Autoridad pedagogica



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Variaciones sobre autoridad y pedagogía
Estanislao Antelo
Primera parte
En el terreno educativo la autoridad está por todos lados. Se rechaza, teme y desea. Se añora y combate. Se afirma que falta y/o sobra. Se denuncian sus excesos y su inacción. Se hacen esfuerzos por calibrar su forma, su justa medida, su dosis necesaria. Habita el argot del más rancio conservadurismo (que no cesa de evocarla y exige restauración), y es la vitamina lingüística de cierto progresismo vernáculo que parece vivir del rechazo a los autoritarios de todos los tiempos y lugares. Lamentarse parece ser el ejercicio predilecto. Lamento por haberla perdido, lamento por haberla encontrado, lamento al cuadrado.
Se juzgan comportamientos como autoritarios mientras otros se catalogan como blandos o libertinos. Se confunde autoridad con temor o respeto con miedo. Se buscan culpables: la democratización de los vínculos pedagógicos, la pérdida de las asimetrías, el declive de lo paterno, la decadencia moral, el rock, la droga, la televisión, Internet, etc. Se pone al lado de la palabra autoridad la palabra crisis. Luego, la autoridad forma parte y encabeza la lista (junto con los famosos valores) de aquellas cosas siempre perdidas.
Parecería suficiente reiterar que en materia de valores nada se pierde, todo muda su forma. Pero no lo es. Se requiere recorrer el terreno con nuevas herramientas que no cedan fácilmente a la comodidad del lamento, la tentación de la denuncia y la seguridad de la restauración. Porque una vez que se suspenden temporalmente y con fines analíticos, los juicios éticos conservadores y/o progresistas o progresistas conservadores, se abren otros rumbos para el pensamiento.

Mandones y tribunales supremos


Mandar, atemorizar, disciplinar. Estas acciones son características en los mandones de todos los tiempos. Veamos el siguiente team: Amos, autores, ancianos, cabecillas, catedráticos, caciques, capitanes, caudillos, comandantes, conductores, decanos, déspotas, dioses, directores, dirigentes, doctos, doctores, emperadores, expertos, generales, guías, jefes, jerarcas, jueces, líderes, maestros, magistrados, padres, papas, pastores, patriarcas, patrones, pedagogos, pilotos, policías, predicadores, príncipes, profesores, psicólogos, psiquiatras, rectores, regentes, reyes, sabios, sacerdotes, sargentos, señores, soberanos, superiores, supervisores, tiranos, etc.
Los representantes de la autoridad en las tierras y en los cielos, crecen y se reproducen en determinadas instituciones y/o organizaciones tales como iglesias, templos, politburoes, tribunales, cortes, ágoras, oficinas y torres de control, colegios, conventos, academias, liceos, gobiernos, senados, parlamentos, estamentos, escuelas, facultades, monasterios. Sedes de los comandos supremos (Bauman: 2003) en los que determinados hombres escriben el guión de la vida de otros. Son (¿o eran?) los autores, dueños y repartidores de los fines, tiradores de hilos, manipuladores, controladores de todo lo existente. Parece distinguirlos la fuerza. La fuerza que ejercen sobre otros. Esta fuerza asociada al ejercicio de la autoridad habitualmente tiene una dimensión de exterioridad. Como si la fuerza que implica toda autoridad viniera, no pudiera sino venir, de otro. Son Otros los que dictan el dictado de la vida misma. Anónimos y pequeños dictantes o grandes dictadores. Socios vitalicios de tribunales últimos, partidos, comités, juntas, cofradías. Expertos en mandatos, órdenes, restricciones, preceptos, disposiciones, prescripciones, instrucciones, normas y leyes. A veces son de carne y hueso: Napoleón, Perón o la señorita Beatriz. A veces lugares vacíos, abstracciones: Dios, Democracia, República, Estado, la Orga o la Patria.
Un adulto medio tiene a mano una descripción, más o menos fehaciente, de alguna de esas instituciones, de algún mandamás, ejemplar morador, y de alguna forma de exterioridad autorizada y autorizante. Son los sitios, los sujetos y los tribunales que decretan, rigen, tutelan, dictaminan, con el dedo señalan y acusan. Los dueños de los hombres. Pero no sólo mandan, prohíben y dictaminan, sino que acumulan y atesoran un saber. Saber mandar, saber gobernar, saber educar, saber guiar, etc. Saber qué es lo mejor para los otros, pero no sólo saber qué hacer sino cómo hacerlo. Localizadores del bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto. Son los practicantes de los noes. Operarios de lo imperativo. Dominan el arte y la fuerza de lo que dice no. Prohíben, reprimen, excluyen. Mandan. Su verbo preferido es deber: tu debes. El rock & Roll1, Mafalda, James Dean y La marcha de la bronca, le deben su existencia, tanto como Kafka a su padre. Se acostumbra designarlos, apresurada e inofensivamente, como autoritarios.

Parteros, autores, creadores


Pero existen otros ejemplares. Son los parteros, los que fundan, los que ayudan a nacer, contribuyen a parir, a acrecentar (es aquello que la etimología incorpora). Ejercen otro tipo de fuerza, asociada a la creación, al punto de partida, puntapié inicial. Son los iniciadores. Sigmund Freud (1895) repara en ellos. Nos explica el nacimiento de la vida anímica y dice que el ejemplar humano, al nacer, es un desvalido incurable, inmaduro crónico, animal fallido, desamparado de tiempo completo. Para salir de ese estado imposible requiere de otro, un auxilio ajeno, que acuda, lo salve, lo haga nacer. De ahí, la autoridad consecuente. Oscura autoridad la de quien al hacer nacer, salva y obliga. La autoridad, así entendida, es una práctica de la recepción, del reconocimiento y la acogida. Una autoridad que cuida, que crea y cría, del atento, del que asiste, reconoce, y se proclama autor. El autor no restringe su actividad a la transformación del otro en un espectador/títere manipulado. En La autoridad (1983), siguiendo un argumento Hegeliano (el ser sólo es en cuanto se lo reconoce) Sennett se interna en la ruta de las siempre difíciles relaciones entre amos y esclavos. Sitúa la complejidad del par dependencia y autonomía, y llama a esta última, con lucidez, una autoridad sin amor. El reconocimiento, la reciprocidad que supone el reconocimiento, aún en las figuras urticantes del duelo, forma parte de este sentido de la autoridad como lo que propicia, lo que inscribe. El reconocimiento es conteo, registro e inscripción
Es fácil advertir que cuando se busca autoridad no sólo cuenta el temor, la sumisión o la violencia. A menudo cuando se pide autoridad se suele buscar guía, protección, cuidado, seguridad, control y orientación: Una definición de autoridad es precisamente la de alguien que utilizará su fuerza para cuidar a otros y atenderlos (Sennett: 83). Utilización de fuerzas. El que cuida se esfuerza. Dispone de fuerza y la utiliza en ese sentido. La dependencia es aquí un valor.
En este rumbo existe (o existía) una asociación necesaria entre autoridad y adultez, o autoridad y vejez. La autoridad es del que estaba antes, de los antepasados. Mayores, sabios, custodios. Ellos disponen de fuerza. De una fuerza que no se restringe a la bruta fuerza. Es la fuerza del saber, la fuerza del que puede o ha podido alguna vez, del poder. Es la imagen, hoy degradada, de la vida adulta, de la experiencia, incluso de la vejez, como fortaleza. Esta es la perspectiva que puede hallarse en las derivaciones etimológicas del término autor, como autor/fundador/creador.
Se trata de algo productivo y no solamente lo que dice no. Autoridad de aquel que llegó antes, y autorizado a estar entre los hombres, inaugura y manda en tanto dispone (y pone a disposición) los medios de orientación o regula el acceso al fondo común de conocimientos. Autoridad, la del autor, que da o pretende dar garantías. Marcas garantizadas desde el origen, con el sello (la marca) del autor o de origen. Aquellos que merodean los inicios o los comienzos, las fundaciones y nacimientos, son usuarios, portadores, adjudicatarios, ejecutores, de la autoridad. Institución, entonces, la de esta autoridad que dice sí, que permite, que promueve. Institución, la de esta autoridad, que no es otra cosa que el ejercicio de lo instituyente mismo, acróbata de la creación. Entonces, no todo es “no”, en materia de autoridad. No todo es rechazo, en cuestiones de autoridad. Llamar autoritario al que reconoce, recibe, crea y cuida es, como mínimo, un exabrupto.

Cuidadores, asidos.


Una vez que el arte de dirigir el comportamiento de otros, la preeminencia de juicio, la capacidad de ordenar y guiar una vida, dejan de ser demonizados per se, la misma noción de autoridad como cuidado, cuidado del otro o heterocuidado, puede encontrar su lugar. Una autoridad, cuida y ordena. Se trata de un auxilio que puede ser más o menos familiar pero que siempre es (¿o era?) ajeno, viene del otro.
Así como la voluntad de mandar no cesa mientras las figuras de los mandones milenarios se esfuman, tampoco la voluntad de cuidar, de cuidarse mutuamente y de cuidar al otro, desaparece. Las relaciones de fuerza que dan consistencia a toda autoridad y las figuras emergentes de esas relaciones, son múltiples. Las mudanzas son complejas, los desplazamientos no siempre esperados y los agentes reconocidos, otros bien distintos. La pregunta podría ser la siguiente: ¿hacia dónde va la autoridad en un mundo en el que la gente (al parecer) se cuida sola? ¿Quién cuida a quién?
Todorov se ha internado en los vericuetos y consecuencias de la idea de cuidado, diferenciándolo del heroísmo. Un héroe es tal en referencia a un ideal: la patria, la humanidad, el partido. Se trata de alguien para quién la vida no es un valor supremo, hasta el punto en que puede ser dada. Pero un héroe es héroe para ser recordado como tal, para un tiempo que no es el presente. Un héroe tiene ambición de que su heroísmo perdure. Su acción ronda la excepcionalidad y la espectacularidad. En otro lugar hemos analizado las consecuencias disímiles que este heroísmo y esta grandeza tienen para el oficio de educar (Alliaud; Antelo: 2005).
Todorov localiza otras virtudes distintas de las heroicas. La dignidad, la actividad del espíritu y el cuidado. Las llama cotidianas, despojadas de grandeza. Si el cuidado es la virtud cotidiana que nos interesa, se debe a que requiere del otro, de un asirse a otro ser vivo. El destinatario del cuidado, a diferencia del héroe, no es una abstracción sino un individuo concreto, un ser vivo. El que cuida cotidianamente no recibe aplausos, no tiene monumentos, no es un ciudadano ilustre. El cuidado es una práctica sin espectacularidad. Dice Todorov que esta virtud es más femenina que masculina y que está más presente en los viejos que en los jóvenes. Pero agrega que los que tienen un grado mayor de jerarquía, algún privilegio, tiene otra responsabilidad frente al cuidado. Médicos y jueces, por ejemplo. Todorov define la responsabilidad: la responsabilidad es una forma particular del cuidado, aquella que incumbe a las personas que ocupan posiciones privilegiadas: los médicos y también los jefes (Todorov: 27).
Las formas del cuidado que analiza surgen de su estudio sobre el funcionamiento de los campos de concentración, a los que llama (conviene prestar atención) laboratorios de la transformación de la materia humana. En un estado de excepcionalidad, aparentemente permanente, se pierde de vista el valor del cuidado silencioso, cotidiano, no pomposo. Cuidar puede ser morir con el otro o darle muerte. Pero lo común es el cuidado discreto. Compartir el alimento, el vestido, la fatiga. Procurar al que va a morir un último pero minúsculo deseo. Alterar una planilla, compartir una mirada. Ahora, cuidar no es buen cuidar. Todorov recuerda un recuerdo difícil: muchas veces, durante la guerra, cuidar a un niño judío, era abandonarlo. Cuidado tampoco es solidaridad, caridad o sacrificio. La solidaridad con unos, puede significar la muerte de otros. El cuidado no es para todos: se dirige a alguien particular. Richard Sennett lo ha explicado con claridad: la suposición de que uno puede dar un paso adelante implica no perder de vista a aquellos a los que se ha dejado atrás (2004:45). En lo que compete a la caridad se orienta a todos los que sufren o están amenazados, pero excluye la reciprocidad: no veo, dice Todorov, que ayuda podría darme el mendigo, por eso no busco conocerlo. Por el contrario, el cuidado de otro tiene retorno (aunque no inmediato ni buscado). La diferencia entre cuidado y sacrificio es aún más importante. El que se sacrifica se separa de algo valioso. El que se sacrifica se priva de, y como en la caridad, excluye la reciprocidad. Por el contrario, el que cuida se consagra al otro y goza de ello: uno se encuentra al final de la acción más rico, no más pobre. En este sentido, cuidar es lo contrario de la actividad de Apóstol (que empobrece para que los otros sean ricos). El cuidar hace feliz al que lo practica, y sólo tiene sentido en vida. Al fin, cuidar no es más que sostener, reconocer y prestar atención a alguien. Y ese gesto requiere algo indispensable: un salir de sí.
Todorov recuerda el peligro de hacer del cuidado una moral de principios, una dignidad adulada, predicada, proferida. No es pertinente insuflar la práctica del cuidado con cantidades de bondad o algún embelesamiento del rubro. En ocasiones, es en nombre del bien que se cometen crímenes. La bondad no es un botín. Como la reciprocidad o la mutualidad, no se trata de transformarla en consigna sino de practicarla.
Por último, no es recomendable olvidar que el que cuida no es plenamente libre: desde que reconozco que otros, y no yo, deben ser la finalidad de mis acciones, ya no soy enteramente libre (Todorov: 110). Esta ausencia de libertad suele tentar a los autosuficientes de todos los tiempos que descalifican el cuidado. Lo consideran un ejercicio de poco valor, rudimentario. Una práctica minusválida.

Fuerzas y forzudos. Conexiones y desconexiones.


La autoridad no es una cosa. No se acumula en cajas ni se reparte en dosis. Como el poder o el conocimiento, no es una sustancia. Es una relación, un vínculo, un vínculo emocional. Este carácter relacional de la autoridad objeta de manera particular las formas de su rechazo, en tanto señala, aún en las relaciones llamadas de dominación, algún tipo de participación y/o actividad de las partes en juego. Estudiar la autoridad es siempre, y en cierto modo, estudiar los combates y variaciones que supone el ejercicio bilateral de la fuerza entre los bípedos parlantes. Rechazos y atracciones. Obediencias y desobediencias. Dependencias e independencias. Servidumbres y revueltas. Como señala Sennett, hablar de la autoridad es referirse a las diversas interpretaciones o imágenes sobre el control, la fuerza, el poder y la influencia que los hombres intercambian al relacionarse entre sí: Cabe decir de la autoridad del modo más general que se trata de una tentativa de interpretar las condiciones del poder, de dar un significado a las condiciones de control y de influencia mediante la definición de una imagen de fuerza. Lo que se busca es una fuerza que sea sólida, garantizada, estable (...). Lazo, relación y conexión, pero además y principalmente, influencia.
Ocurre que un vínculo tampoco es una única y sola cosa. Por un lado, aquello que ata, liga, junta y reúne pero, al mismo tiempo, vínculo es imposición. Vincular es forzar el comportamiento de otro. Un vínculo trata de una fuerza y/o violencia, que se ejerce sobre otros. Tenemos la autoridad que conecta y une. Esto hace que se trate siempre de un más de uno. Este ser más que uno presupone cierta mutualidad en la dependencia, cierta reciprocidad, aún cuando el riesgo de parasitismo sea claro y distinto. Como recuerda Sennett, esta vez, en su último libro llamado El Respeto, mientras que en la vida privada, la dependencia une a los individuos, en la vida pública, la dependencia se muestra como vergüenza y degradación. La necesidad de los otros, tan compulsiva en el amor, la amistad y la paternidad, queda reprimida por la convicción de que la dependencia es una condición vergonzosa (2004:110).
Entonces ocurre que no hay autoridad sin relación. La relación supone una alternancia entre dependencia y autonomía, entre autonomía y heteronomía. Si como ha sido recientemente planteado, la heteronomía es la ley (Derrida, J.; Roudinesco: 2003), las formas de rechazo a la autoridad (tanto como los elogios encandilados de la autonomía) pueden ser interpretados de otro modo. Al resumir las acciones que generan respeto en los otros, Richard Sennett (2004) rescata la figura del intercambio y el ejercicio de la correspondencia. Lo que puede unir a la gente, autorizar a unos y proporcionar orientación y seguridad a otros, no tiene por qué (necesariamente) atar la dependencia a la debilidad. Muchas veces puede ser la aprobación exterior, la necesidad de un signo de exterioridad, lo que proporcione ese sentimiento de cuidado que suele reclamarse de la autoridad. Práctica o conjunto de prácticas que la palabra “entrega” apenas logra recubrir; el encuentro (incalculable) con el otro, la exposición consecuente (sin vergüenza), la complejidad del derecho a no entrar en el intercambio, y el reconocimiento de una fuerza en el que pide ayuda, pueden ser los términos básicos de un vocabulario distinto de la autoridad, que sea capaz de sacar provecho de los vaivenes y alternancias del separarse y juntarse con los otros. Juntarse y separarse, aquello que en última instancia viene a proporcionar (la siempre dubitativa) consistencia a una relación humana.

Distinguidos


Este vínculo poderoso parece estar fundado, además, en una distinción. Para Richard Sennett este vínculo supone, a diferencia del fraterno, una desigualdad de las partes. Lo habitual es asignar a la autoridad una distinción basada en algún rasgo. Rasgo que, por lo general, puede encajar en el rango de lo superior: superioridad en el juicio, dice Sennett. Pero esta superioridad no se restringe a un saber juzgar. Quien tiene autoridad puede ser un par, pero distinguido. Algo hay en él que lo distingue. Puede ser uno más pero es uno más en el que hay, o al que se le supone, un algo más. Es habitual situar la diferencia que distingue a una persona con autoridad en el campo del saber (real o supuesto) o de un saber hacer o saber resolver. Es un capo ‘(o ¿Kapo?2), una master, lo resolvió con autoridad… Las formas finales y perfectamente históricas de este saber hacer/resolver pueden visualizarse en el trayecto que va de el Señor, Rey, Padre hasta la figura del líder actual y sus contemporáneos, los expertos, paladines del Know How, managers diversos y dispersos.
Pero es uno, uno que sobresale, ejemplar, excepcional. Otro, en tanto no común, una persona que habita en una categoría distinta de fuerza, pero que es uno. Uno que establece con los otros un vínculo recíproco, que bien puede estar basado en el aprecio. Peter Sloterdijk recuerda en sus Normas para el parque humano, la paradójica dificultad actual para elegir y seleccionar en tanto pronto llegará a ser admisible como opción por la inocencia que los hombres se nieguen explícitamente a ejercer el poder de selección después de haber luchado realmente para conseguirlo (Sloterdijk: 2000). De la selección no se sigue el desprecio. ¿Puede haber distinción con aprecio? Conocemos el caso de los Directores de orquesta, por ejemplo. Los Capitanes de equipo, los al menos uno, comunes no comunes, incomunes.
El carácter ejemplar del que se distingue, puede ser diferenciado de la figura del modelo (que debe ser imitado) o la epopeya del héroe, titán, legendario y épico. El modelo previamente diseñado, como objeto a imitar, forma parte de aquel mundo de tribunales supremos en el que hombres ideales, grandes hombres, sirven como molde para otros aún informes. Mientras que lo ejemplar de la actualidad, toma distancia de la autoridad en el sentido del que predica un saber y propicia una conversión desde y hacia un fin preestablecido. El ejemplo contemporáneo procede como la descripción de un trabajo exitoso sobre sí, una particular intervención sobre sí que, justamente, es la señal de disponer de un saber no depender de otros, para hacerse a uno mismo3. No depender de un líder sino de aquel que sabe resolver lo que uno mismo (que es conminado diariamente a hacerlo) no ha conseguido resolver. Se trata de un semejante que se ha enfrentado con un problema similar. Como destaca el mismo Bauman con inteligencia: los ejemplos ya no se buscan en las enseñanzas, homilías y los sermones de los visionarios y los predicadores sino en las vidas privadas de otros “como ellos”.
¿Dónde está la autoridad? Entre la figura y el mensaje.
Localizar la autoridad es una tarea compleja. Esta distinción, superioridad o particularidad, es de difícil ubicación. Puede radicar tanto en lo que la persona (que porta o está investida de autoridad) es, como en lo que dice o hace. Puede encontrarse autoridad en el contenido de un mensaje o en la figura de quien lo emite. En el aura o en la sabiduría. En las capacidades inmanentes o en la trascendencia. En su talento y genialidad, o en su ser. Son varias las razones esgrimidas a la hora de justificar por qué nos vemos en la situación de seguir una autoridad. Para tomar el ejemplo conocido: o bien podemos obedecer a un padre por la coherencia del contenido de lo que dice o porque, justamente, es el padre. El atolladero que supone esta localización difusa se resuelve (Slavoj Zizek así lo resuelve) al designar a la autoridad como una X (insondable) que no se ubica ni en el contenido del mensaje ni en la figura del quien lo emite sino en la intersección entre ambos conjuntos. Esa X inasible, brillo, agalma cuya materia es o quizás sea la nada misma.
Tal vez la autoridad forme parte de aquellos estados emocionales que funcionan como subproductos (Elster). Cuando uno los procura de manera directa, huyen. Cuando unos los busca, o los convierte en la meta principal de su actividad, nos eluden. Cuando uno los exige, se ausentan. Propios de la lógica de la atracción, bien pueden reunirse bajo el nombre de transferencia. Siempre hay algo mágico en la forma en que se produce la transferencia (Zizek, 2000:132). Lo que se nos escapa es el momento justo en el que se produce. No tenemos registro (no tenemos idea) de lo que provocamos en los otros, antes de que esto suceda. La búsqueda directa de autoridad, de amor, de reconocimiento, produce inmediata decepción. Un subproducto es un estado que se produce, justamente, cuando uno no los busca de manera directa. Si uno intenta provocarlo obtiene el efecto contrario o ningún efecto.
Being there
Being there es el título de una película basada en la novela de Jerzy Kosinski, Desde el Jardín. Chance (Peter Sellers), un jardinero totalmente idiota y adicto a la televisión, se convierte súbitamente y a causa de un accidente, en asesor del presidente de la república. Su palabra será tomada como sabia y verdadera. Comos señala Slavoj Zizek (2000), en su momento la crítica elogió la importancia del sentido común de la gente sencilla, encarnada por Chance y opuesta a la artificialidad de los expertos. Es el “yo no soy un especialista, me entiende”, de nuestro Blumberg. Estaban totalmente equivocados, dice Zizek. En este sentido, el film no está maculado por ninguna transacción. Chance es descripto, como un idiota completo y lamentable; todo el efecto de su “sabiduría” resulta de que “está allí”, en el lugar de la transferencia. Estar allí, a causa de un accidente, es decir, pudiendo no estar, ese todo el misterio.
Estar allí en el momento indicado y ocupar para los otros el lugar del que sabe, del sabio. La autoridad, así entendida, toma distancia de las ideas de concientización o incluso, de la idea misma de ilustración (en tanto supone, en cierta forma, una verdad independiente de la autoridad). El contenido del mensaje o de la acción, son indiferentes. Alguien puede proferir en forma ininterrumpida sandeces o actuar consecuentemente como un idiota y eso no resta valor o anula la fuerza de la autoridad.
La autoridad es por definición, autoritaria. La autoridad es, en última instancia, el nombre de un gesto que “establece” (constituye, crea, funda) cierto estado de cosas en el acto mismo de “establecer” (certificar, afirmar, aseverar) que “las cosas son así” (Zizek: 1994). Los dos casos que Zizek oferta, como ejemplo de esta estructura intrínsecamente autoritaria de la autoridad, son Marx y Freud. Sus textos están “más allá de la crítica” (deben ser leídos como sagrados) dado que constituyen el horizonte mismo de la veracidad. Un auténtico Marxista o Freudiano, entonces, no se reconoce por su conocimiento preciso de las doctrinas o por el reconocimiento de que tal o cual contenido es más inteligente y persuasivo. La fidelidad, exigida u ofertada, no es fidelidad a la doctrina. Se trata, más bien, de la contingencia radical del sujeto que ocupa ese lugar (being there).

Tú puedes. Just do it.


La época es generosa al mostrarnos los movimientos y transformaciones de la autoridad. Puede verse emerger en toda su magnitud lo que ha sido llamado individualización de la acción (Ehrenberg: 1997). Las consecuencias inesperadas del colapso de las sociedades tradicionales. Que la acción no conozca otro agente que el mentado uno mismo es lo que se destaca como rasgo característico de la época. La reflexividad, la transformación y el pasaje de una autoridad exterior a una pura interioridad decisoria exceden, en muchos aspectos, la crítica endeble a la sociedad individualista contemporánea. Por el contrario, se trata de un mundo que no reconoce más tribunales exteriores. Un mundo liberado del agobio de los tu debes. Un mundo donde en lugar de la dupla prohibido-permitido, lo que se amplía hasta perder toda dimensión de límite, es el campo de lo posible.
Un mundo en el que la transgresión (en tanto constatación de la eficacia de la ley) parece no tener más lugar, y por último, un mundo en el que el conflicto (inherente a toda relación) ha pasado a ocupar el lugar del obstáculo/déficit que requiere ser despejado o mediado. Un mundo donde todo puede ser posible y donde todos son pudientes, donde se trata de competencias, capacidades, cultos a la iniciativa y motivaciones es, claro está, un mundo de deficitarios, incapaces, impotentes, deprimidos, inactivos, desautorizados.
Este mundo sin límites que ofusca a los conservadores y anima a los desinhibidos de todos los tiempos, ofrece una nueva versión y una nueva interpretación de la acción. Nadie parece preguntar antes de actuar por el deber, lo prohibido y lo permitido, la ley o la norma. En su sitio, los actos parecen obedecer un único mandato, el de la capacidad y la competencia. Ehrenberg recuerda la mudanza: del Freudiano conflicto entre el debo y el quiero, hemos pasado a la turbadora pregunta: ¿soy capaz o no soy capaz? Pero esta acción liberada del peso de todas las prohibiciones no sólo se encuentra pronto con sus reversos deficitarios sino que ofrece otro signo inquietante de la época: para medir una capacidad, no se precisa de otros.
Las formas del narcisismo contemporáneo parecen ser las conclusiones necesarias de prácticas que priorizan la intervención sobre sí, la autoestima, la autoayuda o la autofabricación. Las sociedades que nos cobijan y dan forma, gustan llamarse de redes y riesgos, al mismo tiempo que ninguno de sus miembros parece sentirse a gusto en los enredos y los riesgos. En un mundo donde proliferan las sustituciones y los desplazamientos continuos, se sustituye también la patología de la acción. Lentamente, dibujan un lugar, formas higiénicas, políticamente correctas y desafectadas que conviven con pasajes al acto, desenfrenos inéditos y violencias sin objeto. Pero también son las libertades, cuyas formas no acabamos de nombrar, las que se amplían. Como tampoco sabemos demasiado sobre la forma y el destino de los autorizados actuales, de los que realmente están ahí, hoy.

No faltan, sobran


Por lo tanto, nada más erróneo y ruin que adjudicar la causa del trastorno (de lo que cabe en ese significante) a la ausencia de padres, autoridades, jefes, etc. Como sugerimos, no sufrimos por su ausencia sino por su omnipresencia. No es que no hay autoridad sino que hay muchas. Coexisten y disputan por el monopolio de la cría humana. Si la autoridad, como la verdad, es una, si hay muchas autoridades no hay ninguna. Cuando las autoridades son muchas, tienden a cancelarse entre sí, y la única autoridad efectiva es la de quien debe elegir entre ellas (…) Las autoridades ya no mandan (Bauman: 79). Manda otros. Expertos (que no es la misma cosa que maestro), especialistas, asesores, emprendedores, motivadores, son el resultado de esta omnipresencia de autoridades que se resisten a ser convocadas bajo ese nombre. Amos fingidos. Mientras tanto, entre las pérdidas o abundancias de autoridades y el ocaso o la multiplicación de modelos y referentes, se observan nuevas formas de poder sin autoridad encarnadas en las figuras de los jefes contemporáneos (los coordinadores y asesores) en el seno de las nuevas prácticas cotidianas de juntura social (trabajo en equipo, grupos de autoayuda, etc.). Sennett los maltrata en su capítulo sobre la ética del trabajo.
Probablemente, la pregunta no es ya si sobran o faltan padres. ¿Quién quiere más? Por el contrario, se trata de reflexionar sobre las consecuencias inesperadas de las transformaciones en curso. Quizás, la fantasía de un mundo sin autoridad sea en el fondo la de un mundo sin conexión. Un mundo plenamente autónomo, autocontrolado, no dependiente. Mundo de seres que se incorporan por sus propios medios al orden imperante, capaces de circular sin guía, sin control y sin seguridad. Un mundo sin cuidado/s o un mundo en el que esta nueva autoridad ya no expresa ningún cuidado de los otros (Sennett: 1983). Un mundo en el que los objetos nos eximen o simulan eximirnos de la dificultad que todo encuentro con los otros supone. Un mundo en el que unos no advierten el estado de los otros. Un mundo de auto-engendrados. Mundo sin jefes pero también con desconocidas libertades y nuevas sujeciones.

Referencias Bibliográficas
ALLIAUD, A.; ANTELO, E. (2004) Grandezas y miserias de la tarea de enseñar. Revista Líneas. Brasil.

BAUMAN, Zygmunt (2003) Modernidad líquida. Bs.As. FCE.



Derrida, Jacques y Elisabeth Roudinesco (2003), Y mañana qué, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

CARUSSO, M. (2001) Autoridad, gramática del cristianismo y escuela: breves reflexiones en torno a “Lo absoluto frágil” de Slavoj Zizek. En Cuaderno de Pedagogía Rosario Nº 9. Laborde: Rosario

EHRENBERG, Alain (2000) La fatiga de ser uno mismo. Depresión y sociedad. Bs. As: Nueva Visión.

ELSTER, John (1988) Uvas amargas. Sobre la subversión de la racionalidad. Barcelona. Península.

FREUD, Sigmund (1986) Obras Completas, Tomo I. Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud (1886-1899). Bs.As.: Amorrortu.

GIDDENS, Anthony; Beck, U.; Lash, S. (1997) Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid. Alianza.

SENNETT, Richard (1983) La autoridad. Madrid: Alianza.

SENNETT, Richard (1999) A corrosão do caráter. Conseqüencias pessoais do trabalho no novo capitalismo. Río de Janeiro: Récord.



SENNETT, Richard (2003) El respeto. Barcelona. Anagrama.

ZIZEK, Slavoj (2000), Mirando al sesgo. Buenos Aires, Paidós.



ZIZEK, Slavoj (1994) Goza tu síntoma! Bs. As.: Nueva Visión.

1 Veáse funcionar este argumento en la formidable película de Richard Linklater, Escuela de Rock (The School of rock, 2003).

2 Tomás Abraham en La empresa de vivir se refiere a los relatos de sobrevivientes de campos de concentración. En las descripciones de Levi aparece la selección, la jerarquía, la autoridad de, por ejemplo, aquellos que tienen la gestión material del campo. Los kapos. En todos los testimonios es la palabra kapo la que se repite con mayor frecuencia, junto a otra: musulmán. Dos vértices en la jerarquía sacrificial. Los primeros tenían la muerte postergada. Los segundos eran los que sabían que ya tenían destino de muerte inmediata (Abraham:2000)

3 La autoridad sirve para engrosar la fila de los seguidores, pero en un mundo con objetivos inciertos y crónicamente indeterminados, el número de seguidores es lo que define –y es- la autoridad. Sea como fuere, en el par ejemplo-autoridad el que más importa y más demanda tiene es el ejemplo.(Bauman:73)



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