tremendo desasosiego de comprobar que tampoco tenía padre. Fue entonces cuando decidí que era mejor no tener papá que tener un padre hijueputa y, aquel día, lo maldije con toda mi alma.


Capítulo 3

Mientras duraron los antiguos esplendores y no se marchó mi papá, fui una muchacha feliz. Después de aquello, sin que ninguna supiéramos porqué, entre mi mamá, mi hermana Muñe y yo la distancia se hizo inmensa. Quizás fue culpa de mi corazón, que, a merced de aquel desgarro, se negó a recibir más dolor y, para evitarlo, no encontró mejor sistema que dejar de querer.


Si había aceptado vivir sin padre, pensé que quizás podría evitarme más dolor si hacía lo mismo con el resto de la familia. No lo sé, pero el distanciamiento con mi mamá y mi hermana tal vez no fue sólo culpa mía.
Pero los recuerdos de la época anterior fueron buenos; para cuidar niños se olvidaba el racismo y por la casa pasaron un montón de mujeres muy humildes pero con corazón de oro que, de tanto en tanto, nos siguieron visitando durante años y que, antes de ser despedidas, nos criaron a cambio de unos centavos.
Mi niñera debió ser una más entre aquellas indígenas que nos atendieron y que se desvivían por nosotros. María, Rosa y Etelvina, no sé porqué todas eran indias Uwa, sureñas de Nariño; las recuerdo como buenas personas que utilizaron para todas el apelativo que mi mamá reservaba a mi hermana mayor. Muñe, de muñequita. Mi mamá sólo lo utilizaba para ella, quedándonos las demás, sin apodo cariñoso alguno. Así que las niñeras, para evitar celos y conflictos y, más o menos hasta los doce años, a todas las niñas nos decían amorosamente Muñe.
El recuerdo más divertido de mi niñez, además de las tardes navideñas pasadas jugando a la lotería con mis padres, tuvo que ver con mi precoz feminidad; tenía yo unos cuatro añitos y salía de misa de la mano de mi mamá cuando, al pasar delante de una vitrina, quedé prendada de un brasier blanco exhibido en un busto; aquella era la prenda más elegante, más coqueta y femenina que pudiera soñar mujer alguna, con miles de encajes en círculo desde la base del seno hasta cubrir el área del pezón.
¡Oh, Dios Misericordioso, cómo me enamoré de aquel sostén! Sin darme cuenta de que aún era una niña, rogué y supliqué a mi mamá que me lo comprara, sin entender que a mis cuatro años no podía lucir algo así. Mi madre quiso darme el gusto de que estrenara feminidad y compró la tela adecuada para que yo pudiera lucir semejante belleza de prenda; así que llegó a casa y, bajo su supervisión, puso de inmediato a nuestra costurera, una negrita del Chocó, a trabajar para hacerme un sostén a medida idéntico al del maniquí.
Cuando estuvo acabado, me llamó muy seria y dijo que había que hacer pruebas, me puso el sujetador y encima, para que se apreciara, una blusa blanca transparente arreglada de una de las suyas. ¡Oh, Dios mío, qué felicidad! Con que orgullo corrí, mostrándome ante las personas de la casa

y recogiendo piropos de todos, hasta llegar donde mi papá al que con todas mis fuerzas grité, ¡por favor, papi, míreme! Entonces, ¡ohhhh, Dios, qué desilusión y qué vergüenza! A mi padre le dio un ataque de risa, se reía a carcajadas de mí, burlándose de mis ocurrencias, mi feminidad y de mis inexistentes senos. ¡Qué recuerdo...! Durante muchos años en un cajón quedaron guardados y mojados por mis lágrimas mis aires de mujer grande. Hoy, esta evocación me permite proclamar que fui coqueta y femenina, prácticamente, desde el mismo día que nací.


También recuerdo un verano en España en que, para viajar libres por Europa, mamá y papá nos dejaron el verano con la familia de Cádiz; yo era muy niña y, entre mis hermanos y mis seis primos andaluces, formábamos una maravillosa pandilla de diablos capaces de todas las travesuras. Los tíos eran militares y vivían en la Cortadura, junto a la Escuela Militar de Aplicación y Tiro; la playa estaba tan cerca que a la hora de comer bastaba un repique de la campana de bronce para que la criada, respondiendo con un pañuelo blanco desde la playa, arrease con toda la recua de niños hacia la casa. Escuchábamos la campana y, sin discusiones ni excusas, se abandonaba el baño para con ardor militar iniciar un zafarrancho de combate en el que los mayores ayudaban a los pequeños a recoger y marchar hacia la casa, pastoreados todos por la impagable tata Josefa. Nadie supo decirme porque llamaban Virtu, de Virtudes, a quién se llamaba Josefa pero lo gracioso es que sólo respondía por su apodo.
Luego del almuerzo venían las interminables horas de siesta; los niños separados en habitaciones alejadas para evitar la bulla que decían mis tíos. No recuerdo que hacía mi hermano pero a nosotras nos recluían con la Virtu en una habitación amplísima, con enormes armarios de madera oscura hasta el techo en los que nos encantaba curiosear, envueltas en olores de libros en las estanterías, de ropa limpia guardada en alcanfor y el aroma de los jazmines que subía del jardín.
Para evitar alborotos la Virtu se acostaba con las dos pequeñas en la enorme cama de matrimonio dejando la suya para Muñe, la mayor de mis hermanas. Una vez que se calmaba el alboroto que armábamos por el rechazo a tanta inactividad, en aquella fresca y oscura habitación, aun tan niña, tuve mis primeras emociones femeninas. Mi hermana Ana María y yo dormíamos juntas y aguardábamos el sueño acariciándonos suave y lentamente la espalda bajo el camisón. ¡Qué nostalgia me produce recordarlo ahora tanto tiempo después de su muerte! Que dulce sensación sentir sus deditos fríos recorriendo mi espalda por la columna vertebral hasta la nuca y, que goce para mí, rozar luego la piel fresca de sus hombros. Creo que esas inocentes caricias infantiles fueron mis primeras emociones de sensualidad femenina que entonces, recelosa de que se malinterpretaran, y, tras el fallecimiento de Ana María, por demasiado íntimas y tiernas jamás compartí con nadie.
A veces, si tardábamos en dormir, la Virtu nos repetía el cien veces contado cuento de la Princesa Gordilinda y la bruja Flacafea que, pese a sabernos de memoria, escuchábamos embelesadas en silencio hasta adormecernos; si no dormíamos, nos divertía pellizcarle a la tata sus senos, porque, viéndola en camisón, siempre nos llamaban la atención por lo enormes; ella, rezongaba un poco hasta que lograba aquietar los violentos pellizcos y luego, metiendo nuestras manos bajo su ropa, nos permitía explorarlos suavemente; luego, con una niña a cada uno de sus costados, si nos aburríamos del juego sacaba sus enormes tetas fuera de la camisa y guiaba nuestras manos en las caricias.
Nos conducía para palparlas o rozar sus aureolas con nuestros deditos y, dulcemente, cuando estábamos medio dormidas, acercaba nuestras caritas a sus enormes pezones tiesos para pedirnos susurrando que fuéramos buenas, no nos portáramos mal y se los chupáramos; a veces, si aquella tarde estábamos complacientes y se los mamábamos como hacen los bebés, la Virtu gemía calladamente y abría y apretaba los muslos empujando suavemente con las caderas. Descubrirlas y tocar sus tetas, quitándole aquellos horrorosos sujetadores de tela, era para nosotras un juego del que no nos sentíamos culpables y que, además, nos producía un delicado placer desconocido.
Era un secreto entre nosotras que nunca compartimos con nuestra hermana Muñe y del que jamás hablamos claramente hasta que mi hermana enfermó. Reconocimos entonces que nos gustaba explorar aquel diminuto y tetudo cuerpo femenino adulto y nunca supimos porqué ocultamos todo a Muñe, a mamá y a nuestros tíos.
Desde luego, lo entendimos de mayores; a Virtu el juego le gustaba, le producían placer aquellos manoseos y lametones; quizás ella nos dijo de no contarlo asociando aquellas caricias con el alboroto que no se toleraba en aquellas horas, es decir, con portarnos mal durante la siesta. No lo recuerdo pero, ya grandes, ¡cómo nos reíamos evocando los orgasmos que, aquella pobre mujer solitaria, robó delicadamente de nuestras manos y labios infantiles! Nunca sentimos rencor porque abusara de nuestra inocencia y ya mujeres, al recordarlo, tuvimos por ella una tremenda pena.
Pero la mayor parte de nuestras vacaciones transcurrían en la maravillosa finca que con tanto amor compró y cuidó Doña Isabelita, la hermana de mi abuelo, reuniendo en una sola propiedad las distintas posesiones de mi bisabuelo y el patrimonio heredado de nuestra familia boliviana; después de dos generaciones de despilfarrar plata, ésta era la joya de la corona de nuestras propiedades. Poco tiempo después la vendería mi padre, harto del trabajo y atenciones que precisaba.
La finca era un lugar de ensueño para mí y mis hermanos además de para la treintena de primos lejanos y amiguitos del colegio invitados a pasar las vacaciones allí cuando terminaba el curso escolar o en el asueto de mitad de año. Era una inmensa y magnífica construcción colonial de dos pisos y una enorme buhardilla, con porches y barandas desde los que anfitriones y huéspedes disfrutaban de la vista de la piscina, laguna, montañas y flores en el jardín. En un rincón del patio había un altar de mármol frente al cual, los domingos, los peones ponían sillas y butacas de madera para que diera misa el sacerdote del pueblo vecino. Y, salvo los empleados ocupados, ninguno de los habitantes de la finca podía faltar a la ceremonia.
La casa principal, donde vivían los mayores de la familia, tenía dos alas para invitados, una la de los niños y otra para los adultos; además, en la casa grande estaban el despacho, la biblioteca, multitud de salones, incluido uno de baile con una capacidad asombrosa, comedores de fiesta y de diario; arriba, nuestras habitaciones, cada una con su cuarto de baño y las de los mayores, además, con un vestidor y salita con chimenea encendida cada mañana; por todas partes, elegantes muebles traídos de Francia y España, antigüedades, cuadros y esculturas, objetos de arte y de colección. En un edificio adjunto, en la trasera, almacenes, bodega y cocinas para la casa.
Algo alejado de las cocinas había un auténtico pueblo donde destacaban las casas del administrador y el capataz, y a su alrededor por riguroso orden jerárquico, en círculos cada vez mayores, las casas de los hombres y mujeres empleados de la familia, después los cuidadores de los caballos y, por último, vaqueros, pastores y peones. Además, en la entrada y en cuatro puntos clave de la finca, estaban las casas de los cuidanderos que servían para el descanso de las rondas de hombres armados encargados de proteger la finca, a sus dueños y evitar el abigeato.
Por las mañanas, los empleados nos sacaban de la cama para acercarnos a los establos, junto a los corrales, y beber la leche recién ordeñada; eso era el paraíso, todos riéndonos unos de los otros por los bigotes blancos que nos quedaban en la cara y que, gesticulando, relamíamos una y otra vez.
Apenas bebida la leche, corríamos hacia las cuadras y, aunque nosotros teníamos los nuestros, eran de ver las peleas entre los chicos por ganar los mejores y más bonitos caballos; la consigna para todos, salvo los verdaderamente pequeños que jugaban con ponis ayudados por mozos de cuadra, era que nadie montara si no sabía ensillar y poner el bocado a su caballo. Después, por edades, unos permanecían en los corrales aprendiendo a cabalgar y, otros más avanzados, a saltar obstáculos en el picadero frente a la casa; mientras, los mayores salíamos en busca de los vaqueros que arreaban hatos por los prados enlazando becerros criollos. Evidentemente, yo, en mi yegua trochadora, cabalgaba junto a todos sin participar en aquellas labores tan poco femeninas.
A la vuelta, vigilados por los cuidadores, nadie dejaba un caballo en la cuadra sin antes haberlo bañado, preparado su cama con paja limpia y, en los casos de caballos enteros, inquietos y bravos, meterle su oveja en la pesebrera pues, estos animales, como algunos perritos, gustan de compartir cama con los caballos y con su compañía los tranquilizan. Allí, como en la huerta, siempre tenía a mis primos y amigos detrás de mí, ofreciéndose para ocuparse de mi montura y recibiendo de sus manos las mejores frutas; yo, ante los celos de las demás chicas, esperaba que me atendieran y recompensaba con una sonrisa y una mirada lánguida al muchacho que lo hacía.
Tras el almuerzo de los niños, servido a la sombra de los gigantescos árboles del jardín, se reposaba en hamacas o mantas extendidas en la hierba, y, después, cuando nos autorizaban, corríamos al embarcadero de la laguna para bañarnos vigilados por peones en barcas. ¡Oh, Dios, era maravilloso! Disfrutar del agua y sentir como los muchachos torpemente, con la excusa del juego, intentaban abrazarnos y acercarnos a sus cuerpos. Las niñas, incluidas mis primas y hermanas, siempre estaban celosas porque, entonces, yo ya era muy femenina y tan deseada que a cada rato recibía papelitos con declaraciones de amor. Mi hermana Muñe llegó a quejarse a mi mamá sin entender que si los chicos se interesaban en mí era porque, al contrario de ella, no me peleaba ni me subía a los árboles para competir con los niños.
Yo era una jovencita delicada, con clase y entendí muy pronto que para lograr algo de los hombres no hay que pelear intentando arrebatárselo sino poner los medios y conseguir que ellos se afanen ofreciéndotelo. A mis enamorados distinguidos en su dedicación por servirme los recompensaba por las noches, cuando, ni el miedo a las víboras, nos hacía desistir de nuestros juegos a las escondidas; en la oscuridad un ligero roce de mis labios sobre su boca, un calculado tropezón de mi cuerpo contra el suyo, bastaban para enardecerlos, hacerlos felices y tenerlos ansiosos por servir.
Y si alguno se peleaba por acapararme en los juegos, yo, poco amante de los malos modales, le hacía notar mi disgusto ignorándole durante unos días. Ellas, mis hermanas y primas, podían ser mayores pero aun no habían desarrollado la feminidad que luego, ya hechas y derechas, mi hermana

Muñe envidiaría en mí. Entonces, a mis once años y con una maliciosa mezcla de sensualidad, erotismo y picardía, yo era la reina y protagonista en los juegos con los excitados muchachos.


Un día, sobre mis doce años, supimos que ya no quedaba ni una vaca y mamá nos anunció que papá había vendido la finca y los caballos. Sin vacaciones en la hacienda, todo cambió. Y, además, como es comprensible, esto no hizo que aumentara mi cariño hacia él.
Igual que se acabaron los días en el campo y pasamos a ser fauna urbana, también mi cuerpo cambió; deje de pronto de ser una niña, y apareció en su lugar una linda jovencita, con un proyecto de bellos senos, con la llegada de la menstruación y, arrastrando una mochila de colegio en la que, junto a los libros, abundaban cepillos, espejos, y cualquier cosa útil que sirviera para embellecerse a la salida del colegio. Recuerdo que utilizaba sobres de un refresco en polvo para pintar mis labios de rojo aplicando después una capa de vaselina encima.
Siempre fui buena estudiante y, en aquellos años, mi única preocupación era ser una excelente alumna y acabar mis cursos con las máximas calificaciones para conseguir el acceso a la Universidad de los Andes. Quería estudiar Literatura, mi pasión desde niña. Sólo después de estudiar mis lecciones, acudía al club de tenis del Country y procuraba mantener un guardarropa a la última o que, al menos, no desentonase en ningún lugar. Esas y en ese orden eran mis preocupaciones. También, diplomáticamente, evitaba las insinuaciones de algunos papás excesivamente afectuosos con las compañeras de sus hijas, y siempre dispuestos para acercarme a casa en sus autos. Un discreto rehusar, sin querer pero queriendo, manteniendo coquetamente las formas y una mundana compostura porque ya sabía que aquellos acaudalados papás serían mis empleadores mañana. Con alguna audaz mirada les hacía entrever que era una adolescente distinta.
Conquistar a los muchachos de mi edad no era un problema; recuerdo que por nuestra casa comenzaron a desfilar docenas de pretendientes empeñados en acompañarme a clase y llevar mi mochila, cosa a la que sólo accedía si el chico era atento, tierno y me gustaba. Si después de muchos servicios e invitaciones a helados, cines y regalos, el encendido enamorado de turno pretendía una caricia, los excitaba para que se propasase en el manoseo y de esa manera reprenderle y enviarlo de vuelta a su casa avergonzado. Darles un ligero beso en los labios y dejarme tocar suavemente el busto por encima de la blusa era todo lo que estaba dispuesta a permitirles a aquellos chicos.
Cumplidos mis quince años me enamoré de mi profesor de español, él, era un hombre de unos treinta, churrísimo y muy tímido, soltero y elegante; tenía un cuerpo armonioso, esbelto, se movía con elegancia, me parecía sexy, atractivo, interesante y cargaba un maletín marrón que pese a su juventud le hacía parecer aún más serio. Me atraía mucho su aspecto intelectual, cosa que me sucedió también con otros hombres que tenían mierda en el cerebro.
Empecé a sentarme en la primera fila y sabiendo que tenía unas preciosas piernas decidí utilizarlas como arma de seducción; daba cinco vueltas a la cinturilla de mi falda para acortarla tratando de lucir más pierna, con lo que al sentarme enseñaba los muslos tan arriba que se entreveían los calzones. Además, como no paraba de jugar moviendo las caderas, cruzando las piernas y tonteando con esos truquitos de tirar el bolígrafo y agacharme bien abierta para recogerlo, ponía al profesor muy incómodo. No cesaba de coquetearle contemplando con descaro sus ojos azules, fingiendo atender sus explicaciones cuando más bien lo devoraba, lo desnudaba con la mirada y lo comprometía; lo puse tan al borde, que tratando de ser distante y frío, acabó por pedirme que me sentara en las filas de atrás, donde las malas estudiantes. Entonces me di cuenta de que la broma podía costarme caro si, como parecía, el muy tonto planeaba hacerme repetir el año. Pero, este juego, se había convertido en una necesidad para mí y ya no podía pararlo.
Con la excusa de tratar sobre la materia, una tarde, al acabar las clases le pedí pasar a su despacho y en pie, ante su escritorio, mirándole a los ojos le imploré cambiara su mala opinión de mí; dije ser buena estudiante y merecer aprobar, pedí que me guiara para hacerlo y aseguré que me pondría obediente en sus manos para mejorar. Esto lo desbordó, más, cuando vio que comenzaban a caer de mis ojos unas tremendas lágrimas mientras le explicaba que quizás estuviese influida por las malas compañías de algunos muchachos.
Cuando percibió que no pretendía violarlo como temía y me vio tan suplicante y arrepentida, se creció y se dejó llevar por el deseo reprimido que sufrían sus entrañas; se acercó, secó mis lagrimas con su pañuelo y me dio un paternal abrazo, quizás, algo más largo y estrecho de lo conveniente. Mientras secaba mis ojos con los puñitos cerrados, entre hipidos compungidos, tuve buen cuidado de rozar el bulto que se agrandaba entre sus piernas.
Mi primera experiencia auténticamente sexual, no fue la penetración. Aquel día, por mucho que suplicó que le besara la boca y el miembro sacado de su pantalón, yo me negué tajante, nada de besos ni chupadas, dije, sólo, si lo deseaba, le autorizaba a lamerme entre las piernas como hacían sus enamorados a las mayores. Para mi sorpresa aceptó de inmediato y, tras otro intento de arrimar su pene a mi boca, me quitó mis cucos de algodón, abrió de par en par mis piernas y, agarrándome de las nalgas con ambas manos, me estuvo lamiendo enérgicamente durante unos minutos.
Sabía que en caso de sorprendernos alguien, bastaría con llorar y señalarle, para que el castigo recayera sobre él. El tipo no me desagradaba, me gustaba de verdad, pero, cuando me vi en el suelo, tras su escritorio y medio despelotada, pensé que con lo excitado que estaba no iba a ser tan obediente como los muchachos que yo manipulaba habitualmente.
Me asustó su pene y supuse que, en cuanto se aburriera de chuparme entre las piernas, me lo iba a meter en la boca, en la cuca o en el culo sin que me librase de ello ni la caridad del Cielo. Tuve miedo de perder mi virginidad y, aunque me gustaba sentir allí abajo su lengua húmeda, la caricia era demasiado brusca para gozarla. Pensé que si con la lengua era tan bruto, que daño no me haría con aquel miembro tieso que había visto mientras lo arrimaba a mi boca y me bajaba los calzones.
—Déjeme, Doctor —supliqué—, ¡ya basta! Me está haciendo daño...

—¡No tenga miedo, chiquis! —jadeaba queriendo besarme—. Ábrase de piernas y deje que le meta sólo la puntica, ¡verá qué rico... !

—¡No, ni hablar de eso, doctor! —intentaba apartarme de él—. ¡Ya, sea bueno y no me asuste... !

—Pero, niña, ¡mire que grande está! —gemía mostrándola en su mano—. Ahora no puede parar porque me haría mucho daño... Si no quiere que se la meta, ¡venga y dele una chupadita...! Dele al menos unos besitos...

—Pero, ¡usted dijo que me iba a ayudar en los estudios! —me alejé de él arrastrando la cola por el suelo—. ¡Guarde esa cosa...! ¡Me está asustando y voy a gritar...!

—¡No, Lany, por Dios, ni se te ocurra! —gimió mientras aceleraba el manejo de su miembro—. Aguarda, ya casi estoy listo.... Espera, ¡ya me viene...! ¡Ay, yaaaá....! ¡Ay, criatura, que lástima derramar esta tan leche rica que deberías tener en la boca... !

—¡Ha sido usted muy malo, profesor! —me asusté—. Creí que me iba a hacer algo desagradable... Pero, ¿con qué me ha mojado las piernas...? ¿No me hará esto nunca más, verdad? Aunque, algún otro día, necesite volver a pedirle sus consejos...

—¡No temas, Lany! —se tapó tras limpiarnos ambos con su pañuelo—. Otro día, será usted quién me suplique... quizá, ¡cuando venga a casa a estudiar conmigo!


Abandonamos el colegio sin que nadie sospechara lo sucedido entre el profesor y yo; en aquella primera experiencia con un hombre, evité ser penetrada por temor al dolor físico del que hablaban las mayores y porque estaba segura de no querer ser desvirgada como una perra en el suelo de mi clase. Creo que, de milagro, me libré de una buena tirada. Ese año, superados los malentendidos, conseguí las mejores calificaciones y le agradecí a mi profesor. En un aparte, después, le dije que siempre guardaría nuestro secreto.
Tendría entre quince y dieciséis, cuando uno de los chicos mayores, Alemán de apellido, robó en su casa una novela erótica y, esa bobería, por arte de mi participación se convirtió en la historia del año; en cuanto me enteré, a cambio de unos besitos, unas zalamerías y mil promesas, le convencí para que me la prestara. Luego, me faltó tiempo para hacer saber a los chicos de mi edad que todos los días haría lecturas de ella en el parque detrás del colegio. A mis atentos oyentes, les cobraba el equivalente a una entrada para el cine.
Pese al alto precio estuvieron súper interesados y no dudaban en emplear sus ahorros en las audiciones, ya que la historia parecía gustarles mucho; la novela se llamaba La amante de Satanás y era la historia de una granjerita norteamericana que abandonó su casa para ir a vivir a New York tras el sueño de la fama. Allí, la ingenua pueblerina, terminó prostituyéndose y especializándose en las relaciones sadomasoquistas; yo me convertí en la lectora erótica oficial, sentada encima de una mesa y enseñándoles bien los cucos leía para que escucharan y se pusieran bien calientes mientras ganaba dinero.
Alemán se lo contó a los mayores, sus compañeros de diecisiete y dieciocho años, la historia tomó otras dimensiones y tuve que ampliar el negocio; hice otro grupo que después de comer llegaba a mi casa sobre las siete de la noche, nos sentábamos en los jardines de la rotonda, yo sacaba el libro, leía y los muchachos escuchaban ávidamente el relato. Al ser la tarifa doble para los mayores, me esmeraba y asumía el personaje, me metía en el papel como una actriz, leía con la voz más sensual de que era capaz, gesticulaba soezmente y, para acompañar los pasajes más excitantes del libro, enseñaba las tetas como una puta callejera. Intentaba, con toda mi pasión, trasmitirles todo el erotismo de la novela.
Además, en la ida y la venida, me encantaba andar enseñándoles el trasero con la minifalda; resumiendo, desde muy jovencita, fui una calienta huevos.
Aquellas lecturas eróticas me descubrieron un mundo de nuevas sensaciones. Sentía mucha curiosidad por saber hasta dónde podía llegar en el dominio sobre los chicos y me gustaba el juego de calentarlos, el poder de excitarlos. Lo disfrutaba más porque, mientras yo contaba tranquilamente la plata, sabía que ellos se iban arrechos a su casa y que correrían a su habitación para hacerse la

paja.
Este negocio me aportó una precoz intuición en cuanto al sexo; ahora, con los años, entiendo que era mi naturaleza, me encantaba ponérsela tiesa a los hombres y, luego, evitar que me la metieran.


Otro día, utilizando al mayor del equipo de basquetbol como guardaespaldas, organicé una sesión de bailes exóticos en el gimnasio; así la llamé, función de bailes exóticos en beneficio de los huérfanos desplazados por la violencia. En realidad, fue un burdo y lascivo striptease del que pude zafarme integra gracias a los tremendos puñetazos que repartió mi cuidador. En cuanto mostré los senos, mis compañeros de estudios se abalanzaron a sobármelos y, de no ser por la prudencia de hacerme guardar, allí mismo me violan aquellos hijueputicas. Mi acompañante, buen negociante, mientras contábamos la plata en su carro, me exigió más salario por el riesgo corrido y, para amansarlo y pagarle, le suplí la plata con una buena paja. Salió ganando porque tengo ese don, siempre fui muy buena haciendo pajas.
Pero quizás detallo estas anécdotas porque siempre quise olvidar algo que, ahora, he pasado por alto. Cuando una chica cumplía los quince siempre se celebraba una gran fiesta, era el salto vertiginoso de la niñez a la adolescencia, con misa, invitados, vestido largo, damas de honor y decoración color rosado; se suponía que, a partir de entonces, empezaban los primeros amores y todas las chicas lo esperaban como el día más importante de sus vidas hasta que, para las más afortunadas, llegara un príncipe azul.
A mí no me interesaban los primeros amores y además tenía rota el alma, así que, de acuerdo con mis padres, no di la fiesta; mi adorada hermana Ana María estaba enferma, muy enferma con cáncer y, entonces, por aquellos días de mi cumpleaños, recibía tratamiento de quimioterapia. Hacía un año que la habían operado y siempre me dijeron que lo superó, que no había de qué preocuparse, que era joven, sana y estaba atendida por excelentes especialistas; pero, yo la veía cada día peor. Sin saber qué era la muerte, sentía que mi hermana estaba muriéndose. Había días, tras la quimio, en que no podía moverse, ni casi hablar y yo la veía sufrir, aunque, disimulara el dolor tras su maravillosa y cálida sonrisa.
El día de mi cumpleaños contra todos quiso levantarse y, casi arrastrándose, salió para comprar mi regalo. No pudo ir muy lejos, apenas dio una vuelta a la cuadra y, aún así, volvió agotada, pero, en sus ojos y en sus labios, brillaba la dicha de su amor por mí. Venía feliz y me traía jabones Heno de Pravia en una cajita rosa. Poco después, estando inconsciente y muriéndose en la cama de la clínica, mientras acariciaba aquella carita enflaquecida cuyos ojos ya no me veían, le acercaba las pastillas de jabón esperando que su aroma le hiciera saber que era yo quién la besaba. Cuando murió, guardé aquella caja y, hasta hoy, nunca se separó de mí. Miento, hubo un largo período tras el que no regresé a casa y mis jabones quedaron allí guardados, perfumando mi ropa, aguardando mi regreso.
Volvimos del cementerio destrozadas, enlutadas y muy tristes por la inexplicable ausencia de mi papá en el entierro. Aún no sabíamos que la hijueputa muerte nos aguardaba de nuevo en aquel apartamento, como un mastín, dispuesto a arrancarnos otro trozo de alma a dentelladas; al llegar del cementerio descansamos unos minutos y, mientras mi hermano Pablo se retiraba a su habitación con un amigo, las mujeres preparamos un refrigerio para la familia y los conocidos que nos acompañaban en el duelo.
Entre el ruido de platos, vasos y pésames, de pronto, oímos un estampido que nadie identificó. Un militar amigo desenfundó su arma y corrió abriendo puertas; al llegar a la habitación de mi hermano, oímos gritos y luego llantos; mi mamá se lanzó hacia la habitación, pero ya, el militar salía del cuarto para contenerla. Se acercaron más mujeres y un par de hombres y trajeron a mamá que gritaba y se arrojó llorando en los brazos de Muñe. También acompañaban a un chico atónito que sollozaba con los ojos abiertos como platos y al que, mientras frotaban la sangre de su camisa blanca con una servilleta, sus papás apartaron en otra sala. No me dejaban acercar, dijeron que había ocurrido un accidente, pero de un empujón aparté a los desconcertados invitados y me escurrí sin que nadie lograra impedírmelo.
Mi hermano Pablo estaba en el suelo, boca arriba y con mucha sangre en la alfombra bajo su cabeza; olía a pólvora, al aceite de unas balas tiradas por el suelo y, en su mano, sujetaba un revólver. Salvo el de mi hermana, no había visto más cadáveres pero supe con certeza que estaba muerto; nadie vivo queda tirado de esa forma en el piso, caído sobre sus piernas y descalzo de un pie. Me acerqué y, de rodillas junto a él, bajé sus párpados abiertos antes de que irrumpiera el militar en la habitación.
—Melania, ¡por Dios bendito, salga de aquí! —puso sus manos en mis hombros—. Pablo está muerto...

—Ya lo sé, señor —respondí inclinándome adelante para librarme de sus manos—, ya lo sé, ¡no soy estúpida...! Si mi papá hubiera venido, él no estaría muerto...

—Pues, entonces, ¡salga de aquí, mija! —replicó el militar—. Está llegando la policía y no conviene alterar el escenario de la investigación...

—Le entiendo, señor —lo miré mientras me separaba de él—. Pero, yo a mi hermano, le pongo bien sus piernitas y le calzo su zapato que no quiero que mi mamá lo vea así...


Sin percibir que me empapaba en la sangre derramada, las tomé de debajo de su cuerpo donde quedaron dobladas en el momento del disparo, las estiré, puse el zapato en su pie y le cubrí la cara con mi propia blusa. Luego, ante la mirada atónita de todos, aparecí en brasier, manchada de sangre y me aproximé hacia las mujeres que atendían a mi mamá y a Muñe. Silenciosamente se apartaron a mi paso los invitados, mi mamá levantó los ojos, me vio y durante un largo minuto lanzó el más desesperado alarido de dolor.
—¿Está muerto su hermano, Lany? —preguntó susurrando después del grito—. ¿Por qué está manchada de sangre...? ¿Por qué ha matado a su hermanito?

—No, mamá, ¡yo no lo maté! —gemí cayendo de rodillas ante ella—. ¡Fue cosa de los muchachos...! Yo nada tuve que ver... Si hubiera estado papá...

—¡Eres una mala puta, Lany! ¡Quítese de en medio! —se levantó y abrazada a Muñe pasó junto a mi sin mirarme—. ¡Virgen Santísima! ¿Qué le ha hecho a mi hijo...?

Sus amigas impidieron a mi mamá y a Muñe acercarse y las retiraron al comedor donde no me vieran; yo quedé sola hasta que llegó la policía, de rodillas, semidesnuda, manchada de sangre y llorando. Entonces, un uniformado me cubrió con una bata, me ayudó a levantar y me sentó en un sillón; desde allí, entre gritos, conversaciones, timbrazos del teléfono y ruido de pasos apresurados oí aquellas palabras.


—Señor, según declara el muchacho que acompañaba al muerto —decía un uniformado a un policía de civil—, metieron una bala en el barrilete del revólver para jugar a la ruleta rusa. El muerto disparó primero, el otro está aterrado, ni llegó a tocar el arma... El revólver era del papá; por lo visto, lo olvidó en la casa antes de abandonarlos y estaba en un cajón del escritorio... Sí, fue la hermana pequeña la que movió el cuerpo y le ocultó el rostro... Ella fue la única de la familia que tuvo el valor para hacerlo... No, nada que ver, el vivo dice que estaban solos... y hay testigos de que la muchacha estaba lejos cuando sonó el disparo... ¡Son cosas de la madre que ha enloquecido...!
Algo muy sutil se quebró allí, entonces. Nada fue igual desde que volvimos de enterrar a Pablo, algo distinto se instaló entre nosotras cuando, nuevamente enlutadas, entramos en la casa de vuelta del cementerio. Toda ternura desapareció para mí, nunca me culparon ni fui maltratada pero fue como si la desconfianza levantara un frío muro de cristal entre mi mamá, Muñe y yo. Ellas se entregaron la una a la otra. No tenían fuerzas para querer a nadie más, el cuidarse una a la otra las agotaba. Nunca más me regalaron un beso ni una caricia, ni un gesto de afecto que, sin duda, precisaban para ellas tras la muerte de mis dos hermanos y la fuga de mi papá. Nos veíamos, hablábamos educadamente, pero, en medio de una soledad heladora, yo quedé olvidada, prácticamente invisible. Con el alma rota de pena lloraba cada vez que, al entrar o salir de la casa, me encontraba en la puerta con las rosas rojas que seguían depositando allí los amigos de mis hermanos muertos.
Busqué el afecto cerca de un muchacho que siempre estuvo tras de mí, silencioso, esperando una oportunidad para demostrarme su cariño; para mí llegó entonces una etapa algo más serena y, durante meses, le permití que me acompañara. De visita al amigo de mi hermano que sobrevivió y que quedó medio desequilibrado en un sanatorio, a la puerta del colegio, al cine, a los bailes juveniles, al club de tenis o a mi casa para ayudarme con las tareas del colegio; prácticamente se sentía mi novio, aunque ni pidió ni yo hubiera consentido contacto físico alguno entre nosotros porque, para mí, él era una mezcla de hermano, chófer y secretario.
Hacía años que me masturbaba de la manera tradicional, aquella en la que todo el mundo piensa cuando se habla de estas cosas; pero lo mío fue rarito, porque si me daba placer hacerlo así, no descubrí toda mi capacidad para gozar hasta el día que ocurrió aquello. Un día tras el almuerzo, mi mamá y mi hermana Muñe hacían en el salón uno de sus apartes de los que habitualmente me excluían; aburrida, me tumbé en el sofá, alejada de ellas que cuchicheaban entre sí; estaba tendida boca arriba, tenía las piernas cruzadas y las manos en la nuca, bajo la cabeza. Sonaban bajitas las eternas canciones napolitanas que acompañaron mi niñez hasta donde llegaban mis recuerdos; eran las canciones de mi padre, aquellas cantadas por Giuseppe di Stefano. Mi preferida fue siempre O sole mio pero, adoraba todas las demás, Catarí, Mare Ciare, Santa Lucía, Parlami d'amore, Torna a Surriento; las asociaba con retazos de imágenes de mi papá, antes de vestirse, recién salido de la ducha y palmoteándose la cara con la loción aftershave.

Estaba furiosa y me dolía la manera en que me apartaban de ellas. Medio adormilada, la rabia me hacía cerrar los muslos y apretar las piernas, y, tanto apreté, que, desde lo más profundo del vientre, sentí subir una sensación extraña que nunca había experimentado. Notaba en mi vagina un hormigueo tan agradable que no deseaba descruzar las piernas; quería que durase aquella deliciosa sensación y contraje, aún más fuerte, todos los músculos de mis muslos y vagina. Al poco, asfixiándome, subía hacia mi garganta un intenso placer que, finalmente, estalló en un orgasmo agudísimo y tan prolongado y hondo como jamás sentí tocándome.


Miré hacia ellas para ver si habían notado algo. No, ¡seguían a lo suyo! Fue tremendo, raro, pero maravillosamente increíble y, desde entonces, mientras seguía escuchado la voz maravillosa de Giuseppe di Stefano cantando O sole mío, supe que tenía el don de venirme cuándo y dónde quisiera... ¡Sin tocarme!
Che bella cosa na jurnata 'e sole, n'aría serena doppo na tempesta!
Un día, los papás de mi enamorado abandonaron Colombia durante unos meses y él debió partir con ellos; antes, me pidió compromiso y que le guardara ausencia y yo, ajena a estos problemas de amoríos y por no discutir, acepté; ahora, se ve ridículo pero entonces era normal que mientras un novio estaba ausente dejara encargada la custodia de su amada a un amigo de su confianza. Formalmente, el día antes de partir, me presentó a su amigo, el que sería mi protector. Dios mío, no suelo impresionarme demasiado por los muchachos pero, este, me movió el piso. Era un hembro así que, divertida por la situación e interesada por mi guardián, acepté para que se fuera tranquilo, tras mil promesas suyas de escribirme todos los días y telefonearme día sí y otro también. Le dije que no se molestara tanto, que no era necesaria tan intensa correspondencia, que yo estaría bien atendida.
Así que de un día a otro cambié de ir acompañada de un muchacho parecido a Woody Allen a los 18 años, a salir cuidada por un atractivo joven, alto, fuerte, bronceado y con unos preciosos ojos verdes; el clásico muchacho de película norteamericana que roba la virginidad de la protagonista tras el baile de graduación. Desde luego, pensé admirada, mi Woody Allen o era el joven más seguro de sí mismo del mundo, o, era un imbécil total dejando su hembrita al cuidado de aquella joya de hombre, de aquel papacito, de aquel tremendo bizcocho; porqué, en verdad era un sexo de hombre, impresionante, un galán de telenovela. Y, ¡su mejor amigo le dejaba encargada la difícil tarea de cuidarme! De cuidar a la presunta novia. ¿Cómo se puede ser tan tonto?
—Usted es mi mejor amigo —imaginaba yo el diálogo— , por favor, ¡mientras esté yo fuera, cuídeme bien a Lany!

—¡Vaya tranquilo, parcero! —respondería el protector relamiéndose—. ¡No se preocupe que ningún extraño se acercará a Lany!


Poco tardó el protector en enamorarse de mí y, efectivamente, cumplió bien su promesa de no dejar que nadie se me aproximara; ocupó todo el espacio a mí alrededor y, con amenazas y desafíos, logró apartar a los chulos que me rondaban, sólo, para lanzarse él a la conquista de la presa guardada con tanta devoción y camaradería.

Evidentemente, sin que él lo descubriera, yo provocaba sus maniobras de cortejo porque, el pobre, era tan bello como bobo y necesitaba un empujoncito; por fin, reunió las agallas suficientes y, al volver de una fiesta juvenil organizada por el Presidente de la Nación para recaudar fondos para las víctimas del terrorismo en el club El Nogal, una noche, en el sofá del salón, ni permiso pidió y me robó el primer beso.


Por entonces yo debía tener diecisiete años y ese año el colegio, no sé porqué, organizó la fiesta de graduación en el Gun Club; aquella fiesta fue tan aburrida como los socios del club, todos adultos, en general, políticos y hombres de negocios muy, pero que muy tradicionales.
Con mis ahorros había conseguido que me hicieran un espectacular peinado en una famosa peluquería y, sobre unos tacones altísimos, envuelta en mi largo vestido blanco de finísimo encaje y chal al cuello, luciendo a mi galán más atractivo que nunca en su traje de etiqueta, aquella noche parecía salida de un cuento de hadas. Desde luego, éramos los más lindos del baile aunque mi sonrisa fuese tan hermética como la de la Mona Lisa debido al aparato colocado en mi boca por el ortodoncista. Mis brackets eran bastante estéticos, no metálicos sino cerámicos, pero aun así no sonreí en toda la noche.
No había terminado la fiesta cuando le insinué a mi acompañante que me aburría aquel ambiente y me gustaría que regresáramos a casa; yo sabía que si llegábamos pronto, mi mamá y mi hermana, aún seguirían en la fiesta y, algo debió intuir él, porque no protestó ni pidió despedirse o tomar el último trago; fue dicho y hecho y, pocos segundos después, tomados de la mano, abandonábamos el club.
El recorrido debió ser un Calvario para aquel pobre, porque, apenas abandonado el club, me lancé sobre él aún a riesgo de estrellarnos. Quería ponerlo a mil, calentarlo como nunca hubiera estado en su vida; sería quizás por la copa de champagne del brindis, quizás por la excitación de vernos como personajes de una novela romántica. No supe cómo logró llegar hasta el parqueadero del apartamento, pero, una vez allí, me abalancé sobre él besándolo como nunca había besado a nadie y, mientras él sorprendido se dejaba hacer, las caricias iban subiendo de tono.
El deseo de hacerle sentir algo inolvidable me carcomía el cerebro, afilaba mis sentidos y mi intuición y, así, entre una vaharada de perfume, dejé que sacara mi senos del brasier y se volviera loco mordiéndolos y acariciándolos; entonces decidí que, afortunado mortal, él sería el beneficiario de la primera chupada de mi vida. Mientras le abría la bragueta buscando su miembro para llevármelo a la boca, gozaba pensando que debía debatirse entre el deseo de que se la mamara y el pánico a que se la arrancara con mis bracktes.
Corté de tajo sus deseos de explorar nerviosamente entre mis muslos con sus manos inexpertas y temblorosas, lo tumbé hacia atrás, saqué su miembro tieso del boxer y, no sé si con la mejor técnica pero sí con el mayor esmero, le hice la mejor mamada que pudo haber soñado en sus noches más calientes.
¡Pero no fue sexo! Fueron sólo caricias, él estaba en éxtasis total y fue una noche inolvidable. No dejé que me acariciara, porque, no me gustan los niños. Luego, después de bañarme, en mi cama y

algo excitada, me masturbé hasta venirme dos veces. Creo que mi guardián, aún hoy, seguirá recordando aquella chupada.


La primera vez que hice el amor, ¡qué asco! Había decidido perder la virginidad y pasó a ser prioritario para mí encontrar alguien que me desvirgara, así que no perdía de vista a ninguno de los chicos que aparecían en mi campo visual. Con la misma velocidad con que se presentaban, los descartaba; ninguno me parecía adecuado para dar ese paso pero harta ya de hacer pajas y chupadas, a mis veintiún años, quería comprobar si tener sexo era tan bueno como decían; pero, ni entre los compañeros de estudios, ni los hermanos de mis amigas, ni en los clubes que frecuentábamos, en ninguna parte, encontraba al ser destinado a llevarse por delante mi virginidad. A ninguno se lo daba, pero ya estaba harta de insatisfactorios encuentros sexuales, es decir, los días martes, jueves, sábados de 7 a 9 pm y los domingos de 4 a 8 pm. El horario de asueto sexual estudiantil.
Hasta que una abrasadora mañana de verano, me decidí; fue muy cerca de la casa, en la piscina de un hotel bellísimo que usábamos para nadar cuando no teníamos ganas o tiempo de acercarnos al Country Club.
Reparé en él porque sus ojos quemaban al mirar y, ese calor sentido sobre mi cuerpo, hizo que me girara para averiguar quién, desde lejos, me deseaba con tanta intensidad. Al descubrir quién me miraba quedé, no sólo desencantada, sino aterrada también; era un jodido viejo. Y, ¡si un anciano se permitía mirarme así, algo no estaba bien! Quizás había aguardado demasiado para perder la virginidad y, aquel ochentón, ya me encontraba adecuada para su edad.
Observé con desagrado que pese a su buena figura, los pechos le colgaban y los músculos de brazos y abdomen se desplomaban fláccidos por la fuerza de la gravedad; sin embargo tenía elegancia en sus gestos, incluso al introducirse en el agua cuidando no resbalar. Tenía largos cabellos blanquísimos que hacían resaltar su cara bronceado por el sol y unos ojos azules que me desnudaban cada vez que los posaba en mí; porque, cada mirada suya, era como si me arrancara a mordiscos el bikini.
El hambre que traslucía su mirada me hizo olvidar los prejuicios y, halagada por su deseo y por calentarlo aún más, cometí el sacrilegio de sonreírle. Le faltó tiempo para aproximarse, pedir permiso para acompañarme y, mientras ordenaba al camarero una botella de champaña francesa, demostrar que era un seductor y educado hombre de mundo. Atendí entretenida sus mil y una historias, bebiendo una copa de un helado Moet&Chandon mientras decidía si, por fin, se lo iba a dar. Yo era muy joven, bueno no tan joven, porque mis amigas estaban desvirgadas hace ya mucho y algunas hasta casadas pero él, en aquel momento me pareció una buena elección, era diferente, fascinador, exquisito... ¡Un excitante hombre maduro!
Hoy hubiera pensado que era un tacaño por querer deslumbrar a una belleza como yo con una botella de un vulgar Moét&Chandon que ni siquiera era Premier Cru; no digo que hubiera ordenado un Cristal de 100.000 dólares la botella, pero, el muy avaro, ni siquiera intentó ofrecerme un Cuvée Dom Pérignon del 85.

Pero, la experiencia es un grado y, entonces me pareció un detallazo muy cosmopolita que un refinado caballero deseara compartir conmigo una botella de champagne francés, en lugar de un ron con gaseosa. Eso, me hizo sentir mujer, adulta, y, entonces, era lo que deseaba desesperadamente. Confesó coquetamente sesenta años, pero creo que hacía mucho de aquel cumpleaños, aunque, una vez decidida, dejó de preocuparme el asunto de la edad. Me deleitó su educada forma de expresarse, con el juego de sus manos dibujando adjetivos en el aire; también que era un gran lector, un hombre culto e inteligente como demostraban sus apreciaciones sobre la realidad por la que atravesaba Colombia; finalmente y, eso me encantó, era periodista, escribía para un gran diario de su país, Argentina. Al fin, había encontrado mi alma gemela, un auténtico intelectual que hizo brillantes comentarios sobre la política, forma de gobierno y cultura de mi país. ¡Qué pobres e insulsos me parecían mis amigos mientras escuchaba su conversación!


Pronto desplegó ante mí sus armas de seductor y charlando me contó que sus ascendientes eran de Nápoles y que su canción preferida era Catarí; aquello, me decidió. Le revelé el dilema sobre mi virginidad y le dije que acababa de resolverlo si él se encontraba dispuesto y deseaba ser quién se ocupara de solucionar tan delicado asunto.
Intentó ocultar su alegría permaneciendo impasible pero el temblor de la mano que sostenía la copa de champagne le traicionó y un ligero estremecimiento, un tic en realidad, recorrió la piel morena y arrugada de su cara. Me aseguró que era un honor para él contribuir a solucionar mi problema, que se desempeñaría de la mejor de las maneras, con toda la ternura y delicadeza que merecía una bella joven como yo, pero, también, con la pasión que necesitaba para hacer de aquel un día inolvidable; en cualquier caso, si en algún momento dudaba, sería yo quién decidiese continuar o dejarlo en ese instante. Y, finalmente, juró que siempre decidiría yo y que, fuera cual fuera la decisión, la aceptaría porque, desde hacía una hora larga, yo era el gran amor de su vida.
Me propuso iniciarme al día siguiente pero, entre zambullida y zambullida en la piscina, me negué porque, una vez decidida, quería consumar de inmediato para no arrepentirme; eso también lo alteró, aunque tampoco quiso traslucir el gesto de ansiedad que apareció en la comisura de sus labios. Este cucho debía ser un valiente, con la autoestima muy alta o, en algún lugar, escondía un pocotón de Viagras.
Decidí gozar mi plan y sólo quedarme con las partes positivas de la situación, porque, fuera como fuere, estaba decidida a guardar un buen recuerdo de aquel momento; además, cuando uno desea algo, no ve errores, no ve defectos. Por eso me forcé en amarle un poquito, para evitar que el mínimo defecto o tropiezo de su parte me pareciera una gran falla.
Acabamos la botella de champagne y lo envié a su habitación para ordenar el escenario; esperaba no encontrar medias tiradas por el suelo, periódicos deshojados sobre el sofá o pantalones sin colgar en el closet. Le di media hora de ventaja y, tras pasarme un cepillo por el pelo, subí tras él; no tendría tiempo de bañarme, así que hice como una amiga que preparaba sus citas dejando una gota de perfume en sus lóbulos, otra en el escote y otra entre sus muslos... mientras repetía una especie de mantra sexual, ¡ésta por si me besa, ésta por si me abraza y ésta, ¡por si se pasa...!
Al abrir la puerta de la pequeña suite, quiso besarme, pero lo rechacé empujándolo hacia el interior del cuarto; no me apetecía que me vieran en el corredor con un anciano que se me abalanzaba sediento de besos. La estancia era linda con flores y bonitas cortinas, la cama estaba abierta y mi amante en levantadora blanca que destacaba lo moreno de su rostro; hablando sin parar, seguramente para calmar mi supuesta ansiedad, me tendió otra copa de champagne mientras yo, tras dejar mis cosas en el sofá, dándome tiempo para pensar, cambié de idea y me dirigí a la ducha.
No tardó en reunirse conmigo bajo el agua y, mientras yo cerraba los ojos para no ver tan cercano aquel culo flojo y aquella piel flácida, él, sin duda pensando que entrecerraba mis párpados entusiasmada, comenzó a besarme, ahora sí, con menos ansia y más sabiduría; era agradable sentir su lengua en mi boca y sus manos en mis senos y entre mis piernas, pero, sólo era un momento encantador que el agua tibia, las caricias suaves y mis ojos cerrados volvían más placentero.
Debió encontrarme excesivamente pasiva y, buscando mi colaboración, acercó su pene a mi mano con ánimo de excitarme; fue decepcionante sentir aquella especie de plastilina blanda entre mis dedos. Esperaba que mi presencia, los besos y las caricias, se lo hubieran puesto tan duro como un bate de béisbol, pero, desgraciadamente era evidente que, tal como estaba, aquello no bastaría para desflorarme.
Abandoné la ducha desilusionada y, sin decir palabra, aún desnuda, me serví otra copa de champagne mientras él bajaba las luces; las vibrantes notas del O Sole Mío y la voz de Giuseppe di Stefano inundaron la estancia, y, entonces, supe que el viejito era un maestro, que, pese a todo, había hecho una buena elección porque, sólo aquella música, podía remediar mi tremendo desencanto.
Me volví sonriendo hacia él que me examinaba complacido, me acerqué, me arrodillé y metí su pene en mi boca dispuesta a no sacarlo de allí hasta dejarlo tan duro como cuándo su dueño tenía 40 años menos; no me importó lo blanducho de aquel pedazo de carne, iba a dejarlo listo para penetrarme. Ahora me tocaba a mí y, en chupadas, tenía gran experiencia.
Lo sentí engordar lentamente en mi boca mientras, suave y cuidosamente, lamía su miembro que se desperezaba entre mis labios; pronto, aún sin estar para impresionar, aquello quedó listo para intentar el asalto. Arrullada por el Catarí y con los ojos semicerrados, nos acercamos a la cama y allí, tendidos, se la meneé suavemente para mantenerla tiesa, mientras su lengua me dejaba húmeda y resbalosa. Muy despacio, sudando y como pudo, me la metió. Todo fue muy relajado, no sentí potencia alguna dentro de mí, le oía murmurar palabras tiernas en mi oído, mientras, empujando intentaba introducírmela más adentro. Yo confundía sus murmullos amorosos con las dulces canciones napolitanas.
Parlami d'amore Mariú Tutta la mia vita sei tu Gli occhi tuoi belli brillano Fiamme di sogno scintillano
Dimmi che illusione non é Dimmi che sei tutta per me Qui sul tuo cuor non soffro piú Parlami d'amore Mariú

La penetración fue suave, blandita y las caricias agradables, envueltas en su recargado perfume francés; pensando que aquella fragancia y su sudor, me sofocaban, me sorprendió sentir como algo se rompía en mi interior. Entonces, olvidándome de su olor, pensé, por fin pasó, ¡ya no soy virgen! Luego, me dije, ¿esto es todo? Pero no debía serlo porque, entre gemidos, aumentaba sus empujones hasta llegar a un ritmo frenético y desordenado; luego, sentí que algo tibio me mojaba por dentro y que él, sudoroso por el esfuerzo, se derrumbaba encima de mí entre suspiros y lamentos. Rápido lo eché a un lado, pensando, ¡Mierda! Y, ¿si el viejito se me muere encima?


Luego, vino lo que hubiera querido evitar a toda costa, el patético melodrama gaucho; justo cuando salía de la ducha, envuelta en una toalla, me declaró su amor eterno llorando y con la mano encima de la Biblia del hotel; sollozaba porque debía partir para Argentina al día siguiente y me imploraba que huyera con él. La separación fue una tragicomedia y no calló hasta que, sonriendo amablemente, le dije que nunca huiría con alguien que no me había movido el piso. Porque mucha experiencia, mucho savoir faire y champagne francés helado, pero yo, ¡ni me había venido!
Cuando me alejaba por el pasillo, desde la puerta de la habitación y aún con su orgullo herido, me gritaba que volvería para reunirse conmigo y dar juntos el último suspiro de nuestras vidas.
—¡Escuche, viejo! —me giré y lentamente lo miré de arriba abajo—. ¡Ni lo intente! ¡Cada uno tuvimos lo que queríamos! No conoce a mi papá. ¡Vuelva a asomarse por aquí y le volarán las huevas de un plomazo! Ah, y cuando quiera morir junto a alguien, ¡buscaré uno que la tenga más dura que usted!
Apagado el fuego, la primera vez es ceniza que no se lleva el viento, dicen en Colombia. Ahí, acabó mi adolescencia y me hice mujer, pero todavía, pasaría tiempo antes de aprender que para mí, hacer el amor, era algo muy distinto.
Más de una vez volví a ese hotel con alguno de mis amantes y recordé aquel encuentro, aquel viejito al que regalé mi virginidad y, estoy segura, que el muy imbécil, ni debió creer que fuera virgen de tan experimentada que me encontró. Me daba igual. Había que pasar aquel mal rato. Y no fue tan malo. Sólo un rato.

Capitulo 4


Durante los primeros años de la Universidad fui muy promiscua sexualmente. Siempre busqué amantes especiales, raros, y, con todos ellos, tiré sin medida; en cualquier caso, los hombres, incluso los más interesantes, eran demasiado parecidos entre sí. Por eso, terminaron por aburrirme y me hastié pronto de aquel mete y saca del que tanto gozaban mis amigas.


Estaba algo confusa sobre la cuestión del sexo; me encantaba la placidez del orgasmo pero ninguna vez encontraba un tipo que me satisficiera; mis compañeras decían que era porque nunca me enamoraba y que, para acostarse con un hombre y gozarlo, lo mejor era estar locamente embelesada. Difícil me lo ponían porque, por cómo transcurría mi vida, no estaba demasiado predispuesta a enamoramientos románticos. Para no seguir sufriendo, dejé de querer en mi casa y fuera de ella. Así, educadamente y manteniendo la cortesía, no amaba a nadie, ni familia ni amantes; algo demasiado drástico, quizás, pero, al menos, tampoco nadie me jodía la paciencia.
También, con el tiempo, llegué a la conclusión de que no es necesario desarrollar una actividad sexual frenética y, aunque dispuesta al sexo, entendí que no era necesario practicarlo continuamente; salvo, conmigo misma, a solas. Me convertí en una ferviente defensora de la masturbación femenina. Desde entonces mi vida fue reposada y tranquila alejada de tipos molestos, ególatras y, en general, pésimos amantes. Mantenía en el cajón de mi mesilla un discreto juguete con el que me entretenía; se llamaba Rampant Rabbit y, hubo días, en que pensé si no le fundiría las pilas. Se lo recomendé a todas mis amigas, aunque algunas hipócritas se escandalizaban de mi sinceridad cuando hablaba con tanto apego de mi novio cajonero.
Desde que la discreta Charlotte le dedicara tantísimos elogios en la serie de televisión, Sexo en New York, Rampant Rabbit se convirtió en mi más apreciado pasatiempo; a diferencia de la actriz, que en la serie arruinaba su vida social al negarse a salir de casa por seguir jugando con él, yo sólo le dedicaba un ratito los sábados y domingos por la mañana. Bueno, y quizá también, ¡algún contacto esporádico entre semana! Me lo trajo Gabriela, una medio prima cabinera que trabajaba en las líneas aéreas bolivianas; fueron los 50 dólares mejor gastados de mi vida y soy una más de los millones de mujeres a las que este instrumento ha hecho felices. Con mi vida sexual resuelta, mi adicción se centraba en los zapatos de tacón y los bolsos exquisitos, aunque, comenzaba a sentir una preocupante atracción por las vitrinas de las joyerías de súper lujo, desde donde parecían deslumbrarme los centelleos de diamantes y perlas. Las esmeraldas, sobre todo las grandototas, siempre me habían parecido muy palustres, muy guisas. Y, cómo no, mi mayor placer eran las canciones napolitanas de Giuseppe Di Stefano, sonando siempre en la penumbra de mi habitación mientras me tocaba.
La voz de ese hombre invariablemente me excitaba; no cuándo era el tenor favorito de María Callas, sino cuándo cantaba las canciones populares de Nápoles, apasionadas, melancólicas, ardientes y siempre, siempre, muy melodramáticas. Lo único que me quedó de mi papá fueron los

viejos discos de Di Stefano, más tarde, busqué por todo el mundo y compré las nuevas versiones digitalizadas; en el amor a esta música me parecía a mi padre, al que hacía un siglo que ya no veía. Esperaba que el parecido fuera únicamente en esto porque, en todo lo demás, mi viejo, era una perfecto hijueputa.


No obstante intentaba ampliar mis gustos musicales, hacerme con otro oído distinto que no se limitara a las canciones napolitanas y, así, últimamente investigaba entre los boleros clásicos cuyas letras, a veces, me recordaban las de las canzonettas italianas. Mi prima Gabriela, la cabinera, era mi proveedora de novedades o antigüedades, y me estaba surtiendo de una amplia selección de discos de variopinta procedencia.
En su última remesa trajo un disco especial; se trataba de una cantante italiana con cara de travesti, un corazón tatuado en el bíceps, delgada, fibrosa y con estética roquera. Algo masculina, pero, al mismo tiempo, sensual y, muy, muy hembra. Lo roquero no era sólo un look, ya que, aplicaba ese estilo a las clásicas tarantellas napolitanas de una manera descarada, transgresora y rebelde. Gritaba y susurraba sus canciones, una fusión apasionada de las músicas napolitanas, árabes y gitanas del mediterráneo. Esa misma pasión la hacía sentir hasta llorar, gritar o desnudarse en el escenario, cantándolas con su voz ronca de borracha fumadora, profunda como la sima del deseo, pero, voluptuosa y acariciante como ninguna.
Se llamaba Pietra Montecorvino, antes fue actriz y, a veces, cuando miraba sus fotos me recordaba a Anna Magnani cantando, O' surdato innamorato, la bella canción napolitana que narraba la tristeza de un enamorado marchando a la guerra tras decirle a su amada que ella fue su primer y último amor.
Alta y flaca, boca inmensa de labios esponjosos, brazos delgados y larguísimos rematados por unas manos grandes y fuertes con las uñas mal arregladas, una larga melena de loca escapada del manicomio, una nariz poderosa y con dos profundas arrugas hasta la comisura de los labios, un lunar entre las cejas pobladas y sus ojos de carbón. Estaba entre los cuarenta y cincuenta años y, en su rebeldía, era hermosa, bella como un diamante e igual de dura; tenía un magnetismo poderoso, algo de malafemmena, que seducía, que cautivaba.
El día que puse su disco por primera vez, era sábado por la mañana y estaba acostada, haciendo pereza y alargando la mañana hasta la hora de acudir al Gym para mi tanda de aeróbicos, las series de abdominales, mi hora de trote y la sesión de kick boxing con mi personal trainer; quería estar fuerte, preparada para defenderme del ataque de cualquier alucinado de los que desgraciadamente abundan por mi ciudad embrutecidos por la pega o el bazuco. Además, así quemaba las calorías de la buena mesa y los helados, definía los músculos y conseguía la estupenda silueta que los hombres admiraban cuando salía a rumbear por la ciudad con mis amigas. Así era yo entonces, linda, alta, de piernas inacabables, media melena castaña, con ojos de miel y uva, maquillada, un cuerpazo perfecto, ropa bonita bien ceñida y con tacones. ¡Puro morbo para los hombres!
Medio dormida, puse en el equipo Napoli Mediterránea, el último CD de la Montecorvino, y escuché la mezcolanza de melodías, fusión de instrumentos árabes y cíngaros que, más que canzonettas, parecían temas para bailar la danza del vientre; distinguí algunas versiones conocidísimas, como Anda, chiquillo de Gloria Lasso o la famosa Maruzella de Renato Carosone,

que, además de las clásicas napolitanas, fueron de las preferidas por mi papá allá en los años cincuenta.


Escuchaba sólo a medias aquellas viejas y hoy absurdas canciones, cuando, su voz de puta portuaria, susurrante y desgarrada, me hizo despertar como si hubiera recibido una patada en el bajo vientre.
Me revolví inquieta en la cama; aquella voz, me llegaba tan adentro que enloquecía de placer al oírla; aumenté el volumen sintiendo oleadas de alboroto que recorrían mi cuerpo desde los dedos de los pies hasta mis falsas uñas de porcelana. Escuchándola, no acababa de creer lo que ocurría; estaba tan caliente que al tocarme me sentí empapada, completamente mojada.
Mi cuerpo rígido pedía a gritos un orgasmo liberador que, aplacada la tensión nerviosa, me trajera de nuevo la calma. Sin tratar de impedirlo separaba y cerraba las piernas, apretaba los muslos y, mis caderas, acompañaban la música girando y moviéndose acompasadamente. Y entonces, como un hierro candente, abrasándome las entrañas, aquella voz me penetró hasta lo más profundo y unos gruesos lagrimones comenzaron a resbalar de mis ojos cerrados; sonaba un barriobajero O Sole Mio, tan desgarrado y sexual que parecía cantado con el coño. Diríase que alguien penetraba a la intérprete que desfallecida, temblando y con un hálito de voz, se comía las sílabas porque el placer le impedía terminar las palabras. Yo me aproximaba al clímax, cuándo, sacando fuerzas del desmayo, ella, finalizó la canción con la última estrofa.
Ma n'atu sole cchiu' bello, oi ne'

'o sole mio sta 'nfronte a te!
Entonces mientras repetía tres veces susurrando el sta ^nfronte a te tuve el mayor, más largo y más salvaje orgasmo de mi vida. Trémula, asombrada, sudando y con los muslos apretados, sintiendo aún el placer de mil gatos arañándome las tripas, comprendí el misterio. Era, siempre fui, lesbiana.

Capítulo 5


Aquella mañana finalicé con éxito mis exámenes de pregrado en la Facultad de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes en Bogotá. Salía de clase feliz por las buenas calificaciones y pensando qué vestido me pondría para la fiesta de graduación; faltaba una semana para la Navidad y decidí aprovechar para regalarme algo bonito que lucir para graduarme.


Atravesé las verdes laderas donde mis compañeros estaban tendidos en el pasto conversando. Paseé por sus muchas escaleras y laberintos hasta llegar a la capillita en la que me detuve a rezar una oración en acción de gracias por el resultado de mis exámenes. Luego atravesando el antiguo manicomio y el campito tomé mi carro y, entre silbidos de admiración, abandoné el parking de estudiantes camino de la casa, sin hacer caso alumno que, aunque bello, mascullaba tontamente a mi lado, ¡Uy, oye mujer, estás rebella! ¡Qué ojos los tuyos!
Era muy joven, con una figura espectacular que preocupaba cuidar y resaltar con todo mi esfuerzo, así que, silbidos y piropos, sólo eran un merecido reconocimiento a mi trabajo académico, deportivo y a la excelente herencia genética recibida de los Bejarano.
Ya en la ruta, conecté la radio del carro para apagarla rápidamente cuando comenzaron los boletines con las noticias de siempre, asesinatos, narcos, corrupción política; que se ocupen los de la Casa de Nariño, pensé, que pare eso dicen que el presidente se levanta a las 4:30 de la mañana. Encajé en el reproductor un CD deseando que nadie me amargara la mañana, mientras pensaba en el rico almuerzo que tendrían dispuesto en casa para festejar el cumpleaños de mi mamá; cada año, su almuerzo de aniversario era el anticipo de las especialidades navideñas.
Al reconocer que me gustaban las chicas se abrió ante mí un mundo lleno de ilusiones y novedades; deseaba renovarme en todo y, si ya miraba a las mujeres como los hombres nos miran a nosotras, también quería rejuvenecer algunos de mis otros hábitos, entre ellos, la música. Tenía decidido ampliar mis horizontes, dejar para momentos especiales mis queridas canciones napolitanas, para los especialísimos las de Pietra Montecorvino y abrirme al mundo, para mi desconocido, de la música que se escucha en toda Colombia.
Asesorada por mi hermana mayor Muñe, decidí ponerme al día; ella me habló de una telenovela que hacía furor en ese momento, se llamaba Los Reyes y, según Muñe, era el nuevo éxito que había superado con mucho a las famosísimas Betty, la Fea y Pasión de Gavilanes. Para evitarme una clase magistral sobre estas telenovelas de las que desconozco todo, me compré un CD con la música de Los Reyes y, explorando esos nuevos mundos, descubrí algo llamado reggaeton. Venía a ser una especie de hip-hop anglosajón en versión latina, en caliente. Según decía Muñe, Los Reyes, estaba tan adaptada a nuestra idiosincrasia que toda Colombia repetía frases como la bailata y la gozata; parecía divertida y, por primera vez en la televisión colombiana, aparecía entre los personajes una

bellísima travesti, Endry Cardeño. La verdad, es que un día intenté ver la serie y me resultó un cliché, una caricatura, pero la gente andaba enloquecida con la telenovela; en fin, mucho humor y algo de crítica, venía muy bien para animar un país que, según leí ayer en el diario, contaba con más de tres mil secuestrados. El único país del mundo en el que existía un programa de radio, Las voces del secuestro, en el que durante horas los familiares enviaban mensajes a sus seres queridos retenidos por los secuestradores. Acabados mis estudios, otra de las novedades fue comenzar a leer la prensa y a descubrir cosas que ignoraba si bien, la verdad es que, generalmente, comenzaba por la sección ofertas de trabajo.


E l reggaeton sonando altísimo por los altavoces del carro, me hacía brincar en el asiento; me molestaba el ruido absurdo de ese sabor hecho para divertirse bailando a un ritmo machaconamente repetitivo; odiaba sus incoherentes letras hablando del sexo de manera agresiva y calificando despectivamente a la mujer como tragadora y recipiente de semen, juguete con agujeros para rellenar durante un rato. Me daba bastante asco, por machista.
Pero, si uno se abstraía, era divertido. Servía para aturdirse bailando, lo llamaban perreo y era muy, pero que muy sexy; alguien dijo que perrear era como hacer el amor con ropa. Seguí adelante, considerándome una afortunada al no coincidir mis clases en la Universidad con las horas pico. Siempre circulaba fuera de los desesperantes y habituales trancones, carro tras carro y un único conductor en cada automóvil. Aun escapando del trancón, debía manejar con cien ojos porque, en mi ciudad, si te libras del embotellamiento, no te libras de quienes conducen al piso, de los conductores borrachos a media mañana, ni de los que se han metido bazuco o han fumado varillo; además, en esa peligrosa fauna, están los irrespetuosos con las normas y también algunos enloquecidos chóferes de buses y busetas. Y, entre todos, una enorme cantidad de muchachos enfierrados con los que es mejor evitar cualquier discusión de tráfico. Porque, agotada rápidamente la dialéctica, suelen terminarla de un balazo.
Finalmente, como una gladiadora urbana, conseguí abandonar el centro no sin que en el último semáforo una gallada de muchachos en un colectivo estacionada a mi lado me silbaron echándome los perros.
—¿Y yo qué, mamacita? ¿Soy pescao? —me interpeló el conductor riendo—. Por favor, no sea subida y lléveme con usted en su carrazo convertible full bacano... Así, gozamos juntos de esa música arrecha que usted lleva...

—Pórtense bien, muchachos, no tengamos un accidente —les respondí sonriendo mientras observaba a unos gamines chupando pegante—. ¡Que hoy está malo el tráfico...!

—Uy, muchachos, ¡vean como garla esta belleza! —rió el conductor entre las carcajadas de sus amigos—. ¡Qué estilacho, manes! ¡Pobres ángeles que se les ha caído la virgen del cielo... !

—¡Cuídense, muchachos! —respondí mientras arrancaba al cambiar las luces—. Conduzcan con prudencia... ¡que parece tomaron caldo de mico! Bye, bye...


Aceleré, dejando atrás otros vehículos mientras reparaba en que la furgoneta me seguía; pensé que aquellos jóvenes serían empleados en las urbanizaciones de los cerros, mientras, dejando atrás el caos de la ciudad, manejaba por la Carrera Séptima hasta la carretera Central del Norte; tres kilómetros después de La Caro, tomé el desvío a Sindamanoy, y, entonces, un colectivo, adelantando de forma peligrosa hizo que frenara bruscamente para no empotrarme en su trasera.
Pensé si serían los muchachos del semáforo pero era de otro color y, a pesar de que obstruían mi marcha, me olvidé de ellos cuándo, tras de mí, apareció el colectivo de los chicos chocando contra mi auto. Frené y descendí furiosa del carro para observar la trasera golpeada. Ellos descendieron también, mientras, marcha atrás, la furgoneta que me adelantó encajonaba mi carro entre los dos vehículos.
—Muchachos, ¿qué les ocurre? ¿Están locos? —les interpelé sin notar que mi auto estaba encerrado entre los dos vehículos causantes del accidente—. Pero, ¿qué manera de manejar es esa? Podían haberme matado...

—¡Pero, miren! ¡Si es la muchacha del convertible! —dijo mientras se apeaba del vehículo el conductor con el que había bromeado—. Pero, ¿qué le ocurre, mija? Sólo ha sido un golpecito... ¡No es para que usted se ponga como un tití!

—¡Qué golpecito, ni qué golpecito, locos de mierda!—grité mientras uno de los que estaban a mi espalda se introducía en mi carro y otro abría las puertas del colectivo—. ¡Me jodieron el carro, malparidos... !

—Pero, joven, ¿qué manera de hablar es esa para una licenciada en pregrado de Literatura? —dijo señalándome mientras se acercaban los pasajeros de ambos vehículos—. ¿Se llama usted Melania Bejarano? ¿Lany?

—¡Si, pendejos, soy Lany!—respondí pensando que, pese al aspecto delincuencial de los jóvenes, sería una broma de mis compañeros de Facultad—. Y díganme, ¿a quién diablos se le ocurrió esta estúpida broma...? ¡Podíamos haber muerto alguno...!

—¡Atienda Lany, escuche bien! Esté segura de que no deseamos matarla —dijo el conductor sacando del cinturón una pistola y apuntándome a la cara con ella—. Sólo queremos venderla a la guerrilla. Así que se viene con nosotros o la quiñamos aquí mismo.

—Podemos hacer las cosas sin que usted sufra —sonrió el muchacho mientras tomándome del brazo me arrastraba encañonada hacia la furgoneta—. O, si lo prefiere, le meto bala. Aquí y ahora. Elija, mamita.

—Voy con ustedes, ¡pero no me hagan daño, muchachos! —dije entrando con ellos en su vehículo. Vi como abandonaban la furgoneta que me cerró el paso mientras, uno de ellos, tras acercar mis libros y bolsa de deportes, se llevaba mi carro por el desvío a los estacionamientos de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.



—Lany, ¡míreme a los ojos! —dijo el jefe sonriente mientras me esposaba y amordazaba con cinta de embalar—. ¡Usted no llora pero está cagada de miedo y berraca...! La hemos hecho inteligencia y sabemos de sus pataditas de peliar. Mejor se olvida de toda esa mierda y piense que, si esto se tuerce, la despacho para el cementerio. Ahora, se me tumba en el piso y se me queda tranquilita, ¿ok? ¿Entiende?
El miedo no es falta de valor, cualidad por otra parte excesivamente sobrevalorada, sino el resultado del esfuerzo de adaptación necesario y suficiente para sobrevivir a una situación potencialmente letal.
Se dice facilito pero aquel día, de pronto, tuve miedo a morir. O, peor, a quedar inválida. A cerrar los ojos y que me reventaran la cabeza o me clavaran a pepazos las espaldas contra el suelo del carro. A no poder abrirlos de nuevo, a revolcarme herida de muerte y que ya nunca nada fuera igual. Entonces, sudando frío, pensé en que si me mataban aquellos malparidos no podría asistir a mi fiesta y que había puesto demasiada ilusión en ese día para que me lo jodiera ninguna gonorrea. Así que tocaba vivir. Como fuera, a cualquier precio, porque comprendí que aquella vez la violencia me había alcanzado de verdad; no le estaba sucediendo a otro, no era una película de mafios, era yo la que estaba a punto de ser asesinada.
Aquellos no eran milicianos, eran obreros del crimen y, para ellos, sólo tenía valor si me mantenían viva y podían venderme a la guerrilla. Esta, pediría rescate, mis papás lo pagarían y, en unos días, estaría de nuevo en casa.
La frialdad de los tipos me recordó que vivía en Colombia y que, en mi país, lo raro es morir en la cama y lo natural es hacerlo en un atentado de los narcos, un asalto terrorista o una matanza indiscriminada durante una celebración familiar. La ventaja es que luego te hacen una película basada en hechos reales: Satanás. Recordé haber leído como el auténtico multiasesino protagonista del film, tras matar a 20 personas en el restaurante Pozzetto de Bogotá, se sentó a comer espaguetis rodeado de cadáveres.
Todos podemos morir violentamente, incluidos mis secuestradores, si, por casualidad, caíamos en un retén policial. Pensar así me tranquilizó. Continuaba teniendo miedo a morir, sobre todo, a la forma de morir y, por primera vez en mi vida era consciente de mi fragilidad, de mi extrema vulnerabilidad pero incluidos policías, médicos, secuestradores, paramilitares y sacerdotes, en mi país, todo el mundo vivía con el mismo temor. Así que mejor tranquilizarse. Entonces, decidí ser obediente y callar para salvar la vida. De momento.
Durante un par de horas intenté alejar mi cabeza de los cañones de unas armas envueltas en lonas y tiradas en el piso, por si acaso, con algún hijueputa hueco, se disparaban y me volaban el cerebro. También intentaba no marearme porque si vomitaba, con la boca sellada por cinta aislante, temía que los milicianos dejaran que me ahogase.
No sé lo que duró aquel viaje tendida en el mugriento piso de la furgoneta y con los delincuentes pisándome el culo; tampoco recuerdo cuando fui consciente de ser una más entre la multitud de los tres mil secuestrados en las montañas del país. Pero, me dio pánico saber que me habían investigado sin haberme dado cuenta nunca.
Rodamos durante horas con frecuentes desvíos y giros; desde el suelo del vehículo veía como iba cayendo la oscuridad. Seis o siete horas después de mi secuestro, finalmente, nos detuvimos y los hombres descendieron. Yo quedé olvidada en el piso. Oía que hablaban pero, estaba fatigada, aturdida y casi no entendía lo que decían. Solo deseaba salir de allí, estirarme y poder mear, que me quitaran las esposas y respirar algo de aire sin olor a gasóleo diesel.
Poco después otro vehículo se detuvo junto a nosotros, portazos, palmadas en las espaldas y rumor de conversaciones; al poco, se abrió la puerta junto a mi cabeza, alguien me jaló por debajo de los brazos haciéndome parar junto al vehículo. El que llamaba el conductor se acercó a mí, me arrancó la cinta de la boca y abrió los grilletes; era de noche cerrada y, a nuestro alrededor, la oscuridad era absoluta en aquella pista de campo.
—¡Oiga, niña! Si se pone difícil, toca acostarla —ordenó—. Póngase la ropa de deporte que lleva en la bolsa, eso será más adecuado en adelante; tiene diez minutos para cambiarse y hacer sus necesidades; nosotros ya hemos cobrado lo nuestro y, ahora, la dejamos en manos de los muchachos, continuará con ellos.

—Pero, ¿por qué me secuestran si no tenemos plata? —le pregunté a el conductor—. ¿Quién dio esa orden? Tiene que ser un error... ¿Me van a matar?

—Mire, mona, está usted confundida —sonrió con tristeza— . Ellos nunca jalan un gatillo sin que los comandantes lo ordenen.

—Pero, ¿dónde me llevan? —pregunté al borde de las lágrimas—. Por favor, ¡díganme que va a ser de mí...!

—Lany, ¡yo eso no lo sé ni me importa! Resígnese, mija, porque si no obedece a usted la matan — respondió—. Cada minuto que está perdiendo no lo recuperará y, cuando digan nos vamos, si no está ya vestida y en la camioneta, la llevaran a rastras y desnuda. Así que, ¡pilas, niña, pilas! Adiós, Lany.
Me tiró mi bolsa con la ropa y se marcharon. Una guerrillera armada me acompañó tras unos arbustos; mientras meaba estuvo a medio metro de mí y nunca dejó de encañonarme. Rápidamente me cambié, recogí todo en mi bolsa y volvimos junto a la Toyota de caja descubierta donde parecía que íbamos a continuar viaje. En \apickup, dos guerrilleros en civil, me ataron con una soga de trabar caballerías, cuello con cuello, a un hombre joven. Me sentí muy mal, como si fuera una bestia. Luego, sin hablar palabra, nos hicieron sentar y ellos, pistola en mano, también lo hicieron.
Durante horas rodamos a buena velocidad por una vereda, hasta que amaneciendo la abandonamos; escondieron la Toyota con ramas y uno de ellos quedó custodiándola. Mientras, el resto, caminamos otra hora por una trocha hasta una casita medio derruida en un monte bien retirado.
Nos metieron en un cuarto sin techo, amarraron las cuerdas al grueso tronco de un árbol que crecía en medio de la habitación y dejaron un guerrillero con nosotros; nadie nos hablaba y relevaban el guardián cada rato.
—¡Por favor! —me dirigí al nuevo vigilante—. ¿No podrían aflojarnos la cuerda del cuello? Es que aprieta mucho...

—Mire, muchacha, ¡escúcheme!—respondió en voz baja sin mirarme—. Está secuestrada y sólo recuerde una cosa, las órdenes que yo traigo es que si se pone difícil, toca acostarla. —Pero, ¡dígame, por favor! —insistí— ¿Dónde me llevan?

—¡Usted es tonta, muchacha! —respondió despectivamente como quién está harto de que le hagan una y otra vez la misma pregunta—. La llevamos a ver a Tiro Fijo y al Mono Jojoy. Estará en las montañas hasta que su familia nos cumpla.

—Pero, ¿dónde vamos? —pregunté acongojada—. Yo tengo que volver a mi casa... ¡Me esperan allí...!

—¡Volverá, cuando su familia contribuya! —zanjó la cuestión—. Este en cambio, por sapo, no tendrá tanta suerte...

—Ustedes, ¡cállense! —gritaron desde fuera—. Y el pelado, ¡que deje de hablar con los prisioneros si no desea una sanción!

Desataron las cuerdas de mecate para que meáramos, después, nos ataron los pies bien apretados con cadena y candado y, siempre vigilados, dormimos tirados en el piso sin saber que sería de nosotros; nadie nos habló ni nos dieron nada de comer. Agua, sí. Una botella que, inmediatamente, nos bebimos entre los dos. Mi compañero, sollozaba en sueños y decía que lo iban a matar. Entre la cadena, el pánico y el secuestrado que no paraba de gemir, no pude dormir y fue la noche más larga de mi vida. Por primera vez en años volví a rezar.
Antes de amanecer, aún de noche cerrada, pude orinar de nuevo, me dieron algo de comida y, tras quitarme las cadenas me ataron de nuevo al árbol; a mi compañero se las aflojaron lo justo para que echara pata y le ataron la cuerda al cuello. Entre dos hombres lo levantaron del suelo jalando de la cuerda y, cuando se lo llevaban, se giró, me miró y dijo adiós en un susurro.
—Bueno, marica, usted me va a decir quién le envía, ¿verdad? —oí cómo lo interrogaban fuera de la casa—. ¿Quién le dijo de venir para hacernos inteligencia?

—Créame, comandante, se lo juro, ¡yo solo busco trabajo en alguna de éstas fincas! —respondía el joven—. ¡Nadie me envía!

—No sea estúpido, güevón, ¡suelte la verdad! —seguía preguntando el jefe—. ¡Usted fmquero...! ¿Con esas manos? Vamos, ¡métale ese cuento a otros! ¡Salve su pellejo! ¿Le envía el gobierno, el ejército, los paracos...? ¡Mire, no me joda la paciencia que lo mato a machete!

—¡Por Dios, créame...! —suplicaba el muchacho aterrado—. ¡Soy un hombre sin trabajjjjj...!


No dijo más; sonó un tiro y escuché caer su cuerpo al suelo. Entraron a buscarme y creyendo que iban a matarme también, intenté resistir gritando y dando patadas. Entre dos me soltaron las cuerdas, llegó el comandante y, mientras me ponían el lazo al cuello, me dio dos trompadas en la cara; salí de la casa y aguantando las náuseas salté sobre los sesos del muchacho que acababan de asesinar y sobre el que ya zumbaban las moscas. Subimos a la camioneta que acercaron hasta la casa, retomamos la vereda y continuamos. Había amanecido.
Ese día comimos monte sin parar y a buena velocidad, desviándonos por trochas cada vez más difíciles y con la vegetación más cerrada sobre nuestras cabezas; al atardecer comencé a ver, en algún cruce de senderos, guerrilleros en camuflado que nos saludaban al pasar mientras hablaban por radio. Me pareció que nos aguardaban y comunicaban nuestra llegada. Un par de horas después el Toyota se detuvo en un cruce señalado con una tela blanca clavada en un palo; era monte cerrado y tenía pocos metros de visión en derredor. Descendimos del vehículo y permanecimos a la espera. Poco después, por delante y por detrás, aparecieron entre la espesura los guerrilleros uniformados y armados con fusiles. Hubo saludos, fumaron y se intercambiaron algunos bultos, yo entre ellos. Los civiles volvieron a montar en el auto para regresar sobre sus pasos y yo comencé a andar hacia donde jalaban de mí.
Caminamos de noche como dos horas, hasta llegar a un pequeño campamento junto a un arroyo ancho y de aguas correntosas en el que aguardaban varios camuflados más; me pusieron el candado y la cadena y me ataron bien fuerte los pies. Una guerrillera ató a mi cuello un cordel de unos tres metros de largo que también sujetó a su mano; así, sentiría si me paraba. Nadie me dio nada de comer ni me dirigió la palabra. A mi lado dejaron una botella. Bebí, mezclando el agua con mis lágrimas.

Esa vez también dormí en el puro suelo y sin nada con que taparme; no sentí frío, dormí sin interrupciones y me repuse del agotamiento que traía. Me vino muy bien porque, aún de noche, comenzaron a preparar la partida; sin saber qué carajo era, devoré una ración de comida militar y, después, muy temprano, comenzamos la marcha. Por trochas cada vez más empinadas caminamos como unas seis horas; dos de marcha, media hora de descanso y vuelta a empezar, en un monte espeso y cada vez más alto y cerrado. A principio de la tarde nos detuvimos junto a un río, me dieron una barrita energética y todos nos lavamos algo. Después, otro rato de caminata hasta encontrar un pequeño claro en el que instalarnos a pasar la noche.


La segunda jornada fue igual, salvo que encendieron fuego para hacer tinto y comer caliente, tomamos arroz con frijoles; llegamos al campamento al anochecer del tercer día de marcha.
Por la música decembrina de una radio y por cierta vaga alegría que flotaba entre vapores de ron recordé que era Navidad; esa noche, mientras los guerrilleros celebraban, me dormí atada a una estaca clavada en el suelo, pensando en los míos y llorando de miedo.
Tiempo después supe que ese campamento grande era, como si dijéramos, un centro de distribución de secuestrados en función de la inmediatez con que la guerrilla pensaba cobrar su rescate; es decir, cuánto antes pensaban recaudar, menos dentro del monte ibas. Era el primer escalón del secuestro, en aquel lugar, estaban los que volverían pronto a casa. Allí permanecí un par de meses encadenada a una señora de unos cincuenta años; dormíamos atadas y todo lo hacíamos juntas, era como tener una hermana siamesa. Solo nos soltaban después del desayuno para que hiciéramos nuestras necesidades entre los árboles y nos aseáramos en el río junto al campamento; la señora era bella y distinguida pese a lo arruinado de su aspecto. Dijo ser abogada y esposa de un acaudalado ganadero de la región, que la levantaron hacía cuatro meses en una pesca milagrosa y que esperaba volver a casa en cuánto su marido pagara. Por las noches lloraba en silencio y rezaba constantemente pidiéndole a Dios poder abrazar de nuevo a sus hijos; alguna vez me rogó que la acompañara en sus rezos y lo hice con gusto. Ella me animaba diciendo que los míos pagarían y que pronto podría abandonar el monte; yo, sin decirlo, pensaba quién sería exactamente mi familia para los secuestradores. Porque si era mi mamá, ella no tenía plata y, si era mi papá, entonces, estaba jodida porque la poca que debía quedarle seguro que la guardaba para sus vicios. Hacía años que no sabía nada de él, ni una llamada, ni una carta, nada.
—Bueno, Doctora Isasa —llegó una mañana el comandante—. ¡Hoy traigo buenas noticias pare usted! Según recibí por radio, parece ser que su esposo la ama de verdad. Reunió algo de plata y unas manadas de reses, un buen vacaje que ya se pasó del Cesar a Venezuela. ¡Nos deja usted! En nombre de las FARC espero declare a quién le pregunte que ha sido bien tratada y protegida por nuestros combatientes revolucionarios.

—Comandante, ¡me gustaría poder decir eso que usted quiere! —respondió altiva—. Pero, si me preguntan, diré la verdad, ¡que fui presa de secuestradores dedicados al abigeato!

—Usted sabrá lo que le conviene, Doña —respondió riendo el comandante—. ¡Es maluco decirle de esa manera! ¡La veo muy chinche teniendo familia a la que podemos invitar a visitarnos!
La Doctora Isasa me dejó sus cosas antes de abandonarme con un beso y unas palabras de ánimo:

no habían pasado cinco horas cuando me ataron a un chico como de unos quince años. Mi próxima pareja durante las semanas siguientes, casi cuatro meses más.


El chico, secuestrado hacía una semana, era hijo de un alcalde de la zona; los guerrilleros creían al funcionario enemigo de las FARC y suponían colaboraba con los paras que les disputaban el territorio. Si la doña, aunque valiente, combatía el miedo rezando y con una actitud gallarda, el muchacho, con menos recursos emocionales, sencillamente estaba chocado. Aterrado de que cualquier comentario desafortunado, cualquier error o sencillamente caer enfermo pudiese llevarle a la tortura o la muerte. Cada noche era un infierno de pesadillas y cada día un río de lágrimas recordando su casa, su familia y cómo para secuestrarlo mataron en tremenda balacera a los dos guardaespaldas que lo acompañaban. Aun llevaba la sudadera empapada de la sangre seca del acompañante que le cayó muerto encima.
—¡Qué hubo, chico! —le dije mientras nuestros guardias nos ataban—. ¿Tienes novia? —No, aún no, sólo amistades —me respondió—. ¿Por qué lo pregunta?

—¡Mejor, amigüito! —le acaricié la cara—. Porque, si la tuvieras, se pondría celosa sabiendo que día y noche vas a permanecer atado a una chica tan bonita como yo.

—¿Me tocará estar siempre junto a usted? —preguntó—. Sería rico, ¡usted es amable!

—Gracias por el piropo, muchacho. Me llamo Lany —sonreí—. Espero que nos dejen juntos, a m también me agradaría. Y, por favor, no te apenes; cuándo quieras llorar, llora, y cuando quieras rezar, hazlo, ¡poco más se puede hacer aquí!

—Yo soy Eduardo—sonrió—. Espero ser su amigo, Lany, usted está experta en esto, ¡le haré caso en todo lo que me diga!

—Ruega al cielo para que tu papá reúna rápido la plata —observé melancólica, mirando a los nuevos guardianes, un chico y una chica muy jóvenes—. Y mientras tanto obedece sin vacilar, ¡sólo así podrás salir vivo de aquí! Pero, no estés triste, ¡tu familia te sacará rápido de este agujero!


Las noches de Eduardo, estaban pobladas de terror que solo se calmaba cuando, acercándomelo, lo abrazaba. El calor de mi cuerpo servía para alejar su miedo y que durmiese sosegadamente; también fue un bálsamo para mí olvidar el temor teniendo alguien más desvalido de quién ocuparme.
De vez en cuando, veíamos cómo alguno se iba feliz y llegaba otro desorientado, espantado. Los días, salvo el rato para ir a las letrinas y al río para asearnos, eran inacabables para los veinte prisioneros que mantenían los guerrilleros en aquel campamento; inventábamos cualquier ocupación para entretenernos hasta la hora en que nos soltaban y los rancheros nos daban unas escudillas metálicas de changua, un arroz aguado con algún trozo de plátano flotando en él. Luego debíamos lavar los platos y, volver a nuestra caleta a que nos ataran de nuevo por parejas.
Para evitar el aburrimiento, Eduardo y yo nos ocupamos en mejorar nuestro inglés, practicándolo y corrigiéndonos el uno al otro; además de aprender, nos reíamos con los errores de pronunciación y con las palabras medio inventadas que utilizábamos cuando no encontrábamos la adecuada.
Casi todos los guerrilleros eran negros, indios y, muchos entre ellos, analfabetos; nuestros guardianes, un muchacho y una muchacha muy jóvenes que diariamente nos vigilaban y dormían en una caleta junto a la nuestra, pronto nos rogaron que les iniciáramos en el inglés. Al verles

interesados, accedimos a enseñarles algunas palabras. Cualquier ocupación era buena si entretenía el día y nos congraciaba con aquellos de quienes dependía nuestro mayor o menor bienestar.


Nadie, sentado cómodamente en su casa, puede imaginar lo que es estar secuestrado en el monte con sus madrugadas oscuras cubiertas por un manto de niebla baja; se puede pasar casi sin comer o comiendo siempre lo mismo, pero, la felicidad la dan el jabón, la crema dental y unas buenas medias secas o, al menos, el permiso para lavar las sucias y dejarlas secar. Y la llave de esos tesoros la tiene el que le vigila; si él lo quiere, podrá ir al río y lavarse, si él decide que no, se joderá y seguirá sucio y con la ropa húmeda y maloliente. Así, que mucho del poco bienestar que puede lograrse allí, está en las manos de los vigilantes, con los que se convive día y noche; si se tiene suerte y son buenas personas, aguantará mejor, si son unos hijueputas, querrá colgarse de un árbol. Y con nuestros guardianes empezamos mal.
—¡Ustedes dos, escuchen! —nos dijo el camuflado el primer día que les asignaron nuestra custodia—. Los han traído aquí porque son millonarios y las FARC quieren recuperar la plata que ustedes robaron al pueblo.

—Nosotros estamos entrenados para cuidar millonarios —continuó—. Podemos mantenerlos aquí o trasladarlos, sin que se lesionen ni se hieran, para que cuando ustedes nos colaboren puedan volver sanos con sus familias.

—También les digo—siguió su regañina—, que si buscan huir o el ejército intenta su liberación, los pongo fríos; un tiro cada uno y otro de remate. Esas son mis órdenes. Están avisados.

—¡Calma, compa, calma! —le interrumpió la muchacha—. No les jodas más, ésta gente está achantada y, millonarios o pobres, es triste ver así a las personas.

Al de pocos días, entre charla y charla y con algunas partidas de naipes y ajedrez jugadas, comenzamos a conversar más relajadamente.

—¡Es que ustedes no nos entienden a los pobres! —decía el guerrillero—. Hasta jugando al naipe nos ganan; ustedes lo tienen todo y nosotros nada...

—Bueno, no hay que enojarse—dijo Eduardo—, son cosas del juego...

—¡Todo les pertenece! —insistía el guardián—. El Estado que se olvidó de los pobres, el Ejército que nos mata, las tierras, las empresas, los cargos públicos... ¡todo es de los ricos!

—¡Eso es cierto! —terció la muchacha—. El compita tiene razón, nunca se vio que el Gobierno ayude a los campesinos a cultivar los campos ni trabajar para que los gamines dejen el sacol... ¡Sólo defienden a los millonarios...!

—Por eso las FARC robamos a los ricos —cortó el camuflado muy alterado—, para repartir ese dinero ayudando a los pobres, y, ¡seguiremos haciéndolo hasta que venga el ejército y nos mate!

—Bueno, muchachos —dije silenciando con la mirada a Eduardo que se disponía a replicar—, me gusta que me expliquen. Así vemos otros puntos de vista y aprendemos de ustedes cosas que desconocíamos...

—Tienen mucho que aprender, ciertamente —replicó el guerrillero algo más calmado—. Pero no se preocupen que tienen tiempo y están en la mejor universidad popular. ¡La universidad de las FARC, facultad del monte!

—¡Seguro que es bueno para nosotros! —continué callando al asombrado Eduardo con la mirada —. Y si ustedes lo desean, nosotros también podemos enseñarles lo que esté en nuestra mano. Espero que entre todos, algún día, hagamos una Colombia con más justicia, menos corrupción y sin drogas, secuestros ni violencia.

—¡Dependerá de que ustedes los ricos repartan! —rió el uniformado—. ¡Y eso es tan difícil como que yo vaya al cielo!

—No lo crean muchachos —dije sonriendo a Eduardo—. No crean que les doy consejos tontos pero ustedes, igual que nosotros, deben pensar que desean hacer con sus vidas.

—Nosotros sabemos bienio que hacemos —dijo la joven—. Piénsenlo ustedes, pirobos.

—No le quepa duda, compañera —respondí mirándola a los ojos—. Los que hemos pasado por esto, estoy segura de que en el futuro trabajaremos para que haya más justicia y más oportunidades para todos.

—Ustedes y gente dialogante como ustedes —les sonreí—, habrán conseguido ese milagro, que todos nos comprendamos mejor en este querido país nuestro, porqué así, a bala, ¡esto no se acaba nunca!

—¡Dejen de acosarnos! —replicaron suspicaces—. Dejen de matarnos y verán cómo nos entendemos...

—En esa línea debemos trabajar todos —respondí alentándoles—. Ustedes, por su parte, piensen si no deberían desvincularse porque la sociedad colombiana está acogiendo generosamente a quienes se devuelven del monte.

—¡Bueno, bueno...! —dijo la guerrillera sonriendo—. Usted nos está haciendo agitación y propaganda... ¡Me gusta que sea tan arrecha, muchacha! Y, una preguntita, licenciada... ¿ustedes podrían, aquí al compita y a mí, enseñarnos algo de inglés...?
Comenzaron algunas semanas de calma en las que nuestra calidad de vida se vio muy mejorada. Disponíamos de un rato para ir a bañarnos y podíamos lavar nuestra ropa con jabón conseguido por nuestros guardianes; cuando nos ataban o encadenaban cuidaban de no hacernos daño y dejar unos metros más de cadena para que ampliáramos el radio de nuestro movimiento. A cambio dedicábamos las tardes, después del descanso, a enseñarles un inglés elemental a marchas forzadas. Ellos lo agradecían y para nosotros fue un período de relativa tranquilidad. Durante aquellos días, vimos marchar a varios secuestrados de los aproximadamente veinte que éramos en aquel grupo; reparamos en sus sonrisas esperanzadas y también contemplamos los rostros abatidos de dos viejitos que trajeron nuevos. Uno era topocho y cachetudo y el otro flaco. Pensé apenada cómo esos pobres ancianos habrían superado la caminata hasta el campamento.
Una mañana nuestros guardias comenzaron de pronto a dar señales de nerviosismo, dejaron de hablarnos, no quisieron dar sus lecciones de inglés y rehuían nuestras miradas hasta que entrada la noche se apartaron y otros camuflados vinieron por Eduardo.
—Tú eres Eduardo, ¿verdad, muchacho? —le preguntaron—. ¿El hijo del alcalde amigo de los paracos?

—Muchachos, ¡es un chino! —intervine intuyendo que algo iba mal—. ¿Qué les pasa a ustedes...? Déjenlo tranquilo...

—¡Usted se calla la boca! —ladró el más próximo a mí amenazándome con la culata de su rifle—. Conteste, Eduardo, ¿también usted es parcerito de los paramilitares?

—¡No soy amigo de nadie! —sollozó Eduardo—. ¿Qué ocurre? ¡No he hecho nada!

—Pues, por si acaso, ¡ahora usted se viene con nosotros, gómelo! —le respondió otro jalando de la cuerda que el muchacho tenía al cuello—. Vamos, ¡pilas!

—Pero, ¿por qué se lo llevan? —pregunté sabiendo que aquello era raro—. ¿Para dónde van tan de noche?

—¡Le dije que se callara, lambona! —respondió dándome un culatazo en un hombro—. ¡No complique, no joda!

—Pues, ¡yo voy también! —grité mientras Eduardo lloraba aterrado—. ¡Llévenme con él!

—¡Ni de vainas! —respondió otro apuntándome a la cara con un pistolón—. ¡Ni puel putas se viene usted! Nos llevamos al pirobo y usted se queda aquí bientranquilita... Ah, pues, ¡ahora si se ha puesto cansona con esa necedad que tiene!

—¡Dispáreme, si tiene huevos! —respondí abrazándome al muchacho—. Y, piense, compañero, ¡que el buey manso también embiste...!

—¡La jodiste, bienjodida! —se me echó encima a puñados y patadas—. ¡El niño que es gritóny la mamá que lo pellizca...!

—Anda, ¡dele las doce! —gritaban enloquecidos mientras arrancaban a Eduardo de mi lado, me ataban las manos y pasando la cuerda por una rama me dejaban colgando mientras me azotaba con los correajes—. ¡Déle palo duro!

—¡Eduardo, huye! —chillé mientras recibía los últimos golpes y se llevaban al chico entre los árboles—. ¡No vayas con ellos, muchacho! ¡Corre!

—¡No vayas, Eduardito, mijo!—sollocé colgada del árbol—. ¡No vayas que esos manes te van a matar...!


Al rato, los guardias de siempre soltaron las ligaduras de mis manos y la cadena de mi cuello para bajarme del árbol; llamaron a la enfermera que lavó las heridas con desinfectante, me dio un comprimido de paracetamol y algunos puntos de sutura en un brazo. Esa noche los milicianos que me guardábanme dejaron dormir sin atarme. Así, me sequé mejor las lágrimas.
Durante días estuve psicosiada; vivía ausente de la realidad, resguardándome de la certeza del asesinato de Eduardo y centrada únicamente en los dolores que sufría por las patadas, puñetazos y latigazos que me dieron aquellos asesinos. Encerrada en mi interior y alimentando mi odio.
—¡Sólo voy a preguntarles una cosa, milicianos! —me enfrenté un día a mis guardianes—. Eduardito, el muchacho que les enseñaba inglés, no fue liberado, ¿verdad? Sí o no.

—Si usted pregunta, se le responde que las FARC no tienen nada que ocultar —dijo altivamente el guardián—. ¡No, no fue liberado!

—¡Mataron al chico! —dije con tristeza—. ¡Qué orgullosos deben sentirse! ¡Sin duda era ur tremendo enemigo que ponía en peligro su mierda de revolución!

—Vamos, Lany, ¡No joda! —respondió la joven—. ¡Usted está buscando lo que no se le ha perdido!

—Bueno, tranquilos—murmuré amargamente—. ¡Enjuego largo siempre hay desquite!

—Mire, Lany, ¡nosotros no sabíamos lo que pasaba! —intervino la chica—. ¡Aquí se viene a obedecer y si algo le disgusta a uno, pues, se aguanta! ¿Cree que para nosotros no es duro? Somos de las milicias bolivarianas del FARC y, para estar aquí, se pasa por encima de la familia y de uno mismo si es necesario...

—¿Y a mí que me cuenta esa mierda...? —pregunté agresiva—. ¿Ustedes pretenden que además les felicite...? ¿Es que no saben hacer las cosas de otra forma, a lo bien...? ¡Ustedes alcahuetean esta vaina!

—¿Sabe qué edad tenía cuando ingresé en la guerrilla? —preguntó la joven—. Diez años. ¿Sabe cuántos tengo ahora? Dieciséis. ¡Si le digo cuántos manes he matado, no lo creería! Acosté gente cor pistola, a puro machete, con minas quiebrapatas ensuciadas con mierda, con las Claymor americanas que lanzan bolas de acero, con cilindros de gas rellenados de dinamita, y clavos, rafagueándolos con AK-47...

—¿Y sabe por qué? —lloraba la muchacha—. Porque en mi casa siempre fuimos de bajos recursos, tuvimos que dejar todo botado y huir por la guerra entre las FARC y los paracos; yo estaba pequeña entonces, mis padres eran desplazados, no tenían cómo ganarlo y me tocó irme a rodar.

—Me recogió mi hermano en su casa —continuó la guerrillera—. Él se metía perica, era drogo. La misma noche que llegué ya quiso abusar de mí. Me fui a la mañana siguiente.

—Alguien me dijo que me volara con la guerrilla —prosiguió llorando—. ¡Que ellos me ayudarían! Nada más llegar me violaron entre dos, luego, me dieron de comer y dijeron que me matarían si se lo decía a alguien. Me hicieron prometer que no lo contaría a los comandantes. Comí, prometí, callé y sobreviví.

—Bien, ¡ya estamos con la basura marxista! —la sermoneé vigorosamente—. Cuándo tomaron la Corte Suprema en el Palacio de Justicia y dejaron detrás cien congresistas muertos... Cuándo algunc de ustedes tiró un cilindro de gas contra una iglesia del Chocó asesinando a ciento diecisiete civiles, entre ellos, cincuenta niños... de verdad, dígame, ¿estaban salvando Colombia de los opresores capitalistas?

—¡Ahora es mi turno! —corté su ademán de interrumpirme—. Los años de secuestro de la senadora Ingrid Betancourt, elegida con la mejor votación del país, ¿sirven para limpiar la dignidad de Colombia? Y cuando mataron en Soacha a Luis Carlos Galán, el único candidato honrado que h¿ habido en muchos años, ¿también defendían Colombia al impedir la extradición de los narcos?

—¡Perdone! Sí, ¡yo nací en los barrios del Norte de Bogotá! ¡Claro que siempre fui uní privilegiada! —terminé—. Pero, a mí y a muchos compañeros de la Universidad, nos educaron nuestros papas en el convencimiento de que, por ser acomodados, teníamos una deuda con Colombia y que debíamos pagarla estudiando y siendo honrados. Que lograríamos una Colombia mejor buscando una solución a cada problema, ¡nunca echándonos bala encima!

—Es inútil. ¡No pretendemos su comprensión, sino su dinero para las FARC! —intervino el jover enfadado— ¡Sí, claro que sí! Mataron al muchacho porque antes habían matado al papá que, en lugar de contribuir, fue a sapearnos donde las AUC. Muerto el alcalde, no quedó quién pagara por el chico y acabaron picándolo por la estupidez del papá —concluyó fríamente el muchacho—. ¡Nosotros luchamos por el pueblo, contra los oligarcas y hacendados, contra la CÍA y el imperialismo yanqui! Sí, no se ría, ¡morimos para que los ricos no exploten a los pobres! ¡Para ser todos iguales en Colombia, como hace el comandante Fidel en Cuba! Porque en Colombia la universidad es sólo pan los que tienen cómo y los demás a comer mierda...

—Miren, ¡no tengo más ganas de reír hoy! —sonreí con tristeza—. Pero, si piensan que pueden arreglar Colombia a machetazos, si creen que el marxismo-leninismo del Che Guevara y Jacobc Arenas son la solución... ¡adelante! Dejen en manos de Marulanda y del Mono Jojoy el proceso d( cambio de nuestro país, y, en las de Castro y de Chávez, la expansión del movimiento bolivariano en el continente. Y, disfrútenlo, ¡mientras puedan!



—Pero antes, reflexionen. Olviden el adoctrinamiento político, ¡intenten pensar por ustedes que ya son grandes! —concluí alejándome.
Después de esto, me envolví en un saco y me volví de espaldas a ellos. Pocas horas después me ataron junto a un oftalmólogo de Duitama que recién acababan de traer; esta vez ya no estaba dispuesta a sufrir más, no hay que encariñarse con gente que puede morir mañana. Como hice un día con mi mamá y mi hermana, guardé mi corazón de la balacera. Lo saludé con pocas y frías palabras, no quería que me mataran otro amigo.
Por lo que oí al doctor contar a nuestros guardianes era una clásica historia de secuestro urbano; un profesional reputado con clínica en Bogotá, montada a base de esfuerzo y trabajo, el suyo y el de su esposa, también doctora. Años de estudio y de sacrificio, de asistir a los más importantes congresos mundiales de oftalmología para aprender las técnicas más avanzadas y traerlas a Colombia para beneficio de sus paisanos. Implantando solidariamente un horario especial para que los pacientes de bajos recursos pudieran beneficiarse de sus conocimiento. Con hijos ejemplares, dispuestos a seguir la labor de sus papas, estudiando medicina en Estados Unidos a punta de becas conseguidas con las mejores calificaciones.
Nada sirve; alguien lo denuncia como millonario y aquí estaba, en la sierra, aterrado. Secuestrado en nombre del pueblo, sin que importen las operaciones que quedaron sin realizar ahora que las manos atadas del cirujano no podrán hacer el milagro de devolver la vista al que la perdió. Manos ahora inútiles, maniatadas en nombre de los pobres, esas mismas gentes del pueblo que perderán la visión por el secuestro del doctor.
Pero, aún es poco, había que hacer más daño. Necesitaban llevar más lejos la vileza. Los captores conocían su punto débil y se divertían hurgando en la herida; el hombre, el doctor que devolvía la luz a los que quedaron en tinieblas, tenía miedo a morir. Y, por ello, era presa fácil de sus torturadores. Secuestrado por delincuentes comunes que, tras introducir fríamente el pánico en su cerebro, lo vendieron a las FARC; aislado de todo lo conocido, el médico, sólo ansiaba un trago que le hiciera olvidar el peligro. Entonces, para los asesinos que lo custodiaban, comenzó el juego del gato y el ratón.
Amanecía y, el comandante despertó al medroso doctor con efusivas palabras cargadas de optimistas; según dijo, lo suyo estaba arreglado. Su esposa preparaba una importante cantidad de dólares con que hacer efectivo el rescate. Antes del tinto ya le obligaban a tomar ron para celebrar su pronta marcha, decían los guardianes. Exultante y ebrio, confraternizaba con sus carceleros revelando información sobre los posibles bienes y acciones que manejaba su esposa. El miedo, la gana de que finalice el secuestro, obnubila cualquier cerebro. Durante días lo mantuvieron borracho, hasta que exprimido como un limón, sin un solo dato más que soltar, lo dejaron caer como un muñeco roto. Ya sabían números de cuentas bancarias, teléfonos, claves, ¡todo!
Después lo incomunicaron, durante días lo dejaron sólo, sin nadie que le riera las gracias ni le diera trago y, más tarde, le sugirieron que su esposa lo abandonaba, que no deseaba entregar tanto dinero, que empezaba a desinteresarse de la suerte que él pudiera correr, que en su casa comenzaban a olvidarlo. Luego supe que, al mismo tiempo, enviaban a su casa falsos datos, intoxicaban, cruzaban informaciones obtenidas del preso y hacían llegar a la esposa nuevas exigencias de exorbitantes cantidades en dólares. Este escenario de pesadilla, maceraba al secuestrado y a su familia. Los asesinos, no tenían prisa.
Cuando conseguí hablarle, estando él sobrio, descubrí asombrada que no había sido raptado recientemente. Al contrario, venía de la zona de Los Llanos donde llevaba más de diez meses retenido con otros prisioneros en manos del Frente 46 de la FARC; la guerrilla lo iba a entregar ya. pero, el retraso, estaba cruelmente planificado para incrementar el monto del rescate en algunas decenas de miles de dólares más. En el último instante, humillación y más crueldad con el indefenso. Sin contar la comida de carne y los tragos a los que, salvando los retenes del ejército, deberían invitar los familiares al entregar el rescate a los secuestradores. Así hubieran pagado lo indecible, exigían se les agradeciera que devolvieran vivo al que se llevaron. Se trataba de exprimir hasta el último centavo en moneda y en dignidad.
Por fin, una mañana se acercó el comandante a nuestra caleta. Soltaron nuestras ataduras y palmearon las espaldas del médico que comprendió que iba a ser liberado; en su rostro, la sonrisa amarga del que sabe que ha pagado un alto precio por la libertad y, en sus ojos, la chispa de felicidad del que deja atrás el miedo. Mientras recogía sus pocos enseres sabía que tras unos días de marchas y penalidades estaría de nuevo en casa. Eso, si accidentalmente no encontraban una operación de rescate del ejército y los guerrilleros, para desprestigiar a los soldados, decidían eliminar a los secuestrados de un tiro en la nuca. No sería el primero en ser asesinado de forma tan estúpida después de haber pagado religiosamente.
Una vez que el doctor se alejó con su morral, el comandante, paternalmente me pasó un brazo por los hombros; así, nos alejamos unos pasos de la caleta y de mis guardianes.
—Para usted, Lany —me miró serio el comandante poniendo ambas manos en mis hombros—, las noticias no son buenas. Su mamá dice vivir de la asignación que recibe de su papá y no disponer de liquidez ninguna; su papá, asegura que le llega justo para pagar la pensión de ustedes, su querida, sus putas y su droga y que, de momento, no puede contribuir. El secretariado de las FARC ha concedido un plazo.

—Mientras él ahorra —sonrió el hijueputa del comandante—, usted, muchacha, nos deja y se va más adentro del monte. ¡No se me desanime! Piense que está de vacaciones, haciendo, ¿cómo lo llaman ustedes los jóvenes a esa vaina? Bueno, no sé, ¡deporte de riesgo!

—Lo que usted quiera, Lany —endureció las facciones—, pero me recoge sus chécheres y en una hora está usted lista para el trasteo, ¿OK? Se me viste de verde para que la confundan con nosotros > usted también se lleve sus tiritos si hay balacera con los chulos.

—Y no se me arreche —prosiguió el comandante—, que usted, Lany, ya lleva con nosotros muchos meses, ¡ya entró al surco y sabe qué le conviene!


Mi guardián aceptó llevarme al río para que pudiera lavarme antes de empezar el viaje; mientras, la guerrillera quedaba alistando mis cosas en una mochila del ejército. Caminé hasta el río con mi uniforme verde en la mano para cambiarme después del lavado. Pero ni tiempo tuve, nada más salir del campamento, entre matorrales cerca del río, mi guardián me ordenó detenerme y dejar las cosas en el suelo.
—Ponga las manos atrás, Lany —ordenó el guerrillero.

—¿Ocurre algo...? —pregunté en voz baja obedeciendo por reflejo—. ¿Oyó usted algún helicóptero...?

—No lo sé aún, muchacha —dijo mientras me maniataba y amordazaba—, pero, por si acaso, ¡le voy a tapar la boca con el pañuelo! ¡Bótese al piso ya!

—Y ahora, con su permiso, niñita burguesa —dijo aplastándome contra el suelo con una de sus rodillas—, ¡va usted a comprobar lo que es ser pasado por las armas del pueblo!

—Y si quiere chillar, chille, que me gusta que se resista —continuó mientras abría la cintura de mi pantalón—. Pero, si no me colabora, le meto un tiro y luego digo que se volaba. Así que, ¡usted verá! Mejor se queda calladita y mueva bien el culo para que acabemos enseguida.
Siempre supe que, antes o después, tenía que llegar esto, sólo me extrañó que tardara tanto; desde que me secuestraron sabía que era cuestión de tiempo, el encontrar algún guerrillero más loco o más hijueputa que aprovechara la ocasión de vengar en mi vagina las ofensas recibidas de la burguesía. Y ahora, tocaba, enfrentarse al dilema que millones de mujeres han tenido que afrontar alguna vez. Morir o ser penetradas contra su voluntad. Mentalmente estaba preparada y, por mi parte, ese tipo iba a tardar muy poco en venirse dentro de mí. Pero, luego, por Dios que lo mataría.
No se tomó la molestia de quitarme los pantalones, cortó con su cuchillo la cintura de mis pantalones y, con harta ansia, me penetró por detrás; en lugar de intentar evitarlo prolongando su placer y el mal rato, empujé hacia atrás para lograr una penetración más profunda, al mismo tiempo que mecía con mis caderas su brutal embestida. Si tanta colaboración lo desconcertó, el que comenzara a gemir lo convenció de que yo estaba gozando y lo deseaba tanto como él. En un minuto se vino y se retiró de mí suspirando de placer.
—Bueno, ¡qué rica cuquita que tiene, Lany! —murmuró mientras se subía el pantalón—. Si usted me dice antes que tenía tantas ganas, yo la hubiera satisfecho hace meses...

—¡Mire que tímida, mi universitaria linda! —dijo mientras me quitaba la mordaza y desataba mis manos—. ¡Lástima que hayamos perdido tanto tiempo!

—¡Usted, güevon, que no se dio cuenta! —fingí coqueteando—. ¡Tanta politiquería y no veía lo caliente que me tenía!

—¡Y me lo dice usted hoy! —recogió sonriendo su fusil y me tendió la ropa—. Vamos, apúrese para lavarse y volvamos al campamento que, desgraciadamente, tiene que irse hoy mismo. Lany, esto ha sido chévere, y, ¿usted la pasó rico conmigo?

—Ay, sí, mi amor, ¡disfruté como una loca! —mentí mientras empelotada me lavaba a conciencia en el río—. Tiene un trozo enorme y delicioso, papito, ¡usted es un semental!
Luego, bromeando, subimos hacia el campamento y nos dirigimos hasta nuestra caleta para recoger mis efectos personales que la muchacha tenía empacados para mí.
—Bueno, chica, lamento haberla conocido en estas circunstancias —dije tendiéndole la mano mientras se acercaba el comandante—. Tú has sido buena persona, pero, antes de partir, desearía preguntarte algo ante tus compañeros.

—Gracias Lany, yo le agradezco el tiempo que dedicó a enseñarnos inglés y le deseo suerte — respondió sonriente la guerrillera—. Usted dirá que quiere saber.

—Bueno, Lany, ya llegó la hora de partir—dijo el comandante entre las sonrisas de todos los presentes—. Espero que nos eche de menos.

—Seguro, comandante, ¡seguro que me acordaré de todos! —sonreí volviendo la mirada a mis dos guardianes—. Especialmente de mi guardiana, por lo buena gente. Y, por lo cabrón, ¡también me acordaré del maldito hijueputa que acaba de violarme en el río!

—No le quepa duda que lo recordaré, comandante —endurecí el gesto ante la mirada de asombro de los presentes—. Y, desde mi nuevo destino, haré saber al secretariado de las FARC como los heroicos combatientes de este frente violan a las secuestradas, sin respeto por la línea fariana de pensamiento.

—Pero, ¿qué dice usted, muchacha? —gritó el comandante—. Es usted una mamacita pero, precisamente por eso, le puse una guardia femenina que velara por usted.

—Desgraciadamente, ¡no lo hizo hoy en el río! —respondí serenamente señalando con el dedo a mi lívido guardián— . ¡Acabo de ser violada por Qsta gonorrea...]

—¡Eso no es cierto, mi comandante! ¡Esta puta oligarca miente! —gritó retrocediendo el muchacho —. ¡Yo no la violé...!

—¡Ella me pidió que la tomase... dijo que estaba caliente conmigo...! —vociferaba aterrado tirando el arma y alejándose de espaldas—. ¡Ella consintió siempre! ¡Y bien que culiaba...!

—Sí, comandante, ¡yo lo busqué y lo provoqué! —respondí mostrando mis pantalones desgarrados por el cuchillo y las marcas de las cuerdas en mis muñecas—. Claro. ¡Estoy como una perra deseando que me joda el primero en llegar! Por eso tuvo necesidad de atarme las manos a la espalda, de cortarme la ropa con su puñaleta y de amordazarme con el pañuelo rojo que lleva en el bolsillo derecho...

—¡Sucio, cabrón! —gritó la guerrillera precipitándose fusil en mano contra su compañero—. Y decía que no le gustaba, que era una cerda capitalista, que me amaba por ser su compañera de armas... Y, ni la enamora siquiera, ¡tiene que forzarla...! Usted no es hombre, ¡no es macho! ¡Usted es basura!

—¡Detengan a ese compañero! —ordenó el comandante.

—Pero, mi comandante, ¡ella consintió! —se defendía sujeto entre dos hombres—. ¡Soy un buen miliciano, ustedes lo saben...! ¡Dijo que callaría, que lo gozó, que no lo diría!

—Lany y usted, compañera, retírense hacia los árboles—nos ordenó el comandante tomando el pañuelo y el cuchillo del guerrillero—. Hombre, este puñal tiene aun hilos del bluyin de Lany y el pañuelo está mojado de saliva... Vamos, compa, háganoslo fácil, confiese y le prometo que será menos doloroso.

—Pero, comandante, ¡yo no lo hice! —sollozaba el guerrillero—. ¡Yo no la forcé!

—¡Muchacho, se va a morir! Ahora, para usted, ¡lo importante es cómo! —le puso el puñal ante los ojos—. Si dice la verdad será rápido, si continua mintiendo, ¡yo mismo le despreso con su puñal! ¿Recuerda como gritaban aquellos paras que me vio despresar?

—Comandante, desde que llegó, ¡ella me provocó para hacerlo! —el jefe miró a mi guardiana que negó con un gesto—. ¡Esa puta loca, hace tiempo que lo estaba pidiendo a gritos! ¡Y bien que gozaba, la muy perra, mientras me la comía!

—¡Amárrenlo a ese árbol! Traiga acá eso, miliciano—ordenó el comandante mientras arrebataba un AK-47 de manos de un joven—. Muchacho, ha sido condenado a muerte por incumplir sus deberes revolucionarios y manchar el nombre de las FARC. Va a ser fusilado.

—¡Sólo si la ofendida lo pide se salva, cabrón! —me miró el comandante empuñando el arma—. Lany, ¡usted decide!

—Pero, piénselo antes, Lany, porque no le saldrá gratis —sonrió malévolo el comandante—. Si decide que muera, ¡usted le dará el tiro de gracia! —Comandante, ¡lo haré con mucho gusto! —le devolví la sonrisa—. Denme un arma. —¡Pues ahí lo tiene, muchacha! Aprendan todos, como mueren los traidores a la revolución —

exclamó disparando tres tiros al estómago de mi violador y volviéndose a mí para entregarme un revólver—. Espero que tenga güevas, porque lo va a matar usted, no yo. ¡Sólo le metí bala en las tripas y, aunque hace sufrir, eso no mata rápido!

—¡Será un placer evitarle sufrimiento a ese hijueputa, comandante! ¡Vamos a desocupar el amarradero! —contesté tomando el arma y dirigiéndome al herido que aullaba de dolor sujeto al árbol—. ¡Le salió cara latiradita, parcero!


Y, a quemarropa, le metí el balazo en el oído.
—Gracias por la justicia, comandante —sonreí devolviéndole el arma—. Si no manda nada más, estoy lista para marchar.

—¡Usted está loca, Lany —evitó mi mirada el jefe—. ¡No es gente normal! Vamos, muchachos, ¡llévensela de aquí!

— Deben salir ya —dijo mi guardiana abrazándome tímidamente y empujándome a la camioneta que me aguardaba—. ¡Apúrese Lany, que se avecina tormenta!

—Si, muchacha, ¡que tenga suerte y no la maten! —dije mirando los nubarrones del cielo—. Huele a tormenta. Espero que la lluvia acabe de limpiarme. ¡Va a caer un palo de agua tenaz!


Y me senté sintiendo fuego en los genitales y en las entrañas.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad